Con el ceño fruncido y los dientes apretados con fuerza, Swébende Gagel volaba por las calles de Cloudsdale en dirección a su casa. Olvidar a Grenat. Sepultar en el olvido su heroico sacrificio por salvar a Equestria de caer en las garras de un traidor.
Le hervía la sangre solo de pensarlo. ¿Cómo podía permitirse semejante ofensa? Su hazaña merecía ser recordada y celebrada por todos los equestrianos. Pero en lugar de eso, la habían olvidado, y ahora estaría enterrada en cualquier fosa común tirada por el campo.
Bufó con rabia. ¿Por qué todas sus misiones para el Ministerio tenían que acabar en un más que justificado enfado?
Giró a la derecha al llegar a la esquina, y al fin pudo vislumbrar su modesta casa de nubes. Y en la puerta, un pequeño punto gris plomo.
Inmediatamente, aceleró hacia su morada, con el corazón en un casco. Huracán siempre lo esperaba dentro de casa. Solo salía cuando había ocurrido algo grave.
Lo vio despegar de repente y volar hacia él, y su corazón se encogió de golpe. ¿Qué habría ocurrido? ¿Tan grave era? Agitó las alas con más fuerza, reduciendo la distancia que le separaba de su hijo.
— ¡Padre! —le oyó gritar.
Estaba apenas a veinte metros de él. Dio un último batir de alas, y se frenó para poder preguntarle a Huracán qué ocurría, pero él no le dejó hablar.
— ¡Padre! ¡Es madre! ¡Ya viene el potro!
Toda la preocupación y enfado que había sentido Swébende Gagel desaparecieron al instante, sustituidas por el alivio y la alegría. Abrió las patas delanteras, y abrazó con fuerza a su hijo mayor.
Su potro. Su vástago. Por fin había llegado el ansiado día. Por fin llegaría al mundo.
— También fueron llegadas al nuestro hogar dos matronas, padre.
Todo el mal humor que acababa de expulsar volvió de golpe al rostro de Swébende Gagel.
— ¿Matronas? Ciertamente non trataráse de…
— Non, padre —replicó Huracán con convicción—. Conozco fechos de Fíctere Heorte. En caso ninguno habría de permitirle ser entrada en la nuestra morada.
Swébende Gagel liberó a su potro de su abrazo y le sonrió con orgullo. Ese era su hijo. Jamás se asociaría con yeguas de baja estofa.
Echó a volar hacia su casa, flanqueado por el pequeño Huracán. Batía las alas con fuerza, acelerando cada vez más. A su derecha, su hijo trataba de seguirle el ritmo con aleteos acelerados, pero apenas era capaz de mantenerse a la altura de la cola de su padre.
— Raro fablan —le dijo entre dos jadeos—. E aspecto muy extraño ha una dellas. Trozos de metal lleva en las sus orejas, e un anillo en la su nariz, como si vaca fuese.
El guerrero pegaso resopló, e inclinó el cuerpo hacia adelante para comenzar el descenso hacia la puerta de su casa. Así que pinta extraña y lenguaje difícil de entender. Ya sabía de dónde salían aquellas dos. Lo que no sabía era por qué las habían mandado.
¿Por qué el Ministerio tendría tanto interés en el nacimiento de su potro?
Swébende Gagel sintió la blanda superficie del cúmulo bajo sus pezuñas, y plegó las alas instintivamente. Un segundo después, escuchó el aterrizaje de Huracán. Sacudió la cabeza, y caminó hacia la puerta con pasos largos y rápidos.
No había llegado a poner un casco en la puerta cuando escuchó el primer grito de dolor de su esposa. Instintivamente, abrió la puerta y se precipitó en la habitación marital.
— Sigue, cariño, respira —oyó decir a una voz cansada por los años, pero sin duda femenina—. Lo estás haciendo muy bien.
Tendida en la cama sobre su espalda, con las patas traseras abiertas y la cola bajada, Buterflége jadeaba y resoplaba. Al pie de la cama, una anciana pegaso de pelaje azul cielo y crin encanecida por sus muchos años de vida la observaba atentamente, vigilando el proceso del parto.
— ¿Y vos quién sois e qué facéis en la mi morada?
La matrona se separó del cuerpo de la yegua, y se giró a la izquierda para mirar a la cara al marido. Correspondió a su mirada dura y fría con otra determinada desde sus iris azul zafiro, en la que Swébende Gagel pudo distinguir sin duda posible la inquebrantable voluntad de acabar aquel trabajo con madre y potro sanos y salvos, sin importar qué o quién pretendiera interponerse en su tarea.
— Caring, ocúpate tú un momento de esto. Yo tengo que hablar con el padre.
La yegua a su derecha, una joven potra de apenas unos veinte años, de cuerpo pequeño pero robusto, pelaje negro como las nubes de tormenta y crin amarilla como el destello de un relámpago, se apresuró a asentir.
— ¡Sí, jefa! ¡Por supuesto!
Tal como había dicho Huracán, Swébende Gagel pudo ver dos pequeñas bolitas de metal plateado sobre la piel de su oreja izquierda, y un anillo del mismo material cuyas puntas salían cada una de una fosa nasal.
Recordaba haber visto a algún poni llevando algo parecido en su breve excursión por el siglo XXIII para detener a Helter Skelter. Si aún no supiera de dónde había salido aquella yegua, aquella hubiera sido una pista definitiva.
Caring Feather avanzó hasta colocarse en el lugar en el que había estado la anciana matrona. Tragó saliva al escuchar un fuerte grito de dolor de Buterflége, pero alargó con decisión la pata delantera hacia su cuerpo.
— ¡La pata! —exclamó de golpe la yegua, y a una velocidad impropia de su edad se volvió y golpeó el casco de su ayudante.
Caring Feather siseó, dolorida, pero comprendió al instante lo que su profesora le quería decir. Con las mejillas sonrojadas y las orejas gachas, remojó las patas en el cuenco de solución antiséptica que descansaba a su izquierda, sobre el suelo de nubes, y las frotó a conciencia.
— Llevas todo el santo día andando, llenándote los cascos de mierda, ¿y ahora se los quieres meter por ahí a esa yegua para que coja una infección de época? ¿Tú eres subnormal o coges un barco para ir a Cloudsdale?
