XXVIII
THE TURNING POINT
Cuando llegué al Templo de Leo, acompañada de Aioria, Aioros y Eva, me encontré de frente con Agnés, la vestal, que al parecer había estado paseándose cual fiera enjaulada por el Hall. Se quedó mirándome impávida, impresionada, con los ojos algo desorbitados, una mano sobre el pecho como si hubiera estado a punto de infartarse. Le sonreí con timidez. Ella sonrió y se me acercó, me tomó la cara con ambas manos y me plantó un beso en la frente.
-Felicitaciones, Marah.-me dijo, mirándome de arriba abajo.-Estoy orgullosa. Qué bella armadura. Ahora eres toda una Santa de Athena.
La voz se le quebró y los ojos se le aguaron. Me enternecí. Jamás creí a Agnés capaz de semejantes muestras de afecto. Luego sin mirar a nadie, se fue a la cocina. Supuse que a esconderse, para que no vieran sus lágrimas.
Volteé a mirar a mis acompañantes. Aioros y Aioria sonreían. Eva parecía tener algún tipo de malestar, su rostro estaba pálido y algo desencajado. Yo tampoco me sentía del todo bien, a pesar de la armadura, tenía dolor en las costillas, en el abdomen (sentía el vómito venir), y en el brazo izquierdo, esos eran los más agudos, pues tenía otros pequeños dolores diseminados por todo el cuerpo, producto de los ataques de Eva. Ví que las partes de su ropa que no estaban cortadas y ensangrentadas, estaban quemadas, Su piel tenía algunas ampollas llenas de líquido que supuse que habían sido quemaduras causadas por mi ataque. Su herida en la ceja no había dejado de sangrar del todo. Me sentí tremendamente culpable. Me extrañó que durante el combate y en los momentos posteriores no la hubiera visto así de desmejorada.
Aioros también miró a su alumna, ahora Santa de plata de Sagitta, y puso su mano sobre su cabeza, encendiendo su cosmo. Suspiré. El cosmo de Aioros era muy parecido al de Aioria, vibraban con la misma nobleza y energía, pero el de Aioros era mucho más puro, más celestial. La energía vital de mi maestro era más combativa, agresiva. La armadura de Eva se desprendió de su cuerpo y se introdujo por su propia cuenta en la Caja que ella llevaba a la espalda. Y si no hubiera sido por Aioros, que la sostuvo a tiempo, Eva se habría derrengado en el suelo, exhausta. Sentí pánico. ¿Le habría hecho daño en serio? ¿Por qué estaba así?
-Vamos, a la cocina.-dijo Aioria. Atravesamos el Hall, Aioros cargando a su alumna, yo cojeando, hasta llegar al opistódomo. Al llegar a la cocina, Aioros descargó a Eva en una silla recostada contra la pared. Realmente se veía maltratada. La culpa me atenazó el estómago como un puño de hierro. Aioria me observaba, divertido.-Ordénale a tu armadura que regrese a su Caja.
Le obedecí. Encendí mi cosmo un poco y le pedí a la Armadura que me dejara. Ella obedeció sin chistar y se separó de mi cuerpo. Aioria y Aioros me miraron aprobadoramente y luego se miraron entre sí. Entrecerré los ojos con algo de rabia. Me di cuenta de que estaban esperando que la armadura no me obedeciera. Pero no les resultó. Corona Boreal era increíblemente dulce.
Apenas un par de segundos después de que dejó mi cuerpo, sentí un tremendo cansancio y mis dolores volvieron a mí en toda su horrorosa magnitud. Si Aioria no hubiera sido rápido, también me habría caído al suelo. Me puse muy pálida, muy mareada. Mi maestro me puso también en una silla y comencé a gimotear de dolor.
-Uh. Aioria. Mi brazo. Mis costillas.-gemí, viendo el tremendo moretón que tenía bajo el vendaje del brazo izquierdo. Agnés trajo unas tijeras y sin muchos miramientos cortó las vendas –lo que me causó más gemidos y casi gritos, tuve que apretar los dientes para no llorar-. Efectivamente tenía el brazo roto. Mi maestro estaba ocupándose de las heridas de Eva primero, que había perdido al fin el conocimiento.
-¿Está muy mal?-pregunté, olvidándome momentáneamente de mis propios dolores.
-Tan mal como podría estar después de semejante batalla. Podrían haberse matado si Nuestra Señora no hubiera puesto un alto al combate. Pero lo que realmente la puso así, fue Sagitta. Es una armadura temperamental. Requiere mucha energía. Tenerla puesta es como tensar un arco indefinidamente. Es la Flecha. –me contestó Aioros. No se me escapó el reproche, tampoco a Aioria, que lo miró fijamente un instante, antes de volver a curar con su cosmo las heridas de Eva. Lo miré haciéndole ojitos para que se apresurara y curara las mías también.
