Bip… Bip… Bip…

¿Qué había pasado? ¿Por qué estaba todo tan oscuro?

Bip… Bip… Bip…

¿El despertador? ¿Ya era de día?

Bip… Bip… Bip…

¿Dónde estaba?

Bip… Bip… Bip…

¿Por qué no podía encontrarlo?

Bip… Bip… Bip…

¿Por qué no podía mover las patas?

Bip… Bip… Bip…

¿Por qué… se sentía cada vez más pesada?

Bip… Bip… Bip…

¿Qué… estaba…?


— ¡Escandaloso! ¡Es un escándalo!

— Señor, le recuerdo que nuestras actividades están bajo secreto de Estado.

— ¡Me importa un comino que se enteren! ¡Estaba apartada! ¿Por qué la volvisteis a meter?

— Por última vez, cálmese y baje la voz. Puede meterse en problemas muy graves por revelación de secretos. Dawn Star necesita que la apoye, no verlo entre rejas.

Polaris se calló, pero continuó mirando a Time Keeper con ojos hirvientes de puro odio y una expresión asesina. Pero el ministro del Tiempo no se mostraba en absoluto intimidado, sino que le mantenía la mirada con calma.

Comet Nova se mordió el interior de la mejilla, y levantó la vista del suelo turquesa del pasillo del hospital.

— Fue culpa mía. Yo insistí para que mi superior le permitiera unirse a la misión. —Lanzó una mirada preocupada a la puerta de la habitación que ocupaba Dawn Star antes de agachar el cuelo y aplastar las orejas contra su crin—. Si quiere un culpable, aquí estoy.

Pero su ofrecimiento no tuvo la reacción que ella deseaba.

— ¡Me importa un comino! El jefe es él. —Señaló a Time Keeper con un gesto fugaz—. Él tenía que haber dicho que no. ¡Estaba apartada del caso!

El unicornio negro bajó la cabeza algunos grados y cerró brevemente los ojos. No podía sino admitir que el padre de Dawn Star tenía razón.

— De verdad que es culpa mía. Le cobré un favor antiguo. No podía negarse. Yo…

— Dije que me da igual. —Pisó con fuerza sobre las baldosas de loza turquesa del suelo, y miró al ministro y su segunda con ojos hirvientes de rabia—. Voy a elevar una queja a la Corona. Sus superiores sabrán de esto, no les quepa la menor duda.

Time Keeper agachó la cabeza, avergonzado, mientras que Comet Nova se limitó a asentir y sostenerle la mirada al furioso unicornio.

— De acuerdo. Moveré algunos hilos para que pueda quejarse directamente a las princesas. Le prometo que tendrá a su disposición la vía más directa para ser escuchado.

Aquello pareció apaciguar al padre de Dawn Star, aunque no mucho, pues la expresión de su rostro seguía mostrando su enfado y su preocupación. Se dio la vuelta, y se puso de puntillas para mirar el interior de la habitación por la ventana circular abierta en el centro de la pesada puerta verde de roble.

— ¿Crees que has hecho bien? —le susurró Time Keeper a Comet Nova.

— Su hija ha estado a punto de morir por mi culpa. —Tragó saliva, y observó la puerta con evidente preocupación en sus facciones—. No puedo negárselo, Keeper.

Polaris pasó un casco con lentitud sobre el cristal, y tragó saliva amarga. Hubiera dado tantas cosas por que su hija estuviera de pie e ilesa a su lado… Pero en lugar de eso estaba postrada en una cama, inconsciente y con la cara destrozada por culpa de aquella panda de incompetentes.

— Disculpe. No se pueden quedar de pie en los pasillos.

El unciornio apartó la mirada de la ventana, y giró la cabeza en busca de la dueña de aquella voz. Unos tres metros a su derecha había una unicornio vestida con una bata blanca, cuya aura mágica violeta sostenía una tabla y una pluma.

— Es… es mi hija —trató de protestar Polaris, y señaló hacia la habitación—. Mi hija está ahí dentro.

La doctora se limitó a asentir maquinalmente. Había visto docenas de veces una escena semejante.

Se llevó un casco blanco a la frente, y se colocó bien algunos mechones rojos que caían de su crin por el lado izquierdo de su rostro.

— Lo entiendo perfectamente. Yo haría lo mismo si me encontrara en su situación. Pero son las normas del hospital. Por favor, dejen libre el pasillo.

Por un momento pareció que el unicornio iba a responderle, pero en el rostro de la yegua estaba claramente escrito que nada la convencería. Soltó un bufido de irritación, y volvió a posar sus patas sobre el suelo.

— No se preocupe. Si la paciente se despierta o hay cualquier novedad se lo comunicaremos inmediatamente.

Polaris bufó por última vez, y comenzó a caminar por el pasillo en dirección a la cafetería. Cuando llegó a la altura del ministro y su segunda, murmuró con voz llena de odio:

— Las princesas se enterarán de esto.

Time Keeper se limitó a inclinar la cabeza, avergonzado.

— Y yo me comprometo a hacerles llegar su mensaje —le respondió Comet Nova.

El unicornio los miró fijamente, deseando poder fulminar con la mirada a los dos ponis; y finalmente se dio la vuelta para marcharse.

— ¿Te vienes a tomar un café? —le preguntó a Nąȋenähz.

La thestral parpadeó un par de veces, sorprendida. ¿A ella no la odiaba?

— Sí… Sí, gracias —acertó a tartamudear tras unos segundos—. Pero yo pago mío.

— No, no hace falta —replicó él, haciendo un gesto con su casco—. Yo te invito.

