— Muchas gracias por invitarme.

— Tranquila, no é ná —respondió Blue Topaz, y usó su magia para girar el picaporte y abrir la puerta de roble macizo de la habitación—. Tuh jefeh tenían razón, nececitah unah vacacioneh. Y yo me iba a vení a Baltimare a pazá el verano de toah formah, azí que no é ningún problema.

Con cuidado, Dawn Star introdujo su gastada maleta parda dentro de la habitación, y la colocó encima de la cama. Después, se sentó sobre la sábana celeste de algodón y suspiró.

— Pué meté lah cozah ahí —dijo su amiga, señalando un armario de buen tamaño apoyado sobre la pared izquierda de la habitación.

La unicornio giró la vista en la dirección indicada, y asintió al ver el mueble de roble. Era casi el doble de alto que ella, y tan ancho como largo era su cuerpo. Iluminó su cuerno, y abrió sus dos puertas, cubiertas de bellas tallas con motivos vegetales.

Por un momento, pensó en las puertas del salón del trono de Platino I.

— Muchas gracias, Blue —repitió, y abrió su maleta con su magia.

Envuelta en su aura azul turquesa, un vestido blanco de algodón flotó por el aire hasta posarse en una de las baldas del armario. Lo siguió un neceser, y un modesto kit de maquillaje cerró la comitiva. La puerta se cerró, y un par de novelas románticas y el último tomo del cómic de los guardias enamorados salieron de la maleta y levitaron hasta una mesita de nogal apoyada en la pared opuesta.

— ¿Cómo te va la vida? —preguntó de golpe.

— Bueno, no me puedo quejá. Me han aceptao en la Academia Militá de Canterlot —Dawn Star agrió el gesto, pero no dijo nada en contra—, y lah Princezah me han comprao la fábrica de mi padre, azí que por lo menoh zuh deudah me lah he quitao de encima.

Su amiga parpadeó un par de veces, sorprendida.

— Espera, ¿te la compraron?

— Zí. No tenía sentido mantenerla. Zin pedíoh, zin producción, zolo ehtorbaba. Y ademá ehtán mantenimiento, impuehtos y tó ezo. Azí que cuando vinieron a verme, ze la vendí enzeguía.

— Pero… Pero es la fábrica de tu familia…

La unicornio azul apartó la mirada, y cerró los ojos.

— Por zupuehto que me dolió, Dawn. Era la fábrica de mi familia. Pero no podía mantenerla. —Suspiró, y negó con la cabeza—. Zon tiempoh nuevoh para ehta familia.

Dawn Star puso su casco alrededor de su cuello, y su amiga se lo agradeció con una sonrisa.

— ¿Y qué quieren hacer con ella? ¿Te lo dijeron?

Blue Topaz asintió con un leve movimiento de cabeza.

— Un laboratorio farmacéutico, o algo azí. No zé qué de que quieren garantizá la invehtigación en medicinah. Me han dicho que van a mantené en plantilla a toh loh que puedan, azí que por mí bien.

La unicornio parda cogió la bolsa con sus cosas de baño antes de salir de la habitación, y las dos yeguas se dirigieron al baño. Estaba a la derecha, justo después de salir de su habitación, y tenía un inodoro, un lavabo y una bañera de loza blanca sobre sus baldosas celestes. Sobre el lavabo, un espejo enmarcado en metal dorado colgaba sobre la parez izquierda, y en el centro de la pared que ocupaba la bañera se abría una alta y estrecha ventana.

Sin demasiado cuidado, Dawn Star dejó su bolsa sobre la tapa del inodoro y se dio la vuelta.

— Al menos pudiste quedarte la casa.

Blue Topaz asitió sin demasiadas ganas.

— Zí. Lo que me zobró de vendé la fábrica lo puedo poné en lah facturah y loh impuehtoh. Por lo menoh me pude quedá ehto.

En silencio, avanzaron por el pasillo, hasta llegar a la puerta situada en el otro extremo. La unicornio parda levantó la pezuña y llamó dos veces a la puerta.

— ¿Nayenaets, has colocado ya tus cosas?

Las dos yeguas escucharon el sonido de alguien dándose la vuelta en la cama, y después unos cascos caminando sobre el suelo antes de que la puerta se abriera y dejara a la vista a la thestral.

— Sí. Cosas mías ya son puestas en los sus lugares, e cazuelas e cuchillos de cocinar carne puse ya en cocina. —Se giró hacia Blue Topaz, y bajó la cabeza con humildad—. Gracias por permitir mí cocinar caza en casa vuestra.

— No é ná —respondió la unicornio, sonriente—. Zi nezecitah comé carne, no é ningún problema dejarte.

— Mas es trabajo repulsivo para razas que non la comen. En casa Dawn siempre cierra sí en cuarto suyo cuando yo despiezo y preparo presa.

Su amiga apartó ligeramente la mirada, sonrojada, y Blue Topaz sonrió.

— É lo normal, pero no te preocupeh. Tieneh el patio trazero para dezollarlah y cortarlah, y como ehtá lejoh de nuehtrah habitacioneh a ninguna noh va a molestá.

Rápida como un rayo, la thestral se sentó en el suelo, agachó la cabeza y se llevó el casco derecho al corazón.

— Agradezco verdaderamente que permitáis en casa vuestra entrar comida de thȅstotralës y que deis mí permiso para cocinarla. Será mi intención molestar vos y Dawn Star lo menos posible.

Blue Topaz contempló su gesto con estupefacción, y se giró hacia Dawn Star, preguntándole con la mirada qué era lo que acababa de contemplar y cómo debía reaccionar.

— Es un gesto de agradecimiento. Por lo de su comida.

La unicornio azul emitió un largo "ah".

— No é ná, de verdá —respondió con una sonrisa, y la thestral se levantó del suelo—. Zerá por ehpacio libre. No molehtah a nadie.

La thestral se levantó del suelo, y murmuró un último agradecimiento a la unicornio azul. Ella se encogió de hombros y sacudió la cabeza.

— ¡Venga, ¿noh vamoh a la playa?! —exclamó de repente, mucho más animada.

