Time Keeper se cubrió el rostro con los cascos y suspiró con fuerza.
— Admítelo, Keeper. Sabías que iba a pasar esto desde que detuvimos al camello.
— Cierto. Pero mantenía la esperanza de que no. —Levantó la mirada del escritorio y se giró hacia Comet Nova—. Podría haber sido peor.
— Totalmente. Esperaba que fuera una banda bien organizada, no tres potros jugando a ser Colter White.
— ¿Y del numismático? ¿Sabía algo?
Comet Nova negó con la cabeza.
— Solo que Moon Stone se encargaba de llevarle las monedas. Nombre, apariencia o dirección, nada en absoluto.
El unicornio negro asintió con la cabeza antes de preguntar:
— ¿Y qué has hecho con él?
— Lo he dejado en Uruqaiqa, con el alcaide. Formalmente no está detenido, pero así nos aseguramos de tenerlo controlado en todo momento.
Sonrió, y miró a Comet Nova con admiración antes de felicitarla por un trabajo bien hecho.
— Mañana le escribiré al alcaide de Uruqaiqa. Será mucho más fácil controlarlo si siempre le tenemos en el mismo sitio, y tampoco nos vendría mal otro guardián.
Con aire decidido, se levantó de su silla y caminó hasta colocarse al lado de Comet Nova. Tomó aire, y cargó en su cuerno el hechizo de viaje en el tiempo.
— ¿Dónde vamos? —le preguntó Comet Nova al ver la luz negra expandiéndose.
— A contrastar la información.
El eco de cascos caminando sobre el gélido suelo de granito de Uruqaiqa alcanzó los oídos de Moon Stone al menos medio minuto antes de que los dos unicornios llegaran a él. Como si de un toque de diana se tratase, se puso en pie de un salto y caminó hasta la reja de su celda, mirando al exterior con expectación.
Cuando al fin pudo percibir sus siluetas guiadas por una luz turquesa emergiendo de la oscuridad del pasillo, ni siquiera esperó a que se acercaran para preguntar:
— ¿Cómo ha ido? ¿Qué ha pasado con Siroco?
Pero para desesperación suya, ni Time Keeper ni Comet Nova abrieron la boca hasta que estuvieron a una cabeza de distancia de él.
— Tranquilo. Está bien. Lo hemos trasladado aquí mientras el caso termina de resolverse—el rostro del unicornio se contrajo en un gesto de preocupación—, pero no se encuentra detenido. Tal como acordamos, será puesto en libertad tan pronto como comprobemos que lo que nos decías era cierto.
Moon Stone soltó una carcajada.
— ¿Cómo lo vais a comprobar? ¿Siguiendo cada uno de sus movimientos en el pasado?
— De eso me ocuparé yo —dijo Time Keeper en un tono que no presagiaba nada bueno—. Tranquilo. Será rápido y limpio. —Frunció el ceño—. ¿Quién es el numismático? ¿Era uno de los vuestros?
Moon Stone le mantuvo la mirada durante unos segundos, desafiante, antes de suspirar con fuerza y bajarla. Tal vez así ayudaría a Siroco.
— Golden Mace. Tiene una tienda en los barrios ricos. Le vendíamos todo lo que sacábamos, pero no tiene nada que ver con nosotros. Le dije que eran una herencia familiar. —Esbozó una sonrisa divertida—. No tengo ni idea de cómo se tragó esa bola.
Time Keeper asintió sin demasiado convencimiento. Tal vez no se lo hubiera tragado, y sí pensara que las monedas tenían una procedencia ilegal. Probablemente algún expolio de piteros. Pero de lo que sí estaba seguro era de que no sabía que todas las monedas que había comprado había llegado a sus cascos desde otras épocas.
— Siroco ha hablado —le dijo Comet Nova—. Quiso devolverte el favor.
Moon Stone no dijo nada, y se limitó a asentir. Lo imaginaba. Le había pasado lo mismo cuatro años antes, cuando ayudó a Dawn Star a conservar su plaza en la Academia para Unicornios Dotados. Lo contrario hubiera sido mucho pedir.
Al menos aquel psicópata de pelo negro no volvería a amenazarle con una navaja.
— Tenemos que corroborar su declaración contigo. Tanto para dejarlo libre como para lo que él pidió.
El camello sonrió con sorna.
— ¿Y qué vais a hacer? ¿Viajar a todas las épocas que he visitado y viendo lo que hacía?
A modo de respuesta, el ministro del Tiempo iluminó su cuerno. Su aura mágica se cernió sobre la pata trasera izquierda de Moon Stone, y tiró hacia atrás de ella. Con un grito alarmado y un golpe sordo, el camello cayó al suelo, derribado por la magia de Time Keeper, con la cabeza entre dos barrotes y la punta del hocico fuera de su celda.
Un nuevo hechizo del unicornio negro lo inmovilizó. Aterrorizado, levantó la mirada solo para ver cómo Time Keeper se cernía sobre él con un nuevo hechizo cargado en su cuerno.
Solo lo usaba en situaciones de auténtica emergencia, pero ya estaba hasta la punta del cuerno de que aquel mamarracho le torease.
— Esto… Esto es ilegal —murmuró, aterrorizado—. ¡Es ilegal! ¡Leer mentes es ilegal!
Time Keeper soltó una carcajada que resonó por los gélidos túneles de Uruqaiqa.
— Estamos en tierra de nadie en el año 1296. Aquí no hay leyes que valgan.
