Castillo de Drylic Stán. Año 586.
— ¿Cómo te ha ido la reunión con el rey?
Solar Spear, teniente de los ejércitos de Su Majestad Bullion I, rey de Equestria, rey de los unicornios y de los pegasos, canciller de los ponis de Tierra, señor de Vanhoofer y Tall Tale, conde de Trottingham, duque de Canterlot, protector del reino y señor de la magia, se sentó sobre la colcha de plumas de su cama y emitió un largo suspiro antes de contestar a su esposa:
— Mal. Non quiso parar mientes e atender a razones. La plaga que asola Fillydelphia es grande oportunidad de tomarla e liberarla del dominio de los grifos, probablemente la mejor que habremos en decenios. Mas aunque explíquele grandes planes de ataque e defensa con los que victoriosos sin dubda resultaríamos, non quiso atacar la urbe.
— Es normal. En Griffonstone acaban de coronar a Gebhard III. Es joven y su posición en el trono es bastante inestable, así que en cuanto vea una oportunidad de demostrar su poder y cimentarlo no dudará en aprovecharla. Un ataque contra Fillydelfia sería la excusa perfecta para marchar sobre Equestria.
— Construiremos defensas en la urbe. Las nuevas tardarán al menos dos semanas en llegar a la capital del reino grifo, e necesidad habrá de tiempo para armar grande ejército y con él cruzar el mar. Habremos un mes, si non dos, para cimentar la nuestra posición en Fillydelphia.
Su esposa cerró sus ojos verde peridoto por un instante, y los abrió al tiempo que sonreía. Buena respuesta, y rápida además. Seguramente le había contestado lo mismo a Bouillon I. Pero aun así, debía disuadirlo. No había llegado aún el momento de que Equestria volviera a reclamar su costa oriental y expulsara a los grifos que la habían dominado durante cuatro siglos.
— ¿Y qué haces con la plaga?
Solar Spear parpadeó dos veces con la boca entreabierta.
— ¿Con la plaga? —repitió, desconcertado.
Los labios de la yegua se curvaron en una sonrisa de victoria. Ahí estaba su punto débil.
— Tienes una plaga de carbunco en Fillydelfia. Mueren docenas de ponis cada día. ¿Y pretendes meter ahí dos regimientos del ejército de Equestria? —Negó con la cabeza, y parte de su crin de color rubí cayó sobre el pelaje cereza de su rostro—. Cuando lleguen los grifos no quedarán ni veinte soldados con vida.
El teniente miró con preocupación a su esposa. Sus ojos pardos miraban al infinito, como si no supiera qué hacer. Pero su esposa sabía bien que aquello significaba que estaba reflexionando.
Un minuto después, Solar Spear se tumbó sobre la manta de lana negra al tiempo que emitía un largo suspiro. Ella tenía razón. Otra vez.
— Verdad dices, cariño mío —dijo, y se levantó. Era un palmo más alto que su esposa, pero cada vez que le ganaba una discusión ella le parecía mucho más grande—. Sería grande e innecesario caudal de vidas perdidas.
Su esposa asintió levemente, pero no sonrió. Que él la llamara "cariño mío" siempre agriaba su humor.
— Tranquilo. Aún no ha llegado el momento, pero tendrás tu oportunidad de expulsar a los grifos de Equestria y proclamar nuestra independencia. Confía en mí.
Solar Spear sonrió al oírla, y fue a abrazarla, pero una mirada asesina de su esposa lo dejó clavado en el sitio.
— Me retiro a mis aposentos —dijo de repente la unicornio, y sin esperar contestación se dio la vuelta y salió de la habitación de su marido dando un portazo.
El sonido seco de sus cascos sobre el suelo de piedra la rodeó, y pronto se halló duplicado por la presencia de una nueva yegua, una unicornio alta y corpulenta cubierta con armadura de hierro, que caminaba tras ella.
— Mi señora ¿os encontráis bien? ¿Habéis necesidad de algo?
Pero la unicornio cereza no pronunció una sola palabra hasta que estuvo tumbada sobre la colcha de lana blanca que cubría su cama.
— Paciencia —dijo, levantando unos centímetros la cabeza de la almohada rellena de plumas de pato—. Pero eso no puedes dármelo.
Su guardia permaneció estoica mientras su señora se cubría los ojos con sus cascos y emitía un breve suspiro.
— Perdóname, Glaed Scild —murmuró, y negó con la cabeza—. He tenido un mal día. No tengo derecho a pagarlo contigo.
— Mi señora —murmuró ella respetuosamente, con el cuello inclinado hacia el suelo—, non habéis de qué disculparvos. Vos sois…
— No —replicó la unicornio, tajante, y se levantó de su cama—. No me digas que soy superior a ti. Soy duquesa por matrimonio. Nací en un pueblo en medio del campo. Mi madre era una borracha que se ganaba la vida vendiendo vino. Nunca conocí a mi padre. —Miró a la otra yegua a los ojos, y una sonrisa triste y nostálgica asomó a sus labios—. ¿De verdad crees que soy superior a ti?
