— Debo admitir que eres la última poni a la que esperaba ver aquí.
Los labios de Dawn Star se curvaron en una débil y triste sonrisa, y asió uno de los barrotes de la celda con su casco derecho. Estaba frío como el hielo, pero no lo soltó.
— Podría decir lo mismo, Stoney.
Moon Stone resopló, divertido, y se levantó del patético camastro de paja en el que estaba tumbado. Caminó hasta la puerta de su celda, y colocó el hocico entre dos de los barrotes.
— ¿Has venido a hacerme cantar?
La unicornio fue incapaz de contener una exclamación de horror al ver la cara de Moon Stone. Tenía las mejillas hinchadas y varias manchas de sangre seca bajo su nariz y alrededor de sus labios. Grandes manchas púrpuras rodeaban sus ojos; y cuando abrió la boca para respirar Dawn Star pudo ver que tenía un par de dientes astillados.
— Pero... Pero ¿qué te han hecho? —musitó, llena de espanto.
— Tu jefe —escupió con rabia, y sacudió la cabeza—. Me ataron a la pared y me mandaron un guardia pegaso para que hablara; pero yo no abrí la boca.
Dawn Star bajó la cabeza, profundamente avergonzada. No podía creer que Time Keeper fuera capaz de ordenar que torturaran a un prisionero bajo su jurisdicción. Era estricto, dedicado a su trabajo, pero no era un psicópata capaz de ordenar una paliza a un detenido para obtener información.
Pero... Pero Stoney...
— ¿Era... Era Swébende Gagel?
— ¿Tu compañero pegaso?
Dawn Star asintió con la cabeza.
— No, no era él. Era de otro color. Azul, creo.
Un suspiro de alivio brotó de los labios de la unicornio. Sabía perfectamente que Swébende Gagel era un soldado del ejército de Cloudsdale, y que debía haber matado, mutilado y torturado a incontables grifos y ponis, pero era más fácil sobrellevar aquel conocimiento si se trataba de una masa informe de ponis sin nombre en lugar de alguien a quien ella conociera y apreciara.
— Si tu jefe te ha enviado para que declare, ni te molestes. No pienso cantar.
Dawn Star bajó la mirada unos centímetros. Había ido corriendo al ministerio tan pronto como Nąȋenähz le había dicho que habían capturado al camello, y le había suplicado de rodillas que le permitiese verlo, asegurándole una y mil veces que sí hablaría con ella.
Lo peor era que ya sabía que aquello iba a ocurrir.
— ¿Dónde estuviste?
El camello ladeó la cabeza.
— ¿A qué te refieres?
Dawn Star bajó la vista hasta el suelo, solo para volverla a subir unos segundos después.
— La última vez que nos vimos antes de... —vaciló un instante— todo esto fue hace cuatro años. ¿Qué hiciste? —Tomó aire—. ¿Te... te cogieron?
— No les dio tiempo. Huí a Zebrabue. En cuanto te dejé los folletos salí pitando hacia la estación. Pasé de Fillydelphia a Zebrabue. Cuando llegué, una tribu de allí me acogió.
Una pequeña sonrisa se dibujó en los labios de Dawn Star, solo para borrarse tan pronto como había aparecido.
— ¿Por qué no te quedaste allí?
Moon Stone levantó la cabeza y dejó escapar un largo suspiro.
— Porque preñé a la hija del jefe. Su padre casi me mata.
— ¿Y no podías hablar con él y...?
— Ni de coña —replicó Moon Stone—. Cuando digo que casi me mata, quiero decir que la lanza que me tiró me pasó por aquí. —Puso su casco izquierdo a escasos centímetros sobre su cabeza—. Si hubiera intentado razonar con él ahora sería una alfombra en la choza del jefe.
Mordiéndose el interior de la mejilla, Dawn Star giró la cabeza hasta tener delante de ella la pared de roca de la celda. Si no hubiera dejado embarazada a la cebra... Si no hubiera tenido que volver a Equestria...
— ¿Cómo están los demás? —preguntó de repente.
— ¿Los demás? —preguntó el camello, sorprendido. Hacía cuatro años que se había separado de ellos. ¿Por qué se acordaba de ellos de repente?
