Tooru Oikawa estornudó por tercera vez en la mañana.

Fastidiado ya al pensar que el cambio de temperatura que se suscitaba en San Juan entre la noche y el día lo estaba afectando para mal, se levantó finalmente de la cama para arrastrarse casi literalmente hacia el baño en busca de papel. En el viaje, oyó la voz de su compañero de departamento quien parecía estar peleando con alguien por teléfono.

Ya esa hora.

Abrió el grifo del agua caliente de la ducha para que el agua se calentara al punto de ebullición que a él le gustaba; como un zombie, se dirigió a la cocina en zigzag, dando tropezones y con papel en mano.

— ¿Ya peleando?

— La compañía de teléfono, me tiene harto. Hijos de puta, me están cobrando por un servicio que nunca pedí.

Oikawa apoyó la espalda contra la pared mientras olfateaba el aroma al café recién hecho. Su compañero de departamento, Rodrigo Fernández, oriundo de Buenos Aires pero rematador titular del Club Atlético San Juan, junto a él , se paseaba dando vueltas entre la cocina y el pequeño living desordenado que tenían, teléfono en mano, cuenta del teléfono en la otra.

—No, esperá...me puso en espera. Otra vez, la puta madre.

— Estarán ocupados.— soltó Oikawa mientras aprovechaba el tiempo que esperaba mientras el agua se calentara en el baño y servía dos tazas de café humeante.— ¿Hace frío, no?

— Qué van a estar ocupados y qué va a hacer frío, para el mediodía ya están anunciando más de 30 grados. Gracias.

— De nada. Yo tengo frío. Y me duele el tobillo.

— Eso es por la lesión, y porque te estás poniendo viejo. ¡Cerrá la canilla, mirá cómo se empaña todo, pelotudo!

— ¿No era boludo?

— Es lo mismo. Ah, ahí me atendieron. Salí de acá.

Oikawa fue hacia el baño con la taza en la mano, fingiendo una cojera que no tenía y riendo por la cantidad de insultos que podía recibir en menos de 5 minutos. Se limitó a abrir un poco más el grifo del agua fría porque su compañero tenía razón: el espejo y los azulejos estaban todos empañados, la neblina de vapor saliendo del baño bloqueando su visión y haciendo más difícil su tarea.

Hacía una semana había realizado un mal movimiento durante un partido oficial en San Juan y había sufrido una lesión en el tobillo que era más inflamatoria que otra cosa, ni siquiera había llegado a ser un esguince. O eso le habían dicho en una primera instancia, todavía tenía que hacer un nuevo control esa misma mañana. Aún así, se despertaba todas las mañanas desde ese día con una extraña sensación de rigidez en la articulación y, pese a que no decía demasiado para no alertar al resto del equipo, le había estado costando realizar el entrenamiento liviano que le habían encomendado los preparadores físicos. Chasqueó la lengua, frustrado. No iba a poder jugar en el próximo encuentro de ahí a dos semanas, de eso estaba seguro.

Volvió a la cocina y terminó de tomar el resto de café que le quedaba en la taza, quemándole la garganta; vio por el rabillo del ojo que Rodrigo había salido al balcón del departamento y que realizaba aspavientos con la mano que sostenía la cuenta del teléfono mientras elevaba cada vez más la voz.

Si había algo que había aprendido de su estancia allí, era que los argentinos se despertaban y acostaban peleando. Y a Oikawa le venía bárbaro para descargar tensiones.

— Che, voy a poner la música fuerte mientras me baño.— se asomó por el balcón para que el otro lo oyera. La única respuesta fue un asentimiento de cabeza y una nueva revoleada de la cuenta.— Después no te quejes.

— Dejá de mezclar los idiomas, andá a bañarte.

Ah.

Ese era un problema que aún no había podido solucionar. Aún mezclaba el español, el inglés y el japonés en tandas sucesivas combinadas con los modismos del país, y a veces a las otras personas que lo oían les costaba comprender en qué lenguaje extraterrestre se comunicaba. Y eso no había sido lo peor a lo que se había enfrentado. Horrorizado ya en sus primeros días en el país, había descubierto que los argentinos tenían por costumbre compartir todo lo que utilizaban e incluso lo que comían y bebían. Bueno, no todo, pero sí lo suficiente para que Oikawa se replanteara realmente si iba a poder con aquella cultura tan confianzuda.

