Oscuridad. Oscuridad total. Oscuridad total y completa, sin ninguna luz amiga, sin ninguna claridad en la distancia. Solo una interminable extensión negra, una perpetua penumbra sin límites.

Dawn Star gritaba, aterrada, pidiendo que alguien, cualquiera, la sacase de allí, aunque fuera el mismo Tirek. Pero nadie escuchaba sus gritos.

Presa del pánico, la unicornio parda se hizo una bola y enterró la cabeza entre las patas delanteras, intentando liberarse de la negrura sin fin. Pero aquello tampoco servía de nada.

El pecho de Dawn Star se contrajo en un potente sollozo, y las lágrimas comenzaron a caer por su rostro. Quería salir de allí. Quería volver a su casa, a Vanhoofer, con sus padres. Quería huir de aquella horrible y opresiva oscuridad.

Dawn Star tragó saliva, y se secó las lágrimas. No. No podía darse por vencida. Equestria contaba con ella. Tenía que haber una salida. Tenía que haber un modo de escapar. La oscuridad completa no existía. Su padre y su psicólogo se lo habían explicado varias veces.

La unicornio parda se levantó del suelo, apretó los párpados hasta que pudo ver diminutos puntitos de colores en ellos, y echó a correr hacia delante. No sabía a dónde iba, pero le daba igual. Solo corría, siempre adelante, a cualquier parte, buscando algo de luz, donde fuera que estuviera.

Y de repente, la encontró.

Era una constelación de diminutos puntitos blancos, tan débiles en la distancia que más bien parecían estrellas sobre el cielo nocturno, e incluso parpadeaban de la misma forma. Dawn Star no dudó en poner rumbo hacia ellos. Lágrimas de alegría descendían por su rostro, encantada por estar acercándose a la salida y haber encontrado algo que pudiera disipar sus miedos.

Pero cuando al fin pudo verlas, un relincho de horror escapó de su garganta. No eran luces. No era una salida. Era una trampa.

Lo que estaba mirando era una miríada de pequeños cristales de formas irregulares, del mismo color azul marino que la crin de la princesa Luna, y en cuyo interior flotaban decenas de pequeños granos brillantes, parecidos a los granos de sal, a modo de las estrellas que la adprnaban.

Dawn Star se frenó en seco, con los ojos como platos. La fuerza de sus cascos en la frenada la hizo caer al suelo de culo, pero no sintió ningún dolor. Sus ojos zafiro y sus pupilas, reducidas al tamaño de una cabeza de alfiler, eran absolutamente incapaces de separarse de aquellos cristalitos azules.

Y de repente, su pata delantera izquierda comenzó a temblar. Como si tuviera vida propia, se movía lentamente hacia delante, buscando aquellos granitos azul noche, como si fueran una tabla de salvación y ella un náufrago perdido en alta mar.

La unicornio parda se percató del movimiento de su pata, y, horrorizada, la golpeó con su pata delantera derecha para devolverla al suelo, sujetándola con fuerza para que no se moviera de allí. Su corazón latía con tanta fuerza que su pecho retumbaba. Respirando entrecortadamente, Dawn Star se forzó a levantarse y salir corriendo de aquel lugar; y el horror se adueñó de su cuerpo cuando descubrió que los músculos no le respondían.

Un repentino temblor sacudió la galaxia de cristalitos, y casi al instante comenzaron a desplazarse por el aire, alejándose del resto en dirección radial y abriendo una enorme zona vacía en el aire. Con todo el cuerpo temblando por el miedo, la unicornio parda se veía obligada a asistir a aquel espectáculo sin poder girar la cabeza o cerrar los ojos, pues hasta sus párpados habían quedado inmovilizados.

El aire dentro del hueco comenzó a ondularse, como si alguien hubiera encendido una hogera debajo; pero no había fuego ni humo, solo magia. El cuerpo de Dawn Star se tensó por completo, y su cuerpo se llenó de temor cuando vio que en él comenzaba a formarse una imagen, un objeto pardo y amorfo que pronto comenzó a adquirir las características de un poni. La unicornio parda no pudo contener un grito de horror cuando vio la imagen totalmente definida: era ella. Los cristalitos habían formado un espejo mágico. Sus ojos, temerosos y espantados, lo recorrían de arriba abajo y de izquierda a derecha una y otra vez, preguntándose qué ocurriría.

Y entonces, la imagen del espejo mágico volvió a cambiar. Dawn Star no pudo hacer otra cosa que observar, con horror creciente, la mancha alargada y transparente que había aparecido en los cascos de su reflejo. Y cuanto más se definía, mayor era el horror en el rostro de Dawn Star, más se abrían sus ojos, más pequeñas se hacían sus pupilas, hasta convertirse en dos pequeñas y brillantes cuentas de azabache. Quiso gritar, pero el horror que sentía y que oprimía su pecho y su garganta no permitió que de su boica saliera el más mínimo sonido.

