XXV
THRESHOLD
Tocó la puerta con los nudillos. Había hablado largo y tendido con Aioria esa mañana. En lo único que estaban de acuerdo era en que, si Marah quería llegar a algo en el Santuario, debía volver a entrenar de manera física.
Y por el momento se rehusaba a hacerlo. Se había dedicado enteramente a estudiar y a meditar, un cambio poco común en ella, siempre ávida de la siguiente aventura.
Así había estado el último mes. Literalmente tenía agorafobia. Rara vez la veían salir de su cuarto, sólo al baño o a comer. En las noches se encerraba en el patio de Leo a meditar con su cosmo encendido. Cualquiera pensaría que tenía vergüenza. Pero no sólo era vergüenza. Era miedo.
Hubo un ruidito dentro de la habitación y luego, el cerrojo chasqueó y se abrió. Comprobó con algo de aprobación que ella, sin desconcentrarse de sus libros, había abierto la puerta con un sencillo truco de telekinesis, levantando apenas una chispa descuidada de su cosmo. Caminó vadeando las pilas de libros y escritos.
Estaba sentada al escritorio, sumamente concentrada, encorvada sobre un diccionario de griego antiguo y una polvorienta copia de algún tratado pitagórico o algo así. Desde su alta posición veía los dibujos de los tetraedros. Estaba vestida con un muy corto quitón grisáceo que se le caía por uno de sus hombros, el cabello castaño claro, alborotado y en bucles había crecido algo desde el momento en que se lo había cortado, pero Kanon realmente extrañaba el aspecto que le daba tener el cabello larguísimo. Le recordaba a un cuadro, una delicada diosa pálida de mejillas sonrosadas y ojos húmedos, una princesa olvidada.
Con el cabello corto se veía demasiado adulta para su gusto. Algo en sus rasgos cambiaba. Se preguntó si no era simplemente impresión suya. Luego pensó que tal vez, lo que cambió su habitual altivez no fue simplemente un corte de cabello. En sus ojos había un dolor real, una expresión de haber visto aquello que finalmente te desliga de la infancia para siempre. Marah había crecido.
Los pendientes de oro que traía en las orejas le rozaban los hombros. Ese era otro cambio que se había operado en ella. Desde su posición, solo la veía de espaldas. Caminó hacia ella y rozó con sus dedos, de manera delicada, la piel de su espalda que no estaba cubierta por el quitón. Ella se volteó. Era la primera vez que la veía con lentes, unas gafas en forma de media luna, de fino marco dorado.
La puerta volvió a cerrarse por la volición del cosmo de ella. Se volteó en la silla y Kanon, con un pequeño salto de la regularidad en los latidos de su corazón, observó las piernas desnudas y pálidas de su ninfa, las caderas ceñidas por el quitón, y los pechos que sólo estaban cubiertos por aquella delgada tela. Los pequeños pies descalzos reposaban sobre el piso.
Sus ojos azules resplandecieron un momento al mirarlo, y se permitió una pequeña sonrisa. Estudió con devoción la curva de la punta de su nariz, sus pestañas negras y largas, el suave rubor de sus mejillas y la forma tentadora de sus labios, que sin embargo, no habían recuperado del todo el color. Sus huesos aún sobresalían demasiado de debajo de su piel. Sus pómulos estaban demasiado acentuados. Le acarició con las yemas de los dedos las mejillas, la curva de la mandíbula, el labio inferior, el cuello, el hombro. Cuando intentó acariciarle el pecho, ella se sonrojó furiosamente, y sus ojos se aguaron.
Aún había mucho dolor y vergüenza en su mente. Se arrodilló frente a ella y le tomó el rostro con ambas manos. Notó que ella empezó a retorcerse los dedos de sus delicadas manos sobre el regazo de puros nervios. Se las separó y le besó las manos y ella le acarició el rostro, mirándolo con devoción. Se puso en pie y lo abrazó, al principio con algo de timidez.
Él se aferró con ambos brazos a sus amplias caderas y enterró el rostro entre sus pechos pequeños y fragantes. Ella le acarició el cabello, acunando su cabeza entre sus brazos, y posó un suave beso sobre su coronilla, aspirando el olor a sándalo y sal de su largo pelo azul.
Las expresiones mutuas de devoción se habían hecho comunes entre ellos desde la catastrófica experiencia que Marah había vivido. Kanon sentía la necesidad imperiosa de demostrarle cada segundo que la adoraba con todo su ser, que la necesitaba. Su amor parecía refrenar las ideas oscuras que plagaban las horas, tanto despierta como dormida, de su pequeña. Ella se iluminaba, se despejaba, y las lágrimas de miedo y tristeza en sus ojos se convertían en pequeñas lágrimas de felicidad que rápidamente se iban.
Nunca había sido de demostrar abiertamente sus sentimientos, pero mostrarse vulnerable y cariñoso, para ella y sólo ante ella, era un sacrificio que le agradaba. Sin embargo, a pesar de que la bañaba de afecto cada que podía, aún no lograba hacerla sonreír. Ni él, ni nadie, que Kanon hubiera visto.
-¿Vienes a pedirme que salga?-preguntó, su voz dulce teñida de algo de monotonía y miedo. Sin duda le aburría la perspectiva de abandonar su guarida. Él se puso en pie, y esta vez, ella se aferró a su pecho y él besó la coronilla de la muchacha.
El se separó de ella y con delicadeza le quitó los lentes, que puso sobre la mesita. Se inclinó y la besó. Suspiró al notar que los labios de ella se abrían para dejarle paso, para permitirle explorarla. Las manos de Kanon vagaron del cuello de Marah hacia su espalda, sus brazos, y luego, hacia la curva de su cintura. Las manos de ella se habían adueñado de su rostro, de sus mejillas y sus orejas. Le acarició el cuello con los labios, con la lengua, con su pulgar comprobó que su pecho izquierdo tenía el pequeño botón rígido. Su erección se volvió casi dolorosa, presionando contra su pantalón.
La empujó lo suficiente para que con un pequeño sobresalto, terminara sobre la cama, con los labios, las mejillas y el pecho sonrosados.
