— ¡¿Reconocido?!
Furioso, Time Keeper plantó los cascos sobre la mesa. El seco estampido asustó a Dawn Star, que se encogió en la silla sobre sí misma como si aquello le permitiera escapar de la ira del ministro.
— Reconocido. —Señaló con el casco a Dawn Star, que emitió un sollozo—. ¿Cómo que reconocido? ¿Por qué la ha reconocido?
Dawn Star trató de explicarse, pero cada vez que abría la boca un sollozo o un acceso de hipo cortaba de raíz las palabras que quería pronunciar, o bien las trituraba y deformaba hasta convertir en sonidos informes e indescifrables. Tras varios minutos, lo único que el ministro y su segunda pudieron sacar en limpio fueron las frases "lo llamé Stoney" y "se me escapó".
El chirrido de las patas de la silla del ministro alcanzó sus oídos, y Dawn Star se encogió en postura fetal, sollozante y temerosa. La echaba. Iba a despedirla.
— Miles de camellos. —Trató de contener la rabia que lo invadía, pero no pudo evitar soltar un grito deforme y dar un pezuñazo al lateral de su mesa—. Miles de camellos en toda Equestria, ¿y tenemos que dar con el suyo?
La respiración agitada de Dawn Star era el único sonido que rompía el tensísimo silencio que se había instalado en el despacho. Con la furia bullendo en su pecho, Swébende Gagel se dio la vuelta y se encaró con su compañera.
— ¡¿Eres uno de ellos?!
Un nuevo sollozo y más lágrimas fue la única respuesta que obtuvo de la unicornio.
— ¡Responde! ¡¿Estás con ellos?! ¡He derecho a saber si trabajo con escoria traidora, así que déjate de lágrimas y…!
La bofetada que le propinó Nąȋenähz resonó por el despacho. Con la huella de su casco marcada en su mejilla, el pegaso la miró con los ojos como platos y la boca entreabierta, incapaz de creer que una thestral osara golpear a un glorioso soldado de Cloudsdale.
Y cuando vio su expresión desafiante y cómo negaba lentamente con la cabeza, se encendió. Desenvainó la espada y apuntó con ella al corazón de Nąȋenähz.
— ¡¿Estás de su parte, maldita murciégalo?! ¡¿Tomáis partido por una escoria que mejor estaría muerta?! ¡¿Una maldita adicta…?!
— ¡No! ¡Ya no!
El grito desgarrado de Dawn Star cortó de raíz todo sonido en el despacho. Sus compañeros se giraron hacia ella, y Nąȋenähz cerró los ojos con disgusto y musitó una maldición en su idioma al ver a su amiga temblorosa y aterrada, con la mirada en el infinito.
— ¡Lo dejé! Yo… yo no me drogo… Yo no soy uno de ellos. Yo no soy una yonqui…
Justo después de terminar la frase, un sollozo sacudió su pecho hasta lo más profundo. Se cubrió el rostro con los cascos mientras las lágrimas comenzaban un nuevo descenso por su rostro húmedo. De su boca brotaban, una y otra vez, las palabras "no soy una yonqui", siempre con la misma entonación desesperada, como si de un disco rayado en lugar de una poni se tratara.
— Tranquila, Dawn —murmuró Comet Nova en tono maternal, y abrazó a la poni—. No eres una yonqui —repetía una y otra vez mientras le pasaba el casco por la crin como haría una madre para consolar a su potrillo.
Time Keeper resopló antes de volver a su asiento y dejarse caer sobre su sillón, malhumorado. ¿Y ahora qué? ¿Cuál era el siguiente paso? Aquel maldito camello había reconocido a Dawn Star, y ahora ya sabía que había alguien tratando de darle caza. Nadie iría al siglo I a por una dosis de droga cuando en su época le sería mucho más fácil encontrarla.
Al menos ahora podía apoyarse en la guardia real. Tan solo le bastaba con escribirle un mensaje a las princesas, y en cuestión de segundos estaría entre los más buscados de Equestria. Con tantos guardias reales buscándolo, lo tendría en Uruqaiqa en menos de media hora. No le gustaba involucrar a la guardia real en un asunto de su ministerio, pero era el modo más rápido y sencillo de dar carpetazo al asunto de una vez por todas.
Time Keeper movió lentamente los ojos de izquierda a derecha, y se detuvo al llegar a la puerta. Al menos el hechizo insonorizante que Comet Nova había lanzado sobre su despacho le iba a ahorrar dar explicaciones sobre lo que acababa de ocurrir al resto de agentes. Un dolor de cabeza menos.
— Señorita Star, ¿sería tan amable de informarnos acerca de su conocido?
Dawn Star vaciló durante un segundo, y sorbió con fuerza antes de asentir. No era una petición.
— Se llama Moon Stone, aunque yo le llamaba Stoney. Tiene veintidós años. Es un unicornio, alto, delgado, con gafas blancas.
— Alto, delgado, y con gafas blancas —repitió el ministro, y lo anotó en el pergamino que escribía a las princesas—. ¿Y su marca?
— Un cúmulo de estrellas de diferentes colores. Es amarillo y su crin es rosada.
Mientras el ministro escribía, Dawn Star inclinó la cabeza mientras una lágrima se deslizaba por su mejilla. Blue Topaz, Moon Stone… ¿Quién sería su siguiente amigo en sufrir por culpa de su trabajo? ¿Clear Crystal? ¿Nąȋenähz?
— Muy bien. —Se inclinó hacia delante y fulminó a Dawn Star con la mirada—. ¿Dónde puede estar?
La unicornio se encogió en su sitio, intimidada. El tono de voz de su superior no dejaba lugar a dudas.
— No… no lo sé. En su casa. Vendiendo pastillas en alguna discoteca. Escondido en algún sitio. —Tragó saliva, y añadió, compungida—: Si… si yo fuera él… Habría hecho eso…
El ministro asintió, y sacó de su cajón un sello y una barra de lacre. Enrolló el pergamino, lo enrolló con tres vueltas de cordón e invocó una llama mágica para derretir el lacre. Cuando tuvo una cantidad suficiente, lo estampó con su sello y lo hizo desaparecer en medio de una llama verde.
