Tsuki Girasol: Holiiii! Qué review mas largooooooooooooooo! Lo amé, muchas gracias! Amo ver que lo que estoy contando se entiende, y te gusta! Sobre Kanon y Marah, pues, es apenas logico que un par de personas con tantos problemas no sean capaces de mantener una relacion sana, así se amen...locamente. JAJA. Aioria al fin y al cabo es un Leo, y algo de impulsivo tiene que compartir con Marah. Aunque a veces pienso que las nalgadas lo hace por que para él, Marah es una niña pequeña. La humanidad de los personajes, y las tentaciones, me parecen un aspecto crítico para hacer las historias creíbles. Gracias de verdad por tu lealtad, tus comentarios y por estar siempre al pendiente de mis delirios guajiros :D
Guest: Si, tengo cuenta en D.A. Envíame un privado y hablamos :D Gracias por leerme!
Lina Elnath: Que Marah aprenda cosas de Afrodita es bueno...y malo...D: Muchas gracias por pasarte por aquí, leer esta historia y me siento feliz de que te haya gustado.
Marde State: HOLIIIIII! Gracias por todos tus comentariooooooosss! Me alegra el día cada que veo algo tuyo en el feed de reviews! Me honra que me digas que te gusta como manejo las emociones de los personajes, a mi me parece que a veces exagero, pero Marah está loca y Kanon tambien. Un abacho grandote y gracias por seguir leyendo.
Kari!: siiiiii! sigues vivaaaaaaaaa! Gracias por tu comment!
Panksy, Perséfone X; ¡Gracias por leerme!
Sin más preámbulos ni saludos o abachos, hoy les presento,
XX
NAKED
De nuevo me encontré a mi misma pasando de un sueño completamente inocuo a uno que, yo sabía, se convertiría en una pesadilla. Estaba rodeada de tinieblas, con sólo una luz iluminando un círculo muy pequeño a mi alrededor, desde arriba.
No tenía ropa. Pero ese hecho extrañamente no me aterraba ni me producía ningún tipo de vergüenza. Sentí un aleteo sobre mi cabeza. Un cuervo enorme y negrísimo descendió suavemente sobre mí y se posó en mi hombro, sus garras aferrándose a mi piel con una suavidad inaudita. El ave me acarició el rostro con sus alas. Luego lo ví transformarse en una inmensa serpiente pitón que descendió por mi tronco, enroscándose, sin hacer presión, y luego por mis piernas, hasta el suelo.
Empecé a temblar. El enorme drakon se enroscó dócil a mis pies, casi como si intentara acariciarlos con su cabeza. Extrañada y temblorosa, me puse de rodillas para tocar la piel lisa del animal con los dedos. Sacó su larga lengua bífida y con ella me azotó levemente el rostro. Sus ojos dorados y brillantes me hipnotizaban. Un segundo después, tras parpadear la serpiente ya no estaba, y en su lugar, estaba el borde de una túnica de un blanco tan brillante que me hería los ojos. Miré hacia arriba. Un hombre con una cabellera flameante me miraba fijamente. Tenía unos inmensos y hermosos ojos azules. Me ofreció su mano para ponerme de pie. Al hacerlo reveló que la túnica blanca era sólo un himatión, y que tenía otra túnica bajo él. Sus ropajes eran de un vívido color rojo y naranja, bordado de oro. Era altísimo y su presencia era totalmente inhumana.
El calor que irradiaba era increíble. Supe quién era. Qué era.
El dios Apolo. El pavor que me inundó hizo que se me salieran un par de lágrimas. ¿Qué iba a hacerme? ¿Por qué estaba desnuda, dónde estaba mi ropa?
-"Yo podría otorgarte ropajes dignos".-dijo su voz, profunda y cantarina, vibrante, musical, en mi cabeza.-"Si vienes a mí. ¿Por qué lloras, mortal? No tengo intención de hacerte daño alguno."
En sus manos apareció un hermoso peplo de seda finísima de color amarillo claro, casi transparente, bordada en oro. Me lo estaba ofreciendo. Sobre él, una corona de laureles dorados y un velo blanco que parecía hecho de escamas de serpiente transparentes e irisadas.
