El poema que aparece pertenece a Víctor Botas.

Aprovecho esta nota de autor para aclarar varias cosas.
En primer lugar pedir disculpas por haberme retrasado con la actualización. Mi intención era publicar un par de capítulos por semana, pero por algunos problemas personales y por pereza (para qué engañarnos) he tardado más de lo que debía ^^"
En segundo lugar espero que comprendáis que esta es mi primera historia y que es normal que meta la pata en alguna ocasión. Mi idea es que lleve un ritmo lento para que así pueda describir y desarrollar mejor a los personajes. Sin embargo, como soy una persona bastante voluble es posible que el ritmo cambie en algún momento, en el caso de que me empiece a cansar o de que vea que la trama necesita un poco de "caña".
Finalmente agradeceros a todos los que seguís y leéis esto y a los que dejáis reviews, ya que me han animado bastante a continuar. Si tenéis alguna duda o sugerencia soy todo oídos.

Un saludo y nos vemos en el próximo capítulo :D


En uno de los postes de ladrillo que sujetaban la verja de entrada a la gran mansión había un viejo y sucio buzón encastrado. Sobre este rezaba una inscripción apenas legible. Bonnibel pasó la mano varias veces hasta que pudo identificar la palabra Abadeer escrito con letras cursivas. Sonrió inconscientemente por haber descubierto algo más de Marceline por poco que fuera. Miró dubitativa a través de los barrotes de hierro de la entrada. "Debería haber esperado un par de días antes de venir. Seguro que no lo pasa por alto y hace algún comentario. ¡Tendría que haber esperado una semana! Bueno, eso es algo exagerado… Aún estoy a tiempo de volverme, aunque ya que he llegado hasta aquí…"

Finalmente empujó con esfuerzo la cancela y caminó despacio hasta la entrada. Casi con timidez golpeó varias veces los nudillos contra la madera. Pasó un momento y no hubo respuesta, seguramente porque no la habrían escuchado. Esta vez apretó el timbre, pero parecía que nadie iba a abrirle. Ya empezaba a pensar que Marceline estaba burlándose de ella de nuevo. Cuando iba a pulsar por última vez el interruptor la puerta se abrió y Bonnie se sorprendió al encontrar ante sí a un hombre maduro, de cabellos un poco largos y blancos sobre los que resaltaban algunos pelos castaños que se resistían a clarearse. Sobre su larga nariz descansaban unas gafas de pequeños cristales redondos como las que llevara en su día John Lennon. Bajo la poblada barba asomaba una sonrisa amable.

-Hola.

-Hola. ¿Está Marceline?

-¿Eres amiga suya? – dijo elevando las cejas ante la respuesta de Bonnie.

-Mmm algo así. Me llamo Bonnibel.

-Simon – le tendió la mano para estrechársela, entrecerrando sus ojos al sonreír – Pasa, Marcy está en su cuarto. Sube, es la penúltima puerta del pasillo de la derecha.

-Gracias.

Subió las escaleras lentamente. Empezó a escuchar música que parecía rock. Se adentró por el pasillo oscuro, iluminado sólo por una rendija de luz que una puerta encajada dejaba pasar. Se paró ante esta puerta y se quedó allí un momento casi sin saber qué hacer. Llamó pero por el volumen de la música dudaba que la pudiera escuchar así que la empujó y asomó la cabeza tímidamente. No se esperaba encontrar a Marceline tarareando una canción mientras movía rápidamente los dedos sobre el mástil de lo que a Bonnie le pareció una guitarra. Se quedó callada escuchando un poco más hasta que Marceline se percató de su presencia y sonrió mientras finalizaba la canción.

-Vaya, has venido antes de lo que esperaba. ¿Qué tal, princesa?

-¿Ibas a reventar si no hacías algún comentario sobre eso no?

Marceline soltó una pequeña carcajada por la respuesta y Bonnibel se limitó a poner los ojos en blanco intentando no sonreír.

-No sabía que tocaras la guitarra.

-Esto es un bajo eléctrico, pero ya que lo dices también sé tocar la guitarra. ¿Te gusta la música?

-Bueno… Supongo que sí aunque se podría decir que me gustan más otras cosas.

Marceline apagó el amplificador y colocó su bajo sobre la cama.

-Entra, no te quedes en la puerta.

Bonnibel cerró la puerta al pasar y giro sobre sí misma, observándolo todo. Se esperaba que el cuarto de Marceline no fuera tan infantil, aunque considerando que no volvía a este sitio desde pequeña era comprensible que la habitación conservara esa decoración. Se fijó en un soporte junto a una de las paredes en el que había depositadas varias guitarras e incluso un ukelele.