— Sí, los demás. Quartz Crystal, Carat Diamond, —su expresión se ensombreció de repente, y escupió el nombre con rabia en lugar de pronunciarlo— Antracite Coal…
El camello vaciló un instante antes de responder. ¿Por qué le habría preguntado por su ex novio? En los últimos días antes de que la pillaran no podía ni verlo, y por lo visto ahora tampoco.
— Antracite Coal está bien, pero es el único. Sigue poniéndose. —Dawn Star cerró los ojos con una mezcla de decepción y rabia en su rostro—. De Carat Diamond no sé nada; oí algo de ella y un burdel de Baltimare, pero nada fiable. Y Quartz Crystal está muerto.
Dawn Star sintió que el aire se escapaba de sus pulmones como si la hubieran golpeado en la barriga. Muerto. Algo oculto y potente en su interior se negaba a aceptarlo. Apenas tenía un año más que ella. No podía estar muerto.
— ¿Te acuerdas de que había empezado a tontear con el caballo? —Dawn Star asintió. Recordaba muy bien la tremenda impresión al verlo tumbado en un sofá, con los ojos entreabiertos, una expresión de placer en su rostro y la jeringuilla todavía colgando de su pata—. Bueno, pues acabó enganchado al jaco. Se puso a pasarlo para poder pagárselo, pero el muy subnormal en vez de venderlo se lo ponía. Hasta que hace dos semanas su proveedor se hartó de que le debiera pasta y no le pagara.
El camello vaciló un momento, pensando si lo que seguía sería demasiado terrible para Dawn Star, pero al final decidió seguir adelante.
— ¿Y qué hizo el proveedor para cobrar? Le puso un cuchillo en el cuello, se lo llevó al baño de un club gay, lo encadenó, lo amordazó y puso un cartel en la puerta que decía "Uso libre, 10 bits el polvo". Y ahí lo tuvo hasta que pagó su deuda con mil bits de intereses.
— ¿Y… y qué pasó después? —preguntó Dawn Star, horrorizada por su relato—. ¿Cómo murió?
— Cuando tuvo pagada la deuda, ese cabrón le rajó el cuello. Me encontré el cadáver tirado en un callejón, un par de días después de que lo mataran.
Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Dawn Star, y soltó el barrote. Se sentó en el suelo y se cubrió los ojos al tiempo que inspiraba profundamente, intentando calmarse. Su cerebro trataba de inventar cualquier narración para no tener que enfrentarse a la realidad, pero era en vano.
Aquel sórdido mundo de drogas, prostitución y asesinatos que acababa de relatarle era el mismo del que Moon Stone le había ayudado a salir cuatro años antes.
— ¿Por qué…? ¿Por qué lo hiciste? —preguntó, su voz un susurro apenas audible que ni siquiera hacía eco en los viejos muros de Uruqaiqa—. ¿Por qué me ayudaste?
El unicornio se sentó sobre su camastro, y volvió los ojos al techo. Inspiró un poco de aire y espiró largamente.
—Porque tú tenías algo que ninguno de los demás tenía.
Dawn Star ladeó la cabeza, intrigada. Algo que ella tenía, pero los demás no. ¿Se refería acaso a la plaza en la Academia? El resto asistía al Instituto de Fillecas, y faltaban más del doble de lo que iban.
— Futuro. Tenías futuro, y lo estabas tirando a la basura por estúpida.
La única respuesta de Dawn Star fue un fuerte resoplido.
— Te enganchaste al cristal por liarte con un caballo. Si eso no es ser estúpida yo soy el dragón de la Sparkle.
La unicornio bajó los ojos y agachó las orejas, avergonzada. Por mucho que le doliera, Moon Stone había dado en el clavo.
— ¿Te conté alguna vez sobre mi hermana Padparadscha?
Dawn Star lo miró con na mezcla de atención y curiosidad. Moon Stone nunca había hablado sobre ninguna hermana.
— Tenía dos años. Yo siete. Fue un día frío de marzo. A las siete de la mañana tenía un poco de fiebre y le dolía la cabeza. A las ocho de la tarde estaba muerta. —Parpadeó, y se dio cuenta de que sus ojos estaban humedecidos—. La fulminó una meningitis.
