Segundo capítulo. Segundo personaje.
Disclaimer: MLP y EL Ministerio del Tiempo pertenecen a sus creadores.
Alrededores de Fillydelphia. Año 615 después de la fundación.
La silueta de un pony corría por el bosque. Su menuda figura se desplazaba silenciosamente entre los árboles a la máxima velocidad que le permitían sus delgadas piernas, esquivando con habilidad los troncos de los árboles y las rocas en su camino. Sus ojos, de brillantes iris amarillos con alargadas pupilas azabache, penetraban sin dificultad la oscuridad del bosque; y sus orejas, puntiagudas y peludas como las de los murciélagos, salían al rescate de estos en los pocos momentos en los que la luz era tan escasa que no les permitía cumplir su misión.
La figura esquivó con habilidad el delgado tronco de un árbol joven, y evitó la rama seca caída sobre el suelo del bosque justo antes de que su casco la quebrara. Chorros de sudor corrían sobre el pelaje de su frente, y su respiración sonaba agitada y acelerada, pero no parecía tener la menor intención de bajar el ritmo. De vez en cuando, cuando comprobaba que no había obstáculos en su camino, volvía la cabeza atrás con gesto de preocupación, temiendo ver detrás de ella las siluetas de sus perseguidores.
Y cada vez que le parecía vislumbrarlas, aunque solo fuera por un segundo, intentaba acelerar a pesar de que ya corría a la máxima velocidad que podía alcanzar.
En la lejanía, sus ojos podían distinguir una claridad entre los árboles, entre los que se filtraba la trémula luz de la luna menguante. La silueta curvó sus labios en una sonrisa que dejaba al descubierto todos sus dientes y sus largos colmillos. Ya estaba a punto de salir del bosque. Tan solo necesitaba hacer un último esfuerzo, y estaría en disposición de dejar muy atrás a sus perseguidores.
Sin dudarlo ni un segundo, la sombra se dirigió hacia la claridad, esquivando con habilidad los obstáculos en su camino. A toda velocidad, recorrió los escasos cientos de metros que le separaban del cielo abierto. Con cada paso que daba, su sonrisa se ensanchaba en su morro puntiagudo, y cuando al fin llegó al último árbol, sus largas y huesudas alas negras se abrieron de golpe, listas para echar a volar.
Sin embargo, la figura nunca tuvo la oportunidad de alzar el vuelo. Cuando apenas le quedaban unos pocos pasos para alcanzar la última línea de árboles, otro pony se lanzó sobre ella desde la copa de un árbol cercano.
La fuerza del impacto le hizo perder el equilibrio, y tras un larguísimo segundo en los que trató en vano de recobrar el equilibrio, la figura terminó por caer al suelo. Ambos ponys rodaron algunos metros sobre la fría hierba cubierta de rocío, con el asaltante sosteniendo con fuerza entre sus patas a la sombra. Un fuerte crujido resonó por el bosque, y menos de un segundo después un fuerte relámpago de dolor asaltó su ala derecha. El rostro de la yegua se contrajo, pero apretó los dientes para no gritar de dolor.
No pensaba darle esa satisfacción a su atacante.
Cuando por fin se detuvieron, la silueta se encontró tumbada de espaldas sobre la hierba, con las patas de su atacante presionando con fuerza sobre las suyas. La yegua se revolvió frenéticamente en un intento de liberarse, haciendo caso omiso al dolor de sus alas, pero el caballo que la sostenía se lo impedía con su mayor fuerza y peso.
— Văetërhȅrȕddȍxerin Nąȋenähz —dijo el caballo en tono de preocupación, y tomó su rostro entre sus cascos para obligar a la yegua a mirarla a la cara. Sintió su respiración rápida y entrecortada en su hocico, y pasó un casco por su crin negra para calmarla—. Ȋë wëseni, Nąȋefelügle.
La yegua no pudo evitar un respingo al escuchar aquel nombre, y un sentimiento de horror se extendió rápidamente por su pecho. Su primo. Su propio primo Nąȋefelügle se había unido al grupo que pretendía atraparla.
