Las opiniones de los personajes no tienen por qué coincidir con las del autor.


Los ojos de Dawn Star se movían erráticamente en sus cuencas. Otra misión. Dos en dos días. ¿Pero qué estaba pasando? ¿Tantos ponis conocían el hechizo prohibido de Star Swirl?

— ¿Non será por ventura aquesto una nueva prueba para nos? —inquirió Swébende Gagel, con sus ojos reducidos a dos minúsculas rajitas y su casco derecho sobre la empuñadura de su espada.

— No —respondió Comet Nova sin perder un segundo—. Yo no tuve una misión al día siguiente de entrar. Carrot tampoco; ni Time Turner, ni Minuette. Debe de hacer muchos años que esto no ocurre.

— ¿Pero entonces vamos nosotros? —preguntó Dawn Star.

— Sí. Minuette tenía una operación dental programada a las seis y media, y le he dado permiso para marcharse y que la prepare. Son ustedes los únicos agentes que tengo disponibles —respondió el ministro del Tiempo.

No había apartado la mirada del mapa desde que había entrado en su despacho.

— ¿Es Viajera? —preguntó de repente Nąȋenähz, con los colmillos al aire y sus facciones contraídas en un gesto de rabia.

— Aún no lo sabemos con certeza —respondió Time Keeper—. No sería extraño que fuera una nueva intentona, pero el año y el lugar de destino no concuerdan con su modus operandi.

— Aparecer en Saddle Arabia en el año 778 no encaja con sus intentos anteriores de destruir Equestria. Ella suele elegir objetivos de gran importancia, como Platino I —explicó Comet Nova—. De hecho, yo me inclinaría por que fuera otro poni.

Carrot Top le hizo un gesto con la cabeza a Time Turner, y ambos salieron del despacho de Time Keeper. Entre destellos mágicos, las princesas se teletransportaron de vuelta al palacio. Cuando la puerta se cerró, Time Keeper apartó la vista de Tapicestria y caminó con parsimonia hasta la parte de atrás de su escritorio.

— ¿Entonces Saddle Arabia existe? —preguntó Swébende Gagel—. Creía fasta ahora que non eran más que invenciones de viejas e lunáticos.

— Por supuesto que sí, Swébende. Saddle Arabia es un reino que limita con Equestria por nuestro suroeste. Existe desde hace al menos tres mil años, y conquistó lo que hoy es el sur de Equestria a principios del siglo VIII. Dominaría estas regiones hasta que Discord las reconquistó poco después de acceder al poder en el año 811 —explicó Comet Nova—. No tienen ministerio propio, de modo que nosotros también vigilamos su historia. Aunque sus casos son un mínimo porcentaje.

El pegaso asintió, y se giró hacia el ministro. Aún le costaba creer que iba a visitar un país que en su ciudad no era más que un mito.

— Señores — Time Keeper se alzó sobre sus patas traseras, apoyó las delanteras sobre su mesa de ébano y miró con severidad a sus tres agentes—, ya saben ustedes lo que tienen que hacer. Tráiganme a este viajero temporal.

Swébende Gagel no perdió ni un segundo en cuadrarse según las ordenanzas militares de Cloudsdale. Chispas salvajes bailaban en sus iris de sangre, y sanguinarios deseos de venganza volaban sin control en su cerebro. Por su parte, Dawn Star y Nąȋenähz intercambiaron una mirada de preocupación. Ambas habían experimentado en sus propias carnes de lo que la unicornio era capaz, y deseaban con todas sus fuerzas no tener que enfrentarse a ella.

—Comet, llévalos a vestuario, por favor. —La unicornio blanca asintió, y le hizo un gesto a los tres para que la siguieran—. Y en cuanto a ustedes dos —apuntó con su casco a Dawn Star y Nąȋenähz—, por su propia seguridad, eviten cualquier conducta que pueda ser considerada lésbica.

La estupefacción del rostro de Dawn Star contrastaba perfectamente con la ignorancia que mostraba la thestral. Su compañera había dicho algo parecido la noche anterior. ¿Tenía algo que ver?

— Sé perfectamente que no hay nada entre ustedes dos, señorita Dawn Star. No obstante, las leyes de la Saddle Arabia de la época eran extremadamente intolerantes con la homosexualidad, y la castigaban con la lapidación, tanto para los caballos como para las yeguas—. Su expresión se suavizó, pero pequeños signos de dolor aparecieron en ella—. Por favor. Ya he perdido cuatro agentes así. No quiero que ustedes se sumen a esa lista.

Dawn Star abrió la boca para responder, pero tras unos segundos de silencio descubrió que no sabía qué decir. Miró al ministro, a su compañera, y se dio la vuelta para seguir a Comet Nova.

Atravesando una de las puertas de la estancia principal, los cuatro ponis se encontraron en una habitación estrecha y alargada, iluminada por luces mágicas de color blanco. Dos anchas barras de hierro recorrían toda su longitud, hasta la pares del fondo, a casi un metro de altura del suelo y aproximadamente la misma distancia de las paredes. De ellas colgaban una infinidad de prendas, de todos los colores, tamaños y tejidos posibles. Sobre ellas, grandes carteles de cartón situados a intervalos irregulares señalaban a qué época correspondían.

