Los ojos de Swébende Gagel se cerraron, y mantuvo los párpados en aquella posición durante unos segundos mientras musitaba maldiciones. Nada que los acercara a la coronación de Luna I. En aquel cajón solo había viejos planes para que el rey Bullion mantuviera el curso que debían seguir los acontecimientos.

Volvió a jurar, y golpeó con la punta de su ala los pergaminos del cajón. Algunos de los documentos saltaron del cajón, pero la mayoría se limitaron a rebotar erráticamente, cayendo de nuevo en el cajón sin orden ni concierto, dejando a la vista algunos que ocupaban las capas inferiores.

— ¿Qué es aquesto?

Su vista se acababa de posar sobre un pergamino de tamaño mediano, enrollado en su centro por una suave y delicada cinta púrpura. Era el único pergamino enrollado de tal modo; el resto estaban sujetos por un delgado y áspero cordel de esparto.

La suspicacia brotó de golpe en el pecho del soldado. Sabía que, en su época, el rarísimo y extraordinariamente caro tinte púrpura era de uso exclusivo por la realeza unicornia. Desconocía si continuaba siéndolo en aquella época, pero el hecho de que solo uno de los pergaminos llevara aquella cinta le hacía inclinarse a que así era.

Un documento del rey, entonces. Y debía ser de extraordinaria importancia para que lo mantuviera escondido en el fondo de un cajón, sepultado por toneladas de otros documentos de menor relevancia.

Sin pensarlo, alargó el casco y se hizo con el pergamino. Deshizo el nudo del lazo con los dientes, y lo sujetó con su ala izquierda, dejando que la gravedad hiciera el trabajo de desenrollarlo.

Pero tan pronto como sus ojos hubieron leído las tres primeras palabras, sus ilusiones de obtener información privilegiada se esfumaron. El horror, y luego la más pura de las rabias, más hirviente que la lava de un volcán en en erupción, no tardaron ni una milésima de segundo en sustituirla.

Con las plumas de su ala derecha firmemente enrolladas alrededor de la empuñadura de su espada, se dio la vuelta para mostrarle a Dawn Star lo que acababa de encontrar, y su mirada cayó sobre la horrorizada y compungida Nąȋenähz. Y sobre el terrible secreto que ocultaba el armario.

— Invocad un hechizo insonorizador alrededor de aquesta estancia —murmuró en el oído de la unicornio, lívido de rabia—. Falta nos hará.

— ¿Por qué? —preguntó ella.

— Invocadlo —repitió él.

Su cuerpo temblaba, y sus dientes, apretados con tanta fuerza como para dejar marcas en un hueso, chirriaban audiblemente cada vez que su mandíbula hacía pequeños movimientos.

La preocupación subió al rostro de Dawn Star al escuchar su respiración, rasgada y acelerada, tomando aire por la boca en cortas inspiraciones y expulsándolo con la misma rapidez. Bajó la mirada hasta llegar a su ala derecha, y sintió los primeros rugidos del viento frío en su estómago al ver la forma en que sus plumas asían la empuñadura de su arma.

Con la respiración repentinamente acelerada, iluminó su cuerno mientras pronunciaba las palabras del hechizo. Jamás había visto tal furia en Swébende Gagel, ni siquiera cuando las princesas le habían negado la posibilidad de presenciar la ejecución de Helter Skelter e Imperial Topaz. Si estaba así, era evidente que algo muy grave debía estar pasando.

La brillante luz azul zafiro recorrió el despacho del consejero, y descendió por las paredes hasta llegar al suelo, cubriendo la estancia con la magia de la unicornio. Swébende Gagel respondió con un corto asentimiento, satisfecho; y señaló con su pezuña derecha al armario y a la todavía llorosa Nąȋenähz.

— ¡Mirad lo que fecho ha aquese consejero! —rugió, extendiendo las alas y pegando un potente pisotón sobre el suelo de piedra, que resonó por el cuarto, contenido por el hechizo—. ¡Miradlo!

Alarmada, Dawn Star se giró hacia su compañera thestral, y el corazón le dio un vuelco.

No.

Horrorizada, se lanzó hacia donde estaba Nąȋenähz, pero solo pudo dar un par de pasos antes de frenarse en seco. La cabeza le daba vueltas, y sentía ganas de vomitar.

— Dawn... —gimió lastimeramente Nąȋenähz con apenas un hilo de voz, sin volver la cabeza hacia su compañera.

Había sacado del armario el cuerpo sin vida de la potrilla, y lo sostenía en sus cascos delanteros, acunándolo como si fuera tan solo un bebé dormido. Las lágrimas caían desde sus ojos, mojando su corto pelaje granate y su crin dorada.

— Pe… Pero ¿por qué? —musitó Dawn Star—. ¿Por qué ha hecho esto?

Se había sentado sobre el suelo de piedra, al igual que Nąȋenähz; y mantenía la mirada fija en el infinito, sin atreverse a mirar ni al iracundo Swébende Gagel ni al cuerpo que sostenía la thestral.

Swébende Gagel avanzó hasta colocarse entre las dos yeguas, y sin mediar palabra extendió su ala izquierda. Un pergamino se desenrolló al instante desde ella, deteniéndose a apenas un cuarto de pata del suelo.

— ¡Por aquesto! ¡Por aquesto halo fecho! —bramó, extendiendo su ala hacia la unicornio parda.

Arrojó el pergamino al suelo con rabia, y se acercó a su compañera thestral. Al oírlo acercarse, ella levantó la cabeza, dubitativa.

Sin mediar palabra, levantó la cabeza hasta dejarla horizontal con el suelo, y fijó su mirada en el muro de piedra. Bajó los párpados durante unos segundos, y cuando los abrió se llevó la punta del ala derecha a la frente.

Respeto para la potranca. Respeto y honor para la heroica potrilla que había dado su vida tratando de defender a su rey y su país de una terrible traición.

Volvió a bajar la vista al menudo cuerpo sin vida de la unicornio, y extendió su ala hacia ella. Nąȋenähz lo miró con suspicacia, pero esta desapareció tan pronto como vio que Swébende Gagel cerraba suavemente los ojos de la potrilla con las suaves plumas de su ala derecha.

— Consejero no mandó mensaje —sollozó la thestral, acunando a la pobre potrilla asesinada. Con los ojos cerrados, incluso parecía que solo estaba dormida en lugar de haber sido estrangulada hasta la muerte con su bufanda—. Bufanda suya y pergamino son manchadas con tinta. Grenat quiso advertir a nos.

El cuerno de Dawn Star se iluminó con su aura mágica. Parsimoniosamente, el pergamino que Swébende Gagel había tirado al suelo delante de ella se elevó en el aire y comenzó un lento e irregular vuelo hacia ella. Cada pocos segundos, sufría una sacudida y caía al suelo, solo para ser recogido una vez más al mismo tiempo que los sollozos de Dawn Star apagaban y encendían su cuerno.

Se limpió las lágrimas que cubrían sus ojos con la pata derecha, y contempló el documento con una mezcla de respeto y temor. ¿Qué podía haber escrito sobre aquella fina lámina de piel de cordero? ¿Qué podía ser tan importante y terrible como para justificar el asesinato de una potrilla inocente?

Y con tan solo leer las tres primeras palabras obtuvo la respuesta que buscaba.

El pelo de su crin se erizó súbitamente. Sus ojos azul turquesa, espantados, eran absolutamente incapaces de apartarse de aquellas tres terribles, incriminatorias, palabras.

"Nos, Bullion I".

No quería seguir leyendo. Quería encontrar a Gylden Bile, que alguien le dijera que no era más que una broma horriblemente pesada, llevarlo ella misma a Uruqaiqa, advertir al rey de la grave traición de su consejero; pero en lugar de ello se forzó a continuar su lectura, y cuanto más leía más se horrorizaba.

No cabía ninguna duda. Lo que tenía ante sí era un testamento. Un testamento que el rey jamás había dictado.

Al fin, sus ojos llegaron a la línea que estipulaba quién debía recibir la corona, y su magia se apagó. El pergamino cayó, deslizándose por el aire sin muchas florituras, inocentemente, como si no tuviera escrita sobre él la infame traición del consejero.

Levantó la vista, y a través del espeso velo de sus lágrimas pudo distinguir la silueta de Swébende Gagel, que se había dado la vuelta y ahora miraba hacia ella, a aproximadamente una pata de distancia.

Le lanzó una mirada suplicante, pidiéndole que le dijera que Gylden Bile no había escrito aquello. Pero Swébende Gagel negó lentamente con la cabeza.

— ¡Falso! —bramó repentinamente, y dio un pisotón en el suelo de piedra con sus dos cascos delanteros, con tanta fuerza como pudo—. ¡Aquese traidor sines honra escrito ha un testamento falso! ¡Falso para que la Corona reposo falle sobre las sus traidoras sienes!

La ira bullía en su interior. Sus plumas habían asido la empuñadura de su espada, y sus ojos se volvieron hacia la puerta, dispuestos a traspasar al consejero tan pronto como se atreviera a traspasar los umbrales.

