Descargo de responsabilidad: ® Todo el universo de Shingeki no Kyojin es propiedad de Hajime Isayama. El Soldadito de Plomo le pertenece al maestro Hans Christian Andersen.


7. Roca

Oh, ¿dónde está mi amada?

No tengo el poder

Permanezco solo, sin forma

de gritar tu nombre.*

—Call your name, Hiroyuki Sawano. 進撃の巨人 OST


Confía en nosotros…

¿Dónde había oído algo como eso antes?

Hizo memoria, en vano hurgando entre sus recuerdos, casi intentando desesperadamente atribuirlo a los labios de algún compañero del ejército, porque estaba casi cien por ciento seguro de que aquellas palabras las había escuchado antes.

Sólo que no sabía cuándo ni a quién.

De lo que sí estaba seguro, era de la determinada voz que las había pronunciado, clara y fresca en su mente como si recién acabara de escucharlas.


El viento hacía mover con suavidad las ramas de los árboles, enviando una pequeña lluvia de hojas amarillentas al suelo. Era primavera, y la naturaleza brillaba con todo su esplendor ataviada con sus colores de gala. El paseo ofrecía una vista tranquilizadora y animada, justo lo que necesitaba tras aquella primera sesión que sólo había logrado agitarlo más.

La primera reunión con Lucas no había terminado como esperaba, de hecho, había sido casi decepcionante. Esperaba casi con desespero que pudiera tener una solución de inmediato, como una receta con un cóctel de narcóticos para conciliar un sueño tranquilo o algo así.

En lugar de ello, las palabras del médico y la citación de sus propias palabras dichas hacía décadas atrás, agitaron en él una revolución de pensamientos e imágenes fragmentadas que no sabía que estaban en su mente.

Y las palabras finales, aquel confíe en mí terminaron de avivar en él sentimientos encontrados que no sabía cómo explicar.

Estaba confundido y cansado. El dolor de cabeza no se había atenuado, sino que había empeorado. Esperaba que con una tranquila caminata su mente se aclarara y volviera a un estado apacible, pero no estaba funcionando. De hecho, lo empeoró, porque el escenario primaveral con árboles y flores llenos de vida, el viento arremolinando las hojas caídas y sacudiendo ramas y pétalos, el límpido cielo azul despejado de nubes y la luz brillante del sol calentando su piel, le hicieron pensar en una extraña pregunta que había aparecido repentinamente en su cabeza aquella madrugada.

«¿Cómo sería vivir libremente en el mundo exterior?»

¿Qué significaba eso?

"El mundo exterior" sonaba dicho por alguien que había vivido encerrado toda su vida, sin poder disfrutar de la calidez del sol en su piel, o el olor del mar, o el delicioso entumecimiento que provoca el sentir la nieve entre los dedos. Para él, la sola idea era ridícula, siempre había sido un hombre libre, perfectamente capaz de disfrutar de todo eso y más. Lo estaba viendo, justo ahora. Pero por alguna razón, no sentía la libertad ni la alegría que la poesía, las canciones y hasta esa misma pregunta implicaban.

De hecho, se sentía vacío, solo. Sin una razón real para vivir, como si debiera estar en otro lugar, otra época. Como si debiera haber hecho algo más que pilotear aviones o recuperarse de una lesión en la pierna.

De repente, el sueño que había estado anhelando toda su vida de volar por los aires perdió color, perdió vida. Careció de significado.

Intentó ignorarlo, justo como había ignorado el hueco que había estado en su pecho toda su vida.


La fotografía había sido tomada hacía unos diez años, donde posaban en orden más de cien cadetes recién graduados, incluyéndolo. La siguiente imagen, era una de él posando con su uniforme de gala junto a una chica alta y morena, y otro más bien desgarbado y de cabello oscuro. Uno de ellos ya no se hallaba entre los vivos, recordó con pesar.