Sin ninguna prisa, el unicornio negro comenzó a revisar uno por uno los recuerdos de Moon Stone, tomándose su tiempo mientras los gritos de dolor de Moon Stone retumbaban en el interior de la caverna.
— Bueno, pues parece que decía la verdad.
Time Keeper asintió, y apoyó las cabeza sobre sus cascos, pensativo. Eran tres. Tenía a dos. Sabían dónde estaba el último. Nada tan fácil como salir hacia el Cañaveral, detenerlo y acabar con aquel circo de una vez por todas.
Y sin embargo, no veía cómo.
— Comet, ¿cómo harías tú una redada en el Cañaveral?
La unicornio blanca dedicó unos segundos a reflexionar su respuesta.
— ¿Lo preguntas por los clanes?
No la sorprendió en absoluto que Time Keeper asintiera. El Cañaveral era el barrio marginal de Canterlot, una gran extensión de cañas silvestres en las orillas del río Applefields que en los últimos cincuenta años habían sido taladas casi por completo para construir nuevas viviendas. Pero no habían sido trabajadores de Canterlot los que se habían asentado allí, sino inmigrantes de otras partes del país, bastante pobres en su mayoría, que habían emigrado a Canterlot en busca de una vida mejor. Después de talar casi todas las cañas, habían construido sus propias casas, pequeñas chabolas insalubres indignas de llamarse viviendas.
Pocos años más tarde, algunos de sus sectores, especialmente el más cercano a Fillecas, habían acabado convertidos en un supermercado de droga y refugio de drogadictos, gobernado por varios clanes dedicados al tráfico de estupefacientes que controlaban diversos sectores del barrio, ora en guerra con otros, ora en frágiles alianzas con los demás. Algunas zonas todavía no pertenecían a ninguno, pequeños oasis de tranquilidad en un barrio acostumbrado a la miseria, los drogadictos, las sobredosis y la muerte.
— Una operación policial es una de las pocas cosas que les haría unirse.
Comet Nova asintió. Recordaba un intento de redada, pocos meses antes, en el que un contingente de guardias reales había debido salir huyendo ante la violenta defensa de los clanes de la droga.
— Tiene que ser una operación quirúrgica. Precisa, sibilina y exitosa. Nadie puede sospechar que nuestros agentes están en El Cañaveral para detenerlo.
— ¿Esta misma noche?
Time Keeper permaneció unos segundos en silencio, tras los cuales no dio ninguna respuesta.
— Sería lo más deseable, pero podemos retrasarlo si es necesario y no se mueve de allí.
La unicornio blanca asintió. Si conseguían evitar cualquier contacto del jefe con el exterior, se habrían asegurado de que no podría pasar el hechizo y multiplicar el problema.
— Llama a Verw'dlúng. Ha llegado el momento de que entre en acción.
Tres minutos después, la changeling estaba delante del escritorio de Time Keeper. A pesar de que no tenía prohibida la salida del Ministerio, pasaba casi todo su tiempo en él, e incluso tenía un viejo colchón de paja en una esquina del vestuario. Se rumoreaba que era por las condiciones que Celestia le había impuesto para que le perdonaran la vida al ser capturada tras la invasión, pero las malas lenguas ni siquiera se acercaban a la verdad.
— Señorita Verw'dlúng, tenemos una misión para usted.
La changeling se cuadró, tan al estilo de Swébende Gagel que a Comet Nova le entró la risa. Verw'dlúng sonrió, aliviada.
Desde donde estaban, no podían ver cómo temblaban sus patas.
— Tenemos una misión para usted. —Le alargó un dibujo al carboncillo con el rostro de un unicornio negro. La yegua lo estudió con atención, tratando de grabar a fuego el rostro en su mente—. Se trata de vigilar a este sospechoso. Debe estar en esta dirección.
Tomó con su magia la foto, y escribió una línea al dorso. Cuando Verw'dlúng volvió a tener el retrato en su casco, frunció el ceño tan pronto como hubo leído la dirección.
El Cañaveral. Aquello no le gustaba en absoluto.
— No hace falta que intervenga, solo que vigile sus movimientos. Si se queda allí, no pasa nada. Si recibe a alguien, comuníquenoslo de inmediato. Y si sale de la chabola —su expresión se volvió sombría—, captúrelo. A cualquier precio.
La changeling asintió antes de cuadrarse. Aquella misión no le gustaba en absoluto, pero no podía negarse a ella.
— Ahora mismo, jefe.
La changeling murmuró un par de maldiciones en su idioma antes de darse la vuelta. Iba a dar el primer paso cuando la voz de Comet Nova la detuvo.
— Cuando salgas del callejón, a la derecha. Sigue recto y acabarás en el Cañaveral. Ahí puedes buscar la casa. Está justo al entrar, a la izquierda.
Verw'dlúng le dedicó unas palabras de agradecimiento antes de salir del despacho y cerrar la puerta tras ella. Cuando estuvo al otro lado, la cerró y se sentó en el suelo. Un fuerte suspiro escapó de sus labios.
¿Y ahora qué?
Escaquearse no era una opción, no si quería seguir viva. Pero partiendo de esa base, ¿qué? Lo más lógico era transformarse en un animal pequeño, meterse en su casa y vigilarlo. Pero tenía un problema.
Verw'dlúng no era ninguna especialista en infiltraciones.
Le había mentido a las princesas para seguir con vida. Aparentado ser una pieza más valiosa de lo que era en realidad. Solo era una obrera del montón, encargada de vigilar los huevos de changeling y retirar de la cámara de incubación aquellos que nunca llegarían a abrirse.
Pero no podía dejar de cumplir su misión.
