Buenas! ¿Cómo están? Espero que muy bien y listos para leer (?
Este capítulo es una especie de transición, pero no por eso menos importante en la construcción de la otra shipp, espero lo disfruten :)
Muchisimas gracias por todos sus comentarios, de verdad me alegra hacerlos reír con las tonterías que escribo y que disfruten la trama xD
Les recuerdo para quienes no me sigan en fb o twt, mañana comenzaremos a publicar "Érase una vez", una IwaOi dentro del universo alterno del HQ quest!, espero nos veamos por allí también (abarcará otras shipps también porque nunca escribir sobre una sola, Chiru, siempre mezclar todo vos).
Sin más que añadir, ¡acá vamos!
Como lo había vaticinado horas atrás, Oikawa no podía dormir.
A veces odiaba ser tan intuitivo. O quizás él mismo había provocado el insomnio de conciliación que lo estaba asesinando, a él y a su cintura. ¿Era realmente insomnio? A Oikawa le parecía que no.
Luego de darse la vuelta por enésima vez en la cama de Iwaizumi procurando no mover demasiado el colchón ni entrar en en contacto con el cuerpo inerte y petrificado del otro a unos centímetros de distancia, Oikawa se dijo a sí mismo que aquello era el maldito jet lag. Estaba teniendo un trastorno temporal del sueño provocado por el cambio del huso horario, y eso ya lo tendría que haber previsto incluso desde antes de tomar el avión; le había pasado algo muy parecido cuando había llegado a Argentina y le había costado casi 3 días acostumbrarse al cambio.
Maldijo internamente mientras acomodaba la almohada, intentando rememorar la conversación que había tenido con Iwaizumi mientras cenaban. A la mañana temprano, mientras Iwaizumi salía al mundo exterior y trabajaba como el hombre independiente y responsable que era, Oikawa tenía la incómoda tarea de sacar un turno con el traumatólogo que siempre lo había atendido en Japón en las ocasiones en las que se había lesionado. Recordar aquello le generó cierta sensación de malestar en el estómago pero no supo atribuirle la verdadera causa; no sabía si eran los nervios, la incertidumbre o sencillamente el jet lag haciendo de las suyas a esa hora.
Estaba empezando a dolerle la cabeza. La espantosa sensación de opresión sobre la nuca le indicaba que en breve iba a sufrir una verdadera cefalea. Maldijo otra vez.
Estiró el cuello para divisar la hora en el reloj de la mesa de noche.
Las 3:11 AM.
Ya estaba transitando la hora del Diablo.
Era momento de levantarse.
Con todo el cuidado que pudo logró sentarse e incorporarse sin que Iwaizumi se moviera ni su respiración pesada y demasiado lenta se modificara. Era increíble, pero dormía cual roca. Mientras se dirigía hacia la cocina en busca de alguna medicación que le calmara el dolor antes de que empeorara, intentó rememorar si Iwaizumi siempre había tenido el sueño tan profundo. Su mente estaba un poco desorientada en esos momentos y lo deprimió un poco no poder recordar cuándo había sido la última vez que habían dormido juntos, ni siquiera en la casa de quién. Sí había sido hacía demasiado tiempo porque ambos aún vivían con sus respectivas familias…¿hacía tanto ya? ¿6 años?
Encendiendo la luz y rebuscando entre los cajones logró dar con un analgésico que no dudó en tomar rápidamente. Intentando que la píldora no quedara atravesada en su garganta mientras bebía agua se rindió sacando cuentas del tiempo que hacía no compartía una habitación con Iwaizumi. El pensamiento era tonto y carecía de importancia pero a Oikawa le había pegado la nostalgia a esa hora.
Luego de unos segundos se sentó en la mesada de la cocina. Su mente estaba un tanto en blanco, sus ojos fijos en el diseño de pequeños platos voladores en los pantalones de su pijama. ¿A Iwaizumi seguiría gustándole Godzilla? Seguro que sí. Seguía viendo toda película de dinosaurios y monstruos gigantes reptilianos que se le cruzaba en el paso, así que supuso que su adicción por el lagarto seguía tan en pie como la suya por los extraterrestres.
No la había desempacado aún, pero iba a tener que rebuscar entre las valijas la lámpara de ovnis que se había comprado en Argentina. Sólo para mostrársela a Iwaizumi.
