Descargo de responsabilidad: ® Todo el universo de Shingeki no Kyojin es propiedad de Hajme Isayama. El Soldadito de Plomo le pertenece al maestro Hans Christian Andersen.


12. Alma: Ella

«No puedo concretar la hora, ni el sitio, ni la mirada,

ni las palabras que pusieron los cimientos de mi amor.

Hace bastante tiempo.

Estaba ya medio enamorado de ti antes de saber que te quería.»

—Jane Austen, Orgullo y prejuicio.


Por mucho tiempo, estuve muerto en vida. Nada tenía sentido para mí, nuevamente, condenado a repetir un círculo vicioso hasta que la muerte se apiadara de mí y viniera a buscarme. Pero la muy maldita se está tomando su tiempo.

Por mucho tiempo me cuestioné mi existencia misma. ¿Valía la pena estar vivo? ¿Valía la pena seguir caminando en este mundo podrido y maldecido donde un día más no significaba sino 24 horas extra sin ser comidos por los titanes? No veía el punto en nada de esto. Despertar, comer, entrenar, volver a dormir. Hacer lo mismo día tras día, sin lograr nada con eso, excepto sobrevivir. ¿Pero sobrevivir para qué? ¿Para juntarse con alguien del sexo opuesto y tener mocosos que repetirán el mismo ciclo indefinidamente hasta que las murallas caigan y todo se vaya a la mierda?

No, no había nada razonable en todo esto. Para mí, no había una razón para vivir, algo más en esta vida que no fuera sobrevivir a la amenaza de esas malditas bestias. Ni siquiera para un soldado como yo, que de vez en cuando podía salir de los muros y ver un pedazo de la tierra que nos había sido arrebatada.

Desde la muerte de Isabel y Farlan viví sumido en la amargura, incapaz de salir de allí. Murieron por nada, y es mi culpa. Tomé una mala decisión. Pero no me puedo arrepentir, porque eso no cambiará nada. Isabel y Farlan seguirán estando muertos, pudriéndose bajo tierra hasta que no quede más que polvo. Nunca más veré sus rostros, ni el cabello rojo de Isabel, ni la expresión estúpida de benevolencia que tenía Farlan para los pobres desgraciados que vivían peor que nosotros. Nunca más nos sentaremos a comer juntos, Isabel nunca terminará de aprender a escribir, y Farlan nunca podrá ver a su amigo recuperarse en el hospital. Nada de esto pasará, por más que me arrepienta. Así que me ahorraré el desagradable pensamiento y trataré de seguir adelante.

No sé si algún día podamos salir de estas paredes. La vida tendría un poco más de sentido si así fuera, la gente podría salir con libertad sin temor a ser devorados y no morirían más soldados como Isabel, Farlan y tantos otros. La Humanidad finalmente podría ser libre y conocer ese mundo de afuera y que nadie ha visto. No habría más malditos titanes.

Pero por ahora, seguimos encerrados en una jaula, incapaces de ver más allá, atrapados como gallinas en un corral. La gente sigue temiendo a los titanes, y hasta los novatos se mean de miedo cuando salen por primera vez de las murallas. Más soldados siguen muriendo a mi alrededor, y yo sigo en pie. Ni yo mismo sé cómo lo hago. ¿Por qué no muero como los demás? ¿Por qué sigo siendo llamado "el soldado más fuerte de la humanidad"?

Ojalá pudiera ser tan fuerte. Así la partida de ellos, de ella, no dolería tanto. Me importaría un comino y seguiría adelante, sin tener estas malditas pesadillas con ellos o sin sentirme cada día culpable de sus muertes. Nuevamente tomé una mala decisión. Y nunca me lo podré perdonar.

Por mucho tiempo me cuestioné muchas cosas. Si realmente valía la pena seguir luchando y porqué todavía lo hacía. Inicialmente, para poder obtener los documentos de ese cerdo infeliz y salvarnos el cuello a Isabel, Farlan y a mí, me uní a la Legión. Pero todo se fue a la mierda, Isabel y Farlan murieron, y el bastardo de Erwin nos descubrió. Aun así no abandoné la Legión tras eso. Seguí allí, en el frente de cada expedición, luchando contra esos malditos monstruos estúpidos. Por mucho tiempo me moví como por inercia, como el levantar una y otra vez la cuchara para tomar el desayuno sin meditar realmente en ello. Así viví los últimos años, un autómata, un buen peón en el tablero de Erwin, al punto que ya no sabía si luchaba para evitar la horca o porque no tenía a donde ir.

Quienes me conocían me calificaban de amargado, antipático, grosero y hasta soberbio. No mejoró el que se corriera el rumor sobre mi origen en la ciudad subterránea, donde viví como un criminal. Pero no me importaba, no quería la aprobación ni el cariño de nadie. Las únicas personas que me importaban están muertas.

