La pesada puerta de roble giró lentamente sobre sus goznes sin hacer ruido, y pronto las paredes de piedra multiplicaron por tres el sonido de los cascos al golpear los bloques de piedra del suelo.

Un estrecho haz de luz se colaba por la abertura, insuficiente para iluminar la estancia en su totalidad, pero más que suficiente como para permitir leer el hatajo de pergaminos escritos con tinta negra sobre el que caían.

El sonido de las pezuñas se acercó a la mesa de roble, y un par de ojos magenta se posó sobre las palabras escritas con impecable letra cursiva. Una amplia sonrisa apareció en su rostro al leer "reina Luna I".

Y se borró de golpe en cuanto pasó a la página siguiente.

Sus ojos recorrieron con rapidez las líneas, cada vez más alarmados. Cuando llegaron al final de la página, sus pupilas se habían convertido en dos diminutas semillas de amapola.

Traición.

Traición contra Equestria.

Su cuerno se iluminó de repente, y tomó tinta y una pluma con su magia. En el primer pergamino que encontró, escribió con trazos rápidos dos cortas frases.

Luna I. Traición.

No pudo evitar dar un salto cuando el estampido de la puerta golpeando la pared alcanzó sus oídos, pero se forzó a ignorar el sobresalto e invocó de nuevo su magia magenta. Tenía que transmitir el mensaje, costara lo que costara. No podía permitir que traición semejante fuera consumada.

Oyó cómo el segundo pony emitió un grito inarticulado al ver la escena, pero cerró los ojos con fuerza y recitó el hechizo tan rápido como le era posible, pisando unas sílabas con otras y convirtiendo varias palabras en una sola. De repente, una intensa luz magenta y un fuerte viento aparecieron en la punta de su cuerno.

— ¡No! —exclamó el segundo pony, y se abalanzó sobre el pergamino.

Pero ya era demasiado tarde.

Como si una aspiradora lo estuviese absorbiendo, el pergamino voló directamente hasta el centro de la luz, que se apagó inmediatamente después. Cerró los ojos, su corazón desbordado de orgullo y satisfacción, y se giró para encararse con el pony que acababa de entrar.

— ¡No! ¡Tú…! ¡Tú…!

Pero en lugar de miedo, se encontró con un pecho ufanamente hinchado y una amplia sonrisa de victoria en el otro rostro.


— Manehattan - Deportivo Equestriano, uno. Real Haytis - Real Canterlot, uno. Hoofington - Oriente Fillydelphia, equis. Appleloosa cero Hollow Shades cinco.

Time Keeper dejó el boleto sobre el periódico que descansaba sobre su mesa, abierto por la sección de deportes, y contempló con severidad a la potra que lo miraba desafiante desde el otro lado de la mesa.

— ¿Sabes cuánto es esto?

— Ciento sesenta y tres mil bits —repitió ella sin pestañear—. Once aciertos más pleno al doce. Única acertante.

— Diez años de cárcel.

Pero la potra no se asustó ante la perspectiva de pasar diez años encerrada, sino todo lo contrario. Elevó la cabeza y soltó una fuerte carcajada.

— ¿Diez años de cárcel? —Rio de nuevo, y añadió con chulería—: Tengo trece años. Hasta los catorce soy intocable.

Time Keeper no varió ni un ápice su expresión.

— En esta época.

La sonrisa se borró de golpe del rostro de la potra.

— Esa legislación ni siquiera tiene un siglo. Simplemente viajaremos contigo al siglo XIII y te encarcelaremos allí.

Incluso a través de su espeso pelaje rojo, pudo ver cómo su interlocutora palidecía visiblemente.

— No… Esto no puede ser legal. —Gotas de sudor frío comenzaban a caer por su frente—. No podéis…

— Es perfectamente legal. La ley equestriana que redactó y aprobó la princesa Celestia en 2153 nos permite detener a menores de catorce años y transportarlos a un centro de detención mientras se establece contacto con sus padres o tutores legales. —Se quitó las gafas con su magia, y volvió a ponérselas, impasible al temor que había hecho su aparición en los ojos de la potrilla, que trataba de ocultarlo—. Sin embargo, no dice que el centro de detención al que serán trasladados los menores de catorce años deba estar en la época actual.

La potra apretó los dientes con rabia. Celestia. Por supuesto. ¿Quién si no?

El ministro contempló a la potrilla durante unos segundos, y al final le preguntó con severidad:

— ¿Y todo esto para qué? ¿Para conseguir dinero rápido? ¿Para no tener…?

La potra echó la cabeza hacia atrás, y un segundo después Time Keeper contemplaba con asombro un enorme escupitajo en el centro de su pecho. Estupefacto, levantó lentamente la cabeza, y se encontró con la potra de pie, con los cascos delanteros apoyados sobre su mesa de ébano, el rostro contraído en un rictus de ira y sus humedecidos ojos escarlata ardían con furia.

— ¡Tú no tienes ni puta idea! ¿Me escuchas? ¡No tienes ni puta idea de lo que hemos pasado! ¡No tienes ni puta idea de todas las cosas horribles que ha tenido que hacer mi madre para mantenernos porque el cabrón de mi padre se las piró en cuanto supo que la había preñado! —Sorbió con rabia, y escupió de nuevo sobre el pecho de Time Keeper—. Enhorabuena. Estás dejando a una yegua en la calle y metiendo a su hija en la cárcel.

Time Keeper resopló, pero no apartó la mirada de los furiosos ojos escarlata.

— Si utilizas magia prohibida para conseguir el dinero, acabas ahí.

Ella soltó una carcajada.

— ¿Y de dónde lo saco entonces? ¿Busco a un noble al que le vayan las potras?

Time Keeper no respondió. Mantenía los ojos cerrados mientras reflexionaba.

— Y por eso viajaste al pasado y rellenaste la quiniela. Para conseguir el dinero que os faltaba.

— Por mi madre —replicó ella, rabiosa—. Para agradecerla todo lo que ha hecho por mí. Para que pueda salir de una vez de la mierda que hace para mantenernos.

De nuevo, el ministro permaneció pensativo.

— Estoy dispuesto a reducir tu condena a cinco años si nos dices quién te dio el hechizo para viajar en el tiempo.

— De eso nada —contraatacó ella, estampando los cascos sobre el negro escritorio—. Salgo libre y la pagáis a mi madre el alquiler de este mes.

— Seis años y le pagamos a tu madre el alquiler.

La potra apretó los dientes con un gesto de rabia. Time Keeper se sacó las gafas con magia, y las colocó encima de la mesa, en el extremo más cercano a él.

Había que demostrar quién llevaba la sartén por el mango.

