Aquí comienza su primera misión para el Ministerio del Tiempo.

Aquellas palabras resonaban en la mente de Dawn Star una y otra vez mientras miraba al Ministro del Tiempo con expresión estupefacta y su significado se clavaba en su cerebro. Tenía una misión. El Ministerio del Tiempo; no, Equestria entera, dependía de ella y de sus compañeros.

De repente, su estómago se había llenado de Breezies que volaban erráticamente en su interior, como si se hubieran emborrachado al comer uvas demasiado maduras. Sin saber muy bien qué hacer, espió la reacción de sus compañeros por el rabillo del ojo; y por poco pegó un salto al oír decir a Nąȋenähz decir con total seguridad:

— ¿Qué es misión nuestra?

Comet Nova sonrió al ver la disposición de la thestral, e inclinó la cabeza hacia la derecha. Time Keeper vio su gesto, y asintió casi imperceptiblemente. La unicornio blanca carraspeó un par de veces, y después dijo en voz alta y clara:

— Poni ha viajado a año cuatro. Ustedes deben encontrar antes de que cambie historia.

— ¿E cuál cosa puede buscar un poni en aquese tiempo? —preguntó Swébende Gagel, que no dejaba de observar su arma por el rabillo del ojo—. ¿Oro? ¿Piedras preciosas? ¿Diose por ventura acontecimiento de grande importancia en aquese año?

— La fundación de Equestria —respondió Dawn Star, y espiró largamente—. ¿Año cuatro? —El Ministro y su segunda asintieron al unísono—. No han pasado ni tres años desde que se fundó Equestria. —Tomó aire, y añadió, sombría—: Es un período muy inestable. Lo más probable es que quieran destruir la fundación. Y sin ella…

— ¿Fabláis de la fundación de Equestria? —La unicornio parda cabeceó afirmativamente, y el pegaso la apremió para que siguiera explicándole—: Fablad, ¿qué ocurrió? ¿Por cuál razón pudieren desear eliminarla?

—No tenemos tiempo para eso —lo interrumpió Tine Keeper, con el ceño fruncido y un casco levantado en el aire. Un pergamino amarillento y arrugado, con pinta de tener varios siglos de antigüedad, flotaba en el aire por debajo del nivel de su hocico, sostenido por su magia gris—. Ya se lo explicará cuando estén allí. Ahora lo que urge es que ustedes se desplacen al año 4 antes de que tengamos un problema.

Swébende Gagel lo miró con reticencia durante un segundo, pero enseguida aceptó con un gruñido de fastidio que él tenía razón. Golpeó la negra madera de la mesa con los cascos, y se levantó, sin perder nunca de vista la empuñadura de su espada. Poco después, Nąȋenähz lo acompañó. Su rostro aparentaba seriedad, pero el leve temblor de sus patas delataba la emoción que la embargaba.

— Señorita Dawn Star, vamos a confiarle uno de los mayores secretos de Estado que tiene la Corona de Equestria. —Teletransportó el pergamino justo delante de Dawn Star, cuyos ojos se abrieron desmesuradamente al recibirlo—. Ni que decir tiene que, si lo revela a cualquier pony ajeno al Ministerio, las consecuencias podrían ser ciertamente… —entrecerró sus ojos, y un fino hilo gris de magia apareció alrededor de su cuello para desaparecer casi al instante— desagradables.

Normalmente, Dawn Star se hubiera echado a temblar ante una amenaza semejante, pero la emoción que sentía por recibir uno de los hechizos más secretos y poderosos que existían anuló cualquier temor que pudiera haber sentido. Lo cogió con delicadeza, como si temiera romperlo; pero una vez el pergamino estuvo en sus cascos lo leyó con avidez. Al principio lo leía con evidente nerviosismo, como si en cualquier momento el pergamino pudiera cobrar vida y atacarla; pero a medida que avanzaba por las negras líneas escritas con inmaculada caligrafía, sus ojos brillaban cada vez más ante aquella oportunidad única de adquirir conocimientos secretos. Cuando al fin terminó de leer el hechizo, su rostro mostraba una expresión de puro placer, con los ojos cerrados y mordiéndose el labio inferior.

— Malditos sean por siempre los unicornios traidores e las sus artes ocultas e sibilinas —murmuró para sí mismo Swébende Gagel.

El hechizo era, lisa y llanamente, la perfección hecha magia. Como las tartas de Pinkie Pie a la pastelería, o el palacio de Canterlot a la arquitectura clásica, aquel hechizo era el pináculo de toda magia, la máxima expresión del arcano arte unicornio de la hechicería, un encantamiento de una complejidad asombrosa y poder insuperable, trazado con el esmero y la sabiduría que solo podía provenir de un auténtico maestro de la magia como Starswirl el Barbudo.

— Es… Es una obra de arte —susurró Dawn Star, demasiado impresionada por lo que había leído como para decirlo en voz alta—. Es… Es magnífico. Yo…

— ¿Qué esperabas, si es del Barbudo? —respondió Comet Nova, divertida, y suspiró—. Para usarlo, tienes que decir la fecha a la que quieres viajar donde están los huecos en el hechizo. Las primeras veces es cansado, y pasar el vórtice temporal nunca es una experiencia agradable, pero terminarás por acostumbrarte.

Dawn Star asintió temblorosamente, y tomó un par de inspiraciones profundas para calmarse. Cuando se ponía nerviosa, tendía a ser incapaz de lanzar incluso los hechizos más sencillos; y el que debía efectuar ahora era el más complejo que había visto en su vida. No obstante, ella confiaba en sus capacidades mágicas. Si había conseguido que la vieja Northern Lights, la profesora más estricta de la Academia, la aprobara con sobresaliente, seguro que tampoco tenía problemas con el teletransporte espaciotemporal.

— Un detalle que debe conocer sobre el hechizo es que el tiempo transcurre de igual manera tanto en el pasado como en el presente —señaló Time Keeper en tono neutro. Miraba con intensidad a la unicornio parda, sin duda preguntándose si sería capaz de trasladar a sus dos compañeros, además de ella misma, más de dos mil años hacia el pasado—. Es decir, que si, por ejemplo, parten ustedes a mediodía y tardan doce horas en cumplir su misión, cuando vuelvan de ella ya será medianoche. —Se quitó las gafas, cerró los ojos durante un segundo y preguntó—: ¿Lo ha comprendido, señorita Dawn Star?

La unicornio parda asintió con fuerza, pero muy pronto se dio cuenta de que aún faltaba algo. El ministro acababa de hablar de volver del pasado, pero el hechizo que acababa de leer solo contemplaba la posibilidad de hacer el viaje de ida.

— Pero, una vez cumplamos la misión, ¿cómo volvemos al presente? —preguntó, no sin cierta urgencia. La posibilidad de no poder volver y tener que quedarse en el pasado la aterrorizaba.

— Muy cierto es lo q'ella fabla —la secundó Swébende Gagel, volviéndose hacia los dos unicornios al mando—. Non viajaremos sines garantías de tornar incólumes a los nuestros tiempos.

— No se impaciente, señorita Dawn Star. A eso iba —replicó Time Keeper, frunciendo ligeramente el ceño. Cerró los ojos durante el segundo que le llevó conjurar un hechizo, y teletransportó un nuevo pergamino a los cascos de Dawn Star—: Espero que eso sean garantías suficientes para usted, Gagel.

El pegaso emitió un gruñido que el ministro interpretó como un sí.

—El hechizo de llegada les devolverá al instante del que partieron, más el tiempo que pasen en el pasado. Tanto él, como su contraparte pueden usarse sobre objetos. Esto nos permitirá estar en comunicación permanente con ustedes —explicó mientras Dawn Star leía las líneas trazadas sobre el pergamino. Cuando terminó, cerró los ojos y exhaló largamente con una gran sonrisa de satisfacción y alivio.

— Dos hechizos: hechizo para ir, hechizo para volver —le explicó Comet Nova a Nąȋenähz, que había permanecido en silencio, tratando de comprender lo que oía. Ella asintió con suavidad.

Medio minuto después, Dawn Star bajó el pergamino, y lo hizo flotar hasta la mesa de ébano del ministro. Parsimoniosamente, miró a sus dos compañeros, y abrió la boca para pronunciar seis palabras:

— Poneos a mi alrededor. Nos vamos.

Su tono y su expresión no mostraban el deseo de conocer hechizos que habían exteriorizado mientras leían el hechizo de teletransporte, sino una seguridad y una determinación tales que incluso la impresionaron a ella. ¿Cuándo había pasado de ser una potra que dormía con una luz mágica encendida en su cuarto por miedo a la oscuridad a una yegua que viajaba sin dudarlo más de dos mil años al pasado para salvar a Equestria del peligro que corría?