Pensé en la sencilla túnica blanca de algodón bordada de azul que había tenido puesta en otro sueño, en otra visión. Quería de verdad esa túnica, como la que vestían las doncellas del Patriarca. Pero ésta que el dios me ofrecía era tan hermosa, tan suave. Y seguramente me quedaría perfecta, me vería deslumbrante en ella. Tomé consciencia de mi desnudez y me cubrí los pechos con los brazos. Miré al suelo. De nuevo sentí su voz en mi cabeza.
-"Insistiré hasta que vengas a mí, mortal. Hasta que tomes el puesto que te corresponde. Mi oferta sigue en pie. Mi paciencia, sin embargo, no es infinita."
El calor y la luz se fueron, y me quedé allí, rodeada de tinieblas sólidas, de rodillas y desnuda, completamente sola, por el resto de la eternidad…
Abrí los ojos. Volvía a encontrarme flotando a unos centímetros de mi cama, con mi cosmoenergía encendida. Súbitamente se apagó y aterricé en mi colchón con una fuerza que me quitó el aliento unos segundos. Miré hacia la puerta de mi cuarto. Aioria me observaba con una expresión indescifrable. Lo cual no era bueno.
-Tuviste una visión.-me dijo. No era una pregunta. Una de las cosas que más le preocupaba a Aioria de mi eran mis sueños-visiones. Ciertamente a mí también, pero era apenas normal, con todo el estrés, la presión, las dudas que me había metido Afrodita y mi estúpida decisión de haber dejado a Kanon, que ya estaba empezando a pasarme factura.
Me quité el sudor de la frente con la mano. Me sentía extremadamente cansada. Había dormido muy poco.
-No lo sé, maestro. Digamos que son sólo pesadillas. Me ha pasado antes. Sólo pesadillas.
Aioria tenía un rictus en los labios. Asintió, tratando de convencerse a sí mismo de mis palabras. Luego sacudió la cabeza.
-Vamos. Hora de levantarse. Hay que desayunar, calentar esos músculos, bañarse y vestirse. Hoy es el gran día.-me dijo sonriendo. Sonreí, contagiada de su entusiasmo. Además eché mis preocupaciones al caño. No estaba particularmente inclinada a creer que un dios se comunicaba conmigo vía sueños. Me sentí un poco esquizofrénica pensando en esa posibilidad. Cuando te comunicas mucho con los dioses eres espiritual, pero cuando ellos se comunican mucho contigo quiere decir que tu salud mental no es buena.
Y yo sospechaba que mi sanidad mental era más bien deplorable.
Me sacudí ese pensamiento. Me puse de pie y seguí a Aioria a la cocina. Agnés ya había servido un espartano desayuno de pan blanco, fruta y té verde. Comí con verdaderas ganas. Luego Aioria y yo hicimos calistenia en el Hall de Leo, con ambos cosmos encendidos.
Volví a ponerme nerviosa al notar la debilidad de mi cuerpo. Aioria me envió a bañarme y a vestirme un rato después. Elegí mi mejor ropa, una camisa blanca, un legging azul oscuro, mis botas negras. Me vendé con todo cuidado los puños y las muñecas y me puse los protectores de los codos, las rodillas y los hombros que Aioria había comprado especialmente para la ocasión, y que yo había encontrado sobre mi cama al venir del baño. Mi pelo aún no estaba lo suficientemente largo como para atarlo, así que lo dejé suelto. Por último, puse bajo mi camisa el collar de ágate que me había regalado Kanon. Lo olí. Por alguna razón, quizá por haber estado tanto tiempo guardado entre sus cosas antes de que me lo regalara, olía a él y las piernas amenazaron con dejar de sostenerme. Suspiré un par de veces antes de salir de la habitación, mi estómago empezando a comerse a sí mismo de nervios.
Afuera estaba Aioria, vestido con su armadura y su capa blanca. Era una de las pocas veces que lo había visto vistiendo su ropaje y me pareció que se veía guapísimo, digno, noble. En una de sus manos cargaba su tiara. Al acercarme, me despeinó con su mano libre y sonrió.