— Nąȋefelügle, hȍ du koënnest? —preguntó, con el horror y la incredulidad reflejados en sus ojos amarillos. —. Hȍ du koënnest me văetërhȅrȕd minë verkȕinen, du sḱëssinü trȁitȁrë?! —rugió, revolviéndose en vano una vez más.
Nąȋefelügle tragó saliva, y desvió la mirada de los ojos de su prima, repentinamente avergonzado de sí mismo. Ella tenía toda la razón. ¿Cómo había sido capaz de volverse contra ella y entregársela a su tío?
Nąȋefelügle intentó tragar saliva, pero al hacerlo descubrió que los remordimientos habían formado una bola en su garganta. Trató de devolver la mirada a su prima, pero en cuanto sus ojos se encontraron con los suyos, rebosantes de odio y decepción, volvió a apartar la mirada; su cabeza temblando.
Ella tenía razón. ¿Cómo podía hacerle algo tan horrible? Ella era su prima, la yegua con la que había pasado casi toda su infancia. Habían vivido más de diez años en la mima casa, habían sido compañeros de juegos durante años, habían cazado juntos en la oscuridad del bosque, y siempre se habían apoyado cuando lo necesitaban.
¿Cómo podía haberle hecho aquello a su prima? ¿Cómo había sido capaz de rebajarse tanto como para traicionarla de aquella manera?
El caballo sintió una punzada de dolor en su pecho, y unos pequeños temblores de sus párpados amenazaron con desatar un torrente de lágrimas, pero Nąȋefelügle inspiró profundamente para contenerlas, y relajó un poco la presión que ejercía sobre las patas de su prima.
Su mente era un mar de dudas. ¿Debía mantenerla allí hasta que llegara su padre? ¿Debía dejarla ir? ¿De verdad iba a traicionar de una manera tan cobarde a su propia prima? Pero, si lo hacía, su padre le permitiría…
Nąȋefelügle nunca terminó aquel pensamiento. Todavía sujeta por él, Nąȋenähz se percató de que su primo vacilaba. Una sonrisa cruzó sus labios, y coceó al caballo con todas sus fuerzas entre sus patas traseras.
Nąȋefelügle emitió un gruñido amortiguado al recibir el golpe; y un segundo después sintió el dolor, oleadas de terrible dolor que radiaban desde el lugar más sensible de su cuerpo, subyugando a sus otros sentidos y anulando todas sus percepciones hasta convertirse en la única sensación que registraba su cerebro. Sus músculos perdieron toda su fuerza de golpe, y cayó redondo al suelo, agarrándose con fuerza el lugar en que su prima le había golpeado.
Un quedo quejido escapó de sus labios cuando su costado golpeó el suelo, pero no chilló ni gritó de dolor. En su fuero interno, consideraba que merecía aquel castigo por haber traicionado a su prima de una manera tan repugnante.
Rápida como un relámpago, Nąȋenähz aprovechó aquella oportunidad para zafarse de Nąȋefelügle y echar a correr. Su ala derecha todavía era presa de terribles dolores, y sus patas delanteras estaban entumecidas y le hormigueaban por la fuerza con que su primo la había retenido. Pero ella siguió corriendo. No iba a permitir que una tontería como aquella terminara por convertirse en su perdición.
Justo antes de cruzar entre los dos últimos árboles del bosque, Nąȋenähz echó la vista atrás por última vez en el instante en que sus cascos comenzaron a correr sobre la blanda hierba del claro. Y no pudo evitar una punzada de dolor al ver a su primo caído sobre la hierba, presa del dolor, y al que probablemente esperaba una paliza de su tío como castigo por no haber podido atraparla.
Tenía lo que se merecía, pensó. Pero no podía evitar sentir lástima por él.
Durante varios minutos, Nąȋenähz siguió corriendo en la oscuridad de la noche, alejándose cada vez más del bosque. No sabía a dónde iba, pero no le importaba en absoluto. Solo sabía que tenía que poner toda la distancia posible entre ella y sus perseguidores. Pero con su ala derecha inutilizada, iba a ser una tarea difícil.