— No, no. Yo insisto. Es cultura thestral. Invitado non puede facer mal a invitad… a quien invita.

— No, no, si no me supone ningún mal. Es un bit veinticinco.

— Yo agradezco vos, de verdad, mas yo non puedo permitir. Es cultura mía y normas mías.

Polaris iba a insistir por última vez, pero se lo pensó dos veces antes de decidirse por callarse. Si de verdad sus normas culturales la impelían a no dejar que lo invitara, prefería no ofenderla.

— De acuerdo. Pagas el tuyo. ¿Vamos?

Nąȋenähz asintió con una débil sonrisa, y se puso en marcha junto al unicornio. Cuando se hubieron alejado a una distancia prudencial, tanto Time Keeper como Comet Nova comenzaron a cargar sendos hechizos de teletransporte con distintos destinos.

— ¿Y a ella no le echa la bronca?

Comet Nova negó con la cabeza mientras se concentraba en el Palacio Real como destino.

— Será porque ella no es la jefa.


— Por favor, me pone un expreso y a la thestral le pone… —Giró la cabeza hacia Nąȋenähz, y le preguntó—. ¿Qué quieres?

Ella bajó la vista a la carta que tenía sobre la barra de piedra azul, pero la levantó a los pocos segundos con gesto disgustado.

— ¿Han algo sin leche? Sienta mí mal.

— ¿Te pongo una infusión? —le preguntó el camarero.

— Non. Non gustan mí.

El camarero lo pensó durante un momento.

— ¿Y un zumo de naranja?

No lo tenía muy claro. Sabía lo que era un zumo, pero no qué eran las naranjas. Sin embargo, si las hacían zumo tenían que ser alguna clase de fruta, de modo que asintió con la cabeza.

Polaris echó una ojeada al camarero, que ya había puesto una taza pequeña de loza bajo la cafetera, y dobló la cabeza hacia arriba, intentando pensar cómo iniciar la conversación.

— ¿Por qué queréis vos fablar conmigo?

Las orejas del unicornio se orientaron hacia su derecha, y bajó la cabeza con una sacudida. Bueno, problema resuelto.

— Porque quiero conocer a la compañera de piso de mi hija.

Nąȋenähz asintió con seguridad. Ya había sobrevivido al primer encuentro con las amigas de Dawn Star sin decir ni una palabra sobre su origen o su trabajo. Podría repetirlo sin problema.

— ¿También eres compañera de trabajo de Dawn, verdad?

— Sí. Ella y yo somos compañeras de trabajo. Por soy yo estoy aquí.

— ¿Y cómo os conocisteis?

La thestral sonrió brevemente antes de contestar:

— Conocímosnos en edificio de trabajo. Contrataron nos dos en mismo día. Yo non había aún casa en Könȅgengŭradï… Canterlot. Dawn Star ofreció mí vivir con ella y pagar alquiler con ella.

Polaris asintió con una corta inclinación de cabeza. El camarero depositó el café y el zumo entre los dos, y el unicornio cogió la taza con su magia antes de tomar un largo sorbo del humeante líquido negro. Para sorpresa de Nąȋenähz, no dio muestras visibles de haberse quemado la boca.

— ¿De dónde vienes?

La yegua bajó la cabeza y apretó los dientes con desagrado. Odiaba en lo más profundo de su ser renegar de su familia y su kölonȋa. Pero las instrucciones de Time Keeper habían sido muy claras: no podía decir que venía de la colonia de Phillydelphia. Un solo thestral de la misma colonia sería suficiente para comprometerla.

— Fui nascida en colonia muy lejana, en jungla. Lejos de grandes urbes de Equestria, mas cerca de mar. ¿Habéis oído fablar de grande pirámide en jungla? Yo vivía en montes aún más en sur.

El unicornio arqueó las cejas con sorpresa, y volvió a dar un trago mientras observaba a la thestral probar por primera vez el zumo de naranja. Y por su expresión, no parecía agradarle demasiado.

— ¿No te gusta?

— Es muy ácido —admitió ella antes de volver a llevarse el vaso a la boca—. Pero terminaré vaso.

Los labios de Polaris esbozaron una sonrisa, y depositó con cuidado su taza de loza sobre la barra. El camarero la recogió al instante.

— No te ofendas, pero tu equestriano es una mezcla de entrenador de húfbol yucoltslavo y novela de la época de Platino I.

La thestral torció un poco el gesto, pero tampoco le dio mayor importancia. Su equestriano había mejorado enormemente en apenas mes y medio. Eso era un logro del que sentirse orgullosa.

— Aprendí algo de equestriano en kölonȋa mía. Aprendimos equestriano miles de lunas atrás, cuando primeras misiones de reyes Ekuestriaï fueron venidas. Ese es equestriano que sabemos y enseñamos a jóvenes junto a thȅstotralësïn ȋasȅ. Después fice equestriano mío mejor en Könȅgengŭradï.

— ¿Y por qué habláis equestriano del siglo I?

— Es equestriano que aprendimos. Thȅstotralësïn ȋasȅ conserva mucho. Ficimos mismo con equestriano.

El unicornio asintió, conforme. Nąȋenähz levantó su vaso, tomó el último trago con una mueca de desagrado y lo colocó sobre la barra.

— ¿Qué pretendes hacer en el futuro?

La thestral se encogió de hombros.

— Normal. Seguir trabajando para Corona. Ascender. Cazar. —Una imagen fugaz de Făȋelënähz pasó por su cerebro, y se sonrojó mientras sonreía—. Casar. Haber potros.