— Podría arrancártelo cuando estuviéramos en el siglo XIII. Ninguna de las leyes actuales existía hace mil años —añadió, y una expresión de terror apareció en el rostro de la detenida—. Pero es algo que solo hago como último recurso. —Ladeó la cabeza hacia la izquierda—. ¿Vas a aceptar la oferta?

El cuerpo de la potrilla temblaba de ira. Iluminó su cuerno, y sacó un papel de sus alforjas de esparto que enseguida hizo volar hacia el ministro.

— Ahí lo tienes. Y en cuanto acabes me lo devuelves. Es mío. ¿Te enteras? Mío.

Con desgana, el ministro tomó la hoja de cuaderno que le ofrecía la potrilla, y en cuanto la leyó frunció el ceño.

— ¿Te estás riendo de mí?

Ella negó con la cabeza, desafiante.

— Esto —señaló el hechizo— es una basura. Última oportunidad. Dinos quién te dio el hechizo de Star Swirl.

— Usé ese. —Estampó sus pezuñas sobre la madera de nuevo, y adelantó su cabeza hasta que apenas una decena de centímetros separaron su rostro del del ministro—. El mío. Nadie me ha dado nada. Me lo inventé yo.

Time Keeper elevó en el aire el papel, y lo sostuvo delante de los ojos de la potra.

— ¿Pretendes que me crea que pudiste viajar al pasado con esto?

— Pruébalo.

Time Keeper escrutó con atención el rostro de la potrilla, y al cabo de unos segundos apartó la vista, sorprendido. No había la menor marca de insinceridad en su expresión. Solo seguridad, desafío y superioridad. Con un suspiro, dijo:

— Muy bien, juguemos a tu juego. Elige una época.

Los labios de la potra se abrieron en una gran sonrisa de victoria.

— La noche de Nightmare Moon. Cuando Celestia echó a su hermana a la Luna.

El ministro asintió, y comenzó a cargar el hechizo en su cuerno. Tenía ganas de ver su cara cuando fallara como una escopeta de feria.


Time Keeper volvió la vista al techo. Sus ojos estaban abiertos como platos, pero estaba demasiado absorto en sus pensamientos como para ver nada.

Volvió a bajar los ojos al escritorio, y cogió el papel con sus pezuñas. Lo volvió a leer de cabo a rabo, y lo arrojó de nuevo a la mesa antes de cubrirse la cara con los cascos.

No tenía sentido. El hechizo era una pesadilla mágica.

Pero funcionaba perfectamente.

Hacia atrás y hacia delante.

— Comet, ¿tú lo entiendes?

La unicornio blanca, a la que acababa de llamar a su despacho, negó con la cabeza. Ella también había leído el papel, y a pesar de dedicar todo su cerebro a reflexionar sobre el hechizo, tampoco entendía cómo funcionaba.

En su silla, la potrilla reía con ganas, sin ni siquiera molestarse en disimular sus carcajadas. Cada una de ellas le sentaba como una patada entre las patas traseras al ministro.

— Muy bien. Tu hechizo funciona. —Suspiró, y clavó sus pupilas en los ojos escarlata de la yegua—. ¿Cómo lo hace?

La potra sonrió con ganas, y soltó otra fuerte carcajada.

— No tengo ni idea.

El ministro murmuró una imprecación contra todos los antepasados de la potrilla, y Comet Nova se acercó a ella.

— O sea, que te ha salido de pura chiripa.

— Totalmente.

Giró la cabeza hacia la voz, y se sorprendió al ver la altura de la altura, y su crin azul marino flotando sobre su níveo pelaje.

— ¿Tú quién eres? ¿La hija secreta de Zorrestia?

Comet Nova ignoró el insulto a la princesa, y negó lentamente.

— Te sorprendería cuántas veces me lo preguntan. —Inspiró y añadió—: Celestia nunca ha tenido hijos. Si los hubiera tenido, lo sabría.

El papel volvió a elevarse en el aire, y los ojos de Time Keeper lo examinaron una vez más, tratando en vano de descifrar su funcionamiento.

— Se lo mando a Twilight —dijo mientras lo enrollaba. Colocó una cinta a su alrededor, y lo selló con lacre—. Si hay alguien que pueda entender este sinsentido, es ella.

Por tercera vez aquella tarde, un estampido seco golpeó sus tímpanos.

— ¡Y una mierda! —exclamó la potrilla—. ¡Ese hechizo es mío! ¡Devuélvemelo ahora mismo, chorizo!

— Tu hechizo acaba de ser confiscado por la Corona —respondió él—. Tienes prohibido tanto utilizarlo como hablar de él a cualquier poni. Si lo haces, sumas años de condena.

Por un momento pareció que la potra se iba a echar a llorar, pero se tragó las lágrimas por orgullo. No iba a darle esa satisfacción a dos agentes de Zorrestia.

Levantó su casco delantero derecho, y apuntó con él a la cara del ministro.

— ¡Eres un ladrón! ¡Vas de tío legal, del gran salvador de Equestria, pero no eres más que un chorizo miserable! ¡Igual que los nobles, igual que Zorrestia y que su hermana!

— Comet, llévatela a Uruqaiqa antes de que le meta más años.

La unicornio blanca obedeció, y puso un casco sobre el hombro de la potra.

— ¡No me toques, guarra! —chilló, y trató de darle un pezuñazo que Comet Nova no tuvo ningún problema en esquivar.

— Vamos. —En la voz de la unicornio blanca se podía oír cierto deje de amargura, y su mirada rehuía a la de la potra roja—. No hagas esto más difícil.

Desde su sillón, el ministro contempló cómo la potrilla hacía un último gesto de odio y frustración antes de darse la vuelta y caminar con Comet Nova hacia la puerta.

Y sus ojos se abrieron de golpe.

— ¿Tu talento especial es crear hechizos?

La potrilla se detuvo en seco, y se volvió hacia el ministro, interrogándole con la mirada. Cuando vio que él apuntaba con su pezuña a sus cuartos traseros, giró la cabeza para verlos mejor.

Si hubiera habido una copa en la sala, el agudo chillido de emoción de la potra la hubiera roto sin duda.

— ¡Mi marca! ¡Mi marca! —Volvió a girar la cabeza. La enorme sonrisa de su rostro se hizo todavía más grande al ver la pluma sobre el pergamino rodeado por destellos que ahora adornaba sus flancos—. ¡Tengo mi marca!

— Enhorabuena, pequeña —la felicitó Comet Nova, que sonreía con calidez. Divertida, suspiró y comentó—: Esta tiene que ser la historia más extraña sobre cómo conseguir una marca de belleza.

— Sí. Cierto. —La expresión de la potra se agrió de repente, y su voz sonaba furiosa—. El mismo día en que dos dorados de Zorrestia se saltan la ley como les da la gana para que yo no vea la luz del Sol en seis años.

— O no.

