XXIV
KATHARMOS
-Xypníste, moromou.-susurró Kanon, tras darme varios besos leves en la mejilla. Mi forma favorita de despertar.-Ya estamos en Atenas.
Sentí un ramalazo de pánico recorriéndome la columna vertebral. Terminé de ponerme alerta. Me arrepentía de haberle hecho caso a Kanon. Él sabía cómo convencerme de cosas que nunca habría querido hacer, entre ellas, volver al Santuario de Athena después de todo lo que había hecho. Me levanté del asiento y seguí a Aioria y a Kanon, todavía muy débil, por el estrecho pasillo que Kanon y yo teníamos problemas para atravesar juntos. No parecía no querer soltar mi brazo, pues iba sosteniéndome de gancho. Al bajarnos del avión sentí el impulso de salir corriendo y al parecer fui lo suficientemente torpe como para que él lo notara.
-No, no vas a ningún lado.- dijo su voz en mi mente, admonitoria, mientras su mano se cerraba sobre la mía como una garra de hierro. Aioria volteó y nos miró con el ceño fruncido. Debía admitir que se veían guapísimos en sus ropas de civil, parecían modelos de revista. Las mujeres (y algunos hombres) se quedaban mirándolos, extasiados. Aioria al parecer era fan de los trajes de paño fino, vestía uno de color gris oscuro con una camisa blanca de manga larga; Kanon era más…rockero, si esa era la palabra para definirlo. Jeans, una camiseta negra, una chaqueta de cuero, y botas de cuero. Se quitó la chaqueta en cuanto el sol griego de primavera al mediodía nos achicharró, los músculos de su pecho, brazos, abdomen y espalda perfectamente marcados bajo la tela. Aún me preguntaba qué había visto en mí ese hombre.
Eso me recordaba que toda mi ropa se había quedado en Londres. Sólo contaba con el vestido que tenía puesto y unos cuantos trapos más, todos en una pequeña mochila que Aioria llevaba consigo.
Abordamos un taxi. Aioria y Kanon pusieron sus pequeñas valijas de mano en el baúl, y luego se sentaron, cada uno a un lado mío, en el asiento trasero del auto. Estaban seriamente empecinados en no dejarme ni la más mínima posibilidad de escape. Aioria quizá se acordaba de cuando me había escapado de él en el Cairo, la primera vez que vine al Santuario. Pensé que realmente me había escapado de Algol ese día, con una dolorosa punzada de arrepentimiento. Era un bastardo, pero no merecía morir, y yo tampoco merecía su muerte en mi consciencia, su sangre en mis manos. Los ojos se me llenaron de lágrimas y agaché la cabeza. Aioria puso su mano en mi coronilla y me despeinó. Luego puso su brazo sobre mi hombro, me acercó a él y me dio un breve beso en la cabeza. La mano de Kanon no había soltado la mía. Me sentí tremendamente arrepentida por haberles tratado como les traté.
Un par de lágrimas cayeron en la falda de mi vestido azul claro, dos gotitas perfectamente visibles desde donde Aioria y Kanon estaban sentados. Mi maestro reforzó su abrazo sobre mi hombro y Kanon me tomó la mano con las dos suyas.
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Ya era entrada la noche cuando llegamos a la calima de colores que separaba al Santuario del resto del mundo. Yo temblaba de pies a cabeza, en mi mente, me imaginaba que apenas pisara el suelo sagrado de Athena, mi cuerpo se incendiaría y me convertiría en cenizas. Aioria y Kanon transpusieron el umbral y yo me quedé allí, donde estaba, como pegada al suelo, temblando violentamente, los dientes casi castañeteándome. Kanon volteó a mirarme y rodó los ojos, algo molesto. Volvió a donde yo estaba y me cargó. Juntos entramos al Santuario. Aioria nos miraba de una manera sumamente extraña. El gemelo malvado le devolvió la mirada a mi maestro con una sonrisa torcida que en Aioria provocó una especie de espasmo. Decidí ignorar su pequeño intercambio hostil y concentrarme en mi propio horror y mi propia vergüenza. Después de un rato de caminata, Kanon me puso en el suelo de nuevo y proseguimos sin cruzarnos con nadie hasta Aries, donde un taciturno Mu observaba el cielo estrellado, sentado en las escalinatas fuera de su Templo, acompañado por Kiki. Mu de Aries siempre había sido parco conmigo, al parecer nunca le había agradado y yo creía que ahora aún menos. Se puso de pie al vernos, y saludó con calidez a Aioria, y le dedicó un movimiento de cabeza a Kanon. Kiki, mientras tanto, había venido hacia mí y en vez de tirárseme encima, como solía hacer, había rodeado con sus brazos mi cintura y apoyado su cabeza en mi hombro tiernamente. Había crecido unos centímetros desde la última vez que lo había visto, pronto entraría de lleno en la adolescencia. Consideré su gesto muy dulce y estuve a punto de llorar de nuevo, acaricié su cabeza un par de veces antes de que me soltara. Mu me observó de arriba abajo, antes de poner su mano en mi hombro y apretarla un poco.
-Me alegra que hayas decidido regresar, Marah aprendiz de Leo. Puedes pasar por mi Casa.
