Buenas tardes, gente bella! Acá estamos con una nueva entrega de...esta cosa que va tomando rumbo xD comenzamos el segundo gran drama del fanfic, así que espero estén preparados (?)

Como siempre, no me canso de agradecer el gran apoyo que recibo, desde un voto hasta un pequeño comentario siempre ayuda, ni hablar de los extensos xD Muchas gracias!

Sin más, aquí vamos.


Sakusa Kiyoomi había podido respirar en paz, finalmente.

Bueno, en realidad no era tan así. Él nunca podría sentirse completamente tranquilo y a gusto mientras aquellas bestias humanas que desconocían el término "espacio personal" y sus implicancias lo rodearan constantemente durante los entrenamientos y los partidos de práctica. Al menos existía la suerte de sólo tener que soportarlos dentro del predio perteneciente al equipo de voley y, si tenía suerte, sólo dentro de la cancha.

Si se apuraba y actuaba con presteza, podía ser el primer miembro en ocupar los baños e higienizarse correctamente mientras los demás "interactuaban", lo que significaba gritos, golpes...y más gritos. Por fortuna para él, aquella actividad solía demandarles bastante tiempo, sobre todo luego de las prácticas. Y ahora, con el campeonato terminado y una temporada que aún no comenzaba oficialmente, podían permitirse relajarse un poco; los días de práctica se habían espaciado y llevaban bastante tiempo libre, por lo que las posibilidades de toparse con ellos se reducía aún más, para alivio de Sakusa.

Hacía una semana, había recibido un mensaje de texto por parte de Hinata; extrañado por la hora del mismo y un tanto preocupado por el cariz que podría tener, lo abrió y leyó con desconfianza para enterarse de que, al menos, uno de los problemas que estaba manejando el equipo se había resuelto satisfactoriamente. Por supuesto, todo había sido a medias, como la mayoría de las cuestiones que manejaban sus compañeros. Hinata finalmente había seguido su consejo y había aclarado los tantos con Miya; Sakusa tendría que haberlo dejado ahí, no contestar aquel maldito mensaje lleno de emoticones de dudoso significado, pero no. Había osado preguntar si, de una vez por todas, todo estaba tranquilo entre ellos.

"Tranquilo" igualmente se refería a "no causar más problemas para el equipo", pero Hinata había malinterpretado sus palabras. Por supuesto, el texto y los emoticones ya no habían alcanzado para que Hinata lograra expresar todo lo que deseaba y, en cambio, habían llegado los audios. Sakusa se tomó su tiempo para oírlos, horas después. Había varios de ellos y su duración superaba los tres minutos. Cada uno. Aún así, el oírlos había valido la pena; Miya la había vuelto a cagar, como siempre, pero las cosas se habían arreglado satisfactoriamente.

Hinata también había aprovechado la oportunidad para comentarle cuestiones personales que a Sakusa le interesaban poco y nada, como la llegada de Tooru Oikawa a Japón. Hinata le había preguntado si lo conocía; claro que lo conocía, se habían topado un par de veces en las nacionales, tanto en secundaria como en la preparatoria. Por supuesto, dentro de su crisis emocional, Hinata había obviado el motivo de su visita; no podía ser posible que aquel otro sujeto integrase un equipo rival, ¿otra cuestión más para preocuparse?

Ya tendría tiempo para averiguarlo. Por el momento, las cosas habían marchado bien. Miya había vuelto a ser el mismo dolor de testículos, Hinata había vuelto a gritar con la misma intensidad, ambos riendo y gritando durante toda la práctica de esa semana. El nivel de tolerancia de Sakusa disminuía por momentos pero, al menos, podía admitir para sus adentros que todo volvía a la normalidad. El equipo jugaba y se coordinaba en un 120%, todos bajo la torre de control que representaba Miya, más egocéntrico e insoportable que de costumbre.

Bueno, todos...no.

Bufó mientras bajaba la escalinata que conducía a los vestuarios, bolso al hombro. Si lograba hacerlo a tiempo, al menos podría darse una ducha rápida para poder higienizarse correctamente en su departamento después.

Mientras llegaba a los vestuarios, razonó que la aparente normalidad que envolvía a todo el equipo se estaba dando porque Miya los trataba como a títeres...y la mayoría respondía satisfactoriamente a sus caprichos, por eso probablemente había tardado varios días más en percatarse de que, en efecto, Bokuto seguía un tanto afectado.

Lo había visto más entusiasmado y predispuesto a entrenar, quizás mucho más que de costumbre. Parecía que, al no poder resolver sus problemas personales, aquella bestia salvaje había decidido que tenía que gastar todas sus energías entrenando, y aquello ya era decir mucho. Incluso Miya había colapsado el día anterior, sin fuerzas. Lo había tenido que reemplazar Hinata y luego Thomas, quienes tampoco llegaban a comprender muy bien cómo era posible que a Bokuto jamás se le acabara la energía.

