— En nuestra época. —Por primera vez en mucho tiempo, Time Keeper usó su pezuña en lugar de su magia para quitarse las gafas. Su casco temblaba ligeramente mientras las transportaba a la superficie de ébano de su escritorio—. Lo han traído a nuestra época. —Su mirada se clavó en los ojos de Dawn Star, y su expresión se transmutó en una de pura gravedad—. ¿Está usted totalmente segura de lo que está diciendo?

Dawn Star tragó saliva y asintió.

— Sí. Mi hechizo de rastreo reveló un portal a nuestra época en la misma puerta del carro blindado.

El ministro del tiempo se llevó los cascos al rostro y exhaló largamente. Después, en un gesto veloz como un Wonderbolt, los bajó y señaló a Dawn Star.

— Era la Viajera, ¿verdad?

— Sí.

Time Keeper cerró los ojos, y los volvió a abrir al cabo de unos segundos.

— Había atacado a los guardias con el mismo hechizo paralizante que usó contra nosotros en el palacio de Platino I, y se disipó solo. Igual que con nosotros, no quería matarlos.

— Entiendo —respondió el ministro después de asentir con movimientos cortos.

— Pero los guardias dicen que la acompañaba un caballo.

Time Keeper se quedó como paralizado durante unos segundos, al cabo de los cuales emitió un largo suspiro antes de mirar a sus agentes.

— Tenía un cómplice.

— No parece en absoluto el modus operandi de la Viajera —señaló Comet Nova—. Hasta ahora siempre había trabajado sola y en el pasado.

— Mas beneficioso es para el su plan —dijo Swébende Gagel, adelantándose a lo que iba a decir el ministro—. Non hubiese sido fecho si non fuérelo.

— Es evidente. Necesita a ese aliado para provocar una guerra entre Zebrabue y Equestria.

Dawn Star soltó un gritito ahogado, y miró al ministro con horror. Swébende Gagel desenfundó su espada y la hizo girar un par de veces en el aire antes de volver a enfundarla con furia guerrera en su mirada. Y Comet Nova mantenía un semblante que pretendía ser sereno, pero sus orejas levemente gachas y el brillo de sus ojos traicionaban la preocupación que sentía.

— No se habría traído precisamente a Helter Skelter si no buscara una guerra —apostilló la unicornio blanca—. Y no le sería difícil provocarla. Las relaciones con Zebrabue andan fatal desde el golpe de Estado de hace seis meses. Al nuevo dirigente no le hizo gracia el apoyo de Equestria a la familia real zebrabuesa, ni tampoco que refugiáramos al príncipe en el Palacio Real. Una pequeña chispa, y...

El ministro del tiempo estampó los cascos sobre su mesa y se levantó con rápido ademán.

— ¡Es absurdo! —exclamó. Su respiración era irregular y agitada—. ¡Provocar una guerra entre Equestria y Zebrabue! ¿A qué clase de… de… de idiota se le ocurriría algo semejante?

— A ella —respondió Comet Nova—. Porque es lo que quiere.

— Destruir Equestria. —Se sentó de nuevo y se cubrió los cascos con los ojos durante varios segundos—. Desde luego, podría conseguirlo con esta guerra.

— ¿Una sola guerra destruiría Equestria? ¿Tan débiles son los ejércitos de aquesas princesas? ¿O acaso son las legiones de las cebras casi a la par con los gloriosos ejércitos de la ciudad de nubes?

— Nuestras fuerzas armadas no son ningunas incompetentes, Swébende —replicó Comet Nova—. Echaron a los grifos en la guerra de independencia. —El pegaso se golpeó la placa pectoral con el casco e hizo un salvaje gesto de victoria—. Las capacidades mágicas de las cebras son el problema.

— Cierto —añadió el ministro—. Las cebras tienen mucho más poder mágico que los unicornios. Y apenas sabemos nada de su magia. La mantienen firmemente en secreto, y ejecutan a aquellos que osan hablar de ella a los extraños. Son pacíficas por naturaleza, pero por lo poco que sabemos sospechamos que un número suficiente de ellas podría arrasar Equestria con sus hechizos sin demasiados problemas.

Un fuerte escalofrío sacudió el cuerpo de Dawn Star. Acababa de imaginar Equestria destruida, convertida en un desolado páramo venenoso por la magia de las cebras. Tragó saliva y sacudió la cabeza. Tenían que detener a aquel loco costara lo que costara.

— Esa… —Volvió a estampar los cascos sobre su escritorio y bufó con indignación—. Y su cómplice. ¿A qué equestriano en sus cabales se le ocurriría intentar declarar una guerra con Zebrabue?

— A un equestriano a quien algo en aquesta guerra vaya —respondió casi al instante Swébende Gagel—. E tres son las clases de ponis que en guerras fazen la su ganancia. Reyes, grandes militares e comerciantes.

— Reyes, altos mandos y comerciantes… —repitió Time Keeper, pensativo. Repasó mentalmente su lista de conocidos en aquellos sectores, pero no logró encontrar a ninguno con razones para avenirse a un plan como aquel—. Tiene sentido lo que dice, señor Gagel. Aunque todavía no podemos descartar que haya encontrado a alguien como ella.

— ¿Es posible aqueso? —preguntó Nąȋenähz—. ¿Encontrar otro poni que desee destrucción de Equestria y que conozca hechizo de viaje en tiempo?

— Las probabilidades son minúsculas, lo admito. Pero…

Un grito de espanto de Dawn Star interrumpió el razonamiento de Comet Nova. Sus compañeros se giraron hacia ella, y la hallaron encogida en su asiento, con las pezuñas delante de la boca y las pupilas reducidas a diminutos puntitos negros en el azul zafiro de sus ojos.

— No. No, tú no… Por favor, tú no… —repetía una y otra vez en susurros, como si estuviera en un trance inducido por las hierbas de los chamanes cebra.

Los otros cuatro intercambiaron una mirada. Nąȋenähz colocó un casco sobre los hombros de su amiga, y Time Keeper se inclinó hacia adelante, apoyando su pecho en el escritorio.

— Señorita Dawn Star… ¿Conoce por casualidad a alguien que…?

Con los ojos brillantes, Dawn Star solo logró hacer temblorosos movimientos afirmativos.


— ¡Sí! ¡Sí! —aulló de alegría Helter Skelter mientras hacía amplios gestos de victoria. Se levantó de la silla y levantó la aguja del tocadiscos del vinilo—. ¡La tengo! ¡Tengo las palabras de los profetas de Liverhoof!

La unicornio púrpura resopló, proyectó los cascos hacia arriba y se levantó de la cama.

— ¡Aleluya! ¿Y qué dicen?

Con una sonrisa tan grande como la de un potrillo al abrir los regalos de Hearth's Warming, Helter Skelter se sentó en la cama, tomó la portada del vinilo en sus cascos y comenzó a relatar:

— Cuando fui detenido, los profetas se sintieron desolados. Uno de ellos llegó a dudar de mí, y de ahí salió Let It Be. Creía que yo no era el elegido para llevar a cabo el Helter Skelter, y por eso mandó el mensaje de que debía dejarlo.

La unicornio hizo rodar los ojos en sus órbitas, pero no movió ni un solo músculo del cuerpo. El unicornio dorado se llevó un casco a la frente y suspiró.

— ¡Y por eso se separaron! ¡Porque los otros tres sabían que yo era el elegido, y no quisieron tener nada que ver con ese traidor! —La yegua formó una expresión de incredulidad con sus labios. Una retorcida sonrisa de triunfo apareció en el rostro del caballo, que dejó la funda del disco sobre la manta y la señaló con el casco—. Ellos sabían que yo no les defraudaría. Y por eso dejaron sus mensajes.

— Bueno, ¿y qué dicen esos mensajes? —preguntó el unicornio dorado, tratando de no mostrarse impaciente.

Una nueva sonrisa, esta vez con tintes de locura, apareció en el semblante de Helter Skelter. Volvió a coger la funda, pero esta vez la giró sobre su eje para quedar mirando a la contraportada.

— The Long and Winding Road —murmuró en tono demencial—. Un camino largo y sinuoso. Exactamente como el camino hasta aquella prisión en la que me metieron. Pero también como mi camino hacia el Helter Skelter. —Volvió la vista al techo y gesticuló con los cascos—. ¡¿Cómo he podido estar tan ciego?! ¡Debería haberme dado cuenta de que el camino a la rebelión de esa raza estúpida no sería fácil! ¡No, es una senda larga y peligrosa, llena de giros y recovecos, tal y como los profetas predijeron!

