— ¡Bienvenidos seáis al nuestro humilde palacio, nobles visitantes! —los saludó la reina, con la voz real de Canterlot a todo volumen, una expresión de falsa humildad y una amplia sonrisa en su rostro—. ¡Sois sines dubda viajados gran distancia e viaje fasta llegar a los mis aposentos! ¡Pasad! ¡Pasad e contadnos qué grandes cuitas hanvos impulsado a dejar atrás moradas e faciendas para buscar refugio cabe la vuestra reina!

El efecto de aquellos berridos a todo volumen fue inmediato. Dawn Star se echó al suelo y se tapó las orejas con presteza, y Nąȋenähz se retorcía de dolor por el suelo, castigada por la fuerza de los gritos de la reina. Dawn Star la miró por el rabillo del ojo, e hizo una mueca de desagrado. Si ya había sido horrible para ella, para su compañera aquellos berridos debían haber supuesto una auténtica tortura.

La unicornio agradeció profundamente los breves instantes de calma que le daba la reina después de semejantes gritos. Ahora comprendía de dónde había salido la voz real de Canterlot que había usado la princesa Luna en los primeros discursos después de su regreso.

— Vuestra Altetsa real Platino I —trató de comenzar Nąȋenähz, temblorosa y sin atreverse a alzar la mirada del suelo de madera. Los oídos aún le dolían, pero no hizo ningún intento por aliviar el dolor.

¡Aguardad un instante, nuestra augusta invitada! —ordenó la reina, lanzándole una mirada autoritaria a la thestral, que se encogió en el suelo. Después, se volvió hacia el guardia unicornio, que había aguantado estoicamente y en posición de firmes el griterío, con su lanza bien asida en su pata—. ¡Dejadnos a solas con los nuestros invitados! ¡Solo adecuada para oídos reales es la conversación qu'hemos d'haber!

— Mas Majestad, la vuestra seguridad… —intentó protestar el unicornio.

— ¡¿Osas desobedecer una orden de la tu reina?! —bramó ella, enfurecida—. ¡Sal d'aquesta torre antes de que ordenemos que seas fervido en aceite!

El unicornio palideció, y salió corriendo a toda velocidad para no seguir provocando la ira de su reina. El ruido de pezuñas bajando por una escalera resonó por la sala del trono, al que siguió un fuerte grito de pánico y un fuerte golpe. Swébende Gagel y Dawn Star intercambiaron una mirada de sorpresa, y preocupación en el caso de la unicornio. Esperaba que no se hubiera roto una pata. Si no, su carrera en la guardia podía haberse acabado.

— ¡Nuestra fiel maga Clover, id a comprobar el estado del nuestro guardia! —vociferó la reina, haciendo que Nąȋenähz se encogiera una vez más en el suelo, dolorida.

Clover elevó el hombro izquierdo, antes de teletransportarse al piso inferior. Normalmente, la reina se hubiera limitado a dejar allí a su guardia hasta que lo encontraran como castigo por su incompetencia. Se notaba que le interesaba dar una buena imagen ante los recién llegados.

Platino VII de los unicornios y I de Equestria hizo un mohín, se colocó la crin bajo la corona y volvió la cabeza hacia los recién llegados. Cerró la puerta tras ellos con un hechizo, y sonrió con superioridad.

Cuando abrió la boca para hablar, Nąȋenähz se echó de nuevo al suelo, temerosa de las voces de la reina. Sin embargo, cuando habló, lo hizo a un volumen completamente normal, más que aceptable para sus castigados oídos.

— Nos, Platino VII de los unicornios e I de Equestria, fundadora de Equestria, vencedora de los Windigos e señora de la magia, os damos la bienvenida al nuestro humilde palacio a vos, visitantes venidos de lejanos tiempos para parlamentar con nos.

Las facciones de Dawn Star y Swébende Gagel se transmutaron en un gesto de asombro, y Nąȋenähz los observó, inquieta. ¿Ella sabía quiénes eran? ¿Pero cómo…?

— Nos fuimos advertidas por Time Keeper, ministro del tiempo de la Corona de Equestria, de la vuestra llegada. Nos sabemos quiénes sois, e las razones por cuales sois al nuestro palacio venidos.

Dawn Star retrocedió un paso, perpleja. Lentamente, levantó su cuerpo del suelo, y se atrevió a preguntar:

— Su Majestad, ¿vos conocíais…?

—Por supuesto que nos conocemos la existencia del Ministerio del Tiempo —replicó la reina, con el ceño fruncido—. E nos conocemos también que un poni es viajado fasta los nuestros días, e fallado ha de ser.

La unicornio consideró la situación durante dos segundos, y al final se encogió de hombros. No había esperado aquello, pero desde luego le ahorraba un montón de explicaciones incómodas.

— Su majestad, vos conocéis nuestra misión —dijo, y tragó saliva—. Pensamos que el poni al que buscamos se encuentra dentro de este palacio.

La expresión de la reina se trocó en asustada durante un segundo, para enseguida pasar a preocupada. Swébende Gagel y Nąȋenähz se levantaron del suelo. El primero miraba a la reina expectante y con rostro antipático, esperando su orden; la segunda, con inquietud, vigilando las facciones de la unicornio por si acaso se le ocurría empezar a gritar otra vez.

— ¿Dentro d'aqueste el nuestro palacio? —replicó la reina, escandalizada. Levantó una pata acusadoramente contra Dawn Star, y chilló—: ¡¿Osáis llamar inútiles a los nuestros guardias?!

Dawn Star se encogió al escuchar el grito, e hiperventiló durante un instante ante de volver a dirigirse a Platino I. Sin embargo, antes de que pudiera abrir la boca, Swébende Gagel se le adelantó.

— Permiso para hablar, mi superiora —pidió Swébende Gagel, ignorando por completo a la reina; y la unicornio parda asintió—: Su Majestad, non es intención nuestra acusar a los nobles unicornios de la vuestra guardia de ser traidores o inútiles —replicó el guerrero pegaso, con expresión seria—. Es unicornio el poni que buscamos, e pensamos que fue asistido por sibilinas artes mágicas en la su empresa para entrar en aqueste palacio sin llamar la atención de la guardia.

La reina Platino se limitó a mirarlo, con los labios apretados y pálidos de la ira. Ese desvergonzado. ¿Cómo se atrevía a dirigirse así a la reina de los unicornios y de toda Equestria, sin inclinarse ante ella ni mostrar un ápice de respeto por su real persona,como si no fuera más que una villana cualquiera de aldea en lugar de una poni de real sangre y linaje? Debería hervirlo vivo para darle una lección sobre cómo tratar a una reina. Platino I inspiró y espiró profundamente varias veces, y dijo con gravedad:

— Ciertos sois. —Swébende Gagel sonrió durante un instante, y después volvió a su expresión atenta—. Si lo que vos decís es cierto, corremos grave peligro. Aquese viajero temporal estar pudiera en aqueste castillo, en cualquier parte, aguardando el momento para darme muerte.

La sombra del miedo se instaló durante un instante en el rostro de la reina, pero esta se disipó en cuanto devolvió la mirada a los tres ponis frente a ella, e incluso se permitió una sonrisa.