Cuando las últimas volutas de humo hubieron desaparecido en dirección al palacio real, se recostó sobre la silla y volvió su mirada a sus subordinados. Swébende Gagel y Nąȋenähz habían seguido el proceso con atención, mientras que Dawn Star había permanecido en su silla, sin moverse ni un milímetro, con la cabeza gacha y emitiendo débiles sollozos cada pocos segundos.
Con expresión cansada, los ojos del ministro apuntaron a la unicornio. Iba a ser doloroso para ella, pero no podía correr el riesgo de que volviera a reconocerla.
— Señorita Dawn Star —la unicornio alzó la cabeza, mirando al ministro con ojos húmedos y temerosos— queda usted apartada del caso hasta nueva orden.
El portazo que dio Moon Stone al entrar resonó por el interior de la chabola. Las paredes, construidas con tablas de madera, temblaron con la vibración, y la plancha de zinc que hacía las veces de techo repiqueteó contra la parte superior de los muros.
— ¿Moon Stone?
El camello volvió la vista a su derecha, y miró a su interlocutor. Era un potrillo joven, de apenas dieciséis años, pequeño pero regordete, con una cierta apariencia de barril. Su rostro, cubierto de pelo blanco y acné y sobre el que caía un largo flequillo azul cielo, apuntaba hacia el unicornio, y sus ojos grises lo observaban con una mezcla de curiosidad y preocupación. Moon Stone apenas perdía la calma. Para hacer aquella entrada tenía que ocurrir algo gordo.
— Me han pillado. Nos abrimos.
— ¿Cómo que te han pillado? —preguntó otra voz, más grave y ruda. Provenía del unicornio negro que se sentaba al lado del pegaso blanco. También era bajito, pero más delgado que el otro pony; era varios años mayor y una sonrisa malévola cruzaba su rostro mientras jugueteaba mágicamente con una navaja—. ¿Qué quieres decir?
— Que me han visto los dorados. —Levantó el casco y señaló acusadoramente al unicornio negro—. ¿Te acuerdas que me dijiste que no iba a haber problemas si me ponía a pasar en el pasado? Pues hay dorados viajando por el tiempo.
El pegaso soltó una risita nerviosa, pero sus ojos gris plata reflejaban miedo.
— Dorados viajando por el tiempo. Venga ya, tío. Estás de coña.
Pero la mirada seria y el gesto grave de Moon Stone mostraban sin ambigüedad que no mentía. El potrillo palideció, y se levantó del sofá con los ojos fijos en la puerta de contrachapado, pero se dio la vuelta al sentir un fuerte tirón de su cola. Se giró en redondo, y soltó un grito agudo cuando su rostro se encontró con la expresión intimidante del unicornio negro.
— ¿A dónde te crees que vas, Siroco? —le preguntó, con la navaja flotando entre ambos a la altura de la garganta del adolescente.
Siroco miró alternativamente a la navaja, al unicornio y a Moon Stone.
— No lo sé, pero al trullo no. ¿No has escuchado a Moon Stone o qué? Lo tienen fichado, y yo no pienso estar a su lado cuando lo enjaulen.
— ¿Estás desertando? —Su rostro se contrajo en un rictus de furia, y lanzó la navaja hacia adelante.
La magia de Moon Stone fue lo único que impidió que el arma se clavara en el cuello de Siroco. El potro soltó un grito de pánico, y se refugió detrás de su compañero. El unicornio negro rio.
— ¿Qué, te da miedo un simple pincho, cobarde?
Moon Stone bufó con exasperación, y se metió entre los dos ponis.
— Venga, vámonos ya. Coge pasta. Si nos damos prisa, todavía podemos coger el nocturno a Vanhoofer y de ahí pasar a Zebrabue. Tal como está la cosa, no creo que nos extraditen.
El unicornio negro miró a Moon Stone con odio, pero no dijo nada. Lo rodeó por su izquierda, y se paró frente a Siroco.
Puso una mueca de rabia, y lo derribó de un pezuñazo. Profiriendo un grito informe, se lanzó sobre el potrillo, y comenzó a golpearlo sin piedad. Siroco trataba de cubrirse de sus golpes, pero eran demasiados, demasiado rápidos como para poder reaccionar antes de que cayeran sobre sus ojos, sobre su hocico, sobre sus dientes, haciéndole gritar de dolor y cubriendo su hocico con la sangre que fluía de su nariz y su boca. Horrorizado, Moon Stone avanzó hacia el unicornio negro para parar la paliza, pero él se levantó antes de que llegara, dejando al pobre pegaso convertido en un bulto ensangrentado y sollozante.
Dio un salto sobre el cuerpo de Siroco, se giró hacia sus compañeros y usó su magia para traer la navaja hacia él.
— De aquí no se mueve nadie —replicó el unicornio negro, manteniendo la navaja en el aire con la punta hacia ellos.
— ¿Pero es que todavía no te has dado cuenta, joder? —Moon Stone bufó, exasperado; aunque no se atrevió a moverse de donde estaba—. Saben quién soy. Vienen a por mí. Si no nos movemos, en tres horas estamos en el talego.
— Tenemos un cargamento que vender. No pienso perder varios kilos por esa estupidez.
— ¡¿Estupidez?! —explotó Moon Stone, y dio un paso hacia su compañero—. ¡¿Te parece una estupidez que —se detuvo, dudando si pronunciar o no el nombre de Dawn Star, y finalmente decidió no hacerlo— me hayan reconocido?! ¡¿Te parece una estupidez que sepan quién soy?! ¡¿Que estemos todos en peligro?!
