XXI
OBLIVION.
Removía aburrida con una cucharilla la taza de café ya casi frío ante mí. Me había negado a beber café de una taza de plástico, así que me había gastado lo último quedaba en ese lujo absurdo que para colmo se estaba enfriando.
Estaba en un restaurante de la Plaka, en el centro de Atenas, vestida con una chaqueta negra, una blusa blanca, y unos jeans. Para eso me había alcanzado el dinero que tenía guardado, para un pasaje en bus hasta Athenas, comprar ropa nueva –porque toda la que tenía, excepto una abaya y un hijab, era ropa de entrenamiento o estaba convertida prácticamente en harapos-, y hacer una llamada al bufé de abogados de la Fundación Graude. Había llegado a la ciudad en la mañana, después de haber caminado casi toda la noche para salir de los pueblos cercanos al Santuario, que no eran accesibles por vías por las que pudieran transitar automóviles. Y estaba desesperada porque los abogados llegaran. Para salir de Grecia necesitaba mi pasaporte. Y dinero. Llevaba esperándolos casi diez minutos.
-¿Marah Goldsmith?-dijo una voz masculina detrás de mí. Me volteé casi automáticamente. Los dos hombres vestidos de traje formal parecieron asustarse muchísimo y retrocedieron un par de pasos. Los miré con la cabeza inclinada hacia un lado, intrigada por su nerviosismo. Luego recordé que la gente del mundo real no solía ver a nadie moviéndose tan rápido.
-¿Son los abogados de Graude?-pregunté. Ambos asintieron con la cabeza. Sonreí. Parecieron tranquilizarse un poco.-Les agradezco infinitamente el haber venido a verme. Por favor tomen asiento.
-Es nuestro trabajo, señorita Goldsmith. Mi nombre es Kostas Arvanitis y mi compañero se llama Christo Demetriou. Encantados.- Kostas Arvanitis tenía pelo castaño y ojos grises. Christo tenía los ojos muy negros y el pelo negro también, era algo moreno, supuse que de ascendencia turca. Ambos frisaban los cuarenta años y se veían muy estirados y formales. Justo el tipo de gente que esperaba que fueran abogados de Saori Kiddo. Estreché la mano de ambos, y nos sentamos de nuevo a la mesa.
-La señorita Kiddo nos pidió que le hiciéramos entrega de varios documentos y le explicáramos algunos asuntos legales. –dijo Christos Demetriou directo al punto, poniendo su maletín profesional sobre la mesa y abriéndolo. De él empezó a sacar sobres que iba poniendo sobre la mesa ante mí conforme los iba nombrando.-su pasaporte, sus documentos de identidad, dinero en efectivo para sus gastos personales y pasajes de avión al destino que usted estime conveniente.
-¿Pasajes?-dije. Yo sólo necesitaba uno, de ida. Christos Demetriou me miró casi con compasión.
-La señorita Kiddo nos dijo que necesitaría uno de vuelta, por si deseaba regresar.
Rompí a llorar. Athena, perdóname. Me limpié las lágrimas de la cara y me recompuse. Me peiné el pelo con los dedos hacia atrás y me estiré y sonreí. Tomé los sobres y los revisé uno por uno para comprobar que su contenido fuera el correcto y luego firmé un par de copias de recibido para cada abogado.
-Ahora quedan los asuntos legales que debíamos explicarle.-dijo Kostas, con un poco más de tacto.-Tenemos entendido que su familia adoptiva reside en Arabia Saudita, ¿no es así?
-Sí, así es. El señor Mohammed Malouf es mi tutor legal en Arabia. –dije. Mujeres solas no podían entrar ni salir de Arabia Saudita sin la compañía de un tutor legal, fuera padre, hermano, marido o hijo. Así que Mohammed, mi padrino, era legalmente, mi tutor.
-No, ahora no lo es.-contestó Kostas, algo compungido. Abrí los ojos sorprendísima. No entendía nada.-Verá, señorita Goldsmith, revisando en su documentación, encontramos que hace unos años fue ingresada de emergencia en un hospital de Mecca, y que el señor Aioria de Leo fue quien se la llevó cuando le dieron el alta, tras una serie de complicaciones legales…Que se resolvieron haciendo que el señor Aioria se convirtiera en su tutor legal.
Tragué saliva mirando a Kostas a los ojos. Yo sabía muy bien qué significaba eso. A menos que consiguiera un esposo sólo para ir a Arabia Saudita y descartarlo apenas llegase, sin Aioria no podía entrar al país. El Santuario me había quitado incluso eso, la posibilidad de volver a casa. Cerré los ojos y respiré hondo intentando calmarme.
