Hola a todos! He regresado con más drama para ustedes, después del drama de la vida diaria en el trabajo que me ha mantenido algo alejada de este pequeño proyecto que me alegra la vida.
Un abrazo sentido para Kari, Abby Lockhart, Tsuki Girasol y quienes me dejan reviews y favs. Sus comentarios, apreciaciones y todo su cariño incondicional a esta historia me dan fuerzas para seguir. De verdad, ¡muchas muchas gracias!
Advierto que este capítulo es bastante violento.
Sin más preámbulos, hoy les dejo...
XXII
KÁNENA ÉLEOS
El aire era espeso, estaba cargado de olor a cigarros cubanos caros, efluvios de vodka y hachís, y en el fondo, un tufillo tóxico, químico, que no lograba detectar y que asociaba a bandejitas-espejo llenas de montoncitos de polvo blanco. Debía acostumbrarse. Así eran todas las fiestas de Petrovich, su nuevo y flamante patrón. Y el hombre junto a sus subordinados vivía en una inagotable sucesión de negocios, matanzas y fiestas. Una cantidad insólita de muchachas delgadísimas, pálidas, rubias, de senos y nalgas respingonas escasamente vestidas con ristras de perlas y diamantes, encaramadas en altísimos tacones, daban vueltas por ahí, buscando un regazo de mafioso ruso qué adornar.
Las miró, con descaro. Eran preciosas, se veían deliciosas, pero no se ajustaban del todo a su gusto en mujeres. De pronto se encontró mirando hacia un estrado un poco más alto, en su centro estaba una vara de pole dance contra la que se recostaba una jovencita.
El impacto inicial le quitó el aire. Tenia una larga cabellera castaña rizada, cara en forma de corazón y labios gruesos. Unos enormes ojos claros orlados por largas pestañas. Largos collares de perlas y diamantes le adornaban el busto desnudo llegándole hasta el ombligo. Lucía muy drogada, con la mirada perdida, vestida con un diminuto tutú rosa transparente…y nada más, a excepción de los tacones.
Un tipo alto y basto la hizo erguirse tomándola de la mano, y la chiquilla se dejó hacer, perdida seguramente en la niebla de alguna droga hipnótica.
-"Se parece a ella".-pensó, entre excitado y enojado-"Ojos grandes, pechos pequeños, caderas anchas"…
-¿La quierres?-preguntó una voz pastosa a su lado. No se había dado cuenta de que el mismísimo Petrovich estaba de pie a su lado, observando apreciativamente a la niñita.-Me gustarría hacerrte un regalo, Algol. Me has servido muy bien. Te has convertido en mi arrrma favorita. La chica es virgen, esta es su primera fiestecita. ¿La quieres?
Algol sonrió apreciativamente. De Petrovich podía decir no sólo que era el tipo más peligroso y encumbrado dentro del mundo oscuro y sucio de la Bratva. Era un hombre con visión, con ideales más allá de traficar con sustancias y personas. Tenía unos tentáculos muy largos, metidos en negocios de todo tipo y con inversiones en muchas áreas. El ex santo de Athena había elegido cuidadosamente a quién prestaría sus servicios, y en poco tiempo, se convirtió en la mano derecha, en el protegido. Se movilizaba en autos de lujo, vestía ropa cara, hacía cuanto quería, cómo, dónde y con quién lo quería.
Pero no estaba plenamente satisfecho. Tenía una deuda que cobrar. Y esa mañana había recibido información valiosísima de Denes, su discípulo en el Santuario. Más le valía a Ílich Pyotr Petróvich tener los oídos bien abiertos para lo que iba a contarle y proponerle.
La deuda que quería cobrarse podía predecir el futuro y estaba sola, desprotegida y prófuga de la ley de Athena en algún lugar de Londres. Se relamió. Sintió que se le puso dura de sólo pensar en que pronto la tendría a su completa y entera disposición. Se volvió hacia Petróvich y le sonrió, servil.
-No, mi señor. Le agradezco muchísimo…El día de hoy vengo a contarle algo que puede serle sumamente interesante. Algo que puede cambiar su destino y hacerle el hombre más poderoso del mundo.