Por supuesto, terminó acostumbrándose al mes a que lo golpearan como gesto de "cariño" o a dar besos en la mejilla a la otra persona a modo de saludo, incluso entre hombres heterosexuales. Lo más importante de todo había sido que desde el primer momento, todas y cada una de las personas con las que se había relacionado regularmente habían hecho hasta lo imposible por integrarlo en el idioma, las costumbres y las actividades que realizaban allí, y Oikawa agradecía infinitamente semejante muestra de compañerismo que nunca hubiese esperado encontrar, ni siquiera en Japón.

Se dirigió a su habitación y revisó su celular; mensajes carentes de importancia, notificaciones en redes sociales que después ojearía a consciencia...eran las 9 de la mañana ya pasadas. Dejó el teléfono enchufado en la pared y se dirigió hacia la notebook con parlantes conectados sobre su escritorio.

Y de repente se hizo la magia.

I love you so

That's what you'll say

You'll tell me baby, baby please don't go away

But when I play, I never stay

To every girl that I meet here, this is what I'll say

Se metió en la ducha, aún con el agua hirviendo. Fue feliz cuando un escalofrío le recorrió la espalda ante el cambio de temperatura.

Ni siquiera se molestó en cerrar la puerta.

Run run runaway, runaway baby

Before I put my spell on you

You better get get getaway, getaway darling

'Cause everything you heard is true

— Pero…¡pero qué mierda estás cantando! No podemos empezar así la mañana, a ver.

— ¡Ni se te ocurra cambiarla!

— Algo más movido, Oikawa. Me extraña.

La canción de Bruno Mars siguió sonando hasta que de repente sólo se dejó oír el sonido de la ducha. Oikawa chasqueó la lengua acelerando el baño para salir y comenzar a pelear ya esa misma mañana.

Y sí, sabía que iba a hacerle aquello. De la nada, comenzó a oír el característico ritmo de la cumbia que al otro tanto le gustaba.

— Es muy temprano para esto.

— Nunca. Che, te están llamando.

— ¿Quién es?

— Y qué se yo.— Oikawa apartó las cortinas del baño y vio al otro en la puerta, su celular en la mano, el ceño fruncido.— No entiendo una mierda.

— Vas a tener que aprender japonés, así nuestra relación no va a ningún…¡soy miope, no veo!

Rodrigo le mostró la pantalla del celular a Oikawa desde la distancia acercándola todo lo posible sin que el agua mojara el aparato; Oikawa entrecerró los ojos todo lo que pudo, un jadeo ahogado escapando de su garganta al entender el nombre de la persona que lo estaba llamando.

— ¡Atendelo, ya salgo!

— Oikawa, me habla en japonés y ahí si que no vamos para ningún lado.

— ¡Iwa-chan habla inglés!¡Dale!

— Pero la…

Oyó al otro insultando por lo bajo y luego saludar en español, para no perder la costumbre. Mientras Oikawa luchaba con su tobillo un tanto rígido para secarse y cambiarse mientras intentaba no tropezar si lesionarse todavía más en el suelo mojado, la cumbia resonaba cada vez más fuerte, si era posible.

Ya me contaron

Que te estás hablando mal de mí

Y que te burlas

Porque según ya lo notaste

Que te ruego, vaya qué imaginación

Y ahora resulta

— A ver, dame.

— Pero tomá, andá a hablar con tu macho, querés.

— ¿Dónde están mis lentes? No los encuentro, en la pieza no están…¡Iwa-chan! ¡Qué gusto oírte a estas horas!

Mierdakawa, primero dile a tu amigo que no soy...eso. Segundo, ¿qué carajos es eso que se escucha?

No te confundas

Yo no camino para atrás

Como un cangrejo

Yo te conozco y sé que no vales ni un peso

Y de personas como tú

Ya no me dejo

Oír el tono de voz embravecido de Iwaizumi ya a las 9 de la mañana era un incentivo realmente importante para comenzar y continuar el día; con sólo la ropa interior puesta, Oikawa caminó por el corredor hacia la cocina, donde Rodrigo se servía más café mientras agitaba un brazo en sintonía con la canción.

— Deben estar en el suelo, si dejás todo tirado. ¿Querés más?

— No, gracias. Y no, no están en el suelo. Lo siento, Iwa-chan, no veo por dónde voy pisando.