— Mas por aquesa razón sois venidos a aqueste el nuestro palacio —dijo, con una sonrisa de oreja a oreja—. Sois venidos para apresar a aquese despreciable asesino con intenciones de atentar contra la nuestra real persona.

Dawn Star dedicó unos segundos a reflexionar acerca de las palabras de la reina. Realmente, no tenían la seguridad de que el viajero temporal se hallara en el Palacio de Madera, pero si quería cambiar la historia de Equestria era casi seguro que se encontraría en él. No existía mejor forma de hacerlo que matar a Platino I y desintegrar el país en pequeñas facciones comandadas por nobles que pretendían el trono para sí.

— Su Majestad —respondió servilmente, y se inclinó delante de la reina hasta que su barbilla tocó el suelo. Nąȋenähz la imitó al instante; y Swébende Gagel lo hizo a regañadientes tras sentir dos fuertes tirones mágicos en sus patas—, estamos a vuestro servicio y al de Equestria. Es nuestra misión encontrar a ese poni antes de que pueda dañar nuestra historia, y podéis tener por seguro que la cumpliremos.

— Non esperamos menos de vos e los vuestros camaradas —replicó la reina, y una sonrisa cruel apareció en su rostro—. Non olvidéis que de vos las vuestras cabezas dependen.

Dawn Star palideció, y un sudor frío bajó por su frente. Sus ojos estaban totalmente abiertos, y su boca, entreabierta, dejaba ver el borde de sus dientes; componiendo entre ambos un gesto del más puro terror. ¿Su… su cabeza? ¿De verdad iba a…?

— Nos os aconsejamos que non perdáis tiempo y comencéis la vuestra labor —dijo la reina Platino, como si nada hubiera pasado. Subió los escalones de madera, se recostó en su trono, y le lanzó una mirada altiva a los tres ponis—. Non otorguéisle tiempo d'ejecutar los sus aviesos planes. Habéis el nuestro permiso para retiraros de la nuestra presencia, asimismo el de entrar en todos los sitios en que hayáis d'entrar. No habrá estancias secretas ni misterios el nuestro humilde palacio para vos.

Dawn Star miró a la reina durante un último segundo, antes de inspirar profundamente y apretar los dientes con fuerza para ganar confianza. La reina tenía razón. No tenían tiempo que perder, y más si eran sus cabezas las que estaban en juego.

— Swébende, Nayenaets —los llamó. El pegaso se giró hacia ella e hizo un saludo militar, mientras que la thestral simplemente giró la cabeza en su diracción—. Vamos a empezar a buscar a nuestro viajero temporal. Buscar poni —repitió para Nąȋenähz, que asintió con rapidez.

El guerrero pegaso pidió permiso para hablar, y cuando su superiora se lo concedió, preguntó, en posición de firmes y el casco derecho sobre su frente:

— Mi superiora, ¿cómo hemos de fallar a aquese viajero? Non sabemos el su rostro ni las sus señas.

La unicornio tuvo que admitir que tenía razón. No tenían absolutamente ningún dato que les permitiera reconocerlo cuando lo encontraran; y tampoco podrían pedírselos al Ministerio, para el que era tan desconocido como para ellos.

Dawn Star enrojeció levemente, y tragó saliva al tiempo que elevaba la mirada al techo, pensando intensamente. Tenía que haber una forma de encontrarlo. No podía estar escondido para siempre.

— ¿Armadura? —sugirió Nąȋenähz en un murmullo. Swébende Gagel y Dawn Star se volvieron hacia ella, con expresión sorprendida, y la interrogaron con la mirada. Ligeramente nerviosa, Nąȋenähz repitió—: Viaje es mucho tiempo. Armadura suya no es misma.

Los labios de Swébende Gagel se curvaron casi imperceptiblemente. Nunca lo admitiría ante uno de aquellos murciélagos, pero desde luego era una gran idea.

— No exactamente —replicó Dawn Star en un tono extrañamente alegre. Nąȋenähz giró los ojos hacia ella, contrariada, y se extrañó al ver la amplia sonrisa que cubría su rostro—. No llevará armadura. No se llevan en mi época. —Abrazó a la thestral con fuerza, que soltó un breve chillido e intentó liberarse, y la soltó rápidamente—: ¡Nayenaets, eres una genio!

La thestral enrojeció, y retrocedió algunos pasos. En su trono, la reina sonrió, divertida.

— Buscamos un poni sin armadura —ordenó Dawn Star. Swébende Gagel se cuadró, y Nąȋenähz asintió, firme—. Sin armadura. ¿Entendido? Cada uno, una planta.

Inmediatamente, el pegaso se llevó el casco derecho a la frente, y asintió con un movimiento corto y rápido. Por su parte, la thestral mostró sus colmillos en una sonrisa nerviosa. Dawn Star soltó un resoplido confiado, y se volvió hacia la reina. Hizo una nueva reverencia, y dijo:

— Su Majestad, con vuestra bendición partimos para encontrar a nuestro objetivo. Os prometemos dar con él y traéroslo atado de cascos para que lo sometáis a la justicia.

Platino VII de los unicornios y I de Equestria asintió levemente, y curvó sus labios en una sonrisa enigmática.

— Nos os la otorgamos, Dawn Star. Partid raudos, e que las vuestras pesquisas llevennos a fallar al viajero al que buscáis.

Los tres ponis volvieron a inclinarse ante la reina, y salieron del salón del trono con pasos largos y rápidos. Tan pronto como hubieron cruzado el gran portón tallado, este se cerró tras ellos con un fuerte portazo. Dawn Star dio un respingo, Nąȋenähz soltó un pequeño chillido de dolor, pero Swébende Gagel se mantuvo impávido. La unicornio parda inspiró profundamente, miró a sus compañeros, y dijo:

— Buscamos a un poni sin armadura, ¿entendido? —El pegaso y la thestral asintieron—. Tiene que estar en el castillo. Si cada uno registra una planta, terminaremos por encontrarlo. ¿Cuántas son? —preguntó de repente, dando un pisotón en el suelo.

— Seis, mi superiora —contestó inmediatamente Swébende Gagel—. Divisar las sus funciones non pude, pues que la oscuridad impidiómelo, mas bien pude contarlas al tiempo que subíamos. E he de decir, —la expresión seria y neutro del guerrero pegaso fue sustituida por otra de superioridad y orgullo— pequeña e débil es aquesta torre. Endebles son las sus paredes, muchos los sus puntos débiles, e escasa e mal entrenada es la guarnición que la defiende. Mil veces más resistentes son los muros de nubes del castillo de Su Majestad Mistral IV de los pegasos, e un millón de veces más fuertes e fieros los sus defensores.

Dawn Star trató de contener un escalofrío sin demasiado éxito. Oscuridad. Tendría que moverse en la oscuridad, sin encender ninguna luz mágica para no alertar al poni al que buscaban, y fingiendo normalidad para no quedar en ridículo frente a sus compañeros.

— De acuerdo —dijo, sacudiendo la cabeza para librarse del desasosiego que pensar en la oscuridad le producía—. Sabemos que no está en el salón del trono; solo nos quedan otras seis. —Inspiró profundamente, y señaló al pegaso con su casco delantero izquierdo—. Swébende, Nayenaets, yo. Swébende, Nayenaets, yo. ¿Entendido?

