— Es aquí.

Comet Nova dio un paso atrás, y se tomó unos segundos para contemplar el destartalado bloque de ladrillo al que la potrilla la había traído. Tres pisos, persianas viejas en los balcones, garabatos grafiteados en las paredes de ladrillo bermejo con pintura de colores chillones; no era la mejor zona de Fillecas, pero desde luego era mejor que la calle de Siroco.

— Muy bien. ¿Tienes llave, o nos abre tu madre?

A modo de respuesta, Fiery Spinel iluminó su cuerno, y tras rebuscar un poco en las alforjas sacó un juego de llaves que repiquetearon débilmente entre sí cuando las dejó colgando. El llavero apenas era un aro de hierro con pequeños lunares pardos de óxido aquí y allí.

Sin mediar palabra, introdujo la más larga en la cerradura y la hizo girar hacia la izquierda. Un empujón mágico la hizo girar sobre sus goznes, y la potrilla se volvió hacia Comet Nova.

— Servida la señora —dijo con una exagerada reverencia.

La unicornio blanca decidió pasar por alto su gesto, y entró en el portal. Era aproximadamente lo que había esperado. Un largo pasillo pintado de blanco y suelo de terrazo, con una estrecha escalera al fondo y cuatro puertas de madera de pino, dos a cada lado del corredor.

— ¿Spinel? ¿Ya la has vuelto a liar en el colegio?

Las dos unicornios levantaron la cabeza al oír aquella voz ronca y entrada en años, y se encontraron de frente con un anciano poni de tierra al pie de la escalera.

— ¡¿Y a ti qué te importa?! —chilló ella, sin importarle en absoluto que el resto de vecinos la oyeran—. ¡Cómprate una vida, cotilla de mierda!

Y aceleró el paso para subir por la escalera al primer piso, dejando al ojiplático caballo a su izquierda, con todo su pelaje azul y su canosa crin plateada erizados por la energética contestación de la adolescente.

— Ella tiene razón. Esto solo la concierne a ella. —Miró con severidad a sus ojos aguamarina cuando estuvo a su altura, y le advirtió—: No se meta en sus asuntos.

Y continuó su camino tras la potrilla, dejando tras de sí un sorprendido y avergonzado poni que se limitó a negar con la cabeza antes de retomar su camino hacia la calle.

Cuando al fin subió los tres últimos escalones, Comet Nova se encontró con Fiery Spinel de cara a la pared, con un casco apoyado sobre ella y cara de rabia. Sus orejas se orientaron hacia el sonido de los pasos, y giró la cabeza en su dirección.

— Es un cotilla de mierda —musitó, furiosa—. Está todo el día dando vueltas por el barrio, a ver de qué se entera, y después se pone a vomitarlo mezclado con sus inventos. —Inhaló con fuerza, y dio un pisotón en el suelo—. El mes pasado me vio entrar a hacer un trabajo en casa de un compañero, y a los dos días mi madre vino a mi cuarto a explicarme cómo ponerle un preservativo a un potro.

Reprimiendo una sonrisa por lo absurdo de la situación, Comet Nova alargó un casco y lo posó con suavidad sobre el hombro izquierdo de la adolescente. Ella frunció el ceño durante una fracción de segundo, pero no protestó, y pronto su expresión se relajó.

— ¿Es esta planta?

Fiery Spinel asintió, y señaló con su casco delantero derecho la puerta más cercana. Era una simple puerta en madera barnizada de pino, con un pequeño pomo dorado a aproximadamente medio metro del suelo e igual distancia de sus lados, y un agujero para la cerradura a la derecha del pomo.

La unicornio blanca levantó la mirada a la pequeña placa rectangular de aluminio pintado de planco sobre la puerta. En negro, lucía una B mayúscula.

— Abre.

Tras unos segundos de rebuscar en sus alforjas, Fiery Spinel sacó de nuevo sus llaves y las hizo levitar hacia la cerradura. Apenas había terminado de introducirla cuando un destello mágico y la repentina aparición de un pergamino enrollado con el sello real hizo dar a Comet Nova un respingo de sorpresa.

— ¿Qué pasa? —preguntó la adolescente.

Pero Comet Nova no respondió, inmersa como estaba en la lectura del pergamino. En pocos segundos terminó de leer las seis líneas escritas con la fina y florida letra de la princesa Celestia, y bajó la carta ante la mirada expectante de Fiery Spinel.

— La Corona acaba de comprar tu hechizo. Te dan cien mil bits por él.


Los ojos de Nąȋenähz se abrieron de golpe, y su corazón comenzó a latir con fuerza al escuchar las palabras de la infanta. Quería que fuera su sirvienta. Su reina quería que estuviera a su servicio.

Dio un paso hacia ella, y se arrojó a sus cascos.

— Señora mía, con mucho gusto he de servirvos si Su Majestad concédeme la gracia de entrar al vuestro servicio.

Swébende Gagel la miró con orgullo. Tamaña lealtad y deseos de servir a su reina… Era una murciélago, pero aun así podía apreciarlo.

Un violento ataque de tos del rey, que trataba de incorporarse, resonó por la estancia. Derrotado, se dejó caer sobre la cama, y se giró hacia las dos yeguas entre angustiosos jadeos llenos de silbidos.

— Si tan… Si tal es la voluntad de ambas… Non he de negarme. —Una breve sonrisa curvó sus labios—. Conózcote bien. Sé que grande bondad habrás con ella.

Como unidas por una barra invisible, infanta y sirvienta se inclinaron al unísono ante el rey, pisándose la una a la otra con sus sentidos agradecimientos y bendiciones. Bullion I asintió con un movimiento casi imperceptible, y declaró con voz débil:

— E agora, dejadnos a solas. Aún hemos de reflexionar sobre quién habrá de sucedernos en el trono de Equestria.

Los tres agentes se tensaron de repente, e intercambiaron una mirada preocupada. Todavía no lo tenía pensado. Aún podían inclinar la balanza en favor de Luna.

— Faráse como deseéis, Majestad —contestó Gylden Bile, inclinándose respetuosamente ante el rey, y fue prontamente seguido por los demás.

Uno por uno, fueron saliendo de los aposentos reales, y cuando todos estuvieron fuera el consejero cerró la puerta con su magia. Dawn Star soltó un suspiro, y miró a sus compañeros en busca de un gesto, un semblante, cualquier cosa que le dijera que tenían un plan para convencer al rey de que nombrara a Luna como su heredera.

Ella no tenía ninguna.

— Venid cabe mí —le dijo el consejero a Dawn Star y Swébende Gagel—. Habré de encontrarvos lugar en do facer la vuestra labor.

La unicornio parda miró una última vez a Nąȋenähz, que le respondió con una sonrisa nerviosa antes de dar un paso a la izquierda. Su cuerpo se quedó a apenas unos milímetros del de su reina, tan cerca que algunos de sus pelos llegaban a tocarse.

Formó la palabra "suerte" con los labios, y Dawn Star se la devolvió.

Con un gran peso en su estómago y un familiar cosquilleo nervioso en su barriga, la unicornio se giró y se colocó a la izquierda del consejero, y pronto se pusieron en camino.

Nąȋenähz suspiró mientras veía alejarse a sus compañeros,y agradeció entre dientes que su reina estuviera mirando fijamente a sus compañeros y no pudiera ver sus orejas gachas y la honda preocupación en sus ojos amarillos.

Era la primera vez que iba a pasar tanto tiempo sola.

Sacudió la cabeza para deshacerse de aquellos pensamientos, y frunció el ceño y curvó sus labios hasta que su rostro se contrajo en una mueca feroz. Era una cazadora. La misión, la misión más importante de su corta vida, era su presa. Y no estaba dispuesta a permitir que se le escapara.

— ¿Sois amigas? —preguntó de repente la infanta.

Ella fingió vacilar un instante, que aprovechó para pensar una respuesta plausible.

— Si vos deseáis llamar de aquese modo… Conocímosnos tan solo ayer, en camino real para entrar en Canterlot. Cierto es que fuimos venidas juntas y que mucho fablamos mientras caminábamos, mas llamar amistad a aqueso…

— Grande verdad dices —contestó la infanta antes de darse la vuelta y echar a andar hacia sus aposentos—. ¿E el pegaso? ¿También encontrástelo en el camino?