Dawn Star sintió cómo algo empapaba sus cascos delanteros, y al mirarlos se dio cuenta de que eran sus lágrimas. Ambos ponis se acercaron a la reja, y se tocaron los laterales de sus hocicos en el gesto más parecido a un abrazo que la gélida prisión de Uruqaiqa les permitía.
— Recuerdo que me sentí tan impotente mientras la veía morir… Tal vez por eso me sienta empujado a ayudar a los que considero vulnerables.
— Menos a las prostitutas —apostilló Dawn Star—. A esas no tienes problema en venderles.
— Menos a las prostitutas —convino Moon Stone—. Por alguna razón no las considero vulnerables.
Dawn Star soltó un suspiro y se sentó sobre el frío suelo de piedra. Tenía que hacerle hablar, pero no sabía cómo. Moon Stone nunca traicionaba a nadie.
Un repentino relámpago de inspiración cruzó su cerebro, y se puso en pie como una centella.
— ¿No tienes a alguien como yo? ¿A algún estúpido con futuro al que puedas proteger como hiciste conmigo?
Un confuso batiburrillo de emociones danzó en las pupilas del camello durante menos de un segundo. Demasiado poco para distinguirlas todas, pero ahí estaban la sorpresa, la incredulidad, e incluso un fugaz componente de admiración.
Se dio la vuelta en su celda, y permaneció durante varios segundos de pie contra la pared, pensativo. Las orejas de Dawn Star cayeron sobre su cabeza, pero se volvieron a erguir cuando lo vio girarse con una expresión decidida en su rostro.
— Estoy dispuesto a deciros quién me dio el hechizo.
La enorme sonrisa de Dawn Star apenas cabía en su rostro.
— Con una condición.
— ¿Siroco?
Moon Stone asintió con firmeza.
— Pegaso. Dieciséis años. Es como un barril blanco con la cara como una paella. Es uno de los míos. Nunca ha vendido droga ni viajado en el tiempo. —Levantó la cabeza y clavó sus ojos en los del Ministro del Tiempo—. Quiero que quede sin cargos.
El Ministro apenas pudo reprimir una carcajada.
— ¿Quieres que dejemos libre a alguien que integraba una banda de narcotraficantes y que conoce el hechizo secreto de Star Swirl?
— Solo sabe que existe. Nunca ha leído ni una línea. —Bajó la cabeza y suspiró largamente—. Por favor. Solo tiene dieciséis años. Su madre es una borracha.—Miró a los ojos a Comet Nova—: Por favor. Dadle una oportunidad.
Inmediatamente, se abrió un incómodo silencio mientras el ministro consideraba el trato. A pocos metros, el camello lo contemplaba ansiosamente, tratando de descubrir en sus rasgos cualquier gesto que le revelara lo que pensaba el ministro.
— ¿Tú qué opinas, Comet?
La unicornio blanca volvió la vista hacia el ministro, y bajó los ojos con humildad.
— Creo que podríamos hacerlo. Si solo es un potrillo inocente, deberíamos darle una oportunidad. Podríamos quitar un delincuente de las calles antes de que aparezca.
Time Keeper reflexionó durante unos segundos con los ojos cerrados, y volvió a abrirlos con expresión decidida.
— Lo haré. Pero solo porque prefiero tener controlado a alguien que conoce el hechizo de Starswirl.
Comet Nova sonrió ampliamente, y Moon Stone no pudo contener un gesto de victoria.
— Comet, te ocupas tú. Yo tengo que informar a las princesas del desarrollo del caso. —Comet Nova asintió sin ni siquiera molestarse en tratar de disimular su alegría. Time Keeper se giró hacia el prisionero, y frunció el ceño al ver que también sonreía ampliamente—. Retiraremos todos los cargos contra Siroco siempre y cuando lo que nos has dicho sea cierto. Ya puedes cantar.
Moon Stone asintió brevemente antes de abrir la boca.
— Era un unicornio. Muy alto, un poco menos que Luna. Tiene un cuerno larguísimo, y es rojo rubí con la crin azul zafiro. No recuerdo los ojos ni le vi la marca. Me compró una papelina de caballo y me pagó con el hechizo. Al principio no me creí lo del viaje en el tiempo, pero después de probarlo…
La preocupación crecía en el rostro de Time Keeper a medida que oía la enumeración del camello. Conocía a todos los agentes que habían pasado por el Ministerio en los últimos cuarenta años, y no recordaba a ninguno que se correspondiera con aquella descripción.