Vió como los ojos azul glacial del ruso destellaban de ansia.
-Siéntate y bebe conmigo, Algol.-contestó Petróvich.-Aquí no, arriba, en privado.
Los dos hombres desaparecieron tras una puerta, mientras la chiquilla con el tutú seguía mirando hacia el infinito, perdida en una nebulosa, una calima que la apartaba de aquel horror. A una señal de Petróvich, otro hombre la llevó de la mano hacia aquella puerta.
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El pequeño lloraba desconsolado, apretándose con ambas manitas la rodilla izquierda, mientras se balanceaba hacia adelante y hacia atrás intentando paliar el dolor. Sus compañeros de juegos habían seguido su camino, y le habían dejado sentado en la mitad de la acera, con las rodillas sangrantes.
Una muchacha de cabello castaño muy claro y corto, vestida con un pantalón oscuro, una chaqueta de cuero negro, botas de cuero y una bufanda negra, que llevaba en los brazos una bolsa de compra de mercado, se acercó a él caminando despacio.
El sol de invierno, a contra luz contra su rostro, no le permitía al niño observarla bien. Luego ella se agachó para quedar a su altura. El niño hipó un poco, tallándose un ojo con el dorso de su pequeño puño, mientras observaba los rasgos finos y los ojos azul turquesa de aquella joven que lo miraba con una expresión de compasión. La vió quitarse un guante negro de lana y poner su mano sobre su rodilla sangrante. El chiquillo abrió los ojos como platos al ver que del cuerpo de la joven emanaba una luz que cambiaba de colores, blanco, azul y amarillo. De inmediato una sensación de bienestar lo invadió y el raspón dejó de dolerle. Ella quitó la mano. La raspadura ya no existía, sólo estaba su piel lisa allí, de nuevo. El chiquillo abrió la boca para decir algo. Ella sonrió y se puso un dedo en los labios, con ademán de pedirle silencio. Ella le guiñó un ojo mientras se ponía en pie. La vió seguir su camino sin moverse, aterido por la sorpresa y el susto.
También la habían visto un par de hombres, desde una camioneta negra con vidrios polarizados, aparcada en la esquina de aquel parque infantil. De inmediato uno de ellos tomó un teléfono celular y marcó un número, mientras el otro esperaba que la muchacha alcanzara la esquina opuesta, para poner en marcha el motor y seguirla hacia su destino.
Llevaban semanas siguiéndola, sin estar seguros de su identidad. La chica había cometido un error garrafal que le costaría caro.
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Me había tomado un tiempo absurdamente largo recuperarme del colapso nervioso que sufrí tras leer las cartas de Aimeé y Eva y tras la amable visita del Aggelos de Apolo, Teseo. Estuve al menos dos semanas, andando como un zombie por la casa, con la corona de laureles dorados en la mano. Al final escondí la corona en el minibar del abuelo, tras el panel de madera oculto en su biblioteca, junto con el whisky y los cigarros Wintermans.
Armada de más whisky y más cigarrillos, me senté para escribir respuestas a las cartas de Aimeé y EVA. Incluso le escribí a Aioria…Y a Kanon. Me tomó un tiempo absurdamente largo, horas. Incluso me emborraché, el mundo me daba vueltas cuando al fin sellé los sobres. Pero me sentí muchísimo más tranquila.
A Aimeé le decía que no estuviera enojada conmigo, que había necesitado mucho tiempo de reflexión para darme cuenta de que realmente había obrado mal al irme sin aviso ni permiso, pero que no me arrepentía de haberme ido, no tenía futuro alguno en el Santuario de Athena (o al menos eso creía yo) que la extrañaba montones, horrores, y que me alegraba muchísimo que ya fuera parte de la Orden Ateniense. Le contaba que estaba leyendo y aprovechando mi tiempo recuperando mi pasado y mi casa. Me había dado cuenta de todo lo que me había perdido.
A Eva le escribí que esperaba que su entrenamiento con Aioros no estuviera siendo demasiado duro, y que aunque yo sabía que en el Santuario tenía un hogar, una familia que me esperaba, no deseaba volver allí porque quería recuperar mi propia vida y mi destino, no el que deidades desocupadas habían impuesto sobre mí.