Se mordió los labios. La gravedad había hecho que la corta túnica que la cubría se hubiera levantado, mostrándole su ropa interior blanca, sus muslos y algo de su abdomen. Por todos los dioses, cómo la deseaba. Cómo deseaba arrancarle ese ridículo pedacito de tela que le cubría. Se contentó con acariciarle el interior de los muslos con los dedos y antes de que la chica cerrara las piernas con la fuerza de una tenaza, apartó la tela, posó su palma entera contra su entrepierna, se echó a su lado y acaparó la joven y suave boca con la suya, demandante, exigente.
La pequeña hiperventilaba, temblando como un pajarillo entre sus brazos. Eso lo excitó aún más. No debía perder el control. No debía. Aioria se daría cuenta y lo mataría. Se moría por entrar en ella.
Se separó de ella, le tapó la boca y la penetró con los dedos rápidamente hasta que notó que su espalda se estaba empezando a arquear de placer. Sus ojos, fuertemente cerrados, tenían entre las pestañas, algunas lágrimas.
Cuando notó que su respiración se hizo dificultosa y estaba a punto de liberarse, paró abruptamente y se puso en pie, acomodándose la erección dentro del pantalón para que fuera menos obvia.
Le pareció que denegarle el orgasmo le causaba dolor físico. Marah cerró fuertemente las piernas y gimió de desesperación. Pobrecilla.
-Vengo a recordarte, amor mío, que hay muchas cosas maravillosas afuera, incluidas estas pequeñas sesiones de entretenimiento, que te estás perdiendo por pura y física cobardía. Cuando quieras que esto termine visítame en Géminis, iremos a entrenar y luego podremos darnos rienda suelta…Si te provoca. Hasta luego.
Se dio la vuelta. Al alcanzar la puerta un pesado tomo de las tragedias de Eurípides le acertó de lleno en la parte posterior de la cabeza. Un alarido de rabia y un portazo siguieron al golpe.
El Caballero de Leo estaba de pie en la entrada de Leo, con cara de querer asesinarlo.
-Tus métodos son absolutamente cuestionables, Kanon. Bajo mi techo y en mi Casa no vuelves a tocarla. ¿Nunca te enseñaron a no manipular a las mujeres así?-le espetó realmente molesto. A Kanon le pareció tierno, que Aioria se preocupara así por ella. Por primera vez en años estaba encontrando rasgos que le parecían simpáticos en el normalmente muy callado, impulsivo, solitario y "soy más santo que tú" caballero de Leo. – Te pedí que hablaras con ella, no que tuvieras sexo con ella en mi casa…¡Agh!, ¡por la sangre de Athena!
Aioria se había dado cuenta al pasar rápidamente la mirada de manera despreciativa sobre Kanon, que había un bulto en los pantalones del geminiano. Se tapó el rostro, rojo de vergüenza y de ira.
-No me digas que no se te pone así cuando tienes a Marin para ti solito encerrada en tu habitación, no seas mojigato-le espetó Kanon, con una media sonrisa pícara.-Lo que tienes es envidia.
-¡FUERA, FUERA!-bramó Aioria fuera de sí, dio media vuelta y entró a Leo hecho una furia. Kanon se rió a carcajadas mientras bajaba las escaleras hacia Aries.
Estuvo viendo estrellas gracias al golpe que le había dado Marah hasta llegar a Géminis, pero todo había salido perfecto. Aioria no se podía quejar. La pequeña saldría de su escondite muy pronto.
Y además, no la había manipulado…Ella lo tenía medio loco de desesperación a él, tanto, que había acudido a Leo a intentar sacarla de allí, se había arriesgado a que Leo lo matara y además se había negado a sí mismo la posibilidad del placer, sólo para lograr que esa muchacha cabecidura se atreviera a salir de su encierro.
Aioria no entendía nada. La verdad es que él tampoco. La recordó, boca arriba y con la túnica subida, las mejillas arreboladas y los ojos brillantes, y sintió un dolor profundo en sus entrañas. Suya. Su pequeña.
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Estaba de pie en el marco de una puerta de madera que se sostenía por sí solo. El resto eran tinieblas, y como la puerta estaba cerrada, por entre las rendijas venía una luz tenue. Palpé con las manos hasta encontrar el pomo y le di vuelta.
Volví a ver a Sura, la discípula más pequeña de June, acostada sobre una camilla improvisada con palos y sábanas en el piso de la cabaña de la Amazona del Camaleón. Sus ojos estaban vidriosos, vacíos, y sin duda, tenía el cuello roto. Su cabeza estaba en un ángulo que no correspondía. En cámara lenta, mientras June y sus alumnas lloraban y se movían con histerismo de un lado a otro, me acerqué al cadáver, me arrodillé a su lado, y le quité una lágrima de la mejilla.
Sura me miró y tomó mi mano. No me asusté.
-Qué bueno que puedes verme. Ellos lo hicieron. Diles que ellos lo hicieron.
Sus ojos azules se convirtieron en un cielo azul nocturno del que yo me alejaba cada vez más, precipitándome hacia el suelo de espaldas, con la mirada fija en el borde de un acantilado en el cual tres muchachos observaban mi caída. El golpe contra los arrecifes de Cabo Sounión me quitó el aire, sentí mis huesos crujir, y me levanté en la cama sobresaltada.
Temblando histérica, me tiré al suelo, me levanté de nuevo, descalza. En el templo me topé con Agnés, a quien le expliqué atolondradamente que Sura había muerto, y quien empezó a gritarme cosas que no entendí, porque no me quedé a explicarle nada. No paré de correr hasta llegar a la Villa Amazona con las plantas de los pies llenas de ampollas.
Lo supe, por los ruidos, antes de llegar a la cabaña de June. Como si aún siguiera soñando, caminé hasta entrar a la cabaña sin que nadie me lo impidiera, la pequeña Sura en el suelo, en una parihuela improvisada, su ropa mojada y llena de algas, su cuello morado y torcido de manera antinatural. Parpadeé idiotizada. Nadie había tenido la sensibilidad de cerrarle los ojos, así que me arrodille a su lado y suavemente, con la palma de la mano, cerré sus párpados.
