— Turismo temporal. —El unicornio se sacó las gafas con su magia, que fueron dando pequeñas sacudidas en el aire hasta llegar a la mesa—. Turismo temporal. —Se incorporó y golpeó la superficie de ébano de la mesa con sus cascos. Minuette se encogió en su sitio—. Minuette, ¿qué coño es eso de turismo temporal?
Minuette no respondió. Su eterna sonrisa se había borrado de su rostro, que apuntaba al suelo y mostraba una expresión de culpabilidad, con las orejas gachas y pegadas a su cráneo.
— Transportar a un civil mil quinientos años al pasado. ¿Pero se da usted cuenta de lo que podría haber ocurrido?
Casi imperceptiblemente, Minuette afirmó con la cabeza.
—Lo siento —susurró; sus primeras palabras desde que había llegado al despacho—. Sé que no debería haberlo hecho. Pero mi abuelo siempre había querido saber cómo había sido su ciudad en aquellos tiempos, y después del diagnóstico…
Time Keeper giró la vista a la derecha antes de dejar exhalar un largo suspiro. Diagnóstico. Qué malos augurios tenía aqulla maldita palabra.
— Lo lamento profundamente. Lamento de verdad el estado de salud de su abuelo. —Su rostro adoptó una expresión más amable y conciliadora, y aunque ya lo sospechaba por las acciones de su agente, preguntó—: ¿Cómo está? ¿Es muy grave?
Si Minuette afirmó con la cabeza, esta se movió menos de un milímetro.
— Terminal.
Time Keeper miró largamente a su subordinada, y después bajó la mirada al suelo. No lo conocía de nada, pero su hijo y su nieta eran dos de los mejores agentes con los que había tenido el gusto de trabajar.
— Lo lamento profundamente, Minuette. Sé perfectamente por lo que usted está pasando. Mi madre… —Suspiró con amargura, y volvió a colocarse las gafas—. Si… Si existe algo que pueda hacer por usted...
Minuette sonrió con tristeza, y le dio las gracias con la mirada, pero no dijo nada.
—Salga de mi despacho, por favor. Ya hablaremos después de las consecuencias.
La unicornio celeste asintió con un movimiento casi imperceptible, y obedeció la orden del ministro. Tan pronto como cruzó la puerta, un cuerpo blanco se colocó delante de ella y la capturó en un abrazo.
— Minuette, lo siento. Lo siento muchísimo. Dawn Star me ha contado lo de tu abuelo, y quería decirte que…
La unicornio celeste cortó de raíz las palabras de Comet Nova devolviéndole el abrazo con más fuerza y enterrando la cabeza en su pecho. Comet lo comprendió al instante, y pasó un casco por su melena bicolor, transmitiéndole su apoyo y cercanía. Por un momento pensó que su subordinada iba a echarse a llorar, pero tras algunos segundos se recuperó y se separó de su superiora.
— Si… si alguna vez necesitas…
Minuette sacudió la cabeza afirmativamente, y Comet Nova calló, conforme.
— Minuette —dijo Nąȋenähz.
Lentamente, la unicornio giró la cabeza hacia su compañera, y se sorprendió al verla con el ala izquierda totalmente extendida, los ojos muy abiertos y la punta de su hocico apuntando al cielo.
— Ĕr a šląv văetërinëvăetëręm tinë. Honor y gloria abuelo tuyo —repitió en su escaso equestriano.
Minuette sonrió ampliamente, y abrazó con fuerza a su compañera. Una vez ella superó la sorpresa inicial, enrolló su ala izquierda alrededor del cuerpo de la unicornio y la colocó sobre sus hombros.
— Vuelvo a mi casa —murmuró después de separarse de la thestral—. Tengo que ver cómo está mi abuelo y asegurarme de que no sospecha.
Las tres yeguas a su alrededor asintieron, y Comet Nova se acercó a ella.
— No debería, pero intentaré rebajar algo la sanción que te ponga Time Keeper. —Parpadeó y chascó la lengua antes de mirar a su subordinada con ojos llenos de amabilidad y calidez—. Y si necesitas cualquier cosa, estoy aquí.
Minuette asintió a su vez, y su amarillenta aura mágica rodeó su cuerno. Unos segundos después, un amortiguado "puf" resonó por la estancia, y para cuando se hubo extinguido, hacía ya segundos que Minuette estaba en su casa.
— Vámonos nosotras también, Nayenaets. Quiero… quiero comprobar si lo que dijo Carrot es cierto.
Dawn Star hiperventilaba, sentada enfrente de la puerta de su casero. Enfrentarse a él le había parecido una idea magnífica en el Ministerio, pero con cada paso que había dado en dirección a su casa el gusano de la duda se había abierto paso en su mente, minando cada vez más su confianza, hasta hallarse paralizada por el miedo frente a aquella puerta.
No podía dejar de pensar en lo que le había dicho Carrot Top en el Ministerio. Howling Gale le debía un favor. No quería saber de qué se trataba, pero debía ser bastante gordo si conseguía doblegar la voluntad de su casero.
"Vamos", se dijo, tratando de darse ánimos. "Solo es llamar a la puerta y decir una frase. Por Nayenaets".
