Por fin nuevo capítulo.

Disclaimer: MLP y El Mniisterio del Tiempo pertenecen a sus respectivos creadores. La historia sí es mía.


Canterlot. Año 2220 después del descubrimiento.

Para ser un miércoles a las cuatro de la tarde, el café estaba sorprendentemente lleno. Decenas de ponis de todas las razas se sentaban en las mesas de madera de pino, normalmente vacías a esa hora entre semana. Algunos consumían un almuerzo tardío, pero la mayoría disfrutaban de la sobremesa, bebiendo tazas de café o chocolate. Todos ellos eran servidos por los camareros del local, en su mayoría unicornios, vestidos con elegantes uniformes negros y que llevaban las bandejas con su magia, sin temblar ni vacilar.

De repente, la puerta del café se abrió violentamente. Las campanillas que colgaban del techo justo detrás de ella se golpearon entre sí, creando un insistente ruidillo agudo que atrajo la atención de todos los ponis que se hallaban en el local.

La causante del alboroto era una unicornio blanca de ojos turquesa. Era más alta que la mayor parte de los ponis, y su cuerpo también era algo más ancho. Sus patas eran largas y esbeltas, su hocico era corto y puntiagudo, y su crin y su cola, que ondeaban como si el viento soplara en el interior del local, eran del mismo azul marino que el cielo de una noche despejada.

La unicornio caminó por el pasillo que dejaban entre sí las mesas, mirando a izquierda y derecha, sin prestar atención a las miradas extrañadas que le dedicaban los clientes del café. Un camarero, un pegaso de pelaje rojo y crin blanca, se acercó a ella y le preguntó si deseaba sentarse, pero la yegua lo rechazó con un gesto de su casco y continuó su camino.

El sonido breve y seco de sus pasos sobre el suelo de baldosas resonaba por el local. Lentamente, los ojos que antes se habían fijado en ella volvieron a centrar su atención en los platos y las bebidas sobre las mesas, mientras la unicornio paseaba la mirada por todo el local. Las paredes pintadas en color crema, sobre las que estaban colgados tablones con listas de precios escritas con tiza y fotos de algunos de los platos la carta; las mesas, en madera de pino barnizada; los platos, algunos vacíos y otros en los que todavía quedaba comida, tan apetitosa que hacía que a uno se le hiciera la boca agua solo con verla; los clientes, una variada representación de ponis de todas las razas de Equestria; y, finalmente, los camareros, con sus rostros y gestos humildes y serviciales, ataviados con trajes de librea negros, y que atendían con total diligencia a los clientes.

Precisamente estos, y en concreto los unicornios, eran el blanco de las miradas de la unicornio. Los observaba casi obsesivamente, como un gavilán a punto de lanzarse sobre su presa, escrutando sus rasgos con tanta minuciosidad como examina el joyero la gema que va a tallar en busca de imperfecciones. Pero ninguno de ellos era la poni que buscaba.

Extrañada, la unicornio se dirigió a la barra, en la que había varios asientos vacíos. No comprendía por qué todavía no había aparecido. Le habían asegurado que allí estaría. Respiró hondo un par de veces para calmarse, y se sentó en una de las sillas que estaba enfrente de la barra, justo enfrente del propietario del local, un poni normal de pelaje celeste y crin blanca. La unicornio le lanzó una mirada interrogante, pero él no la vio, o no quiso responderle.

De repente, el ruido de campanillas volvió a resonar por el local. Sobresaltada, la unicornio giró la cabeza en dirección a la puerta para ver al poni que acababa de entrar. Por dentro, rogaba para que fuera la poni a la que esperaba. Y cuando sus ojos la observaron por primera vez, una amplia sonrisa se extendió por su rostro.

La recién llegada caminaba por entre las mesas a buen ritmo, pero su respiración era cansada y jadeante, y algunas pequeñas gotas de sudor perlaban su frente parda y el extremo de su crin negra. Su cuerno brillaba del mismo color zafiro que sus ojos, que miraban nerviosamente al frente; y su aura mágica daba pequeños tirones al traje negro que llevaba. Se llevó un casco a la frente, y limpió con un gesto veloz el líquido que mojaba su pelaje.

La unicornio blanca le guiñó el ojo al propietario, y se levantó de la silla. El poni normal se encogió de hombros, y negó con la cabeza. No entendía por qué quería llevarse precisamente a Dawn Star. Solía llegar tarde a trabajar, era bastante torpe llevando platos y no le gustaba su trabajo. No era precisamente una empleada modelo. Si quería que trabajara para ella, él desde luego no se opondría a ello.

Ambas unicornios caminaron en el pasillo en dirección a la otra. Dawn Star, nerviosa por el retraso que llevaba y con miedo a la bronca que le iba a echar su jefe; la unicornio blanca, satisfecha y llena de confianza.

— ¿Dawn Star? —preguntó cuando se encontraron frente a frente.

Dawn Star levantó la cabeza al oír la voz que la llamaba, y sus ojos se encontraron con el hocico puntiagudo y de pelaje blanco de la unicornio. El familiar cosquilleo del nerviosismo asaltó su estómago, y tragó saliva audiblemente. ¿Quién era esa yegua? Estaba segura de que nunca la había visto por el café, pero ella parecía saber bien quién era.

— ¿Cómo…? ¿Cómo sabe mi nombre? —balbució, desconcertada. Tenía cientos de preguntas rondándole la cabeza en aquel momento, pero solo acertó a formular aquella.

En lugar de responder, la unicornio se limitó a señalar con un casco la placa metálica que pendía de su uniforme de camarera, y en la que estaba escrito su nombre. Las mejillas de Dawn Star enrojecieron visiblemente.

— ¿Hay alguna mesa libre? —preguntó la unicornio, cerrando brevemente los ojos.

Dawn Star frunció el ceño con desconfianza. No entendía por qué la unicornio le había preguntado aquello. No solo había unas cuantas, sino que además estaba segura de que su interlocutora había pasado al lado de más de un sitio desocupado. Su instinto le decía que había una segunda intención oculta tras su pregunta, pero en lugar de inquirir sobre sus sospechas, sonrió con cordialidad y respondió:

— Sí, por supuesto. Tenemos varias. —Señaló la mesa vacía más cercana, e hizo un gesto de invitación al tiempo que sus labios formaban la sonrisa más amable que pudo poner—. ¿Quiere sentarse?

