— ¿De verdad quieres seguir adelante con esto?
El unicornio dorado asintió con la cabeza. Sus movimientos nerviosos revelaban que no tenía ni siquiera la cuarta parte de la seguridad que aparentaba.
La unicornio púrpura suspiró y se llevó un casco a la frente para limpiarse el sudor. Lo devolvió al suelo, y sus labios formaron una maldición contra el asqueroso calor húmedo de aquella jungla. Incluso a la sombra de los árboles, la temperatura superaba los treinta grados, y la alta humedad no hacía más que exacerbar la sensación de bochorno. Al menos no había mosquitos ni tábanos.
— ¿Por qué?
El caballo giró la cabeza y preguntó con evidente enfado en la voz:
— ¿Cómo que por qué?
— Que por qué haces esto. Debes de tener muy buenas razones para arriesgarte tanto.
El caballo dorado se limitó a negar con la cabeza y hacer un gesto con el casco. Se sentó en el suelo y fijó su mirada a través de la espesura en la estrecha pista forestal que recorría la jungla, unos metros por delante de ellos.
— Por mi hija. ¿Vale?
La uniconio púrpura asintió, y miró a la distancia con un atisbo de sonrisa en sus labios. Por su hija. ¿Qué locura no cometería un padre por su hija?
— ¿Cuánto queda pa que pazen?
— No lo sé —replicó la unicornio, y se limpió una gota de sudor que caía por su hocico. Se sentía tentada de usar un hechizo para refrescarse, pero temía que usar su magia pusiera sobre aviso a los guardias si estos se encontraban cerca—. Me costó horrores encontrar el día en que lo traerían, pero el informe no decía nada de la hora. Podría ser al mediodía, al anochecer o a las dos de la madrugada.
El caballo masculló una maldición antes de pasarse el casco por la frente. Miró al camino de tierra, a la unicornio que lo había traído a aquel lugar, y preguntó:
— ¿Y tú por qué haceh ehto?
Por toda respuesta, la yegua se llevó un casco a la crin y buscó a tientas el saquito que colgaba de uno de sus mechones verde oliva. Lo apretó con su casco hasta notar la única moneda de bit que había en su interior, y su rostro se tiñó de dolor y amargura.
— Motivos personales. Importantes motivos personales.
El caballo dorado la miró durante unos segundos, pero no dijo nada y devolvió la mirada al estrecho camino entre los árboles. Ella hizo lo mismo mientras maldecía no haber tenido la lucidez de traer agua.
— Como ehto falle… —murmuró el caballo, acudiendo débilmente la cabeza. La unicornio violeta no necesitó mirarlo para saber que estaba asustado.
— Tranquilo. No fallaremos. Tengo un par de ases escondidos.
— ¿Ehtá zegura?
Por un momento, la unicornio pareció mirarlo con compasión, pero enseguida su expresión se transmutó en una sonrisa repleta de seguridad.
— Sí. Ni lo vendrán venir.
El caballo vaciló durante un instante, pero al final le concedió el beneficio de la duda y se sentó en el suelo.
Ambos deseaban con todas sus fuerzas que lo que esperaban llegara pronto, pero aún hubieron de transcurrir algo más de treinta minutos hasta el momento que esperaban, llenos más de silencios que de conversaciones. A pesar de ello, logró averiguar cómo la yegua había conocido su situación, aunque no le hizo ninguna gracia saber que era un secreto a voces en Canterlot.
— Ahí están —dijo la unicornio púrpura, señalando una pequeña nube de humo a lo lejos, sobre el camino en la jungla.
Con las patas temblando de los nervios, el caballo se puso en pie y miró en la dirección que indicaba la unicornio. Ahí estaba. El momento. Su salvación. La de su hija.
— ¿Cuál eh el plan? —preguntó, mirando alternativamente a su objetivo y a su acompañante.
— Emboscada en cuanto estén a tiro. Yo me ocupo de todo. —Su expresión se llenó repentinamente de seriedad—. Última ocasión de echarse atrás. Si sigues, sigues hasta el final.
El caballo dorado echó una última mirada a la nube de polvo, bajo la cual comenzaba a divisarse una silueta. Tragó saliva para reunir seguridad, y asintió con menos serenidad de la que le gustaría:
— Vamos a ello.
La unicornio púrpura asintió, y esperó hasta que su objetivo se hubiera acercado a unos veinte metros de su posición. A aquella distancia, podían ver perfectamente que era un carro blindado, de dos metros de largo por uno de ancho y uno y medio de alto, fabricado en hierro y que refulgía bajo el abrasador sol de la jungla, lanzando brillantes destellos que por fortuna no alcanzaron los ojos de los dos unicornios.
— Escóndete bien —le ordenó la yegua a su acompañante, e inspiró hondo como preparación para lo que se le venía encima.