Asentí, con los ojos llorosos, y caminamos por Aries, yo con las piernas igual de firmes que los muslos de un ciervo recién nacido. En Tauro, se repitió una escena parecida a lo que había sucedido en Aries. Aldebarán y Aioria se saludaron, hubo una especie de saludo a Kanon, y una mirada larga y casi compasiva del inmenso Toro hacia mi pobre figura maltrecha. Su enorme manaza me acarició la cabeza. Abrí los ojos sorprendida, era la primera vez en mucho tiempo que el Toro se permitía un gesto cariñoso hacia mí. Me dijo algo en portugués que sonó como a "Bemvinda, menina". Seguía Géminis. Saga no se molestó siquiera en recibirnos, sólo levantó el Laberinto. Kanon sin duda se puso de mal humor, porque la línea de su quijada se endureció súbitamente. Me besó en la frente y me abrazó, lo cual quería decir que se estaba despidiendo de mí y que esa noche la pasaría sola en Leo. Suspiré al darle la espalda y proseguir el camino con Aioria, mientras me imaginaba lo que sucedería a continuación entre los Gemelos del Mal, seguramente Kanon reclamándole a su hermano por su grosería. En Cáncer su guardiana tampoco salió a recibirnos y pasamos rápidamente por la Cuarta Casa, envuelta en sombras. Al final llegamos a Leo, la familiar escalinata, los inmensos leones de mármol, magníficamente echados, apostados a la entrada. La arquitectura de la Quinta Casa siempre me había parecido algo opresiva, asfixiante, muy opulenta. El Hall era un larguísimo pasillo flanqueado por hileras de columnas corintias de mármol naranja enchapadas en las bases y los extremos con pan de oro. La Casa de Leo no tenía segundo piso, debido a que su área privada, el opistodómo, era casi tan grande como la misma Casa, y estaba adjunta a ella por una puerta en el lado derecho del templo. Aioria cerró el inmenso portón de Leo, (no recordaba haber visto puertas principales en las otras Casas del Zodíaco; quizá en Libra, y en Acuario) y me miró, pues yo seguía de pie en la mitad del Hall, hecha piedra.
Agnés, la vestal de Leo, estaba frente a mí, sin atreverse a acercarse o hablarme.
-Sas, dolófonos. Tha prépei na ntrépetai.-me dijo, con la voz llena de desprecio absoluto, mirándome de arriba abajo.- ¿Cómo te atreves a entrar al Santuario de Athena con las manos llenas de sangre?
No pude seguir mirándola. Como tantas otras veces, mis pies siguieron solos el camino hasta mi habitación, y me encerré en ella. Luego me acurruqué en la cama y escuché levemente a Aioria discutiendo con Agnés.
Vi la noche caer y el amanecer levantarse sin moverme de aquella posición.
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-Esta Asamblea necesita escuchar la versión de los hechos de tu alumna, Aioria.-dijo con voz acusadora Camus de Acuario.-hasta ahora hemos visto las pruebas halladas por la policía de Londres y realmente no la dejan bien parada.
-No todas.-dijo Afrodita de Piscis.-el coctel de fármacos que le administraron pudo haberle quitado temporalmente la capacidad de razonar.
-La dosis encontrada no es consistente con la vida. Era suficiente para matar dos hombres del doble de su peso. Hay un error en las pruebas de laboratorio y por lo tanto, como evidencia, deben ser descartadas.-refutó Camus. Ejercía el día de hoy de acusador, junto con la mitad de los Santos Dorados, exceptuando a Aioria y a Kanon, que por obvias razones estaban allí, Aioria como mi kyrios y Kanon sólo brindándome apoyo emocional desde el estrado del público.
Estábamos en el Salón del Patriarca. Y yo estaba siendo juzgada por la muerte de nueve hombres, el asesinato de un ex santo plateado, y las heridas permanentes que causé en otros seis.
Yo no recordaba mucho. Aioria lo sabía y así se lo había manifestado a la Asamblea de los Santos.
-Además.-empezó a decir Aldebarán.-sabemos que mató a Algol de Perseus con la sevicia suficiente para quemarlo por completo…Todo apunta a que estuvo consciente todo el tiempo. Incluso, bueno, el ruso…murió por un disparo. ¿Quién puede garantizar que no fue ella quien le disparó? En ese caso habría infringido una de nuestras normas más importantes, el no uso de armas.
Aldebarán había acabado por darme el golpe de gracia. Las cosas se veían muy mal para mí. Aioria volteó a mirarme.
-Tienes que hablar, Marah. Si te encuentran culpable no podrás pisar de nuevo el Santuario, es posible incluso que te encarcelen en Cabo Sounión…
Ese sí que era un buen chiste. Terminar en donde todo había empezado.
-Pregúntales si puedo mostrarles las cosas que recuerdo. Así deba hacerlo uno por uno.-le dije vía cosmo, accedí, sabiendo que mi situación era grave y no confiando en realidad en que se pudiera resolver de ninguna manera.
Aioria suspiró y formuló mi pregunta a los caballeros dorados. Un intenso debate vía cosmo en el que no me incluyeron se desarrolló delante de mi. No pude evitar rodar los ojos con suma molestia. ¿Ni así eran capaces de respetarme?
Me sorprendió que Shion alzó su mano para apaciguar a los caballeros dorados. Los cosmos se apagaron y todos lo miramos para escucharlo con atención. Posó sus ojos en todos antes de fijarlos en mí.
-La acusada está dispuesta a dar su testimonio de una manera honesta, mostrándonos sus recuerdos. Entiendo su preocupación al pensar que debido a su entrenamiento con Kanon de Géminis, sea capaz de mentirnos o alterar sus recuerdos para brindarnos percepciones falsas. Quiero preguntarte, Aioria, ¿es tu alumna capaz de hacer algo como eso?
-No que yo sepa, Su Santidad.-contestó mi maestro con total seguridad. Shion dirigió su mirada a Kanon.
-Kanon, con total honestidad y sin pretender defenderla, ¿tienes conocimiento de que la acusada tenga la habilidad y el poder suficiente para engañarnos a todos? Durante el tiempo que entrenó contigo, ¿le enseñaste manejo del cosmo en esa área?
Kanon negó con la cabeza y me miró, como disculpándose, antes de hablar.
