Hola a todos, lamento no haber publicado en un par de años. He sido muy negligente con ustedes, con Marah y con mi amiga The Ninja Sheep, quien si se ha avocado a la misión de darle vida a Aimeé y a Eva de manera responsable.
Han pasado muchas cosas en este tiempo y creo que esta cuarentena me ha permitido poderme poner al día. Espero subir varios capítulos más esta semana.
Muchas gracias por acompañarme a mi y a Marah, con mucho amor, les presento:
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FROM SPARTA TO TROY
Ya llevaba varias semanas observando los cielos sin la vigilancia del Patriarca. Shion confiaba lo suficientemente en mí y en mis cálculos como para dejarme sola, pero no en que no le desobedecería de nuevo. De vez en cuando, en las frías madrugadas de Star Hill, sentía su cosmo, un suave fogonazo, que me alertaba de que debía seguir sus instrucciones y no usar tácticas prohibidas, sobre todo, no usar mi cosmo para hacer adivinación. Lo tenía terminantemente prohibido. También había aprendido a bajar de la cima de roca más rápidamente, usando mi cosmo, aunque no lograba por más que lo había intentado el abrir portales dimensionales. Era demasiado peligroso y yo no quería arriesgarme innecesariamente.
En mi observación de las estrellas, con ese método, había empezado a entender algunas cosas. Las estrellas tenían caminos personales, que incumbían a quien había nacido bajo su influencia, y tenían caminos colectivos, que llevaban a la humanidad de una era a la otra, que anunciaban las guerras, las plagas, los avances y las bendiciones. Mi trabajo era otear los caminos colectivos de los astros y traducir sus movimientos. Eso era lo difícil. Lo más duro. No me atrevía a confiar en mi intelecto. No me atrevía a hacer conclusiones. Era un trabajo difícil que me desgastaba. Poco a poco consumía cada vez más tiempo de mi rutina diaria. Veía que, en un futuro no muy lejano, estaría destinada plenamente a la observación en esa pajarera glorificada que era Star Hill, ese nido de águila alejado de todos los que quería.
Mi tarea, mi misión secreta, que al principio tanto entusiasmo me había causado, me estaba empezando a resultar amargo. Observar las estrellas en el vasto cielo nocturno y los patrones inmensos, más grandes que la vida, de la Vía Láctea, me traía a mis noches en el desierto de Arabia Saudita, sentada en la entrada de mi cuevita, ante otro panorama lleno de belleza y de soledad.
Me había quedado dormida sobre el escritorio de madera en el que hacía mis cálculos. Un cosmo lleno de rabia y profundo como el océano, se dejó sentir, y pensé que iba a ahogarme. Era el cosmo de un dios. Neptuno. La huella de energía del planeta Neptuno. La ola venía hacia mi, venía para llevarme, venía para arrastrarnos a todos…Y la luz nos quemaba hasta convertirnos en cenizas.
-"Marah".-la voz cósmica de Shion me sacó de mi duermevela. Tenía mi propio cosmo encendido y la piel de gallina. Con un gemido y temblando de frío, abrí los ojos y levanté la cara de la mesa. Sonaba ligeramente divertido-"Veo que no resististe la tentación. Usaste tu cosmo".
-Su Santidad.-dije en voz alta, pero usando mi voz cósmica.-Viene el océano. Viene por mí. Nos tragará a todos. Y la luz nos va a quemar. Algo horrible pasará.
-"Tonterías, Marah. Ve a descansar. Sólo te quedaste dormida".-me cortó, todavía divertido. Me sonrojé. Él se daba cuenta cuando me quedaba dormida. Fue suficiente mortificación para olvidar lo que había acabado de decirle. Horroroso. Qué vergüenza.
-Lo siento, Su Santidad.-me disculpé, también en voz alta. Lo escuché suspirar.
-Ve a descansar a la Casa de tu Maestro, Marah.-ordenó con suavidad y casi algo de cariño. Me sorprendí. Me apresuré a guardar todos los pergaminos en sus respectivos estuches de cuero, la calculadora de mano que había prácticamente traficado para facilitarme el trabajo, el sextante y el astrolabio, a apagar las llamas de las velas del escritorio de madera, y de los platones de cobre que colgaban iluminando la estancia y a dejarlo todo en orden, para luego irme a la casa de Aioria.
En el camino volví a pensar en el sueño. Me arrebujé en mi chal mientras caminaba para ingresar al Camino del Zodiaco. El viento era frío. Los vigías me saludaron en cada puesto, estaban informados de que, en la noches, la santa de plata de Corona Borealis tenía autorización para andar por ahí, aunque no tenían muy claro haciendo qué.
Eran las dos de la mañana. De repente sentí la necesidad de devolverme corriendo a mi cabaña. Pero qué idiota. Iba a despertar a todos los caballeros dorados. Era mala idea. Pero ya tenía las dos patitas –dentro-del templo de Aries. Ya no había nada qué hacer. Levanté una chispa sutil de mi Cosmo, y al no obtener respuesta, seguí mi camino. En Tauro me recibieron los ronquidos de Aldebarán, ni siquiera me molesté en anunciarme.
De camino a Géminis recordé algo. Una promesa que le había hecho a Saga. Cassandra. La maldición de Apolo. Cada vez que viera algo, nadie me creería, hasta que fuera demasiado tarde. El Patriarca no me había creído. Le había prometido a Saga que le diría cualquier cosa que viera que afectara a su hermano o al Santuario. Un cataclismo cósmico entraba dentro de las cosas que posiblemente, podrían dañarles el día a los Caballeros de Oro.
Si ves algo, no importa lo que sea, dímelo, que yo te creeré.
Sinceramente, lo dudaba. Dudaba incluso que Saga se dignara a hablar conmigo. Mucho menos a creerme. Pero debía decirle a alguien. Debía sacarme ese frío del pecho. Entré a Géminis y como si me estuviera esperando, el Laberinto se disolvió, llevándome hacia el ala de la Tercera Casa en la que habitaba el gemelo mayor. Respiré hondo. Estaba en una salita que quedaba fuera de su cuarto, en donde tenía todo su material de estudio. Era un tragalibros, como su hermano. Lo encontré sentado en uno de los sillones de cuero, remachados con clavetas en un estilo muy griego y rústico. Nunca había estado en esa área de Géminis y me sentía extremadamente incómoda. Estaba vestido con un sencillo conjunto de camiseta y pantalón de dormir oscuros. Iba descalzo. Tenía esa expresión serena, pétrea, paradójica, que estaban entrenados a usar los Santos de Oro cuando no querían develar lo que pensaban. Me miró al rostro durante unos segundos, sin que ninguno dijera nada. Seguro veía mis pupilas dilatadas de pánico, la ansiedad haciendo que el pecho me subiera y me bajara descontrolado.
-Me preguntaba cuándo ibas a empezar a ver cosas en Star Hill. Debo confesarte que me impresionas, muchachita. Nunca lo dominé. Cuéntale al tío Saga qué hizo que te hicieras pipí en los calzones.
Ignoré su comentario ridiculizante. ¿Por qué tenía que ser tan irrespetuoso, tan hiriente, qué le había hecho yo para que me tratara así? ¿Ser menos poderosa que él? ¿Ser insufrible a mi manera? Por alguna razón se me llenaron los ojos de lágrimas. Me sentí ridícula. Ya me estaba arrepintiendo de decírselo. Di un paso atrás para irme. Pero al verlo recordé a Kanon. Lo había prometido, por él.
-El océano viene por mí, Saga. Para arrastrarme a lo profundo. La ola nos tragará a todos, y lo que quede de nosotros será calcinado por la luz.-le dije. Saga parpadeó, su expresión cambió, sintió genuina curiosidad. Se enderezó en el asiento. Gesticuló para que me acercara a él, y lo hice, con algo de reticencia. Me tomó la mano con la suya con delicadeza. Me estremecí. Era Kanon, y no era él.