Temblando con todo su cuerpo, la unicornio parda acercó la pata a la puerta de su casero, pero enseguida la retiró y se levantó para irse. Su párpado inferior derecho, repentinamente humedecido, comenzó a temblar. No podía. No se atrevía. Necesitaba…
El sonido de dos golpes secos contra la madera resonó en el rellano. Sorprendida, Dawn Star giró la cabeza hacia su compañera, que la regañaba con la mirada; y bajó la cabeza, avergonzada. Nąȋenähz tenía razón. Era una cobarde.
— Ya voy. Un momento.
Las entrañas de Dawn Star se helaron, pero su cuerpo no se movió un milímetro. A toda velocidad, su cerebro racionalizó que se quedaba allí por su amiga; pero en realidad se mentía a sí misma. Simplemente, el miedo a su casero la había paralizado.
Como un animal deslumbrado, Dawn Star permaneció totalmente quieta los escasos segundos que Howling Gale tardó en llegar hasta la puerta. Cuando esta se abrió, el viejo pegaso se encontró con una unicornio rígida como un cadáver y con los ojos como platos, más estatua que poni.
— ¿Dawn Star? ¿Te ocurre algo? —Incluso su tono normal de voz sonaba huraño y desagradable. Giró la cabeza a la derecha, y el odio se agolpó en su pecho al descubrir a la thestral en el rellano, que lo miraba orgullosa—. ¡No! ¡He dicho que no! ¡Esta no entra en mi casa!
Nąȋenähz no solo ignoró los insultos que le dirigía el pegaso, sino que además avanzó un paso hacia él. Su mirada estaba fija en Dawn Star, pidiéndole con ella que le dijera la frase al pegaso y acabara con aquel asunto. Pero Dawn Star, que seguía paralizada y con la espalda vuelta hacia ella, no podía verla.
— ¡He dicho que no te dejo pasar, maldita asesina adoradora de Nightmare Moon! —chilló Howling Gale, encarándose con Nąȋenähz, que continuaba ignorándolo. Nada deseaba más que cruzarle la cara y ajustarle las cuentas a aquel idiota deslenguado, y solo el no querer complicarle más la situación a su compañera impedía que lo hiciera—. ¡Vuélvete a tus malditas cavernas con el resto de vuestras abominaciones y desaparece de…!
— Carrotdicequeledebesunfavor.
Al instante se instaló en el rellano un silencio tal que podría haberse oído el vuelo de un mosquito. Dawn Star continuaba en la misma posición, con los ojos igual de abiertos. Se había llevado los cascos a la boca, incapaz de creer que había pronunciado aquella frase terrible. Howling Gale había vuelto el rostro hacia ella y la miraba con estupefacción, incapaz de creer la frase que acababa de oír. Y Nąȋenähz los contemplaba a los dos con una sonrisa de satisfacción en el rostro, celebrando internamente que su compañera hubiera sido capaz de repetir lo que Carrot le había dicho.
— ¿Cómo… Cómo has dicho?
Dawn Star no respondió. Había empezado a temblar. Ahora sí que la echaba de casa. Estaba segura de que la iba a echar.
— Dawn… Creo que sería mejor que habláramos esto a solas en mi casa.
Sin decir nada más ni dedicar un solo segundo de su tiempo a la thestral, se dio la vuelta y volvió a meterse en su casa. Tras unos breves instantes, en los que Nąȋenähz llegó a plantearse levantar a su compañera e introducirla en la morada del pegaso, Dawn Star logró incorporarse sobre sus patas traseras. Le llevó casi medio minuto, y todos los músculos de sus patas y su barriga temblaban mientras lo hacía, pero al menos era un avance.
A pasitos cortos y temblorosos, la unicornio parda recorrió el recibidor y el pasillo tras cerrar la puerta.
— Dawn… Siéntate, por favor.
Dawn Star asintió con un cortísimo movimiento de cabeza, y pasó al salón, donde Howling Gale la esperaba sentado a una estrecha mesa circular de nubes sobre una silla del mismo material. Como una autómata, caminó sobre el suelo de madera recubierto de nubes y se sentó al otro lado de la mesa, enfrente de su casero. Su mirada volaba erráticamente sobre todo el salón. Las paredes pintadas de azul cielo. Las cortinas blancas que cubrían la ventana. El escudo rojo y dorado, cruzado por dos espadas que se cruzaban entre sí, que colgaba de la pared derecha. El enorme cuadro de Cloudsdale al atardecer que colgaba de la izquierda y que casi la cubría por completo. La mesita bajo este cuya superficie era un estrato y sus patas cirros. Las fotografías familiares y los recuerdos de Cloudsdale fabricados en el mismo material que la ciudad. Cualquier sitio antes que el rostro de su casero.
— Dawn… Dawn, cálmate, por favor. No te voy a echar, no te va a pasar nada.
Si sus palabras tuvieron algún efecto en la unicornio parda, desde luego no lo pareció. El viejo pegaso suspiró, y decidió probar desde otro ángulo.
— Entonces… ¿Carrot sigue viva?
Dawn Star asintió nerviosamente. Howling Gale soltó un bufido divertido.
— Yo pensaba que ya habría muerto. Cuando menos te lo esperas, la vida vuelve para patearte el culo. ¿Cuántos años tiene ya? ¿Noventa? ¿Cien?
Dawn Star no respondió. Su casero cerró los ojos durante unos segundos antes de decir:
— Es cierto. Hace cuarenta y seis años, Carrot Top me hizo el mayor favor de mi vida. No sé por qué ha decidido cobrárselo así, pero… Será que ya es vieja y no quiere nada para ella.