En cuanto se hubo asegurado de que el caballo había cumplido su orden, la unicornio púrpura asintió y se concentró en su magia interior. Un negro estallido de poder se abrió paso en su cerebro y su cuerno, y sus ojos se tornaron verde ácido al tiempo que una niebla púrpura se cernía sobre su cuerno.
El unicornio dorado ahogó un grito.
Sin perder un segundo, la yegua cargó hacia el camino, y se detuvo en su mitad. El agudo chirrido de los ejes al frenar golpeó sus oídos, y los gritos asustados de los guardias lo siguieron.
Los dos unicornios y los dos pegasos nunca tuvieron una oportunidad real de defenderse del hechizo oscuro de la unicornio. Antes de que pudieran comprender lo que estaba ocurriendo, se hallaban congelados en una repugnante capa púrpura de magia oscura.
El unicornio dorado contemplaba la escena aterrado. ¿Estaban…? ¿Ella los había…? No, no podía ser…
— ¡Vamos! —le gritó la unicornio, y le hizo un gesto con su pata para que se acercara. La repugnante capa verde ácido brillaba en sus ojos, y la siniestra bruma morada flotaba alrededor de sus ojos y su cuerno—. ¡No tenemos mucho tiempo!
El caballo dudó durante un segundo, pero enseguida corrió al lado de su compañera. Esta se había desplazado a la parte trasera del carro, y sostenía en su pezuña un candado de clave mágica.
— ¡Joder! —exclamó el unicornio al verlo. Sin el aura mágica de los unicornios que lo habían cerrado no serían capaces de abrirlo.
La yegua púrpura tomó aire, y lo destruyó con un solo rayo oscuro. El caballo parpadeó estupefacto al tiempo que las piececitas metálicas caían al suelo alrededor de sus pezuñas con un casi inaudible tintineo.
Sin perder un segundo, tiró del asidero de la puerta con su casco y entró en el interior del carro. Al instante, sus labios se curvaron en una malévola sonrisa.
— Helter Skelter.
Al oír su nombre, el caballo atado al fondo del carro levantó la cabeza, dejando al descubierto sus ojos rojos y el símbolo supremacista poni tatuado en su frente. Algunos mechones de su crin rubia caían desordenadamente sobre el pelaje verde hierba de su rostro, e incluso tapaban su descuidado bigote en algunos puntos. Miró a la yegua, y sus labios agrietados se curvaron en una retorcida sonrisa cuando comprendió.
— Parece que todavía no ha llegado mi hora de bajarme del tobogán. Es hora de volver a lo más alto.
El caballo tragó saliva al oír la frase que había salido de los labios de aquel escuálido poni con un helter skelter como marca de belleza al que habían venido a buscar. Intentó moverse hacia la salida, y las cadenas y grilletes que lo sostenían chirriaron.
— Tranquilo —le indicó la unicornio antes de hacer saltar las sujeciones con su magia.
Con un golpe sordo, Helter Skelter cayó al suelo. Se llevó los cascos a sus articulaciones y se los frotó con ganas, como si no pudiera creer que estuviera libre; y rio. Rio con una risa cruel y demente, una risa maligna y terrible que hizo que todos los vellos del cuerpo del unicornio dorado se erizaran.
— Venga. Nos vamos —declaró la yegua, e invocó el hechizo de viaje en el tiempo antes de que ninguno de los dos caballos pudiera decir nada.
Pocos segundos después, solo los caballos paralizados por la magia oscura y el carro metálico abierto y vacío daban testimonio de lo que había ocurrido en la jungla.
Dawn Star parpadeó con rapidez mientras un sudor frío bajaba por su frente. Sus patas temblaban, sus dientes castañeteaban hasta el último pelo de su crin estaba erizado. Su respiración estaba muy acelerada, y su corazón latía a mil por hora. Como en un choque de trenes, sus ojos azul zafiro eran incapaces de apartarse del objeto que provocaba sus males.
La puerta del aula donde se celebraba su examen final de Defensa contra la Magia Oscura.
Tragó saliva y trató en vano de calmarse. No estaba preparada. Se le daba fatal. Iba a suspender. Iba a tener que quedarse un año más en la academia repitiendo curso. Y ya llevaba dos años de retraso.
Obedeciendo a un repentino pensamiento, se dio la vuelta y dio un paso en dirección opuesta al aula, pero ni siquiera había devuelto el primer casco al suelo cuando alguien la tomó por los hombros.
— Dawn, ¿adónde vah? —preguntó la voz de Blue Topaz.
Dawn Star levantó la vista y se topó de bruces con el rostro irritado de su amiga. Su cuerpo dio una sacudida, y bajó la mirada al suelo de baldosas blancas.
— Voy a suspender, Topaz. Voy a suspender el examen —musitó con apenas un hilo de voz.
La expresión de la unicornio azul se dulcificó, y le dio un rápido abrazo a su amiga.
