— ¿El Ministerio… del Tiempo? —repitió Dawn Star, desconcertada.

Comet Nova asintió con parsimonia.

— Efectivamente. Estamos en el Ministerio del Tiempo.

Todavía descolocada, Dawn Star volvió a pasar la mirada por la habitación, pero pronto su atención recayó sobre el gigantesco reloj de péndulo que colgaba sobre la puerta opuesta a la entrada. Ahora su presencia empezaba a cobrar sentido. Después de todo, se hallaba en el Ministerio del Tiempo.

— ¿Y qué ministerio es ese? —preguntó Dawn Star, mirando con desconfianza a los ojos de Comet Nova—. Nunca he oído hablar de él. ¿A qué se dedica? —Apuntó con un casco al pecho de la unicornio blanca, y, con el ceño fruncido en una expresión malhumorada, añadió—: Ya he llegado. Aquí nadie puede oírnos. —Acercó su rostro al de la unicornio blanca hasta que sus hocicos se tocaron. Cada una podía sentir el aire cálido que espiraba la otra en sus fosas nasales—. Tengo derecho a saberlo. ¿De qué voy a trabajar?

Comet Nova le sostuvo la mirada durante medio segundo, al cabo del cual la desvió y sonrió.

— Enseguida te lo explicaremos. Pero primero —la cogió de la pata y echó a andar hacia la puerta bajo el reloj— debemos ir a esa sala. Hay tres ponis esperándonos.

Dawn Star resopló, frustrada, pero no dijo nada, y caminó con la yegua blanca hasta la puerta. Una vez allí, Comet Nova le lanzó una mirada a Dawn Star, otra a la puerta, e inspiró profundamente antes de dar tres golpes secos en la madera.

— Adelante —respondió una voz suave y masculina desde el otro lado.

Un aura turquesa apareció alrededor del picaporte, y lo giró con parsimonia hasta que quedó apuntando hacia abajo. Alargó una pata y empujó la hoja de la puerta, que se abrió lentamente, girando sobre sus goznes con un chirrido.

Detrás de la puerta, se encontraba una habitación pequeña, de suelo de parqué y paredes pintadas de celeste. La estancia estaba también iluminada por luces mágicas, pero en lugar de ser anaranjadas, eran del mismo color azul cielo que la pintura de las paredes. Un magnífico reloj de péndulo, fabricado en oro y plata, y que indicaba las constelaciones y la posición de los astros además de la hora, colgaba de la pared enfrente de la entrada, casi a la altura del techo; y debajo de él se hallaba un gigantesco tapiz tejido con hilos de seda de brillantes colores y que representaba el mapa de Equestria.

A aproximadamente medio metro de la pared del fondo se hallaba una larga mesa de ébano, tan larga que casi tocaba las paredes, y a la cual se sentaba un unicornio enjuto y entrado en años. Llevaba unas gafas de montura redonda, desde detrás de las cuales sus ojos grises miraban cansados unos papeles que había sobre el escritorio. Su pelaje y su crin eran negros como el azabache, y su marca de belleza era un reloj de bolsillo plateado abierto, cuyas agujas señalaban las diez y diez, rodeado de instrumentos de relojero.

Una placa dorada encima de la mesa revelaba su nombre: Time Keeper.

Por delante de la mesa había tres sillas. Una de ellas, la de la izquierda, estaba libre, pero las otras dos estaban ocupadas. La de la derecha, por un pegaso grande y que tenía pinta de ser agresivo. Una brillante armadura dorada de hierro chapada en latón cubría la mayor parte de su cuerpo gris, y un casco del mismo material protegía su cabeza, dejando a la vista tan solo el final de su crin, roja como la sangre. Llevaba una espada colgada al cinto, y de vez en cuando miraba a su alrededor con desconfianza, como si estuviera esperando una emboscada.

A la otra se sentaba una yegua joven, de pelaje gris oscuro y crin negra como la noche. Sus orejas eran puntiagudas y peludas, sus ojos eran amarillos, y sus pupilas alargadas y los largos y afilados colmillos que asomaban por entre sus labios contribuían a darle un aspecto feroz, a pesar de que no era demasiado dada a la violencia. De sus costados nacían dos alas, pero no blandas y plumosas como las de los pegasos, sino negras, membranosas y huesudas, como las de los murciélagos. La izquierda estaba plegada y relajada, pero la derecha estaba extendida y cubierta por una aparatosa escayola.

Dawn Star reconoció al instante a la yegua como una thestral, uno de aquellos extraños ponis con colmillos y alas de murciélago que habían aparecido de repente tras el regreso de la princesa Luna, cinco años antes, y que ahora constituían la práctica totalidad de la Guardia Nocturna. La unicornio había visto a varios en sus paseos nocturnos por la capital, pero nunca había tenido a uno tan cerca de ella.

— Aquí te traigo a la última, Keeper —dijo Comet Nova cuando entró en la habitación—. Lista para entrar en acción e impaciente por hacerlo.

El unicornio levantó la cabeza con parsimonia, y clavó su mirada en Dawn Star, examinándola de arriba abajo. La unicornio tragó saliva, evidentemente incómoda con la manera en que su rostro delgado y lleno de arrugas la escrutaba. Pero, al cabo de unos segundos, su expresión se relajó, y dijo al tiempo que extendía la pezuña:

— Bienvenida al Ministerio del Tiempo, señorita Dawn Star. —Ella lo miró con extrañeza, pero se encogió de hombros y le estrechó el casco al unicornio—. Mi nombre es Time Keeper, ministro del Tiempo de la Corona de Equestria. —Dawn Star abrió la boca para hacer una pregunta, pero Time Keeper la detuvo con un gesto de su pezuña—. Por favor, tome asiento. Le garantizo que todas sus dudas serán respondidas en unos minutos.

Dawn Star vaciló durante un segundo, pero finalmente se encogió de hombros e hizo lo que le decía el ministro. Usó su magia para separar la silla de la mesa, y después se sentó en ella, mirando alternativamente a Time Keeper, a Comet Nova, que se había colocado de pie al lado del caballo, y a los otros dos ponis, con una mezcla de curiosidad e inquietud.

— Comenzaré por presentarle a sus compañeros, si no le importa —dijo el ministro. Dawn Star abrió los ojos, sorprendida por cómo los había llamado—. Dawn Star, este es Swébende Gagel, cabo del ejército de Cloudsdale. —La unicornio extendió un casco a través de la mesa, pero en lugar de estrechárselo, el pegaso le lanzó una mirada asesina, llena del odio y desprecio que sentía por los de su raza. Dawn Star retiró el casco, demasiado impresionada como para poder hablar, y giró la cabeza hacia la otra poni—. Y esta thestral es Nayenaets. Se pronuncia así, ¿verdad?

Nąȋenähz asintió con movimientos cortos y rápidos, y respondió al casco extendido de Dawn Star con una sonrisa nerviosa que dejaba ver sus afilados colmillos.