Es más, parecía que mientras más entrenaba, más potencia poseía.

Nadie era normal en aquel equipo, estaba claro.

Aún así, pese al aparente fervor que demostraba, su estado de ánimo no lo acompañaba. Sakusa había evaluado la situación desde lejos. Hinata - maldito estúpido enamorado - apenas y había intentado preguntarle qué era lo que sucedía, si todo se encontraba en orden. Miya, por el contrario, parecía renuente a acercarse al rematador, y ese fue el primer aviso en la mente de Sakusa que le indicó, algo sabía.

Por supuesto, no iba a acercarse a ninguno de los dos, ni a Bokuto para preguntarle qué le pasaba ni a Miya para solicitarle, hiciese algo para revertir aquella situación. No quería admitirlo abiertamente, pero si bien Miya había vuelto a la normalidad, faltaba "algo" dentro de las prácticas y para su desgracia, se había percatado que se trataba del humor contagioso de Bokuto. Siempre lleno de energía y bienestar, solía infestar a los demás de su estado de ánimo, a él incluido.

Cuánto tiempo más iba a durar aquella tranquilidad antes de que el problema de Bokuto también estallase, no lo sabía, ni quería saberlo.

Abrió la puerta del vestuario, victorioso por no haberse encontrado a ningún animal en el camino...

...para arrepentirse de su propia aseveración.

— Esto no me puede estar pasando a mi.

Si Sakusa no tuviese buenos reflejos, probablemente se habría roto una rodilla contra alguno de los bancos del vestuario, la cabeza contra el marco de la puerta y el cuerpo entero contra el piso por la velocidad con la que se había volteado; aún así, si bien aquel espacio físico era amplio, el cuerpo de Sakusa era demasiado para él. No había podido calcular bien y se había golpeado en el codo contra la puerta de acero, el retumbar siniestro de aquella cosa desplazándose y su expresión de dolor haciéndose presentes.

Es que…¿aquellos inmundos no podían comprender que existía algo que se llamaba intimidad y respeto por los otros seres vivos?

Ni bien había ingresado al lugar, se había encontrado con la peor escena posible; ahora comprendía por qué no había oído los gritos de Hinata en la parte superior del predio ni había escuchado los improperios de Miya cuando había descendido corriendo por las escaleras. Era porque ellos se le habían adelantado a él. Y no habían perdido el tiempo, claro que no. Para esas cosas los malditos eran rápidos. Miya estaba prácticamente desnudo acorralando a Hinata contra una de las esquinas del vestuario quien, por lo poco que Sakusa alcanzó a divisar, sí se hallaba completamente en pelotas.

Y él tenía que ser testigo del momento en el que Hinata había estado forcejeando para que Miya no lograra separarle las piernas allí dentro...quién iba a ayudarlo a superar aquello…

— ¡Tsumu, espera! Ay Dios, qué vergüenza.

Apenas había oído la puerta abrirse, Hinata había empujado a Miya lejos de su cuerpo. Otra vez, el instinto de Sakusa fue más fuerte que su pobre mente atribulada y sus ojos se habían desviado nuevamente hacia Hinata, sólo para observar las marcas rojizas que se extendían por sectores de su cuerpo que anteriormente la ropa había tenido a bien ocultar.

¿Qué había hecho él para merecer aquello?

— Vergüenza es robar, Shouyo. ¡Omi Omi! Qué sorpresa...¿acaso quieres unirte?

— Ni siquiera voy a responder ese agravio.

Al menos, Miya llevaba la ropa interior puesta. Sakusa no se atrevió a acercarse a su posición, sino que desde su lugar en el marco de la puerta se dedicó a observarlo con asco y desprecio, emociones reflejadas en el propio semblante del otro, quien a su vez también lo miraba con una pizca de diversión en el rostro.

— ¿No te enseñaron a golpear, acaso?

— El vestuario es del club, no tu casa, estúpido. No te me acerques.

Miya rió y se detuvo a un par de metros de distancia. Encima tenía el coraje de acercarse, maldito fuera.

— Aún así, nos interrumpiste.

— Gracias al cielo.— Sakusa ni siquiera quería imaginarse qué hubiese sucedido si, en efecto, hubiese llegado varios minutos después. Un escalofrío recorrió su espalda, temeroso.

— Cómo.

— Tsumu, ya basta, Omi-san tiene razón. Éste no es lugar para…

— Shouyo, cariño, cállate. Esto va más allá de tener sexo en el vestuario.

Hinata se ahogó al oírlo, tosiendo. Sakusa torció el gesto cuando notó que Miya daba un par de pasos más en su dirección.

— Alto ahí.

— ¿Sabes? Omi-san, hay cosas que quizás debas saber.

— No, no me rehúso.

— Tsumu, por favor…

— Es la primera vez que logras interrumpirnos.