Dawn Star asintió con entusiasmo, y Nąȋenähz se limitó a encogerse de hombros. No entendía por qué les entusiasmaba tanto la idea de ir al mar, pero si ellas querían, no tenía problema en acompañarlas.


Las plumas del extremo del ala derecha de Swébende Gagel se curvaron hacia abajo, y un instante después un destello plateado cruzó la habitación. Un chasquido llegó a sus oídos, y contempló con disgusto la daga clavada en la pared de nubes de su casa, varios centímetros a la izquierda de la caricatura de Fictere Heorte, caracterizada como una prostituta y pintada crudamente con un carboncillo sobre una tabla de madera, que colgaba de la pared, a aproximadamente metro y medio del suelo.

Gruñó al tiempo que negaba con la cabeza, y cubrió en tres pasos el espacio que le separaba del mango.

Siempre se le desviaba el tiro a la izquierda.

Mordió el mango de la daga, forrado de cuero, y tiró del arma. Se desenganchó con facilidad, y unos segundos después ya descansaba de nuevo en su funda, lista para un nuevo disparo.

No era algo que hiciera como un entrenamiento de batalla, por supuesto. Ningún pegaso que apreciara su honor osaría lanzar un arma en el campo de batalla. Atacar a distancia era de cobardes. Los auténticos soldados presentaban batalla cuerpo a cuerpo.

Sus plumas volvieron a curvarse, y la daga volvió a cortar el aire en dirección al retrato. Un segundo después, sonrió.

Había acertado en mitad de la frente.

No, lanzar la daga era tan solo un pasatiempo para Swébende Gagel. Una prueba de puntería, un desafío personal, una forma de matar el tiempo en aquellas noches en que le costaba conciliar el sueño, tal vez un poco de todas a la vez. Tan solo sabía que jamás lo haría contra un enemigo.

Recogió el puñal una vez más, y lo volvió a lanzar, apuntando al centro del retrato. Tal y como esperaba, volvió a fallar, pero se quedó más cerca del borde.

Estaba claro. Los tiros se le iban a la izquierda.

Un potente bostezo brotó de sus pulmones, y negó con la cabeza. Los párpados se le cerraban, y notaba un peso en la cabeza. Dejó su daga sobre la mesa de nubes situada a su derecha, y puso rumbo a su dormitorio, donde ya lo esperaba su esposa.

A oscuras, recorrió un camino bien conocido hasta que estuvo al lado de su cama de matrimonio. En su lado izquierdo, su esposa dormía ya, con la espalda sobre el colchón para evitar poner peso sobre su abultado vientre.

El guerrero pegaso sonrió mientras escuchaba la respiración pausada de su yegua, y pasó con suavidad su pezuña sobre su barriga de embarazada. Pronto daría a luz. Por fin conocería a su vástago.

Retiró la sábana con su casco, y levantó un casco para tumbarse junto a ella.

El agudo sonido de un cuerno rompió el silencio de la noche.

Los ojos del veterano soldado se cerraron al mismo tiempo que sus plumas aferraban con fuerza la empuñadura de su espada.

— Esposo mío —sonó de repente la voz de Buterflége. Pretendía mostrarse serena y resignada, pero ni siquiera las muchas veces que lo había intentado lograban enmascarar la honda preocupación y el miedo que en realidad sentía—. ¿Son aquesos...?

Sin mediar palabra, Swébende Gagel la estrechó entre sus patas delanteras, con tal fuerza que por un momento su esposa temió que fuera a romperle alguna costilla.

Era el cuerno de la guerra.


La casa de Baltimare de Blue Topaz no estaba demasiado lejos de la playa, pero aun así necesitaron un paseo de diez minutos bajo el cielo ardiente del atardecer. No hacía demasiado calor, a pesar de la cercanía del verano, y además corría una fresca brisa en dirección al mar, haciendo el ambiente más apacible aún. Dawn Star caminaba a la izquierda, y Dawn Star a la derecha, con Nąȋenähz entre las dos, mirando continuamente a las casa bajas encaladas de blanco a ambos lados de la calle y disfrutando la creciente oscuridad.

— ¿Hah ehtao alguna vé en la playa, Nayenaeh? —preguntó Blue Topaz.

— Sí. Algunas veces volé hasta orilla de mar. Cuando volábamos sobre árboles y veíamos ballena varada en playa, kölonȋa toda iba a despiezarla para tener comida.

Blue Topaz inclinó la cabeza, curiosa, justo antes de que las tres yeguas giraran a la izquierda para entrar en el paseo marítimo.

— ¿Entonceh hah comío ballena? ¿Y cómo ehtá? ¿Buena?

La thestral elevó la cabeza mientras trataba de hacer memoria.

— Algunos inviernos ha que non pruebo. Mas creo acordar que sabor suyo es como śaȉn.

— ¿Cómo qué?

Śaȉn —repitió Nąȋenähz—. Es animal que cazamos en jungla. Gordo, con grandes colmillos en boca. Muchos cazadores thȅstotralës fueron muertos bajo ellos.

Blue Topaz alejó la mirada, incómoda por el pensamiento de los pobres thestrales, jugándose la vida para alimentar a sus familias con la carne de lo que por su descripción era un jabalí. Le sonaba raro que hubiera jabalíes en la jungla, pero si la colonia de Nąȋenähz los cazaba…

— ¡Mira, ahí ehtá la playa! —exclamó de repente.

Nąȋenähz miró a su izquierda, por encima del muro encalado del paseo marítimo, y enseguida vio una amplia extensión de arena blanca, recorrida por estrechas pasarelas de madera y cubierta por el cielo azul de los primeros minutos de la noche. Al fondo, el mar, en una calma casi completa, solo interrumpida por algunas diminutas olas que rompían cada muchos segundos sobre la costa. Cerca de los muros, se levantaban altos postes cuadrados de hormigón, y de su parte superior emergían cuatro alcachofas de ducha. Otras cuatro, más pequeñas, estaban situadas a unos treinta centímetros del suelo

— Zon pa ducharze dehpué de bañarze y quitarze la arena del pelaje y loh cahcoh —le explicó Blue Topaz al percatarse de que la thestral los miraba con intriga.

