Dawn Star había vivido varias esperas angustiosas en su vida. A los seis años había pasado una hora sentada en el pasillo de la Academia de Celestia para Unicornios Dotados, temblando como un flan mientras esperaba saber si la admitirían o no. A los ocho años, una fría y lluviosa tarde de invierno la había visto hecha un mar de lágrimas en los juzgados de Vanhoofer, con el corazón roto y forzada a decidir con cuál de sus padres conviviría tras su divorcio. Creía que aquella había sido la peor experiencia de su vida, hasta aquella tarde en la Academia, cuatro años atrás, una hora encerrada en su habitación a la espera del juicio de Celestia, sabiéndose prácticamente condenada.

Y sin embargo, todas aquellas esperas palidecían en comparación con la que estaba viviendo.

Sentada sobre el suelo, acurrucada en una esquina del despacho de Time Keeper, los segundos se alargaban hasta convertirse en horas, los minutos en días y las horas en meses. Su corazón latía a mil por hora, con tanta fuerza que sus latidos parecían los cañonazos que tanto temía oír sobre Equestria. Su cerebro, cercado por negros pensamientos, no dejaba de atormentarla con imágenes de una Equestria en guerra, destruida por la desconocida magia de las cebras. Y todo habría sido por su culpa. Por no llegar antes a detener a aquel maldito alucinado.

A su alrededor, todo eran expresiones de angustia e incertidumbre. Incluso Swébende Gagel estaba sentado en el suelo con expresión furiosa, mascullando insultos y apretando el pomo de su espada hasta que la ranilla de la pezuña se le puso blanca. No porque le preocupara que Equestria entrara en guerra. Equestria no era su país, y si se metían en una semejante no era su problema. No, lo que le preocupaba era el deshonor que caería sobre él si Helter Skelter les ganaba la partida.

Incluso Time Keeper permanecía tumbado sobre el respaldo de su sofá, con los ojos fijos en el techo y la mirada perdida en el infinito. Por su cabeza pasaban toda clase de planes descabellados sobre qué hacer si las princesas no conseguían convencer a la cebra de que no entrara en guerra con Equestria. Pero apenas se detenía en ellos. ¿Podía justificar aquella intervención? ¿De verdad iba a traicionar así aquello por lo que había trabajado durante cuarenta años? ¿Y por qué sí quería evitar aquella, pero no movía un casco por impedir guerras peores?

Śĭę šï. Tranquila —susurró Nąȋenähz en el oído de Dawn Star, y colocó sus alas alrededor del cuerpo de la unicornio. Ella levantó la cabeza, y enseguida se aferró con fuerza al pecho de la thestral, empapándolo con sus lágrimas—. Princesas son buenas diplomacias. Todo saldrá bien. Wǫşëa wëšrĭȋa xȕratŏ.

Nunca supo si por sus palabras o por su contacto, pero Dawn Star se calmó. Sus lágrimas disminuyeron hasta secarse, y su respiración agitada volvió a un ritmo normal.

Nąȋenähz sonrió antes de pasarle el casco por la crin, y se dio la vuelta para mirar al reloj de pared del ministro. Negó con la cabeza y sus labios formaron una maldición thestral.

Tres horas. Llevaban casi tres horas en aquel despacho esperando noticias sobre el destino de Equestria. Pero ¿cuánto tiempo necesitaban las princesas para convencer al ministro? Empezaba a pensar que iban a pasar allí toda la noche.

Exasperado, Time Keeper empujó su sillón hacia atrás con la espalda, dispuesto a levantarse, pero un vórtice de humo gris que flotaba en el aire lo frenó en seco. Con los ojos como platos y la boca muy abierta, siguió su trayectoria descendente con la mirada; y cuando sus vórtices verdes se posaron sobre la superficie de su escritorio, se abalanzó sobre ella incluso antes de que un estallido mágico convirtiera el humo en un pergamino.

Allí estaba. La esperada respuesta de Celestia.

Los cascos le temblaban mientras retiraba la cinta roja con el sello real que lo envolvía, y su corazón latía como un bombo mientras lo desenrollaba. A punto estuvo en dos ocasiones de rasgarlo por la mitad, pero finalmente el pergamino descansó sobre el negro ébano, desenrollado y con sus letras finamente trazadas con tinta púrpura apuntando hacia arriba.

Los cuatro agentes se agolpaban alrededor de la mesa, expectantes. Nąȋenähz pasó un casco alrededor de la espalda de Dawn Star, que temblaba como si una ventisca rugiera a su alrededor. Con el corazón en un casco, Time Keeper leyó rápidamente el escueto mensaje de las princesas, y anunció con voz débil:

— No habrá guerra.

Como si las palabras nunca hubieran llegado a sus oídos, ninguno de los agentes reaccionó.

— No habrá guerra con Zebrabue —repitió Time Keeper.

Y la alegría se desbordó en el ministerio.

Dawn Star se puso a dos patas y abrazó a Nąȋenähz con tanta fuerza que casi le cortó la respiración. Swébende Gagel soltó un fuerte bramido de victoria desde lo más hondo de sus pulmones (igualito que Coltaldo, aseguraría después Time Keeper). Y Comet Nova cerró los ojos y puso la sonrisa más amplia que se había permitido en años.

Estaban a salvo. Todos sus seres queridos estaban a salvo.

— Pero habrá ejecuciones.

La alegría de Dawn Star se evaporó de golpe.

— ¿Eje… ejecuciones?

Apenas se atrevía a pronunciar la palabra.

— Lo siento de veras, señorita Dawn Star, pero no hay otro remedio —murmuró Time Keeper, sin atreverse a mirar a los ojos—. La costumbre y las leyes zebrabuesas establece que cualquiera puede disponer libremente de la vida de quien intente asesinarlo. Y el ministro ha exigido cumplirla.

— Pero… Pero entonces…

— Sí. Los ejecutará él mismo.

Como si le hubieran cortado los nervios que las gobernaban, las patas traseras de Dawn Star fallaron, y su dueña cayó al suelo sobre sus cuartos traseros. Sus ojos se humedecieron, y su pecho se contrajo hasta formar un agudo sollozo.

— Non por él os lamentéis —le dijo Swébende Gagel—. Era un traidor, e sobre sí trajo la su muerte cuando pactó con aquesa infame yegua e aquese miserable asesino. Guardad los vuestros plantos para poni que ciertamente merecedor sea dellos.

— Muy cierto, Swébende. Señorita Dawn Star, no se culpe por su muerte. Si usted no hubiera detenido a Imperial Topaz, otro lo hubiera hecho. Si le espera el patíbulo, la culpa es solo de él y de nadie más.

La unicornio vaciló durante un momento, para finalmente asentir débilmente. Sabía que tenían razón, pero una parte de ella no podía evitar pensar que había dejado huérfana a su mejor amiga.

— ¿Y Twilight Sparkle ha firmado la orden de ejecución? Cuando fue coronada dijo que se negaba a ser responsable de ninguna muerte.

— Pues lo ha hecho —replicó el ministro, y le pasó el documento a su subordinada. La unicornio blanca la leyó con atención, y cuando terminó se la devolvió a Time Keeper—. O eso, o ha encontrado una forma de zafarse.

— No la culparía por firmarla. Entre cargar con dos traidores muertos y miles de vidas perdidas en una guerra, yo también elegiría a los traidores. —Se encogió de hombros y añadió—: Por lo menos no los va a ejecutar en público.

— ¡¿E aqueso es bueno?! ¡Aqueso es grande indignidad! ¡Un traidor ha de ser expuesto entre cadenas en la principal plaza de la urbe, para que dél sean fechos burlas y escarnio por los honrados ciudadanos que hubieron la desgracia de alojarlo entre los suyos! ¡E después es muerto lentamente, con grande tortura e derramamiento de sangre para público ejemplo e enseñanza de que el rey non tolera traidores! ¡¿Ejecutarlos en privado?! —Giró la cabeza a un lado u escupió sobre el suelo—. ¿En qué piensan las vuestras princesas?