Con los cascos como el plomo, salió del ministerio a paso de tortuga. No tenía más opción que tratar de cumplir su cometido lo mejor posible. Tal vez incluso lo consiguiera.
Cortando el fresco aire de la noche, un pegaso volaba sobre las calles de Fillecas. Apenas se mantenía unos metros por encima de las azoteas, y sus ojos lapislázuli se mantenían fijos en el suelo, tratando de encontrar sobre él la ruta a seguir.
De momento, iba siguiendo el Camino del Sur, una amplia avenida que atravesaba Fillecas de norte a sur y que comunicaba Canterlot con las ciudades sureñas de Trottingham y Baltimare. Tenía el castillo real a su espalda, y si levantaba la vista podía ver la muralla y el camino que descendía por el monte Canterhorn, alejándose de la capital. Bajo su cuerpo, la avenida estaba bien cuidada, con la alzada en buen estado, las aceras limpias de basuras y libres de baches y una hilera de naranjos a cada lado de la calle.
Pero sin embargo, a vista de pájaro era evidente que aquel aspecto no era más que pura fachada para dar buena impresión a los recién llegados a la capital. A vista de pájaro, se apreciaban perfectamente los estropeados edificios de Fillecas a derecha e izquierda del Camino del Sur.
La avenida hizo un giro a la izquierda poco menos de un kilómetro antes de alcanzar la puerta de la muralla, pero el pegaso ignoró la curva y siguió todo recto. Tras unos dos minutos de volar sobre el descuidado barrio de Siroco, una nueva zona de la capital se abrió ante sus ojos.
El Cañaveral.
Sus ojos se abrieron, y soltó un silbido de admiración. Había oído historias sobre aquel barrio, pero desde luego no hacían justicia en absoluto a la realidad.
No había ni una sola casa en las cercanías. Todo eran precarias chabolas, construidas precariamente con lo que sea que tuvieran en aquel momento. La mitad de ellas parecía estar a punto de derrumbarse, y la otra media ya había cedido, convirtiéndose en montañas de escombros que ningún pony se había molestado en quitar para dejar espacio a otra construcción. Ninguna calle estaba asfaltada, y las vías de tierra estaban picadas de baches. Aquí y allí, podía ver pequeños puntos de luz roja, seguramente ponis que estarían fumando un cigarrillo o algo peor.
El pegaso suspiró, y aterrizó sobre la azotea de un bloque de pisos de Fillecas, el último antes de llegar a El Cañaveral. Cuando sus patas estuvieron sobre las baldosas rojas de aquella terraza, volvió los ojos al cielo antes de que una llama verde rodeara su cuerpo.
A paso de tortuga, Verw'dlúng recorrió los escasos metros que la separaban del borde de la azotea, y miró con resignación por encima del muro.
Ahí estaba su objetivo. La segunda chabola del barrio, en el lado izquierdo de la calle.
Su cuerno se iluminó, y todos los murciélagos en cien metros a la redonda se desplomaron en pleno vuelo, inconscientes. Visualizó en su mente la forma que iba a adoptar, y tres segundos después el mismo fuego verde que la había acompañado en su transformación anterior engulló su cuerpo. Cuando las llamas se extinguieron, la changeling había desaparecido de la azotea.
Un metro por encima de ella, volaba un diminuto mosquito.
Sin dudarlo, Verw'dlúng puso rumbo a su objetivo a la máxima velocidad que le permitían sus finas alas y sus diminutos músculos. Apenas cien metros la separaban de su objetivo, pero con los vientos en contra necesitó algo más de tres minutos hasta llegar al tejado de la chabola.
Al menos se le había ocurrido atontar mágicamente a los murciélagos de los alrededores antes de cambiar de forma. No quería volver a transformarse en la boca de uno y reventar al pobre bicho desde dentro.
Sus delgadas patitas de mosquito se posaron sobre el filo del tejado, y tomó aire, tratando de calmar los nervios que sentía. Podía. Claro que podía. Podía cumplir.
Lanzó una última mirada a las estrellas del cielo, y se introdujo en la chabola por un hueco entre la pared y el tejado.
La esperaban muchas horas de vigilancia.
Un repentino destello de color verde ácido brilló sobre la mesa del ministro, antes de disiparse tan rápido como había venido. Cuando su luz mágica se extinguió, una pequeña piedra de color ocre descansaba sobre el escritorio de ébano.
Sin duda alguna, era de Verw'dlúng.
El ministro la tomó en su magia, y leyó las minúsculas letras trazadas con baba de changeling sobre la piedra sin poder reprimir un gesto de disgusto. Daba igual que ni siquiera la estuviera tocando, la baba de changeling le daba demasiado asco para soportarlo.
— El pájaro está en su jaula. Portezuela cerrada. Sin rastros de criadores. —leyó, y miró a Comet Nova—. Entonces está solo y no hay nadie cerca.
La unicornio blanca asintió.
— Creo que podemos operar esta misma noche. Si actuamos rápido y sin llamar la atención, podemos detenerlo sin problemas. Entrar y salir en menos de cinco minutos. Nos teletransportamos aquí al terminar. ¿Cómo lo ves?
Comet Nova reflexionó durante unos segundos, y dio su conformidad. Dominarlo mediante fuerza bruta al mismo tiempo que se minimizaba el tiempo de exposición y los riesgos de sufrir represalias. No era mal plan.
— De acuerdo entonces. Ve a por Swébende Gagel. Yo escribiré a Minuette y a Nayenaets.
El ministro ni siquiera esperó a que la unicornio empezara a cargar el hechizo para trazar las primeras líneas apresuradas sobre los pergaminos.