Glaed dudó durante un segundo, y sacudió la cabeza negativamente. La duquesa asintió, y tras darle un corto abrazo volvió a meterse en la cama.
— Despiértame al amanecer, Glaed. —Ella se cuadró, y la unicornio cereza le lanzó una sonrisa—. Buena guardia.
Tras unas breves palabras de agradecimiento y una inclinación de cabeza, Glaed Scild salió de los aposentos de la duquesa, cerrando tras de sí la pesada puerta de madera de roble. Cuando al fin estuvo a solas, la unicornio cereza destapó las sábanas con su magia, se introdujo en la cama y se tapó. Un nuevo hechizo apagó la lámpara de aceite que iluminaba la habitación desde la argolla de la que colgaba, y la oscuridad se adueñó del dormitorio.
La duquesa cerró los ojos con placer y se tumbó sobre su costado izquierdo, pero pronto la asaltó de nuevo la preocupación. Pronto, su marido volvería a partir hacia Canterlot, y tenía que conseguir que se ganara la confianza de la recién reconocida infanta Luna.
Lo cual no iba a ser nada fácil, teniendo en cuenta que él la consideraba una bastarda afortunada.
Sus labios emitieron un gruñido de frustración, y trató de expulsar aquellos pensamientos de su cerebro para conseguir un poco de paz, pero ellos se empeñaban en volver, una y otra vez, tratando de maquinar planes que hicieran surgir la amistad entre un militar de veintitrés años y una potra de doce.
Una potra de doce años que dentro de siete sería coronada reina de Equestria y dentro de veintinueve declararía la independencia de Equestria del Imperio Grifo.
Bufó de nuevo, y giró sobre sí misma para quedar tumbada sobre su costado derecho, de cara a la puerta. Formó una maldición con los labios. Y encima seguía desvelándose por ellos, después de…
Un agudo aullido de dolor hizo saltar en pedazos el silencio de la noche. Como impulsada por un resorte, la duquesa se levantó de la cama y aterrizó sobre el suelo de piedra. Sin ni siquiera encender la lámpara que colgaba de la pared, corrió hacia la puerta y se precipitó en el pasillo.
— ¡Glaed! ¡Glaed, ¿qué ocurre?! ¿Por qué…?
Y el corazón se le paró entre dos latidos al ver a su guardia caída en el suelo delante de su puerta con un casco sorbe el corazón.
— ¡Glaed! ¿Qué te…?
Pero su expresión de preocupación enseguida se tornó en una de horror cuando vio el estado en que se encontraba la unicornio.
Sus pupilas se habían dilatado hasta casi cubrir todo su iris, y un delgado hilo de sangre descendía por su rostro aterrorizado desde su fosa nasal derecha. Su respiración era errática y acelerada, sus patas temblaban y su corazón latía tan rápido como si acabara de correr los cien metros en menos de cinco segundos.
— Mi señora —logró articular con dificultad. Trató de elevar sus patas hacia la duquesa, pero un relámpago de dolor en su pecho y su pata izquierda la hizo bajarlos de golpe—. Ayudadme… Ayudadme, os lo ruego…
Pero la unicornio no se movió de su sitio. Por su cerebro cruzaban a toda velocidad imágenes de su infancia.
Una fiesta de Cute-ceañera en Ponyville. Una potrilla con gafas, de pelaje gris plata y crin gris claro recogida en una coleta. Un caballo con el pelaje del mismo color tumbado en el suelo del baño, con las pupilas dilatadas y sangrando por la nariz cubierta de un fino polvillo blanco. Gritos desgarrados de una yegua y una potrilla que pedían auxilio mientras los asistentes trataban de salvar su vida. Dos enfermeros cubriendo al caballo con una sábana y llevándoselo apenas un minuto después envuelto en una bolsa de plástico negro. La potrilla llorando desconsolada en una esquina.
— ¡¿Qué acontece?! —tronó la voz de Solar Spear al otro lado del pasillo—. ¡Veneno! ¡A mí un galeno, rápido!
Era veneno, sí. Y la duquesa sabía muy bien de cuál se trataba. Con cuidado, pasó su casco por debajo del hocico de Glaed Scild. Lo acercó a sus ojos para ver mejor lo que había recogido, y el horror se adueñó de su rostro al reconocer aquel fino y familiar polvillo blanco.
— Glaed… Glaed, ¿de dónde has sacado esto? —preguntó con apenas un hilo de voz, mostrándole el filo de su casco cubierto del polvillo.
— Un unicornio… un unicornio vendiómelo. —Su pecho dio una sacudida, y gimió de dolor—. Prometióme que non habría problemas para permanecer despierta. —Sollozó, acongojada, y exclamó con los ojos cubiertos de lágrimas—: ¡Mi señora! ¡Mi señora, habed piedad de mí! ¡Perdonadme por no habervos guardado como debiera!