-Perdóname, Sura. Perdóname.-susurré. Yo había visto esto hacía mucho tiempo. Y nunca dije nada. Pensé que había sido solo una alucinación. Me sentí culpable, responsable. Pero mi capacidad para el dolor y la culpa estaban sobrepasadas y el aturdimiento y la irrealidad me embargaban. Estaba disociada. Yo no me sentía en mi cuerpo y lo que estaba pasando para mí, no era del todo real.
June me observó un momento, tan idiotizada como yo, pero con los ojos rojos de llorar, sus mejillas llenas de lágrimas, sus dos alumnas aferradas a ella mientras sollozaban. Ella les acariciaba el cabello mecánicamente, una madre siendo fuerte por sus hijas, sin atreverse a entender la realidad para no desmoronarse. Abandoné la cabaña bajo la atenta mirada de Marin.
Caminé de vuelta a la Calzada Zodiacal. Hacía años no moría un alumno, y el tumulto y el barullo impidieron que la gente me pusiera atención. Escuché a Eva llamándome, pero no le hice caso.
En Géminis mis ampollas se reventaron y una de ellas comenzó a sangrar. Y yo me rompí y comencé a llorar. Saga me encontró de rodillas, escondida tras una columna, aferrada a ella, rezando. Él me tomó de los hombros hasta ponerme en pie y luego me levantó del suelo hasta llevarme a la cocina de la Tercera Casa. Me sentó en una silla y puso una copa de ouzo en mis manos.
-Ya lo supe, lo de la chiquilla. Tú lo sabías. Lo dijiste aquella noche en que tuviste un trance. Lo recuerdo perfectamente. ¿Viste algo más hoy?
Consideré mentirle por un par de segundos. Luego me di cuenta que era inútil.
-Sí. Pero no lo suficiente.-lo miré a los ojos, con amargura. Su expresión era insondable, hierática. Me limpié las lágrimas con los dedos.
-Lo que pasó en Londres, ¿también lo viste antes?-inquirió. Lo miré con los ojos desorbitados de pánico. Recordé que él había hurgado en mis recuerdos y lo había visto absolutamente todo.
-Sí. Pero no supe qué era hasta que sucedió. Nunca fue claro. Nunca ninguna de mis visiones es lo suficientemente clara.-le espeté, con algo de rabia. El cerró los ojos un momento, considerando si debía expresar lo que pensaba. Tomó un trago de su vaso de ouzo. Y me observó, acusador. Luego vino hacia mí y me tomó el rostro por la mandíbula. Su toque me recordó al de Kanon y me estremecí, extrañada. Era muy extraño que un cuerpo igual al de la persona que amas no contiene la misma alma, el mismo cosmo.
-Efectivamente eres el Envase de la Pitia. Tienes la Maldición de Cassandra. Nunca nada de lo que veas te protegerá, porque cuando entiendas tus visiones o decidas comunicarlas, será demasiado tarde y el Hado se encargará de hacer realidad tus pesadillas. Sólo te pido un inmenso favor. Lo que sea que veas sobre el Santuario, Athena o mi hermano, no dudes un segundo en contármelo. Apenas tengas la visión, corre a Géminis, háblame por cosmo, haz lo que sea.
-Lo haré, Saga.-le dije, para calmarlo y calmarme. Tener a alguien que lo sabía y que podía hacer algo para evitar lo que fuera que sucediera me hizo sentir apoyada, que alguien le hubiera puesto un nombre a mi condición, a mi enfermedad, a mi maldición. –Te diré siempre lo que vea, te lo juro.
Saga sonrió. Su sonrisa fue igual a la de Kanon pero no se sintió reconfortante.
-Muy bien. Procura que yo siempre sea el primero en saberlo. Lamentablemente mi hermano tiene menos recursos emocionales que yo para lidiar con las emergencias. Por cierto, Kanon está en su habitación, durmiendo. Y vístete, por el amor de Athena. A mi hermano le dará un infarto si te vé andando así.
Al decir las últimas palabras, fui consciente de que sólo tenía una corta túnica de dormir puesta. Me sonrojé muchísimo. Me di cuenta que a Saga tampoco le espantaban mis cicatrices.
-¿Para qué el rubor ahora, chiquilla? Vete.-dijo, dándome la espalda para servirse otro vaso de ouzo.-Compórtense. Los demás necesitamos dormir.
Volví a sonrojarme aún más, me dí la vuelta y abandoné la cocina. Eran aproximadamente, las tres de la mañana. Resignada, me puse en pie mientras dejaba el vaso de ouzo intacto sobre la mesa. Me introduje en la habitación de Kanon y en su cama. Él se despertó y me tapó con sus sábanas, para luego abrazarme.
-Lo siento mucho, Marah. No te sientas culpable.-murmuró, medio dormido. Me acarició y me habló en susurros, calmándome, hasta que me dormí.
Había salido por fin de Leo. Pero aún estaba en el umbral. Aún no había entrado en el Santuario.
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Reincorporarme a la vida del Santuario fue más difícil de lo que me había imaginado. Aunque no por el entrenamiento. Durante mi estancia en mi amado y flemático país de origen, realmente no había hecho mucho ejercicio, y además, me habían herido en las piernas y los brazos con balas. Aioria, haciendo gala de una paciencia que jamás pensé posible en él, al parecer simplemente había decidido hacer de cuenta que yo apenas iniciaba mi entrenamiento y se dedicó a acondicionarme. Sin embargo, aunque tuviera paciencia, me estaba costando incluso ganar masa muscular. Mi rutina diaria ahora constaba de levantarme rayando el alba, realizar calistenia en solitario para calentar, en el Hall de Leo. Básicamente series eternas de sentadillas, abdominales, flexiones de pecho, saltos, patadas, puñetazos, katas de Aikido, karate y wu-shu. A las ocho de la mañana, Aioria me permitía desayunar algo ligero y luego me daba las instrucciones para el resto del día.