— Me importa una mierda lo que haya ocurrido —murmuró el otro caballo, con los ojos entrecerrados. Moon Stone palideció al sentir la punta de la navaja en el lado izquierdo de su cuello—. Elige un año y vende el cargamento. —Sus labios se curvaron lentamente hasta formar una malévola sonrisa de triunfo—. No vas a traicionar a uno de los tuyos, ¿verdad?
Los ojos del camello se abrieron de golpe al comprender lo que pretendía su compañero. La rabia y el desprecio llenaron su corazón mientras inclinaba la cabeza, derrotado.
Era un maldito hijo de puta.
Sin mediar palabra, dedicó una mirada asesina al unicornio negro antes de cargar el hechizo y desaparecer rumbo al año 424.
— Śĭę šï. Śĭę šï —repetía Nąȋenähz una y otra vez mientras pasaba su ala sobre la crin de Dawn Star—. Śĭę šï, Dawn.
Pero la unicornio, que caminaba a su lado a paso de tortuga, con la cabeza escondida bajo el ala de su amiga, no se tranquilizó en absoluto. Sollozaba cada pocos segundos, y sus ojos enrojecidos y humedecidos apuntaban al suelo, llenos de vergüenza. De ellos caía una lágrima cada pocos segundos, creando un rastro húmedo sobre los adoquines.
Con un suspiro, Nąȋenähz se detuvo delante de su portal y metió el casco en las alforjas de su amiga para sacar las llaves. Miles de pensamientos rondaban su cabeza. Tenía claro que Dawn Star conocía al camello que intentaban atrapar, pero a partir de ahí todo era un nudo de cuestiones sin respuesta. ¿Si lo conocía, quería decir eso que le había comprado droga? ¿Cómo lo sabían Time Keeper y Comet Nova?
Introdujo la llave en la cerradura del piso, pero antes de girarla miró con desconfianza a Dawn Star.
¿Seguía drogándose?
El arrepentimiento le llegó casi al instante, y se reprendió con fuerza por su falsa acusación. El ministro nunca permitiría que alguien que se drogara trabajara para él. Dawn tampoco se comportaba nunca de manera extraña, más allá de cuando se ponía nerviosa. Y además ella misma había dicho…
Sacudió la cabeza, y empujó la puerta para abrirla.
Y en ese momento, Dawn Star salió disparada como una flecha hacia su cama.
Nąȋenähz murmuró una expresión thestral de sorpresa antes de seguirla. Entró en el dormitorio, y la encontró sobre la cama, abrazada a su almohada y llorando sobre ella. La ventana estaba abierta, y por ella penetraba la luz naranja de las farolas.
La thestral suspiró, y se sentó con suavidad sobre la colcha, tan alejada como pudo de la ventana. Extendió su ala sobre la espalda de su amiga, pero no logró ninguna reacción.
— ¿De qué sirvió? —preguntó la débil voz de la unicornio, amortiguada hasta ser casi inaudible por la almohada que sostenía contra su cara.
— ¿Cómo?
— Dejarlo. ¿De qué me sirvió si todos me ven como a una drogadicta?
— ¡Dawn, eso non es cierto! —replicó Nąȋenähz—. Yo non véote como a adicta, e ministro e Comet Nova tampoco. No habrían contratado ti.
— ¿Cómo que no? —sollozó Dawn, y hundió más la cabeza en la almohada—. Me han apartado del caso.
— Porque camello conoce ti. No puedes ir a atraparlo. Él ve ti, entonces él huye.
Dawn Star bajó la mirada al tiempo que tragaba saliva amargamente. No podía negar que Time Keeper había tenido razón al apartarla.
— Pero… pero Swébende…
— Es buen soldado, mas poni… —Negó con la cabeza—. Dawn, segura soy de que solo es malentendido. Si explicamos que años no drogas, él comprenderá.
Un nuevo sollozo, pero mezclado esta vez con una carcajada histérica, brotó de los labios de Dawn Star.
— ¿Años?
Nąȋenähz retrocedió unos centímetros, nerviosa. Su instinto le decía que acababa de poner el casco en la llaga.
— Llevo cuatro meses sin probarla.
La thestral abrió y cerró la boca varias veces, pero no pronunció ninguna palabra. Su cerebro trataba de reconciliar las palabras de su amiga con lo que había dicho en el ministerio, pero no lo conseguía.
— Mas dijiste años en ministerio. ¿Cómo puede…? —Un rayo de lucidez cruzó su mente, y su rostro se endureció—. ¿Nos mentisteis?
Un sollozo alcanzó los oídos de la thestral, y pudo ver cómo su cabeza se movía unos centímetros en horizontal sobre la almohada. Suspiró, y cubrió la espalda de su amiga con su ala.
No obtuvo reacción al principio, pero a medida que transcurrían los minutos la respiración de la unicornio se calmaba paulatinamente. Pasados unos minutos, se separó de ella.
— Llevo… llevo cuatro años intentando dejarlo —sollozó.
Nąȋenähz la miró con espanto. Cuatro años luchando contra aquellas cadenas mentales. Cuatro años perdidos en vano. Conocía a Dawn Star, y sabía que no era una pusilánime sin fuerza de voluntad. ¿Tan difícil era tratar de escapar de las garras de la droga?
— Lo intento y lo intento. Pero… pero cuando vienen los exámenes y me estreso… Acabo… acabo…
Con la velocidad de un rayo, Dawn Star se dio la vuelta y se levantó. Antes de que Nąȋenähz pudiera reaccionar, la había cogido por los hombros con tanta fuerza que empezaron a dolerle.
— ¡Prométeme que nunca lo harás!
La thestral trató de retroceder, intimidada, pero la sorprendente fuerza de su amiga la obligaba a quedarse en su sitio y mirar al frente, a su rostro desesperado y sus ojos hinchados y enrojecidos.
— ¡Prométeme que nunca te drogarás! ¡Acabarás como yo! ¡No podrás salir! ¡Nunca, nunca…!
La fuerza abandonó sus patas traseras, y se derrumbó de espaldas sobre el colchón, sollozando y con los ojos cubiertos por los cascos. Nąȋenähz se acercó a ella, y la envolvió en sus alas con toda la suavidad que pudo. Miró al techo, y tragó saliva.