¡Tira eso!, gritó su mente con urgencia cuando vio que el reflejo elevaba el pequeño tubo de vidrio, terminado en una esfera de diámetro no mucho mayor que el del tubo, a sus labios. ¡No lo hagas! ¡Tira eso, por favor! Pero su reflejo no la escuchaba, y el tubito de cristal continuaba impasible su camino hacia sus labios.

Su cuerpo daba nerviosas sacudidas, más fuertes cuando más se acercaba el pequeño cilindro transparente a los labios de la yegua del espejo. Sentía sus ojos humedecerse y su pecho tensarse. No. No.

Un fuerte grito, empapado de toda su angustia y frustración, brotó de su garganta, y comenzó a cargar un ataque mágico. Su cuerno se iluminó durante un segundo, pero en cuanto este terminó, la luz azul zafiro parpadeó dos veces y se extinguió.

Dawn Star se quedó mirando a su reflejo con cara de estúpida durante unos segundos, y soltó un fuerte sollozo cuando al fin comprendió lo que había pasado. No podía luchar. Estaba condenada a ver las acciones de su reflejo.

El cuerno de su reflejo se encendió, y el tubito se llenó con los mismos cristalitos que rodeaban a la imagen. Dawn Star inspiró al mismo tiempo que un sudor frío bajaba por su frente y el gélido miedo corría por sus venas. No. Eso sí que no. Cualquier cosa menos eso. Eso se había acabado. Ella ya no era así.

Una llama mágica prendió justo debajo de la parte esférica del tubito, y Dawn Star perdió totalmente el control. Sus gritos de pánico alcanzaron un volumen ensordecedor, y trató de lanzar decenas de hechizos para destruir la imagen reflejada, ninguno de los cuales logró siquiera salir de su cuerno. Y mientras tanto, la yegua reflejada observaba impasible cómo la cavidad esférica del vidrio se llenaba de humo. Cuando consideró que ya era suficiente, bajó el cilindro transparente y buscó a Dawn Star entre la oscuridad.

Su mirada, fija y acusadora, se clavó hasta el fondo en el corazón de Dawn Star. Todo su miedo, toda su angustia y toda su culpa emigraron de repente a su pecho, en un torbellino de emociones que la oprimía desde dentro con todo su peso.

Y Dawn Star gritó. Gritó tan fuerte que su pecho retumbó, y sus oídos pitaron.

La yegua del espejo se encogió de hombros, y acercó la esfera de vidrio a la llama que había creado. Pero antes de que pudiera hacerlo, el espejo dio una fuerte sacudida, y su imagen se desdibujó por un segundo antes de recomponerse.

El reflejo miró rápidamente a ambos lados con el ceño fruncido, como buscando al responsable de la sacudida; una búsqueda absolutamente en vano. Después, se encogió de hombros y volvió a aplicar fuego a lo cristalitos.

Dawn Star volvió a gritar. Menos de una décima de segundo después, un potente temblor sacudió el espacio en el que se encontraban, y un estallido cegador de luz blanca la envolvió. La unicornio parda trató de cerrar los ojos y taparse el rostro con sus patas, pero la magia que la mantenía inmovilizada se lo impidió.

Un último grito, esta vez del dolor que emanaba de sus ojos desbordados por el fogonazo, resonó por la habitación. Su mundo solamente se componía de blanco y dolor. Un nuevo destello, esta vez púrpura, quemó sus retinas y abrasó su cerebro con más dolor aún.

Hasta que sintió el abrazo de un poni alrededor de su cuerpo.

Dawn Star soltó un corto respingo de sorpresa, pero enseguida se aferró con todas sus fuerzas al otro poni, como si fuera un salvavidas en medio de una tormenta en el mar; y enterró su cabeza en el pecho del pony. Dos anchos ríos de lágrimas bajaban por su rostro, arrastrando con ellos el torbellino de sensaciones que la había asaltado en los minutos precedentes; y fuertes sollozos que sacudían todo su cuerpo escapaban de su pecho cada pocos segundos.

Śĭę šï —susurró Nąȋenähz en su oído, y le pasó un casco por la crin. Dawn Star sorbió por la nariz, y enseguida lloró con más fuerza sobre el pecho de su compañera—: Rŭhï ti. Śĭę šï.

Swébende Gagel soltó un gruñido de asco y desprecio, y negó con fuerza. Estaba llorando. Porque la habían encerrado en una burbuja mágica. Bufó con fuerza, y estampó un casco contra el suelo. Eso le pasaba por tener a una unicornio como superiora. Un auténtico guerrero pegaso jamás se hubiera amilanado ante un simple ataque con magia.

Dawn Star sollozó una última vez, y aflojó sus patas alrededor de su compañera, que seguía pasando sus cascos por su crin. Volvió a sorber, se frotó los ojos, y el mínimo esbozo de una sonrisa apareció en su rostro.