El caballo asintió enérgicamente, pero la yegua se quedó quieta durante unos segundos, hasta que al final negó débilmente. Swébende Gagel soltó un pequeño bufido e hizo rodar los ojos dentro de sus órbitas.

—Yo enseño a ti cuando nosotros llegar —respondió la unicornio, posando un casco sobre su hombro. Nąȋenähz asintió con un movimiento corto y rápido—. Vamos.

En fila india, y cuidadosamente para no caerse, los tres ponis bajaron por la escalera de caracol que conectaba las plantas de la torre. Cuando llegaron al piso inferior, Swébende Gagel hizo un saludo militar, y entró por la puerta que daba al resto de la planta. Las dos yeguas lo observaron caminar en silencio, escuchando el rítmico sonido de sus pasos sobre el piso de madera; y siguieron su camino. La misma escena se repitió en el siguiente piso, y solamente cuando finalmente Nąȋenähz hubo comprendido lo que debía hacer y traspasado el umbral de la puerta se permitió Dawn Star bajar hacia la tercera planta.

La unicornio inspiró profundamente para calmarse, y se sentó delante del gran portón de madera tallada que separaba las escaleras de la estancia. No se había percatado hasta aquel momento, pero estaba asustada. Muy asustada. Había llegado hasta donde creía que se encontraba su presa, pero ¿y si no conseguía atraparla? ¿Y si se le escapaba y conseguía completar su plan? No quería ser la culpable de que la historia de Equestria cambiase. No quería ser hervida viva por la reina.

Dawn Star apretó los dientes con fuerza, y se forzó a levantarse del suelo. Sentía calambres fríos en su estómago, pero los ignoró y trató de invocar un hechizo para abrir la puerta. Sin embargo, su magia falló, por lo que decidió abrir las puertas con sus cascos. Tomó aire, apoyó sus cascos sobre los tiradores, y se mentalizó para una tarea difícil.

No obstante, tan pronto como hizo una pequeña fuerza, las dos hojas de la puerta giraron automáticamente sobre sus goznes sin hacer ruido, dejando a la vista la oscuridad que envolvía la estancia que las intrincadas tallas de la madera habían ocultado. Un escalofrío recorrió el cuerpo de la unicornio, y sus ojos comenzaron a moverse frenéticamente en busca de cualquier extrañeza o movimiento que le permitiera descubrir la presencia del viajero sin tener que entrar en la oscuridad.

Por desgracia para ella, solo tardó unos segundos en percatarse de que aquella búsqueda era en vano, y de que no le quedaría más remedio que enfrentarse a su miedo.

Con el corazón en la garganta, penetró cautelosamente en la estancia, caminando a la velocidad de una tortuga y escrutando minuciosamente cada palmo que entraba en su campo visual. Apenas lograba discernir la silueta de los muebles por la falta de luz, pero por lo poco que lograba vislumbrar pudo descubrir que se trataba de colchones de paja, colocados sobre el suelo a intervalos regulares. Con toda seguridad, aquella planta se destinaba al dormitorio de la servidumbre del palacio. No podía imaginarse a la altiva Platino I durmiendo en el suelo y sobre paja en lugar de en una gigantesca cama semejante a la de las princesas de los cuentos de hadas.

Dawn Star permaneció cerca de diez minutos en aquella planta, los que necesitó para cerciorarse de que el viajero temporal no se encontraba en ella. La unicornio parda no pudo evitar soltar un enorme suspiro de alivio al volver a la relativa luz que entraba por las estrechas y alargadas ventanas de la escalera de caracol; pero en su interior se mezclaban la decepción por no haber dado con su presa y la ansiedad por dar con ella. Mientras bajaba cuidadosamente por los escalones de madera hacia la planta baja, se consoló pensando que tal vez uno de sus compañeros hubiera logrado atraparlo, más para calmarse que porque lo creyera realmente.

Un minuto después, Dawn Star estuvo finalmente en la planta baja, y enfrente del mismo portón que había visto al entrar por primera vez en la torre del homenaje. Tomó una gran bocanada de aire; y en lugar de abrirlo con un hechizo, se limitó a poner un casco cobre el tirador, tal como había hecho en el dormitorio de la servidumbre.

Con un débil chirrido, el portón se abrió ante ella, dejando al descubierto algo que no esperaba decenas y decenas de grandes sacos de arpillera llenos de comida. Sin duda, debía hallarse en las despensas del castillo. Sin salir de su asombro, la unicornio parda caminaba entre ellos, tratando de averiguar de dónde habían podido salir. Equestria había sufrido una gran hambruna en los años precedentes, o al menos eso era lo que le habían contado siempre en la Academia sobre la fundación de Equestria. ¿Tan potente era la nueva amistad entre las razas como para hacer que creciera el alimento que los ponis necesitaban? ¿O acaso provenía de impuestos abusivos sobre los campesinos?

Absorta como estaba, no se percató del enorme unicornio con rostro malhumorado que la observaba desde el otro extremo de la despensa hasta que se chocó con él. Confundida y alarmada, retrocedió unos pasos; y cuando levantó la vista tuvo que morderse la lengua para no chillar.

Delante de ella, se levantaba el unicornio más grande que había visto en su vida. Debía de ser tan alto, si no más, que la princesa Celestia; y su enorme tamaño se sumaban sus gigantescos músculos, que se marcaban en la ajustada vestidura de lana que llevaba encima, e incluso daban la impresión de estar a punto de romperla en algunos lugares.

— ¿Qué faces aquí? —gritó, y la potencia de su grave voz hizo retumbar las paredes de madera de la torre—. Pronto ha de dar la hora sexta, e ha de ser servido el almuerzo de Su Majestad Platino VII de los unicornios e I de Equestria, fundadora de Equestria, vencedora de los Windigos e señora de la magia, asimismo la su servidumbre del Palacio. ¡¿Qué faces fuera de la cocina cuando habemos grande necesidad de cascos que para ella cocinen?!

Dawn Star trató de hilar una respuesta coherente, pero el miedo a aquel unicornio y lo que podría hacerle si esta no le agradaba le impidieron pronunciar algo más que un débil tartamudeo incoherente. El cuerno del unicornio se iluminó de un color verde oliva; y antes de que pudiera darse cuenta, Dawn Star volaba por el aire, sujeta por la magia del unicornio, con el morro firmemente sujeto para impedir que chillara.

— Retorna a las cocinas —le ordenó mientras caminaba hacia ellas, trasladando a Dawn Star por los aires como si no fuera más que un simple saco de patatas— e si por ventura sales de ellas antes de concluir la tu labor, prometo por el honor de la mi familia que hoy han de cumplirse los tus días.

La unicornio parda se quedó de piedra al escuchar aquella amenaza, y apenas logró reunir fuerzas suficientes para tartamudear un simple "sí". ¿Por qué todos los ponis de aquella época querían matarla? ¿Qué les había hecho ella?

— Aqueso espero de ti —contestó el caballo, y la depositó en el suelo con un cuidado y delicadezas casi impropios de su tamaño y humor. La miró con severidad, como un padre a su hija que acaba de hacer una trastada, y añadió—: Empieza. E non pienses que podrás escapar por un segundo. Estaré vigilante.