La sensación de vacío en la boca de mi estómago se acentuó hasta casi hacerse insoportable.
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El Santuario hervía de excitación. Con cada paso que dábamos hacia el Coliseo sentía que el mundo se tambaleaba bajo mis pies. Nos habíamos cruzado con varias personas en el camino, y sobretodo, con desconocidos Caballeros y sus alumnos, que venían de sus lugares de entrenamiento alrededor del mundo para ésta ocasión. Viejos amigos reencontrándose y saludándose. Personas que tenían armaduras que claramente no eran del Santuario.
Me dieron arcadas pero las disimulé con éxito. June, vistiendo también su armadura, se aproximó a nosotros. Sus dos alumnas mayores, que también competirían en las Pruebas, estaban verdosas de miedo. Así que yo no era la única. Aioria y Camaleón se saludaron con entusiasmo. Entramos al Coliseo, que empezaba a llenarse lentamente. Seguí como un zombie a Aioria, que se sentó junto a Aldebarán y Aimeé. Le sonreí a la taurina, que me sonrió de vuelta. Ella también tenía protectores como los míos, y parecían nuevos. Seguramente Aioria y Aldebarán estaban aguantándose para castigarnos por ese gasto innecesario. Justo detrás de mí estaban Saga y Kanon, muy callados y serios. En la grada inferior, estaban Milo, Camus, Shura y Aioros, y entre ellos dos estaba sentada Eva, con cara dividida entre el interés por el capricorniano y exasperación hacia su maestro, que al parecer estaba dándole una regañina entre dientes. Afrodita estaba tres gradas más arriba, solitario, como siempre. Chloe de Cáncer se sentó al lado contrario de donde estábamos Aioria y yo, junto a Aldebarán y Aimeé. A mi lado se sentaron Mu y Kiki. Tras una media hora, cuando todo el Coliseo estaba a reventar, un heraldo tocó un pífano y todos nos pusimos de pie. En ese momento, al palco, entró el Patriarca y tras él. Nuestra Señora, vestida con una sencilla túnica blanca y portando la Niké. Todos a una, santos, amazonas y aprendices, nos inclinamos en dirección a ella, poniendo nuestra mano derecha sobre nuestro corazón. Ella sonrió. Nos levantamos. Antes de tomar asiento, se aproximó a una mesa cercana a la arena, y retiró una enorme manta blanca que estaba posada sobre ella, ocultando lo que evidentemente eran Cajas de Pandora.
Hoy se disputarían seis armaduras. Todas estas personas habían venido a observar seis combates. Todo el Coliseo al parecer contuvo el aliento al verlas. Desde donde yo estaba no podía distinguir bien de cuáles armaduras se trataba. Así que tendría que esperar hasta mi propio combate para saber qué armadura me elegiría.
-Hoy, estos seis ropajes elegirán a su portador.-dijo Nuestra Señora, con su voz cantarina y etérea, que sin embargo, se escuchaba hasta el último rincón del Coliseo. –Peleen con valor, aprendices. Honren las enseñanzas de sus Maestros. Y si resultan vencedores, serán mis defensores y protectores, y yo cuidaré de ustedes, y ustedes cuidarán de mí y de este hermoso planeta y sus habitantes. Acepten el desafío con entereza. Entre nosotros el día de hoy se encuentran los Guerreros del Dios Poseidón y del Dios Odín. Ellos también serán testigos de su compromiso.
La diosa Athena tomó asiento en su trono de respaldo alto. Fue el turno de Shion, vestido con sus ropas ceremoniales, de ponerse en pie.
-¡Que empiecen las Pruebas!-exclamó Shion. Volvió a tomar asiento.
Casi me da un derrame cerebral. Empecé a apretarme los dedos unos con otros, casi agradeciendo el dolor que me producía hacer eso, encontrar una válvula de escape a mi nerviosismo.
-¡Primer combate! ¡Yanni aprendiz de Camaleón contra Aleister, aprendiz de Musca!