Al oír lo que Miya acababa de confesar y ver la expresión avergonzada en el rostro de Hinata, Sakusa deseó desaparecer al comprender las implicancias de lo que aquel imbécil acababa de soltar. Eso sólo significaba una cosa: habían estado haciendo sus porquerías allí con anterioridad y Sakusa se había bañado y cambiado allí sin saberlo.

Iba a bajarle la presión arterial si no lograba salir de allí a tiempo.

— Te dije que no te acerques más. ¡Detente, infeliz!

— ¡Pero Omi Omi, no te pongas así, la cercanía afianza los lazos!

Sakusa tropezó con sus propios pies al retroceder, abriendo la puerta del vestuario otra vez. Ambos se observaron con expresión desafiante, uno victorioso y el otro derrotado al tener que verse obligado a abandonar el sitio a la fuerza.

— Hagan lo que tengan que hacer, ya no me importa. Si pueden morirse luego, me harían un favor.

— ¡Gracias! Nosotros también te queremos, Omi Omi.

Acto seguido soltó la puerta, la cual se azotó contra el marco produciendo un sonido un tanto perturbador. Se alejó un par de metros del lugar temeroso aún de oír algún sonido asqueroso y comprometedor; agitado, decidió subir otra vez y evaluar sus posibilidades. Hacía mucho no sufría el inicio de una crisis de ansiedad, pero no tenía opción. Dentro de sus males, el menor era irse así como estaba y ducharse en su casa.

Ya no era opción volver a ese vestuario. Ni ahora ni nunca.

Y su suerte no mejoraba.

Sus pasos se detuvieron de repente cuando divisó a Bokuto, sentado en una de la bancas que componían ya parte de las gradas del estadio de práctica. Sakusa presionó su mandíbula mientras el dilema lo acosaba. Ahora que se hallaba solo en aquel lugar, Bokuto parecía haber bajado del todo sus defensas; se hallaba cabizbajo, el teléfono celular en sus manos. No sonreía y sus ojos no se despegaban de la pantalla de aquel aparato, su torso levemente inclinado hacia delante, su semblante pensativo y un tanto compungido.

Lo mejor en esos momentos era dar marcha atrás y salir airoso de la situación. Podría tomar un camino lateral - por los malditos vestuarios - e irse de allí sin toparse con otro problema más. Sin embargo, la expresión en el rostro de Bokuto llegó incluso a darle pena.

¿Qué demonios le sucedía a aquel sujeto que nada solía perturbarlo? ¿Y por qué él estaba caminando hacia su posición, quién lo mandaba a meterse en aquello?

— Ey.

Bokuto parpadeó un par de veces, sobresaltándose con su presencia. Al levantar la vista, Sakusa comprendió que ni siquiera lo había oído acercándose. Había dejado una distancia prudencial de un metro, sabiendo que Bokuto no era Miya. No iba a atacarlo, menos en aquel estado.

— ¿Omi Omi? ¿Aún sigues aquí?

— Sí. No puedo ir a los vestuarios.

— ¿Por qué? Estaba por ir.

— No te lo recomiendo. Miya y Hinata están en pleno proceso de afianzar su amor allí dentro.

En verdad, Sakusa esperaba otro tipo de reacción. Bokuto se limitó a observarlo sin comprender en un principio a qué se refería; cuando finalmente captó el doble sentido de su frase, se limitó a sonreír, pero la diversión no le llegó a los ojos. Sakusa aguardaba, como mínimo, un escándalo. Sabía lo cercanos que eran con Hinata y lo sobreprotector que podía llegar a ser, por lo que la respuesta floja y carente de entusiasmo lo tomó desprevenido.

La cosa era grave.

— Bokuto.

— ¿Sí?

— No quiero entrometerme en tus problemas, pero me veo en la obligación de preguntarte si te encuentras bien.

Maldito fuera, él y su remordimiento. Y para su infortunio absoluto, Bokuto pareció pensar la respuesta.

— Si te refieres a mi rendimiento físico, estoy en perfectas condiciones.

— Sabes que no me refiero a eso.

¡¿Por qué no se callaba de una vez?! Sakusa deseó golpearse a sí mismo en esos momentos. A él no le debía importar la vida privada de los demás, por qué demonios se estaba inmiscuyendo, indagando sobre aquello…

— Estoy como la mierda, gracias por preguntar.

Al oírlo decir aquello como si expulsara un demonio de su cuerpo, soltando todo el aire que parecía haber estado conteniendo hasta ese momento, Sakusa supo que no tenía escapatoria, sobre todo porque parecía haber sido el elegido para la sinceridad absoluta.

Mientras se acercaba un poco más y tomaba asiento en un escalón más abajo, Sakusa pensó que debía reclamar un aumento de su salario. Aquello no estaba estipulado en el contrato.

— ¿Familia?

— No.

— ¿Amigos?