Mi madre. Isabel. Farlan.

Mi primer escuadrón.

Ella

Ella era demasiado inocente, demasiado buena. Parecía ser incapaz de discernir la maldad y el horror escondido en la gente. Un caso totalmente perdido.

Pero también era valiente, comprometida, fuerte, capaz, leal. Al final eso la condujo a su muerte aunque fui yo quien le dio el golpe de gracia.

Pero mientras estuvo viva fue como un sol que iluminó a todo aquel que se cruzase en su camino. Su personalidad abierta y confiada le permitía acercarse con facilidad a las personas, y que éstas se acercaran a ella. Lo opuesto a mí. Siempre me fui difícil establecer relación con alguien, estrechar lazos, entender a los demás. Y tampoco me importaba. Pero eso no le impidió acercarse a mí, iluminarme con su luz. Amarme.

Todavía no comprendo cómo pasó, aunque ella una vez intentó explicarlo. Dijo que yo era valiente, como ningún otro. No, no era valiente. Sólo buscaba tentar a la muerte.

No noté nada de eso hasta muy tarde. Nunca se me pasó por la cabeza que ella guardara sentimientos hacia mí. Personalmente no pensaba en mí mismo como un hombre atractivo, mi rostro siempre ha sido demasiado serio, amargado, y, aunque odio darle la razón a ese cuatro ojos apestoso, no soy precisamente alto. Sí, soy un maldito enano gruñón que nadie soporta. ¿Qué demonios podría ver una mujer en mí? Además, ella era demasiado joven. Casi una niña. Cuando yo tenía trece años y ya sabía más del mundo que cualquier otro mocoso de mi edad, ella todavía estaba en pañales. Su inocencia era su mayor defecto. ¿Cómo pudo entonces fijarse en mí? ¿Qué pudo haber visto en alguien roto, vacío, con las manos llenas de la sangre de sus compañeros?

Pero de una u otra forma, lo hizo. Nunca noté nada, no vi nada especial en la forma que me miraba. Me trataba con amabilidad, respeto, y parecía ser la única novata que no me temía, pero nunca imaginé que eso se debía a algo más. Ella trataba a todos por igual, incluso a ese mocoso Yeaguer al que todos miraban con recelo. Ella era gentil con todo el mundo, sonreía amablemente, saludaba cordialmente cada vez que entraba a una habitación, les deseaba buen provecho a todos en su mesa. No podía entenderla, no lograba comprender como alguien que ha visto el horror de los titanes y morir a tantos compañeros puede seguir viviendo así, incorruptible.

Pero así era ella, un misterio que caminaba y respiraba.

La conocí tres años después de entrar a la Legión de Reconocimiento. Una novata, una recién graduada con los típicos sueños de ser un gran soldado y luchar por la libertad de la humanidad. Qué idealista. No le daba mucha esperanza en realidad, una chiquilla que ha vivido toda su vida en la seguridad de la Muralla Rose y jamás ha visto el horror de los titanes no tenía mucha esperanza de sobrevivir. Pero lo hizo. Volvió sana y salva tras su primera expedición, yendo más allá de mis expectativas. Más tarde me enteré que estaba en el top diez de su generación. Petra Ral era su nombre.

Rápidamente, se ganó la admiración de los superiores. Era ágil, rápida, letal. Su cuerpo pequeño y delgado le permitía moverse con mucha más facilidad en el aire que otros soldados. Su técnica era buena, usaba poco gas, podía esquivar todo tipo de obstáculos sin problemas, y era un objetivo difícil de alcanzar por los titanes. La vi, numerosas veces. Cortar rápidamente, sin darle tiempo a su presa de saber que le estaban atacando. Si la agarraban, no se quedaba paralizada, usaba las cuchillas con rapidez sorprendente para librarse y ponerse a salvo. También era excelente distrayendo titanes, permitiéndole a los soldados mejores que ella dar el golpe final. Para su muerte, tenía el récord más alto en toda la Legión, después de mí. Eld incluso una vez la llamó "la mujer soldado más fuerte de la humanidad".

También se ganó mi admiración. No era la más fuerte, pero tampoco se rendía. Cuando luchamos en combate cuerpo a cuerpo no dejó de intentarlo hasta tirarme al piso, pese a los golpes que se llevó en el proceso. Usaba lo que tenía a mano y lo convertía en una fortaleza para su beneficio, sin importar qué tan pequeñas fueran sus habilidades. Era tenaz y valiente. Para cuando formé un equipo especial con los mejores soldados en toda la Legión, no dudé en incluirla.