Como respuesta, la duquesa abrazó con fuerza a su guardia, y apoyó su cabeza sobre su pecho. Una lágrima nació del verde ojo de la noble, y resbaló por su rostro hasta caer sobre la pieza de armadura que cubría el cuello de la otra yegua.
— Venido soy —dijo una voz anciana al otro lado del pasillo—. ¿Quién es el enfermo? ¿E de cuál ponzoña trátase?
Glaed Scild levantó la cabeza y giró el cuello hacia la voz con ojos llenos de esperanza. Ya estaba allí. El médico la iba a salvar.
Y de repente, la vida abandonó sus ojos al tiempo que sus músculos perdían las fuerzas.
— ¡Glaed! —chilló la duquesa al ver su cabeza desplomarse sin vida. Inmediatamente, colocó un casco sobre su cuello, y el horror se adueñó de su rostro.
No tenía pulso.
Angustiada, la duquesa se agachó junto a su guardia y colocó sus cascos en el centro de su pecho. Antes de presionar con fuerza, deseó haber prestado atención el día que habían explicado los primeros auxilios en clase.
— Cariño, ¿qué facéis? —le preguntó el duque. A su derecha, el galeno inspeccionaba el rostro rígido de su paciente con gesto sombrío y pesimista.
— Respírale en la boca.
Por primera vez en años había pasado por alto que su marido la llamara "cariño".
— ¿Cómo decís?
— ¡Que lo hagas, joder!
Seguía pareciéndole una solución repugnante, pero lo prefería mil veces a hacer enfadar a su esposa. Cuando estaba furiosa, era tan terrible como un dragón.
El médico observó con curiosidad científica a la parea ducal en su tarea de intentar salvar la vida de Glaed Scild. Jamás había visto modo semejante de recuperar a alguien cuyo corazón se había detenido. Pero finalmente, tras quince minutos, la duquesa se apartó del cuerpo de Glaed Scild y se sentó sobre el suelo con el rostro bañado en lágrimas.
No había logrado salvarla.
Solar Spear se irguió a su vez para sentarse al lado de su esposa, y pasó un casco sobre sus hombros. Para su sorpresa, no solo no lo rechazó violentamente, sino que incluso apoyó la cabeza sobre su cuerpo.
— ¿Qué ponzoña diéronle? —le preguntó una vez el médico del castillo se hubo retirado, sin haberse molestado en llevarse el cuerpo consigo.
— Cocaína.
— ¿Cocaqué?
La duquesa sacudió la cabeza y se levantó del suelo. Caminó hacia la cara de la guardia, y contempló en silencio la expresión esperanzada que había quedado congelada en su rostro.
Con cuidado, alargó la pata y le cerró los ojos. Al menos no había muerto angustiada y aterrorizada.
— Exacto —murmuró, sin mirar a la cara a su marido.
Solar Spear se acercó a su esposa, y se quedó mirando a Glaed Scild.
— Habrá funerales dignos d'ella. —La duquesa no reaccionó. Su marido apartó la mirada del cuerpo sin vida de la unicornio y giró la cabeza hacia su esposa—. Has de informar d'aquesto a tu Ministerio.
De nuevo, no hubo respuesta de la unicornio cereza.
— Sé que non os gusta, mas…
— ¿Y no tengo razón? —saltó de repente, con los ojos llenos de lágrimas—. Me sacaron de mi época. Me obligaron a vivir en esta. Me forzaron a casarme contigo. Me harán tener a tus potros. Que los odie es lo menos que se merecen.
— ¿E non he yo razones para non gustar d'ellos? —replicó su marido, que bajó la cabeza y negó, con una sonrisa pesarosa en su rostro—. Diéronme lo que yo más ansiaba, el vuestro casco en matrimonio; mas tornose la mi dicha en el más amargo de los pesares porque vos non me amáis ni jamás lo faréis. La mi vida es ya escrita como un cantar, e fuérzanme a vivir d'aquese modo. ¿Dó es la mi libertad? ¿Dó la mi voluntad?
La duquesa mantuvo los ojos cerrados durante unos segundos, y se secó las lágrimas con un casco antes de dirigirse a sus aposentos.
— Solo por el futuro —dijo antes de cerrar su puerta.
— No me jodas… Venga, no me jodas… No, joder, no…
La pelota se introdujo mansamente en las redes de la portería del Real Canterlot, y Time Keeper lanzó sus patas delanteras hacia arriba con rabia. A unos cincuenta metros de él, los aficionados del Fillecano celebraban el gol con rabia y alegría, conscientes de que si mantenían el empate prácticamente le quitaban la Liga a su máximo rival.
Para los aficionados del Real Canterlot, el partido contra el Fillecano era un derbi menor, completamente eclipsado por las tradicionales rivalidades con el Atlético de Canterlot y el Manehattan. Para los del Fillecano, era, junto con el derbi contra el Cloudsdale, el partido más importante del año; cuestión casi de vida o muerte. Era su momento de superar al Canterlot, el equipo tradicional de los nobles y las princesas, el equipo que representaba todo lo que detestaban.