Una vez más, la yegua volvió la vista hacia el bosque, y cuando lo hizo, suspiró, aliviada. Nadie había salido todavía de él, y sus finas orejas podían captar palabras sueltas que provenían de entre los árboles; con toda seguridad su tío echándole una bronca a Nąȋefelügle.
Un potente estallido de brillante luz turquesa refulgió a su espalda, apenas unos metros por delante de ella. Inmediatamente, se giró, el miedo y la adrenalina corriendo por su cuerpo; pero solo pudo emitir un grito de dolor y cubrirse los ojos con una pata antes de que la luz la cegara.
— ¿De qué huyes, pequeña? —preguntó una voz suave y melosa, indudablemente perteneciente a una yegua, que sonaba unos metros más allá de donde Nąȋenähz se encontraba.
Las orejas de Nąȋenähz se erizaron al tiempo que el terror llenaba su cuerpo. Instintivamente, frenó en seco y echó a correr en dirección contraria; pero ni siquiera había recorrido un metro antes de chocar de frente con una barrera mágica. La yegua cayó al suelo con el morro dolorido, y agarrándoselo entre los cascos delanteros, que pronto mojó un delgado hilillo de sangre.
El sonido de unos pasos acercándose llegó a sus oídos, y Nąȋenähz sintió el cosquilleo familiar de la adrenalina subiendo por su barriga. Movida por ella, se levantó, apretó los dientes, y se dio la vuelta para encararse con la pony recién llegada.
Si la capturaba, o acababa con su vida, al menos quería caer luchando.
— ¿De qué huyes, pequeña? —repitió la voz, justo después de que el ruido de pisadas se extinguiera.
Los ojos de Nąȋenähz todavía seguían cegados por el estallido de luz, pero pudo distinguir la silueta de su interlocutora entre la luz turquesa. Era la de una poni alta y algo rellenita. Cuatro largas y esbeltas piernas sustentaban su cuerpo, y en su frente destacaba un largo cuerno.
Nąȋenähz la miró con una mezcla de asombro y miedo. Tan solo en una ocasión había visto a un unicornio, y entonces su capacidad para hacer magia había captado toda su atención. Si pretendía luchar, sin duda sería un oponente formidable. Pero no estaba dispuesta a rendirse sin más, de modo que tragó saliva, adoptó una postura amenazante y preguntó a voz en grito:
— Hȕre du wësnist? Hȅa du häenȉst kënat heri făḱenen?
— Lo siento mucho, pero no hablo el thestral —respondió la unicornio, encogiéndose de hombros y con una sonrisa amistosa en los labios—. ¿Hablas equestriano?
Nąȋenähz tardó un momento en reaccionar, pero pronto asintió con fuerza. Su tío estaba convencido de que, en aquella época de primeros contactos y negociaciones entre los ponis y los thestrales, aprender equestriano era una necesidad, de modo que había insistido mucho e invertido mucho tiempo en que su hijo y su sobrina aprendieran el idioma. En realidad, apenas lo hablaban en un nivel básico, pero suficiente para comprender frases cortas y no demasiado complicadas.
— ¿Quién vos sois? ¿Qué vos venís aquí facer? —repitió en equestriano, con un fuerte acento y evidentes dificultades para pronunciar bien las palabras.
La unicornio cerró los ojos durante un segundo, meditando la respuesta que iba a darle. Podía ver que, a través de su máscara de dureza y hostilidad, Nąȋenähz solo estaba asustada. Pero no podía culparla, con todo lo que había vivido aquel día y el modo sobrenatural con que se había presentado ante ella.
— Una amiga. Yo soy una amiga.
La respuesta dejó a la thestral totalmente descolocada, pero poco después recuperó su expresión de agresividad, y abrió la boca para mostrar sus afilados colmillos.
