Descargo de responsabilidad: ® Todo el universo de Shingeki no Kyojin es propiedad de Hajme Isayama. El Soldadito de Plomo le pertenece al maestro Hans Christian Andersen.
16. Alma: Devoción.
«Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del
continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra,
toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio,
o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia;
la muerte de cualquier hombre me disminuye,
porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente,
nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti.»
—John Donne.
Ni siquiera sé que hice después de eso. Si me quedé allí, o si descendí a cerrar sus ojos para siempre. Tal vez fue la impresión la que acabó por borrar los momentos que siguieron para mantener mi cordura. Volví a ser un autómata, a moverme sin voluntad. Para cuando me di cuenta estaba siguiendo el rastro de las pisadas de aquella maldita perra en el pasto. Qué fue de Eren, por un momento ni me importó. Estaba demasiado abrumado para poder pensar claramente. Hubiera seguido así, pero algo me hizo reaccionar. Uno de los soldados perseguía a aquel monstruo, y trató de enfrentarlo. Esa chica estaba loca. ¿Realmente creía que podría hacerle frente ella sola?
No podía permitir más muertes. Ya suficientes personas habían muerto ese día para permitirle a aquella bestia cargarse uno más. Detuve a aquella imprudente soldado antes de que fuera demasiado tarde, pero estaba determinada a matar a la criatura. Al igual que Eren, no razonaba. Quería matarla a toda costa y rescatar al mocoso.
La convencí de seguir conmigo tras el titán. Su velocidad disminuía poco a poco, debía estar agotada tras la lucha con el titán de Eren, así que sólo era cuestión de tiempo para que se cansara. Cuando eso pasara podríamos emboscarla y rescatar a Eren. Pero la mocosa no estaba dispuesta a esperar, quería actuar de inmediato. Había una fuerte determinación en ella, una estúpida y precipitada determinación que acabaría matándola. Hasta tuvo el descaro de reclamarme y culparme por lo sucedido. Maldita mocosa.
Fue cuando me di cuenta que era la hermana de Eren, la chica del juicio a quien también acusaron de ser como él. Lo entendí finalmente, el porqué de su ira, su determinación en salvarlo. Me recordó a mí mismo, años atrás, cuando Isabel y Farlan murieron. Yo también reaccioné de la misma manera, sacudido violentamente por la ira y el dolor. Sin siquiera pensarlo, me lancé al ataque contra aquel titán raro, atacando una y otra vez, desahogando el dolor contra quien masacró a mis amigos. Esa mocosa imprudente iba a hacer lo mismo. Se lanzaría contra el titán femenino tratando de vengarse. Pero esa perra no era como el titán que yo enfrenté, tenía inteligencia y una sola meta en mente. Llevarse a Eren sin importar cuántos soldados tuviera que masacrar. Tenía que detenerla.
Intenté una vez más razonar con ella. Hacerle entender de una maldita vez que debía esperar y hacer exactamente lo que le dijera. Le dejé muy claro que nos limitaríamos a rescatar a Eren y nos largaríamos de allí en el mismo instante que lo hubiéramos salvado. Se negó y la ignoré. Expuse mi plan, distraer al titán mientras el otro hería sus puntos débiles para poder salvar a Eren. Sin más opción, acabó por aceptar.
Ella se adelantó, tratando de distraerla. Yo me acerqué sutilmente por detrás, listo para atacar. El titán femenino se dio la vuelta de improvisto, blandiendo su puño, esperando tomarme por sorpresa. Qué estúpida. Me lancé sobre su mano y velozmente recorrí su brazo cortando todo a mi paso. Al llegar al hombro corté los músculos que lo sostenían, y la cegué. Salté hacia atrás antes de que pudiera reaccionar y con un nuevo juego de cuchillas corté los puntos principales que la mantenían en pie. Cayó sentada al pie de un árbol, protegiendo su nuca con el brazo sano. Estaba indefensa, no podía moverse ni atacar. Si me atacaba con su brazo sano, dejaría expuesta su nuca. Seguí cortando en los puntos de articulación hasta que finalmente el brazo cayó inerte, dejando totalmente expuesta su punto débil.
Entonces aquella mocosa desobediente quiso cortar su nuca para revelar quien yacía en su interior, ignorando por completo mis órdenes. Supe que sería su fin. El titán femenino levantó la muñeca, lista para aplastarla contra el árbol. Tenía que impedirlo. La hice a un lado con fuerza, pero el precipitado movimiento al apoyarme en la mano del titán dislocó mi pie, enviando una oleada de dolor por toda mi pierna izquierda. Me elevé de inmediato y corté los músculos de su boca, liberando a Eren. Estaba inconsciente y todo cubierto de baba, qué asco. Lo agarré como pude y me alejé de allí.
Di la orden de retirada y nos largamos de allí. El titán femenino no nos siguió, estaba demasiado herida para levantarse y seguirnos. Y, mientras nos alejábamos del sitio, vi aquel monstruo llorar. No podía creerlo. ¿Esa bestia homicida tenía sentimientos?
