— Muerto es el rey. Viva el rey.

El anuncio, llevado por la voz quebrada del Príncipe Coren Blóma, recorrió el patio de armas en que se habían reunido todos los residentes del palacio hasta dar con la muralla.

Un entusiasmado viva de respuesta fue vociferado desde más de cincuenta gargantas. Ningún sonido brotó de la garganta de Dawn Star, demasiado impresionada con la unánime respuesta de la servidumbre como para honrar al fallecido rey. Al instante, la preocupación volvió a su rostro.

Ni siquiera habían podido hablar con él.

Hasta aquel momento, su misión no había sido más que un rotundo fracaso. Sí, habían logrado descubrir los nefastos planes de traición del consejero Gilden Byle, pero ¿de qué les servía todo aquello si no habían logrado convencer a Bullion I de que nombrara a la futura Luna I como su heredera?

El plan A había fracasado. Ahora había que poner en marcha el plan B.

Levantó la mirada, y la fijó en el príncipe, que en aquel momento daba un sentido discurso elogiando la vida y obra del rey Bullion que a ella le traía sin cuidado. La luz rojiza del atardecer se reflejaba en su pelaje dorado, dotándolo de tonos anaranjados. En sus ojos bailaban dos reflejos carmesí del Sol al ponerse.

A su lado, el viceemperador grifo en Equestria seguía con atención el sentido homenaje al hermano muerto, y observaba ora al orador, ora a la muchedumbre reunida en el patio de armas. En su pata derecha, apoyado sobre el suelo de piedra, mantenía un pergamino enrollado con un lazo de seda púrpura.

Dawn Star lo había reconocido al instante. Era el testamento que Bullion I le había hecho sellar con su magia.

En condiciones normales, hacerse con él hubiera sido su objetivo prioritario; pero Dawn Star sabía que no les serviría de nada. Los cinco sellos mágicos colocados en el pergamino, uno de ellos suyo, les impedirían acceder a su contenido aunque lograran tenerlo en sus cascos.

Lo cual, evidentemente, eliminaba de raíz toda posibilidad de poner en marcha el plan B.

Y ni siquiera tenía un plan C al que aferrarse.

Por segunda vez, un entusiasmado viva al difunto rey recorrió el patio de armas. Sin ni siquiera molestarse en mover los labios para fingir su lealtad, levantó la mirada del suelo, a tiempo para ver cómo el príncipe y el viceemperador grifo se daban la vuelta y se marchaban en dirección a sus aposentos. Mientras la multitud de siervos y criadas se disolvía para volver a su trabajo, Dawn Star permaneció en su sitio, contemplando el castillo.

Dio un paso, su rostro lleno de decisión, y echó a andar hacia el interior del palacio. Tenía que hablar urgentemente con Nąȋenähz y Swébende Gagel.


— Bueno, ya está solucionado el asunto de esa niñata —dijo Time Keeper. Se recostó en su silla, posó sus gafas sobre su escritorio y cerró los ojos durante unos segundos, sin molestarse en ocultar su expresión de alivio—. Se respira tranquilidad.

Un conato de sonrisa apareció en el blanco hocico de Comet Nova, pero enseguida desapareció. Se dio la vuelta hacia Tapicestria, y bajó la cabeza.

— ¿Crees que estarán bien?

El ministro volvió a ponerse las gafas antes de colocar sus cascos sobre su escritorio de ébano, y asintió con seguridad.

— Seguro. Dentro de poco volveremos a verlos por aquí.

Comet Nova asintió, pero no dijo nada. Sí, seguro que Time Keeper tenía razón.

El amortiguado ruido de unas ruedas sobre el suelo llamaron su atención, y al girarse vio a Time Keeper de pie junto a su silla, separada aproximadamente un metro de la mesa del ministro. Sus ojos parpadeaban nerviosamente, y su rostro manifestaba claramente la tensión que sentía.

— ¿Vas a salir?

El ministro echó una mirada hacia atrás al mapa de Equestria bordado en el tapiz mágico antes de responder:

— Sí. Todavía tenemos una pequeña brecha de seguridad que resolver.

— ¿Se refiere a la amiga de Dawn Star?

— Exacto. —Giró el cuello de nuevo, y tras comprobar que no había ningún problema con Tapicestria continuó—: Debemos comprobar el alcance de los daños.

— ¿Quieres que me quede aquí vigilando por si pasa algo?

Tras unos segundos de reflexión el ministro negó con la cabeza.

— Gracias, pero preferiría que vinieras. Acabamos de ver que estar sentado junto con un agente de la Corona que no para de hacerte preguntas es una experiencia intimidante. Pero tú eres una yegua; tal vez ayude a distender la situación.

Comet Nova inclinó la cabeza hacia la derecha, y se encogió de hombros. No estaba segura en absoluto de que su presencia ayudara a relajar a Blue Topaz. Lo único que había hecho con la madre de Fiery Spinel había sido asustarla e intimidarla.

Claro que sus situaciones personales tampoco tenían nada que ver entre sí.

— De acuerdo, te acompaño. Espero que tengas razón. —Giró la cabeza hacia el tapiz, y preguntó—: ¿Se lo vas a volver a dejar a los Caos?

— Por supuesto. Como siempre.

— ¿Y sabes dónde está ahora mismo?

— En los dormitorios de la Academia de Celestia —respondió el ministro mientras rodeaba la mesa y se dirigía a la puerta—. Mandé a Verw'dlúng para comprobar si estaba allí; me lo confirmó antes de irme a casa de Fiery Spinel.

Comet Nova asintió, y se colocó al lado de su jefe. Una negra aura mágica cubrió el picaporte, y giró sobre su eje sin hacer ningún ruido.

— Espero que tengamos más suerte con esta —murmuró, medio para sí misma, medio para el ministro.


Dawn Star miró con resignación el triste plato de algarrobas que iba a constituir su cena de aquel día. Ni siquiera en sus peores momentos en su época, excluida de los dormitorios comunales de la Academia de Celestia por haber cumplido los dieciocho años y en busca de un trabajo que le permitiera pagar el alquiler de un piso, se había visto reducida a semejante alimentación.

Y sin embargo, ninguno de sus compañeros de la servidumbre parecía molesto por recibir aquella comida más digna de vacas que de ponis.

Suspiró, y bajó dócilmente su hocico hacia el plato. Ni siquiera tenían tenedores, aunque seguramente aún faltarían siglos para que se inventaran.

Podía haber sido peor. Podían haberles atado un saco al hocico y forzarlos a comer de aquella forma tan humillante.

Introdujo algunas algarrobas en su boca, y las masticó con recelo. Para su sorpresa, no tenían mal sabor en absoluto; más bien eran incluso dulces.

Seguían siendo una comida que solo comería si se viera forzada a ello, pero al menos se dejaban comer.

Casi había terminado su plato cuando la puerta del comedor se abrió de golpe. Las miradas de todos los criados se giraron hacia el guarda que acababa de entrar, y Dawn Star abrió los ojos, sorprendida.

El guardia era Swébende Gagel.

— ¿Fállase entre vos yegua llamada Dawn Star?

La criada sentada a la derecha de Dawn Star, la misma yegua dorada a la que había conocido el día anterior en el dormitorio de la servidumbre, levantó la pata delantera derecha y la señaló.

Dawn Star no vio el gesto de su compañera, pero se levantó de todas formas. Swébende Gagel asintió, y sin esperar a que llegara a él dijo:

— Mensaje privado he para ti. Vayamos a lugar en que fablar sin oídos indiscretos podamos.

Sin palabras, la unicornio parda asintió en un gesto rápido y corto que pretendió ser sumiso. Se llevó a la boca con su magia las pocas algarrobas que quedaban en su plato, y salió del comedor tras el pegaso, ante la mirada curiosa del resto de sirvientes.

— ¿Acontece algo? —le preguntó una joven y menuda poni de tierra a la unicornio dorada.

Pero ella, que no apartaba su mirada suspicaz de la puerta por la que acababan de desaparecer Swébende Gagel y Dawn Star, no le respondió.


— ¿Tiene que ser aquí?

Swébende Gagel, de pie frente al armario en el que habían encontrado el cuerpo sin vida de la pobre Grenat la noche anterior, asintió con la cabeza.

— ¿Hay estancia más solitaria entre aquestos muros?

La unicornio se vio obligada a admitir que, en efecto, no la había. Nadie había pisado aquella habitación desde el momento en que dos guardias pegasos, bajo órdenes del rey, habían sacado el cadáver de Gylden Bile para arrojarlo a las cloacas del castillo.

Todo lo demás había quedado tal como estaba. Los documentos del traidor consejero seguían sobre su escritorio y en los cajones del mismo. La alfombra, con la gran e irregular mancha marrón de la sangre del consejero, seguía sobre el suelo. Incluso el extremo ennegrecido de la bufanda de lana de Grenat era visible, atrapado por la puerta de madera del armario.

Al menos el consejero traidor había tenido la precaución de aplicar un hechizo embalsamador al cadáver de la pequeña para evitar que el hedor de su cuerpecito en descomposición pudiera descubrirle.

Emitió un suspiro resignado, y volvió la vista a su compañero.

— Escrito dejó el rey Bullion que presente seáis en la lectura de las sus últimas voluntades. Mañana al alba habrán de ser leídas en los sus aposentos que fueron.

Su respuesta fue una afirmación de cabeza por parte de Dawn Star. Era evidente que requerirían su presencia en la lectura del testamento. Ella misma lo había sellado con su hechizo, igual que otros cuatro unicornios; y debería reconocerlo como prueba de que el contenido no había sido manipulado.

— Habré de levantarvos antes de aquesa hora. —Cerró brevemente los ojos antes de preguntar—: ¿Relación alguna ha con el llamado de la víspera?

