Descargo de responsabilidad: ® Todo el universo de Shingeki no Kyojin es propiedad de Hajme Isayama. El Soldadito de Plomo le pertenece al maestro Hans Christian Andersen.


4. Aceptación.

—¡Señor no puede entrar allí!

La joven enfermera le siguió por el pasillo, tratando de disuadirlo, pero a él le importó un soberano pepino. Abrió la puerta del consultorio sin molestarse en tocar, sorprendiendo al hombre sentado en el escritorio que hablaba con un niño y su madre.

Frunció el ceño. Definitivamente, el joven ataviado con bata de doctor no era la persona que estaba buscando.

—Perdone doctor Swan, traté de advertirle… —se excusó la enfermera profundamente apenada.

El médico ignoró cortésmente la intromisión, y se dirigió al recién llegado.

—¿En qué puedo ayudarlo, señor? —el tono era educado pero claramente indicaba que le había molestado la interrupción a su consulta.

Sin inmutarse, el ex-piloto respondió con fría serenidad:

—Busco al doctor Lucas.

Un gesto que denotaba cierto desconcierto cruzó momentáneamente el rostro del doctor Swan.

—Ya no trabaja aquí —explicó—, se retiró hace más de cinco años. Pero la enfermera puede ayudarle a concertar una cita con cualquier otro especialista. Ahora, si es tan amable…

No hizo falta más. Dándose media vuelta, salió del consultorio sin esperar a que la enfermera le acompañara. Su visita ahí había sido un rotundo fracaso y eso le hacía sentir si se quiere peor. Él no quería ver a ningún otro médico, él quería ver sólo a Samuel Lucas, quien le había atendido cuando era un niño y el único que no le había tratado como un psicótico en potencia.

—¡Señor espere! —llamó la enfermera, casi corriendo para alcanzarle el paso. No lucía muy contenta de tener que seguirlo y encima conseguirle una cita tras su comportamiento, pero se mostró civilizada de todas maneras. Llegó casi jadeando hasta donde el inesperado paciente se había detenido. Se arregló el cabello y se enderezó antes de volver a hablar—. El doctor Lucas ya se retiró hace algún tiempo, pero hay otros psicólogos igualmente calificados que podrían ayudarle. Dígame, ¿para quién es la cita? ¿Tiene los datos del niño?

Dudó por un momento antes de responder.

—No, gracias —contestó—. Sólo quiero hablar con el doctor Lucas.

La enfermera le dedicó un gesto de pena.

—Lo siento, señor. Como le dije, el doctor Lucas se ha retirado, ya no atiende más pacientes.

—Necesito hablar con él —presionó, volviéndose hacia ella—. Por favor dígame dónde puedo encontrarlo.

La enfermera lució apenada.

—Disculpe, señor, no puedo darle ese tipo de información.

No le agradó nada la noticia, pero se mantuvo en calma.

—Entonces supongo que no tengo nada que hacer aquí —replicó, dándose la media vuelta. La enfermera hizo el amago de detenerlo, pero no dijo nada, dejando al caballero marcharse.


La frustración que sentía era enorme. Solamente Lucas conocía su caso, solamente él se había dignado a atenderlo y tratar de proporcionarle soluciones que no incluyeran un equipo enteros de psiquiatras ansiosos de estudiarlo como si fuera un sujeto de experimentación, solamente él le había tratado con cordialidad y no había sugerido mantenerlo dopado y encerrarlo en un sanatorio. Solamente él le había comprendido.

Pero ahora la esperanza de entrevistarse con él de nuevo y ponerle fin a las agobiantes pesadillas se había esfumado tan rápido como su corta visita al hospital. Samuel Lucas se había jubilado y no había nada que hacer para encontrarlo, o convencerle de que hablara con él.

O tal vez sí…

Dando un giro veloz con el vehículo, regresó a su casa. Esperaba que su madre no estuviera en casa, realmente en ese momento no tenía ganas de sentarse a conversar ni responder preguntas. Hacía tan sólo dos días que había regresado a casa tras una larga estadía en el hospital de la capital, y había tenido muy poco tiempo de hablar con su madre. Sabía de sobra que ella quería hablar con él, saber qué había sucedido, qué había sido de su vida los últimos meses que no habían tenido correspondencia por correo. Pero en ese preciso momento, no estaba de ánimo para ponerse al día sobre su vida con la mujer que le dio la vida.

Estacionó el vehículo y se dirigió a la entrada. Abrió sigilosamente la puerta, y para su alivio la estancia estaba vacía. En el refrigerador encontró una nota, con la delicada caligrafía de su madre, dirigida a él. Le explicaba que había salido al mercado a comprar unas cosas y que volvería temprano para el almuerzo.

Agradecido internamente de sus minutos de soledad, subió a su antigua alcoba. Una vez allí, abrió su mochila y sacó una computadora portátil. Esperó unos segundos a que encendiera para meterse en internet y buscar un nombre.

Samuel Lucas.

El viejo psicólogo infantil había sido muy reconocido por su trabajo e investigaciones, así que seguramente encontraría algo sobre él en la red. Para su agrado, así fue, había algunas notas periodísticas y otros artículos de la página de una universidad local donde le elogiaban por sus trabajos, y donde se mostraban fotografías suyas sosteniendo diplomas y reconocimientos. Leyó con impaciencia los artículos, hasta encontrar lo que le interesaba, un indicio de cómo encontrarle.

Tomando nota en una libretita que tenía guardada en un cajón del escritorio, agarró las llaves del auto y nuevamente salió de casa.


