Aquella tarde hacía mucho calor, al menos demasiado para la temperatura que suele hacer en aquella región. Bonnie subió jadeante la colina y en la cima agradeció la sombra que proyectaban los altos árboles que rodeaban la mansión. Empujó la verja con la timidez y el reparo de quien se cuela sin permiso, a pesar de que sabía de sobra que estaba más que invitada. Rodeo la mansión tal y como le habían indicado. Lo cierto es que hacía tiempo que tenía curiosidad por descubrir el jardín trasero. Aquel lugar despertaba su curiosidad y dado el gran tamaño que tenía, sabía que había muchos rincones aún desconocidos para ella.

Pronto divisó a Marceline, sentada bajo una sombrilla con su guitarra a cuestas. A Bonnie le asaltó el pensamiento de que quizás era más raro ver a Marceline sin un instrumento pegado a su cuerpo de lo que parecía. Una vez a su lado no pudo evitar fijarse en que el cuello de la chica se encontraba perlado por pequeñas gotas de sudor. Definitivamente ese día hacía mucho calor.

-¿Poniendo las cuerdas nuevas a punto?

Marceline se giró con el rostro teñido de molestia al sentirse arrancada de su mundo, pero su expresión cambió radicalmente al ver a la rubia.

-¿Qué te parece? – dijo mientras pasó el pulgar suavemente sobre cada cuerda al aire.

-Suena muy bien – le sonrió educadamente. Casi le parecía que tenía que complacerla como a un niño pequeño – Bueno, ¿qué vamos a hacer hoy?

-¿Tú qué crees? Con el calor que hace hoy apetece un baño.

Señaló la piscina a escasos metros de donde se encontraban. Sinceramente, Bonnibel se la había imaginado más grande pero si lo pensaba detenidamente qué sentido tenía construir una piscina de proporciones olímpicas cuando rara vez se le iba a dar uso. Su pensamiento se interrumpió cuando notó la mirada de Marceline clavada en ella. Ya se había quitado la camiseta mostrando la parte de arriba de un bikini rojo. Se quedó ahí mirándola, esperando que la imitara.

-No he traído bañador. Como no me dijiste nada…

-Te prestaré uno de los míos, no pasa nada.

-¡No! No te molestes, tampoco tengo tantas ganas de bañarme.

-No seas tonta, no me cuesta nada. Además mírate, estás chorreando en sudor.

Pensó rápidamente en cómo zafarse de la insistencia de Marceline. El hecho de imaginarse en bañador delante de ella le producía la misma vergüenza que sintió cuando la vio usando las gafas. No, esto era peor. Bonnibel no solía tener complejos, normalmente le resbalaba lo que los demás pensaran de ella y en cuanto al físico consideraba que el suyo "no estaba tan mal". No diría que fuera una belleza ni tampoco fea, se consideraba algo normal, estándar, y de igual forma consideraba su cuerpo: ni demasiado delgada, ni gorda. Normal. Sí, esa era la palabra con la que más se identificaba. Así que se extrañó ante esta sensación. Lo único que tenía claro es que no quería mostrarse más desnuda ante Marceline de lo que ya se sentía – esto último era algo metafórico pero que la perturbaba en cierto modo. No quería ser objeto de burla y para su sorpresa cuando declinó por segunda vez, Marceline no insistió de nuevo ni hizo ningún comentario. En lugar de eso le ofreció que al menos metiera las piernas en el agua para refrescarse.

-Tampoco sería bueno que te diera una insolación – dijo mientras la conducía hacia la piscina – Espera un momento, voy a traer unos refrescos.

"Demasiado comprensiva" Bonnie empezó a hacer toda clase de conjeturas. Quizás Marceline quería algo de ella, un favor probablemente, y por eso se mostraba así de amable. Bueno, ya lo escucharía más tarde, de momento intentaría disfrutar de esta faceta amable que le mostraba.

