¡Hola a todos! Disculpen porfavor por la tardanza. Mi vida ha dado cuarentamil vueltas y sólo ahora encuentro el valor y el tiempo para darle un poco de vida a Marah y su panda de amiguitos locos. Señor Kurumada-san, por favor, no me demande, sus caballeros son suyos, yo solo los utilizo para mi diversión y no saco rédito alguno de ello.

Advertencia, nenés, hay un rato de lemon bien rico y fuertecito más adelante. Si es usted menor o no le agradan estas cosas, pues ya sabe qué hacer. Abandone el barco y salve sus castos ojos.

Gracias Bully mía por tanta paciencia, apoyo y cariño durante todos estos años. Gracias a Kari, Perséfone X, Lina Elnath y Abby Lockhart por sus reviews y apapachos 3

Ahora si, sin más preámbulos,

XXIX

HEART IN A CAGE

Casi me voy de para atrás cuando ví el risco que tenía que escalar para llegar a la cima de Star Hill. Shion, vestido con su inmaculada túnica de patriarca blanca, desapareció en el aire ante mi. Y yo tendría que subir aquel pilar inmenso de roca inestable…solita. Hasta donde yo sabía, los únicos dos miembros del Santuario que habían logrado tal proeza eran Saga de Géminis y Marin de Águila. Y sospechaba que Saga simplemente había abierto una rasgadura en el espacio tiempo para llegar allí sin esfuerzo alguno. Maravilloso. Encendí mi cosmo. Pensé en convocar mi armadura, pero con ella o sin ella, si me caía, me mataría.

Muy resignada, inicié la escalada tras ajustarme bien los vendajes de las manos y echar en una bolsita que llevaba atada al cinto arena muy fina del suelo para evitar que las manos me sudaran. Probablemente en un rato las vendas se desgarrarían y me despellejaría las manos, los codos y las rodillas, pero eso en el Santuario era pan de cada día.

Unas horas después, muy cansada y asustada, justo al anochecer, toqué la cima de Star Hill con las palmas de las manos y las rodillas ensangrentadas. Shion me esperaba, paciente, sosteniendo una lámpara de aceite en las manos. Star Hill no contaba con iluminación exterior. Un pequeño templo de estilo griego se alzaba en la cima de la montaña, y me pregunté sinceramente cómo habían subido los materiales hasta allí. Era luna nueva, estaba especialmente oscuro. Las estrellas brillaban tan intensamente que su luz hacía que los contornos de las cosas se vieran iluminados tenuemente, casi fosforescentes, de una manera fantasmagórica.

El aire era delgado, estábamos tan arriba que me faltaba el aliento.

-Te tomaste tu tiempo, pequeña.-dijo Shion con una risita. Sonreí aguantando la puya.

-Con el paso de nuestros entrenamientos me tomará menos, su Santidad.-le espeté. Su sonrisa se amplió y me tomó la barbilla con la mano delicadamente.

-Ya entiendo cuál era el problema. Aioria, Kanon, Dohko…incluso yo. Ninguno se ha salvado de tu carácter. No me malentiendas, me gusta tenerte de vuelta en el mundo de los vivos.

Me sonrojé tanto que me ardió el rostro. Shion retiró su mano de piel blanca nacarada, me dio la espalda y empezó a caminar hacia el templo. Lo seguí, un poco atontada. Adentro, la iluminación era muy, muy tenue. El mármol era viejísimo y de una rara roca que alumbraba a la luz de las estrellas, pequeñas fosforescencias que me recordaron aquella ocasión en que Kanon me privó del sentido de la vista. Me dieron escalofríos. Shion me guió hasta un patio interior en el que había un gran telescopio de bronce, algunas mesas de madera, y sobre ellas, gran cantidad de pergaminos, sextantes, astrolabios y otros instrumentos de medición del cielo. Tragué saliva. Lo que me temía.

Matemáticas. Odiaba los números con toda mi alma. Respiré hondo.

-Esta noche sólo te contaré de qué se tratará nuestro entrenamiento, y te daré algunas bases. No te preocupes, aprenderás el arte de los números con el tiempo, y te gustará.- me dijo, volteándose para encararme, interpretando correctamente mi ruidito de aprehensión. Volvía a ser una aprendiz, con todo lo que eso implicaba.