-¿Cuándo?-susurró. Estaba completamente serio. Casi se veía preocupado.- ¿Lo sabe el Patriarca?
-No lo sé. Pronto. Ya está en marcha. Sí, se lo dije, pero creo que no me creyó.
Me soltó la mano. Se pasó su propia mano por el pelo, como evaluando todas las posibilidades que se estaban presentando en su cabeza durante algunos instantes.
-Despreocúpate entonces, muchacha. Ve con tu maestro.- me despidió, moviendo la mano en un gesto de apartar una nube de moscas de su rostro. Ugh. No podía salir bien. Maldita sea.
-Saga, tienes que creerme.-Le espeté, con algo de rabia. Sonrió como un adulto ante un niño haciendo una pataleta.
-Si el Patriarca no se preocupa, yo tampoco lo haré. Debes aprender a manejar tu sanidad mental de una mejor manera.
Le di la espalda hecha una furia y abandoné Géminis a zancadas.
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La sintió. Su cosmo dulce pero teñido de una emoción que conocía bien en ella. El miedo. ¿Qué hacía en el área de Géminis que le pertenecía a Saga?
Había estado profundamente dormido pero la presencia de ella bastaba para ponerlo alerta. Era muy extraño. Más que inusual. Afinó el oído. Alcanzó a escucharla subir la voz y decir "Saga, tienes que creerme". Una duda profunda se instaló en su interior. Ya sabía que Marah estaba yendo todas las noches al oráculo de Star Hill y que posiblemente esa fuera su misión. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué había venido a ver a su hermano, y no a él?
Abrió los ojos en la oscuridad y miró al vacío mientras se preguntaba qué rayos tendrían como tema común de conversación su gemelo y Marah.
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Muy en la mañana, -casi aún siendo de noche, en realidad- Aioria me había levantado, para decirme que el Patriarca necesitaba hablar conmigo. Se sentó al lado de mi almohada y me acarició brevemente la cabeza. Antes de dormir había pensado largo y tendido en todo y había recordado la conversación que tuve con Aimeé y Eva en nuestra última comida juntas. Eso había sido. Lo había olvidado por completo. Y lo que había visto la noche anterior era simplemente el anuncio de que todo se había ido al traste. Y que posiblemente pronto terminara entregada a Apolo para evitar lo que había visto. Aunque se sentía como si fuera inevitable. Como si ya estuviera predestinado.
Suspiré cuando sentí la mano de Aioria en mi cabello. Me tallé los ojos suavemente con las manos y me estiré. Estar en mi cama suavecita en mi habitación de Leo era doloroso y bueno a la vez. Anhelaba volver más que cualquier cosa en la vida, esto de ser adulta para el Santuario era aburridísimo y muy incómodo.
-Antes de que te prepares y vayas con el Patriarca, quiero que me cuentes qué está sucediendo.-me dijo, con una delicadeza muy propia de él. Me mordí el labio inferior, cerré los ojos y puse mis manos a ambos lados de su rostro. Encendí mi cosmoenergía y le mostré lo que había visto en Star Hill. Nunca había hecho eso con Aioria y creo que se sintió ligeramente invadido, pero no me importó. Necesitaba contárselo a cuantas personas me escucharan. Abrí los ojos.
Aioria tenía la incredulidad plasmada en la cara. Durante un breve instante sentí dolor. Luego entendí que así debía ser, que así era. No podía juzgarlo por ello. Era el precio que yo debía pagar por ver.
-El Patriarca ya lo sabe y por eso quiere que me reúna con él, Maestro. Sé que es difícil creerme. Por favor, mantén la mente y los ojos abiertos. –le dije, soltando su rostro. Él me tomó las manos durante un momento, me miraba preocupado, como se mira a alguien que está perdiendo la razón. Me entristeció. Durante una fracción de segundo, el rostro de Marin y un anillo con una pequeña piedra azul celeste de una transparencia y perfección exquisita se presentó en mi mente.
-No sé de dónde sacas todas estas cosas, páis. Es difícil de entender y yo lamento no tener experticia en estas áreas, no poderte guiar, no poderte dar tranquilidad o reafirmarte.
Sonreí. No tenía que hacerlo. Esto era algo que yo debía aprender a manejar sola. De repente el peso completo de ser completamente autónoma como una Santa de Plata me cayó en el corazón. Así era, estaba sola. Solté sus manos y me quité el cobertor. Me levanté de la cama y él se levantó conmigo.
-Maestro, en todo lo demás, y en las cosas más importantes, has sido mi guía. Esta es mi carga. –le dije, mientras me desperezaba de pie. El me miró extraño durante un par de segundos.
-Marah, me alegro, estás subiendo de peso. Es un alivio. Siempre has sido tirando a enclenque. Ponte juiciosa a entrenar para que no te desbalancees, ¿bueno?
Me toqué instintivamente el estómago. ¿Subiendo de peso? Podía ser. Hacía semanas que no entrenaba tan duro como debía. En eso él tenía razón. Antes de que Aioria saliera de la habitación, tenía que decírselo.
-Maestro, Marin dirá que sí. No estés nervioso.
El Santo de Leo se quedó estático en el umbral. Me miró de arriba abajo, sorprendido, yo diría que asustado. Luego cerró los ojos y sonrió de medio lado. Abandonó la habitación. Yo debía moverme si quería llegar al Salon del Patriarca a tiempo.
Me bañé en la terma de Leo, notando un mareo gracioso que asumí que se debía a levantarme tan temprano y a los nervios de ser convocada ante Shion por aquel asunto, que me ponía los pelos de punta. Me vestí, con ropa de entrenamiento que aún conservaba en la Quinta Casa, por si alguna emergencia. Me trencé el pelo, volví a arrebujarme en el chal, pues aún hacía frío, y ascendí el camino hasta el Salón Patriarcal.
Shion me recibió tras anunciarme con un guardia. Estaba con su túnica de siempre, blanca con bordes azules, sentado en su trono, una vestal dejando su desayuno de fruta, agua y pan integral en una mesita a su lado. Caminé hasta él y cuando me agaché, para poner mi rodilla en tierra, el mundo me dio cinco vueltas y creí que me había puesto verde. Logré recomponerme respirando profundo un par de veces antes de mirarlo, sintiendo como en mi frente nacían pequeñas perlitas de sudor frío. Las manos también me sudaban y yo temblaba como si me fueran a ejecutar.
-Buenos días, Su Santidad.-saludé.- ¿Puedo saber el motivo de su llamada?
Shion puso sus ojos en mí, con expresión de preocupación. Le sostuve la mirada. Luego tuve que desviarla, parecía como si estuviera viéndome el alma.
-Sé que ya lo sabes. –comenzó. Intenté permanecer calmada, por si era una trampa para descubrir si Aimeé me había dicho algo.-Sé que la Santa de Plata de Cetus y tú son buenas amigas, Marah. Sé que se preocupa mucho por ti, te ha cuidado, animado y protegido cuando la situación lo ha requerido. Sé que ella ya te dijo cuál es la nueva petición de Poseidón con respecto a ti. Ponte en pie.
Tragué saliva, temiendo un castigo para Aimeé. Temiendo ser entregada a Apolo, de quien tanto había huído. Me puse en pie lentamente y volví a fijar mi mirada en él.
-No habrá castigo para Aimeé. Me habría preocupado más que no te hubiera dicho nada, en realidad. Esto demuestra lo fuerte y sincera que es su amistad, desafiar órdenes directas con tal de hacer lo que le pareció justo y necesario.-me dijo él. Respiré aliviada.-Y te convoqué, porque quiero preguntártelo, a ti, directamente. Creo que debes sentir que no tienes control alguno sobre tu existencia, ¿me equivoco? Esa fue la razón por la que permaneciste en tu ciudad natal tanto tiempo tras tu marcha, ¿no es así?