No porque Equestria fuera a ser gobernada por un traidor. Equestria no era su reino, y asuntos internos no le importaban en absoluto más allá de su trabajo. No; lo que había desatado su furia era el hecho de que un traidor pudiera sentarse en un trono, una abominación tan humillante que ninguna nación del mundo merecía padecer.

Aunque el reino grifo tampoco tenía otro remedio.

— ¿Sabéis… sabéis ler letras de unicornios? —preguntó Nąȋenähz con apenas un hilo de voz.

El guerrero pegaso asintió sin ningún entusiasmo.

— Mandome aprenderlas su majestad Mistral IV de los pegasos. Díjome que útiles para las mis secretas misiones serme podrían. —Se golpeó el pecho con un casco, evidentemente orgulloso—. La su sabiduría vuélveme a mostrar una vez más.

Un casco pardo se levantó lentamente, y tras limpiar las lágrimas de su dueña, se posó sobre el pergamino.

— Tenemos que informar al rey —sollozó Dawn Star. Trató de invocar su magia para elevar el falso testamento en el aire, pero falló—. Tenemos que impedir que Gylden Bile se haga con el trono.

Swébende Gagel asintió con un movimiento amplio y firme de cabeza. Todavía acunando el cuerpo sin vida de la pobre Grenat enfrente del armario en que habían tratado de ocultarla, Nąȋenähz contestó con el mismo gesto.

Con la misma ternura con que una madre posa a su hijo recién nacido en su cuna, Nąȋenähz volvió a colocar el cuerpo de Grenat dentro del armario, tan cerca como pudo de la posición en que lo había encontrado. Sacudió la pata derecha en un último adiós que la potrilla jamás vería, y mientras trataba de contener las lágrimas cerró suavemente la puerta el armario, como si solo le hubiera dado las buenas noches a su hija.

— Fue muerta como heroína de Equestria —murmuró Swébende Gagel, y se llevó de nuevo la punta del ala derecha a la frente—. Gloria eterna haya el su nombre, e celebrado por todas las generaciones de aquesta nación sea.

Nąȋenähz asintió, agradeciendo con su mirada las palabras del pegaso. Poco más de un metro por detrás de ella, el cuerno de Dawn Star se iluminó de nuevo. La unicornio parda concentró de nuevo su magia en el pergamino incriminatorio, y esta vez no falló.

— Vamos. Debemos alertar al rey sobre…

Pero el fuerte golpe de la pesada puerta de roble contra la pared cortó de raíz sus palabras.


Time Keeper y Comet Nova mantenían la vista fija en la estropeada puerta de pino de la habitación de Fiery Spinel, y de vez en cuando cruzaban una mirada incómoda entra ambos.

La cabeza del ministro del tiempo se inclinó lentamente hacia arriba, hasta que sus ojos apuntaron al techo. ¿Cuánto tiempo llevaban hablando en su cuarto? ¿Diez minutos? ¿Quince?

Suspiró con fuerza, y volvió la vista hacia la puerta de la habitación. Desde su posición, apenas si se veía, una estrecha línea vertical de madera al final de un pasillo.

Al otro lado de la puerta, tanto Fiery Spinel como su madre estaban sentadas sobre la cama de la potrilla, sobre una colcha tan roja como su pelaje. La pequeña mantenía la cabeza apoyada sobre el mullido pecho de la yegua, que había pasado un casco por detrás de su espalda, abrazándola cariñosamente.

Cada pocos segundos, un sollozo cargado de rabia e impotencia escapaba de su pequeño hocico.

— Hija mía, yo... Entiendo que te disguste la idea, pero...

— No me disgusta —sollozó Fiery Spinel, hundiendo un poco más el hocico en aquel cálido pelaje que tanto la reconfortaba—. La odio. La detesto con todas mis fuerzas.

A modo de respuesta, su madre colocó su otro casco alrededor de su pequeña, estrechándola con fuerza contra su pecho. Su pecho dio una sacudida, y se abrazó con fuerza a su madre.

— Fiery, yo... Yo tampoco quiero sacarte de tu instituto. Yo tampoco quiero separarte de tus amigas. Pero —cerró los ojos, y lanzó un largo suspiro de resignación y derrota— ¿qué podemos hacer?

— Revelarlo todo —gruñó ella, rabiosa, sin separarse de la yegua—. Decirles que me quieren mandar al talego. Que quieren encarcelar a una potra de trece años. Que los periódicos sepan la corrupción de Zorrestia.

— ¿Y crees que nos dejarían? Ya has visto que operan en secreto. Si habláramos, nos meterían en esa cárcel a nosotras y a quien se lo contemos.

Casi al instante, sintió el calor del resoplido de Fiery Spinel en su pecho. Su cabecita no se movió. Sabía que su madre tenía razón.

Cuando notó dos pequeñas manchas de humedad en su pelaje, pasó lentamente su casco por la crin de su potrilla.

— No tenemos otra opción —musitó, completamente derrotada, antes de exhalar largamente—. Ojalá no fuera así, pero...

Fiery Spinel se revolvió, rabiosa, impotente.

— ¿Recuerdas aquella canción que cantábamos cuando eras pequeña? ¿Del Loquito? —El atisbo de una sonrisa había aparecido en sus labios, rescatado por los recuerdos de días más felices—. ¿La de luchar contra la ley?

Por el movimiento de la cabeza de su hija, pudo sentir que asentía. Un nuevo suspiro borró aquella fugaz muestra de nostalgia de su rostro.

— La ley ganó. Has hecho todo lo que has podido. Pero la ley siempre gana.

La potrilla no respondió. Muy lentamente, como si temiera hacerle daño, su madre separó sus patas delanteras de su rojo cuerpecito, y los movió parsimoniosamente hasta colocar sus cascos sobre las mejillas de su pequeña. Sus músculos se tensaron, pero no opuso ninguna resistencia a que la yegua subiera su rostro hasta que al fin pudo mirarla a los ojos.

Inspiró rasgadamente, y usó su casco para enjugar las lágrimas acumuladas sobre los párpados de Fiery Spinel.

— Solo podemos rendirnos. Nos han ganado.

Fiery Spinel negó con la cabeza, regando su sábana con diminutas y perladas lágrimas. Negó en un vano intento de aferrarse a los delgados hilos de su orgullo herido.

— Cariño, Fiery... Querías que fuéramos una familia normal. Ahora mismo, esa es nuestra única opción.

Un cálido abrazo fue la única respuesta que pudo ofrecer a los rabiosos e impotentes sollozos de su hija.


La mirada de Swébende Gagel, hirviente de rabia, permanecía fija en el rostro sombrío de Gylden Bile. El consejero real pretendía mostrarse sereno e impertérrito, pero la culpabilidad estaba escrita en todos y cada uno de sus rasgos.

— No eres más que un sucio traidor —siseó el guerrero pegaso, observándolo con tanto desprecio como miraría a un soldado grifo desarmado a sus cascos—. Un sucio traidor que tomado ha la confianza sobre él depositada e sobre ella escupe.

A su derecha, Dawn Star lloraba, desconsolada. Había tratado de derribar al unicornio con su magia, pero él había sido más rápido.

Lloraba con la cabeza inclinada hacia el techo para no ver el abrecartas que Gylden Bile sostenía en el aire a apenas medio centímetro de su cuello.

— ¿Por qué faces aquesto? —preguntó Nąȋenähz. Lo miraba directamente a los ojos, demostrándole que no le tenía ningún temor, lo mucho que la repugnaban la traición y el execrable asesinato que había cometido—. ¿Por qué moriste pobre e indefensa Grenat?

No había ningún abrecartas, ni tampoco arma alguna amenazando su vida, pero la que mantenía Gylden Bile ante Dawn Star era más que suficiente para que los dos agentes no osaran hacer movimiento alguno.

El consejero cerró los ojos un momento, debatiendo si contárselo o no a los tres compañeros; y al final se decidió por hacerlo.

— Veinte largos años ha que aconsejo a los reyes de Equestria. Veinte largos años ha que de Grandes de Equestria e príncipes non recibo más que desprecios. Llegado ha la mi hora. Tiempo es de que inclínense ante mí.

El agudo chirrido que hacían los dientes de Swébende Gagel al rechinar entre sí podía oírse en todo el despacho.

— ¡¿E por aquesa razón resuelves erigirte en ignominioso traidor al rey e a Equestria?! ¡¿Tan solo porque quieres sentir la corona asentada sobre las tus miserables sienes?!

— E por aqueso moristeis pequeña Grenat —murmuró Nąȋenähz, sombría, y parpadeó para evitar que una lágrima cayera al suelo desde su rostro—. Porque amiga vuestra delató vos a Ministerio.

La cabeza de Gylden Bile descendió hasta que su morro apuntó al suelo, y sus orejas cayeron hasta tocar el pelaje gris que cubría su cabeza; pero el abrecartas que mantenía apuntando a la garganta de Dawn Star no tembló ni se movió de su sitio.

