Las palabras de Comet Nova se repetían una y otra vez en los oídos de Nąȋenähz una y otra vez, mientras sentía su corazón encogerse y retorcerse sobre sí mismo un un diminuto y doloroso nudo. Abrió y cerró la boca un par de veces, y las lágrimas comenzaron a agolparse en sus párpados inferiores.

— ¿Por… Por qué?

— Si tú vuelves, tío tuyo mata ti —respondió Comet Nova en un tono casi maternal.

Nąȋenähz pareció aceptarlo durante un segundo, pero enseguida se enfadó y mostró sus colmillos a la unicornio blanca.

— Es casa mía. Yo he de volver.

— Tú quieres tío tuyo no casar ti. Si vuelves, tío tuyo casa ti, o mata ti.

— Es casa mía. Es familia mía. Yo quiero volver —repitió la thestral, desafiante, con sus pupilas clavadas en las de Comet Nova.

Comet Nova volvió la vista al techo y exhaló un largo suspiro. Iba a ser difícil convencerla. Pero no podía culparla. Estaba prácticamente segura de que todo su mundo era su familia y su colonia. Renunciar a todo ello sería lo más duro que hubiera hecho nunca la thestral. Pero volver… Volver significaba renunciar con toda seguridad renunciar a su libertad, la libertad por la que había escapado de su tío y había aceptado viajar mil seiscientos años al futuro.

— Nayenaets, viniste conmigo para salvar ti de tío tuyo. Si tú vuelves, casará ti. Serás esclava suya.

Nąȋenähz apretó los dientes, algo, mintras sopesaba ambas posibilidades en su cerebro. Sabía que lo que decía la unicornio blanca era cierto, y que su tío le daía la paliza de su vida para ponerla en su lugar tan pronto como la encontrara. Pero iba a dejar atrás todo lo que conocía. Su primo. Sus amigas. Su colonia. Volver implicaba vivir sometida a su tío hasta que él muriera o la matara a golpes; precisamente lo que había tratado de evitar con su fuga nocturna. Quedarse, decir adiós para siempre a todo lo que había conocido para sumergirse en un mundo y una época extrañas, en la que todo y todos le resultaban desconocidos.

Una lágrima de rabia se deslizó por su mejilla. Dawn Star colocó un casco alrededor de su hombro, pero no consiguió consolar a su compañera.

Könȅgengŭradï —dijo de repente—. Könȅgengŭradï en tiempo mío. Tío mío nunca encuentra mí.

Casi sin darse cuenta, Dawn Star se encontró aplaudiendo mentalmente la sugerencia de Nąȋenähz. Seguía implicando renunciar a su familia y su colonia, pero al menos seguiría viviendo en su propia época.

— No estoy muy seguro de que sea una buena idea —dijo el ministro, que jugueteaba con sus gafas usando su magia—. Las noticias sobre el tratado de amistad entre la reina Luna I y los thestrales todavía no habrán llegado a Canterlot, y los ponis de esta época aún eran bastante racistas. Cualquiera sabe si deciden lincharla por ser un monstruo equinófago.

— Time Keeper dice no. Ponis no saben ti. Tú asustas ponis. Ponis pueden matar ti —le tradujo Comet Nova.

Nąȋenähz apretó los dientes con más fuerza todavía, tratando de no echarse a llorar delante de Time Keeper. Monstruo. Matar. ¿Por qué todos la tachaban de monstruo abominable solo por su aspecto? ¿Por qué todos querían deshacerse de ella? Siempre había creído que los ponis, sus congéneres, la tratarían mejor que los grifos que despreciaban a su raza y acabarían cpn ella si pudieran, pero por lo visto no eran tan diferentes.

— Princesas de Equestria refugian ti —continuó Comet Nova, con la carta de las princesas en su regazo. Sus ojos recorrían lentamente las líneas escritas con tinta púrpura, buscando la información más relevante entre la palabrería oficial del documento—. Ellas dan ti casa en Canterlot, y ayuda para entender este tiempo.

Nąȋenähz no pudo reprimir un sollozo. Alzó la cabeza violentamente, y miró al ministro y a su segunda con toda su frustración e impotencia reflejados en sus ojos. Cerró sus párpados con fuerza, y estampó sus cascos en el borde de la mesa de ébano del ministro.

— ¡¿Por qué yo quedo aquí?! —chilló. Dos lágrimas, una a cada lado de su rostro, bajaban por sus mejillas—. Yo quiero ir tiempo mío. Ȋë šanthȕ ä dömśȅį minë vänȋen. Ȋë šanthȕ ä zaȋĭt minë vänȋen!

Sus palabras fueron silenciadas por un fuerte abrazo de Comet Nova. La unicornio la estrechó con fuerza entre sus patas delanteras, y guió la cabeza de la thestral hasta apoyarla sobre su pecho, donde al fin pudo dar rienda suelta a sus lágrimas.

— Lo siento —susurró Comet Nova, y abrazó con más fuerza a Nąȋenähz—. Lo siento. Lo siento, de verdad. —La thestral sollozó, y la unicornio pasó lentamente un casco por su crin—. Sé que quieres volver. Yo también quería. —Sus ojos turquesa brillaron con sus recuerdos durante menos de un segundo—. Hacemos esto por ti. Solo aquí puedes vivir.

Nąȋenähz reprimió un sollozo, y sorbió con fuerza antes de separarse lentamente de la unicornio. Se sentó en su silla con los ojos fijos en el suelo, pensando con la mirada perdida en el infinito, intentando con todas sus fuerzas rechazar lo que le habían dicho. Pero cuanto más lo intentaba, más se daba cuenta de que los unicornios tenían razón.

Su tío la esperaba para hacerla suya. En cualquier otra ciudad la lincharían por miedo. No le quedaba otra opción que comenzar una nueva vida en una ciudad y una época totalmente desconocidas para ella.

— Yo… —comenzó Dawn Star, pero se detuvo al notar tres pares de ojos clavados en ella. Genial, ya no tenía más remedio que terminar la frase—. Yo… Ella podría quedarse en mi casa de momento. —Tragó saliva, y bajó la mirada—. Para… para que no esté sola.