-Entiendo.-murmuré al fin. –Supongo que podrán contactarme con la firma de abogados que maneja las propiedades de Alexander Harker, mi abuelo materno.
-Está hecho. –dijo Christo, y me admiré de su rapidez y eficiencia. Sacó otro sobre del maletín.-por eso los tiquetes aéreos son de destino abierto; usted determinará a dónde desea ir. En este sobre están las escrituras de ambas propiedades y las llaves de acceso.
-Díganle por favor a la señorita Kiddo que le estaré eternamente agradecida por todo y que en cuanto pueda, le reembolsaré el dinero y los tiquetes aéreos. Aunque creo que ella ya lo sabe. Y gracias a ustedes también, por su eficiencia y atención. –dije, juntando los sobres en mi regazo, las llaves a mi libertad. Los abogados se despidieron y yo me quedé allí, con el café frío servido ante mí. Empaqué los sobres en mi mochila, me la puse sobre los hombros y me dirigí al aeropuerto. Llovía a cántaros.
En el taxi, pensé en lo mucho que extrañaría Grecia. El calor, el sol radiante todo el tiempo, los olivos omnipresentes, el aire perfumado, la brisa llena de arena. Extrañaría hasta el horripilante queso de cabra que a Aioria tanto le gustaba. Extrañaría la magia que impregnaba el aire, la radiancia de los colores, el Cosmo de Athena. Extrañaría vestir peplos y botas, el olor a humo, la comida cocinada en leña, el mármol omnipresente. Extrañaría el olor salobre y el rocío del mar rompiendo contra las rocas en Cabo Sounión. Extrañaría el dolor en los músculos tras cada entrenamiento, los nudillos, codos y rodillas raspados, extrañaría la adrenalina recorriéndome durante las peleas, la sensación de ardor en la piel al encender mi cosmoenergía al máximo, la adrenalina y la felicidad al lograr dominar alguna técnica.
Extrañaría a Aioria. A Kanon. A Aimeé. A Eva. June, Dohko, Kiki, Afrodita. Extrañaría al Santuario, pero por sobre todo, extrañaría a Athena, a la diosa, quien me había protegido y entrenado, a quien le había jurado lealtad, a quien le había fallado.
El conductor, sin mirarme, me pasó una caja de pañuelos de papel.
-No se preocupe, señorita.-me dijo, con un acento tracio bastante marcado-No quiero meterme en su vida, señorita, pero supongo que si va al aeropuerto sola es porque quiere separarse de alguien…Usted es joven, puede hacer una nueva vida…pronto lo olvidará todo.
Un par de lágrimas se me salieron. El bienintencionado taxista me miraba ahora sí, por el rabillo del ojo, con una expresión de compasión. Tenía razón, yo era muy joven y quería rehacer mi vida, podía hacerlo, de hecho, iba a hacerlo.
Pero no estaba muy segura de querer olvidarlo todo.
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Abrí los ojos. En el sueño habían cuervos y serpientes y mucha luz dorada y aquella vasija de barro rojo con el sello de Athena. Parpadeé intentando concentrarme y recordar dónde estaba. Luces de autos entraban a raudales por la ventana abierta. Era de madrugada. Miré hacia los lados. Estaba acostada en una cama doble, de nogal oscuro, cobertores blancos. El piso también era de madera. El techo y las paredes tenían molduras de yeso. Afuera nevaba ligeramente. Era la habitación de mi madre en el segundo piso, la que había tomado para mí.
Estaba en la casa de mi abuelo materno, ubicada en la esquina entre Montague Place y Bedford Square. Si miraba por las ventanas de un lado de la casa, podía ver el British Museum en todo su esplendor. Tenía tres plantas, un ático, un invernadero, dos comedores, dos salas de té, dos despachos, cinco habitaciones y una cocina inmensa con una chimenea Tudor de piedra en el primer piso que yo sospechaba, había sido la casa completa, al menos hacía cuatrocientos años. Las paredes del resto de plantas tenían molduras de yeso y en algunos sitios, papel tapiz. Las escaleras y en general todo el piso era de madera.
Y cuando había llegado, hacía tres meses, estaba hecha un desastre. Una espesa capa de polvo lo cubría absolutamente todo. No me sorprendí. Hacía casi diez años que nadie ponía un pie en esa casa. Las plantas del invernadero habían muerto hacía ya mucho. Así que mis días se habían convertido en una rutina como la de Sísifo, levantarme tarde, comer cualquier cosa, limpiar, limpiar, limpiar, limpiar, limpiar, dormir, volver a empezar.
