Capítulo 3: La misionera.

Dicen que hace mucho tiempo existió un reino lleno de color y vida, donde el agua manaba fresca y pura; dicen que el aire fluía atrevido pero agradable, impregnado de fragancias de flores o pastizales mojados, cuentan que la gente no solo cosechaba frutas y hortalizas, sino que también entusiasmo y cálidas emociones.

Todas esas cosas se cuentan de un lejano Hyrule que por desgracia no conocí. Yo nací poco después de esa época de antología, donde el aire arrastra cenizas y un nauseabundo olor a sangre, donde el dolor resuena y la calma asunta con sus ecos extraños. La inconformidad se encarna en la mente y el corazón de muchos hasta transformarla en traición y deseos de venganza, por tal razón estoy aquí, perturbando la noche pero en silencio, moviéndome de prisa pero sin delatarme, escuchando, palpando, cazando a mi objetivo, todo por preservar el orden de mi reino.

Hace muchas lunas la noche yacía fría y pasiva sobre una tierra sufrida, muchos se habían entregado ya al sueño, pero para otros el descanso era un lujo que no podían darse. Una reunión se llevaba a cabo en un despacho ubicado en una de las divisiones castrenses del reino, dos personas se encontraban allí, la primera era una de las máximas autoridades militares del imperio y también la cabeza de una tribu de unos guerreros misteriosos, guerreros que por designios de las diosas estaban destinados a servir al portador del poder divino. La otra persona simplemente estaba firme y en silencio escuchando atentamente a su superior, en ese momento estaba recibiendo los pormenores de una misión que había sido encomendada por el mismísimo rey. Delicada era la misión pero solo los miembros de esa tribu estaban capacitados para cumplirlas. Luego el superior seso la explicación y tomo un pergamino que estaba encima de su escritorio, después lo coloco en las manos de la misionera; al no más tenerlo en sus manos lo abrió y palpo el contenido con cuidado, cuando termino lo enrollo de nuevo y lo guardo.

- ¿Esta todo claro?- Escucho.

Sumisamente llevo su mano en su pecho e inclino la cabeza dando a entender que comprendía perfectamente lo que debía hacerse, luego pidió permiso y se retiró, pero antes de cruzar la puerta la voz de su superior la detuvo.

- Ten cuidado.

En ese momento el protocolo militar se rompió, detrás de ese tono fuerte y autoritario había calidez y cariño uno que iba más allá de una relación superior-soldado, entones aprovechando que se encontraban a solas la misionera sonrió y respondió.

- No te preocupes, general.

Con el corazón y la mente comprometida con su deber, la misionera continúo su marcha hasta detenerse en la rama de un árbol a esperar.

- Están cerca, los escucho.

Luego de su cinturón saco una espada mediana, la desenfundo y con la funda dio un leve golpe al tronco del árbol, provocando un breve eco.

- Lo acompañan cinco guardaespaldas.- Susurro.

Una vez enfocado su objetivo saco una pequeña esfera y la arrojo, al hacer contacto con el suelo exploto y una cortina de humo se rego; el relinchar de un caballo, bullicios confusos y toses violentas, desmoronaron la calma del oscuro bosque, entonces la asaltante bajo del árbol y se adentró a la espesa humason. Tan sorpresivo fue el ataque que los guardaespaldas quedaron a merced de la confusión, aun así con espada en mano trataron de interponerse entre el atacante y su protegido. Por desgracia fugases fueron los momentos en que las hojas de acero se encontraron, pero prolongado era el dolor de las heridas que rápidamente propino aquel misterioso enemigo, que aprovecho muy bien la confusión.

Entonces el último de los guardaespaldas aprovechando el calor de la batalla, tomo las riendas del caballo y como pudo condujo al equino y a su amo fuera de la humareda, antes de su cuerpo fuera desgarrado por el acero. Cuando el humo se dispersó dejo al descubierto el resultado de la batalla, los cinco guardaespaldas yacían en el suelo revolcándose de dolor, rodeados de su propia sangre. Pero el atacante ya no se encontraba allí, había ido tras su verdadero objetivo. El garañón galopaba de prisa, presionado por las riendas de su amo, hasta que un objeto pasó como un rayo frente a los ojos del equino y se clavó en la rama de un árbol, el animal asustado relincho, se levantó en dos patas y dejo caer al jinete, dominado por el terror abandono a su señor. Sin demora el sujeto se levantó, desenfundo su espada y con su nerviosa mirada trataba de localizar a su perseguidor que se escondía en la penumbra y la densidad de los ramales. El sudor manaba frio por la piel de aquel hombre e insufrible tensión estrujaba su corazón, entonces hastiado del bombardeo emocional exclamo al oscuro vacío.

