Queridos lectores, no me mateis. Tenia que hacer este capitulo uno de horror absoluto para Marah y los suyos.
Abby Lockhart, Perséfone X, Tsuki Girasol, Kari, MUCHAS GRACIAS.
XXIII
PSYCHOSTASIA.
-Gentlemen, I need to have a word with both of you-dijo un hombre que aunque tenía ropas de civil, a todas luces parecía un policía, agente de Scotland Yard o algo así, seguramente.
Aioria y Kanon lo miraron con supremo desinterés. Desde hacía varias horas montaban guardia ante la puerta del quirófano en que los cirujanos estaban operando a Marah. Nada grave, pero eran varias balas…y había que cerrar tejidos y demás. Era una tarea dispendiosa en la que el mismo Aioria no podía intervenir a pesar de tener la habilidad de curar. No podía desaparecer balas de un cuerpo humano. El policía al parecer interpretó el silencio hosco de los griegos como un asentimiento.
-Me preguntaba si podían darme alguna información relevante a este caso…Uno de los cuerpos ha sido identificado como uno de los grandes jefes de la Bratva rusa y naturalmente tenemos curiosidad…No es normal que un jefe de la mafia haga acto de presencia en una mansión frente al Museo Británico para asesinar a una chica, además con veinte hombres de refuerzo…Que resultaron muertos o gravemente heridos en su mayoría…Además tengo un cadáver achicharrado y no hay señales de incendio…
Con cada palabra que decía, el agente se ponía cada vez más nervioso, hablaba más rápido. Casi parecía histérico.
Kanon empezó a reírse. El agente lo miró indignado y Aioria cerró los ojos, para reflexionar con claridad. El geminiano dejó de reír y lo observó fijamente, con una clara amenaza en sus rasgos faciales.
-Vete a casa, chico. Y antes de irte llama a uno de tus superiores. Estos no son temas que los niños puedan manejar.
Y acto seguido, encendió su cosmo. El agente huyó despavorido, y Aioria recordó.
-¿Es el joven policía al que Marah estuvo a punto de atacar, cierto?-preguntó el León. Kanon asintió y cruzó los brazos. Un ruidito les anunció que las puertas del quirófano se estaban abriendo. Un cirujano se aproximó a ellos, secándose las manos con una toalla de papel, un hombre afable, vestido aún con su uniforme aséptico color verde-azul. Se aproximó a ellos y les sonrió, para indicarles con ese pequeño gesto que todo había salido bien.
-La paciente se encuentra estable. Los proyectiles no se alojaron en ningún órgano vital ni rozaron estructuras importantes. Fueron cinco en total. Lo que parecían quemaduras en sus brazos resultó ser sólo hollín. Sin embargo encontramos signos de maltrato en su cuerpo, una gran cantidad de cicatrices viejas, algunos golpes nuevos, tal vez posibles señales de abuso sexual, no puedo decírselos con certeza hasta que las enfermeras especializadas no le realicen la prueba correspondiente…Hay un moretón consistente con la inyección de alguna sustancia contra su voluntad en su cuello. Hemos pasado todas las pruebas que se nos han ocurrido, pero no encontramos qué sustancia pueda ser…
Aioria y Kanon se acercaron más al médico, preocupados.
-¿Pero no acaba usted de decirnos que se encuentra estable?-preguntó Aioria. El médico asintió.
-Así es, en términos de signos vitales, pero nuestro anestesista no se atrevió a prescribirle ningún medicamento sedante hasta que sepamos la naturaleza de lo que la tiene en…Digámoslo…Un estado de alerta catatónico. Está despierta…Sigue la luz y los movimientos con los ojos…Pero no responde a estímulos ni contesta preguntas. No se mueve por voluntad propia. Hicimos los procedimientos con anestesia local.
-Espere un momento, lo que usted está diciendo es… ¿Qué ella está despierta, y que lo ha estado todo este tiempo?-inquirió Kanon con una voz peligrosamente suave. El doctor asintió. Aioria y Kanon se observaron aterrados. ¿Sería posible que hubiera vuelto al estado en que Algol la dejó tras ese primer enfrentamiento? Sin perder más tiempo, apartaron de un empujón poco amable al galeno y entraron sin permiso al quirófano. Una nube de médicos y enfermeras pululaba alrededor de una cama de procedimientos sobre la cual estaba tendida una figura blanca, pequeña y maltrecha a la que estaban vendando.