La unicornio asintió con la cabeza, y se sentó en la silla bajo la atenta mirada de Dawn Star; que sacó una libreta y un lápiz con su magia en cuanto su cliente hubo posado sus cuartos traseros en la silla.

— ¿Qué desea tomar?

La unicornio ojeó rápidamente los nombres de las bebidas expuestos en una tabla colgada de la pared, pero ninguna de ellas llamaba demasiado su atención. Eran demasiado exóticos para su gusto, y ninguno le daba la impresión de que pudiera gustarle.

— Tomaré un té con leche.

Dawn Star asintió levemente mientras lo apuntaba en su libreta, y después caminó hacia la barra, detrás de la cual se hallaban un hornillo y varias cafeteras y teteras. Cogió una de ellas en su aura mágica, echó dos cucharadas de té verde en ella, la colocó bajo el grifo, y lo abrió.

Mientras el agua llenaba la tetera, la unicornio parda pensó en la unicornio blanca, en su extraño comportamiento. No le inspiraba ninguna confianza. Era demasiado rara.

— Vaya, Dawn Star, por fin apareces —dijo el propietario del café, detrás de ella, en tono irritado y con cara de pocos amigos.

Dwan Star inspiró profundamente, colocó la tetera en el hornillo, y se dio la vuelta para enfrentarse a su jefe.

— Lo siento mucho, pero las clases han terminado tarde. La profesora de Defensa Avanzada contra la Magia Oscura nos ha tenido haciendo hechizos defensivos hasta las tres y media. He venido en cuanto he podido.

Su jefe frunció el ceño, descontento con aquella explicación. Siempre sacaba una excusa así cuando llegaba con retraso. Las clases habían terminado tarde, la calle estaba en obras y he tenido que dar un rodeo, unos criminales han atracado el banco y la guardia real ha restringido todos los accesos… No sabía por qué siempre le hacía caso, ni por qué siempre acababa perdonándola.

— Es cierto —protestó ella. El agua empezó a borbotear en el interior de la tetera, y la unicornio la sacó del hornillo con su magia—. Pregúntale a cualquiera en la Academia.

El poni normal negó con la cabeza, pero no dijo nada más. Dawn Star suspiró, y vertió el contenido de la tetera en una taza. Pronto, el líquido verde llenó el recipiente hasta la mitad, del que nacían finas volutas de humo blanco que giraban en el aire y se enroscaban sobre sí misma en intrincadas figuras. El cuerno de la unicornio volvió a iluminarse, y pocos segundos el nivel del líquido en la taza había alcanzado las tres cuartas partes, y su contenido era más claro y menos transparente.

— ¿Para la unicornio blanca de la mesa uno?

Dawn Star afirmó con la cabeza, mordiéndose ligeramente el labio inferior.

— Parecía muy interesada en hablar contigo —comentó, como si no tuviera la más mínima importancia—. Vino a verme a mi despacho esta mañana, diciendo que tenía que hablar contigo, y que era muy urgente, y no sé qué más. —Hizo una mueca despectiva, y añadió—: Tal vez deberías charlar un rato con ella, a ver qué es eso tan importante que quería contarte.

Dawn Star se encogió de hombros, y, con la taza colocada sobre una bandeja de aluminio, emprendió el camino de vuelta hacia la unicornio. Mientras caminaba por entre las mesas. buscaba en su mente posibles razones por las que aquella yegua quisiera entablar conversación con ella. No creía que tuviera nada que ver con su trabajo en el café, sus vecinos eran todos ponis normales o pegasos, y su casero era un caballo. Lo único que se le ocurría era que aquello tuviera que ver con sus clases en la Academia de Unicornios Dotados.

Pero ¿qué podía ser? Le iba bien en los exámenes, mantenía una buena relación con sus compañeros, y no se había metido en problemas desde… aquello. Un escalofrío recorrió su espalda. No quería recordarlo.

De acuerdo, entonces no podía ser algo malo, luego tenía que ser bueno. Hacía poco había enviado solicitudes de entrada a varias universidades de Equestria. Seguro que la unicornio era una representante de alguna de ellas, y quería hacerle una entrevista personal para decidir si la admitían.

Aquel pensamiento la reconfortó, y sonrió con confianza. Estaba segura de que le daría una impresión tan buena que no le quedaría más remedio que darle una plaza en la universidad. Después de todo, era una alumna de la Academia de Celestia, y ninguno de ellos tenía nunca problemas para conseguir plaza.

— Su té con leche —dijo, colocándolo con suavidad sobre la mesa. La unicornio se lo agradeció con la mirada, y cogió la taza con su aura turquesa. Dawn Star carraspeó un par de veces, y después preguntó, como si no tuviera importancia—: Me han dicho que quería hablar conmigo.

La unicornio dio un largo sorbo de la taza, y paladeó el líquido con delectación antes de responder. Estaba caliente, pero no demasiado, y tenía un sabor fuerte y penetrante, aunque la leche lo suavizaba. Estaba bueno, pero no tenía punto de comparación con el té con leche que bebía en su juventud.

— Sí, es cierto. Quería hablar contigo. —Dio varios golpecitos con su casco sobre la mesa, y dijo—: Siéntate, por favor. No quiero que estés incómoda.

Dawn Star miró a su interlocutora, insegura. Le estaba prohibido sentarse en la misma mesa que los clientes, y también hablar con ellos más allá de lo imprescindible, bajo pena de perder el sueldo del día. Volvió la vista hacia su jefe para ver qué opinaba de aquello, y él asintió con la cabeza. Dawn Star se encogió de hombros. Si le daba permiso, no tenía por qué haber ningún problema.

— Por supuesto —respondió, con una amplia sonrisa en su rostro. Se sentó en la silla que estaba justo enfrente de la unicornio, puso los dos cascos sobre la mesa y la miró a los ojos—: ¿De qué desea hablar?

La unicornio tomó otro trago largo, y volvió a colocar la taza sobre la mesa.

— Eres alumna de la Academia de la Princesa Celestia para Unicornios Dotados, ¿no es cierto?

— En efecto —afirmó Dawn Star, aunque no pudo evitar que aquella pregunta le extrañara un poco. En los documentos de solicitud que había enviado constaban todos los datos referentes a su educación hasta aquel momento, y estaba segura de que en ellos ponía bien claro que había ido a aquella academia. Era, como mínimo, desconcertante que no lo supiera—. Estoy en el último año de academia. El año que viene entraré en la universidad.

