Los sollozos de Dawn Star resonaban por su habitación. Su almohada, firmemente aferrada entre sus patas delanteras, estaba empapada con sus lágrimas.

A su izquierda, sobre su sábana, yacían un sobre abierto y un papel escrito a máquina. Un sello de lacre celeste colgaba de la solapa.

Estaba marcado con el sello de la Universidad de Tall Tale.

— Dawn, yo…

Nąȋenähz cerró la boca al instante. No sabía qué decir para subirle el ánimo a Dawn Star.

La primera carta, con un sello de lacre dorado con el emblema de la Real Universidad de Canterlot en el remite, había llegado hacía cuatro días, a primera hora de la mañana. Dawn Star la había abierto con nerviosa premura, leído en menos de diez segundos y depositado suavemente sobre la mesa del salón con una forzada sonrisa absolutamente incapaz de esconder su profunda decepción.

— No pasa nada —había murmurado, parpadeando nerviosamente en intentando contener las lágrimas—. La Real Universidad de Canterlot es muy exigente. Solo escogen a los mejores de los mejores.

Sin embargo, a medida que pasaban los días y nuevas cartas con sellos de diferentes universidades llegadas de todos los rincones de Equestria acababan en el cubo de la basura, el humor de Dawn Star había ido decayendo cada vez más, hasta culminar en aquel llanto desconsolado ante el rechazo de la Universidad de Tall Tale.

Era la última universidad de Equestria en la que había solicitado plaza. Ninguna la había querido como alumna.

Nąȋenähz se tumbó en la cama, teniendo cuidado de no aplastar a su amiga, y reptó por el colchón hasta que su hocico estuvo un poco más arriba que el de Dawn Star. Posó con suavidad su delgada y huesuda ala alrededor del cuerpo de Dawn Star, e inclinó su cabeza hacia delante hasta colocar el morro de Dawn Star apoyado contra su cuello.

— Gracias, Nayenaets —la oyó susurrar entrecortadamente entre sollozos.

La thestral suspiró, y pasó el casco con suavidad por la crin de su amiga.

— Todas por lo mismo —sollozó—. Todas me han rechazado por lo mismo.

Apretó los dientes, y estrechó su cabeza contra el pecho de su amiga, tratando de enjugarse las lágrimas con su pelaje. Maldito cristal. Maldita mil veces la hora en que conoció a Antracite Coal.

— Dawn, tú… Tú tienes trabajo. Al menos, no estás sin nada. Podría ser peor.

La sintió asentir débilmente, para luego negar con la cabeza.

— No es por eso. Es porque todos me ven igual.

Agachó las orejas, y volvió a apretar la cara contra las sábanas, sollozando quedamente. Nąȋenähz la observó, compadecida, pero no hizo más que estrecharla con más fuerza con su ala.

¿Qué podía decirle? ¿Cómo podía hacer que se sintiera mejor? Ojalá lo supiera.

Pero no lo sabía en absoluto, y solo podía hacerle sentir su cercanía y su aprecio.

— Dawn… No creo que todas universidades odien ti. No todas rechazarán ti. Seguro que alguna aceptará.

— ¿Sí? ¿Cuál? ¿Las privadas llenas de potriños de papá? ¿Las fábricas de diplomas a las que puedo comprarles el título?

Nąȋenähz la escuchó sorber, y un segundo después sintió el hocico de su amiga sobre su pecho.

— Lo… lo siento —balbució—. Estoy muy nerviosa. Yo…

Su amiga la acalló con un abrazo.

— Non te disculpes. Natural es que nerviosa estés. —Pasó de nuevo el casco por la crin de la unicornio, y añadió—: Seguro que agora cosas mejorarán.

Como si hubiera estado esperando aquel instante, cuatro débiles golpes sonaron en la puerta. Nąȋenähz fue a levantarse de la cama, pero Dawn Star la detuvo presionando una de sus patas contra la cama.