Me había costado horrores escribirle a Aioria. En la misiva derramé pedidos de disculpa ad infinitum y agradecimientos por todo su esfuerzo en entrenarme, su cariño, su apoyo y su fe en mí, además de explicarle qué me había sucedido durante la batalla por la armadura y qué había sentido y pensado luego, las cosas que me habían orillado a tomar tan drástica decisión, y que esperaba que le fuera posible comprender mis acciones, si bien no esperaba que me perdonara. Sabía que lo había decepcionado más allá de cualquier posibilidad de clemencia.
Y a Kanon…le escribí que aún lo amaba, y que sabía que tampoco me perdonaría jamás haberlo decepcionado. Pero que seguía –y seguiría indefinidamente- amándolo con todas mis fuerzas.
Luego me había bañado por primera vez en esas dos semanas, vestido, peinado e ido a depositarlas en el buzón, y luego a aprovisionarme de comida al mercado, porque estaba cuasi literalmente muriéndome de inanición.
Volví a casa consciente de que tal vez, una camioneta negra me venía siguiendo. Después del susto que me había dado el tal Teseo, tenía los sentidos agudizados y despiertos, había notado que mi reticencia a salir de casa se debía a que sentía que alguien me estaba siguiendo cada vez que lo hacía. Sin preocuparme por nada entré a casa, organicé los víveres en la nevera y la despensa, me cociné una buena cena y tras darme un atracón de whisky, al que me había aficionado, me preparé para dormir. Hacía la vida muchísimo más fácil en algunas ocasiones, sobre todo cuando me sentía nerviosa.
En los días siguientes evité salir de la casa, porque la presión se estaba haciendo insoportable. No había sentido ningún cosmo, aparte de las ya habituales visiones y pesadillas enviadas por Apolo, sin embargo era claro que algo se estaba cocinando y que yo era el ingrediente principal. Empecé a pensar seriamente en irme a El Cairo, o llamar a mi familia en Arabia Saudita para que volaran a Londres, pero algo dentro de mí me decía que no sería buena idea. También tenía curiosidad.
¿Quiénes eran? ¿Qué tramaban? Eran hasta descarados. Bajaban la velocidad de sus inmensas camionetas blindadas al pasar por la calle de enfrente. A veces al mirar por las ventanas, veía a uno o dos hombres que claramente no eran del vecindario, de pie en alguna de las esquinas, mirando ansiosos en dirección a mi hogar. Pensé decididamente que si eran tan malos espías como para dejarse ver, no representaban peligro alguno para mí. Así que volví a salir a la calle a hacer compras o simplemente a pasear. Había llenado la casa de libros, de plantas, de cortinas nuevas. Estaba hermosa, reluciente, todo mi trabajo se veía recompensado. Hasta en el invernadero abandonado y seco por tantos años relucía el verde y los colores de muchos distintos tipos de flores.
Había olido toda la ropa de mis padres. Había hurgado entre sus cosas y visto muchos montones de álbumes de fotos. Me había familiarizado con esos desconocidos que me habían traído al mundo, y les amaba. Habían sido buenos, hermosos, inocentes. Mis padres. Había recuperado mi pasado y estaba intentando decidir a qué me dedicaría para ganarme la vida, porque había comprendido de la manera dura que estaba sobreeducada en los misterios de la religión guerrera de Athena, pero en el mundo de afuera era menos que una estudiante de secundaria, porque no tenía como demostrar que había sido educada en casa hasta los catorce años.
Descubrí que me gustaba ayudar a otros. A veces paseaba sola por las calles de Londres, envuelta en ropa muy holgada. Asegurándome de que las chicas borrachas llegaban sanas y salvas a casa, que los muchachos no morían de hipotermia en la calle, que los niños no corrieran peligro. Me había hecho voluntaria de una misión de una iglesia anglicana (aunque yo estaba lejos, muy, muy, muy lejos de ser siquiera cristiana) para alimentar a las personas desamparadas, y a en ocasiones compartía mi tiempo con los ancianos solitarios.