— Grenat… —comenzó, y se detuvo para negar con la cabeza. Las orejas de Nąȋenähz se erizaron de golpe. ¿Era arrepentimiento lo que percibía en la trite voz del consejero?—. En todos los mis días he visto potrilla más inteligente y despierta que aquesa pequeña. Compañía fízome en grande cantidad de días malos. Enseñéle las letras e las cuatro reglas. —Una lágrima traidora surcó el aire para mojar la piedra del suelo, mudo testigo de los sentimientos del unicornio—. Considerábala la mi amiga, asimismo ella amigo a mí.

— Y sin embargo moristeisla —siseó la thestral—. Moristeis amiga vuestra.

El consejero dio un fuerte pisotón en el suelo.

— ¡Non moríla yo! ¡Fatalidad fízolo! ¡Si tan solo entrada non fuere…! ¡Si tan solo visto non hubiere...!

— ¡Morístela tú! —rugió Swébende Gagel, señalándolo con su casco—. ¡¿Fatalidad?! ¡Non es sino pésima excusa para que débiles mentales justifiquen los sus actos! ¡Tú morístela! ¡Tú segaste la su joven vida! ¡Tú, y nadie más, para ocultar la tu execrable traición!

— ¡Traición contra Equestria y contra ëtȋewigëthȅstotralikönȅginïį Lunį përstïį! ¡Y de vos! ¡Vos sabéis quién es ëtȋewigëthȅstotralikönȅginï Luna përstëi! ¡Vos sabéis qué fará ëtȋewigëthȅstotralikönȅginï Luna përstëi!

Gylden Bile boqueó un par de veces. Abrió la boca, y por un momento pareció que iba a responderle al soldado pegaso. Sin embargo, se giró hacia Nąȋenähz y murmuró:

— Decislo por la vuestra reina. Non os cuidéis della. Desposaréla e cumpliremos estoria. Grifos serán echados de Equestria. La vuestra raza será súbdita de aquesta la nuestra Corona. Todo será como ha de ser.

— ¡Todo será como ha de ser, menos el monarca! —vociferó Swébende Gagel, quitando las palabras de la boca de Nąȋenähz—. ¡Mentecato es, además de traidor, aquel que cree que borrará la su traición con los sus futuros actos!

— ¡E non podéis asegurar que todo será igual! —apostilló la thestral—. ¿Sois muerto antes de declarar guerra a grifos, entonces qué? ¿Ejércitos no están con vos? ¿Thȅstotralës non aceptan vos como rey? ¡Entonces resultado sería catástrofe para Equestria!

Gylden Bile agachó la cabeza, lastrado por el pecho de sus remordimientos.

— Buenas razones dais en verdad. Mas non he de detenerme agora. Demasiado lejos soy ya llegado.

Su magia abrió uno de los cajones de su escritorio, y rebuscó con ella un rato, hasta que de él salieron un abrecartas con mango de cuerno de minotauro y hoja de acero pulido y un pisapapeles de bronce con forma de dragón recostado sobre una peña. Ambos flotaron por el aire, irregularmente, subiendo y cayendo al compás de la respiración agitada del consejero, hasta que el puñal apuntó a la garganta de Swébende Gagel y el pisapapeles levitaba unos veinte centímetros sobre la cabeza de Nąȋenähz.

— Non os cuidéis sobre las vuestras familias —murmuró, sin atreverse a mirarles a la cara—. Diré que heroica muerte hubisteis. Buen recuerdo dejaréis en Ministerio.

Un escalofrío recorrió de golpe el cuerpo de Dawn Star, erizando su pelaje desde su cabeza hasta la punta de su cola. Iba a morir. Iba a morir a cascos de un traidor en busca de la corona.

Volvió la cabeza a Swébende Gagel, suplicándole con sus lágrimas y su rostro descompuesto que hiciera algo. Pero el guerrero pegaso no la veía. Su atención permanecía fija en el unicornio gris, hirviente de ira, deseando matarlo y bañarse en su sangre con cada célula de su ser.

— ¡¿E crees que es buena cosa aquesa?! ¡¿Crees que he de contentarme con una falsa honra en base a mentiras salidas de la miserable boca de un traidor?!

Las plumas de su ala se enroscaron alrededor de la empuñadura de su daga. Su mente ya podía ver el arma clavada en su cuello mientras se ahogaba en su propia sangre, y se estremecía de gusto solo de pensarlo. Pero jamás lo haría. Ningún pegaso que se preciara osaría jamás atacar a un enemigo a distancia.

Apartó la mirada del traidor, y la volvió hacia sus compañeros para mirarlos por última vez antes de morir.

Y sus ojos se posaron sobre la mirada llorosa y suplicante de Dawn Star. Una ola de alivio instantáneo pareció cruzar su rostro, y señaló angustiosamente a Gylden Bile con el morro.

Swébende Gagel inclinó la cabeza, escrutando con atención las señales que le mandaba la unicornio.

¿Era una orden?

Volvió a mirar a Gylden Bile, y pensó en Grenat. En las armas que amenazaban su vida. En las sienes traidoras que al día siguiente recibirían la corona de Equestria.

Era una orden.

Un destello plateado surcó el aire. Gylden Bile trastabilló, y la magia que sostenía sus armas desapareció durante una décima de segundo.

Una segunda centella gris, más lenta y voluminosa que la primera, siguió la misma trayectoria que la primera hasta impactar en el consejero. El abrecartas que amenazaba el cuello de Dawn Star cayó al suelo con un repiqueteo metálico, y la caída del pisapapeles de bronce agrietó el suelo de piedra después de que Nąȋenähz consiguiera apartarse de su trayectoria.

Los dos caballos cayeron al suelo. Gylden Bile sobre su espalda; Swébende Gagel sobre su costado izquierdo. Acostumbrado al caos y al fragor de la batalla, el pegaso se levantó primero.

Se encabritó sobre sus patas traseras, y no perdió ni un segundo en volver a lanzarse sobre el consejero.

Un terrible crujido golpeó sin piedad las orejas de la unicornio y la thestral.

— ¡Swébende! —gritó Dawn Star, desorientada en el caos.

Las orejas grises del pegaso se erizaron, y se volvió hacia su superiora sin perder tiempo. Dawn Star se cubrió la boca con los cascos, horrorizada.

El cuello y la pata delantera derecha de Swébende Gagel estaban cubiertas de sangre.

— Non os cuidéis de mí —murmuró con suficiencia, y dio un paso hacia las dos yeguas, sin preocuparse en absoluto de su rival—. Gota ninguna es mía.

Una exclamación de horror brotó de la garganta de Dawn Star.

Gylden Bile había caído de espaldas sobre la alfombra, derribado por la fuerza del soldado pegaso. A su izquierda, un ancho charco de sangre violácea manchaba la lana, alimentado por el río que manaba de un profundo tajo en su cuello. Sobre el charco, cubierta de sangre, descansaba la daga de Swébende Gagel, a apenas unos centímetros de distancia de la punta rota del cuerno de Gylden Bile, arrancada de cuajo por las patas de Swébende Gagel.

Su pecho se movía erráticamente arriba y abajo, tratando de aferrar entre sus cascos el fino hilo de vida que escapaba por su cuello. Sus patas intentaban patéticamente encontrar un punto de apoyo sobre la piedra para erguirse, pero no hacían más que vagar sobre él, desorientadas por el terrible dolor que emanaba de su garganta y su frente.

— Swébende... —acertó a murmurar Nąȋenähz, incapaz de apartar sus ojos del agonizante cuerpo de Gylden Bile.

A su derecha, Dawn Star se dio la vuelta y vomitó.

Sin decir una sola palabra, el guerrero pegaso se giró en redondo. Avanzó con paso firme, sin importarle la mucha sangre que pisaba y ensuciaba sus cascos, hasta el cuerpo del unicornio, que daba ya los últimos estertores. Allí se detuvo, recogió el resto de cuerno y se inclinó hacia delante.

Y clavó la punta que había arrancado de su cuerno en el diminuto orificio que quedaba en el centro del ensangrentado muñón.

— Finado es —anunció con evidente satisfacción tras verlo dar un último estertor y dejar al fin de moverse—. A salvo es el reino de Equestria de la su execrable traición.

A paso lento, volvió hacia sus compañeros, escrutando sus rostros buscando una pista sobre sus pensamientos. Nąȋenähz lo miraba con expresión indescifrable, a él y al cadáver, alternativamente. Por un momento le parecía ver horror y repugnancia; por otro, resignación y pesadumbre; y por otro… No lograba adivinar qué emoción ocultaban aquellos iris amarillos de alargada pupila.

Y Dawn Star… Bueno, ella ni siquiera lo miraba. Seguía demasiado ocupada en devolver su escasa cena.

— Habéislo muerto —murmuró Nąȋenähz, pero no miró al cadáver.

