Descargo de responsabilidad: ® Todo el universo de Shingeki no Kyojin es propiedad de Hajme Isayama. El Soldadito de Plomo le pertenece al maestro Hans Christian Andersen.
8. Detonante
—¿Café?
Era una voz atenta, amable. Pero desconocida.
Alzó la vista, levantando la taza, encontrándose con la mirada de la camarera. Trató lo más que pudo ignorar la absurda decepción que le causó al ver que la empleada no era la persona que esperaba.
Entonces, ¿a quién esperaba?
La decepción no se fue, sino que trajo abatimiento y amargura al probar una bebida que no sabía como se lo imaginaba.
Sólo podía pensar en la chica de su sueño, y aunque ya eran cerca de las cinco de la tarde no había olvidado su rostro, redondeado y joven, demasiado joven para estar pensando en él aunque no existiera.
Aunque no existiera… Ah, el pensamiento le hacía sentir si se quiere peor. Y no lograba entender el porqué.
Terminó de beberse el café, meditando en lo que había pasado ese día, desde que había despertado. Sin duda aún podía recordar la molestia consigo mismo que le causó el despertarse, como cuando de niño soñaba con un pastel de chocolate y despertaba justo antes de darle la primera mordida. Era una gran desilusión. Pero esto era mucho mayor, porque conforme pasaron las horas la sensación no se fue, le acompañó a la ducha, al comedor, al despacho de Lucas. Le había seguido por las calles en el asiento del copiloto, a la sesión de fisioterapia en la capital, al restaurante donde almorzó, y ahora estaba sentada justo a su lado en aquella cafetería a un lado del camino a casa. Se asomaba en su taza de café negro, como el reflejo en el espejo de una versión malvada de sí mismo en una película de terror.
Petra, recordaba que se llamaba la joven de su sueño. Vaya nombre tan… curioso para una chica tan bella. Había investigado su significado por internet esa misma mañana, y encontró que era un nombre griego que significaba "roca". También era el nombre de una banda de rock, y el de una antigua ciudad judía.
Roca.
Le agradaba ese significado, porque denotaba una personalidad sólida, una determinación férrea, podría describir una lealtad firme, alguien en quien apoyarse, y un montón de cosas más que le agradaría descubrir en ese alguien especial.
Sólo que en el caso de la joven de hermosos ojos no podía estar seguro, o tal vez sí podía conferirle esas características, dado que era alguien que sólo vivía en su mente…
Ojalá fuera real, quiso; ojalá pudiera verla de nuevo, aunque sólo fuera en sueños, deseó.
Ojalá Petra, aquella muchacha que vivía y le ofrecía café, fuera real.
Con ese último pensamiento se marchó de la cafetería, preparado para otra hora más de viaje, únicamente en compañía de la soledad y la desilusión.
—¿Y anoche, qué soñó? —interrogó Lucas como ya era habitual entre ellos.
—La chica en el bosque —Lucas casi soltó un suspiro de "aquí vamos de nuevo"—. Me escribía una carta.
Típico. "La chica en el bosque" como había terminado por denominarse, era un personaje recurrente en los sueños y pesadillas de Aleix. La mayoría de veces que la veía en sueños, ella moría de una forma u otra, aunque había sueños, pequeños fragmentos casi demasiado efímeros para poder ser narrados, donde ella vivía y le sonreía. Siempre le sonreía, y al recordar que había muerto por su causa, el soldado del sueño y tal vez también el de la vida real, se sentía indigno de tal gesto.
El sueño de la noche anterior había sido tranquilo, en comparación con los otros. En él, la chica simplemente se sentaba a escribir una carta, aparentemente para él. Ignoró la punzada de curiosidad y el deseo de haber dormido unos minutos más para saber el contenido. A Lucas le causó gracia la confesión, pero por respeto no lo demostró y en su lugar se dedicó a seguir haciendo preguntas.
—¿No recuerda nada más?
—Eso es todo —replicó el otro, cruzando la pierna sana encima de la otra.
—Bueno —sonrió Lucas con aire de satisfacción—, eso es un claro símbolo de mejoría. Tal parece que el tratamiento finalmente está dando resultados.
Se equivoca, quiso espetarle. No estaba funcionando. Nada de lo que decía Lucas estaba funcionando en realidad.
Si no, ¿por qué seguía soñando con estas cosas, en especial, con la chica de ojos dorados?