— Me llamaron para sellar el testamento del rey. Me necesitan para quitarlo y poder leerlo.

La curiosidad y un hilo de esperanza aparecieron en la expresión de Swébende Gagel.

— ¿Visteis el testamento real? ¿Podemos con él facernos?

Para su decepción, Dawn Star negó con la cabeza.

— No serviría de nada. Había otros cuatro sellos mágicos sobre el testamento. Aunque lo tuviera en mis cascos, no habría nada que pudiera hacer con él.

Swébende Gagel la miró con intriga y los ojos entrecerrados

— ¿E cómo es aqueso? ¿Acaso trátase de mágicos sellos irrompibles?

— Podría abrirlos —la expresión del guerrero pegaso mutó de golpe a una de extrañeza e incomprensión—, pero no serviría de nada. No podría cerrarlos. En cuanto leyeran el testamento, se darían cuenta enseguida de que alguien los ha abierto y lo invalidarían automáticamente.

El soldado pegaso apretó los dientes con rabia, y resopló. Dawn Star agradeció no haberle dicho que en aquel momento el testamento se encontraba en las garras del viceemperador grifo.

— ¿E qué facer debemos? ¿Habéis idea feliz que ayúdenos en el nuestro propósito de fazer que Luna sea proclamada heredera de la corona equestriana?

Dawn Star volvió a negar con la cabeza. Swébende Gagel resopló y elevó la cabeza hacia el techo.

—Ve a hablar con Nayenaets. Reunión para discutir un plan de acción. Aquí esta noche.


Con la mirada fija en el techo, Nąȋenähz parpadeó. Parpadeó de nuevo, y se subió un poco la manta de lana que la cubría.

A su lado, la infanta Luna dormía tranquilamente, con una sonrisa beatífica en su rostro marcado por las lágrimas que había derramado durante el día.

Nąȋenähz exhaló largamente, y volvió a parpadear. ¿Qué acababa de pasar?

Recordaba haber oído tres golpes secos sobre la puerta de madera. Un susurro de Swébende Gagel diciéndole que iban a reunirse aquella noche. El pegaso anunciando a Luna que el testamento del rey se leería al amanecer. El abrazo que le había dado a su reina para consolarla. El beso ansioso y desesperado en los labios con el que ella le había respondido.

Y después, el mundo se había confundido en una espiral de cuerpos entrelazados, de caricias, de placeres, de sensaciones hasta entonces desconocidas para ella.

Las mejillas de Nąȋenähz enrojecieron, y se tapó con la manta hasta los ojos.

Jamás había imaginado que dos yeguas pudieran hacer tantas cosas juntas.

A sus oídos llegaba la respiración acompasada y tranquila de la infanta, dormida desde hacía un buen rato. Ella no; debía acudir a su reunión con Dawn Star y Swébende Gagel.

Bajó los párpados. Su cabeza se inclinó hacia un lado, y en cuanto se dio cuenta de lo que hacía sacudió la cabeza para librarse del sueño que amenazaba con dormirla.

Lo cierto era que apenas había dormido desde que había llegado al palacio. De día había acompañado a Luna, y de noche había velado su sueño.

En cuanto terminara la misión iba a meterse en la cama y no salir hasta después de dos días. Pero no ahora. No ahora que tenía una misión que cumplir por toda su raza.

Con mucho cuidado para evitar despertar a la infanta, se quitó de encima la manta que la cubría y se levantó lentamente. Cuando estuvo sobre sus cuatro cascos, caminó hacia la puerta sin hacer ruido.

Pegó la oreja a la puerta, y la despegó casi al instante al escuchar voces al otro lado. Guardias del palacio. Frunció el ceño. Mejor no salir por ahí. No merecía la pena arriesgarse a que la vieran y la interrogaran sobre sus motivos para abandonar los aposentos y dejar sola a su señora.

Paro aquello la dejaba con una única opción de salida: volar desde la ventana.

Con pasos lentos y cuidadosos, Nąȋenähz recorrió la distancia que la separaba de la ventana. Colocó los cascos sobre el alféizar, y sacó la cabeza para comprobar la situación en el patio.

Por suerte para ella, todo lo que podía ver estaba desierto. No había guardias a la vista, ni ninguna presencia que pudiera impedirle llegar a la habitación donde la esperaban sus compañeros.

Y en el centro del patio veía un pozo, junto a cuyas paredes descansaban un par de viejos cubos de madera.

Manteniendo las alas pegadas a su cuerpo para poder pasar por la ventana, Nąȋenähz se impulsó sobre sus cascos para quedar sentada sobre el alféizar. Una misión rápida. Salir, llenar un cubo de agua fingiendo cumplir órdenes de la infanta, crear un plan de acción unto a sus compañeros y volver a los aposentos de Luna.

Volvió la cabeza hacia Luna, que continuaba dormida en su lecho con una sonrisa beatífica en su hocico. Nąȋenähz se sonrojó mientras sus pensamientos volvían a la experiencia que acababa de tener, pero sacudió la cabeza para centrarse.

No podía distraerse. Su misión era mucho más importante.

Inspiró profundamente, y levantó la mirada al cielo. Oscuros jirones de nubes lo atravesaban, ocultando las estrellas a la vista aquí, dejando pequeños claros que permitían verlas allá. Al este, la Luna acababa de salir algunos grados al oeste del errante rojo al que se había tragado el día anterior.

Cerró los ojos antes de lanzarse al vacío para despegar, y:

— ¿Nayenaets? —sonó la voz de la infanta Luna a sus espaldas.

Nąȋenähz se quedó paralizada. Con los ojos como platos y una gota de sudor gélido bajando por el lado izquierdo de su cuello, giró la cabeza hacia la izquierda.

¿Qué hacía despierta? Dormía tan plácidamente. ¿Cómo se había despertado?

La expresión de la infanta Luna, sentada sobre el borde de su lecho, junto a la ventana, había permanecido extrañada hasta aquel momento, pero al ver el gesto de puro pánico en el rostro de su sirvienta se endureció de golpe.

— ¿Dó vas? —exigió saber, fría como el hielo—. ¿Qué facer quieres?

Nąȋenähz sintió cómo su corazón se desgarraba en su pecho. Conteniendo las lágrimas, negó con la cabeza. ¡Creía que la traicionaba! ¡Su reina, su salvadora, por la que estaba dispuesta a dar su vida, creía que la abandonaba vilmente!

De repente, las orejas de Luna, hasta aquel momento erizadas con furia, se desplomaron hasta apuntar casi verticalmente al suelo. El remordimiento se adueñó de sus facciones, y bajó la cabeza, escondiendo su rostro avergonzado de la thestral.

— ¿Es… es por…? —preguntó con apenas un hilo de voz.

Nąȋenähz negó con la cabeza, escandalizada. ¡No! ¡Eso jamás! Sí, lo que había hecho sería considerado vituperable en su kölonȋa; sí, aún se sentía recorrida por extrañas e incómodas sensaciones; pero si había logrado hacer que su reina se sintiera apreciada, se sintiera querida, entonces había merecido la pena.

— ¡Non! ¡Non, mi señora!

Quiso contarle su misión. Quiso explicarle que estaba allí para salvarla de su padre, para ayudarla a ser coronada, para convertirla en la reina que libraría a Equestria del dominio grifo y concedería la ciudadanía equestriana a sus hermanos de raza. Pero no dijo ni una palabra. No debía saberlo. Jamás debía enterarse de que una thestral que ni siquiera había nacido en aquel año había viajado desde el futuro para ayudarla a convertirse en la amada y querida reina Luna I de Equestria.

En su lugar, se dio la vuelta y se preparó para saltar por la ventana.

— ¡Dime entonces por qué! —exclamó la infanta Luna, y alargó una pata hacia Nąȋenähz para impedirle marcharse.

Sin embargo, el cuerpo de Nąȋenähz ya había girado lo suficiente como para situarse fuera del alcance de la princesa. La suela de su casco rozó el pelaje gris de la thestral, y aferró el cordel que llevaba al cuello. Cuando retrajo la pata, la delgada cuerda se rompió con un chasquido.

Una luz brillante la envolvió, y cuando se apagó quedaron a la vista las puntas peludas de sus orejas y sus huesudas alas de murciélago.

Un agudo grito de pánico escapó de la garganta de la thestral, e instintivamente se envolvió con sus alas; pero el daño ya estaba hecho. La infanta Luna contemplaba su verdadera forma con los ojos muy abiertos y la boca desencajada.

— ¿Na… Nayenaets? ¿Qué…? ¿Quién…? —logró farfullar a duras penas.

La terrible sensación de fracaso congeló al instante el estómago de la thestral. Había descubierto su verdadera identidad.

Por un momento pensó en arrojarse por la ventana y huir al amparo de la noche, pero al ver la expresión desorientada y temerosa de la infanta Luna otra idea tomó cuerpo en su mente.

— Soy Nąȋenähz. Soy thȅstotral.

— ¿Th…?

— Pony como vos —se apresuró a añadir—. Alas mías son como murciégalo, mas poni soy.

La expresión de la infanta pareció tranquilizarse, pero todos sus sentidos continuaban alerta ante la extraña figura que había adquirido su sirvienta.

Sus ojos gris platino vislumbraron durante una fracción de segundo las afiladas puntas de sus colmillos, y se estremeció de terror.

— Ponis somos, mi señora. Razas hermanas non comemos.

No sirvieron sus palabras para tranquilizarla, pues la yegua retrocedió al menos medio metro. Angustiada, Nąȋenähz inspiró cortamente y se dispuso a intentarlo de nuevo.

— Grifos odian nos. Nos thȅstotralës en tierra suya, en costa este, persiguen e mueren. —Bajó las orejas, y adoptó la postura más suplicante que logró sobre aquel estrecho alféizar—. Ayuda precisamos. Ayuda a reyes Ekuestriaï pedimos.