Dawn Star pareció sonreír, pero no dijo nada. Howling Gale bufó con fuerza y se cubrió los ojos con los cascos. Todas las neuronas de su cerebro le pedían que no siguiera adelante, pero su sentido del honor le forzó a silenciarlas.
— Dile que pase.
— ¿Qué?
— Que le digas que pase. Rápido.
Aún no había separado los cascos de sus ojos.
Tras unos breves instantes de duda, Dawn Star se levantó de la silla y abrió la puerta de la casa. Allí la esperaba Nąȋenähz, que parecía sorprendida de verla. Abrió la boca para preguntarle cómo le había ido, pero la unicornio parda no la dejó hablar.
— Pasa —murmuró, nerviosa, y acompañando su frase con un gesto.
Sin demorarse, Nąȋenähz penetró en el piso del pegaso hasta llegar al salón. Constató tras un rápido vistazo la diferencia con el piso de Dawn Star tanto en la decoración como en el plano, pero no se detuvo en ellos. Por detrás, Dawn Star, todavía asustada, caminaba con la mirada fija en el suelo; y descubrió con sorpresa que las pezuñas de su compañera no flotaban sobre el suelo de nubes, sino que lo atravesaban hasta el parqué que había debajo.
— Toma asiento, por favor.
Sin pronunciar una palabra, la thestral se sentó en la silla que antes había ocupado Dawn Star. Howling Gale colocó sus cascos sobre la mesa, y apoyó la barbilla sobre ellos. Trataba de mantener una expresión neutra, pero en las arrugas de su rostro y el brillo de sus ojos se hacía evidente su desprecio por la thestral.
— Nombre —le disparó a bocajarro.
— Nąȋenähz. Ponys no thȅstotralës ditsen mí Nayenaets.
— Edad.
— Diets ocho inviernos.
— ¿Dónde naciste?
— Kölonȋa Sḱrȍükiḱȋëgŭradï. Tserca de tsiudad ponis ditsen Fillydelphia.
— Trabajo.
Nąȋenähz parpadeó un par de veces, pero no respondió.
— Aún no tiene —se apresuró aresponder Dawn Star—. Acaba de llegar. Pero… Pero quiere entrar en la guardia de Luna.
Howling Gale cerró los ojos durante unos segundos, tratando de no mostrar la repugnancia que le producía aquella respuesta. Una raza traidora para guardar a su reina traidora. Asintió con un corto movimiento de cabeza, y clavó en los ojos de la thestral todo el fuego y la ira de su mirada.
— Solo por Carrot —dijo, dando un golpe sobre la mesa a cada palabra y enfatizándolas todo lo que podía.
— Yo entiendo —respondió Nąȋenähz, sosteniéndosela con la misma intensidad.
El viejo pegaso rompió el contacto visual y buscó a Dawn Star, que seguía de pie en la entrada del salón, exactamente en el mismo sitio en el que estaba desde antes que Nąȋenähz se sentara.
— Estas son mis condiciones. Setecientos cincuenta bits mensuales. Nada de mascotas, nada de ruidos fuertes después de las ocho, nada de relacionarse con Nightmare Moon —Dawn Star intentó replicar, pero una mirada fulminante de su casero le cerró la boca al instante— y nada de lesbianas. ¿Queda claro?
— ¿Qué es lesiana? —preguntó Nąȋenähz.
Dawn Star tosió un par de veces y enrojeció violentamente. Howling Gale se limitó a entrecerrar los ojos y señalar a la unicornio parda con su casco derecho. Ella bajó los ojos al suelo y suspiró, sabedora de que no le quedaba más remedio que responder.
— Lesbianas son… —titubeó, buscando las palabras más simples que conocía para que su compañera pudiera comprenderlo sin problemas— Yeguas… Yeguas que aman yeguas. No… no aman caballos. Aman otras yeguas.
La expresión de Nąȋenähz pasó de la sorpresa a la incredulidad y el asco en menos de un segundo.
— ¿Yegua alguna face aqueso? —preguntó, con los ojos muy abiertos y las orejas erizadas, espantada por lo que acababa de oír.
— Eh… sí. En Equestria es totalmente legal.
Los ojos de Nąȋenähz se abrieron aún más. No entendía cómo las princesas de Equestria permitían en su reino abominación semejante.
— En… en kölonȋa mía también… —confesó—. Caballo con caballo, prohibido. Yegua con yegua, non prohibido. Todos miran muy mal y nadie gusta yegua con yegua, mas non prohibido es. Pero ninguna de nosotras… fatse aqueso.
Dawn Star parpadeó un par de veces, sorprendida. Había oído algo de que a los thestrales no les caía bien la homosexualidad, pero no imaginaba que serían una raza tan homófoba. Tragó saliva, y se dirigió a su casero:
— ¿Setecientos cincuenta mensuales entonces?
— Setecientos cincuenta ella. Tú sigues en trescientos cincuenta.
Dawn Star parpadeó un par de veces, incrédula. Pero… Pero aquello era…
— ¿Qué ocurre? La dejo quedarse. Ese era el trato. La dejaba vivir aquí y Carrot consideraba cobrado el favor. —Dedicó una última mirada despreciativa a la thestral, apoyó los cascos sobre la mesa y sonrió son suficiencia—. Nadie dijo nada del alquiler.
