Buenas!
Lamento la demora en la actualización, la cuarentena trajo inconvenientes varios (?) Muy bien. A partir de este capítulos las cosas medio que se complican, así que veremos como se arregla todo. Otra vez, muchas gracias por todo el apoyo 3
Aquí vamos e.e
— Akaashi, espera por favor.
— ¿Qué sucede, Bokuto-san?
Akaashi respiró una, dos, tres veces de manera lenta y profunda. Con una mezcla de ansiedad, nerviosismo y vergüenza, detuvo su caminata hacia el coche aparcado en la acera frente a la casa de Daichi Sawamura, ya a un metro de él. Había logrado esquivar múltiples obstáculos que incluían muebles, cuerpos y el gato, y había logrado salir otra vez al aire fresco mientras rebuscaba las llaves del vehículo en su chamarra. Había salido tan rápido del lugar que ni siquiera se había despedido del anfitrión de la reunión, ¿dónde estaban sus modales?¿Debía volver y…?
Ni siquiera había podido hilvanar una sola idea firme, su mente hecha un caos de nervios y enojo. Había acelerado porque sabía que Bokuto lo seguía, porque sabía que quería detenerlo y hablar con él.
Y Akaashi no se sentía cómodo ni listo para aquello.
— No quiero que...no te vayas así, por favor. Lo siento, soy un idiota.
Akaashi no volteó, pero sabía que Bokuto estaba a unos tres metros de distancia; oyó la puerta delantera cerrándose a sus espaldas, pero supo que Bokuto no había vuelto a entrar. Tanto tiempo compartido junto a él no sólo había logrado que lo conociera mejor que a sí mismo, sino también a percibir su presencia física incluso sin verlo, sin apreciarlo.
— Esto no es tu culpa, Bokuto-san. Sólo tengo que irme.
— ¿Irás con él?
— ¿Qué? No, no...no iré con él ni con nadie.
Finalmente decidió voltear otra vez. Akaashi se sentía sobrepasado por la situación a muchos niveles, y que Bokuto comenzara a desconfiar de su palabra sólo empeoraba mucho más las cosas.
Cuando Akaashi había decidido ingresar en el puesto de trabajo al que había sido asignado, se había sentido levemente decepcionado porque no era en un principio el tipo de labor que él esperaba realizar, pero no dijo nada. Conforme parcialmente, se acostumbró al ritmo de trabajo pesado y un tanto esclavizante, pero rápidamente le encontró la arista interesante que necesitaba para que aquello fuese llevadero. Trabajaba todos los días de la semana y en ocasiones a horarios irrisorios, quedándose en vela más de una noche para terminar de editar un proyecto o corregir los errores de compañeros u otros sectores de su trabajo. No se quejaba, para nada. El trabajo mantenía su mente ocupada la mayor parte del tiempo y le impedía pensar en cuestiones innecesarias que lo llevaban a delirios absurdos.
Hasta que lo que se había convertido en un conformismo absoluto, pasó a ser parte de su infierno personal. Su jefe, un hombre que podía tener la edad de su padre, había resaltado sus habilidades casi en el momento en el que Akaashi había puesto un pie en su oficina y, desde un principio, un aire enrarecido había envuelto su relación con su superior. Tampoco le había prestado demasiada atención y el tiempo había transcurrido sin mayores contratiempos, hasta que comenzó a percatarse de ciertas actitudes que en un principio, decidió restarle importancia.
Grave error de su parte.
Obsequios pequeños y simples se fueron convirtiendo en regalos caros y llamativos. Akaashi había intentado rechazarlos a todos con el mayor decoro que le había sido posible en su momento, pero aquel sujeto lo había prácticamente obligado a conservarlos, para su desgracia. Por supuesto, además de la incomodidad que le generaban ese tipo de atenciones innecesarias, algunas personas en la oficina habían comenzado a hablar. Akaashi siempre había sido una persona de perfil bajo, se consideraba eficiente en lo que hacía y no causaba problemas a los demás...por lo que comenzar a oír rumores de que él había obtenido "el favor" del jefe llegaba incluso a asquearle.