Corrió hacia el cuarto y azotó la puerta, apagando la música que allí sonaba en todo su esplendor. Oyó un insulto del otro lado del departamento que había sonado a algo parecido a "ortiva", pero no se molestó en contestarle. Se sentó en la cama, rebuscando entre las sábanas y la ropa que había desperdigada por todos lados.

— Por cierto, ¿Cómo entendiste lo que dijo Rodrigo? Habló en español atravesado.

Porque algo de español entiendo, estúpido.

— Tú no sabes español.

Tiempo pasado.

Oikawa dejó de rebuscar en el suelo cuando sus dedos rozaron algo sólido entre una camiseta y un jean. Finalmente, pudo ver en perspectiva su habitación casi en penumbras luego de colocarse las gafas, sonriendo.

— Iwa-chan…¿hay algo que quieras contarme?

No, nada. ¿Cómo va tu tobillo?

Oikawa quería seguir indagando acerca del hecho de que Iwaizumi solía odiar los idiomas, ¿por qué iba a empezar a aprender español de repente, siendo que apenas y dominaba el inglés? Pero la pregunta lo sacó de eje, sobre todo cuando oyó el sonido del tráfico del otro lado de la llamada. En Japón eran pasadas las 9 de la noche, sino le fallaban los cálculos.

— Bien, no duele tanto. ¿Estás en la calle?

No me mientas, basura, sé que te duele y mucho. Sí, estoy yendo a una fiesta.

— ¡¿A qué fiesta?! ¡Iwa-chan, estás saliendo sin mi!

Oikawa, maldito seas, estás a miles y miles de kilómetros de distancia. Tengo una vida qué seguir, sabes.

— Bueno, sí, en eso tienes razón…¿a qué fiesta?

Estoy yendo a la casa de Sawamura Daichi, el nombre debería de estar resonando en tu cerebro diminuto, Basurakawa.

— No, para nada. No sé quién es. ¿Estudiaba con nosotros?

Oyó a Iwaizumi suspirar del otro lado, inhalar y exhalar varias veces. Los segundos pasaron inmersos en un extraño silencio que Oikawa no sabía si podía romper o no.

¿Sabes? Un poco tarde, pero aprendí algunos ejercicios de respiración para calmar mi ira. A veces funciona.

— Si tú no golpeas algo para descargar, no sirve, Iwa-chan.

Dije a veces. Estás muy lejos, no puedo golpearte. Me tengo que conformar con poco.

— Bueno, confórmate con eso. ¿A qué vas allí?

¿Otra vez? No puedo hacer los ejercicios mientras conduzco.

— Hablo en serio, Iwa-chan.

Yo también. Sabes bien por qué voy, y te llamo para advertirte que dejes de joder a Kageyama. No lo entiendo, ¿Qué rayos te hizo para que luego de tantos años sigas intentando arruinarle la vida?

— Por Dios, Iwa-chan. Existe y respira. Eso es suficiente.

Eres una basura.

— Sigo sin entender por qué tú estás yendo hacia allá.

Oikawa se había cansado ya de fingir que no conocía nada al respecto, porque sabía que Iwaizumi podía leerle la mente incluso en países diferentes. Se recostó en la cama después de encender el ventilador de techo, ya comenzando a sentir el calor del día.

Hacía poco menos de una semana, Hinata Shouyo lo había llamado prácticamente desesperado cerca del mediodía, justo después de que él se lesionara. No iba a mentir, durante la estadía en Brasil que el enano había hecho, se habían vuelto buenos amigos. O al menos lo que Oikawa podía tolerar, lo cual era suficiente para ambos. Conversaban más que nada por Line, alguna que otra llamada esporádica, pero nunca en el tono en el que lo había llamado aquel día. Oikawa había estado al tanto del partido que iba a jugar contra el equipo de Ushijima y no había mermado en reiterar sus buenos deseos de triunfo a Hinata y sus múltiples promesas a todas las vírgenes y santos en los que creía Rodrigo para que Ushijima perdiera el partido, hecho que se dio finalmente, para su total felicidad.

Por eso, cuando el menor lo había llamado estaba seguro de que era para hablar del partido, no de los problemas amorosos que Hinata parecía estar atravesando.

¡El mocoso tenía más candidatos que él! Aunque bueno, el fantasma de Kageyama resurgido desde el pasado no contaba demasiado, realmente.