Tardaron un par de segundos en notar que estaba desnuda. Sus ojos estaban fijos sin pestañear en la lámpara halógena. Todavía estaba muy sucia. Tenía los brazos llenos de hollín, casi completamente negros, hasta los codos. Aioria sabía qué significaba eso. Había electrocutado a Algol sosteniendo contacto hasta que el cuerpo se le quemó en las manos. Seguramente ese era el cadáver achicharrado que había mencionado el policía: no se habían quedado el suficiente tiempo para ver qué había sucedido ni qué exactamente había hecho Marah con todos las personas que yacían por ahí.
Varias enfermeras se aproximaron, depredadoras, defensivas. Una de ellas incluso llevaba como quien no quiere la cosa, un escalpelo en la mano.
-¿Cuál es su asunto aquí? Abandonen ya mismo el quirófano.-dijo una de ellas, seguramente la enfermera jefe.-Esta chica ya ha pasado por mucho.
-Soy su tutor.-dijo Aioria. Las enfermeras parecieron relajarse. Un par de doctoras se aproximaron al grupo. Una de ellas llevaba un maletín médico. Tras ellas iba una agente de policía.
-Debemos pedirles que abandonen la sala. Nos disponemos a llevar a cabo los exámenes legales correspondientes y sería inapropiada su presencia en este lugar.-dijo una de las doctoras. Kanon hizo amago de quedarse, pero Aioria lo tomó del antebrazo.
-¿Marah, quieres que me quede?-preguntó Kanon en voz alta. Lentamente, Marah dirigió sus ojos hacia él, le sostuvo la mirada unos segundos y luego un par de gruesos lagrimones se escurrió por sus sienes. Negó con la cabeza muy levemente. Luego volvió a mirar a la lámpara halógena.
Los caballeros de Oro abandonaron el quirófano con un terrible presentimiento atorado en la garganta.
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-Sabemos que le fue inyectada una mezcla increíblemente potente de barbitúricos, sedantes e incluso escopolamina- el agente bajó muchísimo la voz.-Los dictámenes dan con seguridad evidencia de al menos una agresión de tipo sexual y signos de tortura. –volvió a subir la voz.-También sabemos que nueve personas murieron, diez están heridas y uno de ellos está achicharrado. No sabemos quién los mató, pero el cuerpo quemado y la joven tienen el mismo tipo de hollín. Necesitamos hablar con la muchacha.
La amenaza de Kanon había surtido un efecto contrario al deseado. Un agente de muy alto rango de la policía inglesa se había apersonado esa misma madrugada en el hospital. Aioria rezongó. Estaba seguro que de Marah no obtendrían más que el pitido repetitivo que anunciaba que su corazón latía y ni una palabra más. Los abogados de la Fundación Graude se estaban demorando mucho y el asunto completo estaba pasando de castaño a oscuro.
Kanon estaba sentado en un sillón, sosteniendo la mano inerte de Marah. Unos minutos antes Aioria lo había visto llorar en silencio cuando los resultados de los exámenes fueron concluyentes y se ordenaron procedimientos y medicinas. Aioria también había llorado. Luego concluyeron que el cuerpo carbonizado probablemente había sido el culpable. Algol.
Habia sido un fin infinitamente más dulce que el que ellos pensaban proporcionarle a un canalla asqueroso como él. Que su alma se revolcara por siempre jamás en la rivera del Estigia.
-Sentimos llegar tan tarde.-dijo una voz con marcado acento griego.-Soy Kostas Arvanitis. Mi compañero es Christo Demetriou.-La joven Goldsmith no hablará. Somos abogados de la Fundación Graude y la representamos.
-¿Cómo que no hablará?-farfulló el agente británico, perdiendo por un segundo los papeles-¡Esto es una investigación en curso! ¡Hay demasiados muertos y heridos y todos los relatos coinciden en que ella es la culpable!
Christo Demetriou sacó una tarjeta de su bolsillo. Una efigie impresa en dorado de la Niké estaba sobre el papel. El agente la tomó con los dedos temblorosos.