— ¿Y ya tienes a alguien pensado? —le preguntó Polaris con picardía.

El rubor de la thestral creció todavía más, hasta el punto que parecía tener una luz roja en cada mejilla.

— Bueno, conozco caballo thȅstotral, mas non sé qué pensamientos ha él sobre mí.

— Ve a por él. Vosotros los thestrales cazáis, ¿no? — Nąȋenähz asintió—. Pues esto es como una cacería. Intenta atraparlo. Lo peor que puede pasa es que se te escape.

Los ojos de la yegua mitraron al unicornio con una mezcla de interés y admiración. Nunca se le hubiera ocurrido plantear una conquista amorosa en términos de caza.

— Habéis razón. —Sonrió con confianza y añadió—: Yo trataré de cortejar él. Si non ama mí, otro caballo amará mí.

Polaris asintió con una sonrisa de satisfacción en sus labios. La compañera de piso de Dan era perfectamente normal. Nada de cosas raras ni magias extrañas, y estaba seguro de que hasta ante de comenzar el caso ni siquiera sabía lo que eran las drogas. En ese respecto, no podía pedir más.

Sus ojos vagaron distraídamente sobre la piedra azul de la barra, y pronto se posaron sobre el ejemplar del Equestria Daily que había algunos metros a su izquierda. Lo atrajo hacia sí, y ojeó con interés las noticias de portada. Las princesas niegan que fueran a subir los impuestos a los pequeños empresarios, incautado un importante alijo de heroína en las marismas del Hoofalquivir, el entrenador del Vanhoofer confirma que no seguirá al frente del equipo en segunda división...

Y de repente, su expresión se ensombreció.

A toda velocidad, pasó las hojas del periódico hasta llegar a la página veintidós, sin preocuparse de que el resto quedaran mal dobladas o se rasgaran. Cuando la tuvo ante sus ojos, leyó con ávida atención las escasas líneas impresas sobre el papel; y lo depositó sobre la barra al terminar. Su rostro destilaba una mezcla de profunda preocupación y furia contenida.

— No me dijeron nada de magia oscura.

Nąȋenähz apartó la mirada, pensando con preocupación en el ministro. Entendía que sus actividades eran del más alto secreto, pero ¿de verdad era necesario dejar en la oscuridad de aquella manera a un padre preocupado por la salud de su hija?

— Yo… yo creía que sí habían dicho vos…

— ¡Pues no me dijeron nada! —chilló, y estampó los cascos sobre la barra. Los trabajadores de la cafetería ni siquiera le prestaron atención, pero algunos de los clientes volvieron la cabeza en su dirección—. ¡Anoche de madrugada me llegó una carta de la Corona diciéndome que mi hija estaba ingresada en este hospital, y después de tres horas en la estación y seis horas de tren me tengo que enterar por la enfermera de que tiene agotamiento mágico y de que le pegaron una paliza en una misión de la que la habían apartado, y por el periódico de que fue el agotamiento fue por usar magia oscura! ¡¿Tú crees que hay derecho a esto?!

La thestral sacudió la cabeza con decisión. Por mucho que fuera capital guardar el secreto del ministerio, tenía muy claro que Time Keeper había hecho las cosas fatal. Tenía que haber una manera de explicarle al padre de Dawn Star lo que había ocurrido sin poner en peligro el ministerio.

De repente, vio dos cascos abalanzarse hacia ella, y antes de que pudiera reaccionar Polaris la había agarrado por los hombros y la obligaba a mirarlo a los ojos.

— ¿Usáis magia oscura? Le… ¿Le están enseñando magia oscura a mi hijiña?

Nąȋenähz negó con fuerza.

— Enemiga nuestra ha usado magia oscura a veces, mas nunca vi Dawn faciendo aquesos encantamientos. Anoche… anoche fue primera vez que usó.

La expresión del unicornio se relajó, y quitó sus cascos del cuerpo de la thestral.

— Entonces fue por instinto —murmuró.

Nąȋenähz ladeó la cabeza y dirigió una mirada interrogante al unicornio. Él suspiró.

— Bueno, a ver cómo lo explico. Para nosotros los unicornios, la magia es natural. Corre por nuestras venas. Tanto la magia como la magia oscura. Pero la magia oscura solo se usa para hacer maldades, así que la reprimimos en nuestros potriños y prohibimos que se use.

La thestral asintió.

— Si un unicornio está en peligro de muerte, saltará su instinto y usará su magia instintivamente para acabar con la amenaza. Igual que un pegaso o un poni de tierra se revolverían e intentarían acabar con la amenaza. Pero... pero para que sea magia oscura...

Cerró los ojos e inspiró profundamente antes de formar algunas palabras con sus labios.

— La magia oscura la activan sentimientos negativos. Miedo, odio, desesperación... —explicó, adelantándose a la pregunta de la thestral—. Sin ellos, no funciona.—Sacudió la cabeza negativamente—. Entonces... mi potriña...

Las orejas de Nąȋenähz bajaron hasta tocar los lados de su cabeza.

— Era ex novio suyo —musitó.

Polaris lanzó las patas delanteras hacia arriba, con el ceño fruncido y la boca abierta en un grito que nunca llegó a salir de sus pulmones. Su cabeza se derrumbó sobre su pecho, se cubrió los ojos con los cascos, soltó un fuerte suspiro y murmuró, más para sí mismo que para Nąȋenähz:

— Por lo menos el caso está cerrado. Ese hijo de puta ya no volverá a molestar a mi hija nunca más.

— Cierto —contestó Nąȋenähz, mirando fijamente la barra de la cafetería, sin ninguna emoción en su rostro—. Nunca más.