Swébende Gagel y Nąȋenähz obedecieron su orden sin rechistar, y se colocaron a ambos lados de la unicornio; el pegaso a la izquierda y la thestral a su derecha. Comet Nova cruzó su mirada con la de Time Keeper, y los dos sonrieron. Aquello iba muy bien.

— Sentirá unos tirones cuando se abra el vórtice espacio-temporal. No se alarme, es totalmente normal y terminará por acostumbrarse —explicó Time Keeper, como ya había hecho algunas decenas de veces—. Dawn Star, queda usted al mando de esta misión. Encuentre al viajero temporal e impide que cambie la historia. Y prohibido decirle nada a Swébende Gagel sobre lo que le ocurrió al comandante Huracán —susurró autoritariamente al oído de la unicornio.

Dawn Star asintió con firmeza, y miró a su compañero por el rabillo del ojo. Con lo que despreciaba a los unicornios, si llegaba a enterarse de que Platino I se había deshecho de los dos pegasos enviándoles un traidor para liquidarlos en cualquier escaramuza que encontraran en su misión de asegurar la frontera equestriana, se negaría a seguir con su misión.

La unicornio sacudió la cabeza y cerró los ojos para concentrarse antes de iluminar su cuerno y comenzar a recitar el hechizo. Nąȋenähz se cubrió los ojos con su pata delantera para protegerse del brillante estallido de luz y tragó saliva, mientras que Swébende Gagel la recibió con expresión estoica y desafiante, manteniéndose firme en su posición, y con la vista fijada en los dos unicornios.

Un sonido semejante al de una tela al rasgarse llegó a sus oídos, y justo después un fuerte viento rodeó a los tres ponis. Swébende Gagel y Nąȋenähz, que ya sabían lo que les esperaba, relajaron sus músculos para oponer menos resistencia a la fuerza del hechizo; pero Dawn Star, que ya había llegado a las dos últimas líneas del hechizo, no lo hizo. La luz zafiro, que había ido expandiéndose con cada frase que pronunciaba, alcanzó el cuello de la unicornio parda. Y entonces comenzaron los tirones.

Tal como Nąȋenähz y Swébende Gagel habían experimentado, la fuerza del hechizo, invisible e intangible, comenzó a tirar de las colas de los tres. Dawn Star se sobresaltó, pero se forzó a no perder la concentración y a terminar de recitar el hechizo, a pesar de que su cerebro y la adrenalina que corría por sus venas le decía que luchara contra aquel viento y aquella fuerza invisible.

La luz engulló su cabeza en el mismo instante en que sus labios terminaron la última frase del hechizo, sumiendo sus ojos en un brillante mar azur que cegó su mirada por completo. Dawn Star chilló de dolor, y se cubrió los ojos con su pata delantera, tratando de protegerlos del potente fogonazo. Al mismo tiempo, una repentina ráfaga de viento, mucho más fuerte que las demás, la arrancó del suelo y se la llevó con ella hacia el lugar del que nacían todas las rachas. Pronto, la oscuridad la rodeó, y el terror dominó su cuerpo. Con el corazón latiendo a cien por hora, y el familiar cosquilleo de la adrenalina en su estómago, soltó un chillido de pánico con toda la fuerza que le permitían sus pulmones mientras sentía caer por lo que parecía un pozo sin fondo.

Y, de repente, el viento cesó.

No obstante, Dawn Star tardó varios segundos en darse percatarse de que ya no estaba en caída libre, sino de pie sobre una extensa llanura cubierta de hierba que se extendía en todas direcciones, con los ojos cerrados con fuerza y el rostro contraído en un gesto de dolor. Solo al sentir una fría brisa sobre su rostro se dio cuenta de que algo había cambiado.

El suave aire jugando con su pelaje y el frío en su piel sorprendieron a la unicornio parda. Soplaba el viento. Era imposible que en el pequeño y cerrado despacho del ministro corriera el aire.

El pecho de Dawn Star comenzó a cosquillearle. Apenas era capaz de creer lo que sentía. Su cabeza le decía que no era posible, pero su corazón le decía que sí. Que lo había conseguido. Aún incrédula, Dawn Star abrió los ojos; y cuando lo hizo el júbilo se adueñó de su rostro.

Dawn Star ya no se encontraba en el pequeño y opresivo despacho de ladrillo de Time Keeper, sino en algún punto indeterminado de un mar de hierba que abarcaba hasta el horizonte, salpicado de colinas aquí y allá. Mirara donde mirara, el verde esmeralda bajo el pulcro azul celeste del cielo, por el que volaban algunos pájaros de pequeño tamaño y brillante colorido. El aire a su alrededor era frío, apenas unos grados por encima del punto de congelación, y la escasa fuerza con que el sol brillaba en el cielo de invierno no ayudaba a deshacerse de aquella molesta sensación. Pero a Dawn Star el frío no le afectaba en absoluto. Se sentía tan exultante por haber utilizado con éxito el hechizo de viaje en el tiempo que empezó a dar brincos sobre la hierba, como si de la mismísima Pinkie Pie se tratara.

— Hemos misión que cumplir —dijo de repente una voz malhumorada y grave detrás de ella. Dawn Star se detuvo al instante, y se dio la vuelta, con las mejillas ardiendo de vergüenza. A su espalda, sobre sus cuatro patas y con un mal disimulado gesto de enfado, estaba Swébende Gagel—. Non hemos tiempo para brincar como potrillas que juegan.

— Eso es tsierto —le apoyó Nąȋenähz, con cierta timidez, como si temiera enfadar a su compañera.

Dawn Star se frenó en seco, y se giró hacia sus compañeros, sonrojada. Su entusiasmo por haber conseguido lanzar el hechizo y viajar al año cuatro le había hecho olvidar momentáneamente su misión.

— Sí, esto… La misión… —comenzó, sin saber muy bien qué decir. Para salir del paso, simplemente dijo lo primero que se le vino a la cabeza—: Venga, todos a buscar al viajero. No ha pasado mucho tiempo; tiene que estar por aquí cerca.

Swébende Gagel tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no estamparse un casco en la cara. Menuda líder le habían puesto. Joven, yegua, sin experiencia, y si había comprendido bien ni siquiera había terminado sus estudios. Y lo peor de todo era que su honor de soldado le obligaba a seguir sus órdenes, fueran cuales fueran, sin permitirle ponerlas en duda ni contravenirlas. El pegaso masculló una fuerte maldición y negó con la cabeza. ¿Cómo se le había ocurrido al ministro dejar la misión al mando de una yegua habiendo un caballo para asumir el mando?

Menos mal que no era una batalla. Si lo hubiera sido, no hubieran durado ni diez segundos.

— ¿Hechitso alguno encuentra poni? —preguntó tímidamente Nąȋenähz, esperando que no fuera una idea estúpida.

Para sorpresa de la thestral, Dawn Star alzó las cejas con rapidez, como si hubiera recordado algo de repente, y se sonrojó. Pues claro que podía hacerlo.

Ellos habían llegado a aquella pradera apenas dos minutos después de que lo hiciera el viajero temporal. No lo habían visto cerca, y en aquella llanura tan abierta no había ningún sitio en el que esconderse. La única solución para una desaparición tan repentina era un teletransporte.

Y un hechizo de teletransporte dejaba rastros muy fáciles de identificar.

Dawn Star gesticuló para que sus compañeros guardaran silencio, y cerró los ojos, concentrándose intensamente. Por suerte, el hechizo rastreador era de una formulación extremadamente sencilla, por lo que lanzarlo no le llevó ni siquiera medio segundo. Y enseguida llegaron los resultados: a unos cien metros a su espalda había ligeras oscilaciones en el espacio, como si fueran olas suaves en alta mar, alrededor de una deformación mayor y en forma de embudo.

La unicornio parda no necesitó ni siquiera dos segundos para decidir que se trataba de un hechizo de teletransporte, con toda seguridad lanzado por el viajero al que perseguían para desplazarse desde allí hasta…

Dawn Star resopló con fastidio. La salida estaba demasiado lejos, y las señales que emitía eran demasiado débiles como para captarlas. Lo cual equivalía a decir que no podía saber dónde estaba ahora el viajero.

— Se ha teletransportado —declaró, y pegó un pisotón rabioso en el suelo—. Nos ha dado esquinazo; podría estar en cualquier parte.

— ¿Qué significa "en cualquier parte"? —replicó Swébende Gagel, encarándose con Dawn Star—. ¿Admitís que es de nos fuido? ¿Es acaso la magia tan débil que non sois capaz de fallar un poni?