La unicornio púrpura cerró los ojos con disgusto antes de negar con la cabeza. ¿De verdad no se había dado cuenta de que era el mismo caballo el que cantaba las dos canciones? ¿Era así de idiota, o sus delirios lo habían dejado ciego?

— Pero hay más. Hay más. —Su casco se movió sobre la lista de canciones, y se detuvo sobre la última—. Get Back. Vuelve. —Sus labios se curvaron, y miró a los dos unicornios con una mezcla de júbilo y esperanza en la mirada—. ¡Vuelve! ¡Quieren que vuelva! ¡He de volver al desierto!

El caballo dorado y la yegua intercambiaron una corta mirada, y ella le preguntó:

— ¿Las tienes, Imperial?

El unicornio asintió sin demasiado convencimiento. Abrió con su magia el cajón de la mesita de noche e hizo levitar dos rectángulos de papel de su interior. La yegua púrpura sonrió, y el caballo cerró el cajón tras devolverlos a su interior.

— Son mis últimos bits. Ya no me queda nada más —suspiró con amargura, intentando contener las lágrimas que amagaban con caer por su rostro.

— Tranquilo. Después de lo que vamos a hacer, o recuperas la inversión con creces o no volverás a necesitar el dinero.

El unicornio dorado se sentó en la cama, y se levantó unos segundos después para dar vueltas por la habitación como un trompo. La unicornio púrpura se colocó donde él había estado antes, y miró al asesino con una expresión de seguridad absoluta.

— Por supuesto que volverás al desierto. Pero aún no ha llegado el momento. No te preocupes por ello. Puedes estar seguro de que el Helter Skelter…

El unicornio dorado retrocedió, intimidado ante la locura que mostraba el rostro de Helter Skelter cuando completó la frase:

— Ocurrirá.


— ¿Imperial Topaz? —Time Keeper se sacó las gafas y las hizo levitar hasta la superficie de su mesa—. Imperial Topaz… Me suena ese nombre.

— Es un fabricante de armas —explicó Comet Nova—. Si no recuerdo mal, él es el que suministra el armamento al ejército equestriano y a la guardia real. ¿Es cierto, Dawn?

La unicornio parda asintió, y después negó con la cabeza.

— Era. Hace cerca de un año se le terminó el contrato, y Celestia no se lo renovó. Ahora es otro el que fabrica nuestras armas… No conozco el nombre, lo siento.

— No importa —dijo Time Keeper—. Entonces, perdió su puesto como proveedor oficial del ejército y la guardia.

— Sí. Y como la ley equestriana le prohíbe vender armas a países extranjeros, se quedó sin pedidos de la noche a la mañana. La fábrica se quedó paralizada, tuvo que despedir a sus trabajadores, comenzó a endeudarse…

— Y ahora mismo está arruinado —completó Time Keeper—. ¿Cierto?

— Casi. Está al borde de la ruina. Pronto perderá su fábrica y su casa, y después ya no le quedará nada.

— Mas, ¿por cuál razón non fabricaba otra cosa? Si la su fábrica non vendía, mil otras cosas podría vender para salvarla —preguntó Nąȋenähz.

— Por honor —respondió Dawn Star—. Esa fábrica pertenece a su familia desde generaciones. Para él, vender otra cosa, o cerrarla, sería una humillación que no podría soportar.

El ministro dedicó unos segundos a reflexionar sobre las palabras de Dawn Star. Estaba desesperado, tenía un motivo, mucho que ganar y absolutamente nada que perder.

Podría estar equivocándose, pero estaba prácticamente seguro de que Imperial Topaz era su poni.

— ¿Dónde se encuentra ahora?

Dawn Star tragó saliva antes de responder.

— Está… está en Canterlot. Quedó con Blue Topaz para salir con ella y celebrar que ya terminamos los exámenes.

— Muy buen. —Cerró los ojos un instante, y tras abrirlos apuntó con el casco a Dawn Star—: Ustedes tres. Detengan a Imperial Topaz inmediatamente y averigüen dónde tienen a Helter Skelter.

El corazón de la unicornio dio un vuelco en su pecho. No. No podía haber dicho eso.

— No. No puedo.

Su labio inferior temblaba peligrosamente, y sus córneas humedecidas brillaban bajo las luces mágicas del despacho

— ¡¿Qué es aqueso de que fazerlo non podéis?! —bramó Swébende Gagel, cuyas plumas del ala derecha asieron la empuñadura de su daga—. ¡Es un sucio traidor a aquesta la su patria, e como tal ha de ser apresado! ¡E vos jurásteis facerlo! ¡¿Sois acaso tan traidora como él?!

Dawn Star bajó la cabeza y cerró los ojos con fuerza para no echarse a llorar. Quería decirle algo al pegaso, pero no lo hizo. Sabía que tenía toda la razón.

— La dejaré huérfana. Voy a dejar huérfana a mi mejor amiga.

Time Keeper bufó con fuerza contra sus cascos, y miró fijamente a su subordinada con cara de no aguantar tonterías.

— Me da exactamente igual. Van a ir a donde esté, lo van a atrapar, le van a sacar dónde está Helter Skelter y después vamos a atraparlo a él. ¿Le ha quedado claro? —subrayó en un tono que no admitía réplica.

La unicornio parda asintió débilmente. Aún no se podía creer lo que iba a hacer. Iba a coger todas las horas, todos los desvelos, todas las ayudas que le había dado Blue Topaz, y se los iba a devolver metiendo a su padre en la cárcel.

— ¿Qué… qué le va a pasar? —preguntó en un temeroso susurro—. No… No lo…

— Aún no puedo decirlo —respondió Time Keeper. No quería mentirle—. Lo que le ocurra a Imperial Topaz dependerá de las princesas. Si se muestran compasivas, tan solo le caerá una larga temporada en el penal de Uruqaiqa.

— ¿Uru… kaika? —repitió Dawn Star. No le sonaba de nada aquel nombre.

— No. Uruqaiqa. Se pronuncia en la garganta, no en el paladar. Urukaika es el lago cercano a la capital del Imperio, Cristalia. —Se aclaró la garganta antes de continuar—. Uruqaiqa es una cueva en la zona septentrional del Imperio, una antigua mina de cristales explotada por el rey Sombra.

— ¿Lo vais a condenar a trabajos forzados? —exclamó Dawn Star, espantada.

— No. Después de la desaparición del Imperio en 1214, y hasta poco antes de su reaparición en 2216, la convertimos en una prisión para todos aquellos que pretenden cambiar la historia y beneficiarse de ello. En las faldas del monte Everhoof y a unos quinientos kilómetros de la frontera con Equestria, cualquier fugitivo moriría de hambre y frío antes de alcanzar una población.

Dawn Star no respondió. Cadena perpetua en una cueva helada. Eso era lo que iba a hacerle al padre de su amiga. Y si las princesas le daban su perdón.

— Ya basta de perder el tiempo. Vayan a atraparlo, y no vuelvan sin él —les ordenó el ministro, tajante, e hizo levitar hasta ellos tres placas de policía—. Aquí tienen placas falsas de policía. Evitará que levanten sospechas al detenerlo.

Swébende Gagel se cuadró al estilo de Cloudsdale, y Nąȋenähz palmeó su pecho con su casco al tiempo que confirmaba en su idioma que había entendido sus órdenes.

Unos segundos después, temblorosa y con los ojos humedecidos, Dawn Star asintió débilmente y se dio la vuelta para marcharse. Partió la primera, pero su caminar lento y angustiado hizo que saliera la última del despacho del ministro.

Cuando al fin la puerta se hubo cerrado tras la unicornio, Time Keeper se permitió dejarse caer sobre el respaldo de su sillón y exhalar un largo suspiro. Inclinó la cabeza a su izquierda, y se encontró con la mirada de Comet Nova, que mantenía una expresión preocupada, pero en absoluto desaprobatoria.

— Es mejor así —dijo el ministro—. Tarde o temprano, todos nos encontramos una misión que nos hace sentirnos monstruos. Es mejor que lo descubra ahora que dentro de un tiempo.

Comet Nova asintió sin demasiado convencimiento. Sabía que Time Keeper tenía razón, pero ver la angustia que atenazaba a Dawn Star impulsaba en su mente deseos de salvarla de aquella traumática experiencia. Sacudió la cabeza para librarse de ellos y volvió los ojos hacia la puerta.

— Todavía tengo pesadillas. —El fuego, los gritos de terror y agonía, el hedor a sangre y muerte y los cadáveres de inocentes desperdigados volvieron a su mente, y un fuerte escalofrío recorrió su espalda—. Fue hace veinte años, y la sigo recordando como el primer día.

Comet Nova asintió con la cabeza, y colocó su pata alrededor de los hombros de su superior. Él cerró los ojos, y dejó escapar un prolongado suspiro desde lo más profundo de su pecho.