El rostro suspicaz de la potra no tuvo efecto alguno sobre el ministro, que la miró como quien mira a una pared.

— Alguien cuyo talento especial es crear hechizos nos puede venir muy bien. Estoy dispuesto a no mandarte a Uruqaiqa si aceptas formarte en magia y trabajar para nosotros.

Ella apretó los dientes con rabia.

— O sea, que o me paso a vosotros o me metéis en el trullo. —Sonrió con amargura y negó con la cabeza—. He aquí a los magníficos agentes de Zorrestia, extorsionando a una potra de trece años y forzándola a traicionar sus ideales.

— No te pongas dramática. Has cometido un delito. Te estamos dando una oportunidad para ser indultada. Tú eliges si la aceptas o no.

Como respuesta, ella miró alternativamente a Time Keeper y Comet Nova, furibunda y con sus ojos convertidos en dos carbones ardientes, deseando fulminarlos y que cayeron muertos a sus cascos.

Pero, por supuesto, ninguno de los dos se vio afectado, y se limitaron a observarla, con escaso interés el ministro y con ligera preocupación su segunda.

— Solo por mi madre. ¡¿Me entiendes?! —exclamó ella, estampando un casco sobre las baldosas del suelo—. ¡¿Me oyes?!

— Perfectamente —respondió Time Keeper, y desvió los ojos hacia su segunda—. Comet, llévala a su casa, por favor.

— Por supuesto, Keeper. —Alargó un casco y lo colocó sobre el hombro de la potra, que se lo quitó de encima con un violento golpe de casco—. Venga, vamos a casa. ¿Dónde vives?

La potrilla no dijo nada, pero emprendió el camino junto a la yegua blanca. Ni siquiera habían cubierto la mitad de la distancia hasta la puerta cuando un pergamino se materializó delante de Time Keeper, a unos veinte centímetros por encima de su escritorio de ébano. Lo cazó al vuelo en su aura mágica negra, sin esperar siquiera a que cayera a su mesa, y lo abrió.

Tardó menos de un segundo en leerlo, y cuando terminó su rostro reflejaba una honda preocupación.

— Comet, ¿has devuelto ya a Swébende Gagel a su época?

Ella negó con la cabeza.

— Está en la otra sala, con Dawn y Nayenaets, esperándome. —Volvió la cabeza, y frunció el ceño al ver el semblante de su superior—. Les digo que pasen.

— Sí. Muchas gracias.

Bajo su atenta mirada, yegua y potra salieron al fin de su despacho. Cuando la puerta se cerró, el ministro devolvió la mirada a las tres palabras trazadas apresuradamente sobre el pergamino.

Reconocía aquella letra. Era de Gylden Bile. Segundo hijo de un noble menor asentado cerca de la frontera con el reino de Hexia, el más meridional de los siete que acabarían siendo unificados en el Imperio de Cristal, en el norte. Durante más de treinta años, había trabajado para el ministerio, en la sombra como el consejero real de Platino V y Bullion I. Un caballo del que se fiaría sin reservas.

Y si le había mandado aquella misiva tan corta y apresurada, es que tenía un lío gordo entre cascos. Uno que involucraba a Luna I.

Tres golpes secos le sacaron de sus reflexiones, y levantó la cabeza del pergamino antes de darles permiso para entrar a sus agentes.

— Seré breve —les dijo tan pronto como entraron por la puerta, y les pasó e mensaje—. Tenemos un problema repentino a finales del siglo VI. Una de las principales figuras de nuestra historia puede estar amenazada. —Miró a Nąȋenähz antes de añadir—. Alguien a quien sin duda la señorita Nayenaets aprecia profundamente.

Nąȋenähz se lanzó como una predadora sobre la nota. Leyó sus tres palabras en menos de un segundo, y cuando le pasó la nota a Dawn Star, estaba mostrando sus colmillos en una expresión tan fiera que incluso Swébende Gagel se sintió impresionado.

— ¡¿Quién es?! ¡¿Quién es aquese malnacido que osa traicionar ëtȋewigëthȅstotralïkönȅginïį Lunį përstïį?!

— Eso es precisamente lo que ustedes deben averiguar. La nota fue enviada desde el trece de febrero del año 593, apenas dos días antes de que Luna I subiera al trono. Su misión es asegurar por cualquier medio que ella sea la elegida para suceder al rey Bullion I. Si no lo hace, peligran tanto nuestra independencia del Imperio Grifo como la incorporación de las tribus thestrales a la soberanía de Equestria.

La thestral asintió rápidamente, con gesto furioso y fuego en la mirada. Por su parte, Swébende Gagel desenvainó su espada y fingió apuñalar a un enemigo invisible sobre él al tiempo que lanzaba un bramido de guerra.

— La misiva la escribió el consejero del rey Bullion, Gylden Bile. Es de los nuestros. Vayan con cuidado. Por la forma en que está escrita, podría haberle ocurrido algo. —Abrió un cajón con su magia, y hurgó durante unos segundos hasta que encontró lo que buscaba—. Señorita Nayenaets, para esta misión será necesario que lleve esto.

La thestral observó con curiosidad el colgante que Time Keeper le tendía. Era extraordinariamente simple, apenas un largo cordón de esparto con una larga pluma de color azul turquesa en un extremo. Sin pensarlo, alargó un casco y se lo colocó alrededor del cuello.

Inmediatamente, una luz blanca envolvió a la thestral, y un agudo chillido escapó de sus labios. Alarmados, sus compañeros se volvieron hacia ella, solo para poner una expresión de asombro cuando la luz se extinguió.

Delante de ellos, tenían una pegaso.

Su pelaje era gris, y sus ojos amarillos, pero sus pupilas habían dejado de ser dos alargadas rajitas para convertirse en dos círculos negros en el centro de sus iris. Sus orejas habían perdido el pelo en su punta, sus colmillos habían desaparecido de su boca, y sus alas ya no eran huesudas y membranosas, sino que estaban cubiertas de plumas.

— ¿Qué… qué es aquesto? —preguntó Nąȋenähz, visiblemente desorientada, mientras contemplaba con asombro sus nuevas alas emplumadas—. ¿Qué habéisme fecho?

— Es un simple hechizo de ilusión. Necesitamos que se haga pasar por una pegaso para esta misión. Se dirigen al año 593. Quedan más de veinte años para que Luna I tenga su primer encuentro con los thestrales. Todavía no se tienen noticias de ellos en Canterlot.

— Mas… Mas… —trató de replicar ella, incapaz de explicar su disgusto con palabras. ¡Renunciar a su raza! ¡Solo faltaba eso!—. ¡He sido thȅstotral en otras misiones! Fuilo en Trottingham. ¡Viéronme los guardias de reina Platino y guardias que transportaban a loco asesino!