— Entendido. Gracias por la colaboración. Investigaremos al tal Siroco, y si nunca ha utilizado el hechizo no presentaremos cargos contra él. ¿Dónde está?
El camello se limitó a encogerse de hombros.
— ¿Qué hora es en Equestria?
— Cerca de la una de la madrugada.
— Pues o está en su casa o por ahí fumando hierba. —Alzó una ceja y añadió—: Yo probaría lo de su casa. Iridio setenta y siete. Estará cagado de miedo y no se atreverá a salir.
Un resplandor negro, como si un monstruo de tinieblas los tragara, envolvió al ministro y a Comet Nova. Cuando se extinguió, Moon Stone se dejó caer sobre su cama de paja, y sonrió mientras miraba al techo.
Lo único que esperaba era no haberse equivocado en su juicio a Siroco.
El estado de aquel barrio era lamentable. El pavimento de las calles y las aceras estaban llenos de socavones, en los que todavía quedaba agua de las últimas lluvias. Allí donde ambos se unían, se podían ver cristales rotos de botellas a intervalos irregulares, e incluso alguna jeringuilla usada si uno miraba con atención. Largas y delgadas plantas verdes crecían en el hueco entre la acera y el bordillo, tal vez el único signo de vida en aquellas calles desiertas. La mayoría de las calles no estaban iluminadas por luces mágicas, y las pocas que había habían sido rotas a pedradas casi en su totalidad. Las casas, pequeños edificios bajos de una sola planta que parecían estar a punto de derrumbarse, lucían numerosos desconchones y graffitis en sus muros.
Y sin embargo, Comet Nova caminaba sin miedo por aquellas calles desiertas, iluminándose con la luz azul turquesa de su cuerno para poder leer los curiosos nombres de las calles. Rutenio, Praseodimio, Disprosio… Una sonrisa fugaz asomaba a sus labios cada vez que leía un cartel. ¿A quién se le habían ocurrido aquellos nombres tan originales?
Por fin, tras girar a la derecha, apareció el nombre que buscaba: Iridio.
Su nombre sugería brillo y colorido, pero era exactamente igual que todas las demás. Estrecha, oscura y abandonada. Incluso parecía estar en peor condición que el resto, lo cual ya era difícil.
Pero a Comet Nova no le importó, y continuó su solitario caminar por el barrio.
Se acercó a la primera casa del lado izquierdo, y asintió con brevedad al ver los restos de un número cincuenta y tres pintados en rojo chillón sobre la puerta de entrada. Giró hacia su izquierda, y siguió caminando durante unos minutos, mirando los números de las casas cada vez que pasaba por delante de una.
Cuando al fin llegó al setenta y siete, se separó un poco de la pared y se sentó delante de la puerta. El peso de los años la había descolgado de la bisagra de arriba, y ni siquiera daba la impresión de poder impedir la entrada a indeseados. Las dos ventanas que daban a la calle tenían las persianas cerradas, y delante de ellas se podían apreciar los tocones oxidados de unos barrotes de hierro que alguien había cortado mucho tiempo atrás. El muro de ladrillo, por el contrario, aguantaba en pie orgulloso y sin desconchones, aunque no había podido evitar que algún vándalo grafiteara su nombre en él con pintura verde.
La unicornio blanca tomó aire, y golpeó tres veces la puerta con el casco.
En el silencio de la noche, los tres golpes sonaron como tres cañonazos. Casi todos los vecinos los ignoraron, pero los más curiosos miraron a través de las ventanas antenas de cerrarlas a cal y canto.
Comet Nova dejó pasar un minuto, y tras no obtener respuesta volvió a llamar.
Y esta vez, un ruido de cristales rotos en el interior le indicó que sí la habían escuchado.
Sus orejas comenzaron a captar el inconfundible sonido de los cascos sobre el suelo, cada vez más fuerte. Se irguió, hizo levitar su carné de agente de la Corona unos veinte centímetros por delante de ella y puso su mejor cara de póker mientras esperaba a que le abrieran la puerta.