— Non, mas en puertas de urbe. Vionos arribar a Canterlot, una cabe otra, e decidió que peligroso e indecoroso era para dos yeguas caminar solas. Por aqueso ofrecióse a escoltarnos fasta mismas puertas de palacio.

Luna no hizo nada por evitar una ligera risa. Pegasos de Cloudsdale. Los últimos bastiones de la caballerosidad en el país.

— ¿Sabes? Veo plantadas en ti y en la unicornio las semillas de una profunda amistad. Segura estoy de que es buena la su tierra, de tal que habrán de crecer y dar fecundo fruto.

— ¿Tal pensáis en verdad, mi infanta? —preguntó Nąȋenähz, con las orejas erguidas y una amplia sonrisa en su rostro—. Non conozco a nadie en aquesta urbe, solo a ella.

Luna asintió con firmeza.

— Segura soy. Veo entre vosotras grande e firme amistad, tal que ni las más huracanadas tormentas e las más gélidas ventiscas que la vida vos arroje quebrar podrán.


Comet Nova cerró los ojos por un instante, y volvió la mirada al techo antes de volver a abrirlos. Pintado de blanco, una luz mágica en su centro sin ninguna clase de lámpara.

Subió el casco derecho de la pata de la silla a la mesa antes de mirar al frente. Pino, barniz descascarillado en algunas partes, algunas pequeñas depresiones y rayones en su superficie. Tenía pinta de tener muchos años.

— ¿Qué… qué ha hecho? ¿Ha… ha sido grave?

La unicornio blanca se tomó unos segundos para escrutar el rostro carmesí de la yegua, sus orejas gachas, sus pupilas encogidas en el centro de sus iris esmeralda. Las miradas angustiadas que le lanzaba cada pocos segundos a su hija, su expresión descompuesta.

En una palabra, pánico.

— Por desgracia sí.

Un agudo grito informe resonó en sus oídos, y bajó la cabeza mientras inspiraba.

— Ha…

— Viajé en el tiempo —saltó de repente Fiery Spinel—. Fui al viernes pasado para echar una quiniela premiada.

La yegua se llevó los cascos a la boca, horrorizada. Pasó la mirada frenéticamente de su hija a la yegua, tratando de buscar algo, cualquier cosa, que le dijera que era una broma. Pero nada apareció.

— Quería ganar dinero —confesó la potrilla. Al contrario que muchos de los detenidos que había visto Comet Nova, no bajaba la mirada. Al contrario, se la sostenía a su madre, evidentemente orgullosa de lo que había hecho—. Por eso hice lo de la quiniela, porque creía que pasaría desapercibido. Para que puedas salir de esa mierda.

Su madre miraba con rostro descompuesto e incrédulo. Fiery Spinel tragó saliva, intentando demostrarle el amor que la había llevado a viajar en el tiempo.

Y recibió tal bofetada que la tiró al suelo.

Comet Nova dio un respingo, y se levantó de su silla para ver si la potra estaba bien, pero la yegua fue más rápida.

Fiery Spinel sintió sus cuartos traseros colisionar contra el duro suelo de terrazo, y una oleada de dolor radiando desde su mejilla izquierda. Fue a tocarse la mejilla con el casco, pero antes de que pudiera hacer un solo movimiento se encontró rodeada por el cálido abrazo de su madre.

— ¡¿Cómo se te ocurre?! —sollozó ella—. ¡¿Y si te pasa cualquier cosa?! ¡¿Y si te quedas atrapada en el pasado sin poder volver a casa?!

Instintivamente, Fiery Spinel se abrazó a su madre, buscando su pecho y su calidez.

— Lo hice por ti. Quería que fuéramos una familia normal. Que no tengas que hacer esas cosas. —Frotó su mejilla contra el pelaje de su madre—. No quiero que te pase nada.

Comet Nova carraspeó con fuerza, y la atención de las dos yeguas volvió hacia ella. No quería interrumpir aquel bello momento familiar, pero la conversación tenía que progresar.

— Como iba diciendo… —tomó aire, y aprovechó aquella breve fracción de segundo para comprobar que el hechizo insonorizante que había colocado al entrar en la casa continuaba en su sitio— La magia temporal se encuentra incluida en la categoría de magia prohibida, y su utilización constituye un delito sumamente grave.

La madre de la potrilla pudo los cascos obre la mesa. Daba igual lo mucho que intentara ocultar su miedo, temblaban mientras se movían por el aire. La luz de la lámpara se reflejaba en sus ojos humedecidos, haciéndolos brillar como dos gemas.

— ¿Cómo… cómo de grave? ¿De qué estamos hablando exactamente?

La unicornio blanca inspiró profundamente antes de soltar la bomba.

— Querían meterme diez años en el trullo.

Un agudo grito de pánico resonó en el interior de la casa.

— Pero… pero eso no puede ser. Pero…

— Eso le dije yo a su jefe —contestó la potrilla con suficiencia—. Le dije que tenía trece años y no podía enjaularme. Pero él me dijo que simplemente me llevarían no sé cuántos siglos atrás y me encerrarían ahí.

La madre de Fiery Spinel se llevó los cascos a los lados de la cabeza, y Comet Nova observó con preocupación creciente cómo temblaba, cómo su mirada se perdía en el infinito, cómo su respiración se aceleraba, cómo sus resoplidos se hacían cada vez más fuertes. Había sido demasiado. El golpe psicológico la había destrozado.

— Quiero hablar con su superior —murmuró de repente.

La unicornio blanca echó la cabeza hacia atrás. Eso no se lo esperaba.

— ¿Con…?

— Con su superior. Con el que le mande. Con las princesas si son ellas. —Inspiró rasgadamente, y miró con firmeza a Comet Nova—. Me hablan de magia prohibida que no sabía que existía. Me dicen que quieren meter a mi hija en la cárcel. Se quieren saltar las leyes. —Rodeó a su hija con sus brazos. La única emoción que la unicornio blanca pudo distinguir en su ojos escarlata fue el miedo. Miedo a perder a su hija—. Quiero hablar con su superior. Por favor.

Comet Nova apartó la mirada y asintió levemente. No porque fuera incapaz de sostenérsela a la angustiada madre. Porque sabía desde el primer momento que no podría negárselo.

— ¿Tiene papel y tinta?

La potrilla asintió, y corrió a su habitación a buscar lo que le había pedido.


Swébende Gagel cerró los párpados durante un instante, lo justo para humedecerse los globos oculares, y volvió a levantarlos tan rápido como los había bajado. Apretó con fuerza el astil de su lanza, y continuó con la mirada fija hacia delante, guardando fielmente la puerta del salón del trono.

Le llenaba de orgullo y satisfacción gozar de tal estima del rey que fuera encomendado con la misión de guardar sus aposentos, pero a veces no podía evitar sentir que era un trabajo excesivamente pesado y aburrido.

— ¿Por qué habría de facerlo? ¿Qué sentido habría?

El guerrero pegaso giró inmediatamente la cabeza hacia su izquierda, y frunció el ceño casi inmediatamente. Un unicornio dorado, alto y gordo y que llevaba una capa de armiño sobre su espalda y un grifo de plumaje negro como un cuervo y una sonrisa maquiavélica en su afilado pico anaranjado caminaban hacia él por el pasillo, charlando animadamente.

Solo el recordar su deber de vigilar los aposentos del rey consiguió vencer las fuertes arcadas que le asaltaron en aquel instante. Malditos traidores cornudos sin honor… Asociarse de aquella manera con su enemigo natural…

— Non, Su Excelencia. Cambios tales en tiempo alguno han sido buenos para país ninguno. Ningún bien faríamos en aliarnos con las tribus cebras, pues non son más que salvajes. Non; por el Imperio pasa el nuestro futuro.

La bilis subió de golpe a la garganta del pegaso, que tuvo que hacer sobreequinos esfuerzos para tragarla. ¡Pactar con los grifos! ¡Mantener alianza con ellos en lugar de luchar por su libertad! ¡Felón traidor! Merecería que lo untaran en miel y lo metieran en…

— ¿Quién eres? —preguntó de repente la voz suave, pero claramente masculina, del unicornio—. Jamás vite en aqueste palacio fasta agora.