El ministro del tiempo alzó las cejas y se quitó las gafas con los cascos, mientras que Nąȋenähz la miraba con los ojos como platos y la boca abierta. Parpadeó un par de veces, y se echó al suelo. Maniobró un poco para quedar sentada, y se llevó el casco delantero derecho al corazón. Pequeños destellos de color azul cielo bailaban sobre sus iris amarillos, humedecidos por su silencioso agradecimiento.

— Puede funcionar —dijo el ministro, juntando las puntas de sus cascos. Se puso las gafas, y hojeó unos cuantos papeles hasta que dio con su informe sobre Dawn Star—. Dawn Star vive sola, y aunque el piso es pequeño, creo que dos ponis no tendrían problema en acomodarse si lo plantean bien. Convencer al casero para que la deje quedarse a vivir allí es otro asunto, pero eso —teletransportó el informe al interior de uno de sus cajones y sus gafas sobre el escritorio, se recostó en su sillón, y volvió los ojos hacia la unicornio parda, que lo miraba con una mezcla de miedo y estupefacción. ¿Cómo sabían todas esas cosas sobre su vida?— lo dejo en sus cascos, señorita Dawn Star.

La unicornio parda boqueó un par de veces, y miró a Nąȋenähz con preocupación. Sabía que no habría problema en que durmiera una noche en su casa, pero convertirla en su compañera de piso sería mucho más difícil. Implicaba, como mínimo, modificar los contratos de alquiler para colocar a Nąȋenähz como inquilina, y sabía que a su casero no le caían precisamente bien los thestrales. Ni ningún poni que no fuera pegaso.

Si Nąȋenähz había notado su preocupación, desde luego no hizo ningún gesto que lo demostrara.

— ¿Y no podríamos…? ¿No podríamos tirar de…?

— ¿De una orden de la Corona? Imposible —sentenció tajante el ministro—. Señorita Dawn Star, las actividades de nuestro ministerio se basan en el sigilo y la discreción, y utilizar una orden de Celestia para modificar el contrato de alquiler de piso de una estudiante sería, como mínimo, digno de ser investigado.

Comet Nova dirigió su mirada al infinito mientras se mordía el interior de la mejilla. Tenían razón. Tendría que enfrentarse a su casero sola.

—Lo intentaré —respondió en un murmullo. No le hacía demasiada gracia tener que hablar con él, pero ya no podía echarse atrás—. No puedo prometer nada, pero lo intentaré.

Time Keeper asintió brevemente y volvió la vista a los papeles sobre su escritorio. Se recostó en su silla, y tocó las puntas de sus cascos con la del otro.

—Pueden retirarse. Señorita Dawn Star, le deseo suerte. No se preocupe si no lo consigue, tenemos un par de pisos libres cerca del Ministerio. —Su rostro cambió a una sonrisa afable, y agregó—: Bienvenidas al Ministerio del Tiempo.

Nąȋenähz repitió el gesto de agradecimiento que ya le había dedicado a Dawn Star, mientras que la unicornio parda inclinó ligeramente la cabeza y murmuró una corta frase de gracias.

—La puerta se abre con una palanca en la pared izquierda, a la altura del último escalón. Si tarda en abrirse, es porque ha detectado algún desconocido cerca y está esperando a que se aleje —dijo Comet Nova justo antes de que las dos yeguas salieron del despacho.

La unicornio parda repitió la frase, y salió del despacho acompañada de la thestral. Encontraron la palanca sin problemas, y antes de activarla Dawn Star le explicó a Nąȋenähz con una mezcla de gestos y chapurreos que debía taparse la nariz para evitar el hedor del callejón.

Unos segundos después, las dos yeguas se encontraron en la calle. Dawn Star se dio la vuelta para indicarle a la thestral el camino que debían seguir, pero decidió esperar al ver a su compañera mirar a todas partes con asombro, intentando evitar las luces mágicas de las farolas. El cemento de la acera, los adoquines del asfalto, los altos edificios de ladrillo, los ponis con sus ropas, los carros. Tantas cosas nuevas, tantas formas nuevas, tantos colores nuevos. Todo era nuevo y excitante para ella, pero pronto su ceño se frunció. No era su cueva, cómoda y oscura. Era un mundo exterior extraño y desconocido para ella. Bajó los ojos al suelo, y siguió sin rechistar el camino que le marcaba la unicornio.

El camino hasta la casa de Dawn Star apenas les llevó unos diez minutos. La unicornio vivía en un feo barrio, lleno de altos bloques de pisos construidos en ladrillo. Unicornio y thestral caminaron por la acera derecha de una calle más bien corta, iluminada por farolas mágicas que despedían una luz anaranjada, hasta que alcanzaron el número siete. Dawn Star sacó las llaves de su crin, y las dos yeguas entraron en el edificio.

Avanzaron a lo largo de un estrecho pasillo hasta las escaleras, y no tardaron mucho en alcanzar el sexto piso. Dawn Star no pudo evitar un ligero resoplido irónico al recordar los lujosísimos aposentos de Platino I en el sexto piso de la torre del homenaje. La reina en unos aposentos gigantescos, rodeada de oro, sedas y sirvientes; y ella en aquella pequeñez de piso.

Qué asco de vida.

La unicornio se detuvo enfrente de una puerta pintada de verde azulado marcada con la letra A encima del dintel, y volvió a sacar las llaves. Las introdujo en la cerradura, y giró hasta que escuchó un pequeño crujido.

—Es aquí. Calle del Monte Everhoof, número siete, sexto A.

Nąȋenähz asintió lentamente, grabando aquella información en su memoria, y volvió los ojos hacia la puerta con desgana. Ya podía ser el palacio de la reina Platino; no era su hogar en los montes que rodeaban Fillydelphia. Y eso era lo que importaba.

Dawn Star empujó la puerta hacia el interior, y dio un paso a la izquierda para que Nąȋenähz pudiera verlo.

— Esta es mi casa. No es gran cosa, pero está bien para vivir.