— Tampoco. Bueno, tal vez.— un pequeño momento de silencio se instaló entre ellos mientras Sakusa percibía un tic nervioso instalándose en su ojo derecho.

— ¿Pareja?

Y el silencio se extendió nuevamente, crispando los nervios de Sakusa.

— Sí y no. ¡No sé!

— ¡Pero bueno! ¿Cómo es que no sabes si tienes problemas con tu pareja, Bokuto? Esto ya es otro nivel que no puedo tolerar.

— Es que no es mi pareja. Yo...es complicado.

Ah.

Que Bokuto estuviese utilizando el término "complicado" para definir alguna situación en su vida ya era demasiado. Mientras Bokuto farfullaba y parecía intentar ordenar sus ideas, Sakusa revolvió en su bolso hasta dar con el cubrebocas. Al menos, al colocarlo, disminuyó un poco su nivel de ansiedad.

— Pensé que teníamos algo, ¿sabes? Porque bueno, siempre nos hemos llevado bien y había química, yo…¡yo incluso lo besé y dormí en su departamento!

— ¡Alto ahí, no quiero saberlo!

— Pero luego empecé a dudar acerca de algunas cuestiones, Akaashi parece estar ocultándome algo. Creo que está saliendo con alguien, ¡¿qué hago?!

— Hablarlo con él no está dentro de tus opciones, ¿verdad?

¿Qué rayos les sucedía a aquellos sujetos que no conversaban las cosas como personas adultas?

— Ya lo intenté. Varias veces, y Akaashi sigue negándolo. Pero siento que se aleja cada vez más. No quiere que lo visite a su departamento, y hasta hace un par de semanas lo hacía sin problemas.

¿Akaashi?

¿Estaba hablando del ex armador de Fukurodani? Muy probablemente. Bokuto tenía toda la pinta del sujeto que se aferraba fuertemente a las personas. En su mente, encendió una vela y elevó una plegaria en nombre del pobre hombre que tenía que soportar semejante intensidad.

O sea que si, lo que lo tenía a mal traer era un problema amoroso unilateral, porque Akaashi le estaba dando evasivas. Le resultó extraño su proceder, visto y considerando lo que Bokuto le había dicho. ¿Lo había rechazado luego de…? No quería saber qué habían hecho en su departamento, gracias. ¿Bokuto tenía razón y ya había alguien más en su vida?

— Mira. No te me acerques.— Bokuto había hecho el amago de golpearlo con el brazo, momento en el que Sakusa se había alejado un poco más.— Hay dos opciones. No te soporta, o está teniendo un problema más serio que tu presencia.

— Akaashi me dijo que era feliz de volver a verme. ¿Ya no me soporta?

Oh, por Dios. Iba a llorar, iba a hacerlo. Sakusa vio las aguas ascendiendo rápida y violentamente a sus ojos ambarinos. Se incorporó bruscamente, otra vez con dificultad respiratoria.

— Vamos a decantarnos por la segunda opción, hazme el favor.

— ¿Tiene un problema serio? ¿Por qué no me lo dice, entonces?

— Quizás tenga que ver con su trabajo, yo qué sé.

Era la única opción que le quedaba si es que Akaashi aún lo soportaba y no había un tercero en discordia. El cerebro de Bokuto pareció entrar en cortocircuito al oírlo, su ceño frunciéndose repentinamente.

— Ahora que lo dices...su jefe lo llama a todas horas. Incluso los domingos.

— ¿A qué se dedica?

— Es editor.

— Bueno, los editores suelen trabajar todos los días, todo el tiempo. No me resulta tan raro tampoco.

— ¡Omi Omi! Pensé que ya te habías marchado.

¿Es que aquel día podía seguir empeorando? Sakusa se alejó de las gradas al oír la voz de Miya acercándose, a sus espaldas. Al menos había respetado el espacio perimetral que les había impuesto, deteniéndose a unos metros de su posición.

— Puedes ir al vestuario, Hinata ya se molestó. Teme que hayamos roto su pequeño corazoncito.

— Ya no voy a poder dormir ésta noche, pero gracias.

— ¿De qué hablaban? Bokkun, ¿Quién se ha muerto? Tu cara da miedo.

— Akaashi.

— ¡¿Eh?!

El grito lo profirieron Sakusa, Miya y Hinata, quien acababa de llegar detrás de Miya. Sakusa no pudo evitar acercarse a Bokuto, violando su propio espacio personal.

— Óyeme bien, Bokuto, la próxima vez suelta todo de una sola vez. Maldita sea, yo aquí perdiendo el tiempo.— Sakusa chasqueó la lengua mientras Miya sacaba su teléfono celular a toda prisa, buscando algo.

— ¡¿Akaashi-san está muerto?!

— ¡En qué momento pasó eso! Samu no me dijo nada.