— Corona de Equestria —dijo en cuanto vio la puerta girar sobre sus goznes—. Buenas noches. Vengo a hablar con Siroco.
Y cuando la puerta quedó a la vista, el hedor del alcohol la golpeó con fuerza. Una arcada asaltó su pecho, y sintió un desagradable sabor ácido en la parte porterior de su lengua. Casi de inmediato, dio un paso atrás en busca de aire puro al tiempo que tragaba con fuerza para no vomitar.
Inspiró profundamente, permitiendo que el aire considerablemente menos viciado de la calle aliviara sus pulmones, y alzó la cabeza para mirar a su interlocutora. Esta, una pegaso roja de aspecto desastrado y que apestaba a alcohol, se limitó a apartarse de la puerta y dejarle pasar, a pesar de que siempre se había proclamado antimonárquica.
No sabía si por los efectos del alcohol o la fuerza del nombre, pero no opuso ni la más mínima resistencia a que la agente de la Corona entrara en su casa.
Sin decir una palabra, Comet Nova penetró en la vivienda. Centrada como estaba en encontrar a Siroco, ni siquiera prestaba atención a sus alrededores; lo cual fue probablemente para mejor, pues se evitó ver las paredes despintadas del pasillo, las estropeadas baldosas de terrazo y las puertas desvencijadas de las habitaciones. Al fondo del corredor encontró una puerta blanca, mejor cuidada que el resto de la casa, y le dirigió a la yegua una mirada interrogante a la que ella respondió con una sumisa afirmación.
Sin molestarse en llamar a la puerta, colocó un casco sobre el picaporte y la abrió de golpe.
Desde su cama, Siroco ahogó un grito y corrió a buscar un cojín con el que cubrirse la entrepierna. Pero a Comet Nova aquello no le importó, y entró en el cuarto bajo la atenta mirada del adolescente, que la miraba con espanto mientras se preguntaba quién era y por qué estaba allí.
La unicornio blanca cerró la puerta con su magia, y después la usó para sostener su carné delante de su pecho.
— Corona de Equestria.
El adolescente no se movió de donde estaba, pero temblaba como si a su alrededor rugiera una de las terribles ventiscas que solían azotar Yakyakistán durante el invierno, y en sus ojos húmedos se reflejaba el pánico.
¿Cómo habían llegado hasta él? ¿Cómo habían descubierto su escondite?
Una vena de furia se mezcló con su miedo. ¿Cómo se había atrevido Moon Stone a traicionarlos?
Comet Nova se guardó el carné en la crin, anudando algunos mechones de pelo a su alrededor para mantenerlo en su sitio, y giró a la cabeza. Entonces, se fijó en el rostro hinchado y amoratado del adolescente, y en su expresión asustada; y sus instintos maternales florecieron.
Lanzó un rápido hechizo para impedir que el sonido pudiera filtrarse al exterior, y murmuró, con voz llena de horror:
— Pero... ¿Pero qué te han hecho?
El pegaso se encogió sobre sí mismo, tembloroso.
— ¿Tu... tu jefe te ha hecho eso?
Una lágrima se deslizó por su mejilla, y asintió con un sollozo.
Comet Nova sintió la rabia bullendo en su pecho. ¿Cómo podía haberle hecho eso a un pobre potrillo?
En tres pasos, cubrió la distancia que lo separaba de Siroco y lo envolvió en un cálido abrazo. Al principio, él trató de liberarse, pero a los pocos segundos se aferró a la unicornio con fuerza. Acercó sus labios a la oreja del potro, y susurró con su mejor tono maternal:
— Tranquilo. No vengo a detenerte.
La estupefacción brilló en las pupilas negras del pegaso, pero siguió agarrado a la unicornio blanca. Comet Nova sonrió con calidez, y pasó su casco por la espalda del adolescente.
— ¿Te parece mejor que nos sentemos? Estaremos más cómodos.
Siroco todavía no confiaba en lo que le decía la yegua, pero no se atrevió a desobedecer a alguien que podría encerrarlo de por vida si quisiera. Se soltó del cuerpo de Comet Nova, caminó maquinalmente hasta su cama y se dejó caer sobre el colchón. Un segundo después, Comet Nova se sentó a su lado. No comenzó a interrogarlo inmediatamente. Prefirió dejar un tiempo prudencial para que se relajara ligeramente antes de empezar.