-Tú puedes curarte sola, Marah. Yo sé que sabes cómo.-refunfuño Aioria sin mirarme. Hice pucheros, con lagrimitas saliéndoseme de los ojos. Había soportado dolores peores pero estaba muy cansada y quería que él me ayudara.
-Maestro Aioros, ¿Podría usted…-empecé. Aioros se rió.
-No. Sólo Aioria entre todos nosotros desarrolló esa habilidad única, de sanar. Atributo de la estrella regente de Leo, que es el Sol.
Con una punzada de angustia, recordé que Apolo era el dios del Sol. Uno de los nombres dados a Apolo, era Smintheos, el Portador de la Plaga, y que a su vez, podía curarla. Apolo Iatrós, Apolo El Que Sana. Tentativamente, puse mi mano derecha sobre mi brazo izquierdo y casi grité de dolor.
Encendí mi cosmoenergía y cerré los ojos. En mi cerebro vi las capas de piel dañadas, los pequeños vasos capilares rotos que causaban el inmenso moretón, y luego ví, aunque no pudiera explicarme cómo, el radio y el cúbito, ambos con fracturas casi a la misma altura. Inspiré hondo y le ordené a los huesos que volvieran a sellarse, lo cual hicieron, tras un largo rato de tener mi cosmoenergía encendida. Repetí la operación con mis costillas en mi costado izquierdo. No había nada roto pero estaban muy magulladas. Abrí los ojos, exhausta, a punto de caerme de sueño. Eva seguía inconsciente pero Aioria ya se había ocupado de sus heridas y Aioros la tenía en brazos, llevando por ella la caja de pandora de Sagitta en su espalda. Se despidió de nosotros y subió a Sagitario. Agnés me ayudó a llegar hasta mi cama. Puse a buen recaudo, sobre mi escritorio, a Corona Boreal. Apenas toqué el colchón, sin siquiera cambiarme la ropa, que estaba sucia, ensangrentada y desgarrada, me dormí profundamente.
::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
Milo de Escorpio bailaba frente a un micrófono, envuelto en cuero negro y con el pelo muy cardado y con apariencia de que le habían puesto toneladas de hairspray. Tras él, Camus estaba a la batería, Mu al bajo y Shion en la guitarra eléctrica, y Saori y Hilda de Polaris daban saltos tratando de acercarse a ellos por encima de un muy serio Aldebarán. Aimeé y Eva hacían headbanging acompañadas de Shaka de Virgo, y a un lado, Shura de Capricornio intentaba evitar que Aioros y Aioria se molieran a puños. Parecía un concierto de metal muy extraño.
-¡Que no, te digo que Iron Maiden es mejor que Judas Priest!-gritaba Aioria enajenado, embutido en una chaqueta de cuero repleta de taches metálicos.
Me tapé los oídos. La música era ensordecedora. Quería escapar de allí. Cerré los ojos. Y cuando los abrí, estaba en una cueva. En mi cueva en el desierto. Las paredes de roca amarillenta, tostada exudaban frescura. En realidad protegían del calor atroz que hacía afuera, por eso debía cuidarme de toda clase de bichos y alimañas que la rondaban, buscando refugio del inclemente sol. Reconocí las vasijas de arcilla en las que almacenaba agua, el pequeño horno de barro en que hacía mis alimentos, y la tela que separaba el área donde dormía y me vestía del área en que podía estar Algol de Perseus cuando venía a revisar que siguiera viva. El fuego ardía en la hoguera que siempre hacía cerca a la entrada de la cueva, para protegerme de los escorpiones y las serpientes, veía su resplandor llamándome. Caminé hacia él. Una noche estrellada me esperaba afuera. Y allí, sentado cerca al fuego, estaba Algol. Me extrañé de mi propia falta de pánico. Normalmente verlo me daba ira, miedo y repugnancia. Pero al observarlo, mirando al fuego y revolviendo las ascuas con un palito de madera verde, noté en su rostro una expresión que jamás había visto. Arrepentimiento, tristeza, dolor. Estaba vestido con las ropas con las que normalmente entrenaba en el desierto, una camisa de manga larga color caqui, unos pantalones verde oscuro, botas de cuero suave y un shemagh a cuadros cafés y negros a modo de bufanda alrededor de su cuello, el largo pelo rubio oscuro recogido en una coleta.
Algol no era feo, lo noté por primera vez. Sus ojos azul claro reflejaban las llamas. Apenas percibió mi presencia se puso en pie. Retrocedí.
-No, por favor no te vayas. Estaba esperando que vinieras. –murmuró. Parecía realmente atormentado. Con desconfianza, me acerqué y me senté al lado opuesto de donde estaba él, sobre una roca.
-¿Esperando a que viniera?- le pregunté. No entendía nada. Sonrió, un poco molesto, tomando asiento de nuevo. Me miré a mí misma. Yo también vestía las ropas que normalmente vestía en el desierto, una camisa gris de manga larga, pantalones anchos de color café, botas de cuero suave de caña alta, un shemagh negro al cuello que usaba como pañolón para taparme la cabeza cuando estaba al sol y un cinturón de tela.