Sin apartar la vista de sus afilados colmillos, la infanta Luna avanzó unos centímetros hacia su sirvienta. Una chispa de curiosidad se sumó al temor que aún sentía. ¿Una raza de ponis con alas de murciélago oprimida por los grifos? Era una historia tan estrambótica, tan extraña…

Pero ¿y si fuera cierta?

— Misión yo había —continuó Nąȋenähz, sin atreverse a levantar la mirada. Se detuvo unos segundos, los necesarios para hilar una historia que convenciera a la infanta—. Conocer reyes Ekuestriaï. Saber si ayuda a nos darían.

Luna se acercó un par de palmos más, vacilante. La voz de la thestral sonaba indudablemente sincera, y también podía percibir en ella una pizca de miedo; aunque no pudo decidir si a ella o a no ser capaz de llevar la ayuda que sus congéneres necesitaban.

Apretó con fuerza su pezuña derecha, y se percató de que todavía llevaba en ella el colgante de Nąȋenähz. Parsimoniosamente, levantó el casco y se lo ofreció.

Pero la thestral no lo cogió, pues seguía postrada ante su reina.

— Vos sois buena. Vos tratáis ponis bien. —Levantó la cabeza, y Luna dio un respingo al ver una lágrima descendiendo por su mejilla—. Yo ruego vos, ¡reinad! ¡Reinad y ayudad nos thȅstotralës!

No podía ser, pensó Luna con amargura; pero no separó la mirada de aquella extraña poni que le suplicaba ayuda. Sus orejas, no obstante, habían descendido hacia su cabeza. Una bastarda jamás sería reina.

Nąȋenähz comprendió al instante los pensamientos de su señora, y apartó la vista, apesadumbrada. Un gesto fugaz de su pezuña, y el colgante mágico volvió a estar en su poder.

La brillante luz blanca que manaba de la pluma alrededor del cuello de Nąȋenähz inundó los aposentos de la infanta. Luna se cubrió los ojos con una pata, cegada por el brillo; y al bajarla descubrió con sorpresa a la thestral, cuyo aspecto ya había sido transformado en una pegaso, de pie en el alféizar de la ventana, con el rostro fuera.

— ¡Nayenaets! ¿Dó…?

— Proteged pueblo mío —sonó la voz de Nąȋenähz, suplicante, pisando sus palabras sin piedad; pero no se dio la vuelta para mirarla—. Ruego a vos, mi señora. ¡Proteged raza mía!

Y tras aquellas últimas palabras, se arrojó de la ventana. Esperó medio segundo para abrir las alas, y alzó el fin el vuelo sobre las corrientes que soplaban en el patio del castillo.

Profiriendo un grito informe, Luna se abalanzó sobre la ventana y sacó la cabeza, pero ya era demasiado tarde. La menuda silueta de pegaso de la thestral disfrazada se había perdido ya en las tinieblas de la noche.

Más de cinco minutos pasó escudriñando la oscuridad con la esperanza de que Nąȋenähz volviera. Todavía tenía tantas dudas, y su cerebro bullía con cuestiones que deseaba preguntarle… Mas, finalmente, la infanta hubo de admitir que su espera era inútil. La thestral no volvería.

Dio un paso atrás, se dejó caer, más que sentarse, sobre la cama, y se cubrió los ojos con los cascos.


Los exámenes finales de la Academia para Unicornios Dotados habían terminado ya hacía una semana. Sin embargo, el edificio no estaba todavía vacío. Las clases aún no habían terminado, pues quedaban unos pocos días hasta el inicio de las merecidas vacaciones de verano; y en el amplio y elegante salón de actos decenas de ponis se afanaban en preparar el escenario para la ceremonia de graduación del último curso que tendría lugar en apenas cuatro días.

Pero a pesar de la alta ocupación del edificio, los pasillos del ala residencial femenina estaban prácticamente desiertos. Las potras más jóvenes aprovechaban la libertad para pasar tiempo con sus amigas en algunas de las habitaciones, mientras que las de mayor edad aprovechaban las nuevas libertades que su edad les concedía para recorrer la ciudad y disfrutar de un merecido descanso.

Uno junto a la otra, él a la derecha y ella a la izquierda, Time Keeper y Comet Nova caminaban por uno de aquellos pasillos. Sus cascos repiqueteaban contra el suelo de granito, y sus miradas estaban fijas en las paredes pintadas de color crema, escrutando atentamente los números señalados con placas de latón doradas clavadas sobre las puertas en busca del ochenta y seis.

— Ochenta y seis. Esta es —dijo de repente Time Keeper, señalando con su casco una puerta de la pared derecha, justo antes de un giro del pasillo a la izquierda.

El ministro y su segunda se clocaron frente a la puerta, e intercambiaron una mirada antes de llamar.

— Con que sea la mitad de chula y contestona que la niñata me conformo —murmuró Time Keeper antes de golpear cuatro veces en la madera con su casco.

No hubo sonido de cascos acercándose a la puerta provenientes del interior de la habitación. Tan solo el ruido de un picaporte al girar sobre si mismo y de una puerta girando sobre sus goznes para dejar al descubierto el interior de la habitación de Blue Topaz.

— Pazen —dijo una voz joven y femenina desde el interior de la habitación.

De nuevo, Time Keeper y Comet Nova intercambiaron una mirada. Pero ninguno consideró ni siquiera mínimamente probable que aquella yegua intentara algo contra ellos, de modo que entraron con confianza.

Tan pronto como estuvieron dentro, Comet Nova tras el ministro, este cerró la puerta tras de sí antes de lanzar un hechizo insonorizante sobre la habitación.

Oyeron una repentina y profunda inspiración desde el fondo de la habitación; pero nada preocupante, de modo que siguieron adelante.

La entrada a la habitación era un corto y estrecho pasillo, que tras girar a la derecha se abría en el dormitorio propiamente dicho. En la pared derecha del corredor se abría una puerta que daba al baño, y apoyado sobre la pared izquierda del dormitorio había un amplio escritorio con cajones. Sobre él, un mueble de baldas colgaba de la pared, pintada del mismo crema del pasillo.

Time Keeper y Comet Nova caminaron hasta llegar a la altura del escritorio, y se giraron a la derecha. Frente a ellos, de pie y delante de su cama, estaba Blue Topaz.

— Buenah tardeh. Loh ehperaba.

Time Keeper aprovechó para lanzar un rápido hechizo y comprobar que no había ninguna trampa en la habitación, y asintió con un corto movimiento al obtener un resultado negativo.

— Buenas tardes. Mi nombre es Watchmaker.

Avanzó un paso y extendió su casco derecho con expresión cordial. Blue Topaz lo sacudió con firmeza antes de girarse hacia Comet Nova.

— Y yo soy White Dwarf —dijo a su vez la unicornio blanca.

— Trabajamos para la Corona de Equestria —comenzó Time Keeper una vez la unicornio azul hubo estrechado el casco de Comet Nova—. Podría decirse que somos… —vaciló un segundo en busca de la expresión— controladores de riesgos.

Las orejas de Blue Topaz se erizaron, y suspiró largamente.

— No penzaba que pudiera zé tan peligrozo.

— Has descubierto que es posible viajar por el tiempo y que la Corona emplea ponis de otras épocas a su servicio. ¿De verdad pensarías que no supones un riesgo potencial para el Estado?

— Lo que quiere decir mi compañero es que existen poderosas razones para que esta información jamás se pueda hacer pública —añadió Comet Nova, intentando restar tensión a la situación—. ¿Te imaginas que todo esto se supiera? Sería…

— Lo entiendo perfectamente —la cortó Blue Topaz, mirándola a los ojos—. Zi todo el mundo zupiera que ze pué viajá por el tiempo, zería el caoh máh abzoluto para Equehtria. Tó el mundo podría intentá cambiá el pazao por cualquié tontería…

— Me alegro de que lo comprenda —contestó Time Keeper, con la cabeza ligeramente inclinada hacia la derecha—. Hubiéramos preferido que no fuera así, pero ahora mismo eres un cabo suelto que hay que reparar.

Blue Topaz dio un paso atrás sin apartar la mirada del ministro del Tiempo al tiempo que su cola se introducía entre sus patas traseras.

— ¿Qué... Qué van a hacé conmigo?

Time Keeper parpadeó.

— Para eso hemos venido. Para averiguarlo.


Cargada con dos cubos de agua sobre su espalda, Nąȋenähz caminaba por el pasillo tan rápido como se lo permitía el peso del líquido en busca del que hasta hacía veinticuatro horas había sido el despacho del consejero real Gylden Bile. Por fortuna para ella, lo encontró tras apenas unos metros de camino, justo tras un giro a la derecha del pasillo.

Se detuvo junto a la puerta, y acercó su oreja derecha a la pesada hoja de roble. Un segundo después, exhaló, aliviada.

Había escuchado la voz de Dawn Star diciéndole algo a Swébende Gagel.

Con una pezuña, empujó levemente la puerta, pero esta no se movió ni un milímetro de su sitio. Alzó una ceja, se irguió sobre sus patas traseras y empujó de nuevo, empleando el peso de su menudo cuerpo como herramienta.

Esta vez la puerta sí giró sobre sus goznes, apenas la tercera parte de su recorrido. Nąȋenähz bufó, pero no dijo nada; y entró por la estrecha abertura.

Tan pronto como estuvo dentro, la puerta se cerró tras ella. Con las orejas repentinamente erectas, volvió la mirada al centro de la habitación; y en ese momento el cuerno de Dawn Star se iluminó.