Más por hacer algo que por verdadera curiosidad, pasó la mirada por la habitación de Siroco. Era bastante pequeña, como correspondía a las casas de aquella parte de Fillecas. Las paredes y el techo estaban pintados de blanco, y una cada uno de ellos estaba cruzado por una estrecha franja roja, desde la esquina superior derecha hasta la esquina inferior izquierda.
Comet Nova resopló, divertida. Había oído que la afición del Fillecano podía ser bastante fanática, pero nunca creía que alguno de ellos pudiera llegar al nivel de pintar las paredes de su cuarto con los colores de su equipo.
Enfrente de ella, había un armario alto y estrecho, construido en pino y barnizado en oscuro. Apoyadas sobre su puerta había un par de alforjas llenas de libros y cuadernos, hechas de esparto y también decorada con los colores del Fillecano. Volviendo la vista hacia la izquierda, pudo ver una fotografía a tamaño grande de Soarin, colgada sobre la pared de modo que pudiera verse bien mientras se estaba acostado. Estaba tumbado sobre una nube en actitud sugerente, totalmente desnudo, y miraba a la cámara mientras guiñaba un ojo con expresión seductora. Tenía toda la pinta de haber salido directamente de alguna revista erótica.
— ¿Soarin, eh? Casi todos los potros de tu edad prefieren a Spitfire o a Fleetfoot.
— Si te digo que me gusta cómo vuela no va a colar, ¿verdad?
Comet Nova negó lentamente con la cabeza. Tomó aire, y giró el cuello hacia la derecha para quedar frente a frente con Siroco.
— Moon Stone ha hablado.
Siroco la miró como si hubiera visto a Tirek.
— No… No, estás mintiendo. —Rio nerviosamente—. Moon Stone nunca nos vendería. Ese caballo es una tumba.
— Y sin embargo estoy aquí.
El pegaso palideció. Era cierto. Los había delatado. Pero ¿cómo? Un escalofrío le bajó por la espalda al imaginar las espantosas torturas la que lo habrían sometido.
— Tranquilo. No nos habló de vosotros. Solo nos dijo quién les dio el hechizo.
Siroco pareció calmarse, y suspiró aliviado, pero enseguida la suspicacia retornó a su mente.
— ¿Y entonces cómo has llegado hasta aquí?
Comet Nova estiró las patas delanteras contra el colchón antes de contestar:
— Porque nos lo contó a cambio de librarte de todos los cargos.
Comet Nova vio temblar la mandíbula inferior del pegaso, y un segundo después sus ojos se humedecieron. Sin embargo, respiró hondo y consiguió reprimirse antes de echarse a llorar.
— ¿Qué?
— Que te ha librado de todos los cargos. Eres libre. Siempre y cuando no hayas viajado en el tiempo. —Su rostro se endureció, y su mirada se clavó en las pequeñas pupilas de Siroco—: ¿Lo has hecho?
Siroco negó con la cabeza, nervioso.
— No. No, nunca. Cuando Moon Stone… Cuando lo probó, fue él solo y nos trajo un periódico de hace cien años. Para probarlo. Para comprobar que de verdad había… Pero ni yo ni… Nunca…
"Ni yo ni…", repitió Comet Nova para sus adentros con un deje de preocupación. Había al menos otro miembro más delos camellos intertemporales. Probablemente varios.
— Muy bien. Muchas gracias. —Se levantó de la cama y estiró las cuatro patas—. Con esto acabamos. Quedas libre.
El pegaso sintió un nudo en la garganta mientras la veía caminar hacia la puerta. Lentamente, una idea se iba abriendo camino en su cerebro. Moon Stone había renunciado a usar la información a su favor para salvarle a él. ¿Por qué…? ¿Por qué no podía…?
— Espera.
Comet Nova detuvo su camino justo ante de alargar el casco en busca del picaporte. Sin darse la vuelta, sonrió. Seguro que se creía adulto, pero funcionaba como un niño.