— ¿Dawn?
La thestral golpeó por segunda vez la puerta del cuarto de su amiga, y se sentó en el suelo a esperar una respuesta del interior. Unos cascos caminaron sobre el suelo de la habitación, y un segundo después se abrió la puerta.
— ¿Nayenaeh? —preguntó Blue Topaz, con expresión somnolienta y los ojos enrojecidos—. ¿Qué paza? Zon lah treh de la mañana.
— Sé —replicó la thestral—. Mas necesidad he de ayuda. —Levantó la pata derecha, en la que sostenía un pergamino con el sello del Ministerio, y la bajó antes de que Blue Topaz tuviera tiempo de ver nada—. He misión en El Cañaveral, e non conozco dónde aqueso es.
Las orejas de Dawn Star se erizaron de golpe. Como una autómata, se levantó de la cama y caminó hacia la puerta. Echó a un lado a Blue Topaz con su casco, y ante su mirada sorprendida se encaró con Nąȋenähz.
— Vuela al norte, hacia el palacio. —Blue Topaz pareció alarmada, pero Nąȋenähz, centrada en la explicación de su compañera, no se percató de ello—. Poco antes de llegar encontrarás un río. Gira a la izquierda, síguelo, y encontrarás un barrio de chabolas. Ese es el Cañaveral.
— ¿Chabolas?
— Casas pequeñas. Malas. De mala calidad. —Caminó hacia la ventana sin aguardar la respuesta de su amiga, y abrió la ventana con su magia ante una expectante Nąȋenähz y una sorprendida Blue Topaz—. Vuela. Acaba con esto de una vez.
Su amiga le dio las gracias con una frase corta, y sin perder un segundo subió al alféizar de un salto. Se dejó caer como siempre hacía cada vez que emprendía el vuelo, y emprendió camino al norte tal como le había indicado su amiga.
Dawn Star esperó pacientemente hasta que Nąȋenähz se hubo perdido de vista en el cielo nocturno, y se giró hacia la puerta con expresión decidida.
— Dawn… ¿por qué le hah dicho que dé eze rodeo tan grande?
Pero la unicornio parda, en lugar de responder, continuó caminando hacia la puerta de su cuarto como una marioneta manejada por la magia oscura de otro poni.
— ¡No, no, no! Ni ze te ocurra —exclamó Blue Topaz al percatarse de las intenciones de su amiga.
Cargó un rápido hechizo de teletransporte, y apareció con la espalda contra la puerta de la habitación de Dawn Star, a dos patas y dispuesta a defenderla costara lo que costara.
— Dawn, no. No te voy a dejá zalí. Tu jefe te apartó del cazo. Zi te ven y te reconocen ze va todo a la porra. Dawn, no.
Pero la unicornio parda se negó a escuchar las razones de su amiga, y continuó su camino impertérrita hasta que la punta de su cuerno estuvo a menos de un centímetro del esternón de Blue Topaz.
— Tengo que ir —murmuró, con el mismo tono desesperado que un enamorado al que no permiten ver a su novia—. Tengo que ir al Cañaveral. Tengo que cogerlo. Tengo que demostrarles a todos que yo no soy una yonqui.
— Dawn. Dawn, ehcúchame. —La unicornio azul miraba fijamente a los ojos zafiro de su amiga. Sus patas temblaban, pero en sus ojos celestes se podía leer la firme determinación de impedir que su amiga cometiera una locura—. Te han dao el trabajo. Zaben que ya no fumah. No hace falta que vayah. No tieneh que í.
— Sí tengo —replicó—. Moon Stone se escapó por mi culpa. Tengo que atrapar al jefe. Tengo que reparar mi error. Tengo que enfrentarme a mi pasado.
Pero Blue Topaz no cedió ni un solo milímetro. Al contrario, extendió las patas delanteras en cruz para cubrir todavía más espacio
— Dawn. No ehtah en condicioneh. Llevah doh díah cazi zin dormí. No ehtah penzando con claridá.
Dawn Star apretó los dientes con rabia, tratando de contener las lágrimas. ¿Por qué no lo entendía? ¿Por qué su amiga no era capaz de entender lo importante que aquella misión era para ella?
Casi inconscientemente, su cuerno se encendió e iluminó el rostro de Blue Topaz con su luz azul zafiro. Los ojos de Blue Topaz se abrieron de golpe, y trató de conjurar un hechizo a toda velocidad.
Un destello iluminó la habitación. Unos segundos después, Blue Topaz se desplomó, inconsciente.
Aún visiblemente agitada por lo que le había hecho a su amiga, Dawn Star contempló su cuerpo inconsciente de su amiga con los ojos muy abiertos, incapaz de creer lo que acababa de hacer. Algo en su pecho se quebró, y se abrazó a Blue Topaz mientras lloraba.
Si hubiera entendido… ¿Por qué tenía que haberla obligado a…?
Su magia echó hacia atrás la manta y la sábana, y transportó a su amiga hasta la cama poniendo toda su atención en no golpearla contra ningún objeto. Cuando al fin el cuerpo de la unicornio azul se posó sobre el colchón, Dawn Star apoyó la cabeza sobre su pecho; y cerró los ojos con fuerza al oír el suave y acompasado silbido de su respiración y el rítmico latido de su corazón.
— Lo… Lo siento. Lo siento mucho, de verdad. —Sollozó, y se llevó un casco a la cara para limpiarse una lágrima que buscaba su hocico—. Tengo que ir, Blue. Tengo que acabar con esto.