Me sentía útil y plena. Pero no debía usar cosmo para no atraer la atención sobre mí. Aquellos tipejos enormes vestidos de negro me estaban siguiendo, ahora era muy claro y obvio. Me había atrevido en un par de ocasiones a mirarlos a los ojos y sonreírles con sarcasmo.
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Ya había pasado una semana y no había recibido respuesta alguna a las cartas que había escrito. Pasé toda la tarde podando arbustos en el invernadero, y gran parte de la noche leyendo en mi habitación caldeada por el fuego de la chimenea. Pensaba con tristeza que me estaban castigando por mi silencio, y que me lo merecía. Después de una copiosa ración de té con bourbón y pastelitos de ruibarbo, me fui a dormir.
Soñé con mi madre. Estabamos juntas en la casa, andando de la mano. Era mucho mas alta que yo y tenia las formas del cuerpo más llenas, más atractivas. Su pelo rizado y el mío eran idénticos, al igual que los ojos. Pero ella era más carnosa, más atractiva, más griega. Mi madre me besaba tiernamente las mejillas, con lágrimas en los ojos. Y venía mi padre, a quien también me parecía. Él me había dado unos rasgos más finos y elegantes. Su barba era rubia, bien cuidada, y su pelo claro destellaba al sol.
-Despierta, pequeña, sé valiente. Te estaremos esperando. No es tu hora- dijo mi madre. La miré, extrañada.
-Mamá, pero si ustedes dos están…muertos…-le contesté con algo de vergüenza. Ellos se miraron y me abrazaron. Papá me besó en el cabello.
-Precisamente, mi pequeña. Despierta y defiende nuestro hogar. Defiéndete. Sin piedad. No es tu hora todavía. No dejes que te lleven. ¡No dejes que te lleven!
Y de repente, mi padre y mi madre se convirtieron en una pareja de leones de pie sobre las patas traseras que me abrazaban.
Eran las dos de la mañana. Abrí los ojos espantada. Escuchaba ruidos de pisadas en el suelo de parqué de la escalera principal de la casa, que rechinaba inconvenientemente cada vez que se caminaba por ella.
Y no era una sola persona. Parecían varios individuos, muy pesados. Hombres. ¿Por qué siempre me pasaban cosas de ese estilo cuando estaba en camisón? A toda prisa y tratando de no hacer ruido, intenté vestirme. Me puse unos leggings y una camisa, y decidí quedarme descalza, para no hacer ruidos innecesarios al caminar. Tomé el atizador de la chimenea y lo empuñé, dispuesta a partirle el cráneo con él a cualquier intruso, y salí de la habitación.
Ví destellos de miras infrarrojas. Así que tenían armas. Tragué saliva y empecé a sudar frío. Me dirigí rápidamente hacia la escalera de servicio, oculta tras un armario. Si habían entrado por abajo, probablemente también habrían visto esa escalera. Presa del pánico, respiré un par de veces, con la mente trabajando a toda velocidad. Yo no era ninguna chiquilla indefensa. Ya había huído una vez. Nunca más lo haría. Kanéna éleos, sin piedad. Habían invadido el hogar de mi familia y pagarían por ello. Encendí mi cosmoenergía. El habitual escalofrío hizo que toda mi piel se erizara. Aún conservaba el atizador en la mano. Caminé hasta el borde de la escalera y esperé pacientemente, con el cabello flotando por voluntad propia y el corredor y el barandal iluminados en azul por mi cosmo.
Al final llegaron al borde de la escalinata en el piso inferior, desde donde podían verme si miraban directamente hacia arriba. Eran seis. Estaban vestidos completamente de negro, con visores de visión nocturna escondiendo sus ojos y sus rastros más notables. Iban armados hasta los dientes, incluso tenían chalecos antibalas. Creí desmayarme de susto y la intensidad de mi cosmo parpadeó un segundo, antes de que la obligara a volver a estabilizarse. Respiré.
-Ésta.-empecé a decir con voz calma pero autoritaria.- es la Casa de mi familia. ¿Quiénes son ustedes y con qué derecho se atreven a poner los pies en ella?
Los hombres voltearon y me observaron. Como no podía ver sus rostros, no sabía qué impresión causaba mi cosmoenergía en ellos, ni mis palabras. Uno se adelantó y removió la tela que cubría su boca y su cuello hacia abajo para poder hablar.