— No es cosa suya, señor Gagel. Se lo pedí yo mismo—replicó Time Keeper—. Es mejor no arriesgarse a que nadie pueda reconocer a Helter Skelter. En esta época lleva cincuenta años muerto, pero es posible que alguien lo reconozca si lo matan en público. Tendríamos a decenas de conspiranoicos encima de la ejecución en segundos, y no pienso arriesgarme a que nos descubra alguno de esos pirados. ¿Lo ha entendido?

La única respuesta que obtuvo del pegaso fue un gruñido malhumorado. Comet Nova se colocó a su derecha y cargó un hechizo.

— Ya es hora de volver a casa.

— ¿Podré al menos ver cómo es muerto el traidor?

— No —respondió Time Keeper—. Es privada. Solo autoridades, verdugos y familiares.

Swébende Gagel abrió la boca para maldecir a las princesas, pero antes de que pudiera pronunciar la primera palabra Comet Nova lanzó el hechizo de Starswirl y desapareció con él, rumbo al año 32 antes de la fundación de Equestria. Time Keeper suspiró, aliviado, y miró a las dos yeguas que quedaban en su despacho.

— Pueden marcharse ustedes también. Han hecho un gran trabajo; pueden sentirse orgullosas de ello. — Nąȋenähz se dio la vuelta, pero antes de que Dawn Star se marchara el ministro recordó algo—. Ah, señorita Star, con respecto al examen que debería haber hecho esta tarde, Comet Nova pasará a recogerla pasado mañana a las nueve para que pueda completarlo. ¿Alguna objeción?

La unicornio negó con la cabeza, y siguió a su compañera thestral. Cuando la puerta se hubo cerrado tras ellas, el ministro se dejó caer sobre el respaldo de su silla y dejó escapar el suspiro más largo de su vida.

Un destello azul turquesa brilló a su izquierda, y la voz de Comet Nova dijo:

— Listo, ya está en su época. —Caminó hasta ponerse a la derecha del ministro—. Nos hemos librado por un pelo.

— Cierto. —Dejó pasar unos segundos de silencio antes de inclinar la cabeza hacia la derecha—. Pasado mañana tienes que llevar a Dawn a su examen.

Comet Nova asintió con un movimiento corto y se sentó en el suelo. Los dos ponis permanecieron callados hasta que la unicornio blanca se percató de un detalle que se le había pasado hasta aquel momento.

— ¿Cómo lo sabía?

— No entiendo. ¿A qué te refieres?

— A la Viajera. Ella sabía que el carro de Helter Skelter tenía que pasar por ahí. —Se levantó y miró a Time Keeper con rostro dominado por la preocupación—. ¿De dónde sacó la información? ¿Cómo sabía exactamente dónde y cuándo tenía que estar? —Inspiró profundamente e inquirió en tono grave—: ¿Y si alguien del Ministerio le ha filtrado la información?

Time Keeper reflexionó durante dos segundos antes de negar con la cabeza.

— Cualquiera podría haberlo averiguado. Viene en el libro.

Su respuesta solo sirvió para enervar más a su subordinada.

— ¿Libro? ¿Qué libro? ¿De qué hablas?

— De Helter Skelter. El libro que escribió el fiscal que llevó el caso de Helter Skelter algunos años después del juicio. Lo leí cuando era un adolescente. En las últimas páginas dice dónde y cuándo lo ejecutaron.

El rostro de Comet Nova no reflejaba otra emoción que la estupefacción.

— Pero… De verdad… ¿Cómo… cómo se le ocurre…?

Time Keeper sacudió la cabeza horizontalmente al tiempo que sonreía.

— Porque no nos conoce.


Cuando al fin la luz turquesa del hechizo de Comet Nova se extinguió, Swébende Gagel levantó la cabeza para quedarse mirando en la dirección en la que había estado la unicornio hasta hacía unos instantes. Y lo único que vieron sus ojos fue un límpido cielo celeste hasta el horizonte, sin el más mínimo rastro de nubes, bajo el cual se extendía un tupido bosque de hayas hasta donde abarcaba la vista.

Escupiendo entre dientes las maldiciones más terribles que se le ocurrían contra Time Keeper, Helter Skelter y las princesas de Equestria, el pegaso echó a andar en dirección a su casa. No entendía cómo esas dos mamarrachas eran capaces de negarle su derecho a ver morir a ese traidor. ¡Él había atrapado a uno de ellos! ¡Él era la razón de que hubieran atrapado al otro! ¡Si no hubiera sido por él, estarían en guerra con las cebras!

Pero por lo visto a esas dos no les parecían méritos suficientes como para permitirle gozar contemplando el violento final de sus miserables vidas.

Así, entre insultos y maldiciones, Swébende Gagel recorrió las calles de Cloudsdale en dirección a su hogar. Los ponis con los que se encontraba volvían la vista hacia él, preguntándose qué le habría ocurrido para estar de tan mal humor. Pero a los pocos segundos continuaban con su camino.

Al fin, sus pasos llegaron hasta la puerta de su casa. Swébende Gagel se sentó en el suelo e inspiró profundamente para calmarse. No sería justo que su hijo pagara las culpas de aquellas inútiles. Cuando se notó más tranquilo, se puso en pie y llamó a la puerta.

— ¡Padre! —exclamó la voz de su hijo desde interior de su casa.

La puerta de nubes giró sobre sus bisagras, y el pegaso se encontró con el rostro radiante del potrillo. Estaba sentado sobre el suelo de nubes, y sostenía en sus pequeños cascos una espada cuya hoja estaba manchada de sangre fresca. Sus ojos, rojos como los de su padre, brillaban de emoción y alegría.

Swébende Gagel contempló la hoja de su arma con ojos como platos, y los subió a la cara de Huracán.

— ¡Padre, he muerto un grifo! ¡He muerto al mi primer grifo!

Los ojos de Swébende Gagel pasaron de la espada a la expresión exultante de su hijo, y de nuevo a su arma. Con la mayor sonrisa que sus labios habían formado en varios años, avanzó hacia su hijo, lo sentó sobre su lomo y entró en su casa gritando:

— ¡Buterflége! ¡Non es ya el nuestro fijo un potrillo, mas un caballo que gloria e honor dé a la nuestra familia! ¡Muerto ha un grifo!

— E non ha límites el orgullo que por él siento, esposo mío —respondió la voz de su esposa desde la cocina—. Mas el cuerpo ha de ser sacado del nuestro hogar.

El pegaso entró en la cocina, y alzó las cejas al ver a qué se refería su esposa. El cadáver de un grifo apenas adulto, menudo y delgado, sin garras y con el pico cortado casi a ras de plumas, yacía sobre el suelo de la cocina en un charco de su propia sangre. El líquido vital empapaba el pelaje gris de su barriga, cubriendo los pelos en una fina y viscosa película escarlata; y sus patas delanteras estaban extendidas hacia delante, claramente buscando la ventana abierta.

— Escoria —murmuró Swébende Gagel, y sonrió. Caminó hasta su cabeza y la pisó, y obtuvo un fuerte crujido de su cráneo como respuesta—. Sabía que en momento alguno trataría de volver a la su patria.

Su verdadero nombre era Griswald, pero Swébende Gagel se lo había cambiado por Escoria en el mismo instante en que lo había capturado, pocos meses atrás en la batalla de los Cirros. Tras cortarle las garras, el pico, las plumas de las alas y castrarlo, lo había llevado a su casa como esclavo.

— ¡Cierto es, padre! ¡Sorprendile mientras trataba de escapar! ¡Entonces tomé la vuestra espada e acuchillele por todas partes hasta que fue muerto!

— E mucho me alegro por ti, Huracán —dijo su madre, y se inclinó para secar la sangre con un trapo que acababa de sacar de un aparador—. Mas agora ayuda al tu padre a sacar el su inmundo cadáver de la nuestra casa.

