Dawn Star dejó escapar un suspiro, y se llevó los cascos a la cara. Temblando y con los dientes castañeteando, se dio la vuelta en la cama, teniendo el máximo cuidado para no despertar a Nąȋenähz. Sus ojos enrojecidos buscaron ansiosamente el reloj sobre la mesilla de noche, deseando con todas sus fuerzas que marcara el fin de aquella pesadilla.

Una pequeña sonrisa asomó a su rostro. Las siete menos cinco.

Apagó la alarma, que estaba a apenas cinco minutos de sonar, con su magia; y salió de la cama. Depositó las sábanas con suavidad sobre su lado de la cama, y caminó tan silenciosamente como pudo hasta la puerta.

— ¿Sois…? ¿Non dormida?

El salto que pegó Dawn Star hubiera sido más que suficiente para ganar una medalla en los juegos de Equestria.

— ¡Perdón! ¡Perdón! —pidió Nąȋenähz a su compañera, que inspiraba rofudamente para calmarse, con un casco apoyado en la pared y el otro sobre el corazón.

La unicornio tardó cerca de un minuto en calmarse losuficiente como para responderle.

— No pasa nada. No pasa nada. Nada. —Inspiró y esp iró un par de veces—. Creía que tú estabas dormida.

— Non. Yo non era dormida. —Calló durante varios segundos, y añadió—: Yo non puedo dormir. Dömśȅwăl.

Dawn Star no sabía qué significaba aquella palabra, pero estaba casi segura de que era "nostalgia". La había oído sollozar durante la noche, y las sacudidas de su cuerpo agitaban la cama. A pesar del miedo que había pasado durante la noche, las lágrimas de la thestral le habían dado pena, y había acabado por colocar una pata sobre su costado para calmarla.

Parecía que había funcionado, y las siguientes horas habían sido mucho más silenciosas.

— Nayenaets, yo… yo debo ir. —Tomó el reloj con su magia, y avanzó las agujas hasta que marcaron las cuatro en punto—. Yo vuelvo. —Devolvió el reloj a su hora—. Cuando reloj así, yo vuelvo.

La thestral asintió, y se giró hasta quedar tumbada sobre su espalda. Cuando la unicornio abrió la puerta, se cubrió los ojos con los cascos.

— Gratsias —susurró ante de que su compañera saliera del dormitorio.

Dawn Star sintió levemente, y salió del dormitorio con una sonrisa en los labios. Le había alegrado la mañana.

Entró en el cuarto de baño y se miró al espejo. Tenía la crin despeinada y los ojos rojos por la falta de sueño. Soltó una maldición, y cogió un cepillo con su magia, con el que se peinó a conciencia. Después, lo pasó por su pelaje hasta que estuvo bien peinado, y cuando terminó lo depositó en el armarito del que lo había sacado.

Tras terminar su aseo matutino, pasó a la cocina, donde desayunó un tazón de gachas de avena, como todas las mañanas. La tragaba tan rápido como podía, intentando captar el mínimo sabor posible.

La detestaba profundamente, pero era el desayuno más barato que existía. Aunque ahora que cobraba más, tal vez podría sustituirlo por algo mejor.

Depositó el plato en el fregadero, se lavó los dientes y se colgó las alforjas en la espalda. Antes de salir de casa, volvió a su habitación, y abrió la puerta con cuidado para evitar cualquier ruido.

Nąȋenähz estaba tumbada sobre su espalda, acurrucada entre las sábanas y tapada hasta el cuello. Su respiración era tranquila y pausada, y en su hocico se podía apreciar la ligera curvatura de una sonrisa. Pero por debajo de sus ojos todavía se podían ver las marcas de las lágrimas al bajar por su rostro.

A pesar de la mala noche que había pasado y de que la primera hora de la mañana tampoco había sido mucho mejor, Dawn Star sonrió,. Una sensación cálida se había instalado en su pecho.

— Duerme tranquila, Nayenaets —susurró—. Volveré antes de que te des cuenta.


Swébende Gagel gruñó en sueños, y se dio la vuelta en su camastro de nubes. Lentamente, abrió los ojos, pero los cerró al notar un fuerte dolor en la parte de atrás de la cabeza. Soltó una fuerte maldición y un juramento, y se forzó a abrir los ojos.

Lo primero que descubrió fue que ya no se encontraba en el campo de batalla, sino tumbado en una cama de nubes en el interior de un amplio edificio construido con paredes de nubes. Tras ello, buscó su espada y su armadura, y se sintió aliviado al encontrarlas a la derecha de su lecho. Después, pasó la mirada a su alrededor, y pudo ver una buena cantidad de camas iguales a la suya, todas ellas ocupadas por un pegaso. Los más afortunados parecían estar ilesos, pero otros habían sufrido lesiones mucho más graves. Por el rabillo del ojo, pudo ver a un joven soldado con dos sangrientos muñones vendados, uno en cada costado.

El guerrero pegaso soltó una nueva maldición contra los grifos. Pobre potro. Una de sus primeras batallas, y había quedado reducido a un tullido inútil, privado por siempre de la capacidad de volar. Existían pocos destinos más terribles que ese.

— ¡Ah, sois despierto! ¿Os encontráis bien?

Los ojos de Swébende Gagel se abrieron de golpe a la vez que su pecho se llenaba de furia. Conocía aquella voz aguda y penetrante. Conocía a su dueña. Poseído por la ira, el guerrero pegaso se incorporó hasta la cadera en busca de la yegua, y cuando la encontró, su rostro se endureció y sus ojos se redijeron a dos estrechas rajitas, a través de las cuales se veían dos fuegos que ardían furiosos.

— Fuera de la mi vista —siseó, deseando fulminarla con su mirada.

— Non—replicó la yegua, sosteniéndosela con sus ojos—. Estáis ferido.

— ¿Ferido? Solo es un golpe. ¿Cómo llamáis entonces a los otros soldados del rey? Ahí yace un pobre potro que ha perdido las alas. ¡Atendedlo a él! ¡Atended a los otros!

— Non.

Swébende Gagel sintió la sangre bullendo en su interior.

— ¿Cómo osas desobedecer a un soldado del rey? —rugió. Todos los pegasos que pudieron giraron la vista hacia él—. ¡Atiende antes a los otros!