Por supuesto, la unicornio ya sabía aquello. La marca de belleza de la unicornio parda, un cúmulo de estrellas blancas en una disposición parecida a la forma de un reloj de arena, anunciaba a bombo y platillo cuál era su talento especial. Solamente lo había preguntado como mera formalidad, para comenzar la conversación.

— ¿Y qué hace una estudiante de la Academia de Celestia trabajando de camarera en un café? —preguntó, alzando una ceja, y volvió a beber de su té con leche.

— Tengo que pagar el alquiler del piso —dijo la unicornio parda con naturalidad, aunque en su voz se notaba un deje de malhumor. ¿Tal vez por la mala relación que mantenía con su jefe?-. El dinero no crece en los árboles.

— ¿Entonces no eres de Canterlot?

Dawn Star miró a la unicornio blanca con suspicacia y los ojos entrecerrados. Estaba claro que no trabajaba para ninguna universidad.

¿Quién era aquella yegua? ¿Qué quería de ella?

— No; soy de Vanhoofer —respondió con cierta reticencia.

— Una ciudad preciosa —contestó inmediatamente la unicornio blanca, para añadir a continuación—: Pero yo tenía entendido que la Academia ofrecía alojamiento a todos los alumnos de fuera de Canterlot.

— Sí, hasta los dieciocho años.

— ¿Sí? —exclamó la unicornio, fingiéndose sorprendida—. ¿Y tú tienes…?

— Veinte —respondió ella, de mal humor. La otra yegua abrió la boca para hacer otra pregunta, pero decidió adelantarse a ella—: Perdí un curso por enfermedad, y otro por… —frunció el ceño con gravedad, hundió la cabeza entre sus cascos, y dejó escapar un largo suspiro— asuntos personales.

La unicornio asintió con la cabeza, y se terminó el resto del té que quedaba en la taza. Movió el escaso líquido en su boca, disfrutando de su sabor antes de tragarlo audiblemente. Ya sabía todo lo que Dawn Star le había dicho. Hasta aquel momento, solo había interactuado con ella para conocer sus reacciones. La verdadera conversación comenzaba ahora.

— ¿Le ha gustado el té? —quiso saber Dawn Star.

— Estaba bueno —respondió ella, y asintió casi imperceptiblemente. Su aura turquesa envolvió la taza, y la deslizó sobre la superficie de pino de la mesa hasta que llegó a la camarera—. Aunque he tomado mejores en mis tiempos.

— ¿En sus tiempos? —repitió Dawn Star, extrañada—. No parece usted tan mayor.

La unicornio rio de buena gana. Una sonrisa apareció en el rostro de su interlocutora, y pronto las dos unicornios estaban riendo juntas.

— No es la primera vez que me dicen eso —dijo la unicornio, divertida. Rio un poco, suspiró, y admitió—: La verdad es que tengo muchos más años de los que aparento. Su expresión se tornó misteriosa por un instante, y añadió—: Muchos, muchos más.

— Pues se conserva usted bastante bien —la halagó la camarera—. En serio, no parece que tenga más de cuarenta y cinco años.

La unicornio ladeó la cabeza, con una amplia sonrisa en sus labios. No era muy dada a los halagos, pero no le amargaba en absoluto escucharlos. Inspiró profundamente, y su rostro se tornó serio. Aquella conversación tenía que volver a su cauce normal. Ya la había dejado desviarse demasiado tiempo.

— Bueno, Dawn Star, ¿estás contenta con tu trabajo? —le preguntó a bocajarro, ignorando completamente el cumplido que acababan de hacerle.

El ceño de Dawn Star se frunció de repente. Aquella pregunta iba con segundas. Estaba segura.

— ¿Te ha pagado el jefe para saber lo que pienso del café? —preguntó, enfadada. Dio un salto sobre la mesa, y plantó las pezuñas con firmeza sobre la superficie de madera antes de señalar acusadoramente a la unicornio con un casco—. ¡Responde, ¿lo ha hecho?!

La unicornio no pudo hacer otra cosa que observar aquel exabrupto, estupefacta. Pero ¿qué le había hecho para que se pusiera así? Suspiró con fuerza, y pensó en Swébende Gagel y Nąȋenähz. Ellos dos también le habían saltado al cuello. Tal vez tuviera una especie de imán para atraer iras ajenas.

— No —respondió, todavía asombrada por la reacción de la camarera—. No, en absoluto. No tengo nada que ver con él.

— ¿Seguro? —replicó Dawn Star, mirándola con suspicacia. No se fiaba mucho de ella, de su sospechoso comportamiento, de las preguntas que hacía—. ¿Por qué quiere saber eso, entonces?

— Porque tengo una oferta de trabajo para ti.

La expresión de Dawn Star se relajó durante menos de un segundo, solo para recobrar su aspecto anterior.

— ¿Un trabajo? ¿Qué clase de trabajo?

— Menos horas, más paga y te lo pasarás mucho mejor que sirviendo mesas durante toda la tarde en un café. ¿Qué me dices?

Una sonrisa irónica apareció en los labios de Dawn Star.

— No, gracias —replicó, burlona, y agitando el casco delantero derecho—. No quiero convertirme en actriz porno.

La unicornio tuvo que emplear toda su fuerza de voluntad para no estamparse un casco en la frente. ¿Qué había hecho ella para tener que sufrir tantos gritos y acusaciones absurdas por parte de aquellos a los que intentaba reclutar?

— No es de actriz porno —intentó explicar la unicornio—. No tiene…

— Ni tampoco modelo para el Playstallion.

La unicornio apretó los dientes para no gritar de frustración.

— ¡Que no tiene nada que ver con eso! —bramó, incapaz de contenerse, y estampó los cascos con fuerza contra la mesa.

Sobresaltados por el estampido seco de sus cascos, todos los clientes del café dejaron lo que estaban haciendo y volvieron la mirada hacia las dos unicornios. Evidentemente incomodada al sentir decenas de miradas sobre ella, Dawn Star se encogió en su asiento, mientras que la otra yegua hacía gestos tranquilizadores con sus cascos, tratando de desviar la atención de ellas dos.