— ¿Os bañáis en mar, entonces?

— Zí. ¿Vozotroh no?

La thestral negó con la cabeza.

— Non. Para nosotros mar solo es agua en que viven peces y de donde a veces varan ballenas.

Una sonrisa traviesa apareció en el rostro de la unicornio azul, y tomó a la thestral de su pata delantera izquierda.

— Pueh ahora mihmo vah a probarlo.

Antes de que la thestral pudiera reaccionar, Blue Topaz la había metido en la playa y caminaba sobre la arena. Contuvo un bufido de desagrado. Nunca le había gustado la arena. Odiaba cómo se movía alrededor de sus pezuñas, cubriéndolas y convirtiéndose en una superficie terriblemente irregular.

En pocos segundos, llegaron a la arena húmeda al borde del mar, y Blue Topaz se detuvo. Soltó el casco de Nąȋenähz, y se metió en el agua.

La unicornio azul soltó un suspiro de placer al sentir la fresca agua del mar alrededor de sus pezuñas, y continuó internándose en el agua hasta que le llegó al vientre. Se giró hacia la playa, y le gritó a sus amigas:

— Venga, ¿oh metéi?

Dawn Star asintió, y en pocos segundos se hallaba junto a Blue Topaz, nadando y disfrutando del agua. Nąȋenähz se encogió de hombros, e introdujo un casco en el agua. Pocos segundos después, decidió que no estaba mal. Mejor que las frías aguas del riachuelo que pasaba a pocos kilómetros de su colonia, seguro.

Dando un paso cada pocos segundos, la thestral llegó al fin a donde estaban las dos unicornios. Una vez allí, se quedó quieta, mirando a Blue Topaz sin saber muy bien qué hacer.

— ¿Qué paza? ¿No zabeh nadá?

La thestras sacudió la cabeza, levemente sonrojada. ¿Era importante en esta época saber nadar? Dawn Star nunca había mencionado nada al respecto.

— Mira, é mu fácil. Ve moviendo lah patah delanterah como zi remarah, y lihto.

¿Como si remara? Bueno, eso era fácil. Muy lentamente, levantó sus patas traseras del fondo, y extendió las delanteras hacia adelante. Comenzó a mover las patas delanteras en círculos, como si fueran remos de una barca, y no pudo contener un chillido de emoción al ver que se movía.

— ¡Azí, azí, muy bien! ¡Zigue azí, Nayenaeh!

Nąȋenähz sonrió, y siguió nadando, dando vueltas alrededor de las dos unicornios.

— Ahora mueve lah de atrá hacia loh laoh.

La thestral se detuvo, y movió lentamente sus patas traseras como le había dicho Blue Topaz al mismo tiempo que continuaba remando con las delanteras. Al principio le costaba mantener la coordinación entre las patas de delante y las de atrás, pero en pocos minutos estuvo nadando. Sus movimientos eran muy groseros e imprecisos, pero no estaba mal para haber aprendido hacía unos minutos.

— ¡Mirad! ¡Nado!

Rio con alegría, mientras sus amigas la felicitaban.


— ¡Padre! ¡Dejadme ir con vos!

— Non —gruñó Swébende Gagel, sin ni siquiera girarse para mirarlo—. Darévos espada. Guardad el nuestro hogar e la nuestra familia.

— ¡Mas padre! —protestó el pequeño Huracán mientras veía a su padre ponerse con presteza su armadura de batalla y ceñirse la espada al cinto—. ¡Vos lo dijisteis! ¡Soy adulto! ¡Soy...!

— ¡Eres un potro!

El potrillo se encogió sobre sí mismo, asustado ante el tremebundo rugido de su padre. Mantuvo fija la mirada en el suelo de nubes de su casa, y se forzó a contener las lágrimas. Un verdadero soldado de Cloudsdale jamás lloraba.

— ¿Crees que puedes presentar batalla a los grifos? —le preguntó su padre, severo; pero en lo más profundo de sus ojos se adivinaba el amor y la preocupación que sentía por su hijo.

Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y comenzó a rebuscar en su armario hasta que al fin dio con la vieja espada que prestaba a su hijo siempre que salía a la batalla. La hizo deslizar por el suelo hasta que tocó los cascos grises del pequeño, y preguntó:

— ¿Crees estar listo para batallas contra aquesos monstruos sin honor? ¿Creeslo?

Con más entusiasmo que convencimiento, Huracán asintió. Su padre, tras cerrar los ojos por un instante, desenvainó su espada.

— Muestrámelo. Muéstrame tu preparación.

Huracán boqueó un par de veces, sin saber muy bien qué hacer. Miró a los ojos de su padre, que se limitaban a observarle con interés. Impulsivamente, desenvainó su espada. Había llegado demasiado lejos como para echarse atrás ahora.

Emitiendo un inarticulado grito de guerra, Huracán cargó contra su padre. Swébende Gagel se limitó a seguir su carga con la mirada, y cuando por fin estuvo al alcance de su arma la detuvo con un fuerte espadazo que hizo trastabillar al pequeño.

Con el segundo, le arrancó la espada de los cascos.

— Tres segundos —murmuró al tiempo que apuntaba con su espada al cuello de su hijo—. Aquese tiempo habrías de vida en verdadera batalla.

Huracán se sentó en silencio sobre sus cuartos traseros, mirando al suelo, abrasado de vergüenza.

— ¡Aqueso habrías de vida en verdadera batalla!

Un espasmo sacudió el pecho del potrillo, y la primera lágrima cayó sobre el suelo de nubes. Swébende Gagel levantó la cabeza y bufó con rabia.

— Escuchad —dijo en tono más conciliador, y colocó su casco derecho sobre la cabeza de su otro—. Non habéis experiencia alguna de guerra. Cloudsdale necesidad ha de buenos soldados, non de suicidas. ¿Comprendéisme?

El potro asintió, y sorbió con fuerza.