— Ojalá le vaya mejor que a mí.

Cerró los ojos, y deseó de todo corazón que la unicornio no encontrara ningún problema.


— ¿Qué te parece ehte, papá?

Imperial Topaz observó con cuidado el estrecho bikini negro con el que había salido su hija del probador de la tienda, y sacudió la cabeza con desaprobación.

— No te pega ná. Ademá —señaló su cola—, por ahí ehtá mu corto. Tú ziempre diceh que loh bikinih tan cortoh zon de guarrah.

Blue Topaz volvió la cabeza para mirarse al espejo, y decidió que su padre tenía razón. Se dio la vuelta y volvió a meterse en el probador para ponerse otro bikini.

Imperial Topaz sacudió la cabeza y suspiró con fuerza. Trataba de pasar un buen rato con su hija, pero sus pensamientos se desviaban una y otra vez a la unicornio púrpura y al asesino chiflado que habían traído desde el siglo pasado.

— Aléjate todo lo que puedas de nosotros —le había dicho la yegua justo antes de que él abandonara el hotel—. Vete de compras, métete en un bar, ve una peli en un cine, vete de putas, lo que quieras; pero mantente lejos para que nadie pueda relacionarte con nosotros. Por la noche te enterarás de si hemos tenido éxito.

Y allí estaba ahora, en un centro comercial en la otra punta de Canterlot. Pero aun así, no podía evitar pensar en ellos.

— ¿Papá? ¿Papá?

Sus orejas se orientaron hacia su hija, y movió la cabeza para salir de su ensimismamiento.

— Papá, llevah un rato mirando a ningún sitio y zin reaccioná. ¿Te paza algo? —Una idea cruzó de repente su cerebro, y su rostro se descompuso—. Papá… ¿Ze acabó? ¿Ze acabó todo?

imperial Topaz parpadeó para contener las lágrimas, y abrazó con fuerza a su hija, que comenzó a derramar lágrimas sobre su pecho. Su última carta se estaba jugando en aquel instante, al otro exrremo de la ciudad. Era su última oportunidad, y ni siquiera estaba en sus cascos.

Suspiró con fuerza, y deseó que la unicornio y Helter Skelter tuvieran éxito en su misión.


— Disculpe, ¿vino una unicornio de mi edad esta tarde? Es un poco más alta que yo, azul intenso, la crin también, y su marca de belleza son unas gemas.

El dueño de la tienda, un unicornio ámbar vestido con un delantal y gorro de cocinero blancos, hizo memoria durante unos segundos para después negar con la cabeza.

— Sé quién dices, pero hoy no ha venido. Lo siento.

— Muchas gracias de todas formas. Nayenaets, nos vamos.

La thestral, que estaba ojeando los donuts expuestos en el mostrador con expresión golosa, levantó la cabeza y siguió a la unicornio hasta el exterior de la pastelería.

— Otro sitio que no —murmuró. Ya habían estado en su heladería y su tienda de ropa preferidas, pero en ninguna de las dos la habían visto.

— Fazed memoria —la apremió Swébende Gagel, con cara de pocos amigos—. ¿Dó más puede fallarse la vuestra amiga?

Dawn Star cerró los ojos para concentrarse mejor, y trató de recordar los sitios a los que solía ir con su amiga o que le sonaba que le gustaran a ella. ¿El restaurante prancés cerca del palacio? No, su padre ya no podía permitirse comer allí. ¿Las joyerías de los barrios altos? No, estaban en la misma situación. ¿Los pubs con karaoke cerca de Fillecas? No, aún quedaban algunas horas hasta que abrieran.

— Solo se me ocurre un sitio. No estoy totalmente segura, pero…

— Es nuestra única pista. Sigámosla —la interrumpió Swébende Gagel—. Marcadnos el camino.

La pata delantera de la unicornio se levantó y señaló un punto a su izquierda.

— Es por ahí.

Swébende Gagel asintió antes de ponerse en marcha. Dawn Star lo observó durante unas décimas de segundo. Era increíble cómo se estaba comportando el pegaso en una época tan distinta a la suya. Lejos de gritar y amenazar a todo aquel con el que se encontraba, estaba totalmente tranquilo y sereno, sin enfadarse ni meterse con nadie.

— ¡Tú! ¡¿Cómo osas manchar la gloriosa estirpe de los pegasos con la infame sangre de una raza inferior?!

Bueno, o casi.

— ¡Vete a tomar por culo, subnormal! —le gritó la interpelada, una pegaso que se había estado besando con su novio, un unicornio, en un banco; y le hizo un gesto obsceno con su ala.

El soldado quiso volverse para aclararle las ideas, pero un tirón mágico de la cola y una tajante negación de la unicornio hicieron que dejara en paz a la yegua.

— Permitir que se mezclen las sangres de las razas —rezongó mientras caminaba—. ¿En qué pensaban aquesas princesas vuestras? Se debilitan las razas, se corrompen las sangres, son nascidos vástagos maldecidos de aquesas infelices uniones e así se echan a perder las grandes estirpes. ¿Cómo pueden permitirlo?

— Porque no ocurre nada de eso que dices. Muchos grandes equestrianos han salido de matrimonios intertribales —le rebatió Dawn Star.

Swébende Gagel no quedó en absoluto convencido con aquella explicación, pero se limitó a negar con la cabeza y caminar en silencio junto a sus compañeros. Y no pronunció palabra hasta que Dawn Star se detuvo frente a su destino, algo más de un cuarto de hora más tarde.

— Aquí es —dijo. Un repentino temblor asaltó sus patas, y el frío se instaló en su vientre—. Hemos llegado.

Swébende Gagel y Nąȋenähz levantaron la cabeza para observar el lugar al que les había traído su compañera. Y la sorpresa se adueñó de ellos al descubrir que se trataba de un amplio palacio de tres plantas, construido en ladrillo recubierto de mármol negro. Artísticas rejas de hierro forjado en estilo neobarroco limitaban los balcones que sobresalían de la fachada, y sinuosas farolas del mismo material y pintadas en negro colgaban de las esquinas el palacio, iluminando sus alrededores tras la caída del sol con su cálida luz naranja. En la techumbre, las tejas del mismo color de los muros creaban un tejado a dos aguas, y a nivel del suelo un camino de adoquines de basalto conducía a la puerta principal de ébano desde la verja exterior de los jardines.

— Este es el centro comercial Canterhorn —explicó Dawn Star—. Es un antiguo palacio de una familia noble. Dentro hay muchas tiendas, y creo que Blue Topaz debe estar en una de ellas.

Creía, repitió en su mente Swébende Gagel con un resoplido. Empezaba bien la cosa.

— Por aquí. Entrad.

Sus compañeros intercambiaron una mirada, pero se unieron al flujo de ponis y entraron en el centro comercial.

Vïšgȍĭlȍ —murmuró Nąȋenähz, impresionada con lo que veía.

La compañía propietaria del centro comercial no solo había respetado la disposición original del palacio de la familia Blackmoon, sino que además la había adaptado a su nuevo uso. El antiguo recibidor, una amplia sala de suelo de mármol negro y paredes decoradas con delicadas tallas de ébano y wenge iluminado por una delicada araña de cristal, había sido convertido en una zona de restauración, con un puesto de comida rápida y otro de batidos donde una vez los mayordomos de la familia anunciaron a los invitados a las recepciones en el palacio. En ellos, una multitud de ponis de las tres razas con pesadas alforjas a sus espaldas aprovechaban para tomar algo y recuperar fuerzas antes de continuar con sus compras.

— Es en la primera planta —dijo la unicornio, justo a tiempo para impedir que Swébende Gagel viera al unicornio y al poni de tierra que se sentaban en la misma mesa y bebían del mismo batido mientras se miraban acarameladamente—. Por aquí.

Nąȋenähz, sin embargo, sí los había visto, y los miraba fijamente con las mejillas sonrosadas y una curiosa sensación que no sabía explicar bien en su pecho. El unicornio se giró hacia ella y le guiñó un ojo con una sonrisa, y la thestral salió corriendo escaleras arriba tras sus compañeros.

Después de llegar a la primera planta — Nąȋenähz volvió la cabeza para contemplar una vez más la escalera de mármol y las barandillas doradas con incrustaciones de obsidiana, una auténtica maravilla para sus ojos— los tres ponis giraron a la izquierda. Sorteando clientes a izquierda y derecha, al fin Dawn Star se detuvo enfrente de una tienda al final del pasillo.

Un cartel pintado en colores chillones encima de las puestas de cristal indicaba su nombre: Summer World.