— ¿En serio? ¿En serio? —protestó Time Keeper.
Los fillecanos habían comenzado a cantar el himno del Manehattan, el eterno rival del Canterlot y virtual campeón de liga, y se oía con claridad en el Princesa Celestia a pesar de los silbidos con los que intentaban acallarlos los seguidores del Real Canterlot. El ministro negó con la cabeza, disgustado. Y que tuviera que aguantar aquel espectáculo lamentable en el estadio de su equipo…
— ¿Pero qué haces, idiota? —exclamó con desesperación al ver un disparo lejano que había salido más cerca de la esquina del campo que de la portería.
Se llevó un casco a la frente y negó con fuerza. Estaba claro que no iban a ganar. Solo le quedaba esperar un milagro en la última jornada para ver a su equipo llevarse la Liga.
Un humo gris con volutas verdes se deslizó por el aire hasta su asiento. Los espectadores que se sentaban a su lado observaron su trayectoria con curiosidad hasta el casco de un sorprendido Time Keeper. El de su izquierda murmuró un breve "joder" al ver el humo convertirse en un pergamino con el sello del ministerio.
Sin perder tiempo, el ministro arrancó el sello que mantenía el pergamino enrollado y lo extendió. Sus ojos recorrieron las letras negras —de Comet Nova, sin duda—, e incluso antes de acabar la alarma y la preocupación habían subido a su rostro. Sin dudarlo, se puso en pie y enfiló el acceso a los pasillos del estadio tan rápido como podía sin molestar al resto de espectadores.
Tan pronto como hubo salido de la grada, cargó un hechizo de teletransporte con el ministerio como objetivo. Justo antes de desaparecer, pudo oír un último gruñido colectivo de frustración proveniente de los aficionados. Negó con la cabeza, fastidiado.
Estaba claro que aquel año no se llevaban la liga.
— ¿Qué ocurre, Comet? —preguntó tan pronto como apareció en su despacho. Volvió la vista a Tapicestria, pero no había ningún cartel mágico sobre ella.
— Acabamos de recibir este mensaje del año 586. Es de nuestra agente en la época.
Time Keeper leyó a toda velocidad el mensaje que le tendía su subordinada, y cuando acabó su expresión estaba a medias entre la alarma y la incredulidad.
— Camellos temporales.
Comet Nova asintió.
— Eso parece. No creo que nadie sea capaz de inventarse una sobredosis de cocaína en el siglo VI.
Time Keeper negó con la cabeza.
— Esto explicaría los viajes de los últimos días y que no los hayamos pillado todavía. Llegan, venden y se van.
El ministro bufó con fuerza, se apretó el puente de la nariz con su casco derecho y dio un pisotón en el suelo.
— Camellos temporales. —Puso una minúscula sonrisa de incredulidad, y volvió a bufar—. ¿Qué es esto? ¿Un capítulo de un fanfic penoso en el que su autor se ha quedado sin ideas?
— Sí. Solo nos falta que los viajeros sean seis enanos y ya tenemos la película montada.
Sin ninguna expresión en su rostro, el ministro del tiempo caminó hasta su silla y se dejó caer sobre el respaldo. Buscó con la mirada a Comet Nova, y le preguntó:
— ¿Quién está en la época?
— Nadie. Minuette y los suyos salieron a buscar al camello, pero no lo han capturado.
Time Keeper inclinó la cabeza hacia arriba y bufó con fuerza. Tenían a un viajero temporal traficando con droga en el pasado, un muerto por su culpa, y encima no lo habían capturado.
— ¿Dónde está la patrulla de Minuette?
— Fuera de su despacho, esperando instrucciones.
El ministro asintió con decisión, y señaló con su pata la puerta de su despacho. Su magia había teletransportado un pergamino delante de él, e hizo levitar su pluma sobre él.
— Hazlos pasar. Y ve a buscar al resto de agentes. Estamos en alerta.
— ¡Făȋelënähz! ¡Făȋelënähz!
Los aficionados del Fillidelphia (entre los cuales, para sorpresa de Dawn Star, había un buen número de thestrales) se agolpaban sobre las vallas metálicas dispuestas en paralelo desde la puerta del estadio del Atlético de Canterlot hasta el autobús de su equipo, coreando enfervorizados el nombre de su estrella. Los flashes de las cámaras escupían su brillante luz blanca una y otra vez mientras el thestral caminaba entre la nube de destellos, a paso lento y con la cabeza gacha para evitar ser deslumbrado por las potentes luces. De vez en cuando caminaba hacia los aficionados para firmar algún autógrafo.
— ¡Fayelenaets! —gritó Dawn Star, y usó su casco derecho para acercar a Nąȋenähz hacia la valla.
Tímidamente, la thestral se movió en aquella dirección hasta que no pudo avanzar más, y se levantó sobre sus patas delanteras para ver mejor. Vio al hufbolista a unos diez metros por delante de ella, y bajó rápidamente la mirada para evitar ser deslumbrada.