Le iba a dólar a su amiga, pero necesitaba saberlo.
— Mas Dawn… ¿por qué? Eres yegua inteligente y sabia. ¿Cómo podría camello engañar ti para drogar?
La thestral había esperado que volviera a llorar, y que no le respondiera. Pero no la sonrisa que puso, una sonrisa triste que hizo que se le erizaran los pelos de la crin.
— ¿Lo soy? —Negó con la cabeza, y la echó hacia atrás—. Fui… fui una estúpida. Una idiota. Una retrasada de campeonato. —Tomó aire, y se enjugó una lágrima antes de confesar—: Había… había un caballo.
Nąȋenähz asintió, comprensiva, y sonrió ligeramente. Se cometían tantas locuras cuando se estaba enamorada…
— Él… Él fumaba droga. Yo… yo quería salir con él, y…
El ala de la thestral se deslizó pausadamente sobre la espalda de Dawn Star. Ya sabía lo que venía ahora, pero quería reconfortar a su amiga.
— Yo… yo creía que podría controlarlo. Que podría dejarlo cuando quisiera… —Su cabeza se agitó, y Nąȋenähz sintió la humedad sobre su pecho—. ¡Fui una idiota! ¡Si no le hubiera hecho, no estaría metida en este lío!
Sin responder, su amiga siguió tratando de reconfortar a la unicornio. Al cabo de unos cuarenta segundos, le preguntó:
— Y camello os vendía.
— No... Stoney se la vendía a mi ex. A mí... A mí nunca me vendió.
Ex, constató Nąȋenähz con alivio. Había dejado de verlo. Un problema menos.
— También me salvó la vida.
Nąȋenähz la miró, estupefacta. ¿Salvado? ¿La… la habían intentado matar? ¿Su ex era capaz de eso?
— Me pillaron fumando cristal en el baño. Llamaron a Celestia, y antes de que llegara, Stoney me pasó un folleto de clínica de rehabilitación por la ventana. La directora quería expulsarme, pero cuando la princesa vio el folleto, decidió perdonarme la expulsión si dejaba la droga.
Tras el fin de su relato, la thestral se quedó observando a Dawn, sin saber muy bien cómo tomarse toda aquella historia. No podía decir que no hubiera sido por su culpa, pero desde luego tenía claro lo que había hecho mal y quería reparar sus errores.
— Yo ayudaré ti.
Las orejas de Dawn Star se erizaron de golpe.
— ¿Có…cómo? —musitó Dawn Star, con las orejas erizadas.
— Yo ayudaré ti no drogar nunca más —repitió la thestral.
La unicornio parda levantó la mirada del colchón y miró a su amiga con una mezcla de sorpresa e incredulidad en la mirada.
— Pero… Pero ¿por qué? Es culpa mía. Yo... yo debería...
Nąȋenähz se acercó a ella con una cálida sonrisa en su rostro, y colocó una de sus patas alrededor del cuelo de Dawn Star. La unicornio se abrazó instintivamente a ella, buscando su contacto como si fuera una potrilla recién nacida.
— Porque somos amigas, Dawn. Tú quieres dejar droga, y has problemas para ello. —Pasó con suavidad un casco por su crin, peinándola para calmarla—. Tú diste mí casa. Tú ayudaste mí entender tiempo nuevo. Ahora yo quiero ayudar ti dejar droga.
Dawn Star la abrazó con más fuerza. Intentaba agradecérselo con palabras, pero sus emociones le impidieron pronunciar una sola palabra. La thestral la estrechó contra su pecho mientras su casco seguía peinando la crin de su amiga.
Cuando al fin notó que sus lágrimas disminuían y su respiración se normalizaba, Nąȋenähz aflojó sus cascos y los retiró del cuerpo de Dawn Star. Ella se dio cuenta, y la miró con intriga, pero no opuso resistencia a que su amiga la tumbara en la cama y la arropara entre las sábanas.
— ¿Dónde vas? —le preguntó al verla ponerse en pie.
— A ministerio. Sigo en alerta. Debemos atrapar Stoney. —Colocó el casco sobre el picaporte, y abrió la puerta—. Blue Topaz será venida pronto. Duerme bien. Has viaje a Tall Tale mañana.
Los párpados de la unicornio se abreieron algunos grados. El partido. Ya ni se acordaba.
— Buen sueño. Tranquila. Dentro de poco estarás faciendo misiones con nos otra vez.
Dawn Star asintió débilmente, y trató de sonreír.
Pero en el fondo sabía que aquella noche no iba a dormir.
El viento gélido de la noche revolvió la crin de Carrot Top, que soltó una maldición. ¿Por qué ese imbécil tenía que venir a vender droga a Canterlot en pleno invierno? ¿No podía haber hecho como antes y escoger un puerto en pleno verano?
No, por supuesto que no. Tenía que escoger una ciudad en lo alto de una montaña, en pleno mes de febrero y en lo que tenía que ser uno de los inviernos más fríos del reinado de Ígnor IV "Corazón Roto", primer rey alicornio de Equestria.
— Vamos. No tenemos mucho tiempo —dijo Minuette a su derecha.
Por primera vez en meses no había hecho el dichoso chistecito del tiempo.
Carrot Top se tomó unos segundos para reconocer la zona antes de ponerse en marcha. Se encontraban en las afueras de la ciudad, sobre un estrecho camino de tierra, a apenas unos quinientos metros de las murallas. El río Applefields discurría unos diez metros a su izquierda, buscando su boca en el Jaramare desde la capital, contribuyendo con su humedad a la desapacible sensación térmica. Poco antes de llegar a la puerta de la ciudad se levantaban dos casas, alargadas y de un solo piso, cada una a un lado y más cercana al muro la de la derecha que la de la izquierda.
De sus paredes colgaban sendos faroles rojos.
— Ahí.