No podía desempacar, después de todo. Su estancia en el departamento de Iwaizumi era temporal, lo suficiente para que pudiera organizarse con su familia y ver si podían recibirlo. Podía viajar o bien podía ir al consultorio del médico en Miyagi, después de todo lo había conocido ahí. No podía abusar de la amabilidad y de la tolerancia que Iwaizumi estaba teniendo con él, ya era…
Un trueno lejano le dejó saber que la tormenta aún no iba a retirarse. Se incorporó otra vez y caminó descalzo hasta la pequeña ventana de la cocina; el tiempo afuera estaba horrible aunque el viento había amainado y sólo caía una débil llovizna. Al tocar el vidrio sus dedos se congelaron...con razón estaba teniendo frío.
Volteó otra vez; iba a tener que prepararse un café. No, un té.
No.
Abrió la alacena donde había escondido el termo Stanley y retiró al mismo tiempo el paquete de yerba. Mientras ponía a calentar el agua en la jarra eléctrica, Oikawa recordó vagamente que Rodrigo le había comentado al pasar que el mate provocaba insomnio en algunas personas. Bueno, si le sumaba más insomnio al que ya tenía quizás se potenciaban y se terminaba durmiendo, después de todo menos por menos siempre era más. En la mente retorcida de Oikawa.
Preparó todo el mate en un acto mecánico, ya conocido y realizado de memoria infinidad de veces. Aquella maldita cosa era adictiva y le había generado un grado de dependencia que a Oikawa no llegaba a agradarle del todo, pero con la cual no podía luchar. La añoranza ya comenzaba a pegarle fuerte incluso menos de tres días después de haber abandonado el otro país.
Se había olvidado de avisarle a Rodrigo que había llegado bien. ¿Era hora de escribirle sin que lo insultara de arriba abajo? Sí, creía que sí. Volvió a mirar la hora en el reloj de pared. 3:28 AM. Serían las…¿3 de la tarde allá?
Tomó uno, dos mates. Tres, para aclimatar la yerba con el agua caliente. Aquella vez había tenido especial cuidado de no dejarla hervir...y sus ojos divisaron la desgracia.
No, Tooru Oikawa. A esas horas, no.
Un frasco de café yacía observándolo desde la mesada contraria en la que él se había sentado. Era café instantáneo. Y Oikawa experimentaba un placer indescriptible por mezclar el mate con toda sustancia que se le interpusiera en el paso. ¿Iwaizumi no tendría cáscara de limón o naranja por ahí? El café no parecía la mejor opción considerando la hora, pero era tan tentador…
Recordó que había dejado el teléfono celular cargando en la habitación de Iwaizumi mientras revolvía la yerba y echaba el café en las profundidades del mate. Quizás, si se acordaba, le enviaría un mensaje cuando volviera a acostarse en un rato.
Se preguntó si la pequeña charla que Hinata tenía destinada para Atsumu habría salido bien. En realidad eso estaba claro, si no le habría enviado un mensaje o lo habría llamado. Ahora que había podido conocer al sujeto en cuestión en persona, Oikawa podía quedarse relativamente tranquilo. Era un provocador pero no un tóxico y parecía realmente compenetrado con Hinata. ¿Cómo es que ese enano poseía ese don de domar bestias?
— ¿Qué haces?
Ya se estaba cansando de los sobresaltos ese día.
— Iwa-chan, has algo de ruido si vas a acercarte así.
— No te vi en la cama y pensé que estabas descompuesto o algo.— Iwaizumi ingresó en la cocina con paso lento, sentándose en la mesa que él había ocupado antes. Sus ojos pasaban del termo, al mate, al frasco de café.— Comiste demasiado.
— Aún tengo angustia oral por el viaje.
— Claro. ¿Estás bien?
— Sí, sólo...no puedo dormir. El jet lag, ya sabes.
— Ya.
Y el silencio.
¿Cuándo un silencio se había vuelto incómodo en presencia de Iwaizumi? Nunca, ni siquiera luego de que discutían y ambos quedaban enfurruñados sin hablarle al otro por horas. Ahora, dentro de la pequeña cocina con la tormenta de fondo, Oikawa sintió una ambivalencia bastante graciosa. Por un lado deseaba salir corriendo y ocultarse debajo de las sábanas, aquel escudo insondable e indestructible. Por el otro, no tenía ningún deseo de huir y quería plantarse delante de Iwaizumi para preguntarle qué había sido aquello.