Las orejas de la thestral ya habían descendido incluso antes de que se hiciera la luz. Sus sensibles ojos ya habían descubierto los rostros de sus compañeros. Se acercó a ellos, rodeando la gran mancha de sangre del centro de la alfombra, y tras dejar los cubos de agua sobre el suelo se colocó junto a Swébende Gagel, de espaldas al armario en el que había descubierto el cadáver de la malograda Grenat.

Podía sentir su corazón contraerse bajo el peso de los recuerdos de la noche anterior. El descubrimiento del cuerpo. La traición del consejero. El intento de asesinato.

— Bueno… No os voy a mentir —comenzó Dawn Star. Trataba de mostrarse segura y confiada; pero sus dos compañeros captaron al instante su nerviosismo—. El plan A ha sido un fracaso rotundo.

— Generosa en extremo sois —saltó Swébende Gagel, visiblemente malhumorado—. En tiempo ninguno hubimos realmente oportunidad de facer mutar al rey la su opinión.

Dawn Star hizo una inspiración corta, como si hubiera recibido un golpe, e inclinó la cabeza hacia delante.

— ¿Y si… Y si cambiamos testamento real? —sugirió Nąȋenähz en un tímido murmullo.

Era perfectamente consciente de que aquella proposición, en aquel lugar, la noche posterior al descubrimiento del testamento falso que le había costado la vida a la valiente potrilla, era poco menos que una herejía, una blasfemia. Pero, para su sorpresa, ninguno de sus dos compañeros la reprobaba, sino que se limitaban a negar con expresión resignada.

— No se puede. El testamento lo tiene el grifo, el tal viceemperador. Y aunque lográramos hacernos con él, está sellado.

La thestral no pudo disimular un momentáneo gesto de rabia. Grifos. Aquellos monstruos asesinos, otra vez conspirando en contra de su raza.

— ¿E sello aquese non pudiere…?

— Imposible. Bueno, en realidad sí que podría abrirlos, pero sería… —Empleó unos segundos para buscar una comparación apropiada en su mente, mientras sus compañeros la miraron con interés—. Sería como el candado del vagón de Helter Skelter.

Recibió como respuesta un corto asentimiento por parte de Nąȋenähz. Por supuesto que se acordaba. Recordaba perfectamente todas aquellas esquirlas metálicas esparcidas por el sendero de la jungla. Recordaba cómo Swébende Gagel le había arrojado el mayor de los trozos que quedaban, apenas medio arco metálico chamuscado, a Dawn Star para que lo viera.

— Sobre el testamento hay cinco sellos mágicos. Solo puede abrirlos el poni que los colocó. Si viene otro y los hace saltar, no podrá volverlo a recomponer como estaba. Si nos hacemos con el testamento, lo abrimos y lo cambiamos, los otros cuatro ponis se darán cuenta enseguida de que alguien lo ha violado. Luna jamás reinaría.

La thestral inclinó la cabeza hacia delante, derrotada. Al contrario que Swébende Gagel, que mantenía la mirada fija en su compañera unicornio, interrogándola.

— ¿E cómo hemos de fazer entonces? Non pudimos mutar regia opinión, non lograremos mutar el su testamento; e sines ella non serán aquesos malditos grifos d'Equestria echados. ¿Qué plan discurrido habéis? ¿Qué propuesta habéis para nos?

Pero Dawn Star no respondió. No tenía ninguna. Cerró los ojos, y trató de reflexionar. De pensar cómo ellos tres podrían lograr que su candidata lograra acceder al trono.

Tras un larguísimo minuto, sus orejas se inclinaron.

— Solo veo una manera de coronarla —murmuró al fin, sin atreverse a mirar a la cara a sus compañeros—. Nosotros tres… Podríamos…

Una sonrisa sarcástica se dibujó en el rostro de Swébende Gagel.

— ¿Cómo es aqueso? ¿Habéis tamaña osadía de fazernos aquesa propuesta, mas non sois valiente para nombrar el golpe de Estado?

Las orejas de Nąȋenähz se erizaron de golpe. Con los ojos como platos y la boca abierta de par en par, miró a Dawn Star como si le hubieran crecido dos cabezas. Un golpe de Estado. Su amiga quería dar un golpe de Estado contra Equestria.

— No... No se me ocurre otra cosa. No pudimos convencer al rey. No podemos cambiar el testamento. Luna tiene que reinar. —Bajó la cabeza y negó con ella, avergonzada—. Lo siento. Sé que es una locura. Pero…

— ¿Habemos acaso otra opción? —la interrumpió Swébende Gagel.

Nąȋenähz volvió la cabeza hacia el pegaso; y para su sorpresa su expresión era absolutamente neutra, sin rastro alguno de la furia o la repugnancia que esperaba encontrar en ella. No era capaz de entender que Swébende Gagel, que había asesinado sin ningún remordimiento al consejero la noche anterior, estuviera ahora dispuesto a levantarse en armas contra el reino y la voluntad del rey. Le resultaba absolutamente incomprensible.

— ¿Y vos… Cómo vos acordáis aquesto?

Swébende Gagel se encogió de hombros.

— Reina mía nin reino mío son. Jamás, en momento alguno, juréles la mi lealtad o la mi fidelidad. Lealtad tan solo juré a Mistral IV, que sobre nubes cabalga, e al Ministerio en tanto conflicto ninguno fallar pueda entrambas. Palabra ninguna traicionaría, e a salvo la mi honra de soldado fállase.

Lentamente, sus labios se curvaron en una sonrisa cruel, y añadió.

— Asimismo, ¿non decís que aquesta reina ha de reconquistar equestrianos territorios que bajo el yugo grifo la su libertad claman? Grandes duelos e quebrantos faríales coronando a Luna; e justicia es que aquesos inequinos monstruos sufran como a equestrianos sufrir ficieron.

— ¿Tú no estás de acuerdo con el plan, Nayenaets?

Ella se encogió sobre sí misma, incómoda.

— Yo… Cuando ëtȋewigëthȅstotralikönȅginï Luna përstëi venida a kölonȋa mía fue, juramento ficimos todos de lealtad a Corona Ekuestriaïn. Yo non… —recordó algo de repente, y bajó la cabeza mientras negaba con expreisón derrotada—. Non es importante. Vista por ëtȋewigëthȅstotralikönȅginï Luna përstëi non puedo ser.

— ¿No puede verte? ¿Qué es eso de que no puede verte?

Nąȋenähz exhaló largamente antes de responder:

— Descubrió vera apariencia mía. —No se atrevía a mirar a sus compañeros. Sabía que les había fallado—. Viome salir por ventana. Estoria hube de contarle sobre nos thȅstotralës.

Dawn Star parpadeó un par de veces, incrédula.

— Pero ¿cómo lo ha descubierto? ¿El hechizo ha…? —Sus ojos siguieron el cordel que mantenía la pluma encantada alrededor del cuello de su amiga, y suspiró largamente al descubrir el nudo que Nąȋenähz había hecho para repararlo—. ¿Y ahora qué?

— Non sé —respondió la thestral con la cabeza gacha—. Sobremanera lamento plan vuestro …

— Importancia non ha. Lo fecho, fecho es —la cortó Swébende Gagel. Giró la cabeza hacia Dawn Star, y le preguntó—: ¿Créeis que nos dos podremos los nuestros planes cumplir?

Tras una corta y nerviosa exhalación, seguida de unos segundos de reflexión sobre sus posibilidades, Dawn Star asintió tímidamente.

— Creo… creo que sí. Depende de cuántos ponis haya… Pero creo que con el elemento sorpresa, un hechizo paralizante…

Un escalofrío recorrió su cuerpo, de la punta del hocico al extremo de la cola, al recordar la magia oscura que solía utilizar La Viajera para inmovilizar a sus víctimas. No, se prometió a sí misma, nada de hechizos oscuros. El golpe de Estado sería sin magia oscura o no sería.

— Ser por sorpresa inmovilizados e non fasta las nuestras demandas cumplir liberados —repitió Swébende Gagel. Como plan de batalla, sin duda era uno de los tres peores que había escuchado en toda su vida. Era exactamente la clase de plan estúpido que haría un loco… o alguien absolutamente desesperado—. Fecho ser puede. Otra non habemos.

Con un levísimo movimiento de cabeza, Dawn Star asintió. No así Nąȋenähz, que permanecía con la mirada fija en sus dos compañeros, dividida entre su incuestionable fidelidad a su adorada reina Luna y su juramento de fidelidad a la Corona de Equestria.

— Cuando lea el nombre —murmuró Dawn Star—. Cuando sepamos que no ha elegido a Luna. Ese será el momento en que actuamos.

Swébende Gagel inspiró profundamente antes de asentir con firmeza. Todo lo contrario que Nąȋenähz, que tragó saliva y preguntó con apenas un hilo de voz:

— E… E ¿qué fago yo?

Dawn Star suspiró.

— Si no vas a participar… Tal vez lo mejor sea que te alejes del castillo… Por si acaso Luna te viera…

Por un momento, la mirada de Nąȋenähz pareció herida. Pero si lo estaba, no dijo nada. Simplemente asintió y bajó la cabeza.


Time Keeper inclinó la cabeza hacia la derecha, examinando atentamente el gesto y las facciones de Blue Topaz. Ella trataba de mostrarse segura, pero los esporádicos temblores de la punta de su oreja izquierda delataba su nerviosismo.

— ¿Qué sabes? Exactamente.

La unicornio azul tragó saliva, y comenzó a hacer memoria. La severidad con que había pronunciado aquel "exactamente" no dejaba lugar a dudas.

— Eh pozible viajá por el tiempo. La compañera de pizo de mi amiga nació hace mil y pico añoh. La Corona uza ponih del pazao a zu zervicio.

Bien, pensó Time Keeper. Solo lo que le ha contado Nąȋenähz o se deduce inmediatamente.