— Muchas gracias, Nayenaets —susurró.

La thestral sonrió, y la estrechó fugazmente entre sus patas. Después, se levantó del suelo, caminó hasta donde estaba Swébende Gagel, y se colocó a la derecha del pegaso y a la izquierda de Comet Nova. Dawn Star la siguió, pero se quedó enfrente de la unicornio blanca.

— ¿Te encuentras bien? —preguntó enseguida Comet Nova, la preocupación evidente en sus rasgos.

Dawn Star asintió sin convencimiento. Sus ojos estaban rojos, y sobre ellos todavía de podía distinguir el inconfundible brillo de un líquido; y el pelaje bajo ellos y su nariz seguía húmedo. Negó con la cabeza, y se pasó un casco por la cara.

— ¿Cómo… cómo está la reina? —preguntó de repente. Un gigantesco pozo frío se abrió de repente en su estómago. Ella era la última defensora de Platino I, y aquella unicornio la había derrotado casi sin inmutarse. Tragó saliva. Platino I podía perfectamente estar…

— A salvo en el salón del trono, con Clover. —El miedo desapareció de vientre de Dawn Star, la cálida sensaciónde victoria lo sistutuyó en su pecho. Lo habían logrado. No sabía cómo, pero lo había logrado—. Nayenaets dice que la reina empezó a lanzar destellos, y que de repente apareció Clover a su lado. —La unicornio blanca se encogió de hombros, y Dawn Star asintió lentamente—. El unicornio debió ver las señales y saber lo que significaban, porque ha huido a su época.

A pesar de haber logrado salvar a la reina, Dawn Star no pudo evitar sentirse derrotada. La unicornio seguía libre, y no dudaba en absoluto de que volvería a cruzarse en su camino.

— ¿Qué magia usa unicornio? —preguntó Nąȋenähz, volviendo la mirada hacia su compañera para asegurarse de que seguía bien—. Compañera llora, hechitso burbuja non fatse aqueso.

— No es solo burbuja —contestó Comet Nova—. Dos hechizos. Uno encierra, otro ve miedo más grande.

Nąȋenähz retrocedió un paso, impresionada, y después miró a Dawn Star con ojos llenos de espanto. Ahora que sabía la tortura psicológica a la que se había enfrentado su compañera, ni siquiera quería saber los horrores que había visto para dejarla en aquel estado.

Comet Nova Inspiró profundamente, y emitió un largo suspiro.

— La verdadera pregunta es por qué usó precisamente ese hechizo, cuando un hechizo inmovilizante, o incluso uno aturdidor, le hubiera permitido huir.

— Permiso para fablar, mi… superiora —saltó Swébende Gagel.

Dawn Star no pudo evitar una mueca triste cuando captó el desprecio con que el pegaso había envenenado su última palabra. Además de su dignidad, también había perdido la confianza de su compañero de misión. Alzó la cabeza, rehuyendo su mirada, y asintió sin fuerzas.

— Fízolo como demostración de fuerzas, mi superiora. Tal suele ser el objetivo de un ataque tan desmesurado e innecesario como aqueste. Mostrar al enemigo lo que acontecerle puede e disuadirle d'acometer nuevo ataque. Mas con nos los pegasos de Cloudsdale —irguió la cabeza, orgulloso, y golpeó la placa pectoral de su armadura con el casco delantero derecho— non funciona. Nunca retrocedemos ante ningún enemigo, nin poni nin grifo.

Comet Nova decidió ignorar aquella manifestación de temeridad y estupidez para concentrarse en las primeras palabras del pegaso. Una advertencia de que no repararía en magia y crueldad con tal de cumplir su propósito. Desde luego, tenía sentido; y por la expresión del rostro de Dawn Star podía deducir que ella también pensaba lo mismo. Sus labios se curvaron en una sonrisa casi imperceptible. Una lástima que su enemigo fuera el Ministerio del Tiempo.

— Volvamos al salón del trono —dijo de repente—. Platino I quiere hablar con vosotros; y además tenemos que recoger a Minuette antes de volver a nuestra época.

Inmediatamente, las facciones de Swébende Gagel se contrajeron con su repulsión y odio hacia la reina de los traidores, pero no dijo nada. Se cuadró, y se dio la vuelta para quedar mirando hacia las escaleras, esperando a que Comet Nova abriera el camino. Dawn Star tragó saliva audiblemente, y una bola de ansiedad se instaló al fondo de su garganta, casi en el interior de su pecho. Habían salvado a la reina, pero no habían atrapado a la unicornio. ¿Se lo tomaría bien? ¿Los haría hervir en aceite, como había amenazado a aquel pobre guardia?

Un escalofrío recorrió toda la longitud de su espina dorsal, hasta la punta de su cola. No quería que su vida acabara en una cazuela llena de borboteante aceite en el año 4.