Un sudor frío bajó por la frente de Dawn Star. Si estaban los dos dentro... Tragó saliva y rogó porque solo estuviera Imperial Topaz.

— ¿Es aquesta? —preguntó Swébende Gagel, ojeando el interior.

Al ver que su compañera asentía, el pegaso no se lo pensó dos veces antes de cocear la puerta con tanta fuerza que golpeó la pared opuesta con un fuerte estampido. Al oírlo, la clientela en pleno, principalmente yeguas adolescentes y algunos novios que aguantaban aquel tormento con rostros aburridos, se giró para mirarlo. La preocupación y la curiosidad se reflejaban en sus rostros. ¿Qué hacía aquel guardia con cara de mal humor en la tienda?

Swébende Gagel ignoró a los mirones y penetró en la tienda, mirando a diestra y siniestra por entre las estanterías en busca de un caballo de mediana edad. A su lado, un pegaso que apenas si rozaría la mayoría de edad salió corriendo del local en dirección al servicio, con expresión asustada y las alas asiendo con fuerza sus alforjas.

— Al fondo —musitó Dawn Star, que había acelerado para colocarse a su lado.

Muchas horas de compras con Blue Topaz le habían enseñado que ella nunca se detenía en los estantes cercanos a la entrada, llenos de bañadores reveladores que ella consideraba "coza de yeguah dezehperah y zin autoehtima".

La unicornio giró a la derecha cuando llegó a la pared del fondo, y el corazón se le detuvo un instante entre dos latidos.

Allí estaban. Abrazados y con claras señales de haber llorado.

Una lágrima se deslizó por el rostro de Dawn Star, y sus piernas comenzaron a temblar. No podía. No podía traicionar de aquella manera a su mejor amiga. No podía…

— ¿Imperial Topaz?

Al oír su nombre pronunciado por una voz masculina y malhumorada, el unicornio dorado levantó la vista. El horror, y finalmente la resignación, se abatieron sobre su rostro al ver a aquel pegaso con armadura frente a él, en posición firme y con expresión severa.

— ¿Qué? ¿Quién? —preguntó Blue Topaz, desorientada. Buscó al dueño de aquella voz, y encontró además el rostro lloroso y acongojado de Dawn Star y la expresión neutra y serena de Nąȋenähz—. Dawn. Nayenaeh. ¿Qué… qué ehtá ocurriendo? ¿Quién es ehte?

Por toda respuesta, Blue Topaz recibió los balbuceos interrumpidos de Dawn Star, que trataba de explicarle entre lágrimas a su amiga lo mucho que lo sentía.

— Imperial Topaz, quedáis detenido por utilización de magia prohibida —proclamó Swébende Gagel, y enseñó la placa falsa de guardia real que le había entregado Time Keeper antes de salir de su despacho—. Acompañadnos.

Imperial Topaz suspiró con resignación, pero no se movió ni un milímetro. Se acabó. Todo se había acabado para él. Ya solo podía esperar que la unicornio y Helter Skelter cumplieran su cometido para que su hija asumiera el control de la fábrica.

— ¿Qué? ¡No! —exclamó Blue Topaz, escandalizada—. ¡Tiene que zé un erró! ¡Papá, dileh que…!

Pero las palabras de la unicornio murieron en su boca cuando vio a su padre. La culpabilidad estaba escrita en todos y cada uno de sus rasgos.

— No… No… —balbució con horror creciente, y se cubrió la boca con los cascos. No quería creerlo, pero no le quedaba más remedio que aceptar la verdad. Su padre era culpable.

— Topaz… Topaz, lo… —sollozó Dawn Star, y trató de abrazar a su amiga con su casco.

Pero ella lo apartó con un gesto veloz y desapareció tras un hechizo de teletransporte.

Dawn Star permaneció unos segundos en shock, tratando de procesar lo que acababa de ocurrir. Y cuando al fin lo consiguió, estalló en amargas lágrimas.

La odiaba. Había conseguido que su mejor amiga la odiara.

Nąȋenähz abrazó a la unicornio, tratando de calmarla, pero no sirvió de nada.

Swébende Gagel bufó con fuerza, y se dio la vuelta para salir al fin de la tienda y dejar todo aquello atrás.

— ¡Vosotros! ¡¿Non habéis nada que fazer?! ¡Marchad y meteos en los vuestros asuntos! —le gritó a los curiosos que habían observado la escena, la práctica totalidad de la clientela.

Su exabrupto pareció funcionar, porque en menos de quince segundos la casi toda la muchedumbre había salido de la tienda, y los que se habían quedado habían ido a las estanterías a mirar los bañadores.

El pegaso se sonrió con satisfacción, y le pegó un tirón rabioso a la pata de Imperial Topaz. Ya lo creía que le iba a contar todo lo que sabía. Por su honor que iba a hacer que lo escupiera.


El seco estampido de una fuerte bofetada resonó por el pequeño almacén del sótano del centro comercial. Incapaz de resistir la fuerza del impacto, Imperial Topaz cayó al suelo con un fuerte golpe. Dos finos hilos escarlata manchaban su pelaje desde sus manantiales en su hocico.

— ¡Te lo repito por última vez, hideputa! —rugió Swébende Gagel, y agarró al unicornio por el cuello hasta que apenas el grosor de un pelo separó sus morros—. ¡¿Dó es aquese asesino?!

Imperial Topaz levantó lentamente la cabeza, y respondió la furia que brillaba en los dos carbones encendidos del pegaso con una expresión desafiante y una negativa.

Fuera de sí, el pegaso volvió a cruzarle la cara. La sangre inundó la boca del unicornio dorado, que se quedó tumbado sobre su espalda, jadeante.

— Dejadlo —dijo Nąȋenähz, y negó con la cabeza tras observar el estado de su prisionero—. Golpeadlo más, entonces acabará muriendo. E aqueso bueno es para los sus planes.

Incluso después de los brutales golpes que había recibido del pegaso fanático, Imperial Topaz logró escupir la sangre acumulada en su boca y reír con carcajadas apenas audibles.

— ¿En zerio? ¿Oh vaih a poné en plan poli bueno poli malo?

Un nuevo golpe del pegaso, esta vez un pisotón en su vientre, lo silenció al instante.

— ¿Poli bueno poli malo? —le preguntó Nąȋenähz a Dawn Star—. ¿De qué fabla?

Pero Dawn Star no le respondió. Las dudas y los remordimientos, cristalizadas en sus ojos enrojecidos y los rastros húmedos que bajaban de ellos, la mantenían paralizada.

— ¿Entonceh e ilegá viajá por el tiempo? —El unicornio suspiró entre dos jadeos, y sonrió con tristeza—. Zerá posible. Eza unicoenio m'a engañao como a un idiota.

Swébende Gagel reaccionó sacando la espada, pero Imperial Topaz no se dio por enterado.

— Azí que policía temporá —le dijo a Dawn Star, y sonrió con resignación—. Cuando mi hija me habló de lo tuyo, nunca creí que fuerah a llegá mu lejoh. Y ahora mírate, tú ereh la que me ha detenío.

La unicornio cayó de rodillas al suelo, y se llevó los cascos al pecho. Le dolía como si le hubieran clavado un puñal en su corazón. ¿Así era como la veían todos? ¿Una yegua sin futuro que jamás llegaría a ser nada en la vida?

Con un fuerte bufido, Swébende Gagel se dio la vuelta y coceó al unicornio en las costillas. Mientras se retorcía de dolor en el suelo, el pegaso tomó su rostro entre sus patas delanteras y exigió:

— ¡Fabla ya! ¡¿Dó llevó la tu compañera a aquese poni?!

— No… no pienzo decirlo… —murmuró entrecortadamente. Tosió, giró la cabeza y escupió sangre antes de mirar a Swébende Gagel—. Tú me matará, pero cuando ehtalle la guerra, Celehtia necezitará lah armah de mi fábrica. Y mi hija la heredará.

Las palabras del unicornio se clavaron en el cerebro de Dawn Star. Una sacudida recorrió su pecho de arriba abajo, y una lágrima bajó desde su ojo derecho. ¿Cómo… cómo podía ser tan…?

— ¡¿Eres idiota?! —rugió, y le cruzó la cara a su prisionero.

Su repentino exabrupto dejó completamente estupefactos a sus compañeros. Sin saber muy bien qué hacer, la thestral y el pegaso se limitaron a observarla, jadeante sobre Imperial Topaz, en silencio. Lentamente, los labios de Swébende Gagel se curvaron en una sonrisa de profunda satisfacción. Por fin hacía algo que no fuera llorar.