-Así que es verdad…-murmuró el agente Thomas, impresionado.-Me hablaron de esto al llegar a este cargo pero no creí que fuera del todo cierto…
-¿Podemos hablar en un lugar más tranquilo y privado?-preguntó Kostas Arvanitis. El agente Thomas asintió. Los dos abogados y el policía salieron de la habitación, dejando a Aioria y a Kanon, que no podían siquiera mirarse entre sí, y a Marah, quien observaba aún tercamente el techo.
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Esa misma tarde, el Patriarca había convocado a Kanon y a Aioria, que se sorprendieron no gratamente al verse antes de traspasar las puertas del Salón Patriarcal. Tratando de ignorarse mutuamente para no despellejarse vivos, caminaron muy tensos hasta situarse frente a Shion, que tenía una expresión de profunda concentración, el mentón apoyado en la mano derecha, a su vez, apoyado el brazo en el reposabrazos de su trono.
-Caballeros, ¿han recibido noticias de la aprendiz de Leo, Marah?-preguntó. La expresión de ambos hombres inmediatamente se volvió tan neutral que Shion adivinó al momento que estaban conteniéndose muchísimo. Un pequeño rictus de dolor se adueñó de la esquina de la boca de Aioria al escuchar el nombre de su alumna.
-Yo sí, Señor.-contestó Kanon. El caballero de Leo volteó a mirarlo con rapidez. Marah también le había escrito, pero nunca se habría imaginado que también le escribiría a él, después de todo lo que había pasado.
-Yo también, Gran Patriarca. Una carta.- contestó Aioria, mirando a Shion de nuevo.
El Patriarca se permitió una pequeña sonrisa. Niños. Naturalmente, él ya sabía que ambos, además de Aimeé aprendiz de Tauro y Eva, aprendiz de Sagitario, habían recibido cartas provenientes de Londres.
-¿Alguna mención de parte de ella de volver al Santuario?-preguntó. Kanon y Aioria se miraron, y luego miraron al suelo.
-No, Señor.-contestaron al unísono.
Shion suspiró, ligeramente aburrido. Muchachita terca y tonta.
-Nuestra Señora, en Su Sabiduría, requiere de ustedes dos, que hoy mismo viajen a Londres y convenzan por los medios que sean necesarios a esa joven de volver. Ella no tiene una idea clara del peligro al que se expone estando fuera del Santuario, y ya ha pasado mucho tiempo. Creímos que cuando se recuperara emocionalmente querría volver, pero parece que no es el caso. Así que es un pedido, y una orden, que hagan lo que deban hacer para traerla de vuelta.
Aioria y Kanon volvieron a mirarse, con casi idénticas expresiones de incredulidad, y en el caso del caballero de Leo, de malestar. Aún así, inclinaron la cabeza y se llevaron la mano derecha al pecho, aceptando la orden dada.
-Bien.- les dijo Shion, volviendo a sonreír.- Todo está arreglado para que partan inmediatamente. En las horas de la noche arribarán a Londres. Allí serán contactados por los abogados de la Fundación, quienes les indicarán dónde está el domicilio de la joven. Que Athena los ayude. Pueden retirarse.
Ambos hombres retrocedieron respetuosamente tres pasos antes de dar media vuelta y abandonar el salón, la mente de Aioria trabajando a toda velocidad. Apenas la puerta se cerró tras ellos, el Santo de Leo se llevó ambas manos a las sienes y empezó a masajeárselas con los dedos, a punto de perder la paciencia. Ciertamente, la decepción que Marah le había causado no le provocaba ni la más mínima gana de convencerla de volver; por él, que se quedara bien lejos. Al recibir su carta, había querido romperla en mil pedazos e incinerarla. Después de leerla fue aún peor, quiso romperse a sí mismo en mil pedazos e incinerarse. Ciertamente no era perfecto y la había juzgado con mucha rapidez, pero no comprendía y no quería comprender por qué lo había abandonado así. Le había costado muchísimo llegar a entender su rabia hacia ella. Luego lo equiparó hacia la ira que había sentido durante tantos años hacia Aioros, su propio hermano, tras su muerte y su supuesta traición a la causa de Athena. Aioria había sentido de nuevo aquella vergüenza y aquella sensación de soledad. Se había sentido abandonado, y odiaba aquello.