— Damas, caballero —comenzó Time Keeper, mirando alternativamente a los tres—, ahora que ya nos hemos presentado, les doy de nuevo la bienvenida al Ministerio del Tiempo. —Se subió las gafas, y continuó—: Estoy seguro de que tienen ustedes muchas dudas, pero no se preocupen. Enseguida…

— ¡Dejaos de palabrería inútil! —bramó Swébende Gagel, y estampó sus cascos sobre la mesa, con tanta fuerza que todos soltaron un respingo de sorpresa—. ¡He cuestiones a cientos, y os demando respuestas que satisfaganme! ¡Responded, ¿es aquesto Equestria?! ¿Somos ya en aquesa Equestria para la cual la vuestra camarada afirmaba trabajar?

Time Keeper se quedó mirándolo, con la boca y los ojos muy abiertos, estupefacto por aquel exabrupto. Sin embargo, enseguida se repuso, y, tras carraspear para aclararse la voz, respondió:

— En efecto. Se encuentran ustedes en Equestria. Más concretamente, se encuentran ustedes en Canterlot, la capital de Equestria.

Könȅgengŭradï —murmuró Nąȋenähz para sí misma, con la mirada perdida en la pared del fondo, intentando calmarse.

— ¿Cómo es aqueso posible? —replicó el guerrero pegaso, que adoptó inconscientemente una posición defensiva—. Afirmó ella que aún no gozaba aqueste principado de la existencia. —Colocó un casco encima de la mesa, y preguntó—: ¿Cómo es aqueso posible? —Soltó una carcajada burlona, y añadió—: ¿Somos acaso viajados en el tiempo?

— Exacto.

Inmediatamente, las miradas de los tres ponis se clavaron en Comet Nova. Swébende Gagel y Nąȋenähz, estupefactos, como si la unicornio blanca acabara de decir que el cielo era amarillo con lunares rosas; Dawn Star, sorprendida, aunque mucho menos que sus dos compañeros. Recordaba que en una clase el profesor había mencionado que Star Swirl en Barbudo había inventado un hechizo para viajar en el tiempo, pero también que su utilización estaba extremadamente restringida. Disimuladamente, Dawn Star echó una ojeada al pegaso y a la thestral. Si lo que decían era cierto, entonces aquellos dos unicornios estaban autorizados a usar uno de los hechizos más secretos que existían. Y aquello no le inspiraba nada bueno.

— Se encuentran ustedes en el año 2220 del calendario equestriano —dijo Comet Nova, mirando alternativamente al pegaso y a la thestral. La expresión calmada de la unicornio contrastaba enormemente con el asombro y la incredulidad de los rostros de los tres ponis frente a ella. Era evidente que ya había lidiado antes con aquellas reacciones—. Nayenaets, has viajado mil seiscientos años hacia el futuro. Swébende Gagel, en su caso estamos hablando de aproximadamente dos mil trescientos.

Los ojos y la boca del pegaso se abrieron aún más, y su expresión se tornó todavía más asombrada, si es que aquello era posible. Por su parte, Nąȋenähz miraba continuamente a un lado y a otro, completamente desorientada. Creía haber entendido que ya no se encontraba en su época, sino muchos años en el futuro; pero su comprensión del equestriano era bastante precaria, de modo que podían haber estado hablando de algo completamente diferente.

— M… mas… ¡Non es aqueso posible! —tartamudeó Swébende Gagel, casi con desesperación. Un segundo después, se dio cuenta de que había perdido el control, y comenzó a tomar profundas bocanadas de aire y poner en marcha los ejercicios de relajación que había aprendido de sus camaradas del ejército pegaso—. Non es viajar en el tiempo posible. Non fazerse puede. Es… —Negó con la cabeza—. ¡Non ha sentido! ¡Non es posible!

— Lo es —replicó Dawn Star, con voz calmada, tratando de contener la emoción que sentía por encontrarse junto a dos ponis del pasado—. Mi profesor de Teoría Mágica Avanzada comentó una vez en clase que Star Swirl el Barbudo inventó un hechizo para viajar en el tiempo pocos años antes de morir; pero también que su conocimiento y utilización estaban estrictamente prohibidas sin la autorización personal de las princesas.

Swébende Gagel y Nąȋenähz se volvieron a mirarla, con toda su atención vuelta hacia ella, pidiéndole explicaciones con la mirada. Por su parte, Comet Nova hizo lo mismo, pero con una amplia sonrisa de suficiencia en el rostro.

— Exacto —comentó, con evidente orgullo en la voz—. Se nota que has estudiado en la Academia de Celestia. —Pasó la mirada sobre los tres ponis, y continuó—: Efectivamente, Star Swirl el Barbudo inventó hechizos para viajar al pasado. No uno, sino dos.

Esta vez fue el turno de Dawn Star de sorprenderse.

— ¿Dos hechizos de viaje en el tiempo? ¿No inventó solo uno? ¿El que comentó mi profesor?

— No —respondió Time Keeper. Se quitó las gafas con su magia, las colocó con suavidad encima de la mesa, y puso los cascos sobre ella—. Star Swirl inventó dos hechizos para viajar en el tiempo, no uno. Su profesor y usted no han oído hablar del otro hechizo porque es secreto de Estado.

De nuevo, la familiar incomodidad que había sentido a lo largo del pasadizo secreto volvió a la mente de Dawn Star. Un Ministerio secreto bajo Fillecas, hechizos de viaje temporal que eran secretos de Estado, ponis que provenían de épocas remotas del pasado… Pero ¿en qué se había metido?

— ¿Fue aquese hechizo de maese Star Swirl el que usasteis para traernos hasta aquí? — preguntó Swébende Gagel, desconfiado.

— ¿Qué, ese no es un cornudo traidor? —replicó Comet Nova, divertida; y tanto Time Keeper como Dawn Star le pidieron una explicación con la mirada.

— ¿Qué decís? —respondió el pegaso, casi ofendido—. Maese Star Swirl non es traidor alguno. Fue echado de tierra por oponerse a la abominable alianza entre grifos despiadados e unicornios traidores. —Dawn Star abrió la boca para defenderse, pero Comet Nova levantó un casco y negó con la cabeza—. Fue refugiado en Cloudsdale, honor de honores ser acogido en la ciudad de nubes, la reina de los aires, e allí mora e vive fasta el presente día, aguardando retornar a la su morada del reino unicornio. Star Swirl non traidor es, e es en Cloudsdale por ello respetado e honrado.

Comet Nova hizo rodar los ojos en sus órbitas. Como Star Swirl se había opuesto a la alianza de Platino VI con los grifos, él no era un traidor despreciable. ¿Cómo se le había ocurrido pensar otra cosa de Swébende Gagel?

— Respondiendo a su pregunta, no, no usé ese hechizo. Utilicé su contraparte, el hechizo de vuelta, que también fue inventado por el Barbudo y también es secreto de Estado. El hechizo de viaje en el tiempo es el que usé para llegar hasta el campo de batalla.

Swébende Gagel abrió la boca para preguntar por qué habían viajado a su época para llevarlos hasta allí, pero la voz de Nąȋenähz lo interrumpió antes de que pudiera hacerlo.