— No vah a zuhpendé. Noh lo hemoh preparao huntah, y lo hacíah mu bien. Ademá va a zé mu fácil, ya lo verá.
La unicornio parda pareció calmarse durante un instante, pero enseguida su rostro volvió a descomponerse.
— Topaz, estoy nerviosa. No me puede salir bien. Me voy a quedar pillada y no voy a saber qué hacer. —Emitió un ruido incoherente parecido a un sollozo, y pronunció en un susuro una frase que no quería—: Topaz, necesito… Necesito uno.
— ¡Dawn, no! —exclamó su amiga, espantada ante aquella sugerencia—. ¡No nececitah eza mierda para relaharte anteh del ezamen! —Miró alternativamente a izquierda y derecha, y una idea acudió a su mente al ver la puerta de los servicios—. Dawn, vente al baño. Te echah agua por la cara, te relaha y entrah al ezamen tó tranquila. ¿Qué te parece?
Privada de toda otra alternativa razonable, Dawn Star asintió débilmente. Las dos amigas caminaron a paso lento hasta la puerta, y Dawn Star penetró en los baños.
Con el seco sonido de sus cascos sobre las baldosas ocre de loza, Dawn Star llegó hasta el lavabo y abrió el grifo con su magia. Mantuvo la cara debajo del chorro durante medio minuto, pero cuando cortó el fluir del agua no se sentía en absoluto más tranquila.
Giró la cabeza hacia el pasillo, y vio que Blue Topaz se había dado la vuelta para quedar mirando al aula, con toda seguridad para vigilar si llegaba la profesora. Dawn Star se sentó en el suelo, y emitió un suspiro cargado con toda su angustia y preocupación. Daría cualquier cosa por no tener que hacer el examen.
Detrás de ella, la puerta verde espinaca de un inodoro se abrió con un chirrido. Un casco blanco se cernió sobre su cola, y la metió dentro de un tirón. Intentó gritar, pero una pezuña penetró en su boca, enmudeciéndola.
— Dawn, soy yo —susurró la voz de Comet Nova, y todos los músculos del cuerpo de la unicornio se tensaron. Sus ojos, abiertos como platos, trataron de buscarla, pero la estrechez del cubículo le impidió ver más que el extremo azul noche de su crin flotante—. Perdona que me presente así, pero tenemos una emergencia.
¿Emergencia?, pensó la unicornio con inquietud. ¿Y por eso llamaba su atención así, como una secuestradora?
— Pero… Pero tengo un examen ahora mismo… Yo…
— Dawn, es una emergencia absoluta. Tus compañeros y tú sois los únicos agentes disponibles en este momento. Sabíamos que tenías un examen, y créeme, no te habríamos sacado de la Academia sin una razón de fuerza mayor.
Dawn Star parpadeó, angustiada. No sabía qué hacer. Había deseado tanto librarse de aquel examen que tanto la agobiaba, y ahora que su deseo se cumplía, le daba miedo no poder hacerlo y suspender por no presentarse.
— Tranquila, ya nos inventaremos algo para que no pierdas el examen —le aseguró Comet Nova antes de cargar el hechizo de teletransporte que las llevaría al ministerio.
Un destello de azul turquesa mezclado con azul zafiro iluminó el baño de la Academia. Alarmada, Blue Topaz se dio la vuelta, y vio cómo del retrete más cercano a la puerta salía Dawn Star, con una expresión de calma total en su rostro. La unicornio azul parpadeó, estupefacta, y se acercó a su amiga.
— ¿Ya… Ya ehtáh máh calmá? —preguntó. Apenas podía creer el cambio que había experimentado Dawn Star en poco más de un minuto.
— Sí… —respondió la unicornio parda, con una débil sonrisa en su rostro—. Tenías razón. Seguro que es muy fácil.
Blue Topaz parpadeó una vez más, desconcertada, antes de encogerse de hombros y pasar una pata sobre el cuello de su amiga.
— Ámono, Dawn. Vamo a aprobá ehte ezamen, y ehta noche lo celebramo huntah cuando mi padre ze vuelva al hotel. ¿Tah conmigo?
Dawn Star asintió, y emprendió junto con su amiga el camino del examen.
Dawn Star bajó la mirada y se mordió la cara interna de las mejillas, incómoda por la intensísima gravedad de que hacía gala la mirada de Time Keeper. A su izquierda se sentaba Swébende Gagel, cuyas plumas del ala derecha se enroscaban continuamente alrededor de la empuñadura de su daga, que llevaba sujeta a la misma. A su derecha se sentaba Nąȋenähz, con los ojos enrojecidos y grandes ojeras bajo sus ojos . Había dormido mal, y apenas se había levantado cuando Comet Nova la había venido a buscar poco antes de las cinco de la tarde. Ni siquiera había tenido tiempo de desayunar.