-Pido disculpas, Su Santidad. Haré mi mejor esfuerzo, pero debo confesarle que las matemáticas y yo nunca hemos sido grandes amigas y me temo que para ser eficiente deberé volver a lo más básico antes de poder avanzar en este arte.

La cara de Shion seguía impasible. Me esperaba un estallido de impaciencia, como los de Kanon, una risotada paternal, como las de Dohko, o un encogimiento de hombros, como los de Aioria.

-¿Sabes sumar, multiplicar, restar, dividir? ¿Sabes cómo funcionan los ángulos, geometría, ecuaciones simples?

Traté de recordar en mi cabeza a toda velocidad lo que recordaba sobre esos temas. No era muy buena, pero eran cosas básicas. Me gustaba mucho la geometría, pero la teoría. Los números era algo que no me cuadraba.

-Si, su Santidad.-contesté con timidez y la lengua enredada. Shion sonrió.

-Bien, con eso basta.

Un rato después quería morirme. ¿Qué? Órbitas elípticas, sequiscuadraturas, conjunciones directas o en oposición, tránsitos, ángulos, casas, signos e incluso asteroides bailaban la conga en mi cabeza, en completo y total desorden.

Ser el oráculo del Santuario no era como me lo había imaginado. Mi don no era tan…lógico. Tan matemático…

Mi don no era tan…aburrido. Me tomé la cabeza con ambas manos y suspiré de cansancio y desesperación, mechones rebeldes de pelo corto, castaño y rizado cayendo sin control sobre mi cara. Soplé para quitármelos de los ojos. Definitivamente, y teniendo en cuenta todo lo hasta ahora visto y las ingentes cantidades de estudio teórico que en su momento había tenido que hacer en mis épocas de aprendiz, sólo para comprender los efectos del cosmo en el mundo físico, hasta tenía sentido que tuviera que quemarme las pestañas haciendo cálculos y moviendo numeritos de un lado a otro para poder entender los efectos de los astros que rodean a la tierra en la energía de los seres que la habitan y como ello puede influir en el futuro. Entendí algo más, de golpe. Puse las manos sobre la mesa y alisé el pergamino con expresión ausente. Debí habérmelo imaginado.

-Su Santidad.-llamé, elevando la vista hacia él. Estaba ya muy de noche y Shion se había recostado en una silla reclinable, recibiendo la luz de las estrellas en su rostro, cuya piel casi destellaba. Lemuriano, definitivamente, hecho de la sustancia de los astros. Estaba decidido a no abandonarme hasta que hiciera correctamente los ejercicios, cosa que le agradecía y apreciaba enormemente.

Todos mis otros maestros, hasta Aioria, se habían rendido en determinado punto y me habían dejado sola con mis enredos. Tuve que mover la cabeza de un lado a otro para decidirme a hablar.

-Dime, Marah.-su voz sonaba adormilada. Era increíble conocer esta faceta de Shion. Siempre se lo veía tan lejano, tan magnífico, tan alejado de lo humano, que verlo desperezarse y despertarse se sentía muy extraño.

-Su Santidad, perdonará mi indiscreción, pero, ¿la idea con este entrenamiento es que no dependa en lo absoluto de, umm, bueno, el don profético que tengo?

Shion se despertó del todo. Pensó largamente antes de contestarme, mirándome a los ojos.

-Si, pequeña. Esa es precisamente la idea. Te hace mucho daño. Este arte es más lento de dominar, pero es seguro para ti, y para nosotros, ¿me comprendes? Te lo cuento porque creo que ya te he hecho suficiente daño escondiéndote cosas, además, ya estás grandecita, eres una Santa de Plata, no una niñita insufrible. Sabrás responder adecuadamente ante este reto.

Me contuve con todas mis fuerzas para no rodar los ojos y hacer una pataleta, ahí, enfrente del Patriarca. Parpadeé respirando un par de veces antes de volver a mis numeritos y ángulos. Me enfrasqué en cuentas que no me daban, ecuaciones sin respuesta y ángulos que no tenían sentido, ¿qué? ¿Cómo que Mercurio va alrevés? ¿Y la órbita de Plutón? ¿Y qué diantres se supone que tenía que hacer con el medio cielo y el ascendente? Suspiré de cansancio y de desesperación. Shion volvió a salir de su duermevela.