— Jefa, tan sucias no las tenía —murmuró, pero sin atreverse a mirarla—. Las nubes están limpias.
— Pezuñas limpias una leche. Te he oído en el baño con el dichoso juguetito después de almorzar. Estoy vieja, no sorda.
Las mejillas de Caring Feather enrojecieron hasta parecer dos carbones al rojo vivo. Bajó la cabeza, humillada, y con las orejas gachas comenzó a examinar el estado del parto de Buterflége.
Su jefa la observó en silencio durante unos segundos, y asintió con satisfacción.
— Vamos a otra habitación. Allí se lo explicaré.
— Estoy de acuerdo. Huracán —giró la cabeza hacia su hijo—, quédate cabe la tu madre e cuida della.
— ¡Farélo, padre! —respondió él con entusiasmo, cuadrándose como si se tratara de un soldado. Había captado perfectamente el mensaje oculto en las palabras del caballo: vigilar a aquella yegua.
Sin más demora, le hizo un gesto a la anciana matrona para que pasara a la habitación de Huracán, y ella obedeció. Swébende Gagel la siguió sin perderla de vista.
— Bien, decidme —le ordenó con una mirada poco amistosa nada más cerrar la puerta—. ¿Quién os envía y por qué?
— Time Keeper —respondió ella sin inmutarse—. Quiere asegurarse de que tu potro nazca sin problemas.
Swébende Gagel frunció el ceño. ¿Y por qué se metía de esa manera en su vida? Huracán había nacido sin problemas gracias a una hábil matrona de Cloudsdale. No había necesitado ayuda del futuro. ¿Por qué ahora decidía que sí la necesitaba?
— Sé perfectamente que no estoy en el año 2220. No es mi primer parto en el pasado.
Bien, la anciana pegaso conocía el secreto del ministerio. Entonces podría hablar libremente, o al menos todo lo que le permitiera la discreción ante su hijo y su esposa.
— Caring no; le he contado que nos ha llamado un matrimonio ultratradicionalista. No hace falta que le diga lo que tiene que hacer.
El soldado pegaso asintió con convencimiento. Ni una palabra sobre el lugar en el que realmente se encontraban a aquella potra tan estrambótica.
— ¿E quiénes habéis ayudado a ser nascidos? —le preguntó, con más interés y la desconfianza que había exhibido totalmente borrada de su rostro. Si el poni a cargo de la historia de Equestria mandaba a dos parteras para asegurarse de que nacieran, sin duda debían ser ponis clave para la historia.
— Nunca me lo dice —respondió la anciana pegaso, y Swébende Gagel hizo rodar los ojos en sus órbitas—. Ni siquiera sé en qué año estoy. Lo único que sé es dónde tengo que ayudar.
— Bien. —Volvió la mirada hacia la habitación marital con una mezcla de preocupación e interés, y devolvió la vista a la vieja partera—. Volved entonces a la vuestra labor. Os ruego traigáis al mi potro sano a aqueste mundo.
La anciana asintió con decisión y una rapidez impropia de su avanzada edad.
— Le prometo que haré todo lo que esté en mis cascos.
— ¿Qué...?
La voz de Blue Topaz se acalló de repente. Su mirada nerviosa, sus ojos azules, habían apuntado a la ventana, a la pared, a su almohada, a todas partes de su habitación de la Academia para Unicornios dotados desde que Time Keeper y Comet Nova habían vuelto a entrar en ella. Pero ahora permanecían fijos en los rostros negro del ministro y blanco de su segunda, sin disimular la ansiedad que sentía; pero dispuestos a enfrentarse a cualquier decisión que hubieran podido tomar.
Time Keeper intercambió una mirada con Comet Nova antes de asentir.
— Hemos estado revisando tu historial. Eres buena estudiante, sabemos que te apasiona el ejército equestriano, y también que has solicitado tu admisión a la academia militar de Canterlot.
Blue Topaz asintió con convicción. Ni se avergonzaba de ello, ni tenía sentido negarlo. Si aquellos agentes eran siquiera la mitad de capaces de lo que suponía de la Corona, ya sabrían hasta el regalo que le hizo su padre por su quinto cumpleaños.
Había sido una muñeca articulada de una yegua vestida con un bañador de una pieza, a la que acompañaban una sombrilla, un cubo y una pala para jugar a pasar un día de playa. A ella, que había pedido un juego de muñecos del ejército equestriano, le entró tal berrinche que se fue a su cuarto y se negó a comer la tarta de cumpleaños.
Irónicamente, aquella muñeca tan mal recibida no solo no había caído rápidamente en el olvido, sino que terminó por convertirse en uno de los juguetes con los que más había jugado durante su infancia. Tan pronto como se dio cuenta de que el juego de soldados no tenía ninguna yegua entre sus miembros, no había dudado en rescatar a la pobre muñeca e incluirla, convenientemente desnudada, revestida con una armadura y un casco de cartulina amarilla y despojada de sus accesorios de playa, en las aventuras militares que solía imaginar. Casi siempre como la líder del escuadrón.
Aún la conservaba, a ella y los soldados. Los había traído a Canterlot al ingresar en la Academia para Unicornios Dotados, y desde entonces descansaban en la balda superior de la estantería de su habitación, actuando como sus centinelas, aproximadamente la mitad vigilando la puerta y el resto sus sueños.
— En primer lugar, debemos decirte que tus sospechas eran acertadas. Existe una, como tú la llamaste, policía temporal. Su objetivo es impedir cualquier cambio en la historia equestriana.
Blue Topaz exhaló antes de asentir ligeramente. Eso ya lo sabía. Después de la detención de su padre y de saber lo que pretendía, incluso el equestriano más idiota hubiera podido deducirlo.
— En segundo lugar, nosotros no somos los únicos a los que nos ha gustado tu expediente.
Tan pronto como terminó de pronunciar la frase, tres golpes secos sonaron en la puerta. Todos los músculos del cuerpo de Blue Topaz se tensaron de golpe.
— No te preocupes —se apresuró a decir Comet Nova al notar la intranquilidad de la joven unicornio—. No estás en un apuro.