— Es cierto —contestó Time Keeper—, pero en Trottingham estaba tapada y nadie la veía. Los guardias de Helter Skelter no son un problema. Y los de Platino I —cerró los ojos mientras buscaba una frase—… Nada que una de las mejores magas de la historia de Equestria no pueda solucionar.

La thestral entrecerró los ojos y gruñó con disgusto. Por muchos argumentos que le diera el ministro, seguiría aborreciendo aquella idea en lo más profundo de su ser. Y sin embargo…

Se llevó un casco a la pluma, y la apretó con fuerza. Su trabajo era impedir que cambiara la historia de Equestria. Y ahora tenía que poner a Luna I en el trono sin que todo el palacio descubriera que los thestrales existían.

No había otra manera.

— Fago aquesto tan solo por estoria. —Se señaló a sí misma con el casco, y gruñó—. Por estoria de thȅstotralës.

Se giró hacia sus compañeros, y dijo:

— Marchemos ya. Es reina mía en peligro.

Dawn Star asintió, y Swébende Gagel y Nąȋenähz se colocaron a su alrededor. Lentamente, el cuerno pardo de la unicornio comenzó a encenderse con su magia azul zafiro.

— Hay una habitación secreta en el despacho de nuestro contacto. Utilícenla para que nadie les vea aparecer. Y señorita Nąȋenähz...

La thestral agachó la cabeza y bajó las orejas. Desde que había confesado a Time Keeper, recién llegada de Baltimare y a punto de salir en busca de la potrilla de la quiniela, que le había confesado su época de origen a Blue Topaz, sabía que debía llegar el momento en que debía enfrentarse a las consecuencias de su acción.

Pero aquello no lo hacía más fácil.

— Cuando concluya su misión hablaremos de las consecuencias.

La thestral no pudo sino asentir en silencio, manteniendo la cabeza humillada, sin atreverse a mirar al ministro a los ojos.

— Márchense ya. No tienen ni un segundo que perder. Luna I debe suceder a su tío y reinar en Equestria.

Los tres asintieron al unísono antes de que el hechizo los transportara a finales del siglo VI.


— ¿Dónde está la puerta?

— Non sé. Tocad los muros e con ella daremos.

— ¡Cuidado con mi cola!

— ¿Quién pisa mí?

— ¡Swébende, deja de clavarme el ala en el costado!

— Non os mováis, faréislo peor.

— ¡¿Dónde está la puerta?!

— ¡Moved a derecha vuestra! ¡Aplastáis mí contra muro!

— ¡¿Dónde está la puerta?! ¡Esto no es una habitación, es una ratonera!

Envueltos en su discusión, ninguno de los tres oyó el ruido de pasos que se acercaban ni el chirrido de un picaporte al girar. Solo cuando al fin la luz cayó sobre ellos se percataron de que alguien había abierto la puerta.

Tan pronto como Dawn la vio, se lanzó hacia la abertura, tratando de huir de aquella trampa a base de tirones y empujones, sin preocuparse en absoluto por sus compañeros. Cuando al fin estuvo sentada sobre la alfombra de lana marrón que ocupaba el centro del despacho, jadeando mientras trataba de calmarse, los otros dos ponis aprovecharon para salir a su vez de la diminuta habitación en que se habían materializado.

— Buen día hayáis.

Nąȋenähz fue la primera en girarse hacia el poni que acababa de hablar, seguida por Swébende Gagel, y finalmente por Dawn Star. Clavó sus ojos amarillos en los iris magenta del unicornio, y declaró:

— Soy venida por traición contra ëtȋewigëthȅstotralïkönȅginïį Lunį përstïį. ¿Qué ocurre? ¿Quién planea traicionar a reina mía?

Su interlocutor dedicó unos segundos a contemplarla, y no pudo evitar un minúsculo gesto de amargura. Desde que había descubierto la existencia de los thestrales en los documentos del ministerio había anhelado ver a uno de esos curiosos ponis con colmillos y alas de murciélago, y ahora que por fin tenía uno delante la habían camuflado como una pegaso.

— Hemos un problema sucesorio. —Su voz sonaba extrañamente melosa, y se introducía en los oídos como una bala en un cañón—. Como bien sabéis, la infanta Luna ha de heredar el trono del su tío. E confióme su majestad que pensado ha entregar el trono al su hermano.

— Un caso fácil —respondió Swébende Gagel con un movimiento de cabeza—. Sois el su consejero. Tan solo habéis de persuadirle de que mejor reina será sobrina suya.

Su expresión rezumaba seguridad, pero se convirtió en sorpresa al ver que el consejero negaba con la cabeza.

— Sería fácil, sí. Mas si mil veces le insisto, crecerá la su suspicacia, e últimamente podría causar grande perjuicio a aquesta la nuestra causa.

El pegaso no estaba totalmente convencido, pero no protestó. El unicornio conocía mejor los protocolos de palacio, así que él sabría qué hacer.

— ¿Cuál es propuesta vuestra entonces? —inquirió Nąȋenähz.

El consejero se dio la vuelta y posó su mirada en el alto escritorio de roble que tenía a su espalda, pegado a la pared de piedra. Pasó el casco por su brillante superficie pulida, con cuidado de no acercarse a la lámpara de aceite que lo iluminaba con su débil luz naranja desde una esquina, hasta que llegó al otro extremo.

— Elevar a la nuestra candidata —dijo al fin, sin girarse hacia los tres agentes—. Hundir al su hermano. Facer tal que su majestad non pueda sino darle a ella la corona en detrimento de la su propia sangre.

Swébende Gagel torció el gesto. Una misión en las sombras. Algo que ningún pegaso que valorase su honra haría jamás.

Pero lo que sí haría sería seguir órdenes.

De nuevo, Gylden Bile se dio la vuelta, mirando a la estantería colocada a su izquierda, y pasando con rapidez la vista sobre el estrecho armario de nogal colocado en la esquina opuesta al escritorio. Contempló durante unos segundos el rostro grave del pegaso, la mal disimulada preocupación de Dawn Star y la rabia mezclada con ansiedad que emanaba del semblante de Nąȋenähz.

— Colocareos como sirvientes del castillo. De aquesta guisa habréis acceso a Su Majestad e a los otros nobles candidatos. Una vez próximos a ellos, habréis de facer cualquier cosa que sea necesaria para inclinar la opinión de Su Majestad a favor de Luna.

— ¿Cualquier cosa? —preguntó Dawn Star.

— Cualquier cosa —repitió el consejero, con gesto grave—. Enaltecer a la infanta. Mentir. Provocar a Su Alteza. Expandir rumores. Incluso levantar contra él grave acusación de traición o sodomía, si fuere necesario. Demasiado hay en juego como para permitirnos andar con remilgos.