— Vamos, Huracán —la acompañó su padre, y sonrió con maldad—. Démosle a aqueste monstruo la definitiva humillación.

Unos minutos después, padre e hijo se encontraban de nuevo en los límites de Cloudsdale, al borde del último estrato de la ciudad. El pequeño Huracán contemplaba el cuerpo muerto de Escoria, que yacía a apenas unos centímetros del abismo, y Swébende Gagel miraba el hayedo que se extendía bajo la ciudad de nubes. Sí, sería un buen lugar.

— ¿Sabéis, fijo mío? —comenzó Swébende Gagel, y se dio la vuelta—. Grande honor es para aquesa abominable raza ser quemado tras morir e pasar entonces al aire en que toda la su vida son volados.

— ¿Como para nos los pegasos, padre? —preguntó Huracán.

— Sí, fijo mío. Mas entre nos todos reciben incineración, e solo a los más grandes de entre ellos o a los que mueren en batalla está aquese destino reservado. El resto es simplemente enterrado en las oscuras cavernas de las montañas en que viven.

— Mas nos non queremos fazer aqueso, ¿non es cierto, padre? Hemos de darle grande e definitiva humillación.

— Cierto es lo que fablas, Huracán. ¿Sabes? —Sus labios se curvaron hasta convertirse en una torva sonrisa—. Es para los grifos, orgullosos cazadores, la mayor de las ignominias ser devorados por otra criatura.

Otra sonrisa, pero esta vez de júbilo, apareció en el rostro del potrillo al descubrir lo que tramaba su padre. Se acercó al extremo de Cloudsdale, miró hacia abajo y sacudió con fuerza su cabeza.

— ¿E queréis lanzarlo de la nuestra urbe, padre?

— Non —respondió Swébende Gagel. Caminó hasta su hijo y lo abrazó con su ala—. Fijo mío, vos lo moristeis. E vos arrojaréislo de aquesta urbe para que sea devorado por las fieras del bosque.

El corazón del pequeño Huracán se llenó de alegría. Su padre le ya no le trataba de tú, sino de vos. A sus ojos, ya no era un potrillo, sino un caballo por derecho propio.

En menos de un segundo, se había colocado junto al cadáver de Escoria y de espaldas al cielo abierto. Cargó su peso sobre las patas delanteras y encogió las traseras. Reunió todas sus fuerzas, tomó aire y contó hasta tres.

Huracán sintió una mole blanda y pesada moverse bajo la fuerza de sus cascos traseros, y después la blandura de la nube bajo ellos. Se asomó al vacío, y pudo ver un pequeño punto gris extinguirse bajo las copas de los árboles.

— Bien fecho, Huracán —dijo Swébende Gagel con rostro satisfecho, y extendió su ala sobre la espalda de su hijo—. Acompañadme.

— ¿A do he de acompañarvos, padre?

— A celebrarlo.


Nąȋenähz alzó una ceja, y miró con desconfianza el contenido del bol que le había puesto delante Dawn Star. Metió la cuchara en el caldo violeta, la sacó y cómo quedaban colgando del metal las verduras que había en la sopa.

Parecía una de las sopas de sangre que tanto le gustaban, pero estaba segura de que no había ni el más mínimo rastro de sangre en el cuenco.

— Es sopa de remolacha —le explicó Dawn Star, y se comió una cucharada cargada. Desde que cobraba su sueldo de agente del Ministerio había mejorado mucho sus comidas—. Me la enseñó mi padre. La hacía cuando vivía en Vanhoofer.

Sus palabras fueron recibidas con indiferencia por la thestral. Se encogió de hombros, cargó la cuchara de sopa y se la metió en la boca. Estaba buena, pero ni se le acercaba al ŏrthëa gǫrbȅ que preparaba su tía.

La de su tío ni siquiera merecía llamarse ŏrthëa gǫrbȅ.

— Había thestral en estadio.

Dawn Star se tragó la sopa que tenía en la boca antes de responder.

— Es Fayelenaets. El delantero titular del Fillydelphia.

— ¿Fillydelphia? ¿Y por qué estaba en estadio en Canterlot?

— Ayer jugaba la selección equestriana. Cogen los mejores jugadores nacidos en Equestria y hacen un equipo con ellos.

Nąȋenähz asintió en silancio. Cogió una cucharada de sopa y se la metió en la boca.

— ¿Quieres volver a verlo?

La thestral estuvo a punto de ahogarse con la sopa. Se llevó un casco a la garganta y tosió con violencia, esparciendo sobre la mesa el líquido morado y las verduras cocidas. a medio masticar.

— Nayenaets, ¿estás bien? —preguntó Dawn Star con preocupación, y trajo mágicamente una servilleta de la cocina para limpiar la mesa.

Tras toser un par de veces más e inspirar profundamente, su amiga se limitó a asentir.

— ¿Mas... conocéislo?

— No, pero dentro de dos semanas el Fillydelphia juega en casa del Atlético de Canterlot. Si quieres podemos ir al partido e intentar pedirle un autógrafo después.

A pesar de que no sabía lo que era un autógrafo ni si le gustaba el húfbol, Nąȋenähz no dudó en asentir con una gran sonrisa en su rostro. Dawn Star sonrió a su vez, y dijo:

— Decidido. Mañana voy al campo y compro las entradas.

— Yo pago mía —dijo la thestral.

Dawn Star quiso oponerse, pero enseguida recordó la firmeza con que se había opuesto a que le dejara la cama la primera noche. Estaba segura de que era alguna norma cultural de los thestrales, de modo que no se opuso para no ofenderla.

El silencio volvió a cubrir el salón. Las dos yeguas vaciaron sus cuencos en pocos minutos, y se levantaron de la mesa. Dawn Star fue al cuarto de baño a lavarse los dientes, mientras que Nąȋenähz se quedó de pie en el salón. Extendió su ala derecha, miró con atención sus largos y delgados huesos de sus dedos y la agitó un par de veces. Satisfecha, asintió para sí misma y salió en busca de Dawn Star.

— Dawn —le dijo, y la unicornio se volvió hacia ella con la boca llena de pasta de dientes—. Salgo a cazar.

Ella escupió en el lavabo y se enjuagó la boca antes de responder:

— ¿Vas a salir? Pero… ¿Pero ya puedes volar?

— Aqueso quiero saber —contestó Nąȋenähz, y emitió un quedo suspiro—. Non quiero decir que comida tuya sea mala. Es buena, y grande esfuerzo has fecho por mí. Doy ti gracias por dejar mí vivir contigo e alimentarme e ayudarme a vivir en aqueste tiempo.

Tartamudeando, y con un ligero sonrojo en sus mejillas, Dawn le devolvió el agradecimiento por estar a su lado.

— Dawn, diré verdad. Buena es comida que hasme dado, mas soy thestral. Solo como vegetales desde que fui venida, mas a nosotros thȅstotralës uebos nos es comer carne. Necesidad de ella habemos. Comerla, cazarla, aquesa es vida nuestra. Llevámoslo en sangre nuestra.

La unicornio escuchó las palabras de su compañera sin saber muy bien qué hacer, y seguía indecisa cuando terminó de hablar. Tampoco podía negarse si tanta falta le hacía.

— Bueno, pues… Mucha suerte en tu cacería.

Nąȋenähz le respondió con una sonrisa repleta de seguridad, y golpeó el cristal de la ventana dos veces con su casco. Dawn Star lo comprendió al instante, y abrió la ventana con su magia.

A pesar de llevar un mes viviendo con ella, Nąȋenähz todavía seguía sin ser capaz de abrir las ventanas sola.

La thestral se subió de un salto al alféizar, e hizo pasar su esbelto cuerpo sin problemas por la abertura. Se sentó en el alféizar, y sacó la lengua para averiguar la dirección del viento.

Un segundo después, sonrió. Había una corriente ascendente justo debajo de ella.

Con un suspiro de placer por volver a sentir aquella familiar ingravidez, Nąȋenähz se lanzó al vacío y extendió las alas.

