Gracias a todos los lectores que no dejan reviews, pero que yo sé que están ahí -i´m watching you all!- y sobre todo, le agradezco a Bully, AKA the Ninja Sheep, quien sin cuya colaboración, inspiración, cariño y amistad habría sido imposible escribir este capítulo, y en realidad, nada de ésto. Empezamos este proyecto juntas en 2006 y henos aquí. ¡Gracias, Bully! ¡MIL GRACIAS POR COMPARTIR ESTE VIAJE CONMIGO!

Ahora sí, sin más preámbulos:

XXVI

THE LION´S ROAR

Meddinah, Arabia Saudita. Febrero de 1992.

Había soñado con una mujer hermosa de ojos claros y un largo, larguísimo cabello de color lila, vestida de blanco con adornos dorados. Y con un hombre muy apuesto de ojos verdes y pelo rubio y corto vestido con algo que parecía una armadura hecha completamente de oro, lo cual no tenía ningún sentido. Al verlo, en el sueño, caminando hacia mí a través de un campo soleado que tenía muchas ruinas de mármol blanco, un rayo había partido el cielo azul en dos, el trueno retumbó en mi interior con tal poder que hizo vibrar mis entrañas y el suelo a mi alrededor, sonando como el rugido de un inmenso león. El hombre me sonreía y extendía su mano hacia mí. Al parpadear, su imagen se transmutó por la de la mujer vestida de blanco, que también me sonreía. Una luz dorada envolvía su cuerpo y me hacía sentir en paz, dichosa, llena de amor y felicidad. Su voz, musical, me decía:

-Escucha el rugido del León. Es el llamado.

Abrí los ojos algo confusa. Mi madrina estaba sentada en mi cama, moviéndome un poco. Había abierto las cortinas y la luz se filtraba entre las celosías de las ventanas. También había abierto la puerta de mi cuarto. Aún no había amanecido completamente.

-Vamos, Marah, habibi, es hora de la oración.

Gruñí un poco. Odiaba levantarme temprano. Me dí la vuelta en la cama y me tapé con las sábanas hasta la cabeza. Samira me destapó lo suficiente para darme un besito en la coronilla. Estaba sentada en la cama a mi lado. Me di la vuelta y me destapé. Suspiré enfurruñada, haciendo pucheros.

-No quiero levantarme, Ummi. Es muy temprano.-le contesté. Samira me dio otro besito en la frente.

-Hay kleeja y dátiles en almíbar para desayunar, habibi –dijo mi madrina. Aunque se me hizo agua la boca, no quería levantarme de mi cómoda cama, calentita y soporífera. Quería volver a soñar con la mujer y el hombre que había visto.

-Levántate, Hafsa.-dijo la voz de mi padrino, Mohammed, desde la puerta de mi cuarto. Sabía que cuando me llamaba Hafsa, me hablaba en serio. Me senté en la cama, despeinada, y me quité las sábanas bordadas. Todo en mi cuarto era hermoso. La cama de cedro, tenía colgaduras de seda casi transparente, también bordadas. Un pequeño incensario llenaba mi habitación de olor a canela y cardamomo. Había alfombras primorosamente elaboradas en el piso y un par de tapices en las paredes. Mis muñecas llenaban un estante alto, aunque hacía años que no las usaba, ahora mi entretenimiento principal era un gran librero repleto de novelas y textos, unos que mi abuelo me había heredado, otros que mis padrinos me habían regalado. Samira se levantó de la cama, acomodándose los larguísimos y abundantes rizos negros que le rozaban las caderas. Samira era una mujer bonita y joven, algo entrada en carnes debido a los dos partos y las dos pérdidas que habían convertido su figura en la de una madre múltiple, aunque tenía poco más de treinta años. Mohammed ya era algo mayor, rodeaba la cincuentena, su espesa barba negra ya tenía algunas canas. Sus ojos eran de un característico color miel que ninguno de sus hijos había heredado, todos tenían los ojos negrísimos de su madre. Mi padrino era estricto y poco efusivo, y así era su hijo mayor, Beder. Sus dos hijos menores tenían el temperamento alegre, suave y dulce de su madre, Samira.

Me levanté y me puse unas chinelas en los pies, y tomé de mi armario un hijab de color azul claro limpio. Antes de salir me miré al espejo. Una muchacha de quince años recién cumplidos, de ojos azules y pelo castaño claro me devolvía la mirada. Me observé con disgusto, pues en los últimos meses había subido algo de peso. Pensé que tenía que arreglar esa situación de alguna manera pero detestaba hacer ejercicio. Al salir del cuarto, dos pequeños cohetes se estrellaron contra mí, casi tumbándome al suelo. Amín y Amina. Eran gemelos idénticos, los mismos inmensos ojos negros, el mismo cabello azabache, la nariz respingona y las mejillas redondas y sonrosadas, la misma piel canela, los mismos gestos de mischiefy la sonrisa llena de dulzura. Los amaba. Tomé a Amina en brazos y la levanté, ya que no podía con ambos chiquillos al mismo tiempo, pesaban mucho para mí. Sus bracitos regordetes me rodearon el cuello y me dio mil besos en el rostro. Luego la puse en el piso y repetí la operación con Amín. Así, con los niños tomados de la mano, emprendí el camino hacia el patio interior de la casa, donde estaba la fuente y el lugar de oración de la familia. El lugar de oración y de purificación de la servidumbre de la casa estaba en el patio exterior del fondo. Ya olía a pan recién hecho, a café. En la fuente, me encontré con Beder, el hijo mayor de mis padrinos, junto a ellos, ya lavándose la boca, lo que quería decir que yo estaba atrasada. Lavé tres veces mis orejas, tres veces mis ojos, tres veces mi boca, tres veces mis manos, y tres veces, mis pies. Me enrollé el larguísimo pelo, que me llegaba a las caderas, en un moño en la base del cráneo, y me envolví la cabeza en el velo de tal manera que no se viera ni mi cabello ni mi cuello. Al entrar al espacio de oración, una pequeña cúpula de mármol sostenida por cuatro pilares en la mitad del patio, tomé mi alfombra, junto a Samira y Amina, y la extendí en el suelo, justo detrás de Beder, Mohammed y Amin. Los estentóreos bramidos del minarete llamaban a la oración de la mañana. Llevé mis manos a la altura de los oídos, y más por costumbre que por otra cosa, recité:

-Allahu Akbar.

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Esa misma tarde, me encontraba leyendo La Odisea por enésima vez y recordando un verano particularmente feliz en que mi abuelo me había llevado a conocer Grecia. Una de las fotos más bonitas que conservaba de él, era de ese viaje. Habíamos ido al Partenón y él me había tomado en sus brazos. Al acercarnos al templo de Athena en la Acrópolis mis ojos se habían llenado de lágrimas y me había puesto a llorar, no sabía por qué tenía tanto miedo, tal vez algo que ver con la inmensa estructura derruída. Llamé a mi mamá desconsolada en mi llanto. El abuelo me había consolado cargándome y arrullándome, diciéndome que cuando fuera grande me llevaría a ver templos más hermosos y más inmensos que ése, donde poderosos guerreros habían luchado desde la Antigüedad para proteger a la Tierra. De inmediato la historia llamó mi atención y mi llanto cesó, y mi abuelo puso un hermoso lirio blanco en mi pelo. Dejé el recuerdo y volví a la lectura, acompañada del feliz cantar de la fuente sobre el mármol del patio interior. Tomé un par de dátiles en almíbar de un recipiente de vidrio labrado que tenía junto a mí y me los llevé a la boca. Entonces vino Samira, con la cara pálida y contraída de angustia. Me ordenó ponerme el velo, ella ya se había puesto el suyo. Tuve que escupir los dátiles, mi garganta se había cerrado.

Pensé lo peor. Pensé que había venido alguien a pedir mi mano. Y si me habían convocado quería decir que probablemente en segundos conocería cara a cara a mi futuro marido. Tuve ganas de huír, pánico, miedo de perder la maravillosa vida que llevaba, llena de lujos, comodidades y sobretodo, amor. Casi corrí a mi cuarto y tomé una abaya negra que colgaba del perchero, y el mismo velo azul turquesa, y me los puse. Acompañada de mi madrina, temblando atravesé la casa hasta la Sala de las visitas, lugar que las mujeres de la familia no solíamos frecuentar, pues normalmente sólo mi padrino y sus amigos o familiares hombres conversaban en ella; las mujeres pasaban directamente al cuarto de Samira, al mío o a la cocina. Allí estaba mi padrino, muy circunspecto, sentado en su sillón favorito. Frente a él y de espaldas a mí, estaban dos hombres vestidos con las típicas túnicas blancas y guthras de color blanco en la cabeza. Así que era una visita formal. Mi madrina me tomó de la mano, porque yo temblaba de espanto. Si tenían guthras blancas era mala señal; si hubieran venido con guthras de cuadros rojos y blancos sabría que no venían a pedir mi mano, tal vez sólo a verme. Pensé a toda velocidad, recordando si en la última salida al mercado había sentido alguna mirada demorarse sobre mí más de lo necesario, y no, no lo recordaba. Fijé mis ojos en el piso, tratando de simular más modestia de la necesaria, manifestar mi incomodidad de alguna manera, y me senté al lado de mi padrino en el sillón, junto a mi madrina.

-Hafsa.-dijo mi padrino, tocando mi hombro admonitoriamente.-No seas maleducada. Saluda.

-Salaam aleikum.-dije, alzando los ojos. Casi me desmayo cuando ví que uno de los hombres era idéntico al que había visto esa misma mañana en mi sueño. Sonreía. Pensé que tal vez había sido una señal de Allah y que si ese hombre iba a ser mi futuro marido, no me molestaría. Era increíblemente apuesto. Había otro hombre a su lado, más joven, lo cual no me dio buena espina. No se parecían en absoluto. El más joven sí tenía rasgos árabes. El mayor, no.

-Aleikum uassalam.-contestó el más joven, mirándome con una expresión en su rostro que no comprendí. El pavor volvió a atenazarme. Tal vez éste era el que venía a pedir mi mano. El hombre rubio y extranjero le habló en griego, sabía que era dicho idioma y pude captar un par de palabras sueltas, nada más. El joven tradujo para todos.-Mi nombre es Algol de Perseus. El de mi acompañante es Aioria de Leo. Como usted bien sabe, señor Malouf, hemos venido para cumplir la voluntad de Alexander Harker. Hemos venido para llevarnos a esta joven al Santuario de Athena.