Durante el primer mes había hecho de todo para no salir, evitaba incluso hasta hablar con Agnés, o darle el chance de recriminarme nada. Así me estaba evitando también la reacción del resto del Santuario, especialmente la de los Santos de Plata. Pero llegó el día en que debía salir de la cueva de los leones, literal, y enfrentarme al mundo, también literalmente, el sábado en la mañana, día en que los aprendices se reunían en el Coliseo y por turnos se enfrentaban unos a otros para medir sus progresos. En dos ocasiones me había peleado en el Coliseo durante dichos entrenamientos sabatinos con Aimeé, pero ahora ella ya no era una aprendiz. Era una Santa de Plata en toda regla. Pensé que era curioso que hubiera ganado la armadura de Cetus, entre todas. Keto era en la mitología griega, la madre de muchos monstruos marinos, como Escilla. En mi cabeza estalló una imagen de una poderosa diosa-monstruo, batallando con un ser de tentáculos gigantes, un Kraken. Sí, eso tenía sentido, se pertenecían mutuamente –sólo seres igual de poderosos podrían aguantarse el ritmo-, a pesar de las diferencias que Aimeé me había contado que había tenido con su General. Distraída, no noté en qué momento mis pies me habían llevado al Coliseo. Aioria se había quedado en la Casa, alegando que debía solucionar unos asuntos, pero yo sabía muy bien que me había dejado sola para que simplemente, me las arreglara por mi cuenta en caso de problemas.
No todo el tiempo estaría ahí para protegerme. Y la verdad es que los sucesos de los últimos meses me habían convertido en una miedica cobarde sin remedio. Prefería evitar cualquier tipo de confrontación, a toda costa. Me costaba reconocerme a mí misma, nunca había sido una buscapleitos, pero si me los buscaban a mí, el culpable se llevaría unos cuantos golpes bien dados, o unas cuantas palabras bien puestas. Me senté en las gradas inferiores, lo más alejada que podía de todos. Había transcurrido un rato, mientras miraba a los aprendices hasta que noté una sensación desagradable en mi nuca. Al voltear, mi mirada se encontró con la francamente espantosa mirada de basilisco de un hombre joven de ojos azules y largo y liso pelo de un castaño tan claro que al sol se veía rubio, francamente apuesto, tenía rasgos fuertes, griegos, como los de los Dorados que eran de éste país, y éste, tenía una pequeña barbita de chivo que lo hacía ver aún más interesante. Pensé que si se ponía de pie, tendría tal vez la altura y la contextura de Aioria, mi maestro. Sin embargo me miraba con ira mal contenida, sus puños apretados. Me sonaba de alguna parte. Lo había visto en algún lado antes, pero no podía recordar exactamente dónde. Tendría unos veinte años.
-Puta.-me susurró. Luego escupió al suelo en señal de insulto. Ah, claro. Ya recordaba de dónde. Si no estaba mal, era uno de los discípulos de Algol de Perseus. Le sonreí con cínica dulzura y luego volteé a observar de nuevo las peleas entre los aprendices, pero sabía que aquel muchacho iba a retarme. Lo sabía. Sólo estaba esperando a que lo hiciera, casi con desagrado ante la perspectiva de tener que pelear con alguien, mucho más, sabiendo que si mis suposiciones eran correctas, yo había freído la cabeza del maestro de ese chico, lo cual con seguridad me haría su objetivo militar. Vi que Shura de Capricornio entraba al Coliseo junto con Eva, que se veía algo maltrecha. Todas al iniciar entrenamiento en serio nos poníamos así, flacuchas y llenas de moretones. Los Santos de Oro no se andaban con jueguecitos ni cortesías a la hora de entrenar a sus pupilas, al parecer. A veces pensaba que esos primeros meses eran verdaderas pruebas de supervivencia, si moríamos, no merecíamos siquiera la oportunidad de luchar por un lugar en la Orden. Le hice un tímido gesto con la mano a Eva, no quería atraer la atención de la gente. Ella me correspondió ondeando el brazo con alegría para saludarme. Luego se paró en seco, pálida, y sus ojos color castaño claro se fijaron aterrados en algo que estaba unos metros por encima de mí. Volteé. El hombre también la miraba a ella con desprecio absoluto. Ella pareció retraerse sobre sí misma, como queriéndose volver invisible, más pequeña, tarea en la que fracasaba estrepitosamente. Eva aprendiz de Sagitario medía aproximadamente un metro con setenta y estaba generosamente dotada tanto adelante como atrás: no tenía como esconderse. Nunca la había visto así y ese cambio me pareció sumamente sospechoso. Yo no sabía mucho de su vida privada, le había conocido recientemente y Aimeé y ella tenían una relación más cercana entre sí que conmigo, pero igual la apreciaba muchísimo. Mi cerebro empezó a maquinar cuando ví que Shura miró a Eva, luego al hombre, y luego a mí, y sus ojos buscaron con rapidez a Aldebarán de Tauro, que también estaba sentado en las gradas observando. Aldebarán hizo contacto visual con Shura, que le señaló con la mirada a Eva y al hombre, y de nuevo, a mí. En la cara del Toro se formó una señal de alarma tan intensa como si le hubieran prendido un signo de precaución de la frente en color rojo neón.
-"Menina"-la voz cósmica de Aldebarán irrumpió en mi cerebro.-"Necesito que te sientes AHORA MISMO a mi lado. Es una orden"
Me puse en pie sin dudarlo un instante. Caminé la distancia que me separaba de Aldebarán de Tauro y me senté a su lado. Mejor así. No quería pelear con nadie, no quería más conflictos ni enredos.
-Gracias, Maestro.- le susurré. Aldebarán volteó su inmenso torso para mirarme, con una pequeña sonrisita en la comisura de su boca.
-Ni creas que vas a librarte del entrenamiento. Sólo te estoy manteniendo alejada de los problemas, ya has tenido bastantes. –volteó para mirar a Shura de Capricornio.- ¿qué opinas, Cabro, Eva contra Marah?