Desde su ventana, Dawn Star sonrió al verla planear. La siguió con la mirada, abajo y después arriba, cabalgando sobre las corrientes de aire como una grácil ave. Finalmente, cuando la thestral desapareció por detrás de un edificio en el extremo de la calle, la unicornio se dio la vuelta, dejando la ventana abierta para cuando volviera. Una enorme sonrisa había aparecido en su rostro.

Se la veía tan feliz por poder gozar al final del vuelo. Tan libre…

Ojalá pudiera sentir lo mismo que ella.

Negando con la cabeza, la unicornio volvió al salón. Hizo levitar sus libros y cuadernos hasta la mesa, y suspiró. Tenía un examen dentro de dos días, y mucho que repasar.

Sin embargo, apenas se había sentado a su silla cuando tres golpes secos sonaron en su puerta.

La unicornio volvió la vista hacia la puerta, preocupada. ¿Quién podría ser a aquellas horas?

Los tres golpes se repitieron, más fuertes y con menos espacio entre ellos. Asustada, Dawn Star se levantó de su silla y corrió a abrir la puerta.

Y lo que vio hizo que se le cayera el corazón a los cascos.

Delante de ella estaba Blue Topaz. Sus ojos, antes tan animados, estaban enrojecidos y apagados, y de ellos brotaban anchos rastros húmedos que bajaban hasta caer de su hocico. Su magia, que se encendía y se apagaba erráticamente, apenas eran capaces de sostener un pergamino escrito con letras púrpuras encima de su rostro, y sus facciones estaban rotas en el gesto de mayor dolor e impotencia que Dawn Star había visto jamás.

— Dawn —musitó en un sollozo apenas audible.

Todo el dolor, toda la angustia de su amiga cayeron de golpe sobre el corazón de Dawn Star. Antes de que se diera cuenta, se encontró derramando lágrimas delante de su amiga.

Blue Topaz trató de dar un paso hacia ella, pero las patas le fallaron y cayó al suelo. Alarmada, Dawn Star se lanzó a por ella, y logró sostenerle la cabeza con sus cascos antes de que se la golpeara contra el suelo. Se sentó en el suelo, y apoyó el hocico de su amiga contra su pecho.

El pecho de Blue Topaz se contrajo en un espasmo, y pronto el pelaje de Dawn Star estuvo empapado por las gotas que caían de sus ojos. De los suyos y de los de su amiga.

— Lo van a ejecutar. Van a ejecutarlo.


La taberna de Ælengee Feðer no era más que un pequeño y maloliente caserón construido en unas nubes tan viejas que sus muros ya amarilleaban, y su puerta, la única de madera de todo Cloudsdale, colgaba de una sola bisagra y amenazaba con caerse. Sin embargo, era la más cercana a los cuarteles del ejército de Cloudsdale, y entre su buena localización y su aceptable cerveza lograba contrarrestar sus estrecheces y hedores. De hecho, casi todas las noches solía estar llena de soldados en busca de una bebida, trabajadores que querían olvidar un duro día de trabajo y yeguas sin honra que buscaban en ellos algunas míseras monedas de cobre para poder sustentarse.

Y a pesar de sus parroquianos habituales, era la taberna favorita de Swébende Gagel desde que se había alistado a los dieciséis años.

— Padre, ¿qué es aqueste lugar al que habéisme traído? —preguntó el pequeño Huracán, observando con recelo los viejos muros y la desvencijada puerta de madera. Inspiró, y arrugó la nariz al sentir la pestilencia del interior—. Huele como si guardaren dentro los corazones e los sesos podridos de mil grifos.

— Cierto es, fijo mío —rio Swébende Gagel, y se agachó para que su hijo pudiera montarse en su espalda—. Acostumbraos. Viciado es el aire, mas bueno el ambiente.

El guerrero pegaso se dio la vuelta, y coceó la puerta con todas sus fuerzas. La vieja madera colisionó contra el muro de nubes con un estampido seco, y la escasa clientela que bebía en aquel momento giró la cabeza, buscando al culpable del estampido.

— ¡Escuchadme! —gritó Swébende Gagel, y entró en la taberna con Huracán montado en su espalda—. ¡Grande e magnífica nueva he! ¡El mi fijo non es ya un potro, sino un caballo! ¡Muerte ha dado hoy al su primer grifo!

Los ojos de los pegasos se posaron en Huracán, y el potrillo se encogió, intimidado.

Y la taberna estalló en un estruendoso coro de gritos y aclamaciones. En un abrir y cerrar de ojos el joven potrillo se encontró rodeado de soldados de Cloudsdale, ataviados con su armadura, que le frotaban la crin y le palmeaban la espalda entre enhorabuenas y felicitaciones. Abrumado por las alabanzas, sus ojos miraron a todas partes pidiendo ayuda, hasta que al fin se encontraron con los ojos azul cielo del posadero.

Dos golpes de su casco contra la barra fueron todo lo que hizo falta para que la bandada se dispersara y el silencio volviera a reinar.

— ¡Callad! —Miró a Huracán, y palmeó el mostrador para indicarle que se sentara sobre él. El potrillo obedeció, y posó sus cuartos traseros sobre el fino y delgado cirro—. ¡Decid, Swébende! ¿Trató de huir el vuestro esclavo?

— Tal como decís. Vio que fallábame fuera, e pensó que buen momento sería para escapar. —Reunió saliva y la escupió—. Escoria… Salvéle la vida, dile de la nuestra comida, e aquese pago nos da. Mas el mi fijo —el orgullo impregnaba su voz— descubriole antes de que su plan cumplir pudiera, e diole muerte.

Los pegasos alzaron sus jarras y jalearon de nuevo al potrillo, pero dos nuevos golpes de casco los callaron.

— ¡Callad de una vez! —Giró la cabeza hacia Huracán, y parte de su encanecida crin negra cayó sobre su rostro, al que cubría un pelaje anaranjado como el cielo del atardecer. Sus grandes alas se abrieron, y una mal cuidada pluma de su ala derecha apuntó al joven pegaso—. Él es el matador del grifo. Dejad que cuente la su estoria.

Huracán tragó saliva. Miró a su expectante audiencia, y un sudor frío descendió por su frente. Eran guerreros experimentados, y él solo acababa de cumplir los once años. ¿Qué interés podría tener su relato para soldados que podían contar sus muertes por decenas?

— Fabla, pequeño —le dijo el tabernero en tono afable—. Non cuideste dellos, pues ninguno osará fazer chanza de ti.

Huracán le agradeció sus palabras con una pequeña sonrisa. Todavía estaba nervioso, pero el viejo pegaso había conseguido darle la suficiente confianza como para que se dirigiera a los ponis.

— Madre limpiaba los sus aposentos, e pidiome que diérale la bayeta que en la cocina había olvidado. Entré en ella, e entonces vilo. Escoria trataba de huir de la nuestra casa, aprovechando sines dubda que el mi padre no era presente. —Sonrió ampliamente—. Corrí al aposento del mi padre, tomé el espada que déjame siempre que ha de salir, e acuchillé a Escoria. —Su pata delantera derecha se había contraído como si agarrara un objeto invisible, y la lanzó varias veces hacia delante, como si atacara a un enemigo invisible—. Acuchilléle e acuchilléle. Acuchilléle por todas partes mientras gritaba en la su lengua e la sangre el su cuerpo abandonaba, mas non cejé fasta que seguro fui de que muerto era.

El silencio más absoluto fueron la respuesta que obtuvo su historia. Sus orejas descendieron hasta tocar su cabeza. Lo sabía. Sabía que era ridículo comparado con ellos.

Y de repente, el atronador estruendo de los aplasos llegó a sus oídos.

— Para vos, chico —le dijo Ælengee Feðer, y le pasó un vaso lleno de un líquido dorado—. Para que siempre hayáis agradable recuerdo del día en que tornástete en glorioso matador de grifos.

El potrillo lo examinó durante unos segundos, y lo olisqueó con curiosidad. Nunca había visto ni olido nada semejante.