— Bien, como ya habrán oído, tenemos una emergencia —comenzó el ministro, apoyando sus cascos sobre el escritorio y la barbilla sobre estos. Su cuerno se iluminó, y un punto gris apareció en el extremo sureste de Equestria, casi en la frontera con Zebrabue—. Tenemos un viajero en el 20 de abril de 2171.
El cuerpo de Dawn Star permaneció inmóvil, pero su mente trabajaba a toda velocidad. 2171, 2171… ¿Qué había ocurrido en 2171? Por más que lo intentaba, no lograba recordar ningún acontecimiento importante.
— ¿Es aquesa gran emergencia vuestra? —preguntó Nąȋenähz. Su equestriano había mejorado de forma impresionante en apenas un mes, y su ala derecha ya estaba casi totalmente curada de su fractura. Según el médico que la atendía, pronto estaría volando otra vez—. Dawn Star me contó historia de Equestria, y en últimos cien años solo acontecieron hechos grandes en últimos cinco. —Un destello brilló en sus ojos durante un segundo—: ¿O trátase acaso de…?
— Aún no lo sabemos, pero sospechamos que sí —respondió Time Keeper, y le entregó una foto a Dawn Star—. Señorita Dawn Star, ¿reconoce a este sujeto?
La unicornio parda observó la foto durante unos segundos, y negó con la cabeza. No le sonaba de nada aquel pony verde y rubio de ojos rojos y mirada malévola. Tampoco conocía el extraño símbolo que llevaba tatuado en su frente.
— ¿Y ahora? —le preguntó el ministro tras pasarle una nueva fotografía.
Su efecto fue inmediato. Dawn Star palideció, y sus patas delanteras perdieron toda su fuerza y quedaron colgando de sus hombros. Rápida como un rayo, Nąȋenähz tomó la fotografía en sus cascos para ver qué había impresionado tanto a su compañera, y frunció el ceño al verlo. Tan solo se trataba de la puerta de un armario en la que alguien había escrito con sangre las palabras "Healter Skelter".
— Healter Skelter… —leyó, y sus ojos curiosos se volvieron hacia Comet Nova—. ¿Qué significa? Yo non sé aquestas palabras.
— No es equestriano. Es haynglés, la lengua que hablan en Hayngland —contestó la unicornio blanca, sin ocultar una enorme sonrisa de alegría al ver que Nąȋenähz ya sabía leer sin problemas—. Y ni siquiera está bien escrito.
— Habed entonces la bondad de darnos explicación meridiana —le exigió Swébende Gagel—. ¿Qué o quién es aquese famoso Healter Skelter, e cuál relación ha con aquese país?
— Es un poni. Y un psicópata asesino.
Las miradas de sus compañeros se volvieron hacia Dawn Star. Time Keeper se recostó en su asiento y se quitó las gafas con su magia.
— En realidad, Helter Skelter nunca mató a nadie. Era el líder de un grupo en los años sesenta del siglo pasado, llamado La Manada. Fueron los miembros de este grupo, bajo las órdenes de Helter Skelter, los que cometieron una serie de brutales asesinatos en Applewood en el verano de 2169.
Nąȋenähz se encogió en su asiento. Extendió las alas y miró a Comet Nova con el desconcierto reflejado en su rostro.
— Mas ¿por qué? ¿Por qué pony mata otro pony? ¿Por qué aquese pony dice matar otros, y ellos matan? Asesinato es…
— El peor de los actos, ¿cierto? —completó la unicornio, y la thestral asintió—. Así es en la cultura thestral, pero los ponis tenemos otra cultura. Muchos consideramos el asesinato como lo peor que puede hacer un poni, pero otros muchos opinan de forma diferente.
— Respondiendo a su pregunta, señorita Nayenaets —añadió Time Keeper, que había vuelto a ponerse las gafas y adoptado una postura más seria—, lo más fácil sería decir que era un loco. Y en cierto sentido lo era. Pero no se puede hablar propiamente de Helter Skelter sin explicar la década de 2160.
Una sonrisa nostálgica sobrevoló el rostro del ministro por un instante antes de desaparecer de él.
— La década de 2160 fue un período de grandes cambios sociales y culturales en todo el planeta, no solo en Equestria. La juventud se rebeló contra las normas existentes, creando su propia contracultura del amor y la paz, y más tolerante con el uso de drogas. —Swébende Gagel, frunció el ceño y negó con amplios movimientos de cabeza—. Las yeguas empezaron a reivindicar el fin de las desigualdades sociales con los caballos y el acceso al mercado laboral; y tanto los colectivos homosexuales como las minorías de cebras, grifos o minotauros —el rostro del pegaso se contrajo en una mueca de furia y espanto. ¿Grifos? ¿En Equestria? ¿Cómo era posible que esas malditas princesas los dejaran vivir en lugar de ejecutar a todos aquellos malditos monstruos?— comenzaron a luchar por sus derechos y el fin del especismo, la homofobia y la discriminación que sufrían. También surgieron nuevos géneros musicales, y las mejores bandas haynglesas, como los Haytles, triunfaron en todo el mundo.