Dawn Star apretó los dientes con impotencia, tratando de contener las lágrimas. Pero… Pero sería ladrón racista el muy…
— Atsepto.
Howling Gale asintió con satisfacción, y Dawn Star miró a su compañera con la boca abierta. ¿Pero cómo podía consentir semejante atraco a mano armada?
— ¡Nayenaets, no! ¡Es un robo! —Giró la cabeza hacia su casero—. ¿Y cómo lo va a pagar? No tiene trabajo. Ni siquiera ha podido ir a la oficina de reclutamiento todavía.
— Eso es problema suyo. Espero el pago el próximo día uno sin falta —respondió, tajante, en un tono que no admitía réplica alguna, y se levantó de la mesa—. Buenas tardes.
Dawn Star quería protestar, pero sabía muy bien que no le serviría de nada. Furiosa con su casero, le hizo un gesto a Nąȋenähz para que la siguiera y abandonó su casa. Quería dar un portazo, pero no se atrevió por si acaso empeoraba las cosas.
El tenso silencio entre ambas yeguas duró hasta que Dawn Star hubo abierto la puerta de su casa y las dos se hubieron sentado en el sofá. Solo entonces se giró Dawn Star hacia su compañera.
— Nayenaets… Eso es demasiado dinero. Es… Es mitad de sueldo.
— Thȅstotralës non usan dinero —respondió ella—. Non he netsesito. Catso comida mía, e tomo demás de sḱrȍükiḱȋe. Haber dinero, non haber dinero, non importa mí.
Dawn Star se llevó los cascos a la cara. Se sentía tan estúpida. ¿Cómo había podido ser tan estúpida? ¿Cómo se le había podido olvidar contarle lo que había ocurrido entre su época y el presente?
— Nayenaets… Los grifos ya no dominan Equestria.
De inmediato una mezcla de incredulidad y alborozo asomó al rostro de Nąȋenähz. No había más grifos. Los grifos nunca más la perseguirían. Era libre al fin de su amenaza.
— Non… Non mentís mí —acertó a murmurar. Era demasiado bueno como para ser cierto—. Non más sḱrȍükiḱȋe en Equestria. Ellos non…
— Es cierto. El Imperio Grifo ya no domina Equestria. Reina Luna I declaró guerra, y su hijo Bouillon II venció grifos, consiguió independencia para Equestria y reconquistó este de Equestria.
Los labios de Nąȋenähz se curvaron en una sonrisa de júbilo, y se lanzó sobre Dawn Star para abrazarla con todas sus fuerzas. ¡Libre al fin! ¡Libre de aquellos que la despreciaban y deseaban verla muerta solo por la raza en la que había nacido!
— No puedes robar de grifos —la advirtió Dawn Star—. Debes comprar comida con dinero.
— ¿Comprar? —Todavía no había separado su cuerpo del de la unicornio.
— Esto… Tú das dinero a pony, y él te da comida.
Nąȋenähz hizo chascar la lengua con desagrado, y desenredó sus patas del pecho de Dawn Star. Aquella idea le repugnaba. Ella era una thestral independiente, capaz de conseguir su propia comida. No necesitaba que otros se la dieran, y si aceptaba la de Dawn Star porque las reglas de hospitalidad thestrales la obligaban a hacerlo. Pero si aquella era la costumbre de los ponis de aquella época, no tenía más remedio que obedecerla.
— ¿Dinero mío es mucha comida?
Dawn Star tardó unos segundos en hacer mentalmente las cuentas. Ella siempre tenía dificultades para llegar a fin de mes, pero eso era cobrando ochocientos bits en el café y con todas las facturas. Sin pagar nada de eso, sin dedicar nada a otras cosas y encima cazando una parte de lo que comía, podría ahorrar un buen dinero todos los meses.
— Sí. Muchas comidas son poco dinero. Pero no obligas gastar todo dinero. Puedes guardar si no gastas.
La thestral ladeó la cebeza, pensativa. Sí, lo que su compañera decía tenía sentido. Si podía conseguir comida con dinero, no estaría de más tener algo guardado como provisión de emergencia.
— ¿Vamos a cenar?
Nąȋenähz asintió, y entró en la cocina tras Dawn Star.
Swébende Gagel se quitó el casco, y lo depositó con cuidado sobre el suelo de nubes de Cloudsdale. Su mirada, orgullosa, estaba fija en una pequeña casa de nubes de dos pisos, con muros de cúmulos y tejado de cirros. Dos ventanas se abrían al exterior en la fachada delantera, y de cada una de ellas colgada una bandera de Cloudsdale; un ala, una lanza y una espada entrelazados sobre fondo azul celeste a la izquierda, el cielo de su hogar, y rojo sangre a la derecha, la que vertían para defender a los suyos de las amenazas de sus enemigos.
Lo he conseguido, pensó mientras se volvía a colocar el casco. Estoy en casa.
Con el corazón a punto de estallar por sus ganas de volver a ver a sus seres queridos, caminó hasta la puerta y llamó dos veces con el casco. Contó hasta dos, y dio cuatro rápidos golpes.
— ¡Padre! —exclamó la voz de un potro desde dentro.
Con el corazón inflamado de amor paternal, Swébende Gagel volvió a quitarse el casco y se sentó en el suelo. Abrió las patas delanteras todo lo que pudo, sonrió con ternura, y se preparó para volverá abrazar a su hijo.