-No, Su Santidad. No tiene los conocimientos ni la habilidad para lograr algo como eso. Es capaz de extraer recuerdos de otras personas, pero eso lo aprendió ella sola y me parece que no lo controla a voluntad.
Aioria me miró sorprendido y enojado. Me sonrojé a manchas con una vergüenza terrible por no haberle contado ese pequeño detalle a mi maestro. Mientras tanto, Kanon había seguido hablando.
-Yo mismo me ofrezco como conducto para hacer llegar a todos las imágenes de lo que recuerde.
-Me parece que no.-dijo Camus.- Todos en este tribunal sabemos lo que pasa entre tú y ella, y con tal de que se quede me parece que serías capaz de engañarnos a todos, porque tú sí posees la habilidad para hacerlo.
Por un momento estuve a punto de encender mi cosmo de pura rabia. Cómo odié a Camus en ese instante, cómo odié a todos los caballeros de oro, que asentían dándole la razón. Luego recordé que Camus no lo hacía a propósito. Antes de entrar al tribunal habían echado a las suertes entre los caballeros presentes los papeles a representar, y como era claro y lógico, a mí, por estar maldita, la suerte me había deparado al caballero más agudo, frío y capaz del análisis desapegado: Camus de Acuario. Simplemente estaba haciendo bien su trabajo, como el protocolo del Santuario se lo exigía. Afrodita de Piscis y Aioros de Sagitario estaban actuando como mis defensores.
Kanon observó a Camus y temí que lo atacara. Los músculos de su espalda se tensaron, preparándose. El aire podía cortarse con un cuchillo. De pronto, la voz poderosa de Saga se alzó. No había hablado en todo el juicio. Lo miré tan rápido que creí que me había quebrado el cuello. Nada que proviniera de la boca de ese hombre me beneficiaría jamás, y pensé que me daría un infarto de pavor.
-No tengo motivo alguno para favorecer a la acusada bajo ninguna circunstancia. Desde que pisó Géminis por primera vez supe que nos daría problemas y lo juro por Athena que mi hermano no está en sus cabales desde ese momento, yo preferiría que fuera expulsada del Santuario, pero con la venia de Su Santidad, estoy dispuesto a tomar de ella incluso lo que no recuerda de manera consciente y mostrarlo a todos, aquí y ahora, para que no quede duda alguna de su inocencia o culpabilidad.
Por la forma en que Kanon lo miró, supe que de ello no vendría nada bueno.
-¡Saga!-exclamó-¿Por qué no les cuentas a todos, Aioria incluido, que eso probablemente le causará mucho dolor físico y además, es posible, que la hunda en la locura?
-¿Es eso cierto, Saga?-preguntó Shion, por puro protocolo. Él lo sabía. Saga asintió cerrando los ojos. Shion se dirigió a mi maestro.-Aioria, como kyrios de la acusada, es tu decisión permitir esto. ¿Lo permitirás?
Mi maestro me miró, inquiriéndome sin palabras. Asentí. Aioria volvió su mirada a Shion y asintió.
Como en una calima, sintiéndome despersonalizada, atontada, me puse en pie, las cadenas en mis muñecas tintineando, más simbólicas que una restricción real. Caminé hacia el frente del tribunal, justo delante del trono de Shion. Saga se levantó de su asiento al mismo tiempo que yo, pero él llegó primero ante el trono.
Sentí terror. Tanto que me eché a temblar. El poder de Saga era inconmensurable. Tanto como el de Kanon, pero mucho, mucho más. Y no dudaría en usarlo contra mí. No dudaría en enloquecerme o matarme de dolor. Recordé las cosas que me habían pasado en Géminis con Kanon, sabiendo que él sólo había jugado conmigo, como un gatito con su cena, siempre mostrándome sólo pequeñas fracciones de su poder.
Y Saga había encendido su cosmo a un nivel de uso real. Mi cosmo se encendió solo como respuesta defensiva, teñido de dolor y de miedo, pálido y débil ante el resplandor dorado que emitía el hombre ante mí.
-Quiero que me lleves a lo que recuerdes, no importa qué tan fragmentado, disperso o borroso sea. Yo lo tomaré desde ahí. Puede que enloquezcas o mueras.-me susurró Saga, tomando mi cabeza entre sus manos, posando sus pulgares en mis sienes. Por un momento sentí como si se tratara de Kanon quien me tocase y me perturbó. Cerré los ojos y un par de lágrimas de pánico se deslizaron por mis mejillas.
Fui al recuerdo del incidente de los escorpiones en el desierto. Luego a las múltiples palizas, a los tocamientos indebidos de Algol hacia mí, a sus constantes insultos, a su acoso, y por último, pensé en esa noche terrible.
Y el dolor comenzó. Una cefalea tal que sentía como si la cabeza se me fuera a partir por la mitad. Grité. La intrusión de Saga en mi cerebro era algo casi palpable, sentía su cosmo dentro de mi mente, y mi propio cosmo luchaba por sacarlo de mí para protegerme, pero era demasiado fuerte y me rompería, me enloquecería, miles de voces sonaban en mi cabeza, todos los recuerdos de mi vida sucediéndose en mi mente al mismo tiempo, todas las imágenes, todos los colores…todo a la misma vez.
Y los cosmos de los demás, dentro de mi cabeza también, conectados conmigo a través de Saga. El dolor era tal que temblaba convulsivamente, perdiendo el equilibrio de tal manera que Saga tuvo que arrodillarse para sostenerme.
Dejé de ser consciente de lo que sucedía en el Salón del Patriarca. Yo ya no estaba allí. Estaba en mi casa en Londres en una madrugada fría.