-Ya veo que tocas bastantes instrumentos. ¿Cuándo empezaste a estudiar música?

-Creo que tenía 6 años.

-¿Y a esa edad ya te gustaba la guitarra?

-No, empecé con el piano. Algo más clásico.

-Es un poco predecible – rió por lo bajo.

-¿Tocar el piano?

-Sí. Quiero decir, viendo esta casa me pregunto dónde guardas el piano de cola.

-Sorprendentemente no tengo uno aquí, nos lo llevamos a mi otra casa. ¿Te gustaría aprender a tocarlo?

-No soy especialmente habilidosa en temas artísticos. Mi abuela intentó enseñarme a tocar el piano cuando vivía en Alemania. Hasta a ella se le agotó la paciencia.

Marceline rió al ver el mohín que hacía Bonnie al recordar sus clases de piano.

-Por cierto, ¿qué era eso que estabas tocando antes? No me sonaba de nada.

-Eso es porque es una canción que he compuesto.

-¿También compones? – dijo más alto de lo que habría querido.

-Sí, tengo un grupo.

-¿Y tenéis éxito?

-Bueno… Damos algunos conciertos y estamos intentando hacernos un hueco en el mundillo. Aunque ya vamos siendo más conocidos. ¿Quieres que te enseñe a mis compañeros?

-Claro.

Marceline se levantó de la cama algo entusiasmada y rebuscó en el bolsillo de una mochila que estaba tirada en medio de la habitación. Volvió a sentarse invitando a Bonnibel a situarse a su lado. Al hacerlo le llegó un olor dulce que desprendía el cabello de la morena, haciendo que Bonnie se distrajera por un momento.

-Este es Bongo – señaló a un muchacho moreno y corpulento que lucía una perilla bastante poblada – es el batería del grupo. Este de aquí es Guy, toca el teclado. Es un canijo pero lo creas o no triunfa bastante entre nuestras fans – Bonnie frunció el ceño. A sus ojos el chico parecía bastante tímido, más bien poquita cosa – Y esta es Keila – dijo apuntando con su dedo a una muchacha de piel morena con el pelo negro muy rizado que aparecía abrazando a Marceline – es la guitarrista y mi mejor amiga. ¿Sabes lo que es una amiga, Bonnie?

-Eso que tú y yo no somos.

La respuesta las cogió desprevenidas a ambas. Este intento de fastidiarla había sido muy leve comparado con otras ocasiones y Bonnibel no sabía bien por qué le contestó así. Marceline la miró, al principio con la boca entreabierta, sin saber bien qué decir, pero se recuperó pronto y mostró una sonrisa.

-Todavía.

Bonnie se sonrojó por la cercanía y por la forma penetrante en que la morena la estaba mirando.

-¿Cómo se llama tu grupo? – dijo volviendo la vista a la foto, intentando desviar su atención.

-Marceline and the Scream Queens.

De repente Bonnibel empezó a carcajearse, poniendo las manos en su barriga y balanceándose.

-¿Qué tiene de gracioso? – Marceline sonaba ofendida.

-Lo siento – dijo Bonnie intentando sofocar la risa – es sólo que no me esperaba ese nombre.

-Pues no veo qué tiene de malo.

-Perdona, perdona, ya paro, en serio. Así que tú eres la cantante y la bajista, ¿no? ¿También escribes las letras?

-Sí, pero no te las enseñaré. Está claro que no puedes tomarte esto en serio.

Bonnie sonrió al ver a Marceline de brazos cruzados, sonando tan dolida.

-Vamos, me prometiste que ibas a ser amable conmigo y te he pedido perdón ya…

Marceline se giró y la miró a los ojos, sopesando qué hacer. Bonnibel intentó poner su cara más inocente haciendo que la morena sonriera. Finalmente se levantó y abrió uno de los cajones del escritorio, sacando una libreta muy gastada. Se la tiró a Bonnibel que rápidamente empezó a pasar las páginas leyendo las canciones por encima. Se detuvo en una y levantó la cara enarcando una ceja. Encontró a Marceline mirándola de nuevo fijamente a los ojos.

-¿Qué pasa?

-Esta canción no la entiendo. "Daddy, why did you eat my fries?"

Marceline sonrió ampliamente.

-¿Qué tiene de malo?

-Nada, es sólo que no entiendo la letra.

-Es una metáfora – suspiró – ¿Demasiado difícil para ti?