- ¡Muéstrate asesino!

Su petición fue concebida, una sombra salió de los ramales y se dejó caer frente aquel hombre; no obstante ramas densas y ennegrecidas filtraban los hazes lunares y por consiguiente ocultaba parte de la anatomía del agresor.

- No comprendo cómo pudiste ver a través de hechizo.

- Ciertamente.- Contesto.- Tus encantos son poderosos capaz de engañar al más ágil de los videntes, pero el sonido no puede ocultarse fácilmente.

Seguido del breve dialogo, el viento soplo frio y sonó como un tenebroso silbido; luego el hombre aferro su espada con fuerza y puso un pie por delante, su contrincante también tomo una postura defensiva apretando firmemente su mediana espada.

- Entrégame el talismán y dime donde se encuentran tus secuaces, si lo haces te dejare marchar.

Pero el nombre no quiso negociar, en su lugar se abalanzo sobre su perseguidor, pronto las hojas de acero chispearon y el rugir de la batalla quebró la quietud del bosque, el hombre maneaba la espada con ímpetu pero sin olvidar la técnica, no obstante su oponente era sumamente ágil y evadía y / o bloqueaba cada enfurecido movimiento, entones el sujeto queriendo engañar a su adversaria hizo una finta y rápidamente cambio a un corte descendente en diagonal; grave error ya que su enemiga fluyo con la trayectoria diagonal del filo y en el momento justo se apartó, en ese milésimo instante el espadachín quedo de espalda, descuido que aprovecho la asesina para coger dos navajas que guardaba en su pierna y las lanzo con tal precisión que se clavaron en la espalda de su adversario. El hombre callo pesadamente sobre sus rodillas, respirando agitadamente, sin soltar su espada, mirando enfurecido a su contrincante.

- Es tu última advertencia, entrégame lo que te pido, no deseo tomar tu vida.

Entonces el sujeto rápidamente escudriño en sus ropajes, saco una pequeña caja y la puso en el suelo.

- Este bien tu ganas, tómala y déjame en paz.

Entonces la misionera se acercó a paso lento a recoger la caja; pero el corazón de aquel hombre no pudo tolerar el peso de la derrota, así que cuando estaba muy cerca del susodicho objeto, apretó su espada y dejo ir a traición un veloz zarpazo. Un grito de dolor retumbo con fuerza y se opacó con un golpe seco, el espadachín yacía en el suelo con el pecho desgarrado.

- No comprendo, cómo pudiste ver a través de mi magia.- Cuestionaba aquel moribundo.

- El secreto de tu peligrosidad consistía en cegar y confundir hasta el más ágil de los videntes, más obviaste las bondades del sonido.

Una sonrisa burlona, se arqueo en los labios sangrantes de su enemigo y dijo.

- Entonces tu victoria se debió a… si, ya entiendo porque.

Después exhalo un triste pero prolongado suspiro y hablo por última vez antes de dejarse abrazar por la frialdad de la muerte.

- Debes saber que hubo un tiempo que los de tu casta eran honorables y luchaban a favor del reino, ahora están corruptos, convertidos en matones y asesinos a sueldos.

Entonces el viento silbo de nuevo, lo escuche más siniestro y lo sentí más gélido, pensé que quizá con el viento viajaba el alma del que acababa de matar, no lo sé, pero sus últimas palabras hicieron mella en mí; siempre hemos sido obedientes en nuestro deber de luchar codo a codo con el séptimo sabio, pero han sido tantos años de sufrimiento, todo por la búsqueda del tan ansiado equilibrio, que su honorifico "sabio" a veces es discutible.

Solo espero que una vez el equilibrio se logre ese que tanto menciona nuestro folklor, la mal llamada era del caos sea sepultada en el olvido.

Una vez consumada la batalla, la misionera tomo la caja, reviso su contenido y aunque inconforme con sus acciones, se retiró, fundiéndose rápidamente con la oscuridad.

Notas de la autora:

Creo el cuarto atrevimiento es quizá uno de los más fuertes y es evidente por donde va la cosa y si no, tranquilos todos tiene su explicación.