Hecho que empeoró cuando comenzaron las llamadas fuera del horario de oficina. Akaashi atendía las llamadas porque, después de todo, era su jefe. Porque era incluso ridículo que le temiese a una conversación telefónica y porque era estúpido que sus manos sudaran y su voz temblara cuando la otra persona se volvía inflexible en la llamada, sobrecargándolo más de trabajo ante sus negativas de un encuentro fuera del trabajo.
Y cada vez había sido más frecuente, más violento y más difícil de sobrellevar. ¿Decirlo, denunciarlo?¿Renunciar? Akaashi no tenía experiencia en el ámbito laboral y probablemente aquel idiota iba a dejar una mancha en su currículum si él pensaba siquiera en renunciar, por lo que sólo le había quedado la opción de agachar la cabeza y soportarlo hasta que una nueva oferta surgiese y pudiese abandonar aquel lugar infernal.
Sin embargo, el problema se había agravado en la mente de Akaashi luego de haber asistido al partido de los Black Jackals. Luego de meses de no verse - y para felicidad de Akaashi, por qué no - Bokuto había decidido "recuperar el tiempo perdido". Durante aquella semana que había transcurrido, se las habían ingeniado para volver a verse tres veces más y, al final, Akaashi había cedido a la invitación que Bokuto le había hecho de aquel encuentro entre ex alumnos de Karasuno que se había transformado en una fiesta un tanto...extraña.
Y por supuesto, su jefe había estado allí, llamándolo y acosándolo en la mayoría de las ocasiones en las que Bokuto había estado presente, como si tuviese un sexto sentido para intuir que no estaba solo. No podía culpar a Bokuto por su desconfianza. Tampoco podía permitírselo, porque por mucho que le doliese, ellos no eran más que amigos. Hacía unos minutos, la maldita llamada se había producido y Bokuto había intentado increparlo en el jardín de una casa ajena. Y no había podido decirle nada. No había podido siquiera comenzar a relatar el calvario que había ido aumentando conforme pasaban los meses porque, en el fondo, aquella situación le generaba una vergüenza que lo ponía violento.
— ¿Entonces? Quédate conmigo un rato más...la semana próxima no podré verte, tengo que viajar.— susurró Bokuto en un tono caprichoso y frustrado que conmovió un poco a Akaashi.
— Mañana debo trabajar.
— Akaashi, mañana es domingo.
El aludido vio como Bokuto fruncía el ceño en una mueca de confusión y se frotaba el rostro, quizás en un intento por entender por qué él le mentía. En realidad, le hubiese encantado decir que lo era, pero su jefe acababa de cargarlo con otro proyecto que debía presentar, aunque fuese un bosquejo, a primera hora del lunes.
— Lo sé, también trabajo.
— ¿Tienes que ir a la oficina?
— No, lo hago desde casa…
La voz de Akaashi se fue apagando, perdiendo seguridad e intensidad cuando vio a Bokuto avanzar hacia donde se encontraba, deteniéndose sólo a escasos centímetros. Otra vez, al tener que elevar el mentón para verlo a los ojos, tuvo la sensación de que Bokuto había crecido todavía un poco más en ese tiempo; se sobresaltó al sentir las palmas frías del otro sobre su rostro, la intensidad de su mirada ambarina casi insoportable.
Y fue inevitable. No porque no hubiese manera de detener aquello, sino porque simplemente no podía irse contra el orden natural de las cosas. Bokuto desvió la mirada de sus ojos verdes, un tanto rojos y brillosos detrás de los cristales de sus gafas hacia sus labios entreabiertos. Akaashi lo supo en ese instante, incluso antes de que el rostro de Bokuto acortara las distancias y sus labios entraran en contacto en un roce tímido y tembloroso.