La casa me obsesionaba. Los recuerdos, las fotografías, la ropa de mi madre, la de mi abuelo. Aún no me había atrevido a hurgar entre los papeles de Alexander Harker ni en los de Daphne Goldsmith, mi madre. Me parecía una broma muy pesada que hubieran elegido precisamente ese nombre para ella. Daphne, la ninfa griega que prefirió convertirse en laurel a entregarse a Apolo. Yo esperaba que las circunstancias no me orillaran a tan drástica decisión, pero tenía que admitir que con cada pesadilla, cada signo, cada visión, me iba hundiendo más y más en la desesperanza. Lo peor era no tener evidencia concreta de que en realidad fueran cosas causadas por un dios acosador. Lo peor era que yo sentía que estaba perdiendo la cordura. Una mañana me había levantado para encontrar el ático lleno de cuervos. Cientos de ellos, que me miraron, al unísono. Grité y salí del ático cerrando la puerta detrás de mí. Cuando la abrí de nuevo, temblando, ya no estaban. A veces me parecía que las molduras de las paredes se movían serpentinamente por el rabillo del ojo. Su voz llamándome, y los sueños, cada vez más persistentes. Era una tortura.
Intenté identificar la fuente de mi incomodidad. Me levanté de la cama y observé a mí alrededor. No había nada fuera de lugar, excepto el frío. Eso era. El frío. Me envolví en una gruesa manta de lana a cuadros. Hacía muchos años que mi vida se desarrollaba en ambientes muy, muy calurosos. No lograba acostumbrarme al frío que me calaba los huesos del invierno londinense. Me pregunté cómo hacía Aimeé para vivir en Finlandia, seguramente mucho mucho más fría. Aimeé.
Una enorme culpa me llenó. Un piso más abajo, en el escritorio del despacho de mi abuelo, había un fajo de cartas sin abrir, de Aimeé y de Eva. No había querido leerlas, para no sentirme aún más sola y más culpable. Seguramente me estaban odiando. De Aioria no había nada. De Kanon tampoco. Ni de Dohko. Ni de Afrodita. Me levanté de la cama con desgana y me dirigí al armario. Busqué otra ropa más abrigada qué ponerme. Ya se me había espantado totalmente el sueño, así que decidí deambular por la casa, como siempre que no lograba dormir o me levantaba espantada en la madrugada tras tener alguna de mis cada vez más habituales pesadillas.
Bajé hacia la cocina, descalza, tiritando un poco, por la gran escalera principal. La casa estaba a oscuras y el piso rechinaba muchísimo con cada paso que daba. Suspiré. Tendría que encontrarle solución a eso también, la madera estaba muy vieja y en muchos años no había sido cuidada.
Encendí la luz de la cocina al entrar y puse agua a calentar para hacerme un té. Mientras esperaba, miré la nevera y la despensa, ya casi vacías. Me resigné a tener que hacer una excursión al mercado. No me gustaba salir de la casa. Me sentía extrañamente vulnerable y observada. Con el té ya listo me dirigí al despacho de mi abuelo. Me dije a mí misma que debía leer y responder las cartas de Aimeé y de Eva. Ellas habían sido buenas conmigo y no merecían mi silencio. Ya lo había evitado demasiado tiempo, y no era justo con ellas. Iba a doler leer y dolería responder pero debía hacerlo. Encendí la luz del despacho y me senté al escritorio. Abrí el primer sobre. Era de Aimeé, unos días después de haberme ido del Santuario.
Querida Kitty:
Eres una niñita malcriada y estúpida y mientras escribo esto sólo deseo tenerte en frente para zarandearte y darte palmadas hasta que despiertes. No tenías que irte del Santuario. No era necesario. Hasta Isaac me dijo que había entendido claramente por qué no habías querido luchar en serio con ese niño. Estamos todos muy enojados contigo. Aioria se niega incluso a pronunciar tu nombre. Según escuché tuvo una fuertísima discusión con Kanon de Géminis luego de que agarraste tus cosas y te fuiste sin pedirle permiso a nadie. Causaste un gran escándalo. Todos hablan de tu partida y en general el tono en que dicen las cosas no es muy bueno ni agradable. Shaina se pavonea hablando mal de ti. Escuché a Saga de Géminis refunfuñar muy molesto un día que alguien te mencionó, entre otras cosas, porque su hermano estaba "insufrible". No me imagino qué estará pasando en la Tercera Casa para que Saga diga que no se aguanta a Kanon.