Tras la entrada a la vivienda, había un minúsculo recibidor, y otra puerta que daba al resto de la vivienda. Dawn Star la abrió, y reveló el interior del piso a la thestral.

Había dicho la verdad. Su casa no era nada destacable .Apenas tenía un salón, que se desdoblaba como cuarto de estudio, una cocina, un dormitorio y un cuarto de baño. Las paredes estaban pintadas de blanco, y el suelo era de terrazo.

— Pasa, no te quedes ahí en la puerta.

La thestral obedeció, y poco después el suave sonido de cuatro pares de cascos sobre el suelo llenó el pequeño piso. Sus ojos pasaban de un lado a otro con rapidez, intentando comprender lo que veía, y asombrándose al mismo tiempo de lo diferente que era de la suya. ¿Eran así todas las casas de los unicornios? ¿Y las de las otras dos razas eran distintas, o como las suyas? La de Platino I era mucho más grande y mejor decorada, pero ella era una reina, y estaba segura de que no contaba.

— Esto es el salón —explicó Dawn Star, haciendo un movimiento circular con la pata que abarcó toda la estancia—. Salón. Aquí como y estudio.

Comida aquí, repitió Nąȋenähz mientras echaba un vistazo a su alrededor. El salón estaba prácticamente vacío. Solamente había una mesa en su centro, cubierta de libros, cuadernos y papeles, unas alforjas de color azul marino apoyadas sobre una de las patas de la mesa, un sofá con dos asientos pegado a la pared derecha, y una lámpara en el techo. Dawn Star asintió, y entró en la cocina, seguida por su compañera.

— Cocina. Aquí cocino comida. —Abrió la puerta de la despensa, y añadió—: Comida está aquí.

Nąȋenähz observó el interior del armario con curiosidad. Estaba bastante vacía, y la mayor parte de la comida era desconocida para ella. Reconocía el pan, las cebollas y las zanahorias, pero no tenía la menor idea de qué era el resto. Sobre todo aquellos objetos brillantes y redondos del fondo. ¿Eran alguna clase de comida? Parecían estar demasiado duros como para poder comerse.

— ¿Quieres agua? Yo desde luego tengo sed.

Nąȋenähz asintió. No se había dado cuenta hasta entonces, pero ella también tenía la garganta seca. Se sentó en el suelo, y buscó el cántaro donde Dawn Star debía guardar el agua. ¿Igual estaba detrás de alguna de las puertas?

El sonido del agua al caer llamó su atención, y giró la cabeza en la dirección del sonido.

Wȍd —musitó la thestral, con los ojos como platos. Apenas era capaz de creer lo que veía. Un río dentro de su casa. ¡Los unicornios tenían ríos en sus casas!

Sin pensárselo dos veces, Nąȋenähz metió la cabeza bajo el chorro de agua y se puso a beber directamente del grifo. La alegría la desbordaba mientras el líquido llenaba su estómago. ¡Agua en casa! ¡Agua sin tener que arriesgarse a ser visto por los grifos!

Cuando por fin hubo saciado su sed, la thestral resopló feliz y apartó la cabeza del grifo. ¡Su propio río! ¡Dawn Star tenía que ser inmensamente rica para poder permitirse algo así!

La unicornio parda ni siquiera se había movido del sitio, estupefacta ante el estrambótico comportamiento de su compañera. Solo el ver correr el agua del grifo la hizo reaccionar.

— ¿Va… vaso? —murmuró, haciendo levitar enfrente de su cara un vaso de vidrio verde que acababa de sacar con su magia de uno de los cajones. Lo llenó, cerró el grifo y se bebió el agua a tragos cortos y espaciados.

Nąȋenähz observó lo que hacía la unicornio con curiosidad, levemente sonrojada. ¿Los unicornios bebían en aquellos cuencos tan pequeños? No lo dijo para no ofenderla, pero los grandes cuencos comunes que usaban en su familia le parecían una idea mucho mejor.

— Yo… yo bebo… ahí —murmuró, tratando de memorizar cómo eran los cuencos unicornios. De repente, recordó algo, y se giró hacia Dawn Star—. ¿Tú… tú eres rica? ¿Rica mucho?

Dawn Star se mordió la lengua, pero no pudo evitar una fuerte carcajada. ¿Rica? ¿Rica ella, que vivía en un minipiso y vivía a base de pasta y arroz?

— Nayenaets, yo… yo no soy rica. Si yo fuera rica, yo no trabajo en Ministerio, y mi casa es mucho más grande. ¿Por qué tú preguntas?

— Tienes río —respondió ella, señalando al grifo—. Tienes río en casa tuya. Solo ricos tienen río en casa suya.

¿Río? ¿Un río el grifo? La idea le parecía tan descabellada que tardó unos segundos en hacer la conexión mental.

— Nayenaets, no… No es río. Se llama grifo. —Tragó saliva antes de añadir—: Hay en todas las casas.

La thestral se quedó boquiabierta. ¿Todos los ponis tenían un invento tan maravilloso en sus casas? ¿Ninguno de ellos necesitaba recorrer un largo camino hasta el río mientras se cuidaba de no ser descubierto por cualquier grifo que pudieran encontrarse? Una amplia sonrisa se dibujó su rostro. En ese aspecto, el futuro era espléndido.

Wȍd… Agua en casas todas —murmuró con los ojos fijos en el grifo—. Eso es… —vaciló, buscando la palabra equestriana para "magnífico", pero no la encontró en su reducido vocabulario—. Eso es griǫdşëa.

Dawn Star se encogió de hombros. ¿De verdad era tan importante tener agua en casa para ella? Un minúsculo escalofrío recorrió su espalda. ¿Tan difícil era de conseguir el agua donde ella vivía?

Sin embargo, no dijo nada, solo asintió y salió de la cocina para entrar en la última habitación de la casa: el dormitorio. Era relativamente pequeño, con solo una cama, cubierta por una colcha celeste, y un armario de pino a su izquierda. A su derecha había una mesita de noche. Un vaso de agua y una luz mágica de color verde amarillento descansaban sobre su superficie de madera.

— Este es mi dormitorio. Yo duermo en esta cama.