— No, iré yo —murmuró, y se giró para bajar al suelo de la habitación—. Por si acaso es el casero.

La thestral se mordió el labio, pero no dijo nada. Era cierto que el casero seguía mirándola con odio y desprecio a pesar de los varios meses transcurridos, pero también lo era que el aspecto de Dawn Star, con los ojos rojos e hinchados y rastros de lágrimas bajando por sus mejillas.

Aunque aquella preocupación apenas duró dos segundos, el tiempo que empleó la unicornio parda en invocar un hechizo para secar su pelaje y otro de ilusión para ocultar el enrojecimiento de sus ojos. Rápido y poco efectivo, pero más que suficiente como para engañar a cualquiera que no se fijara mucho.

Cruzó en pocos pasos el piso hasta la puerta de entrada, e hizo girar el picaporte con su magia. Esperaba encontrarse al otro lado a su casero o a Comet Nova, reclamándolas para una nueva misión. Pero jamás hubiera esperado que llegara a sus oídos una aguda e inocente voz de potrilla que decía:

— Um… Bu-buenos días, hermanita.


Sentadas a la mesa del salón, Dawn Star y Spring Breeze permanecían en silencio. Dawn Star, con la mirada fija en el techo, sin saber muy bien qué hacer ni qué decir. Spring Breeze, tratando de rehuir el rostro de su hermanastra, dando tímidos sorbos al vaso de agua que le había dado su hermanastra.

Ya había desayunado, le había dicho a Dawn Star. No era mentira; había tomado una rebanada de pan con mermelada y un vaso de zumo de melocotón en la sala de desayuno del hostal de Canterlot en el que había pasado la noche anterior con sus padres.

Nąȋenähz había aprovechado para entrar en la habitación de Dawn Star y tumbarse en la cama. Aún no se había acostado; aprovechaba para leer algunas páginas de una novela en su idioma, la historia de un joven thȅstotral de mediados del siglo VIII llegado a Canterlot para defender a la reina Luna III de Equestria. Pretendía dejar así intimidad a su amiga y a su hermanita; aunque sus orejas eran tan sensibles que, incluso sin poner mucha atención, distinguía claramente las palabras.

— Bueno, y… ¿y qué haces aquí en Canterlot? —preguntó Dawn Star, dirigiendo finalmente su mirada a Spring Breeze.

A diferencia de su hermanastra, la potrilla mantenía la mirada fija en la mesa, sin atreverse a elevarla.

— Mamá y papá se han ido a Las Pegasus de vacaciones. —Tragó saliva—. Mamá dijo que las potras no pueden ir a Las Pegasus y que me quedaría contigo hasta que volviera.

Durante unos larguísimos segundos, Dawn Star permaneció completamente quieta y en total silencio. Pero en un absoluto contraste con su quietud exterior, su cerebro hervía de actividad, recorriendo a toda velocidad la lista de antepasados de su madre y recitando todos los improperios que podía contra ellos.

Le había mentido a su hija, se la había encajado a ella, ni siquiera se había molestado en avisarla, y todo para correrse unas vacaciones de ensueño en Las Pegasus con el bastardo de…

Inspiró profundamente, tratando de calmarse, pero no sirvió de nada. Otra vez abandonaba a su hija, como los había abandonado a su padre y a ella cuando ella tenía siete años. Otra vez dejaba…

— ¿Hermanita? ¿Hermanita?

Dawn Star sacudió ligeramente la cabeza, repentinamente arrancada de sus pensamientos.

— Sí, sí… Estaba pensando cómo íbamos a apañarnos —mintió. No quería involucrar a su pobre hermanastra en sus fobias personales—. Solo tengo una cama, y no tengo nada pensado para hacer.

Las orejas de Spring Breeze se desplomaron de golpe, y sus grandes ojos aguamarina se humedecieron.

— ¿Spring? ¿Qué te pasa? —le preguntó Dawn Star, preocupada.

— Mamá… mamá me dijo que había hablado contigo.