-Ríndete, niña. No te haremos daño si te rindes, pero si peleas, sabemos quién y qué eres y haremos lo necesario para llevarte por la fuerza.
-¿Ah sí?-forcé una risita despectiva.- ¿Y a dónde se supone que me llevarían, si accedo?
-Con nuestro jefe. Él y ciertos amigos suyos están muy interesados en tus…habilidades. –contestó el hombre. De inmediato la palabra "mafia" resonó estridentemente en mi cabeza, acompañada de la palabra "mercenarios". Apreté los músculos de la mandíbula para forzarme a seguir sonriendo, mientras mi cosmo aún ardía.
-Y supongo que no sería un trabajo bien pago, ¿no es así?-inquirí tratando de hacerlo parecer una charla sobre el clima en una esquina mientras se esperaba el autobús. Los labios del hombre se curvaron en una sonrisa agria.
-No.-contestó.
Aumenté la potencia de mi cosmoenergía. Retrocedieron. Empecé a prepararme para descargar sobre ellos un Lightning Plasma que los dejara fritos. Luego llamaría a la policía para que se los llevara a la cárcel.
-Lo siento, señores. Lamento informarles que opondré resistencia.
En las películas de acción, siempre pensé que era muy tonto que quienes se enfrentasen al "bueno" lo hicieran al principio sólo con sus manos desnudas y posteriormente, al ver que no podían vencerlo, echaran mano de las armas. En la vida real, era diferente, claro. Y todo sucedió durante unos minutos de pasmosa rapidez y de absoluta lentitud.
El primer disparo se sintió como una ráfaga de ardor incandescente en mi brazo derecho. Grité y me llevé la mano izquierda a la herida, y comprobé con horror que sangraba. Pensé que si descargaban sus rifles de francotirador en mí lógicamente me matarían y tenía que evitarlo. No había tiempo para un Solar Storm, ni para un Photon Burst.
-¡Lightning bolt!- grité, mientras de mis manos se desprendían hilos de cosmo tan cargados de energía que podrían cortar cemento, mármol y acero. Lógicamente estos mercenarios, aunque profesionales, nunca habían sido entrenados en el Santuario de ninguna deidad y no podrían esquivarlos. Registré con dificultad en mi memoria cómo un par cayeron heridos al suelo, otro miraba con desesperación su rifle partido limpiamente por la mitad, otro gritaba, yacente en el suelo, sosteniendo con ambas manos el muñón que segundos antes había sido su pierna. El jefe del grupo se lanzó hacia mí, y de la nada, rodeándome, aparecieron al menos otros diez sujetos, aunque no los conté, en realidad.
Estaba en serios problemas.
Hubo otros disparos. Empecé a moverme a toda la velocidad que mi cosmo insuflaba a mi cuerpo. Sentí otros dos o tres ramalazos de ardor en mis piernas. El ruido de los disparos era sofocado por los silenciadores, no así los destellos, que iluminaban las escalinatas conjuntamente con mi propia cosmoenergía y los destellos de mis ataques, que como bombas en miniatura, caían sobre los mercenarios, destrozándolos.
Hasta que el dolor me paralizó y caí de rodillas, y me ví rodeada de hombres. Habían llegado otros más. Me tomaron de los brazos y me levantaron casi a rastras. Un hombre corpulento, de cabello canoso y ojos azules llegó, custodiado por más guardias.
-Lo que me dijerrron es verdad. Increíble. Hay más como él. Con poderres asombrosos.-dijo, con un espeso acento de europa del este. Sentía cómo la sangre me bajaba por las piernas inertes y los brazos. Intenté encender mi cosmo. El ruso chasqueó la lengua en desaprobación–Niet, niet, kohska. ¿No querrías trabajar para mí?
Escupí algo de saliva al suelo. Tenía muchas ganas de vomitar debido al dolor. Uno de los hombres que me sostenía me abofeteó, creyendo que se trataba de una ofensa de mi parte. Paladeé el sabor metálico de mi labio partido con la lengua.
-Esta no es manera de hacer una propuesta seria de trabajo.-espeté, preocupada porque la hemorragia de mis piernas no quería parar y cada vez me sentía más débil, el mundo se iba poblando de puntitos negros-¿Había necesidad de tanta violencia?