-Así me gusta, Marah. Tengo que darte crédito, estás tomándolo mejor de lo que esperaba.-dijo Shion con sorna. El lápiz que tenía en la mano izquierda se convirtió en astillas y un platón de cobre sostenido por cadenas en cuyo interior ardía una lámpara de aceite se volcó. Me sonrojé de vergüenza por mi incapacidad para controlar mi ira y mi cosmo…Delante del mismísimo Patriarca del Santuario, quien me miraba asombrado. Abrió la boca con un tono risueño.- O tal vez no. Ahora entiendo, entiendo muchas, muchas cosas. Creo que estás cansada, Marah. Volveremos mañana.

Me puse en pie hiper contenta, caminando hacia Shion, esperaba que él abriera una grieta en el espacio tiempo y me llevara consigo. Hizo la señal de "no" con el dedo, y desapareció, él solito, castigándome por mi insolencia.

¡Tendría que quedarme allí hasta que amaneciera! O arriesgarme a bajar en la oscuridad y matarme, para tener algo de tiempo de dormir en la mañana y en la tarde subir de nuevo a mi flamante nuevo lugar de aprendizaje que ya odiaba con todas las fuerzas de mi alma.

Decidí bajar en la oscuridad. Pero para ello tendría que acostumbrar a mis ojos. Apagué todas las lámparas y velas y contemplé el cielo y las cosas hasta que sus contornos empezaron a definirse levemente en la oscuridad. Recordé lo que había aprendido con Kanon cuando me quitó la vista y encendí mi cosmo para ayudarme a definir aún más los contornos de las cosas con su luz. Sería agotador pero así evitaría despanzurrarme contra el suelo.

Unas horas después me sequé el sudor de la cara, los primeros rayos del amanecer cayéndome a pique sobre los ojos. Ya estaba de vuelta en suelo firme, que no había amado tanto en mi vida. Definitivamente los gatos no estamos hechos para las alturas.

Tenía demasiadas ganas de dormir. Todo el cuerpo me pesaba y me dolía. Pero no, oh no, no podría. Mi posición como Santa de Plata exigía que entrenara e hiciera turnos de vigilancia. Hoy me tocaban ambas cosas. Arrastrando los pies, me dirigí a los terrenos de entrenamiento, sin siquiera voluntad para cambiarme la ropa o aparentar dignidad.

Hice mis estiramientos, flexiones, abdominales, carreras, sentadillas, patadas, puñetazos, piruetas y golpes de cosmo habituales. Más muerta que viva me dirigí a mi cabañita, me bañé con agua fría porque no tenía ni el más mínimo deseo de esforzarme calentándola, dormí una hora y me puse de pie en cuanto Corona Boreal empezó a vibrar en su caja, ansiosa por cubrirme para las horas de vigía en los lindes del Santuario.

Caminé un poco descansada hacia mi puesto, cerca a Rodorio. El olor iba a asfixiarme o sedarme, estábamos en época de cosecha de rosas. Pero debía aguantar con entereza. Debía aguantar con entereza…Debía…Tenía mucho, mucho sueño…Sí venía un intruso me daría cuenta…Sí, que cómodo, estar entre las raíces del árbol, sentada, y Corona Boreal ronroneaba feliz, como un gatito, tibia, cobijándome, un ratito nada más…Un…ratito…

::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

-Gatáki, no tienes remedio.-pensó apenas la vió, acurrucada entre las raíces de un gran manzano, vistiendo su armadura. Si otro hubiera llegado a ella y la hubiera visto así, se habría ganado una fortísima reprimenda.

-Atrás, humano.-espetó la cosmoenergía impersonal de Corona Boreal.-No le harás daño.

-Claro que no le haré daño, pedazo de lata incoherente. Ella es mía.-pensó Kanon, hablándole a la armadura con su voz cósmica. Oyó una risotada que le pareció algo extraña, incluso cruel.

-Dañas todo lo que tocas, Kanon de Géminis. Pero te concedo eso, que la amas. Sin embargo, te haré pagar si le haces el más mínimo daño. Me ha costado mucho reparar su corazón.-le dijo Corona Boreal. Se sintió raramente insultado, halagado, preocupado y asombrado al mismo tiempo. ¿Las armaduras podían sanar corazones? Era algo sobre lo cual no tenía ni idea.

Encendió su cosmoenergía. Marah se despertó de golpe, muy asustada. Se tranquilizó y sonrió al ver que era él.