-Sigues siendo la misma tonta. Pues claro, a que vinieras. Yo no puedo volver, me freíste los sesos, ¿recuerdas?-me contestó él, con su habitual acidez. Al observarlo bien, me di cuenta de que su presencia no era tan prístina como la de mis padres o mi abuelo en mis sueños, sus contornos se difuminaban, como si lo estuviera viendo a través de un vidrio empañado, sus ropas estaban sucias, rotas, y su aspecto general era más bien mísero.-Por fin soy libre y puedo hablarte de…todo lo que sucedió entre nosotros. He tenido mucho tiempo para reflexionar y pensarlo todo. Y la verdad, Hafsa, es que creo que me porté terriblemente contigo. No te culpo. Me merecía lo que sucedió.
Si no hubiera estado sentada me habría ido de nalgas al piso. Éste tenía que ser otro de mis delirios ocasionados por el cansancio. Sacudí la cabeza con fuerza y me pellizqué la piel de la cara, para intentar despertarme. No había caso. Algo me llamó la atención.
-¿Cómo que por fin eres libre, Algol? ¡Estás muerto! Por lo que sé, y por los crímenes que cometiste antes de morir, debes estar retorciéndote en las aguas de fuego del Estigia.-dije, con rabia
Algol me observaba, apretándose los dedos, algo nervioso.
-Pues verás, Hafsa. Los dioses del Averno juzgaron que mi comportamiento no había sido del todo mi culpa y sólo me dejaron…aquí. –se explicó él. Sentí la sangre subírseme a la cabeza. ¿Qué los dioses qué? No podía creerlo. Era inaudito. Ese hombre había engañado y matado personas. Me había ultrajado. Había hecho de mi vida un infierno. Me puse en pie dispuesta a salir de allí como fuera. –Me dejaron aquí, con la condición de que pidiera perdón a todas y cada una de las personas a las que hice daño. A ti te dejé para lo último. Tengo mucho que explicarte.
-¡No quiero nada que venga de ti, gusano infeliz!-exclamé hecha una ira, a punto de salir del círculo de luz proyectada por la hoguera. Una barrera sólida de tinieblas líquidas se adhirió a mi pecho y a mis brazos y luché para echarme hacia atrás. Al caer sobre la arena aún caliente, noté que algo parecido a una ilusión óptica pestañeó ante mí. Me llené de curiosidad. – ¿Algol, en dónde estamos?
Algol rodó los ojos con impaciencia. Quizá no era la primera vez que se lo preguntaban.
-Estamos en los campos de asfódelos, en las riberas del Leteo. Los vivos y los muertos no deben compartir espacios, así que lo que tú ves y lo que yo veo es distinto. ¿Según tú, en dónde estamos?
-En Rub al Jali. Fuera de la cueva. Es de noche. Tienes hasta la ropa que te ponías en esa época.
Algol sonrió con tristeza.
-Lo que tú ves, es lo que tu cerebro registró en algún momento como el sitio donde tienes un buen recuerdo de esa persona. El mejor que tienes de esa persona. –explicó. Luego se rio con sorna.-Pues claro, lo mejor que podías tener de mi era cuando en las noches me salía de la cueva y te dejaba en paz. Fui un imbécil contigo.
De inmediato recordé otras ocasiones en que había visto a mis seres queridos ya fallecidos, especialmente a mi abuelo. Siempre en entornos que me eran familiares y donde yo había sido especialmente feliz. Eso lo explicaba todo.
-Cuando te conocí, inmediatamente me encapriché contigo. No podría ponerlo en otros términos. Tenerte era lo único en que pensaba. Tu rechazo me hería y me espoleaba a partes iguales. Y un día conocí a la deidad a la que perteneces. Apolo. Una aparición de luz y fuego. Me dominó por completo. Caí en la trampa de la Maldición que le impuso a tu familia. Mi obsesión contigo se volvió plena y completa. No te imaginas…Era locura…No podía dormir, no podía comer, no podía pensar, porque tu estabas en mi cabeza todo el tiempo, y mi lujuria, por todos los dioses, era insaciable. Estaba convencido de que mi hambre se acabaría contigo. Mi misión era alejarte del Santuario y de sus habitantes. Hacerte pensar que era un infierno. Así, pensaba, podría tenerte para mí. Poco sabía que nunca te tendría. Una vez te hubiera sacado de la protección de Athena, esa…cosa me habría matado para quedarse contigo. Ahora lo sé. Y estoy purgando mi alma del fuego que aún la consume. La maldición de un dios no te abandona ni cuando mueres. Admito toda mi culpa, admito que todo lo que te hice fue horrible y estuvo muy mal y pagaré por ello vagando entre niebla y fango el resto de la eternidad.