Comenzaba a arrepentirse de haber venido. Odiaba con todas sus fuerzas aquella aglomeración de ponis en la que apenas tenía espacio para moverse. Los flashes de las cámaras le hacían daño en los ojos, y el griterío de los aficionados hacía que le dolieran los oídos. Pero ya no podía marcharse. Menos aún cuando había sido ella misma la que le había pedido a Dawn Star que la llevara a ver el partido.
— ¡Fayelenaets! —volvió a gritar Dawn Star, agitando en el aire un pequeño cuaderno que sostenía con su magia.
El hufbolista la vio por el rabillo del ojo, y a la thestral que parecía abrumada a su lado. Esbozó una sonrisa, y se acercó a ellas.
— Nąȋe dukarȋęm wësnit gȁrëwëa —las saludó, y alargó la cabeza para tomar entre sus dientes la pluma que le ofrecía Dawn Star. Sin embargo, recordó algo de repente y retrocedió—. Hȕre dukarȋȅ wësnix? ¿Quiénes sois vosotras?
Las orejas de Nąȋenähz se erizaron al oír su voz, ruda, pero al mismo tiempo afectuosa. Levantó la vista, y se encontró con una sonrisa amistosa en su rostro, que dejaba a la vista dos largos y puntiagudos colmillos blancos.
Agradablemente sorprendida por lo que veía, Nąȋenähz continuó mirando con atención el cuerpo de Făȋelënähz. Ojos plateados de mirada intensa; no sabía muy bien por qué, pero le encantaban. Rostro redondeado, maduro, pero con cierto aire infantil; no podía ser mucho mayor que ella. Alas largas que terminaban en una estilizada punta; perfectas para volar silenciosamente a través de la noche. Patas gruesas y robustas; no habría muchas presas que pudieran escapar de él una vez estuvieran en su poder.
Un escalofrío de placer recorrió su cuerpo desde su pecho hasta más allá de su cadera. Era un magnífico ejemplar de macho thestral.
Y también de cazador, como acababa de demostrar en el campo.
— Nąȋenähz. Ȋë wëseni Nąȋenähz —dijo con entusiasmo.
— Y yo Dawn Star.
El thestral asintió antes de morder la pluma y firmar el autógrafo. Cuando terminó, la unicornio recogió el cuaderno y su pluma antes de darle las gracias.
— Nada es —respondió él. Volvió la vista a Nąȋenähz, señaló sus ojos, que trataban de rehuir la luz, y le preguntó—: Hȁmį tu nęmäi ankrïbist te mith lentiȋasȋȁš?
— Lentiȋas? —preguntó Nąȋenähz.
— Dȋȁ, lentiȋas —respondió Făȋelënähz, y acercó su casco izquierdo a su ojo—. Nȅrakarȋȅ ankrïban nemnok sith fokosï a lŭninë. Lentillas tapan algo luz de focos y de sol —le dijo a Dawn Star—. Pero no flashes.
La unicornio se encogió de hombros, con la cara enrojecida.
— No… no sabía que existieran.
Nąȋenähz miró a Dawn Star con ligero reproche, pero enseguida desapareció de su mirada. Făȋelënähz les dedicó un corto adiós en su idioma, y continuó su camino hacia el autobús entre saludos y autógrafos. La thestral lo siguió con la mirada, una sonrisa boba en su rostro y un extraño calor en sus mejillas hasta que las puertas del autobús del Fillydelphia se cerraron y los dieciséis caballos que tiraban de él se pusieron en marcha.
— ¡Mira, ha escrito "Don" en vez de "Dawn"! —exclamó Dawn, y puso el cuaderno delante de los ojos de su amiga para que viera la falta de ortografía.
Nąȋenähz apenas le dedicó medio segundo al autógrafo, y enseguida levantó la cabeza. Apenas pudo ver los últimos centímetros del vehículo pintado de negro doblando una esquina y desapareciendo de su vista.
Dawn Star negó con la cabeza, divertida, y suspiró antes de pasar un casco sobre los hombros de su amiga. Cómo conocía los sentimientos que Nąȋenähz estaba experimentando…
Eran los mismos que había tenido ella por un jugador del Vanhoofer cuando tenía ocho años.
— ¿Marchamos ya? —preguntó, y Dawn Star asintió con la cabeza.
Seguir al equipo visitante tenía aquellas pequeñas ventajas. Si hubieran estado en Fillydelphia, hubieran tenido que esperar unos minutos antes de comenzar a moverse.
Estaban a poco más de cuatrocientos metros de distancia del estadio cuando Dawn Star rompió el silencio para preguntar:
— ¿Te ha gustado?
Nąȋenähz ladeó la cabeza hacia la izquierda y se encogió de hombros antes de contestar:
— Está bien. Divierte. Pero es un poco estúpido, cocear pelota para meterla entre palos.
Dawn Star sonrió con picardía.
— No me refería al partido. Me refería a Fayelenaets.