Sin saber muy bien qué hacer, Dawn Star echó un vistazo a su alrededor para, al menos, poder saber dónde estaba; y pronto descubrió que se hallaba al pie de unas escaleras en el extremo del almacén, al lado de una enorme puerta de madera que, a diferencia de las otras que había visto en el palacio, era completamente lisa en lugar de delicadamente tallada con piedras preciosas e intrincados motivos vegetales. Intimidada por la mirada atenta y vigilante del unicornio y sus amenazas, tragó saliva y trató de invocar su magia, pero su miedo le impidió activarla.

El fornido unicornio alzó una ceja, suspicaz. Dawn Star resopló, nerviosa; y abrió la puerta con su casco derecho.

Una vez las hojas de la puerta hubieron girado sobre sus goznes, los ojos de la unicornio parda se abrieron como platos y su mandíbula de par en par. Jamás había visto un espectáculo semejante. Decenas de ponis desnudos se agrupaban alrededor de una gran pila de leña que ardía en el centro de la cocina, y que pintaba las paredes de tierra con una brillante luz amarillenta. Sobre ella, grandes ollas de bronce llenas de líquido borboteante colgaban del techo, sujetos por recias cadenas de hierro en las asas y gruesas argollas del mismo metal en la panza. En las esquinas de la estancia había pequeños hornos alimentados por leña, de los que brotaba un aroma embriagador a pan recién hecho.

Dawn Star inspiró con fuerza, y no pudo evitar que se le hiciera la boca agua. Apenas había podido comer un pequeño sándwich de flores antes de entrar a trabajar, y al olor del pan su estómago había empezado a protestar, exigiendo más comida.

— Corta verduras para el asado —le ordenó el unicornio, señalando una mesa en la pared opuesta de la cocina, cerca de uno de los hornos; y le dio una palmada en el hombro derecho que hizo ahogar un quejido a la unicornio—. ¡Presto, que pronto ha de estar en la mesa de Su Majestad!

Dawn Star no se atrevió a contradecirlo, y en menos de un suspiro se encontró en el lugar señalado, con un cuchillo sostenido por su magia. Su casco tanteó la superficie de piedra hasta encontrar una cebolla, y comenzó a cortarla mecánicamente en rodajas mientras su mente le repetía, una y otra vez, que su deber era atrapar al viajero temporal en lugar de cortar cebollas en las cocinas del palacio. Contuvo un escalofrío, parpadeó varias veces para librarse del picor de la cebolla en sus ojos, y cogió otra. Cualquiera se enfrentaba al unicornio.

La segunda cebolla apenas tardó medio minuto en transformarse en finas rodajas translúcidas. Con dos gruesos lagrimones bajando por su rostro, Dawn Star buscó otra verdura con su casco, y enseguida halló una berenjena. La colocó bajo el cuchillo con un gesto rápido, pero antes de que pudiera hacer el primer corte, un golpe en sus cuartos traseros quebró su concentración y detuvo el flujo de su magia. Sin nada que lo sostuviera, el cuchillo se clavó en la berenjena con un sonido sordo y amortiguado hasta la mitad de la misma.

— ¡Perdón! —exclamó una voz femenina detrás de ella.

Dificultosamente por el reducido espacio que tenía, Dawn Star se dio la vuelta, y se encontró frente a frente con una unicornio celeste, más pequeña que ella y con rostro de disculpa, aunque extrañamente alegre al mismo tiempo. Su crin y su cola eran gris metálico y azul cobalto en su parte superior e inferior, respectivamente; y en sus flancos lucía un reloj de arena de tamaño mediano.

Dawn Star entrecerró los ojos, pensativa. Estaba completamente segura de que la había visto alguna vez, aunque no lograba recordar dónde. De repente, un destello de inspiración recorrió su cerebro. ¿Y si fuera ella? ¿Y si le sonaba porque ya la había visto en el siglo XXIII?

— Lo siento mucho, de verdad. No te había visto —se disculpó la yegua celeste. Dawn Star interrumpió sus pensamientos para mirarla con una pequeña sonrisa, y se percató de que su interlocutora sostenía con su magia una sopera de plata de gran tamaño, destapada, y de cuyo interior brotaba una fina columna de humo blanco—. ¿Me dejas pasar? Tengo que llevar esto a la mesa de la reina para el almuerzo real.

Los ojos de Dawn Star se abrieron de golpe, y la incredulidad tiñó sus facciones, como si le hubiera dicho que iba a matar a la reina. Llevaba esto. "Esto". No "aquesto".

No cabía duda. La unicornio celeste era viajera temporal a la que estaba buscando. Y seguramente llevaba una sopa envenenada para acabar con la vida de la reina.

La furia hirvió de repente en su interior, y su rostro se contrajo en una expresión de auténtica ira, digna del mismísimo comandante Huracán al ver morir a su padre a manos de los grifos en la batalla de los Cúmulos. Sin dudarlo un segundo, Dawn Star se abalanzó sobre la unicornio celeste. Ella emitió un agudo grito de sorpresa; y una décima de segundo antes de recibir el impacto, su cuerno brilló del mismo azul cobalto de sus ojos, y se teletransportó a la puerta de la cocina.

Dawn Star cayó sobre la encimera, y apenas un segundo después, la sopera de plata que llevaba la unicornio cayó al suelo, emitiendo un fuerte sonido metálico y desparramando por todas partes el agua hirviendo que contenía. El duro filo de piedra se clavó en su barriga, expulsando el aire de sus pulmones y cortándole la respiración por un segundo, pero la unicornio se forzó a ignorar el dolor. No podía poner en riesgo el futuro de Equestria solo por un leve dolorcillo.

— ¡Eh! —exclamó el unicornio, volviendo la vista hacia la cocina. Cuando sus ojos se posaron en Dawn Star, de pie sin hacer nada, al lado de una sopera derramada y con las miradas del resto de sirvientes fijas en ella, la ira lo poseyó por completo, y se dirigió hacia Dawn Star para darle su merecido—: ¡¿Qué has fecho?! ¡¿Cómo osas echar por tierra la sopa de Su Majestad?!

Dawn Star giró la cabeza en la dirección de la que provenía el sonido, y el miedo corrió por sus venas cuando vio aquella mole de músculo corriendo hacia ella. Sus instintos se adueñaron de su cuerpo, y antes de que pudiera darse cuenta, un aura azul zafiro la rodeó. Un segundo después, reapareció con un destello y un agudo "puf" en la base de la escalera de caracol.

La unicornio parda soltó una maldición entre dientes y miró hacia arriba en busca de su presa, justo a tiempo para ver unos pelos azules desaparecer escaleras arriba a toda velocidad. Dawn Star sonrió, y echó a correr tras ella. Ahora sí que la tenía.

— ¡Nayenaets! ¡Swébende! —gritó con todas sus fuerzas. Sus palabras rebotaron en las paredes de la escalera, produciendo una reverberación que llegó a todos los pisos del castillo antes de extinguirse—. ¡Va!