El ruso me miró, ligeramente desconcertado por mi falta de pánico. Una jovencita cualquiera de mi edad en mi situación estaría llorando histérica. Yo aún tenía ánimos para hacer bromas. Había funcionado. Tenía que mantenerlos hablando mientras contaba cuantos eran, cuantas armas tenían, y cómo podía zafarme de ellos y huir.
-Eso me dijeron. Que te resistirías y habrría que herrirte de gravedad para poderrrte llevar con nosotros. Me dijeron que perderíamos hombres. Me reí, le dije. ¿Todo eso para coger a una zorrita adolescente? Ahorra lamento haberte subestimado…-me contestó, con rabia. Se acercó a mí y me haló el pelo de manera que mi cuello se arqueó hacia atrás. De su bolsillo sacó una pequeña jeringa. Mis ojos casi se salieron de las órbitas.
-¡No!, ¡NO!-grité enloquecida, debatiéndome.-¡No!¡NO!
El tipo y sus mercenarios se rieron cuando me inyectó mientras yo soltaba el alarido más horrible que había dado en toda mi vida. Sollocé.
Me dejaron caer al suelo y la realidad perdió colores. Mi corazón dejó de latir rápido. Todo era una sensación algodonosa de calma y paz infinitas. Quería irme a dormir. Los escuché hablar en ruso mientras me daban la vuelta. El tipejo me dio un par de patadas muy fuertes en el abdomen que me sacaron el aire, pero fui incapaz de manifestar dolor, sentirlo o siquiera protestar. Otro tipo me dio la vuelta y me cargó. Iniciaron la marcha por las escaleras. Por el ángulo en que estaba mi cabeza lo último que ví antes de hundirme en una espesa niebla negra, fue el retrato de mis padres y mi abuelo que colgaba en el recibidor. Suspiré y supliqué a Athena que me diera fuerza.
Y mi cosmo se encendió. Perdí la consciencia de mí misma. Cuando la recuperé, ví que quince hombres yacían en diversos estados entre la vida y la muerte. Parpadeé intentando recordar qué había hecho, en mi cabeza se sucedieron varias imágenes. Quebré un cuello. A otro lo lancé por las escaleras, dos pisos hacia su muerte. A otros les golpeé con el atizador en la cabeza hasta matarles. El resto simplemente cayeron debido al Solar Storm que finalmente ejecuté contra ellos.
El mafioso ruso yacía en el suelo, aferrándose una pierna. Enloquecida, me acerqué a él y le puse las manos en la cara. Tenía que saber para qué me quería. Ví destellos de un hombre joven con un traje que se me hacía conocido, vi las ambiciones del mafioso al que estaba tocando, ví su imperio de crimen construido con sangre humana, vi como violaba a la chica del pelo castaño y el tutú. Aterrada, lo solté. La parálisis volvió a apoderarse de mí.
Estaba cubierta de sangre de pies a cabeza. Me miré las manos. En otro destello, recordé una visión que había tenido hacía mucho tiempo, la noche en que Aioria descubrió mi relación con Kanon. Miré hacia una ventana y ví una panorámica de la iluminada ciudad de Londres. Volví a mirarme las manos, manchadas de sangre. Igual que en mi visión de hacía meses, aquella noche, en el Santuario. Caminé entre ellos como un zombie, sin saber qué hacer, o qué sentir, o qué pensar. ¿Qué había hecho? ¿Qué había hecho?
Ahora era una asesina.
Bajé las escaleras, manchando con mis pies descalzos la madera de sangre. Me derrumbé en el vestíbulo del primer piso, caí de rodillas, empecé a marearme por la pérdida de sangre, yo también estaba herida. Sentí los pasos pesados y arrastrados del ruso detrás de mí, el clic de su revólver. Era mi fin. Ya no podría defenderme en aquel estado. Esperaba que me pusiera el arma en la cabeza y la disparara. Escuché un disparo, pero yo seguía intacta. No me atreví a abrir los ojos, a moverme, a hacer nada.