La puerta giró sobre sus goznes sin emitir ningún ruido, y una centella gris plomizo se precipitó hacia el exterior. La calidez se abrió paso en el pecho del guerrero pegaso, y estrechó a su hijo entre sus brazos en cuanto lo tuvo a tiro.
— ¡Padre! ¡Padre! —repetía una y otra vez el potrillo, asiéndose con fuerza al cuerpo de su padre, como si quisiera retenerlo a su lado para siempre y que nunca volviera a marcharse. Por fin habían terminado. El temor a perder a su padre. Las angustiosas horas a la espera de cualquier noticia del campo de batalla. Por fin había quedado todo en el pasado.
Swébende Gagel sonrió, y apretó su cuerpecito con más fuerza aún. Un cálido líquido empapaba su pecho y bajaba por su vientre. Cerró los ojos y colocó sus alas alrededor del pecho de su hijo.
— Sé que non debería llorar, padre —sollozó el pequeño Huracán, que no se atrevía a levantar la vista—. Un verdadero guerrero de Cloudsdale mira a la adversidad al su rostro en lugar de llorar como yegua. Mas… mas non habíamos nuevas de vos. Non vislumbrámosvos en el desfile posterior. E pensaba… pensaba…
— Non pasa nada, fijo mío —respondió Swébende Gagel al tiempo que pasaba su casco derecho por la crin de su hijo. Parpadeó un par de veces, y se limpió con el izquierdo las lágrimas que se formaban en sus ojos—. Eres aún potro. Mas una promesa has de facerme.
— Decidme, padre —respondió Huracán, mirando hacia arriba y con las orejas erizadas.
Swébende Gagel alzó la mirada al cielo de Cloudsdale para después bajarla al rostro de su hijo.
— Has de prometerme ser fuerte. Ha de venir un día en que yo ya non sea más, e cuando aquese día llegue, tú habrás de cuidar de la tu madre e el tu hermano o la tu hermana. E en aquese día, habrás de portarte como un adulto, mas non como potro. Idos serán los días de la tu infancia, e habrás de asumir las tus responsabilidades como adulto de provecho de Cloudsdale. —Puso los cascos sobre los hombros de su hijo, clavó sus ojos en los suyos, y preguntó en tono grave—. ¿Faráslo por mí? ¿Faráste fuerte para ser buen y fiel servidor de la nuestra urbe de nubes y del nuestro rey Mistral IV?
El pequeño Huracán asintió con toda la convicción que pudo reunir.
— Serélo, padre. Seré buen e fuerte soldado que vos dé orgullo y gloria, a vos e a Cloudsdale.
Swébende Gagel sonrió, y estrechó a su potro contra su pecho. Cuando se separó de él, una yegua, alta, delgada, de pelaje amarillo pálido, crin malva y una gran barriga de embarazada había entrado en su campo visual. Swébende Gagel se levantó del suelo y se colocó frente a ella.
— Esposo mío —dijo ella, tocando la parte derecha de su cuello con la de su marido.
— Esposa mía —dijo él a su vez, girando su cuello hacia la derecha en una extraña suerte de abrazo.
No había en sus gestos rastro alguno de amor, solo de alivio. Alivio de volver a ver a su familia para Swébende Gagel, y alivio de no haberse quedado viuda para Buterflége.
— Entrad en la casa, esposo mío —dijo Buterflége tras separarse de su marido. Tras la puerta, una pequeña silueta con plumas y pico cortado casi a ras de piel se metió dentro de la casa—. Os liberaré del peso de vuestra armadura e aliviaré los dolores que hayáis tras tan cruenta batalla. —Se giró hacia su hijo y le ordenó—: Huracán, rellena un barreño con agua para aliviar los cansados cascos del tu padre.
— ¡Al punto, madre! —exclamó el potrillo, y se precipitó dentro de la casa.
Buterflége dejó escapar un largo suspiro de cansancio antes de reemprender el camino de vuelta a su hogar. Swébende Gagel la seguía a un paso de distancia, con la mirada fija en sus cuartos traseros. Aunque solo fuera por olvidar las penalidades de la batalla perdida durante unos minutos, aquella noche tocaba.
Cuando al fin traspasó el umbral de su puerta, una oleada de alivio y calidez recorrió su cuerpo.
Por fin estaba en casa.
Nąȋenähz hizo rodar los ojos en sus órbitas, y pocos segundos después bostezó con todas sus fuerzas. Se aburría como una ostra. Después de la cena, un simple plato de heno frito, Dawn Star se había sentado a la mesa del salón con todos sus libros y cuadernos a estudiar, y ella se había quedado sin nada que hacer. Al principio había estado observando a su compañera, pero enseguida se había cansado. No hacía nada más que mirar los libros y murmurar cosas para sí misma una y otra vez.
Soltó un nuevo bostezo y se llevó los cascos a las mejillas. La unicornio había tratado de explicarle por qué era tan importante estudiar para su futuro, pero no había entendido gran cosa. ¿Por qué necesitaba un buen trabajo? Ya trabajaba para la corona, y tenía un buen sueldo. ¿Para qué quería más?
La respuesta había sido algo de querer trabajar en magia y que Minuette también era dentista, pero se había quedado casi en las mismas.