Sus palabras no sirvieron para tranquilizar a Blue Topaz, que giró la cabeza hacia la entrada de su habitación al tiempo que daba un paso atrás. Con todo su cuerpo en tensión y la mirada fija en la entrada de su habitación, iluminó su cuerno y abrió la puerta con un rápido hechizo.
El sonido de dos pisadas llegó a sus oídos, y un segundo después un unicornio entrado en años hizo acto de presencia en la habitación.
— Buenos días. Mi nombre es Obsidian Scythe.
Los ojos de Blue Topaz se abrieron de golpe. Parpadeó un par de veces para ver si el unicornio desaparecía, si no era una visión; pero era real. El fornido cuerpo citrino, sus ojos plateados cuya mirada infundía serenidad y ánimo a sus soldados, su bien cuidada crin amatista en la que empezaban a aparecer las primeras canas, las dos espadas entrecruzadas en sus flancos. Allí, en su cuarto, de pie frente a ella, se hallaba Obsidian Scythe, general del ejército equestriano.
Apenas alcanzó a balbucear unas pocas palabras apelotonadas entre sí antes de recordar de golpe las ordenanzas militares y cuadrarse torpemente.
Obsidian Scythe rio. No burlón, sino de buena gana, enternecido por el nerviosismo de la joven unicornio.
— Tranquila. Puedes descansar. No estamos en una revisión de tropa.
Blue Topaz devolvió la pata delantera derecha al suelo, pero aún miraba al capitán con una mezcla de asombro y estupefacción. Era él. El poni al que le había gustado su historial.
— Si bien es cierto que existe una policía del tiempo, en ocasiones no es suficiente para mantener la historia equestriana en su cauce. A veces es necesaria una intervención militar. —Sonrió con orgullo, y se cuadró. Blue Topaz lo miraba con la boca entreabierta, impresionada por lo que había visto y oído—. Entonces es cuando nosotros entramos en acción, la Brigada Temporal de la Corona equestriana.
Brigada Temporal, pensó Blue Topaz, emocionada. Un cuerpo del ejército dedicado a evitar alteraciones en la historia equestriana. Y si le había gustado lo que veía en ella... ¿Podía querer decir...? Apenas se atrevía a pensarlo.
— Nuestra brigada está formada por diferentes ponis de diversos cuerpos del ejército, todos escogidos personalmente. —Posó su pata sobre el suelo de nuevo, y miró directamente a Blue Topaz; su mirada se clavaba en los ojos azules de la joven unicornio con una intensidad que ella apenas era capaz de soportar—. No me andaré con rodeos. Blue Topaz, un vez examinado tu historial académico, considero que podrías formar parte de la Brigada Temporal.
A Blue Topaz le dio un vuelco el corazón. La querían. La policía temporal quería contar con sus servicios.
Se sentía tan emocionada... Podría viajar por el tiempo. Podría servir a Equestria. Podría ayudar a mantener la Equestria que había sido y que había llegado hasta ella.
— ¿Aceptas nuestra oferta? —le preguntó Obsidian Scythe, más como formalidad que por averiguarlo. La expresión del rostro de la unicornio pregonaba a los cuatro vientos su respuesta.
— ¡Zí! ¡Zí! ¡Por zupuehto que acepto! —exclamó Blue Topaz con emoción, y se llevó el casco derecho a la frente para cuadrarse—. ¡Acepto defendé el pazao de Equehtria!
Obsidian Scythe aisntió con parsimonia, y extendió un casco a Blue Topaz, que ella se apresuró a estrecharle con fuerza.
— Está decidido entonces. Blue Topaz, seguiremos tu progresos en la academia militar. Si juzgamos que tu progreso es satisfactorio, serás incorporada a la Brigada Especial.
— ¡Zí! ¡Zí, por zupuehto! ¡Me ehforzaré para entrá en la Brigada! ¡Ze lo prometo!
— No tengo ninguna duda —le respondió Obsidian Scythe con una cálida y amable sonrisa.
Time Keeper dio un paso al frente, y Comet Nova lo siguió.
— Bien, me alegro de que hayan llegado tan rápidamente a un acuerdo, y de que todo se haya solucionado bien. Pero hay un último asunto que debemos solucionar. General Scythe, si nos permite.
— Por supuesto —respondió Obsidian Scythe, y dio un paso atrás.
Blue Topaz observó al ministro y a su segunda con curiosidad y una pizca de nerviosismo. ¿Qué pretendían? ¿Y qué tenía que ver con ella?
— Tenemos que hablar con un poni. No es estrictamente necesario que venga con nosotros, pero considero que será una experiencia que le será de ayuda en el futuro. ¿Viene, o prefiere quedarse aquí?
Blue Topaz miró al ministro durante unos segundos, pensando en qué sería mejor, hasta que finalmente asintió. Si el caballo negro afirmaba que sería bueno para ella, no le haría ningún bien negarse.
— Me alegro de que acepte —respondió Time Keeper, y tanto él como Comet Nova caminaron hasta colocarse cada uno a un costado de Blue Topaz. Su cuerno se iluminó, y Blue Topaz fijó la vista en él, nerviosa—. No se preocupe. Solo es el hechizo que necesitamos para llegar a donde se encuentra.
— Habrá un fogonazo de luz y sentirás un fuerte viento que tirará de ti —le advirtió Comet Nova, y posó suavemente un casco sobre el hombro de la joven yegua—. No te asustes; es el hechizo. Es mejor si te tapas los ojos y no opones resistencia.
Blue Topaz asintió, e hizo exactamente lo que le había dicho la yegua: se arrodilló sobre el suelo de su habitación y se cubrió los ojos con la pata delantera derecha. Apenas un par de segundos después ocurrió el fogonazo de luz del hechizo al activarse, y acto seguido el fuerte viento hizo acto de presencia.
Instintivamente, todos los músculos de su cuerpo se tensaron, tratando de resistirse a los poderosos tirones que la magia daba a su cuerpo. Pero recordó el consejo de Comet Nova, y trató de relajarse. Inspiró profundamente, y conjuró en su mente la imagen de una playa solitaria en su Baltimare natal, al atardecer, en un día despejado con una suave brisa.