La expresión de la thestral cambió súbitamente. Se detuvo en seco, y parpadeó un par de veces con el rostro sonrojado y una expresión a medio camino entre molesta y soñadora.
— Es muy bueno en húfbol. Y ha cuerpo de cazador. Mas yo…
La unicornio abrió la boca, pero antes de que pudiera hablar una gran mancha blanca penetró en su campo visual. Se frenó en seco, y la sorpresa saltó a su expresión al ver que se trataba de Comet Nova.
— ¿Qué aconteció? ¿Ha necesidad de nosotras el ministerio?
Una sacudida de cabeza de la unicornio blanca le confirmó lo que ya sabía. Dawn Star y Nąȋenähz se miraron con decisión y una pizca de preocupación.
— Estamos en alerta. Vamos.
Ninguno de los presentes en el despacho de Time Keeper había visto jamás a tantos ponis juntos en la estancia. Normalmente, tan solo el ministro, Comet Nova y los agentes a los que encargaba una misión compartían aquel espacio, pero en aquel momento el ministerio en pleno se hallaba allí. Minuette y los suyos, Verw'dlúng, los Hermanos Caos e incluso Fleur de Lis aguardaban con impaciencia y en silencio las explicaciones del ministro.
— Señores, damas —comenzó el ministro en tono claro, y se levantó de su silla—. Como sabrán, estamos en alerta. Hace menos de una hora, nos han comunicado una muerte por sobredosis de cocaína a finales del siglo VI.
Solo Comet Nova vio cómo se descomponía el rostro de Dawn Star y cómo tragaba saliva, aterrada. Pero no dijo ni hizo nada.
— A partir de los recientes viajes en el tiempo, nos tememos que se trate de una banda organizada dedicada al tráfico de drogas, y estén vendiéndola en el pasado aprovechando la inexistencia de legislación al respecto en otras épocas. —Pasó la mirada sobre sus agentes, escrutando sus rostros con seriedad—. Estamos en estado de alerta. Nadie saldrá del Ministerio hasta que los hayamos detenido.
Dawn Star se encogió sobre sí misma, y levantó tímidamente un casco.
— ¿Ocurre algo, señorita Star?
La unicornio parda tragó saliva antes de murmurar:
— Yo… Había quedado mañana en Tall Tale con mi padre… —Al ver el ceño del ministro fruncirse, se apresuró a añadir—: Quería saber si podía escribirle para explicarle que…
— Si de madrugada el caso no está resuelto le prestaré papel y tinta —le cortó él, y siguió explicando—: Todavía no sabemos a qué nos enfrentamos. No sabemos cuántos son, ni si son violentos. Por favor, extremen las precauciones. No cometan ninguna estupidez; pero los quiero en Uruqaiqa y esta noche a ser posible.
Swébende Gagel bufó antes de levantar la pezuña.
— ¿Sí, Swébende?
El pegaso se cuadró antes de decir con voz potente y clara:
— ¿Qué es aquesa cocaína que causado ha la muerte de un pony? ¿Clase alguna de ponzoña?
El ministro del Tiempo miró a Comet Nova, que se aclaró la voz antes de responder:
— Es una droga. Una sustancia ilegal que consumen algunos ponis para... —Vaciló un instante—. Depende del pony, pero lo normal es para evadirse de la realidad. Para pasarlo bien de fiesta. Para desinhibirse... Depende. Si tomas demasiada, es peligroso y puedes morir.
Swébende Gagel rumió la explicación para sus adentros antes de decir:
— ¿E qué es la cocaína?
— Un polvo blanco. Estimulante. La... la yegua que murió... —Suspiró—. Era una guardia que la tomó para no dormirse durante la vigilancia. Seguramente la engañaron y no la advirtieron de los peligros.
El guerrero pegaso no dijo nada, pero adoptó una expresión de desdén hacia la guardia fallecida. Aquel que no era capaz de aguantar las largas horas nocturnas de vigilancia no merecía empuñar armas ni llamarse guardia. Y si trataban de suplir su falta de capacidad con drogas extrañas, más indignos se hacían si cabe.
— Mi superior, seguro es que largo tiempo tardaremos en haberlo ante la justicia. Si valentía e inteligencia ha como para viajar a tiempos pretéritos a cometer las sus fechorías, non será tan tonto como para de nuevo fazer intentona…
Y como si le hubiera oído, las luces rojas inundaron el despacho del ministro con su luz mientras su insistente aullido rasgaba el silencio como si de un simple papel de fumar se tratase.
— Perdona, ¿qué decías? —dijo Carrot Top, mirándolo con sorna mientras las miradas del resto se fijaban en la fecha que desplegaba el mapa.
Nueve de septiembre del año 78. En la mismísima Tall Tale.
Mientras los agentes observaban con preocupación a Tapicestria, preguntándose en silencio cuál de ellos sería el elegido, Time Keeper los observaba a ellos, preguntándose quién sería el más apropiado. Minuette y los suyos eran la elección más obvia, pero acababan de estar en el pasado,y si por alguna casualidad estúpida el camello los había visto…
Negó con la cabeza. Sabía que era una probabilidad entre varios millones, pero prefería no arriesgarse.