Shura me miró. De inmediato supe que era una mirada admonitoria, él también había presenciado aquella ocasión en que había perdido el control y había golpeado a mi querida y pobre Aimeé más de la cuenta. Asentí con la cabeza, queriéndole decir que comprendía su mensaje y que no perdería el control, para mis adentros pensaba que probablemente la que me daría la paliza a mí sería ella, pues ví un tic para nada tranquilizador en su mejilla derecha, como si el músculo de su mandíbula se contrajera sólo en ese lado de su cara, al mirar al tipo rubio sentado en las gradas. Aldebarán me dio un golpecito en la espalda que me tiró a la arena. Shura hizo lo propio con Eva, no se me escapó la mirada de reproche que ella le dedicó.
La española y yo nos hicimos una pequeña reverencia con la cabeza. De inmediato tomé posición de defensa. Ella era más alta que yo, mucho más fuerte, no sabía qué tan rápida era, pero quizá ella si sabía qué tan rápida era yo.
La vi proteger con sus puños y brazos su cara y su abdomen, que eran mis sitios de golpeo favoritos cuando me encontraba en desventaja ante un rival físicamente más corpulento. Aioros había hecho bien su trabajo, al fin y al cabo, era el maestro de mi maestro. Nos dimos unos cuantos puñetazos de calentamiento, siempre interceptados por la otra, luego nos movimos a las patadas. En un descuido logré conectarle a Eva un zapatazo en la columna vertebral que la dobló hacia delante de dolor. Me alejé para esperar que se recuperara. Vino hacia mí, y antes de que me hubiera dado cuenta, me había tomado del brazo y me había literalmente lanzado unos cuatro metros en vertical, antes de caer me preparé para rodar sobre el suelo, sin embargo el impacto me quitó el aire el tiempo suficiente para que ella viniera hacia donde yo estaba e intentara devolverme la patada que le había dado. Rodé sobre el suelo, el talón de su sandalia enterrándose en la arena, donde antes había estado mi cara. Me impulsé con los brazos en arco para ponerme en pie de un salto, Eva me dio un puñetazo en el rostro que me puso a ver estrellas, seguramente tendría el verdugón por días.
-"¿Quién es el rubio?"-le pregunté, vía cosmo, mientras le lanzaba una patada de barrido que ella esquivó por los pelos.
-"Su nombre es Denes. Tuve algo con él".-me contestó, también vía cosmo, me envió una impresión mental de un momento de sumo dolor, de vergüenza, me sorprendió que alguien que yo siempre había pensado que era fresco y dicharachero pudiera sentir tal desesperación. Eso me distrajo lo suficiente para que Eva lograra tomarme por los brazos y aplicarme una llave con tal fuerza que tuve simplemente que doblarme hacia adelante para que no me sacara los hombros de las coyunturas. Me soltó. Nuestro pequeño combate había terminado.
-Fiú, Eva, me pusiste en problemas.-le dije, para elogiarla sinceramente y animarla, ella estaba muy nerviosa.
Desde el otro lado del Coliseo se alzó una risotada despectiva. Me dí la vuelta. Había sido Denes. Si era igual que Algol no se atrevería a insultarla en público.
-¿Eso es todo lo que pueden hacer las aprendices de los Santos de Oro?- exclamó con sorna.-Tanto tiempo desperdiciado…
Respiré tratando de calmarme. Estaba poniendo la honra de Aioros y de Aioria en duda, cosa que jamás consentiría. Le dí la espalda y miré a Aldebarán, quien de inmediato se puso en pie y supuse que le había hablado vía cosmo a June de Camaleón, quien estaba cerca, con sus dos alumnas que no habían conseguido armadura en las Pruebas (se veían aún muy abatidas, maestra y alumnas), seguramente para aparejarnos a Eva y a mí con ellas y evitar que Denes nos retara a Eva o a mí a duelo: mientras dos aprendices estaban luchando, ninguno más podía tocarlos o retar a alguno de los dos, esas eran las reglas. Pero Denes fue más rápido. Sinceramente pensé que retaría a Eva, pero mi mandíbula se desencajó un poco cuando pronunció:
-¡Marah aprendiz de Leo! ¡Te reto!- dijo, con un énfasis desagradable en aprendiz, como si fuese un insulto. No podía negarme. No iba a negarme. Caminé al centro de la arena. De inmediato un murmullo se extendió entre los observadores, no supe si de excitación o de precaución. Las otras peleas cesaron. Le hice una pequeña inclinación con la cabeza que él no respondió. Sonreí. La falta de modales era una de las cosas que más me enfurecían en las personas, especialmente si no correspondían mis gestos. Se lanzó hacia mí; de verdad era muy rápido y su estilo de pelea era casi calcado al estilo de Algol, juego sucio, rapidez y mucha fuerza. Me dio un gancho al hígado, luego una serie de puñetazos en el rostro y una patada que me lanzó contra una de las paredes de la arena. Lo vi exultante, feliz. Podría jurar que sentía alegría al golpearme sólo por redimir la memoria de su maestro. No quería meterme en problemas. No quería meterme en más problemas. Me levanté y volví a ponerme en posición de defensa. Él volvió a atacarme sin piedad. Me estaba vapuleando. Y yo me estaba dejando. Los gritos de Eva y de Aldebarán se entremezclaban en el fondo con los demás ruidos, tras un movimiento en que Denes me tomó del tobillo y me estrelló contra el suelo, ví a Aimeé entrar al Coliseo y mirarme aterrada, yo estaba sangrando profusamente por la boca.
Me levanté del piso y escupí una gran cantidad de saliva mezclada con sangre. Me quité un poco de arena de los hombros y los brazos, que me escocieron, debido a que me había raspado contra el suelo y tenía lugares en carne viva. Me habló lo suficientemente bajo para que nadie más escuchara, pero para que yo entendiera a la perfección. – ¡No eres nada, zorra, pero pagarás caro haber asesinado a mi maestro! ¡Perras como tú y como tu amiguita Eva deben ser amaestradas!¡Seguro mi maestro te dio una leccioncita de obediencia antes de partir, ¿no? Te la metió y te enseñó quién mandaba y mientras estaba distraído lo atacaste a traición, como sólo una puta como tú haría. Seguro también te acostaste con Leo para que aceptara volver a tomarte como aprendiz.