— ¡La magia no lo puede todo, Swébende! —gritó ella a su vez, y fulminó al pegaso con la mirada, pero este se la sostuvo—. ¡Esto no es encender el cuerno y ¡pum!, ya lo tengo! ¡Estoy siguiendo su rastro; y si no hay rastro no puedo seguirlo!

Swébende Gagel estuvo a punto de responderle con un comentario despectivo y racista sobre los unicornios y la magia, pero justo antes de hacerlo recordó que Dawn Star era su superiora; y calló con gesto malhumorado. En los ejércitos de Cloudsdale, injuriar a un superior se castigaba con degradación inmediata y cincuenta latigazos.

— Comprendido, mi superiora —escupió, mortificado por tener que humillarse de aquella manera no solo ante un traidor a la especie, sino también ante una yegua. A pesar de la repugnancia que le inspiraba hacerlo, logró cuadrarse y hacer un saludo militar—: No he de dubdar de las capacidades e habilidades de la magia.

Dawn Star respondió a su saludo con estupefacción. ¿Superiora? ¿Cómo que superiora? ¿Cómo había superado en rango a un cabo del ejército de Cloudsdale, si en su vida se le había pasado por la cabeza la idea de alistarse en el ejército?

— Muy bien, entonces no está cerca, y no puedo encontrarlo con magia. ¿Alguna idea de a dónde puede haber ido?

Era una pregunta puramente retórica. Por eso se sorprendió tanto cuando Nąȋenähz abrió la boca y dijo:

— ¿Él en casa allí?

— ¿Cómo? ¿Casa? ¿Dónde? —preguntó Dawn Star. Solo los rodeaban hierba y más hierba. ¿A qué casa se refería?

— Allí —respondió la thestral, señalando un punto a la espalda de la unicornio—. Lejos. Está entsima de montaña pequeña.

Inmediatamente, Dawn Star se dio la vuelta, y tanto ella como Swébende Gagel fijaron la mirada en el punto que su compañera les había indicado. Efectivamente, al final de la pradera, había una colina, y sobre ella se podía distinguir un diminuto edificio que parecía haber sido construido en madera. Swébende Gagel pronto lo juzgó como una mera morada de campesinos, y perdió el interés en él; pero Dawn Star permanecía anormalmente atenta, tratando en vano de discernir algún detalle en aquella minúscula mota marrón. Su cerebro trabajaba a destajo, intentando averiguar por qué aquel edificio del montón llamaba tanto su atención. Creía haberlo visto alguna vez antes, pero ¿dónde?

— No es casa —comentó Nąȋenähz, que se había unido a la unicornio en la tarea de escrutar el edificio—. Es grande. Grande mucho. Y ha torres.

Y de repente, Dawn Star supo lo que era y a dónde había ido su objetivo.

— No es una casa —musitó, con los ojos muy abiertos y las pupilas reducidas a dos cabezas de alfiler azabache. Casi no se atrevía a decirlo—. Es un palacio. El Palacio de Madera.

— ¿El Palacio de Madera? Mi superiora, os ruego hayáis la gracia de informar sobre la natura d'aquese palacio e de los moradores que en él habitan —respondió Swébende Gágel, después de cuadrarse como prescribían las ordenanzas militares de Cloudsdale.

Lo cierto era que verlo humillarse de aquella manera ante ella después de llamar traidores a todos los unicornios era una pequeña y retorcida satisfacción, pero la incomodidad que le producía aquel tratamiento era muy superior. Le daba igual lo que dijera Swébende Gagel. Ella no era la superiora de nadie. Por mucho que el ministro la hubiera puesto al mando, seguía sin verse como la superiora de un cabo de un ejército de Cloudsdale.

Sacudió la cabeza para librarse de aquellos pensamientos, y, sin cuadrarse, respondió:

— La tendré. Pero vuestra duda tendrá que ser respondida mientras corremos hacia el palacio. No podemos perder más tiempo. —Volvió la cabeza hacia la colina, y añadió—: Y no hace falta que me pidas permiso para hablar ni me trates de superiora. Yo no soy soldado.

— A sus órdenes, mi superiora —respondió él, y volvió a cuadrarse. Estiró las patas traseras, y devolvió la mirada a la unicornio—. ¿Ordena algo más mi superiora?

— No —respondió ella, y giró la cabeza hacia la thestral, que había contemplado su conversación en silencio—. Nayenaets, corremos hacia el palacio. ¿Tú entiendes?

La thestral respondió con una breve inclinación de cabeza.

— En marcha, pues.

Pocos segundos después, los tres ponis corrían a toda velocidad por la pradera, moviéndose como centellas sobre la hierba del suelo. Swébende Gagel, acostumbrado a las largas marchas militares y a extenuantes ejercicios físicos, y Nąȋenähz no tenían problemas en aguantar el ritmo de la carrera; pero Dawn Star, que no tenía la costumbre de hacer deporte, y que además estaba cansada por el complejo hechizo que había lanzado hacía menos de cinco minutos, no tardó en quedarse atrás. Sin embargo, se obligó a ignorar el cansancio y a subir el ritmo hasta alcanzar a sus compañeros. Los flancos y los músculos de las patas le dolían, y estaba segura de que tendría agujetas al día siguiente, pero Equestria la necesitaba. No podía fallarle ahora.

— El Palacio de Madera —comenzó entre jadeos tan pronto como logró colocarse entre el pegaso y la thestral— es el primer palacio que se construyó en Equestria —se detuvo para jadear un par de veces— después de ser fundada. La reina —volvió a resollar— Platino I y su corte pretendían tener un palacio provisional para la reina mientras la población migraba al nuevo país; y cuando estuviera completada se mudarían a uno de piedra. Sin embargo, el castillo se siguió usando hasta el año 19, cuando lo incendió un rayo.

— Agradezco las vuestras palabras e sabiduría, mi superiora —respondió Swébende Gagel con una profunda inclinación de cabeza, sin cuadrarse por encontrarse en carrera—. Petición de información sobre la fundación del reino de Equestria, mi superiora.

Dawn Star asintió, pero se tomó unos segundos para guardar silencio y calcular aproximadamente la distancia que los separaba del palacio. Ahora se veía algo más grande y cerca, pero no mucho más; por lo que tal vez les quedaran unos cinco minutos de galope.

—Equestria fue fundada hace dos mil doscientos años —se detuvo un momento, y agregó—: en mi época, no sé cuándo se funda en la tuya. Desde unos diez años antes de la fundación, comienza una serie de años fríos e inviernos duros, lo que provoca hambrunas y una gran desconfianza entre las razas. Cuando la situación e hace insostenible, la princesa Platino de los unicornios y su consejera Clover, el canciller Cabeza de Pudin y su secretaria Smart Cookie de los ponis normales, y el comandante Huracán y la soldado Pansy de Cloudsdale, decidieron buscar un lugar más habitable en el que vivir. Lo encuentran a la vez, y deciden reconciliarse y fundar Equestria entre las tres razas.

Swébende Gagel asintió para indicar que lo había comprendido, y después volvió la mirada hacia delante, dando vueltas en su cabeza a lo que acababa de oír. Las tres razas aliadas entre sí, olvidando los rencores del pasado y firmando una paz eterna entre ellas. ¿Podía acaso haber algo más antinatural?

Las tres razas habían nacido para estar separadas. Cada una con su iguales, sin entremezclarse en los asuntos de las otras más que lo estrictamente necesario. Tres razas, tres países. Así era como debía ser. ¿Qué era aquello de unirse de repente para formar un país todos juntos?

— Esa es la versión muy resumida —añadió la unicornio entre jadeos. Su expresión se tornó preocupada cuando vio el evidente desagrado de Swébende Gagel—: Cuando tenga más tiempo, te lo explicaré mejor.

— Os agradezco la explicación, mi superiora —respondió el pegaso, sin ninguna emoción en la voz, mirando fijamente a algún punto del horizonte. Su rostro se endureció de repente, y escupió con asco, más que preguntó—: Petición de información sobre el comandante Huracán y la soldado Pansy, mi superiora.

Dawn Star vaciló. Había recibido órdenes del ministro de no hablarle a su compañero sobre el destino que habían corrido los dos pegasos fundadores después de la fundación de Equestria. Sin embargo, no le habían prohibido hablarle sobre su vida, por lo que supuso que no habría problema alguno en responderle algunas generalidades sobre ambos.