Otras fotografías mostraban a los mismos jóvenes, a veces solos, otras veces junto con padres amigos y amantes. Había una especial, donde todo el escuadrón de paracaidismo posaba sonriendo arrogantemente ante la cámara. Un helicóptero que nunca logró alcanzar el cielo se divisaba al fondo. Era del día del accidente.

Aleix lucia el uniforme estándar, sosteniendo unos lentes de aviador -regalo de uno de sus amigos- junto al casco. Sonreía modestamente, una curva apenas perceptible pero sincera. A su lado, Christians y Fleur, los de la segunda foto.

Samuel Lucas observó las fotografías con detenimiento. No era su intención inmiscuirse en la vida de su paciente, pero era necesario saber algunas cosas sobre su vida que le pudieran ayudar a elaborar un diagnóstico más acertado.

Inexpresivo, el soldado le indicó quienes habían sobrevivido y quiénes no. Entre ellos, el muchacho flaco quien falleció tratando de sacar del fuego a su compañera. Lucas tomó algunas notas y guardó las fotos en una caja prometiendo regresarlas después. Despidió a Aleix con una nota de respeto y pesar en su voz, y regresó a su estudio a analizar con más detenimiento las fotografías.

Frank Christians y Liz Fleur habían sido los mejores amigos de Aleix Low desde que entraron en la academia. Habían tenido la suerte de quedar en el mismo grupo, y habían hecho múltiples prácticas de paracaidismo y combate juntos. El padre de Frank tenía una pequeña avioneta en la que a veces volaban los tres juntos sólo por el placer de hacerlo. Aleix la piloteaba con la misma maestría con que lo hacía en el ejército. Pero ese día, algo había salido mal y el helicóptero de práctica se había estrellado contra el suelo antes de alcanzar los diez metros de altura.

Había sobrevivido milagrosamente con no más que unos rasguños y una lesión en la pierna que estaba tratando con terapia.

Pero sus amigos y demás compañeros no tuvieron la misma suerte. Christians perdió la vida, Fleur estaba en cuidados intensivos por sus quemaduras, y el resto si no estaba en la tumba seguían gravemente heridos. Desde entonces, sus pesadillas habían vuelto disparadas como un cohete y no habían cesado.

Lucas realmente quería creer que habían sido originadas por el trauma de perder tantas vidas. Que aquella pelirroja y el rubio que les describió eran producto de ello, del shock y la culpa. Pero los diarios decían otra cosa, los diarios los recordaban como una chica que murió decapita y un chico que murió quién sabe cómo, ambos aparentemente a manos de una criatura colosal que devora humanos.

Por otro lado, Liz tenía el cabello castaño, casi negro, y su piel era más bien oscura. Frank, por su parte, tenía el cabello negro como la noche. Ni el uno era rubio ni el otro pelirrojo. Y tampoco ninguno de los otros jóvenes en las fotografías concordaba con esas descripciones, ni siquiera el propio Aleix, cuyo cabello imitaba la tonalidad de las alas de un cuervo.

Nuevamente, aquella posibilidad que Lucas como psicólogo y creyente de la ciencia que era se negaba a aceptar, apareció en su cabeza como iluminada por luces de neón. Aleix ya había visto esas muertes, y ahora tras la muerte de sus amigos su subconsciente se lo recordaba.

¿Una película tal vez? Quiso pensar. ¿Un video, un documental, una foto?

"¿Siendo usted un niño vio algo de naturaleza violenta, como un video o una fotografía?"

"No."

Habían sido esas la pregunta y su respectiva respuesta.

Lucas quería agotar toda posibilidad, así que llamó a la madre de su paciente. La mujer le respondió que siempre supervisó lo que veía su hijo en la televisión y que nunca le dejó ver programas de naturaleza violenta, aún menos tras comenzar el tratamiento una vez sus pesadillas comenzaron.