La aprendiz de mayor edad de June, que tendría trece años, se levantó con decisión de su puesto y avanzó hacia la arena, para enfrentar a su oponente, un muchacho inmenso, muy alto y muy delgado. Apenas inició su pelea algo muy extraño me sucedió. Al parecer los nervios hicieron que me desconectara de la realidad y dejé de mirar las luchas. Me observé las rodillas. Pensando, recordando. Los gritos y alaridos de la multitud me llegaban como si yo estuviera bajo el agua.
Recordé todas y cada una de las enseñanzas de Algol. Recordé todas y cada una de las enseñanzas de Aioria. Las de Dohko. Las de Kanon. Incluso lo poco que había aprendido de Afrodita. Como si me preparara para un examen escrito, febrilmente en mi cabeza se sucedían momentos, mientras me apretaba los dedos. El tirón que se sentía al salir y entrar del Triángulo Dorado, la diferencia de atmósferas. Yo, con una cadena atada a un tobillo que en el otro extremo tenía un pedrusco, nadando por horas contra la marea del Cabo Sounión. Aioria enseñándome a utilizar el Lightning Plasma. Volví en mí con un respingo, como cuando se sale de las profundidades a tomar aire, cuando Aioria me puso una mano sobre el hombro. Alcé la cabeza como si tuviera un resorte en el cuello. Acababan de mencionar mi nombre.
-¡Cuarto combate! ¡Marah Aprendiz de Leo contra Hannas, aprendiz de Leo Minor!
Aioria apretó brevemente mi mano cuando me puse en pie. Su cosmo en mi mente me dijo, "Confío en ti. Sé fuerte. " Respiré, me puse recta y caminé hacia la arena como si me dirigiera hacia un trono. Parpadeé unas cuantas veces, esperando con los nervios jugándome una mala pasada, imaginándome horrores metidos en el cuerpo de un oponente del tamaño de Aldebarán.
Al final, mi oponente real salió un poco después de que yo estuviera esperándolo, claramente nervioso.
Mi primer pensamiento era que aquello tenía que ser una broma, cuando lo vi. Casi se me escapó una carcajada.
Hannas podría ser mi hermano menor. Si mucho, tendría doce u once años. Era bajito, delgado pero fibroso, se le notaba bien entrenado. Tenía la piel algo tostada, ojos claros, grises, y pelo de color azul aguamarina, que le llegaba a los hombros. Se le veía nervioso. Hice de mi cara una máscara y no dejé translucir absolutamente ningún sentimiento u emoción, pero mi cabeza era un maremágnum. Me parecía un insulto.
En otra época, fácilmente podría haberle quebrado el cuello a un niño como él. Ahora, quizá no tan fácilmente, pero de igual forma, no me sentía capaz de hacerle daño. Era demasiado joven, se veía demasiado frágil. No debía confiarme, claro estaba, podría ser que ese niño ocultara en su cuerpecito una cosmoenergía monstruosa que me matara en pocos segundos. Lo que no debía hacer era darle chance de atacarme físicamente. Así que yo empecé la función.
Encendí mi cosmoenergía. No hasta el tope pero si lo suficientemente fuerte para iniciar un combate serio. El chico encendió la suya. Quise sonreír pero decidí mantener mi póker face hasta donde me fuera posible. No era ningún tonto, también estaba tanteándome. El poder que estaba expeliendo era una fracción de su poder real, al igual que lo que yo estaba haciendo. Se lanzó hacia mí, tratando de golpearme. Lo esquivé varias veces. Era muy muy veloz. Su cosmoenergía era de color azul eléctrico, y se sentía febril, rápida, escurridiza. Empecé a hartarme del jueguito. Aumenté un poco más mi cosmo, muy reluctante, porque de verdad no quería hacerle daño, y cuando vino hacía a mí dispuesto a golpearme, le puse un Lighting Plasma en la cabeza que lo lanzó al otro lado de la arena. El volumen de la audiencia volvió a subir, pues en medio de mi absoluta concentración, no lo había sentido. Aioria rugía. También escuché a Eva. Esperé con prudencia a que Hannas volviera a ponerse en pie, lo cual hizo sin sorprenderme. Aumentó el poder de su cosmoenergía, y por primera vez me atacó en serio.
