Descargo de responsabilidad: ® Todo el universo de Shingeki no Kyojin es propiedad de Hajme Isayama. El Soldadito de Plomo le pertenece al maestro Hans Christian Andersen.
13. Alma: Razón de vivir
«Porque fuerte como la muerte es el amor;
inconmovible como el Seol es la Pasión.
Sus brasas son brasas de fuego; es como poderosa llama.»*
—Cantares 8:5
Pasaron días sin volver a verla. La evité a toda costa, sentándome en la mesa más alejada del comedor, esquivando el área de servicios médicos, yéndome a la cama temprano. No fue tan difícil en realidad, dada su situación. Permaneció cinco días en la enfermería según le escuché a Hange, y después se marchó a casa a estar con su familia.
No tuve noticias de ella, y tampoco las busqué. Había cometido un error, un error fatal que no podía enmendar. Simplemente, no podía borrar mis palabras ni pedirle que las olvidara.
La expedición se dio sin retraso alguno. Salimos temprano y volvimos tres días después. Eld, Gunter y Oluo permanecieron conmigo todo el tiempo, incluso compartimos habitación mientras estuvimos fuera. Estar allí, en aquel cuartel, sin duda me trajo recuerdos sobre mi primera expedición fuera de las murallas. Exactamente cuatro años antes, Isabel Farlan y yo estuvimos allí fuera, planeando cómo obtener aquellos documentos. No eran recuerdos de lo más felices, pero eran recuerdos al fin. La gente vive en los recuerdos de uno, y supongo que soy la única persona existente en cuyos recuerdos ellos pueden vivir.
Las bajas fueron como siempre. Perdimos soldados, un buen número de parte de los novatos. La academia no te prepara para esto. Entrenas con modelos de madera manipulados por los instructores, pero nunca te sueltan un titán real y cuando llega la hora de enfrentarse a uno, muchos no superan la primera impresión y son devorados. Otros se sacrifican para salvar a sus amigos, otros simplemente tratan de huir pero no lo logran. Para cuando regresamos, los ánimos estaban bajos y nadie hablaba. Las personas nos recibieron con la actitud usual, murmurando y metiéndose entre la procesión a buscar a sus seres queridos. Eld, Gunter y Oluo lo soportaron bien, pero Caleb y Otoniel lucían más desanimados que de costumbre.
Los dos días siguientes estuve ocupado con el papeleo usual tras una expedición. Escribí mi informe, hablando sobre los titanes que maté y los soldados en mi grupo que perdieron la vida. Estuve bastante ocupado llenando mi reporte por lo que no noté un sobre que estaba en mi escritorio. Cuando lo abrí, era una carta de Petra. Su contenido me dejó bastante impresionado.
Decía lo mucho que había luchado consigo misma para poder escribirla, y que al final simplemente la dejaría en mi escritorio y se marcharía corriendo antes de arrepentirse. Lo que hiciera con ella, ya dependía de mí. Explicaba que se había marchado a casa y que volvería en cuanto el plazo se venciera, y que no había olvidado lo sucedido en la enfermería. De hecho, según sus palabras, no podía olvidarlo. Confesó que se había encariñado conmigo, más de lo debido. Su admiración hacia mí rápidamente se había convertido en algo más, y se disculpaba por ello. Se disculpaba por dejarse llevar por sus sentimientos, y prometió aceptar sin protestas si decidía pedirle a Erwin que la enviara a otra división. Por el bien de los dos, escribió, se olvidaría de todo porque sabía que eso era exactamente lo que yo haría.
Sus palabras me dolieron porque yo no quería olvidarla. Ese lado impulsivo e irracional no quería hacer lo que la carta decía, quería alegrarse por saber que era correspondido, quería poder tenerla a su lado y olvidarse de las malditas reglas. Pero no podía complacer a ese lado insensato, tenía que mantenerme distante como siempre y olvidarme del asunto. Seguir siendo el soldado más fuerte de la humanidad y enterrar mis sentimientos para siempre.