Nąȋenähz asintió, y preguntó qué tenía que ver aquello con Helter Skelter.
— Ahora llego, no se impaciente. Al principio de la década se produjo una fuerte inmigración desde Zebrabue a Equestria debido a la tormentosa situación política de su país. En los últimos años, se produjo un movimiento de lucha contra el especismo y las leyes discriminatorias, que finalmente logró sus objetivos a principios de los setenta. Antes de que esto ocurriera, Helter Skelter, que ya había conseguido un pequeño grupo de seguidores al que había asentado cerca de Applewood, comenzó a predicar que pronto las cebras se rebelarían contra los ponis y provocarían una guerra entre especies dentro de Equestria. Helter, un especista convencido, estaba seguro de que las cebras terminarían por exterminar a los ponis, excepto a su grupo, que se mantendría oculto en el desierto y se salvaría de la masacre. Al final de la guerra, saldrían de su escondite y gobernarían a las cebras, que él consideraba que no podrían gobernarse a sí mismas. Y en otoño de 2168, los Haytles lanzaron al mercado el Disco Blanco.
Swébende Gagel escuchaba al ministro sin demasiado interés. No sabía muy bien de qué le ayudaría escuchar aquellos desvaríos de un loco, pero si su superior hablaba, él escuchaba. Todo lo contrario que Nąȋenähz, que bebía con avidez las explicaciones y que de vez en cuando murmuraba alguna interjección o insulto en su idioma. Dawn Star, por su parte, pasaba los ojos de parte a parte de la habitación rápidamente, temiendo el momento en que Time Keper terminara de hablar y tuvieran que comenzar su misión. No tenía ninguna gana de enfrentarse a semejante loco asesino.
— Cuando Helter Skelter se enteró de la existencia de los Haytles, se obsesionó con ellos. Y cuando descubrió que habían grabado una canción que se llamaba como él, las cosas fueron a peor. Se convenció de que los Haytles eran profetas que ya habían previsto la guerra entre especies, que lo habían descrito en la canción llamada Helter Skelter, y que en otras incitaban a las cebras a la rebelión contra los ponis. Y lo que es peor, también creía que se comunicaban con él a través de la letra de sus canciones, y que le pedían ayuda para sobrevivir a la guerra que se aproximaba. Incluso llegó a grabar un disco para ellos explicándoles qué debían hacer para salvarse. Se creía el elegido, el que sometería a las cebras tras la violenta guerra especista por venir, a la que comenzó a llamar Helter Skelter. Y sus seguidores estaban totalmente convencidos de lo que decía, hasta el punto de que harían cualquier cosa por él.
— Conozco aquesa mentalidad —le interrumpió Swébende Gagel—. Es la de los grifos, cuyas mentes han sido pervertidas por las aviesas mentiras que salen del pico del su abominable rey. E conozco también que aquesa mentalidad solo el frío acero la cura.
Time Keeper negó con la cabeza antes de continuar con su relato. Que no se diera cuenta de...
— Helter Skelter estaba convencido de que el Helter Skelter sería inminente. Sin embargo, al ver que las cebras no se rebelaban y comenzaban la guerra, decidió que eran tan estúpidas que debía mostrarles lo que debían hacer. Había afirmado ante sus seguidores que el Helter Skelter estallaría aquel verano, y en agosto de 2169 movió ficha. Ordenó a sus seguidores cometer varios asesinatos, entre ellos el de un noble fuertemente opositor a las políticas de igualdad entre especies, con la esperanza de que en la represión y el caos resultante las cebras se levantaran contra Equestria. Pero aquello nunca ocurrió. En la investigación policial que siguió, él y sus seguidores fueron detenidos, y casi todos fueron condenados a muerte.
El ministro se levantó de su silla caminó hasta el mapa de Equestria que colgaba tras él. Se irguió sobre sus patas traseras y señaló con un casco aquel punto del sureste.
—Helter Skelter estaba recluido en la prisión de máxima seguridad de la Gelding Grotto. Fue juzgado en Canterlot, sentenciado y devuelto para su ejecución. Su llegada estaba prevista para el 20 de abril de 2171.
Dawn Star palideció de nuevo, y todos los pelos de su crin se erizaron.
— Pero entonces… Está diciendo que…
— Efectivamente. Nos tememos que alguien haya viajado al pasado con la intención de liberar a Helter Skelter. Su misión consiste en asegurar la seguridad del carro que lo transporta y su llegada a la prisión; y si ya ha sido liberado, capturarlo y devolverlo a la cárcel.
Tan pronto como el destello del hechizo se extinguió, Helter Skelter echó una rápida mirada a sus alrededores. La sorpresa se reflejó inmediatamente en sus rasgos. Había pasado de encontrarse en un furgón blindado para trasladar prisioneros a una pequeña habitación de hotel de paredes grises.