Comet Nova emprendió el camino hacia el salón del trono, y los otros tres ponis la siguieron. Mientras subía por las escaleras, con la cabeza gacha y las orejas bajadas y pegadas a su cabeza, el cerebro de la unicornio parda hilaba una excusa detrás de otra para justificar su fracaso a la hora de capturar a la unicornio; pero ninguna de ellas mínimamente convincente.

Al contrario de lo que había ocurrido en las ocasiones anteriores, las grandes puertas del salón del trono estaban abiertas de par en par. Minuette se hallaba tumbada boca abajo sobre la alfombra roja que cubría el suelo, en el mismo sitio en que la magia oscura de la unicornio la había golpeado. No parecía herida, pero su pecho se expandía y contraía a un ritmo irregular, como si le resultara difícil respirar. Por encima de ella, Clover la Inteligente la examinaba con su magia, pasando su cuerno una y otra vez sobre el cuerpo de la unicornio celeste en busca de rastros de magia oscura. Y, encogida en su trono, en la misma postura y con la misma expresión aterrorizada que lucía su rostro cuando Nąȋenähz la estaba protegiendo con su cuerpo, estaba Platino I.

Comet Nova hizo una breve reverencia, y entró sin esperar el permiso de la reina para hacerlo. Mientras los otros tres ponis imitaban su gesto, Swébende Gagel solamente tras una orden de Dawn Star, se acercó a la caída Minuette y la miró con preocupación.

— ¿Cómo está? —preguntó, con evidente preocupación en la voz—. ¿Se recuperará pronto?

— Farálo —respondió Clover, dando un último pase sobre el pecho y la cabeza de la unicornio celeste. Satisfecha con los resultados, apagó su cuerno, levantó la cabeza y asintió con fuerza—. Son ya idos los últimos filos de magia oscura del su cuerpo. Tan solo habrá de descansar, e pronto será curada, como si en tiempo ninguno los hubiera sufrido.

La unicornio blanca colocó un casco sobre el hombro derecho de Minuette, y suspiró, aliviada. Habían tenido suerte de no salir demasiado malparadas de aquel ataque. Las víctimas de un ataque con magia oscura solían acabar muertas, o gravemente mutiladas si la suerte les acompañaba.

— Non quiso matarvos. Poneros fuera de la lid era el su verdadero objetivo. Tal era el fin del conjuro invocado.

Comet Nova frunció el ceño, preocupada. Exactamente lo mismo que le había dicho Swébende Gagel. Pero pensándolo bien, sus acciones carecían totalmente de lógica. Un pony que estaba más que dispuesto a matar a Platino I y destruir Equestria por completo ¿y se negaba a matar a los que se interponían en su camino protegiéndola? Por más vueltas que le daba, no lograba encontrar un sentido a sus acciones. Por si acaso, volvió la vista hacia Dawn Star, que estaba igual de desconcertada que ella.

— Maldito sekurókich —siseó Swébende Gagel, lívido de rabia, apretando su casco alrededor de la empuñadura de su espada hasta que empezó a dolerle—. Escoria traidora hija de mala perra.

Los ojos de Nąȋenähz se giraron hacia el pegaso, su expresión llena de sorpresa. Sekurókich. Sḱrȍükiḱ. Dos palabras casi idénticas referidas a alguien que estaría mejor muerto. ¿Tenían también el mismo origen? ¿Swébende Gagel, el pegaso fanático, sabía grifo?

— Eh, no pongáis esas caras —saltó Minuette, y trató de levantarse sobre sus cuatro patas; pero antes de conseguirlo perdió el equilibrio y cayó sobre la moqueta con un golpe amortiguado. Comet Nova, Clover y Dawn Star se lanzaron a ayudarla, pero ella hizo un gesto con sus patas para indicar que estaba bien—. Seguro que en poco tiempo lo atrapamos. —Una gran sonrisa se formó en su rostro, y soltó una aguda risita—. Tiempo. ¿Lo pilláis?

Dawn Star sonrió. Empezaba a lamentar no haber intentado conocerla en sus años en la Academia, porque su alegría y su eterna sonrisa le encantaban. Se encogió de hombros, y asintió para sí misma. Tal vez aún no fuera demasiado tarde para conocerla mejor.

— Clover —dijo de pronto la voz de Platino I, tan débil que apenas si pudieron oírla, y todavía llena del terror que el regicidio frustrado había provicado en su equinidad—. Clover. Venid a mí. —Jadeó; sus cascos temblaban sobre los brazos de madera de su trono—. Decidles que vengan cabe nos.

Más para cumplir con la orden de su reina que porque realmente fuera necesario, la unicornio lila repitió sus palabras, y procedió a cumplirlas. Pocos segundos después, los cinco ponis estaban de pie delante de trono, con el tronco inclinado hacia delante en una reverencia, incluido Swébende Gagel, que no cesaba de mascullar entre dientes insultos y maldiciones hacia la reina de los unicornios.