— ¡No! Dios mío, ¿cómo Akaashi va a estar muerto? Me asusté a mi mismo. Quise decir que...bueno, ustedes entendieron.

— Lo golpeo yo o lo haces tú, Omi Omi.

— No voy a ensuciarme.

Miya tomó el liderazgo y se acercó a Bokuto, iniciando una especie de lucha libre sobre las gradas que Sakusa ni siquiera quería presenciar. Se alejó un poco más mientras Hinata se aproximaba, sosteniéndose el pecho, aún asustado.

— Por un momento pensé que le había sucedido algo a Akaashi-san.

— Creo que ya tiene demasiados problemas como para agregarse uno más.

Bokuto empujó y tumbó a Miya; se oyeron insultos, hubo varios golpes más. Sin embargo, estaba claro que Bokuto seguía teniendo más fuerza que Miya, quien se había deshecho del agarre del otro con una patada. Agitado, logró incorporarse parcialmente mientras Bokuto también recuperaba el aliento.

— ¿A qué...a qué te refieres con demasiados problemas? Tsum Tsum, ¿tú sabes algo que yo no sé? ¿Cómo sabes acerca de Akaashi?

De un momento a otro, todas las miradas se clavaron en Miya. Sakusa lo había sabido, aquel miserable sabía algo. Y el maldito se tomó su tiempo; se limpió el polvo de su ropa, se sentó cómodamente y suspiró. Bokuto lo tomó bruscamente por la camiseta y el forcejeo inició nuevamente.

— Habla.

— ¿No te lo contó?

— No, y vas a hacerlo tú en estos momentos. Y luego a decirme cómo lo sabes.

Por un momento, Sakusa creyó que Bokuto había perdido el control y que golpearía a Miya en breve si éste seguía dando rodeos. Por suerte — o por desgracia — Miya pareció también intuirlo, soltándose del agarre de Bokuto.

— Es su jefe, estúpido. Lo está acosando.


Oikawa había tomado una decisión incluso antes de tomar el vuelo hacia Japón, hecho que había repasado y corroborado durante el viaje, incluso de nueva cuenta en el departamento de Iwaizumi aquellos días que le había llevado adaptarse al cambio de horario y por qué no, a la rutina de Iwaizumi.

La decisión estaba tomada, sí, más le había llevado 72 horas continuar con el pasaje al acto. Lo único que había conseguido era el teléfono actualizado del médico traumatólogo que lo había atendido la última vez que Oikawa había sufrido una lesión en la rodilla, varios años atrás. Y sí que le había costado marcar aquel número. Incluso había tenido que esperar a que Iwaizumi se fuese una mañana a la oficina, porque su presencia en aquellas circunstancias lo ponía aún más nervioso.

Oikawa sabía que Iwaizumi lo sabía. Le había preguntado como quien no quiere la cosa qué era lo que pensaba hacer a partir de ese momento, y Oikawa había contestado con la verdad, pero también con evasivas. El tema resultaba incómodo para ambos e Iwaizumi había tenido a bien no volver a mencionarlo, probablemente confiando en que Oikawa podría solucionarlo.

Lo único que le había dicho la misma mañana en la que Oikawa finalmente se había animado a llamar, antes de partir hacia su trabajo, había sido que apenas consiguiera un turno le informara para cambiar sus horarios y así, poder acompañarlo.

No había sido una petición, ni siquiera una pregunta. El tono de Iwaizumi había sido tranquilo y carente de amenazas, pero Oikawa lo conocía demasiado bien para saber que iba en serio. Aquello había sido el primer aviso, Oikawa podía darse por enterado.

Quizás había sido por eso que se puso al fin firme y llamó. Lo había atendido una secretaria muy amable que le había informado los turnos disponibles. Inconscientemente, Oikawa había elegido un turno por la tarde pese a que se hallaba completamente libre todo el día. Sino, Iwaizumi iba a tener que pedir permiso otra vez en su trabajo y aquello no estaba en discusión.

Así que, después de una semana de su arribo a Japón, ya tenía un turno a las 17 horas con el traumatólogo en pleno Tokyo. Se lo había informado a Iwaizumi al pasar, restándole importancia. Éste le había respondido con un monosílabo. No, aquello había sido un gruñido.

Pero podía decir que había tomado nota.

¿Por qué le había costado tanto? Bueno, Oikawa tenía varios motivos y todos ellos estaban más que justificados, pese a que uno iba de la mano del otro e intentaba solaparlos entre ellos. Oikawa ya sabía que el problema que ahora tenía en el tobillo era de resolución quirúrgica. Se lo habían dicho en Argentina, él lo había masticado a consciencia, preparándose psicológicamente. Aún así, pese a que lo había pensado y pensado durante semanas, le aterraba el hecho de detener todo entrenamiento durante un período de tiempo indeterminado, eso por no hablar del temor que le generaba la incertidumbre de entrar a quirófano por primera vez, sin saber los resultados a largo plazo.