Y su mirada cayó sobre el rostro cabreado de Swébende Gagel y la expresión nerviosa de Dawn Star. Sus labios se curvaron en una sonrisa.
¿No decía que quería ir a Tall Tale?
— Dawn Star. —La unicornio parda dio un brinco al escuchar su nombre, pero enseguida se repuso—. Usted y los suyos parten de inmediato hacia Tall Tale.
Lo primero que notó Dawn Star, antes incluso de que la luz de su hechizo se extinguiera, fue el olor a mar. Y aquel aroma familiar la devolvió por un momento a su infancia, sus baños en las playas de Vanhoofer, los castillos de arena que construía con su padre en la orilla.
Cerró los ojos e inspiró profundamente. Acto seguido, un hedor a basura en descomposición la abofeteó sin piedad.
Conteniendo las ganas de vomitar, la unicornio abrió los ojos y miró a su alrededor. Bajo la tenue luz de una noche sin luna, solo iluminada por la pálida luz de las estrellas, pudo ver que habían aparecido en una isla baja de arena no muy alejada de la costa. Era incapaz de ver la playa, pero era fácil distinguir las luces de los barcos y el puerto. A su espalda solo tenían mar abierto, además de una apestosa montaña de basura.
Debía ser el lugar en el que los barcos dejaban la basura antes de entrar en el puerto.
— Somos lejos de la costa —murmuró Swébende Gagel, diciendo lo obvio—. Nos dos podemos volar a ella, más vos ¿cómo arribaréis? ¿Necesidad habéis de que os llevemos?
Dawn Star negó con la cabeza y se señaló el cuerno.
— Me teletransportaré. No hace falta que me llevéis por el aire. Puedo teletransportarme.
Nąȋenähz no pareció demasiado convencida, pero no discutió con su amiga y emprendió el vuelo junto a Swébende Gagel. Por un momento se planteó guiar a su compañero aprovechando su mejor visión nocturna, pero pronto se percató de que el pegaso no tenía ningún problema en volar de noche. Mantenía fijo su rumbo, y bien vigilados sus alrededores.
Dawn Star contó hasta treinta mientras veía desaparecer a sus compañeros en la oscuridad de la noche, y cuando la cuenta llegó a su fin cargó el hechizo en su cuerno. Un halo azul zafiro la envolvió, y cuando se disipó se encontraba al otro lado del mar, sobre los tablones de madera del puerto.
Lo primero que hizo fue mirar hacia la costa, y en cuanto encontró a sus compañeros empleó los segundos que tenía hasta que llegaran en una inspección visual del lugar. Pudo ver que el puerto era básicamente una ancha pasarela de madera, desierta salvo por su presencia, construida con recios tablones y gruesos pilares de madera para soportar el peso de los carros de mercancías que descargaban de los barcos. Corrían sobre el agua en paralelo a la costa, y de vez en cuando surgía un puente que lo conectaba con tierra, donde débiles luces permitían adivinar algunos edificios pasarela terminaba en un pequeño promontorio que penetraba en el mar, sobre el cual se levantaba un faro en cuya cima ardía una gran hoguera.
Al otro lado, entre puentes paralelos entre sí construidos en dirección al mar, atracaban los barcos. Eran en su mayoría naves de carga dedicadas al comercio, con sus cubiertas iluminadas por candiles que colgaban de la vela mayor, aunque al fondo se podían distinguir algunos barcos de guerra, pequeñas fragatas listas para defender el puerto de Tall Tale de cualquier posible incursión pirata.
— Aquí somos —dijo Nąȋenähz justo después de aterrizar delante de Dawn Star, y un segundo después lo hizo Swébende Gagel—. ¿Sabéis ya algo del poni a quien buscamos?
Dawn Star negó con la cabeza.
— No he tenido tiempo. Solo he podido hacer un pequeño reconocimiento de la zona, pero estoy casi segura de que está por ahí, en aquellos edificios.
Swébende Gagel miró en la dirección en que apuntaba el casco de Dawn Star, y no tardó ni una décima de segundo en señalar con el suyo a un edificio iluminado por dos lámparas rojas.
— El lupanar. Allí fállase sines dubda.
La unicornio miró al pegaso, asombrada, y murmuró:
— ¿Cómo… cómo estás tan seguro?
— Simple es. ¿Qué busca un caballo en lugar semejante? Yeguas. Bebidas. Sensaciones. E tal como hanme descrito lo que aquesas drogas fazen, venderanlas en lugar en que querrán tomarlas.
Dawn Star asintió sin dudarlo, pero no por las razones que Swébende Gagel había expuesto. Recordaba haber leído varios reportajes en la prensa que hablaban de redadas en clubes de alterne en los que obligaban a drogarse a las yeguas. Esperaba que no se tratase de aquello, pero en el fondo se temía que aquel era el objetivo del caballo.