Alguien me tomó por los hombros y luego me levantó en brazos, llevándome hacia uno de los muebles de la sala de visitas. Me depositó allí. Abrí los ojos.
Algol sonreía. Su sonrisa sin embargo era la de un hombre desquiciado, la de alguien que ve colmada por fin su más sádica obsesión. Estaba vestido muy elegantemente, con un traje de paño gris plata, camisa blanca y corbata azul, su largo cabello recogido en una coleta baja. No comprendía qué había sucedido. Tras un momento de reflexión dificultosa por la droga, entendí que él había matado al tipo. No tenía sentido. No podía estarme salvando. Este hombre me odiaba. Sus dedos acariciaron mi cara y mi pelo. Sentí arcadas.
-No iba a dejar que Petróvich te tocara, primor. Eres sólo mía.
-¿Porqué?-susurré, con la lengua pesadísima. Algol volvió a sonreír y sádicamente me agarró la cara con la palma de la mano.
-Verás, pequeña, decidí que tras mi deshonrosa salida del Santuario, debía buscar alguna manera de vengarme, y a la vez, recuperarte. Así que decidí que lo mejor era vender información sobre tus habilidades al mejor postor, y resulta que muchas y poderosas organizaciones no del todo…legales…se ofrecieron para comprarte. Tengo muchísimo dinero y poder, gracias a ti, quién lo creyera…Me he deshecho del mamarracho de Petrovich y podré quedarme con lo que tengo y llevarte a donde nunca jamás nos encontrarán…Pero antes tú y yo debemos saldar cuentas.-me susurró, en árabe, contra el oído. Luego se puso de pie. Como si yo fuera un fardo inútil, me derrumbé hacia un lado. Había matado a esos hombres y no merecía vivir más. -¿No te importará que me quite la chaqueta, verdad? No quiero ensuciarla de sangre. Voy a tomar lo que es mío.
No me importaba que me matara en ese instante.
Observé cómo ponía cuidadosamente su chaqueta en una de las mesitas cercanas, su camisa y su corbata. Sacó su pistola de la pretina de su pantalón y la tiró sobre uno de los muebles cercanos, lejos de mi alcance, cuando notó que la estaba mirando con interés. Cerré los ojos, esperando, como tantas veces había sucedido ya, el impacto de su pie contra mi cuello, o mi cara, o mi abdomen. En vez de eso, sentí y escuché con horror cómo mi ropa se desgarraba al paso del filo de su cuchillo.
No podía moverme de nuevo. La droga cada vez se hacía mucho más poderosa y cada vez las heridas me debilitaban mucho más. Me tomó por el pelo con tanta fuerza que sentí que mi cerebro saldría goteando. Me tocó. Me manoseó, me arañó, mordió y golpeó. Sollocé de asco y de horror.
Cuando lo ví desatándose el pantalón, encendí mi cosmo, dispuesta a morir defendiendo lo único que me quedaba, mi dignidad. Pude volver a moverme. Él encendió el suyo, y antes de que pudiera enterrarme su cuchillo, puse con ambas manos un bombazo de cosmo en su cara que lo lanzó volando a varios metros de distancia, y sin esperar a que se levantara, fui hacia él y empecé a atacarlo con todo lo que aún me quedaba, a pesar del dolor, del mareo y las heridas, a pesar de todo. Estaba perdida en una especie de éxtasis de ira.
Lo tomé del cuello y lo levanté un poco del suelo. Ya no tenía su cosmo encendido. Parecía aterido de terror.
-Sin tu armadura no eres gran cosa, bastardo.- escupí con la lengua pesada. Vi sus ojos repasar mi cuerpo desnudo aún en su vulnerable posición. Sentí el odio explotar dentro de mí. De repente encendió su cosmo y lanzó sus brazos hacia adelante, tratando de golpearme. Me acertó de lleno en la cara. Quería sacarle los ojos, que aún me miraban con lascivia enferma. No comprendía aquella lujuria extraña, porque ciertamente, yo no era una mujer especialmente deseable.
Vino hacia mí en mi momento de distracción y me golpeó el abdomen hasta que me sacó todo el aire. Caí al suelo. Me pateó sin misericordia en todos los lugares en que podía alcanzarme con sus finos zapatos de charol, incluso en la cara. Sentí un dolor atroz en mi nariz y la sangre barbotó de allí también.