Por eso había decidido consultar con el médico que ya lo conocía, que sabía de sus inseguridades y con quien podría despejar hasta la duda más vergonzosa que pudiese tener. Necesitaba tener las cosas claras, saber qué esperar realmente de todo aquello y si había garantías reales de una recuperación exitosa y al 100%, lo que más miedo le generaba. Si Oikawa no podía jugar como antaño, si su rendimiento se veía eclipsado...ni siquiera quería pensar en ello.

La otra cuestión venía casi adosada la consulta médica en sí.

Oikawa había retrasado su visita a Miyagi bajo el pretexto de la cita con su traumatólogo. Incluso hubiese deseado conseguir un turno aún más alejado, pero su propia ansiedad lo había dominado al momento de confirmar el horario para ese martes por la tarde. Su familia — particularmente su hermana y su sobrino, mocoso pesado si los había — habían estado insistentes con el tema y Oikawa ya se había hartado de darles explicaciones, como si aún fuese un niño.

Sin embargo, lo cierto es que los comprendía porque también era su deseo verlos, abrazarlos y pasar horas enteras con ellos, recuperar algo de todo aquel tiempo de ausencia.

Lo había retrasado porque había estado esperando el dictamen del médico. Había sopesado la posibilidad de realizar la cirugía en Miyagi, pero habría sido engorroso tener que viajar para los controles. También había pensado en conseguir un departamento pequeño mientras durara su recuperación, así incluso su familia podría visitarlo allí sin problemas.

Irse a Miyagi o alquilar un departamento significaban ambas tener que abandonar el hogar de Iwaizumi. Éste se había enfurecido en cuanto Oikawa había querido tocar el tema, argumentando que no había problema en que se quedara allí siempre y cuando lo ayudara con algunos quehaceres que a él se le dificultaban por cuestiones de trabajo. Oikawa sabía perfectamente que su reacción violenta se debía a que el tema lo ponía incómodo tanto como a él, y estaba intentando esquivarlo a toda costa.

Porque Oikawa no quería irse e Iwaizumi no quería que se fuera. En la teoría parecía todo muy bonito, pero en la práctica ya no lo era tanto. Ambos eran adultos, ambos tenían responsabilidades y vidas diferentes; Oikawa sabía que tarde o temprano iban a comenzar a chocar y no quería volverse una carga para Iwaizumi, sobre todo luego de la cirugía cuando le costara incluso caminar….

— Oye.

— ¿Eh?

— Mierdakawa, te están llamando, maldita sea.

— ¿Dónde?

— Quieres que te golpee, ¿no es así?

Oikawa espabiló bruscamente, inmerso en sus pensamientos. Sus ojos divisaron la sala de espera blanca, pulcra. Los asientos negros alineados uno al lado del otro, una planta de hojas verdes, bien cuidada, al lado de una columna. Un televisor plano en lo alto de dicha columna, la pantalla azul con algunos nombres escritos en ella.

Su nombre era uno de ellos.

Había llegado el día de la tan ansiada visita al médico. Oikawa no había dormido esa noche y sabía que su desvelo se había contagiado a Iwaizumi, quien había estado de mal humor a la mañana siguiente porque si, seguían durmiendo en la misma cama. Lo que había sucedido aquella noche fatídica en la que aquel monstruo lo había querido asesinar no se había vuelto a repetir, pero las cosas se habían vuelto un poco más tensas entre ellos. Iwaizumi no había mencionado absolutamente nada a la mañana siguiente y Oikawa, inseguro de que hubiese sido sólo una situación provocada por el estrés y pese a que él la había iniciado, tampoco sacó el tema.

Así habían ido pasando los días, entre roces extraños y de dudoso significado y silencios incómodos. Esa misma tarde, cuando Iwaizumi había vuelto de la oficina en un huracán de insultos por tal o cual motivo que a Oikawa se le escapaban, ambos habían subido a su vehículo en una ambiente similar al que solía haber en un velorio, sin emitir sonido alguno salvo por la radio que Iwaizumi había tenido a bien encender en el camino.

Y allí estaban. Iwaizumi a su lado, sin hablar. Oikawa perdido en sus pensamientos, rememorando sus sufrimientos. El televisor marcando que el traumatólogo lo estaba llamando, finalmente.

— Oh. Bueno...voy.

Oikawa amagó con levantarse, llevando consigo los estudios que se había realizado en Argentina. Lo intentó, pero la mano de Iwaizumi había tomado la suya, aún apoyada en el asiento. El agarre había sido firme, sólido, sin inseguridades de por medio. Oikawa inspiró profundamente, presionando su mano también.

— ¿Quieres que te acompañe?

— Así está bien, gracias.

— Oikawa.

El aludido finalmente se incorporó sin soltarse de Iwaizumi. Éste también se incorporó, el ambiente repentinamente pesado entre ellos.