— Ehtá prohibío viajá por el tiempo. Te enchironan.

Ante las cejas alzadas del ministro, añadió, sin poder evitar que el dolor impregnara sus palabras:

— Nayenaeh me dijo que la magia prohibida por la que habían arrehtao a mi padre era ezo.

No se atrevía a mirar al ministro a la cara. Time Keeper reflexionó durante unos segundos, y finalmente suspiró. Conocía las consecuencias. Había visto morir a su padre por aquel descabellado plan. Primer punto positivo de la reunión: podía afirmar casi con total seguridad que no intentaría viajar en el tiempo.

— Bien. Y ahora dime cualquier cosa que piensas o sospechas sobre el tema.

No hizo falta que repitiera la palabra "exactamente". Su tono de voz permitía sobreentenderla.

— El otro poni, el que detuvo a mi padre. También viene del pazao.

Ninguno de los dos confirmó ni desmintió lo que acababan de oír.

— Hablaba mu raro. Al principio penzé que zolo era ultratradicionalihta, pero ahora...

— Bien —la animó Comet Nova—. ¿Y qué más?

Blue Topaz vaciló unos instantes, con la mirada baja y la boca firmemente cerrada. Era algo muy gordo, algo que sonaba a locura; pero después de lo que ya sabía, no era sino la conclusión lógica de todos aquellos conocimientos.

— Creo... Creo que hay policíah que ze dedican a ehto. Polizíah que detienen a loh que viajan por el tiempo ilegalmente. No... no zé zi eh un departamento de la policía, o un cuerpo por zí mihmo, pero... Pero creo que ezihte.

El ministro y su segunda intercambiaron una mirada de preocupación. Intuía la existencia del Ministerio. Y aquella conjetura, incluso aunque no pasara de ser una mera y nebulosa sospecha, sí era algo que no podía permitirse ignorar.

— Entonceh... —Dio un paso atrás, intimidada. Había captado la incomodidad entre Time Keeper y Comet Nova—. ¿Qué me van a hacé?

Time Keeper se encogió de hombros.

— Esa es la gran pregunta. Solo lo que ya sabes de Nayenaets ya hace que seas un riesgo para nosotros. No sé cuantificarlo, pero mayor del que nos gustaría, seguro.

Blue Topaz apretó los dientes. Era peligrosa. Y aquello no le gustaba ni un pelo.

— Podéih borrarme la memoria zi queréih. Aquí ehtoy. Me borráih loh recuerdoh de viajá en el tiempo. Muerto el perro ze acabó la rabia.

Para su sorpresa, tanto Comet Nova como Time Keeper negaron con la cabeza al unísono.

— No. Eso sí que no. Podría ser peor el remedio que la enfermedad.

— Verás... La mente es algo muy delicado —añadió Comet Nova—. No sabemos bien cómo se organizan los recuerdos en el cerebro. Sabemos que debe haber un patrón, pero a nuestros ojos es totalmente aleatorio. Y si por casualidad se nos fuera solo un poquito el casco, podríamos borrar cosas importantes. Como leer, o incluso andar o hablar.

Blue Topaz tragó saliva, con el estómago helado. Coincidía absolutamente con los dos agentes de la Corona; no valía la pena arriesgarse.

— ¿Y... y entonceh?

Una vez más, Time Keeper se encogió de hombros.

— No puedo decirlo aún. Es algo que se discutirá en privado. —Blue Topaz jadeó, nerviosa—. No se preocupe; lo más seguro es que no le ocurra nada grave.

Un prolongado suspiro aliviado escapó de los labios de Blue Topaz.

— Siempre, evidentemente, que no hables —apostilló la unicornio parda.

Recibió como respuesta una firme afirmación de cabeza. Por supuesto que pensaba mantener la boca cerrada. Por ella. Por sus amigas.

— Nos pondremos en contacto contigo próximamente. Hasta entonces, ni una palabra a nadie.

Sin mediar una palabra más, se dio la vuelta y caminó hasta la puerta de salida. Disipó el hechizo insonorizante que había colocado sobre la habitación al entrar, hizo girar el picaporte con su magia y salió de la habitación, seguido por Comet Nova.

Cuando al fin la puerta de su habitación se cerró, Blue Topaz se dejó caer sobre la cama. Con la mirada fija en el techo, exhaló un interminable suspiro.

Le habían prácticamente asegurado que no le ocurriría nada; pero no era capaz de sacudirse los nervios. Las piernas le temblaban, y los dientes le castañeteaban, como si estuviera desnuda en una cumbre nevada de Yakyakistán, como si estuviera en el banquillo de los acusados y el juez estuviera a punto de dictar una sentencia de muerte contra ella.

¿En qué se había metido?


El primer golpe seco del casco sobre la puerta de pino la sacó del ligero e intranquilo suelo en que había permanecido sumida toda la noche.

El segundo la sacó de la cama y la puso en camino a la puerta.

No hubo tercero. Jamás supo si porque Swébende Gagel ya había oído sus pasos desde el pasillo o si porque el pegaso no lo consideró necesario.

Inspiró profundamente, tratando de ganar confianza, pero la poca que pudo reunir se disipó enseguida.

Alargó una temblorosa pata para tirar de la puerta, pero Swébende Gagel fue más rápido. La empujó con fuerza hacia adentro, dejando al descubierto el rostro de Dawn Star.

Ambos intercambiaron una mirada. Temerosa la de la unicornio, segura la del pegaso.

— Dawn Star —declaró con voz potente—, reclamada sois en los reales aposentos.

El enjambre de Breezies que anidaba en el estómago de Dawn Star echó a volar de golpe, cosquilleando las paredes de su tripa con sus alitas y congelándola con las corrientes que estas movían.

Quiso responderle, pero no consiguió que ninguna palabra saliera de su boca.

Swébende Gagel cerró la puerta con suavidad, y contempló en silencio el rostro aterrado de su compañera, y exhaló largamente. El terror previo a la batalla… Lo había visto tantas veces en los jóvenes rostros de los potros que iban a recibir su bautismo de fuego. ¿Podía culparla por sentirlo? No. Estaban a punto de ejecutar una misión a vida o muerte para echar a los grifos y por el futuro de Equestria. Incluso él, el soldado curtido en mil batallas, se sentía ligeramente nervioso.

Solo esperaba que su compañera, al igual que aquellos valerosos soldados, lograra controlar sus emociones.

— Por que los grifos sean al fin de Equestria echados.

Dawn Star sonrió débilmente. Separó sus labios, y, casi inaudiblemente, susurró:

— Por Equestria.


Uno al lado del otro, tan cerca que los extremos de los pelos de su pelaje se tocaban de vez en cuando, Dawn Star y Swébende Gagel caminaban por el corredor. Cada pocos pasos, el pegaso giraba a cabeza hacia ella, comprobando si seguía su camino, cumpliendo su papel de guardia escoltando a la poni cuya presencia se había reclamado.

Delante de ellos, a unos cinco metros, caminaba otro poni. Su alto y esbelto cuerpo estaba cubierto por una suave capa de lino teñida de bermellón, que ocultaba sus marcas de belleza. Cada vez que daba un paso, podían ver por un breve instante la punta verde esmeralda de su cuerno.

Dawn Star tragó saliva. Tenía pinta de ser uno de los magos de la corte. Internamente, rogó por que no fuera a los aposentos reales. Si uno solo de ellos estaba presente en la lectura del testamento real, su plan del hechizo paralizante se podría complicar mucho.

Pero, por desgracia, sus ruegos no hallaron respuesta, y pronto el mago giró a la derecha para entrar en el dormitorio del difunto rey Bullion.

Los labios de Swébende Gagel formaron una frase tranquilizadora, y con su expresión trató de calmar a su compañera, si bien no tuvo mucho éxito. La unicornio parecía absolutamente aterrada.

— Dawn —dijo de repente una voz femenina a su espalda.

Inmediatamente, la unicornio se dio la vuelta y abrazó con fuerza a la dueña de la voz.

— Nayenaets —murmuró Dawn Star, la alegría y el alivio palpables en su voz—. Has vuelto. Has vuelto.

— Sí. —Respondió al abrazo de Dawn Star con el suyo propio, y se liberó para colocar las cuatro patas sobre el suelo—. Vuelta soy.

Swébende Gagel sonrió con satisfacción, y exhaló con fuerza. Volvían a ser tres. Volvían a estar juntos. Mejor para aquella empresa.

— En bosque, dormí. Desperté antes de amanecer, y pensé. Pensé que juré lealtad a Corona ekuestriaï. —Alzó la cabeza con orgullo antes de declarar—: Ëtȋewigëthȅstotralikönȅginï Luna përstëi es reina ekuestriainï. Yo soy leal a Corona ekuestriaï, entonces yo debo ayudar a coronar ëtȋewigëthȅstotralikönȅginïį Lunį përstïį. Aunque mediante golpe de Estado facerlo debiere.

Por primera vez desde que la había recogido en los dormitorios de los sirvientes, el guerrero pegaso pudo ver un destello de confianza en los ojos de su compañera unicornio. Débil, tembloroso, como una llama en la atmósfera viciada de una mina, pero viva al fin y al cabo. Solo necesitaba que continuara ardiendo.

— Vamos —murmuró Dawn Star, y comenzó a andar hacia los aposentos reales con renovada seguridad en sus apresurados planes—. Hagamos esto por Equestria.


— ¿Qué opinas, Comet?

La unicornio blanca giró la cabeza hacia el ministro, y se encogió de hombros.

— Intuye la existencia del Ministerio; es un peligro.

Una leve sonrisa se dibujó en los labios del ministro.

— Cierto; lo importante es cómo manejarla. Hay que asegurarse de que no habla.