— ¿Amiga? —ladró, y señaló la barrera mágica turquesa que las rodeaba—. ¿Clase alguno amiga cierra mí con ella? —Dio un paso hacia la unicornio, la señaló con un casco y exclamó—: ¡Decid verdad, ¿quién vos sois?!
La unicornio alzó una pezuña, e hizo un gesto con ella para pedirle que se calmara. Cuanto más enfadada estuviera, más le costaría convencerla.
— Quiero ayudarte. Mientras estés aquí dentro, tu tío no podrá atraparte.
La thestral la miró sin comprender. Aquella frase, en absoluto larga y bastante sencilla, estaba mucho más allá de sus conocimientos. La unicornio captó al instante lo que ocurría, y comenzó a buscar una manera de expresar la misma frase en palabras que Nąȋenähz pudiera entender.
— Yo ayudo ti —dijo al cabo de unos segundos—. Tío tuyo no puede atrapar ti aquí.
El efecto de sus palabras fue inmediato. Los rasgos de Nąȋenähz pasaron de la rabia al temor, y su estómago se revolvió dentro de su barriga. ¿Quién era aquella poni? ¿Cómo sabía que estaba huyendo de su tío?
— ¡¿Quién eso dice vos?! —exigió saber a gritos—. ¡¿Cómo vos sabiéis?!
— Yo sé cosas de ti —respondió la unicornio, mirándola con gravedad—. Sé que eres thestral, que naciste en colonia de Fillydelphia. Sé que nombre tuyo es Nayenaz.
— Nąȋenähz —la corrigió ella en un murmullo, que el volumen de los gritos que había proferido apenas unos segundos antes hicieron parecer cien veces más quedo.
No quería reconocerlo, pero estaba asustada. ¿Cómo sabía aquella unicornio tantas cosas sobre ella? ¿Quién se las había dicho? ¿Acaso la había estado espiando?
— ¿N'yenaets? —repitió la unicornio, rompiendo por un instante su fachada de seriedad.
— Nąȋenähz —la corrigió ella, antes de alzar las cejas y sacudir la cabeza—: Eso importa no. Ultrasonidos. Ponis no thȅstotralës habla no.
La unicornio emitió un resoplido divertido, y después recuperó el semblante grave que tenía. Así que los thestrales usaban ultrasonidos para comunicarse entre sí. Teniendo en cuenta el parecido que sus alas y orejas guardaban con los de los murciélagos, no era ninguna sorpresa que también se comunicaran del mismo modo que ellos.
— Eso no importa —dijo, y volvió a resoplar—. Yo sé mucho sobre ti. —Clavó sus ojos en las pupilas alargadas de Nąȋenähz, y se preparó para soltar la bomba—: Yo sé que huyes de tío; tío quiere casar ti.
Nąȋenähz retrocedió algunos pasos, mirando fijamente a la unicornio con expresión de espanto; y después miró alternativamente a un lado y a otro. Era cierto. Pero ¿cómo? ¿Cómo lo sabía? Solo ella y su tío Nąȋegëfelügĕler sabían lo que él pretendía convertirla en su esposa por la fuerza, y ella misma solo lo había sabido diez segundos antes de emprender la huida. ¿Cómo podía saberlo una unicornio a la que había conocido dos minutos antes?
— ¡¿Vos sois aliada de tío mío?! —rugió, mirándola a los ojos y enseñando sus afilados colmillos en un gesto de amenaza. Si lo era, ni siquiera toda su magia podría salvarla de morir con sus colmillos atravesándole la garganta.
— No —replicó la unicornio, que había mantenido la calma durante todo el tiempo, a pesar de los enfados de la thestral. Extendió un casco amistosamente, y dijo—: Yo soy amiga. Yo ayudo ti.
— ¿Ayudar mí? —repitió Nąȋenähz, con evidente desconfianza en la voz—. Yo cerrado cabe vos. ¿Eso es ayuda?
En lugar de responder, la unicornio señaló un punto por detrás de Nąȋenähz. Movida por la curiosidad, la thestral giró la cabeza, y casi inmediatamente soltó un chillido de pánico y echó a correr hacia la pared opuesta de la burbuja.