Seguida por Swébende Gagel, Comet Nova caminó en silencio entre la ropa, con la mirada fija en los letreros de la izquierda, hasta que se detuvo en el que marcaba el siglo VIII. Dawn Star se había detenido en la puerta, asombrada ante tremenda colección de ropas, y Nąȋenähz había preferido quedarse con ella.

— Estas serán las prendas que llevarán en su misión.

La unicornio blanca se había dado la vuelta, y su magia sostenía dos bultos blancos en el aire. Dawn Star y Nąȋenähz se acercaron a la unicornio blanca.

— ¿Qué… qué son?

La ropa que les mostraba la unicornio eran largas piezas blancas de lana, diseñadas para cubrir todo el cuerpo de las yeguas. Sus cabezas, sus crines, sus colas, e incluso los cuernos de las unicornios y las alas de las pegasos, quedaban ocultos bajo la tela de lana. Junto a ellas flotaban dos paños más pequeños del mismo color con imperdibles en sus extremos.

— En Saddle Arabia lo llaman haik —suspiró Comet Nova, y sus ojos apuntaron a los de Dawn Star—. A mí no me gusta llevarlo. Es de lana y en verano da un calor espantoso, al tocar mi cuerno interfiere con mi magia, y de que las pegasos o thestrales vuelen mejor ni hablamos. —Suspiró y negó con la cabeza—. Pero es la ley de la Saddle Arabia del siglo VIII. Si las yeguas no se visten "modestamente" —apuntó a la prenda que le acababa de entregar con su casco— la pena es de treinta latigazos, o incluso la prisión para las reincidentes. Y no podemos permitirnos esa interferencia con su misión.

Dawn Star bufó con fuerza, y cogió el bulto con su magia. Lo observó durante unos segundos, dividida entre su comodidad y facilitar su misión, y finalmente se decantó por esta última. Con la ayuda de Comet Nova, logró ceñirse la tela alrededor de su cuerpo, ocultándolo de la vista a excepción de sus pezuñas y su rostro. Mientras la unicornio blanca le cerraba el vestido y le colocaba el velo que cubría su hocico Nąȋenähz señaló el suyo y le preguntó a la unicornio blanca qué era.

— Ropa de Saddle Arabia —respondió—. Ley dice yeguas deben vestir esto. Si no, van a cárcel.

Sin perder un segundo, la thestral se enfundó la prenda con ayuda de la unicornio blanca. Nunca antes había usado ropa, de modo que pasó unos segundos peleando cómicamente contra la prenda hasta que al fin logró colocársela alrededor del cuerpo. Cuando miró por la estrecha rajita de tela libre ante sus ojos, pensó que Comet Nova tenía razón. Aquel vestido era increíblemente incómodo. ¿Por qué obligaban a llevarlo a las yeguas?

Sin esperar a que terminaran de vestirse, Comet Nova se giró hacia la otra barra y sacó de ella una larga túnica negra de lana con capucha del mismo color, que ofreció a Swébende Gagel. Sin pronunciar una palabra, pero con el ceño fruncido, el guerrero pegaso se quitó la armadura y el casco, se puso la túnica y se colocó la capucha. Mientras se volvía a ceñir la espada al cuerpo, susurraba entre dientes maldiciones contra los habitantes de Saddle Arabia y sus costumbres. No le gustaban un pelo aquellas prendas extranjeras, pero eran mucho mejores que las de sus compañeras.


— Ya están, Keeper.

El ministro del Tiempo se recostó en su silla, con las puntas de sus cascos tocándose entre sí. Aunque no lo mostraba, en su fuero interno estaba preocupado por sus agentes, pero esta vez más incluso que las anteriores.

— Muy bien. Muy bien. —Hizo flotar en el aire un saquito de cuero negro, y su contenido emitió un agudo tintineo como respuesta—. Aquí tienen algo de dinero por si lo necesitan durante la misión. Hay tres dimares y veinte dirhaymes, que deberían ser más que suficientes. —Escribió una dirección en un trozo de papel y se lo pasó a Dawn Star—. Esta es una de las casas del Ministerio. Quiero que usted y sus compañeros aparezcan en ella cuando viajen al año 778.

Dawn Star asintió, leyó lo que había escrito Time Keeper y tomó el saquito con su magia. Tal y como había dicho Comet Nova, el contacto de la tela sobre su cuerno interfería con su magia, por lo que la separó con un casco para poder meter el saquito en su crin y atar la cuerda con que se cerraba a un mechón de pelo.

— Señores, no les voy a mentir —dijo el ministro, y puso sus cascos delanteros sobre su mesa—. El lugar y la época al que van a ir tiene una de las legislaciones más sexistas que puedan encontrarse. Para sortearla y darles a ustedes libertad de movimiento, se comportarán como si Swébende Gagel estuviera casado con ustedes dos. Dawn Star, Nayenaets, sé que esto les puede resultar violento, pero de cara al exterior, obedezcan a Swébende Gagel en todo.