Mi madrina lloraba en silencio a mi lado, tapándose el rostro con las manos. Ví que la cara de mi padrino, Mohammed, se contraía de angustia por unos instantes, algo que jamás le había visto hacer. Nunca. Ese joven había mencionado la voluntad de mi abuelo. No sabía a qué se refería.

-¿Por favor podría alguien explicarme?-dije en inglés. El que se hacía llamar Aioria suspiró aliviado. Me sonrió y me habló, también en inglés.

-Tu abuelo, Alexander Harker, dejó en su testamento especificado que debías acompañarnos, si algún día llegábamos a encontrarte, hasta el Santuario de Athena, en Grecia, para ser entrenada como Amazona a Su Servicio. Mi nombre, como te dijo Algol de Perseus, es Aioria, y soy un Caballero de Oro de la Orden Ateniense. Serías mi alumna. Qué bueno que hablamos un idioma en común, facilita mucho las cosas.

Empecé a reírme a carcajadas. Me reí con tanta fuerza que de mis ojos salieron lágrimas. Esta era la mejor broma que alguien me había jugado jamás. Me dolía el estómago de reírme. Athena no existía. ¿Caballero de oro de la orden ateniense? ¿Santuario de Athena? ¿Qué rayos le pasaba? Seguramente el viento del desierto le había freído el cerebro. Sin embargo algo no cuadraba. Samira seguía llorando y mi padrino seguía férreamente serio.

No era una broma. El rostro de Aioria se había convertido en una máscara de fiera seriedad. Una luz dorada lo envolvió completamente. Samira gritó espantada. Yo estaba más allá del espanto, estaba muda de pavor, a punto de desmayarme. Eso no podía ser, era imposible. Su cabello rubio y corto se movió en el aire, llevado por aquella luz y energía que hacía que todo mi cuerpo temblara.

-No quiero ir.-grité, con voz chillona, azotando el sillón con las palmas de las manos, haciendo una pataleta de miedo, primero en inglés, luego en árabe.-NO QUIERO IR. NO VOY A IR.

Luego recordé el sueño. El rayo, el rugido. La mujer. Recordé las palabras de mi abuelo, "te llevaré a conocer templos más hermosos y más grandes qué este, donde guerreros poderosos han luchado desde la Antigüedad para defender a la Tierra". Quizá era cierto, quizá no tenía que estar vivo para hacerlo, quizá si lo había dejado por escrito y como yo era aún menor de edad, estaba obligada a ello. Pensé en la mujer hermosa del sueño. Traté de calmarme un poco y respirar, mirándolos con una actitud de fastidiosa superioridad que encontré útil para defenderme a mí misma del maremágnum de sentimientos y mantenerlos alejados. Si iban a llevarme a la fuerza, iba a hacerles la vida imposible. Aún así, una duda me carcomía.

-Vi a una mujer en mis sueños, ¿Ella es Athena?-pregunté. Aioria cerró los ojos, fastidiado ante mi tono, y la luz dorada volvió a rodear su cuerpo. Una imagen se tomó mi cabeza y quise gritar de pavor, jamás había sentido algo así.

Era Ella. Sonriendo y extendiendo su mano hacia mí.

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Había pasado un año y medio desde mi regreso al Santuario. Y como todos los fines de semana, había pasado el domingo con Kanon, gracias a un maravilloso acuerdo que habíamos hecho Aioria y yo. Le entregaba todo de mi entrenando de lunes a sábado y el domingo era libre…y siempre, siempre, iba a Géminis con mi amado. O paseaba con él en los pueblos cercanos al Santuario. O íbamos a Atenas.

En esta ocasión me había quedado en Géminis, y Kanon y yo, como de costumbre, nos habíamos quedado hasta muy tarde leyendo y haciendo el amor a intervalos. A mi me maravillaba que tras nuestro rocoso inicio como pareja, nos hubiéramos adaptado tan bien el uno al otro. Emocional, sexual e intelectualmente. Emocionalmente éramos muy diferentes, siendo él tan poco demostrativo y yo tan explosiva, pero nos acoplábamos de manera que él con su frialdad lograba ayudar a controlar mi temperamento y aprender a obrar con mesura, y cuando estábamos solos él se abría y me mostraba su lado vulnerable, dulce y juguetón. Sexualmente, bueno, después de aprender los rudimentos, me perfeccionaba en las artes amatorias a su lado, e intelectualmente era muy curioso comprobar que sus intereses compaginaban con los míos. Mitología, historia, culturas de alrededor del mundo, literatura inglesa…Yo, en secreto, era un ratón de biblioteca. No había tenido formación escolar más allá de los cuatro años, en que mi abuelo se había encargado de mi y me había dado la educación que un arqueólogo puede proveer. En Arabia Saudita mis padrinos alguna vez habían intentado enviarme a una escuela para señoritas, pero estaba en mi época salvaje y las autoridades escolares me devolvieron a casa, avergonzando a Mohammed y a Samira en el proceso. Seguí educándome con libros hasta llegar al Santuario.

Kanon se maravillaba de que con mi historial de rebeldía ante la educación, yo hubiera logrado encontrar mi lugar en un santuario vetusto en el que la relación paidé-didaskalé era de sumisión y respeto. La verdad, yo no. Aioria me había hecho ver en mis dos años en el desierto que mi única manera de sobrevivir era obedecer. Me habían sometido y amaestrado.