Dawn Star hundió la cara en sus cascos, y suspiró con fuerza. ¿Pero cómo podía ser tan mentirosa, tan irresponsable, tan…?

Levantó los ojos tan pronto como escuchó el primer sollozo, y antes del segundo ya había bajado de su silla y abrazado con ternura a su hermanastra.

— Spring. Spring, escúchame. No llores. No te preocupes. —La potrilla levantó la cabeza, esperanzada, y Dawn Star sonrió al tiempo que enjugaba una lágrima de su enrojecido ojo derecho—. Te prometo que vamos a pasar las mejores vacaciones que hayas pasado nunca.

Por si acaso, orientó su oreja izquierda hacia la puerta y la miró por el rabillo del ojo. Era el momento perfecto para que Comet Nova llamara a la puerta y les encomendara una larga misión en el pasado remoto.

Pero, por una vez, la fortuna pareció apiadarse de ella, y ningún golpe sobre la madera resonó por la casa.

— ¿De… de verdad? —murmuró la pequeña Spring Breeze, mirando a su hermana con enormes ojos aguamarina llenos de ilusión.

Dawn Star le sonrió y asintió con convicción.

— Ya lo verás, hermanita. Vamos a pasar las mejores vacaciones de nuestras vidas.


Apenas una hora después, las dos hermanastras entraron en el palacio real de Canterlot en calidad de turistas. Tras visitar las estancias abiertas al público, los pasillos con vidrieras que representaban los momentos clave de la historia equestriana, los jardines y el patio de las esculturas, y un almuerzo en una popular cafetería cercana al castillo, Dawn Star y Spring Breeze visitaron la Galería Nacional Equestriana.

Las obras de arte cautivaron desde el primer instante a la pequeña Spring Breeze; tanto las contemporáneas como las de siglos pasados, tanto las creadas por artistas equestrianos como las extranjeras. Dawn Star jamás la había visto tan entusiasmada.

Y su admiración no hizo sino aumentar al llegar a las alas de escultura. Pasaba varios minutos enfrente de cada una, con la boca y los ojos brillantes de emoción, que no hacía otra cosa que multiplicarse por diez, por cien, si era una estatua de nubes creada por algún pegaso.

— Papá quiere que sea una Wonderbolt, y mamá siempre dice que seré una estrella del cózbol. Pero a mí me gusta tallar nubes —le confesó a Dawn Star, casi con vergüenza, al entrar en una sala dedicada a la escultura contemporánea yakyaka; y miró a su flanco con la mezcla de esperanza y temor que solo un potro antes de recibir su marca de belleza puede mostrar.

Una hora después, justo antes de salir del museo y emprender el camino de regreso a casa, Dawn Star le compró a su hermanastra el mejor kit de tallado de nubes que pudo encontrar en la tienda del museo.

— Para la mejor escultura de nubes de todo Hollow Shades —le dijo al entregárselo, guiñándole un ojo al mismo tiempo.

Sin palabras, Spring Breeze solo pudo abrazarse con fuerza a su pata para demostrarle su agradecimiento.

El segundo día, las dos hermanastras visitaron el Museo de Historia Equestriana. No terminó de ser del agrado de la pequeña pegaso, cuyo interés solo se avivaba al encontrar alguna referencia a su Hollow Shades natal o a la cultura thestral.

Cuando Nąȋenähz se enteró, compartiendo el desayuno con la cena de las dos hermanastras, decidió improvisar una visita a la Kölonȋa.

A pesar de lo tardío de la hora y de lo cansada que estaba, Spring Breeze se mostró mucho más animada y activa en el barrio thestral que en todas las horas que había pasado en el museo. Corría de un lado a otro con una sonrisa de oreja a oreja, intentando descubrir todos los sonidos, las tiendas, las vistas, los habitantes de un barrio que se acababa de levantar y se preparaba para una nueva noche de actividad. Ni siquiera los escaparates de las carnicerías lograron apagar su entusiasmo; miraba los embutidos y trozos de carne colgados de grandes ganchos de hierro con ojos muy abiertos y una especia de mórbida curiosidad.