El viento arrancó del suelo el cuerpo de la unicornio. Pero Blue Topaz no chilló ni gritó, sino que se dejó llevar mansamente por las corrientes de aire, hasta que la introdujeron en el portal temporal que el hechizo del ministro había creado.
Caring Feather sacó su casco derecho del cuerpo de Buterflége justo antes de una fuerte contracción lo sacudiera. Apoyó sus patas delanteras sobre el borde del lecho, e, irguiéndose sobre ellas, buscó el rostro agotado y dolorido de la parturienta.
— Vamos, cariño, vas muy bien —la animó con calidez, en alta voz para lograr sobreponerse a los fuertes jadeos de la yegua—. Estás dilatando. Ya mismo viene el potro.
Buterflége trató en vano de sonreír, pues otra fuerte contracción la hizo aullar de dolor.
Sentado en una esquina de la habitación, Huracán contemplaba a las dos yeguas, con los pelos de punta. Cada vez que escuchaba gritar a su madre, se encogía sobre sí mismo y apretaba los dientes con impotencia. Si la causa de su dolor fuera un enemigo externo al menos podría defenderla. Pero era interna, el potrillo que iba a dar a luz; y ante aquello nada podía hacer.
— ¿Sigues pensando que los caballos son más fuertes que las yeguas? —le preguntó Caring Feather con un punto de sorna.
Huracán vaciló antes de responder.
— Fuerzas distintas son —respondió como si fuera la mayor obviedad del mundo—. Ellas para dar a Cloudsdale nuevos potros, nos los caballos para defenderla. Mas mayor es la nuestra, pues que las nuestras vidas dispuestos a entregar por la urbe e el reino somos.
Caring Heart no pudo sino emitir una risilla sarcástica. Ultratradicionalistas y sus locas costumbres. Miró al pequeño Huracán con ternura, y le preguntó:
— ¿Qué prefieres, Huracán? ¿Un hermanito o una hermanita?
Se hubiera jugado la cabeza, y no la hubiera perdido, a que Buterflége no se había hecho una sola ecografía en sus once meses de embarazo. Aunque no por las razones que ella creía.
— Hermano —contestó él con decisión—. Hermano al que enseñar el noble oficio de las armas. Hermano al que convertir en aguerrido defensor de la nuestra urbe.
La joven pegaso tuvo que morderse la lengua para no echarse a reír. Le parecía tan cómica la determinación del potrillo.
— ¿Quieres ser soldado, Huracán?
— Serélo —respondió él, con una seguridad tan firme que sorprendió a Caring Heart—. Defenderé urbe e reino de aquellos que contra ellos atentar quisieren. Iniciado soy ya en el arte del espada bajo la instrucción del mi padre.
Aquello ya le parecía más siniestro. Aquello tenía que ser adoctrinamiento militar y del muy chungo. Ahora entendía por qué tantos guardias cloudsdalianos salían de familias ultratradicionalistas.
— Anda, ¿quieres ayudarme a que nazca tu hermanito?
Solo la sonrisa que apareció en el rostro del pequeño Huracán fue más grande que el entusiasmo con el que asintió.
— Ve por agua hirviendo y unos paños. Esto va a empezar a ponerse feo.
— ¡Al punto! —exclamó él, y tras abrazar brevemente a su madre echó a volar en dirección a la cocina.
Caring Feather sonrió, enternecida, y sonrió en dirección a Buterflége.
— Es un buen potro. Seguro que está muy orgullosa de él —le dijo antes de retomar su trabajo y volver a comprobar cómo iba el parto.
Blue Topaz parpadeó un par de veces, pero ninguna forma apareció ante sus ojos. Extrañada, parpadeó de nuevo, pero solo para obtener el mismo resultado.
Sintió el frío tentáculo del miedo reptando por sus entrañas. ¿Qué había pasado? ¿Estaba ciega?
— Le doy la bienvenida a la prisión de Uruqaiqa. Estamos en una mina de cristales del norte del actual Imperio, en el año 1296.
Un escalofrío recorrió la espalda de la unicornio azul al tiempo que Comet Nova encendía su cuerno, iluminando la pequeña sala excavada en piedra con su acogedora luz azul turquesa. ¿Prisión? ¿Caverna?
¿Eso era lo que querían enseñarle? ¿Una especie de velada amenaza de lo que podría ocurrirle si se iba de la lengua?
— No se asuste. Tan solo hemos venido a recoger a uno de los reclusos. Creemos que ya ha tenido suficiente castigo.
Blue Topaz se limitó a asentir con lentitud. Velada amenaza. Daba igual lo que dijeran; había decidido que lo era.
Con su magia gris, Time Keeper abrió la gruesa puerta de madera que separaba la pequeña estancia del resto de la caverna. Un bofetón de aire gélido se precipitó de golpe en el interior, y Blue Topaz no pudo evitar que un escalofrío recorriera todo su cuerpo.
— Estamos a principios de octubre. Lo normal es que la temperatura oscile alrededor de los diez grados bajo cero —explicó Time Keeper mientras salía de la habitación acompañado de Comet Nova, y Blue Topaz se apresuró a seguirlos—. No estamos muy lejos del monte Everhoof; desde la entrada de Uruqaiqa hasta las Montañas de Cristal y la frontera equestriana hay unos quinientos kilómetros de nada salvo nieves perpetuas y frecuentes ventiscas. Incluso si lograran escapar de nuestra vigilancia, cualquier fugitivo acabaría sucumbiendo al hambre y al frío mucho antes de alcanzar la seguridad de un lugar habitado.
Un nuevo escalofrío, pero en esta ocasión de terror, sacudió el cuerpo de la unicornio azul, intimidada por las bondades de Uruqaiqa que el ministro había tenido a bien explicarle. Pero al mismo tiempo, no podía evitar sentirse impresionada por todas las molestias que se había tomado el ministerio para encerrar a todos aquellos que pretendían alterar la historia y asegurarse de que jamás salieran de allí.
Llegados a aquel punto, era inútil negar que todo aquel viaje no era más que una velada amenaza. Las consecuencias de irse de la lengua, camufladas como un inocente viaje para recoger a un preso que aguardaba su liberación.
Un nuevo escalofrío sacudió su cuerpo. La policía temporal era diabólica.