Estaban allí. Su tío. El hermano de su tío. Incluso su primo, con el rostro hinchado y rastros pardos de sangre seca que bajaban por su hocico. Sus ojos rojos destilaban rabia, y sus rostros estaban contraídos en expresiones amenazadoras y furiosas, más propias de los monstruos de la literatura de terror que de un thestral. Por el movimiento de sus bocas, podía suponer que la estaban increpando, pero ninguno de sus espeluznantes gritos y graves insultos podía atravesar las paredes mágicas.
Excepto su primo, que mantenía la mirada gacha, sin atreverse a mirar a su prima a la cara. La piel alrededor de sus ojos estaba hinchada y amoratada, y había manchas de sangre alrededor de su nariz y sus labios. Mantenía la mitad delantera de su cuerpo inclinada hacia el suelo, con la barbilla tocando la húmeda hierba, hacia la que apuntaban las puntas de sus alas. La postura que usaban los de su raza para pedir misericordia ante un miembro de rango superior.
Nąȋenähz le lanzó una mirada a medias entre la compasión y la aprensión. ¿Pero que le había hecho el animal de su tío?
— Yo no deseo, ellos no entran aquí —explicó la unicornio, girándose para ver a Nąȋenähz, y la encontró sobre dos patas, con la espalda contra la pared de la burbuja mágica. Sonrió—. Y yo no deseo.
Nąȋenähz apenas registró sus palabras. Su cerebro estaba en un estado de alarma por la proximidad de sus perseguidores, y aquella delgada pared de luz no le proporcionaba ninguna seguridad. Menos aún cuando los dos adultos se dedicaron a cocearla y golpearla con sus cascos delanteros para romperla, poder entrar y llevársela con ellos.
— Yo tengo oferta para ti.
De nuevo, la unicornio no obtuvo respuesta. Sacudió la cabeza, se encogió de hombros y dijo en el oído de la thestral:
— Yo puedo salvar ti de casar tío tuyo.
Aquellas ocho palabras tardaron algunos segundos en registrarse en el cerebro de Nąȋenähz, pero cuando por fin comprendió su significado, su mandíbula se descolgó y sus ojos se abrieron.
— ¿Vos decís verdad? —exclamó. La esperanza comenzaba a volver a ella, haciéndola sentirse ligera—. ¿Vos podéis facerlo? —Miró a los ojos a la unicornio y, como si temiera despertar de un sueño, susurró en un tono mucho más amenazador—: Decid vos verdad mí. Vos mentís mí, entonces yo mato vos.
Nąȋenähz mantuvo la expresión agresiva durante tres segundos más, los que tardó el sonido de una risa en inundar el interior de la burbuja mágica.
— Yo digo verdad, Nayenaets —dijo, respirando hondo para calmarse—. ¿Yo puedo decir Nayenaets?
— Sí. Vos fabláis nombre mío no, y yo gusto sonido Nayenaets—contestó ella, pasando por alto que la unicornio se hubiera reído de sus amenazas.
La unicornio sonrió con confianza. Convencerla para que se uniera a ella iba a era un juego de niños. Haberse convertido en la única esperanza de la thestral para evitar su boda la forzaba a confiar en ella, y en la situación en que se encontraba, estaba segura de que aceptaría cualquier oferta, por descabellada que fuera, a casarse con su tío.
— Tú sirves corona de Equestria, yo salvo ti de boda.
Al instante, el semblante de Nąȋenähz pasó a reflejar la más ilusionada de las sorpresas. Seguir soltera, no tener que someterse a un marido, vivir sirviendo a Su Majestad Luna I, reina eterna de los thestrales. Las puertas del paraíso se acababan de abrir de par en par delante de ella, y solamente tenía que dar un paso para disfrutarlo.
— ¿Servir Equestria? Ëtȋewigëthȅstotralkönȅginï Luna përstïa? —exclamó, visiblemente emocionada. Su ala izquierda, que mantenía pegada a su cuerpo, se abrió de golpe, y dio un par de sacudidas involuntarias.