— Non, por dos razones —replicó la enfermera con firmeza y sus grandes alas de color lavanda extendidas—. La primera, porque ya los he visto. Vos sois el último. —Swébende Gagel abrió la boca, pero su interlocutora no le dejó hablar—. La segunda, porque la vuestra preocupación por los otros soldados tan solo es un ardid para no fablar conmigo.

Swébende Gagel tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no cruzarle la cara allí mismo.

— ¿Creéis acaso que non he razones? —rugió—. ¿Qué he de fablar con yegua que diome palabra de matrimonio antes de partir en campaña de siete lunas, e que fallé soltera e preñada de tres lunas a la mi vuelta?

Ruidosos jaleos y aplausos por parte de sus compañeros recibieron el exabrupto del pegaso, que incluso pudo distinguir un rasposo "bien fablado" entre las aclamaciones; y le sonrió con superioridad a la enfermera. Esta enrojeció, pero no de vergüenza, sino de enfado.

— ¿Queréis salir de aquí e tornar a la vuestra casa? Pues seguidme entonces.

Swébende Gagel soltó una nueva maldición, y saltó de la cama al suelo de nubes. Se puso el casco y la armadura, se colgó la espada al cinto y le dijo a la enfermera:

— Voy, mas no porque ordénesmelo. Voy para que sean los demás mejor atendidos.

La yegua reprimió una sonrisa, y echó a andar hacia una pequeña habitación situada en el extremo de la estancia. Una cortina de lana negra la separaba del resto de la estancia. La echó a un lado con un ala, y Swébende Gagel la siguió.

Swébende Gagel había estado muchas veces en el hospital de Cloudsdale por sus muchas batallas, pero jamás había entrado en aquella pequeña salita; si bien sabía que los médicos y enfermeras solamente la usaban cuando querían hablar a solas con algún paciente. Y aquello normalmente implicaba malas noticias.

Sin embargo, en este caso, sabía que quería decir que Fictere Heorte quería mantener la conversación en privado. Negó con la cabeza y formó una imprecación con los labios. Típico. En cuanto le recordaba su honra perdida se escondía como una cobarde.

Fictere Heorte se sentó en la silla de nubes, y puso un pergamino y un tintero encima de la mesa. Swébende Gagel lo leyó con rapidez, y lo firmó al final. La enfermera asintió, y guardó en documento en un cajón de la mesita.

— Sois libre para marchar.

Sin mediar palabra, Swébende Gagel se dio la vuelta. Fictere Heorte lo observó marchar, y cuando su casco delantero derecho tocó la cortina, se levantó de su silla.

— Non es natural.

El pegaso se detuvo en seco.

— ¿Qué dices?

— La forma en que perdisteis el sentido.

Swébende Gagel soltó la cortina y desanduvo sus pasos. Puso cara de impaciencia, aunque en su interior la preocupación comenzaba a abrirse paso. Sabía que Fictere Heorte no era vengativa, pero sí increíblemente curiosa y cotilla, siempre metiendo la nariz donde no la llamaban. Y de descubrir un secreto tan grande, la tentación de desquitarse de tantos años de merecidos insultos y desprecios podría ser demasiado grande.

Tocó la empuñadura de su espada e inclinó la cabeza hacia la derecha. Si la cosa se ponía fea, siempre podría matarla aduciendo algún insulto a su honor de guerrero.

— ¡Fabla en equino, furcia! ¿Qué quieres decir?

— Cientos e cientos de insconsciencias han mis ojos visto, e tras todas dellas secuelas hubo. Fallábanse confusos, desorientados, no recordaban qué habíales acontecido, e fasta devolvían lo comido. Mas vos… Ninguno de aquestos males vos ha asaltado. En tiempo ninguno habían los mis ojos visto prodigio semejante.

Todas las alarmas saltaron en el cerebro de Swébende Gagel, pero las acalló poniendo en su rostro una amplia sonrisa de suficiencia.

— Débiles soldados serían. Yo —se dio una palmada en el pecho con su casco— soy más fuerte que ellos; tanto que non sufro como ellos por un simple golpe.

Una chispita divertida bailó entre los ojos de Fictere Heorte antes de entrecerrarlos durante un segundo. El propio Mistral IV era era uno de aquellos a los que había tratado por conmoción cerebral. Por un momento deseó ver qué cara pondría cuando se diera cuenta de que había insultado al rey, pero prefirió seguir presionando aquel detalle tan sospechoso.

— Aqueso será —comentó sin darle demasiada importancia, y apoyó las mejillas sobre sus cascos—. Caísteis desmayado justo antes de llegar los grifos, e non habéis feridas graves de batalla. Parece muy... conveniente.

El sonido de una espada al desenvainarse alcanzó sus oídos, y al levantar la mirada se encontró de frente con la punta de la espada del pegaso apuntando a su garganta.

— ¡¿Qué insinúas, zorra?! ¡¿Llámasme traidor a Cloudsdale y al rey?! —bramó, rojo de ira y ardiendo en deseos de matarla—. ¡¿Dices que caí a propósito en la inconsciencia para salvar la vida en lugar de plantar batalla a los grifos?!

Con los ojos entrecerrados y sin mostrar ninguna emoción en su rostro, Fictere Heorte pasó la mirada de la punta de la espada al rostro furioso de Swébende Gagel, y de nuevo a la punta de la espada. Levantó un casco, y bajó la hoja del arma hasta que su extremo tocó la mesa. Swébende Gagel la miró con sorpresa, pero no opuso resistencia.

— Non. Digo tan solo que muy bien os vino. Grande fortuna sines dubda hubisteis.

Ya, y yo soy el rey de los unicornios, pensó el guerrero, pero no lo dijo. Gruñó con fuerza y volvió a envainar el arma.

— Si hubiera sabido que tornaríaste en enfermera del rey Mistral cuando fuiste echada de casa, hubiérate muerto al punto con el espada.

— Mas no lo ficisteis —respondió ella, con el atisbo de una sonrisa en su rostro.

Sus miradas volvieron a cruzarse, fuego e ira en la del caballo, calma y un punto de chulería en la de la yegua.

Con un bufido exasperado, Swébende Gagel se dio la vuelta y abandonó la salita echando pestes contra Fictere Heorte. ¿Cómo había podido confiar el rey Mistral en una furcia sin honra como su enfermera personal? ¿Qué clase de malignos brebajes le habría hecho beber con sus mentiras y engaños para adueñarse de su voluntad y hacerse con el cargo?