En lo único que no nos llevábamos bien era su afición al ajedrez. Yo perdía miserablemente la gran mayoría de las veces. Él me recriminaba que no había aprendido en todo ese tiempo a hacer movidas con la mente y no con el corazón y yo le espetaba que yo era toda corazón. Él sonreía con ternura y luego me atacaba a cosquillas cuando se daba cuenta que subrepticia y maliciosamente había infiltrado a mi caballo o mi peón hasta su rey y lo había puesto en jaque. Las piezas y el tablero volaban por el aire y él me perseguía por el cuarto hasta arrinconarme y cobrarme mi desfachatez a punta de cosquillas. Luego yo me daba cuenta de que me había dejado ganar y me enojaba varios días con él. O eso intentaba. El me daba un par de besos en la nariz y la rabia se esfumaba.

Después de peinarme (el cabello ya me llevaba a la mitad de la espalda) y recogerlo en una coleta, dí un besito a Kanon en los labios. Seguía dormido, su magnífico torso desnudo iluminado por la luz de la luna que se filtraba por la ventana. Él se volteó, con una sonrisa adormilada, y me dio la espalda. Tomé eso como una señal de que debía partir a mi Casa. Cada lunes en la madrugada era muy difícil separarme de él, pues lo veía en semana sólo el tiempo necesario para besarlo y luego hundirme en el entrenamiento. Aioria se había convertido en un maestro demasiado exigente.

Llegué a Leo antes de rayar el alba, sin embargo, tuve que esperar a que Agnés se dignara a abrirme la puerta. Cuando al fin la abrió, me dio un sopapo en la cabeza con suficiente fuerza como para hacerme morder la lengua. Luego me tomó de la oreja y me arrastró hasta la mesa del comedor, y me hizo sentarme en una de las sillas. Luego me tendió una taza con té distinto al de todas las mañanas. Era un líquido verdoso y transparente que olía bastante fuerte.

-Bebe, antes de que se enfríe. Me lo agradecerás, creéme.-me dijo, miré con desconfianza mi bebida, y tomé el primer sorbo. Sabía a caldo de medias de Santo sudadas en descomposición, a saliva de demonio. La vestal de Leo me miraba, divertida, mientras yo reprimía una náusea atroz y me tapaba la boca con la mano para no escupir lo que tenía en la boca. Tragué.

-Disculpa que te lo pregunte de ésta manera, pero, ¿qué diablos es eso? Sabe horrendo.-dije, alejando lo más que pude la taza de mí. Sabía que no me estaba envenenando, no lo haría tan obvio.

-Evitará que te preñen, niña. Tómatelo todo. –contestó ella con brutal franqueza. –Muy bien. En esta Casa sabemos desde hace tiempo la naturaleza de tu relación con Kanon de Géminis. Creo que él, o tu maestro, debieron darte la charla, ¿no?

Hacía muchos años, mi madrina, de una manera muy vaga me había dado la charla, todo en términos de la semilla del padre fertilizando el campo de la madre, y que esas eran cosas que sólo se hacían en el matrimonio. A veces me sentía algo culpable y me producía mucho malestar que fuera tan público, pero las cosas habían sucedido de tal manera que todo el mundo se había dado cuenta. Y bueno, Kanon no era del tipo de maestros que dictaban cátedra, el predicaba con el ejemplo.

-Kanon me explicó que un Santo de Athena tiene la capacidad de controlar la emisión o no de semilla fértil.-le dije, restándole importancia al asunto. Si llevábamos un año y pico cogiendo como conejos y no me había embarazado, efectivamente le creía.

Agnés palideció. No supe si de ira o de susto. Sacó de entre los bolsillos de su túnica una cinta blanca y midió mi cabeza con ella. Luego me hizo ponerme de pie y midió mi cintura con el mismo hilo. No entendía qué estaba haciendo. Suspiró aliviada. Supuse que la prueba del hilo tenía que ver con ese tema.

-Afortunadamente, tu "santo" no ha metido monumentalmente la pata y no estás embarazada, pero nada te garantiza que no te haga un hijo en el momento en que se descuide o cuando se le dé la gana. Kanon nunca me ha parecido un tipo particularmente responsable y sólo para divertirse es capaz de preñarte y sentarse a ver los fuegos pirotécnicos cuando Aioria se entere.

Me sonrojé hasta el pecho y tragué el contenido de mi taza en dos grandes sorbos. Agnés tenía toda la razón. Había corrido mucho peligro durante todo ese tiempo.

-Mmmm, pues, eh….-murmuré, aturullada, muerta de vergüenza. Agnés rodó los ojos, un poco harta.

-Típico. Es un milagro que ese abusivo no te haya embarazado aún. Sin duda sabe lo que hace, pero los accidentes pasan y lo peor que podría suceder sería eso, estando tan cercanos a las Pruebas de nuevo. Toma, para que te quites el mal sabor de boca.

-¿Abusivo por qué?- pregunté, algo enfurruñada. –Aioria y Marin también lo hacen y no veo que a ellos los regañes. -Agnés me tendió una naranja partida en cuatro pedazos con miel por encima, en un pequeño plato. Era raro que me tratara así, normalmente era más cascarrabias. Volvió a darme un sopapo tremendo. Ya decía yo.