— ¿De verdad crees que la princesa le permitirá mantener la fábrica a la hija de un traidor? —le chilló a la cara—. ¡Te la quitará! ¡Te la quitará antes de ejecutarte, y Topaz acabará en la calle! —Apretó los dientes con rabia—. ¡Estarás muerto! ¡Habrá miles de muertos por culpa de tu guerra, y todo para absolutamente nada porque todo acabará igual!

Igual que si le hubieran golpeado con una bola pequeña y pesada en la barriga, Imperial Topaz sintió cómo todo el aire de sus pulmones los abandonaba de golpe. No. No podía ser cierto. Era una mentira para que confesara.

— Me ejecutará. Me quitará d'en medio, pero no le quitará la fábrica a mi hija. Celehtia necezitará a alguien que zepa del negocio para operarla.

— ¡Sí, pero a alguien leal a ella, no la hija del traidor que empezó la guerra! —Una idea peor aún que la anterior cruzó su mente, y se cubrió la boca con los cascos, espantada—. No… No se quedará en la calle. Se alistará en el ejército. —Tomó al unicornio de las mejillas, y le chilló a la cara—: ¡Se alistará en el ejército para limpiar su reputación, la matarán, y todo habrá sido por tu culpa!

El corazón latía con fuerza en el pecho del caballo, como si de un bombo se tratase, sobre el helado abismo en que acababa de convertirse su pecho. Su cerebro buscaba frenéticamente la manera de demostrarle que Dawn Star le mentía, que su hija no haría nunca algo semejante. Pero fue en vano.

Su interés por las armas que él fabricaba. Su colección de artículos militares. Su asistencia a los desfiles militares y de la Guardia Real en Canterlot. La atención con que escuchaba las historias y anécdotas de su viejo amigo el general Thunder Spear. Los libros sobre campañas y estrategia militar que guardaba en su armario.

Era todo verdad. Blue Topaz adoraba el ejército equestriano. Y no dudaría en alistarse para arreglar lo que él había destrozado.

Un sollozo lleno de la más negra desesperación escapó de sus labios entreabiertos al mismo tiempo que una lágrima estallaba contra el suelo en una miríada de perlas iridiscentes. ¿Pero qué había hecho?

Había pretendido salvar a su hija de la pobreza y la deshonra, pero lo único que había hecho era sellar aquel destino.

— Todavía no es demasiado tarde —murmuró Dawn Star, y le tendió un casco a Imperial Topaz. El unicornio vaciló unos segundos, pero al final lo tocó con su pezuña—. Todavía puedes detener todo esto. Dinos dónde está Helter Skelter.

Para humillación de Swébende Gagel, el acongojado unicornio asintió.

— Nuehtro plan era matá al minihtro de Ehterioreh de Zebrabue. Eh el hermano del nuevo primé minihtro, y él noh declararía la guerra zi alguien lo azezinara.

— Es fácil entonces —dijo Nąȋenähz—. Vamos a casa suya y protegemos. —Giró la cabeza hacia el caballo e inquirió—: ¿Dó vive aquese ministro?

Una expresión amarga nubló el rostro de Imperial Topaz.

— No eh tan fácil. Ehta noche no ehtá en zu caza. Tiene un compromizo.

— ¡¿Y entonces dó fállase, hideputa?!

El unicornio abrió la boca para hablar, pero Dawn Star no le dejó decir ni una sola palabra. Ya lo tenía. Ya sabía dónde estaba Helter Skelter.

— El Princesa Celestia.


La unicornio púrpura contaba cuidadosamente los números pintados en blanco sobre el hormigón gris de los escalones al tiempo que los subía. Dos, tres, cuatro. Ya estaba.

— Es aquí —le dijo a Helter Skelter, y pasó su mirada al respaldo de los asientos de plástico blanco, marcados con números negros. Tres y cinco—. Siéntate aquí. —Señaló el más cercano a la escalera.

El asesino la miró con reticencia, pero al cabo de unos segundos la obedeció y se sentó. Miró distraídamente al terreno de juego, donde algunas cebras hacían ejercicios de calentamiento con la pelota, y se mordió el labio en un gesto de frustración. Había unas veinte cebras sobre el césped. Podría saltar al campo, matarlas allí mismo y desatar el Helter Skelter. Pero no, esa yegua que no tenía ni idea le hacía esperar hasta el descanso para poder actuar. Y encima ni siquiera traía un arma.

— Sé que estás deseando entrar en acción. Pero ahora mismo el ministro está en el palco, con las princesas y rodeado de guardias. Entrar sería un suicidio. En el descanso saldrá, y tendremos una oportunidad.

— ¿Y cómo estás tan segura de que saldrá?

— El alcohol es diurético. Y al ministro le gusta darle al jarro. Lo he estado espiando antes de rescatarte, y bebe como una cuba. Necesitará ir al servicio después del primer tiempo.

Helter Sketer no pareció muy satisfecho con el razonamiento de la unicornio, pero no la contradijo.

— ¿Y con qué lo mato? No puedo hacerlo sin un arma.

— Ya lo sé. Pero no podía traer un cuchillo o algo al estadio. ¿Te acuerdas de cómo nos cacheó el guardia de la entrada? Si hubiera encontrado un arma hubiéramos acabado en el calabozo y habríamos perdido nuestra oportunidad definitivamente. —Se levantó de su asiento, dejando con la palabra en la boca a Helter Skelter—. No te muevas. Voy a buscar cualquier cosa que nos sirva.

A paso rápido, la yegua bajó los escalones y penetró en los pasillos del Princesa Celestia. No sabía si era por el precio de las entradas o porque era un amistoso, pero su zona del estadio estaba prácticamente desierta. No se iba a quejar. Era maravilloso para maquinar sin oídos indiscretos.

Mientras caminaba, el cerebro de la unicornio trabajaba a toda velocidad, tratando de pensar qué objeto podrían emplear como arma asesina. Una mirada a un puesto de bebidas le sugirió uno de los pequeños tenedores de plástico que daban con las raciones de heno frito, pero enseguida lo descartó. Con suerte podría saltarle un ojo, pero no llegarían mucho más lejos.

Giró a la derecha, y entró en el servicio. Era pequeño, con apenas dos puertas, y el suelo y las paredes eran de la misma loza marrón. Pasó al lado de una yegua joven vestida con un elegante vestido de seda rojo que se lavaba los cascos en uno de los lavabos, entró en uno de los inodoros y cerró la puerta tras de sí.

Unos segundos después, tiró de la cisterna e iluminó su cuerno para bajar la tapa. Pero de repente se dio cuenta de algo.

Había una fractura en el retrete de porcelana que corría en diagonal hacia el interior de la taza. El material estaba levemente levantado en el exterior, dejando a la vista un reborde afilado.

Era totalmente absurdo. Era una locura. Pero era la única idea que tenía.

Cerró los ojos, invocó su magia y la usó para dar golpecitos en los extremos de la fractura, tratando de abrirla mientras mantenía el borde tan afilado como era posible. No era fácil, pero con casi total seguridad era su única posibilidad de matar al ministro.

Llevaba aproximadamente la mitad del trabajo terminado cuando alguien llamó a su puerta. La unicornio se quedó paralizada, sorprendida por lo inesperado, y su magia se disipó.

— ¿Te queda mucho ahí dentro? —dijo una voz grave desde el exterior.

La yegua ni siquiera se movió. Necesitaba una excusa. Necesitaba una manera de conseguir que se fuera sin hacer preguntas, y rápido.

— ¡Oh, Slide Tackle! —gimió en el tono más erótico que pudo.

El rostro de la yegua se tiñó de incredulidad, y después de la repugnancia más absoluta.

— ¡So zorra! ¡Pero serás guarra! ¡¿Es que no tienes un baño en tu casa?!

Y, para fortuna de la yegua morada, salió del servicio, asqueada, en busca e otro.

La unicornio morada suspiró, aliviada, y volvió a su tarea original. Al cabo e unos minutos, sonrió y observó con satisfacción el arma que acababa de crear.

Un puntiagudo trozo triangular de porcelana con forma de hoja de puñal.

Se dio la vuelta, y se guardó el arma en la crin. Con ella escondida entre los pelos y sostenida allí por su magia, salió del inodoro. Una yegua la miró con repugnancia, pero ella la ignoró y continuó su camino hasta su asiento.

— Aquí tienes —le dijo a Helter Skelter tras sentarse, y colocó el improvisado puñal en sus cascos.

El asesino lo miró con reticencia y bufó con indignación.

— ¿Esto? ¿Quieres que provoque el Helter Skelter con este trozo de basura?

Levantó el casco para estrellarlo contra el suelo de hormigón, pero la unicornio lo detuvo con su magia antes de que pudiera hacerlo.