Parsimoniosamente, Platino I se levantó de su trono, mirando a su alrededor cada uno o dos sregundos, temiendo que un segundo asesino oculto saliera de las sombras y acabara con su vida. Pero aquello no ocurrió, y tras un largo minuto la reina de Equestria se halló sobre la alfombra roja sostenida por sus cuatro temblorosas patas.

— Vos —musitó, señalando a Nąȋenähz con su casco derecho.

Nąȋenähz miró a la reina, y contuvo la respiración, expectante.

— Habéis salvado la nuestra vida.

Nąȋenähz volvió la mirada al desgarro que la flecha del unicornio había abierto en su ala izquierda, y suspiró. El dolor había desaparecido casi por completo hasta ser apenas perceptible, pero no era lo que más le preocupaba de la herida.

— Es deber mío salvar reina Ekuestriainï —dijo secamente.

La reina pareció sorprendida por un instante, pero pronto sus labios se curvaron en una de sus características sonrisas zalameras.

—Como recompensa por los servicios prestados a nos y a la nación equestriana, nos os concedemos un deseo. Pedid lo que deseéis, e, salvo la corona, será sin dilación concedido.

La thestral parpadeó dos veces, gratamente sorprendida por el regalo de la reina. Cualquier cosa que quisiera. Podría pedirle un terreno de caza privado en las montañas, o ser nombrada la autoridad suprema de los thestrales, o una parte de las fastuosas joyas que la reina debía de guardar en alguna cámara secreta del palacio, o…

Y de repente, el recuerdo de cómo la habían tratado los guardias del palacio cuando había revelado su raza volvieron a su mente. Su desconfianza, su desprecio, la palabra "murciélago".

— Yo sé deseo mío —dijo de repente, resuelta—. Deseo tratéis raza mía como amiga, no enemiga y no murciégalos.

La única reacción entre los ponis reunidos fue la de Swébende Gagel, que alzó una ceja y masculló un casi malhumorado "yegua inteligente" para sus adentros. La reina asintió levemente, y levantó la pata delantera derecha para adoptar una postura solemne.

— ¡Es la nuestra voluntad que sea sabido en Equestria que, agora e siempre, en todo lugar e tiempo, ha de ser la raza de los thestrales la nuestra amiga e aliada; e que como amigos, que non como enemigos, han de ser tratados! ¡Tal es la voluntad de la reina, e como tal ha de ser cumplida!

Durante toda la frase, Nąȋenähz se mantuvo con la cabeza pegada al suelo, los cascos tapándole los oídos y los dientes y los pápados apretados con fuerza. Cuando por fin cesó la tortura para sus oídos, se levantó e inclinó la cabeza hacia delante; y cuando dejaron de pitarle los noídos dijo:

— Muchas gratsias, Majestad. Es honor grande de vos.

Platino I sonrió, y le agradeció de nuevo que le hubiera salvado la vida. Nąȋenähz volvió a responder que solo cumplía con su deber. Después, se hizo el silencio, que Comet nova rompió pocos segundos después..

— Debemos volver a nuestra época. Debemos dar parte a Keeper y Celestia de que El Viajero se nos ha escapado.

Dawn Star asintió, pero la mención al Ministro hizo que la preocupación volviera a entrar en su pecho. A pesar de que habían logrado salvar la vida de la reina, su atacante seguía libre para atentar contra quien quisiera, cuando ella quisiera. Simple y llanamente, habían fracasado en su primera misión real. ¿Y si ahora decidían prescindir de ella? Ya conocía el Ministerio y el hechizo de Star Swirl. ¿Se desharían de ella? ¿Le borrarían de la memoria el hechizo y su viaje en el tiempo?

—Sí —suspiró, más que dijo, y caminó lentamente hasta colocarse al lado de la unicornio blanca. Volvió por última vez la cabeza hacia la reina, y la inclinó respetuosamente cuando sus ojos la encontraron—. Adiós, Su Majestad. Ha sido un honor servir a la primera reina de Equestria.

La unicornio parda se colocó junto a Comet Nova, y ambas caminaron hasta Minuette, que seguía tumbada y recuperando fuerzas. Swébende Gagel y Nąȋenähz los siguieron, y enseguida el cuerno de la unicornio blanca hizo brillar las paredes del salón del trono con un débil tono turquesa.

Cuando la luz se hubo extinguido y la burbuja mágica del hechizo desaparecido, Platino I volvió la cabeza hacia su derecha, buscando a su fiel consejera con la mirada.

— Non será jamás esto por otros sabido, Clover —dijo, mirando al infinito—. Todo, salvo la nuestra promesa, ha de permanecer en secreto, pues no han de saber los enemigos del país que Nos somos vulnerables.

Clover la inteligente miró a la reina de arriba abajo, y asintió lentamente.


— Se os ha escapado. Cinco contra uno, y se os ha escapado.

— Cuatro. Nayenaets estaba inmovilizada defendiendo a la reina.