Justo antes de salir del hospital de campaña, se detuvo junto a la cama del pegaso sin alas. Lo miró con pena, y se agachó a recoger algo.

— Lo siento. Mas aunque non podáis ya luchar por Cloudsdale, miles de formas hay de servir a la urbe y al rey.

Con lágrimas en los ojos, el joven pegaso lo observó marchar. Solo cuando sus cascos tocaron el frío hierro de la empuñadura descubrió que él experimentado guerrero había depositado su daga encima de su pecho.


Las horas de clase se le hicieron eternas a Dawn Star. Su mente, normalmente aplicada a las explicaciones de los profesores, vagaba libremente, e inexorablemente volvía al mismo pensamiento: Nąȋenähz. ¿Seguía dormida? ¿Se había despertado? ¿Tendría hambre? ¿Y si al buscar comida se hacía daño con la cocina?

La unicornio sacudió la cabeza para librarse de aquellos pensamientos, pero tan solo consiguió agobiarse más. ¿Y si estaba herida? ¿Y si se estaba muriendo en su casa? ¿Y si…?

— ¡Eh, Dawn! ¿Te ha enterao? ¡Cadence acaba de confirmá que zu hija va a nacé en el Imperio! ¡Zale en toah lah...! —exclamó una alegre voz a su izquierda, pero se calló al ver el rostro ansioso de su amiga—. Ojú, Dawn, menúa carita que tieneh. ¿Qué te paza, chiquilla?

La unicornio parda levantó la cabeza y volvió a sacudirla.

— Estoy fatal, Topaz. Dormí fatal, y estoy muy nerviosa, y…

— ¿Pero qué te paza? Ehtáh como zi fueran a matarte. —Su rostro se contrajo en una expresión alarmada—. Dawn, no me jodah. ¿No habráh vuelto a…?

— ¡¿Qué?! ¡No! ¡No volví a…! —Los cristalitos oscuros que había visto bajo el hechizo de la viajera volvieron a su mente, y una fina capa transparente cubrió sus ojos al tiempo que un escalofrío sacudía su cuerpo—. No… Eso no… Eso nunca…

Blue Topaz asintió débilmente, y cogió a Dawn Star por los hombros.

— ¡Dawn, chiquilla, cálmate! Vamo a vé, cálmate y dime qué te paza. ¿Le ha pazao algo a tu familia?

Dawn Star negó con la cabeza.

— Compañera de piso nueva —musitó.

Blue Topaz detuvo su camino para llevarse un casco a la cara.

— ¿Compañera de pizo nueva? ¿Y por ezo ehtáh azí que parace que te van a matá? —Bufó con fuerza, y le propinó un buen empujón mágico a la puerta de la cafetería—. ¡Poh anda que…! ¿Qué paza, que ella le da…?

— No, no, nada de eso —se apresuró a interrumpirla la unicornio parda, que sabía bien lo que iba a decir su amiga—. Es que…

La unicornio levantó la cabeza y echó un rápido vistazo a su alrededor. La cafetería de la Academia estaba bastante llena, lógico teniendo en cuenta que se trataba de un punto de reunión importante durante el descanso matinal de media hora. ¿Era segura para hablar? Ya no podía ocultárselo a Blue Topaz, pero no quería que nadie más se enterara de la existencia de Nąȋenähz.

— Vámonos a la esquina —dijo, señalando una mesa vacía y relativamente alejada del resto de ponis—. Mejor allí.

Blue Topaz le respondió con una mirada suspicaz, pero no dijo nada hasta que estuvo sentada y con un bocadillo de margaritas en su magia.

— Bueno, ¿qué? ¿Qué paza con tu compañera pa que ehtéh tan nerviosa?

Dawn Star suspiró y echó una mirada a su alrededor; una estrategia para ganar tiempo y decidir cuánto le contaba sobre Nąȋenähz.

— Es una thestral —dijo tras varios segundos de silencio.

Blue Topaz golpeó los cascos con fuerza contra la mesa.

— ¿Una thehtral? —replicó. Dawn Star se apresuró a hacerle gestos para que bajara el volumen de su voz, pero por suerte nadie la había oído—. ¡Vamo a vé, Dawn, que é una thehtral y come carne, pero no é una acecina equinófaga!

— Si eso ya lo sé, Topaz —replicó ella, y posó su cabeza sobre sus cascos. Un bocadillo de mantequilla, intacto, descansaba sobre la mesa delante de ella—. Ya sé que no me va a comer. No es eso.

— ¿Y entonce qué é?

Dawn Star se cubrió los ojos con los cascos y suspiró.

— Que la tengo sola en mi casa y no sabe nada de este mundo, Topaz. Ni siquiera habla bien equestriano.

Blue Topaz formó un largo "ah" con los labios y ladeó la cabeza hacia la izquierda.

— Pero ¿ná de ná? ¿No tiene ni idea de ná?

— De nada. Ayer creyó que era poco menos que la princesa Celestia cuando vio el grifo de la cocina.

Blue Topaz emitió una fuerte carcajada, y acercó la cabeza a la unicornio parda.

— ¿En zerio? ¿Porque tieneh un grifo en caza?

El atisbo de una sonrisa apareció en el rostro de la unicornio parda.

— Ha vivido toda su vida en su colonia. No sabe cómo funcionan las cosas fuera. ¿Y si se hace daño con los cuchillos? ¿Y si se quema con la cocina? ¿Y si se quema la casa con ella dentro? ¿Y si…? —preguntó, cada vez más angustiada.

Blue Topaz cogió la cabeza de su amiga, forzándola a mirar hacia delante, y la miró a los ojos, sus hocicos tan cerca que podían sentor los pelos de la otra.

— ¡Dawn, ehcúchame, joé! No le va a pazá ná. Zi eh lihta ze ehtará quietecita y no tocará ná. ¿Le hah vihto cara tonta?

La unicornio negó con la cabeza.

— ¡Poh ya'htá! Va a ehtá bien cuando vuelva a caza. Tranquilízate. —Las dos siguieron ojo a ojo durante un segundo—. Ademá, zi zon nohturnoh. A ehta hora ehtará durmiendo.