— Eran hermanos. Y realmente Pansy no era soldado, su hermano le concedió un grado honorífico. —Swébende Gagel murmuró un rápido "Como ha de ser" entre dientes—. Se hizo con el poder después de que el rey… —vaciló durante unos segundos, tratando de recordar las lecciones de Historia de Equestria impartidas de la Academia— ¿Tifón III?, muriera sin descendencia y provocara un vacío de poder en Cloudsdale. El comandante Huracán intentó sacar adelante al reino durante las grandes hambrunas, tratando de no perder poder e influencia ante las otras dos razas, pero al final no tuvo más remedio que aceptar unirse con las otras dos razas para asegurar la supervivencia de los pegasos.

Swébende Gagel cerró los ojos durante unos segundos, pensativo, sin dejar por ello de correr sobre la pradera. Finalmente, los abrió de nuevo y escupió:

— Es un sucio traidor. ¿Fazer alianza con cornudos traidores e sucios terrestres? —Reunió saliva en la boca, y escupió a un lado—. Aceptar de grado la su muerte e la de todos los nuestros e mantener la honra de la nuestra raza, que no venderla al pactar alianza con ellas, hubiese sido opción mejor.

— ¿Eso crees de verdad? —le rebatió Dawn Star, evidentemente enfadada. Su orgullo equestriano no le permitía tolerar una ofensa de tal calibre contra uno de los mayores héroes de su país—. ¿Crees que de verdad quería hacerlo? —Tomó aire entre jadeos, y continuó—: ¡El comandante Huracán y Pansy evitaron aliarse con los demás hasta que no les quedó otra opción! ¡Si no lo hubieran hecho, todos habrían muerto! ¡Las tres razas habrían desaparecido de la faz de Equestria! ¡¿De verdad supeditarías la existencia de las tres razas de ponis a tu estúpido concepto de honra y honor?!

Swébende Gagel palideció de ira, y echó un ala a la empuñadura de su espada.

— Habéis insultado el mi honor —siseó amenazadoramente. Sus labios estaban apretados , y sus ojos se habían reducido a dos minúsculas rajitas, detrás de las cuales sus pupilas brillantes miraban con odio a la unicornio. Si no fuera su superiora, ya le habría cortado la garganta con su espada para lavar su honor con la sangre de Dawn Star—. Exijo haber una reparación.

— ¡Y tú has insultado el honor del Comandante Huracán! —replicó la unicornio, sosteniéndole la mirada. Jadeó un par de veces—. ¡Uno de los fundadores de Equestria, y uno de los responsables de que los ponis se salvaran de la extinción! ¿No te exigiría él una reparación si te hubiera oído insultarlo?

Swébende Gagel apartó la mirada, derrotado, pero no desfrunció el ceño. Por muy importante que fuera y muchas cosas que hubiera hecho, aliarse con los traidores cornudos lo convertía en un despreciable traidor a la raza. Volvió la mirada hacia el castillo, y aumentó la fuerza con que su ala sostenía la empuñadura. Si por alguna casualidad se encontraba en el castillo, iba a enseñarle cómo formar y no formar alianzas.

En silencio, los tres ponis siguieron corriendo hacia el Palacio de Madera. Este ya había dejado de ser una pequeña mota marrón en el horizonte hacía tiempo, y ahora que estaban a los pies de la colina que dominaba, podían sentir la realeza y majestuosidad que emanaba del enorme edificio de roble. Rodeado por una muralla recta jalonada por torres redondas, el recinto palacial abarcaba toda la cima de la colina, reclamándola para la gloria de la reina Platino VII de los unicornios y I de Equestria. Por encima de ella, se podía ver una recia torre cuadrada construida del mismo material, de unos quince metros de altura y coronada por puntiagudas almenas pintadas de blanco, el color de la familia real del reino de los unicornios. Entre ambas, el suelo de hierba se convertía en un patio en el que había algunos barracones de madera, de una sola planta y techo puntiagudo, que cobijaban a los escasos soldados que custodiaban fielmente el palacio y a su reina.

Caminando a paso ligero en lugar de galopar, los tres ponis subieron por la ladera de la colina, con pasos cortos y rápidos. Swébende Gagel y Nąȋenähz no mostraban signos de cansancio, y caminaban a buen ritmo y con la cabeza erguida; al contrario que su compañera, que trataba de calmar su respiración después de aquella frenética carrera sobre la hierba. Y tener que subir una colina no le hacía ningún favor a los cansados músculos de sus patas. Sabía que iba a tener agujetas al día siguiente.

— Guardia —dijo Nąȋenähz de repente.

Swébende Gagel y Dawn Star levantaron la mirada hacia la cima, y, efectivamente, sus ojos se encontraron con dos unicornios altos, gris el de la izquierda y blanco el de la derecha, y de porte marcial, uno a cada lado de una ancha puerta de madera abierta en la muralla del castillo. Vestían la misma clase de armadura que Swébende Gagel; solo que chapada en oro en lugar de latón; y blandían una lanza, que sostenían con una de sus patas delanteras, en lugar de una espada. Los dos dominaban sus alrededores con rostros henchidos de orgullo y llenos de seguridad en sí mismos por haber sido confiados aquella posición tan importante.

— ¡Alto! ¿Quién vive? —preguntó el unicornio gris, el de la izquierda, y bajó su arma para apuntar a los tres desconocidos.

Dawn Star y Nąȋenähz dieron un paso atrás, intimidadas por la firmeza del unicornio y el arma que empuñaba; pero Swébende Gagel se mantuvo impasible. Nunca había retrocedido ante un arma enemiga; y mucho menos ante un traidor cornudo.

— Swébende Gagel, cabo primero de los ejércitos de Cloudsdale, siervo de Su Majestad el rey de la Ciudad de Nubes —declaró con firmeza, cuadrándose en un saludo militar y mirando fijamente a los ojos del unicornio que lo había interpelado.

— ¿El rey de Cloudsdale? —respondió el unicornio blanco, a medias entre la sorpresa y la burla—. Llegáis con retraso. Once largos años ha ya que se encuentra vacío el trono de cúmulos.

— ¡Del rey de Cloudsdale o del pony que a nos los pegasos gobierne en el su lugar! —ladró Swébende Gagel, lanzándole una mirada asesina a los dos unicornios mientras echaba un casco a la empuñadura de su espada.

Los dos unicornios intercambiaron una mirada divertida. Ya habían visto aquella escena varias veces: un soldado pegaso que venía a ofrecer su lealtad a la primera reina de Equestria. Y nunca se cansaban de ver cómo mortificaba a aquellos brutos alados tener que tragarse hasta el último hilillo de su orgullo y aceptar como señora a aquella a quien pocos años antes calificaban de taimada traidora.

— Si venís para fazer juramento de fidelidad a Su Majestad Platino, reina de los Unicornios e séptima de aquel nombre, sois bien recibido en aqueste el su castillo. —Volvió la vista hacia las dos yeguas, que todavía no habían pronunciado ni una sola palabra—. E vos dos, ¿quiénes sois, e cuál es el vuestro negocio en aqueste palacio?

El miedo paralizó a Dawn Star durante unos segundos. No sabía cómo contestar aquella pregunta sin revelar su misión. Sabía que podía engañarle, pero necesitaba un tiempo que no tenía para inventarse una mentira convincente. Y si no decía nada, resultaría aún más sospechoso.

— Ella es Dawn Star —dijo Swébende Gagel— e es venida a aqueste palacio para aprender las artes de la magia de los grandes maestros de la vuestra raza.

Dawn Star puso la cara más convincente que pudo, y la adornó con una amplia sonrisa, antes de asentir con fuerza con la cabeza. Sin embargo, su falsa seguridad pronto se trocó en extrañeza cuando las sonoras carcajadas de los guardias llegaron a sus oídos.

— ¿Una yegua estudiando los secretos de la magia? —preguntó el guardia gris, limpiando una lágrima de su ojo con un hechizo; y exclamó con sorna—: ¿Non es acaso lo más divertido que las vuestras orejas han escuchado en mucho tiempo? ¡Suerte habréis si los magos del palacio se rebajan a permitir que cocinéis para ellos!

Swébende Gagel apretó los dientes con ira, y volvió a asir con fuerza la empuñadura de su espada, pero antes de que pudiera darle su merecido a aquellos deslenguados que osaban insultar a su superiora, Dawn Star dio un paso hacia adelante al tiempo que le hacía un gesto para que guardara el arma.

— ¿No es acaso una yegua la maga más poderosa de Equestria y el casco derecho de la reina Platino? —preguntó, encarándose con el unicornio que se había burlado de ella. Su cabeza retrocedió un centímetro, momento que aprovechó ella para avanzarlo y espetarle en la cara con una sonrisa de suficiencia—: Una yegua que no solo es mucho mejor maga que vosotros, sino que os vencería a vosotros dos y a cien unicornios como vosotros sin tener que esforzarse.