No medité mucho en el asunto. Leí la carta una vez más y la arrojé al fuego. Me olvidaría de Petra Ral y ella haría lo mismo. La enviaría con la loca cuatro ojos, se llevaban bien.
Pero toda mi determinación se fue a la mierda cuando ella regresó.
Me saludó con timidez, casi con miedo. El estricto Capitán Levi no iba a permitir que algo tan estúpido e inútil como el amor se interpusiera en su vida militar, eso era lo que ella pensaba. Pero al final terminé haciendo lo incorrecto, lanzando el reglamento por la ventana y dejándome hundir más de lo que ya estaba.
Fui directo. Le dije que leí la carta, a lo que palideció, y le dije que la había arrojado al fuego. Vi tristeza en sus ojos con eso último, pero no dijo nada. Le dije que era mejor para ambos olvidarnos del asunto y fingir que nada de esto había sucedido. Me preguntó si la enviaría a otra división. Mi respuesta fue más ruda de lo que quise, y en adelante traté de ser menos áspero con ella.
Maldición, no, Petra. No irás a ningún lado.
Se despidió con el saludo de la Legión y el usual "sí, señor". No la vi en los días siguientes, ahora era ella quien me evitaba a mí, y con esfuerzo me mantuve al margen. Pensé que la olvidaría y ella a mí. Que conseguiría un buen partido, alguien fuera de la Legión que le pudiera dar una buena vida y todo eso. Al final, nada salió como quise planear.
Estoy firmemente convencido que la loca de Hange tuvo algo que ver. Y estoy casi seguro que Eld también tuvo su parte en el asunto, porque no pasaron muchos días para que "por casualidad" empezáramos a quedarnos solos en diversas ocasiones. Primero al cuatro ojos se le ocurrió mandarla a mi mesa a pedir un cubierto, y luego cuando Gunter, Petra y yo estábamos arreglando los caballos, Eld mandó a buscar a Gunter quien sabe con qué excusa. Creo que ella no se daba cuenta, era una de esas ocasiones en la que demostraba una gran ingenuidad. Pero yo sí, y empezaba a inquietarme el que dos personas estuvieran esforzándose por juntarnos. Incluso llegué a pensar que era una señal, pero esa idea era absurda. Ella y yo no debíamos estar juntos, sin importar qué. Y si podíamos evitar todo contacto posible, mucho mejor.
Las cosas entre nosotros no variaron mucho hasta la siguiente expedición. Para esta salida ya estaba totalmente recuperada, así que no hubo objeciones en que fuera. Estuvo en su lado de la formación, como siempre, en los flancos junto a Eld, Gunter, Oluo, Otoniel y Caleb. Los mejores soldados siempre eran llevados a los lados de cada ángulo, y gracias a ello no tuvimos casi ninguna baja en nuestro recorrido hasta el cuartel de abastecimiento en el exterior. Oluo derribó él sólo dos titanes, aumentando así su récord de muertes en solitario. Pero aun así, perdimos toda una unidad, donde estaba una de las amigas de Petra.
La vi llorando en la tienda de suministros, sola. Intentaba llenar su tanque pero sus manos temblaban. No pude soportar verla así, y me acerqué hasta ella. Ya sabía por qué lloraba, pero la dejé hablar.
«La unidad de Ilse está desaparecida y sólo se encontraron los caballos… había sangre en ellos… y no se evaporaba…»
No pudo decir más y se deshizo en lágrimas. Nunca te acostumbras a esto, a ver morir a tus compañeros uno tras otro. Es otra cosa que aprendí por las malas.
Le di mi pañuelo, el que llevaba conmigo para limpiar la sangre de las cuchillas pero que todavía no había usado. No quise prometerle nada, no tuve el corazón para mentirle, y fue lo mejor que pude haber hecho porque encontramos a Ilse un año después, decapitada, oculta en el tronco de un árbol. Le dije a Petra que éramos soldados, y eso era lo que los soldados hacíamos, luchar por la humanidad. Que el peso de los caídos estaría en nuestros hombros, y que sus muertes nunca serían en vano. Que era nuestra tarea no dejar que pasaran al olvido sin que se supiera de su valentía, y que por lo tanto los recuerdos de sus vidas y sus triunfos debían vivir en nuestras memorias para siempre.