-Sí, así es, Su Santidad. No se equivoca.-Volví a tragar, estaba salivando copiosamente, presa de las náuseas.-Y le agradezco muchísimo que no castigue a Aimeé, y que tenga en cuenta mi opinión sobre éste asunto. Yo juré fidelidad y lealtad a Nuestra Señora, dar hasta mi última gota de sangre por Ella, por mis compañeros y por Su Causa, por la protección de éste planeta y sus habitantes. Yo deseo seguir siendo Marah de Corona Borealis hasta el día de mi muerte, pero me atengo a las órdenes que Ella, en su Sabiduría, me dé. No quiero ser la causa de una falla en lo que tanto tiempo y esfuerzo ha llevado, y de la que tantas cosas dependen.
El Patriarca me evaluó unos instantes, pensativo, apoyando el mentón en su puño derecho.
-¿Puedo preguntarle algo, su Santidad?-dije, mientras suspiraba. Me miró divertido.
-Ya lo estás haciendo. Me imagino que quieres preguntar acerca de lo que viste, y cómo se relaciona con lo que Aimeé te contó.
Quise darme una palmada en la frente por ser tan tonta. Shion seguía sonriendo. Pero al contestarme su expresión cambió y volvió a ser seria, reservada.
-Están directamente relacionados. Pero lo que determinan los astros es sólo un aviso, no una predestinación, y debe ser tomado con grano de sal, escrutinizado con racionalidad, y es posible actuar antes de que suceda. En algunos casos. Por eso te convoqué, pequeña, porque quería saber tu disposición al respecto de toda la situación. Puedes retirarte.- el tono de Shion fue cortante y misterioso. Mis nervios iban en aumento. Estaba a punto de tener un ataque de ansiedad. Sentía muchas náuseas.
-Muchas gracias, Su Santidad.-puse mi mano derecha en mi pecho e incliné mi cabeza ante él. Dí tres pasos respetuosos hacia atrás y luego le dí la espalda, caminando rápido hacia la salida. Un guardia abrió la puerta. Me encontré de frente con un amanecer espléndido de verano. Pasé por Piscis literalmente aguantando la respiración porque creía que si tenía solo un poquito del olor de rosas de la doceava casa en mi nariz posiblemente vomitaría sobre los relucientes pisos de mármol de Afrodita y estaba segura de que me clavaría sus florecitas chupasangre por ello.
En Acuario no pude aguantarlo más. Mi estómago estaba matándome. La vestal de la Onceava Casa, que para mi fortuna estaba limpiando el Hall y me vió en mi predicamento, me llevó hasta el baño y vomité. Luego me ayudó a llegar a la cocina y me dio un té de manzanilla y menta para ayudarme a atemperar mi estómago. No me hizo preguntas de ninguna clase. Le agradecí muchísimo su ayuda y le pedí que por favor no le comentara nada al Santo de Acuario. Ella negó con la cabeza, sonriendo, y me guiñó un ojo. Retomé mi camino porque debía llegar a mi cabaña y empezar mi rutina de entrenamiento diario. Esos kilos no iban a perderse solos.
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Sintió el cosmo de Marah aproximarse a la Tercera Casa. Se levantó de la cama, aún era absurdamente temprano. Hacía rato había sentido a Saga despertarse y hacer su sesión de estiramiento en el Hall de Géminis, y luego, levantar el laberinto mientras la vestal del Templo le servía el desayuno. Se quedó mirando sin ver la cajita en la que guardaba un anhelo secreto, preguntándose si algún día lo haría realidad.
Sabía que venía de bajada, quizá del templo de Leo, de visitar a su maestro. Pero eso no tenía sentido, era muy temprano, y Marah tampoco era lo que se dijera madrugadora. Un recuerdo de ella desperezándose a su lado, bostezando y tallándose los ojos con el dorso de los puños, para luego lanzarse de su cama casi histérica porque quizá Aioria ya se habría levantado y tendría que explicarle que había pasado la noche fuera de Leo, se apoderó de su mente y sonrió, lleno de ternura. Se lavó la cara y la boca, y se puso una camisa limpia, no alcanzaría a bañarse antes de que llegara, y salió al Hall, a esperarla. Marah entró casi trastabillando a Géminis, muy pálida. Se apresuró a tomarla por la cintura antes de que se cayera al suelo.
-¿Qué te pasa?-preguntó, su tono de voz un poco más brusco de lo que quisiera. En realidad parecía enferma, nerviosa, algo extraño le sucedía.
-Nada, Kanon.-dijo ella, recomponiéndose casi milagrosamente, dedicándole una sonrisa deslumbrante que él sabía ensayada de antemano. Se soltó de su agarre con delicadeza y se recompuso el pelo, que traía algo despeinado. Lo miró con intensidad, con sus grandes ojos turquesa. Normalmente, Marah se delineaba los ojos con lápiz negro, acentuando su parecido con un gato. Hoy no lo había hecho y tenía unas profundas ojeras. Kanon no correspondió a su sonrisa fingida.
-No me obligues a usar el Satán Imperial.- murmuró, a dos centímetros de su rostro pequeño, observándola con los ojos entrecerrados y las cejas juntas. Puso una mano sobre su cabeza. Ella suspiró, al parecer rindiéndose. Cruzó los brazos sobre el pecho, enfurruñada.
-Bien, estaba con Agnés, la vestal de Leo. Amanecí sintiéndome un poco mal hoy, dolor de estómago. ¿Contento?
La expresión del rostro de ella no le convencía totalmente. Sabía muy bien cuándo le estaban mintiendo, y admitió con sorpresa y dolor, pues era la primera vez que sucedía algo así entre ellos, que Marah estaba ocultándole algo. Decidió seguirle el juego, así que sonrió, aparentando calmarse.
-Sí, contento. ¿Quieres que entrenemos juntos hoy?-preguntó. En el transcurso del día, con la presión adecuada, Marah se quebraría y se lo contaría todo. Ella pareció darse cuenta de sus intenciones, pues parpadeó muy rápido y desvió los ojos un par de segundos, como intentando pensar qué hacer a continuación. Luego lo observó, batiendo las pestañas de forma sugestiva, pero formando una pequeña rosita con la boca, como siempre que hacía pucheros.
-No creo que pueda, habibi, en verdad estoy indispuesta. Me voy a mi cabaña a descansar, eso fue lo que me recomendó Agnés.
Esta vez fue el turno de Kanon para suspirar. Igual lo averiguaría, entre el cielo y el Santuario no había nada oculto. La tomó por la cintura y la levantó del suelo. Ella puso sus brazos alrededor de su cuello para sostenerse, y lo besó con timidez en los labios. Las puntas de los pies de ella tocaron un punto en sus tibias, cercano a sus rodillas, al balancearse en el aire. Tal vez sí estaba indispuesta. A veces olvidaba lo físicamente frágil que era, después de todo lo que le había sucedido. Se apoderó de sus labios con fogosidad, enredando su lengua en la de ella, quitándole el aliento, sintiendo cómo sus corazones retumbaban juntos. Definitivamente ella estaba ocultándole algo. La puso en el suelo con delicadeza. La miró a los ojos y rozó con sus dedos la mejilla derecha de ella. Ella con su mano, apretó la de él contra su rostro, y le besó la palma.
-Está bien, linda. Te veo luego.- dijo Kanon, soltando su mano de la de ella. Le dió la espalda, y se introdujo en el área privada de Géminis.
Si Marah no se lo decía, seguramente Saga sí lo haría. Aunque quizá no justo ahora. Esperaría.
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Unas horas más tarde, se encontraba ejercitándose en los acantilados cercanos a Cabo Sounión. Aún no podía quitarse a Marah de la cabeza. Dió un puñetazo a un inmenso peñasco, que se fragmentó en miles de pedazos al instante. Sintió tres cosmoenergías acercarse, muy conocidas, por las cuales había sido declarado persona non grata, sin embargo, aquí, ellos eran los forasteros. Aún estaban en los terrenos del Santuario.