Cubrió el cuerpo de su amiga dormida con las mantas, y salió de su cuarto en dirección al Cañaveral.
La acera del Camino del Sur pasaba velozmente bajo los cascos de Dawn Star. Cada pocos segundos, las luces mágicas que colgaban de las pareces teñían su pelaje con su cálido color anaranjado, que recuperaba su color de siempre cuando se alejaba de ellas. A sus oídos llegaba el ruido seco y repetitivo de sus pisadas, al que su cerebro no hacía caso.
Los escasos ponis que se encontraban a aquella hora de la madrugada, jóvenes que volvían de fiesta casi todos, la miraban con extrañeza, preguntándose a dónde iría con tant prisa. Sentía sus pulmones a punto de estallar y su pecho ardiendo, pero se forzó a ignorarlo. No podía detenerse ahora. Tenía que llegar antes que Nąȋenähz.
Sus ojos divisaron la boca de una calle estrecha a la derecha, y giró para introducirse en ella. Oro, y en el primer cruce giró a la izquierda para entrar en Plata.
Fuertes escalofríos comenzaron a recorrer su espina dorsal. El vello de su cuerpo estaba completamente erizado, como si se encontrara en medio de una ventisca. Había demasiados recuerdos en aquellas calles estrechas y descuidadas que no había logrado olvidar.
Osmio, segunda a la derecha para entrar en Praseodimio, y después a la izquierda en el cruce con Protactinio. Una lágrima asomó a su ojo derecho. ¿Por qué? ¿Por qué no había olvidado aquel maldito camino a la perdición?
Por fin, entró en la calle Nitrógeno, la última antes de llegar a El Cañaveral.
Y allí estaban.
Se habían colocado en una bocacalle que Dawn Star no conocía para ocultarse de cualquiera que pudiera sospechar de ellos, pero para ella eran inconfundibles las siluetas de sus compañeros. Time Keeper, Comet Nova, Swébende Gagel y Minuette.
Dio un paso tembloroso hacia ellos, al que siguieron otro dos. El nerviosismo la carcomía, pero no dejó de avanzar. Si quería redimirse, tenían que saber que estaba allí.
Cuando llegó a la mitad del camino, Swébende Gagel se giró en su dirección.
— ¿Qué faces aquí? —exclamó la voz de Nąȋenähz.
Al instante, Dawn Star sintió las miradas de todos sus compañeros clavarse sobre ella.
— ¿Cómo ha llegado hasta aquí?
Dawn Star emitió un sonido parecido a un sollozo, y se encogió contra la pared de una casa.
— Es culpa mía —respondió Nąȋenähz—. Yo pregunté Dawn dónde era El Cañaveral. Así supo cómo venir.
El ministro del tiempo fulminó con la mirada a la thestral, pero ella no le prestó atención. Estaba mirando a Dawn Star con cara de enfado.
— ¿Por qué dijiste mí camino más largo?
La unicornio bajó las orejas y la mirada. Se había dado cuenta.
— Necesitaba ganar tiempo —musitó, sin atreverse a mirarla a la cara—. Tenía que llegar aquí antes que tú.
Nąȋenähz abrió la boca para decirle lo que pensaba, pero Time Keeper se le adelantó.
— Me da igual. Está apartad de la misión. Ha venido aquí contraviniendo mis órdenes. Ha perjudicado nuestra misión. —Frunció el ceño con evidente enfado, y señaló con su casco en dirección contraria al Cañaveral—. Márchese ahora mismo. Cuando todo esto termine, discutiremos las sanciones.
Los párpados de Dawn Star se movían erráticamente, tratando de contener las lágrimas. Con la cabeza gacha y el pecho lleno de plomo, arrastró su casco delantero izquierdo sobre el suelo, en dirección a su casa.
— ¿Por qué? ¿Por qué has hecho todo esto?
Dawn Star se detuvo en seco antes de girarse hacia Comet Nova. Sus ojos húmedos y enrojecidos ni siquiera se levantaron del suelo para mirarla.
— Quería… quería atraparlos. Quería… Quería demostraros que ya no soy uno de ellos. Que yo podía…
Su pecho se sacudió de repente, y un fuerte sollozo la cortó de golpe. Escuchó unos cascos aproximándose, y pocos segundos después la pata de Comet Nova rodeó su espalda.
— Dawn… Dawn, no hacía falta que vinieras. Nosotros sabíamos que ya no eras de los suyos antes de contratarte. No hace falta que nos lo pruebes.
La unicornio parda sorbió con fuerza antes de responder:
— Pero… Pero tengo que…
— Señorita Dawn Star, no hace falta. Por favor, retírese y…
— Keeper, ven conmigo un momento —le dijo Comet Nova en un tono que no admitía réplica, y tiró de su pata con su magia turquesa.
El ministro del tiempo miró a su subordinada con evidente sorpresa, pero no se opuso a ella y la siguió. Los dos ponis se alejaron unos cincuenta metros, y cuando se detuvieron Time Keeper se apoyó en la pared.
— ¿Qué pasa?
Comet Nova inspiró profundamente antes de contestarle:
— Estaba pensando en que aquí la conocen.
El ministro arqueó las cejas y ladeó la cabeza a la derecha.
— ¿Adónde quieres llegar?
— A que si entra ella resultaría mucho menos sospechoso.
Un fuerte resoplido sacudió el pecho del ministro.
— La conocían hace cuatro años. Ahora la conocen tanto como a nosotros.