El caballo dio unos pasos sobre la moqueta granate del suelo y se sentó en la cama de matrimonio, cubierta por una colcha púrpura de lana. Una gran sonrisa adornaba su rostro.
— Bien, ¿cómo sigue ahora el plan? —preguntó el caballo dorado, sentado en una silla de roble artísticamente tallada, en sentido contrario al habitual y con los cascos sobre el respaldo.
— Desatando el Helter Skelter — respondió la unicornio púrpura, saliendo del baño—. No hay otra.
El rostro del pony verde se contrajo en una mueca de extrañeza y desesperación.
— ¡¿Todavía no ha empezado?! –rugió, y se puso en pie con vehemencia—. ¡Malditas cebras! ¡Especie de inútiles! ¡No saben hacer nada si los ponis no les enseñan a hacerlo! —Estampó el casco contra el suelo, y proclamó con fuerza—: ¡Pues muy bien! ¡Les enseñaré a esos descerebrados a rayas lo que tienen que hacer! ¡Se lo dejaré tan claro que dentro de una semana Equestria habrá ardido hasta los cimientos! ¡Porque yo soy el elegido! ¡Los profetas lo predijeron! ¡Yo, Helter Skelter —se señaló al pecho con el casco— soy aquel que sobrevivirá al Helter Skelter profetizado por los cuatro profetas de Liverhoof y gobernará el mundo arrasado que dejen las estúpidas cebras tras la guerra!
El unicornio enterró la cabeza entre los cascos, preguntándose a sí mismo qué clase de loco había traído a su época. Pequeños jirones de arrepentimiento comenzaban a infiltrarse en su cerebro, pero enseguida los arrancó de raíz. Tenía un objetivo que cumplir.
— Ya. Dos malas noticias —le dijo la unicornio, que había aguantado sus delirios sin inmutarse—. La primera es que no estamos en 2171, sino en 2220. Te hemos trasladado casi cincuenta años al futuro. Nadie te buscará porque oficialmente fuiste ejecutado, pero el Helter Skelter sigue sin empezar.
La sangre se agolpó en los ojos de Helter Skelter, y se sentó de nuevo en la cama, tratando de tranquilizarse sin conseguirlo.
— Cincuenta años —musitó—. Cincuenta años —repitió, con más fuerza y furia—. ¡¿Cincuenta años, y esos estúpidos animales subequinos no han descubierto aún cómo levantarse contra el gobierno?!
— Lo que me lleva a la segunda mala noticia. Las tensiones entre especies están prácticamente desaparecidas. El especismo está prácticamente desaparecido, y las cebras son aceptadas en todos los lugares de Equestria. O casi —dijo con una sonrisilla.
Helter Skelter, que había escuchado el relato de la unicornio con creciente espanto, agachó la cabeza cuando esta terminó. Miraba a la moqueta del suelo como en trance, sin pestañear, respirando con inspiraciones rápidas y superficiales. Las cebras, aceptadas. No había tensiones raciales. ¿Y dónde dejaba eso al Helter Skelter? ¿Acaso… Acaso habían fallado los profetas? Sacudió la cabeza con fuerza. No, jamás. Los cuatro profetas de Liverhoof nunca habían errado hasta aquel momento. No podían estar equivocados.
— Necesito la palabra de los profetas —dijo, levantando la cabeza y mirando a la yegua—. Necesito escucharlos. Necesito saber lo que debo hacer. —Se giró hacia el caballo y le exigió—: ¡Tráemela! ¡Debo escucharla!
— Escucharías en la cárcel que se separaron en 2170, ¿verdad? —preguntó la unicornio. Helter Skelter asintió con grandes movimientos de cabeza.
— Por supuesto que sí. Se separaron debido a la vergüenza que les producía saber que habían fallado en su cometido. Pero los perdono. Los perdono porque sé que dejaron una última profecía para mí en su último disco. No me permitieron escucharlo mientras me pudría en prisión, pero ahora debo hacerlo. Debo escuchar su palabra. —Apuntó al unicornio dorado con su casco, y le exigió a voz en grito y con rostro furioso—. ¡Tráemela! ¡Tráeme la palabra de los profetas de Liverhoof!
— Como esto salga mal, tendrás suerte si te ejecutan en el garrote. Yo diría que es una buena inversión. Posiblemente la mejor de tu vida —apostilló la unicornio al ver el gesto preocupado de su compañero.
El unicornio dorado suspiró con resignación. Cogió una bolsa de dinero del cajón una cómoda de cerezo, y corrió a buscar una tienda de música para comprar el último vinilo de los Haytles.
Un luminoso destello azul zafiro iluminó la oscuridad de la jungla, y cuando se extinguió tres ponis habían aparecido entre el follaje. Una thestral y un pegaso gris cubierto con armadura dorada y bien armado iban detrás, liderados por una unicornio de mirada nerviosa y pelaje pardo.