El problema había surgido cuando Hinata le había confesado un creciente temor de que Kageyama terminara en algún tipo de gresca con Atsumu Miya, el armador actual de su equipo. Hinata había omitido detalles que Oikawa se había encargado de rellenar con su gran imaginación, y no le había costado demasiado comprender que no estaba saliendo en toda regla con Miya, sino que había estado dando vueltas desde hacía meses y ahora había llegado su pupilo idiota a acosarlo, de la misma nada.

O eso había entendido o tergiversado, a Oikawa mucho no le importaba. El quid de la cuestión había sido la invitación que el antiguo capitán de Karasuno había hecho y que Hinata había confirmado a través de Sugawara. La llamada había tenido a bien "consultarle" con respecto a si era buena idea asistir o no a semejante evento.

A lo que Oikawa había respondido con total sinceridad y sin ánimos de generar conflicto de que debía asistir en toda regla, y más aún, acompañado de Miya.

No sé. Se hizo una bola de nieve, la reunión era sólo para la gente de Karasuno, pero hace un par de días me llamó Kindaichi, al que a su vez había llamado Kageyama para invitarnos. Menos mal que faltas tú.

— ¡Qué cruel! Va a ser muy aburrido, yo soy el alma de la fiesta.

No creo que sea aburrido con los Miya ahí peleándose con Kageyama. Si, hablé con él, y sí, me comentó que uno de los Miya lo está amenazando por teléfono de que se aleje de Hinata, y sé bien que tú estás metido en esto.

— ¿Los? ¿Pero cuántos son?

Son dos hermanos, imbécil. ¿No los recuerdas? Los odiabas cuando íbamos en preparatoria. En realidad, les tenías envidia.

— Iwa-chan, ya pasaron 7 años, ¿qué quieres que recuerde? El enano no me comentó que estaba saliendo con los dos hermanos a la vez, ya me parecía que algo raro había…¡yo no le tengo envidia a nadie, qué estás diciendo!

Bueno, mira. Deja de llenarle la cabeza a Hinata en contra de Kageyama, ya somos grandes, ¿podrías hacerme ese favor, o no te da el cerebro para procesarlo?

— Iwa-chan.

Oikawa chasqueó la lengua mientras rebuscaba en el suelo la ropa que estaba seguro había preparado la noche anterior para asistir a su cita con el traumatólogo. Hablar de Kageyama siempre lo ponía de mal humor, pero su ánimo empeoraba al saber que había más información que él desconocía.

Qué quieres.

— Si quieres que me calme, vas a tener que darme un parte detallado del minuto a minuto de esa fiesta. Y si puedes, sácale una foto a la cara de Tobio-chan cuando vea que hay dos Atsumus para hacerle la contra, aunque me figuro que ya debe saberlo.

¿Por qué será que no te mueres?

— Porque me amas así, tonto. ¿Lo harás?.- dijo en tono lastimero mientras encontraba los pantalones cortos y la sudadera. Si llegaba a salir con algo más abrigado que eso, al mediodía iba a cocinarse.- Por mi. Por favor.

Qué odio que te tengo.

— Eso fue un sí, ¿verdad? Eres mi mejor amigo, Iwa-chan.

El único que tienes, mejor dicho.

— ¡Qué cruel!


— Ya viste que no pasa nada. Ahora, vete.

— No confío en ti, infradotado.

— ¡Soy tu hermano gemelo, maldito!

— Por eso mismo.

Osamu Miya había estado bastante tranquilo hasta ese momento, pese a que se hallaba rodeado de antiguos rivales en casa ajena. A buen grado, la reunión que el ex capitán de Karasuno había estado organizando para sus antiguos compañeros había derivado en algo más grande y generalizado, pero no por ello más caótico o molesto. Osamu se había prestado a ayudar con la comida en cuanto Atsumu le había comentado acerca de la reunión al pasar, a quien a su vez se lo había contado Hinata y Osamu había terminado de confirmar gracias a Akaashi Keiji, quien sabía de la misma...no sabía de quién, realmente.

Sin embargo, el objetivo principal de su presencia allí no era participar en si de la reunión, sino de vigilar a Atsumu. Justo en ese momento, su hermano lo empujó adrede contra la mesa y él alcanzó a propinarle una patada mientras pasaba por detrás suyo, agresión que el otro contestó con un manotazo, todo de manera tan sutil que los demás asistentes al evento no notaron.