El campus de la universidad era amplio y agradable. En todo el lugar se respiraba un ambiente a juventud y ganas de estudiar. Había diferentes árboles plantados, algunas plantas exhibiendo flores de distintos colores, pancartas con mensajes de bienvenida y publicidad de las diferentes fraternidades y partidos políticos estudiantiles que existían allí.

Revisó la dirección en el papel, y se encaminó hacia uno de los edificios. Se topó con varios estudiantes que entraban y salían del lugar, charlando animadamente y cargando libros pesados. Le tomó unos minutos subir hasta la cuarta planta del edificio y llegar hasta la oficina 4-57.

Sin dudar, tocó la puerta. Una voz masculina le indicó que pasara adelante y así lo hizo. Se encontró en una oficina pequeña, dividida a la mitad por un pasillo vacío. Había un escritorio a cada lado, adornado de diferente forma, también había un par de estantes repletos de libros y un computador en el escritorio de la izquierda. El hombre que estaba sentado allí fue quien le habló.

—¿En qué puedo ayudarlo?

—Doctor Lucas —respondió sin vacilar—, lo buscaba a usted.

Un gesto de comprensión cruzó el rostro del canoso hombre, quien le indicó amablemente a su compañero de oficina que le dejara a solas con el visitante. Una vez se quedaron solos, y tras tomar asiento por indicación del anfitrión, el soldado habló.

—Disculpe que venga a importunarlo, doctor Lucas, pero en verdad necesito hablar con usted.

—No eres uno de mis alumnos, ¿verdad? —sonrió el ex-psicólogo. El interlocutor asintió—. Hace ya un tiempo que me retiré del hospital para darles paso a otras jóvenes promesas.

—Así me han dicho —concordó—. Sin embargo nadie más que usted puede ayudarme.

El médico enarcó una ceja, halagado y desconcertado por igual.

—¿Ah sí? ¿Cómo podría ayudarlo de una forma que el doctor Swan no pueda? —parecía auténticamente curioso—. Es un gran psicólogo infantil, se lo aseguro, yo mismo fui su mentor y tutor de trabajo de grado. Un excelente psicólogo, se lo puedo asegurar.

—No, no es eso —se explicó—. Nadie más puede ayudarme porque sólo usted conoce mi caso —esta vez el médico pareció auténticamente sorprendido—. Fue usted, doctor Lucas, quien atendió mi caso cuando era un niño.

Se hizo el silencio, mientras el médico hurgaba en su memoria tratando de recordar al hombre frente a él.

—Fue hace 22 años —aclaró—, en ese entonces tenía sólo ocho años y muchas pesadillas.

La comprensión iluminó los ojos del viejo doctor.

—Ah… creo recordarlo. Uno de los casos más intrigantes en los que trabajé, creo. ¿Cuál era su nombre?

—Aleix. Aleix Low.

—Claro, por supuesto, ya recuerdo mejor —sonrió—. Debo tener su archivo guardado en casa todavía, si no me equivoco. Pero dígame, ¿qué le trae por acá?

Fue directo al punto.

—Han vuelto. Las pesadillas regresaron.

Eso pareció desconcertar al médico. Recordaba que había dado fin al caso cuando el paciente tenía quince años y las pesadillas se detuvieron tras un largo tratamiento que mezclaba somníferos y suprimió toda clase de objeto, lugar o alimento que pudiera remotamente recordarle lo que una y otra vez le describió en sus sueños. Como parte del tratamiento, Lucas le confiscó todos los diarios que el joven escribió por años relatando lo soñado. Aun los guardaba, en un cajón donde estaba el archivo del caso. No lo había tocado en años, la última vez había sido hacía cerca de una década cuando un colega de otra ciudad le pidió orientación por un caso similar con una niña paciente suya.

—Vaya —se compadeció. Por lo que recordaba no eran sueños para nada bonitos—. Lamento escuchar eso —no supo que más decir.

—¿Podrá ayudarme? —insistió su antiguo paciente.

El antiguo psicólogo se recostó en su sillón, suspirando pesadamente. Hacía años que se había retirado del campo médico, y ahora se dedicaba a dar clases en la escuela de psicología, más por no quedarse en casa sin hacer nada que por trabajar. No es que hubiera olvidado lo que era ser un psicólogo infantil; pero primero, ya no ejercía, y segundo, lo que tenía frente a él era todo menos un niño. Pero también el deber llamaba. El juramente hipocrático, hecho con convicción y devoción cuando se graduó hacía tantos años, vino de regreso a su memoria junto al rostro bañado en lágrimas del aterrado niño que una vez atendió. No podía abandonarlo, no ahora. Convencido, dio a conocer su decisión.

—Necesito tiempo para revisar su caso —expuso—. La próxima semana, a primera hora en mi casa. Este no es buen lugar para la privacidad que se requiere. Le espero de hoy en ocho días, anote la dirección.

Aleix no podía estar más agradecido, tomando el papelito que le había llevado hasta allí, tomó nota de la dirección que la enfermera en el hospital se había negado a darle.

—Gracias, doctor —expresó con sinceridad—. En verdad, muchas gracias.

Lucas sonrió, ante el fugaz vistazo del cariñoso niño que le agradeció con una sonrisa la primera vez que se vieron.

—De nada, Alex —respondió con el afectuoso sobrenombre que usó siempre con él.


Algo que quisiera explicar con respecto al nombre de Leví. Verán, esto es un universo de reencarnación, y considero que al ocurrir esto, no sólo el personaje obtiene una "nueva vida" sino también un nombre y apariencia física diferentes (aunque con esto último no me meteré mucho), por lo que Leví, en esta "vida", se llama Aleix. Fue un nombre que me costó encontrar pero estoy bastante satisfecha con el resultado. Les animo a buscar el significado~

Hasta el próximo capítulo!

—Fanfiction 24 de julio de 2015