— Qué calor… —se quejó Dawn Star, y se secó una gota de sudor de la frente.
Vanhooferina como era, Dawn Star estaba acostumbrada a inviernos fríos y ventosos y veranos frescos, no a aquel sofocante bochorno tropical. Lo mismo le ocurría a Swébende Gagel, nacido y criado en la fría Cloudsdale, y cuya pesada armadura solo empeoraba las cosas. La única que parecía poder sobrellevar bien aquellas temperaturas era Nąȋenähz, originaria de la colonia cercana a la templada Fillydelphia. E incluso a ella le parecía que el calor era excesivo, aunque al menos la oscuridad era de agradecer.
— Hemos de andar con ojo avizor e buscar el camino real d'aquestas tierras —dijo Swébende Gagel, mirando de un lado a otro, tratando de ver entre la espesura—. Carro nin poni osaría atravesar bosque semejante para trasladar un asesino a prisión.
— Cierto —concedió la unicornio parda—. Nayenaets, ¿ves algo que parezca un camino?
— Non —respondió ella tras escrutar minuciosamente sus alrededores—. Solo veo árboles. Demasiado espesa es aquesta jungla.
Dawn Star suspiró, y decidió recurrir al hechizo de rastreo para ver si hallaba alguna pista de los viajeros. Cerró los ojos con fuerza para concentrarse, y su cuerno se iluminó cuando entró en contacto con su poder innato. Las sondas mágicas surcaron el espaciotiempo a su alrededor, y pronto encontraron unas características distorsiones temporales en forma de embudo a unos quinientos metros al sureste de su posición.
— Tengo una posición —anunció, y señaló con el casco en la dirección que le indicaba su hechizo—. Vamos.
Al ritmo más rápido que les permitía la espesura, los tres ponis avanzaron por la jungla, siempre siguiendo el rumbo marcado por Dawn Star. Su camino fue lento y tranquilo, sin ningún incidente, y pronto se hallaron en el sitio que había dicho la unicornio. Se trataba de un minúsculo espacio entre árboles, de apenas un metro cuadrado, con alguna brizna de hierba en el suelo y bastante más luminoso que el interior de la espesura.
— Es aquí —indicó Dawn Star, pero allí no había nadie. Algo que ya se esperaba—. Deberíamos buscar huellas o algún rastro de…
— ¡Un camino! —exclamó de repente Nąȋenähz, dejando con la palabra en la boca a su compañera—. ¡A derecha nuestra!
Los otros dos ponis giraron la cabeza en aquella dirección y comprobaron que, efectivamente, había un estrecho camino de tierra entre los árboles. Los tres agentes intercambiaron una inclinación de cabeza y se lanzaron a él de un salto, mirando cada uno en una dirección diferente.
— ¡No! —exclamó Dawn Star, horrorizada y con el corazón latiéndole a mil por hora—. ¡No, no, no, no, no!
Delante de ella, a unos cincuenta metros, había cuatro guardias reales cubiertos de repugnante magia oscura y una carreta de hierro blindado con la puerta de atrás abierta.
Sin perder un segundo, los tres ponis corrieron al lado del carro. Swébende Gagel inspeccionó la parte de detrás, solo para corroborar que el poni al que buscaban ya no estaba; mientras Dawn Star y Nąȋenähz examinaban a los guardias. La unicornio se limitaba a pasar el casco temerosamente sobre la capa morada que los cubría con el pecho y el estómago congelados del miedo, temiéndose el peor de los desenlaces; mientras que el agudo oído de la thestral le permitió descubrir que sus corazones todavía latían.
— Son vivos —murmuró. Dawn Star se detuvo en seco para poner un casco sobre los pechos de los guardias, y un gigantesco suspiro de alivio escapó de sus labios al comprobar que la thestral tenía razón—. Non halos muerto.
— Esto… esto es obra de la Viajera —musitó Dawn Star, señalando lo obvio.
— E non quería morir los guardias —señaló Swébende Gagel, y le arrojó lo que quedaba del arco del candado a Dawn Star—. Reventólo con sus oscuras artes mágicas sines dubda. Era la su única razón para fazer aqueste viaje. Poner en libertad a aqueste vil asesino.
Dawn Star apretó los dientes en un intento de soportar la asfixiante sensación de fracaso que la invadía. Habían llegado tarde. Se habían llevado a uno de los asesinos más peligrosos de la historia de Equestria, y podría estar en cualquier parte. Y todo porque ellos habían fracasado.
De repente, Nąȋenähz gritó.
— ¿Qué ocurre? —preguntó Dawn Star, solo para soltar otra exclamación de asombro al ver que los guardias se habían liberado de la magia oscura que los paralizaba, y trataban de ponerse en pie con movimientos vacilantes. Sin embargo, uno tras otro decidieron dejarse caer al suelo.