Swébende Gagel soltó una sonora carcajada, y Nąȋenähz lo acompañó con una sonrisa insegura, más por solidaridad con su compañero que porque realmente hubiera entendido lo ocurrido. Sin embargo, a los dos unicornios no les había hecho tanta gracia, a juzgar por sus rostros estupefactos y el rictus de ira en el rostro del unicornio blanco. Incapaz de contenerse más, bajó su lanza y la apuntó contra Dawn Star, que soltó un grito asustado y se quedó clavada en el sitio, incapaz de alejar sus ojos de la punta del arma, que relucía bajo la luz del sol.

— ¡Deslenguada! ¡Debería daros un escarmiento para que aprendáis qué lugar corresponde a una yegua!

Un desagradable chirrido metálico resonó por el aire; y antes de que ninguno de los ponis pudiera descubrir su origen, la punta de la espada de Swébende Gagel amenazaba la garganta del unicornio blanco.

—¡¿Osáis empuñar arma contra una yegua desarmada?! ¡¿Y vos os fazéis llamar guardia?!—bramó furibundo, fulminando al unicornio blanco con la mirada, como si quisiera matarlo solo con ella—. ¡Bajad el arma!

El guardia observó la afilada punta del arma, estupefacto y rabioso porque un pegaso se atreviera a amenazar de aquella manera a un unicornio. Levantó cabeza hasta que su mirada se cruzó con la del pegaso gris; y, con el rostro contraído en un gesto de desafío, negó con la cabeza.

— ¡He dicho que bajéis el arma!

El unicornio blanco todavía se resistía a darse por vencido, pero el rostro amenazador de Nąȋenähz, con los ojos entrecerrados y sus afilados colmillos apuntando hacia él, y un tirón mágico del mango de la lanza por parte de su compañero, terminaron por convencerlo. Apretó los dientes, le lanzó una última mirada furiosa a Dawn Star, y volvió a colocar su pata delantera derecha alrededor del astil.

— ¿E la murciégalo? —preguntó el guardia gris, con un ojo en ella y el otro vigilando al guerrero pegaso—. ¿Por qué es venida aquí?

Alarmada, Dawn Star se dio la vuelta, y tuvo que morderse la lengua para no soltar un chillido cuando vio a Nąȋenähz avanzar sobre la hierba, iracunda, enseñando los colmillos y con los dientes apretados. Después de haber contemplado su exabrupto en el despacho de Time Keeper, sabía que Nąȋenähz trataría de vengar la afrenta golpeando a los guardias. Y seguro que los unicornios no dudarían en alancearla como respuesta.

Su cuerno se iluminó, y poco después unas brillantes cuerdas mágicas, las mismas que Comet Nova y ella habían utilizado para inmovilizar a la thestral en el Ministerio, aparecieron alrededor de sus extremidades; anudándose en apretados lazos que le impedían mover las pezuñas. Sin embargo, Nąȋenähz no le dio ninguna importancia a aquel inconveniente, y simplemente continuó su camino desplazándose mediante pequeños saltos, semejantes a los de los gorriones.

— ¡¿Osáis insultar a Su Alteza Real Nayenets, princesa de los thestrales?! —gritó Swébende Gagel, fingiendo indignación y amenazando la garganta del unicornio gris, mientras Dawn Star trataba de calmar a la furiosa thestral.

Dawn Star se volvió hacia el pegaso, estupefacta y con la boca abierta de par en par. Sobresaltada, comenzó a hacerle gestos a Swébende Gagel para que se callara, pero él no los vio, concentrado como estaba en su discusión con los dos unicornios.

— ¿Princesa de los test… cualquiera que sea el su nombre? —replicó el unicornio gris—. Jamás oí hablar d'aquesa raza. —Echó una mirada a su alrededor, sobre la eterna explanada de hierba que rodeaba el castillo, completamente desierta— ¿E dó es el su séquito, si es princesa?

Los ojos de Swébende Gagel se abrieron casi imperceptiblemente, y sus pupilas se redujeron. Quiso golpearse con el casco, pero tuvo que conformarse con morderse la lengua para no descubrir su engaño.

— Su séquito son seis nobles thestrales de la guardia de su padre, los mejores de entre todos ellos —respondió Dawn Star. Swébende Gagel le lanzó una mirada de agradecimiento, a la que ella respondió con una severa mirada de desaprobación por haberla obligado a seguir con aquella mentira.

— ¿E dó son aquesos guardias que la guardan? —preguntó el guardia blanco en tono de burla—. ¿Son acaso tan cobardes que son desertados del su puesto e han abandonado a la su princesa?

— Es experta la raza thestral en sigilo e mortales emboscadas —respondió Swébende Gagel con toda la seriedad que pudo reunir—. Si tan solo osareis apuntarla con las vuestras lanzas, al punto fuerais por ellos muertos por las sus armas.

Los dos guardias cruzaron una mirada incrédula, tratando sin duda de decidir si creer lo que les había dicho el pegaso. Cierto era que no veían a nadie más que a ellos tres, pero si era verdad que eran tan buenos ocultándose, su existencia ya no parecía tan imposible.

Mientras los dos unicornios vacilaban, Nąȋenähz, a la que Dawn Star ya había liberado del hechizo, comenzó a caminar hacia ellos. Su rostro mostraba una expresión gravemente ofendida, pero bajo ella latía el nerviosismo. La unicornio parda había tratado de explicarle la situación con los guardias, y de ello había logrado comprender que los guardias creían que era una princesa. Pero ahora ella debía convencerlos de que era cierto; y no estaba segura de si sabría hacer su papel de tal forma que los convenciera.

— Yo soy princesa Nąȋenähz, fija de rey Nąȋedȋagęr përstëi de thȅstotralës —declaró con fuerza cuando llegó a su altura, mirando con firmeza al frente y con el casco derecho sobre su corazón, tal como hacía el líder de su colonia cuando daba algún anuncio que concernía al futuro de la colonia—. Yo soy embajada de padre mío. Rey Nąȋedȋagęr përstëi desea guera no con reina Ekuestriainï. Rey Nąȋedȋagęr përstëi desea pats con reina Ekuestriainï.

Los guardias escucharon impasibles su presentación, incluso su forzado chapurreo, por si acaso la princesa se ofendía con ellas. Sin embargo, sus palabras acerca del rey thestral los intranquilizaban sobremanera, a pesar de las promesas de paz que su hija les traía. La recién fundada Equestria todavía era un Estado pequeño y muy débil, que de ninguna manera podía permitirse una guerra si deseaba sobrevivir.

Ambos unicornios permanecieron en silencio durante dos segundos, durante los cuales el miedo anidó en el vientre de Nąȋenähz. Un sudor frío bajó lentamente por su frente. ¿Habían creído su actuación? ¿Había sido lo suficientemente buena como para convencerlos?

Finalmente, los dos unicornios bajaron sus armas e hicieron una reverencia ante la thestral, que enrojeció mientras los miraba con curiosidad ¿Aquel era el trato que se daba a la realeza en Equestria? Sonrió, y rio brevemente. Desde luego, podría acostumbrarse a esto.

— Alteza, os ofrecemos las nuestras más sinceras disculpas por el nuestro vergonzoso comportamiento —dijo el unicornio gris, postrado delante de ella, y con la frente tocando la fría hierba—. Os ruego permitáis os conduzcamos ante nuestra reina Platino VII de los unicornios y I de Equestria, fundadora de Equestria, vencedora de los Windigos e señora de la magia.

Nąȋenähz no pudo reprimir un suspiro de alivio, que afortunadamente no vieron los guardias, y recobró enseguida su pose regia.

— Yo atsepto. Llevad mí a reina Ekuestriainï.

— Se fará como vos deseéis, Alteza —respondió el guardia gris, cuadrándose en un saludo militar. Volvió la vista hacia su compañero, que seguía arrodillado ante la thestral, y pidió en tono humilde—: Su Alteza, solicito permitáis al mi compañero quedarse aquí e guardar las puertas del castillo.

Nąȋenähz la cabeza hacia el caballo con expresión interrogante, tratando de comprender sus palabras. Al verla vacilar, Dawn Star se acercó para explicarle la petición del unicornio, pero en cuanto dio el primer paso Nąȋenähz le hizo un gesto para que se detuviera.

— Yo atsepto —repitió. Solamente había comprendido las palabras "compañero", "guardar", "puertas" y "castillo", pero confiaba en no equivocarse mucho—. Compañero guarda puertas. Llevad mí ante reina Ekuestriainï.

— Faráse como ordenéis, Alteza —respondió el guardia gris—. Suplicoos hayáis la bondad de seguirme.