Supo que estaba perdido y que no había vuelta atrás.
Jadeó, aferrándose de los hombros de Bokuto porque sentía que sus rodillas iban a fallarle de un momento al otro, profundizando el beso. A ninguno de los dos pareció importarles el hecho de estar en medio de la calle a la vista de cualquier transeúnte o incluso de algún asistente de la fiesta, menos cuando Bokuto empujó el cuerpo más menudo contra el coche aparcado en la acera, ambos jadeando por el impacto brusco, el contacto buscando profundizarse por ambas partes, el sonido húmedo de sus labios caldeando un poco más la situación...
Hasta que ambos saltaron aterrados cuando la alarma del vehículo se encendió ante la agresión inesperada.
Akaashi tardó varios segundos en lograr dar con el dispositivo de la llave para apagar la alarma del automóvil; le temblaba la mano y tardó tres intentos consecutivos en atinarle mientras Bokuto se agarraba la cabeza, jalando de sus cabellos. Akaashi lo miraba de reojo mientras intentaba acomodar su respiración agitada, preguntándose qué era lo que lo había puesto más nervioso.
Y en ese momento, Akaashi lo sintió. Acomodó sus lentes mientras observaba a Bokuto mirarlo con otro tipo de intensidad. Parecía querer transmitirle algo a través de la mirada, alguna declaración o una pregunta que no podía formular en palabras y que Akaashi tardó varios segundos en comprender.
La tensión se rompió cuando fue él quien decidió dar el primer paso.
— En vez de quedarme...puedes venir conmigo a casa, Bokuto-san.
— Por tercera y última vez, voy a colgar.
— ¡No! Iwa-chan, no puedes hacerme esto, soy tu mejor amigo, ¡piensa en mis sentimientos!
Iwaizumi chocó a alguien en su camino hacia las escaleras; enfurecido como estaba escuchando los gritos y rezongos de Oikawa contra su oreja, ni siquiera se molestó en ver de quién se trataba. Tampoco se cercioró de que nadie lo estuviese siguiendo cuando comenzó a subir de dos en dos los escalones de madera.
— Mierdakawa, voy a empezar a repartir golpes y no es una opción tener el teléfono en la mano. Te llamo cuando llegue a casa.
— ¡Espera…!
Antes de que Oikawa pudiese seguir gritando, colgó la llamada y apagó el aparato, consciente de que iba a volver a la carga. Suspiró, llegando al final de las escaleras y encontrándose con un corredor y varias puertas. Maldijo internamente una. Dos. Tres veces. Ladeó el rostro y observó el breve trayecto del corredor superior que se había animado a recorrer, sus ojos fijos en el último escalón.
La música retumbaba un poco en el piso inferior y al parecer, nadie había notado que una tercera persona había traspasado los límites de lo que creía Iwaizumi era el sector de la fiesta. Volvió a mirar el resto del corredor. Había tres puertas en total; al acercarse a la primera supo que se trataba del cuarto de baño, en esos momentos vacíos. Comprobar aquello no hizo sino acrecentar sus nervios; ¿dónde carajos se habían metido aquellos dos? Era consciente de que tampoco habían vuelto a bajar, porque había pasado demasiado poco tiempo, entonces…
...entonces sólo quedaban dos opciones más.
Caminando como el criminal que sentía era en esos momentos, Iwaizumi se desplazó produciendo el menor ruido posible hacia la segunda puerta. Intentó abrirla con sutileza pero la descubrió cerrada. Preocupado de que alguno de los dos la hubiese bloqueado desde dentro, Iwaizumi se recargó sobre ella intentando oír el más mínimo movimiento...si tenía que derrumbarla...no, iba a tener que recurrir al dueño de la casa…
Sin embargo, ninguna de las dos alternativas fue sopesada con seriedad porque el ruido que oyó provenía de la puerta de enfrente. Sobresaltado, maldijo una cuarta vez cuando el ruido seco y brusco lo hizo saltar en su sitio. Con el corazón bombeando fuerte y rápidamente en su pecho, la respiración agitada y una ansiedad de los mil demonios, Iwaizumi se trasladó un par de metros hacia la otra puerta, también cerrada en apariencia.