— ¿Nosotros podemos parar momento? —preguntó, articulando con dificultad el equestriano, su voz cargada de inseguridad, y mirando al suelo más que a la unicornio blanca—. Yo sé no si yo bien entriendo vos.

— Por supuesto —respondió Comet Nova, y sonrió con calidez—. ¿Qué no entiendes tú?

Nąȋenähz miró nerviosamente a los lados, y tragó saliva antes de comenzar. Tenía la boca seca, y el corazón le latía con fuerza.

— Um… Nosostros… —titubeó durante un segundo, buscando la palabra necesaria entre su reducido vocabulario— ¿somos viajados en tiempo?

Comet Nova asintió con la cabeza.

— Nosotros somos en Könȅgengŭradï —afirmó con seguridad; aquella parte sí la había comprendido—. Capital Ekuestriain. Somos en futuro.

Comet Nova asintió de nuevo.

— Vos viajasteis pasado con… —se detuvo para buscar la palabra equestriana, pero después de unos segundos se llevó los cascos a la frente y comenzó a moverlos como si se deslizaran sobre el cuerno de un unicornio—. Con…

— Magia —sugirió Dawn Star.

— Magia —repitió la thestral, y pronunció la palabra de nuevo para sus adentros—. ¿Magia para viaje en tiempo es grande secreto?

— Exacto —confirmó Comet Nova, y miró a Nąȋenähz con satisfacción—. Esta magia es secreto muy grande.

Nąȋenähz parpadeó dos veces, y después afirmó con la cabeza. El desconcierto en su expresión había desaparecido, sustituido por una mirada de intriga. Clavó sus ojos en la unicornio blanca, después en el Ministro, y, tras inspirar profundamente, preguntó lo que todos querían saber:

— ¿Y por qué vos lleva nos a futuro?

Comet Nova y Time Keeper intercambiaron una rápida mirada, preguntándole al otro quién debería explicar eso. Tú eres el ministro, formaron los labios de la unicornio, sin pronunciar las palabras; es tu tarea.

Y aquello fue suficiente, porque Time Keeper carraspeó para aclararse la voz, se volvió a colocar las gafas, buscó las palabras más simples que pudo en su cerebro y volvió a aclararse la voz.

— Como ya les he explicado, existen dos hechizos de viaje en el tiempo. Al contrario que el que se guarda en la Biblioteca Real, el hechizo que usamos en este ministerio y que los trajo aquí no tiene límite de tiempo y permite cambiar el pasado. —Sus ojos se ensombrecieron por un instante—. Sin embargo, este hechizo no es tan secreto como nosotros desearíamos que fuera.

Teneos —le cortó Swébende Gagel, con el ceño fruncido—. ¿Insinuáis que bajo aqueste encantamiento pueden los fechos que ha registrados la historia ser cambiados?

— Exacto —respondió Comet Nova—. Mientras estés en el pasado, podrías hacer lo que quisieras. Hacerte amigo de los habitantes de esa época, comprar boletos de lotería premiados, matar a tu abuela antes de que nazca tu madre…

— Y por esta razón el hechizo es secreto de Estado —concluyó Time Keeper, poniendo los cascos encima de la mesa y tamborileando con ellos—. Si cualquier pony pudiera cambiar la historia, los resultados serían catastróficos. Podrían impedir que Celestia y Luna derrocaran a Discord, o que los Elementos de la Armonía derrotaran a Nightmare Moon, o incluso que se fundara Equestria. No podemos correr ese riesgo.

— Mas lo corremos —murmuró Swébende Gagel. Su rostro estaba contraído en un gesto grave, como cuando recibía órdenes de su superior; y sus pensamientos giraban en torno a su rey—. Somos abiertos a ataques enemigos. Atacar pueden cuando quisieren.

Los ojos de Dawn Star se abrieron de golpe ante semejante revelación, y su estómago se hizo un nudo en su barriga. La Equestria que conocía, sus padres, ella misma, podían desaparecer de repente, al capricho de un poni que conociera el hechizo prohibido y decidiera usarlo en su beneficio. Su mirada se cruzó con la de Nąȋenähz, y pudo percibir el miedo en sus ojos. A pesar de su falta de comprensión del idioma, había entendido perfectamente el grave peligro que corrían.

— No te preocupes —susurró, e hizo un esfuerzo por sonreír a pesar del miedo—. Seguro que todo sale bien.

Nąȋenähz giró la mirada hacia ella, y cuando sus ojos se posaron sobre la sonrisa de la unicornio parda, sintió que sus temores se disipaban, y sonrió a su vez.

— Ahí es donde entramos nosotros —dijo Time Keeper, captando al instante la atención de los tres ponis—. El Ministerio del Tiempo tiene la misión de impedir que se produzca la más mínima alteración de la historia de Equestria. Somos los guardianes de la historia del país, y nuestro cometido es impedir que cualquier poni pueda modificarla para sus propios fines.

— Mas, ¿cómo es que ponis ajenos a aqueste ministerio son libres para trajinar con el curso de la historia? —preguntó Swébende Gagel—. ¿Non es acaso un gran secreto del país? ¿Cómo es secreto semejante por otros sabido?

Comet Nova le lanzó una sonrisa divertida a Time Keeper, pero él la ignoró completamente.

— El hechizo es muy antiguo, y ha pasado por muchos cascos—respondió, casi a la defensiva, y se colocó bien las gafas—. Es natural que algunos de los que lo conocieron fueran seducidos por las enormes… posibilidades que ofrece un hechizo semejante. Y además, no se puede descartar que algún poni extremadamente dotado pudiera redescubrirlo por su cuenta en algún momento de la historia.

Dawn Star asintió casi imperceptiblemente. Que un poni redescubriera por su cuenta un hechizo ya existente era algo que ocurría a menudo, sobre todo entre los potros. Lo sabía porque, a los siete años, una compañera de la Academia había redescubierto por su cuenta el hechizo para caminar sobre las nubes. El entusiasmo en su rostro solo fue comparable a su decepción cuando se enteró de que aquel hechizo ya estaba inventado.

— Pero, por favor, no nos desviemos —comentó el ministro, y se volvió a quitar las gafas, esta vez con su magia—. Como iba diciendo, los empleados de este ministerio somos los encargados de impedir que la historia sea modificada. Cada vez que se produce un viaje en el tiempo, los agentes del Ministerio son enviados a la época a la que ha viajado el sospechoso, con la misión de evitar cualquier alteración en la línea temporal, por minúscula que sea. Y, una vez cumplen su misión, vuelvan a sus épocas hasta que son reclamados para otra.

— ¿Y si no han éxito? —preguntó Swébende Gagel, con una pequeña sonrisa malintencionada en sus labios.

El ministro del tiempo se quedó descolocado durante unos segundos, segundos que Comet Nova aprovechó para susurrarle a Nąȋenähz una concisa explicación de lo más importante que había dicho hasta aquel momento.