-¡Swirling knives!
Cientos de esquirlas eléctricas se precipitaron contra mí, como un tornado. No era nada comparado, sin embargo, con el Lightning Plasma de Aioria. Esquivé la gran mayoría de ellas, algunas me acertaron, sacándome sangre de pequeños cortes en la piel que me ardieron. Me acerqué a él con toda la rapidez de la que era capaz, gracias a la cosmoenergía insuflando fuerza a mi cuerpo. Volví a usar contra él el Lighting Plasma y volví a enviarlo volando, esta vez, contra las paredes de la arena. Cayó al suelo, yo diría que casi inconsciente, sangrando. Suspiré algo aburrida. Esto no me estaba gustando.
Ganarle a ese niño no sería ningún reto, ninguna honra. No quería ganar así. Se puso en pie. Estalló de rabia. Sonreí. Eso era. Eso era lo que necesitaba. Vino hacia mí y antes de que pudiera darme cuenta, estábamos enzarzados en una violenta pelea cuerpo a cuerpo con todas las de la ley, puñetazos, llaves, lanzamientos y patadas. El chico me estaba ganando, lógicamente. Debía defenderme pero no quería hacerle daño. No podía hacerle daño. Era tan sólo un niño.
Me enojé un poco cuando me dio una patada en la cara que hizo estallar burbujas de sangre en mi nariz y en mi boca. Me limpié el rostro con el dorso de la mano. Ejecuté con él un truquito que me había ocasionado horas de dolor insoportable en Géminis. Usé mi cosmoenergía concentrada en las palmas de mis manos como una bomba, pensando en quebrar sus huesos, y con un poco de satisfacción escuché sus costillas crujir bajo mis ataques. Hannas dejó de atacarme, y se quedó de pie, hiperventilando, con el cosmo aún encendido, reuniendo fuerzas para seguir, doblado de dolor. Podría matarlo. Pero no quería. No valía la pena. Y antes de que pudiera venir hacia mí de nuevo, estiré ambos brazos hacia el cielo, dibujé con ellos un enorme círculo, y lo lancé hacia el chico. Era un Solar Storm flojo. Sólo quería dejarlo inconsciente. El ataque lo impactó y lo dejó boca arriba en la arena, con los ojos abiertos. Me relajé y apagué mi cosmoenergía.
El combate había terminado, ¿no? ¿Porqué Shion no lo daba por finalizado? Le dí la espalda a Hannas para mirar a Shion. El Patriarca me observaba. Entonces noté que algo iba tremendamente mal, pues sentí una explosión de cosmo a mis espaldas y luego noté un dolor ardiente y luego azoté la arena, comí polvo, perdí la consciencia un par de segundos. Cuando abrí los ojos y me levanté del suelo, algo dolorida, pero no tanto como esperaba estarlo, me quedé aterrada, presa del pánico. El volumen volvió a subir y escuché gritos, imprecaciones, risas, y palabras de júbilo, y vi a la armadura del Lince descendiendo sobre el cuerpo de mi contrincante.
Me puse en pie. No lo podía creer. Una sensación de absoluta irrealidad me invadió. No podía estar pasando.
Había perdido. Contra ese niño. Un chiquillo al que habría podido convertir en polvo. Ya había sucedido. Todo había pasado. Hannas se desplomó de rodillas en el suelo, llorando de felicidad. Yo estaba de pie, atónita, con los ojos desorbitados. Parpadeaba tratando de sacarme a mí misma del estupor.
-¡La Armadura del Lince ha elegido como portador a Hannas, aprendiz de Leo Minor, que de ahora en adelante será conocido como Hannas, Santo de Bronce del Lince!-dijo la voz de Shion, lejos, muy muy lejos. A miles de kilómetros.
Di media vuelta y caminando lentamente abandoné la arena. Había entrado caminando como si fuera hacia un trono, y debía abandonar el escenario con la misma dignidad. Me dolía la espalda de lo recta que tenía la columna. Alcé la nariz muy, muy alto y dirigí mi mirada, terca, hacia la salida, ignorando todas las burlas y los ojos de la concurrencia.