-Habibi.-murmuró, atontada por el sueño. Él se sentó a su lado y ella se acurrucó contra él. La estrechó contra sí con los brazos. Olía a algodón caliente, flores, tenía las mejillas sonrosadas de dormir y del calor, su piel suave y clara contrastaba con el brillo metálico de las piezas de su armadura. Sintió unas ganas irrefrenables de besarle las mejillas, verla sonreír con esos hoyuelos tan coquetos y tiernos que se le formaban, y verla batir las largas pestañas para deshacerse del sueño, y el cansancio en sus ojos turquesa. Pensó que era un idiota. Estaba perdidamente enamorado…y feliz con ese hecho.

-Hola, gatáki. Pídele a Corona Boreal que vuelva a su Caja.-murmuró. Marah susurró con dulzura soñolienta una disculpa a su armadura, que la dejó, reluctante. Debajo de ella tenía un quitón blanco corto e iba descalza. Los pendientes largos de oro volvieron a sus orejas.

Le tomó el cuello con delicadeza y la observó, con los párpados revoloteando de anticipación y desperezándose en su regazo como una gatita. Era tan increíblemente dulce y sensual que le quitó el aliento. Le sorprendió un poco cuando ella se sentó a horcajadas sobre su entrepierna y le tomó el rostro con ambas manos de manera delicada.

La besó. Le mordió los labios. Ella sonrió con su sonrisa pícara y sus hoyuelos. Comenzó a moverse algo torpemente sobre su entrepierna. La tomó por las caderas y la guió en su jueguecito.

Cuando no pudo aguantar más, se volcó sobre ella en el césped, se desabrochó los pantalones, le corrió hacia un lado la ropa interior y la penetró. La encontró suave, húmeda, estrecha, cálida, preparada para él. Ella se estremeció delicadamente, con un poco de dolor, como siempre que entraba en ella, dolor que sólo hacía más agudo el placer. Puso sus brazos debajo de ella para agarrarle las nalgas y así profundizar el ángulo de penetración al moverla él contra su cuerpo. Ella gemía y él también, deshecho de placer al sentir la abundante lubricación transparente de su pequeña contra sus propios muslos, en sus manos, en su entrepierna. Sonidos lúbricos acompasaban cada movimiento. Cambió la posición. La puso de lado de modo que ella le diera la espalda, la penetró, y con su otra mano le acarició el vértice de las piernas con celeridad, moviendo rápidamente su clítoris suavemente mientras seguía penetrándola. Poco antes de llegar al orgasmo, Marah lo mordió en el brazo para no gritar, pero su pequeño cuerpo se estremeció y tembló de placer hasta que los últimos ramalazos la abandonaron. Él siguió moviéndose, luego su pequeña se deshizo de su abrazo y terminó dándole placer con su boca y su lengua ágil hasta que tuvo un orgasmo largo, agonizante, de esos que no querían parar nunca, echó la cabeza hacia atrás y gimió, dijo un par de maldiciones y su nombre. Respirando agitado, la miró. Se lamía los labios, limpiándoselos con la lengua de una forma muy sugestiva, parecía haber disfrutado mucho lo que había hecho para darle placer, y por primera vez, se dio cuenta, ya no era una gatita tímida que arañaba la superficie de su éxtasis. Era una leona y acababa de devorarlo y dejar sus huesos secándose al sol del desierto.

Y le gustó. Mucho. Volvería a ser su presa cuantas veces a ella le diera la gana. Luego pensó con horror y rabia qué habría sucedido si otro hombre la hubiera encontrado dormida así. Sintió ganas de darle una reprimenda, por tonta, ¿cómo se le ocurría exponerse así, después de todo lo que había pasado? Ella notó el cambio en su rostro y se retrajo, avergonzada.

-¿No te gustó, habibi?-preguntó, con los ojos a punto de llenarse de lágrimas. Se apresuró a abrazarla.

-Me encantó, koúkla. Fue delicioso. Muchas gracias por complacerme así.- dijo. La vió sonreír de nuevo y comprendió, que si se la había encontrado dormida en el linde del Santuario, era porque ya su pequeña había dejado de sentir miedo. Habría sido cruel de su parte recordárselo. Recordarle el horror. Sonrió de medio lado, anunciándole que no estaba todo consumado entre los dos. La tomó y de nuevo la puso boca arriba en el suelo.- Ahora me toca a mí.