Los eventos de esa noche sucedieron de nuevo. Sentí cada golpe y cada disparo. Sentí el mareo horrible de la sustancia que me habían inyectado, la sensación de estar totalmente drogada y fuera de mi pero aún capaz de moverme y con un solo objetivo en mente: matarlos a todos, en medio de mi lujuria por la sangre. Vi de nuevo morir a esos hombres por mis golpes o mis ataques. Vi el momento en que volví de nuevo en mí, el arrepentimiento, el dolor de los disparos y la tristeza, la sangre empapándome las manos, Petróvich intentando matarme, el sonido del disparo de Algol, Algol confesando sus intenciones, Algol desgarrándome la ropa, Algol violentándome, haberlo tocado y ver que había sido él, y no un león, quien me había desfigurado para siempre tras haber intentado matarme con su ataque de Perseus. Sentí el dolor de sus golpes, mi cosmo encendiéndose, mi cosmo matándolo en una estela espantosa de electricidad como la de un rayo cayendo indefinidamente sobre un objeto, el olor a quemado, la sensación de ardor en mis brazos ennegrecidos, el sonido de su cadáver cayendo al suelo.
Y el horrible dolor de cabeza. Pude abrir los ojos llorosos, estaba en los brazos de Saga, ambos a nivel del suelo, él de rodillas y yo tendida boca arriba, un hilo de babaza deslizándose por mi barbilla. La limpió con su pulgar.
Me miraba de una manera diferente. Sus ojos ya no me despreciaban. Pero no sabría decir qué expresaba su rostro. Se puso en pie conmigo en brazos y apagó su cosmo.
-Ya hemos visto su testimonio, hemos indagado en sus recuerdos.-dijo Shion.-Es momento de votar. Caballeros de Oro de la Orden Ateniense, ¿quién de ustedes considera que esta joven es culpable del crimen de asesinato?
Saga me estaba cargando de tal manera que yo podía ver a todo el tribunal.
Todos alzaron la mano. Todos, incluidos Aioria y Kanon. Empecé a hiperventilar. ¿Acaso Saga les había mostrado algo maquinado por él para encerrarme para siempre?
-¿Quién considera que debe ser absuelta de todos los cargos debido a que lo hizo sin tener consciencia total de sus actos y en defensa propia?
Todas las manos volvieron a alzarse, incluida la de Camus. Ninguno de ellos era capaz de mirarme a la cara. Kanon y Aioria tenían los rostros enrojecidos y los ojos brillantes, como si hubieran estado a punto de llorar.
Ellos lo habían visto todo, todos. Habían visto a Algol rasgándome la ropa y forzándome.
-Declaro a esta mujer inocente de todos los cargos, Aioria, puedes alojarla en tu Casa hasta que se decida qué haremos con ella. Nuestra Señora no desea que abandone bajo ningún concepto el Santuario.
Saga dio unos cuantos pasos y me puso en los brazos de mi maestro, al que abracé mientras sollozaba, no sabía si de alivio, de vergüenza o de tristeza. Aioria también se aferró a mí unos momentos, un par de sollozos silenciosos movieron su pecho. Nos quedamos allí, Kanon, Aioria y yo, mientras todos los demás abandonaban la sala, o eso escuchaba yo, debido a que los tacones de sus botas sonaban contra el mármol, mientras yo lloraba en silencio, con la cara escondida en el hombro de mi maestro.
Iniciamos el descenso hacia Leo, sin que Kanon se acercara a nosotros o me tocara de nuevo. Mi angustia se redobló.
¿Qué tal que ya fuera incapaz de quererme por lo que me había hecho Algol? Yo era una mujer abusada y no sabía si su orgullo sería capaz de soportar ese golpe, además, con muestra televisada a sus compañeros de orden por nada más y nada menos que su hermano.
Una vez llegamos a Leo, me encerré. No quería hablarle a nadie.
Temía salir de mi cuarto. Temía el día, inevitablemente tendría que salir de allí. Tal vez el Patriarca me convocaría a su presencia. O no. No lo sabía. Siendo casi las ocho de la mañana del día siguiente, una muy enojada Agnés entró sin anunciarse a mi habitación con un paquete grande envuelto en papel en las manos. Me puse en pie y me miró de arriba abajo. Dejó el paquete sobre la cama y me tomó el mentón muy bruscamente, para mirarme la cara. Luego me tomó de los hombros y me volteó, para mirarme el cuerpo.
-Te quedará grande, al parecer. Estás muy flaca.-dijo, tras voltearme de nuevo para encararla y ella señalaba con un gesto el paquete. Ropa. Claro. Luego abandonó la habitación con un frufrú enojado de su túnica blanca. Estuve mirando el paquete un rato antes de decidirme a abrirlo. Al final, suspirando, miré su contenido. Casi toda era ropa de entrenamiento. Peplos, camisas, leggings, botas y sandalias. Había un par de vestidos tipo toga, uno largo y otro corto, y un himatión naranja, y la ropa interior. Mientras estaba organizando mi nuevo guardarropa en el armario, encontré mi máscara. Algo estalló dentro de mi pecho y sentí el impulso de llorar, dolor por mi antiguo ser inocente y feliz, preguntarme qué había hecho para merecer tanta desgracia. Así me encontró Aioria, aferrada a la puerta del armario, doblada sobre mí misma. Se acercó a mí y me acarició la espalda.
-El Patriarca te convoca a su presencia. Yo iré contigo, pero antes debo preguntarte algo muy importante, pais.
Me enderecé y lo miré a los ojos. Al parecer él tampoco había dormido bien.
-¿Quieres seguir siendo mi aprendiz? Si dices que no, está bien, no te obligaremos a nada. Estás aquí porque estás en peligro y Nuestra Señora desea mantenerte a salvo, sin embargo yo quería preguntártelo. Si no lo deseas, irías a vivir a las dependencias del Templo Patriarcal y…
Interrumpí a Aioria al tirármele a los brazos llorando para abrazarlo con todas las fuerzas que aún tenía. Enterré la cara en su pecho.