El guerrero pegaso hinchó el pecho, ufano. Por fin había reconocido que era él el que debía estar al mando, no la unicornio traidora. Que fuera por necesidad ya era otra cosa.

— Swébende Gagel, usted aparentará ser el líder mientras se encuentren en el siglo VIII. Sin embargo, Dawn Star seguirá estando al mando. Usted se limitará a visibilizar sus órdenes. ¿Les ha quedado claro?

El orgullo que embargaba al pegaso se deshinchó tan rápido como había venido. Con expresión de enfado, se irguió sobre sus patas traseras y puso las delanteras sobre el escritorio negro del ministro.

— Mi superior, credo que más apropiado sería que sobre mí recayera el mando. En aquese país valor ninguno han las yeguas, e yo soy soldado e caballo.

— Y yo soy el que da las órdenes aquí —respondió Time Keeper, malhumorado y también subido a su mesa. Los dos caballos permanecieron con la mirada foja en el otro durante varios segundos, hasta que al final Swébenge Gagel se dio por vencido y volvió al suelo. Time Keeper inspiró profundamente, y siguió—: Entiendo que piense que lo merece, pero no puedo dejar al mando de un grupo de viajeros temporales a alguien que desprecia a las demás razas porque piensa que son inferiores. Podría provocarnos un problema intertemporal.

Si Time Keeper hubiera sido cualquier otro poni, Swébende Gagel no hubiera vacilado en ponerle la espada en el cuello y preguntarle a gritos si acaso dudaba de su valía. Pero el ministro del Tiempo era su superior, de modo que se bajó de la mesa mientras gruñía y se tragó su mal humor de pie sobre el suelo.

— Partan de inmediato, y tengan cuidado. Y si es ella —su rostro se ensombreció al tiempo que sus párpados se entrecerraban; y las orejas de los tres agentes del ministerio se erizaron— tráiganmela viva o muerta.

Dawn Star tragó saliva y asintió nerviosamente; mientras que sus compañeros lo hicieron con decisión y se colocaron con presteza a su alrededor. La unicornio parda hizo acopio de valor, separó la tela de su vestido de su cuerno e invocó el hechizo de Starswirl.

Esperaba con todas sus fuerzas que no tuvieran que matarla.

Al igual que la última vez que su compañera había usado el hechizo, Nąȋenähz se cubrió los ojos de la brillante luz de la magia, pero en esta ocasión usó la tela que la cubría en vez de su pata. Cuando sintieron las corrientes de aire sobre su piel, ninguno de los tres opuso resistencia; y cuando desaparecieron del Ministerio transportados mil quinientos años hacia el pasado Comet Nova y Time Keeper intercambiaron una mirada.

Ambos deseaban que la Viajera no tuviera nada que ver en la misión.


Cuando el viento se calmó y la luz mágica se extinguió, los tres ponis hicieron un primer reconocimiento de sus alrededores. Apenas tardaron unos segundos en darse cuenta de que se hallaban en una habitación oscura y totalmente vacía, sin ningún mueble junto a sus paredes o suelo de tierra, y cuyas únicas fuentes de luz eran una larga y estrecha ventana cubierta por una intrincada celosía de madera y una puerta en el extremo opuesto de la estancia.

Tras pensarlo durante unos segundos, Dawn Star puso rumbo hacia la luz, pero Swébende Gagel la detuvo interponiendo un casco en su camino.

— Yo primero —dijo—. Si por ventura fállase algún peligro al otro lado, mejor sabré combatirlo que vos.

La unicornio parda pensó que no tenía sentido una emboscada en una casa segura del Ministerio, pero asintió de todos modos, y el guerrero pegaso cruzó el umbral de la puerta tras desenvainar su arma. Espada en casco y con todos sus sentidos alerta, se colocó en el centro del patio al que daba la estancia y echó una mirada circular a su alrededor. Suelo de tierra, paredes encaladas a las que les hacía falta un nuevo encalado y algunas macetas con plantas muertas hacía meses fueron lo único que encontró, aparte de otras dos puertas abiertas y una cerrada, que daba a la calle. Por si acaso, se metió en las otras dos habitaciones a investigarlas, pero enseguida se percató de que estaban tan vacías como aquella en la que habían aparecido.

— Todo despejado. Nada más hay en la casa.

Pocos segundos después aparecieron en el patio las dos yeguas, embozadas en sus negros ropajes, agradecida por que estuviera nublado la thestral y asombrada la unicornio ante el poder logístico y económico del ministerio del Tiempo. Apenas podía imaginar el desembolso que suponía mantener una casa vacía en cada ciudad y época, solo para que sus agentes pudieran viajar por el tiempo con más seguridad.

— Deberíamos salir a la calle —dijo.

La uncornio parda dirigió sus pasos hacia la puerta, pero antes de llegar a la mitad del camino la voz de Swébende Gagel la interrumpió.