— Sí. Ya puedo estar tranquilo ahora que ese cabrón se va a pasar el resto de su vida pudriéndose entre rejas.

Pero Nąȋenähz negó con la cabeza, sombría.

Polaris tardó un segundo en darse cuenta de lo que quería decir la thestral; pero en cuanto lo comprendió enterró la cabeza entre sus cascos mientras soltaba un prolongado bufido.

— Mierda.


Bip… Bip… Bip…

Todo lo que veía era oscuridad.

Bip… Bip… Bip…

¡¿Por qué estaba todo negro?!

Bip… Bip… Bip…

¿Y qué eran esos pitidos tan molestos?

Bip… Bip… Bip…

¿Por qué no se callaban?

Bip… Bip… Bip…

Con la respiración acelerada y el corazón a mil, trató de mover el casco derecho; no sabía muy bien adónde, pero al menos para alejarse de aquella opresiva e interminable oscuridad. Horrorizada, descubrió que ni siquiera había conseguido moverse, pero se percató de que unos pequeños óvalos blancos aparecían ante ella.

La salida.

Bip… Bip… Bip…

Espoleada por el miedo, trató de alcanzarla una vez más, y de nuevo los óvalos blancos emergieron de la oscuridad. De nuevo, intentó acercarse, y para su alivio, cuanto más lo intentaba más crecían.

Bip… Bip… Bip…

Se detuvo durante unos instantes para recuperar fuerzas, y cuando consideró que ya era suficiente cargó a toda velocidad contra la oscuridad.

Bip… Bip… Bip…

El blanco llenó su mundo de golpe, y sus labios sonrieron con genuino júbilo.

Bip… Bip… Bip…

Lentamente, la brillante blancura comenzó a disiparse, y de ella comenzaron a surgir líneas rectas y curvas, por todas partes, que no parecían seguir ningún patrón. Sin pensarlo, fue hacia ellos. Incluso aunque fuera el mismísimo Tirek, lo prefería a aquella horripilante oscuridad.

Bip… Bip… Bip…

Y cuando al fin el color volvió a su mundo, constató con sorpresa que dos de los objetos eran su padre y Nąȋenähz.

— ¿Pa… Papá? —Trató de incorporarse, pero los músculos de su espalda fallaron y volvió a caer sobre el colchón—. ¿Qué… qué ha pasado?

La expresión preocupada de su padre se transformó al instante en aliviada, y una enorme sonrisa de júbilo apareció en sus labios. Se levantó de su silla, y estrechó sus patas delanteras con toda la suavidad que pudo alrededor del cuerpo pardo de la unicornio.

— ¡Dawn! ¡Estás despierta! ¡Estás despierta! ¡Por las princesas, he pasado tanto miedo…!

Los sentidos de Sawn Star registraron pequeños puntos de húmeda calidez en su pecho, e instintivamente supo que su padre lloraba de alegría.

La unicornio intentó decir algo, pero su desorientación le impidió tan siquiera abrir sus labios hinchados y resecos. Se limitó a frotar su mejilla contra el pecho de su padre mientras su cerebro bullía con preguntas que su boca era incapaz de formular.

— Estaba tan preocupado cuando me dijeron que estabas en el hospital… Me alegro tanto de que estés bien…

¿Hospital? ¿Estaba en un hospital? Giró unos pocos grados la cabeza, y sus ojos percibieron la forma de una cama de hospital y el largo y sinuoso recorrido de un tubito de plástico transparente que nacía en una bolsa de morfina y se hundía en su rodilla izquierda.

— ¿Qué… qué ha pasado? ¿Dónde… dónde estoy?

Las patas de su padre se separaron de su cuerpo, pero él no se separó ni siquiera un milímetro de su cama.

— Estás en el hospital. Anoche te desmayaste por utilizar demasiada magia.

Dawn Star suspiró débilmente, y se dejó caer sobre el colchón mientras trataba de hacer memoria. Agotamiento mágico… Tenía sentido. Se sentía totalmente exhausta.

— ¿Cómo… cómo has sabido que estaba aquí?

— Tus jefes me escribieron —respondió Polaris, son ocultar un gesto de profundo desprecio por los dos unicornios que habían puesto en peligro a su hija—. Me llegó el mensaje de madrugada, y cogí el primer tren a Canterlot.

¿El primer tren? Salía a las siete de la mañana, y tardaba casi siete horas en llegar a la capital. ¿Qué hora era? ¿Cuánto tiempo había pasado inconsciente?

— ¿Qué… qué hora es? —preguntó en un murmullo.

— Las cuatro y media de la tarde.

La unicornio volvió los ojos al techo, pintado de un verde tan pálido que era fácil confundirlo con el blanco si no se prestaba atención. Parpadeó un par de veces y volvió a suspirar.

— ¿Y… y mamá? ¿Sabe que estoy aquí? ¿Va a venir?

Polaris se limitó a encogerse de hombros.

— No lo sé. Tus jefes —otra vez la misma mueca de asco— me dijeron que también la avisaron, pero ya sabes cómo son los trenes con Hollow Shades.

Dawn Star asintió débilmente. Apenas un tren diario comunicaba la capital con la pequeña ciudad del bosque, y no llegaba hasta bien entrada la tarde.

— ¿Crees que traerá a Spring Breeze?

Su padre bufó con rabia.

— Mientras no se traiga al mamarracho de Midnight Thunder, por mí como si se trae al Rey Sombra y a la reina de los bichos esos negros.