— Mas razón habéis. Adulto ya sois. E deber es de todo habitante de la urbe de nubes colaborar en la su defensa.

Huracán parpadeó un par de veces con la boca entreabierta. ¿Estaba diciendo lo que creía que estaba diciendo?

— Si la defendemos, habré de enseñarvos a pelear e tornarvos en buen soldado para cuand...

Notó un pequeño impacto contra su pata delantera derecha, y sonrió con ternura.

— ¿Permanecerás entonces en la nuestra morada defendiendo a la tu madre de aquesos monstruos sin honor?

Desde su posición, aferrado con fuerza a la pata de su padre, Huracán asintió con determinación. Iba a hacerlo. Sería el mejor defensor de su madre de toda Cloudsdale.

— Farélo, padre. Defenderé a madre. Podréis sentirvos orgulloso de mí.

El soldado frotó cariñosamente su hocico contra la crin de su hijo. Él comprendió el gesto, y se soltó al instante.

— Nunca hube de aqueso dubdas, Huracán, fijo mío.


— ¿Bueno, qué? ¿Te ha guhtao el agua?

Nąȋenähz asintió, contenta.

— Sí. Nadar es divertido. Puedo entender por qué a equestrianos gusta nadar en mar. —Se levantó, sacudió todo su cuerpo, y gruñó antes de volver a sentarse—. Pero arena es horrible.

— Ya. Por ezo ehtán lah duchah, para quitárzela. —Suspiró, y subió la cabeza para mirar al cielo—. Mira, ahí ehtá zaliendo la caracola.

— ¿Caracola? ¿Es grupo de estrellas?

— Zí —respondió Blue Topaz, y la señaló con el casco—. Mira. ¿Veh ezah ehtrelah que forman como un triángulo? — Nąȋenähz asintió—. Eza é. ¿A que parece que forman una caracola?

La thestral observó la constelación en silencio durante unos segundos, y finalmente asintió. Un poco deforme, pero no se separaban tanto de la forma de una caracola.

Curiosa, levantó la vista, tratando de divisar más constelaciones. El cielo no estaba ni de lejos tan oscuro como en su época, pero aun así pudo reconocer algunas de las que ya conocía. No habían cambiado nada. La Serpiente brillaba al Sur en su perseguir eterno de la Rana, mientras que al norte el Thestral continuaba con su vuelo eterno sobre las nubes de la noche.

— Un momento. ¿Y corazón de Serpiente?

— ¿El corazón de la Zerpiente? —Le preguntó con la mirada a Dawn Star, pero ella se encogió de hombros—. ¿Cuál é eza? ¿Qué zerpiente?

— Arriba —respondió Nąȋenähz, apuntando con su pezuña a tres estrellas en posición vertical, seguidas de una sinuosa sucesión de astros—. Esa es Serpiente. Mas corazón suyo falta.

Las dos unicornios miraron en aquella dirección, tratando de adivinara que se refería exactamente con la Serpiente y su corazón, hasta que al final Dawn Star dijo:

— Nayenaets, eso no es una serpiente. Es un escorpión.

Nąȋenähz bufó.

— Non, es serpiente. Observad. —Trazó la silueta de la constelación en la arena con el borde de su pezuña, y señaló la línea curva—. Aquesto es cuerpo de serpiente, y aquesto —apuntó a la línea vertical— es boca abierta para clavar colmillos en rana, en presa suya. Y aquí —Colocó el casco sobre un punto no muy alejado de lo que había llamado boca— era corazón. Mas ahora ya non es.

— Para los equestrianos es un escorpión. Las pinzas —iluminó con su magia la línea vertical—, el cuerpo —los dos siguientes tercios— y la cola —la curva final—. Pero el corazón…

— Alhamaraa. La roja. La que ehplotó dehpué de que volviera Luna.

Nąȋenähz miró a la unicornio azul con estupefacción. ¿Explotar? ¿Una estrella? ¿Pero cómo era posible que una luz en el cielo explotara?

— Ah, sí. Verdad. Fue increíble. Durante varios meses era como si tuviéramos otro Sol. Hasta se podía ver bien de noche sin farolas.

La thestral tragó saliva. ¿Un año entero sin noche? ¿Luz continua durante trece lunas? ¿Qué clase de tortura era aquella?

— Mas… Mas… ¿Cómo explota estrella? ¿Cómo es aqueso posible?

Dawn Star se encogió de hombros.

— El Instituto Equestriano de Astronomía lo explicó en el periódico, pero ya ni me acuerdo. Algo de que se quedó sin combustible, o algo así.

La thestral negó con la cabeza. No tenía ningún sentido. Si una estrella se quedaba sin combustible, simplemente se apagaba y ya está. Igual que las fogatas que encendían en su colonia cuando la leña casi había terminado de consumirse. Pero no explotaba. Daba igual cómo lo planteara, no tenía ningún sentido.

— ¿Y no la vihtéih en la jungla? Porque daba una lú impresionante.

El estómago de la thestral se congeló de golpe. Claro. Tenía que haberla visto. Pero no lo había hecho.

— Bueno, nosotros… Non… Non vimos. Jungla es muy espesa, ni siquiera sol entra entre árboles. Luz de estrella tampoco. Nosotros… Nosotros casi nunca volamos sobre árboles. Por eso non vimos… Ninguno…

Blue Topaz pareció sospechar durante una décima de segundo, pero enseguida su expresión se relajó, para alivio de Nąȋenähz. Tenía sentido, supuso. Si vivían siempre bajo la oscuridad de los árboles, ¿por qué no podía ser cierto?

Nąȋenähz dejó escapar un suspiro, y devolvió la mirada al cielo. Una noche tranquila, sin preocupaciones, mirando las estrellas… Se acordaba tanto de aquellas noches en su colonia, con su tía enseñándole todo sobre el cielo nocturno cuando apenas era una potrilla…

Śȍnz thȅstotralin —murmuró para sí misma de repente, con sorpresa.

Otra estrella había desaparecido. La cola del Thestral. ¿Otra explosión, como el corazón de la Serpiente? Miró de reojo a Blue Topaz y Dawn Star, pero decidió no preguntarles. Si había explotado hacía cientos de años, no tendría excusa posible para haberla conocido.