-¿Qué los trae por aquí?-preguntó en voz alta, sin molestarse en darse la vuelta para mirarlos.
-Asuntos que no son de tu incumbencia- dijo la voz de Isaak de Kraken. Se volteó. Sorrento de Sirena y Kaysa de Leumnades estaban tras él, vestidos con ropa de civil, cargando las cajas de Pandora de sus armaduras a la espalda. Al parecer, venían de visita formal al Santuario.
-Predecible respuesta, Kraken.- respondió Kanon, sin prestarle atención. La verdad era que odiaba profundamente no saber qué estaba pasando.-Soy un Santo de Oro de Athena, todo lo que pase en el Santuario que los involucre a ustedes, debido a nuestro pasado común, es de mi incumbencia.
Isaak se permitió una ancha sonrisa de satisfacción.
-La verdad es que no creo que sea así, Hmm, ¿cómo debo llamarte? ¿Géminis? No estoy seguro, es confuso. ¿Es de verdad un Santo un hombre que tiene que compartir una armadura y un templo? Además, es una insolencia siquiera mencionar el deshonor de nuestro pasado en común. A ti, Poseidón jamás te habría perdonado. El Señor de los Mares te habría partido en pedazos por tu traición.
-Cuida tus palabras, Kraken. Athena es misericordiosa, pero siempre justa. Y Justicia recibí de su parte, sin pregonarla a los cuatro vientos.
-¿Pero qué clase de perdón es ese? Humillado y desterrado de cualquier toma de decisiones, aquí no tienes inferencia en los asuntos importantes. Aquí, no tienes importancia alguna. Ni siquiera tienes armadura ni templo propio. Miren, al que casi dominó al mundo, ahora. Qué patético.- dijo Kaysa de Leumnades, riéndose, haciendo gala de su habilidad como lector mental
El santo de Géminis contuvo el ansia de moler a golpes a Kraken y a Leumnades. Se debían un enfrentamiento desde aquella vez que le había interrumpido al interrogar a la santa de Cetus, Aimeé, sobre Marah y por qué no la había detenido cuando se fue a Londres.
Sonrió de medio lado, se volteó y dio un par de pasos. Tocó con su dedo índice un peñasco, que se desintegró completamente, convirtiéndose en una nube de fina arena, y luego los miró, de manera que comprendieran que con sólo tocarlos podría desintegrarlos también. Eso era algo en lo cual jamás podrían humillarlo, o ponerlo en duda. Eran poderosos, pero él era un contrincante de temer, y lo tenían claro.
Sorrento de Siren, quien hasta ese momento había permanecido callado, puso una mano admonitoria sobre el hombro de Isaak de Kraken y se adelantó un par de pasos, para ponerlo detrás de sí. Aunque no se tragaba y nunca se tragaría a Kanon de Géminis, debían evitar confrontaciones, especialmente estando aún en los terrenos de Athena.
-Yo te lo contaré, Kanon. Lord Apolo envió a uno de sus Ággelos al Soporte Principal y convenció a nuestro Señor de intervenir en una deuda entre él y Athena.-dijo Sorrento, en tono confidencial -pero claro, esa es una información que no se han molestado en darte. Considérate afortunado, Géminis. No deberías tener esta clase de conocimientos que te acabo de proporcionar. Así que por eso estamos aquí, como mensajeros y embajadores de nuestro Señor ante Athena.
-¿Deuda? ¿Cuál deuda?-Kanon fingió un tono absolutamente despreocupado, mantuvo su rostro impasible mientras se arreglaba los vendajes de los brazos y cerró su mente a la influencia de Kaysa de Leumnades, quien sabia, era un hábil lector mental.
-En este Santuario hay algo que le pertenece a Apolo. Y nuestro Señor Poseidón opina que Athena debe devolverlo.-respondió Sorrento. Durante una milésima de segundo, el rostro de Marah se apoderó del pensamiento de Kanon. Kaysa de Leumnades empezó a reírse a carcajadas.
-¡Imposible!-casi gritó, deleitado.-Tú, Kanon, ¡tú entre todos! No es posible.
Isaak y Sorrento se voltearon para mirar a Leumnades, intrigados por su repentina alegría. Entre ellos, vieron a una muchacha muy joven, delgada y bajita, de piel blanca algo bronceada por el sol, ojos azul turquesa y pelo castaño claro que ondeaba al viento. Tenía unas llamativas cicatrices que bajaban por su cuello, pecho y uno de sus brazos, que parecían quemaduras o el resultado de un ataque de un animal salvaje. Estaba vestida con un peplo blanco largo hasta debajo de las rodillas y unas sandalias. Su rostro resplandecía de adoración al observar a Kanon, quien retrocedió espantado, pues sabía que convertirse en las personas amadas era el truco favorito de Kaysa, y que había sido descubierto.
-Kanon, no me entregues a ellos, por favor. No dejes que me lleven. ¡Si me amas, no dejes que me lleven!-suplicó la joven, con voz lastimera. Isaak y Sorrento se miraron, y luego miraron a Kanon.
-Yo conozco a ésta chica. Es la amiga de Aimeé. La amazona de Corona Borealis.-murmuró Isaak.-Así que…
-Ella es lo que Apolo quiere.-concluyó Sorrento, impresionado por el descubrimiento que acababan de hacer.-Lo que Poseidón está pidiendo como muestra de buena voluntad de Athena. Pero,… ¿por qué la quiere Apolo? ¿Para qué?
Kanon encendió su cosmoenergía súbitamente furioso, debía evitar que siguieran haciéndose preguntas al respecto de tan peligroso tema. Antes de que Sorrento o Isaak pudieran hacer algo, lanzó un puñetazo de cosmo contra la joven, que emitió un grito desgarrador antes de estrellarse con la pared del acantilado. Cuando cayó al suelo, se transformó en un sonriente Kaysa de Leumnades, que se levantó, limpiándose un hilillo de sangre de la comisura de la boca. Isaak encendió su cosmoenergía dispuesto a defenderse si Kanon les atacaba, pero al parecer esa no era su intención. Fijó su vista en el suelo durante unos segundos, sus ojos oscurecidos por el flequillo del pelo. Luego observó a Kaysa con un rictus despectivo en los labios.
-¿Quién lo creyera? El hombre que engañó a Poseidón y a sus Generales, encaprichado con una chiquilla insignificante. Athena te ha vuelto débil, Kanon… Sin embargo, creo que al parecer no la amas tanto, si fuiste capaz de vencer mi ilusión tan rápido, atacarla así…-se burló el Guardián del Pilar del Océano Antártico.
El Santo de Géminis se rió con sarcasmo.
-Fue muy fácil ver a través de tu mascarada, Leumnades. Ella jamás habría suplicado. Eso me encargué de enseñárselo yo mismo.- dijo Kanon, dándoles la espalda y caminando hacia el Santuario, dejando a los tres Marinas de Poseidón preguntándose qué estaba pasando y cómo era que Kanon les había logrado sacar información de nuevo, y cómo había terminado él involucrado con la muchachita que estaba a punto de causar otra Guerra Santa.
Kanon era incapaz de calmarse. Marah le estaba ocultando algo, le estaba ocultando eso, el "cambio de planes", seguramente había sido convocada temprano ante el Patriarca, para comunicarle las nuevas. Seguramente por eso había acudido a Saga antes que a él, porque consideraba que él sabría cómo manejar la situación. ¿Cómo se le ocurría acudir primero a Saga, antes que a él, que era su pareja? ¿En qué rayos estaba pensando? ¿Así lo veía, incapaz de manejar una situación así, teniendo que acudir al "hermano mayor". Estaba harto. Iba a confrontarla ya mismo.
Ésa, ningún malestar estomacal, había sido la razón de su mareo, debilidad y palidez: puro y físico terror ante la perspectiva de ser entregada a Apolo.