La vió sonrojarse deleitada progresivamente, mientras con los dientes quitaba su ropa interior y procedía a lamerla de manera delicada, saboreándola, tanteándola con los dedos, sintiéndola temblar contra su boca y su rostro hasta que gimió y casi gritó, con los ojos llenos de lágrimas de placer, las manos de ella enredadas en su cabello, y las mejillas y manos de él completamente empapadas de lubricación.

Tuvo un instante de ira negra al pensar que toda esa dulzura y belleza había sido mancillada por un imbécil. Pero luego se recordó a si mismo que ella estaba íntegra, completa, a pesar de lo que le había sucedido. Que estaba sanando y que él también debía sanar con ella para hacerla feliz y ser feliz a su lado.

Se limpió las mejillas con el dorso de la mano y se recostó a su lado, para permitirle que ella se acurrucara contra él. Le acarició los brazos y la espalda mientras ella hacía ruiditos de satisfacción contra su cuello. Luego se quedó quieta y lo miró.

-¿Qué hora es?-preguntó sorpresivamente, con la cara desencajada de pánico. Kanon alzó una ceja.

-Son como las cuatro, más o menos.-le contestó. Ella se deshizo de su abrazo y convocó a su armadura, que la cubrió en un parpadeo. -¿Qué pasa, gatáki?

-¡Shion va a matarme!-contestó ella.-Y debo ir a bañarme y cambiarme primero…No puedo presentarme ante el Patriarca oliendo a, ummm, este, bueno…

-A sexo.-dijo Kanon riéndose, sólo para verla sonrojarse como un tomate. Adorable. Ella se inclinó sobre él y lo besó en los labios,

-Nos vemos luego, moromou. Debo atender un asunto con Su Santidad.-dijo, en tono profesional, poniéndose en pie. Él se sentó y le palmeó las nalgas.

-Ve. Te espero en Géminis esta noche.-le dijo. El semblante de su pequeña reflejó frustración.

-No puedo, Kanon. El asunto que debo tratar con el Patriarca requiere que esté toda la noche con él.

-Ah. Bueno. Nos vemos luego entonces.-contestó sintiendo la espinita de la duda sembrarse en su interior. ¿qué estaba pasando? Marah sonrió a modo de disculpa y abandonó en un flash de luz el bosquecillo. Mientras la veía a lo lejos, pensó en el anillo que había reclamado de la joyería esa misma mañana.

Sólo estaba esperando el momento adecuado, pero, ¿cuándo sería el momento adecuado? De pensarlo, le dieron nervios, el corazón le latió con mucha fuerza dentro del pecho, como un pájaro intentando salirse de la jaula.

::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Ya llevábamos unos buenos dos meses dedicándonos cada noche a la astrología, y mi tiempo con Kanon era casi nulo. Esa noche, como todas, Shion siguió acompañándome con tesón mientras yo, cada vez más desesperada y posiblemente más desaliñada, seguía tachando ecuaciones mal hechas cada vez que me daba cuenta de que había cometido un error, antes de resolverme a pasar los cálculos que hacía con el sextante y el astrolabio a un gran pergamino en el que estaba consignando tablas de datos que luego debería interpretar de manera "cualitativa".

Era una manera odiosa de predecir el futuro. Y recordé a la gente que decía que la astrología era una seudociencia y por poco vuelve a volcarse la lámpara de aceite del platón de cobre. Shion se removió en su asiento mientras dormía debido al ruido. Me apresuré a volver a mis ecuaciones y a ignorar que casi había incendiado –de nuevo- a Star Hill en un ataque de rabia.

Miré al cielo. Debía de haber otra forma. Así no iba a encontrar nunca nada. Era una metodología que no me "hablaba", y ese había sido siempre un problema para mí en todos mis entrenamientos, con Dohko, con Kanon, con Aioria. Si sus métodos no me "hablaban" yo sencillamente no aprendía, no avanzaba nada. Así que siempre encontraba la manera de torcerla, de arreglarla, de hacerla interesante para mí, o de pasármela por la galleta de manera campante y dejarlos retorcerse de ira mientras encontraban alguna otra manera de meter en mi cabeza o cuerpo conocimientos que yo no tenía.