Pero las órdenes de sus superiores estaban por encima de sus filias y sus fobias, de modo que inspiró con profundidad, se cuadró y respondió con voz potente:

— Swébende Gagel es el mi nombre, Su Alteza. Llegado soy en aquesta jornada a aqueste castillo. Órdenes de Su Majestad he de guardar las puertas de los sus aposentos mientras sumido es en las sus cavilaciones sobre el futuro de la corona.

Un resoplido divertido llegó a sus orejas, y levantó la vista a tiempo para ver una sonrisa de suficiencia en el rostro del unicornio.

— ¿Cavilaciones? ¿Qué cavilaciones ha de haber? Otro heredero cabe mí non hay. Mía ha de ser la corona.

Sólo el pensamiento de que al final la corona no acabaría sobre la frente de semejante imbécil traidor logró alejar la hostilidad del gesto de Swébende Gagel. En su lugar, asintió y declaró:

— Si Su Alteza desea ser anunciada ante Su Majestad, farélo al punto, mas ordenó…

Pero el príncipe ni siquiera se dignó esperar a que terminara la frase, y apartó al guerrero pegaso de un fuerte empujón antes de aporrear la puerta con fuerza.

— ¡Hermano mío! ¡Venido soy a fablar con vos!

Instintivamente, Swébende Gagel echó un casco a la espada para acabar con aquel malnacido que osaba afrentarle; mas se forzó a contener la rabia y devolver el casco al suelo. La misión. La misión era lo más importante. Poner a Luna en el trono. Salvar a Equestria del dominio grifo.

Qaħürra nüĵnü —murmuró el viceemperador grifo.

Las plumas de Swébende Gagel asieron con fuerza la empuñadura de su espada. Porque no había ni la más mínima mota de desprecio en la voz del viceemperador cuando había calificado al príncipe de Equestria como un maldito idiota, sino una maquiavélica satisfacción.

Por primera vez en su larga vida de soldado, Swébende Gagel se encontró dándole la razón a un grifo. El príncipe era un maldito idiota. Una estúpida marioneta de aquellos monstruos de afilado pico y puntiagudas garras mediante la que mantener firme su poder sobre Equestria.

Mil ideas, furiosas e hirvientes, bulleron en su cerebro; pero enseguida las descartó todas. Esta vez la violencia no iba a serle de utilidad. Solo una operación sibilina y precisa serviría.

Bajo ningún concepto podía permitir que aquel muñeco traidor accediera al trono.


Time Keeper gruñó con rabia antes de elevar un casco y tocar al portero automático. Mantuvo pulsado el botón durante un segundo, y devolvió el casco a tierra.

Maldita la gracia que le hacía tener que ver otra vez a la niñata aquella. Y maldita la gracia que le hacía no tener a Tapicestria vigilada.

No era que no confiara en los hermanos Caos. Pero cada vez que salía de su despacho, de repente se sentía vulnerable, como si los enemigos de Equestria estuvieran esperando aquel preciso instante para atacar.

Deformación profesional paranoide, lo había llamado Comet Nova en tono jocoso cuando se lo comentó. Deformación profesional paranoide, había convenido él.

— ¿Keeper? —sonó de repente la voz de Comet Nova.

— Soy yo —respondió él—. Abre, por favor.

Escuchó el sonido de la puerta del bloque al abrirse, y la empujó con su casco derecho. Empleó un segundo para comprobar qué le rodeaba, y asintió.

Un típico bloque de pisos de un barrio obrero. Cuadraba con la historia que le había contado la niñata.

Subió los escalones a paso lento, sin preocuparse por lo que pensara de él la madre. En el rellano a mitad de la escalera, suspiró.

No volvería a mandar a Comet Nova a hablar con una madre. Siempre se ponía de su parte.

A mitad del segundo tramo de escalera, sus ojos al fin vieron el pasillo y las cuatro puertas de madera que lo jalonaban. Y un anciano caballo azul pegado a una de ellas y con la oreja sobre la madera que…

— ¡Oiga, ¿qué hace usted ahí?!

El caballo dio un bote en el sitio, y se llevó un casco al pecho mientras intentaba tranquilizarse. Time Keeper apretó los dientes con fuerza.

Un imbécil poniendo la oreja donde no le llamaban. Nadie peligroso si se le apretaban un poco las tuercas.

Pero Time Keeper ya había aguantado suficientes idiotas aquel día.

Con la primera luz de su cuerno, una cúpula mágica insonorizante rodeó al cotilla. Con el segundo, un fuerte viento lo arrastró a un portal espaciotemporal entre aterrados chillidos que no fueron escuchados por nadie.

Con un gesto de satisfacción, el ministro del Tiempo apagó su magia y tocó tres veces en la puerta de la casa.


La bayeta crema que reposaba sobre el suelo de mármol levitó de repente, rodeada por un aura mágica azul zafiro. Se desplazó por el aire hasta quedar sobre un cubo de hojalata lleno de agua, y la magia enseguida la sumergió con violencia en el líquido hasta que quedó empapada.

Dawn Star soltó un suspiro de hartazgo antes de sacar la bayeta y escurrirla con una rápida pero fuerte retorsión.

La lanzó al suelo, donde aterrizó con un golpe húmedo, y la pisó con su casco para limpiar el suelo con movimientos rápidos y amplios.

¿Cómo podía cumplir su misión si la mandaban al ala más alejada del palacio?

¿Cómo podía convencer al rey de que designara a Luna como su heredera si ni siquiera tenía la opción de hablar con él?

Empezaba a sospechar que el rey no se había terminado de tragar su cuento sobre su familia en Hexia.

Pero si era así y en efecto Bullion I pensaba que era una espía, ¿por qué no la había ejecutado en el acto? ¿Por qué la había admitido a su servicio?

¿Cómo una irónica negación de su misión misma? ¿Para regodearse impidiéndole llegar a la orilla y viendo cómo se ahogaba sin poder hacer nada?

Sumergió de nuevo la bayeta en el cubo, y volvió a retorcerla, mirando cómo las gotas de agua recién escurridas caían sobre la superficie líquida.

¿O se estaba montando una película digna de Applewood?

Bufó, y su cuerno se iluminó. Todavía le quedaba la mitad de aquel pasillo por limpiar.

Era un pasillo largo y estrecho, con bloques de arenisca cubriendo el suelo. A derecha e izquierda se abrían puertas a intervalos regulares. La mayoría de ellas estaban cerradas con unas rudimentarias puertas fabricadas a base de clavar tablones de pino, pero por una que estaba entreabierta había podido vislumbrar la silueta de unas literas y la esquina de un jergón relleno de paja.

Los dormitorios de los sirvientes. Y allí estaba ella, sola. Sin poder hablar con nadie, limpiando, sin posibilidades de cubrir su misión.

Desde luego, si el rey había planeado aquello no le hubiera podido salir mejor.

La bayeta golpeó el suelo con un golpe húmedo, y la magia azul zafiro de la unicornio la impulsó recorriendo el suelo del pasillo.

Qué asco de misión.

Una hora entera transcurrió mientras Dawn Star fregaba el corredor, y las habitaciones de la servidumbre después de terminar este. Un suspiro agradecido voló de sus labios cuando pasó la bayeta por debajo de la primera cama.

Menos mal que era una unicornio y no tenía que arrastrarse bajo las camas, entre las escupideras.

Estaba volviendo a mojar el trapo cuando un fuerte golpe sonó por la habitación. Instintivamente, pegó un bote al tiempo que giraba la cabeza en la dirección del ruido.

— ¡Disculpad! —exclamó una aguda voz femenina, y su dueña inclinó la cabeza ante Dawn Star—. Olvidado he el plumero sobre el mi lecho, e de él he necesidad para quitar el polvo de los aposentos de la Infanta Luna.

Los ojos de la unicornio parda se abrieron de golpe, y enseguida se olvidó del susto que le acababa de pegar la joven poni de tierra. Parpadeó un par de veces, y preguntó:

— ¿Infanta Luna? ¿Sirves a la Infanta Luna?