— Lo intentó anoche. Casi todo el tiempo estuvo llorando porque echaba de menos a su familia —replicó débilmente la unicornio parda, que parecía algo más calmada—. Esta mañana parecía mejor, pero ¿y si sigue ahí llorando?

Dawn bufó con fuerza mientras negaba con la cabeza.

— No tenía que venir. Tenía que quedarme con ella y ayudarla a adaptarse a un mundo nuevo. Tenía que…

— Pero ya ehtáh aquí y no puéh zalí —replicó Blue Topaz—. Lo único que pué hacé é calmarte hahta el finá de la mañana y dehpué zalí pitando a vé cómo ehtá tu amiga.

Incluso a través de su nerviosismo, Dawn Star no tuvo más remedio que aceptar que su amiga tenía razón. Suspiró largamente y mordió su bocadillo sin demasiadas ganas.

— ¿Cómo oh conocihtéih? —preguntó de repente Blue Topaz.

Todas las alarmas se encendieron de golpe en el cerebro de Dawn Star. No había pensado una mentira convincente para aquella pregunta. Y tenía que responder rápido.

— ¿Que cómo nos conocimos?

— Zí, claro. Del aire no ha zalío eza thestral, ¿no?—rio su amiga.

Dawn Star rio con ella, demorando todo lo posible su respuesta mientras la fabricaba.

— Pues… me la encontré por la calle cuando me preguntó si conocía algún lugar para dormir. —Hizo una pausa para comprobar cómo reaccionaba Blue Topaz a su historia—. Me dio pena, y la dejé quedarse en mi casa anoche. Y ahora dice que le gustaría quedarse a vivir conmigo.

Blue topaz pareció aceptar la respuesta, pero enseguida preguntó:

— ¿Y za venío a Canterlo zin conocé a nadie ni tené dónde dormí?

Dawn Star echó el cuerpo hacia atrás como si hubiera recibido un golpe en le abdomen, y le dio un nuevo bocado al sándwich.

— A mí… A mí también me extrañó, la verdad. Pero creo que su familia está muerta, así que… —añadió rápidamente.

Una fugaz mueca de dolor apareció en la cara de su amiga, que suspiró largamente.

— Joé, pobrecita. ¿Pero por qué no la mandahte a La Colonia?

La unicornio parda frunció el ceño.

— ¿La Colonia?

— El barrio loh thehtraleh. Zon unah galeríah de lah antiguah minah de Canterlot que han rehabilitao pa' viviendah. Ze suponía que era pa toah lah razah, pero al finá cazi toh loh habitanteh zon thehtraleh.

Dawn star parpadeó, sorprendida. ¿Existía un barrio así? ¿Y por qué no se había enterado antes?

— Ah, ¿pero que no lo zabíah?

Ella negó con la cabeza, conteniendo un escalofrío. Un barrio de casas-cavernas, oscuro y peligroso… No iría allí ni aunque la coronaran reina suprema del mundo.

— Poh tampoco eh que zea un zecreto de Ehtao. En fin, la coza eh que zeguro que allí ehtá genial viviendo con loh zuyoh.

— Ya, pero… —replicó débilmente Dawn Star, para suspirar un segundo después—. No sé si ella querrá. Le dije que la ayudaría. Y seguro que se siente más cómoda con alguien que conoce que rodeada de extraños.

Blue opaz sacudió la cabeza y se comió lo que le quedaba de su bocadillo.

— Ya, Dawn, pero ehtamoh en abril, y eh el final del último curzo. Cuidar de una thehtral con loh ehzámeneh… ¿Ehtáh cegura que te da tiempo?

Dawn Star miró a su amiga durante un segundo, y se tapó los ojos con los cascos.

— Mira, Dawn, entiendo que no quierah deharla zola, pero creo que lo mehó eh…

— Pero no puedo, Topaz —la interrumpió Dawn Star, angustiada—. Ya le dije que la ayudaría. No puedo dejarla tirada de repente.

— ¿Y cómo pienzah…?

— No lo sé, Topaz, no lo sé. No lo sé. — Trató de bufar, pero el sonido que escapó de su garganta estaba más próximo a un sollozo. Blue Topaz la miró con preocupación, y puso un casco sobre su espalda—. Le diré lo de los exámenes. Y ellos me dijeron que no interferirían con mis exámenes.

— Anda, mira, con lo que te quejabah de la cafetería, y lo que daríamoh toh por que noh dejaran zaltarnoh díah en el trabajo pa podé ehtudiá.

Los dientes de Dawn Star se frenaron en seco a medio bocado. Una oleada gélida recorrió su cuerpo desde los riñones, y enterró la cabeza en los cascos. ¿Pero qué había hecho? No llevaba ni veinticuatro horas y ya había estado a punto de revelar al Ministerio.

— Quilla, ¿pero por qué te poneh azí ahora? ¿Pero no me habíah dicho que te iban a a dejá libre pa ehtudiá?

— No es eso, Topaz. No es eso —dijo con rostro descompuesto. Sollozó, y confesó—: Tengo miedo. Tengo miedo de que algo salga mal. Tengo miedo de no poder ayudarla. Tengo miedo de…

La campana que marcaba el fin del descanso sonó. Blue Topaz fue la primera en levantarse de su asiento. Dawn Star bajó la cabeza y metió lo que quedaba de su bocadillo en sus alforjas.

— ¡Vamoh! Que Pelopajah no zoporta que lleguemoh tarde a clase.

Dawn Star suspiró con fuerza y emprendió el camino del aula con su amiga. Justo antes de salir de la cafetería, recordó algo, y giró la cabeza hacia Blue Topaz.

— Topaz, ¿cómo le va a tu padre?

La unicornio azul se detuvo en seco, y la tristeza apareció en su rostro.

— Fatá. No conzigue un contrato ni por favó. —Suspiró con fuerza—. No lo dice, pero creo que él también zabe que zu compañía ehtá condená.

Dawn Star le dijo que lo sentía, pero ella sacudió la cabeza.

— No paza ná. Ya encontraré otra coza. Mi padre todavía mantiene contacto en el ehército, podría…

La unicornio parda tragó saliva, incómoda. El ejército. Su amiga en el ejército. Por un momento la imaginó muerta, con en cuello abierto en canal por una espada, su sangre fluyendo a borbotones de la herida y creando un lago escarlata sobre la tierra. Un escalofrío recorrió toda su espalda.