Un conato de sonrisa se posó sobre los labios de la unicornio, solo para ser barrido por una ligera preocupación. Trece años después, Polaris seguía detestando al pegaso con el que su esposa le había puesto los cuernos y se había casado casi inmediatamente después del divorcio.

Ella tampoco podía verlo.

Inclinó la cabeza hacia la derecha, y la sorpresa subió a su rostro al ver a la yegua que se sentaba en una silla baja de madera de pino a la derecha de la puerta.

— ¿Nayenaets?

La thestral asintió, y caminó hasta colocarse junto a la cama de la unicornio.

— Hola, Dawn. Alegro mucho de ver ti despierta.

Dawn Star extendió las patas hacia ella, y Nąȋenähz sonrió. Se inclinó ligeramente hacia delante, y estrechó con cuidado sus patas alrededor del rostro de Dawn Star.

— Creía que estarías en casa —susurró la unicornio.

— Non —respondió ella—. Yo quedé aquí. Yo sé que tú estás bien, entonces me voy a casa.

Una lágrima descendió por la mejilla de Dawn Star. Estrechó su rostro contra el pecho de su amiga, pero retrocedió al notar una fuerte punzada de dolor proveniente del lado derecho de su mandíbula.

Extrañada, se separó de Nąȋenähz y se llevó un casco al rostro. Cautelosamente, fue explorando su rostro, deteniéndose cada pocos milímetros para palpar con su casco. Medio minuto después, se dejó caer sobre el colchón y miró a su padre y a su amiga con una mezcla de preocupación e intriga.

— ¿Por qué… Por qué me duele tanto la cara?

Polaris y Nąȋenähz se interrogaron con la mirada, preguntándose cuál de los dos se lo iba a decir, hasta que al final Nąȋenähz suspiró y tomó la palabra.

— Dawn… ¿No recuerdas misión de anoche?

La unixornio abrió y cerró la boca un par de veces mientras trataba de hacer memoria. Anoche… ¿Qué recordaba? Una carrera alocada al Cañaveral, Time Keeper dándole dos minutos, entrar en la chabola de Antracite Coal…

Y su rostro se llenó de horror al recordar la paliza que le había propinado su ex novio.

Con rostro descompuesto, elevó lentamente los cascos y comenzó a palparse la cabeza en aquellos lugares donde recordaba haber recibido un golpe, obteniendo una dolorosa punzada como recuerdo de la noche anterior.

Y entonces, el recuerdo de la magia oscura volvió a su cerebro; y un agudo grito cargado de pánico y terror hizo estremecerse las paredes del hospital.

Una única lágrima brotó de su ojo derecho y se deslizó parsimoniosamente por su hocico hasta lanzarse al vacío desde su mejilla.

Magia oscura. Le había lanzado una descarga de pura magia oscura a su ex novio.

Lo había matado.

— ¡Dawn! ¡Dawn, ¿qué te pasa?!

Pero su hija, con el rostro congelado en un gesto de horror y angustia y la mirada perdida en el infinito, fue incapaz de articular palabra.

— ¡Dawn! —La tomó por los hombros y la sacudió con suavidad—. Dawn, ¿estás bien?

A la velocidad de una tortuga, Dawn Star giró el cuello hasta quedar cara a cara con su padre. Una honda oleada de preocupación recorrió su cuerpo al ver su expresión descompuesta y angustiada.

— Lo… lo maté —consiguió susurrar con apenas un hilo de voz.

Tan solo pronunció tres palabras, pero aquellas tres palabras funcionaron como un catalizador. Se aferró con fuerza al cuerpo de su padre, hundió la cabeza en su pecho y dejó fluir todas las lágrimas que almacenaban sus ojos. Sus sollozos angustiados resonaron por la habitación mientras su padre pasaba suavemente sus cascos por su espalda y su crin.

— Dawn… Dawn, no pasa nada. Fue un accidente. Tú no querías hacerlo. Fue un accidente.

— ¡No! ¡Lo maté! ¡Soy una asesina! —exclamó con voz desgarrada.

Polaris negó con la cabeza y la abrazó con más fuerza.

— No, Dawn. Fue un instinto. Solo te defendiste. No es culpa tuya.

— Es cierto, Dawn —apostilló Nąȋenähz—. Non fue tu culpa. Nosotros thȅstotralës tenemos matar otro thȅstotral como mal supremo; mas thȅstotral ninguno condenaría ti.

Pero ninguno de los dos logró ni siquiera reducir el caudal de sus lágrimas.


— ¿Se puede?

Las orejas de Polaris se levantaron de golpe tras oír los tres golpes en la puerta, pero al oír la cansada voz femenina al otro lado de la puerta su expresión se agrió de golpe. Echó una mirada a su hija, que yacía en la cama, mirando al techo con la mirada perdida en el infinito después de más de media hora llorando, y suspiró antes de decir:

— Adelante.

La puerta giró sobre sus goznes, dejando al descubierto a una unicornio parda de mediana edad, baja y delgada. Sus ojos verdes reflejaban cansancio y una honda preocupación. Pegada a su pata delantera izquierda había una potrilla, de unos ocho años y alas lilas, grandes para su edad. Los rizos más altos de su crin azul cielo llegaban un poco más debajo de la mitad de la barriga de su madre, y sus grandes ojos del color de la aguamarina contemplaban con impresión a la unicornio parda de rostro amoratado que yacía sobre la cama.

— Spica —dijo Polaris, asintiendo ligeramente mientras trataba de disimular el odio y desprecio que sentía por su ex.

— Polaris —respondió ella con la misma inclinación de cabeza. Captó al instante la suspicacia en el rostro del caballo, y suspiró antes de decir—: No me lo he traído. Estamos solamente Spring Breeze y yo.