Time Turner siguió con la mirada el casco de Carrot, y sus ojos se abrieron de golpe al comprobar que un unicornio crema caminaba por el mismo camino, unos cien metros por delante de ellos y en dirección a los burdeles.
— Santa madre… —Silbó, y miró a su presa con preocupación, pensando con cómo atraparlo—. ¿Alguien tiene un plan?
— Podría hacerme pasar por prostituta —sugirió Carrot—. Va a un burdel, no sería extraño que alguna quisiera abordarle. Así bajará la guardia, y vosotros lo atraparéis. —Volvió la cabeza hacia Minuette—. ¿Qué opinas, jefa?
La unicornio azul dedicó unos segundos a reflexionar la idea, tras los cuales dio su consentimiento a la idea de Carrot Top. Normalmente se habría ofrecido en lugar de permitir que una poni de tierra se enfrentara a un unicornio, pero conocía bien a Carrot Top y sabía que tenía recursos de sobra.
— Bien, pues allá voy. Vigilad que no haga nada raro.
Apenas había recorrido quince metros cuando una pegaso azul le salió de improviso al unicornio. Sin dejar de caminar, la agente no pudo reprimir un gesto de profunda pena y disgusto.
Con su diminuto cuerpecito y el escaso desarrollo de sus alas, dudaba mucho que ni siquiera hubiera cumplido los trece años.
Pudo ver cómo se dirigía al unicornio, y sonrió. Ahora intentaría venderle droga. Aceleró el paso. Ahí iba a ganar unos segundos de oro y una prueba definitiva.
Sin embargo, lo único que vio fue cómo el unicornio se revolvía y le soltaba un pezuñazo a la pobre potrilla.
— ¡Doc, apunta! —ordenó Minuette a voz en grito, y cargó un hechizo paralizante en su cuerno.
El caballo se irguió sobre sus patas traseras, y colocó las delanteras sobre el rostro de Minuette, una a cada lado de su hocico. Inspiró profundamente, cerró los ojos para concentrarse y los abrió al cabo de un segundo.
Ahí estaban. Los veía.
Ecuaciones de movimiento. Movimiento rectilíneo y uniforme. Ángulos. Triángulos rectángulos. Trayectorias. Decenas e ellas, y todas partían desde el cuerno de Minuette. Guio cuidadosamente la cabeza de su compañera hasta que la punta de su cuerno estuvo alineada con el unicornio, y murmuró:
— Dispara.
Un rayo amarillo pálido partió desde el cuerno de la unicornio, y surcó el aire a toda velocidad hasta golpear en los cuartos traseros del camello. Un aullido de dolor quebró el silencio de la noche.
Intentó girarse, pero cuando descubrió que no podía el horror se adueñó de su rostro. Presa del pánico, trató de cargar el hechizo que lo devolvería a su época para escapar del ministerio, pero la parálisis fue total antes de que su cuerno se hubiera iluminado.
— ¡Santa madre! —exclamó Time Turner, y soltó la cabeza de su compañera—. Un disparo limpio.
— Buen trabajo, Doc —le felicitó Minuette, y comenzó a cargar un hechizo de teletransporte—. Se ha quedado de piedra. ¿Lo pillas?
Carrot Top llegó al lado del unicornio apenas dos segundos después de que lo hicieran sus compañeros. Le quitó las alforjas del lomo, caminó hasta colocarse delante de él y se sentó en el suelo. Arrojó las alforjas delante de ella, levantando una pequeña polvareda y manchando su parte inferior con el albero del camino.
— ¿Qué? ¿Querías vender droga a las putas, eh? —Alargó el casco, lo metió en las alforjas, y tras rebuscar unos instantes sacó una bolsa llena de pequeñas piedras de color amarillo pálido—. Pues en el sitio al que vas a ir lo que tendrás que vender es tu culo si quieres sobrevivir.
— Carrot, deja eso. Volvemos.
Pero Carrot Top no le hizo caso, y continuó registrando las alforjas del caballo por si acaso les proporcionaban alguna pista. Había un par de pipas de vidrio esféricas, sin duda para fumar droga, un bote de lubricante y unos cuantos preservativos.
— ¿Qué, dispuesto a darte un homenaje, Romeo? —se burló de él, agitando los preservativos en su cara. Su ceño se frunció de golpe, y le escupió a la cara.
— ¡Carrot!
— Ya voy —respondió ella, y volvió a depositar las cosas en las alforjas—. ¿Qué es esto?
Lo que Carrot Top sostenía con su pezuña era una moneda de oro macizo, casi tan grande como su casco, y bastante más pesada de lo que parecía a simple vista. En una de sus caras se podía ver un dibujo esquemático de la reina Platino V coronada y recostada sobre su trono, rodeada por una leyenda alegórica a su victoria en la Segunda Guerra Civil equestriana; en la otra, el escudo personal de la reina sobre sus enemigos vencidos, y debajo de ellos las inscripciones "1 B" y "534".
— Es de Platino V —murmuró Carrot Top, impresionada. La moneda que sostenía tenía casi mil setecientos años.
— ¡Santa madre! —exclamó Time Turner—. Si estamos en el año 424.
— Es evidente —dijo la poni ámbar, y volvió a guardarla—. Se la debieron de dar cuando fuimos a buscarlo en el siglo VI, y no le dio tiempo a guardarla.
Minuette asintió. Era la única explicación que tenía lógica.
— Venga, volvemos —dijo Minuette, y sus compañeros se colocaron en círculo alrededor de ella y de Moon Stone. Carrot miró a su alrededor para ver si veía a la potrilla, pero ya hacía mucho tiempo que había desaparecido—. Con suerte, tendremos tiempo para dormir unas seis horas. —Soltó una risita—. Tiempo. ¿Lo pilláis?
La única respuesta que obtuvo fue Carrot Top haciendo rodar los ojos en sus órbitas antes de que la pálida luz amarilla del hechizo los envolviera.
— ¿De dónde has sacado el hechizo? —preguntó Time Keeper.