— Seríanos de más provecho sentarnos a deliberar e trazar un plan de ataque antes que salir ciegamnte a la búsqueda de aquese traidor a Equestria.

Dawn Star no dudó un segundo en volver sobre sus pasos y sentarseen el centro del patio. El pegaso tenía razón; en su última misión habían tenido suerte de encontrar a Minuette después de salir en su persecución sin pararse a reflexionar.

— ¿Dónde creéis que puede estar?

Nąȋenähz se sentó en el suelo, y justo después lo hizo Swébende Gagel, quien, tras un segundo de reflexión, dijo:

— Si cambiar la estoria d'aqueste reino es el su objetivo, ha de fallarse sines dubda en el lugar de más grande importancia dentro de aquestos muros. ¿Existe por ventura algún palacio real o edificio semejante en la urbe?

Dawn Star asintió casi instantáneamente. El Alcázar de Trottingham. Lo había visitado una vez con su padre, cuando tenía nueve años, y había quedado maravillada ante la fascinante arquitectura de los pobladores de Saddle Arabia y los coloridos mosaicos geométricos de azulejos y las intrincadas decoraciones grabadas en yeso que adornaban sus estancias.

Sin lugar de dudas, era el palacio más hermoso que había visto en toda su vida. Ni siquiera el palacio real de Canterlot podía competir con él, y en toda Equestria tan solo el Alcázar Rojo de Baltimare se acercaba a su nivel, que casi igualaba.

— El Alcázar de Trottingham. En él vive el gobernador de la ciudad, que responde directamente ante el rey de Saddle Arabia. Si lo matan, es muy posible que estos le declaren la guerra a Equestria.

— ¿Pues qué aguardamos entonces? Marchemos facia el palacio y capturemos a aquese viajero —exclamó el guerrero pegaso, y se puso en pie de un salto.

— Non acuerdo —replicó tímidamente Nąȋenähz.

Swébende Gagel bufó con exasperación, pero se sentó de nuevo en el suelo, esperando con impaciencia las majaderías que sin duda soltaría la thestral.

— Viajero quiere matar poni. Él no está en luts. Él oculta en sombras, y él espera momento para matar.

Dawn Star lo meditó durante unos segundos, y le pareció que la thestral tenía razón. Sin embargo, Swébende Gagel soltó un nuevo bufido irritado.

— Piensas como la tu raza. Matáis así, y piensas que todos matan a traición y por la espalda, como vosotros.

— Y vos pensa como pegaso —replicó Nąȋenähz al instante—. Atacan en luts, enemigo sabe, por honor. Mas honor —sus párpados se entornaron, pero el negro velo que vestía no permitía apreciar aquel detalle — es de guerreros. Es de morir. Non de vivir, como thȅstotralës.

Dawn Star observaba la escena con preocupación, y no pudo evitar sentir un escalofrío al sentir la enorme tensión entre thestral y pegaso. Tragó saliva, y alzó la pata derecha en un intento por llamar su atención.

—Creo… Creo que Nayenaets tiene razón—musitó débilmente y a toda velocidad, sin atreverse a mirar a los ojos a Swébende Gagel. Aunque le contradijera, seguía siendo su superiora y no se atrevería a atacarla.

¿Verdad?

— Habed la bondad de explicarvos —pidió el guerrero, con el ceño fruncido y sus intensa mirada clavada en la unicornio. Pero su tono de voz se mantenía perfectamente neutro, mantenido así únicamente por sus enseñanzas militares—. ¿Por cuál razón fabla ella, y non yo, verdad?

La unicornio parda tragó saliva antes de responder.

— Si su objetivo es matar, no lo hará a rostro descubierto. Es… es un ataque suicida. Los guardias del palacio acabarán con él antes de que pueda cumplir su objetivo.

— Es traidor sin honor —añadió Nąȋenähz—. Non fará cosa honorable, mas fará cosa cobarde. Emboscar e matar.

Swébende Gagel escuchó la primera frase sin inmutarse, pero al oír la segunda sus cejas se elevaron y se llevó un casco a la frente.

— Muy cierto es —murmuró, medio para sí mismo, medio para Dawn Star—. Traidor a la su patria es, e acciones honrosas dél non son de esperar.

La unicornio parda asintió débilmente y se giró hacia la puerta. Avanzó hacia ella, y se detuvo tras colocar su casco derecho sobre el tirador.

— Tengo… tengo una idea. Nos acercaremos al Alcázar y trataremos de encontrarlo. Si seguimos sin encontrarlo, intentaremos infiltrarnos. ¿Qué os parece?

Aparentando mucho más convencimiento del que tenía, Swébende Gagel asintió con firmeza, seguido por Nąȋenähz después de que la unicornio se lo explicara bien. Era un plan horrible, y los tres lo sabían. No sabían nada de a quién buscaban, y encima planteaba infiltrarse en un palacio hasta arriba de guardias. Pero no tenían otro mejor.