La unicornio celeste esbozó una sonrisa y siguió su alocada carrera escaleras arriba en lugar de cambiar de dirección, a pesar de que sabía que su perseguidora acababa de pedir ayuda a sus compañeros. Si se volvía, acabaría atrapada sin remedio. Si continuaba, tal vez pudiera tener una oportunidad de escapar.

Con un poderoso salto, la unicornio saltó por encima de la barandilla, y aterrizó con un crujido sobre el suelo de madera del primer piso. Sacudió la cabeza para librarse de la vibración en sus patas, y se adentró a la carrera en las estancias del primer piso. Dawn Star reprimió una maldición, y la siguió.

Cuando la puerta se cerró tras ella, la unicornio celeste se vio envuelta en la oscuridad, pero eso no detuvo su escape. Iluminó su cuerno con magia para apagarlo acto seguido, y aprovechó la fracción de segundo en que brilló la débil luz celeste para comprobar sus alrededores.

Se encontraba en la armería de la torre, una oscura estancia de tamaño mediano, y en cuya pared del fondo había podido ver una amplia y alta puerta, si bien más pequeña que la de entrada, y que ignoraba adónde conducía. Grandes escudos, unos rectangulares, otros redondos, y unos pocos de formas algo más exóticas, colgaban de las paredes de madera. Tras ellos se atravesaban largas lanzas de madera con punta de hierro y pequeñas espadas de hoja corta y oscura. Sobre el suelo, se podían ver algunos maniquíes de madera, muy similares a los que usaba Rarity en su boutique, si bien algo más pequeños y cubiertos por imponentes armaduras de cota de malla finamente labrada y adornada con filigranas en oro en lugar de por elegantes vestidos de alta costura fabricados con los tejidos más finos.

Precisamente tras uno de ellos se escondió la unicornio. Adoptó la misma posición que el maniquí, mirando continuamente si alguna parte de su cuerpo era visible tras la figura de madera. Cuando finalmente estuvo satisfecha con el resultado, dejó escapar un silencioso suspiro de alivio. Sin duda, tenía una posición inmejorable para abatir a su perseguidora en cuanto entrara por la puerta. Divertida por aquel pensamiento, se permitió una débil risita.

Pero, desde su posición, la unicornio celeste no podía ver la oscura silueta de un pony tras ella, ni tampoco los brillantes y penetrantes ojos amarillos que parecían flotar a apenas unos centímetros de su rostro.

Con un movimiento vertiginoso y experto, practicado hasta la saciedad sobre ciervos y corzos en los bosques que rodeaban su colonia, Nąȋenähz derribó a la unicornio sobre su espalda, y le puso sus afilados colmillos en la garganta. Ni siquiera tuvo tiempo de chillar antes de que la sangre se le helara en las venas al sentir el gélido contacto de los dientes sobre su piel.

¡Ení! —la conminó Nąȋenähz, y cerró un poco más las mandíbulas para mostrarle que no bromeaba; manteniendo siempre un ojo vigilando el cuerno. La unicornio palideció, y un pozo helado abrió sus fauces en el lugar en que solía estar su estómago—. ¡Ení o orí!

Fingiéndose aterrada, la unicornio asintió con gestos fugaces y cortos; pero la thestral no aflojó sus fauces ni siquiera un milímetro. En su lugar, su pata trasera derecha coceó la armadura, que cayó pesadamente al suelo con un fuerte ruido metálico, que retumbó por la armería y el resto del primer piso.

— ¡Nayenaets! ¡Swébende! —gritó Dawn Star, y corrió hasta la puerta.

El miedo más puro se mostraba en su rostro. Uno de sus compañeros, o los dos, y la unicornio celeste estaban ahí dentro, peleando sin cuartel. Tenía que entrar ahí. Tenía que ayudarlos antes de que fuera tarde.

Con gesto decidido, la unicornio parda abrió la puerta, solo para dar un paso atrás, asustada, cuando vio la oscuridad en que se encontraba la estancia. Reunió fuerzas, tragó saliva y encendió su cuerno. Aunque delatara su posición, y la pusiera en peligro, sabía que no tenía otra opción que utilizar la luz mágica si quería ayudar a su compañera.

Con el corazón latiendo con fuerza en su pecho, la unicornio parda se precipitó en la armería, iluminando la estancia con su cuerno mirando frenéticamente de un lado a otro en busca de su compañera y de la poni a la que perseguía. Su angustia crecía con cada segundo que pasaba sin encontrarlos, anudando su cuello y oprimiendo su pecho hasta casi cortarle la respiración.

Ŭ! Ŭ! —gritó Nąȋenähz en su idioma para atraer la atención de su compañera, pero enseguida cayó en la cuenta de que Dawn Star no podía oír ultrasonidos. Apretó sus dientes, pero sin llegar a romper la piel, para asustar a la unicornio, y repitió en equestriano—: ¡Aí! ¡Oy aí!

Las orejas de Dawn Star se erizaron, y corrió hacia el lugar del que provenía la voz. Por su imaginación desfilaban imágenes horribles, en las que se repetían una y otra vez Nąȋenähz gravemente herida, tal vez muerta, y la unicornio celeste huida mágicamente.

Pero cuando sus ojos vieron lo que ocurría en realidad, el asombro y la alegría se dibujaron en sus facciones al mismo tiempo que dejaba escapar un suspiro de alivio que no sabía que había estado conteniendo. Miró a Nąȋenähz con ojos muy abiertos, casi incrédulos, como si temiera que lo que veía fuera solo un sueño; y ella le respondió con ojos chispeantes y un leve asentimiento de cabeza.

Dawn Star soltó una breve risa de júbilo, y abrazó a su compañera con todas sus fuerzas. Su corazón latía con fuerza en su pecho, lleno de orgullo. Lo había conseguido. Había conseguido cumplir su misión. Equestria y Platino I estaban a salvo.

Nąȋenähz resopló al sentir las patas de su compañera contra su cuerpo, y se sonrojó intensamente, pero no movió la cabeza ni emitió una sola palabra. Solo tenía ojos para el rostro aterrado de su presa, al que no quitaba el ojo de encima. Le parecía extremadamente sospechoso que hubiera aceptado de tan buen grado su derrota, y aún más que no hubiera intentado usar su magia para liberarse.

La unicornio celeste, pos su parte, luchaba con todas sus fuerzas para evitar sonreír y mantener la fachada de terror en su rostro. Como si sintiera gélido hielo corriendo por sus venas, forzaba a sus músculos a temblar, y mantenía sus ojos muy abiertos, tratando de fingir el miedo. La piel le dolía en el lugar en que la thestral apretaba sus colmillos contra ella, y eso la impelía a no intentar un hechizo para salvarse. Sabía que en cuanto la thestral viera el aura mágica de su cuerno no vacilaría en atravesarle la garganta con sus colmillos.

— ¡Mi superiora! —gritó Swébende Gagel, todavía en el pasillo—. ¡¿Qué acontece?!

El sonido de los cascos del pegaso penetró en la sala junto con él. Con la espada desenvainada y firmemente aferrada en las plumas de su ala derecha, corrió hacia el lugar del que provenía una luz azulada. La adrenalina y la emoción de la batalla corrían por sus venas, haciéndolo sentir tan vivo como si estuviera en una batalla contra sus enemigos grifos.