— Sí, pero plantéatelo de esta manera. Nuestro plan es entrar, detenerlo y salir lo más deprisa que podamos. No podemos entrar todos ahí a la vez; cualquier idiota se daría cuenta de que es una redada y se nos echarían encima en menos que Celestia se come una tarta.
— ¿Estás planteando mandar a un solo poni a detenerlo? —Cerró los ojos para reflexionar, y cuando volvió a abrirlos, asintió—. Nos evitaría ese problema, desde lue…
Sus pensamientos se iluminaron de golpe, y su rostro pasó a la sorpresa, al asombro y finalmente a la incredulidad.
— ¿Estás planteando mandar a Dawn Star?
Comet Nova tragó saliva antes de asentir.
— Es la que despertaría menos sospechas. Nosotros dos no tenemos pinta de comprar drogas. —El mínimo esbozo de una sonrisa curvó los labios del ministro— . Nayenaets no sabría ni qué decir. Minuette… tal vez salga bien, pero no termino de estar segura. Y con Swébende, es un milagro que no hayan venido ya a por él.
Time Keeper se tomó unos segundos antes de responder.
— Y quieres mandar a Dawn Star a detenerlo porque es la que pasaría más desapercibida.
— Exacto.
Por un instante Time Keeper pareció considerarlo, pero frunció el ceño de golpe.
— Ni de coña.
Se giró y echó a andar ante la expresión asombrada de Comet Nova. Ella sacudió la cabeza, y en tres segundos y cuadro zancadas largas se había puersto a su altura.
— ¿A quién vas a mandar entonces?
— A Dawn Star no. Está apartada del caso.
La unicornio blanca suspiró. No quería utilizarlo, pero no veía otra manera. Aceleró el paso y se cruzó por delante de Time Keeper.
— Me debes una desde la toma de Baltimare.
Los ojos del ministro se abrieron de golpe. Inclinó la cabeza, bajó los párpados y emitió un largo suspiro. A eso ya no podía negarse.
— Comet. —Alzó la mirada hasta mirar a los ojos turquesa de la unicornio—. ¿Por qué te importa tanto que Dawn Star lo detenga?
— Porque necesita romper con su pasado. Sabes que siempre le ha pesado mucho. La academia, encontrar trabajo, piso… Tiene que librarse de esa carga, Keeper. Tiene que demostrarse que puede luchar contra él.
— ¿Y crees que así lo conseguirá?
Comet Nova esbozó una sonrisa.
— Si no lo consigue así, no sé cómo lo hará.
Time Keeper vaciló. Ceder ante Comet implicaba perder parte de su autoridad ministerial; pero por otra tenía razón en que Dawn Sar sufría bajo el peso de sus cadenas mentales. Si podía ayudarle a quitárselas, debía hacerlo.
Y después de que Comet Nova sacara lo de Baltimare, tampoco podía negarse a hacerlo.
— Dos minutos.
Comet Nova sonrió.
— Nayenaets… Yo… Tenía que venir. No quise sabotearos. Pero tenía que ganar tiempo… Por eso… Por eso…
La thestral seguía enfadada, pero al menos ya había desaparecido de sus ojos el dolor de sentirse engañada por su amiga.
— Dawn… No… no entiendo. ¿Por qué es te tan importante? ¿Por qué has de facer tú?
La unicornio se llevó un casco al ojo para limpiarse una lágrima que acababa de nacer.
— Necesito demostrar que ya no soy una de ellos. Tengo… tengo que demostrar que puedo con ellos. Yo…
Sintió las patas delanteras de la thestral alrededor de su cuerpo, y cerró los ojos antes de apoyar la cabeza sobre el cuello de su amiga.
— Dawn, no necesitas. Todos sabemos ya que non eres amiga dellos.
— Cierto es —dijo Swébende Gagel—. Vuestra amiga narrónos la vuestra estoria. Cometisteis grande yerro, mas tratáis de enmendarlo, e aqueso os honra. —Dawn Star sonrió, maravillada e incrédula, pero la sonrisa se borró en cuanto vio la furia que reflejaba el rostro del pegaso—. Mas si la vuestra presencia cuéstanos la misión…
Dawn Star ni siquiera llegó a ver la hoja de la espada. Solo escuchó el rechinar de la hoja sobre la funda al sacarla y meterla, pero aquel cortante sonido metálico fue más que suficiente para helarle la sangre en las venas y hacer que asintiera nerviosamente.
Giró la vista hacia el callejón por el que habían desaparecido el ministro y Comet Nova, y tragó saliva al ver que se acercaban. Quiso bajar la cabeza, dejar de verlos, pero fue incapaz de apartar sus ojos de los dos ponis.
— Dos minutos.
Dawn Star miró al ministro, sin comprender lo que decía.
— ¿Có… cómo?
— Dos minutos —repitió—. Tienes dos minutos para capturarlo desde el momento en que entres ahí. En cuanto acaben, entraremos.
En pocos segundos, el rostro de Dawn Star pasó de la angustia a la sorpresa, el júbilo, y por último a la incredulidad. ¿Cómo…? ¿Por qué había cambiado de opinión tan de repente?
— He rescatado un antiguo favor —explicó Comet Nova, y una cálida sonrisa maternal se dibujó en su rostro—. Vamos, Dawn. ¿No habías venido hasta aquí para atraparlo? Solo tienes que ir ahí y traérnoslo.
A paso de tortuga, la expresión de la unicornio parda pasó a reflejar una amplia sonrisa a medida que el entusiasmo llenaba su pecho. Asintió con decisión, y giró la cabeza en la dirección que indicaba Comet Nova con su casco.