Swébende Gagel tomó su espada del suelo y se la ciñó al cinto antes de responder:

— Si llevado hubiere sido a presencia del rey, ejecutado al punto por alta traición hubiere sido. Non más que acelerar lo inevitable fice.

La thestral no pudo sino asentir. Sabía que Swébende Gagel no mentía.

Sin decir una palabra, el pegaso se acercó al escritorio. Observó el testamento falso, y lo recogió de su superficie de madera.

— Swééééébende —oyó que lo llamaba Dawn Star en un lastimero gemido.

Apenas le dio tiempo a volverse antes de que el cuerpo de Dawn Star impactara sobre su costado.

Sintió sus patas aferrándose a su cuello, y la calidez de sus lágrimas sobre su pelaje. El guerrero pegaso suspiró, y pasó una pata alrededor del cuello de su compañera unicornio, dejándola desahogarse.

Yeguas, gruñó para sus adentros. Tan emocionales, tan incapaces de mantener la cabeza fría…

Tres minutos después, Dawn Star al fin se soltó del cuello del pegaso. Se enjugó los ojos con un casco, y dio dos pasos hacia atrás. Swébende Gagel suspiró, y les mostró el pergamino incriminatorio.

— Yo he de asumir aqueste muerto ante el rey —declaró, con voz potente, mirando alternativamente a sus compañeras—. Sospechoso en extremo resultará si fuéremos nos tres a los sus aposentos a dar explicaciones de lo acontecido con aquesta rata traidora. Más natural resultare con un solo poni.

Ni Nąȋenähz ni Dawn Star pusieron ninguna objeción a la idea.

— Yo… yo volveré a hacer de criada —musitó la unicornio, y sorbió audiblemente. Pretendía mostrarse tranquila, pero su expresión y la fuerza con que temblaban sus piernas pregonaban a bombo y platillo que aún seguía en shock—. Fingiré que estaba limpiando algo y tengo que terminarlo. Lo que sea…

— Yo he de volver a velar sueño de ëtȋewigëthȅstotralikönȅginï Luninï përstĭn —dijo a su vez Nąȋenähz—. Non despertará fasta alba, mas cabe ella he de estar.

Por toda respuesta, Swébende Gagel asintió con firmeza. Se dio la vuelta, y, mirando con el mayor de los desprecios el cadáver del traidor, observó en silencio cómo Dawn Star se marchaba del despacho a paso acelerado y tembloroso; sin duda alguna deseosa de olvidar lo antes posible lo sucedido.

— Creía que lanzar daga era para pegasos deshonroso —le dijo Nąȋenähz.

Una chispa de sorpresa brilló por un segundo en las pupilas del pegaso, solo para desaparecer en cuanto pensó que seguramente Dawn Star se lo hubiese explicado.

— Pues obligados somos a obedecer órdenes de los nuestros mandos, sistema hemos para guardar honra de nos la soldadesca —respondió unos segundos después, los que estimó necesarios para asegurarse de que Dawn Star no le oyera—. Deshonroso es atacar a distancia como unicornios facen, mas aquesa deshonra non cae sobre nos, sino que por siempre mancha al oficial que aquesa orden osó dar.

Las cejas de Nąȋenähz se alzaron de golpe, pero no dijo nada. Cruzó una mirada cómplice con Swébende Gagel, y salió de la estancia tratando de hacer el mínimo ruido posible, en dirección a los aposentos de la infanta Luna.

El guerrero pegaso dejó escapar un largo suspiro, y le lanzó una última mirada al falso testamento de Gylden Bile. El traidor ya estaba muerto, y no les molestaría más.

Ahora solo necesitaba inventarse una historia que al rey le pareciera plausible.


Sin mirar atrás, Swébende Gagel salió del despacho de Gylden Bile y cerró la puerta tras de sí. Su espada estaba ceñida al cinto, y su daga, limpiada en el pelaje del traidor, reposaba ya en la funda bajo su ala.

Iba a tener que limpiarla a conciencia con jabón en cuanto llegara a su época.

Se tocó en el costado con el pergamino bajo su ala para constatar que seguía allí, y suspiró. Aún se sentía sucio. Haber confiado en alguien que había resultado no ser más que un sucio traidor…

Giró hacia la derecha para poner rumbo a los aposentos del monarca, y se topó de bruces con el rostro ansioso y lloroso de una unicornio. Reconoció al instante su pelaje amatista surcado por lágrimas y sus ojos púrpura enrojecidos por el llanto y la preocupación. Era Ametist. Tan pronto como la unicornio lo vio, su expresión angustiada se transmutó en otra débilmente esperanzada. Habían pasado varias horas desde que había llegado. Tal vez él la hubiera visto. Tal vez pudiera darle cuenta de su Grenat.

Pero al ver cómo se llevaba el ala derecha a la frente mientras miraba al infinito, su corazón se rompió en mil pedazos.

Sus patas fallaron de golpe, y cayó al suelo sobre su costado, con un casco sobre su corazón, atravesado en un instante por mil cuchillos invisibles. Arrancados por la negra desesperación que se había adueñado de su pecho, informes y horrísonos gemidos salieron de su boca, y de sus ojos brotaron dos torrentes de amargas y cáusticas lágrimas.

— ¡Grenat! ¡Grenat!

Eran las únicas palabras que Swébende Gagel lograba distinguir en el torrente de desesperados gritos y sollozos en que se había convertido la desgraciada sirvienta. Bajó la mirada, compadecido, y se arrodilló junto a la yegua antes de cubrir su espalda con su ala.

Ya no podía hacer nada por la heroica potrilla que había dado su vida por Equestria, pero al menos trataría de consolar a su pobre madre.


— ¡¿Quién va?!

Swébende Gagel se cuadró ante los dos unicornios vestidos con brillante armadura dorada que custodiaban la puerta de los aposentos de su majestad Bullion I antes de declarar con voz potente:

— Swébende Gagel es el mi nombre. Aceptado hoy fui en el cuerpo de guardias de Su Majestad. He para él graves nuevas que ha de oír sines demora.

Los dos guardias intercambiaron una mirada entre sí. No lo conocían de nada, pero si había llegado hoy y vestía su armadura, no era imposible.

— Su Majestad duerme agora —respondió el de la derecha, alto y corpulento, mirándolo con intensidad desde sus ojos azul marino—. Non ha de ser fasta la mañana molestado.

— Graves noticias he que Su Majestad ha de oír —respondió a su vez Swébende Gagel, sin mostrarse intimidado en absoluto, y les mostró el pergamino—. Su estimado consejero Gylden Bile halo traicionado. Quiso reclamar para él la corona de aqueste reino.

Los dos guardias intercambiaron una mirada de alarma, y enseguida la posaron sobre el falso testamento.

— ¡Trae acá! —le ordenó el otro guardia, casi abalanzándose sobre Swébende Gagel, y le arrebató el pergamino con su magia roja rubí.

Los dos unicornios leyeron las letras con avidez, y cuando al fin llegaron a la línea incriminatoria sus rostros lucían tan espantados como si hubiera visto aproximarse a un enorme ejército grifo. El guardia zafiro mantenía la mirada perdida, estupefacto; mientras que el rojo le devolvió el pergamino al guerrero pegaso.

— Razón habíais. Gravísima nueva traíais a Su Majestad. Al punto seréis anunciado.

Se dio la vuelta en redondo, y dio cuatro golpes en la puerta de madera, con tanta fuerza que sonaron como cuatro cañonazos.

Dejó pasar dos segundos de silencio, y repitió los cuatro golpes.

Las orejas de Swébende Gagel se erizaron al oír el débil ruido de un ataque de tos, los mismos que había escuchado pocas horas antes en aquellos aposentos. Jamás llegó a oír los angustiosos jadeos del pecho del rey en busca e un poco de aire; la gruesa puerta de madera los absorbía eficazmente.

Pero el guardia ni siquiera llegó a oír la tos, de modo que golpeó otras cuatro veces la puerta.

— ¡Su Majestad! —gritó al fin—. ¡Terribles nuevas…!

Antes de que hubiera podido terminar la frase, el picaporte giró y las hojas de la puerta giró sobre sus goznes. Menos de un grado antes de detenerse, pero suficiente como para que los unicornios interpretaran que el rey había concedido la gracia de su presencia al pegaso.

Con un empujón en cada hoja, la puerta se abrió de par en par, dejando ante la vista de los tres caballos al rey Bullion I, doblado en su lecho por un terrible acceso de tos.

— Su Majestad —comenzó Swébende Gagel, inclinándose respetuosamente ante el rey.

Seguía rechinando los dientes de rabia cada vez que lo hacía. Que fuera una orden superior mortificaba, y a la vez aliviaba, su mente.

El rey le hizo un gesto cansado para que se acercara, y volvió a toser; un larguísimo ataque que se prolongó durante más de medio minuto. Por un momento Swébende Gagel temió que muriera allí mismo, sin enterarse de la traición; y no pudo evitar un suspiro de alivio al escuchar el preocupante silbido que sonaba cada vez que el rey trataba de inspirar.