Respiré hondo. Escaneé el cielo con la mirada. Los cuerpos principales eran muy visibles. Había otros que no tanto. Los busqué. Volví a respirar y cerré los ojos. Encendí mi cosmo. Intenté buscarlos con mi cosmo. Encontrarlos. Saborear la energía que desprendían los astros, reconocerla, aprehenderla. Seguramente su "sabor" cambiaría una y mil veces, cada que cambiaran de posición en el cielo. Tendría que aprehenderlos todos, una y otra vez, en cada retrógrado, eclipse y conjunción. No me importaba. Esto si se sentía como yo. Busqué a las estrellas de mi constelación, esperando captar un poco de su influjo cósmico especial y retransmitírselo a mi armadura, como un presente, un regalo.

Al final la encontré. Siete estrellas, la más brillante, Alphecca, la gema de la corona. Era una constelación que se sentía como alegría después de muchos dolores. Una recompensa. Corona Boreal era la diadema que Dioniso entregó a Ariadna, después de haber sido abandonada por Teseo. Ariadna había ayudado a Teseo a derrotar al Minotauro con una madeja de hilo que usó para encontrar el camino de vuelta en el Laberinto de Creta. Aún así, después de haberle prometido matrimonio, el héroe la abandonó a su suerte en una isla, en la que al parecer Dioniso la rescató, la hizo inmortal y la desposó. En el mundo árabe, Corona Boreal era conocida como Al Fakkah o Qas´at Al-Masakin, respectivamente, "la rota", por parecerse a un collar con sus cuentas desperdigadas, y "el cuenco del pobre", por su parecido con un plato para limosna. Ambas cosas para nada alentadoras. Capturé una chispa de la sensación que me producía.

Y luego, sentí otra cosa. La energía atronadora de Neptuno. Y luego, un destello furioso del Sol. Me asusté. No lo entendí, ¿qué rayos había pasado? ¿Qué era eso? Abrí los ojos con una intensa sensación de pánico en mi nuca, los vellos erizándose. Mi cosmo seguía encendido y Shion estaba a mi lado. Su mano se posó en mi hombro.

-Bien. Poco ortodoxo pero efectivo, a su manera. Sigo entendiéndote un poco más como alumna cada día, Marah. Y compadeciendo a tus maestros. No es fácil enseñarle a alguien que carece de disciplina pero desborda en imaginación y poco respeto por las tradiciones, las reglas y la seguridad. ¿Pensaste en que esto no lo puedes hacer cuando no quieras ser detectada?

Abrí un poco la boca, sorprendida, y apagué mi cosmo. No había pensado ni por un segundo en eso.

-Pero…Su Santidad…-contraataqué. Esto me había gustado.-¿Qué fue eso que sentí?

La cara de Shion no develó absolutamente nada de sus pensamientos. Eso me asusto. La inexpresividad jamás era un buen signo en ningún Santo de Athena.

-Eso, mi niña, fue la señal que esperábamos. Es todo por hoy. Necesitas descansar.

Me quedé muy confundida. ¿Cuál señal? Pero me lo pensé mejor y en vez de preguntarle, decidí que debía abandonar Star Hill antes de que cambiara de idea y me pusiera a batirme a duelo a muerte con los malditos números. Bajé casi milagrosamente el risco y me fui a dormir con la sensación de que iba a tener un hermoso día de descanso.

:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Me encontraba en la cabaña de Aimeé. Me había llamado unas horas antes con su voz cósmica y sonaba muy nerviosa. Yo estaba sentada en una silla en su cocina, con una deliciosa paella ante mí, cortesía de Eva, que también estaba sentada a la mesa, comiendo. Era increíble lo bien que cocinaba. La Santa de Cetus se paseaba por la casita, de un lado a otro.

-Anda, chavala, que me estáis poniendo los pelos de punta; habla, joer.-masculló Eva mientras aún tenía un pedazo de marisco en la boca. La miré reprobadoramente. Ella abrió la boca y me mostró su contenido a medio masticar. Me estremecí y miré a otro lado, rodando los ojos. Aimeé se rió, momentáneamente relajada. Aproveché el momento.

-Pray do tell us, Aimeé. Ya estás haciendo un hoyo en el suelo de tanto andar.

Aimeé se sentó en la otra silla disponible, con expresión derrotada, un rictus entre las cejas que me anunciaba que dentro de ella se estaba librando una batalla.