Nąȋenähz asintió con convencimiento, y sus labios se curvaron en una mueca feroz que habría dejado ver sus colmillos si el colgante no los ocultara.

— A ello. Reina mía ha de reinar.

Como única respuesta a su fiereza y determinación, el consejero se limitó a asentir con la cabeza.

— Muy bien. Venid conmigo. Presentareos a Su Majestad e hareos pasar por nuevos sirvientes del castillo.

Dejando su mesa y su armario atrás, caminó hasta la puerta y salió de su despacho, con los tres agentes tras de él. Sus ojos se cerraron un breve instante cuando cerró la puerta, y un breve suspiro brotó de sus labios.


— ¿Cómo te llamas?

La potrilla ignoró por completo la pregunta de Comet Nova, y continuó caminando por la calle. La unicornio suspiró antes de volver a intentarlo:

— No soy tu enemiga.

Por primera vez en varios minutos, una frase de Comet Nova consiguió despertar una reacción en la potra: una sonrisilla ácida e irónica.

— ¿Estás segura?

Comet Nova hizo rodar los ojos en sus órbitas, y subió la cabeza para ver bien el nombre de la calle que acababan de pasar. Oro.

Qué casualidad. La misma por la que había entrado en su misión al Cañaveral.

Y de repente, una idea iluminó su cerebro.

— Gira a la derecha —dijo, señalando hacia la calle Oro.

— ¿Para qué? Por aquí no se va a mi casa.

— Gira —repitió la unicornio blanca, tajante.

Inmediatamente, la potra obedeció sin rechistar. Las dos yeguas caminaron en silencio durante poco más de un minuto, hasta que llegaron a una alta tapia encalada.

— ¿El parque de Fillecas? ¿Para qué me has traído aquí?

Pero Comet Nova no solo no respondió, sino que además continuó andando hasta cruzar la puerta.

La potra la siguió, intrigada y preocupada, por el sendero entre los chopos. En el ministerio ella le había parecido más enrollada que el viejo cascarrabias del ministro. ¿Por qué le retiraba la palabra de repente?

Finalmente, tras medio minuto de andar sobre los caminos de tierra trazados entre los chopos, Comet Nova se detuvo. Alzó una pata, y señaló el destartalado edificio de hormigón en cuya puerta un cartel señalaba los aseos del parque.

— Entra.

La adolescente contempló el viejo muro amarillo cubierto de desconchones sin comprender. ¿Al servicio? ¿Por qué? ¿Para qué?

— ¿Qué pretendes?

— Entra —repitió Comet Nova. La intensidad de su mirada dejaba claro que no admitiría ninguna réplica—. Al centro. Yo entraré en un minuto.

La potra obedeció sin perder un segundo. Entró en el aseo femenino, caminó hasta la puerta verde espinaca en el centro de las tres que había, esquivando charcos con una mueca de asco, y cerró la puerta tras de sí al entrar.

Pensó en sentarse sobre el retrete, pero decidió no hacerlo al verlo cubierto de una multitud de gotitas que prefería no saber qué eran.

Se dio la vuelta para quedar de cara a la puerta, pero pegada a la pared, de modo que hubiera sitio para Comet Nova. No lo entendía. ¿Por qué se había cabreado de esa manera? Eran enemigas. Fillecana y agente de la Corona. Estaban destinadas a encontrarse en bandos opuestos hasta el día de su muerte.

Fiel a su palabra, Comet Nova contó hasta sesenta antes de dar el primer paso. Invoco un rápido hechizo para comprobar que estaba donde le había dicho, y sonrió al ver que le había hecho caso. Cargó un teletransporte, y apareció en el servicio, justo al lado de la potra.

— Muy bien. ¿Por qué me has metido aquí? ¿Qué quieres hacerme?

La unicornio blanca tuvo que morderse la lengua para contener un bufido mientras lanzaba un hechizo insonorizador al cubículo.

— Quiero hablar en privado.

— ¿No podías hacerlo por la calle?

— No. Nuestro ministerio es un secreto de Estado. No voy a hablar de él donde cualquiera pueda escucharnos, y caminar con una burbuja insonorizante sería extremadamente sospechoso.

La adolescente gruñó, malhumorada.

— Bueno, ¿y qué quieres?

Comet Nova dedicó un instante a contemplar a su interlocutora adolescente antes de responder. Sí, era definitivo. Solo había ira, aversión y odio irracional en sus ojos rojos como el fuego. No había ni una pizca de miedo en ellos. La perspectiva del indulto lo había aniquilado por completo, supuso.

— No estás a salvo. Time Keeper cumple a rajatabla sus tratos.

A modo de respuesta, la potrilla alzó la barbilla, desafiante. Comet Nova suspiró.

— Si no cumples con tu parte, acabarás en Uruqaiqa. ¿Sabes lo que es Uruqaiqa?

Para su sorpresa, la potrilla asintió.

— Por supuesto. Una mina congelada en el norte del Imperio. Fresca en verano, helada en invierno. Unos dos mil caballos minando los cristales que usa el Imperio como materia prima de construcción. —Se encogió de hombros, y sonrió con superioridad—. El hermano de una compañera de clase está trabajando allí.

Comet Nova asintió con la cabeza, y la inclinó a la derecha.

— Imagínate seis años ahí encerrada. Sola. En un hueco de la pared convertido en celda. Tres por dos. Sin poder salir ni ver la luz del Sol. Con un agujero en la pared por letrina. —Negó con la cabeza antes de añadir—: No quiero que acabes ahí.

Ella entrecerró los ojos, suspicaz.

— ¿Y a ti qué te importa dónde acabo? La historia ya está a salvo. ¿Por qué te importa tanto lo que me pase?

Los ojos de la unicornio blanca se cerraron de golpe mientras su propietaria debatía internamente si explicárselo o no. ¿Había peligro? Tal vez, pero ¿cuáles eran las probabilidades?

— Yo también soy madre. Y sé lo que es perder a una hija —Su corazón se encogió bajo el peso de los recuerdos y las imágenes de aquella noche fatal que conseguían colarse en su mente; y sacudió la cabeza con fuerza para librarse de ellos—. Y también sé lo que ella pasó en su encierro. Por eso no quiero que ni tú ni tu madre sufráis lo mismo que yo. Ver a su potrillo, o a su potrilla, entre rejas... —Negó con la cabeza—. Es un tormento que ninguna madre debería sufrir.

La mirada de la adolescente seguía siendo dura y fría, pero en ella pudo ver una chispa de otra emoción que no logró identificar. ¿Tal vez de que aceptaba lo que decía?

No lo creía.

— Tú no quieres que tu madre sufra. Yo no quiero que tu madre sufra. Tú no quieres acabar en Uruqaiqa. Yo no quiero que tú acabes en Uruqaiqa. No somos enemigas. Estamos en el mismo bando.