Y cuando vio la chabola con tejado de uralita en la que se ocultaba su presa, se le cayó el corazón a los cascos.
Era la suya.
Una gota de sudor cayó por el lado derecho de su cabeza al tiempo que sus patas temblaban. Docenas de recuerdos habían asaltado su cerebro, torturándola con sus sonidos y sus imágenes. Boqueó un par de veces, y se quedó con los ojos en blanco.
— Dawn… —murmuró Comet Nova con evidente preocupación en la voz, y puso un casco en su hombro—. No tienes por qué ir. Si…
Pero la unicornio parda se quitó de encima su pezuña con un gesto brusco. Comet Nova la miró con inquietud, pero Dawn Star la ignoró y comenzó a caminar hacia la chabola, con los dientes apretados y un amargo peso en su pecho.
Tenía que haberlo imaginado. Seguía vivo. El camello era Moon Stone.
Pero no lo había hecho.
Al menos iba a cerrar aquel capítulo de su vida por todo lo alto.
Se sentó delante de la puerta, e inspiró profundamente un par de veces para nada. Una minúscula sonrisa de nostalgia cruzó su rostro cuando elevó la mirada y la vio.
Cuatro años después, seguía utilizando la misma puerta que había robado de la cuba de escombros de una obra.
Alargó la pezuña dos veces, y dos veces volvió a encogerla sin haber llamado. Por un momento, la idea de salir corriendo y refugiarse en su cama le pareció buena.
Cerró los ojos, y algunos segundos después los abrió con enorme decisión.
No había armado todo aquel escándalo solo para echarse atrás en el último momento.
Echó la pezuña hacia atrás, y golpeó tres veces en el centro de la hoja de pino de la puerta.
Transcurrieron tres segundos, y su pecho se encogió ante la falta de respuesta. Pero de repente, escuchó una voz.
Aquella voz que tanto había ansiado oír a los dieciséis. Aquella voz que ya no quería oír mientras viviera.
— ¿Siroco?
Dawn Star tragó saliva, y cerró los ojos con fuerza, inspirando con fuerza para reunir fuerzas.
— Soy yo. Dawn Star.
De nuevo, obtuvo el silencio por respuesta. Finalmente, el poni de dentro preguntó con voz claramente sorprendida:
— ¿Dawny? ¿Eres tú?
La unicornio bajó la cabeza. Una de las gélidas ventiscas que solían azotar Yakyakistán rugía con fuerza en su estómago.
— Sí. Soy yo. Puedo… ¿puedo pasar?
Hubo un segundo de duda por parte del caballo, pero al final abrió la puerta.
Dawn Star miró al interior de la chabola, iluminado por la pálida luz anaranjada de una vela, y después volvió los ojos hacia donde se habían quedado sus compañeros.
Daba igual lo mucho que deseara estar en su casa, acostada y tapada hasta la crin. Había llegado demasiado lejos como para echarse atrás.
Cuando su cabeza cruzó el umbral de la puerta, la nostalgia se adueñó de ella. Estaba tal como la recordaba. El mismo suelo irregular de tierra, el mismo sofá roto y con los muelles salidos que habían sacado de un vertedero… Incluso tenía el mismo olor repulsivo a sudor equino.
Y en el centro de la chabola y de espaldas a la puerta, estaba él, como siempre estaba cuando ella llegaba a la chabola tras las clases.
Alarmada, sacudió la cabeza con fuerza para librarse de aquello pensamientos. Había venido a detenerlo, no a fumar con él.
— ¿Qué haces aquí, Dawny? —Sonrió con picardía y altivez—. ¿Al fin has reconocido que no puedes vivir sin mí?
La unicornio parda tuvo que reprimir sus ganas de vomitar. Prefería mil veces quemarse viva a volver con él.
— He venido a por ti.
El unicornio negro resopló, divertido. ¿A por él? ¿Qué planeaba? ¿Meterlo en una clínica como habían hecho con ella?
Dawn Star tragó saliva, y sacó su placa de agente de su crin. Miró al frente, endureció su expresión y dijo como un policía de película:
— Corona de Equestria. Antracite Coal, quedas detenido por utilización de magia prohibida y tráfico de estupefacientes. Tienes derecho a guardar silencio y a un abogado.
Las orejas del caballo se erizaron de golpe, y se giró hacia Dawn Star por primera vez desde que había entrado. Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Dawn Star al ver sus ojos enrojecidos y los dos pozos negros en que se habían convertido sus pupilas.
Acababa de colocarse.
Una escalofriante sonrisa asomó a los labios de Antracite Coal.
— Venga ya. ¿Tú eras la dorada temporal que reconoció a Stoned?
Dawn Star apretó los dientes, pero no hizo ningún otro movimiento.
— Vamos. Tenemos a Stoney. Tenemos a Siroco. —Aparentaba seguridad, pero por dentro temblaba de miedo—. No nos hagas esto más difícil.
Antracite Coal inclinó ligeramente la cabeza y se echó a reír.
Era una risa aguda y burlona, una risa que martilleaba con fuerza los oídos de Dawn Star; y cada risotada que alcanzaba su tímpano le dolía como un latigazo en su corazón.
— Vamos, Dawny. Sabes que no puedes conmigo. Ábrete antes de que la cosa se ponga chunga.
Dawn Star bajó la cabeza, y la sacudió con fuerza. Iba a demostrarles a todos que podía librarse de su pasado.
Iba a demostrarse que podía librarse de su pasado.
Su cuerno se iluminó con un hechizo paralizante. El gesto del unicornio negro se torció, y se abalanzó sobre su ex novia.