La yegua inclinó la cabeza hacia la izquierda, y su larga y sedosa crin dorada como las espigas recién cosechadas cayó sobre su cuello.

— Sí. La su servidora soy. El día en que llegada fui a aqueste castillo, más de medio año ha, viome la infanta mientras los corredores fregaba. Al punto pidiole al rey Bullion que concediérame a ella como servidora, e desde aquese día los sus aposentos limpio.

Dawn Star tuvo que morderse la lengua para no soltar un bufido irónico. Pues claro que la Infanta había ordenado que ella fuera su sirvienta. Alta, esbelta, e increíblemente guapa, con unos preciosos ojos de color ámbar que combinaban a la perfección con el dorado de su pelaje, unas patas largas y delgadas, pero no tanto como para convertirse en unos palillos de dientes, y unos bien formados cuartos traseros que harían las delicias de cualquier caballo que posara los ojos sobre ellos.

Bueno, caballo, o yegua cuyo sueño húmedo fuera tener una criada atractiva solo para su disfrute visual.

De hecho, Dawn Star estaba segura de que aquella yegua podría haber sido supermodelo si hubiera vivido en el siglo XXIII. Algunas de las que salían en las revistas de moda que solía leer junto a Blue Topaz no estaban a la altura de ella.

— Esto… El balde… —murmuró la criada, señalando al suelo con su pezuña.

Dawn Star miró en la dirección que le indicaban, y soltó una fuerte imprecación al descubrir el cubo tumbado sobre el suelo y un enorme charco que cubría desde sus patas traseras hasta la pared.

Invocó su magia, y rápidamente todas las losas del suelo se hallaron cubiertas por una fina capa de agua.

— Ea, al cuerno —murmuró con rabia, y se dio la vuelta hacia su interlocutora, y al ver el asombro en su rostro sus mejillas enrojecieron—. Lo siento, es que ya estaba harta…

— Compréndoos perfectamente —dijo ella con una sonrisa—. A menudo yo también he deseos de que todo sea enviado al cuerno y poder haber tranquilidad. Mas tal es la vida de una sirvienta. Trabajar como mula fasta caer rendida todos los días, sines descansos nin licencias.

Dawn Star no pudo sino asentir.

— ¿Sois nueva? Non recuerdo habervos visto antes en aqueste palacio.

— Lo soy —respondió ella, y asintió con la cabeza—. Llegué hoy al palacio, y el rey aceptó ponerme a su servicio.

El interés brilló en los ojos de la poni de tierra, y casi se abalanzó sobre ella para preguntarle:

— ¿Habéis visto a su Majestad? ¿E cómo encuéntrase? Corre por palacio el rumor de que fállase postrado en cama, enfermo. ¿Cierto es?

Dawn Star vaciló un instante. ¿No le habían contado nada a la servidumbre? Tenía sentido si no querían que los rumores se expandieran por el reino a la velocidad de una epidemia de gripe en invierno. ¿Debía decírselo, entonces? ¿O colaboraba con la mentira?

Pero no necesitó tomar ninguna decisión, porque la criada apartó la mirada con expresión preocupada.

— Espero que Luna sea coronada tras él —murmuró, sombría.

Dawn Star abrió la boca para preguntar por qué, pero la poni de tierra se le adelantó.

— El infante trátanos como cualquier noble. El rey… Algo mejor. Aún venos como inferiores, mas al menos non trátanos con dureza. Y Luna… Luna es de los nuestros.

Claro. Luna I había nacido en un pueblo cercano al palacio, de una campesina violada por el hermano del rey.

— Nascida fue en pequeña aldea cabe el río Jaramare. Experimentado ha la dura vida del pueblo. Venos a los servidores de palacio como a ponis, no como máquinas a su servicio. Trátanos como a ponis. E por aqueso nos todos deseamos que la corona descanse sobre sus sienes.

Dawn Star no pudo evitar sonreír. Era maravilloso. Luna I ya tenía apoyos para su candidatura al trono.

— Aunque desviada sea.


La gruesa puerta de roble de los aposentos de la Infanta Luna giró sobre sus goznes con un chirrido. Sin mirar atrás, entró en la habitación, y Nąȋenähz la siguió.

Cualquier poni de su época se hubiera quedado sorprendido al ver el interior de la estancia, pero no Nąȋenähz. La había visto llegar a su colonia en un carro de madera tirado por cuatro de sus guardias vestidos con su armadura de combate en lugar de la dorada ceremonial. Había compartido la sencilla comida que el jefe había preparado para ella. Por lo que había contado al terminar su reunión, incluso se había atrevido a probar la carne.

Por ello, ninguna expresión de sorpresa asomó a su rostro al ver la rústica alfombra de esparto sobre el suelo, el recio armario construido con gruesos tablones de pino al lado de la alargada y estrecha ventana abierta en el muro de piedra del fondo y el sencillo jergón de paja colocado en una esquina de la habitación.

— ¿Non os sorprenden los mis aposentos?

Ella negó con la cabeza.

— Estorias he oídas sobre vos. Cuando en posadas altos facía para reposar e explicaba que quería servir en palacio, contaban ponis que erais muy extraña infanta. Que non tratábais como esclavos, mas como iguales a la vuestra servidumbre. Que non grande e llenos de riquezas, mas pequeños e como estancia de dormir de campesinos, eran los vuestros aposentos. —Cerró los ojos, inspiró y sonrió—. E grande alegría invádeme al poder comprobar que ciertas eran.

Una amplia sonrisa apareció en el rostro de Luna.

— Cierto es —contestó ella, inclinando levemente la cabeza hacia delante—. ¿Sabéis? Hoy conocida soy como infanta de Equestria, mas fui nascida en aldea a un día de camino al sur. Famosa es por sus mieles. Con la mi progenitora vivía, e la tierra trabajábamos para comer. —Una chispa de tristeza brilló por un instante en sus bellos ojos platino—. Cuando la tisis llevóse a la mi madre, mandóme con el su último aliento que aquí viniera a servir. E por el príncipe, mandado por Su Majestad, fui recognoscida como fija natural suya e elevada a infanta.

Nąȋenähz asintió con fuerza. Ya conocía aquella historia. Todo thestral que se preciara conocía la vida de su querida y adorada reina.

— ¿Manda algo vuestra Alteza? ¿De algo habéis necesidad?

Luna dedicó un instante a reflexionar, y negó con la cabeza.

— Excepto que non llaméisme Alteza, nada puedo pensar de que agora haya necesidad. —Suspiró, y de repente se le ocurrió una idea—. Bueno, sí. Quisiera que acompañáraisme en aquestas las mis últimas horas en aqueste palacio.

Sus palabras fueron recibidas por la thestral con una mirada de asombro.

— ¿Las vuestras últimas…? ¿Qué… Qué queréis decir?

La Infanta mantuvo los ojos cerrados unos segundos, y cuando los abrió la tristeza se había adueñado de ellos.

— Non sabéislo aún, pues recién llegada sois, mas ningún secreto es en aqueste palacio que la mi mera presencia enoja e irrita sobremanera al mi progenitor. Pues forzado fue por el rey a reconocerme como la su fija natural. —Suspiró, y su mirada, fija en la estrecha y alargada ventana de sus aposentos, se perdió en el infinito—. Mas agora que enfermo yace en el su lecho de muerte y que la corona sines dubda sobre las sienes del mi padre reposará, seré echada de aqueste castillo como mínimo.

Nąȋenähz torció el gesto. Mal asunto. Luna estaba segura de que no sería reina y de que su padre la echaría del palacio real.

La buena noticia era que aquello no importaría en absoluto si lograban convencer al rey de que la coronara.

— Mas… mas non es seguro que sea padre vuestro coronado rey de Equestria. Últimas voluntades suyas aún non son escritas. ¡Cualquiera pudiere ser rey!

El atisbo de una sonrisa apareció durante una milésima de segundo en los labios de Luna.

— ¿Reina yo? —Negó lentamente con la cabeza—. Jamás podrá ser aqueso posible. Soy una bastarda. El pueblo equestriano non ha de aceptar de grado a una bastarda en el trono.