Con un escalofrío que recorrió toda su espalda, dio el primer paso hacia el prostíbulo, y sus compañeros la siguieron. No habían recorrido ni veinte metros cuando Nąȋenähz dio la voz de alarma.
— Pony viene hacia nos.
Dawn Star miró al frente, y entornó los ojos para ver mejor. La thestral tenía razón. Por el mismo camino, a unos cincuenta metros de distancia, se acercaba un caballo alto y delgado. Su pelaje era crema, y su crin, larga y que caía hacia la derecha, era de color rosa claro, como los clinopodios.
Alarmada, Dawn Star lo miró con más atención. Aquellos colores… Aquella crin larga... Escrutó el rostro del unicornio, y cuando vio las gafas blancas que se apoyaban sobre el hocico del pony la sangre abandonó en tropel su rostro.
— Es él —musitó, horrorizada.
Swébende Gagel y Nąȋenähz la miraron con sorpresa.
— ¿Cómo… cómo lo sabéis?
— Intuición femenina —mintió.
— ¿Intuiqué? —trató de preguntar el pegaso, pero Dawn Star ya había echado a andar hacia el caballo.
— Sobrevoladlo. Cuando vaya a venderme, bajáis y me ayudáis a detenerlo —les ordenó sin volver la vista atrás.
Swébende Gagel observó con desconcierto cómo caminaba hacia el caballo, pero no la desobedeció y se elevó en el aire junto a su compañera thestral. Mientras cabalgaba las corrientes ascendentes en diracción al caballo, se preguntó qué mosca le habría picado a Dawn Star para mostrar tanta decisión de repente, pero enseguida dejó de pensar en ello. Estaría encantado si la Dawn Star miedosa y llorona era sustituida para siempre por la nueva Dawn Star decidida.
Pero Dawn Star no estaba decidida, ni mucho menos. Las patas le temblaban con cada paso que daba, el miedo le congelaba las entrañas, y a cada segundo le parecía que iba a vomitar. Había diez mil cosas que podían salir mal, y su cerebro se lo recordaba cada milisegundo. Pero continuaba su camino, impulsada por no sabía muy bien qué. Tal vez fuera por evitar la catástrofe que podría suponer cualquier muerte por culpa de la droga. O quizá por no perder su trabajo.
— Perdona, ¿me vendes?
El caballo levantó la cabeza, dejando a la vista de Dawn Star su expresión sorprendida. Era evidente que no esperaba encontrarse con nadie hasta que llegara a su destino.
— ¿Cómo?
Un escalofrío recorrió toda la espalda de Dawn Star. Tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para mantener la desolación fuera de su rostro.
Desde lejos, todavía había alguna posibilidad. Desde cerca, y tras oír su voz, ya no había duda posible.
— Mis… Mis compañeras me dijeron que tú vendías… Yo… Lo necesito. Lo necesito antes de…
El cerebro del caballo había dado la voz de alarma hacía varios segundos, pero ni sus patas ni su cuerno la habían registrado. Simplemente miraba a Dawn Star sin poder ver lo que creía ni oía, con todos los músculos de su cuerpo en tensión. Era la primera vez que visitaba aquella época. Todavía no había vendido nada. ¿Cómo sabía que…? ¿Acaso era…?
La unicornio parda percibió las dudas en el unicornio, y trató de apremiarlo.
— La necesito, de verdad. —Se irguió sobre sus patas traseras, tomó al unicornio por los hombros y le suplicó con la mejor expresión de pena y la voz más lastimera que supo poner—. Por favor, Stoney, vende…
La reacción del unicornio fue automática. Sin saber muy bien cómo, Dawn Star se encontró de costado sobre el suelo, derribada de un potente pezuñazo en la mandíbula.
Al ver al unicornio golpear a su compañera, Swébende Gagel profirió un potente grito de guerra, y se lanzó hacia él en picado y con empuñando la espada en su casco, dispuesto a cortarle el cuello. Lo seguía Nąȋenähz, que descendía con expresión furiosa y mostrando sus colmillos.
Pero ninguno de ellos llegó ni siquiera a rozarlo. Aún estaban a varios metros de distancia cuando activó el hechizo de regreso. Los dos ponis aterrizaron sobre la tierra sobre la que antes había estado el caballo, a menos de medio metro de distancia de su compañera derribada.
Nąȋenähz negó con la cabeza, y acudió a consolar a su compañera, que lloraba amargamente sobre el suelo en postura fetal. El dolor físico radiaba desde la parte izquierda de su hocico, pero el mental era mil veces peor.
— Maldito hideputa —murmuró Swébende Gagel, lívido de rabia, y pisoteó con fuerza el suelo antes de bramar como un animal enfurecido y volverse hacia Dawn Star—. ¡¿Qué habéis fecho?! ¡¿Qué habéisle dicho?! ¡¿Por qué es fuido?!
Desde el suelo, Dawn Star apenas alcanzó a sollozar tres palabras que su llanto convirtió en tres sonidos casi indescifrables:
— Me ha reconocido.