Esta vez no hubo respuesta por parte de Nąȋenähz, que contemplaba con atención el póster que colgaba de la pared aproximadamente medio metro por encima de la cabecera de la cama. Podía ver veintitrés caballos con expresiones de júbilo tumbados sobre un campo de hierba, rodeando un trofeo de plata en el que las réplicas de los seis fundadores, fabricadas en el mismo metal, sostenían un balón de fútbol. Veintiuno de ellos llevaban camisetas a franjas verticales azules y blancas, y dos llevaban una lisa de color azul marino. Al lado, o bien encima o debajo de cada uno de ellos, había una firma estampada en tinta negra. Por encima de los ponis figuraba la palabra "Vanhoofer"; debajo la frase "Campeones de Equestria".

Nąȋenähz estuvo mirando el póster durante medio minuto, sin comprender absolutamente nada. ¿Los unicornios dibujaban ponis? En su colonia decoraban los cuencos de agua con la Luna y las constelaciones, pero ¿dibujar ponys? Le resultaba tan extraño…

— ¿Quién son? —preguntó, señalando el póster con su pata delantera derecha. ¿Tal vez guerreros celebrando una gran victoria? Pero tampoco parecían soldados. No parecían especialmente fuertes, y tampoco llevaban armas.

Dawn Star miró al póster, y suspiró con ojos soñadores. Le traía tantos recuerdos… Recuerdos de una época más sencilla y feliz, libre de problemas y preocupaciones, en la que el asunto más urgente era acabar sus deberes para salir luego a jugar el resto de la tarde.

— Son el Vanhoofer —respondió, sin separar la vista de los veintitrés jugadores impresos en el papel—. Mi equipo de húfbol. Es una foto del día que ganaron la Copa de Equestria —Señaló la copa, reviviendo en su mente los instantes que había vivido en directo cuando era una potrilla—. 2208. El Centenariazo. Se la ganamos al Canterlot en su campo el día que cumplían cien años.

Nąȋenähz no había comprendido ni una sola palabra, pero decidió no seguir preguntando. Por la mirada y su tono de voz, no cabía duda de que se trataba de alguien muy importante para su compañera. Aunque no hubiera comprendido ni una palabra de quiénes eran.

— ¿Ahí dormes tú? —preguntó, señalando la cama.

Su compañera asintió con la cabeza, y después suspiró. Había pensado dejarle a ella la cama y dormir en el sofá, aunque técnicamente era cierto.

— ¿Tienes hambre? ¿Quieres comer?

Nąȋenähz enrojeció, aunque Dawn Star no lo notó. Estaba hambrienta. No había podido comer nada antes de su huida, y tampoco había probado bocado durante su misión con Platino había nada que deseara más que comer hasta hartarse. Pero las normas thestrales la impelían a decir que no quería nada. Dawn Star ya había hecho bastante ofreciéndole su casa, no debía causarle más incomodidad comiendo su comida. Abrió la boca para decir que no, pero antes de que pudiera pronunciar alguna palabra, Dawn Star alzó una pata con una sonrisa en el rostro.

— Sé que tienes hambre. Se te ve en la cara. Venga, ven a cenar.

Ella intentó decir algo, pero al final se encogió de hombros y la siguió a la cocina. No debería, pero no creía que pudiera hacer cambiar de opinión a su compañera.

— Tengo pasta de ayer —dijo la unicornio, levitando un plato lleno de macarrones bajo la cabeza de Nąȋenähz. Menos mal que siempre se le iba el casco calculando las cantidades—. ¿Te… te parece…? ¿Está bien?

Nąȋenähz inclinó la cabeza hacia la izquierda, y olisqueó la comida que su compañera le ofrecía. En su vida había visto algo semejante. ¡Una comida que no olía a nada!

— Es pasta —explicó la unicornio, y la thestral le respondió con una mirada en blanco—. Trigo. —La otra yegua abrió los ojos, y asintió con fuerza.

Dawn Star dejó escapar un corto suspiro de alivio. Ya sabía una comida a la que Nąȋenähz no le iba a poner pegas. Sacó dos platos y dos tenedores de un cajón con su magia, y lo hizo levitar todo hasta la mesa del salón. Bajó los libros y apuntes al suelo, colocó un plato en cada extremo de la mesa, y dividió los macarrones en dos porciones aproximadamente iguales.

Nąȋenähz le lanzó una mirada impaciente a su compañera. No podía esperar el momento de sentarse a comer. Pero para su decepción, la unicornio no se subió a la silla, sino que volvió a entrar en la cocina. Quince segundos después, salió de ella con un bote rojo envuelto en un aura azul zafiro.

— Para la comida —dijo antes de depositarla encima de la mesa, y le dio una cucharada a la thestral para que la probara—. Tomate.

Nąȋenähz vaciló durante unos segundos, pero al ver la amplia sonrisa que su anfitriona lucía nen su rostro, se metió la cuchara en la boca hasta la mitad del mango y comenzó a saborear la comida que le ofrecía la unicornio. Un segundo después, sus pupilas se iluminaron, y sonrió.

Dawn Star sonrió a su vez, y echó la salsa de tomate sobre el plato de su compañera, y después sobre el suyo. La mezcló bien con la pasta usando su tenedor, levantó la vista de su plato para hacer lo mismo con el de la thestral, solo para encontrarse con que ella ya había devorado los macarrones, y se encontraba lamiendo a conciencia el plato para aprovechar hasta los últimos restos de comida. Unos segundos después, separó el cuenco de su hocico y lo dejó sobre la mesa mientras se dedicaba a lamerse las manchas de tomate que rodeaban su boca.

— Está bueno. —No era carne de caza ni uno de los cocidos de su tía, pero le había gustado a pesar de su simplicidad.

Y entonces se dio cuenta de que Dawn Star la miraba con los ojos como platos y la boca entreabierta, con el tenedor todavía sostenido por su magia.

La thestral sintió cómo sus mejillas enrojecían de golpe. ¿Acaso había hecho algo mal? Seguro que había sido por sus prisas al empezar a comer, pensó con tristeza. Tenía que haber esperado a que su anfitriona comenzase. Pero tenía tantísima hambre…

— Em… El tenedor… —balbució Dawn Star, agitando el cubierto en el aire. Tras casi un segundo de duda, pinchó varios macarrones con él y se los comió para mostrar cómo se hacía.