Al verla asentir, el caballo emprendió el camino hacia la torre del homenaje, situada en el centro del castillo, a apenas cuarenta metros de las puertas. Llevaba la cabeza erguida, la lanza asida con fuerza y el rostro henchido de orgullo. Tras él, caminaba Nąȋenähz, seguida por Dawn Star y Swébende Gagel. Él, escrutando con dedicación las murallas del castillo, la torre del homenaje, el patio de armas, las armas de los soldados unicornios que la guardaban, tratando de hacerse una idea de cómo era el recién creado ejército equestriano, qué armas poseía y cómo podría defenderse en caso de ataque. Ella, mirando con nerviosismo el imponente torreón de madera que presidía la colina. No podía dejar de pensar en el poni al que perseguían. Habían supuesto que iría a cambiar el pasado de Equestria, y la primera residencia de la realeza equestriana era el mejor lugar para hacerlo. Pero ¿y si al final no estaba en el castillo? ¿Y si se habían equivocado y estaba a decenas de kilómetros de allí, sin nadie que le impidiera poner en marcha su malvado plan?

— ¡Alto! ¿Quién vive? —preguntaron los guardias de la torre del homenaje, dos unicornios, de pelaje azul turquesa y ocre, cruzando sus lanzas delante de la puerta. Estaban cubiertos por la misma armadura y armados con las mismas armas que los del exterior del castillo. La diferencia entre ambos era que los guardias de la torre eran más altos e imponentes, y sus músculos estaban más desarrollados.

— Su Alteza Real la princesa Nayenets de los thestrales, embajada del su padre e el su reino ante la nuestra reina, para tratar paz entrambos —anunció el guardia gris, y señaló a la thestral con su pata delantera derecha.

— ¿Embajada del reino thestral? —repitió el caballo ocre, mirando a Nąȋenähz con reticencia, especialmente sus alas de murciélago y sus largos y afilados colmillos. Jamás había oído hablar de aquel reino ni de aquella raza; aunque, teniendo en cuenta que Equestria apenas había existido durante tres años, era enteramente posible que no los hubiesen encontrado hasta entonces—. ¿E dó es el su séquito? ¿Acaso son aquesta unicornio e aqueste pegaso?

— Afirma el su compañero soldado que acompáñanla seis de los más nobles e mejores guardias del su padre, maestros de la sombra e la emboscada, e que siempre están ojo avizor sobre ella.

Los guardias de la torre examinaron a la thestral con suspicacia durante algunos segundos más, a lo que ella respondió con una postura digna y una mirada severa, aparentando sentirse terriblemente ofendida por que aquellos villanos osaran dudar de su nobleza y majestad.

— Alteza, bienvenida seáis al palacio de la reina Platino VII de los unicornios y I de Equestria, fundadora de Equestria, vencedora de los Windigos e señora de la magia —declararon ambos guardias al unísono, enderezando sus lanzas para dejar la puerta libre—. Seréis anunciada a la reina, e muy pronto se dignará ella a recibiros. —El unicornio turquesa volvió la vista hacia Dawn Star y Swébende Gagel, frunció el ceño, e inquirió con brusquedad—: ¿E aquestos dos? ¿Forman parte también del su séquito?

— Non —respondió con presteza Swébende Gagel, y llevó su casco hasta su frente en un saludo militar—. Swébende Gagel, cabo primero de los ejércitos de Cloudsdale. Soy venido a aqueste palacio para… —rechinó los dientes con asco, y repitió varias veces para sí mismo que era por el bien de su misión antes de humillarse ante los unicornios—: rendir lealtad a Su Majestad Platino I, reina de Equestria.

Los tres unicornios sonrieron con sorna, pero sus rostros volvieron a la seriedad en cuanto Swébende Gagel echó un casco a su espada con una mirada de odio. El guardia ocre apuntó a Dawn Star, y preguntó:

— ¿E vos? ¿Cuál es el vuestro nombre, e cuál propósito habéis para solicitar audiencia con Su Majestad Platino VII de los unicornios e I de Equestria, fundadora de Equestria, vencedora de los Windigos e señora de la magia?

Dawn Star tragó saliva, y apartó la mirada del unicornio y su lanza.

— Soy Dawn Star, y no demando audiencia con la reina. He venido a este castillo para iniciarme en los secretos de la magia bajo la maga Clover la Inteligente, aquella a quien llaman la mejor maga del país, discípula y sucesora de Starswirl el Barbudo, llamado pináculo de la magia y rey de los hechizos.

Una vez la última palabra hubo salido de su boca, Dawn Star tragó saliva, y se preparó mentalmente para el coro de carcajadas con el que le responderían los unicornios. Pero, sorprendentemente, no escuchó ninguna. Sin embargo embargo, tampoco tenía motivos para alegrarse, pues en los rostros de los guardias habían aparecido dos sonrisas burlonas.

— Yeguas —dijo el de la izquierda, intentando contener la risa—. Una encantadora excepcional es nombrada consejera real, e de repente piensan todas que pueden facer lo mismo que los caballos. —Ladeó la cabeza, bajó la lanza y le preguntó a Dawn Star—: ¿E el vuestro marido permitido os ha facer tan largo viaje? ¿O acaso sois dél fuida?

Cada burla de los unicornios se clavaba con fuerza en el pecho de la unicornio, que se forzó a respirar profundamente e ignorarlas. Malditos machistas. Si les enseñara toda la magia que conocía, seguro que no se reían tanto.

— Mi padre me lo ha permitido —respondió. Él había firmado sus matrículas en la Academia de Unicornios Dotados hasta que ella había cumplido los dieciocho, así que realmente no mentía—. Todavía no estoy casada.

Ni esperaba estarlo en mucho tiempo. Pero eso mejor no se lo decía.

— E con razón —saltó su compañero, el de color ocre—. ¿Qué caballo desearía casar con yegua que desea facerse hechicera en lugar de cuidar de la casa e los potros? —Bufó con sorna, y le hizo un gesto a su compañero para que subiera su arma—. Seréis anunciada ante ella, aunque solo sea para que seáis rechazada e olvidéis aquestas majaderías.

Una vez más, la unicornio parda estuvo tentada de desatar toda su magia para darles una buena lección, pero se contuvo. Ya le habían permitido pasar, y no tenía ninguna intención de estropearlo. Asintió casi imperceptiblemente, y les dedicó una mirada gélida a los dos unicornios, que no parecieron captarla.

Los dos guardias hicieron un saludo militar a Nąȋenähz, y sus cuernos se iluminaron con sus auras mágicas. Chirriando con estrépito, la puerta giró pesadamente sobre sus goznes; dejando a la vista el interior de la torre.

Tal y como había ocurrido con la alarma en el despacho de Time Keeper, Nąȋenähz soltó un agudo chillido en cuanto aquel espantoso ruido alcanzó sus tímpanos. Sin embargo, logró dominarse antes de tirarse al suelo, y se limitó a inclinar el tronco hacia delante para taparse las orejas con sus cascos. Arrojarse al suelo y mecerse en posición fetal hasta que aquel espantoso chirrido se hubiera disipado hubiera sido una acción en extremo indigno de una princesa de los thestrales.

— El oído de su raza es muy fino, y los sonidos fuertes les hacen daño —explicó Dawn Star en un intento de disculparla ante los sorprendidos ojos de los guardias, elevando su tono de voz lo suficiente como para sobreponerse al ruido de la puerta al abrirse.

Finalmente, el silencio volvió a la cima de la colina, y la thestral pudo al fin destaparse los oídos y mirar al frente. Todavía podía escuchar un molesto pitido agudo. Sabía que desaparecería con el tiempo, pero no pudo evitar sacudir la cabeza con fuerza en un intento de librarse de él. Dawn Star le preguntó con la mirada si ya estaba bien, y ella afirmó con la cabeza.

Cuando los ojos de los tres ponis contemplaron al fin lo que había al otro lado de la puerta, la decepción se apoderó de los rostros de Dawn Star y Swébende Gagel. En su imaginación, tras ella se hallaría un gran salón ricamente decorado con tapices, tallas, y otros objetos de arte de gran valor; y al fondo de la cual estaría el trono de Platino I la Magnífica, tallado en maderas nobles y recubierto de pan de oro. Sobre él, se sentaría la misma reina, vestida con una capa regia incrustada de joyas, y sobre cuya cabeza descansaría una preciosa corona de oro macizo, colmada hasta los topes de diamantes, rubíes, zafiros y otras piedras preciosas.

Sin embargo, lo que en realidad había tras la puerta era una gran estancia prácticamente vacía. Tan solo había un suelo de madera de roble, una pared del mismo material a unos tres metros con un portón en su centro, una escalera de caracol que comunicaba con los pisos superiores de la torre en la pared izquierda, y una armería con unas cuantas lanzas sobre la pared derecha, a medio camino entre la puerta y la pared del fondo.