— Vamos, entonces —dijo la unicornio, y abrió la puerta.

Una callejuela estrecha y oscura, sin ningún poni a la vista, fue su recibimiento. Con la cautela que le habían proporcionado sus muchos años en el ejército y las múltiples emboscadas que había sufrido por parte de los grifos, el pegaso salió fuera y observó con atención lo que le rodeaba, escrutando hasta el más mínimo detalle los blancos muros encalados que se erigían a su alrededor por si acaso ocultaban algún enemigo. Pero al final se convenció de que no había ninguno, de modo que se giró hacia el patio y le hizo un gesto a sus compañeras para que lo siguieran.

El callejón acababa bruscamente en una alta pared encalada, con dos grandes desconchones en su parte inferior que dejaban al descubierto largos y delgados ladrillos de adobe. Los tres ponis giraron en redondo y siguieron el curvo trazado de la calle, y pronto se encontraron en una amplia plaza que daba al río. Sus márgenes estaban salpicados de pequeñas tiendas y talleres, entre los que predominaban los de objetos de cerámica y los de aparejos de barco. Algunos caballos, vestidos con ropas similares a las que llevaba Swébende Gagel, hacían la compra en ellos, escrutando y comparando minuciosamente cada objeto antes de pagar.

Dawn Star volvió la mirada hacia la parte izquierda de la plaza, donde se levantaba una pequeña fortificación de ladrillo. Amarradas a sus muros había dos gruesas cadenas de hierro que cruzaban el río hasta la otra orilla, entre las cuales se extendía una línea de barcas, fijadas al fondo con pesadas anclas de hierro. Las embarcaciones daban soporte a una estrecha pasarela de madera, de anchura apenas algo mayor a dos carros, sobre las cuales los ponis de la ciudad cruzaban el río.

— Fillyana —murmuró Dawn Star, y sus ojos pasaron a contemplar el bullicio del puerto y la torre dodecagonal, aún en construcción, que se erigía en la otra orilla. A pesar de los casi mil quinientos años transcurridos, ambos existían aún en su época—. Estamos en Fillyana.

— ¿Fillyana? —preguntó Swébende Gagel, ojeando con sorpresa y preocupación la ciudad en la otra orilla—. Mas ¿non era en Trottingham la nuestra misión?

— Fillyana es un barrio de Trottingham, en la otra orilla del río. Cuando lo visité con mi padre se había convertido en un lugar famoso, pero en esta época parece que ni siquiera tiene muralla.

— ¿Ya conoscéis aquesta urbe? Entonces, ¿sabéis dó fállase el Alcázar que buscamos?

Dawn Star asintió y volvió la vista hacia el recinto amurallado al otro lado del río.

— En el centro de la ciudad. En la otra orilla.

En silencio, los tres ponis cruzaron el puente de barcas, que para sorpresa de los tres resultó mucho más sólido de lo que aparentaba. Los centinelas de la muralla no pusieron ninguna objeción a su paso, y pronto se encontraron en la boca de una estrecha y retorcida calle que conducía al interior.

La intranquilidad se cernió al instante sobre el rostro de Dawn Star. No conocía aquella calle. Ella recordaba una calle ancha y rectilínea al otro lado del puente.

— ¿Es muy largo el camino? —preguntó Swébende Gagel entre dos miradas a los lados de la calle. Muchas de las tiendas parecían tabernas y almacenes, lo que le hizo fruncir el ceño.

— No estoy segura —confesó la unicornio, y trató de recordar el camino. Estaba la calle larga, había que pasar una plaza a la izquierda, y después girar a la… ¿derecha?—. Solo he estado una vez en esta ciudad, hace muchos años, y las calles son completamente distintas.

El guerrero pegaso bufó e hizo rodar los ojos en sus órbitas, y dio un paso a la derecha para esquivar a un potrillo cargado con una cántara de agua. ¿Por qué nunca tenían ni idea de dónde estaba su objetivo? Por un momento pensó en sobrevolar la ciudad para buscar el camino, pero prefirió no hacerlo para no llamar la atención de los habitantes.

Siguiendo la dirección general que marcaba Dawn Star, los tres ponis continuaron algunos minutos por aquel laberinto de callejuelas, y poco después giraron a la derecha para encontrarse en un cementerio. Pequeñas y sencillas placas de piedra caliza, con el nombre y las fechas de nacimiento y defunción de los finados, marcaban los enterramientos; y algunos caballos caminaban entre las filas de tumbas, cabizbajos; o recordaban a los difuntos parados de pie ante el lugar donde estaban enterrados.

—Mas ¿qué es aquesto? —preguntó Swébende Gagel, sin salir de su asombro. Dawn Star, por su parte, contemplaba ojiplática y estupefacta el cementerio. ¿De dónde salía? Si no recordaba mal, en su época aquel lugar era una plaza.