— Es hidromiel. Bebida de los unicornios. Difícil de fallar incluso entre los suyos, mas es enorme delicia.

Una exclamación de sorpresa, que una mirada de Ælengee Feðer pronto cortó de raíz, recorrió la taberna. El hidromiel era la bebida más codiciada de Cloudsdale, la que todos ansiaban probar, pero ninguno tenía la oportunidad por su alto precio, ¿y a aquel potrillo le daban un vaso gratis?

Huracán miró el vaso con aprensión, pero hizo acopio de confianza y le dio un buen trago. Notó en primer lugar el sabor dulce de la bebida. Era una dulzura sutil, no como la de la miel, pero suficiente como para decidir que le gustaba. Sonrió, y la tragó.

Y el alcohol hizo arder su garganta.

Huracán se llevó un casco al cuello, y tosió con tanta fuerza que por un momento temió echar los pulmones por la boca. Apartó el vaso de su cuerpo y lo miró con incredulidad. ¿De verdad esto les gustaba a los caballos?

— Acostumbraráste —lee reconfortó el viejo tebernero—. ¿Sabes algo? A todos aconteciole lo mismo la primera vez que cataron los licores unicornios.

El potro sonrió, y dio un nuevo trago de su bebida. Tras otro acceso de tos, aunque no tan fuerte, Swébende Gagel se acercó a él.

— Venid. Sentaos cabe nos.

Vaso en casco y caminando sobre tres patas, Huracán obedeció, y posó sus cuartos traseros sobre un pequeño taburete al lado del de su padre. En cuanto estuvo sentado, los demás pegasos se levantaron, brindaron ruidosamente con sus bebidas y abrieron la boca para cantar:

— ¡A la ciudad de nubes vinimos al nacer; prestamos juramento, a Cloudsdale defender; morir los enemigos, la su sangre verter; e si uebos nos fuere por ella perecer!

De hallarse en un festival de música, su canción no hubiera tenido una gran acogida. Es más, probablemente hubieran recibido una buena ración de tomatazos. Pero el sonido de sus voces rudas y desafinadas, impregnadas del fanatizado patriotismo y amor por su ciudad que sentían en sus corazones, cautivó al joven pegaso. Apuró su bebida de un trago, posó el vaso sobre la mesa con un sonoro golpe y unió su voz al improvisado coro tan pronto como repitieron la letra.

El tiempo pasó rápidamente entre anécdotas militares y enhorabuenas al nuevo caballo de Cloudsdale, y pornto Swébende Gagel descubrió que ya no quedaba bebida en su jarra. Lanzó una mirada de orgullo a su hijo, y caminó hasta la barra.

— Ponedme una jarra de cerveza, Ælengee. —El tabernero tomó la jarra en su ala, se agachó tras la barra y se la devolvió al soldado, llena hasta el borde del líquido dorado—. Apuntádmela. Os la he de pagar tan pronto como recibamos del rey soldada.

Ælengee Feðer emitió un suspiro descontento, pero hizo lo que le decía Swébende Gagel y escribió su deuda a regañadientes en el registro. Enemigo jurado del fiar, (un cartel tras el mostrador anunciaba que solo lo hacía con los veteranos de la campaña contra Platino II, acaecida hacía más de dos siglos), contradecir aquella jocosa frase le sentaba como una patada en el estómago. Pero lo hacía porque sabía que Swébende Gagel siempre cumplía la palabra dada, así tuviera que morir. Él y un par de sargentos eran las únicas excepciones que se permitía.

Swébende Gagel sonrió, y dio un largo trago a su jarra. Buena bebida, estar con sus camaradas y celebrar que su hijo se había hecho mayor. Incluso podía olvidar por unas horas la humillación que aquellas princesas de pacotilla le habían infligido. A fin de cuentas, un hijo solo se hacía mayor una vez, y aquel día era el más maravilloso para un padre.

— Grande regocijo vislumbro en vos, Swébende Gagel.

La cerveza se agrió en la boca del pegaso al tiempo que una bola de rabia y bilis subía por su garganta. Tuvo que hacer grandes esfuerzos por tragarla y no escupirla.

Se lo merecía por tentar a la suerte.

— Día grande es para mí e para el mi potro Huracán. Non molestesnos y márchate de aquí —le advirtió, sin ni siquiera girar la cabeza para mirarla.

— ¿Non vais a preguntarme por cuál razón soy aquí venida?

— ¿Tú? ¿A aquesta taberna? —Swébende Gagel soltó una carcajada burlona, y señaló a una yegua joven que trataba de seducir a uno de los soldados—. ¿Acaso ha pegaso alguno dubda?

— Traigo mensaje del rey para vos —le dijo, ignorando por completo su insulto.

Swébende Gagel entornó los ojos, y emitió un gruñido inarticulado al tiempo que negaba con la cabeza. Debía elogiar la inteligencia del rey, usando de mensajeros a pegasos sin honra de los que nadie pudiera sospechar que tratasen con el monarca. Lo único que lamentaba era que le mandara a aquella.

— Dice que ha oído grandes cosas de vos, e que llenáisle de orgullo e satisfacción.

Con una gran sonrisa en su rostro, el soldado levantó su jarra y la apuró de un solo trago. Había tenido muchas dudas al principio, pero al fin su dedicación al rey en aquel extraño ministerio había dado sus frutos.

— Non sé por qué, mas tampoco es del mi interés. —Volvió la cabeza, y sonrió al ver al pequeño Huracán a hombros de uno de los pegasos y al resto brindando por él—. Marcho ya. He pacientes que atender. Colean aún feridas de la batalla.

Sí, márchate. Márchate y desaparece de la mi vida, pensó Swébende Gagel. Pero no abrió la boca. No pensaba dedicarle ni una palabra.

Cuando la pegaso se fue, Swébende Gagel estampó los cascos sobre la barra y soltó el bufido más exasperado de su vida.

¿Por qué siempre tenía que soportar a Fictere Heorte? ¿Qué había hecho para merecer semejante castigo?

Pidió otra cerveza a Ælengee Feðer, y volvió a la mesa con su hijo.

No iba a dejar que aquella zorra le amargara la noche.


— Topaz… Siéntate —dijo Dawn Star, y señaló el sofá con su casco.

Su amiga asintió milimétricamente. Caminó arrastrando los cascos, y se dejó caer sobre el cojín. Sus ojos húmedos y enrojecidos apenas se movían, y su mirada estaba perdida en el infinito.

Dawn Star tragó saliva, tratando de deshacerse de la culpabilidad que sentía. Le dolía en lo más profundo de su ser ver así a su amiga. Y lo peor era que ella tenía la culpa de todo.

— Topaz, yo… —murmuró, sentándose a su lado, pero se calló. No sabía qué decir para consolarla.

El silencio cayó sobre el salón, hasta que la unicornio azul lo rompió diciendo:

— Decían… decían que era por uzá magia prohibida. —Se volvió hacia su amiga—. ¿Qué ha hecho? ¿Qué hechizo ha uzao pa merecé que lo ejecuten?

Dwn Star se tapó la cara con los cascos.

— No… no puedo decirlo. Me obligaron a firmar un contrato de confidencialidad.

Su amiga inspiró largamente y echó la cabeza hacia atrás, hasta que su crin hizo contacto con el respaldo del asiento.

— Y por ezo… ¿Por ezo no le dijihte ná a nadie de que ahora trabajah de agente zecreta?

Un ligero cabeceo de su amiga fue toda la respuesta que obtuvo.

— Podríamos llamarlo así.

Una minúscula sonrisa, la primera desde que había entrado en la tienda de bañadores, asomó al rostro de Blue Topaz, aunque solo duró una milésima de segundo.

— Me alegro por ti. Zabía que podíah conseguí un buen trabajo.

La vista de Dawn Star se nubló, y se arrojó al pecho de su amiga. No podía soportarlo más.