— No voy a matar a Tobio-kun, si eso es lo que piensas.

— Entonces, deja de joder a Shouyo con tus berrinches estúpidos. Míralo, teme hacer un movimiento en falso por miedo a que te dé un ataque. Al final resultaste ser la basura que todos creíamos.

— Muérete. ¡Yo no soy así! De verdad, estás malinterpretando todo, Samu.

Se observaron por unos segundos con cara de pocos amigos, midiéndose. Osamu conocía perfectamente a su hermano y sabía bien que no era un acosador, mucho menos una persona peligrosa. Cuando Atsumu le había confesado unos meses atrás de su creciente interés por Hinata, Osamu lo había celebrado internamente al pensar que al fin aquel idiota había encontrado a una persona que lo soportara y que no fuese él mismo. Sin embargo, el pobre de Kageyama había vuelto a aparecer en escena para que algunas inseguridades solapadas de su hermano salieran a la luz, y para que se volviera todavía más insoportable de lo que ya era, arruinándoles la vida a Hinata y a Osamu, quien tenía que oír toda la descarga emocional del otro cuando ya no aguantaba más y reventaba.

A lo que realmente le temía Osamu no era a que su hermano no controlara los impulsos asesinos que le generaba la ira, sino a que soltase alguna frase impulsiva e hiriente provocada por los celos de la cual después terminara arrepintiéndose.

Como lo que había estado a punto de hacer el fin de semana anterior luego de ganar el partido, maldito fuera el estúpido.

Al menos agradecía la cadena que se había producido, porque si Hinata no hubiese tenido semejante red de contención a sus espaldas, ya estaba viendo a su hermano pavoneándose, aferrado de Hinata frente a Kageyama.

No sabía bien cómo había comenzado todo, pero aquella noche después del partido, Osamu había vuelto al departamento que compartía con Atsumu, gracias al cielo poco y nada por sus constantes viajes por trabajo. Apenas había llegado, le había enviado un mensaje al otro para saber si volvía esa noche; por alguna razón, un mal presentimiento se había instalado en su pecho en cuanto había abandonado el estadio y se acrecentaba conforme los minutos pasaban y Atsumu no respondía.

Cansado, se había lanzado en el sofá y había encendido el televisor en una canal al azar, justo en el momento en el que el celular había comenzado a sonar.

Y no había sido Atsumu quien había llamado, sino Akaashi Keiji.

Extrañado por la hora, atendió la llamada con más nervios que curiosidad. Sólo para enterarse de que Atsumu se había llevado a Hinata luego de una pelea que se había producido fuera de los vestuarios con Kageyama, pero de eso se había enterado después. Cómo había hecho Akaashi para enterarse de semejante situación, no lo sabía, y el otro tampoco había querido dar más detalles.

Finalizando la llamada y soltando todos los improperios que se le habían ocurrido, había llamado a su hermano, porque sabía que el idiota iba a atender si veía su número en la pantalla del teléfono ya siendo casi medianoche.

Osamu aún tenía ciertas dudas que Atsumu no había querido aclararle entre insultos y amenazas de muerte, pero creía haber interrumpido la "reunión" con Hinata en algún punto en el que había habido un retorno de lo irreversible. Sobre todo por la furia que había supurado Atsumu todos aquellos días.

— No la cagues, Tsumu. Se nota que el chico te quiere. Es increíble, pero así parece.

— Yo también lo quiero.— Osamu jadeó al oír aquello por parte de Atsumu, quien frunció el gesto en una mueca de asco.— Pero me enferma que Tobio-kun lo atosigue.

— Ya hablamos esto como 10 veces, pero te lo repito. Tienes que dejar que Shouyo arregle sus problemas con él sin meterte en el medio, idiota.

— No lo entiendes.

Con un poco de resquemor e inseguridad, Osamu presenció como Atsumu terminaba en dos o tres tragos una lata de cerveza, ya no sabía el número. Eran todos adultos, en teoría. Pero Osamu tenía serias dudas de que la mayoría de los presentes pudiesen manejar el alcohol en forma responsable allí dentro.

— Tobio-kun es intenso. Y Shouyo se acostumbró a eso, es como esas relaciones tóxicas donde uno de los dos naturaliza las conductas violentas del otro.

— Ay, Dios. Ya estás sacando todo de quicio otra vez.