— Todo va a salir bien. Estaré aquí, esperando.

— Claro.

Le hubiese gustado agregar algo más al soltarse de su mano, pero su lengua estaba entumecida y su garganta seca. Mientras Oikawa le daba la espalda a Iwaizumi y caminaba hacia el consultorio del traumatólogo - donde la puerta ya estaba abierta - pensó que ambos estaban exagerando, haciendo un drama innecesario por una situación que tenía solución.

Aún así, la mano que Iwaizumi le había tomado seguía cálida, un hormigueo recorriendo su brazo.

— Buenas tardes, Tooru. Pensé que ya no volvería a verte por aquí.— Oikawa intentó sonreír cuando ingresó y saludó al médico quien llevaba una expresión afable y despreocupada.

— Si, ya ve...no deseaba volver, francamente.

— ¿Entras sólo?

— Sí.

Con todo y nervios, la consulta fue amena. Oikawa supuso que los profesionales estaban acostumbrados a pacientes como él, ansiosos y un tanto densos a la hora de hacer preguntas. Pese a que temía incomodarlo, Oikawa despejó todas sus dudas, antes y después de que el profesional viese sus estudios y lo revisara concienzudamente. En ningún momento vio un gesto extraño, una expresión negativa en su rostro para que su paranoia se desatase.

Al final, luego de aproximadamente unos 15 minutos, ambos tomaron asiento nuevamente, uno a cada lado del escritorio del doctor.

— Bueno, por suerte la situación no es para nada grave, no te preocupes. Sí requieres de una pequeña intervención, pero es algo sencillo. ¿Quieres llamar a tu pareja así ambos escuchan? A veces es más fácil si los dos lo asimilan a la vez.

Oikawa detuvo a tiempo el sonido estrangulado que se había atascado en su garganta, su rostro convirtiéndose en piedra mientras sus ojos prestaban demasiada atención a los papeles que estaba volviendo a guardar en un sobre. Por un momento incluso dejó de respirar, temeroso de que una carcajada nerviosa abandonara sus labios.

¿...pareja?

Seguramente, el médico había divisado a Iwaizumi en la sala de espera, incluso tal vez cuando éste le había tomado la mano. Sí, eso era, sus ojos habían captado la información y su cerebro la había proceso, malinterpretando todo. Soltó el aire que estaba reteniendo, lento, pausado. Parpadeó un par de veces, finalmente mirando al doctor y sonriendo amablemente.

— Claro, ya le pido que entre.

Y con la mejor cara de piedra que Oikawa había puesto en su vida, se levantó de su asiento y abrió la puerta del consultorio.

Por supuesto, sabía bien que Iwaizumi iba a estar atento a cualquier ínfimo movimiento que allí hubiese, y no se equivocó; apenas Oikawa abrió la puerta y se asomó, Iwaizumi había prácticamente salido despedido del asiento, la quijada rígida mientras se quedaba de pie, aguardando. Oikawa le hizo señas para que se acercara; Iwaizumi así lo hizo, el ceño frunciéndose cada vez más a medida que se aproximaba.

— ¿Todo bien?

— Sí, el doctor quiere que estés presente, me va a explicar básicamente la cirugía.

— ...bien.

Iwaizumi parecía desconfiar, pero no rechistó cuando entró junto a Oikawa de nuevo al consultorio del doctor; éste lo saludó tan afablemente como lo había hecho con Oikawa y lo convidó a tomar asiento junto a él.

Y ahí comenzaron los problemas.

— Le pedí a Oikawa que usted estuviese presente porque a veces así es más fácil de comprender y se despejan las dudas.

Mientras el doctor hablaba e Iwaizumi le escuchaba con atención, Oikawa posó su mano sobre la de Iwaizumi, la cual descansaba sobre su rodilla derecha, sus piernas cruzadas. Al percibir el contacto, Oikawa vio a Iwaizumi observarlo por el rabillo del ojo, pero no soltó nada más, tampoco apartó su mano.

Muy por el contrario, la dio vuelta y entrelazó sus dedos a los de Oikawa, presionando suavemente su mano mientras el doctor hablaba, y hablaba. Oikawa se debatía internamente, intentando no estallar. Le prestaba la mayor atención posible al médico, quien procuraba explicar todo en términos sencillos para ambos. La cosa no era para tanto, tenía solución y casi que le estaba asegurando una recuperación completa con tranquilidad. En ese sentido, Oikawa podía respirar, ahora sí.

En el otro no, porque Iwaizumi había comenzado a jugar con las yemas de sus dedos, dibujando figuras en la palma de la mano de Oikawa.

— ¿Ha quedado alguna duda? ¿Tooru?

— ¿Eh? Perdón, me distraje un momento.