De repente, el sonido inconfundible de un chapoteo llegó a sus orejas. Sus instintos de cazadora despertaron de golpe, y volvió rauda la vista al mar. Si fuera una ballena varada. Incluso si los thestrales de la kölonȋa de Baltimare reclamaban su parte, tendría más carne de la que podía comer en un año.

Pero no era una ballena.

Era un tiburón. Un cazón que acababa de encallar en la playa. No era demasiado grande, y se revolvía en la playa, tratando en vano de volver a aguas más profundas.

Sin pensárselo dos veces, Nąȋenähz salió del agua y emprendió el vuelo. Sobrevoló la playa, y giró en redondo sobre la arena antes de lanzarse sobre el cazón.

Nunca había probado la carne de tiburón.

Abrió las mandíbulas de par en par, y las cerró con todas sus fuerzas alrededor de la aleta dorsal. El sabor metálico de la sangre y la sal delmar se mezclaron en su boca, pero se forzó a no escupir la asquerosa mezcla líquida y tiró del cazón hacia la playa. El pez se revolvió, pero su fuerza no fue suficiente para oponer resistencia, y pronto se halló sobre la arena húmeda, a medio metro del agua.

La thestral podría haberlo dejado ahogarse mientras peleaba en vano por volver al agua, pero en su lugar se lanzó sobre su cuello. Clavó sus colmillos sobre las aberturas branquiales, y las desgarró con un solo movimiento mientras su presa se retorcía de dolor.

Quería darle una muerte rápida desangrándolo en lugar de condenarlo a una lenta agonía por asfixia.

Sus mandíbulas continuaron mordiendo y rasgando todo lo que se les ponía por delante, llenando su boca de la sangre del escualo y de su sabor metálico, hasta que al fin atraparon un ancho tubo que latía con fuerza, como si de un corazón se tratase.

La thestral apretó sus mandíbulas, y tiró de él con todas sus fuerzas. Escuchó un chasquido, como si una cuerda se hubiera roto, y un río de sangre oscura brotó a borbotones del interior del escualo.

Con la cara cubierta por su sangre, que comenzaba a teñir con su intenso púrpura el ocre de la arena, Nąȋenähz dio un paso atrás para contemplar su obra. El cazón había dejado ya de pelear por su vida, y yacía inconsciente sobre la playa. Muy de vez en cuando, algunos estertores dejaban ver que todavía no había muerto. La thestral asintió con fuerza, y caminó hacia el agua para lavarse la cara mientras dejaba que la hipovolemia terminara de hacer efecto.

Cuando consideró que ya estuvo bien limpia, desanduvo el camino hasta colocarse al lado de su presa, y volvió la mirada hacia sus amigas. Blue Topaz mantenía la mirada fija en ella, con evidente revulsión, pero al mismo tiempo con un punto de interés que le impedía apartar la vista de la masacre. Por su parte, Dawn Star se había girado en redondo y trataba en vano de contener arcadas.

La thestral le dio la espalda al cuerpo, y usó sus patas traseras para girarlo. Cuando el tiburón estuvo sobre su lomo, clavó su colmillo derecho en el centro de su panza, un poco más debajo de donde terminaban las branquias.

Usando el afilado borde de su diente como si se tratara de una navaja, cortó su dura piel a lo largo de su abdomen hasta llegar a la aleta pélvica. Introdujo los cascos en la herida, y buscó a tientas el hígado. Un fuerte tirón lo liberó de las arterias y venas a las que estaba conectado y lo dejó expuesto, ensangrentado y listo para comer.

— Joder —murmuró Blue Topaz, sobrecogida por la impresión de ver a la thestral devorar el hígado del cazón con rápidos y grandes mordiscos.

Cuando al fin tragó el último trozo del órgano marrón, la thestral sacudió su cabeza para que se deslizara más rápido por su garganta, y volvió a meter la pezuña en el cuerpo del tiburón. Unos segundos más tarde, sostenía en su casco el corazón, que investigó minuciosamente en busca de parásitos antes de darle el visto bueno y comérselo crudo.

Lamiéndose los labios con gusto, la thestral se dio la vuelta, solo para encontrarse con el rostro impresionado de Blue Topaz y a Dawn Star vomitando sobre la arena.

— ¿No… no conocéi el fuego?

— Por supuesto que conocemos fuego. Non somos bestias sin civilizar —se defendió Nąȋenähz—. Pero es tradición thȅstotralësin comer hígado y corazón directamente de presa. Ḱȉvë dȋagerïn. Privilegio de cazadora.

La unicornio azul asintió lentamente. Echó una mirada a la thestral, otra a su presa, y preguntó:

— ¿Y ahora qué hacemo con ezo? Porque no te lo irá a comé crudo.

— Non. Pensaba llevar a patio trasero en casa tuya y descuartizar allí.

Blue Topaz tragó saliva. No le había parecido mal hasta entonces, pero después de haber visto a Nąȋenähz cazar y devorar crudos los órganos del escualo, empezaba a arrepentirse. Pero tampoco podía echarse atrás.

— Zí, claro, no é mala idea. Pero ¿lo puedeh dezangrá anteh? Prefiero no llenarme el patio de zangre.

Nąȋenähz asintió.

— Por supuesto —dijo, y caminó hasta la cola del cazón.

Mordió la áspera piel con fuerza, y se irguió sobre sus patas traseras. Comenzó a batir las alas, y para sorpresa de Blue Topaz comenzó a elevarse del suelo, a pesar del peso del tiburón. Continuó subiendo hasta que estuvo a poco más de metro y medio de altura, con el cazón colgando de su boca por la cola y con su cabeza sobre la arena, manteniendo la herida hacia abajo para que la sangre fluyera hacia ella.

Ya debía haber perdido gran cantidad de sangre cuando la thestral desgarró su aorta, porque el charco marrón sobre la arena no creció mucho más. Cuando transcurrieron unos segundos en los que su tamaño permaneció constante, decidió bajar a tierra.