-Abusivo porque tú eres aún una niña y él te lleva al menos catorce o quince años. Aioria y Marin son adultos y pueden hacer lo que les plazca, ambos son parte de la Orden y su relación viene desde hace muchísimos años. Además tienen planes de casarse y yo no veo ningún interés de ése en formalizar lo de ustedes, lo cual es una infamia, porque ya te desgració, y todos lo saben.

Casi me atraganto con un casquito entero de naranja. Ignoré la dolorosa pulla porque esa parrafada contenía información mucho, mucho más valiosa.

-¿Qué Aioria y Marin qué?-Agnés se dio cuenta de que había metido la pata. Inmediatamente me dio la espalda y se puso a fregar trastes haciendo todo el ruido posible para evitar escucharme. Me puse de pie y fui al lavaplatos, a tirarle de la manga de la túnica.-Agnés, cuéntamelo todo, no seas mala. ¿Cuándo, dónde, cómo? Esto es un noticiononón. ¿Yo por qué no lo sabía? ¿Eso es posible? ¿Los santos de Athena pueden casarse entre ellos?

Aioria, seguido de Marin de Águila, entraron a la cocina, ya vestidos con ropa de entrenamiento. Se sentaron a la mesa. Agnés, sin decir una palabra, le tendió a Marin una taza del mismo menjurje que me había dado a mí. No la miré. La Santa del Águila era increíblemente reservada y tímida con respecto a esos temas. En todo el tiempo que yo había vivido con Aioria jamás los había pillado dándose un beso, sólo abrazos y besitos rápidos en los labios, sin embargo Marin desayunaba con nosotros (lo cual quería decir que había pasado la noche con Aioria) al menos cuatro de los siete días de la semana. Esos cuatro días coincidían con rachas de increíble buen humor en mi maestro, por cierto. Yo suponía que ahora que no tenía pupilos, podía darse esa libertad, de no estar todo el tiempo en su cabaña.

La amazona del Aguila hizo cara de repugnancia al darle un par de sorbos a su bebida. Pensé que tal vez Eva necesitaría más aquel brebaje que Marin o yo, por lo que yo sabía, por fin Shura de Capricornio se había dignado a levantar cabeza y darse cuenta que la alumna de Sagitario estaba loca por él, con resultados muy divertidos, por supuesto. Un dia Eva había llegado llorando a Leo, llamando a gritos a Aioria, pues cuando Aioros se había enterado que su alumna y Shura tenían algo, su paciencia de Santo no dio más; pudo perdonarle haberlo asesinado y traicionado su amistad, pero que se metiera con su alumna aspirante a amazona de Athena, eso sí que no. Aioros había invitado a Shura a Sagitario para que hablaran del tema, pero siendo ambos tan emocionalmente discapacitados, aquello había terminado en una discusión de proporciones épicas en la que habían intervenido Aioria, Milo de Escorpio y Dohko de Libra.

-Si, los Santos de Athena pueden casarse entre ellos.-me dijo Aioria. Yo di un respingo, pues pensé que no nos habían escuchado.-No es común, pero sucede.

Ohayo gozaimas, minna-san!- la cara de Seiya se asomó por el quicio de la puerta de la cocina. Marin se atragantó con su té anticonceptivo y la ví tratando de esconder la taza de los ojos de Seiya. El chico era un God Killerpero yo apostaría que a él no le habían dado la charla, nunca. Cuatro voces le contestaron a Seiya el buenos días a coro, pero en tres idiomas diferentes. Griego, japonés e inglés. Por primera vez noté con sorpresa que el Santuario de Athena verdaderamente era un lugar políglota, para vivir aquí hacía falta saber al menos dos o tres idiomas. Nada extraño en el templo de la Diosa de la Sabiduría, en realidad. Seiya se sentó a la mesa. Marin seguía escondiendo su té. Seiya se dio cuenta.- ¿Qué tienes ahí, Marin? ¿Chocolate? ¿Por qué no me das un poco?

Marin se sonrojó profusamente. Agnés y yo nos miramos con las caras contraídas de aguantar la risa.

-Dale un sorbo a Seiya, Marin. Así te deja en paz.- propuse yo. Marin me miró haciendo "no" con los ojos. Me acerqué a ella y prácticamente le arrebaté la taza y se la dí a Seiya. Se sentía una tensión increíble en el aire. Aioria no tenía ni idea qué estaba pasando. Seiya, muy sonriente, acercó la taza a sus labios y le dio un largo sorbo. Luego escupió su contenido en la cara de Aioria. Tuve que sentarme en el suelo, a punto de orinarme de risa. Mi maestro, visiblemente molesto, se limpió la cara con el dorso de la mano. Se levantó de la mesa tronándose los nudillos. Seiya tragó saliva y también se levantó. Aioria encendió su cosmo y Seiya se dio a la huída, con Aioria, Marin y yo pisándole los talones.

-¡Ven acá, mocoso, te voy a enseñar a respetar a tus mayores!-gritaba Aioria

-No fue mi culpa, ¡ES CULPA DE MARAH! ¡Marin, dile que es culpa de Marah! ¡AUCH!