El unicornio asintió, satisfecho, y se echó a un lado para facilitarles el paso. La yegua, con su hija siguiéndola un paso por detrás, avanzó hacia la cama, y sus ojos se fijaron por primera vez en la thestral que permanecía sentada sobre una silla de pino al lado de la cama, con la mirada fija en su amiga.

— ¿Y tú quién eres? —le preguntó Spica.

— Soy Nąȋenähz. Soy compañera de piso y trabajo de Dawn Star.

La unicornio apenas sacudió la cabeza hacia abajo antes de colocarse al lado de la cama, mientras que su hija miró a la thestral con interés y curiosidad reflejados en su mirada.

— ¿Sois novias?

Si Nąȋenähz hubiera estado bebiendo una taza de café, se la hubiera escupido encima a la potrilla. La miró durante unos segundos, estupefacta, y finalmente acertó a responder:

— Non. ¿Por qué preguntas?

Ella se encogió bajo la severa mirada que le lanzó su madre.

— Es que la hermana mayor de Dashing Winds tiene una compañera de piso thestral, y son novias.

Su madre negó con la cabeza, y giró la vista hacia Dawn Star. Al instante, el horror tiñó su rostro, y una aguda exclamación escapó de sus labios.

— ¡Dawn! —La tomó de los hombros, y acercó su rostro al de la unicornio—. ¡Dawn, ¿qué te ha pasado?!

Como si despertara de un largo sueño, Dawn Star giró parsimoniosamente la cabeza hacia su expectante madre antes de contestar en un murmullo:

— Mi… Mi ex novio.

Spica se cubrió la boca con los cascos, horrorizada; mientras que Spring Breeze se puso de puntillas y tocó el pecho de su hermanastra con la punta de su casco.

— ¿Tu ex novio te ha pegado? —Su rostro infantil se llenó de repente de seriedad, y estuvo cerca de arrancarle una sonrisa a Dawn Star—. Pues denúncialo. Si tu novio te pega, tienes que denunciarlo.

La unicornio parda acarició con suavidad el casco de su hermana antes de que el dolor y el arrepentimiento transformaran su expresión por completo.

— No… No puedo. Lo maté.

Spring Breeze se llevó los cascos a la boca, horrorizada, mientras que su madre se limitó a contemplar a Dawn Star con rostro lleno de incredulidad. No podía haber dicho eso. Su hija no era ninguna asesina.

— Yo… Yo no quería —sollozó Dawn Star con voz quebrada; las lágrimas comenzaban a agolparse sobre sus párpados inferiores—. Yo solo quería detenerle. Me… me salió sola. Yo…

— Magia oscura instintiva —intervino Polaris, y bajó la cabeza tras un suspiro—. Defensa propia. Tenía… tenía que estar muy desesperada.

Dawn Star asintió con movimientos cortos y frenéticos. Ni siquiera se acercaban a lo que había vivido.

Spring Breeze flexionó sus patas traseras para darse impulso, y agitó las alas para caer justo encima de la cama. Reptó sobre el cuerpo de Dawn Star, y la abrazó con fuerza.

— ¿Ahora eres policía, hermanita?

Dawn Star asintió.

— Algo así.

La potrilla la apretó con más fuerza, teniendo cuidado de no hacerle daño. Lentamente, Dawn Star levantó un casco y comenzó a pasarlo por la crin de su hermanastra.

— No es culpa tuya, Dawn. Sólo te defendiste. Tú no eres mala.

La única respuesta de Dawn fue aferrarse a su hermana mientras lloraba sobre su pecho.


— ¿Cómo se encuentra, señorita Dawn Star?

Sin levantar la vista del suelo, la unicornio parda emitió un sonido informe a modo de respuesta.

— Señorita Dawn Star, lamento mucho el traumático incidente en el que se vio involucrada. No se culpe, los accidentes ocurren. —Se detuvo para respirar antes de añadir—: ¿Quería algo?

— Renuncio.

El ministro miró a Dawn Star con tal estupefacción que tardó varios segundos en reaccionar.

— ¿Cómo?

— He dicho que renuncio. —Levantó la cabeza, y tanto el ministro como su segunda soltaron un suspiro de impresión ante su expresión angustiada y sus ojos enrojecidos por las lágrimas que caían por sus mejillas—. No puedo trabajar en un puesto en el que tenga que matar a ponis inocentes.

Tiime Keeper y Comet Nova intercambiaron una mirada de indecisión, hasta que al final Time Keeper se decidió a actuar.

— Señorita Dawn Star, no se culpe por la muerte de Antracite Coal. Nunca fue su intención. Todo ha sido un desgraciado accidente.

— Un desgraciado accidente que ha acabado con un muerto.

El ministro bufó audiblemente, y frunció el ceño con irritación.

— ¿Quiere renunciar, verdad? —Dawn Star asintió con firmeza—. Pues yo no acepto su renuncia. Es una gran agente, ha formado una buena patrulla, consigue que ese fanático de Swébende Gagel la obedezca, y no me da la gana de perderla. Me va a cumplir su contrato, y después si quiere se larga. Pero hasta entonces se queda aquí, viajando por el tiempo y deteniendo criminales.

Dawn Star apretó los dientes con rabia.

— Me da igual. Dos ponis están muertos por mi culpa. No quiero seguir. No voy a venir más.

El ministro entornó las cejas antes de añadir:

— ¿Y dejar de cumplir su contrato? Podría suponerle unos cuantos años en Uruqaiqa.