Recordé el sonido del cuchillo rasgando mi ropa y el dolor en mi cuero cabelludo al Algol tomarme del pelo. Denes no tenía ni idea qué estaba haciendo, qué era lo que estaba provocando. Mi cosmo estalló súbitamente, con una potencia que me produjo escalofríos. Lo ví retraerse, retroceder un poco, sus ojos se abrieron de impresión.
-A mí, puedes insultarme todo lo que quieras, idiota.-le dije.-Pero ni una palabra sobre mi Maestro, o sobre Eva. No lo permitiré.
Me lancé sobre él, impulsada por mi cosmoenergía ardiendo con gran intensidad. Él también encendió la suya, que encontré hostil y fría. Me pregunté cómo Eva se había metido con semejante patán. Decidí, por un momento, entregarme a la ira, sorprendida de poder manejar a mi antojo mi estado emocional para sacarle provecho. Tal vez ya estaba aprendiendo. Era una ira que no me cegaba, podía seguir con la mente el ritmo de lo que estaba haciendo y sucediendo y a la vez, calibrar las expresiones y los movimientos de mi contrincante para contrarrestarlos y encontrar sus puntos débiles.
Y lo ví. Habían sido él y sus amigotes, quienes habían acorralado a Sura esa madrugada fatídica. No la habían empujado, pero era como si lo hubieran hecho. Huyendo de ellos tropezó y cayó al vacío, donde se rompió en cuello contra los arrecifes varios metros más abajo.
Eso sólo redoblo mi ira. Las intenciones de ellos al acorralarla me hicieron arder de rabia.
No recuerdo mucho. Sé que usé un Solar Storm contra él. Sé que paré cuando lo ví escupir un par de dientes sobre la arena caliente (mi puño de cosmoenergía lo había alcanzado en el rostro) y luego derrumbarse, sosteniéndose el estómago, inconsciente. Apagué mi cosmoenergía gradualmente. Volví al momento presente y miré a mí alrededor. Ví lágrimas de felicidad en los ojos de Eva, y sonreí. Luego miré a Aimeé, que me observaba exultante, su voz en mi cabeza me felicitó por estar recuperando mi poder. Shura y Aldebarán me observaban sin poder disimular una sonrisita de satisfacción. Un par de aprendices hombres tomaron a Denes por los brazos, y se lo llevaron fuera de la arena.
También noté una mirada aterrada fija sobre mí. Parpadeé. Hannas, el chico contra el que había peleado por la armadura del Lince, me veía como si yo fuera la cosa más horrible que hubiera observado en su vida, espantado. Me aproximé a él y me senté en las gradas, palmeando un sitio disponible a mi lado y mirándolo fijamente. Tragó saliva de una forma que me pareció supremamente graciosa antes de aproximarse a mí.
-¿Qué te pasa, Santo de Bronce del Lince? ¿Te ofendí de alguna forma?-le pregunté, directa al punto, mientras las peleas que se habían interrumpido volvían a iniciar y los Santos de Oro presentes cuchicheaban impetuosamente a unos metros de distancia. Hannas empezó a apretarse los dedos de ambas manos. Reconocí ese gesto nervioso, porque yo también lo hacía. Al fin, suspiró y me miró.
-¿Por qué te contuviste el día de las Pruebas? Por lo que acabo de ver, podrías haberme ganado con facilidad, yo…Yo siempre fui vencido por Denes rápidamente.-admitió el jovencísimo Santo, sonrojándose al decir la última frase. Era un chiquillo.
-¿Contenerme? Tal vez esa no es la palabra adecuada, Hannas, ¿puedo llamarte así, verdad?-el chico asintió febrilmente con la cabeza.-No me contuve, simplemente estaba siguiendo a mi corazón. No se sentía correcto en ese momento hacerte daño. No quería hacerte daño. Podría habértelo hecho, no me malentiendas, no te estoy subestimando: aún me duele en el recuerdo tu último ataque. Simplemente sentí que no era justo, ni contigo, ni conmigo. No eras el rival adecuado para mí, ni yo la rival adecuada para ti.
Hannas me miró, su boca torciéndose en un gesto que reconocí en Seiya y en Kiki, al tener que aceptar algo que no querían aceptar. Luego se tensó. Su expresión corporal era muy fácil de leer. Iba a preguntarme algo delicado.
-¿Es verdad… que mataste al Santo de Perseus?-inquirió, nervioso. Se puso aún más nervioso al notar que me había cerrado sobre mí misma. Algol era un tema del que no me gustaba hablar.
-Sí. Así es. –le contesté, cortante. Comprendí porqué Hannas me había observado con tal terror. Me tenía auténtico miedo y estaba pensando que había estado a punto de perder su vida el día de las Pruebas. Me sentí tremendamente mal porque él pensara algo así de mí. Jamás le haría daño real a un niño como él.
Y seguramente el resto del Santuario pensaba lo mismo.
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-Ohh, joder, chiquilla, ¡eso ha sido maravilloso!- exclamó Eva un rato después. Estábamos sentadas fuera de la cabaña de Aimeé, en la Villa Amazona. –No sabes lo que disfruté verle perder sus amados dientes. Ya no podrá ir por ahí atrayendo incautas con su sonrisita de yonofuí.
Me reí, algo más relajada. Luego siseé de dolor. Aimeé me estaba limpiando las heridas con lo que yo pensaba que era simplemente agua en una jofaina, con un trapo limpio. Luego descubrí gracias al ardor que el agua tenía alcohol.
-¡Suck it up, pussy!-se rió Aimeé. Me reí por el doble sentido de la última palabra de aquella frase. Apreté los dientes mientras la taurina limpiaba con saña un raspón profundo en mi codo izquierdo, parecía que tenía toneladas de arena dentro. Luego me limpió la cara y me examinó el labio, que Denes me había partido, sin atreverse a tocarlo mucho, porque podría empezar a sangrar de nuevo.-No puedo hacer nada por tu boca, Marah.
