Una pila de libros ocupaba todo el escritorio de Bonnie. Páginas y páginas de libretas estaban repletas de fórmulas. Bonnibel estiró los brazos para desentumecerlos. Llevaba toda la mañana estudiando y aún le parecía poco a pesar del cansancio que sentía. Quizás no era tan mala idea tomarse un descanso, cosa que más de una persona le había sugerido ya. Pero también sabía que todo el trabajo que adelantara ahora era necesario para poder pasar esos días que había planeado con sus amigos sin sentirse culpable o agobiada con la sensación de que tenía temas pendientes por estudiar. Mientras sopesaba todo esto sentada en la silla con la mirada perdida en el techo, llamaron a su puerta. Bonnie se levantó pesadamente para abrir.
-Bonnibel, hay alguien que quiere verte – dijo Pep.
Asintió y salió de la habitación siguiendo al mayordomo. Cuando iba bajando las escaleras vio en la entrada a Marceline. Bonnie se paró en el último escalón y se apoyó en el pasamano.
-No sé porqué sabía que ibas a ser tú.
-¡Qué buen recibimiento! – miró un momento a Pep y le guiñó un ojo – Te dije que nos conocíamos, no hacía falta someterme a un interrogatorio.
Bonnibel se giró y lo miró un poco asombrada. Pep se limitó a rodar los ojos mientras se iba para continuar con sus tareas. Marceline sonrió burlona por esta reacción.
-No me habías dicho que tenías guardaespaldas.
-Pep es el mayordomo – masculló.
-¿Mayordomo? – dijo estallando en risas.
-¿De qué te ríes? Tú tienes a Simon.
-Ya te dije que Simon es más bien de la familia, no es un empleado.
-¿Cómo has encontrado mi casa? – cambió rápidamente de tema, no quería entrar en una discusión estúpida.
-Preguntando, la gente de este pueblo es muy amable. Por cierto, no sabía que llevaras gafas, te quedan bien a pesar del aspecto de empollona.
Bonnie se llevó las manos a la cara y rápidamente se quitó las gafas de lentes redondas que reposaban sobre su nariz. Nunca se había avergonzado de ellas, sólo las llevaba en situaciones puntuales como cuando estudiaba o en clases, pero delante de Marceline se sentía tan indefensa que le salió ese impulso. La morena sonrió levantando las cejas.
-¿No me invitas a pasar?
Suspiró y comenzó a subir las escaleras, indicándole así que la siguiera. Quizás un poco de distracción no le vendría mal. Abrió la puerta de su cuarto y se sentó en la cama. Marceline ojeó rápidamente la habitación haciendo un gesto de desagrado al ver que la mayoría de objetos eran de color rosa. Se giró hacia Bonnie para hacer un comentario sarcástico sobre esto pero ésta la cortó antes de que pudiera hablar.
-Bueno, ¿qué quieres? Estoy algo ocupada… - señaló entonces a la montaña de libros que había en la mesa.
-Verás he pensado que ya que no me has visitado como prometiste podrías compensármelo acompañándome a comprar unas cuerdas para mi guitarra.
-¿No puedes ir sola? Seguro que si preguntas por la tienda de música te indicarán donde está.
-Ya lo he hecho y resulta que no hay tienda de música en este pueblucho. Ven, seré buena, como el otro día.
La miró suplicante pero sonriente a la vez. Bonnibel lo sopesó un momento y miró de reojo el escritorio. Finalmente suspiró.
-Supongo que puedo salir un rato.
Se apresuró a ponerse los zapatos y bajó a avisar a Pep de que se iba. Una vez dejó todo arreglado salieron de la casa y caminaron en dirección a la estación de tren. Bonnie empezó a arrepentirse un poco cuando vio la expresión de Marceline que le daba un aspecto de niña consentida que acababa de conseguir, una vez más, lo que quería. La estación era bastante modesta y pequeña. Cuando entraron Marceline se acercó al enorme cartel que mostraba en un croquis las paradas y estaciones próximas.
-Cierra los ojos – le dijo a Bonnibel una vez la tuvo a su lado.
-¿Qué?
-Que cierres los ojos.
-Déjate de tonterías. Vamos a comprar los billetes ya.