Nąȋenähz soltó un bufido. Ojeó la ventana del cuarto de Dawn Star con irritación, y después a su ala escayolada. Si no fuera por ella, podría estar cazando, buscando su comida en la oscuridad de la noche, en lugar de sentada sobre un sofá sin saber qué hacer. Se encogió de hombros y comenzó a examinar su pata delantera derecha en busca de cualquier parásito que pudiera estar viviendo de su sangre. No creía que tuviera, pero al menos se entretenía un poco.
Acababa de levantar la pata izquierda para inspeccionarla cuando llamaron a la puerta. Sorprendida, devolvió su extremidad al sofá y giró la cabeza hacia la puerta. Un instante después apareció Dawn Star, que caminó hasta la puerta con expresión preocupada. Eran las once y cuarto de la noche. ¿Quién llamaba a la puerta a esas horas?
— Vrĕmin —dijo una voz masculina al otro lado de la puerta.
Los ojos de Nąȋenähz se abrieron de golpe.
— Es Ministerio —dijo.
— ¿Cómo… Cómo lo sabes?
— Vrĕmin es lengua thȅstotralësin. En lengua ekuestriain ditse "de tiempo".
Dawn Star dudó durante un segundo, tras el cual abrió la puerta. Ante su vista apareció un thestral alto y delgado, de pelaje gris plomizo, grandes y huesudas alas púrpura y pequeñas orejas peludas terminadas en punta. Una luna menguante cruzada por dos lanzas plateadas adornaba sus flancos, y las pupilas alargadas en sus grandes ojos amarillos miraban a su alrededor con desconfianza, como si esperara que algo saltara de repente de las sombras y lo atacara.
Dawn Star lo reconoció al instante. Era el guardia que había estado al lado de la princesa Luna en el Ministerio.
— Nąȋe dukarȋęm wësnit gȁrëwëa. Ȋë wëseni Şȕnŝăndȋagęr —le dijo a Nąȋenähz, y ella le devolvió el saludo—. Que noche os sea propicia. Soy Şȕnŝăndȋagęr —le tradujo a Dawn Star.
La unicornio apenas respondió con leves movimientos de cabeza, y se centró en las dos alforjas de esparto, pintadas de negro, que colgaban de su lomo. ¿Qué pretendía apareciendo por su casa a aquella hora?
— ¿Puedo pasar? —preguntó. Dawn Star asintió, pero Nąȋenähz levantó la pata derecha mientras lo miraba con desconfianza.
— Kölonȋa —le interrogó.
— Ślănkëagŭradï.
La suspicacia del rostro de la thestral se trocó en asco y rechazo en menos de una décima de segundo.
— Śoŭe —le ordenó, mostrando sus colmillos en un gesto amenazador y furioso al mismo tiempo—. Śoŭe, a nęmäi mąkëne ä detį dömśȅį.
El guardia lunar ladeó la cabeza hacia la izquierda y respondió con una sola frase.
— Wǫşȉe kölonȋas agųredi fȉra pošlĕį koronathionin Lunin kȍninin.
La desconfianza no desapareció por completo del rostro de Nąȋenähz, aunque la furia sí lo hubiera hecho. Que todas las colonias estuvieran ahora en paz le parecía demasiado fantasioso. ¿Cómo habían podido olvidar las palabras del líder de la colonia de Baltimare los jefes de las de las montañas del norte? ¿Y cómo era posible que el líder de los thestrales de Hollow Shades hubiera perdonado al líder de las Montañas Ahumadas la brutal violación a su única hija y que la condujo al suicidio?
— Colonia suya y mía no eran precisamente amigas antes de tiempos de reina Luna —le explicó el thestral a Dawn Star, que había observado su conversación con cara de no entender absolutamente nada—. Por eso quiere que me marche. Pero colonias firmaron paz hace mil años, tras coronación de reina Luna V de thestrales.
Dawn Star no sabía muy bien qué responder, de modo que se limitó a asentir. Nąȋenähz avanzó hacia el caballo, y llamó su atención con una interpelación en su idioma.
— Tu möchist päësen —le dijo, taladrándolo con la mirada suspicaz de sus ojos entrecerrados—. Mö ȋë präśïbarĕ Lunį kȍnȅginį, a tu trŭkenoȉst mȋerï, tŏn häerȉste tu tŭleįmï. Tu häenȉst ȁnimat?
El thestral asintió lentamente, y pasó al interior sin esperar que lo hicieran sus anfitrionas. Dawn Star miró a su compañera y le preguntó qué había dicho.
— Yo digo él que preguntaré reina Luna si él ditse verdad. Y él non ditse verdad, entonces él habrá problemas.
Dawn Star cerró la puerta con su magia y volvió al salón. Şȕnŝăndȋagęr se había sentado en el suelo, delante de la mesa, y había depositado las alforjas a su derecha. Movida por la curiosidad, Dawn Star echó una rápida mirada dentro, y lo que vio la dejó sorprendida. ¿Folios? ¿Lápices? ¿Libros infantiles?
— Luna Nąȋeinïkȍnin šanthĕ, xȅa tu lȁprešit lër y skrïbir —le dijo a Nąȋenähz mientras depositaba los útiles en el suelo con sus cascos—. Reina Luna quiere que compañera tuya aprenda ler y escribir.
Nąȋenähz miró lo que había traído el thestral y se volvió hacia su compañera.
— ¿Ler y escribir son importantes mucho en aqueste tiempo?
— Muchísimo —respondió la unicornio—. Todos potros en Equestria aprenden muy jóvenes. Es básico.