Una vez estuve fuera del Coliseo, corrí como alma que llevaba al diablo hasta mi habitación en la Quinta Casa.
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Ya era de noche cuando Aioria tocó mi puerta. Entró sin esperar que le diera permiso. Yo seguía sentada en la misma posición en la que había estado toda la tarde, sobre mi cama, aferrándome las rodillas, mirando al vacío, aún perdida en aquella calima irreal.
-Podrías haber ganado. Tú lo sabes y yo lo sé. ¿Qué sucedió?-inquirió, furioso. Tras él, entró Kanon, con cara de estar aún más furioso que Aioria. Los miré como si ambos fueran insectos desagradables y estuviera a punto de aplastarlos bajo mi bota.
-No así. No contra ese mocoso. No podía hacerle daño. Soy incapaz de hacerle daño a un niño. No era noble, ¡no era noble! –fue lo único que logré articular, en medio de la ira, el desprecio y las lágrimas, con la voz quebrada. Mi maestro parecía estar conteniéndose mucho para no venir hacia mí, zarandearme, abofetearme y darme una tunda.
Kanon perdió la poca paciencia que le quedaba. Lo ví enrojecer. Tal vez ese era el momento para acobardarme, llorar, pedir perdón, explicar que me había confiado, que no había querido hacerle daño porque no me parecía justo ni honroso ganar una armadura en un duelo contra un niño. Pero no lo hice. El geminiano quitó a Aioria de su camino empujándolo con un hombro…Y me abofeteó.
Con tanta fuerza que mi nariz volvió a sangrar profusamente.
-Mira que sí, koukla. Sí se puede hacer daño a los niños. Kanena Eleos. ¡Sin piedad!-me espetó, con tanta rabia que pequeñas gotitas de saliva me rociaron el rostro. Me sentí tan indignada que me tiré de la cama y le dí un puñetazo en la cara. Los golpes valían durante el entrenamiento pero no ahora ni en otros momentos. Por cosas como esa era que había terminado con Kanon. Aioria lo sostuvo por detrás, porque parecía dispuesto a lanzarse sobre mí para molerme a palos.
-¿Cuál es tu puto asunto aquí, Kanon? ¡Tú no eres nada mío!-grité, escupiendo sangre, literal y figurativamente.
-¡Mi puto asunto aquí es que yo también te entrené!¡Y DEBES MOSTRAR RESPETO POR LAS ENSEÑANZAS QUE SE TE IMPARTIERON, Y NO LO HICISTE. ¡NOS DEJASTE EN RIDÍCULO A TODOS!
No era sólo eso. Y yo lo sabía. Estaba furioso porque habíamos terminado.
-Eso es cierto, Marah.-acotó Aioria, forcejeando con Kanon.-Estoy muy decepcionado.
Las palabras de mi maestro me dolieron mucho, muchísimo más que la bofetada de Kanon. El tono lapidario de Aioria bastó para calmar a Kanon, que se soltó de su agarre mirándome triunfante. Sus golpes no podían contra las palabras de mi maestro y ambos sabían que me estaba muriendo de dolor.
Las lágrimas empezaron a brotar incontrolablemente. Me quebré.
-¡SALGAN DE MI CUARTO LOS DOS, AHORA, FUERA, FUERA!-bramé, perdida en un vórtice de ira ciega, sollozando. Ambos me miraron con desprecio y abandonaron la habitación. Cerré la puerta de un tortazo y le puse seguro. Me mordí los labios para no gritar más. Iba a irme, ¡a irme ahora!, sin darle explicaciones a nadie, iba a volver a mi casa. Había desperdiciado tres dolorosos años de mi existencia en las manos de esos locos, pero eso iba a tener arreglo justo en ese momento. No me quedaría en ese lugar ni un minuto más. Empaqué con toda la rapidez que pude mis cosas. Encendí mi cosmo y puse mi mano sobre mi nariz. Pensé en parar la hemorragia y en sanar los huesos rotos con todas mis fuerzas. Cerré los ojos y aquella sensación cálida que anunciaba una curación con cosmo exitosa invadió mi rostro. Me miré al espejo aún sollozando, pero mi nariz volvía a estar en la posición correcta y había dejado de sangrar. Me quité la sangre con un pañuelo con agua, me limpié las lágrimas de la cara. Respiré y me llené de orgullo y de dignidad.