— Baja a la tierra un momento.— el doctor sonrió y enarcó las cejas mientras señalaba con el mentón sus manos aún entrelazadas.— Ay, el amor…

Ambos se asfixiaron al oír aquello; inmediatamente, soltaron sus manos como si sus palmas quemaran. Oikawa tosió mientras sentía el rostro ardiendo, Iwaizumi levantándose del asiento dando por finalizada la consulta.

— He comprendido todo a la perfección. No se preocupe, que tan en las nubes no estuve.

— Bien. Entonces, sólo queda hacerte un laboratorio de rutina aquí y ya podemos programar la cirugía.

— Excelente.

La voz de Oikawa salía lejana, casi automática mientras le daba la mano al doctor y luego éste saludaba a Iwaizumi. Ambos salieron en silencio del consultorio y caminaron hacia el vehículo de Iwaizumi.

Sin decir una sola palabra.

¿Iwaizumi se había molestado? No parecía para nada fastidiado mientras sostenía su mano allí dentro…

— ¡Oikawa, maldita sea, reacciona! ¡Te estoy hablando!.— Oikawa saltó en su sitio, al lado de la puerta del auto de Iwaizumi mientras éste desactivaba la alarma.

— Por favor, qué me pasa…¿qué sucede, Iwa-chan?

— Te está sonando el maldito teléfono desde hace una hora.— en efecto, el teléfono de Oikawa sonaba al ritmo de la última cumbia que le había descargado.

— Iwa-chan, acabamos de salir y no estaba sonando, no exageres.

— Atiende de una maldita vez, ese ringtone me está matando.

Oyó el portazo que daba Iwaizumi mientras, furioso, se subía al vehículo. Oikawa observó la pantalla del teléfono. Eran casi las 18 horas y el que llamaba era Hinata.

Atendió la llamada mientras se subía también al coche.

— ¿Shouyo?

¡Oh por Dios, menos mal que me has atendido! Estamos en problemas, y ahora sí es grave.

— ¿Qué sucedió? Iwa-chan, baja el volumen, no escucho.

El aludido gruñó mientras descendía el volumen de la radio, saliendo del aparcamiento de la clínica. Oikawa comenzó a preocuparse por la agitación que Hinata tenía en su voz.

Tsumu discutió con Bokuto-san y bueno, las cosas se salieron de control. Bokuto-san se enteró.

— Qué. Cómo que se enteró.— Oikawa no necesitaba ninguna aclaración para saber de qué estaba hablando.

— ¿Qué sucedió?.— preguntó Iwaizumi en un susurro.

¡Fue inevitable! Tsumu tuvo que contárselo porque…— mientras Hinata hablaba atropelladamente, Oikawa cubrió el teléfono y volteó hacia Iwaizumi.

— Bokuto se enteró lo de Akaashi.

— Pero...mierda.

Si, eso.

Mierda.

Oikawa sabía acerca del nuevo drama gracias a Hinata, que a su vez se había enterado por Atsumu a quien le había contado Osamu, su hermano gemelo, quien poseía la información de primera mano. Se habían enterado finalmente que el rechazo de Akaashi, en realidad, se debía al acoso de su jefe. La cuestión había escalado a circunstancias alarmantes y, Akaashi, haciéndose el mártir, había alejado a Bokuto porque precisamente sabía que si se enteraba de la situación complicada en la que se hallaba, las cosas iban a explotar.

...y ahora Omi-san está buscando su vehículo para que podamos ir hasta allá.

— Espera, ¿Omi-san? ¿Sakusa también está involucrado? ¿Adónde van? Iwa-chan, detén el vehículo.

— No puedo, Mierdakawa, estamos en plena avenida.

— Bueno. Bien, Shouyo, respira. Hazlo conmigo, a mi ritmo. Eso.

Oikawa oyó a Iwaizumi gruñir y luego soltar un improperio cuando Oikawa imitó sus propios ejercicios de respiración en un intento por calmar al otro. La situación, después de todo, lo ameritaba.

— ¿Te sientes mejor?

No, en realidad no.

— Bien. Ahora dime, ¿adónde están yendo?

Pues…

Se oyó un motor del otro lado de la línea y Oikawa pegó más el teléfono a su oreja en un intento por escuchar más claramente. Otra vez, el sonido de una puerta que se abría y luego cerraba. Más voces.

— ¿Shouyo?

Lo siento, justo llegó Omi-san. Vamos al trabajo de Akaashi-san, Bokuto-san fue con Tsumu y Thomas hacia allá. ¿Entiendes por qué esto es grave?

— Dios mío…

— ¿Qué?

Curioso, Iwaizumi finalmente había acatado su orden y había estacionado en una esquina.

Ahora era a Oikawa a quien le faltaba el aire. Aquello no podía ponerse mejor. O peor.

— Shouyo, pásame la dirección. Iwa-chan, cambio de planes.


Bien, lo que se viene es como mínimo fuerte xD

Nos leemos mañana en el AU!