— No tiene nada que ver con eso —repitió la unicornio, ya más calmada, cuando las miradas de los ponis que las rodeaban ya habían vuelto a sus platos—. No es ninguna revista para caballos, ni vídeos adultos, ni nada parecido. Te doy mi palabra de honor.

De nuevo, Dawn Star le lanzó una mirada desconfiada. Todo aquello le sonaba muy raro. Sin embargo, decidió tragarse sus sospechas y preguntar:

— ¿Y de qué va ese trabajo?

— Trabajarías para la Corona —respondió la unicornio, sin perder un segundo.

— ¿Para la Corona? ¿De funcionaria?

Su interlocutora esbozó una sonrisa divertida.

— Algo así.

Dawn Star frunció el ceño de nuevo. Aquello sonaba más sospechoso todavía.

— ¿Algo así? ¿Cómo que algo así? —Golpeó la mesa con una pezuña, y exclamó, con rostro enfadado—: ¡Exijo saber de qué trata ese trabajo!

La unicornio escrutó cautelosamente sus alrededores, tomando nota mentalmente de cuántos ponis se sentaban a su alrededor y a qué distancia estaban de ella. Y, finalmente, concluyó que no era seguro revelárselo allí. Era demasiado arriesgado. Los ponis de las mesas de al lado podrían escucharla, y encerrarse una burbuja mágica solo conseguiría despertar las sospechas de toda la clientela.

No, solo había una solución. Llevarla allí, y esperar que lo que viera fuera suficiente como para convencerla de aceptar.

— No puedo decírtelo aquí —dijo finalmente—. Hay demasiados oídos indiscretos.

Dawn Star soltó una carcajada sarcástica. Por supuesto.

— Por supuesto —murmuró, mirándola fijamente a los ojos, con una sonrisa sardónica de oreja a oreja—. No puedes decírmelo aquí para que vaya allí y tenderme una trampa.

Por primera vez en mucho tiempo, el rostro de la unicornio se contrajo en una mueca de irritación. Pero ¿por quién la había tomado esa camarera de porquería? ¿Por una tratante de yeguas?

— Escúchame —dijo en tono serio, mirándola a los ojos y bajando la voz para que nadie pudiera escucharla—. Soy agente de la Corona, no lo que sea que pienses de mí. —Su cuerno brilló, y menos de un segundo después un objeto pequeño y rectangular se materializó enfrente de la mesa con el ruido de un golpe sordo—. Ahí tienes mi identificación.

Sin separar la mirada de la unicornio ni por un instante, Dawn Star alargó la pezuña y tomó en ella el pequeño rectángulo de cartón. Lo llevó hasta la altura de los ojos con su magia, y lo observó con minuciosidad, tratando de descubrir en él cualquier detalle, por mínimo que fuera, que delatara al carné como una falsificación. Pero la foto coincidía perfectamente con la unicornio, el emblema de la Corona de Equestria era el verdadero, y el carné no tenía señales de haber sido alterado con magia. Por mucho que sospechara de ella, su identificación era auténtica. Aquella unicornio de comportamiento tan estrambótico era una servidora de las Princesas.

— Bueno, Comet Nova —dijo Dawn Star, no sin cierta suspicacia, y le devolvió su identificación de agente, que ella hizo desaparecer en su crin con un hechizo—, parece que decías la verdad.

Comet Nova quiso espetarle un "te lo dije" en la cara, pero se contuvo, asintió ligeramente, y preguntó:

— ¿Eso significa que me acompañarás a descubrir el trabajo que te ofrezco?

— ¿Ahora? –exclamó la camarera, sorprendida. Haber visto sus credenciales de agente le daba más confianza en ella, aunque todo aquello todavía le parecía un poco raro—. No puedo marcharme, acabo de empezar mi turno. Mi jefe me despedirá si me ausento sin justificación en horario laboral.

— Tranquila. He hablado con tu jefe, y le he convencido de que te permita venir conmigo.

Estupefacta, Dawn Star volvió la mirada a su jefe, a medias preguntando con su expresión si aquello era cierto, y a medias suplicándole que le permitiera irse y librarse de las cuatro horas de trabajo que le quedaban.

Y, para su asombro, su jefe asintió con lentitud.

La estupefacción la dominó durante menos de un segundo, pero enseguida sus facciones pasaron a reflejar la alegría que sentía. Podía irse. Adiós a cuatro aburridas horas de tomar nota y servir platos a clientes a los que no soportaba.

— Vamos —dijo Comet Nova, y se levantó de la silla.

Después de pagar por su café con leche, cinco monedas que la unicornio pagó con bastante mala cara, y de que Dawn Star se quitara su uniforme de camarera, las dos yeguas se dirigieron a la salida. La camarera tenía una expresión de alivio, mientras que la de la unicornio mostraba su satisfacción por haber logrado convencerla para que la acompañara. Sin embargo, todavía no cantaba victoria. Aún le quedaba convencerla para que aceptara el trabajo.

Algunos de los ponis que aún estaban terminando de comer se giraron al verlas pasar, mirándolas con curiosidad, preguntándose por qué la camarera se marchaba con la unicornio apenas diez minutos después de llegar; pero la mayoría las ignoraron y siguieron con su comida. Por el contrario, casi todos los compañeros de Dawn Star le lanzaron miradas envidiosas, preguntándose por qué su jefe había decidido librarla de su turno. Algunos lo interrogaron con la mirada, a lo que el poni normal respondió encogiéndose de hombros y diciendo para nadie en particular:

— Adiós, Dawn Star. No fuiste la mejor empleada, pero espero que te vaya bien donde quiera que vayas.

Cuando las dos yeguas cruzaron la puerta del café, un soplo de aire fresco que revolvió sus colas y crines salió a recibirlas. Se hallaban en el Paseo Real, una de las avenidas más amplias de Canterlot, que discurría casi en línea recta desde la Plaza de Equestria, en el centro de la capital, hasta la Plaza del Sol y la Luna, en la que confluían las principales avenidas de Canterlot en la entrada del gigantesco Parque de las Princesas, al final del cual se hallaba la entrada al Palacio de Canterlot. Cientos de ponis de las tres razas caminaban por las aceras, a lugares que solo ellos conocían, y decenas de carros circulaban a toda velocidad por la calzada, llevando con presteza a sus ocupantes.