— Los aposentos de Su Majestad Platino VII de los unicornios e I de Equestria, fundadora de Equestria, vencedora de los Windigos e señora de la magia, fállanse en lo más alto de la torre, Alteza Nayenets. Os rogamos hayáis a bien rebajaros a permitir que sea el vuestro guía —dijo el guardia gris, girándose hacia la thestral.

— Yo atsepto —repitió ella por tercera vez, provocando un ligero gesto de extrañeza en el rostro del caballo—. Llevad mí ante reina Equestrainï.

Obedeciendo su orden, el guardia gris caminó hasta el pie de la escalera, sostuvo su lanza con magia, y comenzó a subir los escalones uno por uno, a un ritmo no excesivamente rápido. Sin dudarlo, los tres ponis lo siguieron. A pesar de que eran nuevos, los escalones de la torre rechinaban al pisar sobre ellos, produciendo un desagradable chirrido que golpeaba sin piedad los oídos de la thestral.

El ascenso duró unos tres minutos y seis pisos. Cuando al fin llegaron a la cima, se encontraron enfrente de una pared de madera, idéntica a la de la entrada de la torre, en cuyo centro se abría un gran portón de madera artísticamente tallada con intrincados motivos vegetales y de gemas que se entrelazaban entre sí. Todos ellos rodeaban el escudo de armas de la reina, más rico y prolijo que el resto. La corona real estaba recubierta de pan de oro, algunas figuras con pan de plata, y los restantes elementos pintados con esmaltes de brillantes colores.

Swébende Gagel y Nąȋenähz se colocaron enfrente de ella, impacientes por entrar, con la punta de sus morros a apenas unos centímetros de la madera. Dawn Star, por su parte, se había quedado en el tope de la escalera, masajeándose los músculos doloridos y jadeando para recuperar el aliento.

Definitivamente, tenía que ponerse en forma.

Dando un golpe con su casco en el suelo, el guardia gris se dio la vuelta para quedar frente a frente con quien él creía princesa de los thestrales. Se cuadró de nuevo, se inclinó respetuosamente y anunció:

— Alteza, os ruego hayáis el honor de esperar aquí. Al punto os anunciaré ante Su Majestad Platino VII de los unicornios e I de Equestria, fundadora de Equestria, vencedora de los Windigos e señora de la magia, e ella se dignará a recibiros para tratar paz entrambos reinos.

— Yo atsepto —repitió Nąȋenähz, y se sentó en el suelo, delante de la puerta.

El guardia unicornio frunció el ceño, pero se limitó a golpear la puerta con su casco sin pronunciar una palabra. Había algo que no le gustaba en las respuestas que recibía. La princesa thestral había repetido cuatro veces la misma frase, una por cada sugerencia o petición que le habían presentado. Parecía no saber decir otra frase. ¿Acaso no conocía el equestriano? Pero si no podía hablar su idioma, ¿cómo pretendía discutir un tratado de paz entre los reinos con su reina?

De repente, un débil sonido que a Nąȋenähz le recordó al crujir de una rama seca se filtró a través de la puerta. Como si tuvieran un resorte en el cuello, los tres ponis volvieron la cabeza en la misma dirección, expectantes.

— ¿Quién va? —preguntó una voz femenina desde el salón del trono. Sonaba joven y llena de sensualidad, como si tratara de seducir y atraer a su lado a todo aquel que la oyera; pero al mismo tiempo se podían percibir en ella retazos de terrible la severidad de alguien que se sabe en posesión del poder y que no dudará en destruir a aquel que se lo discuta—. ¿Quién solicita audiencia con nos, Platino VII de los unicornios e I de Equestria, fundadora de Equestria, vencedora de los Windigos e señora de la magia?

Sin perder un segundo, el guardia gris se arrojó al suelo e hizo una reverencia, tocando la rente con el suelo, y urgió al resto a que hiciera lo mismo. Las dos yeguas imitaron velozmente su gesto, pero Swébende Gagel se plantó orgullosamente sobre sus pezuñas, con rostro abiertamente desafiante. No pensaba hacerlo. Le daba igual lo que dijera aquella reina de pacotilla. Nunca, jamás en la vida, se humillaría voluntariamente ante una unicornio traidora. Y mucho menos ante su reina.

La magia de Dawn Star le dio un fuerte tirón a su pata trasera izquierda, y el pegaso se inclinó a la velocidad del rayo. Aquella acción tan humillante y servil le daba arcadas, pero era una orden superior. Y ante ella nada podía hacer.

— Su Alteza Real la princesa Nayenets de los thestrales, embajadora del su padre el rey de los thestrales, e que es venida para tratar paz entrambos reinos —recitó el unicornio gris en tono humilde y servil, sin atreverse a levantar la cabeza ni un solo milímetro del suelo—; e el guerrero pegaso Swébende Gagel, quien es venido para juraros lealtad e entrar a servirvos. También es venida la unicornio… —Dawn Star repitió su nombre, y el guardia lo repitió—: a fin d'estudiar las magias cabe la unicornio Clover, quien es honrada con el título de la Inteligente.

La reina Platino entrecerró los ojos durante un segundo, pensativa. Un guerrero pegaso, una unicornio y una princesa thestral. Una combinación sin lugar a dudas curiosa. Y una que sabía que nunca ocurriría, a no ser que…

Con gesto ágil y grácil, la reina de Equestria bajó de su trono, y se posó sobre el suelo con un suave ruido de pisada. A su lado, Clover la Inteligente contempló a su reina con asombro. Jamás la había visto rebajarse a bajarse de su trono para recibir a aquellos que demandaban audiencia con ella. Consideraba ponerse al nivel de los nobles y plebeyos de su reino como una terrible e imperdonable afrenta a su condición real.

¡Facedlos pasar! —vociferó en la voz real, zalamera y con una sonrisa tan falsa como una moneda de tres bits con cuarenta y un céntimos cruzando su rostro de oreja a oreja—. ¡Nos concedémosles el sin par privilegio de ser recibidos por Nos en Real Audiencia!

El guardia gris dejó escapar un suspiro cargado de alivio. Desde dentro, la puerta del salón del trono se abrió, girando sobre sus goznes sin hacer ruido, impulsada por la magia verde veronés de la reina. Sin perder un solo segundo, el caballo se irguió sobre sus cuatro patas y le hizo un gesto a los otros tres para que se levantaran del suelo. Cuando lo hicieron, sus ojos pudieron contemplar al fin el salón del trono del Palacio de Madera.

El salón del trono no se parecía en nada a lo que habían imaginado Nąȋenähz y Swébende Gagel. No era similar a la cabaña del jefe de una colonia thestral, oscura y con huesos de grifo y trofeos de caza adornando las paredes. Y, por supuesto, no era ninguna sala negra, cubierta de arcanos pergaminos y símbolos rituales en la que la reina llevaba a cabo ocultos hechizos y conjuraciones de la magia más oscura.

No, el salón del trono era una amplia sala de paredes de y suelo de madera, decorada tan ricamente y con un estilo tan magnífico que ninguno de los tres había visto jamás algo semejante. Grandes tapices de lana recubrían las paredes, mostrando al mismo tiempo las victorias y glorias de la reina Platino y sus ancestros. Una enorme lámpara de araña, fabricada en oro y cristal de roca, colgaba del techo, alumbrando la estancia con la luz de más de cincuenta velas. En el suelo, una estrecha alfombra roja de lana se extendía sobre el suelo de caoba, entre la puerta y el trono de la reina.

Este último era una gran silla de madera dorada e incrustada de joyas, con respaldo y asiento de terciopelo de color púrpura, con el escudo real bordado en oro, plata e hilos de colores. Estaba situado al final de la sala, sobre un escalón de unos diez centímetros de altura en el extremo opuesto de la sala, justo delante de un tapiz que representaba la coronación del primer rey de la dinastía de la reina. Tallada en lo más alto del respaldo, podía verse la cabeza de un unicornio, y dos enormes diamantes estaban incrustados en sus brazos.

Delante del escalón, dos unicornios esperaban de pie. La de la izquierda era algo más baja, tenía pelaje lila y crin negra, y vestía una áspera capa de esparto y una capucha del mismo material. Miraba a los recién llegados con curiosidad. La de la derecha era más alta, vestía un rico manto de seda teñido de púrpura sobre su pelaje gris; y una artística corona cerrada de oro, soberbiamente decorada con grandes y brillantes gemas de todas las clases y colores imaginables, descansaba sobre los rizos lilas de su crin. Su rostro lucía una sonrisa llena de soberbia, y sus brillantes ojos verde veronés observaban a los tres ponis con altivez y desprecio.