Seguido por Comet Nova a aproximadamente un paso de distancia, Time Keeper salió al pasillo; y Blue Topaz se apresuró a ir tras sus pasos. Guiados por la fría y fantasmal luz grisácea del cuerno del ministro, los tres ponis caminaron en silencio durante varios minutos, recorriendo los gélidos túneles excavados en la roca hacia un destino que solo el anciano caballo conocía. De vez en cuando, la joven unicornio miraba hacia los lados; y cada vez que veía una de las múltiples celdas vacías que jalonaban los muros amenazándola con sus fauces llenas de gruesos dientes de hierro, no podía evitar estremecerse.
— Ahí está —dijo de repente Time Keeper.
Blue Topaz levantó la mirada del suelo, y la enfocó en la lejanía. Al final del pasillo, apenas iluminada por el brillo celeste de una lámpara mágica que colgaba de la pared, podía vislumbrar la menuda silueta de un pegaso. ¿Era el preso a quien venían a liberar? No tenía sentido. ¿Por qué permitirían que los presos deambularan a sus anchas por los pasillos teniendo decenas de celdas vacías?
— ¡Siroco! —le llamó Time Keeper cuando hubieron recorrido aproximadamente la mitad de la distancia.
La silueta elevó ligeramente la cabeza, pero no se movió. Al contrario, permaneció quieto, esperando a que los tres ponis llegaran hasta él.
— Buenos días, jefe —saludó a Time Keeper con una leve inclinación de cabeza, aunque al ministro no se le escapó el ligero deje de desprecio que teñía su respuesta. Volvió la vista a Blue Topaz, que lo miraba con la misma curiosidad con que la escrutaba él. Ni cadenas, ni grilletes, ni anillo antimágico en su cuerno; era evidente que no era una nueva prisionera—. ¿Quién es esta?
— Nuestra candidata a incorporación —se limitó a responder el ministro.
Siroco frunció el ceño. Una unicornio. Por lo poco que le había podido contar Moon Stone sobre Dawn Star antes de su ejecución, seguramente hubiera salido de la Academia de Celestia igual que ella. Pija, seguro. Tal vez incluso noble. Más que probable enemigo.
— Me llamo Blue Topaz —se presentó ella; y extendió un casco hacia el pegaso al tiempo que escrutar sus rasgos con atención. Parecía muy joven; ni siquiera aparentaba haber llegado a la adultez—. ¿Ereh de la actualidá?
— ¿Año 2220? —Blue Topaz asintió enérgicamente—. Sí. Lo soy.
— ¿Y ya ehtah trabahando? No parece ni que tengah loh dieciocho.
El gesto de Siroco se transmutó de repente en una expresión de profunda rabia. Blue Topaz dio un paso atrás, intimidada.
— ¡Uy, perdón por ser idiota en vez de una eminencia como usted, señorita he-estudiado-con-Zorrestia! —exclamó a la vez que le hacía una reverencia burlona—. ¡Disculpe su alteza por ser pobre y necesitar dinero en vez de ser una potra de papá como usted!
— ¡Tú te callah! —le gritó a su vez Blue Topaz, y dio un fuerte pisotón—. ¡Lo ziento zi te he inzultao, pero tú a mí no me llamah potra de papá! ¡A mí er mío no me dejó máh que deudah!
— ¿Y a mí qué me importa lo que te dejara tu padre? ¡Vuélvete a Equestria a juntarte con los nobles y deja de restregarnos a los demás lo perfecta que es tu vida!
— Ya basta —les cortó Time Keeper en un tono que no admitía réplica, mirando con severidad tanto al uno como a la otra—. Este no es lugar para sus peleas personales. Tenemos un prisionero que liberar.
Durante unos interminables segundos, Siroco y Blue Topaz mantuvieron la mirada fija en los ojos del otro, enviándose su odio y su desprecio, tratando de fulminar al otro. Pero al final, Siroco apartó los ojos y suspiró con fuerza.
— Venga. Cuanto antes lo saque antes la pierdo de vista.
— Lo mihmo digo. Cuanto anteh zarga anteh dejo de verlo..
Comet Nova los miró con preocupación. Odiaba las peleas. Time Keeper dijo una sola frase:
— Adelante.
Por fortuna para el grupo, la celda donde estaba recluido el anciano cotilla se encontraba bastante cerca, a menos de un minuto de su posición. Siroco se detuvo unos diez metros antes de llegar, y la señaló con el casco derecho antes de explicar en un murmullo:
— Esa es. Yo me quedo aquí. No pienso verle ni hablar con él.
Ni Time Keeper ni Comet Nova pusieron objeción alguna a la negativa del joven pegaso. Ni su presencia era necesaria para la liberación del prisionero, ni le desagradaba eliminar un problema potencial si le forzaba a estar presente. Blue Topaz, por su parte, siguió a los dos superiores, y optó por colocarse cerca de ellos junto a la puerta de la celda; pero aun así junto a la pared.
Time Keeper inspiró profundamente, y echó un ojo al interior de la celda. El viejo prisionero estaba tumbado al fondo, de espaldas a él y de cara a la pared. No sabía si dominado por la desesperación o simplemente dormido, pero tampoco era importante.
— Levanta —le ordenó Time Keeper.
El anciano obedeció al instante, como si fuera un autómata. Se puso en pie de un salto, y se giró con rapidez hacia la verja. Su miraba saltaba constantemente de un lugar a otro, buscando al poni que le requería.
Y cuando su mirada se posó sobre el rostro sereno de Time Keeper, su expresión se tiñó de terror y todos los pelos de su cuerpo se pusieron de punta.
— Se... señor —acertó a balbucir, con los ojos como platos; y se postró ante el ministro, escondiendo la cabeza bajo sus patas anteriores, sin atreverse a mirarlo a la cara—. Se... señor... Tened piedad de mí... Por favor...
Comet Nova se mordió el labio inferior. Por mucho que fuera necesario para mantener el secreto del ministerio, no podía evitar preguntarse si haberlo tenido encerrado en una cueva congelada durante un día sin ni siquiera saber por qué no constituía alguna clase de tortura.
— ¿Sabes lo que has hecho?