-Claro que quiero seguir siendo tu aprendiz, Maestro.-mi voz sonó distorsionada. Aioria me devolvió el abrazo con mucha fuerza. Luego me separó de él, para observarme sonriente.-Gracias por la ropa.
-No hay de qué, pequeñaja. – me contestó, despeinándome.-Hora de que te bañes y te vistas.
Aioria salió de mi cuarto y yo también, me dirigí al baño. Me aseé y me vestí. Mi maestro ya me estaba esperando en la salida de Leo, mirando hacia arriba, hacia Virgo. Suspiré al alcanzarlo, de nuevo temblando al sólo pensar en enfrentarme al resto de los Santos de Oro y al Patriarca. En Sagitario, Aioros y Aioria se saludaron con infinito cariño. Era increíble lo parecidos que eran, y el aura de bondad y poder que el Santo de Sagitario emanaba, casi beatífica, en sus ropas sencillas de entrenamiento. Me imaginé verlo en todo su esplendor, engalanado con la armadura alada de Sagitario y suspiré. Eva salió del área privada del templo al escuchar, me pareció a mí, la voz de Aioria. Al verme, corrió hasta donde yo estaba y sin mediar palabra me abrazó, alzándome del suelo, diciendo cosas en español que no logré entender, dando vueltas conmigo en sus brazos como si yo fuera una muñeca de trapo. Luego me puso de nuevo en el suelo, me tomó el rostro y me plantó dos sonoros besos, uno en cada mejilla. Me sonrojé intensamente.
-Gracias a Athena que estás viva y sana, chiquilla. Joder, qué preocupados nos teníais a todos. ¿Has vuelto para quedarte?- me preguntó, con su habitual tono de voz alegre y burbujeante. Sonreí un poco, no podía evitarlo, Eva era una bocanada de brisa fresca.
-Si, me quedo.-le contesté. Eva empezó a dar saltitos. Luego ambas miramos a Aioria y Aioros, que nos observaban divertidos.
-Siento interrumpir su emotiva reunión, chicas, pero Marah debe acudir con el Patriarca.- dijo Aioria, tomándome de la mano para arrancarme de los brazos de Eva. Le hizo un gesto con la mano a Aioros.-Nos vemos, adelfós.
-Nos vemos, hermano. Hasta luego, Marah.- dijo Aioros. Alcancé a escuchar el suspiro de Eva cuando Aioros la hizo volver a su rutina de entrenamiento. En Piscis, nos encontramos con Afrodita, que aprovechaba para regar sus rosas antes de que el sol saliera con toda su intensidad. Temía el encuentro con él, su opinión me importaba más de lo que me gustaba admitir. Al verme, sonrió e hizo un ruidito de satisfacción. Me pareció de lo más extraño. Decir que ignoró olímpicamente a Aioria sería exagerar, pero le faltó poco. Escasamente se saludaron con una inclinación de cabeza. En cambio, el Santo de Piscis vino hacia mí y me observó literalmente de pies a cabeza con una sonrisa en el rostro, sus femeninos dedos tomaron mi cara con delicadeza. Tragué saliva. Una emanación de su cosmoenergía, en apariencia visual bella, pero de sensación fría, dura y cruel me sorprendió, sus palabras en mi cabeza.
-Sabía que estabas dispuesta a todo para lograr lo que quisieras. Estabas muy pálida, muy limpia, niña. Un poco de sangre siempre hace más bella a una rosa.
Retrocedí, entre espantada y colérica, para alejarme de su alcance. Aioria me tomó protectoramente de los hombros, para guiarme fuera del templo de Piscis, mientras le dedicaba una mirada asesina a Afrodita, con ambas cejas tan juntas que parecían una sola y la línea de la boca convertida en hierro.
-Nada de secretos con mi alumna, Piscis.-gruñó. La sonrisa sempiterna de Afrodita se pronunció un poco más.
-Qué aburrido eres, Aioria. Vuelve cuando quieras, linda. Te has convertido en alguien infinitamente más interesante. Podemos tomar el té y conversar.-dijo el Santo de Piscis, mirándose las perfectamente arregladas uñas de su mano derecha. Aioria pareció relajarse, sólo un poco. Aun así me sacó del Templo de Piscis casi en volandas. Cuando estuvimos lo suficientemente lejos para que no nos oyera, mi maestro no se aguantó el bichito y me preguntó:
-¿Qué te dijo ese agua de florero?
Un impulso maravilloso de morir convulsionando a carcajadas me invadió por primera vez en meses. Tuve que respirar antes de contestarle.
-Me dijo que un poco de sangre siempre hace más bella a una rosa.
-Típica patanería insulsa de Afrodita. No lo escuches; tú no eres una de sus rosas, aunque él quiera cultivarte como a una de ellas.
Miré a Aioria, sorprendida de su sagacidad. Yo siempre había tenido claro que él no era ningún tonto pintado en la pared, pero nunca le había comentado la naturaleza exacta de mis conversaciones con el agua de florero, que en las últimas ocasiones se habían convertido en análisis profundos de parte de Afrodita sobre la parte oscura de mi personalidad, y de cómo a él ese lado b de mi alma le parecía interesante; lo peor era que a mí me reconfortaba que él no se sintiera escandalizado por ello, ni quisiera eliminarlo de mí. Eso lo compartía con Kanon, a él tampoco le interesaba convertirme en una "santa" en el sentido moral de la palabra. También me sentí sorprendida de que Aioria pensara que Afrodita quisiera convertirme en una de sus rosas, venenosa y chupasangre. Suspiré, entristecida de nuevo, porque ahora efectivamente estaba bañada en sangre inocente.
-¿Qué soy, entonces, Maestro?- le pregunté. Ya íbamos llegando a las escalinatas del Salón Patriarcal. Aioria me miró, con la cabeza ligeramente ladeada, enternecido tal vez por mi tono desvalido.