— Non —replicó la unicornio, y la emoción en el rostro de la thestral fue reemplazada al instante por la extrañeza—. Nombre suyo es Luna, y ella parece Luna I, mas no es ella.
Las facciones de Nąȋenähz se endurecieron de golpe.
— ¿Qué vos decís? —emitió un ronco sonido gutural, mezcla de un sonido y un rugido, y adoptó una postura de combate—. ¿Vos queréis mí traidar reina Luna?
La unicornio tuvo que morderse la lengua para no gritar de frustración. Otra vez no. Después de aguantar las paranoias de Swégende Gagel y su obsesión con que todos los unicornios eran unos traidores, lo último que le faltaba era que Nąȋenähz también pensara que era una traidora que quería eliminar a la reina Luna I. Y además, ni siquiera hacía falta que ella quisiera matarla. Luna I sería asesinada por un traidor unas tres semanas después, si no se equivocaba.
— No —respondió, intentando mantener un tono neutro, aunque no pudo evitar que algo de su mal humor se filtrara en su voz—. Luna que yo sirvo reina con hermana Celestia, muchos años después de Luna I. Ambas son thestralkoni… thesturo… —Soltó un juramento entre dientes, y dijo en equestriano—: Princesa de los thestrales.
Nąȋenähz observaba a la unicornio, muda de asombro. ¿Acababa de confesar que había viajado en el tiempo para hablar con ella? Aquello no podía ser. Tenía que haberlo entendido mal. No tenía sentido. Viajar en el tiempo no era posible.
Por un momento, pensó que estaba loca; pero tras unos segundos se percató de que aquella explicación no tenía sentido. Sus razonamientos eran lógicos, y un loco nunca podría tener un conocimiento tan exacto de la situación en la que se encontraba. Desde luego, daba la impresión de estar totalmente cuerda. Pero entonces, solo le quedaba la opción de admitir que, efectivamente, aquella yegua había viajado en el tiempo. Y aquello tenía todavía menos sentido que admitir que estuviera loca.
— ¿Tú quieres servir Equestria? —preguntó casi con urgencia. Había visto la sombra de la duda paseándose por el rostro de la thestral, y quería cerrar su acuerdo antes de que se extendiera y terminara por negarse.
— ¿Yo no acuerdo? —preguntó a su vez Nąȋenähz, y acercó lentamente su hocico al de su interlocutora hasta que estuvieron a menos de un centímetro de distancia—. ¿Yo no acuerdo, qué cosa pasa?
— Nada. Yo marcho, y tú enfrentarás tu tío. —Señaló el ala derecha de la thestral, que colgaba sin fuerza de su costado, y añadió—: Tú no puedes volar, ellos están cerca. Tú no puedes escapar.
Como si hubiera estado esperando a que la unicornio pronunciara aquellas palabras, Nąȋegëfelügĕler se lanzó contra la pared mágica, mordiéndola con los colmillos y golpeándola con sus cascos delanteros. Instintivamente, Nąȋenähz dio un paso atrás, a pesar de que la burbuja protectora permanecía impasible, y tampoco daba muestras de daño ni de que fuera a ceder.
— Vos planeasteis —declaró con un murmullo.
— ¿Cómo? —preguntó la unicornio, que no había comprendido lo que acababa de decir la thestral.
El sonido de unos pasos sobre la hierba llegó a sus oídos, y antes de que pudiera reaccionar se encontró cara a cara con el rostro furioso de Nąȋenähz.
— ¡Vos planeasteis aquesto! —rugió, y trató de morder el rostro de la unicornio, que se apartó a tiempo—. Vösië trŭkenoįt mȋerï! ¡Vos engaña mí para yo ilegir vos!
La thestral lanzó su casco hacia delante, pero antes de que pudiera impactar en el rostro de la unicornio un aura turquesa lo envolvió, deteniéndolo en seco.