De nuevo, suspiró, y caminó hasta el borde de la cama. Se dio la vuelta, y le hizo un gesto a Nąȋenähz para que se sentara sobre el lecho antes de hacer lo mismo.

— Cuéntame algo sobre ti —dijo cuando los cuartos traseros de ambas estuvieron asentados sobre la áspera manta de lana que cubría la cama de la infanta.

— ¿Qué… qué queréis escuchar? Estoria mía ya conoscéis, pues estabais en aposentos reales.

Sin ni siquiera molestarse en disimularlo, la infanta se acercó a Nąȋenähz, y aproximó su hocico al de ella hasta que estuvieron a menos de una cabeza de distancia.

¿Aquello en sus mejillas era un sonrojo?

— Cuéntame sobre tu vida. Cómo era vivir en territorio grifo. Qué te gusta. —Sonrió—. Non ha importancia sobre qué. Fáblame.

Nąȋenähz tragó saliva.


Time Keper frunció el ceño, y se tomó un momento para examinar las expresiones de las dos yeguas sentadas enfrente de él.

La mayor tenía las orejas gachas, y su mirada apuntaba al suelo. Podía ver reflejos de la luz del techo reflejándose en sus córneas húmedas, y de vez en cuando podía percibir un ligero temblor involuntario en sus hombros.

Y la segunda…

La segunda, apenas una potra, tenía el ceño fruncido en una mueca del más profundo odio, y sus fieros ojos rojos miraban al ministro con tal ira que daría la impresión de que iba a traspasarlo allí mismo.

Time Keeper suspiró.

— Mi subordinada me ha dicho que quería hablar conmigo.

Fiery Spinel se apresuró a abrir la boca, pero una mirada de su madre que pretendió ser intimidante pero que le salió temerosa y suplicante le hicieron cerrarla de golpe.

— S…Sí —balbució ella. Mantenía la mirada sobre la mesa, sumisa y complaciente, tratando de buscar las palabras que molestaran menos al ministro—. Su… Su empleada me ha dicho que mi pequeña…

— Efectivamente —le cortó Time Keeper, sin ni siquiera dejarle terminar la frase—. Su hija fue detenida esta mañana por la utilización de magia temporal prohibida.

La yegua tragó saliva.

— Y me juego la cabeza a que nuestra pequeña maga ya ha dicho lo de su condena en Uruqaiqa.

Fiery Spinel asintió con energía, mientras que su madre apenas hizo un tímido movimiento de cabeza.

— Si va a argumentar que eso es ilegal, ni se moleste, por favor. La ley nos permite trasladar a un menor sin responsabilidad penal a un centro de detención a la espera de que sus padres o tutores legales sean identificados, aunque no se les pueda imputar ningún delito —recitó de memoria—. Uruqaiqa, nuestra prisión en mitad de la nada en el siglo XIII, es un centro de detención. Allí hubiera cumplido condena de manera totalmente legal.

Su madre apretó los dientes con rabia, pero logró disimularlo tras su expresión angustiada.

— Pero… ¡Pero solo es una potrilla inocente! ¡Una potrilla que solo quiso ganar dinero! ¿De verdad es necesario meterla en la cárcel diez años?

Time Keeper suspiró.

— Puedo comprender que le parezca absolutamente exagerado y desproporcionado, pero tenemos le aseguro que tenemos buenas razones para ello. Cualquier mínima perturbación en el flujo del tiempo puede tener consecuencias catastróficas. —Se quitó las gafas con su magia, y las posó suavemente sobre la mesa—. Permítame que se lo muestre.

Su cuerno se iluminó, y un extraño dispositivo apareció de repente sobre la mesa. Consistía en una base de madera de pino barnizada, sobre la que estaba clavada una larga barra vertical de hierro. En la parte más alta de la misma, una fina lámina de aluminio colgaba del extremo de un tornillo enroscado en la parte más alta barra de hierro; y la lámina se articulaba con otra en su extremo inferior mediante otro tornillo.

— ¿Eso qué es? ¿Un cacharro para hipnotizarnos y borrarnos la memoria?

Time Keeper ignoró aquella provocación de la potrilla. No así su madre, que le disparó una mirada suplicante para que se callara y dejara de hacer peor aquella extraña situación.

Rodeado del más absoluto silencio, Time Keeper giró el péndulo hacia la derecha, y lo soltó cuando estuvo completamente horizontal.

— Por favor, traten de recordar la trayectoria del péndulo.

Durante unos segundos, tanto la potrilla como su madre contemplaron extasiadas el errático movimiento de las láminas metálicas, especialmente el de la inferior, que giraba mucho más rápido que la superior, dando a menudo la vuelta completa. Pasados unos instantes, Time Keeper lo detuvo y lo soltó de nuevo, pero casi imperceptiblemente inclinado hacia la mesa en lugar de completamente horizontal.

Para sorpresa de ambas yeguas, a pesar de que los primeros bamboleos fueron prácticamente idénticos a los que ocurrieron la primera vez, muy pronto la trayectoria del péndulo cambió hasta que sus oscilaciones formaron un patrón completamente diferente al original.

— Lo mismo sucede con el tiempo —declaró Time Keeper con voz grave—. El batir de alas de una mariposa en las junglas de Zebrabue puede desatar una feroz ventisca en Yakyakistán. Cualquier pequeña perturbación, como una potrilla con doce aciertos en la quiniela en vez de no haberla jugado, puede causar consecuencias imprevisibles en el largo plazo.

Un nuevo hechizo del ministro hizo desaparecer el extraño péndulo, enviado de nuevo a un cajón de la mesa de su despacho, y volvió la mirada a la potrilla y su madre.

La pequeña todavía lo retaba, pero la mayor ya se había rendido, y mantenía las orejas gachas y los ojos mirando al suelo, sin atreverse a enfrentarse a él.

Time Keeper miró a Fiery Spinel a los ojos, y volvió a colocarse las gafas.

— ¿A que no le has contado lo del trato?

Las orejas de la yegua volvieron a la vida de golpe.

— ¿Trato? ¿Qué… qué trato?

— Lo que imaginaba —le susurró el ministro a Comet Nova.

Volvió a quitarse mágicamente las gafas, y, mirando a la preocupada unicornio, dijo:

— Entiendo que no lo haya hecho todavía en la situación en la que estamos, pero convendría que le mirara los flancos a su hija.

Sin comprender muy bien por qué, pero sin atreverse a rechistar, la yegua hizo lo que le decía el ministro. Sus ojos bajaron lentamente por el cuerpo de su hija, tensa por no saber con qué se encontraría.

Y ni siquiera en aquella situación tan tensa pudo reprimir un chillido de júbilo al descubrir el pergamino y la pluma que ahora lucían en los flancos de su hija.

— ¡Tu… Tu marca de belleza! ¡Has conseguido tu marca de belleza!

— Sí —respondió ella con una sonrisa de suficiencia en su rostro—. Y a un ministro de la Corona de Equestria le gusta mirarle el culo a potras de trece años.

Comet Nova no pudo contener una risita, mientras que el ministro ignoró su provocación una vez más.

— Como puede ver, el talento especial de su hija es crear hechizos. De hecho, nos lo ha demostrado hoy viajando en el tiempo con un hechizo de su propia creación.

La yegua se giró hacia su hija, con un tímido asomo de orgullo abriéndose paso en el miedo de su mirad.

— ¿Lo conseguiste? ¿Crease un hechizo…?

— El hechizo es una chufa. —La expresión de absoluta derrota del ministro al comprobar que, efectivamente, era bueno, volvió a su mente, y soltó un fuerte risotada—. Es una copia barata de un hechizo de teletransporte. Pero funciona.

Time Keeper cerró los ojos con desagrado. Sí. Funcionaba. Y aquella niñata la había humillado en su propio terreno.

Pero no importaba. Pronto sabrían cómo podía cumplir su objetivo. Si alguien podía comprender el mecanismo subyacente a aquella pesadilla de hechizo, era Twilight Sparkle.