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Después de mi pequeña bromita, me encontraba en pleno terreno de entrenamiento de los aprendices, en la parte más calurosa del Santuario, con Seiya sentado en flor de loto sobre mi espalda mientras yo hacía flexiones de pecho. Un año y medio atrás, cuando había vuelto al Santuario tras mi estancia en Londres, un castigo como éstos me estaría matando, pues era medio día y estábamos entrando de lleno en el verano. Pero estaba perfectamente, sólo ligeramente cansada. Lo cual quería decir que me pasaría el resto del día allí, castigada por Aioria, que al final había decidido que Seiya tenía razón y la culpa de haber terminado con té de quién sabe qué hojas extrañas que olían horroroso con saliva de santo por toda la cara, era mía. Aunque no por eso me había castigado, sino por poner en evidencia a Marin, porque Seiya llevaba horas preguntándonos a todos para qué servía ese té tan extraño.

Al parecer, Marin, que había sido una maestra perfecta en todos los sentidos, había descuidado uno.

Jamás le había dado a Seiya la charla.

-Tresmilcuatrocientasnoventainueve, tresmilquinientas.-dije, contando mis flexiones. –Ya bájate, burro con alas.

Seiya se bajó de mi espalda de un salto. Me senté en el suelo, frotándome los antebrazos para desentumecerlos.

-¿Vas a decirme qué era lo que estaba tomando mi maestra, Neko-chan?-preguntó Seiya, sentándose en el suelo ante mí y cruzando los brazos. Sonreí y estiré mis dedos, tronándolos. Esto iba a ser muy divertido.

-A ver, Borrico, sabes que tu maestra y mi maestro se aman, ¿verdad? Desde hace mucho tiempo.-dije. Seiya asintió febrilmente con la cabeza.-Cuando dos personas se aman, les gusta pasar tiempo a solas para expresarse físicamente ese afecto….

Con cada nueva palabra, en el más puro de los lenguajes médicos, que le iba diciendo a Seiya, su cara se iba poniendo cada vez más y más colorada y sus ojos se iban abriendo cada vez más. Las explicaciones iban acompañas de gestos con las manos, claro, para hacerlo todo más gráfico.

-Entonces, llega la hora del parto, tras los nueve meses de embarazo. La mujer siente calambres y dolores muy espantosos, porque verás, un torrente de hormonas la invade señalando la hora, y los huesos de su pelvis empiezan a separarse uno del otro- y aquí separé mis manos, que estaban juntas, una distancia de al menos cincuenta centímetros- para dejar que ese nuevo ser pase por el conducto vaginal. Muchas veces este conducto es muy estrecho y al pasar el bebé, hay terribles desgarros y sangrados –hice un gesto de romper tela- que pueden poner en peligro la vida de la madre. Un parto puede durar varios días, Borrico. Es algo horrible. Yo estuve en el parto de gemelos de mi madrina y fue espantoso, había sangre por todos lados. Luego la madre puja al bebé hacia afuera, también tiene que pujar esa almohadita que te conté, la placenta, para que el proceso esté completo. En culturas antiguas la madre se comía la placenta o la guardaba.

Seiya tenía los ojos llenos de lágrimas.

-¿Y eso le va a pasar a mi maestra? Voy a matar a Aioria si le hace eso a Marin-murmuró, desconsolado, su expresión convertida en la de un niño pequeño, aunque más o menos teníamos la misma edad, y ya su cuerpo era de la altura y la contextura de Aioria. Me reí. Se veía tan tierno.

-Para eso es el té, para que no le suceda todo lo que te acabo de decir, Borrico. Eres muy denso.-le contesté. Seiya se quedó pensativo un rato, con el mentón apoyado en los puños. Luego me miró.

-Es como ser un santo de Athena, eso de la concepción, el embarazo y el parto.-me dijo, con aires de erudición.-La concepción equivale a cuando sientes el llamado y vienes al Santuario. El embarazo, al entrenamiento, y el parto, a la lucha por la armadura. Y luego renaces como un Santo.

-Si, supongo que así es.- le dije, poniéndome en pie, sorprendida de su súbita profundidad de pensamiento. Siempre había tenido la impresión de que Seiya era más bien de mente tosca. Seiya también se puso en pie, tras ponerse la caja de Pandora que contenía su armadura en la espalda.

-Por cierto, Neko-chan, hay tres Ropajes disponibles para la próxima Prueba. Saori-san me comentó que será en una semana, ¿estás preparada?

Suspiré. En este tema él me llevaba toda una eternidad de ventaja. Maldito Godkiller. Y pensar que había ganado su armadura a los trece años, y yo ya iba a cumplir diecinueve, había estado entrenando desde hacía cuatro años y me había presentado a unas Pruebas y había perdido.

-Tan preparada como llegaré a estarlo, Borrico.-le contesté. Seiya sonrió y me puso una mano en el hombro. En el último año Seiya había estado con frecuencia en el Santuario y habíamos desarrollado una relación de amistad basada en el entrenamiento. Su estilo de pelea (dejarse noquear y luego alcanzar el Séptimo Sentido) era muy parecido al mío. Nos habíamos sonado las narices varias veces, para ser más precisos yo a él porque le costaba horrores levantar su mano contra mí por ser una mujer ( aunque yo sospechaba que se contenía increíblemente cuando luchábamos, y para él nuestros enfrentamientos eran más jueguecitos que luchas a muerte). Yo quedaba magullada por semanas luego de esas sesiones, en que Aioria y Marin hacían de jueces y evitaban que el asunto se desbordara, siendo Seiya y yo tan enojadizos. Ya no me decía Miss Manners, sino Neko-chan, lo cual no sabía si era aún peor. Le había tomado aprecio al bueno de Seiya. Era casi demasiado inocente para ser tan grandote y tan, tan, tan poderoso. Un Perceval. Su sonrisa se pronunció, llena de esperanza, que me contagió, y le agradecí por ello.