—Nunca se ha dado el caso —respondió al fin Time Keeper—. En nuestros mil cuatrocientos años de historia, desde el año 811, nunca se han alterado los acontecimientos pasados. Tenemos un índice de éxito del cien por ciento, y es indispensable que permanezca así.

— Es casi como si el mismo Universo no permitiera los cambios en el pasado —apostilló Comet Nova—. De hecho, algunos agentes han planteado esa hipótesis para explicar nuestra efectividad impecable.

— Un momento, un momento —pidió Dawn Star, levantando un casco y sacudiendo la cabeza a la vez que hablaba—. ¿He oído bien? ¿El Ministerio lo fundó Discord?

— Ha oído bien. Discord fundó este ministerio en el año 811, justo después de descubrir el hechizo de Star Swirl tras siglos de olvido. Su propósito original era impedir que alguien pudiera usarlo para viajar al pasado e impedirle tomar el poder sobre Equestria; y como puede ver, poco ha variado en el tiempo. Pero no se preocupe. —El ministro se colocó las gafas sobre la nariz, y tamborileó con las puntas de sus cascos—. Nosotros no somos leales a un rey en concreto. Nosotros defendemos el pasado. Somos fieles a todos los reyes y reinas que han llevado sobre sus sienes la corona de Equestria, e incluso a aquellos que reinaron antes de la fundación.

Dawn Star asintió sin convencimiento. Las noticias que había leído en la prensa sobre el comportamiento de Discord en la última Gala del Galope, o sobre cómo traicionó a los Elementos para unirse a Tirek cuando este se fugó del Tártaro, le hacían desconfiar de cualquier cosa que tuviera que ver con el dragoneqqus. Pero también era cierto que Celestia había asumido el control del Ministerio tras derrocar a Discord, algo que nunca hubiera hecho si solo lo beneficiara a él.

—¿Y cómo saben cuándo un poni utiliza el hechizo de Star Swirl para viajar al pasado? —preguntó de golpe—. ¿Acaso tienen cámaras ocultas por toda Equestria o algo así?

— Por favor, no diga tonterías —replicó Time Keeper, completamente serio—. Un acto semejante no solo requeriría un número demencial de cámaras de vigilancia, sino que además constituiría una violación inaceptable de la ley y el derecho a la intimidad que nos concedió la princesa Celestia. Por supuesto que no tenemos cámaras ocultas. ¿Cómo se le ha ocurrido algo semejante?

Dawn Star se encogió ligeramente en su silla, avergonzada de haber pensado aquella tontería. Al ver su reacción, el rostro del ministro se suavizó, y se levantó de su silla para responder a la pregunta de la unicornio parda; pero antes de que pudiera hacerlo Comet Nova se le adelantó.

— Lo sabemos gracias a Tapicestria. —Señaló el mapa que colgaba de la pared del fondo, y caminó hacia él—. Como sabrás por la educación mágica que has recibido, el campo mágico que crea el cuerno de los unicornios y les permite hacer magia produce una perturbación fácilmente detectable en el espacio, el conocido como "rastro mágico" que dejan todos los hechizos y que permite saber que se han utilizado. Normalmente, estas perturbaciones se localizan en el espacio; pero en el caso del teletransporte espaciotemporal fuerte de Star Swirl, su rastro mágico, además de ser excepcionalmente intenso, se sitúa casi exclusivamente a lo largo del río del tiempo, siendo prácticamente inexistente en las tres dimensiones del espacio. ¿Me sigues?

— Perfectamente —respondió Dawn Star. Las caras de los otros dos ponis no mostraban nada, aparte del más enorme de los desconciertos.

— Pues bien, esta es exactamente la propiedad que nos permite detectar los viajes en el tiempo. Este mapa de Equestria —le dio dos palmadas con la parte inferior de su casco— fue tejido por la Princesa Cautiva en la soledad de su cautiverio de Torre Leños, hace dos mil quinientos años, y fue encantado por la mismísima Clover, la fiel discípula de Star Swirl, para detectar el rastro del hechizo de su mentor. Cuando se activa el hechizo de Star Swirl, el hechizo detecta las perturbaciones temporales que produce en el río del tiempo, y a partir de ellas nos muestra sobre el mapa a qué época y lugar se ha desplazado. Después, simplemente nos desplazamos a esa época e impedimos que se altere la historia.

— Entiendo —dijo Dawn Star, asintiendo con la cabeza—. Es simple, la verdad.

— ¿Simple? —protestó Swébende Gagel, mirándola con una mezcla de furia y desprecio tal que la unicornio se encogió en su silla, intimidada—. ¡Simple será para vos, que sois versada en las tortuosas e sibilinas artes de la magia unicornia! Mas nos dos, un pegaso de Cloudsdale e una… murciégalo —escupió con desagrado, más que pronunció, aquella palabra—, non…

La frase murió en su boca medio segundo después, lo que tardó Nąȋenähz en silenciarlo de un fuerte pezuñazo en la mandíbula. La fuerza del golpe derribó al pegaso y a la silla en que se sentaba, y los dos cayeron al suelo con estrépito; y antes de que los tres unicornios o el pegaso tuvieran tiempo para reaccionar, Nąȋenähz ya estaba encima de Swébende Gagel, golpeando con furia las partes de su rostro que la armadura dejaba al descubierto.

— ¡Non llaméis mí murtségalo! —repetía, fuera de sí, mientras le propinaba furiosos pezuñazos. Swébende Gagel se limitaba a aguantar estoicamente la paliza, esperando un momento en que la thestral dejara un hueco abierto para contraatacar—. Vösië nęmäi mȋerï baltȋet nȋazovien! Vösië mȍdȋommȋe…!

Un fuerte tirón mágico de su absomen, que le hizo perder el equilibrio, cortó su frase en seco. Por fortuna para ella, cayó en la silla en lugar de sobre el suelo; y menos de un segundo después se encontró fijada a ella con magia. Una cuerda luminosa de color turquesa se cerraba alrededor de su hocico, impidiéndole hablar. Nąȋenähz se revolvió con fuerza, pero los hechizos de la unicornio eran mucho más fuertes que ella.

— Señorita Nayenaets, ¿se puede saber qué ocurre? —inquirió Time Keeper en tono grave, pero en su rostro era evidente que todavía estaba estupefacto por el exabrupto de la thestral—. ¿Por qué ha agredido a su compañero?

Nąȋenähz intentó responder, pero la cuerda mágica redujo sus palabras furiosas a una serie de gruñidos carentes de sentido.

— La ha llamado murciélago —respondió Comet Nova en su lugar, y le lanzó una mirada reprobatoria al pegaso, que permanecía tumbado en el suelo, respirando con dificultad, con el rostro hinchado y sangrando por la nariz y la boca—. Es el peor insulto en la cultura thestral. Los grifos lo usaban para marcarlos como monstruos subequinos, aberraciones abominables que debían ser exterminadas sin piedad. —Le lanzó una mirada comprensiva a Nąȋenähz, que ya parecía algo más calmada—. Y ella, que viene de la época final de la dominación grifa, que son los años con más persecuciones contra los thestrales…

Time Keeper cerró los ojos, pensativo. Por una parte, no podía ignorar la paliza que la thestral le acababa de propinar al que se suponía que iba a ser su compañero de misiones, pero por otro, podía comprender que después de años de ser etiquetada como un simple murciélago en lugar de un poni; peor aún, de oírlo como justificación por parte de los grifos para acabar con los de su raza, la thestral fuera extraordinariamente sensible en relación a aquel tema.