Comet Nova giró a la izquierda, en dirección a la Plaza de Equestria, y Dawn Star la siguió, algunos pasos por detrás de ella. Era un bonito día primaveral. La temperatura era muy agradable, apenas veintiún grados, y en el cielo no había ninguna nube. La brigada de pegasos del tiempo sobrevolaba la avenida de vez en cuando, creando una agradable y refrescante brisa en la calle, y que a Dawn Star le encantaba.

— ¿A dónde vamos exactamente? —preguntó la camarera, acelerando el paso para ponerse a la altura de Comet Nova.

Las dos habían entrado en la Plaza de Equestria, un amplio espacio circular en cuyo centro se situaba la bandera nacional, constantemente guardada por dos guardias reales de semblante orgulloso y brillantes armaduras de acero recubiertas de pan de oro, que lanzaban bellos reflejos dorados cuando el sol se reflejaba en ellas. Las dos unicornios los rodearon a paso rápido, y Comet Nova enfiló la avenida que la llevaría hacia el sur de la capital, donde estaban ubicadas cientos de fábricas e industrias que abastecían a la capital de Equestria y a parte del Principado con sus productos.

— A Fillecas —respondió ella, sin girarse hacia ella—. Allí está nuestra sede.

Dawn Star se quedó parada durante un segundo, estupefacta con aquella respuesta.

— ¿Vuestra sede está en Fillecas? ¿La de una agencia de la Corona de Equestria?

FIllecas era el barrio obrero de la capital. Originalmente una gran extensión de terreno llano al sur de las murallas de la ciudad, se había industrializado hacía nos ochenta años, llenándose de fábricas poseídas por algunas de las familias más ricas de Canterlot. Atraídas por la promesa de trabajo, cientos de ponis de toda Equestria no tardaron en mudarse al lugar, y en pocos años aquel terreno baldío se había convertido en un barrio de Canterlot.

Pero Fillecas no era un barrio más de Canterlot, sino todo lo contrario. Era conocido en toda Equestria como el barrio rojo, el enclave republicano en el corazón de la monarquía, el dolor de muelas de Celestia. La práctica ausencia de legislación laboral en el país en los años posteriores a su fundación implicaba que las condiciones laborales las imponían los patronos a su antojos, y estos no habían dudado en someter a sus trabajadores a unas condiciones laborales terribles. Larguísimas jornadas, bajos salarios y una férrea disciplina eran una constante en las fábricas, una constante que no hacía más que avivar el odio que sentían los trabajadores por sus patronos. Un odio que no tardó en estallar en forma de una violenta revuelta contra los dueños de las fábricas, y que Celestia no había tardado en reprimir. Como represalia, los cabecillas habían sido ejecutados.

Aquel movimiento hizo perder a los trabajadores la esperanza que tenían en que Celestia pusiera fin a los desmanes de los patronos, y a cambio trasladó hacia ella el odio que los fillecanos sentían por sus jefes.

Así fue como Fillecas se declaró republicano, apenas dos años después de su fundación. Si la princesa no se preocupa por nosotros, no queremos princesa en el trono. Fillecas era republicano. Se sentía republicano. Y, ochenta años, cinco revueltas y dos intentos de asesinato contra Celestia más tarde, Fillecas seguía siendo republicano. Las condiciones de trabajo habían mejorado enormemente. Los ponis ya no eran casi esclavos, y las pagas les proporcionaban un nivel de vida aceptable, aunque apenas algunas decenas de monedas por encima del umbral de la pobreza; pero aquellas mejoras no habían cambiado en lo más mínimo la mentalidad de aquel barrio. Fillecas era republicano, y estaba muy orgulloso de serlo.

Y, desde luego, un barrio republicano, que rechazaba a las princesas de Equestria con todas sus fuerzas, no parecía el sitio más adecuado para la sede de una agencia de la Corona.

— Sí. En la calle de la Corte, más concretamente.

Dawn Star intentó responder, pero no se le ocurrió nada que decir. Calle de la Corte… No me suena de nada, pensó justo antes de girar a la izquierda.

— ¿Es una agencia para espiar a los fillecanos por si acaso piensan en rebelarse contra Celestia? —preguntó. Era la única manera que encontraba su mente de compaginar ambos hechos.

Comet Nova rio con ganas.

— No, por supuesto que no. De eso se ocupan los P.R.I.M.O.S. Lo nuestro es una rama completamente distinta.

Dawn Star ladeó la cabeza, y dio un paso a la izquierda para esquivar a tres potrillas que corrían a toda velocidad por la acera. Llevaban unas curiosas capas burdeos anudadas al cuello, con un extraño símbolo de color celeste y amarillo cosido en ellas, y la camarera no pudo evitar seguirlas con la mirada durante uno o dos segundos.

— ¿Y qué rama es la vuestra?

— Seguridad Nacional. Pero la nuestra es una rama completamente distinta a la de los P.R.I.M.O.S. Ya lo verás cuando lleguemos—agregó antes de que Dawn Star pudiera hacer otra pregunta.

La unicornio parda no respondió, pero en su cabeza seguían bullendo cientos de preguntas sin respuesta. ¿Por qué la sede de un organismo de la Corona estaba ubicada en un barrio republicano y antimonárquico? ¿Cuál era su misión? ¿Qué clase de asunto podía justificar todo aquel secretismo? Y más importante aún, ¿por qué la habían elegido precisamente a ella? De buen grado las habría formulado todas allí mismo y no hubiera cesado hasta lograr todas las respuestas, pero el tono de voz que había empleado la unicornio le había dejado claro que no iba a contestarle.

Dawn Star miró nerviosamente a ambos lados, y después dejó escapar un largo suspiro. ¿En qué clase de asunto se había metido?

— Ya casi hemos llegado —indicó Comet Nova, interrumpiendo los pensamientos de la otra yegua.

Dawn Star sacudió la cabeza, y después echó una mirada a su alrededor. Los impresionantes edificios de piedra del centro de la capital y las grandes viviendas unifamiliares habían desaparecido para ser sustituidas por altos y feos bloques de pisos construidos en ladrillo. Las calles eran más anchas para permitir el paso de los grandes carros cargados de mercancías provenientes de las fábricas, y las aceras y la calzada estaban mucho más descuidados que en los barrios ricos. Los escasos ponis que se hallaban en la calle a aquellas horas, principalmente ancianos de aspecto ajado y potrillos de corta edad, también eran claramente diferentes de los de los barrios ricos del centro de la capital. Mientras que los segundos siempre iban elegantemente vestidos con magníficas y carísimas ropas de los tejidos más finos y adornados con abundantes y preciosas joyas, los fillecanos iban completamente desnudos, estaban mucho más delgados, y en sus rostros y cuerpos se veían las señales de haber pasado una vida dura y llena de privaciones y sufrimientos.