Y por qué los había vuelto tan estúpidos a ambos.
Le había tocado el culo, tampoco había sido la gran cosa. Sí, sí lo había sido. Si no Iwaizumi no estaría tan esquivo con él y Oikawa podría rellenar los espacios vacíos de la conversación.
— ¿Quieres probar?.— en un acto inconsciente, Oikawa le tendió el mate humeante a Iwaizumi. Éste frunció el ceño y observó lo que se le ofrecía como si fuese veneno.— Sólo tienes que chupar. Trata de no quemarte.
— Le has echado café, ¿verdad? No vamos a poder dormir, Idiotakawa.
— Dormir es para débiles.
— Mañana trabajo. Y tengo que recuperar horas.
— Entonces ve a dormir.
Oikawa retiró el brazo que sostenía el mate un poco ofuscado por la negativa del otro, aunque comprensible. A último momento, la mano de Iwaizumi se extendió hacia delante y tomó la de Oikawa deteniendo su movimiento. Sus dedos se rozaron, como tantas otras veces. Sus pieles entraron en contacto, un toque suave y superfluo en comparación con otros que habían tenido mientras jugaban o se golpeaban.
Entonces, ¿por qué Oikawa se sentía tan ansioso por que el otro no retirara su mano de allí nunca más?
— Quién necesita dormir.
Por supuesto, el intento de valentía de Iwaizumi quedó en eso, en sólo un intento. Se quemó como Oikawa había predicho pese a la advertencia; lo insultó, maldijo, soltó el mate y volvió a tomarlo entre sus manos. Maldijo otra vez. Y volvió a intentarlo. El resultado fue menos agresivo y más satisfactorio por la expresión de Iwaizumi.
— Es...raro. No siento la lengua.
— Eso es porque te quemaste, Iwa-chan. Mira, es así.
Sin pensarlo demasiado, tomó el mate y volvió a verter un poco de agua. Removió la bombilla y succionó suavemente una, dos. Tres veces hasta oír el sonido característico de que ya no había agua entre la yerba. El agua no estaba tan caliente tampoco.
— ¿Ves? Es…
Había imágenes que no necesitaban una explicación. La cara de Iwaizumi en esos momentos era una de ellas. Parecía en blanco, hipnotizado. Sus cejas estaban arqueadas, sus ojos bien abiertos y su mandíbula estaba floja. Eso lo notó porque su boca estaba levemente entreabierta mientras no lo perdía de vista. No estaba parpadeando.
Parecía alucinado, incluso embelesado. Y el rostro de Oikawa se cubrió del fuego de la sangre ascendiendo desde su cuello.
Acababa de darle un beso indirecto a Iwaizumi a través de la bombilla, y no sólo eso. Había hecho una demostración magistral y perfecta de cómo chupar una bombilla.
Definitivamente los dos eran unos niños de 10 años en cuerpos de adultos.
— Es así. Prueba tú.
Oikawa le pasó el mate luego de verter agua nuevamente como si se tratara de una bomba de relojería e Iwaizumi lo tomó como si faltaran segundos para que detonara. Ambos se quedaron mirando el objeto inanimado sin mediar palabra hasta que Iwaizumi finalmente imitó la técnica ancestral de Oikawa.
— No está mal. Viniendo de ti, es todo un logro.
— Qué cruel eres, Iwa-chan. Todo lo que venga de mi es bueno.— la tensión en el ambiente pareció romperse temporalmente y ambos suspiraron casi imperceptiblemente.
— Como esos pantalones. Son nuevos o yo no los conocía.
— Es un pijama nuevo. Y tengo en una de las valijas una lámpara de ovnis que me ayuda a dormir. No sabía que la necesitaba hasta que no pude separarme de ella.
— Nunca madurar, ¿verdad?
— Jamás.
— Yo…— Iwaizumi sorbió otra vez de la bombilla y le pasó el mate a Oikawa en silencio. Luego de unos segundos, agregó.— Me compré una réplica pequeña de Godzilla.
— No esperaba menos de ti, Iwa-chan. Me siento orgulloso.
— Yo también. Gasté la mitad de mi salario en ella.
— ¿Puedo verla?
— Claro.
Oikawa no pudo evitar sonreír al ver la felicidad infantil en el rostro de Iwaizumi ante la perspectiva de mostrarle uno de sus tesoros. Recién en ese momento se percató de cuánto había extrañado aquella expresión. ¿Cómo es que podría haberla olvidado?