Lo miré con los ojos encharcados de ira luego de su explicación. Con él, con Apolo, con mi destino, con mi vida. Apolo había hecho que me manchara de la sangre de su marioneta. Era el colmo. Sentí náuseas. Recordé con intensidad el momento en que me ultrajó y la piel me ardió, me aferré convulsivamente los hombros, abrazándome a mí misma.
Algol se hincó de rodillas en el suelo.
-¿Me perdonarás?-preguntó Algol, mirándome, tanteándome, directo al grano. La impertinencia de su pedido me chocó. Claro que no lo perdonaría. Nunca. No le contesté, pero la indignación que se apoderó de mi rostro fue respuesta suficiente. Algol sonrió.-Si, eso pensaba. De hecho creí que saltarías a patear mi trasero. O a freír mi cabeza. Hasta agradecería el contacto de tus manos en mi cara de nuevo, sólo por una vez. Es una tortura vagar con tus recuerdos eternamente pero no poder beber de las aguas del Leteo, ese es mi castigo.
-No es suficiente. Me dejaste cicatrizada para el resto de mi vida. Me desfiguraste el cuerpo y el alma. Me deshonraste.-le espeté, temblando de rabia, pero sin llorar. No dejaría que viera mis lágrimas.
Algol volvió a sonreír de nuevo. Era una sonrisa torturada y horrible. Se puso en pie y volvió a sentarse en su tronco al lado de la hoguera.
-Dile por favor a Denes que me alegra que sea el nuevo portador de Perseus, y que recuerde, él sabe de lo que le hablo, que Athena es una diosa, y también es una mujer. Me ha tomado muchísimo tiempo pensarlo, pero que tiene sentido. Dile que Medusa no tuvo la culpa de lo que le sucedió, y que Perseo no puede seguir persiguiéndola eternamente por un crimen que no cometió.
Me puse en pie. Yo también entendía el razonamiento de Algol y con gusto se lo transmitiría a Denes, junto con un par de tiestazos bien dados, cuando me diera la oportunidad de volver a hacerle morder el polvo.
-Se lo diré, Algol. Debo irme.-me puse en pie, dispuesta a lo que fuera para despertarme, no quería pasar más tiempo allí.
-Una cosa más, Marah.- me dijo, mirando directamente a las llamas. Luego me observó con verdadero dolor en el rostro. Lágrimas se deslizaban por sus mejillas- Lo siento mucho.
Alguien me movió para que despertara. Ah si. Agnés.
-Debes empacar tus cosas, Marah. Pronto vendrá una vestal a enseñarte tu cabaña y entregarte las llaves. –me dijo la mujer, tendiéndome una taza de chocolate con leche caliente. Era la primera vez que me consentía con algo tan difícil de encontrar en el Santuario, chocolate. Muy típico de ella, hacerlo justo el día en que me iría para siempre de Leo.
-Gracias, Agnés.-dije, tomando la taza, tomando a la vez sus manos con las mías.-Muchísimas gracias por todo.- La vestal sonrió. Soltó la taza en mis manos y sus ojos negros brillaron con alegría genuina.
-Un honor servirte, chiquilla. Qué bueno que te irás. Estoy cansada de zarandearte media hora para que te despiertes todos los días.
Agnés me dejó en mi habitación mientras organicé mis cosas. Cuando todo estuvo listo, puse en mi espalda la Caja de Pandora, y en mis manos cargué mi maleta y mis libros atados con una cinta. Me asomé a la cocina, esperando ver a Aioria. Sólo me encontré con Agnés, limpiando.
-¿Aioria está despierto?-pregunté, desconcertada. Esperaba poder despedirme de él y agradecerle, si no fuera por él, no sería quien era, no estaría viva.
-El Santo de Leo no durmió.-contestó Agnés sin mirarme. Me sentí extrañada, un poco triste. Me tomó casi unos minutos entender por qué no había salido a despedirme, por qué no quería verme. No lo comprendía, no era como si me fuera del Santuario, sólo estaría a un par de kilómetros de él. Agnés volteó a verme y me miró casi con compasión porque yo seguía con cara de no saber qué estaba sucediendo.- Eso mismo hizo cuando te fuiste a Londres. Se encerró. No es un hombre de despedidas, linda.
La miré. Ella me observó interrogante.
-Agnés, necesito que me des un poco del incienso que usas para purificar la Armadura de Leo.
-¿Qué piensas hacer?-me preguntó, desconcertada.
-Despedirme.-le contesté con una sonrisa que me hizo chispear los ojos de emoción.
Un rato después, vestida con un sencillo quitón blanco y uno de los velos de Agnés sobre la cabeza, encendí mi cosmo, con un incensario de cadena en las manos, daba vueltas alrededor de la Armadura de Leo. Sándalo, resina de copal dorado, azafrán, romero, laurel y naranja llenaban el aire. La armadura resonó con la ofrenda de aromas, disipándose todas las energías y vibraciones pesadas. Su propia cosmoenergía vibraba, combativa y pura, como el rayo descendiendo desde las alturas, su rugido cada vez más alto y maravilloso.