— Es culpa mía. Todo es culpa mía. Si no lo hubiéramos detenido no estaría en el corredor de la muerte.

Entre sollozos, se encogió y apretó los dientes, esperando una paliza o al menos un golpe. Pero, para su sorpresa, la pezuña izquierda de su amiga recorrió suavemente su crin. La derecha se posó sobre su boca, y empujó hacia atrás con delicadeza la cabeza de Dawn Star hasta que ambas yeguas volvieron a estar frente a frente.

— No é culpa tuya, Dawn. Zi tú… zi tú no lo hubierah hecho, otro habría venío a por mi padre. —Su pecho dio una fuerte sacudida, y preguntó con voz rota—: Pero ¿por qué? ¿Qué ha hecho para que lah princezah quieran matarlo?

Su amiga evitó su rostro, mirando en su lugar a otras partes de su salón. No podía hacerlo. No podía romper el contrato de confidencialidad. Por fin su vida comenzaba a remontar. No podía arriesgarse a acabar en la cárcel y tirar cuatro años de esfuerzos y sacrificios a la basura.

Pero al captar de refilón la ansiedad, el sufrimiento, la incertidumbre que teñían las facciones de su amiga, descubrió que no podía negárselo.

Ella solo era una víctima más. Una víctima de los planes de la Viajera y la desesperación de su padre.

No se merecía vivir el esto de su vida con aquella terrible duda.

— Topaz, tu padre… —Se detuvo unos segundos, tratando de encontrar las palabras que sonaran menos fantasiosas—. Topaz… Sé… sé que suena ridículo, pero… Tu padre quería hacer que entráramos en guerra con Zebrabue.

Un bufido y una sonrisa nerviosa de incredulidad fue la respuesta que ontuvo de su amiga. La conversación que había tenido con su padre apenas un mes antes, en la que le confió que solo una guerra podría salvar la fábrica, volvió a su cerebro, pero enseguida la rechazó. Conocía bien a su padre.

— Dawn… No puede zé. Conohco a mi padre, y él nunca haría algo azí zolo para zalvá el negocio.

— No quería salvar su fábrica —replicó Dawn Star en un murmullo.

— ¿Qué?

El rostro de Blue Topaz se había quedado congelado en una expresión de absoluta perplejidad. No entendía absolutamente nada. Si no quería salvar la fábrica, ¿por qué había hecho todo aquello?

— Quería salvarte de sus deudas. Quería salvarte de sus errores. —Levantó la vista hasta quedar mirando a los ojos de su amiga—. Quería salvarte a ti.

El labio inferior de la yegua azul empezó a temblar. Sus ojos se humedecieron, y, con el corazón contraído en una diminuta mota dolorosa, se lanzó sobre el pecho de su amiga.

— ¿Por qué? —sollozó, restregando sus lágrimas contra el pelaje de Dawn Star—. ¿Por qué lo ha hecho? Yo… Yo podía…

Un acceso de hipo cortó de raíz sus palabras. Dawn Star alargó una pata y la colocó alrededor de la cabeza de su amiga. Ojalá supiera cómo consolarla.

— ¿Dawn…? —susurró la unicornio azul al cabo de unos minutos.

— ¿Qué?

— Voy a ir a la ejecución.

La cara de Dawn Star era un poema.

— Pero ¿por qué? Solo… Solo vas a conseguir…

— Tengo que hacerlo. —La decisión y la seriedad de sus palabras era tan grande como su tristeza—. Tengo que ver a mi padre por última vez. —Sollozó, y una lágrima asomó a su ojo—. Tengo… tengo que decirle tantas cosas…

Su amiga reprimió un sollozo, y la abrazó. Tenía razón. Necesitaba hacerlo.

— Topaz, necesitas dormir. Ven a mi cuarto. Te dejo mi cama.

La unicornio azul no dio ninguna respuesta, pero a Dawn Star no le importó. Bajó al suelo y caminó hacia su habitación.

Al cabo de unos segundos, Blue Topaz la siguió.


La alegría se desbordaba en el pecho de Nąȋenähz mientras el aire se deslizaba bajo sus alas huesudas. Inclinó su cuerpo hacia la izquierda para evitar un balcón, y aprovechó una corriente de aire más cálido para elevarse sobre los edificios. Hasta romperse el ala no se había dado cuenta de lo importante que era volar para ella, ni de lo mucho que lo echaba de menos.

Soltó un largo chillido ultrasónico de júbilo, y fijó su mirada en el suelo, evitando las luces mágicas de las farolas tanto como le era posible, en busca de alguna presa que cazar. Habían pasado mil seiscientos años desde su última cacería, pero estaba segura de que seguiría habiendo animales callejeros como en la Fillydelphia de su época.

La thestral sobrevoló un callejón oscuro, cerca del límite con Fillecas, muy parecido a aquel en que se encontraba la entrada del Ministerio, y sonrió. Había un perro de tamaño mediano subido a un cubo de basura y comiendo los restos que encontraba en su interior.

No era un venado ni un conejo, pero no era mala presa para estrenarse después de un mes en blanco.

Inclinó su cuerpo hacia la derecha, y enseguida se encontró bajando hacia la calle colindante. Miró hacia el suelo, y al no ver a nadie cerca eligió la boca del callejón como punto de aterrizaje. Planeó con cuidado, dando vueltas en círculo alrededor de su objetivo, y cuando estaba a apenas un metro del suelo levantó la cabeza.

La luz de las farolas cayó sobre sus ojos, abrasando sus sensibles retinas y cegándola en un doloroso estallido naranja. Todo su cuerpo se sacudió instintivamente para tratar de escapar de la luz, pero lo único que consiguió fue desestabilizarse en pleno vuelo y caer sobre la acera.

Su primera reacción, todavía privada de la vista, fue levantarse y pasar un casco sobre su cuerpo para comprobar si se había hecho daño, especialmente en sus alas. Por suerte para ella, había caído sobre su vientre, lo que había evitado lesiones serias.

Masculló una maldición en su idioma, y volvió la vista hacia el callejón, aunque no sabía muy bien para qué. Su presa había escapado. No podía ser tan estúpida como para seguir allí con una predadora cerca.

Y enseguida se tuvo que tragar sus pensamientos.

El perro seguía apoyado sobre el borde, comiendo la basura del cubo. Vio sus costillas marcadas en su pecho, y lo comprendió. Tenía que estar verdaderamente hambriento para jugarse la vida de aquel modo.

Lo cual había sido una muy mala decisión.

Tratando de hacer el menos ruido posible, Nąȋenähz penetró en el callejón, conteniendo la respiración para no alertar de ese modo a su presa. Dando pasos cortos y lentos, consiguió colocarse a apenas un metro de su presa.

La thestral sonrió. La anticipación. La adrenalina. La sensación de poder. Las emociones de la caza, que tantas veces había sentido, volvían a circular por su cuerpo.

Cómo las había echado de menos.

Echó su cuerpo hacia atrás, flexionando sus patas traseras, y saltó sobre su presa. Sus cascos impactaron sobre su piel, uno en su cabeza y uno en su espalda, y apretó con fuerza hacia abajo.

Un lastimero aullido, rápidamente silenciado por un borboteo, resonó por el callejón. Nąȋenähz levantó al perro, y lo arrojó sobre el suelo. Torrentes de sangre caliente y viscosa brotaban de un largo y profundo corte en su garganta.

La fuerza de la thestral había convertido al borde del cubo en una afilada cuchilla.

La thestral asintió, y esperó a que su presa expirara para comenzar a desollarla. Usando sus afilados colmillos, hizo un largo corte desde el abdomen hasta el esternón, al que siguieron cuatro cortes circulares alrededor de los tobillos. Después, trazó cautelosamente una amplia línea alrededor del ano y los genitales, y lo miró con satisfacción. Ya estaba casi hecho.

Introdujo sus cascos por debajo de la piel, y tiró de ella con fuerza. Una miríada de gotitas escarlata surcaban el aire a medida que la piel se retiraba del cuerpo del can, y muy pronto la acera y su pelaje estuvieron teñidas con su escandaloso color. Nąȋenähz se miró, y sonrió.