Y estaba hecho pedazos por su falta de confianza en él.
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Tras llegar a mi cabaña y dormir unas horas, me había levantado preguntándome el porqué de aquel malestar tan repentino y extraño. Y luego recordé algo muy importante, importantísimo, que había dejado de hacer. No podía ser. No podía ser. Era el colmo de la mala suerte, lo peor que podría haber hecho, lo peor que podría haberme pasado. ¿Cómo esto NO lo había visto venir? El pánico me atenazaba. Las cuentas no me daban. Tomaba el pequeño calendario una y otra vez, con lágrimas de miedo y de rabia en los ojos, y contaba los días.
Daba vueltas por toda la cabaña intentando serenarme. Luego me senté en la cama, aún con el calendario en las manos, mirándolo fijamente, aterrada. Un par de golpecitos en la puerta precedieron a Kanon de Géminis, que entró y cerró tras de sí. Su rostro era imposible de leer, lo cual me asustó aún más, si cabía. Seguro ya se había enterado sobre la nueva condición de Poseidón para aceptar la tregua. Se puso de pie frente a mí y me tomó por los hombros. Lo miré con los ojos llorosos.
-No es posible, que después de todo este tiempo, de todo lo que ha sucedido…no hayas sido capaz de confiarme algo tan importante. ¿Por qué, Marah? ¿Por qué? Por todos los dioses, ¡esto se trata de tu vida, Marah!
El tono decepcionado y furioso de su voz me devastó. Empezó a zarandearme con un poco de brusquedad, porque yo parecía atónita, sólo podía parpadear y mirarlo con tristeza. Cada sacudida acompañada de un ¿por qué? cada vez más murmurado entre sus dientes apretados, cada vez más furioso, cada vez más cercano a mi rostro.
-¿Pensabas acceder, entregarte sin decirme nada? ¿Porqué acudiste a Saga antes que a mi?- al fin me dijo, sus dientes a centímetros de mis ojos, sus dedos enterrados dolorosamente en los costados de mis brazos, a punto de ceder y quebrarse bajo la presión de sus manos. Volví a marearme y me dejé ir, a punto de desmayarme, mi cuerpo perdiendo fuerza.
-Porque quería evitarme esto, pero no pude. Le prometí que cada vez que viera algo que te afectara a ti o al Santuario se lo contaría. Nadie me cree, se suponía que él iba a creerme, pero no lo hizo. Suéltame, Kanon.-susurré, seguramente poniéndome verde. Aún tenía el pequeño calendario entre los dedos. Él lo observó un momento, y luego me lo quitó. Se enderezó y lo miró, extrañado.
-¿Qué es esto? ¿Qué te pasa? –dijo, aún muy furioso. Me derramé sobre la cama como un flan, el mareo era aterrador. Haciendo un esfuerzo, volví a sentarme, todo me daba vueltas. Esto era horrible.
Me puse ambas manos en el rostro, ocultándome de él, era mi responsabilidad, y no soportaba la vergüenza. No soportaba aquello, pero tenía que decírselo, ¿cómo había podido ser tan estúpida? Lágrimas de ira me empaparon las palmas de las manos. La voz se me estranguló en la garganta y mi respuesta no fue más que un susurro quebrado.
-Creo…creo que estoy embarazada.
El silencio que siguió a esas palabras fue el más espantoso que escuché en toda mi vida. No me quité las manos del rostro, y sollocé con toda mi fuerza. Debía estar culpándome, odiándome, yo también me sentía así, ¿cómo había podido descuidarme tanto, ser tan irresponsable? Iba a traer al mundo a otro ser humano, a sufrir la persecución de un dios.
Escuché sus pasos, lo escuché abrir la puerta, lo escuché cerrarla de un tortazo. Me quité las manos de la cara y me lancé contra la almohada y la mordí para sofocar mis gritos. Lo había arruinado todo. Después de un rato, alguien abrió otra vez la puerta, unos pasos se aproximaron a la cama y un peso suave se sentó en ella, a mi lado. Era Eva. Me acarició el cabello con ternura y se quedó conmigo hasta que dejé de sollozar, sin decirme una palabra.
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-Gran Patriarca, solicito una audiencia con Nuestra Señora. – Kanon estaba arrodillado ante Shion. Se veía tenso, nervioso.
-En este momento, se encuentra cumpliendo con sus labores, y no puede acudir, Kanon. Pero creo que cualquier cosa que quieras decirle, puedes decírmela a mí.- respondió el Patriarca. El santo de Géminis posó sus ojos en los ojos de Shion, su rostro convertido en una máscara de angustia.
-Necesito hablar con Ella, su Santidad, por favor. Es muy urgente, y muy importante. Por favor.
Shion intuyó que el motivo de la intempestiva visita de Shion, era la amazona de Corona Borealis. Un par de vestales abrieron las cortinas que separaban el área de las audiencias, del pasillo que llevaba a las cámaras privadas de la Diosa. Saori Kido estaba allí, sencillamente vestida, con el pelo trenzado. Se acercó a Shion, quien se puso en pie y se inclinó ante ella.
-Mi Señora.-dijo él, aún inclinado. Kanon también agachó la cabeza ante ella.
Saori se acercó a Shion y le tocó en el hombro, indicándole que podía enderezarse. El Patriarca del Santuario se irguió junto a su trono, cediéndole el lugar, que ella no quiso tomar, haciendo un breve gesto negativo con la mano y sonriéndole. Bajo las escalinatas del sitial y acarició levemente la cabeza del geminiano. Él se enderezó para observar a la diosa.
-¿Cuál es el motivo de tu visita, Kanon? ¿Hay algo en lo que podamos ayudarte?-preguntó Athena con dulzura. El santo de Géminis volvió a inclinar la cabeza, tomando fuerzas para hacer lo que iba a hacer. Luego miró directamente a los ojos a Saori, que lo observaba, con una expresión de inmensa compasión hacia el dolor y la agitación que sentía en el cosmo de su caballero.
-Vengo a pedirle a usted, Mi Señora, con gran humildad, si podría concederme la mano de la Santa de la Corona Borealis en matrimonio.
Saori se volteó, para encontrar los ojos de su Patriarca, que tenía la expresión amarga de haber confirmado una duda. Luego miró a Kanon, que la observaba esperanzado.
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-¿Pero cómo es posible que se haya largado?-gritó una muy, muy muy enojada Aimeé. Jamás la había visto así. Andaba de un lado a otro en mi cabaña, su larga melena rubia oscura –que le llegaba hasta más abajo de las caderas- agitándose cada vez que movía la cabeza. Al verla desfilar, se me ocurrió la extraña idea de que ella hubiera podido ser una modelo de pasarela, con su delirante casi metro ochenta de estatura, sus bien proporcionadas formas y su hermoso rostro nórdico, luego volteó a mirarme con la cara desencajada de rabia y de inmediato la imagen que me había hecho en mi cerebro de ella vestida con un hermoso traje de noche negro Chanel se esfumó de mi cabeza. Vino hacia mí y me tomó por los hombros para zarandearme.-Y tú, typera, ¿kuinka saatoit?!¿Cómo pudiste descuidarte así? No puedo creer esto, y el muy vitun urpo de Kanon apenas le dices va y te deja sola, es el colmo, ¡el colmo! Vas a ver cómo se va poner Aioria cuando se entere, me oyes, ¡y se va a enterar! ¡Esa barriga te crecerá!
-Pero, anda, ¿estás segura, Marah?-preguntó Eva, que aún seguía acariciándome el pelo, mientras yo hipaba como una niña. Aimeé había perdido la cabeza y Eva trataba de confortarme, era una de las situaciones más extrañas que había vivido. Me imaginaba mi pequeño cuerpecito con un inmenso balón por vientre y tenía que sacudir la cabeza debido al horror.