-¿Qué te escribió?-preguntó Aioria, con los ojos cerrados, aún masajeándose las sienes. Kanon sonrió avieso.
-Eso es entre ella y yo, Leo.- dijo, casi retándolo. Aioria abrió los ojos y lo observó, entrecerrándolos y con un rictus apoderándose de sus cejas y la línea de su boca y su mandíbula, con un súbito mal humor. Kanon se rió. Ciertamente, parecía que la orden que acababan de recibir le alegraba.-Bueno, si tanto quieres saber, está bien. Me escribió que me amaba.
Eso explicaba el súbito buen humor y la falta de explosiones de cosmoenergía en la Tercera Casa desde hacía más o menos una semana, pensó Aioria.
-Perfecto. Entonces tendrás que convencerla de que vuelva. No quiero saber qué ni cómo harás. Tú detonaste su ira aquél día, tú te encargarás de que regrese.-dijo el Santo de Leo, caminando hacia la Escalinata Zodiacal y sin molestarse a mirar a su interlocutor.
Kanon pronunció aún más su sonrisa. Su corazón latía desbocado. Se le ocurría zarandearla por tonta y terca, y luego, sus pensamientos se encaminaban hacia cosas más agradables que podría hacerle como dulce castigo.
-No te preocupes, Aioria. Haré lo que sea necesario.-casi gritó el geminiano. Aioria no se volvió.
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Tras el viaje, ambos habían decidido que lo mejor sería presentarse en el domicilio de Marah a primera hora de la mañana, como muestra de cortesía. La pequeña leona, ambos lo sabían bien, podía ser muy territorial. Entrar a su habitación sin permiso constituía una falta grave en su código de conducta, hasta Kanon lo había aprendido. Marah era una criatura extraña, a veces, parecía sacada de otro tiempo, otro lugar. Una damita culta y educada, refinada al hablar, al comer, al vestirse, al caminar. Su expresión corporal no tenía torpezas ni fallas, y su estilo de pelea conservaba esa cualidad. Muchos de los problemas que había tenido en sus entrenamientos se debían precisamente a eso, a que ensayaba cada movimiento una y otra vez hasta que sentía que lo realizaba a la perfección; muchas veces sus movimientos no eran perfectos desde el punto de vista técnico, claro, pero parecían fluír sin problemas de ella.
Su gran inconveniente se manifestaba, sin embargo, cuando perdía el control al enojarse. Todo en ella se volvía errático, su comportamiento, su capacidad lógica, sus movimientos, todo dominado por un fuego que parecía consumirla desde dentro y la ponía en peligro de cometer errores que podrían costarle la vida.
Luego de instalarse en el hotel, decidieron bajar a tomarse un par de tragos en el bar del mismo y armar una especie de plan para hablar con ella y que no se enojara y los echara de su casa. Estuvieron un largo rato pensando en estrategias. Al final, para gran irritación de Aioria, Kanon simplemente decidió que lo mejor era presentarse y pedirle que regresara. Aioria no pensaba pedirle a Marah absolutamente nada, de hecho, esperaba oír disculpas de su parte, pero ambos sabían que Marah era de la clase de personas que raramente se disculpaban, incluso si eran conscientes de haber metido la pata a lo grande. El Santo de Leo tenía una sensación extraña al hablar con Kanon sobre ella, como si estuviera discutiendo un tema muy íntimo con una persona que no conociera mucho, y en realidad, era así. Kanon y Aioria eran virtuales desconocidos y su único punto en común era esa muchachita loca e imprudente de ojos turquesa y fiera melena castaña, que uno consideraba una hermana, una alumna, y el otro apreciaba como a su vida misma, era su dolor y su cura. Aioria se atrevió a preguntarle al geminiano al fin algo que lo venía carcomiendo desde hacía meses.
-¿Qué hizo que te fijaras en ella?
Kanon se tragó su sorpresa junto con su trago de whisky. Jamás se imaginó que Aioria pudiera ser tan directo. Sonrió de medio lado, removiendo los hielos en su vaso, y reclinándose en su silla hacia atrás.