Iba a necesitar darse una ducha al volver a casa para no espantar a su amiga con tanta sangre.

Sostuvo el cadáver desollado en el aire, con la cabeza apuntando hacia el suelo, y dejó que su sangre se vertiera sobre el suelo, creando un viscoso charco escarlata que lamía sus pezuñas, tiñéndolas con su color. El aire a su alrededor olía a hierro, un aroma que Nąȋenähz aspiró con delectación.

Era el olor de la caza.

Cuando la sangre dejó de fluir, la thestral asintió y colocó su presa sobre el suelo, con el vientre apuntando hacia el cielo. Sus afilados colmillos y la fuerza de sus mandíbulas arrancaron la carne justo debajo de su esternón, y le arrancó el corazón con su pezuña.

Corazón e hígado. Ḱȉvë dȋagęrïn. Su privilegio por cobrarse la pieza.

Se llevó la víscera a la boca para darle el primer bocado, pero nada más verlo se detuvo y lo arrojó contra la pared con rostro asqueado.

Estaba infestado de gusanos.

Frustrada y repugnada, decidió dejar el hígado donde estaba en lugar de comérselo crudo como establecían sus costumbres. Mordió a su presa en el cuello, la levantó y emprendió el vuelo. Mientras cabalgaba las corrientes de aire hacia su ventana, su mente se preguntaba dónde podría despiezarlo. Las colonias thestrales contaban con un espacio reservado en el exterior de sus cuevas para aquellos menesteres de la caza, pero no había visto ninguno parecido en la casa de Dawn Star. ¿Y dónde podría cocinarlo?

Todavía andaba resolviendo aquellas dudas cuando al fin aterrizó sobre el alféizar. Dawn Star había cerrado el cristal, de modo que llamó con el casco. Unos segundos después, el cristal se deslizó a la derecha y apareció la cara de su compañera.

— Perdona. Perdona. Se me hab…

Tan pronto como había visto a Nąȋenähz cubierta de sangre y el bulto que sostenía entre sus dientes, sus pupilas se habían reducido a dos diminutos puntitos negros, y la única emoción que no había huido despavorida de su rostro era el asco.

Se metió en el baño, y Nąȋenähz pudo oír cómo algo golpeaba el agua. Sonaba como una cascada de pequeños objetos.

Todavía pálida, Dawn Star salió de baño, y, sin dedicarle una palabra a su amiga, se dirigió a la cocina. A los pocos segundos, volvió con una olla de gran tamaño y se la entregó a la thestral.

— A la calle —le espetó, repugnada—. Despiézalo en la calle. Pero no me metas eso en casa.

Por un momento Nąȋenähz pareció herida, pero enseguida asintió y cogió la olla con sus cascos. Despiezar una presa era un trabajo asqueroso y maloliente, y no podía culpar a su amiga por no querer que lo hiciera en casa. Con sus colmillos, sus cascos y la habilidad y experiencia de muchos años, accedió al recto y el esófago, que anudó para evitar que su contenido estropeara la carne. Después, abrió una larga incisión vertical a lo largo del abdomen. Retiró el peritoneo, y logró al fin acceder a los órganos internos, que introdujo en la olla a excepción del estómago, el esófago y el intestino grueso.

Con sus mandíbulas, arrancó la carne de los huesos, y la colocó sobre las entrañas. Los huesos, junto con las vísceras que había rechazado, fueron arrojados a una papelera cercana.

Miró la carne que tenía en su olla, y sonrió. Ya podía imaginar su sabor y textura. Un hilillo de saliva cayó de su boca, pero enseguida lo limpió.

Teniendo cuidado de no perder su contenido, ascendió hasta el alféizar y colocó sobre él su tesoro. Con cuidado, pasó por encima de ella, a través de la ventana que ahora sí estaba abierta. Sus cascos traseros se posaron sobre el suelo, y alargó los delanteros para coger las asas.

— ¿Nayenaeh?

La thestral se quedó quieta, y se dio la vuelta para quedar mirando a la cama. ¿Aquella voz era la de…?

— ¿Vieneh de cazá? —le preguntó Blue Topaz.

Nąȋenähz la miró con curiosidad, preguntándose qué hacía en casa de Dawn Star y durmiendo en su cama, pero finalmente asintió.

— ¿Qué hah cazao?

— Perro.

Un atisbo de sonrisa danzó en el rostro de Blue Topaz durante una décima de segundo.

— Me alegro.

Nąȋenähz le agradeció sus palabras, y, empujando la olla con sus patas, salió del dormitorio. Justo antes de cerrar la puerta, la unicornio la llamó:

— ¿Nayenaeh?

La thestral se dio la vuelta y se sentó en el suelo, mirando a la unicornio acostada.

— ¿Tú también ereh agente zecreta como Dawn Star?

Todas las alarmas se encendieron de golpe en el cerebro de Nąȋenähz. ¿Dawn… Dawn había traicionado el secreto del Ministerio?

— Tranquila. Solo me dijo que trabajaba para la Corona.

Un suspiro de alivio escapó de sus labios. Asintió con la cabeza y comenzó a girarse para irse, pero Blue Topaz la interrumpió.

— Graciah. Por impedí que mi padre cometiera una locura.

Nąȋenähz sonrió, y cerró con cuidado la puerta del dormitorio.

Con un suspiro, Nąȋenähz caminó hasta el sofá y se sentó en él. El violento borboteo del agua en ebullición llegaba a sus oídos desde la cocina; un sonido que la transportaba de vuelta a su infancia en la colonia hestral de Fillydelphia. Había pasado tantas noches cerca del fuego, junto a su primo, esperando a que la carne que cocía su tía hubiera terminado de cocinarse…

— ¿Qué has dicho a Blue Topaz?

Lentamente, Dawn Star levantó la cabeza del pergamino lleno de hechizos que estaba estudiando. Sus fosas nasales estaban cubiertas por un hechizo para eliminar el olor a carne.

— Solo… Solo que trabajo para la Corona. Y que no podía revelar nada más. Solo eso. Yo… No podía negarlo.

Nąȋenähz dudó un instante, pero al final sacudió verticalmente la cabeza. No solo coincidía con lo que le había dicho Blue Topaz, sino que también tenía razón. Después de lo ocurrido en el centro comercial, ya no podía mentir sobre su trabajo.

Soltó un prolongado bostezo, y se tumbó sobre su costado izquierdo, manteniendo un ojo fijo en la cocina por si la olla necesitaba su atención.

— ¿Por qué duerme aquí y no en casa suya?

Dawn Star apoyó los cascos sobre su rostro antes de suspirar.

— Porque van a ejecutar a su padre. Necesita apoyo. Y… y todavía me siento mal por…

— Non fagas tal. Yo no culpo. Amiga tuya tampoco culpa. Dio mí gracias por facer que padre suyo no face locura.

Su amga tragó saliva antes de bajar los ojos a los pergaminos. Pero su mirada no contemplaba los hechizos y los teoremas mágicos, sino que permanecía fija en el infinito mientras su dueña se perdía en sus pensamientos. Sabía que tenían razón pero aun así…

Negó con la cabeza, e ilumnó su cuerno. Unos cómics flotaron por el aire desde su habitación, y cayeron justo al lado de Nąȋenähz. Intrigada, la thestral alargó la pezuña y tomó uno. En la portada había dibujados un guardia solar pegaso y un guardia lunar thestral cogidos del casco.

— Para que practiques la lectura —le dijo, y sonrió con picardía—. He visto cómo mirabas a los caballos del centro comercial.

La thestral tardó unos segundos en comprenderlo, pero cuando lo hizo arrojó el cómic al suelo como si estuviera infectado con una enfermedad contagiosa y letal.

— Nayenaets, ¿qué ocurre?

— ¡Caballos que gustan caballos son asesinos de potros! ¡No puedo aceptar historia que dice thestral asesino de potros!