— Gravísimas nuevas he para vos, Su Majestad —dijo en cuanto el rey pareció recuperarse—. Traicionado habéis sido por el vuestro consejero Gylden Bile.

Con una agilidad y un salto más propios de un potro que de un anciano cerca de cumplir los sesenta años y mortalmente enfermo de neumonía, el rey saltó de la cama. Su heroico acto tuvo como recompensa un nuevo ataque de tos, tan fuerte que cayó al suelo sobre su costado.

— ¡Su Majestad! —exclamó el pegaso, abalanzándose sobre el monarca caído, rodeando ampliamente la mucosidad que había acabado en el suelo—. ¡Su Majestad, ¿estáis bien?!

El anciano unicornio levantó a paso de caracol, tan rápido como podía, la cabeza, hasta que pudo mirar a los ojos al soldado. Los escrutó con temor y pesar, y cuando concluyó que nada más que la verdad brillaba en ellos se dejó caer nuevamente, luchando por respirar.

Swébende Gagel contempló con preocupación al viejo monarca, sentenciado a muerte desde hacia días y al que solo le quedaba aguardar lo inevitable. ¿Cuánto tiempo más podría aguantar su debilitado cuerpo la enfermedad que le carcomía los pulmones? ¿Seis horas? ¿Doce tal vez?

¿Serían esas pocas horas suficientes para cumplir su misión?

— Non sabía dó e cuándo mañana he de prestar guardia —comenzó a relatar Swébende Gagel; había necesitado más de un cuarto de hora para hilar un relato coherente de cómo había descubierto la traición y qué hacía en el despacho del consejero—. Por aquesa razón llegado fui a los aposentos de Gylden Bile, preguntarle deseaba si él por ventura supiera.

Extendió su ala derecha, y dejó que la gravedad desenrollara el falso testamento hasta colocarlo delante de los ojos del rey Bullion.

— En aqueste documento trabajaba Gylden Bile cuando fui llegado. Muy nervioso se mostraba, e trataba de ocultarlo. Vilo al final, y comprendilo todo.

Pero el rey no había escuchado ni una sola palabra de su última frase. Sus ojos habían recorrido toda la longitud del pergamino mientras Swébende Gagel trataba de explicarse, y mantenía la mirada fija en la línea incriminatoria, la línea en que se estipulaba que la corona debía pasar a los cascos de Gylden Bile tras la muerte del monarca.

Dejó caer su cabeza hacia atrás al tiempo que sus pulmones expulsaban un largo suspiro, y una sola palabra escapó de sus cansados labios:

— Traédmelo.

Swébende Gagel negó lentamente con la cabeza.

— Muerto es ya, Su Majestad —respondió a la interrogación silenciosa que brillaba en los ojos del rey—. Morirme quiso para ocultar las sus nefastas intenciones, como ya fecho había con una potrilla la su amiga, Grenat, que habíalo descubierto. Reñimos. Versado soy en el oficio de las armas; non ansí el vuestro consejero.

Bullion I de Equestria volvió la vista al techo, e inmediatamente fue asaltado por la tos; un acceso terriblemente largo que le hacía contorsionarse en busca de aire. En los últimos segundos, fue capaz de cubrirse un casco con la boca, y cuando al fin pudo respirar miró al sanguinolento esputo que cubría su casco con asqueada resignación.

— Honores habréis por el vuestro servicio a Equestria —susurró; sus cansadas cuerdas vocales no eran capaces de dar más volumen a su voz—. Honores habrá aquesa heroica potra. E agora, dejadnos a solas.

Cuadrándose por última vez, Swébende Gagel obedeció la orden y salió de los aposentos reales. Los dos guardias le interrogaron con la mirada al verlo franquear las puertas, pero él los ignoró y continuó su camino hacia los cuarteles de la guardia; donde podría al fin dormir. Mientras caminaba por los corredores del castillo, la misma pregunta daba vueltas en su cabeza una y otra vez.

¿Cómo?


Parsimoniosamente, intentando hacer el menor ruido posible, Nąȋenähz se levantó del suelo y estiró las patas traseras. Sus ojos, perfectamente adaptados a la oscuridad, vigilaban sin cesar el rostro dormido y tranquilo de la infanta Luna, así como el rítmico subir y bajar de su pecho al compás de las inspiraciones y espiraciones de la princesa.

No tenía la menor idea de la hora que era, pues no había relojes en el aposento de la infanta (y Nąȋenähz dudaba mucho que ya estuvieran inventados en aquel siglo); pero la luz de la Luna llena se filtraba por la ventana, iluminando la estancia con su pálida luz plateada. Nąȋenähz sabía que la ventana daba al oeste, de modo que apenas si podían quedar un par de horas para el alba.

Un par de horas de solitaria vigilancia antes de servirla durante el día.

Había tratado de aprovechar aquellas horas para pensar algún plan de acción, pero no había logrado que se le ocurriera ninguno. Suponía que llegado el momento podrían obligar al monarca a escribir su nombre en el pergamino; o incluso falsificar ellos mismos el testamento como última opción.

La silueta de Gylden Bile, su postura abatida mientras les explicaba su maquiavélico plan, volvió a su mente; y sacudió violentamente la cabeza para forzarse a expulsarla. Puede que fuera hacer lo mismo que él, pero a la vez tampoco lo era. No estarían manipulando el testamento en su favor personal. Y tampoco habían asesinado a nadie para ocultar sus oscuros tejemanejes.

Ellos lo hacían por la historia. Por la libertad de Equestria. Gylden Bile, tan solo por poder y ganancia personal.

Un sonido informe, parecido al que hacía Dawn Star cuando estaba a punto de despertarse, brotó de la garganta de Luna, y las orejas de Nąȋenähz se erizaron. No podía ser. Dawn Star le había asegurado que la infanta estaría fuera de combate hasta el amanecer.

Pero era evidente que Dawn Star había metido la pata en algún momento, porque la infanta no solo volvió a emitir el mismo sonido, sino que incluso se giró hacia su derecha y, ante la mirada estupefacta de Nąȋenähz, abrió lentamente los ojos.

Un prolongado bostezo brotó desde lo más hondo de sus pulmones, y volvió a subir sus párpados. Lentamente, las sombras informes de la noche comenzaron a metamorfosearse en siluetas conocidas para la princesa.

— ¿Nayenaets? —murmuró, todavía soñolienta, al reconocer a la yegua de pie a la derecha de su cama—. ¿Qué hora es?

— Non sé —replicó ella—. Mas cerca han de estar luces de alba, pues Luna llena pronto ha de ocultarse.

Luna se descubrió con un fuerte tirón a las sábanas, y se levantó de la cama. Miró a Nąȋenähz, que seguía de pie frente a su cama, y la admiración subió a su rostro.

— ¿Has guardado el mi sueño durante la noche?

La thestral asintió. La infanta inclinó la cabeza y sonrió con dulzura.

— Mucho os lo agradecemos. Tranquilo, mas non reposado, sueño hube.

Volvió la vista hacia la ventana, y llegó hasta ella en tres pasos. Sacó la cabeza por la abertura rectangular, y suspiró.

— Mirad. La Luna llena roza al errante rojo. Aquesto en los postreros días del reinado del mi tío… Gran señal ser pudiere.

Nąȋenähz ladeó ligeramente la cabeza hacia la derecha. El futuro en los astros… No terminaba de estar de acuerdo con ello. Desde luego, las ancianas de su kölonȋa habían fallado estrepitosamente al vaticinar mediante los astros que el jefe y su esposa esperaban una potrilla. ¿Aunque tal vez porque no la dominaban bien? ¿Tal vez los unicornios hubieran logrado hacer fiables aquellas predicciones?

¿Tal vez?

Mientras rumiaba sus dudas para sus adentros, llegó a la ventana y miró por ella al cielo. La infanta tenía razón: el borde de la Luna llena rozaba al brillante y rojizo Hayres, en el centro de la constelación del śaȉn. Un esbozo de sonrisa asomó en el rostro de Nąȋenähz al recordar el momento en que descubrió que no era una estrella como siempre había creído.

Después de que Dawn Star la llevara a aquella noche de observación pública en el observatorio de Canterlot, había empezado a ahorrar para comprar su propio telescopio. Tenía tantas ganas de descubrir el cielo y…

Un corto chillido escapó de sus pulmones. ¡Hayres había desaparecido! ¡La Luna se lo había tragado!

— ¿Habéis… habéis visto lo mismo que yo?

Luna boqueó un par de veces con los ojos fijos en el cielo, y asintió tras tragar saliva audiblemente.

— Helo visto. Tragóse la Luna a Hayres. —Inclinó la cabeza, y sus orejas descendieron hasta tocar su oscuro pelaje azul noche—. Señal de los cielos es. Paz habremos en aqueste nuevo reinado, pues Hayres non da a Equestria la su luz. Non serán los grifos echados de Equestria.