-Sé que esta vez lo lograrás, Marah.

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Tenía cuatro años y mi madre estaba poniéndome una túnica blanca de algodón crudo, que me quedaba perfecta para mi pequeña estatura. Sus manos muy suaves me acariciaron el pelo, y me besó en la frente con dulzura. No recordaba el hermoso color verde de los ojos de mi mamá, heredado de mi abuela, Daphne. Su rostro y el mío eran muy parecidos. Luego vino mi padre y me puso un cinturoncito azul en la cintura y lo apretó con delicadeza. Me sonrió. Y luego vino mi abuelo y puso una corona de laureles muy verdes en mi cabello. Escuché el rugido del león en la lejanía. Y volví a estrellarme contra el colchón de mi cama en Leo, Aioria estaba sentado en la silla de mi escritorio. Aún no había amanecido. Me senté, sonriente.

-¿Otra vez él?-gruñó mi maestro, incrédulo. Al parecer había estado observándome mientras levitaba en sueños durante un rato, porque aún tenía su pantalón de dormir puesto.-Qué curioso que justo el día de las Pruebas se le dé por atormentarte.

-No, esta vez no fue él. – le respondí, casi sintiéndome pletórica de felicidad, era la primera vez que soñaba con ellos y no era una pesadilla.-Era mi familia.

Gran Gato sonrió, aliviado.

-Arriba, pequeña. Vamos a calentar.

Aioria me acompañó a y me ayudó con algunos movimientos. Todo el tiempo en silencio, a esas alturas las palabras sobraban. Esta vez, era diferente. Tenía nervios, pero no sentía temor. No sentía aquel pánico casi venenoso. Él también estaba absolutamente tranquilo. Habíamos entrenado durísimo durante todo el año, más que nunca. Mi cuerpo estaba listo, había ganado mucha masa muscular, mis reflejos y mi flexibilidad volvían a ser óptimas y mis ataques con cosmo no podían ser más poderosos. No solamente él había influído en mi entrenamiento, también Kanon de Géminis, de una manera menos agresiva y sádica, más concentrado en enseñarme los recovecos del uso de la cosmoenergía que en molerme a palos para intentar hacerme reaccionar y defender mi vida. Al terminar el calentamiento con Aioria, fui a la cocina. Allí, Agnés nos estaba sirviendo un desayuno espartano de fruta, té verde y bayas con yogur y miel, que comí con calma. Mi maestro me envió a bañarme y a vestirme. Me limpié a consciencia, casi como purificándome. Mi cabello, que crecía a una velocidad alarmante, ya me llegaba a los omoplatos, así que lo aseguré en una trenza. Al vestirme, elegí ropa limpia, de colores claros, para aprovechar la incidencia del sol de pleno verano cayendo a pique sobre mí, así causaría ligero deslumbramiento, especialmente si me movía rápido. Me puse los protectores de hombros, brazos y rodillas que me había regalado Aioria en mi anterior intento de conseguir una armadura, me vendé los nudillos cuidadosamente y puse el collar de ágate naranja y oro que me había regalado Kanon, bajo mi camisa. Salí al patio del opistodomo de Leo a ver el amanecer, meditar y orar.

Me senté en flor de loto en la mitad del patio, justo donde podría recibir toda la luz del sol naciente. Encendí mi cosmoenergía y comencé a tararear el himno a Athena. Sentía mi energía vital vibrando, casi musical, reaccionando con el sol y su luz, como una flor abriéndose; el color de mi cosmoenergía al fin se había establecido en un blanco azulado, cruzado por ramificaciones eléctricas que semejaban rayos en miniatura. Estuve allí mucho rato, concentrada, tranquila, recordando todo lo que podría serme útil, cómo atacar y cómo defenderme en caso de que mi atacante fuera de mi estatura, o mucho más alto, o más musculoso, o más rápido. Traté de concentrarme en no perder la calma, estar tranquila, no dejarme desbalancear. Era posible que mi contricante usara mi pasado para desestabilizarme, ya lo habían hecho hasta el cansancio en el último año, los secuaces de Algol probando mi paciencia, diciéndole a todos que era una asesina de personas inocentes y que Perseus sólo había sido una víctima de mi "lujuria desmedida". Probablemente me gritarían cosas desde las gradas, o si mi oponente me conocía, podría aprovecharse de ello también. Yo sabía que todo aquello era mentira y no dejaría que nada me desconcentrara. Estuve un rato muy largo en aquella posición.