A pesar de que Dawn Star ya había estado allí en al menos tres ocasiones, ver aquellos ponis tan demacrados y compararlos con la abundancia y la opulencia que veía en su día a día siempre hacían que se sintiera culpable. Sabía que ella no tenía la culpa de que la Academia de Celestia fuera un edificio enorme y decorado con tal riqueza que si se vendieran las decoraciones de oro de las barandillas podrían mejorar enormemente las condiciones de vida de aquel barrio tan pobre, pero saberse mucho más afortunada que aquellos ponis la incomodaba enormemente, en parte porque ella también provenía de una familia no demasiado acomodada.

— Por este callejón, a la izquierda —dijo Comet Nova, y entró por él.

Dawn Star la siguió, pero tan pronto como cruzó la boca un olor pestilente, un hedor insoportable a basura, orina y cadáveres de ratas y pájaros en descomposición la obligó a salir de nuevo. La cabeza le daba vueltas, y varias arcadas subieron por su vientre, y tuvo que apoyarse en la pared e inspirar profundamente para recuperarse.

— Sí, esto pasa siempre que alguien nuevo entra en esta calle —dijo Comet Nova, asomando la cabeza por la boca del callejón. Sorprendentemente, ella no parecía verse afectada por la peste que emanaba de todas partes—. Te acostumbrarás en un mes o cosa así.

Dawn Star giró la cabeza para responder, pero apenas la había movido un poquito cuando una nueva arcada la asaltó.

¿Un mes?, pensó con amargura mientras inspiraba profundamente para que se le pasaran las ganas de vomitar. ¿Cómo iba a aguantar semejante hedor durante un mes? ¿Y qué iba a hacer mientras tanto?

— ¿Un mes? —balbució, intentando recuperar el aliento.

La unicornio asintió, lacónica, con los ojos entrecerrados. Dawn Star dejó escapar un largo suspiro de resignación, y trató de no pensar en lo que se le venía encima.

— ¿Esta es…? —comenzó, pero una última arcada cortó de raíz lo que iba a decir. Tomó una larga bocanada de aire, se limpió la boca con un casco, y completó—: ¿Esta es la calle de la Corte?

— Sí —respondió Comet Nova—. Es esta.

Desde luego, en la calle no había nada que pudiera recordar en lo más mínimo a la corte de un palacio. Era un callejón estrecho, flanqueado por edificios bajos y con pinta de llevar muchos años abandonados. Sus paredes estaban despintadas y llenas de desconchones, y en los tejados parcialmente derruidos que quedaban había crecido un tupido tapiz de malas hierbas. El suelo de la calle estaba cubierto de basura y cadáveres de ratas y ratones acumulados a lo largo de años de dejadez, y de charcos hediondos de color entre amarillo y ocre.

Apenas lo había visto unos segundos, pero Dawn Star supo instintivamente que jamás volvería a ver un callejón tan sucio y repulsivo como aquel. Y, por si la repugnancia que le inspiraba fuera poco, la visión de aquel asqueroso callejón despertaba memorias largo tiempo reprimidas en su interior, memorias vergonzosas e infames, que no deseaba que jamás volvieran a su mente.

— Se llama calle de la Corte porque, cuando se fundó el barrio, aquí se colocaban las "cortesanas" —explicó Comet Nova, pasando la mirada por las ventanas destartaladas de los edificios—. No tengo muy claro si le pusieron ese nombre por el juego de palabras o por tener una alusión monárquica en pleno centro de Fillecas, pero no importa.

Dawn Star se encogió de hombros, y se separó por fin de la pared. Sus cascos golpearon el empedrado del suelo con un golpe seco, y se volvió hacia la entrada del callejón, sin atreverse a mirarla directamente.

— Tienes que entrar, Dawn Star —dijo la unicornio, en un tono que por un momento sonó casi maternal—. No vas a dejar que un poco de mal olor te aparte de un buen trabajo, ¿verdad?

Dawn Star cerró los ojos durante un segundo, y dejó escapar un largo suspiro de resignación antes de que la determinación se apoderara de su rostro. Había hecho bastantes estupideces en su vida. Y dejar pasar la oportunidad de despedirse para siempre del café no iba a ser una de ellas.

Cerró los ojos con fuerza, tanta que su expresión se contrajo en una mueca cómica, como si hubiera estado comiendo limón, tomó una gran bocanada de aire para evitar respirar el hedor del callejón, y comenzó a caminar con cuidado en línea recta, bajando parsimoniosamente sus cascos cada vez que daba un paso. Si pisaba piedra, daba otro, aliviada. Si pisaba basura, o un charco, se apresuraba al tiempo que contenía una mueca de desagrado.

— Un poco más… Un poco más… —la guiaba Comet Nova, mientras observaba divertida cómo la unicornio parda caminaba a ciegas por el callejón. Otros habían hecho aquel camino mirando al cielo, a los edificios, a la pared del fondo del callejón, o habían aguantado estoicamente aquella pavorosa visión; pero ella era la primera que cerraba los ojos para no ver absolutamente nada—. Ya está. Párate ahí y gira a la izquierda.

Dawn Star obedeció sus órdenes sin vacilar. Sus pulmones empezaban a protestar por la falta de aire, sentía una incómoda tirantez en su pecho, y su rostro comenzaba a enrojecerse, pero se negó a respirar el aire viciado de aquel lugar. Prefería desmayarse por la falta de oxígeno a volver a soportar aquel terrible olor.

— Ya puedes abrir los ojos —dijo Comet Nova, y Dawn Star lo hizo.

Se encontraba ante una pared rectangular de ladrillo de unos tres metros de altura, situada entre los números nueve y once, pintada de rojo, y que se encontraba en mucho mejor condición que el resto de paredes de la calle. No había ningún bollo ni desconchón en ella, y la pintura roja ni siquiera estaba descascarillada. Daba la impresión de que alguien estuviera cuidando aquella pared, y solo esa, a propósito.