Y, cuando vio a la unicornio celeste tendida en el suelo, amenazada de muerte por los colmillos de Nąȋenähz, soltó una fuerte carcajada que retumbó por la sala. Cuando le puso la espada a apenas un centímetro de distancia del cuello, y la unicornio celeste le suplicó piedad con la mirada, un escalofrío de puro placer recorrió su cuerpo. No conocía mejor experiencia que ver a un traidor cornudo derrotado y suplicando por su vida, excepto que el enemigo caído fuera un grifo.

—¡Levanta! —rugió Swébende Gagel, a un volumen tal que Nąȋenähz sintió un doloroso latigazo en sus tímpanos. La unicornio celeste miró alternativamente a la punta del arma, casi invisible salvo por un débil reflejo de luz blanca en su extremo, y a la thestral, que retiró sus colmillos de su cuello para permitirle ponerse en pie. Cerró los ojos con fuerza, y asintió temblorosamente—. ¡Ahora!

Como si se hubiera activado un resorte oculto bajo su espalda, la unicornio se puso en pie a la velocidad del rayo, temblando de pánico. Swébende Gagel emitió un gruñido de satisfacción, y volvió a apuntar con su espada a la garganta de la yegua.

— ¡Muévete, escoria dos veces traidora! —gritó, y alzó el casco para propinarle una bofetada. La unicornio giró la cabeza y apretó los dientes, preparándose para recibir el golpe, pero justo antes de que la pezuña pudiera golpearla, una fuerza mágica la detuvo. Sorprendido, el pegaso miró hacia Dawn Star, y se encontró con una intensa mirada reprobatoria y una firme negación de su cabeza. El caballo elevó los ojos al techo y masculló un fuerte juramento entre dientes—. ¡Non habemos toda la jornada, basura! ¡Camina para que la reina pueda librarse de tamaña vileza e bajeza!

La unicornio celeste obedeció, sumisa y temerosa de morir a cascos de Swébende Gagel, temblando visiblemente con cada paso. Pero ¿qué clase de de bestia fanática habían mandado? Una minúscula lágrima se formó en el párpado inferior de su ojo izquierdo, pero un veloz parpadeo nervioso la eliminó antes de que pudiera caer al suelo. El miedo se abría paso en su pecho, y su estómago amenazaba con expulsar todo su contenido. Quería llorar, pero se forzó a no hacerlo.

Entendía perfectamente que el pegaso quisiera matarla, pero ella no había hecho nada que lo mereciera. Tan solo seguía órdenes.

A buen ritmo y sin interrupciones, los tres ponis y su prisionera subieron la escalera de caracol hasta el último piso. Los captores marchaban henchidos de orgullo y satisfacción por haber completado su primera misión con éxito, y miraban de reojo a su prisionera una vez cada pocos segundos para asegurarse de que no intentaba fugarse. Esta, por su parte, subía los escalones al ritmo que le imponían sus captores, encajonada entre ellos. Parecía que el pegaso iba a entregarla a la reina en lugar de ejecutarla él mismo, y aquello la tranquilizaba en gran parte; pero por si acaso no se atrevía a desobedecer nada de lo que le dijera.

Finalmente, los cuatro ponis se encontraron en la sexta planta de la torre, enfrente del portón que daba acceso a la sale del trono. Con una enorme sonrisa de satisfacción en su rostro, Dawn Star se adelantó y golpeó tres veces con el casco en el centro de la puerta.

— ¡¿Quién vive?! —gritó la reina desde el interior. Había vuelto a usar la voz real, algo que Nąȋenähz constató dolorosamente. Cerró los ojos con fuerza, y se rpeparó mentalmente para una nueva sesión de tortura sonora—. ¡¿Quién osa perturbar la paz de Su Majestad?!

— Los vuestros humildes servidores, Su Majestad —respondió Dawn Star con voz alta y orgullosa, e inclinó la mitad delantera de su cuerpo hacia delante. Nąȋenähz la imitó un segundo después, pero Swébende Gagel necesitó un par de tirones mágicos y un seco y malhumorado "Es una orden" para reverenciar a la reina unicornio.

— ¡Al suelo, escoria! — le ordenó el guerrero pegaso a la unicornio celeste con una potente y furiosa exclamación, y le propinó un golpe en la nuca que la mandó de bruces al suelo.

Un relámpago de dolor recorrió a la yegua celeste, que se quedó quieta en el suelo, sin atreverse a moverse de donde había caído para no enfadar más al pegaso. Un bufido resignado escapó de sus labios. Si controlara mejor su ira, sería una magnífica incorporación.

— ¡La tenemos, Su Majestad! —exclamó Dawn Star, llena de júbilo, y la sonrisa de su rostro se ensanchó hasta cruzar su rostro de lado a lado—. ¡Tenemos al poni que trataba de mataros!

— ¡¿Habeisla?! —respondió la voz real de la reina desde detrás de la puerta. Sonaba tremendamente aliviada por salvar su vida, pero al mismo tiempo se adivinaba en ella una profunda crueldad, indudablemente impulsada por los pensamientos de las torturas a los que la sometería por osar atentar contra la reina de Equestria—. ¡Traedla ante nos para que podamos impartir justicia!

Tal como había ocurrido la primera vez que entraron en el salón del trono, la magia de la reina abrió las puertas desde dentro, revelando el interior del salón del trono y a la propia reina, que esperaba sentada en su trono con una sonrisa de cruel superioridad en sus labios. A su derecha, sobre el suelo de madera, estaba sentada una unicornio. Pero no era una unicornio lila y de crin negra, sino alta, de pelaje claro y crin azul marino.

— ¡Nos os permitimos entrar al nuestro salón! ¡Faced pasar a la prisionera!

Dawn Star asintió, y levantó la vista del suelo. Su magia formó un anillo azul zafiro alrededor de su pata, y otro más alrededor de la de su prisionera, quedando ambas conectadas por un fino, pero resistente, hilo mágico del mismo color. Ufana, entró en el salón del trono, seguida por sus compañeros; pero cuando vio a la unicornio sentada a la derecha de la reina, su expresión fue sustituida por otra de asombro.

— ¿Comet Nova? ¿Qué haces aquí?

La unocirnio blanca no le respondió inmediatamente, sino que pasó la vista sobre los tres ponis y su prisionera, con una mezcla de asombro y, Dawn Star se atrevería a decor, orgullo. Sacudió la cabeza, carraspeó para aclararse la voz, y dirigió su mirada a los ojos de la unicornio parda.

— Había venido para deciros que se suspende la misión, aunque parece que ya no hará falta. —Se permitió una pequeña sonrisa, y al ver los rostros estupefactos de los ponys, explicó rápidamente—: No os preocupéis, era una misión de prueba. Equestria nunca estuvo realmente en peligro.

Inmediatamente, Swébende Gagel asió la empuñadura de su espada. ¿Cómo osaban aquellos traidores cornudos hacerle pasar aquellas penalidades, para que al final todo fuera una mentira? Pero era culpa suya, por fiarse de aquellos mentirosos.