Aioria se recostó contra una de las columnas de mármol naranja y oro a observarme con atención, el ceño fruncido y unas ojeras bastante moradas.
-¿Qué estás haciendo?-preguntó, hosco. Era la primera vez que me tomaba ese tipo de atribuciones. Siempre era Agnés quien purificaba la Armadura y el Hall. Seguramente había salido de su habitación atraído por mi cosmo.
-Agradecer a la Constelación de Leo que me haya tenido bajo su enseña todos estos años y me haya permitido crecer bajo su protección.-le expliqué. Él caminó hacia nosotros y se puso de pie frente a la Armadura. Encendió su cosmo y ambos resonaron, sus energías en armonía absoluta.–Maestro, ¿Me permite…?
Lo miré, cargada de intención. Él asintió con la cabeza y cerró los ojos. Dí siete vueltas a su alrededor con el incensario, las mismas que había dado alrededor de la Armadura. Los ojos se me aguaron. Le debía tanto a este hermoso hombre. Era mi padre, mi hermano, mi sangre. Mi maestro, por siempre. Puse el incensario en el suelo y me arrodillé sobre una rodilla ante él, inclinando por primera vez de buen grado mi cabeza ante mi maestro.
-Gracias, Aioria de Leo. Gracias por acogerme y enseñarme, gracias por entenderme y amarme. Sobre todo gracias por jamás perder la fé en mí. Te lo debo todo, Maestro. Aunque esté lejos o cerca, en la situación que sea, jamás olvidaré tus enseñanzas y mantendré en alto el honor que me enseñaste a tener. A riesgo de sonar en demasiada confianza, te siento como mi sangre, como mi hermano mayor, como mi padre. Lo que soy te lo debo.
Mi voz se quebró. Un par de lágrimas cayeron de mis ojos al suelo.
Aioria me levantó del suelo y me estrechó en sus brazos. Me besó en la frente.
-Te quiero, Marah de Corona Boreal. Mi alumna, mi hija y mi hermana hoy y siempre. Esta siempre será tu Casa, mientras yo viva. En mí y en Agnés siempre tendrás un hogar.
Me soltó y me quitó el velo de la cabeza. Con su pulgar me limpió las lágrimas de las mejillas. Agnés se me acercó con una bolsita de tela bastante grande, que parecía llena de arena. Me la entregó. Olía a algo parecido a la mezcla de la Casa de Leo, pero era más dulce, más suave. Miel, incienso, lirios y flores amarillas.
-Lo acabo de preparar para ti. Es una mezcla especial para purificar y armonizar a Corona Boreal. La vestal que te llevará a tu cabaña ya te está esperando en la entrada. Siempre serás bienvenida, Marah. Te extrañaremos.
La abracé. Ella me besó dos veces en cada mejilla. Fui por mis maletas a mi habitación y abandoné mi casa, mi hogar, sin atreverme a mirar atrás para no salir corriendo a los brazos de Aioria, que se había quedado mirándome en la entrada del Templo, junto a los leones de mármol que yo tantas veces había limpiado.
La vestal esperó con una sonrisa de simpatía mientras yo me secaba las lágrimas y me calmaba, para que nadie me viera así.
:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
Me instalé en mi casita nueva, pintada de blanco por fuera, con ventanitas azul turquesa y tejas de barro rojo. Tenía una zona que parecía ser la habitación, con una cama con un colchón de paja, una mesita de noche y un armario, separada por una tapia del baño, con el retrete y la tina, esta última enclavada en el suelo y recubierta con mosaicos azules de diversos colores. El piso de la casita era de baldosa de cerámica roja; además tenía un pequeño poyo de piedra en lo que parecía ser la cocina, una mesita de madera con dos sillas, otro armario para los víveres y una gran ánfora de barro para el agua, que ahora estaba vacía. La vestal, una muchacha joven, me había entregado las llaves de la casita, una bolsa de tela con ropa de cama y sábanas limpias y nuevas, y una bolsa con dracmas que sería, de ahora en adelante, parte de mi pago mensual. Es decir, los santos, todos, sí recibían pago. Con el resto se quedaba la Fundación Graude y lo usarían según mis deseos.
Con mucha paciencia y esmero, limpié mi nuevo hogar, tendí la cama y fui varias veces por agua a la Fuente de Athena hasta llenar el ánfora de la cocina. Encendí un poco de carbón en la hornilla y lo puse en un bowl de cerámica roja.