Un espasmo asaltó el pecho del viejo cotilla antes de responder:
— Yo... Yo solo estaba cotilleando —sollozó—. Yo...
— Estabas intentando escuchar la conversación privada y secreta de una agente de alto rango de la Corona de Equestria. Y eso equivale a buscarse un problema muy serio.
El anciano no se atrevió a pronunciar una sola palabra. Cayó desplomado al suelo, y se cubrió la cabeza con las patas delanteras, llorando desconsoladamente. Jamás saldría de allí. Iba a morir solo y olvidado en aquella cueva congelada.
— Tienes suerte de que hubieran puesto un hechizo insonorizante alrededor de la habitación.
El cuerpo del viejo se tensó de golpe, pero no se atrevió a hacer el más mínimo movimiento.
— Tienes suerte de que no hayas comprometido información sensible.
De pie a una distancia prudencial del ministro y su segunda, Blue Topaz se estremeció. Habían encerrado en aquella horrible prisión a un simple cotilla de barrio por querer cotillear un poco. Claro que también había tenido una puntería...
— Y eso es lo que te va a salvar.
El corazón del anciano dio un vuelco en su pecho. Había entendido... Había creído entender... Pero no se atrevía a creérselo. No osaba creer que aquel poni negro fuera a liberarlo.
— Mírame a los ojos.
A pesar del terror que sentía, el viejo obedeció al instante. Miró a los ojos grises de Time Keeper, que lo juzgaban con severidad. No podía evitar recordar la mirada de decepción en los ojos de su padre cuando era potrillo y acababa de hacer alguna trastada. Aquella misma sensación ominosa, pero multiplicada por cien, por mil, era lo que le transmitía la mirada del ministro.
— Vas a ser liberado. Pero esta liberación está supeditada a que no vuelvas a reincidir. Cualquier incidencia, cualquier mínimo espionaje en las actividades de la Corona, aunque sea accidental, hará que vuelvas aquí por el resto de tu vida. ¿Has comprendido bien?
El anciano apenas fue capaz de balbucir una respuesta afirmativa. Cualquier alegría que hubiera podido sentir ante la perspectiva de verse al fin libre de los gélidos muros de Uruqaiqa había sido completamente borrada de su mente por el intenso terror que el ministro del tiempo le inspiraba.
— Me alegro de que lo comprendas. —Su fantasmagórica aura grisácea cubrió su cuerno, y dio un paso hacia el viejo, que, aterrado, no se atrevió a retroceder—. Lo mismo te ocurrirá si decides comentar algo sobre lo que ha pasado en las últimas veinticuatro horas.
Estiró el cuello unos centímetros, y luego giró la cabeza hacia abajo, lo justo como para que su cuerno iluminado tocara la frente azul celeste del poni de tierra cotilla. Se retiró, y con una última mirada amenazante, añadió en tono ominoso:
— Lo sabremos.
No había aplicado encantamiento alguno. No existía ningún hechizo que les permitiera una vigilancia continua del anciano ni saber si había hablado de alguno de los temas prohibidos. Pero tampoco era necesario que existiera. Era más que suficiente con que el viejo poni de tierra creyera que existía.
— Quedas libre. En pocos minutos el alcaide te liberará de tu celda y te enviará de vuelta a Fillecas. —Asintió ligeramente, y añadió, en tono grave, una última advertencia—: Espero no volver a verte nunca por aquí.
Sin esperar a la respuesta del anciano, Time Keeper se giró en redondo y emprendió la marcha, solo para detenerse apenas dos metros más allá, junto a Blue Topaz. Fijó la mirada en su rostro aterrorizado, y le dijo en un tono que pretendía ser conciliador:
— Hemos terminado aquí. En unos minutos volveremos al presente. —Le ofreció un casco, que Blue Topaz solo le estrechó tras unos segundos de vacilación en los que no hizo sino observarlo con mal disimulado temor—. Le deseo lo mejor durante sus estudios en la academia militar. Espero tener una colaboración muy fructífera con usted en los años venideros.
Caring Feather sacó su casco, junto con el instrumento que mantenía aferrado, del cuerpo de Buterflége. Sonriente, su mirada trepó por el cuerpo de la parturienta hasta llegar a su rostro.
— Venga, cariño, vamos muy bien. Estás muy dilatada. Ya mismo está aquí el potro.
Buterflége ni siquiera la escuchó. Estaba demasiado ocupada tratado de captar el aire que le faltaba con doloridos jadeos.
Huracán, que se había tumbado en la cama al lado del pecho de su madre, le sonrió y la abrazó con fuerza. Temblorosa y lenta, una pata se alzó del lecho de paja para posarse sobre la espalda del potrillo, que frotó cariñosamente su hocico contra el costado de su madre.
— ¿Puedo facervos una pregunta?
— Dispara.
Huracán frunció el ceño, sin comprender. Caring Feather suspiró, divertida, y le explicó:
— Quiere decir que sí. Puedes hacerla.
— ¿Por qué lleváis aquesas bolas de hierro en las orejas? —Señaló a los piercings de Caring Feather—. ¿Acaso fuisteis prostituta?
La nube que formaba el suelo de la habitación matrimonial tembló por el fuerte pisotón que dio le yegua.
— ¡¿Puta yo?! —bramó, fuera de sí—. ¡Mira, niñato, no me toques los ovarios, ¿eh?! ¡Puta lo será tu…! —Buterflége volvió a gritar de dolor, y se mordió la lengua—. ¡Soy pobre, pero honrada!
— Por supuesto que yegua honrada es. ¿O acaso creeríais que permitiría entrar en la mi morada a yegüezuela sines honor?
Huracán tragó saliva al ver la silueta de su padre recortada contra la puerta. Caring Feather, por el contrario, lo miraba fiera y desafiante, recriminándole la falta de respeto que acababa de cometer su hijo.
— N-non, padre, claro que non, mas…
La mirada severa y fulminante que le lanzó el soldado fue más que suficiente para callarlo de golpe. Giró la cabeza hacia la joven matrona, y en tono más calmado le preguntó:
— ¿Cómo sigue la mi esposa? ¿Vendrá pronto el mi potro?
Como si hubiera estado esperando aquel momento, una nueva contracción asaltó a Buterflége. Su ronco grito de dolor apagó por completo la voz de la potra negra.