-No, no estoy segura, es decir, tengo un retraso, un retraso inmenso, como de casi tres semanas. Nunca me había sucedido algo así. Pero no está cien por ciento confirmado.-murmuré, con la voz quebrada, aferrándome a esa pequeña esperanza.
-Podríamos pedirle a Aioria, o a Alexandria, o a Agnés que te revisen, o a Camille, alguien que tenga el suficiente manejo de habilidades curativas con el cosmo que te revisen, alguno de ellos podría saber si hay algo ahí dentro, Marah, ¿o por qué no lo haces tú?
-Ya lo hice y no sentí nada, Eva. A estas alturas ni corazón tendrá. Debe ser aún un montón de células.-mascullé, alarmada.-Y no, me rehúso, absolutamente nada de informar a nadie sobre esto, nadie debe saberlo, ¡nadie! ¿Se imaginan? ¡Es posible que me retiren de la Orden!
-¡Nos vamos YA a Athenas y buscamos un hospital, un laboratorio, cualquier cosa, tenemos que salir de dudas ahora!-exclamó Aimeé, tomándome del brazo y levantándome de un tirón de la cama. Por Athena, qué fuerza la que tenía.
-No podemos salir del Santuario sin permiso, y menos a ésta hora.-protesté.-además, no quiero, por favor, sólo esperemos a ver si viene, ¿sí?
Aimeé soltó mi brazo y respiró exasperada. Volví a sentarme en la cama, aturdida. Me deslicé sobre las sábanas y me recosté sobre un lado, haciéndome bolita, abrazándome las rodillas. Ella se sentó en el borde de la cama, junto a Eva.
-Está bien, está bien, tranquila.-susurró la amazona de Sagitta.-Esperaremos la próxima semana, a ver si te llega, ¿está bien? Si no, iremos a Athenas a hacerte una prueba. Trata de hablar con Kanon, esto es obra suya, tiene que responder.
-Sí, y si no, yo hablaré con él.-dijo Aimeé, tronándose los nudillos. Imaginé que estaba frunciendo el entrecejo, no las veía, yo tenía mis ojos fijos en la pared, dándoles la espalda.-Y si no me hace caso, hablaré con Aioria.
Dí un respingo cuando ella mencionó el nombre de mi maestro. ¿Cuánta desilusión podría soportar Gran Gato de mi parte? ¿Cuántas veces yo pondría a prueba el cariño que me tenía de maneras tan horrendas? Sentí una tristeza inmensa por él. Desde que había llegado al Santuario, hacía tres años, él sólo me había dado confianza, cariño, respeto, sus enseñanzas plenas, me había salvado la vida, había sido mi hermano, mi padre. Estaba tan deprimida que ni siquiera podía llorar. Y Kanon, se había ido, ese imbécil. Ese idiota. No tenía palabras para describir la rabia, el dolor que me había causado su actitud. Prácticamente había huído despavorido. No me había dicho una palabra. No tenía ganas de golpearlo. No quería volver a verlo nunca jamás, exorcizarlo de mi vida, como debí haber hecho mucho tiempo atrás. ¿Cómo había sido tan tonta?
-¿Quieres que nos quedemos contigo esta noche, Marah?-preguntó Eva con voz suave. Negué lentamente con la cabeza.
-Gracias, chicas, pero quiero estar sola.-dije con voz monótona. Casi pude percibir cómo se miraban tras de mí, tal vez augurando que volvería al estado de mutismo depresivo. Ambas se inclinaron sobre mí y me besaron en la mejilla, primero Aimeé, luego Eva, y se fueron.
Me quedé allí, con la vista fija en las pequeñas irregularidades en la pared. Pensé en mi abuela, en mi madre, que habían muerto unos años después de dar a luz, obra de la Maldición –yo suponía que como ya no eran necesarias porque había una nueva candidata a Pitia, las tres hilanderas cortaron sus hilos prematuramente. Pensé en ella, porque seguramente era una ella, la cosita que tenía creciendo en el vientre, y la vida de dolores, persecución y riesgos a la que la traería, sin un padre que se ocupara de ella, sin una familia, y tal vez, sin mí. Me puse las manos sobre el bajo vientre, orando con todas mis fuerzas porque sólo fuera un retraso.
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-Marah, ábreme.-Eran las tres de la madrugada. Kanon estaba al otro lado de la puerta. Me levanté de la cama.
-No. Vete. No quiero verte ni hablar contigo.-dije, asombrosamente calmada.
Sentí el cosmo de Kanon encenderse. El mecanismo del pestillo de la puerta hizo "clic" por sí mismo y la puerta se abrió. Bufé indignada y le dí la espalda.
-Por favor vete de mi casa. No es un templo como el tuyo, pero merece respeto. Vete.
Kanon me tomó en sus brazos y se sentó en el borde de la cama, conmigo sobre sus rodillas, mirándolo de lado. Estaba sumamente indignada con él y volteé mi rostro para no verlo, aunque me pareció gracioso constatar que a su lado yo parecía una niña muy pequeña. Mis pies no tocaban el suelo. Súbitamente comprendí porqué Aimeé había reaccionado así, diciéndome desde el principio que fuera muy precavida, porqué la reticencia de Agnés hacia él, porqué el enojo de Aioria cuando se enteró que Kanon y yo estábamos juntos.
Kanon era ya un hombre adulto, maduro, y yo aún parecía emocional y físicamente, una niña. Y para lo cual no ayudaba en nada el estar preñada. Recordé con un ramalazo de horror los cuerpos de las niñas hijas de familias conocidas a muy temprana edad al quedar embarazadas en Arabia Saudita: sus vientres altos y redondeados se veían fuera de lugar en esos cuerpos pequeños, en esas caderas aún estrechas, en esas caras infantiles; las hacía ver aún más jóvenes, más desvalidas, incluso, a veces, enfermas.
-Siento haberme ido tan intempestivamente, koúkla. Pero tenía que pensar en una manera de mantenerte a ti…y…a…-a Kanon parecía que realmente le costaba asimilar la idea de que posiblemente, iba a ser padre.-nuestro hijo junto a mí.
-Ah, ¿sí?-le dije con sarcasmo mal disimulado.- ¿Y cuál fue la brillante idea que tuviste, que te demoraste hasta ahora para volver?
Se sacó una cajita de joyería del bolsillo. La abrió. Aun en la oscuridad, pude ver un delgado anillo de oro con una piedra pequeña y finamente tallada.
-Cásate conmigo, Marah. Mañana mismo si es posible. Fuí a pedir tu mano al Patriarca y a Athena.
Mis manos volaron automáticamente hacia mi rostro para taparme la boca de impresión, mis ojos desorbitados, horrorizada. Me digné a observarlo, para saber si me estaba jugando una broma. Su rostro estaba completamente serio. Temblé.
-¿Les dijiste que es posible que esté…bueno…?-Kanon hizo un gesto negativo con la cabeza. Suspiré de alivio. Luego me volví a asustar.
-Kanon, si me caso contigo, ¿qué pasará? ¿Tendré que entregar mi armadura? Ya no seré una párthenos, ya no seré apta para seguir sirviendo a Athena, menos en éste estado. ¿Qué hemos hecho, Kanon?
-Claro que podrás seguir sirviendo a Athena, Marah. Y no, no tienes que entregar tu armadura. Se lo pregunté a Shion para asegurarme. En realidad el matrimonio en el Santuario es una formalidad, algo que debe hacerse; los hijos de una pareja de Santos de Athena serán entrenados como santos también. Pero en nuestro caso yo seguiré viviendo en Géminis y tú aquí.
Pensé en mi hija siendo entrenada para santa, su destino sellado desde antes de nacer. Me puse en pie y me llevé las manos al vientre, tuve unas ganas súbitas de huír del Santuario de nuevo, esconderme bien ésta vez, para que nadie nos encontrara, ni Apolo ni Athena ni nadie.
-Y…y… ¿te dieron permiso? ¿Te preguntaron por qué querías casarte conmigo?