— ¿Prueba? —repitió Dawn Star, que seguía desconcertada por la revelación—. ¿Qué quieres decir con eso?

Un brillante destello azul a su espalda llamó su atención, pero antes de que pudiera mirar atrás, la unicornio celeste apareció a la derecha de Comet Nova, con un "puf" prácticamente inaudible.

— Era una misión falsa, para ver si erais aptos para trabajar con el Ministerio. —Sus labios se curvaron levemente, y los de la unicornio celeste formaron una amplia sonrisa emocionada—. Y la habéis superado.

Dawn Star no pudo contener un impetuoso gesto de victoria. Nąȋenähz permanecía de pie, con cara de no estender nada en absoluto, y Swébende Gagel mantenía su expresión malhumorada. Una pequeña parte de sí mismo se felicitaba por la misión cumplida, pero la inmensa mayoría seguía enfadada con la unicornio por mentirles y consigo mismo por creerse su mentira.

— ¿Entonces trabajarán con nosotros? —preguntó la unicornio celeste, sin dejar de sonreír.

— Sí —respondió Comet Nova, y frunció le ceño con gravedad—. Pero ahora tenemos un asunto mucho más grave del que ocuparnos. —Pasó la mirada sobre todos los presentes en el salón del trono, y dijo—: Tenemos otro viajero temporal en esta fecha.

El silencio que siguió a sus palabras fue inmediato. Los cinco la interrogaron la mirada; preocupados, como Dawn Star, aguardando órdenes como Swébende Gagel, u horrorizados como Platino VII de los unicornios y I de Equestria.

—Es El Viajero, ¿verdad? —preguntó la unicornio celeste en voz baja para que sus nuevos compañeros no la oyeran.

— Eso creemos, Minuette —le contestó su superior en un murmullo, para después alzar la voz y ordenar—: Nuestra misión es encontrarlo y capturarlo cuanto antes. No podemos impedir que mate a la reina —Platino I palideció visiblemente, y miró a Comet Nova con rostro desencajado—, como sospechamos que pretende.

Las orejas de dawn Star se erizaron al escuchar aquel nombre. Minuette. Una de las amigas de Twilight Sparkle, la Princesa de la Amistad, en su época de estudiante. No se lo podía creer. Iba a trabajar con una de las amigas de la alumna más famosa de la Academia. Se sentía casi como si le hubiera tocado la lotería.

— ¿E cómo es poni aquese? —preguntó Nąȋenähz. Su labio superior se había elevado algo más de un centímetro, dejando al descubierto sus colmillos en una mueca amenazante.

Tumbada sobre una plataforma mágica, situada unos cinco metros por encima de Dawn Star y sus compañeros, un unicornio de brillante pelaje gris plata y crin gris plomo sostenía un arco con su magia. Con el mayor de los cuidados para evitar ser detectado, sacó una delgada flecha de madera de su crin y la colocó en el arco. Cerró el ojo izquierdo, tensó la cuerda con su magia, y apuntó directamente al corazón de la reina.

— ¿Quién es ese viajero de quien fabláis? —preguntó Swébende Gagel a voces—. ¿Es por ventura…?

— ¡Cuidado, Su Majestad!

Nąȋenähz atravesó a la carrera el salón del trono en dirección al trono de la reina, sorprendiendo a todos los presentes, y en especial a Platino I, que la miraba con ojos asustados. Cuando estuvo a unos tres metros de distancia de la reina, se abalanzó sobre ella con el ala izquierda extendida, tratando de formar un escudo protector con su cuerpo. Apenas una décima de segundo después, la punta de una flecha desgarró la delgada piel de su ala, a medio camino entre el tercer y el cuarto dedo.

La thestral aulló de dolor, un terrible sonido a medias entre el relincho de un pony y el aullido de un lobo herido. Un terrible dolor, más fuerte que ninguno que hubiera sentido en su vida, radiaba desde la membrana de su ala izquierda. Respirando entrecortadamente, se obligó a bajar la mirada hacia su herida, y tan pronto como entró en su campo visual cerró los ojos con fuerza y apartó la mirada al tiempo que mascullaba una maldición.

La flecha del unicornio se había clavado en su ala con tanta fuerza que la habría atravesado limpiamente de no ser por las plumas que llevaba en el extremo del astil, desgarrando la fina piel que se extendía entre sus largos y delgados dedos. Un estrecho reguero de sangre escarlata, caliente y viscosa, manaba de la herida, descendiendo sobre la negra piel antes de caer al suelo como una cascada de pequeñas gotitas que manchaban la preciosa alfombra del suelo.

Entre el cuerpo de la thestral y su trono, la reina miraba, ojiplática y en shock, el astil de la flecha que había logrado atravesar el ala de la thestral; y su punta, que amenazaba su pecho a apenas dos centímetros de distancia. Un sudor gélido, más frío si cabe que los vientos que había soportado en su viaje hacia Equestria, descendió por su frente. Si Nąȋenähz no hubiera actuado como escudo, sin duda estaría muerta.

— ¡Nayenaets! —gritó Dawn Star, y se lanzó a ayudar a su compañera.

En menos de dos segundos, la unicornio parda estaba al lado de su compañera, y trataba de extraer la flecha del ala de la thestral con su magia.

Minuette se giró hacia su nueva compañera, mientras que Comet Nova miró hacia el techo, buscando al atacante. Su mirada, decidida y gélida como el hielo, se cruzó con la mirada resuelta del unicornio. Los labios de la yegua se curvaron en una minúscula sonrisa, y su cuerno se iluminó con un hechizo paralizante.

Pero cuando vio el aura oscura que flotaba alrededor del cuerno de su adversario, y el brillante color verde ácido de sus ojos, toda su seguridad se transformó en preocupación y miedo. A toda velocidad, abortó el hechizo que preparaba y colocó una burbuja mágica a su alrededor, tratando de ganar tiempo para idear un modo de vencerlo. Se tumbó sobre su vientre para ganar estabilidad y evitar caídas y reforzó su burbuja para resistir el negro rayo que el unicornio había lanzado contra ella.

Con un ruido de cristales rotos, el hechizo oscuro atravesó la burbuja de Comet Nova, que ni siquiera tuvo tiempo de percatarse de que había perforado su defensa antes de ser golpeada. La magia oscura descendió rápidamente por su columna y sus patas, paralizándola al tiempo que la cubría de una rígida y transparente película de un repugnante morado oscuro. Un agudo relincho escapó de su garganta antes de quedar congelada en aquella postura.

El unicornio sonrió, y jadeó un par de veces. Dos relinchos de pánico, casi simultáneos, llegaron a sus oídos; y volvió a cargar el mismo hechizo, apuntando esta vez contra la unicornio celeste, que trataba de descongelar a la blanca con magia.

— ¡Minuette, quítate de ahí! —chilló Dawn Star, pero antes de que la unicornio celeste pudiera moverse, el rayo mágico impactó en su cuello. En menos de un segundo, Minuette estaba congelada y cubierta de la misma película mágica que Comet Nova.

Dawn Star retrocedió dos pasos, aterrada. Ella era la siguiente. Comet Nova, Minuette, y ahora le tocaba a ella. Su cerebro trataba desesperadamente de recordar alguno de los hechizos protectores que había aprendido en clase de Defensa Contra la Magia Oscura, pero el terror que sentía le impedía acordarse de cómo formularlos.