Moon Stone miró al ministro del tiempo con desprecio, y dijo:
— Me acojo a mi derecho a no declarar.
Time Keeper bajó la cabeza y se cubrió el rostro con los cascos, mientras que Comet Nova soltó una risita. ¿Pero dónde se creía que estaba ese mamarracho?
— Esto no es un tribunal. —Moon Stone se encogió de hombros—. ¿Sabes dónde estamos?
— En el cuartel general de los dorados del tiempo.
Comet Nova se echó a reír, pero Time Keeper permaneció completamente serio.
— ¿De dónde has sacado el hechizo? —repitió, en un tono más amenazante.
— Me lo dio un yonqui —respondió en tono neutro, sin pestañear.
La estupefacción y la alarma se adueñaron al instante de la expresión de Time Keeper. ¿Un yonqui? ¿Un yonqui que conocía el hechizo de viaje en el tiempo? ¿Cómo? ¿Acaso uno de sus agentes retirados había caído en la droga?
— ¿Cómo que un yonqui?
— Pues eso, un yonqui. La cambié el hechizo por una papelina de caballo.
Si antes Time Keeper parecía alarmado, ahora parecía horrorizado. Y no era para menos. Había alguien por ahí que iba intercambiando un secreto de Estado por un viaje de opiáceos.
Moon Stone no se cortó a la hora de sonreír con chulería. Se iba a pasar una burrada de años a la sombra, pero iba a disfrutar haciendo sufrir al jefe de los dorados temporales.
— ¿Cómo era?
Moon Stone puso una sonrisa de superioridad y desafío antes de recostarse en la silla.
— Todos los cargos retirados.
Time Keeper tuvo que recurrir a toda su fuerza de voluntad para no levantarse y molerlo a golpes. ¿Pero qué se creía el muy canalla? ¿Que iba a vender droga por el pasado, provocar una muerte por sobredosis y marcharse de rositas?
— Ni de coña —respondió en un tono que no admitía réplica.
Moon Stone se encogió de hombros.
— Disfrutad buscándolo.
De nuevo, el ministro sintió elevarse sus ganas de golpear al camello hasta convertirlo en un bukto ensangrentado, pero se contuvo y lo miró con severidad. Con su magia, hizo flotar una moneda de oro en el aire, a la altura de su rostro.
— ¿Qué hacéis con esto? ¿A quién se lo vendéis?
Una vez más, Moon Stone se encogió de hombros antes de responder.
— Disfrutad buscándolo.
El ministro bufó sobre el escritorio, y se puso en pie.
— Ni falta que hará. —Giró la cabeza hacia su segunda—. Comet, muéstrale el congelador, por favor.
Un escalofrío recorrió la espalda del unicornio, y miró a Comet Nova con temor, pero tratando de no mostrarlo. ¿El congelador? ¿Iban a congelarlo vivo?
— Ahora mismo, Keeper. Destino Uruqaiqa.
El unicornio negro observó cómo Comet Nova se lo llevaba con una mezcla de satisfacción y crueldad. Iba a disfrutar sabiendo que se pudría en el infierno helado de Uruqaiqa.
Volvió a sentarse a la mesa, y tomó su pluma para redactar un aviso de busca y captura a las princesas.
— Chiquiña.
La débil voz de la anciana no sirvió para sacar a Dawn Star de su ensimismamiento, pero sí el suave balanceo en su hombro. Avergonzada, levantó lentamente la cabeza, sin atreverse a mirarla a los ojos.
— Ya llegamos, chiquiña —le dijo afectuosamente, y estiró sus cansadas patas lavanda—. Ya entramos en Tall Tale.
Parsimoniosamente, como si despertara de un sueño de varias horas, Dawn Star se levantó de su asiento. Se colocó bien la camiseta a rayas azules y blancas del Vanhoofer, salió al pasillo del vagón, y caminó a paso de tortuga por él en busca de la puerta para bajar al andén.
— ¿Qué te pasa, mi potra? ¿Por qué estás tan tristiña?
La unicornio se detuvo, y pocos segundos después sintió una pata cruzar sobre su espalda. Instintivamente, se acercó a la anciana y se apretó contra su cuerpo, como si fuera su madre.
— Tranquila, potriña. Seguro que todo saldrá bien.
Dawn Star no lo creía en absoluto, pero sus palabras eran tan cálidas y su abrazo tan cariñoso que consiguió calmarla. Con una sonrisa amable, la anciana la soltó y bajó del tren.
Dawn Star suspiró, y descendió a su vez por la escalera. Cuando notó bajo sus cascos el duro hormigón del andén, todavía húmedo por la lluvia de la noche anterior, levantó la cabeza. Su padre había llegado aproximadamente media hora antes desde Vanhoofer, y en su última carta había escrito que la esperaría en el andén.
— ¿Dawn?
Sus orejas se erizaron y giraron hacia la izquierda, y su cabeza las siguió. Allí, a unos veinte metros y sentado sobre un banco de madera, un caballo pardo y de mirada cansada vestido con su camiseta del Vanhoofer la saludaba con el casco mientras sonreía.
Dawn Star le devolvió una sonrisa débil, y se dirigió hacia él. Cuando estuvo a menos de un metro, el caballo se levantó del banco y la abrazó con fuerza.
— ¡Dawn, mi potriña! ¿Cómo estás? ¿Cómo te va por Canterlot?
Por toda respuesta, Dawn Star emitió un sonido inarticulado que ni siquiera se podía definir como palabra. Sorprendido, su padre se separó de ella, y cuando vio sus ojos enrojecidos y los rastros húmedos de sus lágrimas el temor se adueñó de él.
— Dawn… Dawn, por favor. Dime que no, por favor…
El pecho de la unicornio dio una sacudida, y las lágrimas empezaron a manar de sus ojos.