— Te la enseño si me muestras la maldita lámpara.
— Tengo que desarmar todo el equipaje porque no sé en cuál de las dos valijas la guardé, Iwa-chan. Y luego armarlo otra vez. No tengo ganas.
— ¿Y por qué vas a armarlo de nuevo? Pásame otro.
— Ahora mismo.
Y el ambiente volvió a enrarecerse mientras vertía un poco más de agua caliente y le pasaba el mate a Iwaizumi. En el silencio de la cocina parecía que incluso se estaban drogando con aquello, pasándoselo una y otra vez.
— Pensé que iba a asquearte.
— A ti parece gustarte.
Ah. También había extrañado esa sinceridad brutal que surgía cada tanto en Iwaizumi. Nada de insultos, nada de excusas tontas o de justificaciones mentirosas. A Iwaizumi le gustaba porque a él le gustaba. Fin de la discusión.
— Al principio las costumbres de allá me chocaron un poco, pero ya viste que logré acostumbrarme. Hice propias algunas de ellas, como el mate.
— Puedo vivir con eso. Vamos, muéstrame la lámpara.
— Iwa-chan…
¿Qué iba a decirle?
¿Que no quería desarmar las valijas no porque le costara volver a armarlas - hecho real - si no porque no quería hacerlo? Quizás Iwaizumi no lo comprendiera tan fácilmente, pero armar una valija y cerrarla era más que introducir ropa y objetos dentro. Era introducir recuerdos, anhelos y parte de su vida allí adentro con el objetivo de llevarlas a otro lugar, tal vez para siempre. Estaba siendo extremista, pero armar el equipaje otra vez en la casa de Iwaizumi significaba irse de allí, llevarse consigo un trozo de su amigo como si eso fuera todo lo que podía obtener de él. Y no sabía cuándo iba a poder devolvérselo, no sabía a ciencia cierta cuándo volvería a ese departamento.
No, no podía decirle aquello. No podía hacerle aquello a Iwaizumi porque lo notaría en su semblante. Notaría la tristeza que él no sabía ocultarle, y se pondría violento porque también lo afectaría. Probablemente lo golpearía, lo insultaría y le diría que estaba exagerando.
Por eso, respiró profundo cuando finalmente logró movilizar la cremallera de la primera valija en el cuarto de Iwaizumi. Habían encendido todas las luces y ya ambos estaban más despiertos que en la tarde; el equipaje prácticamente había salido propulsado por la presión que había estado ejerciendo dentro y eso ayudó a Oikawa a revolver un poco mejor.
— Pero qué mierda trajiste, ahí dentro tienes ropa como para vivir 3 meses seguidos.
— Esto me alcanza para una semana...Dios, no puedo creerlo, ¡aquí está!
Como si de un objeto de invaluable valor se tratara, Oikawa retiró una caja de tamaño mediano sepultada entre la ropa; mientras se sentaba en el suelo como un niño con un juguete nuevo, logró sacar el tesoro que allí dentro se escondía: era, en efecto, una lámpara nocturna relativamente pequeña.
— Eso no tiene forma de ovni.
— Nunca dije que tuviese forma de ovni. Mira.
Como pudo, estiró la mano hasta el enchufe de la pared y logró conectarla.
— Apaga la luz, Iwa-chan.
Y se hizo la magia. Oikawa nunca dejaba de sonreír cuando veía los cientos de ovnis proyectándose en las paredes, cambiando de color. A veces eran azules, otras, verdes. Podían parpadear incluso en la oscuridad de la habitación. Volteó a Iwaizumi con su propia felicidad infantil en el rostro y se vio reflejada en la del otro. Iwaizumi sonreía como un tonto, negando con la cabeza.
— Ahora veo por qué es un tesoro. Puedes dejarla encendida, si quieres.
— Pensaba cerrar la valija.
— Eso es imposible, menos a esta hora. Además, si no sacas la ropa de allí se te arrugará demasiado. Vamos, te mostraré la réplica.
Oikawa no agregó más, no era necesario. Iwaizumi no quería que rearmara el equipaje y él no tenía fuerzas para discutirle aquello, porque tampoco lo deseaba realmente. Dejó la dichosa lámpara en el suelo, a un costado de la valija mientras Iwaizumi encendía otra vez la luz de la habitación. Al menos iba a tener que mover aquella cosa del camino, era demasiado grande, y…
Y la desgracia.