Habían pasado varias semanas, durante las cuales nuevamente había vetado de su vida una cantidad ridícula de cosas. Lo que más lamentaba de todo esto, era que ya no podía beber café, su bebida favorita, y el té había tenido un destino similar. También había tenido que deshacerse del auto y conseguir una motocicleta, aunque eso en realidad formaba parte de su otro tratamiento, el de su pierna lesionada.
Pero sentía que nada de eso estaba funcionando. Ni siquiera las pastillas para dormir, que sólo lo calmaron el primer mes, pues al siguiente, cuando debió suspender el tratamiento para evitar volverse dependiente de los narcóticos, los sueños más horrendos volvieron. En especial ese donde encontraba a una jovencita muerta en el claro de un bosque.
En la sesión siguiente, sin poder soportarlo ya más, se lo dijo. Fue un arrebato, un momento donde terminó por estallar tras mucho tiempo de silencio. Lucas estaba anonadado, y nunca demostró molestia por la reacción impetuosa de su paciente, sino que se mostró paciente y apenado por el fracaso.
—Es claro que su regreso a casa ha contribuido a que sus pesadillas vuelvan —concluyó Lucas esa tarde, quitándose sus anteojos en gesto cansado—. Me temo que nada de lo que le he prescrito ha funcionado, así que debo recurrir a una última opción, señor Low. Márchese de la ciudad.
¿Marcharse de la ciudad? El soldado estaba desconcertado, y su reacción lo denotó tal cual. Allí estaba su familia, las únicas personas que le quedaban en esta vida, el ancla que le mantenía a flote y evitaba que la soledad terminara devorándolo por completo.
—¿A dónde iré? —fue todo lo que alcanzó a decir.
—Un lugar nuevo, un sitio donde comenzar una nueva vida. Un lugar donde pueda vivir cómodamente, y donde también pueda continuar con la fisioterapia. Es mi mejor consejo, y me temo, lo único que puedo hacer por usted.
Aleix meditó el asunto unos segundos, sumido en un profundo silencio. Una parte de él no quería irse y alejarse de su familia, la otra, deseaba con desespero ponerle fin al tormento de ver muertas una y otra vez personas que a pesar de no existir dejaban una marca desoladora en su pecho.
—¿No hay más opción?
Lucas bajó la mirada, y volvió a levantarla con pesar.
—No, honestamente. Hemos agotado todos los recursos, pero los resultados han sido engañosos y efímeros. Lamento informarle que no comprendo qué es lo que está sucediendo, por qué estos sueños siguen regresando una y otra vez. Definitivamente algo originó esto, la muerte de su padre y el accidente sólo fueron el detonante, pero no puedo dar con "ese algo". En todos mis años de estudio jamás vi una cosa así, y aunque he tomado como referencia cada caso que se le parezca en lo más mínimo, no logro dar con una respuesta al suyo. Es claro que usted no ha sufrido experiencias traumáticas, no ha sido expuesto a situaciones de naturaleza violenta, ni ha presenciado escenas con contenido similar a lo que me describe. Y sus sueños… hasta he pensado que desconcertarían al mismísimo Freud, porque los tuvo de niño y los vuelve a tener ahora. Todos repetitivos, con escenarios similares, los mismos personajes, las mismas muertes violentas. ¡Por todos los cielos, si hasta las descripciones coinciden! He leído una y otra vez los diarios que escribió de niño, y todos esos sueños concuerdan perfectamente con lo que me relata cada vez que nos vemos, y eso que usted afirma no haber soñado con ello en años… Ah, señor Low, siendo sincero ya no sé qué hacer con usted.
Si Aleix había sido sincero con sus sentimientos respecto al tratamiento, Samuel Lucas había sido brutalmente honesto en comparación. El soldado casi sintió romperse algo dentro de él, la confianza, la esperanza que tenía puesta en el viejo doctor. Ya le había curado una vez, recordó, cuando era niño. Sacó de su vida todas esas cosas negativas que se pudieran relacionar remotamente con sus sueños, y ahora lo había vuelto a hacer de nuevo y además le había dado medicación. Realmente deseaba que fuera él quien le diera una respuesta, quien le pusiera fin a su problema, que le asegurara que no se estaba volviendo loco porque a estas alturas ya empezaba a considerarlo. Si lo buscó en el hospital y luego en un campus, había sido porque tenía la ciega convicción de que con Samuel Lucas Taylor encontraría una solución.