-Verás, al principio, fué curiosidad por saber si era realmente ella, la chica que las Marinas de Poseidón habían buscado tan desesperadamente con la intención de hallar la Vasija. Con el tiempo y tras conocerla, me fijé en su tenacidad, en la forma en que enfrentaba cada reto, casi con alegría, en su chispa, en su elegancia. Y no nos hagamos los tontos, es bella. Me enamoré de su ansia de poder, de ser, de hacer. A pesar de su edad y de su inexperiencia, a pesar de sus berrinches, pataletas y mal genio, de su arrogancia. Y sentí necesidad de protegerla. De ayudarla.
-Comparto ese sentimiento, de querer resguardarla, enseñarle y ayudarla. Me costó bastante aprender a quererla pero con el tiempo para mí se convirtió en algo parecido a una hermana menor, o una hija. Me preocupa terriblemente su bienestar.-acotó Aioria, algo impresionado. Siempre había pensado que la naturaleza de los sentimientos de Kanon hacia Marah estaban basados en cuestiones más carnales.
-Hay algo en lo que coincidimos, a pesar de todas nuestras diferencias, Leo. Eís Ygeia.-dijo Kanon, ofreciendo su vaso para brindar con Aioria. Aioria correspondió al gesto con una sonrisa sincera.
Aioria y Kanon se dispusieron a dormir en habitaciones contiguas.
Sin embargo, en la madrugada, un casi histérico Aioria se había levantado y vestido a toda prisa; en la habitación contigua, Kanon también se vestía rápidamente. Los dos habían sentido las explosiones del cosmo de Marah y ambos sabían que estaba en serios problemas. Nunca en el Santuario la habían sentido tan desesperada, tan asustada. Hubo tiempo de realizar un par de llamadas a Graude antes de sentir también el cosmo de Algol. Salieron disparados hacia Marah, hacia su cosmo, que se había convertido en una energía destructiva y poderosa. Kanon suspiró aliviado al sentir el cosmo de Algol desvanecerse, momentos antes de entrar a la inmensa casa que era propiedad de la muchacha, y ver a los policías y paramédicos ocupándose de todo, menos de la pequeña figura mal envuelta en una camisa blanca de hombre, cubierta de sangre y de heridas, derrumbada en el inicio de la inmensa escalinata de madera que presidía el lobby. Marah se había puesto en pie, la expresión de su rostro ausente, sus ojos carentes de vida y brillo. Sobre la alfombra, el cadáver casi achicharrado y con los rasgos irreconocibles de un hombre, seguramente Perseus. Ella estaba fuera de control. Un tonto policía le había apuntado con su arma, y ella encendió su cosmo, de nuevo un maremágnum de confusión, dolor y horror, poderoso en su desesperación, en su ira. Kanon miró a Aioria y pensó que si no la detenían, mataría a ese hombre con sólo extender una mano hacia él.
-No le hagas daño. Es una orden.- dijo Aioria con voz autoritaria, su voz de maestro. El cosmo de Marah se apagó al instante. Muy despacio, su cara se volvió hacia ellos. Ambos se sintieron impactados por su falta de expresión. No parecía ser ella misma, parecía una máscara, una muñeca. Se derrumbó. Kanon se movió rápidamente para atraparla antes de que golpeara el piso, y al sostenerla, comprobó con horror que bajo aquella camisa no había más ropa, y sintió un hondo desprecio hacia Algol y hacia aquellos hombres que Marah había asesinado, además de pavor al pensar en lo que podrían haberle hecho. Además, estaba herida.
Kanon llevó a Marah a un hospital privado de Londres en un auto de la Fundación Graude. Aioria se había encargado, junto con algunos abogados de Graude, de minimizar el impacto del incidente y tratar de no atraer la atención mediática sobre lo que había sucedido, pues podría ser desastroso para la causa de Athena. El dinero fluyó como el agua. Había muchos silencios que comprar. Había muchos daños colaterales.