La thestral no lo dijo, pero internamente no tuvo más remedio que darle la razón. Luna tendría un reinado marcado por la paz, que aprovecharía para impulsar la agricultura y el comercio y crear un ejército competente que pudiera oponerse a los grifos. Solo en sus dos últimas semanas vería la guerra.

Una guerra que acabaría expulsando a los grifos de Equestria.

— ¿Queréis que traiga vos algo? ¿Desayuno tal vez?

La respuesta fue una seca negación con la cabeza.

— Non. Quedad cabe mí e contemplemos juntas las estrellas.


Muy lentamente, emitiendo un larguísimo y quejumbroso gemido desde sus goznes, la puerta del dormitorio de Fiery Spinel se abrió al fin. Dos pares de orejas se rizaron y orientaron hacia el origen del penetrante chirrido, y cuatro ojos miraron en la misma dirección, aguardando con expectación el instante en que al fin apareciera la potrilla.

En primer lugar, salió su madre. Mantenía la cabeza gacha y las orejas pegadas a su cabeza, pero por un momento a Time Keeper le pareció ver en sus rasgos un pequeño destello de confianza. El ministro inclinó la cabeza, intrigado. Curiosa muestra de sentimientos.

Un segundo después, hizo su aparición Fiery Spinel.

A diferencia de su madre, no miraba al suelo, sino que le mantenía la mirada a los dos agentes de la Corona, fiera y furiosa. Comet Nova apartó los ojos de la potrilla para observar a su madre; Time Keeper no separó sus ojos negros de aquellos dos diminutos tizones encendidos.

Había llorado. Podía ver dos rastros de pelaje humedecido y apelmazado, uno por debajo de cada ojo.

— Tú ganas —escupió con rabia en cuanto pudo mirarlo de frente—. Iré a esa escuela de pijos de Zorrestia. Por mi madre.

Time Keeper se limitó a asentir calmadamente, ignorando por completo la furia de Fiery Spinel.

— Magnífico. Pasaremos el asunto a cascos de Su Alteza Real Celestia I. En pocos días recibirás una carta certificada del Palacio con instrucciones sobre la matrícula. Creo que no hace falta decir lo que ocurrirá si no las cumples.

Después de aguantar tantos gritos y tanta insolencia por parte de Fiery Spinel, no pudo evitar un atisbo de sonrisa ante el rictus de profunda humillación que apareció en el rostro de la potrilla.

— No, por supuesto que no —se apresuró a responder su madre—. Las cumpliremos al pie de la letra, se lo aseguro.

— Por su bien, eso espero. —Se sacó las gafas con su magia y las colocó con suavidad sobre la mesa—. No se preocupe. Su pequeña hechicera disfrutará de la mejor educación mágica de Equestria. De hecho, solemos seleccionar alumnos de la Academia para Unicornios Dotados para trabajar en nuestras actividades.

La yegua no supo si darle las gracias al ministro o no. Por si acaso, prefirió prudentemente guardar silencio.

— Creo que este es el mejor resultado posible —intervino de repente Comet Nova, mirando a Fiery Spinel—. Desde la situación de la que...

— ¡Tú te callas, puta de la Corona! —la cortó Fiery Spinel con el grito más fuerte que pudo sacar de sus jóvenes pulmones. Comet Nova se encogió de hombros, mientras que su madre la miró, asustada y alarmada por su exabrupto—. ¡Largaros de una vez a vuestro ministerio a comeros el culo el uno al otro! ¡No quiero volver a veros!

— Créeme que no hay nada que disfrutaría más que perderte de vista por una buena temporada —respondió el ministro del tiempo, completamente en calma, y se volvió a poner las gafas—. Pero aún nos queda un pequeño asunto que tratar. Tu hechizo ha sido comprado por la Corona de Equestria.

— ¡Mi hechizo lo dejáis donde estaba, chorizos de mierda!

— Ha sido tasado en cien mil bits —continuó Time Keeper, pasando por alto el nuevo insulto de Fiery Spinel, mirando a su madre—. Los recibirán tan pronto como se apruebe la transferencia. A cambio, no les estará permitido usar el hechizo ni hablar a nadie de él.

La yegua no supo cómo responder. Cien mil bits. Jamás hubiera soñado con tener tantísimo dinero. Bien administrados y apoyados con un salario mensual, serían más que suficientes para que ella y Fiery Spinel pudieran vivir el resto de su vida sin pasar estrecheces.

— ¡El dinero lo untáis en mantequilla y os lo metéis por el culo! ¡Devolvedme mi hechizo!

— ¿No era eso lo que querías? —preguntó Comet Nova, clavando sus ojos en los de la potrilla—. ¿No viajaste al pasado para conseguir dinero para, literalmente, "sacar a tu madre de la mierda esa que hace"? Lo has conseguido, aunque no del modo que esperabas. Enhorabuena. Has ayudado mucho a tu madre.

No había la menor pizca de condescendencia ni intención de burla en sus palabras. Al contrario, Fiery Spinel podía captar incluso ligeras notas de admiración en sus palabras. Pero ¿a quién le importaba lo que pensara aquella perra del trono?

— ¡Sí, pero me habéis robado el hechizo! ¡Es mío! ¡Mío!

— Si yo fuera tú, todavía daría las gracias —replicó Time Keeper. Había juntado las puntas de sus cascos, y la miraba como un padre a su hijo en plena rabieta—. Podrían haber decidido simplemente expropiártelo. Entonces no habrías visto ni un céntimo, y todo el lío que armaste para ayudar a tu madre hubiera sido para nada.

Fiery Spinel quiso responder, pero después de varios segundos e intentos solo logró emitir un prolongado gruñido informe y malhumorado.

— Fiery, hija mía, yo... —trató de encontrar las palabras menos ofensivas que pudiera, pero lo dejó tras darse cuenta de que iba a ofenderla de todas formas—... Creo que deberíamos aceptar el dinero. Ellos también lo ha dicho, y sabes que nos hace falta. Para que no hayas corrido tanto peligro en vano.

Al instante, Fiery Spinel volvió la cabeza hacia su madre. Ella apartó la vista.

No podía aguantar aquellos ojos humedecidos y aquella boca abierta, incapaz de aceptar tamaña traición y humillación que su propia madre le infligía.

Las lágrimas asomaron también a los ojos de la yegua, y una pesada y dolorosa bola apareció en su garganta.

— Hija, yo... No lo hago para castigarte. Lo hago por nosotras. Yo...

Alargó temblorosamente sus cascos hacia la potrilla, pero ella los apartó con un brusco movimiento de pezuñas.

Sin mirar a nadie, ni siquiera a su madre, Fiery Spinel se bajó de la silla. No se giró hacia los presentes.

— Fiery, cariño...

Se detuvo de golpe al escuchar rechinar los dientes de la potrilla, que levantó su roja cabeza lentamente para evitar que las lágrimas que comenzaban a manar de sus ojos y nadie podía ver cayeran al suelo.

Pateó el suelo con fuerza para librarse de aquella opresiva sensación de humillación, y a pesar de que lo logró durante una milésima de segundo, enseguida volvió a asaltarla con más fuerza.

La habían pillado agentes de Zorrestia. Habían querido meterla en la cárcel de Zorrestia. La habían sacado de su instituto para mandarla a la academia de Zorrestia. En vez de llevar a casa e dinero que había traído, tenía que aceptar el dinero de Zorrestia.

Y para coronar aquella asquerosa situación, su madre, su propia madre, se había puesto de parte de Zorrestia.

Apretó los dientes, sorbió con fuerza, y levantó la cabeza, tratando de mostrarse digna a pesar de que entre los tres la hubieran despojado de dignidad y pisoteado hasta que no quedara ni tan siquiera el más mínimo jirón.

— ¡Iros al Tártaro! ¡Que os den! ¡A vosotros, a vuestra mierda de ministerio y a la guarra de Zorrestia!

El portazo que dio al cerrar la puerta de su habitación hizo vibrar los cimientos del bloque de pisos.


Apenas habrían pasado un par de horas desde el amanecer cuando tres golpes secos sonaron en la puerta de los aposentos de la infanta. Nąȋenähz, que acababa de terminar una gruesa rebanada de pan de pueblo con las deliciosas aceitunas de la aldea de Luna, giró la cabeza en su dirección; mientras que la futura reina ignoró la llamada y siguió con la mirada perdida en el paisaje exterior al palacio.

— ¡Su Alteza! —gritó una potente voz masculina antes de repetir los tres golpes—. ¡La vuestra presencia es reclamada urgentemente en los reales aposentos!

Las orejas de Nąȋenähz se erizaron de golpe. Era la voz de Swébende Gagel.

Tres pasos sonaron por la estancia, los mismos que necesitó la infanta para cruzarla. Abrió la puerta a tal velocidad que Nąȋenähz sintió un golpe de viento en su cara, y sin fijarse siquiera en la identidad del mensajero le preguntó a bocajarro:

— ¿Reclámame el rey? ¿Cómo fállase?