La thestral asintió y se colocó al lado de su compañero de raza, que había abierto un manual de lectura para potros thestrales y buscaba la página de la "a" con su ala derecha.
— ¿Queréis poneros en la mesa? —preguntó Dawn Star. Encima del mueble ya no quedaba ninguno de los libros y cuadernos de la unicornio, que los sostenía en su magia—. No me importa, puedo…
— No —respondió Şȕnŝăndȋagęr—. Eres nuestra anfitriona, y por hacernos honor de acogernos no podemos causarte incomodidad. Puedes quedarte en mesa, a nosotros no nos importa ponernos sobre suelo.
Nąȋenähz asintió con gestos rápidos y se tumbó sobre las baldosas al lado de Şȕnŝăndȋagęr. Este colocó el libro en un punto intermedio entre las cabezas de los dos, abierto por una página que mostraba el alfabeto del idioma thestral.
— Det wësnit abethedario thȅstotralësï. — Nąȋenähz lo miró con interés y cierto respeto. ¿Tantas letras tenía?—. Nȅra häenȉt pȅnt dek buknȉ.
¿Cincuenta letras?, pensó Nąȋenähz con desgana. ¿Tantas eran necesarias para escribir su idioma? Era cierto que usaban una buena cantidad de ultrasonidos, pero cincuenta letras seguía pareciéndole excesivo.
— Perdonad la interrupción, pero… ¿puedo ver el alfabeto? —pidió Dawn Star, con voz teñida de curiosidad y su atención fija en la página del libro.
— Por supuesto —respondió Şȕnŝăndȋagęr, y Dawn Star cogió el manual con su aura azul zafiro. Lo ojeó durante unos segundos y se lo devolvió a la pareja de thestrales.
—Tiene muchas letras —murmuró, impresionada.
— Cincuenta. Muchas son ultrasonidos.
La unicornio asintió, y se sentó de nuevo a la mesa para continuar estudiando magia. Sin embargo, de vez en cuando echaba un ojo a los dos thestrales para ver cómo les iba. Cuando Şȕnŝăndȋagęr pronunciaba un sonido de su idioma y Nąȋenähz lo repetía tras él, no podía evitar acordarse de la guardería que había atendido en Vanhoofer y de la profesora que le había enseñado a leer. ¿Qué habría sido de ella? ¿Seguiría dando clases en la guardería?
Los minutos transcurrieron a toda velocidad, y antes de que se dieran cuenta ya eran más de las doce. Dawn Star se levantó de su mesa y depositó los papeles sobre el sofá.
— Yo… Yo me voy a dormir. Ya podéis poneros… ¿Vais a seguir?
— Hasta amanecer. Nada más he de hacer, y thestrales no dormimos hasta primeras luces de día.
La unicornio asintió conforme, y caminó hacia su dormitorio. Antes de girar el picaporte, se volvió hacia los thestrales y les advirtió:
— Estáis solos. No quiero… cosas raras… Ya me entendéis…
Şȕnŝăndȋagęr sonrió y emitió una risita divertida.
— Tranquila. Gay.
Sorprendida, Dawn Star se cubrió la boca con un casco y lo miró con preocupación. ¿Era…? ¿Le gustaban los…? Oh, no. Pobrecito. Lo… lo mal que…
— ¿Qué ocurre? ¿Tienes algún problema?
— ¡No! ¡No, no, en absoluto! Es que he oído que vosotros… pues…
— Tranquila. Era bueno ocultándolo en época mía. Incluso cortejé yegua thestral. —Sonrió—. Casó con otro, pero tampoco me importaba. —Se detuvo un segundo antes de añadir—: En esta época algunos ya aceptan. Incluso conozco caballo thestral que… —Sus mejillas enrojecieron.
Cansada de no entender más que palabras sueltas de lo que decían, Nąȋenähz se acercó a los dos ponis. Şȕnŝăndȋagęr suspiró.
— ¿Qué le das de comer?
Dawn Star parpadeó, descolocada por la pregunta, pero pronto reaccionó.
— Lo mismo que yo. ¿Por qué? ¿Hay… algún problema?
— Intenta no darle alimentos procesados. Su cuerpo está acostumbrado a comer cosas naturales, y podrían sentarle mal. Y cuando recupere ala, que cace. Hay buenos terrenos no muy lejos de aquí.
— Le… le di pan de molde. Y macarrones con tomate. ¿Eso… eso es un problema? —preguntó la unicornio con expresión preocupada.
Şȕnŝăndȋagęr volvió la mirada hacia Nąȋenähz, y se encogió de hombros.
— No creo. Pero vigílala por si acaso.
Dawn Star asintió, y rogó internamente para que no le ocurriera nada a su compañera. El thestral volvió al lugar en que había dejado su manual de lectura, lo colocó encima de la mesa y se sentó a ella junto con Nąȋenähz para continuar sus lecciones.
— Śe —pronunció, señalando la pareja de mayúscula y minúscula en la parte superior de la página. Pasó el casco al dibujo del changeling bajo ellas—. Xȍ śąngäling. Śe.
— Śe —repitió Nąȋenähz, grabando a fuego la letra en su mente.
Dawn Star sonrió y se metió en el dormitorio. Dejó la puerta abierta, lo justo para que entrara la luz del salón en el cuarto, y se metió debajo de las sábanas. Mientras el sueño se adueñaba de su cuerpo, sonrió. Por primera vez en mucho tiempo, parecía que todo iba bien.