— ¡No! —sollozó, y miró a los ojos a su padre, aunque el velo de lágrimas delante de sus ojos solo le dejaba ver una masa parda—. ¡No, papá! ¡Hace cuatro meses! Yo…
Sin mediar palabra, el unicornio dio un paso delante y abrazó con fuerza a su hija. Le pasó el casco por la crin mientras sentía cómo se empapaba el pelaje de su cuello, y echó una mirada a su alrededor. Algunos caballos los miraban disimuladamente, de modo que decidió trasladar la conversación a otro lugar.
— Vámonos al Orgullo Celeste. Allí podremos hablar en privado.
El Orgullo Celeste era un bar situado a unos diez minutos de la estación de Tall Tale, en una de las calles adyacentes al estadio del Tall Tale. Su fachada estaba pintada de azul celeste, el mismo color que lucía el equipo en sus camisetas, y las paredes estaban recubiertas de fotos, pósters, portadas de periódico y noticias relacionadas con el Tall Tale. Con aquella temática, no era de extrañar que fuera uno de los bares preferidos por los aficionados para remojar el gaznate antes de un partido.
Y, extrañamente, también era el bar favorito del padre de Dawn Star.
— ¡Mug! —gritó en cuanto entró, mirando al camarero—. ¿Cómo estás?
El camarero, un poni de tierra de unos cincuenta años, corpulento y de mediana altura, pelaje celeste y vestido con una camiseta celestedel Tall Tale, se giró y una gran sonrisa apareció en sus ojos al ver al unicornio.
— ¡Polaris! ¿Qué tal? ¿Listo para que os mandemos a segunda?
— ¿A segunda? A segunda os vais a ir vosotros. —Echó una ojeada al interior, y preguntó en un tono más tranquilo—. Mug, ¿tienes algún sitio en el que pueda hablar con mi hija en privado?
— Sí, por supuesto —respondió el dueño, y salió de detrás de la barra para mostrarles el camino—. Sígueme.
Dawn Star echó una mirada a los clientes, y tragó saliva al ver que todos la miraban con el ceño fruncido y expresiones de antipatía. Pero era lógico. Era un bar del Tall Tale, y su padre y ella habían entrado con una camiseta del Vanhoofer. No creía que se atrevieran a hacerle nada después de ver cómo trataba el dueño a su padre, pero por si acaso se apresuró a seguirlos.
— Aquí es —dijo Mug Filler, abriendo una puerta de madera, que chirrió al girar sobre sus goznes, al final de un pasillo —. Id pasando. ¿Qué pongo? ¿Una algada como siempre?
— ¡Por supuesto! Que esta no me toca pagarla doble.
La primera vez que Polaris, entonces un unicornio de veinte años con ganas de provocar a la afición celeste, había entrado en el bar,había provocado toda una conmoción entre los parroquianos habituales, que no podían dar crédito a tamaña osadía. Y probablemente hubiera acabado en el hospital de no ser por Mug Filler, entonces un recién estrenado propietario de treinta y dos años, que para evitar una pelea de bar lo colocó en la esquina más alejada y les había prohibido al resto de clientes hasta pensar en el recién llegado. Aquel día se sembraron las semillas de aquella extraña amistad, y también habúan cerrado aquella apuesta amistosa de las algadas.
Aquel mismo día, Polaris y Mug Filler se habían apostado una algada al resultado del partido. El unicornio se comprometía a seguir viniendo, con inmunidad asegurada por parte del dueño, y si el Tall Tale ganaba el derbi del noroeste la siguiente algada la pagaba doble, mientras que si ganaba el Vanhoofer le salía gratis. La apuesta, a lo largo de innumerables victorias y derrotas, se había mantenido en los mismos términos desde la primera vez que la cerraron, veintidós años atrás.
— Empatasteis en el último minuto y encima de rebote. No me fastidies…
— Hasta que pita el árbitro no se acaba el partido —le respondió Polaris, sonriente—. Rapidito, que tengo ganas de celebrar por adelantado que esta noche os vais a segunda.
— Ten cuidado, no sea que seáis vosotros los que acabéis llorando.
Con aquellas últimas palabras, Mug Filler salió del reservado, dejando a solas a padre e hija. Dawn Star se mordió el interior de la mejilla y aprovechó para hacer un rápido reconocimiento visual de la estancia: una mesa de pino, dos bancos pegados a las paredes desnudas y pintadas de celeste y una lámpara mágica en el techo, que iluminaba el reservado con una fría luz verdosa. Polaris volvió la vista a su hija y la miró con preocupación.
— Daw, si no… si no… —apenas se atrevía a pronunciar la palabra "drogaste"— ¿por qué estás así?
Dawn Star inspiró profundamente al tiempo que hacía acopio de valor.
— Me… me han retirado de un caso.
La respuesta de su padre no fue en absoluto la que esperaba.
— Espera, ¿trabajas para la policía?
La unicornio sintió un sudor frío bajar por su espalda. Sabía que no debía confesar su secreto, pero ya era demasiado tarde como para desdecirse. Ahora tenía que controlar los daños.
— Sí. Más o menos…
Y de improviso, se encontró envuelta en el fuerte y tierno abrazo de su padre.
— Lo… Lo has conseguido —murmuró, emocionado, y se separó de ella. Dawn Star pudo ver algunas pequeñas lágrimas formándose en las esquinas de sus ojos—. Temía… temía que nadie quisiera darte un trabajo de verdad… Trade Winds…
Dawn Star asintió con un movimiento corto. Su padre ya le había contado muchas veces aquella historia sobre su compañero de clase adicto a la heroína.
— ¿Y por qué no me lo habías contado? Creía que seguías trabajando de camarera en el café.
— Porque… Me… me hicieron firmar un contrato de confidencialidad y no puedo revelar absolutamente nada sobre ellos… Y…
— Tranquila. Lo entiendo —replicó su padre, con una sonrisa comprensiva en los labios—. ¿Y qué caso era?
La expresión de Dawn Star se agrió al instante, y una nube se cernió sobre su mirada.
— Stoney.