Swébende Gagel bajó la mirada y negó lentamente con la cabeza, tratando de mostrarse como un soldado abatido por el destino de su rey.

— Mal. Contáronme los sus guardias que durante la noche guardáronle que pasóla tosiendo e luchando por respirar. Que sanguinolentos son los sus esputos cuando tose. Afirma el su galeno que empeorado ha, e que nada hay ya que por Su Majestad facer pueda.

Inmediatamente, Luna alzó el hocico. Su ojo derecho parpadeaba nerviosamente, tratando de evitar que las lágrimas comenzaran a fluir. Nąȋenähz se acercó a ella, y pasó su pata alrededor de su cuello, mostrándole su apoyo.

— Mandóme traervos a la su presencia. Desea de vos despedirse.

Con los ojos humedecidos, Luna asintió.


— ¿Su Majestad?

Las puertas de los aposentos reales se cerraron tras de sí con tal suavidad que no emitieron ni el más mínimo ruido. Los enrojecidos ojos platino de Luna se posaron, ansiosos, sobre el lecho en el que descansaba su tío. Sus orejas se erizaron, horrorizadas, al oírlo sufrir bajo otro terrible e interminable ataque de tos.

— ¡Su Majestad!

Apartó las mantas del rey con un solo movimiento, y su corazón se encogió al ver a su querido tío doblado sobre sí mismo, luchando con todas sus fuerzas por introducir en sus pulmones un poco de aire.

— Non… non me toquéis… —logró jadear a duras penas, y Luna retrocedió—. Non os… Contagiéis…

Un sollozo sacudió el pecho de la infanta. Su tío se moría. Su benefactor. Su protector. Y ella no podía hacer nada por impedirlo.

— Su Majestad —sollozó, sin molestarse en ocultar sus lágrimas—. Su Majestad…

Los labios del anciano unicornio lograron esbozar una débil y esforzada sonrisa.

— Todo ha de acabar, sobrina mía. Aqueste reino un día acabará. Hoy es la mi vida.

Luna no respondió. Se sentó en el suelo y trató de coger aire, que empezaba a faltarle.

— El mi sucesor habrá de culminar la mi obra.

Una sonrisa piadosa amagó con aparecer en el rostro de la infanta, mas se borró al instante.

— Non… Non ha de ser. Ocultó aquesta noche la Luna al escarlata errante. Paz habremos. Non serán los grifos echados.

EL rey quiso negar con la cabeza, pero la tos lo cortó antes de que pudiera empezar.

— Non es… futuro… en los astros… —logró jadear al fin, entre horrorosos silbidos y borbotones—. Nos… facemos futuro…

Luna asintió con movimientos cortos y rápidos. Sorbió con fuerza, y de repente, incapaz de seguir manteniéndolo, el muro cayó.

— ¡Tío! ¿Por qué? ¿Por qué?!

Un largo suspiro, acompañado de un agudo silbido y seguido por tos, escapó de los labios del rey. Fue a responder, pero Luna no se lo permitió.

— ¡Protegedme! ¡Protegedme, tío mío! ¡Ruégolo ante la vuestra grande bondad!

El anciano y cansado corazón del rey no pudo sino compadecerse de la pobre infanta. Sí, su hermano, el padre de Luna, la aborrecía hasta el punto de ni siquiera dirigirle la palabra. Y no podía negar su culpabilidad en el asunto, pues había sido él mismo quien lo había humillado obligándole a reconocerla como hija suya el mismo día que Luna, con apenas once años, se había presentado en la corte, aterrada y temblorosa, suplicando por un puesto de sirvienta del castillo.

Sabía que su hermano no sería capaz de eliminarla. Sí que anularía sin pestañear sus privilegios y su estatus de infanta, a lo que Luna no se opondría, pero acabar con ella no. Sería demasiado hasta para él.

Y sin embargo, al ver a aquella yegua llorando su muerte junto a su lecho, implorando su protección, sentía que debía protegerla. No sería justo dejar a su sobrina a merced de su padre. Ella no era culpable de su nacimiento. No tenía la culpa de ser la potra bastarda de alguien que detestaba su sola presencia.

Tomó aire para consolarla, y de nuevo la tos se lo impidió.

— Non os… cuidéis… —jadeó penosamente, tratando de consolar el afligido rostro de su sobrina—. Non ha da tocarvos… nin el más fino… pelo del vuestro cuerpo…

Luna trató de sonreír y mostrarse agradecida, pero no pudo sino enterrar la cabeza entre las mantas, sobre las patas de su tío, y llorar.


La magia azul zafiro de Dawn Star remojó el trapo en el cubo, y la frotó sobre la mesa del comedor. Soltó un bufido exasperado. Otra vez a la otra punta del palacio.

El rey se estaba muriendo en aquel mismo instante, y no podía hacer nada por influir en favor de Luna.

No se había sentido tan impotente desde…

Bueno, desde que Antracite Coal había estado a punto de asesinarla en su vieja chabola.

Sacudió la cabeza para librarse del escalofrío que acababa de sacudir su cuerpo, y volvió a frotar la superficie de roble barnizada con fuerza, apoyándose en su frustración para terminar antes.

Por un instante, su mirada cayó sobre la criada que limpiaba el suelo del comedor, una escuálida y arrugada poni de tierra de avanzada edad, y no pudo evitar una punzada de envidia.

Ella no tenía que preocuparse de poner a una reina en el trono de Equestria.

Bufó de nuevo, y frotó la espontela por las patas de la mesa.

Tan enfrascada estaba en su labor que no oyó las pisadas del guardia que acababa de entrar en el comedor, ni tampoco se percató de su presencia hasta que pronunció su nombre:

— Dawn Star.

Sus orejas se erizaron, y en menos de un segundo se había levantado y se había dado la vuelta.

— ¿Sw…?

— Reclamada eres en los aposentos de Su Majestad —la cortó él. Recitaba su orden como un autómata, y en sus ojos reconoció un cierto brillo de superioridad—. En ellos sabrás por qué fuiste llamada.

Sin permitirle decir ni una palabra una vez más, Swébende Gagel se giró y emprendió el camino de vuelta a los aposentos reales. La unicornio parda contempló en silencio su marcha, ligeramente molesta por cómo la había tratado su compañero.

Inspiró hondo para calmarse, y miró por el rabillo del ojo a su compañera de trabajo. Claro. Ella. Si Swébende Gagel le hablaba con autoridad y altivez, la criada jamás pensaría que pudieran estar compinchados.

— ¿Reclámate el rey? —preguntó ella, acercándose a ella con los ojos muy abiertos. Su voz sonaba áspera y cansada, sin duda por los muchos años que había pasado al servicio de los reyes de Equestria—. ¿Qué fecho has para que hayas de comparecer ante Su Majestad en la tu segunda jornada aquí?

Dawn Star tragó saliva antes de encogerse de hombros.

— ¿Cómo voy a saberlo? —murmuró con apenas un hilo de voz.

Tenía que admitir que la pregunta era intrigante. ¿Por qué el rey quería hablar con ella y precisamente con ella, la sirvienta que acababa de llegar y de la que había tenido que oír una pésima historia sobre su vida ficticia en el reino de Hexia?

Un nuevo escalofrío recorrió su cuerpo. ¿Habría decidido encarcelarla?

Tragó saliva otra vez, y miró a la puerta, boqueando. No pasaba nada. No había problema. Podía escapar a su época al menor signo de peligro.

— Habed suerte —escuchó decir a su compañera, y le devolvió una débil sonrisa.

Sin mirar atrás, salió del comedor. Mientras recorría el pasillo, no podía evitar seguir dándole vueltas al asunto, y más se convencía de que el rey había decidido quitarla de en medio. Cerró los ojos, y comenzó a repasar mentalmente el hechizo de Star Swirl, preparándose para lanzarlo y huir a su época si era necesario.

Al fin, llegó a las puertas de los aposentos reales. A su derecha, un fornido y robusto guardia unicornio, cubierto con armadura dorada y armado con una lanza, cuyos ojos esmeralda escrutaban sus alrededores con desconfianza. A su izquierda, Swébende Gagel, con su armadura del ejército de Cloudsdale, que la miraba con…

Sus mejores deseos, concluyó tras algunos segundos de deliberación interna. Probablemente, lo más parecido a camaradería que conseguiría jamás del pegaso.

Abrió la boca para identificarse ante el guardia de color lima, que la interrogaba con la mirada, pero su compañero se le adelantó:

— Aquesta es Dawn Star, la sirvienta que a presencia de Su Majestad fue reclamada.

El guardia unicornio la miró con suspicacia, pero no dijo nada; y finalmente se cuadró. Su magia esmeralda asió los picaportes del salón del trono, y las puertas se abrieron.

Dawn Star se quedó quieta, esperando una orden, un signo, del anciano monarca, para que se acercara. Pero hasta que la tos no le libró de sus despiadadas garras no pudo hacerle un gesto para que se acercara.