El ministro del Tiempo resopló con fuerza antes de llevarse un casco a la cara, y lo estampó en el suelo con fuerza. Nąȋenähz encogió la cabeza y cerró los párpados con fuerza, y cuando los volvió a abrir fijó su mirada en los cuatro puntos negros que suturaban la herida de su ala.

— Los que fueran. Teníais la superioridad numérica, teníais más capacidad mágica, teníais más fuerza, sabíais que estaba ahí. —Se levantó sobre sus patas traseras, y puso las delanteras sobre los hombros de Comet Nova—. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué no lo tenéis?

— Magia oscura.

El rostro de Time Keeper pasó del enfado a la estupefacción en menos de un segundo. Sacudió la cabeza mientras mascullaba algo para sí mismo, devolvió sus cascos al suelo y retrocedió unos pasos.

— Magia oscura. —Bajó la cabeza, inspiró hondo varias veces, se sacó las gafas con magia y las teletransportó encima de su escritorio. Después, levantó la cabeza y preguntó con evidente preocupación—: ¿Os atacó con magia oscura?

Comet Nova se limitó a asentir con la cabeza.

— Nos atacó con un hehcizo paralizante a Minuette y a mí mientras Nayenaets protegía a la reina. Y por lo que me han contado, dejó fuera de combate a Swébende Gagel —el guerrero pegaso gruñó furioso y agarró la empuñadura de su espada mientras mascullaba promesas de asesinato— con magia y a Dawn Star —la unicornio parda se sonrojó profundamente, y bajó la cabeza hasta casi el suelo— con un revivefobias. —Cerró los ojos y suspiró antes de añadir—: Nos dio una buena paliza.

— Sí, pero con magia oscura —respondió el ministro, y corrió a sentarse en su silla. Una hoja de papel y una pluma se posaron con suavidad en su escritorio, y comenzó a escribir frenéticamente un mensaje urgente para las princesas—. ¿Qué hechizo oscuro utilizó?

Comet Nova se encogió de hombros y negó con la cabeza, pero Dawn Star levantó la pata.

— Es una variante oscura del hechizo inmovilizador. Los unicornios de la guardia real suelen utilizarlo para impedir la huida de los criminales porque interfiere con el sistema nervioso de los músculos voluntarios del blanco e impide su movimiento. El hechizo que usó la unicornio deja un rastro parecido, pero lo que hace es envolver al objetivo con una capa de magia oscura cristalizada para inmovilizarlo. —Tragó saliva, intimidada, cuando notó las miradas del ministro y su segunda clavadas en ella—. Em… ¿Ocurre algo?

— ¿Ha dicho "la" unicornio? —inquirió Time Keeper con urgencia. En todas las misiones en que sus agentes se habían encontrado con el misterioso fugitivo, estos le habían informado de que era indudablemente un caballo. Pero ahora, el testimonio de Dawn Star abría una nueva posibilidad.

Dawn Star volvió a tragar saliva, y asintió nerviosamente.

— Sí. Justo antes de atacarme, me… me habló. —Los ojos del ministro se abrieron de par en par, y contuvo la respiración, expectante—. Me dijo "adiós". Y su voz… sonaba como la de una yegua.

Una yegua. El fugitivo era una yegua. El Ministro del Tiempo lo escribió en su mensaje a las princesas, tratando de que no se notara por fuera la rabia que lo consumía. Habían estado meses siguiendo una pista falsa, engañados por un hechizo de ilusión del que ninguno se había percatado hasta entonces.

— ¿Usaba un hechizo de ilusión? —preguntó Time Keeper. Dejó la pluma en el tintero, y colocó los cascos delanteros sobre el escritorio, teniedo cuidado de no estropear la carta—. Es extremadamente importante que lo sepamos. ¿La unicornio estaba usando un hechizo de ilusión?

Dawn Star resopló, nerviosa, mientras su cerebro repasaba a un ritmo frenético todos los los momentos en que pudiera haber descubierto aquel hechizo. Pudo descartar la inmensa mayoría por la distancia a la que se encontraba, ya que las ilusiones dejaban un rastro mágico poco perceptible a distancia. Eso le dejaba con un solo momento en que hubiera sido posible haberse dado cuenta: el segundo en que estuvieron frente a frente, justo antes de que la atacara.

— No… No puedo estar segura —balbució, y Time Keeper cerró los ojos, decepcionado—. Estaba demasiado lejos como para captar el rastro, y cuando me la encontré de frente estaba demasiado asustada como para pensar en ilusiones. —Una lucecita se encendió de repente en su cerebro, y dijo apresuradamente—: Pero su voz sonaba perfectamente natural.

Time Keeper mantuvo la mirada fija en Dawn Star durante un segundo, y volvió a escribir. No cabía duda; perseguían a una yegua. Un hechizo nunca hubiera sido capaz de imitar el sonido de la voz equina de forma que pareciera natural.