— Pero… pero ¿estás segura?

Blue Topaz se limitó a negar con la cabeza antes de entrar en la clase.


El hospital de campaña de Cloudsdale y la casa de Swébende Gagel apenas distaban ocho minutos a pie, pero el camino entre ambos era el más largo de cuantos conocía Swébende Gagel. Sus deseos de retornar a su hogar, de volver a ver a su esposa, de abrazar de nuevo a su hijo, de comer las comidas de su esposa y dormir en su propia cama, lo alargaban en su mente como si de una goma elástica se tratara.

Bajo el peso de sus cascos y su armadura, hasta las calles más cortas se convertían en interminables. Sus alas se agitaban ansiosas, pero el soldado pegaso no emprendía el vuelo. Sabía bien que volar solo haría las cosas peores.

El guerrero pegaso levantó la vista del suelo de nubes, y la sorpresa asomó a sus ojos rojo sangre. Podía ver tres filas de pegasos de pie al final de la calle, algunos potrillos subidos a las espaldas de sus padres e incluso dos o tres caballos sobrevolando al resto. Una frase de sorpresa abandonó sus labios. ¿Por qué se habría dado tanta prisa el rey en organizar el desfile posterior a la batalla?

Swébende Gagel apresuró sus pasos hasta colocarse detrás de los ponis que había visto antes. Por suerte, era algo más alto que la media de los pegasos de Cloudsdale. Pero no mucho más, de modo que apenas podía ver los penachos de plumas que coronaban los cascos de los soldados. A casi todos les faltaban casi todas, y la mayoría de sus dueños caminaban dificultosamente, todavía agotados por la dura batalla del día anterior.

Nadie aplaudía. Nadie vitoreaba. Todos los pegasos mantenían la mirada fija al frente y un casco sobre su corazón, en un signo de honor y respeto a aquellos que habían ido a los cúmulos a luchar por su ciudad.

— Grande masacre fue sines dubda —dijo una voz masculina, rasposa y grave, a su derecha.

Swébende Gagel no tardó ni una décima de segundo en girarse hacia su superior y cuadrarse.

— Cierto es, mi caporal. Fingir una retirada. —Escupió en el suelo y añadió—: Claro es como el sol que nos alumbra que aquesa raza de abominaciones carece por completo de honor.

El otro pegaso asintió, y levantó su gran cabeza, dejando al descubierto su rostro. Una larga cicatriz, una vieja herida de batalla, lo cruzaba en diagonal, una larga calva en su pelaje magenta que atravesaba su ojo izquierdo. Sus ojos negros estaban enrojecidos, lo que sorprendió sobremanera a Swébende Gagel. El caporal nunca lloraba.

— El sargento es muerto —musitó con voz quebrada.

Swébende Gagel sintió como si alguien le hubiera dado un golpe en la barriga. Le costaba respirar, como si alguien le hubiera sacado el aire de los pulmones. No podía creer lo que el caporal le contaba. No podía estar…

— ¿El sargento…? ¿Geolu Steorra es…?

El pegaso magenta asintió débilmente, y su cuerpo se convulsionó. Ninguna gota de líquido había asomado a sus ojos, pero era fácil advertir los titánicos esfuerzos que estaba haciendo por no echarse a llorar.

— Era un vago —musitó—. Un inútil redomado. Un irresponsable. —Su pecho sufrió una nueva convulsión, y cerró los ojos con fuerza—. Pero era el mi amigo.

Swébende Gagel levantó una pata para colocarla sobre el hombro de su superior, pero a mitad de camino la devolvió al suelo. El caporal odiaba mostrar debilidad.

— ¿E cómo fállase el teniente? —No lo había visto en el hospital, y comenzaba a temerse lo peor—. ¿El vuestro hermano…?

— Vivo es —respondió el pegaso magenta—; mas ha grande furia contra sí. Ódiase por non ver la trampa de aquesos abominables e traidores grifos, e demanda a grandes voces saber por qué non es muerto como el resto de sus compañeros. La su mente clama a gritos venganza, mas en el su corazón solo hay la más grande de las vergüenzas. —Negó con la cabeza—. Es el mi mayor temor que decida limpiar el su honor.

Swébende Gagel agachó la cabeza, a medias compadecido del teniente, a medias furioso con los grifos. Abominaciones carentes de todo honor. Si no fuera por su traidora estratagema, no habrían perdido la batalla, ni habrían muerto tantos pegasos, ni el teniente estaría deseoso de lavar su deshonra con su sangre.

El guerrero pegaso devolvió la mirada al desfile, y enseguida adoptó la misma postura que mantenían todos los pegasos a su alrededor. Ahora eran los cuerpos de los soldados caídos en batalla los que desfilaban por las calles de nubes de la ciudad, sobre carretas de cúmulos tiradas por yeguas, en dirección a los hornos de las afueras de la ciudad. No había final más digno para un pegaso que volver al aire del que procedía tras dar su vida defendiendo su ciudad.

A medida que pasaban los minutos y las carretas delante de sus ojos, algo se iba moviendo en el pecho de Swébende Gagel. Él debía estar ahí, muerto, recibiendo los honores de sus conciudadanos y siendo llevado a los crematorios; no vivo y viendo pasar a aquellos soldados que se habían sacrificado por su ciudad. Y todo por haber desertado antes de la oleada final.

La claridad de la palabra atravesó su cerebro como un rayo, y la culpa y el desprecio por sí mismo se adueñaron de su corazón. ¿Pero qué había hecho? ¿Cómo había podido tener tal momento de debilidad y traicionar a su rey para poder volver a ver a su hijo? Llevaba grabado a fuego en su corazón que Cloudsdale y el rey eran lo primero. ¿Cómo había sido capaz de darle la espalda a todo y caer embaucado por las dulces palabras de aquella unicornio traidora?