En total, Marah había asesinado a nueve hombres, incapacitado a otros tres de por vida y herido a tres de gravedad. Entre los muertos, nada más y nada menos que un ex caballero de Plata de la Orden Ateniense. En la breve investigación que siguió, se determinó que un poderoso capo de la mafia rusa había sido quien había ordenado el secuestro de Marah y había enviado mercenarios hacia su vivienda, guiados por Algol quien al parecer, había vendido información no del todo correcta sobre las habilidades de la joven relacionadas con la Maldición de Apolo: había convencido a algunos jefes de mafias del Este que Marah era capaz, simplemente y porque sí, por su capricho y voluntad, de predecir el futuro y obtener datos de lo que sucedía en el presente. Aioria y Kanon se estremecían cada vez que pensaban en qué le habría pasado a la pequeña cuando su hipotético captor hubiera descubierto que ella era absolutamente incapaz de hacer aquello por lo que había pagado grandes sumas de dinero a mercenarios contratados para llevarla ante él, además del que seguramente le habría dado primero a Algol. En total, Marah había recibido cinco disparos, uno en un brazo, tres en ambas piernas, y uno en un hombro. En total, había pasado una semana en el hospital, recuperándose de sus lesiones. Los cinco primeros días, tras las operaciones para extraer los proyectiles, Aioria se había encargado de reconstruír los tejidos dañados con su cosmoenergía. Kanon se encargaba de adormecerla cada doce horas, para que pudiera dormir y soñar con cosas agradables, ya que si era dejada a su propia voluntad, no dormiría. No se alimentaba ni tomaba agua, había que obligarla.
En total, Marah llevaba diez días sin haber murmurado siquiera una sola palabra. Se encontraba sumida en un estado de estupor del que era casi imposible sacarla. Solo de vez en cuando dejaba de mirar al techo y fijaba su vista en Kanon, o en Aioria. A ambos les pareció volver a las semanas en que había estado paralizada completamente, pero ésta vez ella podía moverse, simplemente no quería hacerlo. Toda voluntad de vivir parecía haberla abandonado.
Kanon entró a la habitación que compartía con Marah. Ella estaba sentada en una silla, mirando ausente por la ventana. Se acercó con cautela a ella, se inclinó y plantó un pequeño beso en su mejilla. Ella no se inmutó.
-Ven, gatáki.-dijo él.- Hora del baño.
Ella siguió sin mirarlo. Kanon, algo inseguro, la tomó de la mano y haló un poco. Marah no se movió. Algo impaciente, la tomó en brazos y se dirigió con ella hacia el baño y la sentó sobre la taza cerrada del retrete mientras ponía a correr el agua caliente en la bañera. La muchacha seguía tercamente mirándose las rodillas. Cuando el agua estuvo a punto, Kanon puso en el agua un aceite de baño de lavanda francesa que había comprado, con la esperanza de que el olor la relajara un poco; en alguna ocasión le había dicho que le recordaba a su infancia. El baño de mármol blanco y enchapes dorados se llenó de aquel maravilloso olor y de vapor de agua. El caballero de Géminis volvió a mirarla.
-Desvístete y entra a la tina, Marah.
Lentamente y de una manera que le causó un pequeño escalofrío, los ojos de ella dejaron de mirar sus propias rodillas y se alzaron hasta alcanzar la cara de él, con una expresión fría y amarga de dolor contenido. Luego se cerraron. Con una lentitud casi absurda, se desvistió por completo. Kanon volteó su rostro para no mirarla, no incomodarla. En otras ocasiones en que había estado sin ropa en su presencia, ella se había avergonzado y sonrojado profusamente. Ésta vez, estaba pálida, aterida, callada, ausente. Dio un par de pasos y se introdujo en la tina. Ya dentro, se abrazó las rodillas. Kanon se situó en el borde y se enrolló las mangas de la camisa hasta los codos para no mojárselas mientras le ayudaba a enjabonarse y lavarse el cabello. Había perdido mucho peso durante los meses en que no se habían visto. Las vértebras de su espalda y sus omóplatos sobresalían de una manera casi grotesca. Lamentó que su cabello siguiera tan corto, y recordó que aún conservaba la larga trenza que le había hecho llegar con una vestal, esperando el momento correcto para usarla. Ella se dejaba hacer, como si fuera una muñeca, un ente, como si no tuviera vida. Kanon le dio la espalda y se sostuvo la cabeza con ambas manos, tratando de ahogar un grito, con la expresión del rostro crispada de angustia y de desesperación. Respiró un par de veces tratando de tranquilizarse.