Pero ahora, tras las reveladoras palabras del antiguo psicólogo infantil, esa esperanza se había hecho añicos.
—Hubo un experimento del sueño —comenzó a narrar Lucas—, donde a un joven que dormía se le susurró el nombre Gillian mientras dormía. Al día siguiente, el joven contó que soñó con una anciana que vivía en Chile. El paralelismo fonético entre el nombre Gillian y el nombre de la nacionalidad mencionada (chilean en inglés), le llevaron a tener ese sueño. Hay muchos experimentos más como ése, pero lo que quiero decir es que factores externos, como ruidos y las cosas experimentadas en el día influyen en los sueños. Creí que si suprimía todas esas cosas relacionadas con sus pesadillas podríamos empezar a ver una solución, pero no ha funcionado. En verdad lo lamento mucho, pero no veo otra alternativa más que mudarse a otra ciudad.
—¿Y si eso no funciona? —cuestionó el aludido.
—Entonces debo remitirlo a otro psicólogo que le realice algunas pruebas.
Para descartar enfermedades mentales, pensó Aleix con pesimismo.
—¿Significa eso que ya no seguirá atendiéndome?
La forma en que lo dijo, directa, sin descortesía, hizo sentir a Lucas un tanto culpable. Había fracasado rotundamente en ayudar al joven adulto que le había buscado cuando más le había necesitado y a quien le había prometido no abandonar.
—Podría decirse. Lo lamento mucho, pero dada su situación lo mejor es alejarse de este lugar.
Aleix se levantó del asiento, tomando su abrigo. Le estrechó la mano a Lucas con firmeza, en lo que parecía que sería un adiós definitivo.
—Entonces supongo que este es un adiós —dijo—. Gracias doctor, lamento haberle hecho perder su tiempo.
Lucas negó con la cabeza.
—No, discúlpeme usted a mí por no haber podido hacer nada más por usted. Le prometo que seguiré investigando, y en cuanto tenga una respuesta, voy a hacérsela saber. Pero creo que lo mejor para usted es irse lejos y olvidarse del tema por algún tiempo, pues seguir hablando de ello conmigo no le está ayudando. Además, este asunto de los "titanes" me tiene muy desconcertado, tendré que averiguar más…
Dejó de escucharlo.
Titanes…
La palabra encendió algo en él, como un nervio que se activa ante el dolor y te provoca una pequeña jaqueca en las sienes. Había sido justo como lo que pasó con la mención de la pelirroja y el rubio, pero esto era peor. Imágenes breves como la de sus sueños, con gigantes desnudos devorando humanos grotescamente, aparecieron en su memoria como un recuerdo olvidado que vuelve al presente de improvisto.
Los titanes sólo pueden morir al seccionarle la—
¡Los titanes entraron en la ciudad!
¡Señor, se ha avistado un titán anormal en—
Petra, encárgate de los titanes del lado sur.
¡Dile que me deje capturar un titán!
¡Los titanes están devorando al titán hembra!
¡Hermanito, vencimos un titán!
¡Capitán, un titán detrás de usted!
¡CAPITÁN!
Una opresión se apoderó de su pecho, y una terrible migraña le cegó, llenando su cabeza de voces y frases moviéndose velozmente y que no deberían tener ningún sentido pero que en su mente sí lo tenían. De pronto tuvo la sensación de que algo le rozaba las piernas pecho y caderas, y un hormigueo se apoderó de sus manos, similar al que se siente en tierra tras largas horas en una piscina, pero este hormigueo era como si estuviera sujetando algo entre los dedos. Una voz se destacó por encima de todas, un grito de angustia salido del alma misma y que tenía su misma voz, exclamando un único nombre con el que venía familiarizándose desde hacía semanas atrás.
¡NO!
La habitación giró noventa grados abruptamente y eso fue lo último que sus sentidos percibieron de este mundo.
El experimento que menciona Samuel L., es verdad, lo leí en alguna parte hace tiempo. Así que si desean soñar con Leví, sólo tienen que pedir que les susurren su nombre mientras duermen (?) xD
Otra cosa, metí la pata y hasta ahora me vengo a dar cuenta. Verán, el cuadro al que se hace referencia es "Saturno devorando a su hijo" y no fue pintado por el Greco, sino por Francisco José de Goya. Me confundí, un error garrafal…
—Fanfiction, 28 de agosto de 2015.