La sangre subió en tropel al rostro de su compañera, que enterró la cabeza entre los cascos, muerta de vergüenza. No solo se había puesto en ridículo, sino que además le había faltado al respeto a su anfitriona. ¿Quedaba acaso alguna ley thestral de hospitalidad que no hubiera violado ya?

La unicornio parda suspiró largamente mientras miraba la decepción en el rostro de su compañera. Un pequeño peso comenzaba a nacer en su pecho, y en cuanto hubo crecido un poco pudo ponerle nombre: culpa. La había hecho sentirse humillada. En lugar de ayudarla a acostumbrarse a su nueva época, la había dejado suelta, sin casi explicarle las nuevas costumbres ni los nuevos conocimientos que iba a necesitar en su nueva vida.

— Nayenaets. —Cogió el plato con sus patas delanteras, y volvió a llamar suavemente a su compañera, que esta vez sí levantó la cabeza. En sus rasgos aún se podía leer la vergüenza—. Nayenaets. No pasa nada. No está mal. No mal. No… —Suspiró, y bajó la mirada a su plato. Por Nąȋenähz. Para que dejara de sentirse mal—. Mira.

Ante la mirada expectante de la thestral, Dawn Star inspiró profundamente y hundió su hocico hasta el fondo en la pasta. Hizo una mueca de asco al notar la salsa de tomate manchándole la cara, pero se obligó a comer hasta que se terminó el último macarrón. Por su compañera. Para que no se sintiera humillada por su culpa.

— ¿Ves? Yo también como así.

La unicornio estaba haciendo auténticos esfuerzos para sonreír en lugar de limpiarse el hocico hasta estar segura de que estaba totalmente libre de tomate. Lentamente, una sonrisa se fue dibujando también en el rostro de Nąȋenähz. Dawn Star suspiró, e hizo venir una servilleta de la cocina, con la que al fin se limpió. Soltó una maldición. No podía hacerla creer que todo el mundo comía así. Sería el hazmerreír de todos.

— Nayenaets, comer… —el tenedor se levantó de la mesa, impulsado por la voluntad de la unicornio. Después, simuló pinchar comida con él, y se lo llevó a la boca. Repitió el gesto varias veces, y volvió los ojos a su compañera, que parecía entender lo que le decía—. Comer con tenedor. Tenedor —repitió, sacudiendo el cubierto metálico en el aire y lanzando destellos luminosos a las paredes—. ¿Tú… tú entiendes mí?

Nąȋenähz asintió con fuerza, y levantó el tenedor con su casco.

— Tenedor —repitió—. Yo como tenedor.

Dawn Star, sonrió y asintió, aliviada. Se levantó de la mesa, cargó los platos en su magia y los depositó en el fregadero. Los fregó hasta que estuvieron relucientes, los puso a secar, y volvió a sentarse a la mesa. Observó por el rabillo del ojo el reloj que colgaba sobre la puerta de la cocina. Las ocho. Demasiado temprano como para acostarse, incluso después de una misión en el año cuatro y una derrota sin paliativos contra una enigmática rival muy superior en magia. Lo cual implicaba que tenía que hacer tiempo de alguna manera, preferentemente que incluyera a su compañera.

La primera idea se le ocurrió casi de inmediato. Podía mantener una conversación con ella para conocerla mejor. Le venía bien si al final acababa quedándose en su casa, y a Nąȋenähz también le vendría bien para adaptarse a su nueva época. Con aquel pensamiento en mente y ena pequeña sonrisa en su hocico, la unicornio se sentó de nuevo a la mesa.

— Ahora, nosotras… ¿hablar? ¿Conocernos?

La thestral asintió con grandes gestos para mostrar su acuerdo sin ambigüedades con la idea. Ahí podía obtener información sobre su nuevo mundo.

— Empiezo. —Varias preguntas daban vueltas por su mente, y al final se decidió por la más simple y típica—. ¿Cuántos años tienes?

— ¿Anios? —repitió Nąȋenähz con el ceño fruncido, y miró a su alrededor—. ¿Qué es anios? Yo no he anios.

Dawn Star abrió los ojos, sorprendida. ¿Acaso los thestrales no contaban los años? ¿Y cómo medían el tiempo entonces?

— Años… Pues… —¿Y ahora cómo se lo explicaba, si ni siquiera medían el tiempo de la misma forma?—. Pues… Son… Tu edad.

¡Ah, conque eso eran! ¡La manera en que los unicornios medían el tiempo! Ladeó la cabeza, y trató de recordarla, pero pronto se dio cuenta de que en realidad no sabía su edad.

Le habían puesto el nombre a principios de primavera, eso eran doce lunas. Después habían pasado dieciséis inviernos, hasta que había alcanzado la edad de casarse. Y tras eso, había pasado otro invierno más, y había huido de casa en la primera luna de la primavera siguiente. Dieciocho inviernos en total, dieciocho veces las cuatro estaciones. A tres lunas por estación, la cuenta daba… No, espera, algunas estaciones tenían cuatro lunas. ¿Y cuántas eran? Porque eso podía alterar sensiblemente la cuenta.

Finalmente, tras unos segundos de cálculo mental, Nąȋenähz se rindió. No tenía ni idea. Estimó el número lo mejor que supo, y respondió, encogiéndose de hombros:

—¿Dos tsien lunas? —aventuró. Dawn Star trató de traducir la cifra a años, y cuando la tuvo se echó hacia atrás, alarmada. No había manera de que su compañera fuera adulta. En el mejor de los casos, había cumplido los dieciséis hacía menos de medio año. ¿Sabría el Ministerio que estaban empleando a una menor de edad?—. Yo vivo diets ocho inviernos. ¿Y tú?

La unicornio parda suspiró, más aliviada. Dieciocho años. No habría problemas entonces.