Time Keeper frunció el ceño y negó con la cabeza. Su aura mágica se desvaneció en el aire, y la pluma que sostenía cayó sin hacer ningún ruido sobre el papel que estaba escribiendo. Sus labios formaron una silenciosa queja contra los recortes en el presupuesto anual. Entendía que la economía del país fuera mal, pero necesitaba más recursos y más personal para poder vigilar eficazmente la historia de Equestria. Tal vez si quitaba un poco de la partida de vestuario…
Tres golpes secos en la puerta lo sacaron de sus pensamientos, y levantó la cabeza del escritorio.
— Adelante.
El picaporte bajó y la puerta giró sobre sus goznes para dejar al descubierto el pelaje dorado y la crin naranja zanahoria de Carrot Top.
— ¿Desea algo, Carrot?
La yegua asintió, y caminó hasta llegar al escritorio de ébano del ministro.
— He oído lo de Minuette. Solo venía para asegurarme de que no la despides.
Un destello de irritación cruzó brevemente el rostro de Time Keeper.
— Las acciones de Minuette han sido excepcionalmente graves. No solo ha puesto la historia del país en peligro, sino que el hecho de transportar un civil al pasado constituye una grave violación del secreto que debe regir este ministerio.
Carrot Top apretó los labios e inclinó la cabeza hacia la derecha. Sacó un saquito de lino de sus alforjas y dejó caer sobre la mesa las cuatro joyas de pltino que llevaba dentro.
— Sabía que dirías eso. Dime, ¿te gustan estas joyas?
Time Keeper la miró con gesto grave.
— ¿Está intentando sobornarme?
— En absoluto. Solo te he preguntado si te gustan. —Señaló la que estaba más a la derecha con su casco, y una sonrisa retorcida se dibujó en sus labios—. Sé que la cuarta te gusta mucho.
Todos los músculos del unicornio se tensaron de golpe. De platino. La cuarta. Le gustaba mucho. Un sudor frío bajó por su frente. ¿Cómo…? ¿Cómo se había enterado?
Carrot Top retiró las joyas de su mesa y las volvió a guardar en sus alforjas antes de mirar fijamente a Time Keeper.
— ¿La despedirás?
Time Keeper negó con la cabeza.
— Nunca tenía pensado hacerlo. Es nuestra mejor agente. —Sacudió la cabeza en horizontal—. Pero tiene que haber consecuencias ejemplares.
— Cierto —admitió Carrot Top.
— Seis meses de suspensión de sueldo. Suficientemente duro y no la despido. ¿Qué le parece?
Carrot Top se limitó a asentir antes de darse la vuelta y marcharse del despacho. Cuando el sonido de la puerta al cerrarse alcanzó sus orejas, enterró la cabeza entre sus cascos y emitió un larguísimo suspiro.
Maldita hija de puta. ¿Pero cómo se había enterado de su lío con Platino IV?
El ministro del Tiempo suspiró y volvió a tomar la pluma en su magia. Unos segundos después, la arrojó sobre el escritorio, metió los papeles en el cajón y lo cerró con un portazo.
Time Keeper se dejó caer sobre el respaldo de su silla, y dejó escapar un largo bufido. Estaba jodido. Pero seguro que todavía era posible controlar los daños.
Seguro que podía obtener alguna información delicada sobre Carrot y reequilibrar la balanza.
Sí, aquello era definitivamente posible. Solo tenía que encontrar el adecuado.
Vuelve el Ministerio a la tele, vuelvo yo a publicar.
El próximo capítulo llevará un poco más de retraso debido a factores tecnológicos. Lo lamento.
Bonus: el idioma thestral.
Me lo han mencionado un par de veces en las reviews, así que aprovecho para explicarlo un poco. El vocabulario es una mezcla/deformación de español, inglés, alemán y/o de vez en cuando otros idiomas, según el traductor de Google. La gramática usa un sistema de declinaciones sacado del ruso, con cinco casos.
El abecedario, si alguien tiene la curiosidad, es:
a, ä, ą, ă, ȁ, b, d, e, ë, ę, ĕ, ȅ, f, g, h, i, ï, į, ĭ, ȉ, ȋ, k, ḱ, l, m, n, nȋ, o, ö, ǫ, ŏ, ȍ, p, r, s, š, ş, ś, ŝ, t, th, u, ü, ų, ŭ, ȕ, v, w, x, z.
Donde:
a, b, d, e, f, i, k, l, m, n, o, p, s, t, u son iguales que en español.
ȋ suena como "y" en "yate".
g siempre como "gato", nunca como en "gen".
r siempre como en "caro", nunca como en "carro".
x se pronuncia siempre como "j", como en "México".
nȋ tiene el mismo sonido que la ñ.
ä, ö, ü como en alemán.
h, v, w como en inglés.
š suena como la s, pero sonora. Igual que la z inglesa en "zebra".
ś suena como la sh inglesa. ŝ es la contraparte sonora, como la j francesa.
th equivale a la "th" inglesa de "think"; ḱ equivale a "ch"; z equivale a "ts".
ë suena como la a en "about". (El nombre técnico es "schwa", por lo visto).
ï se pronuncia como la "ы" del ruso. Es un poco difícil de explicar, pero creo que está más o menos entre una e y una i.
El resto son ultrasonidos.