— ¡Muere, traidor malnacido! —rugió Swébende Gagel, volando hacia el unicornio con su espada en su casco derecho, dispuesto a atravesarle el corazón con ella.

Conteniendo un grito asustado, el unicornio se giró hacia él y le lanzó el primer hechizo que se le vino a la mente. Un brillante rayo mágico de color azul zafiro brotó de su cuerno, y golpeó el ala derecha del guerrero pegaso.

Swébende Gagel gruñó de dolor, y aleteó con rapidez para estabilizar su vuelo y librarse del dolor que radiaba desde su ala. No era nada. Solo lo había rozado, se decía. Había sufrido heridas mil veces peores. Una nimiedad como aquella no iba a impedirle rebanarle la garganta a aquel bastardo dos veces traidor.

El unicornio jadeó un par de veces, y volvió a apuntar su cuerno hacia el pegaso. Las patas le ardían, y los párpados comenzaban a pesarle. Soltó un juramento entre dientes: soltar aquellos hechizos oscuros lo había agotado demasiado. Si no derrotaba pronto al pegaso y a la unicornio, no podría matar a la reina antes de que el cansancio lo derrotara.

Un resplandor azul zafiro en una esquina de su campo visual llamó su atención, y apenas tuvo tiempo de erigir una gruesa barrera mágica para bloquear las esferas mágicas que le había lanzado Dawn Star. La unicornio parda sonrió con satisfacción. Sabía perfectamente que no lograría alcanzar a su adversario, pero aquel no era su verdadero propósito.

El sonido de un golpe fuerte y seco resonó por el salón del trono, al que siguió un gruñido de dolor. Dawn Star levantó la cabeza, sonriente, pero la sonrisa se borró al instante de sus rasgos cuando vio a Swébende Gagel cayendo inconsciente hacia el suelo, y al unicornio gris jadeando sobre su plataforma, con la barrera mágica flotando en el aire por detrás de él.

Sus ojos se cruzaron durante medio segundo, y el unicornio sonrió, burlón y desafiante, sabedor de que él llevaba las de ganar.

Dawn Star le sostuvo la mirada lo mejor que pudo, ocultando lo mejor posible el miedo que sentía. Sus patas le temblaban como ramas de árbol en una tempestad, y los dientes le castañeteaban, pero se forzó a resistir de pie. Ella era la última resistencia de Equestria. No podía permitirse caer. Si lo hacía, la reina y el país estarían condenados a perecer.

Un grito de pánico escapó de su garganta cuando los ojos del unicornio se tiñeron verde eléctrico. A toda prisa, trataba de recordar algún hechizo que pudiera contrarrestar la magia oscura del unicornio, aunque en realidad ni siquiera creía que pudiera hacerlo. Si había derrotado a Comet Nova y a una de las integrantes de la promoción de oro de la Academia sin pestañear, era imposible que una estudiante que ni siquiera había concluido sus estudios pudiera derrotarla.

El unicornio le lanzó una última mirada de superioridad justo cuando las burbujas moradas comenzaron a cubrir su cuerno. Dobló el cuello hacia delante para apuntar a la aterrorizada Dawn Star, pero antes de que pudiera lanzar el hechizo un potente destello verde veronés iluminó la habitación.

El unicornio masculló un fuerte juramento, y abortó el hechizo en el instante en que un nuevo fogonazo mágico inundó de luz el salón del trono. A toda velocidad, cargó un teletransporte, y desapareció en medio de un resplandor azul zafiro. La reina acababa de llamar a Clover la Inteligente para que acudiera en su auxilio. Y eso ya eran palabras mayores. Derrotar a Comet Nova y a Minuette no le había supuesto ningún problema, pero sabía muy bien enfrentarse a una de las fundadoras de Equestria y a la discípula personal de Starswirl el Barbudo era meterse en un duelo que nunca podría ganar.

Durante los segundos siguientes a la desaparición del unicornio, el desconcierto reinó en el salón del trono. Nąȋenähz, incapaz de mantenerse por más tiempo sobre dos patas, cayó al suelo, con las patas delanteras cubriéndose los ojos, doloridos por la luminosidad del aura mágica de la reina. Viéndose descubierta y vulnerable, Platino I emitió un chillido de pánico muy parecido al de un cerdo en la matanza y absolutamente impropio de una reina; y se hizo una bola sobre su trono, ignorante de que el peligro ya había desaparecido. La combinación del golpe sordo y el agudo grito real llegó a los oídos de Dawn Star, quien en ese momento se dio cuenta de que la magia oscura nunca había llegado a golpearla. Estupefacta, pasó la mirada sobre el techo y las paredes de la habitación, esperando encontrar a su enemigo emboscado y a la espera de acabar con Platino I. Pero, al no verlo por ninguna parte, al fin cayó en la cuenta de lo que había ocurrido. El unicornio había huido.

Una oleada de alivio recorrió a la unicornio, pero el miedo apenas tardó un segundo en sustituirla. Su atacante había escapado, y podría volver a atacar en cualquier momento. Con decisión, cerró los ojos e invocó el hechizo de rastreo. Le daba igual que hubiera estado a punto de pegarle una paliza, su deber era detenerlo para proteger el futuro de Equestria.

Quinta planta. En los aposentos reales.

Sin dudarlo un segundo, la unicornio activó su magia, y desapareció del salón del trono con un "puf". Desde el suelo, Nąȋenähz emitió un gruñido de incomodidad cuando el destello llegó a sus ojos. Un delgado hilillo de sangre fluía todavía sobre su ala, manchando la carísima y delicada alfombra roja que se extendía delante del trono con su tono carmesí.

Abrió los ojos, y los giró hacia la reina, que permanecía encogida en su trono, petrificada, con una expresión del más puro terror esculpida en sus facciones y el rostro escondido bajo sus patas. Exhaló un largo suspiro, y masculló unas palabras de ánimo para su compañera en su idioma.

Tan pronto como reapareció, la unicornio abrió los ojos. Todo su cuerpo temblaba con la emoción de dar caza a su atacante, pero enseguida fue sustituida por escalofríos y piel de gallina cuando comprobó que la oscuridad la rodeaba. Instintivamente, iluminó su cuerno y corrió a abrir la puerta de los aposentos para que entrara la luz. Le daba igual revelar su posición. Si luchaba en la oscuridad, había perdido antes de empezar.

Dawn Star se incorporó sobre sus patas traseras medio segundo antes de que sus cascos tocaran el picaporte del portón y este se abriera mágicamente. Una débil lámina de sol cayó sobre su hocico, y su rostro se relajó. Pero el miedo volvió a sus facciones una décima de segundo después, exactamente el tiempo que tardó en ver al unicornio gris esperando detrás de la puerta, con una cruel sonrisa de victoria y su cuerno rodeado de brillante azul zafiro.

— Adiós —escupió. Su voz sonaba furiosa y llena de desesperación. E inconfundiblemente femenina.

¿Es una yegua?

El cerebro de Dawn Star solo tuvo tiempo para aquel último pensamiento antes de que el hechizo la golpeara.