El Ministro del Tiempo concentró su magia, y una pequeña llama verde nació en una de las esquinas de la carta. Hizo levitar sus gafas antes de ponérselas, y observó con tranquilidad cómo las llamas devoraban el papel sin dejar cenizas a su paso. Después, se recostó en su silla y elevó su mirada hacia los ponis.

— Muchas gracias por su colaboración, señorita Dawn Star. Nos ha sido de gran ayuda. —La unicornio dejó escapar un enorme suspiro de alivio justo antes de que el unicornio negro se inclinara para abrir el cajón y sacara de él unos papeles—. Si me permiten cambiar de tema, creo que aún no han tenido tiempo de firmar sus contratos.

La expresión de felicidad del rostro de Dawn Star apenas cabía en su rostro. La querían. A pesar de haber fracasado en su misión y de todo lo que había hecho en su vida, la corona de Equestria quería que trabajase para ella.

En menos de un segundo, estaba sentada en la silla, con una pluma en su magia, su contrato delante y leyéndolo apenas por encima. Disponibilidad absoluta, sí, mil quinientas monedas al mes con una paga extra en verano, sí, tres semanas de vacaciones al año sujetas a misiones, sí, sí, sí, firmaba una hoja tras otra, todos lo que ellos quisieran. Podría tener un trabajo fijo y bien pagado, lo que siempre había querido temido que su pasado le impidiera conseguir.

— Por favor, lea cuidadosamente el contrato de confidencialidad. Incumplirlo puede suponerle un buen número de años de condena. —Se giró hacia Nąȋenähz y Swébende Gagel, que acababan de sentarse frente a su escritorio, y les entregó sus contratos—. Comet, ¿le explicas bien el contrato a Nayenaets, por favor?

La unicornio blanca se colocó a la izquierda de la thestral, señaló los primeros párrafos del contrato y se los resumió a Nąȋenähz simplificándolos al máximo, pero sin omitir la información más importante. Al mismo tiempo, Swébende Gagel pasaba la vista sobre las líneas de caracteres pegasos sin detenerse demasiado en ellas, e incluso ligeramente molesto. Era un soldado, su obligación era obedecer y callar. No necesitaba que un estúpido papel redactado por unicornios le dijera algo que llevaba en su corazón desde que era un potrillo.

Al llegar al contrato de confidencialidad, no pudo reprimir una risita. Por mucho que el mismo rey lo supiera y le hubiera dado su autorización, ni loco de remate iba a admitir en su época que trabajaba con unicornios. Tomó la pluma en su casco derecho, y estampó su firma al final: su nombre, en el que el cirrocúmulo estilizado de la primera letra había sido sustituido por la forma de aquel en que había matado a su primer grifo.

El ministro del tiempo le dio las gracias, recogió su contrato y lo colocó detrás del de Dawn Star. Se giró hacia Nąȋenähz, que parecía ir aproximadamente por la mitad y asentía cada pocos segundos; y se permitió la sonrisa más amplia de lo que llevaba de año. Había logrado tres buenas incorporaciones a su plantilla.

Una llama verde prendió en la madera de su escritorio, y se extinguió apenas un segundo después, dejando dos papeles tras de sí. Time Keeper los cogió con su magia y los hizo flotar delante de su cara. Cuando acabó de leer el primero, una expresión de preocupación se había adueñado de su rostro. Cuando terminó la segunda, había sido sustituida por una amplia sonrisa de satisfacción.

— Contratro mío es aquí —dijo Nąȋenähz.

El ministro asintió, conforme; dejó los dos papeles sobre su escritorio y ojeó rápidamente el contrato de la thestral. No pudo reprimir una sonrisita divertida cuando vio que había estampado su casco mojado en tinta a modo de firma.

— ¿Le han explicado bien el acuerdo de confidencialidad?

Las primeras palabras desconcertaron a Nąȋenähz, pero se recuperó al escuchar "contrato de confidencialidad. Asintió vigorosamente, y dijo:

— Yo hablo de Ministerio, entonces yo voy a cárcel. Princesas quieren, entonces ellas matan mí.

El corazón de Dawn Star dio un vuelco en su pecho. No recordaba haber visto nada sobre ejecuciones en el contrato de confidencialidad que había firmado. Rápida como una flecha, cogió el contrato de la thestral e hizo pasar los folios hasta el último. Sus ojos espantados recorrieron las líneas a la velocidad del sonido, y una frase poco después de la mitad del folio la dejó sin respiración.

El Principado de Equestria se reserva el derecho de iniciar acciones penales contra el responsable de la ruptura de la confidencialidad, incluyendo, pero no limitándose a, penas privativas de libertad o de la vida.

Aterrorizada, Dawn Star se llevó un casco al cuello, donde ya le parecía sentir el frío contacto del anillo de hierro del garrote vil.