-No te preocupes, Bully. De eso me encargo yo.- le dije. Mi mano derecha se rodeó de mi cosmoenergía y luego la puse sobre mi boca, la sensación cálida extendiéndose por mi labio inferior. Se estaba demorando más de lo normal, eso quería decir que estaba acercándome al punto de estar absolutamente exhausta. La voz de Aioria en mi cabeza me hizo saltar de susto. Me ordenaba volver a Leo ipso facto. Seguramente ya le habían ido con el chisme e iba a darme una reprimenda, si estaba de buena suerte. Si estaba de mala suerte, me dejaría sin cenar, me castigaría a hacer ejercicio toda la madrugada y/o me daría una paliza. Me despedí de mis amigas y me encaminé hacia la Quinta Casa.
Al llegar, Aioria me estaba esperando, sentado en las escaleras que conducían de Cáncer a Leo, mirándome con un brillito extraño en los ojos. El atardecer lo teñía todo de naranja. Esperaba un grito, un gruñido, una reacción colérica.
-Siéntate, pequeña.-dijo, con su voz más calma. Estaba desconcertada y asustada. Me senté a su lado.
-¿Qué pasa, Gran Gato? ¿Estás enojado conmigo por lo que pasó hoy en el Coliseo?
Aioria se rió con auténtica felicidad. Si no estuviera sentada me habría ido de nalgas al piso de la impresión. ¿Pero qué rayos…?
-No, en lo absoluto. De hecho, estoy complacido. Me alegra que estés volviendo a ser quien eras, Marah. Además por lo que me contaron Shura y Aldebarán, manejaste la pelea con ese zoquete con mucha habilidad, lo cual me alegra. Estoy contento de haber depositado mi confianza en ti de nuevo. Pero no te duermas en los laureles, pequeña, porque de ti solo espero y sólo exijo lo mejor.
Me quedé muda un rato, asimilando lo que acababa de decirme.
-Gracias, Maestro. No sabe cuánto me alivian y me ayudan sus palabras.- le contesté. Aioria pronunció más su sonrisa y cerró los ojos.
-Como premio, tienes el día libre mañana. ¿Vamos a molestar a Agnés hasta que nos haga mousaka de cenar?-propuso. Me puse en pie. Aioria también se puso en pie.
-¡Vamos! ¡A ver quién llega primero a la cocina!
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-Haz hecho lo correcto, pequeña. Ven aquí.
Mi abuelo se veía sereno, sentado en su silla favorita de la biblioteca de la casa del El Cairo. Las cortinas de lino blanco se movían con el viento. Tenía su traje blanco de rigueur puesto, un pequeño ramito de lavanda francesa metido en la solapa de su chaqueta. Yo también estaba vestida de blanco, descalza. Mis pies se hundían deliciosamente en el tejido de la suave alfombra. Me aproximé a él y me senté a sus pies, como siempre había hecho, cruzando las piernas en posición de loto. Reposé mi cabeza en su rodilla. Su mano tocó mi cabeza.
-Oh, sí, me lo temía. Me gustaba tanto tu cabello, Marah. Supongo que él vale la pena.- me dijo con una risita, tomando algunos mechones sueltos de mi pelo, que aunque ya me llegaba a los hombros, no estaba ni cercano a la extensión que siempre había tenido.
-¿Él?- pregunté, desconcertada, levantando mi cabeza de su rodilla y volteando mi cuerpo para poder verlo-¿Cómo sabes sobre él, grandpapa?
Alexander Harker sonrió con todos los dientes. De alguna manera, su sonrisa me recordó a la de Kiki.
-Soy viejo y estoy muerto, dulzura, pero no soy tonto. Claro que sé sobre él. Nunca he estado lejos de ti.
Me sonrojé intensamente y escondí el rostro entre las manos. Mi abuelo me tomó las manos con delicadeza para quitármelas de la cara y obligarme a mirarlo.
-Si hay algo que lamento, Marah, es no haber podido estar contigo mientras te convertías en una señorita, en una mujer. Pero Mohammed y Samira hicieron bien su trabajo, hicieron lo que les pedí que hicieran: te amaron y te cuidaron como a uno de sus hijos. Y bueno, es inevitable que el amor llegue a la vida de una muchacha tan hermosa y talentosa como tú. Es uno de los Santos que guardan las Doce Casas, ¿no?
-Sí, grandpapa. Kanon, uno de los Santos de Géminis. Pero, ¿qué tiene que ver eso con que supieras que algún día me cortaría el cabello?- le dije. Mi abuelo se puso en pie y se aproximó a una de las ventanas, sacando de los bolsillos de su chaqueta su pipa y su encendedor. Le dio una honda calada a su pipa y su expresión se relajó un poco. Luego me miró, con cara de que era muy obvio.
-Parece que has olvidado muchas de las cosas que te enseñé cuando eras niña. Es normal, estabas muy pequeña. En fin. El amor es una fuerza muy poderosa, Marah. Aún recuerdo la discusión que tuve con tu madre cuando decidió casarse…
Un inmenso y negrísimo cuervo se posó en la ventana, justo al lado de mi abuelo. Retrocedí, temblando, pálida, temiendo que el sueño se convirtiera en una pesadilla. Cuervos y serpientes en mis sueños generalmente anunciaban la visita del dios Apolo. El animal graznó estentóreamente, aleteando un poco. Sus plumas, negras y azules y verdes, tenían una cualidad hipnótica y extraña que lo destacaba del resto del sueño, evidentemente era algo que no debía estar allí.
-Disculpe, Señor, pero estoy teniendo una conversación con mi nieta y no deseo ser interrumpido.-dijo mi abuelo, tomando su bastón. Golpeó al animal, ahuyentándolo. Me quedé boquiabierta. Había acabado de golpear al emisario de un dios. Mi abuelo me miró risueño.-Yo ya estoy muerto, princesa, lejos de su alcance. Eres tú quien debe cuidarse. Mientras estés bajo la protección de Athena y sus santos él no podrá tocarte. Debemos despedirnos, pronto despertarás. Te quiero, mi pequeña.
-Te quiero, abuelo. Te extraño mucho.-le dije. Su sonrisa se pronunció más.
-No estés triste, recuerda, nothing loved is ever lost or perished.
Alexander Harker se aproximó a mí y me abrazó. Tuve ocho años de nuevo por un momento, me aferré a él, enterré la cabeza en su pecho.