— ¡Sí! —exclamó, excitada, cuando los últimos ecos de la voz de la yegua se hubieron extinguido—. ¡Está muy dilatada! ¡Míralo, jefa, creo que ya puedo ver al potrillo!
La anciana matrona se asomó al cuerpo de Buterflége. Entornó los ojos para ver mejor cuando una nueva contracción la recorrió, y se giró de golpe hacia Swébende Gagel.
— Ya viene. Estoy viendo su crin.
Una ola de alivio y felicidad recorrió al soldado pegaso desde la punta de su hocico al extremo de la cola. Por fin nacía. Por fin lo tendría en sus brazos.
Caring Feather rodeó la cama hasta llegar a la almohada, y colocó un casco sobre el hombro izquierdo de la parturienta. Entre jadeos y resoplidos, Buterflége giró muy lentamente la cabeza hacia la joven.
— ¡Vamos, cariño! ¡Empuja más fuerte, que ya casi lo tienes!
— ¡Empujad, madre! —se unió Huracán, y se abrazó a su pecho—. ¡Empujad con fuerza!
Buterflége tomó el escaso aire que pudo introducir en sus pulmones, apretó los dientes y empujó con fuerza al sentir una nueva contracción.
— ¡Ya está bajando! —exclamó la anciana pegaso, y se volvió hacia Swébende Gagel, que aguardaba a su lado, expectante—. ¿Quiere cogerlo?
No hizo falta que el pegaso dijera una sola palabra. La decisión con la que dio un paso adelante fue suficiente para que la vieja matrona se apartara.
— ¡Vamos, cariño, empuja un poco más!
— ¡Ya veo la cabeza!
Una última y larguísima contracción, un agudo grito de dolor de Buterflége, y el peso de un bebé en las patas delanteras de Swébende Gagel.
Muy lentamente, el guerrero pegaso bajó la mirada. Por primera vez en muchos años, una bandada de Breezies se materializó en su estómago, revoloteando libre y caóticamente por todas partes. Su ojo derecho se humedeció con una lágrima, y parpadeó rápidamente para limpiarla.
El llanto de su bebé, suave y agudo, llegó a sus oídos antes de que pudiera ver su pequeña y frágil figura cubierta por una fina capa de pelaje crema. Tratando de contener las lágrimas, examinó con atención sus diminutas alitas y continuó hacia su cola fucsia.
— Es una potra —murmuró.
Una potra que no defendería a su rey ni a su ciudad. Una potra que no ganaría honor ni gloria en los campos de batalla.
Levantó la vista, y sus ojos se fijaron en la dolorida expresión de felicidad del rostro de su esposa. En el puro júbilo y emoción que brillaba en los iris rojos de su pequeño Huracán.
Una potra que el Ministerio del Tiempo había considerado lo suficientemente importante como para asegurarse de que naciera sin contratiempos.
— ¡Es una potra! —exclamó, jubiloso, y la levantó hacia el cielo de Cloudsdale.
— Es preciosa —susurró Caring Feather, sonriente.
— Lo es —le respondió su jefa, y se giró hacia el soldado—. ¿Me permitís?
La anciana matrona tomó la toalla que había colocado junto al balde de agua jabonosa, y envolvió con ella a la recién nacida. La secó como si estuviera secando un objeto precioso, y al terminar colocó una pinza en su cordón umbilical.
— Ya saben cómo cuidarlo —dijo antes de sacar unas tijeras de su maletín y cortar el cordón umbilical de la pequeña.
Swébende Gagel volvió a tomar a su pequeña en las patas delanteras, y la depositó con suavidad sobre el vientre de Buterflége. Instintivamente, la potrilla olfateó y comenzó a deslizarse en busca de sus ubres.
— ¿Cómo hemos de llamarla, padre? —preguntó Huracán.
Swébende Gagel entrecerró los ojos. Un nombre para su pequeña… Su crin fucsia le recordaba a la rosa pálida que tenía su abuela Pansy, la madre de Swébende Gagel.
Pansy… No estaba mal.
— ¿Os gusta Pansy? —le preguntó a Buterflége.
Pansy… Igual que su madre, pensó la yegua antes de asentir débilmente.
— Pansy… Pansy será el su nombre —anunció con voz potente, y se volvió hacia su hijo—. Huracán, colgad de la puerta los ovillos de lana.
— ¡Al punto, padre! —exclamó él, y salió con presteza de la habitación.
La antigua costumbre cloudsdaliana lo dictaba. Unos ovillos de lana para señalar el nacimiento de una potra; una lanza y un escudo para anunciar el nacimiento de un potro. Aún el el siglo XXIII, era conocida y seguida por la mayor parte de los habitantes de Cloudsdale.
Swébende Gagel suspiró con satisfacción, y contempló con calma a su pequeña, que mamaba con avidez de su madre.
— Huracán y Pansy… Muy propio. La parejita —comentó Caring Feather.
Su jefa no llegó a ver las expresiones extrañadas que aparecieron en los rostros del matrimonio. Acababa de percatarse de en qué lugar y época estaba. De a quién había ayudado a nacer.
— Os agradecemos la vuestra ayuda —dijo Swébende Gagel—. La vuestra actuación e la vuestra influencia en el sano nacimiento de la mi pequeña habrá de ser largamente recompensado.
— Se lo agradezco mucho, pero no es necesario que pague nuestro salario —replicó la anciana matrona, cambiando la expresión codiciosa en el hocico de Caring Feather por otra de decepción—. Nos llegará desde arriba.
— Compréndovos, mas la mi fija sana e fuerte nacida es gracias a vos dos. Es tan solo justicia que seáis…
Un pensamiento repentino atravesó su cerebro, y sus labios se curvaron hasta adoptar la forma de una silenciosa letra "o". Claro. Sus monedas. Si les pagaba, recibirían un saquito repleto de monedas de plata con el esquemático retrato de Mistral IV que aparecía en todas las monedas de Cloudsdale. Una forma ridícula y absurda de descubrir el secreto del ministerio.
Menos mal que ella se lo había impedido.
— Agora non será, mas non dudeislo. Modo he de fallar de premiar los vuestros actos e los vuestros cascos. La vuestra justa recompensa habréis de recibir.