— Yo tengo veinte años. —Dos años mayor. Ahora que lo pensaba, ¿cuántos tendría Swébende Gagel? Tendría que preguntárselo en su próxima misión—. Un año es… —vaciló, buscando una forma sencilla de explicarlo—. Trescientos sesenta y cinco días. Em… ¿Tres cien y sesenta y cinco días? —¿Tampoco?—. De… ¿De primavera a primavera?

¡Ah, aquello! ¡Así que eso eran los famosos años!

Resȋĕt. Thȅstotralës llaman resȋĕt. Tiempo de lȁngnąȋe a lȁngnąȋe. —Dudó un segundo mientras trataba de buscar una traducción—. Lȁngnąȋe es noche larga.

¿Noche larga? Tenía que estar hablando del solsticio de invierno. Desde luego, tenía su lógica. Siendo nocturnos y súbditos de la Princesa de la Noche, tenía sentido que le dieran una enorme importancia a la noche más larga del año.

— Ningún thȅstotral usa. Thȅstotrales usa lunas y estaciones. No resȋĕtï.

Dawn Star no pudo evitar una casi inapreciable sonrisa. Era lo que podía esperarse de unas criaturas nocturnas como los thestrales: que la Luna, y no el Sol, fueran el centro de sus vidas. Y que una unidad solar de tiempo fuera prácticamente inexistente, como las lunas para las otras tres razas.

— Son casi lo mismo. Un año y un res… Em…

Resȋĕt

Miden casi el mismo tiempo. Nosotros, ponis no thestrales, usamos años y meses. Un año es casi un res… como se llame. —Sacudió la cabeza—. Un mes es casi una luna.

Año y mes, repitió la thestral para sus adentros. Dos nuevas unidades que debía utilizar en su nueva época. Al menos no eran completamente diferentes de las que había usado toda su vida. Sus orejas se aplastaron contra su pelaje al pensarlo, pero Dawn Star no pareció notarlo.

— Seguimos —dijo de repente Dawn Star. Ya habían perdido mucho tiempo en el asunto de la edad. Volvió a barajar las opciones mentalmente, y pronto se decidió—. ¿Comida favorita?

Las orejas de Nąȋenähz bajaron hasta tocar el pelaje de los lados de su cabeza. Acababa de recordarlos. Los guisos de su tía. Las bayas del bosque. La comida robada a los grifos. Todas aquellas delicias que no volvería a probar.

Sḱrȍükiḱȋë śaȉn —respondió, nostálgica, mientras su mente rememoraba las escasas veces en que lo había comido—. Yo gusto mucho sḱrȍükiḱȋë śaȉn.

— ¿Y qué es? —Con un poco de suerte, era barata, fácil de hacer, y podía decirle adiós a los macarrones.

Un último recuerdo volvió a la mente de la thestral. Su primo y ella, volando de madrugada, asustados y emocionados a la caza del śaȉn. Y tuvo ganas de llorar.

Sḱrȍükiḱȋë śaȉn es animal grifo, grande, gordo y rosa. Thȅstotralës roban de grifos y comen. —Parpadeó y tragó saliva, e inspiró con fuerza—. Muy valientes roban sḱrȍükiḱȋë śaȉn. Grifos ven, ellos matan thȅstotralës.

Dawn Star tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para aguantar las arcadas y no vomitar la cena delante de Nąȋenähz. ¡Comía cerdo! ¡Carne! ¡Los thestrales eran carnívoros!

— ¿Vosotros coméis…? ¿Coméis carne?

Ni siquiera se atrevía a mirar a su compañera, sus ojos asustados saltaban de un lugar a otro al mismo ritmo que lo hacían los pensamientos en su cabeza. ¡Come carne! ¿Y si me ve como a su presa? ¿Y si decide que quiere comerme? ¡Podría matarme sin esfuerzo con esos colmillos!

Dȋȁ —respondió Nąȋenähz, sin inmutarse. Ya había visto a la embajada de Luna I reaccionar de la misma forma a las costumbres alimentarias de su raza. Y no podía culparlos. Para un herbívoro como los unicornios, encontrarse con un carnívoro era una situación de vida o muerte—. Thȅstotralës comen carne.

Un sudor frío comenzó a bajar por la frente de la unicornio, y el mundo a su alrededor comenzó a temblar. Tardó más de un segundo en darse cuenta de que era ella la que tiritaba.

— Pero… pero vosotros no… Vosotros no… —balbució con una vocecilla aguda, demasiado asustada de sus palabras como para completar la frase.

— Nosotros non comemos ponis —respondió Nąȋenähz, rotunda—. Ponis son hermana ratsa. Thȅstotralës non matan ponis. Eso es härŏtëa. Prohibido. —Dawn Star dejó escapar un larguísimo y sentido suspiro de alivio, y su cuerpo dejó de moverse al cabo de algunos segundos—. Solo es permitido en făngëri. Hambre grande.

La idea era tranquilizar a su compañera, pero lo que logró fue el efecto contrario.

— ¿En… en hambre coméis…? ¿Coméis…?

— Todo. —Bajó la mirada para esconder las lágrimas que comenzaban a perlar sus ojos y el dolor que reflejaban—. Thȅstotralës comen todo en făngëri. Es comida, entonces thȅstotralës comen.

— ¿Todo? —susurró Dawn Star—. ¿Incluso…? ¿Incluso…?

El pequeño cuerpo de Nąȋenähz e vio sacudido por in fuerte sollozo. Apretó con fuerza los dientes y las alas contra su cuerpo, y presionó sus cascos delanteros entre sí hasta que le dolieron. ¿Por qué? ¿Por qué no dejaba de hacer preguntas? ¿Por qué la obligaba a recordar aquel terrible invierno?

— ¡Ya! —gritó de repente, estampando los cascos en la mesa. Dawn Star dio un respingo y retrocedió, asustada—. ¡Yo no quiero acordar! Făngëri fue terrible. Muchos thȅstotralës murieron.

Sus palabras quedaron interrumpidas cuando sintió las patas delanteras de Dawn Star estrechaqrse con fuerza alrededor de su pecho. Inclinó la cabeza, reprimió un sollozo y se secó una lágrima con un casco.