Observó con asombro las armaduras y espadas que un fornido herrero thestral fabricaba para la Guardia Lunar mientras Nąȋenähz discutía con él la necesidad o no de llevar una coraza, que finalmente no compró, a misiones de la Corona; ojeó sin comprender una sola palabra libros de cuentos infantiles tradicionales en el idioma de los thestrales mientras Dawn Star le preguntaba con respeto a la librera si existía alguna traducción al equestriano; saludó animadamente con las únicas palabras thestrales que había aprendido en Hollow Shades a la propietaria de una heladería:

Naye dukaryem besnit garebea!

Era un mal thestral, un thestral pronunciado por una potrilla que desconocía totalmente la lengua más allá de aquel simple saludo y a la que le era anatómicamente imposible pronunciar los ultrasonidos del idioma de aquella raza; pero a la anciana y rechoncha heladera le cayó en gracia que aquella potrilla intentara saludarla en su lengua. Tanto, que el helado de chocolate que acababa de pedir corrió por cuenta de la casa.

Eran más de las once cuando Dawn Star y Spring Breeze volvieron a su casa. La joven pegaso, con una sonrisa de oreja a oreja en su hocico; su hermanastra, con la traducción al equestriano de los cuentos thestrales y un pan típico de las kölonȋas occidentales en una bolsa que llevaba levitando en su magia.

La actividad elegida el tercer día fue visitar el parque zoológico de Canterlot. Spring Breeze trotaba animadamente entre las jaulas, excitada por la curiosidad de descubrir las criaturas que habitaban en Equestria; pero ninguna de ellas la disfrutó más que el zoológico de mascotas. La pequeña se pasó casi dos horas entre los animales de granja, acariciando cabritillos y abrazando corderitos.

Al cuarto día, cuando las dos se preparaban para una excursión a las antiguas minas de cristales de Canterlot, sonaron tres golpes en la puerta del piso.

Dawn Star suspiró, derrotada, y dejó caer la cabeza. A paso de tortuga, caminó hacia la puerta. Enseguida se le sumó Nąȋenähz, que acababa de levantarse de la cama tras menos de una hora de sueño. La unicornio masculló una maldición mientras alargaba un casco hacia el picaporte.

Demasiado había durado el asueto.

— Dawn, Nayenaets, buenos días. Os necesitamos, tenemos una emergencia.

Desde el salón, Spring Breeze alargó la cabeza para ver quién hablaba con su hermanita. Apenas podía captar trozos de pelaje blanco tras los cuerpos de Dawn Star y Nąȋenähz, pero sus orejas habían bajado hasta tocar su pelaje, y el brillo de sus ojos se había apagado. No habría minas de cristales.

— ¿No… No hay nadie más que pueda? —preguntó tímidamente Dawn Star, y añadió, junto a un gesto para que entrara, al ver la expresión curiosa de su jefa—. No estoy sola.

Comet Nova inclinó la cabeza, y pasó al interior de la vivienda. Un gesto de sorpresa, que fue rápidamente sustituido por uno de ternura, apareció en su rostro al ver a la pequeña Spring Breeze.

— ¡Hola! ¿Cómo te llamas, pequeña?

Spring Breeze apartó la mirada, decepcionada, y la posó sobre las alforjas apoyadas contra la pata de su silla.

— Spring Breeze —murmuró casi inaudiblemente.

Comet Nova miró a la pequeña, luego a sus alforjas, y lo comprendió.

— Es mi hermanastra de Hollow Shades —se apresuró a explicar Dawn Star—. Mi madre la ha dejado aquí una semana mientras ella está de juerga en Las Pegasus.

— Íbamos a ir a las minas de cristales —susurró Spring Breeze, mordiéndose el labio inferior

— Tiene siete años. No puedo dejarla sola. Necesito a alguien que la cuide.