Sin pronunciar una palabra ni despedirse de su superior, Swébende Gagel emprendió el vuelo en dirección a los crematorios de las afueras, donde sabía que se encontraría el rey. Apenas un minuto después, halló su tienda de campaña, que presidía sobre la explanada de los crematorios. Delante de ella, y observando la ceremonia sin perder un solo detalle, se hallaba el rey Mistral IV de los pegasos, sentado sobre su amplio trono de cúmulos. Una capa de fina seda de los unicornios, con un cielo azul límpido en su mitad izquierda y negras nubes de tormenta surcadas por rayos azules en la derecha, caía sobre su espalda; y un fino aro de cirro incrustado de diamantes celestes descansaba sobre el pelaje gris plomizo de su cabeza. Dos guardias, pegasos altos y recios con armadura de oro y lanzas ceremoniales en sus cascos, estaban situados a ambos lados del trono.

Swébende Gagel descendió rápidamente en espiral, y aterrizó en la nube del rey, apenas unos tres metros por delante del trono. En cuanto sintió la superficie bajo su patas, inclinó la mitad superior de su cuerpo hacia delante en una reverencia y se llevó el casco derecho a la frente.

Inmediatamente, los dos guardias adoptaron una postura de combate e inclinaron la punta de sus lanzas hacia el recién llegado. El rey, por el contrario, lo miraba con interés, con un casco en la barbilla, tratando de recordar cuál de sus soldados era el que se había presentado ante él de aquel modo. Y debió reconocerlo, porque se dirigió a sus guardias y les ordenó con voz autoritaria:

— Dejadnos a solas.

Los dos pegasos se miraron entre sí sin comprender, pero no se atrevieron a desobedecer una orden directa de su rey. Sin embargo, permanecieron sobrevolando la nube donde estaba, listos para entrar en acción si era necesario. Mistral IV de los pegasos los observó durante unos segundos, y devolvió su atención a Swébende Gagel.

— Levantaos.

El cuerpo de Swébende Gagel se tensó, pero obedeció. Con la calma del guerrero que conoce cuál es su destino, se irguió sobre sus tres patas, pues mantuvo en todo momento el saludo militar a su monarca. Su mirada, sin embargo, apuntaba al suelo. No era digno de mirar al rey a la cara después de desertar tan cobarde y ruinmente del campo de batalla.

— Su Majestad —comenzó—. Ayer, yo…

— Lo sabemos.

Swébende Gagel asintió lentamente. Extendió sus alas, sacó la espada de su funda, y la depositó a los cascos del rey.

— Fui débil. Caí embaucado bajo el negro e siniestro encantamiento de una traidora cornuda. —Irguió la cabeza, no para mostrar la dignidad y el honor que ya no tenía, sino para mostrar que podía mirar a la muerte a la cara—. Non os pediré clemencia, mas que non vacile el vuestro fuerte e firme casco en dar muerte a aqueste vil e ruin traidor.

— ¿Traidor?

Las orejas de Swébende Gagel se erizaron de golpe, y sus ojos se llenaron de incredulidad.

— Nos conocemos a aquesa unicornio. Nos otorgámosle el nuestro permiso para llevarvos del campo de batalla, e a vos para ir con ella. ¿Acaso non díjolo cuando con vos fabló?

Swébende Gagel apenas era capaz de articular palabra. Entonces era cierto. Ella no le había.

— Mas os dejo que con ella lo fabléis.

¿Ella? ¿Estaba aquí? Su mirada pasaba frenéticamente de un lado a otro, pero no conseguía hallar ninguna pista acerca de su ubicación.

De improviso, un resplandor azul zafiro se encendió en la tienda del rey, y el pegaso comenzó a notar unos conocidos tirones de su cuerpo. Sin pensárselo ni esperar el permiso del rey, entró en la tienda, solo para caer en un agujero que ya le era muy familiar.


— ¿Nayenaets? ¡Nayenaets, estoy en casa!

Ninguna respuesta. El corazón de la unicornio comenzó a latir con fuerza. Tenía que haberla oído por fuerza. ¿Por qué no le respondía?

En menos de dos segundos, había dejado sus alforjas en el salón y abierto la puerta del dormitorio. Sus nervios se crisparon cuando la oscuridad la recibió, pero se calmó cuando sus ojos percibieron el contorno de la thestral, durmiendo plácidamente en el centro de la cama. Estaba tumbada sobre su costado izquierdo, y sus patas delanteras abrazaban con fuerza la almohada, como si de un peluche se tratara.

Enternecida por aquella escena, la primera reacción de Dawn Star fue salir de su dormitorio para no molestar a su compañera. Pero el Ministro del Tiempo las había convocado a las cinco en su despacho, y quedaba poco menos de una hora hasta aquel momento; de modo que murmuró una disculpa y encendió la luz mágica del techo.

Casi de inmediato, Nąȋenähz emitió un gruñido de incomodidad y se dio la vuelta, huyendo de la luz. Una pequeña punzada de culpabilidad penetró en el pecho de Dawn Star, pero enseguida se disolvió.

— ¡Nayenaets, arriba! ¡Tenemos que ir al Ministerio!

Nąȋenähz emitió un sonido inarticulado que bien pudiera ser una protesta, pero pocos segundos después se hallaba de pie en el dormitorio. Instintivamente, bajó la mirada al suelo para evitar las molestias que le producía la luz mágica del techo.

— ¿Tienes hambre? — Nąȋenähz iba a responder que no, pero Dawn Star se le adelantó—: por supuesto que sí. No comes mucho tiempo. Ven conmigo a cocina. — Nąȋenähz abrió la boca para decir que no, pero Dawn Star se le adelantó—. No. Tienes hambre. Vienes.

Nąȋenähz parpadeó un par de veces, y después siguió a la unicornio, resignada. Ella hubiera preferido mentir y aguantar el hambre hasta haber vuelto del Ministerio, pero una orden de su anfitriona no admitía discusión.

— ¿Te gustan las margaritas? —preguntó la unicornio, haciéndolas flotar mágicamente entre las dos—. Margaritas.

Tras recibir un gesto afirmativo de la thestral, Dawn Star sacó dos platos del cajón y una bolsa de pan de molde de la despensa, y le hizo un gesto a Nąȋenähz para que se sentara cuando se acercó a ella para intentar ayudarla. Finalmente, tras poco más de un minuto, su magia depositó en la mesa un sándwich de margaritas para ella y uno para su compañera.

— Es pan —dijo Dawn Star al ver a la thestral toqueteando el pan con desconfianza, y le dio un mordisco para que viera que no era peligroso—. Pan.