Un largo suspiro escapó de los labios de Polaris, y echó la cabeza hacia atrás. Moon Stone. El cabrón que había estado a punto de destruir el futuro de su hija con su puñetera metanfetamina.
— A ver si lo enchironan —escupió con rabia.
Dawn Star bajó los ojos, avergonzada.
— Me salvó la vida —confesó en un susurro—. Cuando la princesa… Los folletos… Me los dio él.
Polaris apartó la mirada de su hija, claramente disgustado. El corazón de Dawn Star se encogió, preocupada por lo que pudiera estar pensado su padre de ella.
— ¿No... no eran tuyos? Pero... Pero entonces… ¿No querías rehabilitarte? ¿No querías dejar de…?
— ¡Por supuesto que sí! —exclamó Dawn Star, al borde de las lágrimas—. Cuando… cuando me pillaron, comprendí… Comprendí que había estado a punto de destruir mi vida… ¡Por supuesto que quería dejarla!
El unicornio pareció vacilar, pero al final se relajó y su expresión volvió a la normalidad. Inspiró y espiró un par de veces antes de decir:
— Entiendo que no te guste la idea, pero tu jefe tiene razón. Ese desgraciado sabe quién eres. En cuanto te vea, pondrá cascos en polvorosa para no acabar en la cárcel.
Los ojos de Dawn se volvieron a llenar de lágrimas.
— Papá… Por eso me apartaron del caso. No… no sabíamos todavía que era él. Fuimos a atraparlo, y…
Polaris suspiró lentamente a través del círculo abierto de sus labios.
— No te preocupes. Seguro que lo atrapan enseguida.
Dawn Star asintió sin demasiado convencimiento, y desvió la mirada de su padre. Él lo notó, y sonrió con ternura.
— Quiero que sepas que estoy muy orgulloso de ti, hija mía.
Nuevas lágrimas, pero esta vez de emoción y alegría, afloraron a los ojos de Dawn Star. Se levantó de su asiento, y se abalanzó sobre su padre, capturándolo en un fuerte abrazo.
— Aquí os traigo la algada —dijo la voz de Mug Filler, pero detuvo en seco su camino al ver a padre e hija abrazados. Esperó a que Dawn Star volviera a su sitio antes de depositar la comida en el centro de la mesa—. Venga, que la próxima la pagas doble.
— No te lo crees ni tú harto de vino. Me a a salir gratis —replicó Polaris, y rio con chulería.
— No te vas a reír tanto cuando el año que viene nosotros recibamos al Canterlot y vosotros al Appleloosa —contestó el dueño del bar, y se dio la vuelta para volver a la barra.
Casi sin esperar a que se hubiera marchado, Polaris tomó uno de los dos tenedores que le habían traído con su magia y se llevó un trozo de alga parda a su boca.
— Tranquila —le dijo a Dawn cuando lo tragó—. Solo es este caso. Seguro que cuando vuelvas a Canterlot ya está entre rejas y vuelven a contar contigo.
Pero Dawn no estaba tan segura de ello.
El ruido mecánico de la llave al girar en la cerradura resonó por el pasillo, y poco después lo siguieron el sonido de una puerta al abrirse y el de una llave siendo extraída de la cerradura.
Con paso cansado y apático, Dawn Star, todavía vestida con la camiseta del Vanhoofer, entró en su casa. Dos viajes en tren de seis horas en el mismo día eran agotadores, pero no eran ellos la causa de su mal humor.
Habían descendido.
El Tall Tale les había ganado y había mandado matemáticamente al Vanhoofer a segunda división.
Cerró la puerta con su magia, y con un débil gruñido entró en la cocina para hacerse la cena. Todavía quedaba algo de sopa de remolacha de la noche anterior, pero cogió un puñado de flores de la despensa y dos rebanadas de pan de molde.
Ni siquiera tenía ganas de calentar la sopa.
— ¿Dawn? —preguntó Nąȋenähz. Había debido oír la puerta y ver la luz de la cocina encendida.
La unicornio no le respondió, y enseguida escuchó el sonido de los cascos de la thestral acercándose. Terminó de preparar el sándwich de margaritas y lo teletransportó a la mesa del salón.
— Buenas noches, Nąȋenähz —le contestó, sin ninguna emoción en su voz.
— ¿Qué ocurrió? ¿Partido non fue bien?
La unicornio parda se giró, y no pudo evitar fruncir el ceño al ver la alegría y la enorme sonrisa que se desbordaban en el rostro de su amiga. ¿Por qué tenía que estar tan contenta? ¿No podían dejar de restregarle por la cara lo bien que le iba a todos?
— Hemos bajado —respondió escuetamente, y caminó hasta su silla. Se sentó y le dio un bocado a su sándwich.
La thestral dedicó un momento a pensar si podía decir algo para animar a su amiga, pero no se le ocurrió nada, de modo que simplemente tomó el último tomo del cómic que estaba leyendo, aquel sobre el guardia solar y el guardia lunar enamorados, y se sentó en el suelo al lado de Dawn Star para leerlo.
— ¿Y tú por qué estás tan contenta?
Nąȋenähz no podía verle la cara desde donde estaba, pero la voz de la unicornio no tenía ni una pizca de resentimiento ni rabia. Un ligero deje de interés que su apatía apenas permitía vislumbrar, pero ninguna emoción negativa.
— Lo hemos, Dawn. Minuette y patrulla suya han atrapado a Moon Stone. Están tratando de facer fablar en prisión de nieve.
El sándwich de margaritas cayó sobre la mesa con un golpe apenas audible.
El Vanhoofer y el Tall Tale forman una referencia al Deportivo de La Coruña y al Celta de Vigo, respectivamente, dos equipos de fútbol de Galicia.
Ígnor IV es una referencia muy oscura. "Ígnor" es un anagrama de "Ringo" (sí, el de los Beatles). IV por su disco "Ringo the 4th". "Corazón roto" por su canción "King of Broken Hearts". Y alicornio porque Ringo fue un Beatle.