Al momento Marceline volvió con un par de toallas que extendió minuciosamente sobre el césped bajo la sombrilla. Se sentó en el bordillo de la piscina junto a Bonnibel, que chapoteaba distraídamente los pies en el agua.

-¿Y mi refresco?

Hoy decidió que le tocaba a ella presionar o más bien hacerse la mimada hasta que Marceline se decidiera a soltar prenda y volviera a su estado habitual de niña caprichosa. Se levantó perezosamente pero en vez de dirigirse a la sombrilla donde había dejado las bebidas se paró detrás de Bonnie y la empujó hacia el agua. No le hizo falta emplear demasiada fuerza. Al principio se oyó un grito ahogado por el agua y luego un tremendo chapoteo en el que se intercalaban toses. "Ya me la ha jugado, si es que estaba tardando en hacer alguna tontería de las suyas. ¡Es una niñata infantil y malcriada! No, es como ese estúpido gato que tenía la abuela" A su mente vino el recuerdo de aquel animal. Ese gato traicionero que tan pronto se mostraba cariñoso dejándose acariciar y al momento te soltaba un bocado o un arañazo en la mano.

Cuando Bonnie consiguió emerger del todo y medio controló su respiración agitada miró malhumorada a Marceline que no paraba de reír como una loca mientras decía algo como "¿Está bien el agua, Bonnie?"

-¡¿Pero qué haces?! ¿Ahora cómo vuelvo así a casa? ¡Estoy empapada!

Se dirigió a la escalerilla para salir pero Marceline fue más rápida y se colocó en ella, obstruyendo el paso.

-Quítate.

-Nop. Ahora morirás, es como si la escalera no existiera y no puedes salir de aquí.

Bonnibel se quedó paralizada y la miró extrañada sin entenderla bien. La morena lo notó y con un poco de vergüenza al ver que no pillaba su comentario empezó a hablar medio a trompicones.

-Ya sabes… Es como en los Sims, cuando metías a un personaje en la piscina y le quitabas la escalerilla.

Bonnie la miró de nuevo medio extrañada y no pudo evitar reírse ante la ocurrencia.

-¡Serás idiota! – consiguió decir entre carcajada y carcajada.

-Tú también los has hecho, ¿verdad? ¡Era lo mejor del juego! – rió también, aliviada al haber conseguido hacerla reír.

Bonnibel se alejó de ella a pequeños saltos. Por suerte lograba hacer pie en esa parte de la piscina ya que la ropa pesaba demasiado para nadar cómodamente. Se acercó así al bordillo situado enfrente al que estaba Marceline y se apoyó en él para salir.

-No contabas con esto, ¿eh? – le dijo burlona una vez fuera.

Era extraño. Hacía un minuto estaba que echaba chispas y ese chiste malo había borrado su enfado de un plumazo.

-Ahora que estás mojada, ¿qué más te da nadar conmigo?

Quizás fuera que se le viniera a la mente el dicho "de perdidos, al río" o quizás fueron las ganas de devolvérsela lo que provocó que superara esa vergüenza que le sobrevino hacía un rato para quitarse la ropa. Se desnudó quedándose en ropa interior y observó a Marceline allí parada, mostrando ese cuerpo que le habría quitado el aliento a más de uno. Se acercó y, a pesar de que la otra se mostraba desconfiada al prever lo que se proponía Bonnie, tras un breve forcejeo consiguió abrazarla, inmovilizando así los brazos de la morena.

-¡Ah! Estás helada – se quejó al notar la piel mojada de Bonnibel.

No era así, simplemente le resultó algo desagradable el cambio brusco de temperatura. Cuando menos se lo esperó la rubia hizo un giro inesperado y se precipitó con Marceline hacia el agua.


Aún empapadas se tumbaron sobre las toallas, muy cerca la una de la otra. Bonnibel cerró los ojos. Estaba completamente relajada, hasta el borde de quedarse dormida. Sintió de repente como unos dedos rozaban su mejilla muy lentamente. Se quedó muy quieta, sin pestañear siquiera. La sensación no era nada desagradable. Entonces los dedos comenzaron a vagar hasta llegar a sus labios. El índice dibujaba el contorno de su boca una y otra vez. Todavía sin atrever a moverse, miró de reojo a Marceline que parecía muy concentrada en su tarea.