-Vamos, pequeña. Es hora.- dijo la voz de Aioria desde muy lejos. Abrí los ojos y apagué mi cosmoenergía. Tras él estaban Aioros y Eva, también se presentaría en las Pruebas. Estaba vestida con un peplo corto, un pantalón hasta la rodilla, sandalias y protectores de hombros, una placa en su pecho que protegía su corazón, un par de muñequeras de cuero y unos protectores de rodillas, asegurado el pelo en una larguísima cola de caballo alta. Sonreí mientras me ponía en pie y le hacía una pequeña reverencia al hermano mayor de mi maestro, que me devolvió la sonrisa con sinceridad. La sagitariana me abrazó y me levantó del suelo, como solía hacer cada vez que me veía, dándome un par de vueltas en el aire. La abracé de vuelta y cuando me descargó en el piso fingí estar enojada, cruzando los brazos y haciendo pucheros.

-¡Caramba! ¡Es que eres tan pequeña que pareces una muñequita! – me dijo, excusándose y riéndose a partes iguales. No era la única persona que me tomaba el pelo por mi estatura y mi complexión. Salimos todos de Leo charlando animadamente, preguntándonos quién tendría como rival a quién y cuáles armaduras estarían disponibles. En ésta ocasión el Santuario también hervía de emoción, todos se dirigían al Coliseo. Pasara lo que pasara hoy, daría lo mejor de mí.

Nos sentamos en el lugar reservado a los Santos Dorados y sus aprendices, Eva y yo entre Aioros y Aioria. Mi corazón retumbaba dentro de mi pecho con muchísima fuerza. Aldebarán, que estaba sentado en la fila de atrás, nos puso a ambas las manos sobre los hombros con tanta fuerza que nos hundió varios centímetros en nuestros asientos, sonriendo.

-¡Mucha suerte, meninas!-nos dijo. Luego de agradecerle me incliné hacia adelante y toqué con mi dedo a Kanon de Géminis, que estaba sentado en la fila de abajo junto a su hermano, a Mu de Aries, Kiki y Milo de Escorpio. Kanon se volteó y sólo me dedicó una sonrisa torcida llena de satisfacción. Al inclinarme, el pendiente de ágate se salió de mi blusa. Kanon lo tomó en su mano un momento, le dio un beso a la piedra y volvió a ponerla dentro de mi blusa. Me miró a los ojos con intensidad. Luego se volteó para seguir hablando con Saga y Milo, que me miró por un segundo con una sonrisita y levantó su dedo pulgar. Yo también levanté mi dedo pulgar hacia él, pero me sentía rarísima, era algo que no solía hacer. El Coliseo se fue llenando lentamente. Athena tomó su lugar en el palco, al igual que Shion. Las palmas de mis manos comenzaron a sudar frío y me las limpié en el listón de tela azul oscuro que colgaba de mi cintura. El ritual que ya conocía se repitió. Un heraldo hizo sonar un pífano e inmediatamente todos los espectadores callaron, poniéndose en pie, y dedicándole una reverencia sentida a la Diosa, que estaba vestida muy elegantemente, con una túnica blanca bordada en dorado, con un himatión azul marino igualmente bordado con grecas doradas en los bordes, salpicado de pequeños puntos plateados.

-Por favor, incorpórense.-dijo Saori Kiddo. Todos a una, le obedecimos.-Hoy, día del Pleno Verano, estamos aquí reunidos para presenciar los combates por estos Tres Ropajes recientemente reparados. En ésta ocasión también nos acompañan los Generales Marina de Poseidón y los Guerreros de Asgard, fieles a Odín. Sean rectos, sean dignos, Aspirantes ¡Que Niké esté de su lado, y les corone!

Nuestra Diosa volvió a tomar su lugar en su trono. Shion tomó la palabra.

-¡Que empiecen las Pruebas!

Todos los presentes volvieron a tomar asiento. Instintivamente busqué la mano de Eva, y ella apretó la mía, con la palma también fría y sudorosa. Nos apretamos las manos con tanta fuerza que temblábamos, esperando que el heraldo anunciara la primera pelea.

-¡Primer combate! ¡Eva, aprendiz de Sagitario, contra Marah, aprendiz de Leo!

Eva y yo nos miramos, palidísimas, sin soltarnos de la mano. Todos los santos de Oro a nuestro alrededor nos miraron al unísono. Aioria me sacudió el hombro, porque Eva y yo seguíamos mirándonos, congeladas de pavor, asimilando lo que esto significaba. Una de nosotras se quedaría sin armadura. Una de nosotras tendría que dejar atrás el sueño de pertenecer a la Orden, al menos por un muy largo tiempo, tal vez toda una vida. Las tres armaduras que quedaban, eran al parecer las últimas sin dueño. Aioros también tomó a Eva por el hombro. Aún no nos soltábamos la mano.

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Habebti: (arabe) querida, amada.

Ummi: (árabe) forma cariñosa de llamar a la madre, como "mami" en español.

kleeja: galletas de masa de nueces dulces.

Allahu Akbar: (arabe) Dios es Grande. Fórmula ritual con que se empiezan las oraciones musulmanas.

Hijab: Pañolón que usan las mujeres islámicas para cubrirse la cabeza.

Abaya: prenda que semeja una túnica de mangas largas, que no se adhiere a las formas del cuerpo femenino, que se usa como símbolo de modestia sobre la ropa del diario para salir a la calle.

Salaam aleikum/aleikum uasalaam: Que la paz esté con ustedes/ y con ustedes. Saludo tradicional árabe.

ohayo gozaimas, minna-san:(japonés) buenos días a todos.

neko-chan: Gatito/ gatita