Un resoplido sarcástico le indicó al instante que su razonamiento no había sido aceptado.

— Claro, para ti es muy fácil decirlo. Me llevas a casa, hablas con mi madre y vuelves a tu trabajo con Zorrestia. Tú no tienes que empezar de cero en una escuela llevada por Zorrestia ni dejar atrás a tus amigas.

— Es cierto —replicó Comet Nova.

Un pesado e incómodo silencio se instaló entre las dos. La potrilla se dedicó a pasear la mirada por las paredes del baño, contemplando con curiosidad la burbuja mágica de color turquesa que las cubría, preguntándose cuándo la dejarían salir y la llevarían por fin a su casa. Comet Nova, por su parte, trataba de buscar una forma e mantener la conversación.

— En el ministerio has dicho que tu madre hacía cosas horribles para poder mantenerte. ¿Qué...?

— Cosas —la cortó ella, tajante, con una mirada ardiente y asesina—. Cosas que a ti no te importan. —Bufó con rabia, pero su expresión se relajó ligeramente—. No es puta. Es lo que querías saber, ¿no?

Comet Nova asintió. ¿Era mejor así? Por la rapidez con que la había interrumpido, tal vez fueran asuntos ilegales. ¿Era mejor así? No estaba muy segura.

— Vámonos ya —dijo de repente—. ¿Estará tu madre en casa?

— Sí. Debe. A no ser que le haya salido algo.

— De acuerdo. Piensa en lo que te he dicho. Aunque sea por tu madre.

Otro resoplido sarcástico fue la única respuesta que obtuvo. Suspiró, cansada, y se dio la vuelta para disipar el hechizo insonorizante que había colocado sobre el servicio; pero antes recordó algo.

— ¿Me dirás por lo menos cómo te llamas?

La potrilla le mantuvo la mirada, desafiante, pero al final la apartó. No sacaba nada de ocultarlo. Y seguro que acabarían buscándolo en el registro civil de Canterlot si no se lo decía.

— Fiery Spinel.


Siguiendo al consejero, los tres agentes del Ministerio recorrían a paso ligero el largo pasillo que conectaba con la antesala del salón del trono. Swébende Gagel y Nąȋenähz mantenían la mirada fija en el frente, y sus expresiones de absoluta decisión revelaban su firme voluntad de entronizar a la reina que aceptaría a los thestrales y expulsaría a los grifos de Equestria. Por el contrario, Dawn Star iba pasando la vista de un lado a otro, sorprendida por la desnudez de las paredes y el suelo. Ni una sola alfombra, ni un siolo tapiz, ni tan siquiera una mísera capa de pintura sobre los muros desnudos de piedra ocre.

Había esperado una decoración mucho más rica para el palacio real, pero estaba claro que al rey Bullion no le sobraba el dinero.

O eso, o había decidido no gastarlo en decorar el área residencial de la servidumbre.

De vez en cuando se cruzaban con alguna sirvienta, ponis de tierra, salvo una unicornio, que vestían una capa negra y llevaban una cesta con jabón y esponja colgadas del cuello. Y cada vez que pasaban por su lado, ellas humillaban la cabeza y aceleraban el paso, como si no quisieran importunarles.

Si el mismo consejero del rey los acompañaba, sin duda habían de ser personajes importantes.

— ¡Mi señor!

Como si un hipnotizador hubiera pronunciado de golpe la palabra clave, el pegaso y la thestral abandonaron de golpe su ensimismamiento para mirar a la unicornio postrada de rodillas ante el consejero.

— ¿Ametist? —Se inclinó y le ofreció un casco para que se levantara del suelo, que ella solo tomó tras muchas vacilaciones—. ¿Qué acontece?

— Fija mía —sollozó. Alzó la mirada, y el consejero pudo ver los destellos de la luz sobre sus ojos húmedos y enrojecidos—. Mándannos limpiar el comedor real para comida de Su Majestad con los primados del reino, e non fállola en parte alguna. ¿Con vos estuvo? Mucho gusta de pasar tiempo con vos. Llámavos el su amigo.

El consejero inspiró profundamente. Sí, no podía negar que la pequeña Grenat era una grata compañía para él, un apreciado oasis de tranquilidad entre las retorcidas intrigas políticas del palacio por su inocencia y espontaneidad. Y su aprecio era compartido por la joven unicornio, que a menudo buscaba la compañía del que había proclamado su amigo al terminar su jornada como sirvienta.

Gylden Bile negó con la cabeza, destruyendo de un solo golpe las endebles ilusiones de la criada.

— Laméntolo ciertamente, Ametist, mas non hela visto en toda la jornada.

Visiblemente afectada, la pobre criada volvió la vista hacia los tres ponis que acompañaban al unicornio, y por un momento una chispa de esperanza brilló en sus ojos.

— ¿No habránla visto por ventura vuesas mercedes? Es unicornio de bermejo pelaje e dorada crin como el oro. Viste bufanda de lana que generosamente obsequióle Gylden Bile. Menuda es, apenas si vos llegaría al pecho. Llámase Grenat.

— Por desgracia tampoco viéronla. Aquestos visitantes han sido cabe mí desde que arribados fueron. Si dó está Grenat supiesen, asimismo supiérelo yo.

Un sollozo ahogado escapó de los labios de Ametist, que bajó la cabeza al suelo, abatida.

— Non… non comprendo. Pequeña mía nunca anda lejos de mí. ¿Dó puede fallarse? Ella…

— ¿Puede ser que agora haya potro amigo en la urbe? ¿Que dél háyase prendado?

Ametist negó débilmente con la cabeza, casi con temor.

— Non… non credo. Grenat hubiérame fablado… Ella non ha conmigo secretos…

La única respuesta del unicornio fue encogerse de hombros.

— Lamento las vuestras cuitas. Non temáis, que si la viera presto le diré que en el comedor es requerida.

Con un último suspiro cargado de angustia e impotencia, Ametist asintió sin fuerzas y continuó su camino al comedor. Cada pocos segundos, un sollozo escapaba de sus pulmones.

— Pobre yegua —murmuró Dawn Star mientras la veía alejarse con la cabeza y las orejas gachas—. Si pudiéramos…

— Non es momento para aqueso —la cortó el consejero, tajante; y Swébende Gagel la miró con desaprobación—. Es el nuestro cometido asegurar que la corona pase a quien debe. Cuando repose sobre frente debida, podrás ayudarla si así lo deseas.

— Sí, es cierto, pero…

— Además, seguridad he de que antes del ocaso será tornada. ¿Dó si no ha de pasar la noche e cenar el su yantar, si es en las alas de la servidumbre do ella mora?