— No la veo con muchas ganas de hablar. La has visto, igual que yo. Tenía miedo, Keeper.

— Cierto. Pero ¿y si le damos otro incentivo para que siga callada?

Al principio Comet Nova lo miró con intriga, pero enseguida sonrió.

— Se cazan más moscas con miel que con hiel —dijo animadamente.

— Sí; eso pensaba yo también. Estaba pensando... Obsidian Scythe se jubilará en pocos años, ¿no?

Los ojos de Comet Nova se abrieron de golpe.

— ¿Pretendes ponerla a cargo de la brigada especial?

— Pretendo que Obsidian Scythe la tome bajo su protección. La investigué después de lo de su padre; pretende entrar en la academia de oficiales de Canterlot. Podríamos tener ahí a su sustituto después de que se jubile.

— Y ella aceptará, claro. Le dará la oportunidad de redimirse por lo que hizo su padre.

Time Keeper echó la espalda hacia atrás en la silla, y miró a Comet Nova con expresión satisfecha. Dos fuertes golpes sonaron en la puerta, y el ministro volvió la mirada hacia ella.

— Contaba con ello. Por eso he invitado a Obsidian Scythe a venir aquí para tratar el tema.

La puerta se abrió con un hechizo del ministro, y un unicornio entrado en años entró en la habitación. Sus ojos gris platino miraban al frente, al unicornio negro, mientras caminaba por el despacho hasta llegar a la silla que Time Keeper le ofrecía.

Sentó su fornido cuerpo citrino en el asiento, y asintió.

— Buenas tardes, Time Keeper. —Giró la cabeza a la derecha—. Comet Nova.

— Buenas tardes —respondieron ambos al unísono.

— ¿Cómo está Chisel? —preguntó Comet Nova.

Obsidian Scythe se forzó a sonreír, pero la forma en la que la punta de sus orejas se inclinó hacia el suelo lo delataba.

— Bien, bien. Estuvo un poco jodido, pero ya está recuperándose en casa.

— Me alegro. Dele recuerdos míos.

Obsidian Scythe asintió, y se giró hacia Time Keeper. Antes de que el ministro pudiera abrir la boca, el veterano oficial dijo:

— Así que quiere que entrene a esa potra para que me suceda en operaciones especiales.

Obsidian Scythe no solo era general del ejército equestriano. También era el dirigente de un selecto grupo de soldados de Equestria que conocían la existencia del Ministerio del Tiempo y que se hallaban a su servicio en caso de que se juzgara necesaria una intervención militar para mantener la historia inalterada.

— He revisado su historial. No está mal, a pesar del lunar de su padre. Alumna de la Academia, buen expediente, interés en el ejército equestriano...

— ¿Pero...? —se anticipó Time Keeper.

— Pero ahora mismo no es nada, señor ministro. Es una hoja en blanco, un plan de batalla sin hacer.

— Una joya en bruto por pulir —replicó Time Keeper, mirándolo fijamente a los ojos.

— Una joya en bruto que lo mismo puede ser un diamante que un zircón.

El ministro cerró los ojos, molesto; más consigo mismo que con el general. Tenía razón, no podía negarlo. Obsidian Scythe suspiró.

— Señor ministro, si lo he entendido bien, la idea es darle un incentivo a Blue Topaz para que mantenga en secreto la posibilidad de viajar por el tiempo. Pero si ese incentivo es mi puesto cuando me jubile, me temo que no puedo hacerlo. No puedo recomendar a Sus Altezas a alguien de quien no sé casi nada.

No hubo respuesta por parte de Time Keeper, que mantenía los ojos cerrados y el hocico apuntando a la mesa, haciendo funcionar a toda velocidad los engranajes de su cerebro en busca de una solución.

— ¿Y si...? ¿Y si el incentivo fuera la propia posibilidad?

Obsidian Scythe inclinó la derecha, mirándolo con atención e intriga. Lo mismo hacía Comet Nova, que hasta aquel momento había permanecido en silencio, junto al muro derecho.

— ¿Qué quieres decir?

— Decirle que la consideramos para trabajar con nosotros, en operaciones especiales. Que dependería de su rendimiento. Debería ser suficiente como para comprarla.

— No lo veo mal. Si desea hacerlo, puede mencionarle la posibilidad —respondió Obsidian Scythe tras unos segundos de reflexión. Su rostro se endureció de repente, y añadió con severidad—: Solo pondré una condición.

Time Keeper asintió con la cabeza. Ni él ni Comet Nova pronunciaron una sola palabra. Ambos sabían perfectamente la condición que iba a exigir el general.

— La decisión final la tomo yo.


— Reunidos aquí somos para escuchar las últimas voluntades del buen e finado rey Bullion I —comenzó el viceemperador grifo, declamando con voz potente, pero suave. Izó su pata delantera derecha, que sostenía en sus garras el testamento real—. Escritas del su casco e letra, contenidas en aqueste pergamino son.

Dawn Star ni siquiera lo miró. Estaba demasiado ocupada escrutando a los asistentes a la lectura del testamento desde su cómoda posición, agazapada en la última fila junto a Nąȋenähz.

Junto al viceemperador, de pie y a su izquierda, estaba el príncipe. Su mirada pasaba alternativamente del grifo al testamento, y del testamento al grifo. En sus ojos gris platino podía ver una absoluta seguridad en sí mismo, en verse sentado sobre el trono de Equestria.

A su izquierda se encontraban otros tres ponis. El mago al que habían visto entrar a la habitación era el primero. Lo flanqueaba otro unicornio, un militar de unos treinta años, con armadura ceremonial, que de vez en cuando buscaba el rostro de su esposa. Y cada vez que lo encontraba, ella apartaba la mirada con desprecio.

El último de los cuatro era un unicornio dorado como la moneda de un bit y crin plateada como la moneda de medio, menudo y gordo, que mantenía la mirada, con un punto de impaciencia, fija en el techo de los aposentos reales. Como si el testamento del rey no fuera con él, como si deseara que la ceremonia se terminara de una vez para poder volver a sus ocupaciones diarias.

Dawn Star nunca había visto a tres de ellos, pero por su número no le cabía duda de que eran los ponis que habían colocado los cuatro sellos que había encointrado en la cinta púrpura del pergamino.

La hija del príncipe, la infanta Luna, no se encontraba junto a él, sino sentada en el centro de la primera fila. A su derecha se sentaba un anciano pegaso de crin cana y cubierto por la armadura dorada ceremonial del ejército equestriano, que observaba la ceremonia con intriga y preocupación. A su izquierda, una unicornio cereza, que sorprendentemente había acudido a la reunión completamente desnuda, sin ponerse ni siquiera un sencillo vestido. Mantenía su atención dividida entre la infanta Luna y el viceemperador grifo; y en esquivar la mirada de su marido cada vez que él giraba la cabeza en su dirección.

Desde donde estaba sentada no podía ver el rostro de la infanta. Pero por sus movimientos nerviosos de cabeza, que de vez en cuando le permitían ver sus ojos muy abiertos, podía concluir que estaba aterrada.

Había visto a Nąȋenähz. Se había girado para ver quiénes entraban en los aposentos reales, y sus ojos se habían posado sobre la thestral. Sus párpados se habían alzado de golpe, y había hecho ademán de levantarse, pero una mirada suplicante de Nąȋenähz la había convencido para que se quedara en su sitio.

La segunda fila, la que estaba justo delante de Dawn Star, estaba ocupada por ponis que no conocía. Justo enfrente de ella, un poni de tierra entrado en años, alto y robusto, de pelaje de un profundo azul marino y la crin blanca como la espuma de las olas del mar. De vez en cuando, el joven poni de tierra a su izquierda trataba de conversar con él, pero el anciano ignoraba todas y cada una de las palabra que salían de su hocico verde hierba.

Sentado a su derecha, otro unicornio, gordo, de pelaje citrino bit y crin amatista, contemplaba en silencio al príncipe y al viceemperador, sin ningún gesto ni acción que revelara lo que pensaba o pudiera estar tramando. Idéntica situación se presentaba con el alto y robusto poni de tierra a su derecha, totalmente marrón, crin y pelaje e iris, como la tierra de cultivo, como la…

Dawn Star contuvo una arcada, y se forzó a expulsar aquella comparación de su cabeza. Lo último que le hacía falta era vomitar allí mismo, delante de todos.

Volvió la cabeza hacia atrás, buscando disimuladamente a Swébende Gagel. El guerrero pegaso, protegido por su coraza de acero cloudsdaliana y armado con una larga lanza proporcionada por el rey, vigilaba la situación con la espalda contra el portón de madera, observando intensamente a todos los asistentes, tratando de adivinar cuáles podrían suponer una mayor amenaza.

No era el único guardia apostado en los aposentos. Otros tres caballos armados con lanzas vigilaban a los asistentes, con expresiones duras e inescrutables. Solo uno de ellos le sonaba a Dawn Star, el unicornio verde lima de ojos esmeralda que le había abierto las puertas del trono cuando el rey la había llamado para sellar el testamento. A los otros dos no los conocía de nada.

— Invocados sobre aqueste pergamino mágicos hechizos fueron, que el su contenido de nefarios ponis que mutarlo en el su beneficio pretendieren guardar han —continuó el viceemperador, y se giró hacia el príncipe, que iluminó su cuerno—. Cuatro ponis de la su total confianza la su magia el servicio de la su patria puesto han.

Los ojos de Dawn Star se abrieron de golpe. ¿No le había dicho al viceemperador que ella también lo había sellado? ¿Significaba eso que ninguno de los altos cargos del reino era de su total confianza?