— Te digo que…

— ¡Hinata, Kageyama! ¡Malditos, vinieron!

— Tanaka, ¡no grites en mi casa! ¡Ustedes dos, no ensucien la alfombra!

— Daichi...tranquilízate, ya no son niños.

— Pues lo parecen.

El repentino griterío alertó a ambos Miya, quienes desviaron la mirada hacia la llegada de otro ex integrante del equipo de Karasuno junto con quien parecía ser su esposa. Hinata y Kageyama habían literalmente soltado sus bebidas y corrido hacia el recién llegado, pese al grito del dueño de la casa, y otro sujeto a su lado de cabellos claros - cuyo nombre no recordaba - lo había frenado justo a tiempo cuando parecía iba a subirle la presión. Osamu observó a Atsumu mientras éste se desentendía en apariencia de la situación, abriendo otra lata de cerveza.

— ¿Ahora eres borracho o qué?

— Samu, ¿por qué, por una vez en tu vida, no dejas de joderme?

— Porque puedo y no quiero dejar de hacerlo.

Pese a que Atsumu parecía estar tomando las cosas con calma y dejando respirar a Hinata al menos mientras éste disfrutaba de la compañía de su antiguo equipo, Osamu no dejó de notar las miradas insistentes cargadas de una intensidad inusitada que Kageyama enviaba hacia su hermano. Para su suerte, Atsumu había podido soportarlas estoicamente durante un par de horas, momento en el que el alcohol parecía que sí, efectivamente, se le había subido a la cabeza y afectado a las pocas neuronas en funcionamiento.

— Tobio-kun, ¿se te ofrece algo?

— En realidad, sí.

En otro tipo de situación, Osamu se habría reído al notar que no había sido el único en entrar en tensión al oír el intercambio. Cuando Kageyama finalmente se detuvo a unos centímetros de Atsumu - quien casualmente parecía muy entretenido eligiendo el quinto canapé que iba a engullir - Osamu notó cierta modificación en las posiciones de la gente que los rodeaba a ambos. Él mismo se había acercado un poco más a su hermano fingiendo querer alcanzar una botella de gaseosa del otro lado de la mesa; dos sujetos fornidos que Osamu no recordaba sus nombres pero que creía haber visto antes se posicionaron detrás de Kageyama, uno de manera más disimulada que el otro.

— Cuéntame, entonces.

— Sólo quería saber qué modificación le has dado a tu saque flotante. Tuvo otro giro diferente al que yo conocía, pareció más intenso que otras veces.

Oyó un resoplido por parte de Atsumu y la tensión del momento se disipó un poco mientras ambos comenzaban a hablar de voley como si no hubiese ningún otro conflicto entre ellos que no fuese ser simples rivales en equipos diferentes.

Por supuesto, la calma no podía durar demasiado.

— Aunque pude apreciar en el partido que sigues con esa tontería de no dejar lucir a tus rematadores. Los echas a perder, Tobio-kun.

— No los fuerzo a hacer cosas imposibles, Miya-san.

— ¿De verdad no fuerzas a nadie?

— No lo creo.

— Ya basta, Tsumu.— Osamu le dio un codazo disimulado a su hermano, pero aquello pareció ofuscarlo todavía más.

— ¿Te parece que no estás entrometiéndote?

— ¿Disculpa?.— Kageyama se acercó un paso más en dirección a Atsumu, y Osamu notó con un poco de ansiedad que los dos sujetos que estaban detrás suyo comenzaban a forcejear, uno queriendo frenar al armador.

— ¡Bakageyama, mira quién vino!

— Qué.

Osamu resopló dentro del vaso que estaba bebiendo sin poder evitar que la risa se le escapara. Hinata había llegado colgado del brazo de otra persona y ambos, Atsumu y Kageyama, habían reaccionado violentamente a su voz, hablando incluso al mismo tiempo. Al notar la tensión que nuevamente se había generado, Hinata frenó en seco estudiando el rostro de ambos, olfateando que algo raro estaba sucediendo allí.

Kageyama desvió la mirada de Hinata hacia su acompañante, la expresión de su rostro relajándose un poco.

— Oh. Akaashi-san.

Dios.

Akaashi ni siquiera había registrado el saludo de Kageyama, que ya estaba observando con desprecio bien disimulado a Atsumu, quien le sonrió ampliamente.

¿Era posible que su hermano pudiese pelearse con más personas aquella noche?