¿Pan? ¿Pan aquella cosa blandurria y esponjosa? ¡Si no se parecía en nada a las tortas aplanadas que preparaba su tía cuando conseguían robar harina de los grifos! Pero si su compañera lo decía, debía serlo…

Sus incisivos arrancaron un pedazo del sándwich, y sus molares lo trituraron en un instante. Su lengua le dio vueltas por su boca, saboreándolo; y frunció ligeramente el ceño. No le gustaba. El de su tía era mucho mejor. Pero por lo menos las margaritas de aquella época estaban buenas.

Se terminó su comida en apenas dos bocados, poco antes de que lo hiciera Dawn Star. Dos minutos después, lo que tardó la unicornio en lavarse los dientes y volver al salón, se encontraron sentadas en el sofá, mirando al reloj, que marcaba las cuatro y cuarto. La unicornio suspiró. Era demasiado temprano para salir hacia el Ministerio, y estaba demasiado nerviosa como para aprovechar el tiempo estudiando. Pensó que podría aprovechar para conocer mejor a Nąȋenähz, pero lo descartó cuando recordó cómo había acabado la noche anterior. Lo último que le apetecía era hacerla llorar otra vez.

El reloj marcaba las cinco menos veinte cuando al fin se levantó del sofá. Su rostro estaba tenso, y sus profundas inspiraciones no lograron relajarlo. Se colgó las alforjas a la espalda, sacó la llave de ellas con su magia, y le hizo un gesto a Nąȋenähz con la cola para que la siguiera.

Las dos yeguas bajaron la escalera a paso ligero. La unicornio iba delante, pensando pensando en qué habría pensado Time Keeper para aquel día. Nąȋenähz estaba dos pasos por detrás de ella, mirando continuamente a su alrededor y con su mente en estado de alarma. Estaba bastante segura de que nadie se atrevería a atacarla en aquel bloque de pisos, pero se negaba a bajar la guardia.

Era lo primero que se le enseñaba a los potros thestrales. Si bajas la guardia, estás muerto.

— ¡Ah, señor Gale! —dijo la voz de su compañera, y la thestral volvió la vista hacia delante.

El interlocutor de la unicornio era un viejo pegaso, de pelaje gris plomo y pelaje burdeos. Sus ojos rojos taladraban sin piedad a la unicornio parda, y sus alas extendidas, unidas al tamaño de su cuerpo, mantenían a la unicornio parda encogida ante él.

— ¿Swébende Gagel?

Apenas las palabras hubieron abandonado su boca, la thestral se llevó un casco a la frente por la estupidez que acababa de decir. ¿Cómo había podido pensar que era él cuando lo había visto volver a su época? Aunque tampoco podía negar el enorme parecido entre ambos pegasos. Puestos uno al lado de otro, podrían pasar sin problemas por padre e hijo.

— Dawn Star, ¿quién es esta? —preguntó el pegaso, mirando a Nąȋenähz, que apretó los dientes con rabia al ver en sus ojos rojos la superioridad y el desprecio con que la miraba—. ¡¿Y qué me ha llamado?! —bramó, dirigiendo sus pasos hacia ella.

Nąȋenähz colocó su cuerpo en una posición de combate al ver venir al pegaso, con su torso inclinado hacia el suelo. Extendió su ala buena para parecer más grande, y sus labios abiertos mostraban sus colmillos en un gesto feroz. Su oponente podía ser viejo, pero seguía siendo peligroso, como demostraban sus músculos marcados y la larga y fina cicatriz que recorría su costado izquierdo. Pony soldado, pensó la thestral. No podía ser una cicatriz de caza.

— ¡N-nada! ¡Nada! —tartamudeó Dawn Star, teletransportándose entre ambos—. ¡No le ha llamado nada, señor Gale! Solo estaba preguntándome quién es usted.

Con la suspicacia pintada en su rostro, el pegaso miró alternativamente al semblante fiero de Nąȋenähz, preparada para el combate, y al rostro conciliador de Dawn Star, que intentaba evitarlo.

— Responde a mi pregunta, Dawn Star. ¿Quién es esta?

La unicornio se mordió el labio inferior, barajando múltiples respuestas en su cerebro a toda velocidad y tratando de averiguar cuál de ellas haría que Nąȋenähz le cayera menos mal a su casero.

— Pues… ella es mi… amiga —dijo finalmente, sin atreverse a mirar al pegaso a la cara—. Es mi amiga Nayenaets. Y quería hablarle…

— ¡¿Quieres que se quede a vivir en mi casa?! ¡¿Esa bicharraca equinófaga?! ¡Antes le pego fuego al bloque que dejarla entrar en mi casa!

— P-pero… Ella no es equinófaga. No come ponis… —trató de razonar Dawn Star, encogida sobre sí misma y con las orejas gachas—. Yo… yo respondo de ella. No molestará a nadie, lo prometo.

— ¡He dicho que no! ¡Los bichos de esa traidora no dan más que problemas! ¡Se hacen pasar por tus amigos, y cuando menos te lo esperas te clavan los colmillos en el cuello, te devoran y usan tu sangre para invocar a su reina oscura! —Tomó aire, fulminó a Nąȋenähz con una mirada despreciativa a la que ella respondió con una desafiante—. ¡Y esta asesina traidora no va a poner un casco en mi casa! —Se volvió hacia Dawn Star y le gritó en tono amenazador—. ¡Como yo me entere de que la has dejado entrar vas a estar en la calle en menos de lo que vuela Spitfire los cien metros! ¡¿Ha quedado claro?!

— Sí, señor Gale —musitó Dawn Star, sin atreverse a alzar los ojos del suelo—. Vámonos, Nayenaets.

Derrotada y humillada en lo más profundo de su ser, la unicornio continuó su camino bajo la mirada fiera de su casero, bajando los escalones hasta que llegó a la planta baja, seguida por us compañera. Las dos yeguas se mantuvieron en silencio hasta que estuvieron en la calle, momento en que la unicornio se volvió hacia su compañera con rostro descompuesto.

— Lo siento —murmuró al tiempo que una lágrima bajaba por su hocico—. Lo siento. Tenía que defenderte, pero comenzó a decir todas esas burradas, y después me amenazó con echarme de casa, y…

Sus palabras se vieron cortadas en seco cuando Nąȋenähz estrechó sus patas delanteras alrededor de su pecho.