-Un lirio. Una leona. Una mujer. Una chiquilla. Una guerrera. Eres muchas cosas, Marah.
Los guardias abrieron los portones del Salón del Patriarca y mi maestro y yo nos adentramos en él.
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Shion estaba sentado en su trono, con sus ropajes de diario. Sentí un pánico irrefrenable, una vergüenza inenarrable. Aioria se inclinó, llevando su mano derecha hacia su corazón. Yo, siguiendo el protocolo impuesto a los aprendices, me quedé detrás de mi maestro e hinqué una rodilla en tierra, apoyando el peso de mi cuerpo en mi puño derecho, con la cabeza gacha.
-Marah, ¿Has vuelto al Santuario de Athena por tu propia voluntad?-preguntó Shion. Alcé la cabeza para contestarle.
-Así es, Señor.
-Bien. Sólo al manifestar tu deseo de morar en este Santuario bajo tu propia voluntad, Nuestra Señora Athena y los Santos podemos brindarte protección y mantenerte a salvo, tú más que nadie sabes de qué y de quién.
Un silencio incómodo se apoderó del Salón. Mi cabeza funcionaba a toda velocidad, planeando cuidadosamente qué diría después. Al final ese cuidadoso plan se fue por la borda, mis ojos se llenaron de lágrimas y mi voz se quebró.
-Yo…yo…deseo morar aquí como aprendiz del Santo de Leo, de nuevo, si le es posible a Su Excelencia y al Santo de Leo concederme de nuevo dicho honor….aunque…No me lo merezca.
La cabeza de Shion se ladeó un poco, su rostro denotaba algo de confusión.
-¿Porqué, aparte de tu huída y la serie de problemas que le ocasionaste a tu maestro durante tu anterior estancia en el Santuario, crees que no mereces ser entrenada para ser una Santa?-inquirió. Sentí ganas de gritarle que ahora yo era una asesina y que había matado gente de maneras crueles y horribles, incluyendo a un ex santo de la Orden. Tuve ganas de gritar y gritar y gritar. Empecé a temblar incontrolablemente, invadida por el dolor y la culpa. Recordé una de las noches en el hotel, en que me había quedado en el cuarto de Kanon. Mientras él salía por comida, armé una cuerda improvisada e intenté colgarme de una viga del baño. El regresó porque había olvidado su billetera y me encontró, con los pies en el aire y aún consciente. Decidió no comentarle el incidente a nadie, y yo tampoco. Jamás olvidaría la expresión derrotada y decepcionada en su rostro, su desesperación, y que luego de ese día, no me dejara sola un segundo.
-Porque ahora soy una asesina. Tengo las manos manchadas de sangre, maté a muchas personas; sinceramente, de hecho, me he preguntado si alguien como yo merece siquiera respirar o vivir. –contesté, llorando. Los rasgos de Shion parecieron enternecerse. Aioria me miraba impotente.
-Acércate, pequeña.-dijo el Patriarca. Me puse en pie y me acerqué a él. Entrelazó los dedos de sus manos y las puso sobre su regazo, muy serio. Aioria también se acercó y puso su mano sobre mi hombro.-Es cierto que asesinaste personas que, dado que has sido entrenada en el Santuario de Athena, no podían compararse contigo, a pesar de que ni siquiera perteneces a la Orden; en ese sentido, cometiste crímenes que deben ser purificados, creo que comprendes el concepto de miasma, ¿no es así? Éste es un Santuario, un inmenso templo, y quienes vivimos en él debemos mantener puros nuestros corazones y nuestras intenciones, sólo así, seremos dignos de servir a la Diosa a la que protegemos, de mantener un estrecho vínculo con ella, que es toda pureza, esperanza y amor. En este momento, tu alma y tu mente están manchadas por la culpa, el dolor, la ira. De eso nos ocuparemos luego. El perdón y el amor de Athena son infinitos. ¿Deseas el perdón y el amor de Nuestra Señora? ¿Deseas servirle?
-Si.-casi grité, hundida en un mar tormentoso de sentimientos encontrados.-Si, deseo servirle. Deseo su perdón y su amor.
Shion sonrió, una sonrisa pura y hermosa, que le devolvió algo de paz a mi alma.
-Bien, prepárate para la katharmos,pequeña. Cuando sea el momento, te convocaré a mi presencia. Puedes llevar a Marah a tu Casa, Aioria. Después del ritual podrá reincorporarse a las labores de entrenamiento como tu alumna.
Aioria y yo nos inclinamos con una idéntica y profunda reverencia ante el Patriarca del Santuario de Athena.
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Al volver a Leo, conforme íbamos acercándonos al centro del Hall, distinguí a dos figuras, una de largo cabello rubio rojizo, la otra, de cabello verde, que parecían estar charlando animadamente y estar esperando. Empecé a correr.
Bully. Aimeé.
Prácticamente me le tiré encima al enredarme con los bajos de mi túnica gris, y la abracé con todas mis fuerzas, tanto para no caerme físicamente, como para no caerme emocionalmente. Ella me devolvió el abrazo con firmeza y ternura, su cosmoenergía más poderosa y bella que nunca. Aún conservaba esa dualidad curiosa, tierra y frío, perfectamente balanceados.
-No sabes cuánto te extrañé, Aimeé.-le dije, mi voz algo sofocada por estar hablando contra su hombro. Aimeé me tomó la cabeza con ambas manos y me plantó un beso enorme en la frente, ya que yo era un poco más bajita que ella. Volvió a abrazarme con tanta fuerza que me levantó del suelo.