— Señorita Nayenaets, por favor, escúcheme bien —la advirtió, y las orejas de la yegua se orientaron en su dirección—. Debido a la gravedad del insulto proferido por su compañero, no se lo tendremos en cuenta por esta vez. La próxima, sin embargo, habrá consecuencias. —Se giró hacia Swébende Gagel, que trataba de ponerse en pie, y le advirtió—: Y en cuanto a usted, sepa que en este ministerio no admitimos racismo ni insultos descalificantes como los que acaba de proferir. Entiendo que proviene usted de una época en que la desconfianza entre las tres razas era común, pero eso no justifica de ninguna manera llamar murciélago a su compañera. ¿Queda claro?

El guerrero pegaso resopló cuando al fin logró ponerse sobre sus patas, y respondió al ministro con una mirada desafiante y una expresión retadora. Era evidente que no pensaba pedir perdón por su insulto. Sin pronunciar palabra, cogió la silla con sus cascos, la puso derecha y se sentó en ella.

Durante los cinco siguientes segundos, un silencio incómodo se extendió sobre la sala. Nąȋenähz y Swébende Gagel se miraban con una mezcla de odio y desprecio, y a su vez el ministro del tiempo y Comet Nova los miraban con preocupación. Dawn Star, por su perte, lucía una expresión absolutamente estupefacta, incapaz de comprender lo que acababa de ocurrir.

— Como iba a decir antes de que ustedes empezaran a pelearse —comenzó Time Keeper como si nada hubiera pasado, con la esperanza de que aquello lograra disipar la tensión entre los dos ponis—, los hemos traído hasta aquí porque pensamos que tienen las aptitudes necesarias para entrar a formar parte de nuestra plantilla. Estamos interesados en contratarlos como agentes del Ministerio.

Swébende Gagel se limitó a alzar una ceja y mirar a los dos unicornios con expresión inescrutable, pero Dawn Star sintió cómo el corazón le daba un vuelco. ¿Querían contratarla para ayudar a proteger la historia? ¿A ella? ¿A una simple alumna de la escuela de Celestia, y además una con un historial como el suyo? Aquello era demasiado bueno como para ser cierto.

— Ministerio quiere vosotros tres trabajar para él —le dijo Comet Nova a Nąȋenähz, que le pedía una explicación con su expresión desorientada; y que asintió con fuerza después de oírlo.

— Aqueste era el trabajo que ofrecísteisme en el campo de batalla —dijo Swébende Gagel, sin ninguna emoción en la voz. Se recostó en la silla, y echó un casco a la empuñadura de su espada.

— Exacto —contestó Comet Nova. Si estaba alarmada por la velada amenaza del pegaso, desde luego no lo mostraba—. Por favor, deje eso en paz. Tenga en cuenta que también trabajará para Mistral IV. —Se detuvo dos segundos para dejar que Swébende Gagel lo comprendiera, y continuó—: ¿No era eso lo que deseaba? ¿Servir a su rey y a Cloudsdale?

El guerrero pegaso emitió un gruñido de fastidio, y volvió a guardar la espada en su funda. Le habían pillado. Como buen soldado de Cloudasdale, servir y defender a su rey y su ciudad eran su deber; y si trabajando para aquel absurdo ministerio de unicornios traidores satisfacía aquel propósito, su obligación era servirlos hasta el final, sacrificando su vida por su rey si era preciso.

— Pero ¿por qué nosotros? —preguntó Dwan Star, poniendo los cascos sobre la mesa de ébano e inclinándose hacia Time Keeper—. ¿Por qué yo? —Inspiró profundamente un par de veces, y continuó—: No soy nadie especial. Solo soy una poni normal. Seguro que hay cientos de ponis que os…

— Dawn Star, deja de infravalorarte —la cortó Comet Nova en seco. Tomó su cabeza entre sus cascos, y clavó sus pupilas en las suyas, mirándola con rostro grave. Dawn Star dio un respingo, intimidada, e intentó separarse; pero la unicornio blanca aumentó la fuerza con que la sujetaba—. Estudias en la Academia para Unicornios Dotados de Celestia. Eres una alumna de notable. Eres buena aprendiendo hechizos, aunque tu resistencia no sea la mejor. —Dawn Star se preguntó durante cuánto tiempo la habrían estado espiando. Solo así podría saber eso Comet Nova—. Por supuesto que eres una gran incorporación para nosotros. Has visto lo secreto que es el Ministerio, y todas las medidas de seguridad que lo protegen. ¿Crees que te hubiéramos traído hasta aquí si no estuviéramos absolutamente seguros de lo que hacíamos?

Dawn Star tuvo que admitir a regañadientes que aquello tenía sentido. Si había llegado hasta el despacho del ministro al frente del ministerio más secreto de la Corona, era porque habían visto algo en ella. Pero había muchas cosas que no sabían sobre ella, y que si supieran les habrían hecho renunciar a contratarla.

— Sí, bueno, claro, pero, yo… —balbució sin sentido durante unos segundos, hasta que por fin acertó a decir—: ¿Sabéis lo de…?

En lugar de responder, la unicornio blanca iluminó su cuerno. Una brillante llama mágica de tamaño mediano prendió en el aire al tiempo que Comet Nova fruncía los labios como si fuera a soplar, y un instante después una fina y sinuosa hebra de humo blanco brotó de su boca, subiendo por el aire en una línea recta perfecta. Dawn Star enterró el rostro entre sus cascos, terriblemente avergonzada de sí misma. Lo sabían.

— Por supuesto que lo sabemos —dijo Comet Nova, en tono cálido, y pasó la pezuña con suavidad por la crin de la unicornio parda—. Lo sabemos, y a pesar de todo estás aquí.

Dawn Star la miró con ojos brillantes, y sonrió. Aquellas palabras parecían poco, pero para ella tenían un significado enorme. Sin embargo, la preocupación volvió pronto a sus rasgos, y preguntó:

— Este trabajo no interferirá con mis estudios en la Academia, ¿verdad? Ya llevo dos años de retraso, no puedo permitirme perder otro más.

— Por desgracia, no podemos asegurar que no la llamaremos en horario de clases para una misión; y por supuesto esta última tiene preferencia sobre todo lo demás —respondió Time Keeper—.Pero no se preocupe, contactaremos a la dirección de la Academia para informarles sobre su nueva situación, e intentaremos interferir lo menos posible en sus estudios.—Dawn Star se mordió la cara interna de la mejilla, preocupada. Aquello no le proporcionaba mucha seguridad—. Y si pierde algún examen por estar en una misión, haremos todo lo que esté en nuestros cascos para que pueda recuperarlo. ¿Le parece bien?