— Nada es. Nada es. Él es daȋöt. Tú no eres culpa.

El rostro de la unicornio se volvió hacia el de su compañera, que mantenía la mirada gacha para evitar la luz del sol.

— ¿Qué ditse él?

Dawn Star se mordió la lengua antes de responder.

— Mentiras —musitó—. Él dice mentiras. Tú matas ponis y bebes sangre. Tú quieres traer Nightmare Moon. —Sacudió la cabeza y añadió—: Mentiras. Él cree thestrales son malos. Yo sé ellos son buenos.

Los ojos de la thestral se cerraron durante un segundo mientras la decepción y la rabia se adueñaba de su rostro. ¿Ese era el mundo más tolerante que le habían prometido Time Keeper y Comet Nova tras arrancarla de su época?

— Muchos ponis creen thestrales buenos. Él es idiota —dijo Dawn Star, adivinando lo que pensaba su compañera. De repente, recordó las últimas palabras del pegaso, y su rostro se ensombreció—: También dice no puedes vivir en casa mía.

Un largo gruñido de frustración escapó de los labios de la thestral, y sus labios se abrieron para mostrar con furia sus colmillos.

Daȋöt —murmuró con rabia al mismo tiempo que su ala izquierda se abría violentamente—. Daȋöt šïnxȕrinëi. —Alzó la vista al rostro de la unicornio, que rehuyó avergonzada su mirada—. ¿Ministro y esposa darán casa mí?

La unicornio tardó un segundo en responder, descolocada por la pregunta. ¿Time Keeper y Comet Nova marido y esposa? No, eso no podía ser. Había estado casi una hora con ellos, y nada en su actitud ni su comportamiento había dado la impresión de que estaban casados.

— Sí, seguro que sí. —La esperanza pareció volver a los ojos de Nąȋenähz, y Dawn Star aprovechó para preguntar—: ¿Por qué dices son marido y esposa?

— Están siempre juntos. Marido y esposa están juntos.

¿Eso tenía sentido? Bueno, al menos desde la perspectiva de la thestral, sí que lo tenía, concluyó Dawn Star. Seguro que en su colonia y época los machos dominaban a las yeguas y no les permitían relacionarse con otros machos.

— Yo diría que no. Pero vámonos.


La pálida luz amarilla de la vela apenas si podía iluminar algunos centímetros a su alrededor, y lo mismo ocurría el resplandor mágico turquesa que la sostenía. Sin embargo, ambos eran más que suficientes para arrancar refulgencias doradas y azules a las cinco placas de mármol empotradas en la pared delante de ellas. En sus frontales, cinco nombres y seis fechas estaban grabados con letras de oro.

Por delante de ellas, la propietaria de la vela, una unicornio alta y regordeta, de níveo pelaje y crin azul marino, las contemplaba sin pestañear, con la pata delantera derecha alzada hacia ellas, los ojos llenos de lágrimas y una expresión de congoja en su rostro. A sus cascos yacían cinco ramos de crisantemos púrpuras, a los que la débil luz de la vela arrancaba pálidos reflejos amarillos en sus ojos.

— Mis potrillos —susurró, con un gran nudo en la garganta y el corazón convertido en una densa bolita de dolor desgarrador—. Mis pobres potrillos. Hijos míos.

— Sí. Pobres potrillos.

Comet Nova se limpió una lágrima con su casco derecho, y sonrió débilmente cuando una pezuña se apoyó sobre su hombro diestro.

— Gracias, Celestia —susurró.

La princesa respondió con un esbozo de sonrisa en su rostro y una respetuosa inclinación de cabeza ante las tumbas. Había tantos recuerdos y emociones que reposaban en ellas. Tantas alegrías, tantas tristezas, tantas esperanzas truncadas para siempre…

— ¿Y Luna?

— En sus aposentos. Nunca ha podido soportar entrar aquí, a pesar de lo mucho que le gustaría.

La unicornio blanca asintió débilmente, y pasó un casco sobre las letras de la tumba del centro, la única que tenía dos fechas grabadas sobre el mármol.

— Ojalá hubiera podido conocerlos —murmuró Celestia, y también pasó el casco sobre el mármol—. Iron Anvil… Ojalá hubiéramos podido pasar más tiempo juntos. Ojalá Luna hubiera podido conocerlos.

Comet Nova asintió en silencio, y la princesa Celestia colocó su casco izquierdo alrededor de su cuello. Permanecieron en aquella postura durante algunos segundos, hasta que la unicornio blanca preguntó:

— ¿Qué hora es, Celestia?

— Las cinco menos diez.

Comet Nova cerró los ojos.

— Necesitaríamos un carro par llegar a tiempo.

— No hace falta. Podemos teletransportarnos hasta el Ministerio. Con la fuerza de Luna y la mía combinadas, llevar a tres ponis no será una molestia.

Comet Nova asintió antes de devolver la mirada a las tumbas de sus hijos.

— Gracias.

— Es lo menos que puedo hacer. Además, Luna y yo ya vamos allí. Un poni de más no es molestia.

La unicornio negó con la cabeza.

— No es por llevarme. Es por permitirme viajar al pasado para dar digna sepultura a mis pobres potrillos.

Una pequeña sonrisa asomó al rostro de la princesa.

— No podía permitir que acabaran en una fosa común.

Con los ojos brillantes de agradecimiento, Comet Nova inclinó por última vez la cabeza ante las sepulturas de sus pequeños. Con tan solo el rítmico sonido de sus cascos sobre el suelo rompiendo el silencio a su alrededor, ambas yeguas emprendieron camino a los aposentos de Luna, donde la princesa de la noche las aguardaba.

Antes de salir del panteón, Comet Nova volvió su cabeza hacia atrás para mirar a sus hijos por última vez.

— Volveré pronto, hijos míos. Lo prometo.


Celebrando el estreno de la temporada 3 de la serie, aquí está un nuevo capítulo.

Y ahí tenemos la situación temporal de la historia, a caballo entre la quinta y la sexta temporada. Que es cuando empezó a escribirse, por cierto.

El ejército de Cloudsdale da para muchas referencias. El caporal rojo con la cicatriz, su hermano el teniente, su amigo sargento, la enfermera violeta... ¿Alguien se ha acordado de aquel anime al verlos?