-Y yo a ti, typerä kissa. No sabes cuánto me alegra la vida que hayas decidido regresar.- me contestó Aimeé. El hombre del cabello verde se rió un poco al escuchar lo que Aimeé me había dicho en finlandés. Me separé un poco de mi amiga para observarlo. Era más alto que Hyoga de Cisne, y más fornido, casi como Ikki de Fénix o Seiya de Pegaso. Su tono de piel era clarísimo, como el de Aimeé, y su ojo sano, de un vívido azul glacial. Nórdico. Era muy guapo, a pesar de la tremenda cicatriz que desfiguraba un lado de su rostro, e irradiaba un aura de seguridad en sí mismo y de mischief que me hicieron comprender casi instantáneamente porqué la taurina se había fijado en él. Éste, sin duda, debía ser Isaak. Me limpié las lagrimitas que amenazaban con salírseme de los ojos con un bordecito de la manga de mi túnica. Aimeé miró a Isaak y luego me observó.-Kitty, éste es Isaak, General Marino de Kraken y Protector del Pilar del Océano Ártico. Isaak, ésta es Marah, mi amiga.
Isaak cordialmente me ofreció su mano para estrecharla, lo cual hice, acompañando el gesto con una pequeña reverencia con la cabeza. Después de todo, el hombre era un General Marino.
-Encantado de conocerte, al fin, Marah.-me dijo, en inglés, tras soltar mi mano.-No ha dejado de maldecirte desde que te fuiste del Santuario y jurar a los cuatro vientos que en cuanto te viera de nuevo te daría una paliza. Si ésta es la idea que en el Santuario de Athena tienen de una "paliza", creo que vendré más seguido hasta merecerme una. –bromeó. Me sorprendí. Así que no todos los guerreros dedicados a deidades eran completos idiotas emocionales. Aioria ya nos había alcanzado, y saludó también a Isaak cordialmente, pero con reservas. Isaak se excusó diciendo que debía subir hasta Acuario para encontrar a su maestro, Camus, y hablarle de algunos asuntos, y antes de irse, besó muy caballerosamente la mano de mi amiga, que se sonrojó hasta las orejas mientras Aioria y yo nos sonreíamos con complicidad. Luego mi maestro nos dejó quedarnos en mi cuarto hasta entrada la tarde, conversando, hablando, contándonos todo lo que nos había sucedido en aquellos meses. Con dolor omití lo que había hecho esa noche fatídica en Londres, sin embargo, como todo el mundo en el Santuario, y sin duda por obra de Eva, Bully ya sabía que me había cargado a una decena de personas sola.
-¿Qué te pasó, Kitty, por todos los dioses? Podrías haberlos detenido simplemente.-me dijo. Suspiré con dolor.
-No sé si hubiera podido, es decir, estaba muy asustada, esos hombres estaban disparándome, prácticamente vaciando los cargadores de sus armas en mí. Y actué sin saber qué estaba haciendo, por instinto. Quizá si hubiera podido reducirlos, herirlos levemente y esperar a que llegara la policía, no lo sé, Bully. Esto es muy doloroso para mí. No quiero hablar más de ello.
Aimeé estaba sentada en mi cama, y yo estaba acostada, con mi cabeza sobre su muslo. Ella empezó a acariciarme el corto cabello con movimientos algo mecánicos. La sentí retraerse sobre sí misma, como indefectiblemente sucedía cuando estaba a punto de decirme algo pero no se atrevía. Suspiré.
-Suéltalo, Bully.
-Pienso que deberías hablar sobre ello, Kitty. Así lo sacarás de tu alma.-dijo Aimeé. Intenté comprimirlo todo dentro de mí, pero no pude. Le conté lo que recordaba, los destellos, el dolor, la sangre, y de repente haberme encontrado rodeada de lo que yo creía que eran cadáveres, y lo que había sucedido con Algol, lo que me había dicho, lo que me había hecho. Ella seguía acariciándome mecánicamente el pelo con suavidad, pero noté que el puño de su otra mano temblaba de indignación.
-Lo importante es que estás viva y bien, Kitty.-me dijo al fin Aimeé, tras pensar un largo rato qué iba a decir, o eso me pareció.-Y que estás de nuevo con nosotros, a salvo.
Me callé lo que pensaba en ese momento, que no estaba bien, y que aunque sabía que en el Santuario no corría peligro, sabía que no estaba a salvo. Al menos no de mí misma.
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Había pasado siete días de ayuno a pan y agua y completo silencio, preparándome para la katharmos, o la purificación ritual, encerrada en mi cuarto. Estaba llena de miasma, suciedad, la sangre en la antigua religión griega, especialmente la derramada en asesinatos, era motivo de impureza espiritual, y para que el afectado por el miasma pudiera reincorporarse a la vida de la polis, en este caso, del Santuario, debía pasar por una katharmos. Me preguntaba si dentro del Santuario el ritual sería igual al descrito por arqueólogos e historiadores o tendría algunas variantes. Antes del amanecer del séptimo día, Aioria tocó la puerta de mi habitación. Me puse la túnica gris larga que me había conseguido Agnés y al salir del cuarto, Aioria –me sorprendió verlo portando su armadura y su capa blanca-me puso una capa negra sobre los hombros, y deslizó la capucha sobre mi cabeza. Nos dirigimos hacia el Salón del Patriarca. Llegamos cuando ya el sol creaba una línea rojiza en el horizonte. Los guardias nos abrieron las puertas.
Tosí un poco. El salón del Patriarca olía a incienso, mirra y hojas de laurel, y algo que no pude identificar, supuse que hojas de olivo. Una vestal estaba de pie en la mitad del salón, con un incensario de cadena colgando de sus manos, que movía de un lado a otro para dispersar el olor y mantener el carbón ardiendo en su interior. Aioria y yo nos acercamos al trono del Patriarca, donde ya estaba Shion, vestido con sus ropas ceremoniales, su túnica azul oscuro, bordada en rojo y dorado. Se puso en pie al vernos. La vestal nos siguió.