Comet Nova dio un paso hacia la pared, y le dio una sonora palmada con un casco. Miró a Dawn Star con una amplia sonrisa, y dijo—:

— Ya estamos. Esta es la entrada.

La unicornio parda miró la pared con atención, intentando descubrir entre los bien cuidados ladrillos cualquier signo que delatara la presencia de una puerta oculta, ignorando el ardor en su pecho, pero no logró encontrar nada, de modo que se volvió hacia la unicornio y le dirigió una mirada interrogante.

— ¡Respira, chica, respira! —exclamó la unicornio al ver el rostro enrojecido de Dawn Star. Al ver que ella se negaba, suspiró con resignación y lanzó un hechizo para purificar el aire del callejón a su alrededor—. Ahora ya puedes. Ya no apesta.

Las orejas de Dawn Star se erizaron de golpe, y no tardó ni un segundo en tomar una enorme bocanada de aire. Tal como le había dicho la unicornio, el nauseabundo hedor a podrido había desaparecido por completo, y poco después dejó escapar un enorme suspiro de alivio al sentir el aire fresco en su pecho.

— Entonces, esta es la entrada, ¿no? —preguntó, después de inspirar y espirar profundamente varias veces. Miró de nuevo a la pared de ladrillos rojos, intentando desentrañar el secreto que ocultaba, pero no lo consiguió—: Pues no lo parece.

— Eso es porque hay que saber cómo abrirla —replicó la unicornio, con una amplia sonrisa de complicidad. Le guiñó un ojo a Dawn Star, y agregó—: Fíjate bien.

Comet Nova caminó hasta el borde izquierdo de la pared de ladrillo, sin prestar mucha atención al lugar en que pisaba sus pezuñas, y después inclinó su cabeza hasta que estuvo casi al nivel del suelo. Apartó de su lado una bolsa llena de licor vacías con un hechizo, y dio un fuerte golpe con el casco en la esquina del muro al mismo tiempo que se oía un ruido de cristales rotos.

Un sonido metálico, como el de una moneda al caer al suelo, resonó por el callejón.

Bajo la mirada atenta y expectante de Dawn Star, Comet Nova repitió en la esquina inferior derecha, después en el centro, y arriba a la izquierda y a la derecha, para lo que se sirvió de un hechizo que creaba una bola de energía en el aire. Jadeó un par de veces, y le asestó un último golpe al centro de la pared.

Sin embargo, y al contrario que las veces anteriores, en esta ocasión no hubo moneda cayendo. Dawn Star miró a la otra unicornio, extrañada; y Comet Nova emitió un suspiro entre resignado y exasperado. Inspiró con fuerza, levantó la pata, y golpeó con todas sus fuerzas en el mismo lugar. De nuevo, no ocurrió nada.

Comet Nova apretó los dientes con fuerza, y le arreó cuatro o cinco golpes más a la pared, furiosa. Esta debió decidir que ya se había divertido bastante a costa de la unicornio blanca, porque al fin produjo el tintineo que ambas unicornios esperaban escuchar.

Comet Nova levantó los cascos delanteros en un gesto de victoria, y Dawn Star soltó una risita, justo antes de que un largo y ensordecedor chirrido atacara sus orejas, transformando sus expresiones alegres en otras llenas de dolor y desagrado.

— Esta puerta siempre se atasca —se disculpó Comet Nova cuando los últimos ecos del sonido se hubieron extinguido; y parpadeó con rapidez y sacudió la cabeza para eliminar los últimos restos de dolor de sus tímpanos—, y además chirría como una condenada. Voy a tener que hablar con Time Keeper para que la arreglen de una vez.

Dawn Star no respondió. En su lugar, se dedicó a investigar minuciosamente el muro de ladrillos, que, a pesar de todas las molestias que se había tomado la unicornio para abrirla, permanecía sin cambios, exactamente igual que antes de los golpes de la unicornio.

— Y… ¿ya está abierta? —preguntó Dawn Star, desconcertada—. ¿No está igual que antes?

— Eso parece —le rebatió la unicornio blanca, y le guiñó un ojo—. Pero…

Dejando la frase en el aire, Nova Star caminó hacia la pared a paso rápido, sin detenerse ni cambiar de rumbo. Comet Nova la miraba con expectación, impaciente por ver qué ocurría a continuación.

El hocico puntiagudo de la unicornio entró en contacto con el muro. Sin embargo, en lugar de chocar con él, los ladrillos comenzaron a moldearse alrededor de su cuerpo, como si fuera el agua de la superficie de un lago en el que se estuviera sumergiendo. Dawn Star dejó escapar una exclamación de sorpresa, y contuvo la respiración mientras Comet Nova atravesaba la pared como si nunca hubiera estado allí.

Un hechizo de ilusión. Y de un nivel muy avanzado, porque apenas era capaz de captar el rastro mágico que producía.

— ¿A qué esperas? —preguntó la voz e la unicornio desde detrás del falso muro, sacando a Dawn Star de sus elucubraciones sobre la naturaleza del hechizo—. ¡Entra!

La unicornio parda sacudió la cabeza para volver a centrarse, y dedicó una larga mirada a la pared de ladrillos. Por fin, se encogió de hombros y comenzó a avanzar con pasos cortos hacia el interior del muro. Ver los ladrillos acercarse a ella la inquietaba, pero saber que la visión no era más que un hechizo la ayudó a dominarse.

Cuando Dawn Star por fin cruzó al otro lado, se hallaba en el extremo más alto de una larga y estrecha escalera, completamente a oscuras excepto por la escasa luz que se filtraba desde su final y desde la calle. El sonido seco y repetitivo de las pezuñas de Comet Nova al pisar sobre los escalones de piedra sonaba unos metros más adelante, cada vez más amortiguado a medida que la yegua bajaba por la escalera.

Dawn Star tragó saliva, y apretó los dientes para contener un escalofrío. Le daba vergüenza admitirlo, pero a sus veinte años todavía le daba miedo la oscuridad. Sabía que era un miedo irracional, un temor infantil absurdo, pero a pesar de todos sus esfuerzos por desembarazarse de él nunca lo había logrado. De hecho, seguía durmiendo con una luz mágica en su habitación, porque si no era incapaz de conciliar el sueño.