— No… No lo sé. Esto… Esto no estaba aquí cuando lo visité—balbució la unicornio, mirando a los lados nerviosamente, buscando otra salida. Por el rabillo del ojo, pudo ver que Nąȋenähz miraba a las tumbas con curiosidad y extrañeza, tratando de averiguar por qué había tantas placas blancas allí—. Son tumbas, Nayenaets. Esto es cementerio. Aquí descansan muertos.

Inmediatamente, Nąȋenähz bajó la cabeza hasta que su frente tocó el suelo, y se llevó un casco al corazón, componiendo la postura que usaban los de su raza para dar homenaje a los muertos.

— Tranquilos. Tranquilos. No pasa nada —murmuró la unicornio, cuya mirada pasaba de un sitio a otro a toda velocidad.

Un frío pozo se había abierto en la boca de su estómago, y su diámetro aumentaba rápidamente con cada segundo que pasaba. Sabía perfectamente que ninguna abominación iba a salir de una tumba y atacarla, pero los cementerios le ponían el vello de punta. Tenían tanta relación con la oscuridad… Al fin, vio una pequeña puerta de piedra en la pared opuesta, y una gran sonrisa iluminó su rostro al tiempo que la señalaba.

— Por ahí.

La unicornio voló, mas que caminó, por entre las tumbas, y alcanzó el otro extremo con unos treinta segundos de ventaja sobre sus compañeros. Mientras llegaban, miraba fijamente a la tapia, tratando de recordar el camino. Creía que ya estaban cerca.

— ¿Qué ocurre? —preguntó Swébende Gagel,con su casco derecho acariciando la empuñadura de su espada—. ¿Por ventura habéis visto alguien que aquel a quien buscamos ser pudiera?

La unicornio parda giró la cabeza hacia el pegaso y negó con la cabeza. Después se giró hacia Nąȋenähz, pero retrocedió intimidada al ver el fuego en su mirada.

— Respeta muertos —le espetó a la cara, evidentemente enfadada.

— ¿C-cómo? —balbució Dawn Star, desorientada.

— Coréis en tsenterio. Coréis donde son muertos. Aqueso non es respeto a muertos —respondió la thestral, con tanta ira en su voz que logró que Swébende Gagel se sintiera incómodo.

Dawn Star bajó la cabeza, avergonzada. Nąȋenähz tenía razón, era una falta de respeto a los que allí descansaban. Y todo por culpa de su miedo. Sin atreverse a mirar a la cara a su compañera, musitó una disculpa, que la thestral recibió con indiferencia.

— Non doy perdón yo. Ellos dan perdón. Mas son muertos. Non pueden. —Inspiró profundamente, y añadió—: Vos lamentáis con verdad. Son vivos, entonces ellos dan vos perdón.

La unicornio asintió débilmente antes de salir del cementerio por una calle paralela a la que venían. Limitaba a la derecha con la muralla de cantos y argamasa, y en ella resonaba un bullicio de voces que aumentaba de volumen a cada paso que daban. Las tiendas que habían visto en otras calles estaban totalmente ausentes en esta, y en su lugar había viviendas de paredes encaladas a ambos lados de la calle.

Al fin, los tres ponis salieron a una amplia plaza cuadrada. Decenas, no, docenas de puestos se levantaban sobre su suelo de tierra, desde tenderetes minúsculos regentados por caballos de aspecto demacrado hasta amplias tiendas cubiertas por lonas de colores ante las cuales decenas de ponis se agolpaban para comprar sus productos. En el aire los gritos de los vendedores, las llamadas a los compradores y las conversaciones entre tendero y cliente, o simplemente entre amigos, se fundían en una escandalosa cacofonía, tan potente que Nąȋenähz tuvo que hincar una rodilla en tierra y pasar cerca de un minuto con las orejas tapadas. Solo el pensamiento de su misión por cumplir consiguió hacer que se levantara, por mucho que le dolieran las orejas.

Cuando se percató de dónde estaban, el regocijo se adueñó de la mente de Dawn Star, y una gran sonrisa se dibujó en su rostro. El zoco. Habían encontrado el zoco de Trottingham. El mercado principal de la ciudad y que aún existía en su época. Emocionada por hallarse al fin tan cerca de su objetivo tras dar tantas vueltas, comenzó a buscarlo con la mirada, y no pudo contener una aguda exclamación de victoria cuando las vio.

Dos torres cuadradas de piedra, con un muro rojo bermellón entre ambas. Una alta puerta de piedra en forma de arco semicircular. La entrada del Alcázar de Trottingham.

— ¡Allí! —exclamó, apuntando con su casco al lugar—. ¡El Alcázar de Trottingham!

Swébende Gagel volvió los ojos en la dirección que había indicado su compañera, y tras unos segundos asintió brevemente. No sabía cómo sería por dentro, pero lo poco que había visto le recordaba a la fortaleza unicornia de Spircendean Stánas. Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro al recordar la noche en que fue tomada tras un larguísimo sitio de ocho meses. ¡Cómo corrió el maravilloso vino de los unicornios aquella noche! ¡Cómo brillaban el oro y las joyas que guardaban sus enemigos, aunque apenas fueran suficientes para poder pagar a toda la soldadesca! ¡Qué hermosas eran las yeguas que allí vivían y con las que habían apagado sus fogosas necesidades tras tantos meses sin catar yegua! Y si el gobernador de la fortaleza no hubiera logrado pasar a cuchillo a su bella esposa y a su joven y hermosa hija antes de suicidarse para que los pegasos no pudieran incluirlas en su botín de guerra, hubiera sido la noche perfecta.