Caring Feather inclinó la cabeza hacia la derecha, y su jefa emitió un suave resoplido. Incluso sin palabras, sabía sin palabras lo que quería decirle. Hasta podía oír su aguda voz en su cabeza. "Vamos, jefa, cógelo. Que la carrera de enfermería no es barata".
Suspiró.
— Le repito que no es necesario. Cuando volvamos a casa nos pagarán. Haga lo que considere más oportuno, pero de verdad que no hace falta que nos pague.
No necesitó volver la cabeza para saber que su protegida había sonreído con satisfacción.
— Acompañarévos fasta la puerta. Deséovos agradable viaje de regreso a la vuestra morada.
Atravesaron el pasillo en fila india, y salieron rápidamente de la casa de nubes de Swébende Gagel. Huracán, que acababa de terminar de colgar los ovillos de lana, se inclinó ante Caring Feather tan pronto como la vio salir de su casa.
— Suplícovos el vuestro perdón. Gravemente fue el vuestro honor insultado por las mis palabras. Humildemente pídovos disculpas por el mi indigno comportamiento e las mis firientes palabras.
Era la forma de pedir disculpas aceptada en la Cloudsdale anterior a la fundación de Equestria. Pero a una yegua nacida en el siglo XXIII, y no particularmente apegada a las milenarias tradiciones de Cloudsdale, le pareció tan novelesco y fuera de lugar que tuvo que morderse la lengua para no reírse del potrillo.
— Acepto tus disculpas —le respondió, con una sonrisa sincera en sus labios, y colocó su casco en el hombro derecho del pequeño—. Aprende mucho para ser un buen soldado y proteger a tu madre y tu hermanita.
— ¡Farélo! —exclamó él, con total seguridad en sí mismo—. ¡Seré fuerte e valeroso soldado del reino! ¡Veréislo!
La joven pegaso rio. Inclinó su cabeza hasta que estuvo al nivel de los ojos de Huracán, y se señaló los piercings de la oreja.
— Son adornos. Como los pendientes. Me gusta llevarlos.
Sparkler cerró la puerta de su casa de Ponyville de un portazo. Derramando amargas lágrimas de rabia e impotencia, recorrió el salón y entró en su dormitorio. Se tiró en la cama, se abrazó a su almohada con toda la fuerza que pudo, y dejó escapar un fuerte sollozo.
Twilight Sparkle. Otra vez le habían encargado a ella la organización de la celebración del Sol de verano. Un año más, la alcaldesa la había ignorado a ella.
Ella había sido la mejor organizadora de Ponyville. Todo aquel que necesitaba organizar un evento acudía a ella. Bodas, cumpleaños, cute-ceañeras, la Recogida del Invierno... Para cualquier evento, ella era la poni de referencia. Y estaba muy orgullosa de serlo.
Y entonces había llegado Twilight Sparkle.
Y de golpe y porrazo, todos los habitantes de Ponyville habían pasado a recurrir a ella. Nadie confiaba ya en Sparkler para que organizara sus reuniones ni los eventos del pueblo. De un día para otro, había pasado a ser simplemente Sparkler, la estudiante de gemología.
Sorbió por la nariz, y apretó los dientes. Maldita Twilight Sparkle. Si tan solo...
— Odias a Twilight Sparkle, ¿verdad?
Sparkler se puso en pie de un salto. A dos patas y con la espalda pegada a la pared, miró con ojos llenos de terror a la yegua que acababa de aparecer en su dormitorio.
— ¡¿Quién eres tú?! ¡¿Cómo has entrado en mi casa?!
La unicornio no respondió, sino que se pasó su pezuña dorada por su crin plateada.
— Tengo una propuesta que hacerte.
Sin apartar la vista de la recién llegada, Sparkler trató de buscar posibles rutas de fuga. Con una punzada de terror, constató que no tenía ninguna. La unicornio de color oro tenía la puerta bloqueada, y estaba más cerca de la ventana que ella.
Con un sudor frío bajando por su frente, apretó los dientes y apretó aún más la espalda contra el muro. Estaba acorralada. No tenía escapatoria posible.
— ¿Qué... qué quieres de mí? —balbució aterrada—. ¿Por qué has venido?
— He venido a proponerte algo. No te preocupes. No quiero hacerte daño.
Su voz sonaba sincera, pensó Sparkler. Pero aún se resistía a confiar en ella. Había allanado su casa y entrado en su habitación.
— Odias a Twilight Sparkle, ¿cierto?
Las orejas de Sparkler se erizaron de golpe. El atisbo de una sonrisa apareció en el rostro de la misteriosa yegua.
— Odi... Yo... Yo no la... Eso es... Eso es muy fu...
— Bueno, no llegas a odiarla —la cortó la unicornio dorada—. Pero sí estás harta de que te desplace, ¿verdad? Desearías que nunca hubiera llegado a Ponyville ni te hubiera quitado el puesto de planificadora de eventos, ¿cierto?
Con las mejillas ardiendo, Sparkler bajó la mirada. No podía negarlo. Cada vez que un vecino decidía recurrir a Twilight Sparkle en lugar de a ella, deseaba que jamás hubiera aparecido por el pueblo. Que cualquier calamidad hubiera cortado en seco su viaje desde Canterlot y le hubiera impedido llegar a Ponyville.
Sabía que no debía hacerlo. Sabía que era mala poni por desear que le ocurrieran desgracias a la princesa. Pero no podía evitarlo. Cada vez que preferían a Twilight Sparkle y a ella la ignoraban como a una basura...
La unicornio dorada sonrió, una retorcida sonrisa llena de malicia que Sparkler jamás llegó a ver por estar mirando al suelo avergonzada.
— ¿Y si te dijera que puedes conseguir que nunca llegue?
Las orejas de Sparkler se erizaron de golpe.
Huracán y Pansy. La parejita cloudsdaliana original. No acepte imitaciones modernas.
La costumbre cloudsdaliana de señalar el nacimiento de un potro con una lanza y un escudo y el de una potra con ovillos de lana está sacado de una costumbre de la antigua Grecia. En aquella época, se adornaba la puerta con guirnaldas de olivo si era niño y paños de lana si era niña.