Pero mucho antes de eso, cuando nos juntamos para formar equipo en los flancos de la formación, comenzamos a pasar más tiempo juntos, entrenando, cabalgando, practicando estrategias de lucha. Cuando terminaba el entrenamiento siempre traía agua para mí y el resto del equipo, aunque siempre era yo la prioridad. No se quejaba por mis órdenes con respecto a la limpieza, nunca desacató un mandato ni cuestionó una decisión mía. Me respetaba, y sin yo saberlo, me admiraba. Fui demasiado ciego para darme cuenta, pero sus atenciones siempre estuvieron dirigidas a mí. Me llevaba té y café a la mesa de trabajo aunque no lo pidiera; y aunque le pusiera azúcar al café, nunca la corregí y terminé acostumbrándome al sabor. A veces, cuando me entregaba la taza, nuestros dedos se tocaban ligeramente y la sentía temblar. Creí que se debía a que se sentía nerviosa ante mi presencia como casi todos los novatos, pero era mucho más que eso.

Y yo, poco a poco, fui cayendo también presa. Todos la amaban. Eld la veía como una hermana, el cuatro ojos apestoso le tenía especial aprecio, el mocoso de Eren en tan sólo un mes le agarró cariño, y al menos la mitad de los cadetes de sexo masculino solteros estaban enamorados de ella. Y yo tampoco fui inmune a su encanto.

No sé qué fue primero. Si su valentía, su calidez, o su tenacidad. Lo único que sé es que para cuando me di cuenta, ya había caído demasiado profundo para dar vuelta atrás. Tenía un carácter firme, pero bondadoso, era dulce, pero fuerte. La dicotomía de su personalidad era sin duda intrigante, el cómo una joven tan pura y apacible podía mostrar semejante fiereza en el campo de batalla. Había visto jovencitas como ella, inocentes y sensibles, que a la hora de enfrentarse a los titanes se dejaban dominar por el miedo y no podían hacer nada más que temblar y convertirse en comida de titán. Pero Petra no, ella era valiente, decidida. Era dulce, pero no débil, fuerte pero no fría. Ella era simplemente única.

Era bonita también. Nunca había pensado así de ninguna otra mujer aparte de mi madre. Pero ahí estaba yo, pensando en lo bella que era. Su cabello era de un tono entre naranja y rubio, como el color de una zanahoria pero más bonito. Y sus ojos eran grandes, casi infantiles, y muy cálidos. Poseía una mirada dulce, serena, pero esa mirada podía tornarse a una apasionada determinación imposible de apagar. El color, nunca lo olvidaré. Dorados, como la luz del sol. Ahí supe que me estaba yendo a la soberana mierda. No podía permitirme pensar así, ella era mi subordinada, además era trece años menor que yo. Por otro lado, por cuestión de ética, las relaciones entre soldados y líderes estaban prohibidas.

Cuando me di cuenta que mis pensamientos hacia ella eran de lo más inapropiados para alguien que simplemente era una subordinada, ya era demasiado tarde. No me la podía sacar de la cabeza. Intentaba ocupar mi mente con el interminable papeleo, pero era imposible concentrarme cuando precisamente era ella quien venía a traerme café. Deseaba con todas mis fuerzas que ella se quedara y no se marchara de inmediato, que el segundo en el que nuestras manos se tocaban al entregarme la taza durara un poco más, que hubiera una forma en la que pudiera tener la oportunidad de tenerla a mi lado sin restricciones de ningún tipo. Empezando por las que me autoimpuse.

No la merecía y esa era mi mayor tortura. Erwin podía meterse sus reglas por donde le cupieran, pero era yo mismo quien me restringía. Ella era demasiado buena, demasiado pura para mí. Yo era demasiado mayor, por trece malditos años. Mi fijación hacia ella casi podía considerarse indecente, si no es que lo era. Yo estaba podrido, roto, mis manos estaban manchadas de sangre y mi consciencia de culpa. No podía corromper su pureza y bondad de esa forma. Se mancharía en cuanto me acercara, se rompería en cuanto la tocara, como esa tacita de porcelana cuando era un niño. Pero por otro lado, un lado irracional e impulsivo que luchaba por mantener a raya, quería desear un mundo sin titanes, ser egoísta, mandar todo a la mierda, y llevarla consigo.

Cuando llegaba la noche ansiaba que se hiciera de día otra vez para poder verla. Cuando estaba ocupado en la oficina deseaba con fuerza que ella llegara a traerme café. Cuando salíamos a cabalgar, quería que los demás se perdieran de vista para tenerla sólo para mí unos momentos. Fue una maldita tortura. Lenta, dolorosa. Porque sabía que podía perderla en cualquier momento. Petra era bonita, además de honesta, leal y bondadosa. Cualquier día, sin poder evitarlo, ella se enamoraría de alguien que de verdad la mereciera y ese alguien no perdería la oportunidad de hacerla su esposa. Y ese momento se estaba acercando. Oluo Bossard, uno de sus compañeros comenzó a cortejarla. Ella no parecía prestarle atención, pero si él, que no tenía oportunidad alguna de ganarse su corazón lo intentaba, cualquier otro lo haría también y tendría éxito. La perdería para siempre.