— Lo siento. Lo siento mucho. Yo… yo no sabía…

— ¡Ahora sí sabes! ¡Thȅstotralës fitsimos cosas terribles en făngëri para vivir! ¡Familia mía…!

Nąȋenähz calló entre lágrimas mientras su compañera trataba de consolarla con su abrazo. La unicornio separó su pata derecha, y la pasó por la crin de la thestral, intentando calmarla, aunque no parecía servir de mucho. El peso de la culpa la mordía por dentro. ¿Cómo se había dejado llevar por el miedo y le había hecho esto a su compañera?

— Nayenaets, yo… Lo siento, no quería… Yo… yo no sabía…

La thestral sacudió todo su cuerpo, lo que Dawn Star interpretó como una orden para que se separara de ella. Devolvió sus cascos delanteros al suelo, pero no volvió a su silla, sino que se quedó de pie, a la izquierda de su compañera. Ella giró la cabeza hacia la derecha, y sorbió, pensativa. Por una parte, la había obligado a revisitar dolorosos recuerdos largo tiempo reprimidos, pero por otro era cierto que no tenía forma de saber por lo que había pasado durante el făngëri.

— Non quiero fablar más. Non quiero.

Su cabeza estaba inclinada hacia delante, y sus ojos, cubiertos de humedad, apuntaban al suelo. Dawn Star exhaló largamente, y se retiró hasta su sitio, con el peso de la culpa en su corazón.

El reloj, que apenas marcaba cinco minutos más que antes, cayó dentro de su campo visual. Y Dawn Star se levantó de golpe de su silla.

A la porra la hora que fuera. Se acostaba. Mañana sería otro día, y con suerte Nąȋenähz la perdonaba.

— ¿Quieres dormir? —le preguntó.

¿Dormir de noche? Aquello era casi una herejía para la thestral, cuya raza entraba en acción en los instantes previos al crepúsculo y desaparecía con las primeras luces del alba. Pero ella era su anfitriona, y debía molestarla lo menos posible. Y también era cierto que estaba cansada después de su huida de la colonia al final de la madrugada y su misión en el año cuatro.

— Sí —respondió sin mirar a su compañera a la cara—. Yo atsepto.

Las dos yeguas entraron de nuevo en el dormitorio, y para sorpresa de la thestral la unicornio se desvió al baño con el que conectaba por una puerta a la derecha de la cama. Bajo su mirada sorprendida, Dawn Star se lavó los dientes, se limpió el hocico y le hizo gestos a la thestral para que hiciera lo mismo. Se encongió de hombros, metió el morro bajo el chorro y se lo frotó con el casco, y después aprovechó para beber un poco.

— Esto es el baño —dijo Dawn Star. Apuntó al lavabo, el inodoro y la bañera, y pronunció sus nombres—. En el baño hacemos… —se detuvo, y se sonrojó. A ver cómo se lo explicaba—. Em… Esto… Cosas privadas.

— ¿Fatséis potros en baño? —preguntó Nąȋenähz, sin dar crédito a lo que oía. ¿No les resultaba incómodo?—. Thȅstotralës fatsen potros en cama.

Dawn Star enrojeció visiblemente, y se llevó un casco a la cara. ¿Cömo había entendido eso?

— ¡No, no! No es eso. Es… —titubeó de nuevo en busca de una explicación más simple— Cuando comes y bebes… Después, um…

— ¡Ah! —replicó Nąȋenähz; ya lo había comprendido—. Aqueso non es privado.

— ¿No es…? ¿Entonces, cuando vosotros…? ¿Todos pueden…?

— Hoyos para colonia toda. Dos thȅstotralës van, entonces nada.

Dawn Star parpadeó, sin saber muy bien cómo reaccionar. Hacer aquellas cosas en público le parecía primitivo e incivilizado. Pero no lo dijo para no molestar a Nąȋenähz.

— Es privado para ponis. Se hace ahí —señaló el inodoro. Después, desplazó el casco hasta la bañera—. La bañera es para lavarse.

Una vez la thestral confirmó que lo entendía, las dos yeguas volvieron al dormitorio, y se colocaron en el lado derecho de la cama. Dawn Star suspiró, mientras que Nąȋenähz volvía su mirada al póster del Vanhoofer. No podía negar que le había llamado la atención. Además, el unicornio lila, el de la esquina superior derecha, era bastante atractivo. Lástima que un poni tan guapo y celebrado como él seguramente estaría casado con una hermosa yegua.

— Tú dormirás aquí. Yo me voy al sofá.

La thestral reaccionó al instante. ¿Su anfitriona renunciaba a la cama por ella? No podía consentirlo.

— No. Yo duermo en safá —replicó, fiera.

— Nayenaets, tú eres mi invitada. Por eso te dejo la cama —contestó la unicornio.

— Yo soy invitada tuya. Yo duermo en safá —respondió la thestral, que no estaba dispuesta a dejarse vencer.

— ¡No! Tú… —Bufó, exasperada, y preguntó de repente—: ¿Por qué tú quieres sofá?

— Es ley thȅstotralësï—respondió ella al instante—. Invitado deja mejor a invitador.

Su respuesta recibió una expresión de sorpresa y ocmprensión de su compañera. Así que los thestrales lo hacían al revés. Dejaban lo mejor para el anfitrión en lugar del invitado.

— Ponis hacen al revés —explicó Dawn Star—. Mejor es para invitado.

Las orejas de Nąȋenähz se erizaron, y se mordió el labio inferior. Por eso su compañera insistía tanto en dormir en el sofá. Era lo que ella quería, pero sus normas…

— Juntas —dijo Nąȋenähz de repente—. Dos en cama. Así duermen familias thȅstotralës. Todos juntos.

La unicornio lo pensó durante un segundo, y después bufó con fuerza.

— ¿Dormir juntas? Ni que fuéramos una pareja de lesbianas. Y además no cabemos las dos —añadió al ver la cara de no haber comprendido nada de su compañera.

— ¿Lesianas?

— Nada; da igual. —Suspiró, y ojeó la cama—. Creo que no cabemos.