La posibilidad, ésa que Lucas no quería aceptar, era que lo había visto en persona, en vivo y directo. Pero no tenía ningún sentido, porque el trauma hubiera sido quizá peor y además el niño le hubiera revelado algo. Lucas siempre fue bueno sacándoles información a sus pacientes cuando no querían admitir algo.

Pero con Aleix Low todo había sido diferente desde el principio. La información que obtenía de él siempre había sido honesta, sin huecos o inconsistencias entre sí que revelaran que ocultaba algo. Los sueños interconectados entre sí, las historias que parecían repetirse. Las personas que morían, casi siempre de la misma manera, todas con un elemento en común. Titanes.

Investigó sobre el término los siguientes días. Internet, su propia biblioteca personal, la biblioteca de la universidad, hasta un estudio psicólogo a Goya hecho por un tesista de la escuela de psicología de otra universidad. No encontró nada satisfactorio.

Los titanes de la mitología griega, los jóvenes titanes de DC, los hijos de Anac, descendientes de los ángeles en la Biblia, y cosas así. Nada relativo a criaturas humanoides que se alimentan de seres humanos, ni siquiera entre las tribus caníbales desperdigadas en los lugares más recónditos del mundo. Así que, queriendo cortar por la tangente, se decidió a que en su siguiente sesión con Aleix se lo preguntaría.


« ¿Café? »

Lejos de interrumpir su trabajo, la voz fue recibida con satisfacción, y su dueña bienvenida con los brazos abiertos.

Una figura pequeña y delicada entró en la estancia, sosteniendo una jarra llena de la ansiada bebida. Sirvió una generosa cantidad en una taza, y se la ofreció con gesto atento. Él la recibió con mudo agradecimiento, sin saber qué palabras decir. El pequeño momento pareció eterno aunque duró no más de unos segundos, un instante íntimo en que sostuvo aquella mano que le tendía la taza por más tiempo del permitido.

Le invadió un cosquilleo, uno que se sentía demasiado real y familiar como para ser producto de su mente. Ella se soltó, casi renuentemente, y se guardó detrás de la oreja un mechón de su cabello. El tono era realmente hermoso, casi irreal. Apartó la mirada de aquel cabello de color hipnótico, y la detuvo en el pequeño y suave rostro que le sonreía con una calidez avasalladora.

Subió hasta sus ojos, brillantes ante la luz de las velas.

Eran del color de la miel.

Ah, ahora los recordaba. Unos ojos grandes, casi infantiles, que siempre le habían mirado con respeto y admiración, y no mucho después, cariño… Una mirada que poseía una luz que nunca encontraría en rostro alguno, una mirada tan dulce como el color que la describía. Pero a la vez, una mirada que podía tornarse con una fiera, una dura determinación, como la de una roca.

La roca que le había sido de apoyo.

Petra…


—¿Durmió bien hoy? —fue lo primero que le preguntó tras ofrecerle asiento.

La respuesta fue vaga, pero positiva. Sin pesadillas por aquella noche. Lucas sonrió sutilmente, contento por el pequeño pero prometedor avance.

—¿Y dígame, recuerda si soñó algo?

—Sí.

—¿Puede decírmelo?

Casi le avergonzó admitirlo, pero reservado como siempre, no lo demostró. En su lugar le contó que soñó con que estaba en una oficina, llenando papeleo al parecer, cuando una joven entró a llevarle café. Obvió el detalle sobre sostener su mano y sobre su nombre que aun podía recordar porque lo consideraba privado, casi íntimo. Lucas tomó nota como siempre y procedió a preguntarle si recordaba cómo era ella. Le respondió con seguridad, como afirmando una verdad general, como si declarara que el cielo es azul.

—Sus ojos eran del color de la miel, y su cabello rubio rojizo. Y era muy hermosa.


Vamos avanzando en la historia, y ésta cada vez más va tomando forma. Ya dentro de poco veremos a cierto personaje que sé que todos quieren ver. El próximo capítulo, podría decirse, es el nudo.

—Fanfiction, 19 de agosto de 2015.