— Pensamos que su talento puede venirnos bien en el ministerio. Por eso, estaríamos dispuestos a conmutar su sentencia de prisión si aceptaran trasladarla a la Academia de Celestia para que tenga una buena educación mágica.

El rostro de la potrilla cambió de golpe a una expresión hostil y asesina, mientras que su madre se limitó a cubrirse el hocico con los cascos.

— Pero… pero eso implicaría sacarla de su instituto. Separarla de sus amigas. Cambiarla a una academia dirigida por las princesas. —Tragó saliva—. En… en un barrio de ricos.

— Esa es otra —saltó de repente Fiery Spinel—. Me vais a sacar de mi instituto con mis amigas para meterme en una academia dirigida por la puta de Zorrestia y llena de pijos de mierda.

No llegó a ver cómo Comet Nova fruncía el ceño, pues no la miró hasta que abrió la boca.

— He estado muchas veces allí intentando descubrir talentos mágicos que reclutar para nuestra causa. Te puedo asegurar que no está llena de pijos. De hecho, ya deberías saber que el dinero de las familias no tiene ninguna influencia en el examen de admisión. Solo las habilidades mágicas y el potencial de los alumnos.

— ¡Me da igual! —chilló ella, estampando los cascos sobre la mesa—. ¡Es la escuela de Zorrestia! ¡Yo odio a Zorrestia! ¡No pienso dejar a mis amigas y meterme ahí ni aunque me metáis en el Tártaro por el resto de la eternidad!

Time Keeper se limitó a encogerse de hombros, y fue a decirle algo antes de que el ruido de la silla de la madre arrastrándose sobre el suelo le cortara en seco.

— Hija, ¿podemos hablar en tu habitación un momento?


— ¿Tienes hambre?

Nąȋenähz vaciló un momento, pensando si debía o no aceptar la comida de la infanta. Pero sus tripas se encargaron de responder por ella con un poderoso rugido.

Inmediatamente, volvió la mirada al suelo mientras sus mejillas se teñían de un furioso color rojo.

— Disculpadme. Comida non he probado desde mañana. Yo…

La infanta rio con calidez, y colocó suavemente un casco sobre el hombro de la thestral, que subió con parsimonia os ojos hasta que llegó al nivel de los de la infanta.

— No te preocupes. —Bajó de la cama, y caminó un par de pasos hasta el armario. Lo abrió sin dificultad, y comenzó a rebuscar en su tabla inferior—. He buena comida en los mis aposentos.

Unos segundos después, Luna se irguió de nuevo, con un pesado bulto cilíndrico de color céreo entre sus patas delanteras.

— Es queso del mi lugar. Fabrícanlo con leche de ovejas, e ha intenso e delicioso sabor. —El triste brillo de la nostalgia centelleó en sus ojos, y suspiró—. Fágolo traer expresamente a palacio desde los pastos en que el su alimento fallan las ovejas de los pastores de la mi aldea.

Nąȋenähz no pudo evitar fruncir el ceño. Queso. Su peor enemigo.

Todavía recordaba con acritud la primera y única vez que lo había comido. ¿Cómo olvidar aquel dolor y aquella enorme cantidad de gases?

— Mi señora… Non penséis que desprecio queso de aldea vuestra, mas… Queso sienta mí mal. Non puedo comerlo.

La respuesta de la infanta fue una mirada curiosa, que no le impidió dar un empujón al queso para acercarlo a su cama.

— ¿Te sienta mal? —Se encogió de hombros antes de añadir—. Jamás tal cosa había escuchado.

— Para desgracia mía, así es. Queso nin leche puedo comer. Si tal ficiere, violentos dolores de tripa asaltaríanme. Aqueso acontecióme en noche en que madre mía diome queso por vez primera.

Luna se encogió de hombros, y volvió al armario, del que pronto sacó una pequeña tinaja de barro cocido que llevó hasta la cama con su pata delantera derecha. Cuando la posó sobre la alfombra, Nąȋenähz pudo escuchar el sonido de un líquido agitándose en su interior.

— ¿Qué es aqueso? —preguntó con curiosidad.

— Aceitunas del mi lugar —respondió la infanta, sonriente, y levantó la tapa para dejar al descubierto su interior.

Nąȋenähz se asomó con cautela, y descubrió una miríada de pequeños frutos negros en el interior del tarro, inmersos en un líquido de intenso olor y salpicado de hierbas aromáticas. Levantó la mirada, y dirigió una mirada interrogante a su señora.

— Puedes comerlas. Para ti helas sacado.

Tras unas breves palabras de agradecimiento, Nąȋenähz introdujo un casco y sacó algunas aceitunas, que devoró con fruición. Las masticaba con rapidez, evitando expertamente el hueso y disfrutando del sabor salado y ligeramente amargo de los pequeños frutos.

— Te gustan, ¿verdad? —dijo la infanta, divertida.

La thestral asintió, y Luna se sentó sobre la cama, a su lado.

— Puedes echar los huesos en la tapa —dijo con una sonrisa amable. En su casco sostenía un cuchillo que acababa de sacar del armario.

Con mucho cuidado, cortó la tapa superior del queso y la colocó sobre el suelo. Al ver su cremoso interior y cómo la infanta lo untaba sobre un pan, Nąȋenähz alzó una ceja, sorprendida.

Nunca había viso un queso semejante.

Las dos yeguas cenaron en silencio, y Luna recogió la comida a pesar de la insistencia de Nąȋenähz en hacerlo ella. Cuando todo estuvo de nuevo en su armario, Luna se sentó sobre la cama y emitió un largo suspiro.

— Tarde es. ¿Has sueño?

Nąȋenähz negó con la cabeza. No solo hacía pocas horas que se había levantado, sino que además era de noche, el momento en que sus instintos la impelían a mantenerse despierta.

— ¿Vos sí?

Ella asintió.

— Turbios, que non placenteros, son los mis sueños aquestos días. Horribles pesadillas en las que el mi padre ejecútame e alíase con Griffonstone turban el mi descanso. Apenas si logro dormir algunas horas.

Nąȋenähz bajó la mirada, comparecida de la pobre y angustiada princesa. Aquella sensación de impotencia, de estar a merced del destino, de saber que solo se puede esperar… La conocía.

Y sabía que nadie debería sufrirla.

— Non os cuidéis, señora —declaró con decisión—. Yo he de cuidar sueño vuestro. Seré sita frente a lecho vuestro, e faré que pesadillas non os asalten.

Luna arqueó las cejas, y sonrió.

— Muy agradecida te estoy. Mas necesario non es que pases la noche entera sentada frente a mí. —Tiró de las mantas, descubriendo el colchón bajo ellas—. Mejor compañía farásme si cabe mí compartiendo lecho durmieres.

Las mejillas de Nąȋenähz enrojecieron de golpe, y miró alternativamente a la cama y a la princesa, incrédula. ¿De… de verdad le estaba pidiendo aquello?

Ya sabía que su reina prefería las yeguas a los caballos, pero encontrarse de repente recibiendo aquellas atenciones suyas…

— Mas… Mi señora… ¿Non sería mejor vos…?

— Es por ti, que non por mí —mintió la infanta—. Mayor comodidad habrás sobre el mi lecho, e non serás al frío de la noche expuesta.

Nąȋenähz permaneció pensativa mientras observaba a su señora introducirse en la cama, colocarse en el lado más cercano a la pared y cubrirse con las mantas. Enrojeció incluso más al ver que la infanta había dejado al descubierto una porción de la cama, justo bajo la almohada, en una disposición que pretendía ser tentadora.

Emitió un suspiro, y dio el primer paso hacia la cama.

Si su reina lo quería, no podía contradecirla.

Y si por casualidad quisiera propasarse con ella, se defendería.

Lo primero que notó al tumbarse fue la blandura del colchón de paja, que se hundía bajo su peso y se levantaba a su alrededor, como su estuviera tumbada en la nieve. No era muy diferente del montón de hierba seca en el que dormía su familia en la kölonȋa, pero sí del duro colchón de la cama de Dawn Star.

Una pesada manta de lana cayó de repente sobre ella, y una colcha del mismo material, pero más delgada, la siguió. Sorprendida, se dio la vuelta en la cama, solo para quedar cara a cara con su reina, a la que vio retraer rápidamente una pezuña.