-Por favor, síganme.-dijo Shion, poniéndose en pie. Nos guió fuera del Salón del Patriarca, por varios pasillos aún iluminados por antorchas, hacia las conocidas rejas que llevaban al Jardín de Athena. En el centro de huerto había una pequeña plataforma de mármol que nunca antes había visto. Allí ya estaban siete vestales, sosteniendo cada una un ánfora de barro llena de agua. Shion volvió a dirigirse a mí. –Ahora, Marah, quiero que te sitúes en el pedestal, te pongas de rodillas y enciendas tu cosmoenergía.
Le obedecí, quitándome la capa negra y entregándosela a Aioria. Me subí a la plataforma, me arrodille y encendí mi cosmo. Había un deterioro en la calidad del mismo. Ya no resonaba tan musicalmente como antes, y sentí vergüenza, horror y tristeza. Shion y Aioria encendieron los suyos también. Me estremecí. Nunca antes había sentido el cosmo del Patriarca y era inmenso. Una vestal le entregó a Shion un paño de algodón blanco bordado en azul, que él puso sobre mi cabeza. Luego puso sus manos sobre el paño. Entonces sentí el aún más inmenso, lleno de amor, luz y paz, cosmo de Athena, inundando el lugar. Abrí los ojos y la ví descendiendo por una pequeña escalera desde sus habitaciones privadas hasta el Jardín. Mis ojos se llenaron de lágrimas de vergüenza. Ella vestía una sencilla túnica blanca, y sonreía, su largo cabello ondeando suavemente, sus blancas manos una sobre otra, relajadas sobre su regazo. Caminó hasta situarse al lado derecho de Shion.
-Mi Señora Athena.-comenzó él, en griego antiguo.- Esta joven mujer se encuentra aquí ante nosotros para ser purificada del crimen de asesinato. Su corazón es humilde y no desea nada más que servirle a Usted y al Santuario. Suplica la limpie de su falta, y en retribución, ofrecerá un sacrificio agradable a Sus ojos.-dijo Shion. Era la fórmula ritual que recordaba haber leído. La vestal que llevaba el incienso se aproximó y dio una vuelta alrededor de la plataforma, llenándome de incienso. Luego la primera de la línea de vestales con ánforas vino hacia nosotros y le entregó la vasija a Shion.
-¿Te arrepientes sinceramente de tus faltas?-preguntó.
-Sí, me arrepiento.- contesté, llorando. El Patriarca quitó el paño blanco de mi cabeza y derramó el ánfora de agua entera sobre mí. De nuevo la vestal del incienso dio una vuelta a mí alrededor. La pregunta, el derramamiento del agua y la fumigación con incienso se repitieron seis veces más, cada vez, me sentía más liviana, más limpia, menos cargada de dolor. Ayudaban muchísimo la sonrisa de Athena, la de Aioria y la del Patriarca. Al terminar las siete abluciones, el sol ya había salido del todo, iluminando mi cuerpo bajo la túnica mojada, la armadura dorada de mi maestro, que resonó con la luz y su cosmo casi musicalmente, la blanquísima piel de Athena, que parecía fulgurar, y los ojos de Shion, serenos.
-Estás limpia y adecuada para el servicio a Athena. Prepárate para el sacrificio.-recitó Shion. Una vestal se aproximó portando un pequeño puñal plateado.
Había derramado sangre, yo debía derramar mi sangre también. Tomé el cuchillo con la mano derecha y sin dudarlo un segundo me apresté para realizar un corte en mi muñeca izquierda. Antes de que lograra hacerlo, sin embargo, el amor de Athena me invadió de tal manera que sentí que ya no era parte del mundo. La Diosa tomó mis manos y me quitó el puñal, devolviéndoselo a la vestal. Con ternura, me abrazó.
-Ya has sacrificado mucho, Marah. Más que suficiente.-dijo Ella, con su voz cantarina. Me soltó, su mano acarició mi rostro.-Aioria, dices que Marah desea seguir siendo tu aprendiz, ¿Es eso cierto?
-Así es, Mi Señora.-contestó Aioria, inflando su pecho, orgulloso. Sentí una punzada de dolor y de cariño hacia él al verle hacer ese gesto. Athena me tomó las manos, haciéndome gestos para que me levantara de mi posición arrodillada. Lo hice y luego bajé de la plataforma.
-Puedes reincorporarte a la vida del Santuario y a tu entrenamiento como aprendiz de Leo, Marah. Estás limpia de toda falta y mi amor te acompaña. Recuerda, sin embargo, que también debes perdonarte y amarte a ti misma.
Pensé que tocaría la frente con el suelo cuando le hice una reverencia profunda y sentida a la Diosa. Las palabras no salían de mi boca. Seguía llorando, de felicidad, de tristeza, de vergüenza, de dolor, y de esperanza. Esperaba que todo mejorara para mí.
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Xypníste: despierta (griego)
Sas, dolófonos.Tha prépei na ntrépetai: Tú, asesina. Deberías sentirte avergonzada. (griego)
pais: niño, niña (griego)
typerä kissa: gata tonta (finlandés)
Este es el capítulo más largo que he escrito en este fic. Y me costó horrores. Gracias a Bully AKA the Ninja Sheep por su apoyo incondicional, las risas, las lágrimas y las ideas. Gracias a Kari, Shadir, Geminisnocris y Liluz de Geminis por sus reviews y comentarios, ¡me hacen el día! Gracias a todos los que leen sin comentar, a los que le han dado fave a esta historia, no saben lo mucho que aprecio que me dejen estar en sus vidas y que sigan esta historia con fidelidad, desde el principio, hasta ahora.
¿Alguna vez han sentido su Cosmo?