La poni de la izquierda era la famosa maga Clover la Inteligente. La de la derecha era la reina Platino VII de los unicornios y I de Equestria, una de los seis fundadores de Equestria y primera reina del país.


— ¿Crees que estarán bien? —preguntó Comet Nova, mientras observaba con preocupación el mapa bordado sobre el tapiz.

Time Keeper, ministro del tiempo, se quitó las gafas con su magia y se dio la vuelta en su silla. Observó con atención el tapiz mágico, y luego le dijo a su subordinada:

—Seguro que sí. Si hubieran tenido algún problema, estoy seguro de que se hubieran comunicado con nosotros.

La unicornio lo miró con el rabillo del ojo, como si dudara de él; pero enseguida suspiró y devolvió la mirada al mapa.

— Supongo que tienes razón. —Dejó pasar unos segundos de silencio, y se volvió hacia el ministro—. Tenemos que discutir la situación de Nayenaets.

— ¿La situación de Nayenaets? —repitió él, extrañado. Su cuerno brilló, y sus gafas flotaron por el aire hasta colocarse encima de su hocico—. ¿Qué hay que discutir sobre su situación?

— Si la consideramos como refugiada o no, Keeper. —Suspiró, negó con la cabeza, y murmuró—: No creo que devolverla a su época sea una buena idea.

— ¿Y por qué no iba a serlo? —preguntó el ministro, inclinando la cabeza a un lado.

Comet Nova alzó una ceja, y dejó escapar un nuevo suspiro. Ya le había explicado un par de veces la situación en que se encontraba la thestral. ¿Acaso no la había escuchado?

— Si la devolvemos, su tío la mata —respondió con suavidad, y negó con la cabeza—. A su hijo, el primo de Nayenaets —precisó— le pegó una paliza por no haberla atrapado. Si la pilla a ella, que además de negarse a casarse con él, la humilló escapándose en sus narices…

Los ojos de Time Keeper se abrieron, pero el viejo unicornio no dijo nada. Apoyó la barbilla sobre un casco, pensativo, y al cabo de unos segundos propuso:

— Podríamos mandarla a vivir a otra colonia. Estaría a salvo de…

— No funcionaría —le interrumpió Comet Nova, levantando una pata en el aire—. La sociedad thestral tiene una organización muy rígida. Una colonia no acepta como miembros a los que no hayan nacido en ella. Incluso si consiguiéramos que no la mataran, nunca pasaría de ser una marginada social.

Time Keeper resopló, y giró la cabeza hacia su segunda.

—¿Y qué hay de refugiarla en otra ciudad lejos de Fillydelphia? En Canterlot, o en Vanhoofer.

Comet Nova ponderó su sugerencia durante unos segundos, y volvió a sacudir la cabeza negativamente.

— Podríamos, pero no me gusta esa idea. Cualquiera sabe cómo reaccionaría un equestriano del siglo VII frente a un thestral. Con esos colmillos y esas alas, podrían tomarla por un monstruo equinófago y lincharla.

EL ministro miró a la unicornio con escepticismo, pero finalmente terminó por concederle la razón. Había habido algunos ataques racistas y una desconfianza generalizada contra la raza thestral cinco años antes, cuando reapareció tras la vuelta de la princesa Luna; en la Equestria pacífica y armoniosa del siglo XXIII. Mil seiscientos años antes, cuando el racismo y la desconfianza entre las tres tribus todavía eran frecuentes, probablemente hubieran sido ahorcados o quemados vivos.

Time Keeper volvió a darse la vuelta en su silla, para quedar frente a su mesa de despacho. Se quitó las gafas, tamborileó con los cascos sobre la madera, y finalmente dijo:

— Le pasamos el caso a Celestia, y que ella decida.

Comet Nova frunció ligeramente el ceño. No creía que la princesa se negara a concederle a Nąȋenähz la condición de refugiada, pero era un proceso más largo que si ellos mismos se la concedían; y prefería tenerla asegurada.

— De acuerdo —asintió. Su aura mágica cubrió el tirador de uno de los cajones de la mesa del Ministro, y tiró de él para descubrir folios en blanco y útiles de escritura—. No perdamos tiempo, entonces. —Le lanzó una mirada seria al caballo, y añadió—: Vía urgente, supongo.

Time Keeper asintió, y teletransportó encima de su mesa una hoja de papel, un tintero y una pluma larga y gris. Sujetó la pluma con su magia, la mojó en el tintero, y comenzó a escribir una nota dirigida a la princesa.

— Solo te falta un dragón y unas alas para ser Twilight Sparkle —bromeó Comet Nova, y rio, olvidando por un momento su preocupación por Nąȋenähz.

Time Keeper sonrió, y giró la cabeza para decirle algo, pero antes de que pudiera hacerlo, la alarma saltó.

La luz roja inundó el despacho, y el agudo aullido de la alarma comenzó a martillear en sus oídos. Estupefacto, levantó la mirada de su carta, solo para encontrarse con el rostro igualmente pasmado de Comet Nova.

Aquello no estaba pasando. Aquello no tenía que estar pasando.

Con el corazón latiendo a mil por hora, los dos volvieron la vista hacia el mapa mágico. El lugar. La fecha. Cualquiera menos…

Time Keeper soltó un gruñido de disgusto, y Comet Nova estampó un casco en el suelo.

23 de febrero, año 4.

El ministro y su segunda intercambiaron otra mirada, esta vez de preocupación. No podía ser. No podía estar pasando.

— Hay que abortar la misión —dijo Time Keeper, saltando de su silla. Caminó hacia el mapa, y cuando estuvo delante pegó un fuerte pisotón en el suelo—. Hay que avisar a Minuette. Hay que abortar la misión.

Comet Nova no respondió. Miraba el mapa con intensidad, con los ojos clavados en el cartel mágico de la fecha y el punto de Equestria en el que aparecía. 23 de febrero del año 4. A apenas quinientos metros del Palacio de Madera.

No podía ser casualidad.

— Voy con ellos —dijo, resuelta.

Time Keeper pegó otro pisotón en el suelo, y giró para mirar a su subordinada.

— El Viajero —escupió—. Esto no puede ser casualidad. En medio de una misión, aparece… No puede ser casualidad.

Comet Nova negó con la cabeza, y volvió a fijar su vista en el mapa. Por mucho que deseara estar equivocada, no podía negar lo evidente. Se trataba de El Viajero.

Pero aun así… Aparecer precisamente en la primera misión de los nuevos agentes, y para más inri a menos de un kilómetro de donde se encontraban… Era extremadamente sospechoso. Como si ya hubiera sabido lo que iba a ocurrir, y se hubiera limitado a esperar a que llegaran para aparecer.

Y por si aparecer en plena misión y amenazar a sus agentes no fuera lo suficientemente malo, sus implicaciones eran peores. No solo quería decir que El Viajero conocía la existencia del Ministerio, sino también que tenía acceso a sus misiones y a sus informaciones secretas.

Y eso era algo que no se podía permitir.

— Voy con ellos —repitió, y comenzó a cargar magia en su cuerno—. Tengo que asegurarme de que estén bien. Mándale un mensaje a Minuette diciéndole que abortamos la misión.

Por un momento, Time Keeper miró a Comet Nova con sorpresa. Él era el ministro. Él era el que daba las órdenes, no ella. La conocía desde hacía años, y sabía que se preocupaba de todos los agentes como si fueran sus propios hijos; pero eso no le daba derecho a romper la cadena de mando. Él era el ministro, y él daba las órdenes. Confiaba casi hasta la muerte en Comet Nova, pero no iba a tolerar que de repente se pusiera a darle órdenes como si estuviera por encima de él.

—No —replicó autoritariamente, y no sin cierta irritación en la voz—. Soy yo el que te envía al año 4. Tu misión es prestar asistencia a Dawn Star y sus compañeros, asegurar su seguridad y detener al Viajero. Yo coordinaré y comandaré la operación desde aquí. —Miró a Comet Nova a los ojos con intensidad, y le ordenó—: Atrapa a ese condenado pony.

La unicornio asintió, y tragó saliva.

— Volveré con él —afirmó con confianza.

En silencio, Time Keeper contempló cómo la luz que manaba del cuerno de la unicornio se extendía hasta cubrir todo su cuerpo, mezclándose con la luz roja de la alarma para teñir las paredes de un curioso tono púrpura. Cuando la luz se disipó, solo el ministro permanecía en su habitación, rodeado por la luz roja y el repetitivo sonido de la alarma.

Lanzó una última mirada al mapa del tapiz, en el que ahora aparecían dos carteles, y se sentó en su mesa a escribir.