— Fecho —dijo, mirando a la unicornio azul—. Desangrado es ya. Marchar podemos.

— Pueh venga. —Giró la cabeza hacia Dawn Star—. Dawn, ¿ehtah bien?

La unicornio parda giró la cabeza, y, con rostro descompuesto, negó débilmente. Nąȋenähz soltó una exclamación de sorpresa al ver el color de su rostro.

— Joé, ehtah pálida como un cadáver. ¿Te paza algo? ¿Te zienteh mal?

— No… No… —murmuró ella, y giró la cabeza para no ver la presa de Nąȋenähz—. Es que me da muchísimo asco… Yo…

— Yo siento mucho —dijo Nąȋenähz, dando un paso hacia ella—. Siento causar asco con caza mía.

— No… No pasa nada —balbució la unicornio parda—. Solo… solo tengo que acostumbrarme. —Miró a la arena, y tragó saliva—. Venga, volvamos ya.

Nąȋenähz pareció ir a decir algo, pero prefirió callarse. Volvió a la cola de su presa, y comenzó a tirar de ella para llevarla a casa de Blue Topaz.

Una luz mágica se encendió a poca distancia de su cabeza, y de repente notó cómo se elevaba la cabeza del cazón.

— Te ayudo, que ehto tiene que pezá un quintá.

— Mas yo puedo con él. Non habéis de…

— ¿Y lo va a llevá arrahtrando por lah acerah pa que ze te llene de tierra y de zuciedá? Que no, Nayenaeh. Que no é ningún problema.

— Mas… Mas nos…

— Que no, de verdá. Que no tengo problema en llevarlo. —Dio un leve tirón mágico al morro del cazón—. Venga, vámonoh ya.

Nąȋenähz negó con la cabeza, frustrada. Sabía que no debía incomodar a su anfitriona, pero si no le dejaban otra opción ¿qué podía hacer?

Tras colocar a Dawn Star a la cabeza de su curiosa comitiva para que no tuviera que volver a ver el cadáver que tanta repugnancia le inspiraba, las tres yeguas se pusieron en marcha, no sin antes hacer una breva parada técnica en las duchas para quitarse la arena de las pezuñas.


Swébende Gagel clavó con rabia su espada en el pecho del grifo que acababa de matar, y soltó un potente rugido desde lo más hondo de sus pulmones.

Un ataque sorpresa por la noche en tiempos de paz. Maldita escoria traidora sin honor. Merecían ser exterminados sin piedad hasta que...

Se volvió para arrearle una última coz furiosa al cadáver, y se sentó sobre la nube en la que estaba para comprobar en qué estado se encontraba tras la batalla.

Y casi al instante, el cansancio acumulado cayó sobre él como una losa. Sus párpados se cerraron de golpe, y solo recurriendo a toda su fuerza de voluntad consiguió volver a abrirlos.

Debía volver a su casa. Su esposa y su hijo esperaban ansiosos su retorno victorioso.

Sacando fuerzas de aquel pensamiento, extendió las alas y alzó el vuelo en dirección a su morada de nubes. A su alrededor, decenas de pegasos seguían el mismo camino, todos ellos con el mismo deseo en sus corazones. Decenas más yacían sobre las nubes, aguardando ansiosos a que los curanderos de Cloudsdale curaran sus heridas o cerraran los ojos de aquellos por los que ya no podían hacer nada.

Había tenido suerte esta vez. Los grifos habían penetrado en Cloudsdale por el flanco opuesto, y para cuando había llegado a la batalla las tropas más experimentadas habían sido eliminadas en su mayoría. Tan solo quedaban algunos grifos jóvenes, en su bautismo de fuego la mayoría, que no habían sido rival para su superior experiencia y habilidad. Tan solo se llevaba a casa algunos cortes no excesivamente profundos y tres profundos surcos ensangrentados de las garras de un grueso grifo cubierto de brillante armadura de hierro.

Había llegado a la amplia Plaza del Mercado, a los pies del Palacio de Nubes del rey Mistral IV, cuando detuvo de repente su comitiva real, encabezada por el rey Mistral IV, estaba situada en las puertas del palacio, y el rey miraba nerviosamente de un lado a otro, como si buscara algo o alguien. Pocos metros a su izquierda, un escuálido pegaso verde se posó sobre las nubes.

Como buen súbdito de Cloudsdale, Swébende Gagel se quitó el casco, tal y como hacían todos los guerreros a su alrededor, y se inclinó hasta que su frente tocó el suelo.

— Levantad —dijo Mistral IV, e instintivamente Swébende Gagel supo que algo grave pasaba.

Miró a su rey, y masculló un juramento al ver su expresión. No era el acostumbrado gesto de salvaje júbilo que mostraba el monarca tras cada gran victoria, sino un gesto de la más profunda ansiedad y preocupación. Cada pocos segundos movía la cabeza de un lado a otro, como si esperara ver a alguien, y cada vez que lo hacía aumentaba la amargura en su corazón.

— Es el nuestro deseo agradecervos la presteza con que fuisteis acudidos al socorro de la nuestra gloriosa patria. La vuestra fuerza e la vuestra valentía...

El pegaso verde que había aterrizado pocos segundos antes se abrió paso entre la multitud, y cuando al fin estuvo frente al rey se postró hasta que su frente tocó las nubes.

— ¡Su Majestad!

La expresión del rey Mistral cambió de golpe cuando vio quién le reclamaba. Flyhthwæt Fictere. Uno de sus mensajeros. Por fin tendría noticias.

— Levantad. ¿Habéis para nos mensaje?

Pero cuando al fin vio el rostro del mensajero, el corazón se le cayó a los pies.

— Su Majestad... El vuestro fijo... El príncipe Mistral...

El mensajero nunca llegó a terminar la frase. En su lugar, se tocó el lado derecho de la frente con la punta del ala mientras sus ojos permanecían fijos en el cielo azul.

El signo de respeto a los caídos en batalla.

Swébende Gagel jamás olvidaría aquel aullido. Jamás podría olvidar el dolor y la rabia que encerraba aquel larguísimo e inarticulado sonido inequino.