— Responde.
— No tengo nada que decir. No molestes más, Bakageyama.
— Shouyo.
Tenso como estaba, Iwaizumi tuvo que cubrir su boca al oír el intercambio ansioso dentro de la habitación. Por el tono de sus voces, no podía discernir quién de los dos estaba más enfurecido; cuando Kageyama pronunció el nombre de pila de Hinata éste jadeó, pero el mayor no supo distinguir si había sido producto de la sorpresa o porque otra vez se había oído un golpe sordo dentro, amortiguado por la puerta; a continuación se oyó otro sonido más y el silencio absoluto, ninguna palabra de por medio.
Iwaizumi tomó el picaporte, listo para entrar en acción. Si es que…
Otro jadeo lo sacó rápidamente de su ensimismamiento, pero éste había sonado decididamente diferente al anterior. Hinata había sido nuevamente el autor del sonido, pero lejos de dar una impresión de sorpresa, el ruido había sonado lascivo y un tanto obsceno, disparando los nervios de Iwaizumi.
— Espera, no podemos...aquí no…
— Dilo. Dime...realmente que...me detenga…
La voz de Kageyama sonaba bastante afectada también, aunque no abandonaba su tono desafiante y fastidiado. Otra vez dejaron de hablar, pero el silencio fue reemplazado por el sonido de roces y lo que Iwaizumi creía eran...¿besos? Se hallaba frente a una encrucijada, realmente. Había seguido a ambos porque había estado completamente seguro de que iban a iniciar una gresca en el piso superior de la casa de Daichi Sawamura y era la oportunidad perfecta de Iwaizumi para descargar tensiones asestando uno o dos golpes. Sin embargo, aquellos mocosos lo habían sorprendido, y para mal. Siempre tenían que...maldita sea, iba a terminar dándole la razón a Oikawa, no...eso jamás.
Ni siquiera tuvo tiempo de indagarse si aquella puerta también había sido bloqueada; Iwaizumi prácticamente la derribó, casi cayendo dentro por el impulso que había dado al abrirla, presa de la ira. En esa ocasión, había sido él jadeando al ser testigo de lo que estaba sucediendo allí dentro. Iwaizumi no era estúpido y conocía bien los signos de lucha dentro de una habitación; objetos desperdigados, muebles movidos de su sitio...qué recuerdos le traía aquello. El cuarto de Oikawa solía ser un campo de batalla cuando el armador se volvía especialmente insoportable.
Nuevamente sintió la furia ascendiendo por su pecho, contaminando sus extremidades, su cuello, su cerebro. Lo que ahora sus ojos captaban y su mente no tenía chances de malinterpretar, era a Hinata sobre la cama. Con Kageyama sobre él. Ambos besándose y al parecer luchando al mismo tiempo...pero…
Iwaizumi era rápido de reflejos, pero Kageyama parecía estar alerta. Eso, o el alcohol que tenía en la sangre le había embotado el cerebro. Cuando el mayor avanzó rápidamente para propinarle el primer golpe, Tobio intentó esquivarlo haciéndose a un lado, lo que terminó con el armador en el suelo, del otro lado de la cama; Hinata parecía un tanto confundido, lo que le dio a entender a Iwaizumi que estaba tan o más borracho que Kageyama, quien parecía no poder recuperarse de la caída.
Esa era su oportunidad.
— ¿Iwaizumi-san? ¡Iwaizumi-san, espera! ¡No lo golpees!
— Tú.— la mirada de advertencia de Iwaizumi fue suficiente para que Hinata guardara silencio, sentado sobre el colchón, apenas estable. En sus ojos vio reflejados el miedo y otra vez esa confusión que Iwaizumi no soportaba y que le encolerizaba todavía más.— Quédate ahí y ni se te ocurra moverte. Y tú.