«Gracias, capitán. En verdad usted es una buena persona…»
Aún puedo recordar el calor de su mano en la mía. Fue la primera vez que alguien me dijo algo así.
La expedición terminó y regresamos a las murallas. Petra y el resto regresaron a casa un tiempo antes de volver a los cuarteles de entrenamiento. Por primera vez, me llegó una carta suya desde casa. Decía que había llegado bien y estaba con su familia, que había visitado la casa de los Langner y conocido a la hermana menor de su amiga. Me agradeció por mis palabras en la tienda de suministros, y juró que eso era exactamente lo que iba a hacer.
Cuando volvió, me dijo más o menos lo mismo. Había terminado su luto por la muerte de Ilse y estaba decidida a hacerle saber de alguna forma al mundo el sacrificio de ella y los demás soldados que murieron durante la expedición. Me devolvió mi pañuelo, limpio y planchado, pero le dije que se lo quedara. Más tarde ella me confesó que en él comenzó a bordar el símbolo de las alas, pero añadiendo un ala por cada compañero caído, y en esa ala su nombre escrito. Creo que nunca imaginó que no mucho tiempo después su propio nombre y el de sus compañeros más cercanos terminarían allí también.
Sin duda esa última expedición cambió algo en ella. Aunque pareciera contradictorio, parecía más animada, pero entendí que quería disfrutar el tiempo que le quedaba junto a sus amigos de la mejor manera posible. Conmigo se portó de la misma forma, y parecía más interesada en mi bienestar que nunca. Me preguntaba si había descansado, si necesitaba algo más, si había disfrutado el día. Eran preguntas soberanamente tontas porque cada día era igual, pero decidido a ser menos duro con ella, le contesté de la mejor forma que pude en cada ocasión. Hasta que ella misma pudo darse sus propias respuestas.
Nuestra relación no empezó de la manera usual. No fue como se acostumbraba, primero visitando a la joven a su casa, llevándole flores e invitándola a dar un paseo para luego hablarle al padre sobre matrimonio. Tampoco fue con un patético "¿quieres ser mi novia?" como el de los mocosos en la academia. Podría decirse que no tuvo un comienzo oficial, ni siquiera podía darle un nombre.
Comenzamos a acercarnos más durante esos momentos en que me acompañaba en mi oficina mientras llenaba informes. El tiempo fue pasando y sin saber cómo, la confianza llegó al punto que simplemente cuando ella quería hurgaba en mi estantería y tomaba un libro. Y cuando estaba muy cansado, harto del interminable papeleo, ella me leía algo de su propia colección. Le gustaban los cuentos, esos que se inventaban para los mocosos. Me gustaba oírla, cuando leía su voz era suave, casi como un murmullo. Leía muy bien, no en un tono plano y aburrido, sino que se apropiaba de las historias y les daba emoción, como si pudiera leer la mente del autor y saber qué quería expresar con sus palabras.
Eso no ayudó en nada a mi resolución de distanciarme y olvidarla, pero ya estaba cansado de luchar con mis sentimientos y empezaba a rendirme. No sé cuando terminé de aceptar que no podía luchar conmigo mismo, lo cierto es que sin darnos cuenta, en lugar de luchar contra nuestros sentimientos, ella y yo comenzamos a luchar para que no nos descubrieran.
No sé exactamente cómo describir lo nuestro. No era la típica relación entre dos mocosos que se ve en la academia, donde se juran amor eterno y se escriben cartas cursis. Tampoco era una relación formal encaminada hacia el matrimonio, ni siquiera puedo pensar en una relación de amantes. Para mí estaba bien como estábamos, y a ella tampoco le importaba darle un nombre a lo que teníamos. Nunca he sido alguien expresivo, y dar muestras de cariño en público es algo que aborrezco totalmente, pero aun así una parte de mí quería que el secreto acabara y pudiéramos estar juntos sin ningún problema. Debido a la naturaleza secreta de nuestra relación, apenas podíamos vernos, y había ocasiones en que pasaban días enteros sin poder hablarle.