Y abrí los ojos. Recordé que la noche anterior me había deslizado subrepticiamente fuera de Leo con todo el sigilo que me había sido posible, y me había encontrado con mi gemelo del mal en la Fuente de Athena. Habíamos charlado durante horas y luego habíamos ido a su habitación….pero en ese preciso instante, Kanon de Géminis estaba acostado sobre mí, boca abajo, su cabeza reposando en la almohada cercana a mi cabeza, su larguísimo pelo azul desparramado sobre mi cara. Tenía todo el peso de su cuerpo apoyado sobre mí y roncaba suavemente, perdido en sus sueños. Tardé cinco segundos en recordar que sólo estábamos cubiertos por sábanas y que las mismas habían terminado en el suelo. Tardé otros dos segundos, con un profundo escalofrío de pavor, en notar que la puerta estaba abierta.
Saga de Géminis nos observaba con una risa malévola desde el marco de la puerta.
-Qué conmovedor.-murmuró, al notar que yo ya estaba despierta, enrollándose la mano derecha con vendas, preparándose para entrenar.- ¿Qué pensaría, digamos, Aioria, de éste cuadro? ¿O el Patriarca, o Athena?
Cerré los ojos, sonrojada hasta las puntas de los pies, y negué violentamente con la cabeza, mientras susurraba "esto no puede estar pasando, esto no puede estar pasando". Si me hubiera podido cubrir el rostro con las manos, lo habría hecho, pero Kanon me tenía totalmente inmovilizada. Afortunadamente, como estaba encima de mí, Saga no podía ver mi cuerpo, pero sin duda tenía una panorámica sin obstáculos de las nalgas de su hermano.
Noté que Kanon había dejado de roncar súbitamente. Su mano se alzó, convocando su cosmoenergía, sin mover su cabeza de la almohada ni su cuerpo de la posición en la que estaba, y lanzó un mini Galaxian Explosion en dirección a la puerta, que Saga esquivó con rapidez y gracia.
-¿Qué te pasó, hermanito? Normalmente tus ataques son un poco más poderosos. ¿Muy cansado de anoche? Creo que hasta en Piscis los escucharon.
Estaba a punto de sufrir un derrame cerebral de vergüenza. Kanon gruñó. Su cosmoenergía aumentó un poco, y movió su mano. La puerta del cuarto se cerró sola, con seguro. Escuché a Saga reírse a carcajadas desde fuera y amenazar con contarle todo a Aioria.
Mi gemelo del mal al fin se quitó de encima de mí. A toda prisa, evitando tal vez que viniera un colérico Aioria a llevarme arrastrada del pelo hasta Leo para darme una tunda, pesqué la sábana del suelo y me envolví en ella. Kanon me miraba, divertido, con los brazos detrás de la cabeza, acostado boca arriba.
-No te preocupes, mi hermano es un idiota pero no le dirá nada a Aioria. En ese caso yo tendría que contarle a alguien varias cosas. –me dijo. Yo me senté en la cama, envuelta en la sábana, admirando la perfección de su cuerpo desnudo. Él estaba como quería, mejor dicho, como le daba la gana, y lo sabía. El condenado lo sabía a la perfección. Se estiró un poco, desperezándose, haciendo que cada pequeño y gran músculo de su cuerpo bajo su bronceada piel se estirara ante mis ojos. Seguramente notó mi cara de desvalido asombro –y que prácticamente estaba llenando la habitación de babas-, porque sonrió satisfecho y preguntó, ronroneando:
-¿Te gusta lo que ves?
Decidí hacerle pagar por exhibirse tan descaradamente ante mí.
-Para ser un anciano no estás nada mal, habibi. A tu hermano también le gustaba lo que veía, al parecer.-le dije. Empezó a reírse.
-Somos gemelos, Marah. Todo lo que tengo, él ya lo ha visto antes.-contestó, halando un poco la sábana, para quitármela. Volví a halarla, en dirección a mi cuerpo. Puse cara de intenso desagrado. Eso quería decir que estar con Kanon era igual que estar con Saga. Me estremecí de pavor.
Ese era EL problema de tener una relación con una persona que tenía un gemelo idéntico. Suspiré, toda ansia carnal abandonándome. Me acosté en la cama de nuevo, a su lado. No había afán. Después de varias semanas de duros entrenamientos, mi maestro me había dado un día libre, que planeaba pasar con Kanon. Noté algo bajo mi hombro, con el otro brazo lo saqué de debajo y lo observé durante unos segundos eternos, incrédula. Me tapé la boca con la mano izquierda para no gritar.
Una pequeña ramita de lavanda francesa. La olí y sonreí, envuelta en dulzura. Quise llorar de felicidad. O sea que ese sueño, de alguna manera, había sido real. Y mi abuelo me daba su bendición, por haber vuelto al Santuario, y por estar con él. Aioria estaba de buen humor conmigo, y había recuperado a mis amigas.
Kanon se puso sobre mí y me besó con fiereza. Me derretí bajo el apremio de sus manos en mis costados, en mi rostro. Me quité de debajo y me senté en la cama.
Me quité la sábana y la lancé de nuevo al piso. Los ojos de Kanon me recorrieron de arriba abajo con satisfacción, felicidad y lujuria.
-Qué bueno que ya atravesaste el umbral, Marah. Amo tenerte de vuelta.
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Pussy: Palabra en inglés para "cobarde" y "gatito"; también se usa para llamar "cariñosamente" las partes pudendas femeninas.
Espero que les haya gustado este capítulo. Gracias a LiluzdeGéminis, Shadir, Carola, Kari, Geminisnocris y Shadir por sus reviews, su lealtad y sus comentarios, un abrazo enorme. Gracias a Bully por las ideas, el apoyo, los apapachos y la paciencia, además de actualizar tanto y tan rápido el diario de Aimeé.
Lectores, sean buenos y pásense por Crossroads, de The Ninja Sheep. NO SABEN LO QUE SE PIERDEN SI NO LO HACEN. ESTÁ BUENÍSIMO.
Se despide su humilde servidora, Lara Harker.
¿Alguna vez han sentido su Cosmo?