-¿Qué te hicieron?- preguntó al fin en voz alta. Eso era lo que más lo preocupaba. El horror de una violación múltiple. Aunque también se decía que uno o varios, qué importaba. Algol había conseguido lo que tanto había deseado. Y el asco subía por su garganta como vómito, como bilis. Se moría de ira de sólo pensarlo.
-Nada.- contestó ella, vía cosmo. Le asustó la frialdad en su corriente de pensamientos.-No me hicieron nada, Kanon. Y los maté.
Kanon se arrodilló fuera de la bañera, con los codos apoyados en el borde, para mirarla.
-Estabas en tu pleno derecho, gatáki. Invadieron tu casa y planeaban secuestrarte. Además te habrían asesinado cuando se dieran cuenta de que no ibas a servir para sus planes.
Marah lo observó. Lágrimas empezaron a correrle por las mejillas.
-Los maté, Kanon.- le dijo, susurrando, con su voz real, quebrada y casi ronca por no haberla usado en tantos días.-Los maté a todos, no tenían oportunidad, estaban indefensos. Los maté. Los maté. Impura. Los maté.
Gritó las últimas frases, agarrándose mechones de pelo, tal vez con la intención de arrancárselos. Kanon la tomó por los brazos para evitar que se hiciera daño, mientras ella lloraba amargamente, con verdadero dolor.
-Mírame, Marah. Mírame. –le dijo, zarandeándola bruscamente. Ella hipó un poco y lo miró.-Estabas defendiéndote, defendiendo tu vida, haciendo uso de las enseñanzas que se te impartieron en el Santuario. Tú no tienes la culpa de que hayan sido lo suficientemente imbéciles para haberse atravesado en tu camino. Nueve hombres aprovisionados con rifles de francotirador y pistolas cayeron ante una jovencita armada con un atizador de chimenea. Eso me hace sentir orgulloso de ti.
Marah comenzó a llorar de nuevo, furiosa. Alzó sus brazos y golpeó a Kanon de Géminis en el pecho con las manos empuñadas, convulsa, presa de la rabia. Él la tomó y la apretó contra sí, mientras ella sollozaba.
-Podrías haber muerto, podrían haberte matado. –murmuró Kanon, acariciándole el pelo mojado.-No sabes lo preocupados que estuvimos, el miedo que sentí de perderte para siempre.
Kanon tomó el rostro de Marah entre ambas manos y la besó. Ella correspondió al beso casi desesperadamente. Él, sin separarse de ella, se desvistió y se introdujo a la tina.
-Vuelve al Santuario, Marah. Vuelve con nosotros, vuelve conmigo. Corres mucho peligro aquí afuera. Vuelve conmigo.
Marah lo observó. Ella sabía a qué se refería ese "vuelve conmigo". Sollozó con mucha fuerza, adolorida, abrazada a él en medio del agua tibia, que parecía querer llevarse todo su dolor. Kanon le devolvió el abrazo con una ternura inusitada y susurró un "te amo" quedo contra su oído.
-Estoy impura, Kanon. Les fallé a ustedes, los decepcioné, me fui del Santuario sin pedir permiso. Maté a muchas personas, maté a Algol de Perseus. No merezco estar en el Santuario. Soy una persona horrible, sucia y asquerosa, una asquerosa asesina. Estoy maldita y no merezco….
-¡Cállate!-casi le gritó Kanon.-Cállate y escúchame. Vuelve conmigo, vuelve con nosotros al Santuario. Tu falta puede ser perdonada por la Diosa, si te arrepientes con sinceridad. Su amor y su perdón son infinitos; sin embargo, debes perdonarte a ti misma primero. Estabas defendiéndote, tu vida estaba en peligro. Nada, óyeme bien, absolutamente nada es injusto cuando se trata de defender la propia vida; era un escuadrón de asesinos entrenados los que entraron a tu casa, a tu hogar, con la intención de hacerte daño, no un grupo de niños inocentes. Sabían a lo que iban, sabían a qué se exponían y aún así decidieron hacerlo. Se buscaron su propia muerte.