Quiso decirle algo al rey, murmurarle algunas palabras consoladoras; pero se quedó en su sitio. ¿Qué podría decirle a un padre que acababa de perder a su primogénito y heredero en su primera batalla?

Hizo lo único que podía hacer. Alzar la vista al suelo mientras se cuadraba para rendir honores a un verdadero héroe de Cloudsdale.

Al fondo, pudo ver a dos pegasos que llevaban una improvisada camilla cubierta con una sábana. Sus labios se curvaron en un gesto de disgusto.

Uno de ellos era Fíctere Heorte.

Maldita zorra sin honor. ¿Qué méritos había hecho ella para presentar al rey el cuerpo de su heredero? Cualquiera de los otros pegasos era diez mil veces más digno que ella.

Sin esperar si quiera a que aterrizaran, Mistral IV echó a volar hacia ellos con el corazón encogido. Su primogénito, su heredero, su esperanza, su propia sangre... Muerto por cupa de los grifos. Muerto por culpa de aquellas malditas bestias traidoras.

Los dos pegasos vieron acercarse a su rey,y se apresuraron a descender sobre las nubes. Colocaron su camilla con suavidad sobre el nimboestrato antes de adoptar la misma postura de respeti que el resto de sus compañeros.

Fíctere Heorte se adelantó un paso.

— Vuestra Majestad, muerto como héroe de Cloudsdale fue el vuestro fijo. Tres grifos...

Pero Mistral IV no le prestó la más mínima atención, y continuó, impertérrito, con su expresión de angustia y dolor hasta que llegó a la sábana que cubría el cadáver de su hijo. Alargó un casco, y la levantó con un solo movimiento.

Ni siquiera vio la expresión serena y tranquila con la que había acabado la vida del príncipe Mistral. Enterró la cabeza en su musculoso pecho, cubierto por la sangre que manaba de cinco cuchilladas, y rompió a llorar.

Lloró como solo un padre puede llorar al hijo que acaba de perder en batalla. Lloró caudalosos ríos de amargas lágrimas alimentadas por la rabia y el remordimiento.

— Juro sobre las nubes que pisaron los nuestros antepasados... —murmuró. Su voz se entrecortaba cada pocas palabras, y su ira hacía que se pisaran unas sobre otras, pero no le importaba en absoluto—. Goldbeorg ha de arder. Non ha de quedar piedra sobre piedra. Por las nubes con la que aquesta urbe construyeron... Lo juro.


Dos leves golpes sobre un objeto metálico sonaron en el patio trasero de la casa de Blue Topaz, a los que siguió una serie de sonidos húmedos y más débiles, como si alguien dejara caer descuidadamente unos trozos de papel húmedo sobre otros. El sonido cesó tras unos segundos, y Nąȋenähz fue a coger una sartén y una pesada bolsa de tela llena de hortalizas antes de abrir el libro de recetas situado frente a su cazuela.

No estaba mal, pero se centraba demasiado en el y muy poco en el śaȉn para su gusto.

Pasó rápidamente las hojas hasta llegar a la parte de los pescados, casi al final; y la ojeó atentamente, buscando la receta por la que se había decidido un cuarto de hora antes. Dȋagęrrȉś vĭ tomateąm. Cazón en tomate.

Sacó los tomates, y los cortó con el cuchillo, teniendo cuidado de no cortarse o salpicarse con el jugo. Tenían buena pinta, aunque le habían parecido un poco caros.

Tenía que encontrar una manera de conseguir los suyos propios. Tal vez cerca de Canterlot hubiera algunas matas silvestres.

Colocó los trozos en la sartén, y pronto hizo lo mismo con el resto de hortalizas. Cuando la carne del cazón estuvo ya en la cazuela, cociéndose junto con las hortalizas, Blue Topaz entró en el patio, con un libro sostenido por su magia que enseguida depositó sobre el suelo.

— ¿Qué cocinah? —le preguntó.

Dȋagęrrȉś vĭ tomateąm. Tiburón en tomate.

La unicornio azul asintió, y continuó avanzando. Nąȋenähz alzó las cejas, sorprendida por la impasibilidad de la que hacía gala la yegua ante la carne y los restos del escualo. Dawn Star habría vomitado antes de entrar.

— ¿Qué puedo hacer luego con huesos de pescado? —preguntó Nąȋenähz, señalando el esqueleto de cartílago que había dejado a su espalda.

La unicornio azul lo miró, y alzó las cejas antes de encogerse de hombros. La thestral lo había pelado casi por completo. Apenas quedaban algunas finas hebras de carne pegadas al cartílago.

— Ni idea. Ze lo pué vendé a loh grifoh; igual elloh lo quieren pa' algo.

Una expresión de profundo desprecio apareció en el rostro de la thestral, y emitió un gruñido de profundo odio.

— Nada a grifos. Cuando ellos dominaban este de Equestria, perseguían a thȅstotralës. Llamaban a nosotros monstruos murciégalos, y mataban nosotros. —Inspiró con rabia, y apretó los dientes. Su labio inferior comenzó a temblar—. Nada a grifos. Solo muerte.

Blue Topaz apartó la mirada, intimidada por la furia que exudaba Nąȋenähz.

— Bueno, perdona. No zabía… — La expresión de Nąȋenähz se suavizó, y murmuró que la disculpaba—. ¿Creeh que lo querrá algún thehtral?

La thestral se lo pensó, y se encogió de hombros.

— Yo non sé. Es posible. Podemos buscar thȅstotral que quiera comprar. Cuando guiso sea terminado saldré a buscar. ¿Sabes donde moran en aquesta ciudad?

La unicornio azul asintió.

— Tienen una colonia fuera de Baltimare, en lah montañah. Como a una hora en tren.

Nąȋenähz lo pensó unos segundos, y asointió antes de agradecerle la información. Una hora en tren. A buen ritmo, como dos horas de ida y dos de vuelta. No hacía mucho que había anochecido. Podía intentarlo.

— ¿No da asco ti ver cómo yo cazo y cocino pescado? Dawn Star non aguanta aquesto.