-No, no me preguntaron; ambos saben que tú y yo tenemos una relación desde hace más o menos dos años. Y, con respecto al permiso, podría decirse que sí.-me contestó él, con esa sonrisa de medio lado que en ocasiones me daba miedo. Estaba nervioso.-¿Qué dices, te casarás conmigo?
Me quedé callada, muda, fría de pavor. Sus ojos estaban clavados en los míos, primero su sonrisa de medio lado, acompañando un gesto de sus manos hacia mí, de bienvenida. Crucé los brazos. Su sonrisa se desvaneció. Rompí contacto visual. Volví a mirarlo. Su cabeza bajó un poco, sus ojos oscurecidos, no podía ver la expresión de su rostro. Escuché que suspiró audiblemente. Estaba nervioso.
-Marah, parakaló. - murmuró.-No tengas miedo. No va a pasarte nada malo, todo estará bien. Te lo prometo.
Era la primera vez que lo escuchaba decir "por favor" con tanta intensidad. Debía estar absolutamente desesperado. Me acerqué a él, la luz de la luna filtrándose por las ventanas abiertas. Lo abracé, su cara contra mi pecho. Me apretó contra sí y acaricié su cabello, enternecida.
-Si, Kanon,…Me casaré contigo.
El caballero de Géminis alzó su rostro y me miró con una sonrisa llena de felicidad, una felicidad pura y dulce, que creí que jamás podría ver en él, y deslizó con delicadeza el anillo en mi dedo. Luego besó mi mano, y yo lo besé.
La dulzura en sus labios pronto se convirtió en urgencia, y terminamos haciendo el amor, mientras yo lloraba de felicidad y deseo y angustia, y cuando todo terminó y yacía entre sus brazos, con la luz del amanecer filtrándose por las ventanas y destellando en el diamante de tinte amarillento que tenía en el dedo, me pregunté cómo esto tampoco lo había visto venir.
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Estábamos Kanon y yo ante el Templo de Géminis. Habíamos decidido comunicarle la decisión a dos personas muy importantes en nuestras vidas, nuestros respectivos hermanos mayores, y ambos sabíamos que no iba a ser para nada fácil. O al menos para mí. Kanon decía que en lo que respectaba a Saga, él podía tirarse por un barranco, ser comido por pirañas, él no se inmutaría en decirle si estaba de acuerdo, o no. Excepto si planeaba de nuevo tomarse el Santuario y luego el mundo. Sólo algo así lo haría reaccionar. Me reí mucho con esa explicación, y luego noté que para él era tan fácil manipularme como a un niño, pues lo había hecho con la sola intención de tenerme relajada justo antes de entrar a su Templo.
-¿Adelfós?-llamó Kanon, encendiendo su cosmo para desvanecer el Laberinto.-Tengo que contarte algo importante.
Kanon me tomó de la mano, sus dedos fríos y sudorosos. Oh no. No estaba ni tan remotamente seguro como yo creía que estaba de la respuesta de Saga. Empecé a ponerme nerviosa.
-¿Qué es eso tan importante, copia barata?-gruñó Saga, con un poco de mal humor. Recién salía de su cuarto, todavía con su pantalón de dormir, tallándose los ojos con los nudillos y bostezando, desperezándose. Desvié la mirada para evitar ver su torso desnudo, aunque un par de segundos muy tarde. Kanon había tenido razón cuando decía que eran gemelos idénticos. Saga se paró en seco, su vista fija en nuestras manos unidas. Específicamente, en el anillo en mi dedo anular. Una pieza desacostumbrada en una guerrera de Athena.
-No puede ser. No. Esto tiene que ser una broma.-dijo, y se dio la vuelta, para irse a la cocina. Kanon y yo lo seguimos. Había apoyado las manos en la tabla de la mesa de la cocina, visiblemente molesto.- ¿Sabes lo que esto causará, no?
-Lo sé, Saga.-respondió Kanon. No entendía de qué estaban hablando. Saga se volteó, con una ceja alzada.
-¿Por qué la prisa, aparte de que ésta niña es parte de las condiciones de Julián Solo ahora?, ¿Por qué?-murmuró, más para sí mismo que para nosotros, mirando al suelo. Luego sus ojos se posaron en mí. Me sonrojé intensamente, la rabia y la vergüenza tiñeron mi rostro.-Y tú, ¿Con lo que me contaste, sabiéndolo todo, y aún así no estás dispuesta a hacer lo correcto para evitar este desastre? ¿Qué te pasa?
Saga se aproximó a mí, mirándome a los ojos, agachando su torso de tal manera que nuestras caras estaban casi al mismo nivel. Kanon se puso protectoramente delante de mí, escudándome del geminiano mayor. Moví un poco mi cabeza para poder ver a Saga por detrás del brazo de Kanon.
Saga pareció entenderlo todo de golpe. Se puso furioso. Habíamos tomado esta decisión porque ya no dependía de nosotros. Había un, o una tercera, parte involucrada, una parte que tal vez reposaba inocente en mis entrañas.
-¿Cómo es posible que te hayas dejado atrapar así, Kanon, de una muchachita lo suficientemente estúpida como para dejarse preñar? Si por mí fuera habría enviado su miserable trasero con Apolo y nos habríamos librado de sus problemas hace tiempo, y lo sabes. ¿Por qué insistes en dañarlo todo, complicarlo todo?
Los nudillos de mi futuro esposotronaron peligrosamente cuando apretó sus puños. Tomé el brazo de Kanon admonitoriamente y cambiamos de lugar, ahora yo estaba ante él, defendiéndole de la furia de Saga. Súbitamente entendí qué había querido decir cuando decía que esto causaría problemas.
-Saga…-comencé. El rostro del hombre ante mí se contorsionó de disgusto.
-Para ti Santo Saga de Géminis, amazona de Corona Borealis. Ése es mi rango.-masculló. De inmediato comprendí que nunca, jamás, me aceptaría como alguien digno de su hermano. Me enternecí y me enojé a partes iguales. Qué dúo de idiotas eran éste par. Acepté sus condiciones, debíamos salir de éste embrollo sin causar una Guerra de los Mil Días.
-Santo Saga de Géminis.-me corregí.-Kanon sólo está haciendo esto para protegerme. Tiene razón, he sido muy estúpida, y si yo fuera usted, también habría enviado mi miserable trasero con Apolo desde hace mucho tiempo y les hubiera ahorrado a todos toneladas de problemas. Pero pedí la protección de Athena y eso he recibido, y en nombre de ésa protección es que Kanon actúa. Además, pues ya el daño está hecho.
Saga me miró como si yo fuera un bicho aplastado pegado de la suela de sus zapatos. Luego miró a su hermano.
-Que sepas que estás cometiendo un grave error, Kanon. Y que es posible que ése error nos cueste caro a todos, Athena la primera.
-Lo asumo, ¡lo asumiré de ser necesario! Vamos, Marah. Tenemos que contárselo a Aioria también. Espero por tu propio bien que estés allí ese día, Saga, porque eres mi padrino.
Kanon prácticamente me llevaba arrastrada por la muñeca hacia la salida, casi gritándole a su hermano, sin molestarse a verle mientras le hablaba. Yo sí le estaba viendo. Saga tenía las cejas casi juntas de pura preocupación. En mi mente, jamás imaginé que iba a formar parte de una conversación así. Nunca pensé que Saga sería Héctor y Kanon, Paris. Y que por mi culpa estuviera a punto de formarse la de Troya.
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Suspiré hecha un manojo de nervios antes de entrar en Leo. Kanon me dio un beso en la coronilla.
-¿Maestro?-dije, en voz alta. Agnés salió de la cocina, secándose las manos con un trapo, sonriendo. Cuando vió a Kanon su sonrisa se desvaneció con la rapidez con que explota una bombilla.