Nąȋenähz ladeó la cabeza, calculando en su cabeza si sería posible. Creía que sí, pero estaría bastante ajustado.

— Costado. Dos costado. Tal vets cabemos.

De costado, repitió Dawn Star en su mente. Entrecerró los ojos, pensativa. Sí, podría funcionar; pero iban a quedar muy justas.

En fin, solo había una manera de averiguarlo. Nada se perdía por probar.

— Tú primero —dijo después de retirar la sábana y la colcha con magia.

Nąȋenähz se encogió de hombros, y se tumbó sobre el colchón. Maniobró durante unos segundos, buscando la postura que resultara menos incómoda para sus alas. Finalmente, se decidió por echarse sobre su costado izquierdo, hacia la puerta del baño, con su ala rota apuntando al techo.

Dawn Star suspiró, y se acostó junto a ella, espalda contra espalda y mirando hacia la pared. Había supuesto bien: apenas había espacio para las dos, y la postura era bastante incómoda. Aunque era mejor que el sofá, reconoció íntimamente.

— Luts —se quejó Nąȋenähz, señalando el techo con un casco.

La unicornio desvió su mirada hacia el techo, y enterró la cara entre sus cascos muntras suspiraba. La luz. Ina a tener que enfrentarse a la oscuridad.

Con un suspiro resignado, iluminó su cuerno y apagó la luz.

Inmediatamente, el miedo la asaltó. El frío inundó su pecho, y las sombras de los objetos fueron transformadas por su imaginación en monstruos.

Sus dientes castañeteaban, y todo su cuerpo temblaba. Aterrada, se acurrucó entre las sábanas y cerró los ojos con fuerza, pero la tenaza del terror se negaba testarudamente a soltarla.

Solo es mi imaginación, se repitió una y otra vez en su mente. Nada de esto existe. Es ridículo tener miedo. Tengo que ser fuerte. Tengo que vencerlo.

Pero la noche se le hizo muy larga.


Castillo de Canterlot. Año 199.

Time Keeper se cubrió los ojos con sus cascos y suspiró con fuerza. Una pata larga y delgada, cubierta de fino pelaje blanco y terminada en un bellamente pulido y primorosamente cuidado casco del mismo color se enroscó alrededor de su barriga. El unicornio negro hundió la cabeza en su blanda almohada de plumas, y bufó con más fuerza.

— ¿Qué os acontece? —preguntó con dulzura una aguda voz femenina, casi infantil—. ¿Acaso no habéis disfrutado de la nuestra compañía en aquesta bella noche de primavera?

El ministro del Tiempo tomó aire e inclinó la cabeza hacia la derecha, pero se detuvo cuando los primeros pelos blancos entraron en su línea visual.

Que tienes dieciséis años, pensó Time Keeper. Que he venido al año 199 para tirarme a Platino IV en vez de estar trabajando para atrapar a esa maldita unicornio. Que el día que Celestia se entere de esto rodará mi cabeza. Eso es lo que me pasa.

— Tenemos un caso complicado entre cascos. Llevamos varios meses persiguiendo a una unicornio que parece querer destruir la historia de Equestria, y no parece haber manera de atraparla.

Parsimoniosamente, la reina Platino IV de Equestria y X de los unicornios irguió su mitad superior hasta que estuvo apoyada sobre el cabecero de la cama, y volvió la vista hacia Time Keeper. Una chispa de preocupación bailaba en sus ojos verde esmeralda.

— ¿Somos Nos en peligro? Disteis la vuestra palabra de que protegeríais la nuestra vida…

— Hasta el día en que muráis —completó Time Keeper, y dejó escapar un largo suspiro—. No os preocupéis, Majestad. Os di mi palabra, y la cumpliré.

Platino IV suspiró con alivio, y se tumbó de nuevo sobre su blando colchón de plumas. Unos segundos después, su casco izquierdo se posó con suavidad sobre el pecho del unicornio negro, y descendió lentamente por su cuerpo al tiempo que su dueña le lanzaba miradas seductoras al caballo.

— No —replicó el ministro con firmeza, e inmovilizó la pezuña de la reina con la suya—. Ya he perdido demasiado tiempo aquí. Debería estar en mi despacho, planeando cómo cazarla, en lugar de estar aquí retozando como adolescentes con las hormonas revolucionadas.

El ceño de la reina se frunció durante un segundo, el que tardó en volver a su rostro la expresión seductora.

— La noche ya abatido se ha sobre el nuestro reino, e aquesa traidora a la Corona non fará movimiento alguno durante la noche. —Su casco continuó su camino por el cuerpo del unicornio negro. Los músculos de su abdomen se tensaron, pero no hizo ningún movimiento por impedirlo—. Estáis muy tenso, ministro. ¿Por qué non os relajáis aquesta noche e volvéis a la caza con fuerzas renovadas cuando amanezca?

Por un segundo pareció que Time Keeper iba a mantenerse firme en su resolución, pero al final la atracción de la reina Platino logró vencer sus defensas. Avergonzado de sí mismo, se dio la vuelta en la cama para quedar mirando a la unicornio blanca.

Sus ojos se posaron en su delicado rostro, en sus finos labios, en sus grandes y brillantes ojos verdes, y susurró una maldición en su mente a la vez que se mordía el labio inferior. Él tenía a su cargo la seguridad del país, pero ella era reina con apenas dieciséis años, era despreciada por su pueblo y debía proteger continuamente su trono de los traicioneros nobles de la corte y sus continuas conspiraciones para hacerse con el trono, sin más apoyo que el de su aya y el ministerio.

Ella sí que se merecía una noche de relax para olvidar la terrible realidad de su día a día.

— Por vos —gruñó Time Keeper. Una enorme sonrisa apareció en los labios de la reina Platino, y escaló el cuerpo del ministro hasta quedar tumbada sobre él, pecho con pecho.

Al día siguiente volvería la rutina y la obligación de acabar con los viajes de la Viajera, pero aquella noche era para relajarse y olvidar el fracaso del día.


Y otra referencia a un equipo del que no soy aficionado en la vida real, el Deportivo de la Coruña. Y Dawn Star es aficionada de su equivalente equestriano.