— ¿Está bien así? —preguntó—. ¿Has calor o frío?

La thestral negó con la cabeza. La temperatura era muy agradable dentro de aquella cama. La manta era cálida, y al estar tan cerca de la infanta podía compartir su calor corporal.

No había compartido una cama desde la primera noche en casa de Dawn Star.

— Non. Bien estoy. Cálido es lecho vuestro. Agradézcovos que hayáis permitido mí compartir con vos.

Luna sonrió, y alargó un casco hasta rozar la mejilla derecha de Nąȋenähz. Sus mejillas parecían dos carbones al rojo vivo.

— Eres fermosa —susurró, acariciando su pelaje.

Nąȋenähz tragó saliva mientras se sentía sonrojar. Nerviosa, alzó lentamente la mirada hasta encontrarse con la mirada amorosa y el semblante embelesado de su reina.

Y antes de que pudiera reaccionar, Luna lanzó su cabeza hacia delante y la besó fugazmente en los labios.

— ¡Mi… Mi señora! —exclamó Nąȋenähz, estupefacta, y saltó de la cama. Se puso de pie sobre el suelo del cuarto, y siguió mirando a la infanta con la boca abierta de par en par y el rostro desencajado.

Conocía perfectamente las preferencias de su reina, pero encontrarse de repente recibiendo sus atenciones…

Las orejas de Luna descendieron hasta tocar el pelaje de su cabeza, y una expresión arrepentida se formó en su gesto.

— ¡Mi señora! ¡Es aquesto indecoroso! ¡Somos yeguas! ¡Yo…!

— Razón has. Indecoroso es sines dubda besar una yegua sin el su permiso. Yerro cometí, e humildemente suplícote disculpas.

La thestral la miró, reflexionando sobre sus palabras. Al menos admitía que estaba mal besarla por la fuerza, pero…

— Mas… Mas somos yeguas. Yo soy yegua. Y vos sois yegua. E vos hab…

— ¡Non! —exclamó Luna, poniéndose de pie de golpe en la cama. La furia había subido a sus rasgos, y la forma en que la manta cubría su forma la hacía parecer un ser mágico sediento de venganza—. ¡Non hayas tamaña osadía de decirme que los mis sentimientos son desviados!

Nąȋenähz tragó saliva, y se encogió sobre sí misma, temerosa de la ira de su reina.

— ¡Así fui nascida! ¡Así soy! —bramó, todavía ofendida; pero los ojos thestrales de Nąȋenähz habían descubierto otra emoción en su rostro: el deseo de ser aceptada—. ¡¿Clamamos como contra natura que ponis sean nascidos con pelaje rubio?! ¡Non! ¡¿Clamamos como contra natura que a yegua unicornio séale nascido fijo pegaso del su marido alado?! ¡Non! ¡¿Por qué son mis sentimientos contra natura, si con ellos fui nascida?!

La thestral bajó la cabeza, arrepentida de haber ofendido a su reina.

— Disculpadme, mi señora. Retiro frase dicha. Non habré de ofendervos más en futuro.

Ya más calmada, la infanta dejó escapar un largo suspiro antes de tumbarse en la cama, sobre su espalda. Se cubrió con la manta hasta el hocico, y volvió la cabeza hacia Nąȋenähz.

— En verdad lamento haber besádote. Yeguas fermosas hanme servido fasta agora, e jamás hube problemas con ellas. Mas… mas tú erestan fermosa…

La thestral no respondió. Su cerebro seguía demasiado ocupado intentando asimilar que su reina la considerara una beldad irresistible.

— Faré traer lecho como el mío. Mejor será separarnos para dormir. — Nąȋenähz asintió maquinalmente, sin prestar atención a lo que le decía—. Tentaciones serán así evitadas.

La cabeza de la reina se volvió a girar hacia el techo, pero recordó algo y apuntó de nuevo a Nąȋenähz.

— Y ruégote non digas a nadie palabra de aquesto.

Una nueva afirmación automática respondió al ruego de su reina.

— ¿Queréis que traiga para vos leche?

Había visto a Dawn Star tomar un vaso de leche caliente algunas noches en que le costaba conciliar el sueño. A la vista de los resultados, no tenía demasiada confianza en que ayudara a la Infanta; pero sí que le concedería unos preciados minutos a solas para tratas de asimilar la situación.

Los rasgos de Luna se suavizaron, y asintió débilmente.

— Sí. Vendráme bien. Calmará los mis nervios e faráme mejor dormir. Muchas gracias, Nayenaets.

Le había dado su nombre real, pero había logrado hacerlo pasar por un nombre de origen grifo escogido por su madre.

La thestral le hizo una rápida reverencia a su reina, que ella no protestó, y salió del dormitorio a paso rápido en busca de la cocina. Recorrió algunos pasillos solitarios con el eco de sus cascos sobre la piedra como su única compañía, y pronto se encontró en una amplia estancia de piedra con altos muros.

El aire todavía estaba caliente, pero la lumbre de leña colocada en el extremo de la cocina más alejado de la puerta hacía tiempo que se había apagado. Junto a las paredes había varias estanterías con gruesas patas de madera, cargadas de panes y heno en su mayoría, aunque también había varios sacos de flores, y una de ellas no tenía nada más que quesos. Algunas, en su parte inferior, tenían botas y tinajas, que con toda seguridad contenían vinos para el rey. Tal vez uno de ellos también tuviera leche.

Titubeante, la thestral se acercó a una de las botas, desenroscó el tapón y olfateó su contenido con curiosidad. Vino blanco, y encima peleón. Seguro que era para la servidumbre.

Volvió a enroscar la tapa, y alargó el casco hacia otra de las botas.

— ¿Nayenaets?

Sus orejas se orientaron en la dirección de la voz, y se dio la vuelta en redondo. Había reconocido al instante la voz de Dawn Star.

— ¿Qué buscas? ¿La cena?

— Leche. Pidióme reina mía vaso de leche para conciliar sueño.

— Leche… —repitió la unicornio mientras se acercaba—. Creo que estaba en esa estantería.

La thestral siguió con la mirada la dirección en que apuntaba el casco de su amiga, y pronto vio un gran mueble de madera cargado de grandes quesos con cortezas marrones, algunas mohosas. En su balda inferior reposaban unas pequeñas botas de cuero claro, y junto a ellas se podían distinguir varios vasos tallados en madera.

— Gracias —dijo la thestral, y echó a caminar hasta la leche.

— Creo que es de cabra. Sabe más ácida que la que suelo beber —murmuró Dawn Star, a medias para sí, a medias para que Nąȋenähz lo supiera—. ¿Cómo te va vigilando a Luna?

Nąȋenähz desenroscó la tapa de la bota tras colocar un vaso en el suelo. Inclinó la bota con cuidado, y vigiló atentamente el estrecho chorro blanquecino hasta que el nivel del líquido llegó algo más arriba de las tres cuartas partes. En silencio, enroscó el tapón, volvió a colocar la bota en su sitio y se dio la vuelta para quedarse mirando a Dawn Star.

— Me ha besado —murmuró, todavía atónita, intentando expulsar de su cerebro el recuerdo de los labios de la infanta sobre los suyos.

Las cejas de Dawn Star subieron de golpe, y sus labios se cerraron hasta formar un estrecho círculo.

— No. Pero… Pero ¿le gustas?

Ella negó con la cabeza, pero se detuvo al poco rato para encogerse de hombros.

— Díjome que soy fermosa. Tan fermosa que contenerse non pudo. Ser pudiere…

— ¿Pero tú no sabías que Luna era…?

— Sí, sabíalo. Fasta kölonȋa nuestra fueron llegados rumores de que ëtȋewigëthȅstotralkönȅginï prefería compañía de yeguas, mas entre aqueso e ser besada…

Dawn Star asintió lentamente mientras Nąȋenähz agarraba el borde del vaso con sus dientes.