Nunca pensó que el final de su vida lo marcaría el mover una valija del suelo. Tampoco es que se esperaba lo que ocurrió apenas lo hizo. Agradecía de cierta manera que el suelo de la habitación de Iwaizumi fuese claro, porque si no probablemente no la habría divisado.
De debajo de aquel pesado objeto, surgió una cucaracha. Negra. Grande. No, gigante. Con alas.
— ¡¿Pero qué mierda te pasa?! ¡Mierdakawa! ¡¿Acabas de...rasguñarme?!
Ni siquiera había tenido tiempo de gritar o llorar, su vida dependía de una decisión inmediata en el momento justo. Sólo contaba con apenas unos segundos para escapar, y había tenido que literalmente pasar por encima de Iwaizumi para llegar a un territorio relativamente seguro sobre la cama. Había tropezado con la valija, con la mesa de noche y con Iwaizumi, a quien había arrollado sin explicación previa producto de la desesperación del momento.
Y pese al ataque de ira espontáneo que sufrió Iwaizumi luego de aquello, tardó sólo unos segundos en comprender sin explicaciones qué era lo que sucedía. Oikawa había sufrido una especie de fobia anormal hacia todos los insectos desde pequeño, sobre todo a las cucarachas. Particularmente a las grandes y voladoras. Iwaizumi había sido testigo de objetos rotos, gritos, llantos e incluso lesiones auto infringidas en el cuerpo de Oikawa en su intento por escapar de una muerte inevitable que sólo estaba en su cabeza.
Si había sucedido en casa de Oikawa, su madre era quien se hacía cargo de la situación la mayoría de las veces. Si Iwaizumi estaba presente, era el encargado oficial de neutralizar la amenaza vigente, fuese como fuese.
— ¿Dónde está? No alcancé a verla.
— ¡Estaba ahí, al lado de la valija! Seguro que ya corrió, se escondió y va a esperar el momento ideal para asesinarme. Hoy no duermo.
— No exageres, no pudo haber ido lejos.
Insultando a todo lo que se le cruzaba en el paso, Iwaizumi tomó uno de sus zapatos y se dispuso a levantar objetos del suelo. Lo intentó también con la valija, pero fue imposible. Se limitó a moverla en el suelo, sin resultados. Salió al corredor para cerciorarse de que no hubiese escapado por allí, también inútilmente.
— No está. ¿No habrás alucinado? ¿Seguro que esa cosa no tiene ningún tipo de estupefaciente?
— Iwa-chan, sé lo que vi. La percibo, está aquí dentro.
— Tú y tu maldito sexto sentido con los bichos.
Oikawa se replegó contra el respaldo de la cama, aún de pie sobre ella, en el momento en el que Iwaizumi se arrodilló y perdió de vista su torso cuando se inclinó para inspeccionar debajo de la cama, levantando las frazadas. Verlo haciendo aquello le provocaba escalofríos; Iwaizumi era realmente valiente y temerario, aquel monstruo podría estar allí, aguardando el instante ideal para atacar...y aún así, por él, Iwaizumi se arriesgaba a que la cucaracha le saltara volando en la cara.
El sólo pensamiento de que Iwaizumi se incorporara con la cucaracha incrustada en el cabello lo hizo sollozar mientras se aferraba al respaldo; rozó accidentalmente una de las almohada con el tobillo y eso provocó otro ataque de ansiedad incontrolable.
— Deja de llorar, Basurakawa, aquí abajo no hay nada…¿qué se supone que estás haciendo? No me rompas la cama, estúpido.
— No lo entiendes, Iwa-chan. Si pudiera controlarlo no estaría aquí arriba, sabes.
— Bueno, la cosa esa no está, bájate.
— Ni loco.
— Pero…
Oikawa jadeó cuando Iwaizumi se detuvo en mitad de su réplica, sus ojos fijos en algo a sus espaldas. Una sensación fría y desagradable recorrió su espina dorsal cuando supo que finalmente, el enemigo había hecho acto de aparición.
Efectivamente, era incluso peor de lo que había podido imaginarse. La cucaracha había subido por la pared y no conforme con eso, se había entremezclado en las cortinas blancas de la ventana. Ambos podían ver la sombra negra, gigante y amenazante detrás, ascendiendo por la tela.
Era momento de buscar otro refugio más seguro.
— No me claves las uñas porque te reviento a patadas.