Por otro lado, yo estoy bien, tengo mi propia cabaña y la vida sigue casi igual. No es tan cómoda como Tauro, y mucho menos igual de grande, pero es mía. Me la paso el día entrenando con otros Santos de Bronce y Plata.
Vuelve aquí en este instante y arregla el lío que dejaste atrás, gata tonta.
Te quiere y te extraña horrores,
Aimeé.
Casi sollocé. ¿qué había hecho?. Destapé el siguiente sobre. Era de Eva.
Te fuiste hace un mes y Aioria, aunque no lo deja ver de nadie, está deshecho. En confidencia, mi maestro me dijo que si no volvías pronto y te sometías al juicio del Patriarca, nunca se recuperaría de la vergüenza. Lo que hiciste fue algo grave. Desertaste. Además ten en cuenta que allá fuera estás en peligro. Si, lo sé todo. Me entero de muchas cosas haciendo favores, recuérdalo. A no ser que lo que quieras es que ese afeminado te encuentre y te convierta en un zombie; si es así, me sentiría infinitamente decepcionada de ti. Vuelve, te extrañamos. Si le explicas al Patriarca sé que todo se solucionará, si le pides perdón a tu maestro y a Athena que te acoja de nuevo. Vuelve, no seas tonta. Allá afuera no te espera nada. Aquí estamos todos esperándote.
Solté las cartas y empecé a llorar. No había llorado durante todo el tiempo en que había estado en Inglaterra y todo el dolor se salió de mí como si hubieran perforado un dique. Mi maestro. Aioria. Me sentía infinitamente culpable con él. Seguí leyendo y llorando. En general todas las cartas tenían el mismo tono. Anécdotas de cómo yo me había convertido en la comidilla del Santuario, y luego cómo el asunto se iba olvidando hasta que ya casi no era mencionado. Y de cómo Aioria se hacía el fuerte y el que no sucedía nada pero en privado estaba muy decepcionado de mí y sobre todo de sí mismo. Me reclamaban por qué no respondía a sus cartas y en una Aimeé me contaba que había visto a Kanon de Géminis sentado en Cabo Sounión con cara de estar pasándola terrible.
Sollocé con más fuerza. Miré mi taza de té. Eso no me serviría para paliar mi dolor. Necesitaba algo más fuerte. Me puse en pie y me dirigí hacia el centro del enorme librero que había en frente. Hacía unos días había descubierto el minibar de mi abuelo, lleno de botellas de whisky de hacía más de diez años. Estaba escondido detrás de una tabla corrediza. También allí había una cajetilla de Wintermans y una cajita de lo que yo pensaba era tabaco para pipa. Necesitaba toda la anestesia posible para escribirles respuestas razonablemente decentes a Aimeé, y a Eva. Saqué una de las botellas de whisky y la cajetilla de Wintermans (eso iba a doler, la última vez que había intentado fumar, tenía siete años y la aventura terminó conmigo mareada y con náuseas) y me senté en el escritorio de nuevo. Abrí la botella y empecé a tomar. Ugh. No era dulce, como el ouzo. Esto sí que era combustible de avión, pero del fino. Sabía a ahumado y olía a madera. Las lágrimas seguían saliendo pero estaba extrañamente tranquila y sosegada. Seguí leyendo las cartas. Tomé uno de los cigarrillos y lo encendí con una cerilla. Le dí una larga calada. Empecé a toser. Diablos, sí que sabía horrible. Aún más con el whisky. No entendía cómo a los adultos les gustaban aquellas cosas. De todas formas seguí fumando hasta que el cigarrillo se acabó. Me serví un vaso de whisky. Y luego otro más. Y otro. Y luego otro. Y otro cigarrillo.
Después de unos minutos, me sentía muy mal y estaba muy mareada. Me levanté del escritorio, pues era incapaz de escribir o siquiera de pensar correctamente. La nevada había arreciado y el ruido del viento tapaba absolutamente todos los ruidos naturales de la casa. Estaba haciendo mucho frío y pensé que lo mejor era volver a la cama, encender la chimenea de la habitación y dormir. Luego recordé que cuando me había despertado, lo había hecho por el frío…y porque la ventana estaba abierta de par en par. Recordaba claramente haberla cerrado con seguro antes de irme a dormir. La borrachera se me fue casi toda. Tomé el abrecartas, un filo, una punta, un arma mortal, en caso de necesitarlo.