Con la cabeza respetuosamente inclinada, Dawn Star entró en los aposentos reales, y avanzó hasta que sus ojos vieron el extremo de las gruesas mantas de lana que cubrían al rey Bullion I.

— Le… levanta —le escuchó decir, agotado y jadeante.

La unicornio parda obedeció al instante, y se encontró con un pergamino enrollado y sujeto con una cinta púrpura a apenas el grosor de su oreja de distancia de su hocico.

El corazón le dio un vuelco al reconocerlo.

Era el testamento del rey Bullion.

El objetivo de su misión estaba al fin al alcance de su casco. No tenía más que dejar inconsciente al rey, abrirlo y comprobar si el nombre de Luna estaba escrito en él. Inconscientemente, su cuerno comenzó a cargar el hechizo que haría perder el sentido al unicornio.

— Non sé… Non sé quién eres… —comenzó el rey, y Dawn Star disipó instintivamente la magia acumulada—. Non sé… Por qué eres venida… Mas deseo… —El casco que sostenía su testamento cayó, más que ser bajado, ofreciéndole el precioso documento en bandeja—… que sélleslo.

Sin decir una palabra, Dawn Star asintió. Un hechizo de sellado era rápido, sencillo y proporcionaba una buena protección contra intrusos que quisieran violar el contenido. Cerró los ojos para concentrarse, invocó el hechizo y buscó con su magia el lazo púrpura que envolvía el pergamino.

Y se le cayó el corazón a los cascos.

En la cinta de seda púrpira había colocados no uno, sino cuatro sellos mágicos distintos.

Apretó los dientes con rabia, e inspiró hondo para contener las lágrimas.

Jamás podría cambiar el contenido.

El anciano rey le había ganado la partida.

Levantó la cabeza, y, con la expresión más humilde y servicial que pudo poner, colocó en su lugar el hechizo que le había ordenado el rey.

— Gracias —musitó el rey, y movió afanosamente su pata hasta colocar su testamento sobre su pecho.

Dawn Star se inclinó hasta que su frente tocó el suelo, intentando parecer humilde, pero en realidad pretendía esconder su rabia y su desazón. Había estado tan cerca… Lo había tenido al alcance de su casco…

Pero el rey se le había adelantado, una y otra vez, impidiendo que ejercieran influencia sobre él, bloqueando sus intentos de colocar a Luna en el trono, y como colofón final, haciéndola sellar un testamento al que jamás podría acceder aunque lograra hacerse con él.

Enhorabuena, Su Majestad, pensó con amargura. Sois el caballo más diabólico de este reino.

Fue a preguntarle si podía abandonar sus aposentos, pero el rey Bullion se le adelantó:

— Reti… retiraos… —susurró con voz queda y rasgada por la neumonía.

La unicornio hizo una reverencia, y salió de los aposentos a paso lento, sin darle jamás la espalda al rey. Sin embargo, en cuanto estuvo fuera y las puertas se cerraron tras ella, aceleró el paso, marchándose a los dormitorios de la servidumbre y dejando rápidamente atrás a un estupefacto Swébende Gagel.

— ¿Qué acontecióle? —le preguntó el guardia unicornio.

Swébende Gagel no respondió hasta que Dawn Star hubo desaparecido de su vista por un recodo del pasillo. Apretó los dientes, y negó con la cabeza en un intento de librarse de la aciaga sensación que comenzaba a escalar por su espalda.

— Algo díjole que non fue del su agrado.


Nąȋenähz bajó la cabeza, apesadumbrada. Sus sensibles orejas se orientaron hacia su derecha, donde su reina lloraba desconsoladamente, sin ni siquiera molestarse en disimular su dolor. Extendió su ala derecha, y la pasó lentamente sobre la espalda de la infanta, tratando de transmitirle todo su aprecio y compañía.

Al momento, un pensamiento atravesó su cerebro. ¿El encantamiento que la hacía aparecer ante todos como una pegaso funcionaba también con el tacto? ¿Su señora sentía recorrer su espalda las blandas y plumosas alas de una pegaso, o las delgadas y huesudas alas de una thȅstotral?

Pero si era lo segundo, a juzgar por el conato de sonrisa agradecida que su gesto logró arrancar de sus labios, era evidente que el dolor estaba bloqueando todas sus sensaciones físicas.

— Non… non por mí ploréis… —logró a duras penas jadear el rey. De su cuerpo, tan solo se veía su cabeza asomar bajo las sábanas, mirando a la multitud congregada alrededor de su lecho de muerte con ojos enrojecidos y vidriosos—. Equestria vive aún. Facedlo por Equestria.

Luna trató de levantar un tembloroso casco para enjugarse las lágrimas, pero antes de lograrlo soltó un gemido desgarrado y lo devolvió al suelo. A su lado, el príncipe contemplaba con lágrimas en los ojos a su hermano moribundo.

— Non os cuidéis —musitó, emocionado, y tragó saliva—. Continuada será la vuestra obra. —Trató de mostrarse seguro, pero su expresión de confianza se destruyó al instante—. Lo juro. ¡Lo juro!

El anciano rey sonrió, e inclinó la cabeza hasta que tocó su pecho. Cerró los ojos, y un violento ataque de tos sacudió su menudo cuerpo.

— ¡Tío! —gimió Luna, y se lanzó sobre el monarca.

— ¡Su Alteza! —exclamó Nąȋenähz a su vez, y asió a su reina de la pata trasera.

Su repentino movimiento fue lo suficientemente inesperado como para frenar en seco a la infanta. Se giró en redondo, y Nąȋenähz, con la experiencia de muchos años como cazadora, aprovechó para saltarle encima y tratar de inmovilizarla.

— ¡Su Alteza! ¡Non contagiéis vos! —Luna se revolvió, espoleada por aquel último abrazo que quería dar a su tío y que la thestral le negaba; pero a pesar de la fuerza innata de su reina y dela violencia de sus movimientos, Nąȋenähz, acostumbrada a cazar corzos en los bosques que rodeaban su kölonȋa, logró resistir encima de la yegua—. ¡Tío vuestro non querría tal!

Como un autómata cuando se le acaba la cuerda, la sola mención a los deseos de su tío acabaron de golpe con las sacudidas de la infanta. Sus rodillas se doblaron, y, con Nąȋenähz aún colgando de su espalda, cayó al suelo, llorando amargamente sobre la rica alfombra que cubría el suelo de los aposentos reales.

— Sed tranquila —habló al fin el viceemperador. Hasta aquel momento se había limitado a contemplar la escena que se desarrollaba ante sus ojos, pero una vez que había decidido intervenir lo hacía con una amplia sonrisa de confianza en su pico anaranjado, alzando la voz para elevarse sobre la funesta tos del rey—. Dudas non he de que sueño real cumplirse ha. Sé que eligió a mejor sucesor para ello.

Si su cabeza no rodó por el suelo en aquel mismo instante, fue únicamente porque la mirada asesina, cargada de ardiente furia y desprecio, que le lanzó la infanta Luna no era más que una mirada. Acompañada por un áspero gruñido de advertencia de Nąȋenähz, la mayoría de las criaturas habrían comprendido que no era el mejor momento para aquel comentario. Pero no el viceemperador, que se limitó a observarla con desprecio, como si Luna y su criada thestral no fueran más que repugnantes lombrices.

Su padre, por su parte, ni siquiera reaccionó. Se limitó a ignorar las palabras del grifo, con la vista fija en el cuerpo agonizante de su hermano.

El anciano monarca abrió la boca, luchando por pronunciar una última frase, pero la tos, la terrible tos, lo cortó de golpe. Se cubrió la boca con los cascos, y al separarlos descubrió, horrorizado, que estaban cubiertos de sangre purulenta.

Trató de inspirar, pero el aire que inhalaba no era capaz de llegar a sus pulmones.

La más negra angustia por descubrir que había llegado su final y la más profunda resignación por saber que no podría hacer nada por evitarlo ocuparon sucesivamente su corazón. Todo había acabado.

Iba a morir.

Con una velocidad absolutamente inusitada para su edad y enfermedad, volvió la cabeza hacia los ponis congregados ante su lecho de muerte. No podía morir sin expresar su último deseo.

— Protege Equestria —logró decir con voz ronca y entrecortada—. Protege Equestria —repitió, con más urgencia. Su mirada se desplazó a la izquierda hasta encontrarse con su hermano y su sobrina, y repitió por última vez, con voz casi inaudible por la falta de aire que lo mataba poco a poco—. Protege Equestria.


Las opiniones vertidas por Nąȋenähz sobre la astrología y su fiabilidad no coinciden en absoluto con las de su autor, que la considera directamente un rollo mu grande.

Hayres es la versión equestriana de Marte, aunque con las estrellas desaparecidas del capítulo 21, sería más propio decir que es Marte. Un Marte al que oculta la Luna. La constelación del śaȉn, por el contrario, no tiene equivalente en el mundo real.

Sí, "El Loquito" es Loquillo. Sí, Loquillo hizo una versión en español de "I Fought the Law".