Iwaizumi juntó paciencia de lugares desconocidos de su cerebro para no desfigurarle la cara a Kageyama mientras lo ayudaba a incorporarse del suelo. Ahora el confundido era él mismo. Al ver la expresión en el rostro de Hinata, lo primero que se le había pasado por la cabeza había sido que Kageyama se había aprovechado vilmente de la situación, del estado de indefensión de Hinata y de la posibilidad de conseguir cierta intimidad en casa ajena. Sin embargo, ahora que podía apreciar el estado lamentable en el que él también se encontraba, ya no estaba tan seguro de quién se había aprovechado de quién.
Iba a tener que matarlos a ambos, para no quedarse con la duda.
— ¿Se puede saber...qué mierda…? Hinata, maldito seas, tu novio está abajo. ¿Acaso estás buscando que se maten o qué?
— ¿Tu novio? Me habías dicho que no era oficial.
— ¡Cállate!
Iwaizumi no conocía perfectamente qué era lo que sucedía en aquel triángulo amoroso que le generaba vértigo, pero no era estúpido. Oikawa le había perforado los tímpanos y el cerebro una y otra vez, había visto y oído como Miya rondaba a Hinata, como lo acechaba y como éste parecía habituado y conforme con ello. Y ahora, al mencionarlo, algo pareció reactivarse en la mente aturdida del menor, sus ojos abriéndose más y más conforme el entendimiento parecía superar a la confusión.
— No me mires con esa cara. Tú empezaste.— el rezongo de Kageyama se oyó claro, sus ojos acusadores dirigiéndose a Hinata. Éste parpadeó un par de veces, en apariencia confundido por sus palabras.
— ¿Que yo empecé? ¡¿Que yo empecé?! Ah no, ¡eres de lo peor! ¡Yo sólo quería hablar!
— Vaya forma de hablar, traerme a un cuarto privado y cerrar la puerta. No te hagas el inocente, Hinata idiota.
Viendo el intercambio violento y hartándose de la situación, Iwaizumi tuvo que separarlos a ambos cuando Hinata intentó golpear a Kageyama. Chasqueó la lengua una, dos, tres veces. Si no era uno, era el otro quien perdía el equilibrio y caía al suelo. Cuando los segundos comenzaron a transformarse en minutos, Iwaizumi se supo tenso y violento. Si bien Miya no estaba precisamente abajo, no sabía a ciencia cierta cuánto tiempo le iba a tomar espiar a Bokuto y Akaashi y volver al living. Y cuando volviese, iba a notar que ninguno de los tres estaba, que Hinata no estaba a la vista.
— Kageyama, vete. Hazme el favor.
— Pero…
— ¿No me has oído, o quieres que te mate? Aún sé fracturar un par de huesos, ¿quieres dejar de jugar una temporada entera?
Iwaizumi iba a darle la razón a Oikawa en varias cuestiones, más nunca lo admitiría en voz alta. Aquello hubiese significado la victoria del armador y era algo que él no podía permitirse, no si quería conservar la amistad que tenía con el otro. Una de aquellas cosas había sido el miedo recurrente que Oikawa había expresado cuando Iwaizumi perdía la paciencia, hecho bastante frecuente cuando estaban juntos. Según el armador, Iwaizumi desprendía un aura de "malignidad", sus ojos se volvían negros y hasta le salían cuernos. Lo cierto es que Iwaizumi sólo creía la parte del aura, aunque lo achacaba más a la tensión que generaba la situación en sí más allá de algún poder sobrenatural que Oikawa le había atribuido desde que eran niños.
Por eso, cuando Kageyama retrocedió al oír su voz, no tuvo dudas de que aquel poder estaba haciéndose presente, incluso alterando a Hinata. Un incómodo silencio se instaló entre los tres hasta que Iwaizumi captó el intercambio de miradas. Kageyama parecía fastidiado y un tanto confuso, pero Hinata se veía arrepentido y furioso. Finalmente, Kageyama chasqueó la lengua y decidió abandonar la habitación, momento en el que Iwaizumi aprovechó para bloquearle el acceso de un portazo.