Veloz como un guepardo, Dawn Star se agachó para comprobar que los guardias estaban bien, y Nąȋenähz no tardó en imitarla. Swébende Gagel se acercó a uno de ellos y declaró:
— Soy compañero. ¿Qué os aconteció? ¿Fuisteis atacados?
El guardia real, un unicornio alto y corpulento, lo miró con la incredulidad reflejada en sus ojos turquesa, y sacudió la cabeza con sarcasmo.
— No, es que antes de meterlos en la cárcel nos gusta fingir que nos atacan, soltar a los prisioneros y volver a atraparlos. No te jode…
El casco del pegaso voló hacia la empuñadura de su espada al oír aquella ofensa, pero inspiró profundamente para no sacarla.
— ¿Quién os atacó? —preguntó Dawn Star, haciendo caso omiso a la respuesta del guardia.
El unicornio gris volvió los ojos al cielo e hizo memoria.
— Fue una unicornio. Era morada, o violeta, o algo así. Nos atacó y liberó a nuestro prisionero.
— Magia oscura —apostilló uno de sus compañeros, un pegaso alto y delgado que apenas si habría cumplido los veinte años, y batió sus alas azul cielo con rabia—. Los ojos le brillaban de color verde y no tenía pupilas.
Los tres compañeros intercambiaron miradas sorprendidas, y asintieron al unísono. Se trataba de la Viajera, sin ninguna duda. Solo ella respondía a aquella descripción.
El unicornio resopló con furia, y estampó uno de sus cascos en el suelo. Qué más daba la magia que hubiera usado, lo que importaba es que aquel maldito asesino psicópata estaba libre para lavarles el cerebro a otros ponis y convertirlos en máquinas de matar. Había fracasado en la misión que le habían encomendado, y aquel fracaso se clavaba en lo más profundo de su corazón.
— Pero también había un caballo con ella.
Con los ojos como platos y la mandíbula abierta de par en par, Dawn Star se volvió hacia el pegaso.
— ¿Había alguien más? —preguntó Swébende Gagel.
— Sí. Un caballo. No lo vi, pero oí su voz. Gritó "joder" justo antes de que algo se rompiera en el carro —relató el joven guardia, y añadió—: No era Helter Skelter. He escuchado hablar a ese hijo de puta, y no era su voz.
Con expresión descompuesta, la unicornio parda se giró hacia sus compañeros. Nąȋenähz mostraba un semblante fiero y las afiladas puntas de sus colmillos, pero en su fuero interno la preocupación era la que ganaba. Y Swébende Gagel, que había desenvainado su espada y la mantenía apuntando al cielo, mantenía una expresión de total confianza en sí mismo.
— No os preocupéis, hemos venido para ayudaros a atraparlos —dijo Dawn Star.
— Pues sí que vuelan rápido las noticias en mitad de esta jungla —comentó el pegaso.
— Muchas cosas sabe Celestia —le respondió Nąȋenähz en tono cortante.
El guardia captó la indirecta y se calló al instante, pero enseguida volvió a hablar para preguntarle, con las mejillas sonrojadas:
— ¿Qué eres? Pareces una pegaso, pero tus alas...
— Thȅstotral. —Giró el rostro para ver a su compañera—. Dawn, ¿has algo?
La unicornio parda se concentró, e invocó de nuevo el hechizo de rastreo. Si conocía bien a la Viajera, y pensaba que sí, se habría teletransportado a otra parte con Helter Skelter. Sus tentáculos de poder se extendieron por todas partes, buscando cualquier rastro de magia que pudiera delatar a la Viajera. Una distorsión cercana llamó su atención, y la siguió, tratando de descubrir adónde…
Dawn Star palideció.
— ¡Dawn! —exclamó Nąȋenähz al ver la expresión aterrorizada en el rostro de su compañera—. ¿Qué te ocurre? ¿Qué ves?
A apenas metro y medio por delante de ella, en la boca del carro, había encontrado las inconfundibles huellas del hechizo de teletransporte espaciotemporal. Y el punto de salida era inequívoco.
— Está en nuestra época.
Se acabó la tercera temporada de la serie. Un capítulo para celebrarlo.
La temporada se ha acabado y aún no se sabe nada sobre la renovación. Pero si necesitáis una dosis de Ministerio del Tiempo, y sigo aquí.
Helter Skelter no es un OC. Por lo visto en uno de los cómics oficiales salía una comuna hippy. Uno de los ponis de la comuna le recordó a Charles Manson a uno de los que lo vio, y en un comentario lo llamó Helter Skelter. Después llegué yo, vi el comentario y que más o menos era cierto que se parecían, y escribí esto.
Si buscáis en Google "derpibooru helter skelter" sale.
Un helter skelter es también un tobogán. Y Helter Skelter es también mi canción preferida del Disco Blanco. Si alguien decide malinterpretarla y actuar lo hace bajo su propia responsabilidad. ;)