— Ni se te ocurra moverte, me está mirando.
— Pero…¿cómo carajos una cucaracha va a estar mirándote?
— Lo percibo, Iwa-chan. Ya te dije, no lo entenderías.
Oikawa había decidido que el amparo más cercano, sólido y seguro era la espalda de Iwaizumi. Había logrado saltar de la cama y posicionarse detrás del otro en una milésima de segundo, y por lo que acababa de decirle Iwaizumi, estaba aferrándose con demasiada fuerza a sus hombros.
— Bueno, mira. Vamos a hacer esto. Vete. No quiero que esa cosa vuele y te dé un ataque.
— Bien.
No iba a discutir aquello. Como pudo y a paso rápido, abandonó la habitación con los nervios de punta, el escalofrío todavía recorriendo su columna. Inútilmente cerró la puerta detrás suyo dejando a Iwaizumi abandonado a su suerte, sabiendo que si era derrotado por su contrincante éste lo iría a buscar a él por debajo de la puerta. Oikawa permaneció de pie a unos saludables dos metros de la puerta del cuarto, aguardando. Oyó varios sonidos y luego un golpe. Dos golpes bruscos, un insulto de Iwaizumi. Oikawa retorció sus manos, temeroso de tener que emprender la carrera en cualquier momento al no oír más nada...no era posible que su héroe hubiese sucumbido…
La puerta del cuarto se abrió bruscamente, casi azotándose contra la pared. Oikawa volvió a saltar en su sitio cuando la cabeza de Iwaizumi se asomó, la expresión furibunda instalada en su rostro.
— ¿Y bien…?
— Ya está. Al menos no me ensució la cortina.
A pesar de las palabras y de la confianza que Oikawa depositaba en Iwaizumi, debía comprobar él mismo el asesinato. Se acercó rápidamente e ingresó en el cuarto con paso inseguro, temeroso de cruzar al cadáver demasiado cerca de la entrada.
— Está allá, al lado de la pared.
Se acercó donde la mano de Iwaizumi señalaba y, efectivamente, la cucaracha yacía literalmente reventada en el suelo. Iwaizumi había cumplido bien la misión, la había pulverizado.
— Aún así, arrójala por el retrete. Va a revivir.
— Esto no es una película de terror, Mierdakawa.
Aún así, Iwaizumi lo hizo.
— Creo que con semejante estrés me ha bajado sueño, Iwa-chan.
— Más te vale, no voy a soportar ninguna idiotez más de…
Oikawa debía demostrar valentía de vez en cuando, aunque fuera sólo un poquito. Ya acomodados en la cama y con sólo los ovnis azules iluminando las paredes, se animó a acercarse a un Iwaizumi enfurruñado, ya recostado entre las almohadas. Lo tomó con la guardia baja y eso fue un factor fundamental en su accionar: rápido como uno de los relámpagos que se dejaban ver a través de la ventana, sus labios se posaron sobre los de Iwaizumi en un beso corto, casto y bastante ingenuo para una persona de 24 años.
E Iwaizumi había quedado momentáneamente sin habla. Y sin respiración.
— Sigues siendo mi héroe sin capa, Iwa-chan. Nunca cambies. Buenas noches.
Acto seguido, el valor se fue de paseo muy lejos del cuarto. Oikawa le dio la espalda y se cubrió hasta la cabeza con las frazadas, haciéndose un ovillo bajo las sábanas, el corazón repiqueteando en su pecho y una sonrisa estúpida en el rostro que no podía hacer desaparecer.
Un par de minutos después, aún seguían en el silencio más sepulcral, sólo interrumpido por el golpeteo suave de la lluvia contra la ventana. De repente, Iwaizumi pareció reaccionar y se acomodó, moviendo el colchón.
Lo que Oikawa no esperaba era sentir su respiración caliente sobre la nuca, mucho menos un beso un poco más prolongado que el suyo depositándose en esa región. Sintió el torso del otro apoyándose sobre su espalda y, en ese momento, la acción le pareció mucho más cómoda y reconfortante que horas atrás en la cocina. Su cuerpo se relajó instantáneamente cuando notó uno de los brazos de Iwaizumi rodeándolo y atrayéndolo un poco más contra su cuerpo.
— A veces no eres tan basura, Oikawa. Buenas noches.
Muy bien, hasta aquí por hoy...los IwaOi son tan canon que duele ya (?)
Nos leemos!