Dawn Star balbució una respuesta afirmativa, y dejó escapar un suspiro. La propuesta del ministro no le parecía del todo mal, si bien no era la seguridad absoluta que ella hubiera preferido; sobre todo en lo referente a los exámenes. Pero, de todas formas, era mejor que nada, y tenía la sospecha de que tampoco conseguiría del ministro más que lo que ya tenía.

— ¿Yo? —aprovechó para preguntar Nąȋenähz, nerviosa. A su derecha, Swébende Gagel contemplaba la situación con calma. Él sí tenía claro por qué lo querían: para que el grupo tuviera a alguien capaz de usar la fuerza y defender a las dos débiles yeguas—: ¿Vos porque quieren mí?

— Por tus ojos y tus oídos —respondió Comet Nova, sin vacilar—. A veces, ponis que cambian historia se esconden. Ellos no pueden escapar. Hay que encontrar ellos. Tu oído es muy fino, tus ojos ven en la oscuridad. Nadie puede escapar ti. Por eso nosotros queremos tú unas Ministerio.

Nąȋenähz vaciló durante un segundo, pero enseguida asintió con convencimiento. Ellos necesitaban sus habilidades para proteger Equestria, el país que no solamente había acogido a los su raza cuando los grifos los despreciaban y exterminaban, sino que además les había concedido la categoría de ciudadanos, poniendo a los thestrales en igualdad con las otras tres razas por primera vez en su historia y concediéndoles derechos y libertades con los que hasta aquel momento solo habían podido soñar. Que el ministerio la hubiera salvado de una boda forzada era secundario; su obligación como thestral era corresponder a los honores otorgados por la reina Luna I y servir a la Corona de Equestria.

— Lealtad mía es con vos —dijo, llevándose un casco al corazón—. Yo sirvo Equestria fasta alas mías no volar e yo no estar pie.

El Ministro del Tiempo sonrió. Nąȋenähz aceptaría el trabajo. Dawn Star, a pesar de todas sus dudas e indeguridades, no parecía que fuera a oponerse a trabajar para el Ministerio. La incógnita era Swébende Gagel, pero Time Keeper estaba convencido de que la idea de poder proteger al rey Mistral IV si se unía a ellos sería demasiado seductora como para que el pegaso la rechazara.

— ¿Y usted, Swébende? —preguntó, inclinándose hacia él. Las puntas de sus cascos emitían débiles y breves sonidos secos al tamborilear entre sí—. ¿Aceptará trabajar con nosotros para mantener la historia de Equestria, y del Reino de Cloudsdale si es necesario, libre de alteraciones?

En lugar de responder, Swébende Gagel se quedó mirando a los dos unicornios, apretando los dientes con tanta fuerza que casi le pareció oír un crujido. Una parte de su cerebro le decía que todo aquello no tenía más remedio que ser una trampa para hacerle renegar de su patria y su rey. Viajes en el tiempo, un país que no existía, una poni murciélago; todo mentiras para arrancarlo del servicio de Mistral IV y ponerlo al de sus reyes unicornios traidores. No merecían otra cosa que ser pasados por la espada y pagar con su sangre su intento por convertirlo en un traidor.

Y, sin embargo, la otra no podía evitar preguntarse si de verdad podía ser cierto. Porque si lo era, su obligación como soldado de Cloudsdale era servir junto a ellos. Si no le habían mentido, defendían a Mistral IV, el que sobre nubes cabalga, y a toda su familia; igual que él había jurado hacer tan pronto como tuvo edad suficiente para alistarse en el ejército de Cloudsdale. Proteger a su rey era su deber. No podía abandonar su labor, incluso aunque implicara trabajar con aquella escoria traidora.

— ¿Servís a Su Majestad Mistral IV? —preguntó, estampando los cascos sobre la mesa de ébano y encarándose con el ministro—. ¡Decid verdad, ¿lo servís?!

— A Mistral IV y a cualquier poni que haya llevado la corona de Equestria o los reinos que se unieron para formarla —respondió el ministro, seco, como si el pegaso no hubiera golpeado la mesa.

Swébende Gagel lo miró a los ojos, sin pestañear, intentando descubrir en el rostro del ministro cualquier señal, por minúscula qiue fuera, que se filtrara a través de su máscara y le revelara la falsedad del unicornio. Pero en lugar de eso, se topó con la mirada intensa y seria de Time Keeper, sosteniendo la suya propia con una fuerza tal que ningún mentiroso podría mostrar jamás. Asqueado, el pegaso se recostó sobre el respaldo de la silla y volvió los ojos al techo. No podía sino admitir que aquel maldito traidor cornudo verdaderamente protegía a su rey.

Sin mediar palabra, Swébende Gagel asió la empuñadura de su espada, y la sacó de su funda con un ruido metálico. Time Keeper y Comet Nova retrocedieron intimidados al ver el arma, y Dawn Star emitió un agudo chillido de pánico. Sus cuernos se iluminaron en el acto, pero antes de que pudieran lanzar los hechizos que reducirían al pegaso, este había inclinado la cabeza hacia delante con humildad. Su espada, cuya afilada hoja brillaba del mismo azul pálido que las luces del techo, descansaba sobre sus cascos delanteros, extendidos hacia delante, ofrendando su arma al Ministro del Tiempo.

— El mi espada vos ha de servir fasta que fenezca —recitó con voz ceremonial, sin desviar la mirada del suelo en ningún instante. El ministro lo miraba, completamente desconcertado, sin saber si debía tomar la espada o dejarla donde estaba. Giró la cabeza hacia Comet Nova para ver si ella lo sabía, pero la unicornio blanca se encogió de hombros y negó con la cabeza—. Fasta el fin de las mis fuerzas he de defender aqueste ministerio, e sacrificaré la mi vida por él si d'aqueso se precisare. Fazerlo es el mi deber si con ello defender puedo a mi rey de los sus enemigos.

Sin estar muy seguro de lo que hacía, Time Keeper alargó los cascos para coger la espada del pegaso, pero antes de que pudiera tocarla, Swébende Gagel retiró las pata delanteras y volvió a enfundar su arma, para después volver a levantar la mirada del suelo.

Se sucedieron unos segundos de silencio en los que el ministro no sabía muy bien qué hacer, pero pronto se recompuso y dijo:

— Me alegro mucho de que todos hayan aceptado mi oferta. —Su cuerno se iluminó, y uno de los cajones del escritorio se abrió mágicamente. Tres hojas de papel salieron de él, envueltas en el aura gris de la magia del unicornio, y atravesaron el aire hasta posarse encima de la mesa, justo delante de los tres ponis—. Aquí tienen sus contratos. Una vez los hayan firmado, se convertirán en agentes de pleno derecho del Ministerio.

Swébende Gagel asió el papel con un gesto rápido, y lo ojeó durante menos de un segundo antes de estampar su casco con fuerza sobre él y devolvérselo al ministro.