Siroco tragó saliva antes de continuar. ¿De verdad…? ¿De verdad iba a hacerlo? Pero… No era justo que Moon Stone…
Y además su jefe le había dado una paliza al intentar salvarse.
— ¿Puedes… Puedes hacer lo mismo con Moon Stone?
Sin pronunciar una palabra, Comet Nova volvió a la cama y se sentó al lado del pegaso.
— ¿Sabes cuál es la diferencia entre él y tú?
Sirono tragó saliva y negó con la cabeza.
— Eres menor de edad y tu único cargo era pertenencia a organización criminal. ¿Él? Pertenencia a organización criminal, utilización de magia prohibida, tráfico de estupefacientes, tráfico de antigüedades y equicidio involuntario. —Suspiró con pesar, y negó con la cabeza—: Tendrá suerte si solo le cae cadena perpetua.
— Pero… Pero… —intentó protestar Siroco, aunque pronto descubrió que no tenía ni un solo argumento—. ¿Cómo que equicidio involuntario?
— Una yegua murió por sobredosis de cocaína. Y en el siglo VI no creo que haya muchos más vendiéndola.
Derrotado, Siroco apretó los dientes y bajó la cabeza con resignación.
— ¿Puedo salvarle la vida?
Comet Nova le lanzó una sonrisa de admiración, y asintió. Las orejas del pegaso se erizaron de golpe, y sus ojos brillaban con ilusión.
— Hablaré con mis superiores para que le otorguen una reducción de condena. No puedo prometer nada, pero haré todo lo que esté en mi casco.
Siroco asintió mientras tragaba saliva, y miró a la unicornio con una sonrisa nerviosa en su rostro.
— ¿Cuántos sois?
— Tres. Solo tres.
— ¿Quién es el otro?
El pegaso desvió la mirada y bajó los ojos al suelo. Comet Nova suspiró. Había visto el terror en su mirada. Lo abrazó brevemente y procedió a cambiar de tema.
— ¿Dónde está?
— En… en una chabola. Está justo al entrar en El Cañaveral, desde Fillecas. Pequeña, a la izquierda, tejado de uralita pintado de negro…
Comet Nova asintió, satisfecha. Aquello iba muy bien.
— ¿A qué numismático le lleváis las monedas?
— ¿Numismático? —preguntó él, desorientado.
— Cuando Moon Stone vendía la droga, le pagaban con monedas de otra época. Moon Stone nos dijo que vendía las monedas que le daban por la droga a un numismático porque ganaba más dinero que vendiéndolas como metal. ¿Quién es?
Siroco se encogió sobre la cama, y miró a Comet Nova con el miedo pintado en la cara. Sus párpados temblaban.
— No lo sé. Se ocupaba Moon Stone. ¡De verdad, no lo sé!
Comet Nova vio sus ojos llorosos y su expresión dominada por el pánico, y sus instintos maternales saltaron de golpe. Su rostro se ablandó, y antes de que pudiera percatarse de lo que hacía tenía la cabeza del potro contra su pacho, y sus patas delanteras alrededor de su cuerpo.
— Tranquilo. Tranquilo. No te va a pasar nada. De verdad.
El pegaso no parecía reaccionar, de modo que comenzó a pasarle la pezuña por la crin. Aquello sí tuvo efecto, porque Siroco la abrazó a su vez, con tanta fuerza que hizo crujir su espalda.
— Ojalá fueras mi madre —le oyó murmurar.
Una puñalada atravesó el corazó de Comet Nova, y abrazó con más fuerza al potro. ¿Tan mal le había tratado?
— Tranquilo —murmuró con calidez en su oído—. Tranquilo, Siroco. Tranquilo.
Sus palabras tuvieron el efecto deseado, y el pegaso pareció calmarse. Lentamente, Comet Nova se separó de él antes de decir:
— Siroco… Seguimos necesitando un nombre.
El potro asintió débilmente. En su interior, algo le decía que no debía traicionar a su jefe, pero se forzó a ignorarlo. Le había dado una paliza, le había puesto una navaja en el cuello, y por su culpa habían mandado al trullo a Moon Stone y estaban a punto de mandarlo a él.
Asintió de nuevo, y abrió la boca.
Iridio 77. Si algún químico lo ha leído, seguro que lo ha pillado.