La unicornio parda palideció visiblemente. ¿Cómo podía amenazar así a una de sus subordinados?

Comet Nova sacudió la cabeza con desaprobación, y el ministro respondió girándose unos grados hacia ella e inclinando la cabeza. Ya se había dado cuenta él solo. No hacía falta que se lo dijera.

— Señorita Dawn Star, tómese una semana de vacaciones. Está claro que las necesita. Descansa, se relaja y seguro que después verá este tema desde otra perspectiva. ¿De acuerdo?

Ella intentó responder, pero Comet Nova no le dejó.

— Moon Stone dijo que quería verte —dijo, tratando de desviar la conversación a un tema más agradable para Dawn Star—. ¿Quieres visitarle en Uruqaiqa?

La unicornio parda asintió.


Moon Stone se revolvió cuando las paredes de su celda reflejaron un débil resplandor azul turquesa. Pensó si debía levantarse, pero cuando escuchó el seco sonido rítmico de cuatro pares de cascos sobre el frío suelo de roca decidió esperar hasta que llegaran a su celda.

El sonido se detuvo de golpe, y escuchó la voz de Comet Nova decir:

— Adelante.

La luz turquesa fue sustituida por otra de color azul zafiro, más intensa. Dawn Star tragó saliva y preguntó:

— ¿Puedo… puedo entrar en su celda?

Comet Nova se lo pensó durante unos segundos, pero al final asintió.

— De acuerdo. —Frunció el ceño, y la advirtió con gesto grave—: Te estaré vigilando.

Dawn Star asintió débilmente, y caminó hasta la puerta de la celda. Le dolía que Comet Nova imaginara que era capaz de intentar una tontería por Stoney, pero sabía que Time Keeper no permitiría que bajaran la guardia.

La magia turquesa de la unicornio parda hurgó en la oxidada cerradura durante unos segundos, hasta que al final se abrió con un crujido. Tiró de los barrotes, y la puerta se abrió hacia ellos con un agudo chirrido.

— Puedes entrar.

Dawn Star le dio las gracias en un susurro, y se apresuró a cruzar el portal de rejas mientras el eco de sus cascos resonaba en sus oídos.

Tan pronto como estuvo dentro de la celda, la puerta se cerró tras ella, y la cerradura la siguió.

Pero Dawn Star no miró atrás, sino que se agachó junto al yacente Moon Stone hasta que la luz azul turquesa que brillaba en el extremo de su cuerpo le permitió distinguir los finos pelos crema que cubrían su cuerpo.

— ¿Stoney?

Como si despertara de un largo sueño, Moon Stone se giró parsimoniosamente hacia Dawn Star, dejando al descubierto su rostro y sus ojos verdes. Dawn Star sonrió.

Ya no se le notaban tanto las señales de tortura.

— Mi superior me ha dicho que querías verme.

El camello asintió lentamente.

— ¿Cómo te ha ido con Antracite Coal?

Los ojos de Dawn Star se humedecieron de repente, y su rostro se descompuso en un gesto de horror y arrepentimiento.

— Está… está muerto. Lo… lo maté.

El camello se levantó de golpe, como si un rayo lo hubiera atravesado.

— ¿Muerto? ¿Lo…? —Sacudió la cabeza—. Dawn, ¿qué pasó anoche?

Un sollozo llegó a sus orejas, y alargó un casco para pasarlo alrededor del cuello de Dawn Star al ver que ella bajaba la cabeza.

— Me… me estaba daño una paliza. Iba a matarme con la navaja… —Se arrojó al cuerpo de Moon Stone, mojando su espalda con sus lágrimas—. Magia oscura… Yo no quería…

Moon Stone abrazó a Dawn Star, y comenzó a pasar su casco por la crin de la yeua.

— Shh… Shh… Tranquila, Dawn. No ha sido culpa tuya. Solo ha sido un accidente.

Dawn Star negó con la cabeza.

— ¡No! ¡Está muerto! ¡Es culpa mía! ¡Si yo no…!

— Dawn, es un instinto —replicó el camello, y puso su pezuña tras la cabeza de la unicornio—. ¿Tantos años en la Academia de Celestia, y no sabes que en situaciones de vida o muerte nuestro cerebro recurre a la magia oscura instintivamente?

La unicornio asintió, restregando su rostro por el pelaje de Moon Stone y trazando húmedos rastros salados sobre su pecho.

— Pero está muerto. Está muerto por mi culpa.

A modo de respuesta, Moon Stone colocó su casco sobre la cabeza de Dawn Star y la colocó sobre su corazón. No supo decir por qué, pero lo cierto es que la respiración de Dawn Star pareció tranquilizarse.

— No. Solo fue un accidente. —La unicornio sollozó, y él pasó su casco sobre su cabeza—. Si no hubiera saltado tu instinto, estarías muerta. Te hubiera clavado la navaja. ¿Crees que eso hubiera sido mejor?

Dawn Star negó enérgicamente con la cabeza.

— Pues eso. Olvídate de él. Ya no podrá joderte la vida nunca más. Sigue trabajando y demostrando que tú tienes futuro.

Como respuesta, Moon Stone obtuvo un sollozo más fuerte y una pezuña aferrándose con fuerza a su espalda.

— Voy a renunciar.

El camello alargó las patas para alejar de su cuerpo a Dawn Star, y la miró con estupefacción.

— ¡¿Estás loca?!

La unicornio negó con la cabeza.

— No puedo seguir trabajando aquí. Antracite Coal está muerto. Imperial Topaz fue ejecutado. Por mi culpa.