— ¿Qué...qué he hecho?
Iwaizumi dio media vuelta al oír la voz compungida del otro a sus espaldas. Él no era bueno para consolar a las personas, menos en situaciones así. Maldita fuera la hora que había decidido asistir, y maldito fuera él por seguirle el juego a Oikawa en aquello.
— No has hecho nada que no quisieras. Ahora, levántate y salgamos de aquí antes de que Daichi nos mate.
— Pero…
— Vamos, joder. Cuando se te pase el efecto del alcohol, podrás pensar con claridad. Ahora no...levántate o te golpeo.
Bien, estaba haciendo uso y abuso de sus poderes aquella noche. Hinata se levantó como pudo e Iwaizumi lo ayudó a desplazarse hasta al baño. Mientras lo aguardaba, sucedió lo que tanto había temido. Daichi Sawamura estaba subiendo las escaleras con cara de pocos amigos, probablemente porque había visto a Kageyama bajar en peores condiciones de las que se encontraba Hinata en el baño. Por suerte, el actual agente de policía se hallaba, por supuesto, en un excelente estado de sobriedad. Y de furia.
— ¿Discutieron? Dime que no se han golpeado.
— Ojalá hubiese sucedido eso, pero no. No te preocupes, sólo se gritaron.
Por un momento, Iwaizumi temió que Daichi indagara más al respecto, porque estaba claro que por la mirada inquisidora que le había lanzado, no se creía que sólo aquello hubiese pasado. Por suerte no necesitó ponerse a la defensiva porque…¿qué mierda?¿por qué los estaba defendiendo? La víctima allí había sido él, que había tenido que presenciar eso.
— Los encontré besuqueándose.
— Mierda. Le dije a Suga que no les quitara la vista de encima. Fue un segundo de descuido, si Noya no hubiese volcado las bebidas, esto...por favor, no digas nada. No quiero que Suga se preocupe por una tontería.
— Te lo estoy diciendo a ti porque es tu casa y no me importa. ¿Esto ya había pasado antes?
— No estoy seguro, pero creo que si. No sé si ahora, pero en la preparatoria...no lo sé, realmente.
Iwaizumi observó un momento a Daichi mientras decidía si tiraba o no la puerta abajo, Hinata estaba demorando demasiado. La expresión de su rostro era una mezcla de fastidio y preocupación, y a Iwaizumi le recordó un poco a su propia expresión cuando Oikawa la cagaba. Parecía un padre preocupándose por sus hijos traviesos y estúpidos, y la comparación le causó gracia.
— Mientras Miya no se entere, vamos a sobrevivir.
— Está espiando a Bokuto en la puerta. Creo. Hinata está saliendo con él, ¿verdad? Ya no nos cuenta nada.
— No lo sé, creo que si.
— Todo es un creo aquí.
— Y quiero que quede así. No voy a inmiscuirme más en esto.— Iwaizumi golpeó dos veces la puerta, recibiendo de respuesta un sonido estrangulado. Al menos estaba vivo.
— Yo...yo sólo quiero que no se lastimen. Ninguno de los dos es mala persona. Sólo son idiotas.
— Y yo espero que su idiotez no los mate.
En realidad, cuando Iwaizumi finalmente decidió abrir aquella maldita puerta porque Hinata no salía y se encontró con que el estúpido se había quedado dormido sentado en el suelo, llegó a la misma preocupación que Daichi y sintió odio. Él ya tenía a Oikawa para mantenerse preocupado y ocupado todos los días, a todas horas, como si de sonido blanco e insoportable se tratara.
No quería sumarse otro problema más, pero algo en su interior le reafirmaba que iba a terminar involucrándose también.
