Descargo de responsabilidad: ® Todo el universo de Shingeki no Kyojin es propiedad de Hajme Isayama. El Soldadito de Plomo le pertenece al maestro Hans Christian Andersen.


17. Alma: Farewell.

«Los que mueren por la vida no pueden llamarse muertos,

Y a partir de este momento es prohibido llorarlos.»

—Los que mueren por la vida, Ali Primera.


La muerte es una maldita perra. Te ataca por la retaguardia, justo cuando menos uno lo espera. Como soldados que exponen el pellejo en cada salida y ven morir en fracción de segundos a sus compañeros, se supone que estamos preparados para cuando la muerte nos golpea. Sabemos que fuera de las murallas, expuestos a esos malditos titanes, en cualquier momento la persona que está a nuestro lado puede morir justo frente a nuestras narices. Se supone que ya debía estar preparado para esto. Seis años en la Legión, saliendo expedición tras expedición, viendo morir a tantos soldados debió habérmelo dejado muy claro. Pero nada de eso me preparó para esto.

Tenía muy claro el objetivo de nuestra misión. Sabía perfectamente que mis hombres, que ella, podrían morir. Creí que lo había entendido y que estaba preparado para ese escenario, porque a fin de cuentas ya había visto morir más gente de la que puedo contar. Me engañé a mí mismo pensando eso.

Nada, ni seis años en la Legión de Reconocimiento, ni ver a mis subordinados ser devorados una y otra vez, ni siquiera el encontrar muertos a Isabel y Farlan, me habían preparado para este día. Encontrar a todo mi escuadrón masacrado, encontrarla a ella con la columna destrozada, fue lo más doloroso y horrible que he vivido. Aún sueño con ellos, con esas imágenes. Los veo morir una y otra vez, un cruel recordatorio que no hice nada para salvarlos. Pero ahora ella no está mi lado para apretar mi mano y decirme que todo está bien porque sólo es una pesadilla.

Nunca nada estará bien.

Hange solía decir que la Legión es una familia, que allí ya no somos soldados sino hermanos unidos en un solo ideal. Que todos se cuidaban entre sí, a su modo, porque muchos ya no tenían una familia de sangre a la cual acudir. Petra pensaba igual, veía a todos como algo más que simple compañeros y no dudaba en defender a sus amistades más próximas si alguien se le ocurría hacerles daño. Incluso una vez tiró al suelo a Oluo con un codazo sólo porque se burló de la cuatro ojos. Yo no entendía muy bien esa manera de pensar de ambas, no era cercano a nadie excepto a Petra y los tres hombres que integraban mi escuadrón. No tenía relación cercana con nadie más, excepto por ellos cuatro, y bueno, tal vez Hange. No veía exactamente a Oluo, Eld y Gunter como hermanos precisamente, aunque valoraba mucho su lealtad y compañía.

Pero aquel día en el bosque gigante sentí como si hubiera perdido algo más que subordinados. Hange tenía razón.

Esa noche no pude dormir. Ni siquiera el té sirvió de algo, porque estaba frío y su sabor era amargo. No había manera de poder sacar de mi cabeza las imágenes del bosque, ni lo que sucedió luego. No podía olvidar el dolor en los soldados que dejaron ir los cadáveres, ni el perfil manchado de sangre de Petra al ser abandonada también. No podía sacar de mi cabeza el rostro animado del sr. Ral, hablándome tan bien de la hija que no pude proteger. No podía dejar de pensar en las palabras de Petra, que nunca me dijo a mí, pero dejó escritas en aquella carta.

Era demasiado. Esa noche, más que nunca, el título de "soldado más fuerte de la humanidad" me pareció una completa estupidez, una mentira descarada, una broma cruel. Todos veían al hombre inexpresivo y huraño que aniquilaba titanes en segundos sin perder un solo pelo, el soldado que ve morir a sus compañeros y sigue como si nada, el tipo de la Legión que es más fuerte que nadie. Pero nadie ve al hombre que cuando se quita el uniforme deja de ser un soldado y debe enfrentarse a sus demonios y la carga de tantas muertes que lleva encima.

Todos creen que nada me importa. Que sólo chasqueo la lengua cuando me aburre algo y mando a mis hombres a su muerte sin pestañear y luego me siento a tomar el té como si nada. Casi como si fuera otro Erwin Smith, pero más enano, menos viejo y más amargado. Durante años me han calificado de frío, cruel, insensible, de no poseer sentimientos ni corazón, de ser un demonio sin alma. Pero nadie sabe lo que pasa en mi cabeza, el cómo odio ver morir a mis hombres sin remedio. Nadie conoce el peso de la culpa en mi espalda, de tener que cargar con tantas vidas inocentes que se han perdido. Nadie sabe que esta fue la despedida más difícil de mi vida.