La fuerza de su pezuñazo cortó de raíz el hechizo y la derribó sobre el suelo de la chabola. Un segundo después, el dolor alcanzó su cerebro.
Un grito agudo escapó de su pecho, y se llevó el casco a la parte izquierda de su mandíbula. Ardía como si le hubieran aplicado un carbón al rojo vivo sobre la piel, y muy pronto su boca se llenó del sabor metálico de la sangre.
Abrió ligeramente la boca, y un largo chorro del líquido fluyó hasta el suelo de tierra. Con él, cayó un objeto ancho y alargado.
Era una muela.
Impedida por el dolor, trató de darse la vuelta y ponerse en pie, pero apenas se había girado unos pocos grados cuando un nuevo pezuñazo, esta vez en su nariz, la devolvió al suelo.
Tan solo tuvo tiempo de ver la maldad reflejada en los ojos de su ex novio y la sonrisa perversa en su hocico antes de que comenzara la lluvia de golpes.
El mundo se apagó ante sus ojos, sumido en el negro de sus ojos cerrados con fuerza mientras pezuñazos, pisotones y coces caían sobre su cuerpo. Cuando al fin el unicornio negro se detuvo, Dawn Star pudo sentir su cálido aliento sobre su rostro.
— Te lo dije —dijo con arrogancia en la voz y una sonrisa de superioridad, contemplando el rostro ensangrentado e hinchado de Dawn Star como contemplaría a un mendigo drogadicto tirado en la calle—. Te dije que no podrías conmigo. Pero tú tuviste que ponerte chula.
La cabeza de la yegua cayó a un lado sin fuerzas. Por su rostro bajaban finos chorros de su sangre mezclada con sus lágrimas, que se precipitaban al vacío desde la punta de su hocico.
Una navaja chirrió al abrirse, y las orejas de Dawn Star se erizaron.
— Sé que no has venido sola. Ningún dorado es tan subnormal como para venir aquí solo. Tienes a tus compañeros ahí fuera, ¿verdad?
Dawn Star no respondió. Solo cerró los ojos y sollozó con fuerza.
¿Por qué? ¿Por qué había fallado?
Era mejor que él. Sabía más magia. No llevaba encima un colocón de cristal. ¿Por qué estaba entonces tirada en el suelo, destrozada y sangrando?
Antracite Coal caminó hasta Dawn Star, y se arrodilló a su lado. El corazón de Dawn Star se detuvo entre dos latidos al sentir la punta de la navaja presionar contra la piel de su cuello, exactamente sobre el lugar en que se encontraba la arteria carótida.
— Me quitarán de en medio, pero tú te vienes conmigo.
Colocó su rostro sobre el de Dawn Star, y sonrió con maldad.
Un sollozo logró abrirse paso a través del pecho congelado de Dawn Star y sus labios temblorosos, y puso una sádica sonrisa en los labios de Antracite Coal. Iba a morir. Iba a matarla.
Impulsada por la adrenalina, la unicornio se revolvió como un pez fuera del agua, pero enseguida la magia de su ex novio la retuvo en su sitio. Como represalia, Antracite Coal le propinó una fuerte coz en las costillas que la hizo doblarse de dolor.
¿Por qué? ¿Por qué iba a morir? ¿Qué había hecho para merecerlo?
— ¡Mírame, zorra! —le gritó Antracite Coal, y le dio un fuerte tirón del cuello para obligarla a mirar al techo. Inspiró hondo un par de veces y sonrió con altivez—. Te dije que te marcharas. —Volvió a colocar la navaja contra la garganta de Dawn Star, buscando de nuevo la carótida, pero esta vez la del otro lado—. Te dije que te marcharas. Es culpa tuya. Tú me has obligado a esto.
¿Por qué ella? ¿Por qué no él? Todo lo malo estaba relacionado con él. Si nunca hubiera existido, nunca hubiera caído en la droga. Nunca habría pasado un calvario tratando de dejarla. Nunca estaría en la chabola, llorando y a punto de ser asesinada.
¿Por qué tenía que morir?
¿Por qué no podía morir él?
Sus ojos se tiñeron de asqueroso verde ácido, y una espesa neblina púrpura comenzó a formarse a su alrededor. Antracite Coal emitió un grito inarticulado de pánico, y dejó caer la navaja al suelo. Su cabeza giró en redondo, tratando de buscar una ruta de escape.
Pero no logró moverse ni siquiera un centímetro más antes de que un terrible rayo negro arrasara el interior de la chabola.
Una explosión sacudió el Cañaveral. Los escasos ponis que todavía se encontraban allí salieron de sus escondites, alarmados por el estruendo, solo para ver un haz de luz negra perdiéndose en el cielo estrellado de la noche desde una chabola con una pared destruida.
— ¡Dawn! —chilló Nąȋenähz, y echó a volar en dirección a la chabola de Antracite Coal.
En su interior, Dawn Star continuaba tumbada sobre el suelo de tierra en la misma posición en que la había colocado. Apenas podía respirar, y el cuerno le ardía como si lo hubiera metido en un caldero repleto de oro fundido. La cabeza le daba vueltas, y sus ojos apenas alcanzaron a ver una extraña bola negra cayendo mientras el mundo se desdibujaba ante ellos, invadido por una repentina oscuridad. Trató de moverse, pero sus patas, como hechas de plomo, se negaron a desplazarse ni tan siquiera un milímetro de donde estaban.
Trató de inspirar, pero ni siquiera un centímetro cúbico de aire entró en los pulmones antes de que la negrura la derrotara.