-Mira, Marah. El Patriarca me pidió que no te dijera nada, que él a su debido tiempo te lo haría saber, pero pienso que esto es importante, es importantísimo, y tú debes estar enterada, no me parece justo ni prudente que hagan lo que hicieron antes, esconderte información.-empezó ella, hablando rapidísimo, intercalando palabras en finés que ni Eva ni yo entendimos, con una expresión de culpa y angustia intensa en el rostro. Sabía de los problemas que había tenido con algunos dorados y plateados por su cercanía con Isaak de Kraken y que hubieran voces que susurraran la palabra "traidora" junto a su nombre, también sabía del inmenso honor que Athena y el Patriarca le habían otorgado al darle su voto de confianza como embajadora del Santuario en Atlantis.

-Habla, por Niké, me tienes al borde del asiento.-la urgí, dejando mis cubiertos sobre el plato formando una equis. Aimeé me miró y me tomó la mano.

-Debes prometerme que no le dirás a nadie. Y tú también, Eva, esto es muy serio.-nos dijo. Ambas juramos sobre nuestras armaduras no contarle nada a nadie.-Hace un tiempo llegó un emisario de Apolo al Templo de Poseidón, Isaak me contó que se hacía llamar Teseo…

Recordé los ojos frios y grises del Ággelos de Apolo y sentí una oleada de pánico recorrerme el cuerpo.

-…y luego el mismísimo Julián Solo me llamó a su presencia, y básicamente me dio a entender que si Athena no te entregaba a Apolo (y que él consideraba que lo correcto y lo justo era que Ella lo hiciera) no podría confiar en el buen juicio de Saori Kido. Lo cual es sumamente grave. Esto podría hacer tambalear todas las negociaciones.

Eva y Aimeé se miraron, pues yo temblaba, mirando el plato. Le agradecí a Eva por la comida y a Aimeé por contarme, y me volví casi corriendo a mi cabaña. Vaya maldito día de descanso. Cerré la puerta y me recosté contra ella, como si así pudiera esconderme de Apolo.

-¿Moromou, qué pasa?-la voz de Kanon en mi cabeza me tomó por asalto. La conexión que compartíamos se había hecho tan potente que sin necesidad de estar manifestando nuestros respectivos cosmos podíamos sentir las perturbaciones del ánimo del otro, lo cual, teniendo en cuenta el habitual descontrol de Kanon, era muy divertido, como una montaña rusa de la que no quería ni podía bajarme. Yo suponía que para él también era así de divertido, porque yo también era un emotional wreck la mayoría del tiempo, pero él lo ocultaba con muchísimo más éxito que yo, era el rey del póker face, no por nada había engañado a un dios y había controlado con éxito por años a todas las Marinas de Poseidón, y casi, casi se había hecho con el mundo entero. Su única fuente de total y absoluta pérdida de control, al parecer, era yo. Cualquier cosa relacionada conmigo lo sacaba de quicio, y eso evidenciaba sus carencias emocionales.

-Nada, Kanon. Tranquilo.-le dije, mentalmente. No podía contarle nada, se lo había jurado a Aimeé sobre mi armadura. Menos a Kanon, no sabía qué reacción podría tener.

-¿Quieres que vaya?- preguntó, ronroneando. Me sonrojé por lo sugestivo de su tono. Mi respuesta fue una onomatopeya.

-Mjm.

En menos de diez minutos tocaron a mi puerta. Abrí. Era él, con una botella de ouzo (¡OH, NO!) en la mano. Entró y la dejó sobre la mesa. Yo cerré la puerta con llave, y luego procedía cerrar las cortinas. Las velas iluminaban la casita de una forma muy hermosa. Mientras estaba cerrando las cortinas de la última ventana se acercó a mí y me abrazó por la espalda, agachándose algo para depositar un besito en mi cuello. Yo era tan bajita (o él tan alto) que mi coronilla llegaba a la mitad de su esternón. Sus manos grandes acariciaron mi abdomen con ternura. Aspiró el olor de mi pelo y besó mi coronilla.

-Te había extrañado, Marah. Estas últimas semanas sin verte fueron una tortura.- murmuró, contra mi pelo.