Por el contrario, Swébende Gagel comprendía muy bien la decisión del monarca de añadir aquel sello secreto a su testamento. Había descubierto pocas horas antes de morir que su consejero, un poni del que se fiaba sin reservas, había creado un testamento falso para hacerse con el reino. Después de semejante torpedo en la línea de flotación de su confianza, no era sino lógico que Bullion I hubiera decidido tomar medidas más expeditivas para asegurarse de que su testamento llegara intacto al momento de su lectura.

Como una sirvienta que le aplicara un sello mágico sin que os otros implicados lo supieran.

— Su Alteza Real Coren Blóma, Príncipe de Equestria, ¿reconocéis aqueste el vuestro sello mágico y confirmáis que violado non ha sido?

El cuerno del príncipe se iluminó, y extendió su poder innato hacia el testamento. Tanteó con su magia los hechizos colocados en la cinta que lo mantenía enrollado, y frunció el ceño de golpe.

— De cuatro encantamientos habéis fablado. Cinco son aquí sitos.

Al instante, un murmullo se extendió por los aposentos reales, como el fuego en un campo de trigo agostado por la sequía. Dawn Star se encogió en su sitio, repentinamente nerviosa, deseando desaparecer de la vista de todos. Coren Blóma giró la cabeza hacia el viceemperador, y le preguntó con suspicacia:

— ¿Cómo explicáis aquesto, Vuestra Gracia? Pues vos hubisteis el testamento desde la pasada noche fasta agora.

El grifo se irguió amenazadoramente, mostrando sus afiladas garras, mirando furioso a ese mequetrefe insignificante que había osado desafiarle frente a los ponis más importantes de Equestria.

— ¿Osáis acusarnos de manipulación de las regias voluntades, miserable poni? ¿A nos, honorable sobrino de Su Gloriosa Alteza Imperial Gebhardt III?

Swébende Gagel se mordió el labio inferior mientras aferraba la empuñadura de su espada. Su misión. Tenía que ignorar a aquel grifo que osaba menospreciar a un poni, aunque fuera un unicornio traidor aliado con ellos. Su misión era más importante.

— De nada vos he acusado —replicó el príncipe Coren Blóma. Su voz sonaba conciliadora, y si uno se fijaba en sus orejas podía ver que se habían inclinado ligeramente hacia el suelo—. Mas ayer cuatro sellos había; e nadie sino vos, Su Excelencia, acceso a aqueste testamento fasta agora hubo.

— ¿E por qué habría de mandar sellarlo? ¿Qué con ello ganaría?

El príncipe mantuvo la mirada al grifo por un instante, pero al final bajó la cabeza, consciente de que el viceemperador tenía razón. Ni tenía razones ni sentido que hiciera una cosa semejante.

En su posición en el centro de la última fila, Dawn Star se encogió aún más sobre sí misma. Quería desaparecer, esfumarse. La que había liado el rey con su petición secreta.

— Teneos —exclamó de repente el unicornio verde con la capa de mago. Tanto el príncipe como el viceemperador se giraron hacia él, expectantes—. ¿Acaso non os habéis aún percatado? Es aquesto cosa del difunto rey.

— Explicaos —le pidió el viceemperador con evidente interés, y volvió a ponerse a cuatro patas.

— Vuestra Excelencia, descrito habéisnos como ponis que de confianza sines reservas del difunto rey gozábamos. Mas de aqueste fecho despréndese inevitablemente que era tal noción errada.

Escandalizado por la sugerencia del mago de la corte, Coren Blóma abrió la boca para callarlo; pero el viceemperador se lo impidió con un gesto de su garra derecha.

— Pensad de aqueste modo. ¿Quiénes éramos en aquesta estancia cuando fueron las mágicas guardas invocadas? Nos los cuatro selladores, amén de Su Excelencia. Si tal la nuestra voluntad hubiere sido, fácil en extremo hubiere sido cambiar la regia voluntad. Hubiéramosnos reunido en secreto, amparados por la noche, abierto las guardias, violado los sus deseos, de nuevo selládolo; e nadie, salvo nos cuatro, hubiérelo jamás sabido.

Sus argumentos fueron recibidos con un murmullo general de aprobación. Incluso el mismo príncipe Coren Blóma y el viceemperador parecían satisfechos con ella.

— Mas, si un quinto sello al pergamino añadido fuere, sin que ninguno de nos noticia de aquesto hubiere, imposible hubiérese para nos tornado el mutar las reales voluntades. Tal fizo para de traición guardarlas. —Inclinó la cabeza hacia la derecha, y añadió—: Tan solo hemos de saber quién aquesta real orden recibió.

Inmediatamente, Dawn Star buscó a Nąȋenähz con la mirada, pidiéndole ayuda. A su expresión asustada, ella solamente respondió con una afirmación de cabeza.

Tímida y temblorosa, la pezuña parda de Dwn Star se alzó, apenas un centímetro sobre las cabezas que tenía delante. Centímetro que fue suficiente para captar la atención del viceemperador.

— ¡¿Tú?! —tronó la voz de viceemperador, sorprendido al ver que una simple criada del palacio había sido la elegida por el difunto rey Bullion para salvaguardar la integridad de su testamento. Dawn Star dio un respingo, y bajó la pezuña inmediatamente—. ¿Criada del palacio?

— Nuevo argumento a favor de la mi teoría es. Si unicornio de baja cuna el pergamino sellare, jamás en él reparado hubiéremos.

— Regodeaos en otro momento —le ordenó el grifo, con cara de pocos amigos, antes de volver la vista hacia Dawn Star; de nuevo encogida sobre sí misma y tratando de pasar desapercibida—. ¿Fuiste entonces por el rey mandada?

— S… sí, mi señor. Me lo ordenó el rey Bullion. —Hablaba a toda velocidad, sin atreverse a mirar a los notables del reino, mezclando palabras con castañeteo de dientes que incluso Swébende Gagel, un par de metros por detrás de ella, podía oír con claridad—. Uno de sus guardias me dijo que el rey quería verme. F… fui, lo sellé y volví. Eso es todo, no sé más.

— Entiendo —respondió el viceemperador, sin ni siquiera molestarse en mirarla—. ¿Cuál de ellos llevóte a real presecia? ¿Puede la historia tuya corroborar?

— Puede —declaró de repente Swébende Gagel, sin cuadrarse ni saludar. Un extraño brillo asomó a las pupilas del grifo—. Orden real de fallarla e llevarla ante el rey Bullion recibí. Vila con aquestos los mis ojos en los reales aposentos penetrar. E apenas un instante después vila de nuevo salir. —Miró, primero al viceemperador, y luego al príncipe Coren Blóma con dureza, antes de añadir—: Aquesta es la yegua por vos buscada. Sobre las cenizas de los mis antepasados jurarlo puedo.

Por un momento, el tiempo se detuvo. Por un instante, Coren Blóma estuvo convencido de que Su Excelencia iba a saltar sobre aquel extraño guardia que se negaba a mostrarle el debido respeto a un miembro de la familia real grifa y hacerle pagar con su vida por aquella transgresión. Sin embargo, el viceemperador se calmó, y declaró con voz potente:

— Es última voluntad del difunto e recordado rey Bullion I que todos aquellos que fueron por él declarados como los guardianes de la su voluntad sean juntos, al frente de aquesta reunión. Los sellos que sobre el testamento colocados fueron habrán de quitar, e reconocer si manipulados o no fueron.

A paso rápido, Dawn Star caminó hasta colocarse junto a la pared izquierda, detrás del último de los nobles que hacían fila. Sentía las miradas de toda la habitación fijas sobre ella. Tragó saliva, y miró al suelo.

— Coren Blóma —declaró el príncipe con voz potente, e invocó su magia de color platino—. Hermano del nuestro rey soy. Declaro que nadie el mi sello violó, e que abierto queda.

Se apartó dando un paso hacia su izquierda, y Pyrn Fleusa, mago de la corte, avanzó, repitió su declaración y su apertura. Tras él, Solar Spear, capitán del ejército equestriano, y Gegyld Bizant, supervisor real de la moneda, liberaron sus respectivos sellos.

Al fin, Dawn Star, temblorosa y con la mirada fija en las baldosas del suelo, se halló frente a frente con el testamento real. Hiperventilando y con el estómago helado, trató de elevar la cabeza, pero no fue capaz.

— Da… Da… Dawn Star —logró tartamudear a duras penas. Trató de invocar su magia, pero su cuerno chisporroteó patéticamente antes de apagarse—. Sirvienta del castillo. Mi sello no ha sido violado.

Inspiró rasgadamente, y se atrevió a levantar la mirada. Un agudo chirrido, el grito de un ratón asustado, escapó de sus labio al ver las duras expresiones con que la observaban los cuatro nobles selladores.

— Non temas —escuchó decir al mago Pyrn Fleusa. La calidez en su voz era reconfortante—. El tu deber con Equestria cumples. Nada de nos has de temer.

Sus palabras no hicieron sonreír a Dawn Star, pero sí lograron infundirle la pizca de ánimo que necesitaba para cargar su hechizo y liberar su sello. Con un rápido movimiento de su garra derecha, el viceemperador deshizo el nudo, y con otro desenrolló el pergamino.

Carraspeó un par de veces para aclararse la garganta; y, como si un imperceptible hechizo hubiera recorrido los reales aposentos, todas las miradas se clavaron en él. Pero él no les prestó ninguna atención. Sus ojos buscaron la florida mayúscula uncial con que el rey Bullion había comenzado su testamento, y tan pronto como la encontró comenzó a leer:

— Nos, Bullion I, rey de Equestria, rey de Canterlot, rey de Cloudsdale, rey de Trottingham, rey de Hoofington, rey de Vanhoofer, rey de Tall Tale —omitió los títulos de rey de Baltimare, rey de Fillydelphia, conde de Manehattan con un rictus de rabia. ¡¿Cómo osaba declararse rey de territorios perenecientes al Imperio Grifo?!—, archiduque de Hexia, duque de Trigia; señor de la magia, soberano de las nubes, soberano de las plantas y los cultivos, aquel que manda al Sol y a la Luna; vasallo y siervo de Su Majestad Imperial Gebhardt III, emperador de los grifos, señor de Grifonia y soberano de Equestria; a quienes aquestas palabras leyeren u oyeren, sabed:

-Que nos, Bullion I, fallándonos en uso pleno de las reales facultades mentales e contemplando los últimos instantes de la nuestra larga e provechosa vida, hemos aquí plasmado las nuestras reales voluntades, otrosí la real decisión de la designación del nuestro heredero e recipiente de la corona del grande e glorioso reino de Equestria.