— ¿E cómo nosotros entramos? —preguntó Nąȋenähz, mirando con preocupación a los dos caballos zainos situados a ambos lados de la puerta. Ambos vestían una cota de malla plateada, y empuñaban una larga lanza con mango de madera de encina en su casco delantero derecho.

Swébende Gagel elevó los ojos al cielo, buscando las almenas. Entrar volando podría ser una buena opción, pero solo si fuera de noche. Hacerlo a plena luz del día era un suicidio. Después, volvió la vista hacia sus compañeros. Aunque Dawn Star no tuviera alas y la otra no pudiera volar por el momento, era lo suficientemente fuerte como para cargarlos hacia el otro lado. Solo tenía que elevarse lo suficiente como para evitar ser visto por la ronda de guardia de la muralla.

— Podría teletransportarnos dentro —murmuró Dawn Star, más para sí misma que para los otros dos—. Pero… Pero no conozco el palacio por dentro… podríamos acabar en cualquier parte… No, no; es demasiado arriesgado —decidió finalmente.

— Posible es volando el entrada —dijo el pegaso—, mas no bajo la luz del sol. Vistos seríamos al punto por la guardia plena, e faríannos presos.

— Pero… Pero si entramos de noche…

—Perderemos demasiado tiempo —completó Swébende Gagel—. Muerto pudiera ser ya el gobernador d'aquesta urbe para cuando el Sol sea puesto.

Nąȋenähz asintió, sin apartar la vista de los muros del palacio. Tal vez por una ventana. Ella era una thestral, una maestra de la infiltración y de moverse sin ser vista. Sabía que podía hacerlo. Solo necesitaba llegar hasta arriba. Si Swébende Gagel la llevaba, sabía que podía hacerlo. Y…

De repente, sus orejas se erizaron. Había escuchado una voz femenina reír a su espalda, y estaba segura de que conocía a la dueña de la voz. Pero no podía ser. Estaban en Trottingham, muchos años después de su nacimiento. Pero su instinto de cazadora le decía que siguiera aquella voz. Y su instinto jamás la había traicionado.

—¡Eh! ¡Eh, tú! ¿Dónde vas? —exclamó Swébende Gagel al percatarse de que Nąȋenähz se había dado la vuelta y caminaba entre los puestos del zoco, pero ella no la escuchó y siguió con su camino sin prestar atención a las miradas sorprendidas y acusadoras que le dirigían clientes y comerciantes, asombrados y enfurecidos por ver caminar a una yegua sin su marido o un familiar a su lado. Un par de ellos le lanzaron comentarios despreciativos, tildándola de promiscua como poco, pero ella ignoró los insultos en aquel idioma extranjero que no comprendía y siguió caminando por entre los puestos.

La alegre risa volvió a sus oídos, y sus orejas puntiagudas se orientaron hacia su derecha. El roce de la tela de lana contra sus delicadas orejas despertaba en ella sensaciones extrañas y casi desconocidas, que solo recordaba de una noche en el bosque que prefería olvidar. Apretando los dientes, sacudió la cabeza para librarse de aquella sensación y siguió caminando hacia el origen del sonido. Sabía que ya había oído antes aquella risa aguda y alegre, pero ¿dónde?

El dependiente de un puesto de verduras le chilló que volviera a su casa con su marido en saddelés, pero al igual que había hecho con el resto de improperios que había escuchado hasta aquel momento, Nąȋenähz tampoco le hizo caso. Swébende Gagel y Dawn la seguían unos metros por detrás, pidiéndole que parase y les explicara a dónde iba, pero ella continuaba impasible su camino.

La voz volvió a sonar, esta vez a apenas unos metros a su izquierda, y todo el pelo de su crin se erizó. Sus instintos de cazadora tomaron el control, e inconscientemente se ocultó detrás de dos grandes cántaras de barro llenas de aceite de oliva. Solo una cosa la reconcomía: no saber quién era su presa. Estaba segura de que la conocía, pero no sabía ubicarla.

Sus puntiagudas orejas captaron una nueva risa, más cerca todavía. Nąȋenähz se mordió el labio inferior, molesta, y miró al lugar del que provenía el sonido. Después, soltó un juramento en su idioma materno. Había al menos cinco ponis cerca, y cuatro venían hacia ella. Y para rematarlo, todos menos uno, un unicornio azul marino, alto y muy delgado, que no vestía ropa alguna, eran yeguas tapadas hasta los ojos con aquella tela blanca. Como para identificarlas.

La segunda yegua acercó su cabeza al caballo y le dijo algo. Él sonrió, y apenas un segundo después Nąȋenähz volvió a oír aquella risita aguda.