Cuando llegamos ya todos los sobrevivientes estaban reunidos, preparando el viaje de regreso. Algunos vigilaban el área, otros se encargaban de alimentar a los caballos y atender a los heridos. Dejaban los cuerpos en el suelo, y cuando confirmaban sus identidades los cubrían con sábanas. Dejé a Eren a cargo de sus amigos, y me alejé del grupo. La pierna me estaba matando pero lo soporté lo mejor que pude, y busqué entre los cuerpos a mi equipo.
Aun con las sábanas cubriéndolos, pude reconocerlos. Estaban los cuatro juntos, uno al lado del otro. El cuerpo de Petra estaba en uno de los extremos, fácilmente reconocible por su pequeño tamaño. Ella era más baja incluso que yo. Su brazo salía de la sábana, dejando su mano pequeña y delicada al descubierto. Aún tenía la marca de la mordida en su mano.
La intensidad del dolor no había disminuido. Que su rostro estuviera cubierto por la sábana fue tal vez lo que evitó que me viniera abajo en ese mismo momento. Me arrodillé junto a ella, y con una navaja extraje la insignia de las alas de su uniforme y la guardé en mi bolsillo. Eso era lo último que me quedaría de ella, porque la capa que intercambiamos cuando nos casamos se la enviaría a su familia como el protocolo mandaba.
Momentos después, escuché a unos soldados discutir con Erwin. Querían regresar a buscar el cuerpo de su amigo, pero el área donde se encontraba estaba plagada por titanes. Con tantas muertes no podíamos arriesgarnos a perder más personas por ir a buscar un cadáver. Por ello, muchos cuerpos tuvieron que ser dejados atrás y simplemente se reportaron como desaparecidos. Pero los tercos soldados no podían entenderlo, estaban demasiado aferrados al recuerdo de su amigo Iván como para aceptar la orden. Los entendía en el fondo, ese día yo también perdí a alguien importante. Pero llevar su cuerpo o no, no haría ninguna diferencia. Seguirán estando muertos igualmente.
Me llamaron frío. Dijeron que no tenía corazón. Tal vez sea cierto.
Nos marchamos de inmediato. Todo iba bien, ningún titán apareció en nuestro camino. De pronto, nos llegaron gritos desde atrás. Dos soldados rezagados, uno de ellos cargando un cadáver, huían de dos titanes que les pisaban los talones. Esos insensatos habían atraído a los titanes hasta nosotros. Sugerí luchar y eliminar la amenaza de inmediato, pero Erwin se opuso y ordenó seguir adelante. Pero los titanes eran rápidos, y venían más en camino. Si no eliminábamos la amenaza nos alcanzarían y masacrarían a los pocos sobrevivientes que quedaban.
Los titanes agarraron a los soldados rezagados. Uno fue devorado, y el otro casi tuvo el mismo destino de no ser por la hermana de Eren, que saltó del caballo y lo mató. Continuamos huyendo, pero casi nos alcanzaban. Llegué a una sola y difícil conclusión, pero fue el mocoso rubio de la 104 quien expresó en voz alta lo que yo pensaba. Dejar ir los cuerpos para aligerar el peso y poder huir.
Los que custodiaban la carreta no querían ni pensar en ello. Allí yacían sus camaradas, y al igual que los amigos de Iván, no querían dejarlos ir. Era lo único que quedaba de ellos para llevar a sus familias y darles una despedida digna. Lo sabía, aceptar esa opción era doloroso. No sólo sus amigos, mi escuadrón, ella, también estaban allí. Pensé en otra salida, luchar. Yo podría matar a los titanes y así salvarnos a todos sin tener que tirar los cuerpos, pero la lesión en mi pierna era demasiado profunda para luchar.
No había opción. Tenían que tirar los cuerpos.
Uno tras otro, los cuerpos fueron lanzados al suelo. A los malditos titanes ni siquiera les importó. Ellos querían a los vivos, no los muertos. Pisaron los cadáveres como si fueran pasto y siguieron tras nosotros.
El cuerpo de Petra fue arrojado no mucho después. Lo supe, aun estando cubierto por la sábana. Se veía pequeño en comparación al resto, y su brazo sobresalía de la sábana. La tela resbaló, revelando su rostro manchado de sangre y su cabello dorado rojizo. Desolado, no pude apartar un segundo mi vista de ella, cayendo al vacío, alejándose de mí para siempre.
En algún punto nos detuvimos. No sé si fueron segundos, minutos, horas después de aquella persecución. El amigo de Iván estaba claramente devastado por lo ocurrido, sumido en la culpa por la muerte de su compañero. Sentí auténtica pena por él. No sé qué me guió a aquello, pero me bajé de mi caballo, y le cedí la insignia de Petra diciéndole que era de Iván. Le dije que aunque no tuviéramos nada material a lo que aferrarnos, al menos los recuerdos de los caídos vivirían en nosotros. El hombre empezó a llorar y lo dejé a solas. Me dio las gracias.
Llegamos a Karanese al mediodía. Fue como siempre, lágrimas, abucheos, quejas. La esperanza que habían puesto en nosotros esa misma mañana se había borrado por completo y ahora sólo quedaba la decepción. Le gritaban cosas a Erwin, pero él permaneció tan impávido como siempre. Entonces, en medio de la multitud, se me acercó un hombre. Era el padre de Petra.