Aquello tenía sentido, pensó Dawn Star, y se forzó a expulsar a Grenat y Ametist de su mente. Tenían una misión mucho más importante que encontrar a una potrilla perdida.

Pocos segundos después, los cuatro ponis llegaron al portón que daba al salón del trono. Sin pensar, los tres agentes dirigieron sus caminos hacia ella. Y cuando sus ojos se posaron sobre ella, ni Dawn Star como Nąȋenähz pudieron contener una exclamación de sorpresa.

Eran las mismas puertas que habían franqueado antes de encontrarse con la reina Platino I.

La madera se había oscurecido con el paso de los siglos, numerosas tallas mostraban signos de restauración y el escudo de la reina había sido sustituido por el del rey Bullion I, pero reconocerían aquellos motivos vegetales y aquellas gemas talladas en cedro en cualquier lugar.

¿Cómo era posible? ¿Cómo habrían logrado salvarlas del devastador incendio que había destruido el Palacio de Madera en el año 19? ¿O acaso eran tan solo una reproducción moderna?

La thestral fue a sentarse en el suelo, esperando que Gylden Bile los anunciara ante el rey, pero para su sorpresa pasó de largo y continuó hacia otro pasillo. Sin perder un segundo, Nąȋenähz se levantó y siguió a sus compañeros.

— Non es hoy en el su trono Su Majestad. Impedido fállase por una grave enfermedad que postrado lo ha en el su lecho.

La thestral se reprendió a sí misma mientras caminaba. Por supuesto. Luna I iba a sucederle en pocos días. Estaba claro que el rey debía estar a punto de morir.

El nuevo corredor era radicalmente distinto del que habían recorrido antes. Era mucho más ancho, suficiente para que por él pasaran cuatro ponis, una suave alfombra bermellón cubría el suelo de piedra y magníficos tapices de lana en los que se elogiaban las victorias de la madre del rey, Platino V, tapaban la piedra gris de las paredes.

Sorprendidas por aquella exhibición de lujo, las dos yeguas pasaban la mirada erráticamente de un lugar a otro, cautivadas por la belleza de las escenas que las tejedoras habían logrado plasmar con sus hilos de colores. Swébende Gagel, por el contrario, pasó entre ellos sin detenerse ni tan siquiera un segundo a mirarlos. Típico de los unicornios. Crear montones de cosas bellas pero inútiles para mostrar su riqueza. Por eso no tenían gobernantes dignos ni honrados generales victoriosos. Ni siquiera todo su oro y sus joyas podrían comprarlos.

— Llegados somos —declaró de repente Gylden Bile.

Los agentes detuvieron en seco su camino, y giraron la cabeza hacia la puerta. Un sentimiento de decepción invadió a Dawn Star y Nąȋenähz.

Eran las mismas puertas del salón del trono.

Era un rey unicornio. ¿Tan rata era de copiar las puertas?

— Mi señor —dijo uno de los dos guardias que custodiaban la puerta, asiendo su lanza con su pata izquierda y saludando al consejero con la derecha.

— Buen día hayáis, Midnight Storm. ¿Fállase Su Majestad solo en sus aposentos?

— Non, mi señor. Venida fue Su Alteza la infanta fará unos veinte minutos, e aún departen.

— Agradézcoos la información, Midnight Storm. Aquí habremos de aguardar fasta que recibidos podamos ser.

Sin embargo, no necesitaron esperar mucho rato, ya que tan pronto como la última sílaba hubo abandonado su boca el portón tallado se abrió, descubriendo el interior de los aposentos reales del rey Bullion.

Y sus cejas se alzaron cuando al fin pudieron contemplarlo.

Lo primero que les llamó la atención era su tamaño. No era el enorme dormitorio palaciego que toda su vida habían asociado con el rey de los unicornios. De hecho, era una estancia más bien pequeña. Dawn Star estaba segura de que era solo un poco más grande que su propio dormitorio.

Pero aunque su tamaño no lo estuviera, la decoración sí que estaba en sintonía con el dueño de los aposentos. Una gigantesca alfombra de terciopelo y seda reposaba sobre el suelo de mármol. En su centro, rodeado por seis ponis, un caballo y una yegua de cada raza, arrodillados en posición sumisa frente a él, se podían vislumbrar las armas reales del rey Bullion:

Bellos tapices de lana, que mostraban escenas de la vida de los fundadores de Equestria, y en especial de Platino I y Clover la inteligente, decoraban las paredes. En la derecha, bajo uno de ellos, más pequeño que el resto y en el que habían bordado a Star Swirl admitiendo a Clover como su aprendiz, había un largo escritorio de madera de cedro con la tapa abierta. Sobre su superficie pulida y barnizada los agentes pudieron ver un par de plumas de faisán y un tintero, pero ningún documento.

En la esquina izquierda, apoyada contra la pared del fondo, había una cama. No era como las típicas camas palaciegas en tamaño, tan solo suficiente para un solo poni de menudas proporciones como las del rey, pero sí en forma. Cuatro altos postes de caoba tallada se levantaban en las esquinas, de los que colgaban elaborados cortinajes bordados en seda con el escudo del rey, el mismo que podía apreciarse en el techo de lana que sostenían los postes.

Una punzada de envidia asaltó a Dawn Star. De potrilla siempre había deseado tener una cama así.

Menos por los bordados con el escudo real.

En ella, tapado hasta el cuello con la manta, yacía un poni. Sus ojos de color platino, hundidos en sus órbitas y en los que se adivinaba una honda preocupación, permanecían fijos en el escudo real equestriano que colgaba sobre ellos mientras su dueño permanecía sumido en profundas elucubraciones. Bajo la sábana, su pecho se inflaba y contraía aceleradamente, con tal fuerza que incluso podía notarse bajo la manta. Cada pocos segundos, un fuerte acceso de tos sacudía su cuerpo, y cuando al fin terminaba dejaba caer la cabeza sobre la almohada, desordenando su crin plateada, que caía sin orden sobre su cansado rostro dorado mientras su hocico, corto y estrecho, se afanaba en buscar el aire que le faltaba.

De pie, cerca de la puerta y mirando a la cama con mal disimulado temor en los iris platino de sus grandes ojos, había una yegua. No era mucho más grande que el rey, aunque sí superaba por un par de centímetros a Nąȋenähz. Al contrario que él, su pelaje era de un azul tan oscuro como el manto de la noche, y su crin de un plateado tan brillante como la Luna llena.

Inmediatamente, Nąȋenähz se arrodilló ante ella. Incluso de espaldas y veinte años antes de que las arrugas hubieran ocupado su rostro y las canas hubieran salpicado su crin, había reconocido a su reina.

— Su Majestad —comenzó el consejero, tratando de llamar la atención del rey.