-Me avergüenza volver. No quiero volver. A estas alturas todos sabrán que…no lo recuerdo… ¿Por qué a mí, Kanon? ¿Es esto lo que significa estar maldita?
Kanon la besó de nuevo. Sus caricias tranquilizantes se volvieron más exigentes, más apasionadas. No sabía si la estaba irrespetando, invadiendo un espacio que quizá no deseara compartir con él. No había querido mencionarle a Algol y las pruebas halladas en su cuerpo porque no tenia muy claro si la misma Marah lo sabía. Y si no lo tenía claro, quizá era mejor no decírselo. No lo sabía. Todo era muy confuso. Solo sabía que la deseaba con un ardor que no podía apagar. Quería borrar con besos todo el dolor y el horror, todas las lágrimas, llevarla a ese estado de éxtasis donde sólo él la conocía y era suya, suya por siempre. Donde se le olvidaba todo y solo quedaban él y ella en el vacío. Y ella respondió. Pronto se encontraron amándose entre las aguas tibias y fragantes, con desesperación, casi con rabia. Cuando todo terminó, el agua se había enfriado, y Marah yacía recostada sobre el pecho de Kanon, sintiendo el latido acelerado de su corazón. Aún ella lloraba.
-Vuelve, moromou.Vuelve conmigo al Santuario. Lo siento, yo he sido un idiota contigo…En mi desesperación por tenerte cerca he cometido muchísimos errores, y sé que sueno como un abusador peligroso, pero es cierto. Vuelve conmigo, no te haré daño de nuevo nunca más, lo juro por el río Estigia, y maldito sea por los dioses si te lastimo de alguna manera de nuevo. Sólo quiero tenerte a mi lado y hacerte feliz y que estés segura. No quiero perderte. Me rehúso a perderte.
Marah suspiró. Kanon tenía razón. En el mundo exterior estaba en peligro. Además todos aquellos meses en soledad habían sido insoportables. En el Santuario los tenía a ellos. A Kanon, Aioria, Aimeé. Eva.
-Volveré, entonces. Volveré contigo al Santuario, Kanon. Pero soy indigna de ello.
Kanon sonrió. Lo había conseguido.
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Aioria se sorprendió de lo rápido que Kanon había convencido a Marah de regresar al Santuario, aunque ella no volvía a ser precisamente la misma de siempre. Ella era toda silencio y languidez, y le entristecía muchísimo verla así, él, que sabía lo alegre y vivaz que normalmente era, llena de optimismo y de fuego. Le sorprendió enormemente también verlos tomados de la mano, andando en silencio, antes de tomar el vuelo hacia Atenas. Durante el mismo, habían permanecido tomados de la mano, en sus asientos contiguos, sin decirse una palabra. Sonrió, ligeramente divertido, y esperanzado. Detestaba estarle agradecido al imbécil de Kanon, pero lo estaba. Infinitamente.
Al parecer, Marah había puesto todo en la balanza, y el Santuario había ganado.
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Psychostasia es un concepto algo complejo, se refiere a la puesta de cosas en perspectiva, en la balanza, específicamente del alma y del valor como persona de alguien, para luego determinar quién o qué es más puro y más valioso. Específicamente, esa palabra, psicostasia, era la que definía el ritual del Libro Egipcio de los Muertos en la que se ponía en una balanza el corazón del difunto y se comparaba con el peso de una pluma: si resultaba ser más pesado que la pluma, era lanzado a los cocodrilos y su nombre condenado al olvido. Si era más ligero que la pluma o igual de pesado, era admitido a la vida ultraterrena en el lugar regido por el dios Osiris.
Eís Ygeia: "salud" como brindis, en griego.
Gracias a Liluz de Géminis y geminisnocris por sus reviews y palabras de aliento y en especial a mi querida Bully, A.K.A The Ninja Sheep, por sus comentarios e ideas, además de su prolífica actualización reciente del diario de Aimeé y Eva, Crossroads, que por cierto pueden (Y DEBERÍAN, QUERIDOS LECTORES) buscar aquí, en f.f. Es buenísimo.
Espero que éste capi les haya gustado tanto como a mí. Agradecimientos eternos por leer mis delirios guajiros.