Antes de salir de la habitación, me arranqué del cuello la alhaja que Kanon me había regalado, pedacitos de oro salieron volando reventados, y estrellé lo que quedó en mi mano contra una pared con todas mis fuerzas. Me arranqué los protectores de cuero y metal que Aioria había comprado para mí.
Tomé mi mochila y abrí la puerta.
Temblando de ira, atravesé el Hall de Leo. Escuché a Aioria llamándome pero no volví el rostro atrás ni una sola vez.
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Corrí. Corrí y corrí. En Géminis, Saga me salió al paso.
-¿Huyendo, Gatáki?-preguntó, despacio, con una mirada extraña.
-Uno no puede huir de un lugar al que nunca perteneció. Me voy a casa, Saga. Por fin iré a casa.- no supe porqué necesitaba justificarme ante ese tipo extraño al que jamás habia visto como algo más que un idiota grande que me consideraba menos que un bicho aplastado. El santo de Géminis sonrió, una sonrisa que me recordó tan brutalmente a la de su hermano cuando quería herirme que retrocedí y me llevé las manos al pecho, intentando protegerme inconscientemente de sus palabras.
-Niña, si te vas ahora, ya no habrá nunca una casa para ti. No habrá honor y no pertenecerás a ninguna parte-dijo, y me dió la espalda, dejándome en la oscuridad de Géminis. Tuve un escalofrío de dolor. Y caminé saliendo de la Tercera Casa aún más decidida a largarme.
En Tauro, interrumpí la celebración de Aimeé y Aldebarán, y me la llevé a un lado un momento. Aldebarán me miró con una expresión curiosa que interpreté como desprecio. Aimeé parecía estar en la gloria. En medio de mi tristeza y mi ira, sentí una pequeña llama de alegría en mi pecho, por ella, por su logro. No había presenciado su combate, pero ella había salido victoriosa. Una belleza gris y azul cubría su cuerpo. Portaba un escudo en su brazo izquierdo adornado con una rosa náutica. Una diadema de tres puntas la coronaba. Sus hombreras tenían doble capa. Su pecho estaba totalmente cubierto de metal, así como sus caderas. La sensación fría de su cosmoenergía poderosa contrastaba con la pureza y la calidez de su aura personal. Era una mezcla curiosa de poder y dulzura.
-Te felicito, Aimeé. Estaba segura de que lo lograrías.- le dije, temblorosa, tomando sus manos enguantadas entre las mías. Le hice una reverencia con la cabeza. Ella era ahora una Santa de Plata.
Aimeé me miró con infinita tristeza.
-No es lo mismo sin ti. Estoy muy preocupada. ¿Qué te sucedió? Podrías haberle ganado.-me dijo. Las lágrimas me cayeron por las mejillas.
-Lo sé. Simplemente, sucedió. Me voy del Santuario, Bully. Quería decirte adiós.
Los ojos de mi amiga también se llenaron de lágrimas.
-No, por favor no te vayas.-me dijo.-Puedes entrenar para las próximas Pruebas, puedes ser parte de la Orden, yo sé que lo lograrás, Marah. No te vayas.
-Es una decisión ya tomada. Quiero irme y olvidarlo todo, retomar mi vida. A ti no te olvidaré, Bully. Ni a Eva. Despídeme de ella, por favor. Fueron lo mejor que me sucedió aquí. Te escribiré seguido. Puedes ir a visitarme. Iré con mi familia en Arabia y luego volveré a Londres. Debo irme ya.
Aimeé tomó mi brazo. La abracé. Luego me solté de su agarre y seguí corriendo. Corrí y corrí, fuera de mí. Sin pensar en absolutamente nada, solo huir de aquella fuente de dolor y rabia que había sido el Santuario de Athena. Alejarme de allí, para quizá alejarme de mí misma.
Corría huyendo de mi propia alma desnuda y sangrante.
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