Y en aquel instante algo hizo clic en su cerebro.

— ¿Minuette?

La yegua se detuvo en seco, y una expresión de asombro apareció en su rostro. Giró la cabeza a la izquierda, y sus ojos se encontraron con Swébende Gagel, que corría hacia ella acompañado de una yegua que llevaba la misma ropa que ella. Sacudió la cabeza con una sonrisa resignada, y se dirigió al caballo que la acompañaba.

— Se acabó. Tenemos que volver, que si no no duermes por la noche.

El unicornio quiso decirle algo a la yegua, pero ella no le dejó. Con un rápido movimiento, iluminó su cuerno y lo hizo volver a su época. Un potrillo gritó, asutado por ver desaparecer un poni delante de sus narices, pero el resto ya estaban acostumbrados a la magia de los unicornios y no le prestaron la más mínima atención.

Al ver el brillo mágico envolver el cuerpo del unicornio, Swébende Gagel se lanzó hacia delante mientras emitía un grito inarticulado, y el rostro de Dawn Star se tranmutó en una expresión de horror. Trató de buscar un hechizo que interrumpiera el de la yegua, pero no logró recordar ninguno antes de que ella completara el suyo.

Cuando Swébende Gagel aterrizó enfrente de la yegua, ya era demasiado tarde. El unicornio se había esfumado, a salvo en su propia época. Poseído por la furia, se levantó como un rayo y fue a desenvainar su espada, pero antes de poder siquiera hacer el movimiento escuchó las últimas palabras que esperaba oír.

— ¡Espera, Swébende! ¡Soy yo, Minuette!

El guerrero pegaso se detuvo en seco a dos pasos de la unicornio celeste. Apenas podía creer lo que oía. Minuette, su compañera, era la viajera temporal que buscaban. La llama de la ira consumió su mente por completo, y su casco se dobló hacia el pomo de su arma.

Minuette emitió un agudo chillido al ver el gesto de Swébende Gagel, y dio un saltito hacia atrás. Alarmada, Nąȋenähz salió de su escondite para impedir que el fanático pegaso cometiera una locura, pero no hizo falta. Dawn Star había reaccionado instintivamente y paralizado al pegaso con su magia.

— Espera. —Se giró hacia el pegaso, pero se encogió al ver la furia que ardía en su mirada—. Em… Quiero… Quiero saber por qué lo hizo…

Un larguísimo gruñido enfadado brotó de la garganta de Swébende Gagel, pero finalmente obedeció a su superiora y devolvió el casco al suelo. Se sentó sobre sus cuartos traseros, y fulminó a Minuette con la mirada.

— Fabla —le ordenó—. E ya pueden ser buenas las tus razones para facer aqueste viaje.

La unicornio celeste asintió débilmente, y giró su rostro hacia Dawn Star.

— El unicornio que estaba conmigo es mi abuelo. —Emitió un largo suspiro, se frotó el ojo derecho con su ropa negra y bajó la mirada al suelo—. Está… Está en fase terminal.

Dawn Star se llevó los cascos a la boca y dejó escapar una breve exclamación de horror. Dio un paso hacia su compañera, y la abrazó con fuerza.

— Oh, Minuette… Yo… Lo siento, lo siento muchísimo. Yo no sabía…

Una triste sonrisa asomó al rostro de la unicornio, y se separó de Dawn Star. Levantó la mirada, y vio a Nąȋenähz mirándola sin comprender y a Swébende Gagel, que había clavado la punta de su espada en tierra y la observaba cruzado de patas delanteras. Un signo de respeto entre los guerreros de Cloudsdale.

— No te preocupes. No podías saberlo.

La unicornio celeste se separó de la parda, y esta retrocedió unos pasos.

— Quería hacerle un regalo especial a mi abuelo por todo lo que ha hecho por mi padre y por mí. Es un gran apasionado de la cultura de Saddle Arabia y además nació en Trottingham, así que…

— Lo trajiste a esta época —completó Dawn Star—. Entiendo perfectamente lo que querías hacer, Minuette, pero…

— No te preocupes. He tenido cuidado de evitar hacer algo que cambie la historia. Y le he hecho creer que toda esta visita era un sueño. —Sus labios esbozaron una sonrisilla—. He convertido su sueño en un sueño. ¿Lo pillas?

El chiste era malísimo, pero Dawn Star decidió no decírselo. En su lugar, sonrió y le puso un casco en el hombro.

— Venga, volvamos y cerremos esto de una vez.

Minuette asintió, y una luz amarillenta llenó el interior de su ropaje.


La ciudad de Trottingham está basada en Sevilla, siguiendo la tradición de igualar Equestria con España inaugurada por mi hermano en La Trastienda. Un atracón de Google Maps, otro de búsqueda en Wikipedia y otras páginas, y si hubiera podido encontrar un plano medieval de Sevilla ya hubiera sido genial. Aunque si alguno de mis lectores más o menos conoce la ciudad ya se habrá dado cuenta.