Cuando salí de la casa de los Ral y volví al cuartel me encerré en mi habitación. Ni siquiera hice el intento de dormir, ya sabía que no podría hacerlo. Había sido un día largo, difícil, y trágico, y no quería lidiar con lo que me atormentaba. Preferí ignorarlo, y tratar de seguir esa actuación que tan patética y falsa me parecía. Seguir adelante, no importa qué. El soldado más fuerte de la humanidad no puede detenerse por causa de sus sentimientos. Me senté a llenar mi informe, intentando con eso alejar mi mente de lo que me venía atormentando. Pero cuando llegó el momento de reportar lo que vi en aquel bosque no pude más.

Por primera vez en mucho tiempo, lloré. No creí que volvería a llorar jamás, porque era un hombre adulto y se supone que los hombres no lloran. Pero lloré. Caí al piso sin fuerzas para volverme a levantar de nuevo, y el dolor me golpeó como nunca antes lo había sentido.

Meses de paz y alegría aunque mi rostro serio no lo demostraran.

La fortaleza de finalmente hallar una razón para vivir, un motivo real por el cual seguir luchando.

El consuelo y el amor sincero de alguien a quien mi pasado manchado de sangre no le hizo retroceder.

El apoyo y la fuerza de alguien que se volvió mi roca.

Los sueños de conquistar la libertad para la humanidad y llevar una vida de paz.

Todo eso me fue quitado en un solo instante de la manera más cruel posible. Petra fue asesinada, y no pude hacer nada para evitarlo. Nuevamente volví a fallar, a ella, a mi escuadrón. Si hubiera estado ahí, no sólo la habría podido salvar a ella, sino a todos, así como salvé a esa niñata terca de la 104. Pero llegué demasiado tarde.

Pero yo mejor que nadie sé que lamentarse no sirve de nada. Arrepentirse no sirve de nada. Pensar en lo que se pudo haber hecho no sirve de una puta mierda. Lo aprendí por las malas con las muertes de Isabel y Farlan, y se lo repetí al mocoso aquel. Pero lo que él no sabe es que una parte de mí deseaba y todavía desea poder haber hecho algo diferente que los salvara. Así la capa que sostuve en mis manos esa noche de dolor no hubiera estado manchada de sangre.

Desde esa noche supe que ya nada sería igual. El insomnio y las pesadillas me acompañarían por siempre, y la soledad nunca me abandonaría. Mi único consuelo sería el de la muerte, aunque ésta tendría que esperar porque tenía una deuda pendiente con todos aquellos que pusieron su esperanza y voluntad en mí. Mataría hasta el último de esos malditos titanes y luego me iría a la tumba. Y si después de eso la muerte no me venía a buscar, yo la buscaría a ella.

Era tarde cuando pude levantar la cabeza del suelo. La única habitación con luz era la mía, ya todos se habían ido a dormir, aquel fatídico día había sido más largo de lo que podrían soportar. Siempre era así, tras cada expedición. Regresábamos al cuartel, descansábamos, escribíamos nuestros reportes. Enterrábamos a nuestros compañeros, y cada quien se iba a casa. Las comidas eran calladas, deprimentes, nadie hablaba, y todo el cuartel se sumía en un largo silencio luctuoso que a veces duraba semanas enteras.

Los funerales estaban llenos de lamentos, soldados susurrándose cosas unos a otros, y abrazos interminables de pésames. Las tumbas, muchas veces vacías, se veían rodeadas de cosas representativas de cada legionario caído, como insignias y cuchillas. Durante cinco años vi aquellas ceremonias a la distancia, jamás me involucré con ellas. De los caídos, sólo conocía el nombre y el escuadrón al que pertenecían, pero no tenía lazos reales con ellos que me hicieran acercarme a sus tumbas y dejar algo.

Hasta ese día. Por primera vez desde la muerte de Isabel y Farlan perdí a alguien tan cercano a mí. No quería ni siquiera pensarlo porque eso sólo lo hacía más doloroso, pero la idea estaba ahí de todos modos. En palabras de Hange, una familia.