-Pero dieron resultado, ¿no? Entrené duro y ahora soy parte de la Orden. Y además tengo mi asignación secreta.- le contesté, dándome la vuelta, para besarlo en los labios. Me alzó un poco para tenerme a su altura. Luego me soltó y nos sentamos en mi cama con las espaldas recostadas a la pared, con la botella de ouzo. La abrió y tomó el primer trago. Me la pasó, el licor me quemó la garganta.

-¿Corona Borealis? Hace mucho tiempo que nadie vestía esa armadura. Es curioso que te haya elegido. ¿No has tenido problemas con ella?- me dijo. Sonreí. Había ignorado por completo mi comentario sobre mi asignación secreta. Eso quería decir que se lo iba a reservar para otra ocasión y cogerme desprevenida.

-No, de hecho, da la impresión de que me ama, así como yo la amo a ella. Es muy dulce.-contesté, mirando mi caja de pandora con cariño. Kanon me observó algo asombrado.

-Ten cuidado, las armaduras son seres vivos. Puede que esté engatusándote para robarse tu energía.-dijo él, risueño.-Y cuidado, que me pongo celoso.

-Es como si yo le tuviera celos a Géminis. No desconfíes de ella, Kanon. Me protegerá a toda costa siempre y cuando yo le sea leal a Athena.

-¿Cómo sabes eso?-me dijo, tras darle otro sorbo a la botella. Tomé mi ración antes de contestarle. Kanon pasó su brazo izquierdo sobre mis hombros y comenzó a acariciarme la cabeza de modo protector con la mano izquierda, juntando su cabeza con la mía.

-Porque ella me lo dijo.

-Yo también te protegeré a toda costa, ¿me amas?-preguntó, con un tono que se me antojó algo infantil, fuera de lugar. Me deshice de su abrazo y dejé la botella en la mesita de noche, para sentarme frente a él. Tomé su rostro con ambas manos y acaricié su labio inferior con mis pulgares mientras rozaba con mi boca su frente y sus párpados. Me alejé para mirarlo. Tomó mis manos y las besó, en el dorso y en la palma.

-Si, Kanon, te amo.-contesté a su pregunta con sinceridad, sonrojándome. No éramos de expresarnos nuestros sentimientos todo el tiempo, esos "te amo", salían muy de vez en cuando en nuestras conversaciones, y en cada ocasión, aún me sonrojaba al escucharlos y al decirlos. Eran escasos y significativos. El resto nos lo decíamos con gestos. Estuvimos un rato hablando de Aioria, de lo que había pasado en las últimas Pruebas, de la sorpresa entre los Dorados al ver cómo Athena había parado la batalla entre Eva y yo y nos había concedido armaduras a ambas, de la tensión evidente en Aioria y Aioros durante la misma, que parecían realmente estar sufriendo. Tras un rato de jugar a las luchitas y destrozarnos con cariño, sucumbiendo al placer, nos acostamos a dormir.

::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::

Me despertaron unos ruidos lastimeros a mi lado. Kanon se debatía en sueños, moviéndose. Sudaba copiosamente. La luz de la luna entraba a raudales por entre las cortinas, iluminando su cara, que estaba contraída de angustia y con el pelo pegado por el sudor. Escuché un "no" perentorio, un "vuelve", y un "no se la lleven". Me pregunté qué estaría soñando. Parecía de verdad alterado. Acaricié su cara y sus brazos para tratar de calmarlo y que volviera al sueño, haciendo "shhh" muy quedamente. Poco a poco se fue tranquilizando y su respiración volvió al ritmo normal. Abrió los ojos.

-Tuviste una pesadilla, Kanon. No te preocupes, estoy aquí.-susurré. Kanon se aferró a mí y enterró su cara en mi pecho.

-Sí, estás aquí…Estás aquí.-murmuró soñoliento.-soñé que estaba de nuevo en cabo Sounión y alguien venía y te llevaba contra tu voluntad ante mis ojos, y yo no podía defenderte.

Pensé con dolor en lo que me había dicho Aimeé. Me acurruqué contra Kanon, a quien en muy pocas ocasiones había visto así de frágil. Un impulso sobrecogedor de protegerlo se apoderó de mí. El corazón me latió furiosamente contra las costillas, aleteó, casi, desesperado por salir y unirse al hombre que tenía pesadillas con la perspectiva de perderme. El pánico aumentó cuando pensé que quizá, para evitar una guerra, tendría que dejar que me llevaran ante sus ojos.

:::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::::