— ¿Asesinos de potros? ¿Los homosexuales? ¿Qué dices, Nayenaets?

— ¡Sí! ¡Caballo pone potro en yegua! ¡Si caballo pone potro en otro caballo, matan potro! ¡Son asesinos!

Dawn Star se llevó un casco a la boca cuando lo entendió. ¿Aquella era la comprensión de la reproducción equina que tenían los thestrales?

— ¡Nayenaets, no es así! La yegua y el caballo tienen medio potro, y cuando el caballo pone el suyo en la yegua, se unen y hay un potro dentro de ella. Pero el medio potro no se transforma solo en potro. No matan potros.

Nąȋenähz miró a Dawn Star con los dientes apretados, intentando decidir si creerla o no.

— ¿En Equestria es ilegal matar potros antes de nacer?

— Completamente. Está penado con la muerte.

La thestral suspiró, y bajó del sofá para coger el cómic que había tirado. Se tumbó sobre el sofá, con la cabeza hacia la puerta del dormitorio, y abrió la tapa. Si tan ilegal era en Equestria el asesinato de potros inocentes, no tenía razón para suponer que no le decían la verdad.


Débiles sollozos resonaban por el pasillo que conducía a la sala de ejecuciones de la prisión de Canterlot. Se introducían en las pequeñas celdas con suelo de hormigón del corredor de la muerte, donde resonaban hasta crear la impresión de que allí había un coro de plañideras en lugar de una joven unicornio azul.

La abrazaba su amiga, una unicornio parda de ojos azul zafiro. De vez en cuando pasaba el casco por la crin de la otra yegua, y deseaba poder decirle palabras reconfortantes, aunque no sabía cuáles.

¿Qué le podía decir a una yegua que estaba a punto de ver morir a su padre?

El sonido amortiguado de un objeto al clavarse atravesó la puerta y llegó a sus oídos. Sonaba parecido a un cuchillo cortando una sandía.

No hacía falta ser un genio para saber lo que era.

Normalmente, se habría sentido aliviada, e incluso alegre, de saber que Helter Skelter, aquel maldito loco, estaba pagando con su vida los crímenes que había cometido. Pero saber lo que iba a ocurrir después neutralizaba cualquier emoción positiva que la muerte del poni verde pudiera haber traído a su corazón.

El silencio se instaló al otro lado de la puerta, y unos veinte segundos después esta se abrió. Dos ponis de tierra vestidos de sanitarios, blanca la de delante y azul cielo el de atrás, pasaron al lado de las dos unicornios, empujando una camilla con una voluminosa bolsa negra de plástico encima.

Ninguna miró al interior de la sala de ejecuciones antes de que la puerta volviera a cerrarse. Y ni siquiera volvieron la cabeza en su dirección cuando un agudo chirrido les indicó que se había abierto de nuevo.

El cuerpo de la unicornio azul se tensó de golpe. Era la señal para que entrara.

Dawn Star la abrazó con fuerza, pero ella se liberó de su abrazo con movimientos lentos y comedidos. Por mucho que deseara no verse en aquella situación, tenía que ver a su padre una última vez antes de que lo ejecutaran. Con el corazón encogido y sus pensamientos desactivados, tragó saliva, y caminó mecánicamente hasta en interior, como si fuera un autómata en lugar de un poni, hasta colocarse junto a la pared derecha de la sala de ejecuciones.

Y en el centro, iluminado por la luz verdosa que se filtraba de una claraboya en el techo, estaba su padre atado al poste del garrote vil.

De sus ojos brotaron las lágrimas más amargas que había vertido nunca. Con el corazón roto por el dolor, se abalanzó sobre su padre y lo abrazó entre lágrimas. Sobre su pelaje podía sentir las que manaban de los ojos de su padre, inmovilizado por las ataduras.

Nada habría deseado más que abrazar a su hija por última vez antes de morir.

— Altezas… —suplicó—. ¿Me permiten abrazar a mi hija por última vez?

Celestia y Luna miraron al ministro zebrabués. Tras unos segundos de deliberación interna, asintió.

Las cuerdas que inmovilizaban sus patas delanteras se aflojaron, y estrechó a su hija contra su pecho. Las lágrimas fluían libremente de los dos pares de ojos, diciéndose todo lo que necesitaban decirse.

— Papá… ¿Por qué? ¿Por qué hah hecho ehta locura? Yo podía… Yo podía…

Un gemido lleno de dolor rompió la voz de la unicornio. Las patas delanteras de su padre la apretaron con más fuerza contra su pecho, empapando su pelaje con las lágrimas de Blue Topaz.

— Hija, yo… Yo zolo quería lo mejor para ti… —Sollozó con fuerza—. Cometí una locura por ti, Blue; y ahora la ehtoy pagando.

Un sollozo se atascó en la garganta de su hija, y volvió a hundir la cabeza en el pelaje de su padre. Una pezuña cubierta de pelaje amarillo se posó sobre su crin, y comenzó a pasar sobre ella de arriba abajo.

— Blue… Ereh una yegua maravilloza, y ehtoy muy orgullozo de ti. Quiziera poder haber vihto tantah cozah… Tu primé día en la univerzidá, tu primé trabajo, tu boda, tuh hijoh… —Tragó saliva, y se esforzó por sonreír a pesar del desgarrador dolor que sentía en su corazón—. Aunque ya no tengamoh la fábrica, ehtoy zeguro de que te convertirah en una gran yegua. —La abrazó con más fuerza, y un hipido escapó de los labios de Blue Topaz al escuchar los latidos del corazón de su padre—. Zigue… Zigue hciendo que me zienta orgullozo de ti, hija mía.

Sin dejar de llorar, Blue Topaz asintió con la cabeza.

— Lo haré. Lo haré, papá. Podrah… podrah…

Insensible a su dolor y sus llantos, el ministro zebrabués ojeó con impaciencia a los dos unicornios abrazados, y decidió que ya era hora de acabar con aquel espectáculo. Movió lentamente su pata derecha hacia delante, y un potente tirón mágico arrancó a Blue Topaz de los brazos de su padre.

— ¡No! —gritó cuando sintió que perdía el contacto con el pelaje de Imperial Topaz. Desesperada, alargó sus patas delanteras, tratando en vano de estrecharlo entre las suyas; y sus patas traseras intentaban avanzar hacia su padre, luchando inútilmente contra la fuerza superior del hechizo—. ¡No! ¡No lo matéi! ¡No lo matéi! ¡Altezah! ¡Altezah, indultadlo! ¡Indultadlo, por piedá!

Pero las princesas de Equestria hicieron oídos sordos a sus llantos desesperados, y apartaron la mirada de su rostro mientras era arrastrada hacia atrás por la magia del ministro y este cogía las lanzas para la ejecución de la parte de atrás del poste.

Si debían elegir entre ejecutar a un traidor y la destrucción y miles de muertes de inocentes que traería una guerra, elegirían mil veces la ejecución.

Las patas delanteras de Dawn Star rodearon el cuerpo de Blue Topaz, y le dio la vuelta para estrecharla contra su pecho. Las lágrimas fluyeron libremente sobre sus pelajes mientras los gemidos desgarrados de Blue Topaz eclipsaban el sonido de las lanzas ceremoniales al clavarse en el cuerpo de Imperial Topaz.


Aquellos que tengan o hayan tenido un perro de mascota supongo que habrán reconocido la enfermedad. Para el resto, sí, existe. Se llama dirofilariosis canina y sorprendentemente no la he encontrado incluida en ninguna lista de cosas que no debes buscar en Google. Y mira que lo merece...

Si alguien no hace caso a la advertencia, la cuenta del psicólogo se la paga él.

La canción de taberna de los pegasos tiene el mismo ritmo que "The Girl They Call Fitzroy", de Bioshock Infinite. Cuidado con los spoilers si la buscáis, porque es un buen juego.

Tres misiones, llega la cuarta. ¿Qué nos espera? Dream Away...