-Disculpe la intromisión, señorita. Esperé hasta que me pareció prudente. No deseaba interrumpir su momento privado.-dijo una voz masculina que jamás había escuchado. Me levanté tan rápido que tiré la silla al suelo y retrocedí hasta quedar de espaldas a una pared, buscando al intruso con la mirada, y con el abrecartas empuñado con tanta fuerza que tenía blancos los nudillos. Miré hacia la puerta del despacho. Un hombre rubio con una armadura negra con adornos grises y un manto blanco drapeado sobre su armadura me miraba casi divertido. Estaba a punto de desmayarme. Esa no era una armadura de Athena. Y ése no era un santo de Athena.
-¿Quién es usted y qué hace en mi casa?-gruñí, amenazante. El hombre se rió un poco y avanzó hacia mí. Llevaba una bolsita de tela en las manos. Encendí mi cosmoenergía hasta donde más pude, a pesar de que hacía muchísimo tiempo que no la usaba. El hombre sonrió aún más pronunciadamente, como si mi agresividad le resultara cómica.
-Mi nombre es Teseo, y soy uno de los Ággelos al servicio de los Dioses del Olimpo. Puede bajar eso, señorita. No deseo hacerle daño. Tengo un mensaje para usted, de mi Señor Apolo.
Empecé a hiperventilar. Ése que se hacía llamar Teseo se acercó aún más, sacando de la bolsita de tela un objeto dorado que destelló y se robó mi atención mientras él se hincaba con una rodilla en tierra ante mí y me ofrecía lo que había visto en sueños tantas veces.
Una corona de laureles dorados.
-Mi Señor quiere hacerle saber que si acepta entregarse y recibir en su cuerpo el alma de la Pitia, le estará eternamente agradecido y le otorgará honores y poderes con que un mortal sólo podría soñar. Usted es la única persona viva que puede contener a la Pitia en su cuerpo, está en su sangre, en la sangre de las mujeres de su familia, y la presencia de la Pitia en este mundo y esta Era es altamente necesitada por Mi Señor. Mi Señor también dice que ha estado enviándole mensajes y visiones y que si no atiende pronto a su llamado, habrá consecuencias graves…para aquellos a quienes usted ama.
Miraba aterrada alternativamente la corona de laureles y los ojos grises de Teseo, el mensajero. Apolo sí me estaba acosando. Me estaba amenazando. Y chantajeando. Todo lo que había vivido en los últimos meses era real. Me quedé callada y solté el abrecartas, invadida por el mareo. Trastabillé, a punto de caerme al suelo. No recordaba la última vez que había comido. Teseo se puso de pie, aún sonriendo enigmáticamente, puso la corona de laureles sobre el escritorio, me hizo una ligera reverencia, y abandonó la habitación tan rápido que ni siquiera pude verlo. Me apoyé en la pared y me deslicé hasta el suelo, vencida por el pánico y la náusea. Tal vez la única manera de escapar de mi vergüenza, de la soledad, del dolor, de Apolo, de todo, era morir.
El abrecartas destelló en el suelo, sólo a unos centímetros de mi mano.
Lo aparté de una patada. Casi arrastrándome subí a mi habitación y me eché en la cama, arrebujándome en las mantas.
Mañana me levantaría a rehacer mi vida. No dejaría que nadie me aterrorizara, había escapado de ellos, de todos, y no me robarían de nuevo mi libertad y mi tranquilidad.
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Plaka: Barrio histórico de Atenas, cercano a la Acrópolis, de arquitectura neoclásica y calles laberínticas.
Abaya: túnica larga hasta los pies y no ceñida al cuerpo que usan las mujeres en algunos países islámicos.
Hijab: Pañuelo largo y ancho usado para esconder el cabello femenino, y en algunos casos, el cuello y el pecho, por las mujeres practicantes del Islam.
Montague Place y Bedford Square: dos calles que se intersectan, en el barrio Bloomsbury, de Londres. Justo al lado está el British Museum.
Ággelos: palabra griega para ángel. Me pareció mas adecuado.
Chicos, les agradezco infinitamente por sus reviews, verán que hay The Lion´s Roar para rato. Gracias también por su lealtad, por seguirme leyendo, sus palabras de aliento y por dejarme ser parte de sus vidas diarias.
Sean buenos y pásense por Crossroads y Saint Seiya Drabbles, de Bully, AKA The Ninja Sheep.
Se despide su servidora,
Lara Harker.