El bulto bajo las mantas se revolvió, y el rey alzó la cabeza dificultosamente de la almohada. Miró a los recién llegados, escrutándolos minuciosamente de arriba abajo, y finalmente abrió la boca.

Y un violento ataque de tos cortó de raíz sus palabras.

Los tres agentes intercambiaron una mirada de preocupación. El rey se moría. Y eso quería decir que no disponían de muchas horas para hacer cambiar su opinión a favor de la infanta.

— Gylden Bile—musitó débilmente, con voz ronca y rasposa. Tosió un par de veces más, e inquirió—: ¿Quiénes son aquestos ponis?

— Humildes ponis que de diversas regiones llegados son para servir a Vuestra majestad. Suplicar desean a Vuestra Majestad poder servirvos en palacio.

El rey permaneció pensativo durante unos segundos, al final de los cuales señaló a Dawn Star.

— ¿Quién eres y por qué quieres servirme?

La unicornio tragó saliva mientras se inclinaba respetuosamente ante el rey. No tenía ninguna historia preparada. En su interior rogó por que interpretar el papel de humilde sirvienta no fuera demasiado complicado.

— Mi… mi madre era sirvienta de una casa noble. Cuando murió, decidí venir a servir al palacio.

Quiso golpearse la cabeza contra el escritorio de caoba del rey hasta desmayarse. Menuda bazofia de historia que le había soltado. Cualquiera con medio casco de frente se daría cuenta de que se lo acababa de inventar.

Y un pozo helado se abrió en su estómago al ver que el rey fruncía el ceño.

— Fablas con acento ciertamente muy extraño. ¿De dó eres venida?

Dawn Star tragó saliva. ¿Y de dónde le decía que era? Habría conocido ponis de todas las partes de Equestria. Jamás colaría.

— De… De Hexia. Nací en Glaciela. Mi madre se casó con un poni de Hexia y se fue a vivir con él. Mi padre murió antes de nacer yo. No lo conocí nunca.

Los siguientes cinco segundos bajo la inquisidora mirada del rey se alargaron de un modo indescriptible para la unicornio. Pero, para su sorpresa, el rey giró la cabeza hacia Swébende Gagel y le preguntó con voz débil y cansada:

— ¿Quién eres y de dó eres venido?

El pegaso no tardó ni siquiera un segundo en cuadrarse con orgullo y declarar con voz potente:

— Swébende Gagel es el mi nombre, Su Majestad. Nacido soy en la Ciudad de Nubes, e de allí soy llegado para servirvos guardando la vuestra persona o las vuestras posesiones. Pues non hay mayor honor para soldado como yo que fallarse al servicio del su rey.

En el breve tiempo que le permitieron dos ataques de tos, el rey sonrió. Soldados de Cloudsdale. Fuertes, aguerridos y fieles hasta el fin. Por eso contaba con varios de ellos en su guardia personal.

— Nos valoramos la tu lealtad y el tu entusiasmo, e para ti habrá un lugar en la defensa del castillo e la vida del soberano.

— E yo mucho vos agradezco aquesta generosa gracia que con la mi humilde equinidad habéis, Su Majestad —respondió Swébende Gagel, inclinándose respetuosamente.

Solo las sensibles orejas puntiagudas de Nąȋenähz fueron capaces de oír cómo sus dientes rechinaban de rabia al inclinarse frente a un rey unicornio.

Gylden Bile asintió con satisfacción, ahondando todavía más la preocupación de Dawn Star. ¿Qué iba a pasar con ella? ¿La iba a echar del palacio?

— ¿Y quién eres tú? ¿También eres venida a servir como la unicornio?

Nąȋenähz apartó la mirada de la infanta Luna, e hizo una reverencia ante el rey.

— Señor mío e rey mío, Nayenaets es nombre mío. Fui nascida en Griffonstone, lejana capital de reino grifo. Madre mía admiraba grifos e pensaba que eran superiores nuestros. Por eso fui venida en cuanto hube edad para servirvos, para limpiar afrenta de madre mía a especie nuestra e raza nuestra.

El ánimo se encendió repentinamente en los cansados ojos platino, y el rey se incorporó vigorosamente, quedando sentado sobre la cama. Miró a Nąȋenähz con admiración y rabia, y declaró:

— ¡Sí! ¡Aqueso es de lo que necesidad habemos! ¡Ponis que comprendan que non somos inferiores a esos condenados grifos! ¡Hemos de sacudir ya el pesado yugo que nos impusieron! ¡Cuatro largos siglos ha que soportámoslo sobre los nuestros cuellos! ¡Y dél hemos de librarnos!

Swébende Gagel desenvainó su espada y la sostuvo en alto al tiempo que profería un salvaje grito de guerra, y Nąȋenähz extendió las alas con una mueca de rabia en sus facciones. Dawn Star, por su parte, se encogió en su sitio, nerviosa.

— Su Majestad —intervino la infanta, e hizo gestos rápidos para que todos bajaran la voz—. Cuidaos de armar grande escándalo. Acabada fuere la rebelión antes de nascida si nos oyere el viceemperador.

El rey Bullion se quedó mirándola fijamente durante un largo segundo, y finalmente sonrió. Tosió con fuerza, y se tumbó de nuevo sobre su lecho, cubriéndose hasta el cuello con las mantas.

— Razón habéis, sobrina mía. Non podemos arriesgar el nuestro sueño y el futuro de Equestria a ser oídos por aquese. —Giró la cabeza hacia Swébende Gagel, y le ordenó con un breve movimiento descendente de la misma que envainase la espada—. Un gran día ha de llegar en que libres al fin seamos del yugo grifo, e non ha de peligrar por la nuestra indiscreción.

Tanto el pegaso como la thestral y la infanta asintieron con fuerza mientras Dawn Star y Gylden Bile intercambiaban una mirada de complicidad. Quería una Equestria libre e independiente. Podía ser un buen punto de partida para colocar a Luna en el trono.

Un fuerte suspiro escapó de los labios del rey, que volvió a girar la cabeza hacia sus visitantes.

— Gylden—murmuró, clavando sus ojos en los del consejero—. Dales qué facer. Que comiencen ya con las sus tareas.

Dawn Star tuvo que usar toda su fuerza de voluntad para no hacer un gesto de victoria. Lo había conseguido. La había dejado entrar.

— Su Majestad —dijo de repente la infanta Luna, dando dos pasos hacia la cama de su tío—. Con el vuestro conocimiento y la vuestra autorización, oso rogarvos que concedáisme la gracia de haber a aquesta pegaso como la mi nueva sirviente.


Una vez más, varios equipos mencionados son referencias a equipos reales. El Manehattan sería el Barcelona, y el Deportivo Equestriano su rival local, el Espanyol. El Haytis es el Betis, y el Oriente Fillydelphia es una referencia al Levante. El resto no están basados en ningún equipo real.