— Aquesto es escrito en alfabeto de unicornios —dijo, con evidente desagrado y los ojos entrecerrados en un gesto enfadado—. Non conozco las letras que usan los traidores cornudos. —Comet Nova hizo rodar los ojos en sus órbitas, y le hizo un gesto con el casco a una ofendida Dawn Star para que se calmara—. Non he de firmar algo que non pueda leer en las letras de la mi raza.

— Creo que tenemos un contrato pegaso en el cuarto cajón —dijo la unicornio blanca, señalando con el casco a la mesa.

Time Keeper miró donde le decía, y efectivamente encontró una hoja de papel escrita con curiosos caracteres que semejaban nubes, gotas de agua, copos de nieve y otros elementos característicos del tiempo, que depositó mágicamente delante del guerrero pegaso. Junto a él, el ministro les pasó un tintero lleno hasta la mitad, en cuya tinta se hundían tres largas plumas negras.

— ¿Tú has problema con contrato, Nayenaets? —le preguntó Comet Nova a la thestral, que ojeaba su contrato nerviosamente, de arriba abajo, una y otra vez, sin saber muy bien qué hacer con él—. ¿Tú quieres yo explique ti?

Nąȋenähz levantó la vista del papel, y la volvió hacia la unicornio blanca. Lentamente, la sangre iba subiendo a sus mejillas, tiñéndolas de un color rosado que su pelaje negro ocultaba por completo. No sabía leer. Su raza, los thestrales, no conocía la escritura. Eran un pueblo de tradición oral, y nunca le había prestado atención a aquel hecho hasta aquel instante, en que le habían presentado un contrato escrito que ninguno de los otros presentes tenía problema en comprender.

— Non… Eso non es —balbució, avergonzada. De repente, admitir su ignorancia se había vuelto cien veces más difícil. Las palabras se aferraban al fondo de su garganta con fuerza, pero sacudió la cabeza y se forzó a pronunciarlo—. Yo… Yo non sabe ler.

Al instante, las miradas del ministro y de sus dos compañeros cayeron sobre ella, mirándola con tal estupefacción que más parecía haber confesado ser un Changeling al servicio de la reina Chrysalis que admitido ser analfabeta.

— Pero bueno ¿será posible, maldita sea? —susurró Time Keeper, molesto por aquel repentino inconveniente. Nąȋenähz también lo escuchó, y le respondió con un gruñido y un gesto de amenaza.

— No os paséis con ella —la defendió Comet Nova, en tono de reproche—. Los thestrales no conocieron la escritura hasta el año del que viene Nayenaets, y el primer resto de escritura thestral data de finales del siglo VII. Es normal que no sepa leer. No puede saber leer.

El ministro apartó la mirada de Nąȋenähz, azorado por su comportamiento; y poco después Dawn Star hizo lo mismo. Por el contrario, Swébende Gagel negó con la cabeza, y susurró un corto comentario despectivo sobre su compañera, que ella no escuchó o al que no quiso hacer caso.

— A ver, yo explico ti. —Envolvió el contrato en su magia turquesa, y lo colocó delante de sus ojos. Nąȋenähz le dedicó una mirada de agradecimiento, y se dispuso a escucharla—. Tú aceptas, tú eres agente. Cuando nosotros necesitar, tú viajar por tiempo para encontrar ponis que cambian historia. Tú no puedes cambiar historia, tú no puedes traer cosas de pasado, y tú no puedes hablar sobre Ministerio. Si tú hablas, tú vas a la cárcel. ¿Comprendes?

Nąȋenähz asintió con la cabeza, y le dedicó una mirada agradecida a la unicornio blanca. Cada vez que ella le hablaba sentía una difusa calidez en su pecho que no sabía muy bien cómo explicar. Tal vez fuera por cómo parecía preocuparse por que comprendiera lo que ocurría y no se sintiera completamente fuera de sitio. Nunca nadie había hecho algo semejante por ella.

— Muy bien. Sueldo es mil quinientas monedas mensuales.

— ¿Mil y quinientas? —repitió Swébende Gage, sin poder dar crédito a lo que oían. Mil quinientas monedas al mes eran una auténtica fortuna, más que suficientes para no tener que volver a trabajar en toda su vida. Una sonrisa estupefacta se dibujó en el rostro del pegaso. Aquel trabajo le iba a hacer rico.

— No se haga ilusiones tan rápido —replicó el Ministro del Tiempo, recostándose en su sillón—. Desconozco la equivalencia en la moneda del reino de Cloudsdale, pero en esta época mil quinientas monedas al mes es una vez y media el sueldo de un obrero. —Se sacó las gafas, jugueteó con ellas durante un segundo y volvió a colocárselas—: Dan para llegar a fin de mes sin apuros, pero no para hacerse rico.

Swébende Gagel recibió aquel inconveniente con rostro estoico. Realmente, no estaba nada mal. Sumando a esta su parco salario de soldado, y controlando cuidadosamente sus gastos, podría juntar una cantidad respetable para los años de su vejez, para dejar a su esposa e hijos si caía en batalla, o como dote para conseguir un buen matrimonio para su pequeño Huracán. Dawn Star sonrió. Era casi el doble que lo que cobraba trabajando como camarera en aquel café. Por fin podría conseguir ahorrar algo de dinero para cuando empezara la universidad. Y Nąȋenähz miraba al ministro y al pegaso alternativente, sin comprender qué eran aquellas "monedas" que había nombrado, ni por qué le agradaban tanto a Swébende Gagel.

Comet Nova emitió un largo suspiro, y volvió la vista hacia el reloj colgado sobre el mapa mágico. Las cinco y cuarto. Ya era la hora de ponerse en marcha

— Time Keeper, ¿puedo excusarme un momento? —preguntó, y se giró hacia la puerta antes siquiera de recibir el permiso—. Tengo que terminar el informe mensual sobre las actividades del Ministerio para enviárselo a las princesas.

El Ministro le dio su aprobación con una frase corta y escueta, y la unicornio blanca salió de la habitación, caminando con rapidez. Cuando la puerta se cerró mágicamente tras ella, la atención de los cuatro ponis volvió a los papeles que tenían encima de la mesa.

Time Keeper se permitió esbozar una pequeña sonrisa. Escribir los informes mensuales era su deber, pero sus tres nuevos agentes no lo sabían.

— ¿Tienen ustedes alguna duda que deseen preguntar antes de firmar el contrato? —preguntó para ganar algo de tiempo—. No se corten, cualquier cosa.

Los tres ponis intercambiaron miradas mientras se encogían de hombros. Tras varios segundos de silencio, Nąȋenähz levantó tímidamente la pata.

— ¿Qué es firmar? —preguntó, un débil sonrojo cubría sus mejillas.

Time Keeper abrió enseguida la boca para explicárselo, pero antes de pronunciar la primera palabra se detuvo. Si la thestral no sabía leer ni escribir, ¿cómo podía explicarle lo que era firmar?

— Tú pones casco en tinta —sugirió Dawn Star, saliendo al rescate del ministro, acompañando su explicación con gestos e intentando imitar el chapurreo que Nąȋenähz parecía comprender con escasas dificultades— y pones casco en contrato. —Tragó saliva, y preguntó, algo azorada—: ¿Tú entiendes mí?