— Sí, lo entiendo. No… no por experiencia propia, claro —se apresuró a añadir—. Pero puedo imaginarlo. —Suspiró, y antes de que Nąȋenähz pudiera marcharse rumbo a los aposentos de la infanta, añadió—: Swébende Gagel ha terminado su guardia. He quedado con él dentro de un cuarto de hora en el despecho de Gylden Bile para discutir planes de entronización.

La thestral suspiró a su vez.

— Prometido he a reina mía velar el su intranquilo sueño en noche aquesta. Yo pronto non soy vuelta, entonces ella sospechará.

Pensativa, Dawn Star cerró los ojos, tratando de encontrar una solución. Y pronto sus ojos se abrieron, apenas una décima de segundo antes de que su aura mágica azul zafiro cubriera su cuerno.

— Si quieres, puedo solucionarlo.

Nąȋenähz sintió palidecer. No podía ser cierto. ¿De verdad estaba proponiéndole…?

— ¿Qué facer pretendes? —susurró, alarmada.

— Nada peligroso. Un simple encantamiento de sueño. KO toda la noche. Mañana por la mañana se despertará sin secuelas.

Nąȋenähz ojeó el aura mágica de su compañera con desconfianza, y finalmente preguntó:

— Mas ¿por qué non usas tú para dormir cuando dificultad has? Nunca vite usar sobre ti aqueste encantamiento.

— Porque no descansas. En realidad, es casi más un encantamiento de inconsciencia que de sueño. —Hizo una breve mueca de disgusto al recordar la primera vez que lo usó, una noche intranquila antes de un examen final, y lo terriblemente agotada que se sintió tras levantarse a la mañana siguiente—. Luna estará bien. No le pasará nada. Solo estará cansada mañana.

Aún vacilante, Nąȋenähz miró alternativamente a la leche del vaso y al cuerno de su amiga. Su instinto la impelía a golpearla en el cuerno para cortar de raíz su magia y salir de allí para cumplir el encargo de su reina; pero su cabeza trataba de razonar que tal vez fuera inevitable tener que recurrir a artimañas mágicas para poder colocar en el trono a la infanta.

— ¿Non sospechará?

¿Importaba acaso si lo hacía?, pensó la thestral mientras mantenía la mirada fija en la leche, sin parpadear. Darle a beber a su reina una pócima que la sumiría en un profundo sueño para luego abandonarla, rompiendo su palabra de velar el sueño de su señora, ¿no era acaso equivalente a traicionarla? ¿A su amada ëtȋewigëthȅstotralkönȅginï, la reina que los había proclamado ciudadanos de Equestria y súbditos suyos y prometido librar a las kölonȋas orientales de la persecución y el odio de los grifos?

El sonido de su respiración rasgada llegaba a sus oídos, aunque no a los de Dawn Star, mientras su mente continuaba inmersa en su debate interno. Pero si lo que pretendía era ayudarla a llegar al trono, al trono que la historia decía que debía ascender, ¿era realmente una traición? No lo hacía para perjudicarla, sino para asistirla. Era una thȅstotral. Jamás haría nada en contra de su amada ëtȋewigëthȅstotralïkönȅginïį Lunį përstïį. Antes se dejaría matar.

Y sin embargo...

Dawn Star parpadeó.

— ¿Sospechar? ¿Por qué?

— Porque descansada non será. Pronto dormirá, en amanecer despertará, mas sentiráse tan cansada como agora. Aqueso mí aconteciese, entonces ciertamente extraño paresceríame.

Con un resoplido, Dawn Star no tuvo más remedio que admitir que Nąȋenähz tenía razón. Dormir tantas horas seguidas sin descansar no podía parecerle normal a nadie.

— Nos la tenemos que jugar. Tenemos que poner a Luna en el trono como sea, y de momento lo único que hemos hecho ha sido perder el tiempo como criados de la familia real. El rey se muere mañana. Necesitamos un plan de coronación de Luna ya.

Y, a su vez, Nąȋenähz tampoco pudo sino admitir que su amiga estaba en lo cierto. No habían hecho absolutamente nada en todo el tiempo que llevaban en el año 593, y muy probablemente apenas les quedaran unas doce horas para lograr inclinar la voluntad del rey Bulion a favor de la infanta Luna.

Miró de nuevo al vaso, otra vez al cuerno de la unicornio, que había permanecido iluminado todo el tiempo, otra vez al vaso; y finalmente tragó saliva.

No tenían otra opción. No la estaba traicionando. La estaba ayudando a conseguir un trono legítimamente suyo. No había mejor muestra de lealtad a su reina.

— Recuerda. En quince minutos en el despacho del consejero.

Se dio la vuelta para marcharse, pero apenas había dado tres pasos antes de detenerse y darse la vuelta para añadir:

— Y que nadie te vea.


Apenas habían transcurrido quince minutos cuando Nąȋenähz al fin hizo su aparición en el pasillo. Cada dos segundos echaba una mirada atrás, temerosa de ser descubierta, y en lugar de caminar volaba a baja altura para evitar hacer ruido con sus cascos. Por fortuna para ella, sus largas y huesudas alas de cazadora nocturna apenas hacían ruido mientras cortaban sigilosamente el aire.

Estaba a apenas dos metros de la puerta del despacho cuando la cabeza de Dawn Star asomó de improviso al pasillo. Sus ojos se abrieron visiblemente, y sonrió.

Con un casco, le indicó a la thestral que entrara en el despacho; y ella obedeció inmediatamente.

Cerró la puerta tras de sí con un ala, y posó sus cascos silenciosamente sobre el suelo. Pasó una rápida mirada por todo el despacho, iluminado por la débil luz zafiro que emanaba del cuerno de Dawn Star, y se sorprendió al ver que el consejero del rey no estaba allí.

— Le habrá llamado el rey o algo —explicó Dawn Star en un murmullo al ver la expresión con que Nąȋenähz la interrogaba sin palabras—. No te preocupes. Es por Luna. Seguro que él estará de acuerdo.

Aquel argumento debió convencer a Nąȋenähz, porque no dijo ni una palabra de protesta. En su lugar, desvió la mirada a la derecha, donde Swébende Gagel rebuscaba en los cajones del escritorio.

— Estamos buscando cualquier cosa que pueda darnos una pista sobre para que Luna herede la corona. Papeles, libros, documentos oficiales, lo que sea. Si es el consejero y trabaja para el Ministerio, seguro que tendrá acceso a información privilegiada sobre Luna I y su vida, tal vez incluso a material del Ministerio.

Una firme sacudida vertical de cabeza le hizo saber que Nąȋenähz estaba de acuerdo con su lógica. La thestral se dio la vuelta, y rebuscó con la mirada en busca de cualquier lugar en el que pudieran esconderse tales documentos.

Y de inmediato, su vista cayó sobre el gran armario de roble que descansaba en una de las esquinas del despacho.

Llegó hasta él en dos pasos, y alargó el casco para abrir la puerta, pero una mancha de color claro en su parte inferior llamó su atención antes de que pudiera hacerlo. Extrañada, bajó la cabeza, y descubrió que era una pieza de tela pinzada por la puerta del armario, de color crema.

Bajó la cabeza y la sostuvo en un casco, y se percató de que era parte de una bufanda. Examinándola más detenidamente, descubrió que tenía manchas de tinta.

El corazón le dio un vuelco. Manchas de tinta. El pergamino que Time Keeper había recibido también tenía manchas de tinta.

Nąȋenähz se sintió palidecer, y levantó la cabeza para tomar aire, que de repente le había faltado, como si hubiera recibido un puñetazo en el abdomen.

Los datos daban vueltas a toda velocidad dentro de su cabeza. Manchas de tinta. Bufanda. Pergamino. Bufanda. Amiga.

— Nąȋenähz, ¿estás bien? —preguntó Dawn Star, inquieta al ver las sacudidas que daba el pecho de la thestral—. ¿Te ocurre algo?

Nąȋenähz no respondió. Una lágrima llena de toda su rabia y horror se deslizó por su mejilla. No quería creerlo. No podía ser capaz. No. No. No no no no no no.

Un gesto fugaz de su pata agarró el tirador y tiró de él para abrir la puerta del armario.

Y un horrísono y ultrasónico relincho horrorizado y angustioso resonó por el palacio.