Le ordené a Corona Boreal salir de su caja, lo cual hizo en un remolino de chispas amarillas. Se reensambló sobre la mesa de la cocina. Encendí mi cosmo y ella me contestó con un fogonazo de su energía dulce e impersonal. Puse un pellizco de la mezcla de incienso que había hecho Agnés para mí en el carbón sobre el bowl de cerámica y dí siete vueltas a la mesa con el bowl en las manos. La cabaña se llenó de un olor maravilloso que se sentía familiar, como algo muy mío que había olvidado. Eran exactamente todos los olores que me gustaban combinados en uno solo. Era ambrosía líquida. La armadura vibraba feliz, resonando con mi cosmo. Me dolió meterla en la caja de pandora una vez terminé de purificarla, pero no quería usarla más de lo necesario. De Aioria y Marin había aprendido que era mejor portarla cuando era necesario y entrenarse con ella en privado, conectándose con el alma de la misma de manera cósmica, fortaleciendo el vínculo meditando y estudiando.
Terminé de organizar mi ropa en el armario. Definitivamente yo no era para la vida austera. Llevaba menos de un día en mi nueva casa y ya estaba planeando cómo decorarla y hacerla mía. Me bañé en la pequeña tina y me puse ropa de entrenamiento.
Todavía era muy temprano. Al salir, noté que mi casita…estaba justo al lado de la casa de Shaina: me la encontré haciendo abdominales, colgada por las rodillas, cabeza abajo, de una barra horizontal de hierro soportada en dos columnas de acero.
-Ciao, puttana stronza.-me dijo al verme, riéndose. Alcé la ceja izquierda, muy molesta.
-Hola para ti también, Shaina. Por cierto, ahora que seremos vecinas, ¿podríamos tratar al menos de no agredirnos? Ayudaría a que todo funcionara de manera más suave.
Shaina hizo una pirueta y cayó limpiamente al suelo. Encendió su cosmo agresivamente y levantó su mano derecha en el aire, haciendo la garra que precedía a su ataque principal, la Thunder Claw. Noté, algo que nunca había notado antes, que su cosmoenergía y la mía manejaban la electricidad, pero obviamente eran muy distintas en cuanto a otras cualidades. La suya era más oscura, densa, pesada, sin embargo, no era un cosmo malvado, era meramente agresivo y, tal vez, triste, melancólico. El mío también era agresivo, pero carecía de esa pesadez, era más suelto, más líquido y luminoso. Los polos opuestos del espectro. Encendí mi cosmo también agresivamente. Estuvimos mirándonos, calculándonos durante unos instantes, ella mirándome de arriba abajo. Al final apagó su energía y sonrió, aviesa.
-Sin hostilidades, allora. Pero que entiendas que aquí la que manda soy yo, cagna stronza. Soy la más antigua, junto con Águila y Camaleón, entre las amazonas de Plata. Mis órdenes se obedecen. El que hayas sido "entrenada" por los Dorados no te hace de mejor categoría que ningún santo de plata, ¿entendido?
Me topé de golpe con la dura realidad de pertenecer a la Orden Plateada con esas palabras. Ya no era la protegida virtualmente intocable de Aioria de Leo. Ahora era Marah de Corona Boreal y tendría que defenderme por mi propia cuenta, y construir mi propio honor, mi propio nombre. Nombre que por cierto ya estaba manchado por los incidentes con Kanon, Algol y lo que había hecho en Londres. Sentí como si un camión me impactara. Y Shaina lo notó.
-Entiendo completamente, Shaina.-le contesté, extendiendo mi mano hacia ella en ademán de estrechar la suya. Ofiuco sonrió brevemente y de un manotazo quitó mi mano de enfrente. Respiré. Me enojaba terriblemente la descortesía. -Entiendo. I will mind my own business. Please mind only yours.Am I clear?
-Claro que sí, ragazza. No es mi asunto con quién te revuelques.
Y tras escuchar esas palabras le dí la espalda, cerré la puerta de mi cabaña y me fui a merodear por el Santuario. Ya muy entrada la noche, después de entrenar con Jabú de Unicornio e Ichi de Lobo en el Coliseo, volví, rendida y muerta de hambre, a mi cabaña. Y recordé con una punzada de rabia que no había ido a proveerme de comida a Rodorio y ya todo a ésa hora estaría cerrado. El sol ya se escondía en el horizonte y mi estómago gruñía. Me acosté en mi jergón de paja, mucho más duro a lo que estaba acostumbrada, y realmente extrañé Leo en ese momento.
:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::
-Marah, el Patriarca te convoca a su presencia-dijo la voz cósmica de Aioria en mi cabeza. Me desperté de golpe y casi me caí de la cama. Me pasé las manos por la melena, que estaba hecha una masa de rizos sin peinar. Me limpié la cara y el mentón de babas imaginarias.
Aún estaba oscuro. El Patriarca tenía una afición por llamarme a su presencia en la madrugada. Seguro sabía que odiaba levantarme temprano.
-¿Qué hice de malo ahora, Maestro?-le pregunté, todavía atontada por el sueño. Sentí la risa de Aioria a través de nuestra conexión cósmica.