— Yo no planeé, Nayenaehz —dijo la unicornio en tono grave. Disipó el hechizo, clavó sus pupilas en las pupilas alargadas de la thestral, y continuó—: Yo quería acabar antes de que vinieran, ellos vinieron pronto. —Dejó escapar una larga espiración, y después inspiró profundamente—: Tú no podías escapar. —Volvió a señalar su ala—. Ellos pueden volar, tú no. Ellos habrían atrapado ti en minutos.
Nąȋenähz no respondió, pero sí bajó la mirada. Ahora se sentía mal por haberla acusado de aquello. No podía negar que la unicornio decía la verdad. Hubieran terminado por atraparla de todas formas.
El rostro de la unicornio se dulcificó, y pasó un casco por la crin de Nąȋenähz. La thestral emitió un leve gruñido de incomodidad, pero no opuso más resistencia.
— Yo repito oferta. ¿Tú aceptas servir Equestria, reyes y reinas de Equestria, presentes, pasados y futuros, incluida la reina Luna I, y yo impido tu boda con tu tío Nayegefelugeler?
Nąȋenähz abrió la boca para aceptar, pero justo antes de que pudiera hacerlo, vio por el rabillo del ojo la triste figura de su primo. Estaba sobre dos patas, con su cuerpo apoyado en la magia turquesa de la burbuja, respirando con dificultad. Bajo la débil luz de la luna, los ojos de thestral de Nąȋenähz podían percibir perfectamente la hinchazón amoratada de su rostro y los rastros de sangre seca que lo adornaban.
Sus ojos se cruzaron durante tan solo un instante, pero Nąȋenähz pudo captar a la perfección el arrepentimiento y la súplica que inundaban su mirada. Sácame de aquí, parecía decirle. Siento mucho haberte traicionado, Nąȋenähz. Llévame contigo, por favor.
Nąȋenähz tragó saliva. No podía dejarlo allí, a merced de la ira de su tío.
— Nosotros curaremos tu ala —dijo la unicornio, malinterpretando su silencio.
Nąȋenähz se mordió el labio inferior, dubitativa. No podía dejar de pensar en su primo. Sí, le había traicionado, y había estado a punto de entregarla a su tío; pero había podido comprobar que estaba verdaderamente arrepentido. Tal vez se mereciera una segunda oportunidad. Había cometido un error muy grave, pero tal vez con el tiempo pudiera enmendarlo.
— ¿Primo mío es permitido venir? —preguntó sin apartar la mirada de él; y su interlocutora se mordió el interior de la mejilla. Solamente tenía pensado llevársela a ella. Su primo suponía un problema imprevisto. ¿Qué podía hacer con él?—. ¿Es permitido? —preguntó de nuevo, acongojada por el silencio de su interlocutora.
—No —respondió, caminando sobre la hierba cubierta de rocío hasta donde se encontraba la thestral. Puso un casco en su hombro para confortarla, y añadió—: Yo solo puedo llevar una poni: tú.
— Mas… —intentó protestar Nąȋenähz, pero se calló en cuanto sintió las patas delanteras de la unicornio rodearla en un abrazo reconfortante. Al contrario que cuando le había pasado un casco por la crin, no dio muestra alguna de incomodidad.
Fuera de la burbuja mágica, Nąȋegëfelügĕler y su hermano contemplaban espantados la escena que se desarrollaba ante sus ojos. Ahora entendía por qué su sobrina no quería casarse con él: ¡tenía una amante, y además era una yegua! Pero el espanto pronto dio paso a la ira y la indignación. Su orgullo masculino no podía soportarlo. No podía soportar que su sobrina fuera una de esas repugnantes desviadas, y menos que otra se la hubiera quitado y encima se lo restregara por las narices.