-Me gustan tus labios – soltó inesperadamente. Bonnibel no pudo discernir si lo dijo a modo de disculpa ante el acercamiento tan gratuito o si fue un pensamiento que se le escapó. Fuera lo que fuera, Marceline no mostraba signos de vergüenza o arrepentimiento y se la veía tan confiada y segura como de costumbre.

-¿Por qué?

La morena se encogió de hombros.

-Son bonitos.

Bonnie no pudo evitar sonrojarse y tímidamente depositó un suave beso en los dedos que acariciaban su boca, que acto seguido la abandonaban para hundirse en el pelo que crecía tras su oreja. Con igual lentitud, Marceline se acercó más, sosteniendo el peso de su cuerpo en el brazo izquierdo. La chica rubia sintió entonces cómo una fina y afilada nariz rozaba su mandíbula. En su cuello un soplo de aire que parecía un suspiro le erizó la piel. Luego unos labios templados se quedaron presionando suavemente esa zona más tiempo de lo que normalmente lleva dar un beso. Marceline debió de cerrar los ojos entonces porque notó como unas largas pestañas le hacían cosquillas en la cara. Se apartó con el mismo cuidado que hizo todo esto y con total normalidad, como si nada hubiera pasado, se colocó sus gafas de sol y se tumbó bocarriba. Bonnibel la miró sorprendida por el hormigueo que habían dejado esas caricias en su piel.

-Ojalá pudiéramos hacer algo divertido en este pueblo. No sabes cuánto echo de menos salir de noche.

Bonnibel, aún desconcertada, le contestó intentando sonar tan normal como ella:

-Esta noche salgo con mis amigos. Podrías venirte, así los conoces antes de que nos vayamos de viaje con ellos.

-¿Sí? – dijo incorporándose y mostrándose muy interesada – ¿Y cuál es el plan?

-Supongo que iremos donde siempre… No esperes nada especial, ya sabes cómo es esto.

-No importa, ¡seguro que lo pasamos muy bien!

Bonnie rió, contenta de verla tan emocionada.

-Debería irme ya, hemos quedado en un par de horas. Te espero en mi casa a las 9, ¿vale?

-Sí, sí, allí estaré.

-Oye, Marceline, tengo un pequeño problema. ¿Cómo voy a mi casa? Te recuerdo que mi ropa está empapada.

Marceline se levantó y la condujo a su cuarto. Empezó a rebuscar en el armario y finalmente sacó unos shorts y una camiseta negra.

-Supongo que esto te valdrá – dijo entregándoselos.

Bonnibel desdobló la camiseta, que resultó tener impresos unos dibujos y el nombre de un grupo de rock. Torció el gesto al verlo más detenidamente. No era el tipo de ropa que estaba acostumbrada a llevar. Recompuso la expresión antes de que Marceline se percatara.

-Muchas gracias. Te lo devolveré mañana.

-No, no te preocupes. Puedes quedarte la camiseta si quieres.

-¿Seguro? No hace falta, de verdad.

-Quiero que te la quedes – pareció algo incómoda al decir esto – aunque si no te gusta

-¡No, no! Está bien, de verdad. Gracias – le sonrió.

Bonnie se vistió tan pronto como pudo y se despidió de Marceline. Cuando fue alejándose olisqueó la prenda que desprendía un olor dulzón y muy agradable. "Es como llevar a Marcy a cuestas" pensó.

Por el camino fue rememorando su tarde. Era extraño como Marceline se mostraba segura según qué cosas. Era como si fuera dos personas a la vez: la Marceline a la que le encantaba fastidiar a los demás y la insegura y casi tímida. Sonrió al pensar en esa segunda Marceline y se preguntó si era la única persona a la que le mostraba esa parte.