El caballo levantó la vista al techo de piedra y bufó con fuerza.

— Sí, pero por accidente. Y el otro no sé qué hizo, pero tuvo que ser muy heavy para que la Sparkle rompiera su palabra de no ejecutar a nadie.

— Quiso empezar una guerra con Zebrabue para vender armas. Se trajo a Helter Skelter para matar a un ministro zebrabués.

Moon Stone resopló antes de llevarse un casco a la cara.

— Jooder. Que le jodan. Menudo pirao.

Una ligera sonrisa, la primera en muchas horas, apareció en los labios de Dawn Star.

— Dawn, no puedes renunciar. Es un buen trabajo. La Corona tiene que pagar bien. —Hizo un gesto de exasperación con sus cascos antes de negar con la cabeza—. Dawn, no puedes dejarlo. Te contrataron a pesar de lo del cristal. Sabes que muchos no harían eso.

Sintió la cabeza de la unicornio moverse lentamente sobre su pecho en un gesto de asentimiento, y emitió un breve suspiro.

— Pero… Pero Antracite…

— ¡Que le jodan a Antracite Coal! —exclamó Moon Stone, y Dawn Star se encogió sobre sí misma—. Dawn, está muerto y ya está. Si fue tan idiota como para hacer saltar un instinto de defensa propia que acabó matándolo, se jode por subnormal y ya está.

Colocó con suavidad sus patas delanteras alrededor del cuello de Dawn Star, y la subió hasta que ambos unicornios quedaron cara a cara. Negó con la cabeza al ver los ojos azul turquesa de Dawn Star enrojecidos por el llanto, y alargó su pezuña derecha para secar sus lágrimas.

— Dawn, este trabajo es lo mejor que te ha pasado en mucho tiempo. Nada de lo que te ha pasado es culpa tuya. No puedes renunciar a él así como así.

En lugar de responder, Dawn Star apoyó la cabeza sobre el pecho de su amigo, que la abrazó con suavidad. Volvió la vista hacia el techo, e inspiró con fuerza a mientras murmuraba algunas palabras informes.

Había logrado calmarla, pero ahora iba a lanzar otro torpedo bajo su línea de flotación.

— ¿Sabes por qué quería hablar contigo?

Sintió un movimiento de izquierda a derecha sobre su pecho, y suspiró. Muy lentamente, bajó la vista hasta que pudo mirar a los ojos húmedos y enrojecidos de Dawn Star.

— Quería despedirme de ti, Dawn.

La unicornio parda lo miró con extrañeza.

— No lo entiendo. Te conmutaron la condena por cadena perpetua. Seguro que mi jefe me deja venir a verte de vez en cuando.

La mirada del unicornio se ensombreció de golpe; y Dawn Star se cubrió la boca con los cascos, horrorizada.

No.

No podía ser.

— La he rechazado.

Dawn Star pudo sentir claramente cómo su corazón se partía en dos pedazos.

— Pe… Pero… ¿Por qué? —susurró, con la primera lágrima cayendo por sus mejillas—. ¿Por qué has…?

— Porque la otra posibilidad era perpetua sin posibilidad de condicional. Y paso de pasarme sesenta años pudriéndome en esta caverna para morirme aquí. Prefiero morir ahora.

Con las lágrimas cayendo por sus mejillas, Dawn Star se abrazó con fuerza su amigo.

Iban a matarlo. A Moon Stone. Su camello. Su amigo.

Su salvador.

Una pezuña se posó sobre su espalda, cruzándola de derecha a izquierda, pero no consiguió calmarla.

— Dawn… No te eches la culpa de esto, por favor. Es mi decisión. No es culpa tuya.

La cabeza de la unicornio se movió contra su pecho en lo que interpretó como un asentimiento. Suspiró con una corta sonrisa. Por lo menos había solucionado eso.

— Y no dejes de ser una dorada temporal. Eres buena. Es un buen trabajo. No puedes renunciar a él.

El hocico de Dawn Star se desplazó unos centímetros hacia arriba, insuficientes como para que la pudiera mirar a los ojos.

— Pero… Pero Antracite Coal… E Imperial Topaz…

— No están muertos por tu culpa. Uno fue tu instinto de supervivencia. El otro, por traidor. Están bajo tierra por su culpa.

Dejó pasar unos segundos, pero no obtuvo respuesta por parte de la unicornio. Suspiró, y pasó la otra pata por detrás de la yegua, sosteniéndola en un abrazo.

— ¿Puedo pedirte un favor?

Dawn Star asintió, y el camello tragó saliva.

— Quiero que le escribas al jefe de la tribu bantoof de Zebrabue. Si deja nacer a mi hijo, que por lo menos sepa lo que pasó con su padre.

Dawn Star asintió de nuevo, y Moon Stone resopló con fuerza.

— Eres una yegua maravillosa, Dawn. Tienes un buen futuro por delante. No dejes que nadie te aparte de él.

Parsimoniosamente, Dawn Star se separó del pecho del camello. Jadeante y temblorosa, levantó lentamente la cabeza hasta que Moon Stone pudo ver sus ojos enrojecidos y su rostro devastado por el dolor.

— Hazme tuya —musitó.

— ¿Cómo?

— Hazme tuya —repitió Dawn Star, angustiada, y lo besó con fuerza—. Hazme tuya como lo hiciste la noche que descubrí que Antracite Coal me engañaba con otra.

En el gélido corredor de Uruqaiqa, Comet Nova sonrió antes de darse la vuelta. Fijó la vista en una pared de roca, y cerró los ojos para dar intimidad a aquella pareja de amigos que se veían por última vez.