— Es lo único que tenemos. Tiene que ser con eso.

La intensidad de su mirada era tal que el asesino no era capaz de sostenérsela. Suspiró, derrotado, miró de nuevo su arma y murmuró una maldición.

— Venga, levántate —dijo la unicornio. Las dos selecciones habían formado dos líneas rectas, una en cada mitad del terreno de juego, y aguardaban de pie y en silencio—. Van a sonar los himnos.

Helter Skelter se puso en pie con desgana. Mantuvo una expresión de odio y desprecio en su rostro mientras sonaba el himno zebrabués, y ni siquiera abrió los labios en el turno del equestriano. Su compañera, por el contrario, cantó el himno de Equestria a pleno pulmón, llena de sentimiento. Al asesino incluso le pareció ver cómo sus ojos se humedecían mientras las palabras abandonaban su boca.

Hubiera sido un buen momento para eliminar el hechizo de ilusión que la cubría y permitir sonar su auténtica voz.

Pero no lo hizo.


— El Princesa Celestia —murmuró el ministro del Tiempo, mirando a los ojos a Imperial Topaz.

— Zí —respondió él en un murmullo—. Ahí e donde ehtá el minihtro de Ehterioreh ded Zebrabue. La yegua y el pirao eze ehtán zentaoh en el palco, ehperando al dehcanzo pa matarlo.

Time Keeper se dio la vuelta para ver la hora en el reloj de su despacho, y afirmó tras comprobar que el partido acababa de empezar. Todavía estaban a tiempo de llegar, pero debían ser rápidos.

— ¿Y todo esto para qué? —exclamó, estampando los cascos contra su escritorio. Imperial Topaz se encogió, y Nąȋenähz se tapó los oídos y gimió, dolorida—. ¿Para que no cierren tu fábrica de armas? ¿Para eso te traes a un asesino psicópata y quieres meternos en una guerra con Zebrabue?

— No —musitó él a un volumen apenas audible, con la mirad fija en el suelo—. Zolo quería zalvá a Blue de mih deudah. —Levantó la cabeza y preguntó con los ojos humedecidos—: ¿É acazo ilegá queré una vida mejó para mi hija?

— Sí cuando se usan hechizos prohibidos con la intención de cometer un magnicidio —replicó Time Keeper, que se había colocado tan cerca del unicornio dorado que sus cuernos casi se tocaban—. Tu hija va a la Academia de Celestia. Aunque tuviera que pagar todo el dinero que debes, estoy seguro de que no tendría problemas. No es solo por tu hija —entrecerró los ojos y lo señaló con el casco—, esto es un asunto de honor.

— ¿De honó? —exclamó Imperial Topaz, escandalizado—. ¿Qué honó ni qué honó? ¿De qué hablah?

— Del tuyo. Aunque no te des cuenta, para ti es imperdonable perder la fábrica de tu familia. Por eso has recurrido a esta locura para mantenerla. Por eso ahora hay dos asesinos en uno de los palcos del Princesa Celestia esperando para matarlos.

El unicornio apretó los dientes hasta que le dolieron las mandíbulas. Sí, le dolía perder la fábrica, pero todo esto no lo hacía por él. Le daba igual lo que le dijeran. Todo lo hacía por su hija.

— Mi superior —escupió Swébende Gagel con repugnancia. Daba igual las veces que lo hiciera, reconocer a un unicornio como su superior nunca se hacía más fácil. ¿Por qué no podía hacer como Dawn Star?—. Petición de información sobre aquese Princesa Celestia de quien fabláis. ¿Non habría de ser la Princesa Celestia?

— El estadio Princesa Celestia. Es un campo de húfbol. Está en los límites de los terrenos del palacio real, y en él juegan el Real Canterlot y la selección equestriana —explicó Dawn Star, adelantándose a su jefe—. Hace poco le cambiaron el nombre a Princesas Celestia y Luna, pero todos usan el nombre antiguo.

Aquella información no le había ayudado casi nada. Ni sabía qué era el húfbol ni cómo eran los campos en que se jugaba. Sin embargo, asintió y permaneció en silencio, a la espera de las órdenes de su superior.

— Comet, señores —miró alternativamente a los dos grupos de ponis—, partimos ahora mismo hacia el Princesa Celestia. Nuestro objetivo es atrapar a la Viajera y a Helter Skelter, salvar al ministro y evitar que Equestria entre en guerra con Zebrabue. ¿Lo han comprendido?

Los cuatro ponis asintieron, menos Swébende Gagel, que se cuadró al etilo militar. Sangrientas y salvajes imágenes mentales e la venganza que tomaría contra la unicornio cruzaban su cerebro, y sus labios se curvaron en una cruel sonrisa. Esta vez sí. Esta vez iba a lavar en la sangre de la unicornio la humillación que ella le había infligido en el Palacio de Madera.

Time Keeper volvió a sentarse en su silla y escribió un corto mensaje, que enseguida envió mágicamente a las princesas. Se levantó, y caminó hasta colocarse junto a Comet Nova.

— ¡Star! ¡Walker! ¡Tengo que salir de misión! ¡Se quedan ustedes al cuidado de Tapicestria hasta que vuelva! ¡Si ocurre algo, le mandan un mensaje a Minuette! —ordenó a gritos.

Un lejano "sí, jefe" y un doble ruido de cascos sobre el suelo le indicaron que sus órdenes habían sido recibidas. Time Keeper afirmó con la cabeza antes de dirigirse a sus subordinados.

Esta vez sí que no se le escapaba.

— Nos vamos. No tenemos tiempo que perder.

— ¿Y yo qué hago de mientrah? —preguntó Imperial Topaz.

El ministro del Tiempo se giró hacia él, y lo miró con fuego en los ojos. Su aura negra rodeó su cuerno, y envolvió a Imperial Topaz en menos de un segundo. El unicornio ni siquiera tuvo tiempo de gritar.

Cuando la magia se disipó, Imperial Topaz ya no estaba. Ni siquiera había algo en el despacho que pudiera hacer sospechar de que había estado allí hasta hacía un instante.

— Tú disfrutas de Uruqaiqa, hijo de puta.


Cuarenta y tres minutos y quince segundos. Era el tiempo que marcaba el reloj sobre el marcador cuando la unicornio púrpura levantó los ojos para mirarlo. Bajó la mirada al resultado, inclinó la cabeza y se giró hacia Helter Skelter, que miraba el campo y los jugadores con una mezcla de incredulidad y espanto.

— Vamos. Es el momento.

Sin esperar a ver lo que hacía el poni verde, se levantó de su asiento y echó a andar hacia la puerta del palco. Con un último gesto de exasperación, Helter Skelter se puso en pie y la siguió.

— Raza de cabrones hijos de puta. ¿Cómo pueden…?

— Porque jugamos a lo que ellos quieren y no a lo que deberíamos.

Suspiró, y comenzó a subir los escalones que la llevarían a la entrada del palco real. A mitad de camino se detuvo e iluminó su cuerno.

Exactamente como había supuesto. Dos guardias, unicornio y pegaso, uno a cada lado de la puerta.

Cerró los ojos para concentrarse, y lanzó un hechizo de teletransporte. Levantó la vista al techo, y sonrió con malicia entre dos jadeos. Le hubiera encantado ver la cara que ponían los guardias al encontrarse de repente en Fillecas.

— Listo. Vamos, ponte en la puerta.

El asesino asintió, y caminó sobre las baldosas de mármol blanco y azul marino del pasillo hasta llegar al portón de caoba tras el que se ocultaba su objetivo. Con una sonrisa enloquecida en su rostro, levantó el casco que que llevaba su puñal y pasó su punta por las las delicadas filigranas talladas en la madera y recubiertas de oro y plata.

La unicornio cerró los ojos durante un segundo y subió los últimos escalones. Observó por última vez a Helter Skelter con expresión indescifrable, y se sentó en el suelo de espaldas a la puerta. Estaba segura de que aparecerían.

Y estaba preparada para ello.


Dawn Star observó su objetivo, y tragó saliva entre dos pasos.

Se hallaba frente al Estadio Princesas Celestia y Luna. Y se sentía como una hormiguita al lado de aquella enorme y compacta construcción, de rectas paredes blancas, cruzadas por dos bandas paralelas de color azul marino que la misma princesa Celestia había dado orden de añadir, y cuyas únicas curvas eran las cuatro torres que se levantaban en sus esquinas.

Incluso a la distancia a la que se encontraba, Dawn Star podía percibir el peso de la historia que emanaba aquel estadio. Tantos partidos, tantas victorias, tantas derrotas, tantos sueños hechos realidad, tantas ilusiones rotas…

Y aquella noche, ella también entraría a formar parte de la historia del Princesas Celestia y Luna.