-¿Qué hace éste aquí?-gruñó ella con desdén. A Kanon se le contorsionó la cara en un gesto idéntico al que había visto en Saga unos minutos antes.
-Más respeto, Vestal, que soy un Caballero de Oro. Vengo a hablar con Aioria. –respondió Kanon, alzando la nariz con altivez. Sentí ganas de reírme.
-Eso es lo bueno de ser la vestal de otro caballero de Oro, que a ti no te debo obediencia alguna, sólo al Patriarca. Si vienen ustedes dos juntos a hablar con Aioria supongo que deben ser malas noticias, ¿no? Aioria está con el Santo de Sagitario, pero regresará muy pronto, hace ya rato que se fue, y estoy a punto de servir el almuerzo. Nunca llega tarde al almuerzo.
Agnés tenía el pelo y los ojos muy negros, algo rasgados, la piel de un color aceituna que la hacía parecer turca. Era ya mayor, suponía que pasaba de los treinta, pero jamás había sabido su edad real. En realidad no sabía casi nada de ella. En ese momento nos miraba con algo de sospecha. Luego, como había sucedido con Saga, su vista se fijó inevitablemente en el anillo, y nos dio la espalda, tan indignada que no era capaz de articular palabra.
La seguí a la cocina. Necesitaba tenerla de mi parte. Necesitaba que Aioria no me abandonara después de todas las decepciones que le había dado, y para eso, Agnés era fundamental, pero al parecer, ella no estaba dispuesta.
Una vez en la cocina, nos quedamos en silencio durante un rato, mientras nos ignoraba.
Ella suspiró, alisándose el pelo desde la frente con ambas manos. -Ustedes dos están en serios problemas.- al fin murmuró, sentándose derrotada en una de las sillas de la cocina, pálida.- A Aioria no le va a gustar, a mi no me gusta, teníamos la esperanza de que éste se cansara de ti y te dejara, pero al parecer no hay forma de que te deje en paz. Piénsalo bien, Marah, te mereces a un hombre más joven, de tu edad, que no tenga tanto bagaje, y que nunca te haya hecho daño o vaya a hacértelo en el futuro, con Kanon tu integridad no está garantizada. Es un irresponsable.
-Oye, vestal, estoy aquí.-refunfuño Kanon, indignado. –Y si me caso con ella es porque la amo, porque quiero protegerla y ser responsable con ella.
-Debiste ser responsable con ella desde el principio y no haberla tocado jamás. Atrevido. Pervertido. Abusador.-le espetó Agnés. Empecé a temer por su seguridad. Nunca había visto a nadie hablarle a Kanon así.-Estoy casi segura de que si te vas a casar con ella ahora es porque la preñaste.
-¿De qué hablas, Agnés?
La voz de Aioria nos hizo dar un respingo a todos, Kanon incluído, lo cual me causó un conato de risa. Agnés abrió la boca pero yo fui más rápida.
-Que me casaré con Kanon.- dije, volteándome a verlo. Sus ojos se abrieron de impresión un momento, pero luego los cerró, como tratando de contenerse. Yo sabía que no le había hecho mucha gracia pero yo ahora era oficialmente una adulta en términos del Santuario y debía respetar mis decisiones.
-…porque está preñada.- casi gritó Agnés. Me tapé la boca con una mano y cerré los ojos, temblando. Escuché un estruendo terrible, abrí los ojos al tiempo que mis reflejos reaccionaban, llevando mi cuerpo hacia atrás todo lo que pude. Ví una nube de astillas de madera y aserrín volar por todas partes.
Pasó tan rápido que casi no lo ví, el puño de mi maestro estampándose en la cara de Kanon, que aguantó con estoicismo. Ví a Aioria preparándose para golpearlo de nuevo y me puse delante de mi prometido, mi maestro al parecer estaba enceguecido por la rabia, porque me apartó muy bruscamente de él, lanzándome contra una de las sillas del comedor que aún quedaban. Unos brazos fuertes me sostuvieron antes de que me golpeara el vientre contra el borde de la silla. Me volteé para verlo. Era Seiya. OH NO.
-¿Qué está pasando aquí?-exclamó el santo de Pegaso, mirando a Aioria con los ojos como platos. Aioria al parecer no quería que Seiya lo viera así, porque contrajo la cara, haciendo un esfuerzo inmenso para contenerse y calmarse. Mi azulejo aprovechó el momento para limpiarse un hilito de sangre que le corría por la barbilla. Mis ojos se llenaron de lágrimas, y como una niña, fui con mi maestro y me sostuve de su ropa.
-Por favor, maestro, cálmate, te lo suplico.-murmuré.-No estamos seguros de que esté embarazada, sin embargo queremos casarnos, esto es sumamente importante para mí, por favor…Ese día quiero…que me entregues, porque tú eres como mi padre y mi hermano, Aioria…Por favor…Me haría muy feliz…Además no sé si realmente esté embarazada, maestro, no es algo seguro, necesitamos hacernos pruebas de laboratorio, pero creo que ya es hora. Yo quiero casarme con Kanon, maestro.
Aioria me observó, sus ojos verdes llenos de rabia y dolor.
-Parakaló, Didaskalós. Parakaló, adelfós.-murmuré. Él cerró los ojos y súbitamente me abrazó protectoramente.
-Mikró mou.-susurró.-si te hace feliz, lo haré por ti. Mereces ser feliz. Pero si te hace daño, por mínimo que sea, lo mataré. ¿Oyes, Kanon? Si la lastimas así sea sólo un poco, acabaré contigo.
Aioria volvió a ponerme en el piso. Agnés aún seguía pegada al fregadero, pálida de susto. Mi prometido sonreía de medio lado, ladino.
-Si le hiciera daño yo mismo me mataría, Aioria.- mi maestro lo observó, al parecer satisfecho con ésa respuesta.
-Entonces, ¿cuándo es la fiesta?-preguntó el caballero de Pegaso, sonriendo contento, al parecer absolutamente inconsciente de lo tenso de la situación.
-Bueno, a eso venía yo…-comenzó mi sýzygos-na-na.-Quiero hacerlo pronto, es decir, entre ésta y la próxima semana. Ya arreglé con el Patriarca y con Athena algunos detalles, pero hay otros que quiero que discutamos, ustedes son la familia de Marah.
Agnés sonrió. Aioria, al parecer luchando consigo mismo, sonrió también.
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Typera: (finlandés) Tonta
¿kuinka saatoit?: (finlandés) ¿Cómo pudiste?
vitun urpo: (finlandés) maldito imbécil
koúkla: (griego) muñeca
parakaló: (griego) porfavor.
Adelfós: (griego) hermano.
Parakaló, Didaskalós. Parakaló, adelfós: Porfavor, Maestro. Porfavor, hermano.
Mikró mou: (griego) mi pequeña.
sýzygos-na-na: (griego) prometido, futuro marido.
La alusión a Hector y Paris, príncipes de Troya en el relato clásico de la Ilíada, se refiere al pasaje en que Hector le recrimina a Paris haber llevado a Helena de Esparta, esposa del rey Menelao, a Troya, acto que desató la famosísima guerra de Troya.
¡Hola chicos! Les traigo más drama y felicidad. La vida de mi pequeña Marah es una serie de enredos, pero no sería interesante si no lo fuera así, ¿no creen? Muchas gracias a Liluz de Géminis, Geminisnocris, Shadir y Kari por sus reviews, ¡los quiero montones! Ustedes han estado con Marah desde hace mucho tiempo, siempre allí. Gracias a quienes me leen sin dejar review, sé que están ahí n.n y a quienes le han dado fave y follow a The Lion´s Roar. Y sobre todo gracias a Bully A.K.A The Ninja Sheep, por continuar conmigo siendo felices en nuestro extremadamente friki universo alternativo desde hace más de diez años. Lectores, pásense porCROSSROADS. ¡La cosa se puso caliennnnteee! Ñaka ñaka.
¿Alguna vez han sentido su Cosmo?