La unicornio azul entrecerró los ojos, y dejó escapar un suspiro antes de sonreír con nostalgia.

— ¿Me creeríah zi te digo que hahta hace treh mezeh me daba todavía máh ahco que a ella la zangre y la caza?

— Mas ¿cómo? —preguntó la thestral, con los ojos abiertos y las alas levemente desplegadas—. En playa vístelos con naturalidad tanta como thȅstotral.

Blue Topaz asintió lentamente.

— Porque me forcé a acohtumbrarme. Verah, cuando zupe que mi padre tenía cada vé má problemah de dinero y que al final iba a tené que vendé la fábrica, decidí que me iba a alihtá en el ejército. Y como allí siempre hay zangre, me fui a una carnicería de La Colonia y leh pedí que me dejaran vé cómo zacrificaban a loh animaleh. Me llevó tiempo, pero ya ehtoy habituá a vé la zangre.

Nąȋenähz la miró en silencio, impresionada por la resolución y la valentía de la unicornio.

— Eres decidida y valerosa. —Sonrió con calidez—. Segura soy de que seréis excelente soldado para Luna Nąȋeinïkȍnin y princesa hermana suya.

A modo de respuesta, obtuvo un sonrojo en las mejillas de la unicornio.

— Bueno, en verdá no voy a zé soldado. Vo la academia militá, a ehtudiá. Cuando zalga, zeré oficial del ejército.

— Entonces serás excelente oficial al servicio de Equestria.

Se hizo el silencio entre ambas yeguas, momento que la thestral aprovechó para levantar la tapa de la olla y comprobar cómo iba la cocción. Frunció el ceño, y añadió un vaso de agua, que borboteó y bulló con fuerza al caer sobre la comida hirviente.

— ¿Te puedo hacé una pregunta? —preguntó de repente Blue Topaz. Volvía a tener el libro en su aura mágica.

— Sí, claro.

Volvió a mirar dentro de la olla, y asió la tapadera con sus dientes. Blue Topaz pasó las páginas hasta llegar a una en la que una imagen mostraba una constelación con forma parecida a una cruz, y tragó saliva.

— ¿De cuándo vieneh?

La tapadera cayó al suelo con un fuerte repiqueteo metálico.

— ¿Cómo… cómo dices?

— Que de cuándo vieneh. —No se había dado cuenta, pero su respiración se había acelerado—. No zé de dónde ereh. No zé de cuándo zaleh. Pero zé que no nacihte en nuehtra época.

Nąȋenähz retrocedió un paso con las alas extendidas. Su rostro delataba miedo, a pesar de sus esfuerzos por fingir que no sabía de qué le hablaba Blue Topaz; y sus alas estaban ligeramente extendidas en posición de alerta.

— Non sé de qué fabláis. Fui nascida face diez y ocho inviernos. ¿Cómo decís que non fui nascida en tiempo vuestro?

Pero Blue Topaz negó lentamernte con la cabeza, e hizo levitar el libro delante de la thestral, que no pudo evitar una exclamación de horror al ver completa la constelación del thestral.

— Ehtabah mirando ehta constelación. Teníah la mihma cara que cuando no vihte el corazón de la zerpiente. —Señaló con el casco la estrella situada al final, en lo más alto de la cruz que formaban todas—. Te faltaba ehta, ¿verdá?

Nąȋenähz trató de tragar saliva, solo para descubrir que tenía la boca seca. El casco de la unicornio azul apuntaba a śȍnz thȅstotralin, la cola ausente de la constelación del thestral.

— Ehplotó hace má de mil añoh. —Dejó caer el libro al suelo, y un segundo después escuchó un golpe sordo. Las patas le temblaban—. ¿De cuándo ereh? ¿Quién… quién ereh en realidá?

Un leve gruñido de advertencia brotó de los labios de la thestral.

— Aqueso es secreto de Estado.

Sabía que no debía confesar, pero también sabía que ya no tenía sentido negarlo. Blue Topaz la había descubierto.

Y todo por dos malditas estrellas desaparecidas.

— No me digah ezo. —Miró a los ojos a la thestral, y bufó con fuerza—. Entiendo que no queráih que nadie ze entere, pero necezito zabé. Necezito zabé quiñen ereh. Necezito zabé en qué ehtá metida mi amiga.

La thestral suspiró. Apartó la vista del rostro suplicante de la unicornio, de su expresión rota y sus ojos llorosos; y volvió a suspirar. Ya sabía que era una viajera del tiempo. No podía hacerle mucho daño saber de dónde era.

— Fillydelphia. Año que ëtȋewigëthȅstotralikönȅginï Luna përstëi fizo thȅstotralës súbditos suyos.

Blue Topaz pareció sorprendida por un segundo, y cerró los ojos y bajó la cabeza, tratando de asimilar la información. Nąȋenähz había nacido hacía más de mil seiscientos años.

— ¿Y… y Dawn? ¿Va a ehtar bien?

La thestral se encogió de hombros.

— Non puedo decir. Fasta agora solo ocurrió paliza de ex novio. —La preocupación asomó al rostro de la unicornio—. Es como soldado. Nosotros somos como guardias de princesas. Tú quieres entrar en ejército. Tú comprendes.

Blue Topaz asintió con un suspiro.

— ¿Y… y mi padre? Vozotroh… vozotroh lo detuvihteih. La magia prohibida… ¿Era…?

Nąȋenähz caminó lentamente hacia ella y la abrazó con fuerza.

— Sí.


Las constelaciones mencionadas en el capítulo son constelaciones reales. La caracola es una referencia a Capricornio y la Rana es Libra; mientras que el escorpión/la serpiente es, claramente, Escorpio. Por su parte, bajo la constelación del thestral se oculta la auténtica constelación del Cisne.

Las estrellas que Nąȋenähz echa en falta también son estrellas reales. Alhamaraa/la roja es Antares, el corazón de Escorpio; mientras que Śȍnz thȅstotralin es Deneb, la cola del Cisne. Según el conocimiento astrofísico actual, ambas estrellas acabarán su vida como supernovas.