Para bien o para mal.

Time Keeper no perdió el tiempo en acercarse a los guardias de seguridad de la puerta más cercana. En cualquier otro estadio habrían contratado a una empresa externa, pero estar situado en los terrenos del Palacio Real le daba al Princesas Celestia y Luna el privilegio de emplear guardias reales para su seguridad.

— Alto. ¿Quién va? —inquirió su líder, un thestral alto y de aspecto fiero. Sus ojos amarillos inspeccionaron al unicornio de arriba abajo, y apuntó la punta de obsidiana de su lanza a su pecho.

— Corona de Equestria —respondió Time Keeper. Sacó su identificación de su crin, truco que había aprendido de Comet Nova, y se la entregó con su magia al thestral—. Es una emergencia.

Mientras el guardia examinaba su documentación, Nąȋenähz observaba al guardia. No podía dejar de mirar la armadura que llevaba, construida en una sola pieza de acero púrpura que cubría su cabeza, cuello, lomo y flancos. Y aún más difícil le era separar la vista de la pieza que protegía el pecho gris del caballo, con forma de alas negras de mariposa. Un ojo azul de hierro brillaba en el centro de esta: el ojo que vigila la noche, uno de los símbolos personales de la princesa Luna.

Siempre que veía un guardia thestral defendiendo a su reina con su armadura, el orgullo llenaba su pecho.

— Puede pasar —anunció al fin el thestral, y le devolvió su carné a Time Keeper. Mientras volvía a guardarlo, le preguntó—: ¿Y quiénes son estos?

— Vienen conmigo. Déjelos pasar.

El caballo pasó unos segundos mirando a aquel grupo de ponis tan heterogéneos —una leve sonrisa cruzó su rostro al ver a una thestral entre ellos— mientras decidía qué hacer.

— Pasen. —Time Keeper dio un paso hacia el interior, pero el guardia lo detuvo—. ¿Están princesas en peligro?

— No. Tranquilo, nos las arreglaremos solos.

El thestral no pareció muy convencido, pero no dijo nada más, y ni él ni ninguno de sus compañeros se opusieron a la entrada de los agentes en el estadio.

Nąȋe dukarȋęm wësnit gȁrëwëa —les dijo Nąȋenähz al pasar por su lado.

Nęmäi —le respondió el guardia llevándose un casco al pecho—. Nąȋe tęm wësnit gȁrëwëa.

La thestral sonrió a su congénere, y siguió a Time Keeper al interior del estadio. Guiados por su superior, fiel seguidor del Real Canterlot y buen conocedor de los pasillos del estadio, los cinco ponis caminaron por ellos, sorteando a los que habían decidido adelantarse al cuarto de hora de descanso para comer algo, ir al servicio, o simplemente salir del estadio.

Finalmente, el ministro del Tiempo se detuvo ante una escalera de hormigón. Un cartel sobre ella indicaba el lugar al que conducía: el palco.

Dawn Star trataba de reunir su coraje para asaltar a la unicornio. Comet Nova pensaba cómo reforzar su barrera mágica para aguantar las embestidas de la magia oscura de la Viajera. Y Swébende Gagel pasaba el casco por la empuñadura de la espada mientras reflexionaba sobre cómo darle la muerte más lenta y dolorosa que pudiera.

Time Keeper subió los primeros quince escalones, suficientes para que sus ojos estuvieran sobre el nivel del último, con un hechizo cargado en su cuerno. Se detuvo, y movió la cabeza lentamente de lado a lado, buscando a la Viajera y a Helter Skelter.

Diez segundos después, disipó su magia y soltó una fuerte maldición. No estaban.

— Al palco real. ¡Vamos! —les apremió.

En la puerta del palco real, Helter Skelter contaba ansioso los segundos que faltaban para que el ministro hiciera su aparición. Contaba hasta cinco y apuñalaba el aire con su improvisada daga; después pegaba el oído a la madera y reía para sí mismo. Se frotaba los cascos, y vuelta a empezar.

La unicornio púrpura dejó escapar un suspiro divertido y negó con la cabeza. Al verlo así, no era capaz de comprender cómo había podido lavarle el cerebro a aquellos ponis en los sesenta y formar su grupo de asesinos. Se dio la vuelta y llegó hasta el último peldaño de la escalera, donde se sentó en el suelo. Inspiró profundamente, e invocó un hechizo para captar presencias.

Sus labios se curvaron en una sonrisa.

Lo sabía. Vendrían a por ellos.

El primer poni al que detectó su hechizo fue Swébende Gagel. Ella sonrió. No necesitaría ni siquiera dos segundos para cargarse a aquel fanático.

Lo siguieron Dawn Star y Nąȋenähz

Algo más difícil, pero nada con lo que no pudiera. Solo tenía que quitarse de en medio a la unicornio, y Nąȋenähz caería con tanta facilidad como Swébende Gagel.

Apenas medio metro después de las dos ponis, apareció Comet Nova.

La preocupación cruzó el rostro de la unicornio. La había derrotado en el Palacio de Madera, pero entonces había tenido el factor sorpresa de su magia oscura. Ahora carecía de él, aunque confiaba en que la fuerza bruta de sus hechizos fuera suficiente para imponerse.

Pero cuando descubrió quién era el poni que cerraba la comitiva, la sangre se heló en sus venas.

Time Keeper había venido a detenerla.

Un recuerdo fugaz de su encuentro en el asedio de Baltimare, en el año 352, acudió a su mente. Solo una distracción pudo evitarle ser capturada. No había sido rival para el ministro. Su magia y su poder eran muy superiores a los de ella. Era una lucha que nunca podría ganar.

Gotas de sudor helado bajaban ya por su frente cuando se giró hacia Helter Skelter, que seguía repitiendo los mismos gestos enfrente de la puerta cerrada. Ya había usado bastante magia teletransportando a los guardias, y no tenía suficiente para sacarlos a los dos de allí.

Cerró los ojos, y tomó una decisión.

Un brillante resplandor mágico iluminó el pasillo donde estaban; que Helter Skelter, absorto en sus fantasías de guerra y muerte, ni siquiera percibió. Cuando se apagó, la Viajera había desaparecido del estadio.

Caminando desde las puertas del Palacio Real, la unicornio inspiró profundamente para reprimir las lágrimas. Sus labios formaron una frase de disculpa, pero no detuvo su camino ni miró atrás.

Helter Skelter era prescindible. Ella no.


Con un fuerte estruendo de pezuñas golpeando sobre cemento, Dawn Star subió al galope las escaleras que conducían al palco real del Princesas Celestia y Luna. Su costado protestaba dolorosamente aquel esfuerzo, y sus pulmones ardían en su pecho, pero seguía corriendo. Tenía que salvar al ministro de Zebrabue. Tenía que evitar que Equestria entrara en guerra.

Sus ojos se elevaron sobre el suelo del pasillo, y la alegría desbordó su rostro. Helter Skelter estaba allí.

Su cuerno cargó un hechizo paralizante. Se acabó todo. Podrían detenerlo y dar por finalizada aquella misión.

Pero su alegría apenas duró un segundo. El que tardó la puerta en girar sobre sus goznes y dejar al descubierto al ministro.

La expresión de Helter Skelter se volvió salvaje al verlo. Se puso en pie, levantó el casco que empuñaba su arma y gritó:

— ¡Guerra!

— ¡Noooooooooo!

El grito de Dawn Star no sirvió en absoluto para detener a Helter Skelter.

Pero el hechizo paralizante que había lanzado sí.

La magia golpeó la espalda de Helter Skelter, entre la cintura y la cadera, y enseguida se expandió como una sábana azul zafiro que se apresuraba a cubrir el cuerpo del poni verde para dejarlo inmovilizado.

Helter Skelter no llegó a comprender lo que sucedía. Solo sabía que lo habían atacado, pero no quién, con qué ni desde dónde. Apretó los dientes y bajó el puñal con más fuerza.

Pero su punta de porcelana aún se hallaba a unos tres centímetros del cuello del ministro cuando la magia de Dawn Star la detuvo en seco.

Los siguientes segundos apenas quedaron registrados en la mente de Dawn Star. Solo recordaba sus jadeos, el cosquilleo de la magia en su cuerno y un bulto azul zafiro en la lejanía.

Hasta que un grito la despertó de aquella irrealidad.

Wauaji!

El ministro zebrabués se volvió hacia las princesas, que se habían levantado de su asiento al escuchar los gritos. Su altura y envergadura empequeñecían a las dos alicornios hasta el punto de no parecer más que adolescentes a su lado. La furia ardía en sus ojos negros con tanta intensidad que amenazaba con calcinar a la mismísima Princesa del Sol y convertirla en un pequeño montoncito de cenizas.