-No seas tonta, mikró, ahora eres una Santa de Plata, seguramente te asignará tu misión particular en el Santuario.-me explicó. Era cierto. Todos los santos tenían una ocupación en particular, aparte de ser sólo guerreros. Algunos eran maestros, otros eran espías, otros eran diplomáticos…Me pregunté con horror qué me depararía el futuro. -¿Marah? ¡Muévete, te necesita ya!
Me deshice de mi estupor lo más rápido que pude, y con el estómago rugiendo de hambre, me bañé y vestí a toda velocidad, dejé mi cabaña sintiendo a Corona Boreal protestar por mi abandono. Afortunadamente mi casita quedaba cerca a una de las cuatro entradas que tenía la empalizada de la Villa de las Amazonas, que en tiempos antiguos, habían protegido la intimidad de las amazonas mientras entrenaban sin máscara. Amazonas con alumnos varones tenían que irse a vivir a las áreas comunes y prácticamente coserse la máscara al rostro. Ya llevaba un par de semanas viviendo por mi cuenta y no era tan malo, una vez me empecé a acostumbrar. Era bueno manejar mis horarios como yo quisiera.
A toda velocidad me encaminé hacia la Calzada Zodiacal. Kiki estaba barriendo la entrada de Aries, lo cual quería decir que Mu ya había despertado. Me sonrió y saludó con la mano, le devolví el saludo adentrándome en el Primer Templo mientras encendía mi cosmo. Un fogonazo del cosmo de Mu de Aries me devolvió el saludo, pero no lo ví en ningún lado. En Géminis, Kanon me dio un beso rápido y me dio una palmada en el trasero para que me apresurara al subir la escalinata, lo que provocó que quisiera hacer de todo, menos subir la maldita escalera. Lo miré con hambre. Me sorprendió momentáneamente mi falta de vergüenza, pero me debía algo desde hacía mucho tiempo, y lo necesitaba, terriblemente.
Kanon alzó las cejas ligeramente sorprendido. Cruzó los brazos y se mordió los labios, mirándome con un silencioso "vaya, vaya" que resonó entre nosotros. Luego una sonrisa, una mueca lobuna se instaló en su rostro. Si yo tenía hambre, lo suyo, de plano, era lujuria. Me sonrojé pero no cedí. Lo miré de arriba abajo provocativamente y le di la espalda, caminando lo más despacio que pude para salir de Géminis. Una vez fuera empecé a correr como si mi alma se la llevara el diablo. En Leo, Agnés me sirvió un vaso de jugo y una fruta picada, que comí de pie en la cocina para no desmayarme en el camino. Aioria estaba entrenando así que no lo molesté.
En tiempo récord llegué al Salón Patriarcal, con gotitas de sudor en la frente y las piernas algo temblorosas. Hice acopio de fuerza mientras esperaba a que los guardias me abrieran el pesado portón.
El Patriarca no estaba en la sala. Una vestal me señaló una puerta lateral a la derecha. Tras seguir por un pasillo, encontré una puerta abierta. Estaba en el despacho privado del Patriarca. Shion estaba ahí, sentado a una gran mesa de caoba de finas patas, tras él, un inmenso librero lleno de tomos encuadernados en cuero y antiguos pergaminos. Tomaba su desayuno.
-Su Santidad.-saludé, inclinando mi cabeza y pecho en una reverencia, aún en el umbral de la puerta. Shion tragó su bocado antes de contestarme.
-Pasa, pequeña. Toma asiento.-dijo, señalando una silla vacía ante él. Me levanté de mi reverencia, cerré la puerta y me senté. El Patriarca se limpió la boca con una servilleta de tela tras tomar un sorbo de su té. Me observó con una sonrisa adornando su rostro.-Te preguntarás para qué te he convocado. Seré directo. Quiero proponerte algo y darte tu misión en el Santuario, una para la cual considero que eres la indicada. Si no lo piensas así, lo entenderé y te asignaré otra. ¿Estás de acuerdo?
-Sí, Su Santidad.-contesté, aturullada. Al parecer Shion tenía afán.
-Primero, mi propuesta. Como bien sabes, tienes un don para la profecía. En el Santuario tenemos nuestro propio oráculo, Star Hill. Te propongo que me acompañes en mis sesiones semanales para que así vayas aprendiendo los rudimentos del arte de la lectura de los cielos.
La mandíbula se me desencajó. ¿Aprendiz de nuevo? ¡Aprendiz de Shion!, ¡Aprendiz del Patriarca! El rostro creo que se me iluminó. Shion sonrió como respuesta a mi reacción.
-Claro que acepto, Su Santidad, es todo un honor.-le dije, aturullada. Shion posó sus manos sobre la mesa, entrelazando los dedos. Su túnica blanca destelló haciéndome un poco de daño en los ojos. No recordaba que la piel de Shion, sus ojos y su pelo, eran ligeramente iridiscentes, herencia innegable de su raza lemuriana. Con un pequeño sobresalto, recordé que Mu de Aries y Kiki también eran ligeramente brillantes, pero menos que Shion. Tal vez la edad y el poder tenían algo que ver. Me estaba distrayendo y divagando.