-Venga, no es una tontería. Hasta que no lo hagas no nos moveremos de aquí.
El tono que usó fue un poco amenazante o más bien denotaba que estaba agotando su paciencia. Al ver que Bonnie sólo se quedó allí mirándola extrañada se colocó detrás de ella y le tapó los ojos con las manos.
-Pon el dedo en algún punto del mapa.
Para darle el gusto hizo lo que le pedía.
-Vale, ¿podemos irnos ya?
A penas le dejó acabar la frase Marceline corrió a la taquilla y compró los billetes y se los guardó en el bolsillo. Bonnibel la siguió hasta el andén un tanto curiosa.
-¿Adónde vamos?
-Ya lo verás.
-Marceline…
-Relájate Bonnie – le sonrió ampliamente para tranquilizarla pero esto sólo provocó que la irritara más. Esto no era más que un juego para ella y allí estaba Bonnibel, parada como una tonta a su lado mientras podía estar empleando este tiempo en algo más productivo.
Al llegar el tren Marceline la tomó de la mano y tiró de ella para subir. Eligió dos asientos y se sentaron.
-No te enfades Bonnie, lo vamos a pasar bien.
-Si llego a saber que me ibas a arrastrar a una de tus tonterías infantiles no habría accedido a salir. Debería estar estudiando.
-No es así, realmente necesito comprar eso.
-¡Ni siquiera sabes si lo venden donde vamos!
No fue hasta que Marceline le apretó la mano que Bonnie no se percató de que aún seguía agarrándola. Miró abajo para comprobar que así era y la vista la hizo sonrojarse un poco. Marceline pareció leerle el pensamiento.
-Es sólo por hacerlo más divertido. Siempre que te veo estás con prisas y estresada, pensé que sería buena idea hacerlo más… interesante.
Bonnibel miró por la ventana observando el paisaje que iban dejando atrás. De nada le iba a servir estar enfadada. Quizás Marceline llevaba razón. Quizás no era mala idea despejarse y hacer algo un poco fuera de lo normal. Tomó aire para alejar un poco el mal humor que la recorría.
-Más te vale que esas cuerdas merezcan la pena…
Marceline tuvo que esforzarse para escuchar la frase completa y rió mientras le daba otro apretón, esta vez más satisfecha.
-Seguro que sí, hazme caso. Oye, apenas sé nada de ti. ¿Qué tal si me cuentas algo sobre ti y así matamos el tiempo?
Dijo esto último acercándose más a ella y Bonnibel no pudo evitar sentir como la sangre se le agolpaba a las mejillas. Le soltó la mano tan rápido como pudo y giró la cara de nuevo hacia la ventana. El tren paró en un pequeño pueblo situado en la ladera de una empinada montaña muy cercana al mar. Casi parecía que las casas pendían de la pared rocosa. Se preguntó si este sería su destino pero al ver que Marceline no hizo ningún movimiento dedujo que aún quedaría un poco.
-¿Qué quieres saber?
-Lo que sea. Me interesa cualquier cosa que me digas.
-Creo que sería más fácil si tú me preguntaras algo.
-Vale esto es algo que me intriga desde el primer día. ¿Cómo es que siendo alemana apenas se te nota el acento?
-Mi madre es de aquí y desde pequeña me enseñó su lengua materna. Además llevo bastantes años viviendo fuera de Alemania, es normal que haya perdido el acento.
-Tiene sentido…
-¿Crees que te miento? – dijo entre risas.
-No lo sé. ¿Me mientes?
-No. No me gustan las mentiras, de hecho creo que es lo que más odio en este mundo – usó un tono más serio al pronunciar esto último.
-No me irás a decir que nunca mientes, porque todo el mundo lo hace.
-Supongo que es inevitable y sí, claro que miento pero en contadas ocasiones y siempre en cosas mínimas. Pero hay mentiras serias que son imperdonables. Ya sabes, es como manipular a una persona o al menos suele conducir a eso. No lo soporto.
-A veces pareces muy rígida.
-Y tú demasiado relajada. ¿Alguna pregunta más?
-Me gusta cuando intentas ponerte borde, es gracioso – sonrió provocándola – Pues sí que tengo pero vas a tener que esperar a oírla, esta es nuestra parada.