— ¡¿Qué es esto, princesas?! ¡Se me prometió seguridad en vuestro palco, y a cambio casi recibo las puñaladas de un equestriano! ¡¿Qué tenéis que decir en vuestra defensa?!

Time Keeper y Comet Nova, que acababan de subir los escalones, sintieron una amarga bola en sus gargantas. Habían detenido a Helter Skelter, pero había conseguido atacar al ministro.

Las princesas miraron al ministro a los ojos mientras sus cerebros trabajaban frenéticamente en busca de una respuesta que lo calmara. Cuando Swébende Gagel estaba convencido de que iban a ordenar a sus guardias que lo arrestaran por semejante falta de respeto a la realeza, Celestia bajó los ojos y respondió en tono humilde:

— Os ofrecemos nuestras más sinceras disculpas, Excelencia. Lamentamos mucho este desgraciado incidente, y tenéis nuestra palabra de que pondremos todo nuestro empeño en que no vuelva a suceder. Os ruego que sepáis perdonar nuestra torpeza.

La palmada que Swbende Gagel se dio en la frente se escuchó hasta en el palco del que venían.

— ¡¿Torpeza?! ¡Torpeza es dejar caer una copa de vino en mi traje y mancharlo! ¡Torpeza es olvidar cocinar el ugali para nuestra llegada! ¡No permitir que este loco casi consiga asesinarme!

La princesa Celestia hizo un gesto para tratar de aplacarlo, y Luna lo intentó con las palabras. Su hermana miró con odio puro a Helter Skelter, y después a sus agentes con facciones suavizadas y gesto satisfecho. Pero su rostro se endureció de repente.

— ¿Dónde están mis guardias?

Los agentes del Ministerio se miraron entre sí con preocupación. El ministro, extrañado, volvió los ojos hacia Luna, que compartía la gravedad y la angustia de su hermana.

— Alteza, no había nadie cuando nosotros llegamos. Solo este —dijo Time Keeper.

La princesa asintió, y con un pase de su cuerno liberó a Helter Skelter de sus ataduras mágicas. El asesino sacudió la cabeza, desorientado, y en cuanto se vio frente e frente con la princesa Celestia puso una expresión desafiante.

— ¿Dónde están mis guardias? —volvió a preguntarle.

— ¡No lo sé! ¡No había ningún guardia cuando llegué! —Trató de lanzar su puñal de porcelana contra el ministro zebrabués, pero las princesas reaccionario rápido y con su magia imposibilitaron cualquier movimiento de su pata—. ¡Soltadme! ¡Tengo que desatar el Helter Skelter!

— ¡¿El Helter Skelter?! —rugió la cebra, y se acercó a grandes pasos hasta donde estaba el asesino—. ¡¿Teníais preparada una operación para asesinarme?! —Helter Skelter le miró con desprecio sin separar los labios un solo milímetro—. ¡Responde, gusano!

Pero Helter Skelter continuó en la misma postura de antes, obstinado en no dirigir ni una sola palabra y no humillarse ante aquel equino al que consideraba inferior. Tras unos instantes, el ministro zebrabués se dio la vuelta. Dirigió su rostro sombrío a las princesas, asintió una sola vez y murmuró una sola palabra:

— Entiendo.

El corazón de Time Keeper se detuvo entre dos latidos.

— Excelencia, comprendo que se sienta agredido y confundido, pero podemos asegurarle que esta acción terrorista no tiene conexión alguna con la Corona de Equestria.

Las facciones de la princesa Celestia estaban tensas, pero tanto ellas como su tono de voz estaban controladas al milímetro para conseguir una apariencia diplomática. Luna avanzó un paso y se colocó a su lado.

— Nos, así como nuestra hermana, os prometemos que este desgraciado incidente ha de ser investigado hasta encontrar a todos los culpables. E una vez obren estos en nuestro poder, recibirán público castigo y ejecución en Canterlot que ejemplarice y aleccione a nuestros súbditos.

Pero el rostro de la cebra no había mudado ni un ápice. Todas las piezas encajaban muy bien en su mente. El apoyo equestriano a la antigua familia real. Que los guardias desaparecieran justo antes de que él saliera del palco. El asesino apostado en su puerta, esperando el momento justo para degollarlo en cuanto pusiera un pie en el pasillo.

— ¿Terrorista? —dijo Helter Skelter, y soltó una carcajada—. ¿Me llamáis terrorista…?

— ¡Cállate! —bramó Time Keeper, y le cerró la boca con magia.

En el más absoluto de los silencios, el ministro de Zebrabue levantó una pata y dio un paso en dirección a la salida. Las sombras cruzaban su rostro, y negros nubarrones sobrevolaban su mente. Ninguna de las dos princesas perdió ni siquiera un instante en colocarse a su altura con movimientos rápidos y urgentes.

— Excelencia, os ruego lo penséis con frialdad. Relajaos y deleitaos con el partido y después trataremos este feo asunto en el Palacio Real como equinos civilizados que somos.

— Nos responderemos personalmente de vuestra seguridad. Nadie habrá la osadía de atacaros en nuestra presencia. Habrán de pasar sobre nuestros cadáveres antes de tocar un solo pelo de vuestra crin.

Un pequeña sonrisa apareció en el rostro de la cebra. Sí, no estaría mal ver cómo aplastaban a esos equestrianos sobre el campo de juego antes de hacerlo en el campo de batalla. Para alivio y alegría de los ponis, detuvo su camino y volvió a entrar en el palco, seguido por las princesas.

Cuando las puertas de caoba se cerraron, el pesar se abatió sobre los agentes del Ministerio.

Habían detenido a Helter Skelter, ¿pero para qué? Había logrado atacar al ministro, y sus retorcidos planes estaban a apenas un paso de convertirse en realidad.

El pecho de Helter Skelter empezó a dar pequeñas sacudidas a intervalos irregulares. El conjuro de Time Keeper le impedía abrir la boca, pero su expresión y sus movimientos no dejaban lugar a dudas. Era una risa de victoria. Helter Skelter se reía.

— ¡Traidor hideputa! —tronó Swébende Gagel. Desenvainó su espada y fue directo a por el asesino, deseoso de abrirle la garganta a aquella escoria.

— Quieto —le ordenó Comet Nova. El pegaso emitió un exasperado bufido gutural, pero obedeció la orden de su superiora—. Ya has oído a Luna. Tiene que llegar entero a una ejecución pública.

Mascullando juramentos tan fuertes que habrían hecho sentirse incómodo al más rudo de los marineros, Swébende Gagel envainó su espada. Miró a Helter Skelter, que seguía riéndose, con furia, y le espetó con rabia:

— Estaré en tu ejecución. Te veré morir, y mientras la vida te abandona, mis ojos serán testigos de cómo pagas con tu sangre la imborrable ofensa que fecho has a las tus princesas.

Comet Nova negó con la cabeza, y golpeó al asesino con el mismo hechizo que había usado Dawn Star algunos minutos antes. Después, volvió a iluminar su cuerno con un hechizo de rastreo. La Viajera no podía haber desaparecido así como así.

Pocos segundos después, la unicornio torció el gesto.

— Se ha ido —anunció—. Se teletransportó a las puertas del Palacio, y ha huido desde allí. —Suspiró y negó con la cabeza—. Debería estar cerca, pero tratándose de ella podría estar en cualquier parte.

Time Keeper cerró los ojos y se tomó unos segundos para reflexionar mientras Swébende Gagel maldecía su suerte. Habían capturado a Helter Skelter, pero estaba a punto de ganar. Y para mayor humillación, aquella unicornio traidora le había quitado el premio de la venganza en sus narices. Maldita fuera mil veces aquella noche aciaga.

— Daremos aviso a la guardia de la ciudad. Nos inventaremos cualquier delito grave. El ministro no pude saber que hay una tercera conspiradora libre.

Aun a sabiendas de que seguramente sería inútil, Comet Nova asintió. Time Keeper cargó su magia para elevar a Helter Skelter en el aire con su cuerno, y lo hizo flotar a un metro por delante de él.

— Volvemos al ministerio. Esperaremos noticias allí.


En recuerdo de las víctimas de la Familia.

En la vida real, Charles Manson, la inspiración de Helter Skelter, murió el pasado 19 de noviembre, 20 en España.

"Wauaji", el grito del ministro de Zebrabue, significa "asesinos", según el traductor de Google de swahili.

A poco más de 24 horas de 2018, Feliz Año Nuevo a todos mis lectores, y espero que el 2018 sea tan bueno para esta historia como lo fue 2017.