Pero no la merecía, y debía morir con el secreto.

Irónicamente, fui yo quien terminó confesándose. Fue un momento de estupidez absoluta, mi lengua me traicionó. Ella se había lastimado severamente pocos días antes de una expedición. Fue un error técnico en realidad, una pieza del arnés estaba defectuosa y terminó desprendiéndose cuando estaba en el aire. Como consecuencia, perdió el equilibrio y comenzó a caer estrepitosamente al suelo. La vi descender rápidamente, como un ave herida. Me di la vuelta y emprendí el regreso a toda marcha, intentando capturarla en el aire. Pero no llegué a tiempo. En medio de la confusión trató de enganchar el equipo en un árbol, pero fui inútil. Una rama detuvo su caída momentáneamente, eliminando la velocidad, y luego cayó al suelo desde una altura de unos cinco metros.

Estaba inconsciente cuando llegué hasta ella. El resto del equipo se detuvo en el aire, a la expectativa. Pero era un entrenamiento, cosas como ésa pueden pasar en plena batalla y los soldados no deben darse el lujo de detenerse. Di la orden de seguir, y Eld y yo, los que estábamos más cerca, nos encargamos de ella. La llevamos hasta la sala de cuidados médicos del cuartel donde la atendieron. Se lastimó severamente la pierna, y se dislocó el hombro. Recuperarse le tomaría semanas.

Lo primero fue su pierna. Acomodarle el brazo vino después. La advertencia no fue suficiente para prepararnos para la realidad, y cuando el médico encajó de nuevo el hueso en su lugar, profirió un agudo grito que nunca le había escuchado ni le volví a escuchar. Pero no lloró. Entre de nuevo cuando se hubo vestido, sin pensar que ese momento se volvería definitivo.

No fue una confesión poética con palabras bonitas ni nada parecido. No sirvo para nada de eso, eso se le da mejor al mocoso cabeza de limón. Fue algo más directo, crudo, una orden. No irás a la expedición, fue lo primero que le dije. No creí que me fuera a replicar, pero por primera vez en nuestra relación como capitán-subordinado, se rebeló. Quería saber por qué, quería una maldita razón. Casi no podía creerlo. ¿De verdad? Estaba herida, no podía levantarse y caminar, ¿y todavía me exigía una explicación? Fui bastante rudo con ella, pues no veía una forma más suave de que me entendiera. Además, mi lenguaje nunca ha sido delicado precisamente.

«No puedes ni levantarte. Si te dejo ir terminarás como almuerzo de un maldito titán, ¿eso es lo que quieres?»

Ni se inmutó, parecía demasiado decidida. Dijo que podía hacerlo, que no necesitaba su pierna para usar el equipo de maniobras. Era demasiado terca. ¿Por qué no lo aceptaba y ya? Debería estar agradecida de salvar su trasero de una expedición que podía significar su muerte, como la de cualquier otro soldado. Por muy buena que fuera no estaba excedente de sufrir una muerte dolorosa y horrible como sus compañeros si estaba herida. Pero ella estaba decidida a ir. Mi paciencia se acabó. Intentaba salvarla, protegerla de ir a la expedición en esa peligrosa condición, pero no me hacía caso.

La alcé de los hombros, no pesaba mucho. La asenté en el piso, y como era de esperarse, no pudo sostenerse en pie. Cayó al suelo y no la detuve. Parecía en shock, como si no pudiera creer lo que acababa de ocurrir. Era la primera vez que la trataba así.

«No puedes ni mantenerte en pie. Como tu superior inmediato no aprobaré que vayas en esas condiciones.»

No dijo nada. Se puso de pie con dificultad, ayudándose con el catre. Nos quedamos en silencio, ninguno se animaba a decir nada más. Hasta que ella rompió el silencio.

«Capitán, con todo respeto, pero sólo el comandante Smith puede decidir eso.»

Tuvo la osadía de reclamar. Fue uno de esos momentos donde descubrí una capa escondida dentro de otra, un tipo de tenacidad diferente al que mostraba al pelear. Ella estaba decidida a ir a esa expedición, fuera como fuera, aún si eso implicaba pasar por encima de mi autoridad. Era astuta. Y una suicida. Ese fue el momento definitivo cuando acabé por echar por la borda meses de autocontención y moralidad.

«¿¡Por qué eres tan terca!? ¿Qué no ves que no quiero perderte?»

No necesitó más para comprender la verdad. La habitación se quedó en silencio, y solté el cuello de su chaqueta que no me había dado cuenta que apretaba con fuerza. La dejé ir, y sin esperar nada, salí de aquella habitación de inmediato.


—Fanfiction, 05 de diciembre de 2015