Nąȋenähz asintió afirmativamente con una sonrisa en los labios, agradeciéndole en silencio su explicación. Con evidente determinación en su rostro, alargó la pata para coger el tintero, pero el agudo aullido de una sirena y el potente parpadeo de una brillante luz roja la sorprendieron antes de que pudiera tomarlo en su pata.

Nąȋenähz saltó de la silla, asustada; y emitió un agudo chillido de terror. En un rápido movimiento, se echó al suelo, enterró la cabeza en su pecho y se cubrió las orejas con sus cascos, intentando protegerlas del fuerte sonido que taladraba sus sensibles tímpanos hasta provocarle dolor. Apenas un segundo después, la silla en que se sentaba cayó al suelo con un golpe seco y fuerte, que no hizo sino aumentar todavía el terror y el dolor que sentía la thestral.

— ¿Qué está sucediendo? —preguntó Dawn Star, visiblemente alarmada, adelantándose por medio segundo a Swébende Gagel.

El Ministro del Tiempo permanecía sentado en su silla, con las puntas de sus cascos tocándose entre sí, y con el semblante totalmente tranquilo a pesar de los avisos luminosos y del potente ulular de la alarma; un semblante propio de alguien que ya ha visto suceder cientos de veces un fenómeno semejante. Miró a la unicornio parda, después al pegaso, y finalmente se dio la vuelta para observar el mapa.

Sobre los hilos del tejido, ahora iluminados en rojo, había aparecido un cartel mágico, aproximadamente en el punto medio entre las Montañas Ahumadas y Las Pegasus.

23 de febrero, año 4.

De improviso, la puerta de la sala se abrió de golpe, y tras ella apareció el rostro sobresaltado de Comet Nova. Corrió hasta colocarse al lado del Ministro, y después observó el mapa con preocupación.

— Vaya puntería —se quejó la unicornio blanca, y negó con la cabeza—. Justo en mitad de la reunión.

— Hay que avisar a la patrulla de Minuette —ordenó Time Keeper, frunciendo el ceño. Su voz apenas conseguía imponerse al alarido de la alarma. Su cuerno se iluminó, y unos papeles aparecieron encima de su mesa—. ¿Dónde están ahora mismo? ¿En Ponyville?

— Trottingham, 2146. —Ante la estupefacción de Time Keeper, agregó rápidamente—: 31 de marzo. Salieron esta mañana, la alarma saltó justo cuando saliste a por el café.

Los ojos del ministro se abrieron lentamente, y asintió con brevedad. La sirena dejó de ulular, y las potentes luces rojas se apagaron.

— De verdad que no lo entiendo. ¿Qué problema tienen con que el Trottingham gane esa liga? —murmuró el ministro para sí mismo, y resopló con fuerza. Dawn Star reprimió una risita—: ¿Fleur?

— Semana de la moda de Canterlot; a estas horas estará en alguna pasarela. A Verw'dlung no le dan el alta hasta mañana. Y en el siglo I no podemos recurrir a los hermanos Caos. —Inspiró largamente, echó una rápida mirada a sus espaldas, y emitió un prolongado suspiro—: Me temo que no tenemos otra opción, Keeper.

Lentamente, el Ministro del Tiempo se dio la vuelta sobre sus cascos, y posó su vista sobre los tres recién llegados. Swébende Gagel permanecía sentado en su silla, impasible, sin pronunciar una sola palabra, su mirada fija en el mapa, aunque no pudiera desentrañar lo que ocultaban las letras unicornias del cartel. Sus orejas estaban abiertas, y todos sus sentidos puestos en sus superiores. Dawn Star, por el contrario, había abandonado la silla, y estaba tumbada en el suelo al lado de Nąȋenähz, con sus patas delanteras alrededor del pecho de la thestral, y un casco acariciaba su crin. Y su pecho ya no subía y bajaba frenéticamente, y su cabeza descansaba sobre el pecho de Dawn Star.

No parecían un gran equipo. No parecían capaces de trabajar juntos. Pero eran lo único que tenían en aquel momento.

— Damas, caballero —comenzó, mirando a los tres ponis con gravedad. Swébende Gagel centró su atención en él. Las dos yeguas no se movieron de donde estaban, pero volvieron la cabeza hacia él—. Como probablemente habrán podido deducir, tenemos una emergencia. Un poni…

— Un cornudo traidor a la vuestra patria es viajado en el tiempo —le cortó Swébende Gagel—. Et non habedes guerreros ninguno que caza dalle puedan. Aquesa parte bien comprender pude.

El dialecto arcaico del pegaso descolocó a Time Keeper por un instante, pero enseguida recobró la compostura y continuó diciendo:

—Exacto. El viajero del tiempo nos ha pillado en una situación delicada. Una de nuestras patrullas está en una misión; y el resto de agentes no están disponibles en este momento. —Tomó aire, y señaló con un casco a los tres ponis—. Ustedes tres son los únicos a quien podemos recurrir.

Dawn Star se puso en pie, y poco después la siguió Nąȋenähz. La unicornio parecía nerviosa, mientras que la thestral parecía confusa. Su cerebro intentaba desentrañar lo que había dicho el ministro, pero su equestriano no era lo suficientemente bueno para lograrlo.

— Tenemos una misión —musitó Dawn Star, sin atreverse a decirlo en voz alta.

Swébende Gagel inclinó su cuerpo hacia delante, con expresión seria, y al mismo tiempo, confiada. Sus orejas estaban erizadas y apuntando al Ministro del Tiempo, y su casco derecho descansaba sobre la empuñadura de su espada. A su izquierda, Nąȋenähz mantenía un gesto feroz en su rostro, y sus labios se habían abierto lo suficiente como para mostrar las brillantes y afiladas puntas de sus colmillos.

— Exactamente —respondió el unicornio negro, y tragó saliva—: Reconozco que esto es poco ortodoxo, más cuando ustedes no han sido contratados oficialmente, pero se trata de una emergencia. Deberán partir de inmediato, y encontrar al viajero temporal antes de que pueda causar alguna alteración en la historia de Equestria. ¿Les ha quedado claro?

Los tres ponis asintieron con decisión, incluso Nąȋenähz. Había logrado reconocer las palabras "emergencia" y "misión", y, unido a la alarma y las luces rojas, no le había costado mucho comprender lo que ocurría.

— Muy bien. Damas y caballero —se sacó las gafas con magia, y las colocó sobre su mesa. Su voz sonaba como la del general que expone el plan de batalla al resto de oficiales, aunque a Dawn Star, no sabía muy bien por qué, le recordaba a los locutores de la radio equestriana—, aquí comienza su primera misión para el Ministerio del Tiempo.


Referencia de la vida real: Time Keeper se pregunta por qué no dejan de viajar al 31 de marzo de 2146 para impedir que el Trottingham gane la liga. En la vida real, fue el Sevilla el que la ganó, en la jornada del 31 de marzo de 1946. Lo que no sé es por qué escogí precisamente esa, si ni siquiera soy del Sevilla...