El funeral tuvo que esperar. Todo ese asunto con el escape de Eren y la rebelión tomó su tiempo. Erwin fue llamado a la Capital a declarar, y Eren forzado a ir para ser ejecutado. Para salvarlo, y a la vez exponer de una vez por todas la identidad de la persona que causó todo este desastre, el mocoso sabelotodo de la 104 ideó un plan. Usaron a uno de sus compañeros como señuelo para distraer a la Policía Militar, mientras que el verdadero Eren junto a su pandillita de amigos se encargaron de intentar revelar la identidad del titán femenino tendiéndole una trampa a la sospechosa. Annie Leonhart.

El plan resultó. Resulta que aquel mocoso rubio tenía razón, y la responsable de todo fue esa perra de la Policía Militar. Intentó escapar de la ciudad escalando el muro, pero no pudo lograrlo, así que se refugió en una especie de cristal extraño y no la han podido sacar de ahí hasta la fecha. Después aparecieron esos titanes dentro de la Muralla Rose, al maldito de Kenny por fin le dio la gana de aparecerse, y la chiquilla esa de la 104 fue coronada reina. Todo sucedió de forma muy rápida y confusa, y para cuando nos dimos cuenta estábamos preparando la expedición 58 para recuperar la Muralla María y llegar a la casa de Eren donde supuestamente su padre le dejó todas las respuestas que necesitamos.

Por ello, la ceremonia de despedida a los compañeros que murieron en la expedición 57 tuvo que esperar un tiempo. Pero cuando finalmente se dio, todos parecían tan decaídos como si se hubiera hecho al día siguiente. Usamos nuestros uniformes de gala, y algunos llevaron recuerdos para dejar en las tumbas.

Los padres de Petra estuvieron presentes. Y también los de Oluo y Gunter, y la esposa de Eld. El embarazo de Kathy era bastante notable para la fecha, y sentí pesar por aquel niño que nacería sin conocer a su padre.

Los sobrinos de Oluo también estuvieron allí. Los vi frente a su tumba, sollozando, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano y tratando de controlarse. Uno de ellos se me acercó, preguntándome si yo era el Capitán Levi. Le dije que sí. El chiquillo llevaba un pañuelo atado al cuello, dijo que su tío se lo había regalado la última vez que estuvo con ellos. Luego hizo el saludo de la Legión y prometió que se alistaría en cuanto tuviera la edad para ser un soldado tan valiente como Oluo y luchar a mi lado.

El padre de Gunter estaba muy enfermo, pero aun así asistió junto a su esposa. La mujer dejó un plato de arroz en la tumba, la comida favorita de su hijo, y se arrodilló largo rato frente a ella, abrazándose a la lápida y llorando hasta que su esposo le indicó que era hora de irse.

Los padres de Petra se quedaron un buen rato en la tumba de su hija. No fui capaz de acercarme mientras estuvieron, y tampoco Eren. En cuanto los vio dio un paso atrás, y le oí sollozar al fondo. Supongo que se sentiría demasiado culpable para acercarse a las personas cuya hija murió protegiéndolo. El sr. Ral me vio pero no se acercó a hablarme, solamente saludó con la cabeza y le dijo algo a su esposa en el oído, tras lo cual se marcharon.

Fue entonces que me acerqué, por primera vez a su lápida. Eren me siguió, y dejó unas flores blancas al pie de la tumba. Parecía dolido, tenía esa mirada de pena y culpa que yo mismo llevé por un tiempo. Pero a diferencia de mí Eren sólo era un mocoso, casi un niño, y superar esto se le iba a hacer muy difícil. Le di la espalda y lo dejé despedirse a solas.

Lo siento, señorita Petra. Todo esto es mi culpa. De nuevo, dejé que otros murieran para salvarme, al igual que mi madre. Lo siento tanto. Ojalá algún día pueda usted perdonarme.

Petra lo perdonaría, sin duda. No estaba en su naturaleza el guardar rencor.

De todo mi escuadrón, Petra fue la que se llevaba mejor con Eren. Hasta el día del incidente, Eld no confiaba para nada en él, Oluo pensaba que hubiera sido mejor si la Policía Militar se lo hubiera llevado, y Gunter creía que era prudente no estar cerca de él más de lo necesario. Observaban su entrenamiento de cerca, pero eso era todo. Petra fue la única que pese a la desconfianza inicial, le permitió que él se acercara a ella, con esa calidez que parecía envolverla siempre. Le enseñó las instalaciones del cuartel, y trató de suavizar su impresión sobre el resto del equipo y sobre mí, en especial sobre mí porque el mocoso me tenía terror. Cuando comíamos le invitaba a sentarse con nosotros, y con frecuencia le preguntaba cómo se sentía en aquel lugar, si estaba cómodo o había algo que le molestara. Y cuando descubrió que su transformación aquella tarde fue un accidente, tuvo la honradez de aceptar su error y pedirle perdón. Los demás también lo hicieron, pero Petra fue la que más le abrió su corazón en aquel momento.