Bonnibel funció el ceño. Esto la molestó un poco, normalmente nada se le resistía. Lo entendía todo a la primera y no sabía si en esta ocasión Marceline se estaba riendo de ella. Quizás sólo era algo absurdo que ella quería maquillar para darle un sentido profundo.

-No estoy muy familiarizada con la poesía y con la música.

-¿Te gustaría aprender?

-¿Me vas a enseñar ?

-Claro. Por lo que se ve soy la que más entiende de esto de las dos. No veo el motivo por el que no pueda enseñarte.

Bonnibel se quedó callada algo pensativa. Realmente la poesía o las letras de canciones no eran algo que le interesara demasiada, pero decidió acceder para ver qué salía de todo esto.

-Está bien, enséñame.

Marceline le regaló de nuevo una sonrisa torcida y siguió mirándola fijamente a los ojos. A Bonnie empezaba a resultarle ya un poco molesto. Parecía que la morena estuviera mirándola por un microscopio, estudiándola a fondo. Ahora sabía que "sentían" los microorganismos que ella observaba. Al fin dijo algo.

-Te propongo una cosa. Lo haremos como un juego, así seguro que aprendes más rápido. Yo te escribo hoy algo y tú tienes que decirme qué significa. Cuando lo hayas pensado y lo sepas, si aciertas, me escribes algo, no hace falta que sea muy largo y elaborado. Luego yo te diré qué creo que simboliza.

-No le veo el sentido. No creo que así aprenda. Además no tengo ni idea, no sabría que escribirte.

-Bonnie, la mejor manera de aprender sobre poesía es leyendo y atreviéndote a escribir algo.

-Vale, vale. Total, por probar no creo que pase nada.

-Bien. Pues empiezo yo.

Marceline se sentó en el escritorio con un trozo de papel y un bolígrafo en las manos. Se giró para seguir mirando a la chica rubia. Bonnibel se removió en su asiento incómoda, intentando mantenerle la mirada pero falló y bajó la cara. Escuchó entonces una pequeña risa y al volverse vio a Marceline escribiendo. Se levantó y le tendió el papel doblado.

-No lo leas hasta que no estés en casa – le dijo con una expresión más seria de lo normal.

Entonces se escucharon unos golpes en la puerta. Al abrirse apareció Simon.

-Marcy, la comida ya está preparada.

-Ahora bajo – sonrió.

-¿Ya es tan tarde? – dijo bonnibel cuando Simon se fue.

-Te puedes quedar a comer si quieres. Creo que hoy hay espaguetis. ¿Te gustan?

-De hecho es mi comida favorita, pero no puedo. Tengo que irme ya.

-Siempre con prisas, ¿eh? Ya podrías quedarte, me lo estaba pasando bien. Vuelve mañana.

-No sé. Dame tu número de teléfono, así podré avisarte y podemos vernos más a menudo.

-Forma parte de mi castigo no tener mi móvil. Ya sabes, para que no hable con mis amigos ni me escape en ningún sentido. Ven cuando quieras, siempre estoy aquí.

-Vale, entonces me pasaré.

-Pronto, espero.

Bonnibel sonrió y Marceline le contestó con el mismo gesto. Se levantó y se guardó el papel.

-¿Qué te parece Simon? – dijo la morena mientras la acompañaba hasta la puerta.

-No me lo imaginaba así. Se le ve muy amable y simpático. ¿Cuánto hace que lo conoces?

-Cuida de mí desde que murió mi madre. Ya es parte de la familia y la verdad es que lo quiero muchísimo.

Marceline abrió la puerta de entrada y sin que Bonnibel se lo esperara la agarró y le dio un fuerte abrazo que la rubia apenas correspondió por lo confusa que se encontraba. Debía de sentirse muy sola cuando la trataba de esa forma tan cercana sin conocerla de nada. Este pensamiento hizo que se sintiera un poco culpable por la desconfianza que sentía hacia Marceline.

-Ven cuando quieras, Bonnie. Te voy a estar esperando.

Bonnibel asintió y se giro mientras se despedía con la mano. Apenas había cruzado la verja cuando ya estaba rebuscando en su bolsillo. Sacó el trozo de papel y lo desdobló, descubriendo unas letras alargadas y de trazo nervioso. Bonnie leyó de forma apresurada al principio.

"En tus ojos de lluvia
crecen pálidos árboles
de hielo
Entre sus ramas
tiembla
labrada en roca viva
la imagen de un ansioso
dios que sonríe
y mata."

Abrió los ojos sorprendida y lo releyó una segunda y luego una tercera vez. Suspiró preguntándose cómo iba a poder superar esto.