Intenté arreglármelas para que ella y yo pudiésemos pasar un poco más de tiempo juntos, pero era muy difícil. Nos sentábamos juntos a la hora de la comida, en las reuniones siempre me quedaba cerca de ella, y cuando estaba solo, ella venía y me traía té y se quedaba a hablar un rato. Sin embargo, nada de eso era suficiente.
No sé qué pensaba ella de todo esto. Tal vez le parecía insuficiente como a mí pero no dijo nada para no hacerlo más difícil. No era fácil decir "no", ni despedirnos en la noche, pero no podíamos arriesgarnos. Su reputación y la mía serían duramente juzgadas, sobre todo tomando en cuenta que ella era parte del escuadrón que yo mismo formé. Fui imparcial a la hora de elegirla como parte de mi equipo, pero los demás soldados no verían eso si nuestra relación se hacía del conocimiento público. Debido a eso y otros motivos, manteníamos la distancia lo más que podíamos. Los pocos momentos que pasamos juntos sin tener que fingir distancia era durante nuestros días libres y vacaciones, y una que otra noche robada en que se escabullía de su habitación a la mía.
Todo fue muy difícil, lo que nos llevó a diversos altibajos, pero nunca dejé de quererla. Lo que sentía por ella se hizo cada vez más fuerte, hasta que llegué a la conclusión de que la amaba. Por primera vez en casi cinco años, dejé de sentirme solo y amargado. No había olvidado a Isabel y Farlan, y aunque sus muertes aún eran una carga y causa de pesadillas, ya no veía la vida tan gris y sin propósito como antes. Incluso llegué a creer con fuerza en la promesa de libertad de nuestras insignias, y a desear poder librar al mundo de los titanes y llevar una vida tranquila, juntos, sin pensar en que podríamos morir en la siguiente salida.
Tenía una oportunidad de amar y ser amado, de ser feliz, como lo había sido cuando ellos estaban en vida. Había sobrevivido lo suficiente para poder conocer a una persona que no se espantaba ante mi pasado, que me comprendía sin tener que decir muchas palabras, que podía soportar mi lenguaje tosco y mi estricta manera de ser. Alguien que me enseñó que la fortaleza no está en los músculos, ni la experiencia, ni cuántas muertes puedes soportar sin llorar. Que la valentía no requiere una fuerza bruta, ni de un miedo desconocido a la muerte, sino que está en esas pequeñas acciones que demuestran que se está dispuesto a seguir luchando sin importar qué. Me demostró que la bondad no es símbolo de debilidad y la dulzura no significa fragilidad. Que la lealtad puede existir, y la confianza puede permanecer firme contra lo que sea, como una roca.
Así, sin buscarlo, Petra se terminó volviendo mi razón de vivir.
Todavía están ahí, ¿verdad? ¿¡verdad!?
Siento la tardanza, este y los siguientes 5 capítulos están listos desde hace meses, pero este no me convencía. Hasta hoy es que he podido corregirlo, ya saben, la inspiración se va de farra y bla bla bla.
En fin, lo que importa es que estamos aquí de nuevo, y que habrá actualización hasta mayo por lo menos (planeo actualizar quincenal). Hay más capítulos listos, pero hay capítulos anteriores a esos que necesitan ser escritos, y para los que necesito dos cosas difíciles de conseguir: inspiración y avance de la trama del manga.
Realmente me hubiera gustado terminar esta historia antes de junio, pero creo que no se va a poder. Ay…
Antes de irme quisiera dejar claro dos cosas: Uno, la cita del capítulo proviene de la versión RVA 2015, y dos, los eventos descritos en este capítulo transcurren entre el año 849 y el 850.
Gracias por seguir leyendo esta cosa, ¡nos vemos en dos semanas!
—Fanfiction, 02 de marzo de 2016.