Nada, en seis años integrando la Legión, me había preparado para esto.
El pobre hombre estaba convencido de que Petra estaba con vida y se reuniría con él más tarde. No pude decirle nada, sólo pude apretar mis puños y soportar en silencio sus palabras. Dijo que Petra le había escrito una carta, contándole lo emocionada que estaba por haber sido seleccionada en mi escuadrón. Ella era muy abierta con su padre, y en aquella carta le abrió su corazón como nunca antes lo había hecho. Dijo que ella le escribió que confiaba plenamente en mí y que se esforzaría al máximo por alcanzar mis expectativas; que se dedicaría por completo a mí y me entregaría todo. Confesó que le preocupaba que fuera demasiado joven para casarse, convencido de que ella aún tenía mucho por vivir antes de sentar cabeza. Quise que se detuviera, aquello era una tortura. Pero no lo hizo, siguió hablando, demasiado feliz para darse cuenta del efecto devastador de sus palabras en mí.
Finalmente se fue, no sin antes invitarme a cenar en su casa. Fui un cobarde, no pude ser capaz de decirle nada en aquel momento, alimentando en vano sus esperanzas. El pobre estaba muy entusiasmado, totalmente seguro de que vería a su adorada hija esa misma noche. Pero eso no iba a suceder y tenía que ser yo quien se lo dijera.
Esa misma noche me dirigí a casa de los Ral. Hange preparó las cosas de Petra que quedaron en su habitación: unas pocas prendas de ropa, una fotografía de sus padres, y sus libros de cuentos, incluyendo el que le regalé cuando nos casamos. Hubo un libro en específico que llamó mi atención, al fondo del lote. Reconocí la vieja y gastada portada de cuero del libro que ofreció prestarme poco después que nos conocimos. Le había prometido leerlo, algún día, promesa que nunca cumplí. Me quedé con el libro y guardé el resto de sus cosas en una bolsa.
El Sr. y la Sra. Ral eran dueños de una próspera tienda de alimentos en Karanese. Encontrarlos no fue difícil, y rápidamente estuve en la puerta de su casa. Fue uno de los momentos más difíciles de mi vida. Nunca antes había hecho algo así, presentarme en casa de la familia de algún compañero caído y darles la noticia a sus familiares. Pero esta vez era mi deber, enfrentar la situación cara a cara y decirle personalmente a los Ral, los Schultz, los Bossard y los Gin, que sus hijos, hermanos y cónyuges no volverían a casa. Traté de pensar en las palabras que usaría y de mantenerme fuerte. No podía permitirme derribarme allí mismo, frente a aquellas personas.
Los Ral me recibieron con mucha alegría, en especial la madre, que parecía particularmente interesada en conocerme. Ni me dejaron hablar, mucho menos presentarme. En cuando se abrió la puerta me hicieron pasar y el sr. Ral me agradeció pensando que había venido a acompañar a su hija a casa.
Pero Petra no había venido conmigo.
Se mantuvieron optimistas hasta el final, tanta era la confianza que tenían en la fuerza de su hija, en mí. Cuando no la vieron a mi lado creyeron que estaba herida y había tenido que quedarse en el cuartel y me enviaba a mí como mensajero. Ojalá hubiera sido verdad.
Ni siquiera tuve que decirlo, mi rostro debió ser suficiente respuesta.
No.
Saqué la bolsa y la capa y se las entregué al matrimonio. La capa estaba doblada en un cuadrado que mostraba las alas de la libertad, impecable.
No. No. ¡NO!
La recluta Petra Ral, perteneciente al Escuadrón Elite de Operaciones Especiales, hoy ofreció su corazón a la causa de la humanidad.
¡NO!
La mujer cayó de rodillas al suelo, arrastrando la capa con ella. El sr. Ral se quedó estático, incapaz de procesar la información.
Tiene que ser un error. Usted está mintiendo capitán, ¡mi hija no puede estar muerta! ¡Usted es el soldado más fuerte de la humanidad y ella confiaba en usted!
La verdad es que no soy tan fuerte en realidad.
Es verdad. Yo mismo la vi. Petra Ral está muerta.
La comprensión se mostró en el rostro del sr. Ral. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, y se unió a su esposa, abrazándola fuertemente. Pensé en marcharme. Aquello era algo familiar, demasiado íntimo para que yo siguiera allí. Pero fue el mismo sr. Ral quien detuvo mi salida antes de que siquiera empezara a darme vuelta. Quería saber cómo pasó. ¿Qué pasó? Una maldita zorra llamada Annie Leonhart la masacró junto a unos 20 soldados más sin misericordia. Eso fue lo que pasó.
No lo sé. No estaba con ella.
Me di la vuelta, incapaz de permanecer un segundo más allí. El sr. Ral se levantó del suelo, haciendo un esfuerzo por contener las lágrimas.
Capitán Levi.
Me detuve.
Mi hija en verdad lo amaba.
-Fanfiction, 15 de abril de 2016.