-"Marah, resiste."
¡Esa era la voz de Kanon, dentro de mi cabeza!
-"Defiéndete, Marah. Sin piedad. ¡DEFIÉNDETE!"
Abrí los ojos de nuevo. Encendí mi cosmoenergía y de un salto me puse en pie. Con otro salto me lancé hacia Algol y lo tomé con ambas manos de la cabeza, enterrando mis pulgares en sus ojos. Vi que lo que yo por años había creído fué el ataque de un león, en realidad había sido el cuchillo de Algol, intentando quitar de mi carne los pedazos que se habían convertido en piedra gracias a su ataque Rhas al ghul gorgoneio, que había ejecutado contra mí porque lo había amenazado con contarle a Aioria que había intentado tocarme. De alguna manera había logrado alterar mis recuerdos. Y durante años me mintió, ¡había sido él, el que me había desfigurado, había intentado matarme, había intentado violarme!
Convoqué todo el poder que alguna vez podría ser capaz de contener en el cuerpo, y dejé que a través de mis dos manos fluyera una descarga eléctrica equiparable al estallido de un rayo. Parecieron minutos, mientras sus pies se debatían contra el suelo y sus manos dejaban de aferrar mis brazos. Yo temblaba por el esfuerzo, cerré los ojos para no ver cómo moría.
Al final se quedó quieto. Sentí que ya no había cosmoenergía alguna en ese cuerpo. Lo solté y cayó con un golpe sordo al suelo. Yo también caí con un golpe sordo al suelo. Me arrastré hasta donde Algol había dejado su camisa blanca. Me la puse. Me venía muy grande, pero aún así intente abotonármela en los botones correctos, misión en la cual fracasé estrepitosamente porque temblaba como una hoja y ya no veía bien.
Me senté en el inicio de la escalera mientras una horda de policías, seguramente alertados por los vecinos sobre los ruidos, entraba al lugar con las armas en alto. El primer cadáver que descubrieron fue el de Algol. Luego los otros, que yacían en el tercer piso. Me alegré al saber que no todos estaban muertos. Ambulancias fueron llamadas. Había un caos frenético a mí alrededor que yo no lograba comprender, y todos me ignoraban. Quizá ya estaba muerta, no podía saberlo, aún seguía sentada, sangrante y medio desnuda en el primer escalón de la inmensa escalinata de madera y nadie parecía percatarse de mi presencia. Quizá ya sabían que yo era quien los había asesinado y temían acercarse. Me puse en pie, envolviéndome bien en la camisa, y empecé a caminar para salir de la casa. Un policía muy joven me observó desconcertado y me apuntó con su arma. Encendí mi cosmoenergía, y la luz azul y blanca iluminó su rostro palidísimo de susto mientras bajaba temblando su pistola.
-No le hagas daño. Es una orden.-dijo la voz de Aioria. Lánguidamente busqué el origen del sonido, pensando que tal vez era un engendro de mi mente enloquecida. Allí estaba, en la puerta abierta, con Kanon. Ambos vestidos con ropas normales, mundanas. Aioria tenía un pantalón de paño negro y una chaqueta verde oscuro. Kanon tenía un jean, una camiseta deportiva negra y un blazer negro. Me pareció curioso que me fijara en esos detalles en medio de mi incapacidad para razonar. Mi cosmo se fue súbitamente y las piernas dejaron de responderme. Antes de caer al suelo, Kanon me tomó en brazos y me apretó contra su pecho.
-Está herida, Aioria. Debemos llevárnosla ahora.-dijo Kanon.
Tenía la piel pegajosa de sangre ajena y los dedos me ardían, tenía las manos negras hasta los codos, llenas de hollín. Con las pocas fuerzas que me quedaban intenté limpiármelas contra la camisa, pero el olor no se iba, la mugre no se iba, el horror no se iba, la culpa no se iría nunca.
Un sollozo se me estranguló en la garganta y mi cuerpo dejó de resistirse a la droga y al dolor.
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Bratva: Mafia
Niet: No
Koshka: Gata
(Ruso)