— Y por eso se debe leer bien un contrato antes de firmarlo —dijo Time Keeper antes de quitarle el contrato a la unocornio parda y colocarlo junto con los otros dos—. Deduzco por su reacción que no se le pasará por la imaginación traicionarnos. ¿Cierto?

Dawn Star negó con movimientos rápidos y nerviosos mientras balbucía una respuesta negativa.

— Bien, pues eso es todo de momento. Les doy la bienvenida oficial al Ministerio del Tiempo. —Extendió un casco y se lo ofreció a los tres ponis. Dawn Star se apresuró a estrechárselo, Swébende Gagel lo miró con reticencia durante unos segundos antes de sisear una maldición e imitar a su compañera, y finalmente Nąȋenähz hizo lo propio tras observar a sus compañeros—. Les deseo una larga y feliz estadía en nuestras filas. Ah, y por cierto —añadió, acordándose de repente, y se quitó las gafas—, pásense mañana a las cinco por aquí, si son tan amables.

Dawn Star lo miró durante un momento, pero después asintió. Comet Nova inspiró profundamente, y caminó hasta colocarse al lado de Swébende Gagel.

— Es hora de devolverte a tu época.

El guerrero pegaso asintió, y se colocó al lado de la unicornio blanca. Echó un casco a la empuñadura de su espada para comprobar que seguía en su sitio, y se colocó bien la armadura. Después, se quedó en posición de firmes, esperando el hechizo que lo trasladaría de vuelta a su época.

Nunca se lo diría a sus nuevos superiores, pero era un alivio volver a estar rodeado de los suyos en lugar de una poni murciélago y una panda de unicornios traidores.


—Aquí estamos. Batalla de los Cirrocúmulos, año 32 antes de la Fundación.

Swébende Gagel se frotó los ojos mientras esperaba a que la brillante luz turquesa se extinguiera, y cuando lo hubo hecho echó un vistazo a su alrededor. Las nubes, las armas caídas sobre ellas, la luz anaranjada del ocaso, los cadáveres… En efecto, era el mismo campo de batalla. Es más, estaban en la misma nube de la que habían salido.

— Han transcurrido aproximadamente diez segundos desde que salimos. —Swébende Gagel se volvió hacia ella, estupefacto, pero Comet Nova se limitó a suspirar e invocar su magia. Tenía menos de un minuto—. Solo los pegasos que habían perdido la consciencia y a los que tomaron por muertos lograron sobrevivir a la segunda carga del ejército grifo. E resto murió.

Swébende Gagel asintió, y se sentó sobre la nube, pensativo. La unicornio había cumplido su parte del trato hasta aquel momento, sí, pero ¿y si ahora le traicionaba?

El guerrero pegaso negó con la cabeza, y clavó su espada en la nube. Si lo traicionaba, allí estaría él, esperando a los grifos para morir por su honor, su patria y su rey.

— Decidme, ¿cómo pretendéis…?

El cuerno de la yegua se iluminó durante un segundo, y Swébende Gagel se desplomó sobre la nube como un fardo de patatas. Comet Nova se inclinó para comprobar su trabajo, y una sonrisa de satisfacción asomó a sus labios al comprobar que estaba inconsciente.

Un agudo sonido metálico, semejante al del badajo al golpear una campana de pequeño tamaño, resonó por el campo de batalla. La unicornio observó la abolladura que había creado en el casco antes de disipar el garrote mágico que acababa de crear y jadear para recuperar energías. No pudo evitar que una pequeña sonrisa apareciera en su rostro al ver al temible soldado desmayado sobre la superficie gris plomiza del cirrocúmulo.

— Qué ganas tenía de sacudirle.


— Listo —anunció Comet Nova, sin esperar a que la luz mágica que la rodeaba hubiera desaparecido. Inspiró profundamente, caminó hasta la silla en la que se había sentado Swébende Gagel jadeando a cada paso que daba, y se derrumbó sobre ella sin ni siquiera pedir permiso para sentarse.

Time Keeper asintió, y se colocó las gafas. Si por él fuera, la habría enviado a su casa en el mismo instante en el que escuchó que la habían atacado con magia oscura, pero todavía tenía una última tarea que cumplir.

— ¿Yo vuelvo agora? —preguntó Nąȋenähz , haciendo ademán de levantarse de la silla.

El ministro y su segunda intercambiaron una mirada preocupada. Tan preocupados estaban con el papeleo para que la trataran como refugiada que no habían pensado en cómo darle la noticia de que se iba a quedar en el siglo XXIII.

Nąȋenähz también captó sus miradas y expresiones de preocupación, y comprendió al instante que algo pasaba. Comet Nova tomó aire, y giró la cabeza hacia la thestral. Como siempre, le había tocado a ella.

— Nayenaets, tú… —Suspiró, y la abrazó con fuerza. El corazón de la thestral se encogió, y sus pupilas se convirtieron en dos delgadas rayitas negras en sus ojos amarillos—. Tú no vas a volver a tu época.