Dawn Star inspiró profundamente, tratando de concentrarse, y murmuró con nerviosismo uno de los primeros hechizos que había aprendido en su vida. Su cuerno chisporroteó con energía mágica, y poco después una fría y no demasiado brillante luz azul zafiro lo iluminó, descubriéndole el suelo y los muros de arenisca que la rodeaban. Un suspiro aliviado escapó de sus labios. Al fin. Luz.

— ¿Esta es vuestra sede? —preguntó en voz alta para que la unicornio pudiera oírla bien.

— Exactamente —le llegó la débil respuesta desde el último escalón de la escalera—. Apréndete bien la dirección. Calle de la Corte, número nueve y tres cuartos.

Dawn Star no pudo evitar soltar una risita boba al oírlo. Número nueve y tres cuartos. Al parecer, en aquella agencia había alguien muy aficionado a Hayrry Trotter.

— ¿Sabes quién le puso el nombre? La princesa Twilight Sparkle, cuando nos visitó por primera vez, poco después de su coronación. Dijo que la puerta era como el andén nueve y tres cuartos, y se le quedó el nombre.

La unicornio parda emitió un resoplido divertido, y después negó con la cabeza. Por supuesto. Tenía que ser ella, cómo no. Sin embargo, pronto la preocupación asomó a sus rasgos. ¿Después de su coronación? ¿Tan secreta era aquella organización como para que la mismísima protegida de la princesa solo hubiera descubierto su existencia después de ser coronada? ¿En qué clase de asuntos se estaba metiendo?

— ¿De verdad son necesarias todas estas medidas de seguridad? —preguntó, ligeramente nerviosa. Apenas unos metros la separaban del pie de la escalera. La luz que emanaba del fondo ya era más que suficiente como para ver con claridad los escalones, de modo que apagó su cuerno.

— Sí —respondió Comet Nova, y su rostro y tono se tiñeron de gravedad—. Este Ministerio es una de las piedras angulares de la seguridad nacional. Nuestras actividades son completamente secretas. No podemos permitir que nadie ajeno a él sepa de nuestra existencia; o peor, que se salte nuestras medidas de seguridad y se adentre en nuestra sede.

¿Un ministerio? ¿Aquello era un ministerio? ¿Un ministerio oculto, subterráneo, situado en el callejón más oscuro y hediondo del barrio más antimonárquico de la capital de Equestria?

Dawn Star no pudo evitar soltar un resoplido de incredulidad. Aquello era completamente surrealista. Era como si se hubiera metido de improviso en una novela de ciencia ficción. Una novela de ciencia ficción muy real, y en la que además se permitían amenazarla.

Dawn Star tragó saliva, visiblemente intimidada. Comet Nova había sonado exactamente igual que una mafiosa de las novelas negras que le encantaban a su padre. El tono velado de amenaza en su voz era inconfundible. Casi le parecía que después había añadido "Vete de la lengua y acabarás durmiendo con los peces."

— Lo entiendo perfectamente —musitó Dawn Star, temblando ligeramente.

La unicornio parda volvió la cabeza hacia la entrada, y un gélido escalofrío la asaltó. Quería echarse atrás, olvidar todo aquello y volver a su apacible y tedioso trabajo de camarera. Pero sabía bien que aquello ya no era posible. Ahora que ya conocía la existencia de aquel ministerio, jamás la dejarían marcharse. No tenía otra opción que seguir adelante.

¿Quién me mandaría a mí meterme en esto?, pensó en el mismo momento en que salía del pasillo.

La estancia en la que había entrado era una amplia habitación rectangular, más larga que ancha, con piso de madera y muros de ladrillo rojo. En sus paredes se abrían varias puertas de madera de pino, todas de la misma forma y dimensiones, y en las que estaban clavadas pequeños letreros dorados que indicaban a dónde conducían. Cálidas luces mágicas de color amarillo anaranjado, confinadas en pequeñas esferas de vidrio que colgaban del techo, iluminaban la estancia, y le daban un aire extrañamente acogedor, que la oscuridad del pasillo y la inmundicia de su entrada secreta no hacían sino aumentar.

Comet Nova se detuvo en el centro de la habitación, esperando a que Dawn Star se pusiera a su altura, y de vez en cuando volvía la mirada hacia la puerta que tenía justo enfrente de ella con aire de preocupación. Hasta aquel momento no había tenido dudas, pero ahora comenzaban a asaltarle. ¿Podrían llevarse bien tres ponis tan diferentes? ¿Lograrían poner a un lado sus diferencias y colaborar por el bien de Equestria?

A pesar de que mientras planeaba y llevaba a cabo su reclutamiento no lo había dudado ni un solo segundo, en el momento de la verdad las dudas habían comenzado a asaltarla.

Pero una vez llegados a aquel punto, ya solo existía una manera de averiguarlo.

El sonido de pisadas a sus espaldas se extinguió. Comet Nova inspiró profundamente para espantar las dudas, sonrió, y se giró sobre sus cascos para mirar a Dawn Star; cuyos ojos vagaban por la habitación, sin duda preguntándose dónde se hallaba y a dónde conducirían aquellas puertas de madera.

— Dawn Star, hemos llegado —declaró, e hizo un pase con el casco que abarcaba toda la sala—. Esta es nuestra sede.

Dawn Star contuvo la respiración mientras pasaba la mirada. Por una parte, no podía negar que se sentía algo decepcionada por la desnudez de la habitación. El secretismo y el misterio que habían impregnado aquel viaje por las calles de Canterlot habían excitado su imaginación, llenando su cerebro de misiones exóticas, grandes peligros y sofisticados aparatos más propios de una novela de espías que de la Equestria real. Pero, al mismo tiempo, también era cierto que una organización tan secreta como había insinuado trataría de parecer lo más normal posible para pasar desapercibida. Realmente, tenía sentido que su sede no fuera demasiado grande y tuviera pocos muebles.

— Es aquí —repitió ella en un murmullo casi inaudible, y tragó saliva, tratando de reunir confianza en sí misma. Sus piernas temblaban ligeramente. ¿De qué ministerio podría tratarse? ¿Por qué querrían contratarla precisamente a ella?

La sonrisa en el rostro de Comet Nova se ensanchó hasta abarcar todo su rostro, y puso su casco derecho sobre el hombro de Dawn Star.

— Te doy la bienvenida al Ministerio del Tiempo.


Cualquier parecido entre el barrio real y el ficticio es pura coincidencia.