Con los rostros rojos de ira, ambos thestrales se lanzaron contra la pared mágica, golpeándola sin piedad con sus cascos delanteros al tiempo que lanzaban escalofriantes aullidos furiosos. Su orgullo masculino no podía tolerar tamaña ofensa a su familia, su raza y él mismo. No estaba dispuesto a permitir que nadie, y menos otra yegua, le impidiera casarse con su sobrina. Iba a entrar ahí, matar a esa maldita unicornio, llevarse a su sobrina a rastras a la colonia y casarse con ella. Y una vez estuvieran casados, le iba a enseñar cuál era su lugar en el mundo, y qué le ocurriría si lo olvidaba.
Pero la burbuja turquesa resistía obstinadamente los intentos de los dos thestrales por acceder a su interior. Exasperado, Nąȋegëfelügĕler se dio la vuelta y coceó la envoltura protectora tres veces con todas sus fuerzas, pero en su superficie no apareció ni siquiera un rasguño.
— No preocupes por primo —dujo la unicornio en un murmullo, y separó sus patas delanteras de la thestral. Ni siquiera le lanzó una mirada furtiva a los dos ponis del exterior. Estaba segura de que nunca podrían destruir sus protecciones—. Prometo que tu tío no pegará él.
— Hȍ vösië…? —preguntó Nąȋenähz, nerviosa y mirando de reojo a su primo—. ¿Cómo vos pretendéis…? Tío mío…
A modo de respuesta, la unicornio hizo resplandecer su cuerno con una brillante luz turquesa, y menos de un segundo después una burbuja mágica, igual que la que cubría a las dos yeguas, pero más pequeña, se materializó alrededor de Nąȋefelügle. Al principio, el thestral la miró con ojos desorientados y asustados, sin comprender; pero cuando vio el rostro calmado de su prima, sus facciones se relajaron. Si a ella le daba seguridad, no podía ser malo.
Movido por la curiosidad, golpeó la cúpula verde con sus cascos, y se sorprendió al ver que no le ocurría nada. Unos segundos después, sonrió al comprender lo que era. La yegua le había rodeado con un escudo mágico para protegerlo de su padre.
— Solución provisional —le comentó a la thestral, elevando el hombro izquierdo—. Yo vuelvo después para proteger tu primo. —Miró a los ojos de Nąȋenähz, ladeó la cabeza, y, con una ligera sonrisa en sus labios, le preguntó—: ¿Vamos?
Nąȋenähz miró por última vez a su primo, que estaba pasando los cascos por la pared interior de la burbuja turquesa con cara de asombro. De vez en cuando, golpeaba la burbuja con una pezuña para comprobar su resistencia, y se maravillaba de que esta no mostrara ningún daño aunque la golpeara con todas sus fuerzas.
— Vámonos —dijo la unicornio, y su cuerno empezó a brillar con la energía mágica acumulada—. Tu primo está a salvo.
Antes de que Nąȋenähz pudiera decir algo, el aura mágica se extendió en un potente estallido de radiación que engulló a las dos yeguas. La thestral emitió un chillido de dolor, y se tapó los ojos con la pata delantera derecha.
La potencia del estallido luminoso también cegó a los dos thestrales adultos, pero aquello no impidió que se lanzaran como locos sobre la burbuja, coceándola con todas sus fuerzas y mordiéndola como lobos famélicos, a pesar de que en su interior que sus esfuerzos por llegar a ellas eran en vano.
Fuertes ráfagas de viento llenaron el interior de la burbuja, y de pronto Nąȋenähz sintió cómo algo tiraba de su cola. Por un momento, el terror invadió su cuerpo, pero pronto comprendió lo que ocurría, y comenzó a respirar hondo para calmarse. Se iba. Se marchaba, no sabía adónde, pero sí que se marchaba a un lugar en el que su tío nunca podría encontrarla. Cuando los tirones alcanzaron sus cuartos traseros, sus labios formaron una amplia sonrisa, y relajó todos los músculos de su cuerpo para no oponer resistencia a la magia. Justo antes de desaparecer en el vórtice del hechizo, su ala derecha, la misma que se había roto en el forcejeo con su primo, se movió hasta formar un gesto ofensivo, y sus labios formaron una última frase dirigida a su tío.
— Ȋummšerrt, bąltȋĕtsḱrȍükiḱ.