Sin duda, ella se ganó un lugar especial en el corazón de Eren. Y como prueba de ello, allí estaba ese chiquillo, llorando frente a su tumba, tratando de limpiarse las lágrimas con la manga del abrigo. Lo observé en silencio, yendo de lápida en lápida, pidiéndole perdón a mi escuadrón por no haber podido protegerlos. Luego se volvió hacia mí, y ya sin restos de lágrimas en sus ojos, me prometió que los vengaría. La fuerza de sus palabras estaba marcada en su rostro con una furia que no le había visto jamás. Me recordó al chico de la celda que juraba matar a todos los titanes, pero su venganza sería más fuerte ahora.

Acepté sus palabras en silencio. Eren se fue, dejándome completamente a solas. Al fondo, vi a sus inseparables amigos y sentí algo parecido a la añoranza. Eran justo como Isabel, Farlan y yo. Ojalá esos tres mocosos no corran con la misma suerte que ellos.

La tumba de Petra no tenía nada especial, aparte de las flores que Eren dejó. Era igual a las otras, blanca, vacía. Lo único allí que le pertenecía era su nombre, Petra Ral.

«Hija. Leal. Valiente. Legionaria.»

Esposa.

Pero eso último nadie lo sabrá nunca.

Me arrodillé frente a la lápida, y por primera vez no me importó ensuciarme el uniforme. Delineé su nombre con mis dedos, como si con eso pudiera sentir el consuelo de su presencia, pero sólo sentí la piedra fría y áspera.

Pedí su perdón, aunque sabía que no podía escucharme. Le pedí que me perdonara por no haber hecho nada para salvarla, por romper mi promesa de que la protegería. No le prometí venganza porque sé que no lo hubiera querido, pero sí le juré que libraría al mundo de los titanes para que ese sueño del mundo exterior en el que tanto ella creyó pudiera cumplirse.

No tenía nada que dejarle. De las capas que intercambiamos cuando nos casamos, sólo quedaba la mía, que ella estuvo usando todo el tiempo, ahora rota y manchada de sangre. Sólo me quedaba aquel viejo libro encuadernado en cuero, ya sin el título legible, y que leí en mis ratos libres. Aquel libro tenía una historia inquietantemente similar a la nuestra, donde un soldado se va a la guerra y jamás regresa. Su amada se queda en casa sola, esperándolo en vano porque está muerto. Trágico y realista, pero que al final tenía un toque de esperanza en su epilogo con una única palabra.

«Renacer»

Dudo que algo como eso sea verdad, que las personas después de morir vuelvan a la vida en un lugar diferente con la esperanza de tener una nueva vida en la cual enmendar sus errores y todo eso. Es una cruel mentira, y casi me hace enfurecer. Pero ella amaba esa historia y la leía con pasión como si de verdad todo aquel asunto fuera cierto.

Me levanté del suelo, listo para irme. Limpié las lágrimas que sin querer dejé salir, despidiéndome para siempre de la única persona que amé.

No creo en estas patrañas de volver a nacer, Petra. Pero si llegara a ser cierto, desearía que al menos tú pudieras volver a la vida en un mundo donde no hallan titanes y puedas vivir en paz. Quisiera poder creer, de verdad, que al menos tú podrías renacer.

No volví a visitar aquella tumba. Siempre dije que los muertos, muertos están, y nada de lo que haga podrá sacarlos de ese estado y cambiar las cosas. Tenía que demostrarlo, ser ese soldado invencible al que todos temen y que no se detiene por nada por muy doloroso y difícil que sea, porque ése es su trabajo, ser el hombre más fuerte de la humanidad. Vendría mucho trabajo por hacer, y tenía que mantenerme fuerte, distante, estoico, de lo contrario, no podría soportarlo.

Pero veces, ser el soldado más fuerte de la humanidad es una carga demasiado difícil de soportar.


¡Buenas!

Bueno, hasta aquí llega mi "reserva" de capítulos. Sé que dije que podría publicar hasta el 13 de mayo, pero el capítulo que sigue no me convence del todo así que probablemente no lo publique. Les pido paciencia, ya que tengo que releer los últimos 40 capítulos del manga y buscar a doña inspiración porque se largó…

Gracias por su comprensión, espero verlos pronto por acá.

—Fanfiction, 28 de abril de 2016.