Un poderoso escalofrío recorrió el cuerpo de Dawn Star desde el hocico hasta la punta de su cola. Dirigió una temerosa mirada a Swébende Gagel, pero el soldado pegaso no respondió. Mantenía una expresión inescrutable y la vista fija en el mago Pyrn Fleusa, escrutando su rostro, examinando sus acciones.

— En aquestos duros instantes, en que un amado hermano e asimismo un amado tío partidos por siempre son, menester es recordarvos la firme base sobre la cual fue la gloriosa nación equestriana fundada. La paz e la unidad entre las tres razas fundadoras dionos la fuerza para aqueste país fundar e defender, e solo cuando grande desunión entre el nuestro pueblo imperaba sufrido hemos la más negra amargura de las derrotas. Solo unidos los equestrianos sobreviven. Mantened aquesta unidad e fraternidad entre ponis de tierra, unicornios e pegasos, que sin ella los más negros tiempos nos sobrevendrán. Es aqueste el nuestro consejo e el nuestro mandato.

-Otrosí habed siempre en los vuestros recuerdos a los nuestros esforzados súbditos. Pues un pueblo cansado es tan buen hacedor de reyes como la regia voluntad. Non incurráis en la su ira.

-Una vez aquesto dicho fue, las nuestras últimas voluntades serán agora detalladas:

La frase no había terminado de fluir del pico del viceemperador cuando todo el cuerpo de Dawn Star se tensó de golpe. Había llegado el momento de la verdad. El momento de actuar.

Agazapados en sus posiciones al fondo de la sala, tanto Swébende Gagel como Nąȋenähz respondieron con casi imperceptibles afirmaciones de cabeza.

— Nos, Bullion I de Equestria, ordenamos e mandamos que sea reparado el puente sobre el río Haydalquivir, con buenos sillares de granito, con arreglo al real tesoro, que habrá de convenir al comercio de la ciudad de Trottingham.

-Otrosí, en premio a la grande e probada fidelidad de la ciudad de Tall Tale, mandamos e ordenamos que permitido le sea fletar dos barcos anuales que con las islas de Mustangia, que llaman Afortunadas, comercien, e que nadie, poni nin grifo nin natural de especie cualesquiera, lo impida o malogre, so pena de cinco años de cárcel e doscientos azotes.

-Segundamente, por los notables e indispensables servicios por el su patriarca a la nuestra real equinidad prestados, mandamos e ordenamos que sean aumentadas en media legua hacia el oeste las tierras de la familia Hæwensteorra.

— Bujarrón —murmuró para sí el viceemperador.

Carraspeó antes de continuar su lectura.

— Otrosí, concedemos e otorgamos al heroico guardia Swébende Gagel medalla al honor militar, e concedemos e otorgamos a la heroica potrilla Grenat condecoración e derecho a haber en el su honor funerales de Estado. Acreedores de tales honores tornáronles las sus honrosas actuaciones en pro de la Corona, sines cuales duelos e quebrantos tales que espanto en el nuestro corazón e nuestras mentes ponen, hubiérenle acaecido.

Coren Blóma le dirigió una mirada interrogante al viceemperador, que se limitó a encogerse de hombros. Él tampoco tenía ni la más remota idea de quiénes eran aquellos dos, ni qué habían hecho. Bah, qué más daba. Ya se enterarían cuando vinieran a recoger sus medallas.

— Voluntad nuestra es agora dirigir palabras a los más ilustres miembros de la nuestra corte. Gegyld Bizant, non habemos para vos sino gratitud por los vuestros años que a la amonedación en nuestra Real Casa de la Moneda habéis dedicado. Fiel habéis siempre sido, cumpliendo con integridad los Reales Decretos sobre materia de la moneda, e jamás fallado se os ha tacha ni mancha en las vuestras funciones. Por la vuestra fidelidad e servicio, os respaldamos, una vez más, en el vuestro cargo, e vivamente recomendamos a quien a nos suceda que vos mantenga, pues poni más fiel e honesto no podrá en Equestria fallar.

-Scearpe Sweord, comandante Scearpe Sweord, ¿qué podemos decir de vos que justicia vos faga? Sines la vuestra existencia, terribles males hubieren Equestria asolado. Sines vos, que el cerco de Trottingham rompisteis, perdida para siempre la urbe a Saddle Arabia fuere. Sines vos, que taimada maniobra de los ejércitos de Trigia por pasos secretos de las montañas del norte descubristeis, un horrible mal hubiere a las provincias norteñas sobrevenido. Sines vos, las traidoras incursiones esclavistas zebrabuenses en las tierras del sureste continuado hubieren.

-E es aquese tan solo diminuto fragmento de la vuestra hoja de servicios, tan brillante como la nuestra corona a la luz del Sol. Por ella, e por los vuestros militares servicios, elevámosvos y nombrámosvos Duque de los Cumulonimbos, a vos e a la vuestra descendencia natural, a perpetuidad. Vuestras serán las tierras en cuatro leguas en rededor de Hoofington, los sus molinos, los sus lagares, los sus hornos e los sus ríos.

El anciano pegaso, sin levantarse de su lugar en la primera fila, inclinó respetuosamente la cabeza y se llevó la punta del ala derecha al corazón.

— Pyrn Fleusa, non puedo sino elogiar la vuestra maestría en encantamientos. El vuestro esfuerzo e tesón permitiónos haber hechizos con que mejor defendernos de las oscuras artes. Las vuestras investigaciones e mejoras en el hechizo de transporte del grande Star Swirl dionos mejores e más veloces comunicaciones con los más alejados confines del nuestro reino. Fue la vuestra sabiduría e conocimiento de las artes mágicas salvación de las nuestras tropas en un ataque de Zebrabue fueron. Por ello, concédovos pensión de dos mil bits cada año, para que por siempre hayáis recursos con que avanzar las arcanas artes e los mágicos conocimientos.

-Luna, sobrina nuestra...

Como si un relámpago hubiera recorrido su cuerpo, la infanta Luna se levantó de golpe. Sentía su corazón latiendo con fuerza, y mientras sus ojos permanecían fijos en el testamento de su tío, su pecho apenas daba unas pocas y rasgadas inspiraciones.

Ahí estaba. Frente a ella, su futuro. Su destino.

En la primera fila, las patas de Dawn Star le fallaron. Fue tan solo una fracción de segundo, un milímetro de caída del que enseguida se recuperó.

Había logrado que la ventisca amainase, pero en se momento volvió a rugir con toda su furia.

— Recordamos aún el día en que llegada fuisteis al real palacio, deseosa de servir como la vuestra madre mandóvos. Recordamos el vuestro asombro al descubrir que de regia sangre érais, e el infantado la vuestra posición.

Una lágrima se deslizó por la mejilla de Luna. La mirada de Dawn Star se cruzó con la de Nąȋenähz, y pudo vislumbrar en ella un destello e confianza.

— La más grata compañía habéis sido para nos aquestos largos años. Habéis sido cercana yegua, con la que departir todo cuanto en los nuestros corazones sin reservas pude. Confianza sines igual con vos pudimos haber, e delicados asuntos que con nadie más tratar pudimos en vos respuesta y consejo fallaron. Non hay en todo el nuestro reino caballo nin yegua con quien tan grande cercanía hubiéramos.

Los ojos de Dawn Star se encontraron con los de Swébende Gagel, que se limitó a asentir con un cortísimo movimiento, tan corto como fino era un pelo rojo de su crin, con total seguridad en sí mismo. Era el momento.

— Rogásteisnos por protección. No por dinero, poder o tierras; sino por haber lugar en que vivir tranquila e protegida de las intrigas cortesanas. E por el regio honor que aquese deseo vos hemos de conceder. Habréis tierras en las que estar protegida del vuestro padre.

Lentamente, la cabeza de Dawn Star descendió a medida que recitaba entre dientes el hechizo que paralizaría a todos los asistentes a la lectura, salvo a ella y sus compañeros. Podía sentir su energía arcana corriendo por su cuerno, buscado su punta, cómo su aura sobrenatural comenzaba a rodearlo. Sus ojos estaban fuertemente cerrados, tratando de sobreponerse a los mil enjambres de Breezies que revoloteaban en su estómago. Los mismos Breezies que había sentido al ir a detener a su ex novio en El Cañaveral.

Nąȋenähz quiso saltar, interponerse en el camino del hechizo, proteger a los ponis del golpe de Estado que estaba a punto de tener lugar. Solo gracias al autodominio que le habían proporcionado sus años como cazadora en los bosques cercanos a Fillydelphia consiguió resistirse a sus impulsos.

— Os dejamos todas las tierras de Equestria. E vos reinaréis sobre ellas como la su nueva reina.


El testamento del rey Bullion contiene dos referencias. La primera frase, a la Constitución española; la frase "Solo unidos los equestrianos sobreviven" es una referencia al lema serbio "Само слога Србина спашава" (Samo Sloga Srbina Spašava, Solo Unidos los Serbios Sobreviven).

Zinc, zirconio, zircón y zirconita mejor que cinc, circonio, circón y circonita. Change my mind.