-Ahora, tu misión, como te podrás imaginar, será convertirte en el Oráculo del Santuario.
El corazón se me paró en seco. ¿Y la Maldición de Cassandra?
-Gran Patriarca, mucho de lo que veo-y puse un énfasis en ese verbo-…cuando lo comunico o entiendo de qué se trata, ya es demasiado tarde.-le expliqué.-Yo acepto, claro, pero, tengo mis dudas de que pueda serle útil al Santuario en esa ocupación.
Shion me observó un momento. Pareció tomar una decisión.
-No te preocupes por ello, Marah. Nos aseguraremos de que no suceda. Yo mismo te enseñaré. Empezaremos esta semana. Puedes retirarte, pequeña. No sobra advertirte que no debes contárselo a nadie, ¿no?
Me levanté del asiento con el corazón saltando de alegría contra mis costillas en el pecho, y le hice una sentida reverencia al Patriarca. Mi vida en el Santuario volvía a tener sentido y propósito. Casi salí saltando a la pata coja del despacho privado de Shion, que seguía sonriendo.
Y volví a Géminis, a cobrar mi deuda.
Kanon estaba leyendo y escribiendo en el escritorio de su habitación. Cerré la puerta tras de mí con seguro. Volteó a mirarme. Siguió en lo suyo. Ladeé la cabeza, intrigada. Caminé hacia él y acaricié sus hombros.
-¿Estás ocupado?-pregunté, con la voz ligeramente decepcionada. Su piel se sentía caliente y febril debajo de mis dedos. Firmó, cerró y selló la carta que estaba escribiendo. La apartó de mi vista. La miré con curiosidad. Kanon tomó mi mano y besó mis dedos. Luego mi muñeca, pensativo, callado. -¿Moromou?
Volteo a mirarme, sus ojos verdes ligeramente vacíos de expresión. Con su mano, tomó mi rostro y lo acarició. Luego sonrió de medio lado, me tomó por la nuca y me obligó a besarlo con fuerza. Se levantó de la silla, me levantó en brazos y me lanzó en la cama. Se quitó la camisa, haciendo que los músculos de su pecho, abdomen y brazos se mostraran todos ante mis desvalidos ojos. Se me aguó la boca.
Se acostó sobre mí. Sentí su virilidad entre mis piernas, ya totalmente despierta. Nos volteamos. Yo quedé sobre él. Me quitó la túnica y el leggings. De un tirón lancé mis zapatos al suelo. Ya estaba húmeda. Kanon, con afán, se abrió los pantalones, se sacó el miembro henchido de entre la ropa interior, y se limitó a correr hacia un lado mi braga, penetrándome de una embestida. Arqueé el cuerpo hacia atrás, sobrepasada por la sensación. Su miembro era demasiado grueso y mi cuerpo se tomaba aún su tiempo en aceptarlo.
Me dolió. Mucho. Siseé debido a la incomodidad. Eso lo excitó aún más. Parecía ausente, centrado sólo en su placer, moviéndose contra mi cuerpo. Y por un momento pensé que me había equivocado de gemelo. Con una oleada de pánico, pensé que este hombre que no me hacía el amor con cariño, era Saga.
Luché para quitarme de encima de él. Me tomó con fuerza por ambas muñecas.
-¿Qué pasa?-me gruñó, sin abrir los ojos, penetrándome despacio, lo cual me llenaba de una sensación contradictoria de placer y horror.
-¿Quién eres?-le susurré con la voz algo quebrada por el miedo. Kanon abrió los ojos y me miró fijamente. Su rostro se suavizó y me miró con algo de vergüenza y cariño.
-Lo siento, mi cielo. Estaba algo distraído. No fue mi intención asustarte.-me dijo. Me convencí de que era Kanon y me dejé llevar de sus caricias, sus besos y atenciones.
Fue un sexo maravilloso. Todo lo que necesitaba y deseaba. Mientras nos vestíamos, con disimulo, intenté mirar a quién iba dirigida la carta que lo había distraído tanto como para convertirlo en Kanon Dragón del Mar durante un rato. No hubo caso.
Con algo de tristeza, comprendí que yo ahora guardaba secretos, lo mismo que él. Y que eso siempre era un momento crucial en una relación. Yo confiaba en él, pero por órdenes del Patriarca no podía contarle nada a nadie. ¿Serían esas las mismas razones por las cuales él estaba escondiendo cosas de mí?
No se me escapó tampoco que eso, evidentemente, era la esencia de un ejército. Debíamos seguir órdenes. La lealtad no estaba para con nosotros mismos, sino para con Athena. Yo ahora era una Santa de Plata, con órdenes y responsabilidades. Y todo lo que eso implicaba.