Comet Nova observó el rostro preocupado de Dawn Star; luego, la profunda decepción y el inmenso desengaño de Spring Breeze; y por último, las alforjas apoyadas contra la silla.

— Yo me quedaré con ella.

Sabía perfectamente que era por una mezcla de culpabilidad e instintos maternales. No le importaba en absoluto saber cuánto había de cada uno.

Dawn Star la miró con reticencia. No quería separarse de ella. Era su obligación cuidarla después de que su madre la hubiera abandonado durante aquella semana. Pero la historia equestriana no podía esperar; y aparte de Blue Topaz, que estaba en la casa de su familia en Baltimare, no conocía a nadie más en Canterlot de quien se fiara lo suficiente.

— Está bien —se rindió—. Cuídala bien. Ten mucho cuidado con ella. Como le pase algo…

Comet Nova asintió con firmeza.

— Lo tendré. No te preocupes. Sé cómo cuidar potros; tuve siete hijos.

Dawn Star le lanzó una última mirada de preocupación y disculpa a su hermanastra, y, a paso lento y a regañadientes, salió de su casa en dirección al Ministerio. La historia de Equestria era más importante, se repetía una y otra vez, pero no lograba erradicar de su cerebro la sensación de haberle fallado a su hermanita.


— Señorita Dawn Star, señorita Nayenaets, señor Gagel, bienvenidos. Tenemos un viajero del tiempo en Canterlot, el 20 de junio de 2215.

Fue directamente al grano. Dawn Star no pudo contener un respingo preocupado. 2215. Era su primera misión en un instante en que ya estaba viva. Y además, en Canterlot como alumna de la Academia. Apenas unos pocos meses antes de… aquello.

Sacudió la cabeza con fuerza para librarse de aquellos oscuros y tenebrosos recuerdos, y una idea la atravesó de repente. No hacía falta que le explicaran la misión. Ya la conocía. Recordaba perfectamente aquella fecha.

Ella y cualquier equestriano que hubiera tenido más de cinco años en aquel momento.

— Twilight Sparkle —murmuró.

— Efectivamente —coincidió el ministro con una aprobatoria afirmación de cabeza—. Es la fecha de la llegada de Twilight Sparkle a Ponyville.

Swébende Gagel parpadeó sin comprender, pero no pronunció palabra. Nąȋenähz tragó saliva antes de adoptar una expresión fiera. En los varios meses que llevaba en el siglo XXIII se había empapado de la historia equestriana, y sabía perfectamente tanto lo que pretendía su presa como lo que estaba en juego.

— ¿Es Viajera? —preguntó Nąȋenähz.

— Lo sospechamos. Es exactamente la fecha en que Twilight Sparkle salió de Canterlot para preparar la Celebración del Sol de verano en Ponyville. Intentar un magnicidio es sin duda su estilo.

Dawn Star apretó los dientes. Sin Twilight Sparkle, Nightmare Moon gobernaría Equestria. Si Nightmare Moon gobernaba Equestria… Quién sabe lo que podría haberle ocurrido. A ella y a Spring Breeze.

Un fuerte escalofrío sacudió todo su cuerpo, desde la cola hasta la punta del hocico. Por primera vez en todas sus misiones con el Ministerio, sentía que verdaderamente se estaba jugando la vida.

— Creemos que trata de eliminar a Twilight Sparkle antes de que llegue a Ponyville. Ella salió desde Canterlot, por eso se ha desplazado allí. No sabemos si pretende atacarla antes de salir o durante el camino. Estén preparados para cualquiera de los casos.

Swébende Gagel se cuadró, mientras que sus compañeras expresaron su conformidad verbalmente.

Time Keeper resopló con satisfacción.

— Twilight Sparkle salió a las ocho y cuarto de la mañana, en un carro tirado por dos guardias pegaso de élite. Llegó a Ponyville unas dos horas después, sobre las diez.

Inspiró con fuerza, y se irguió sobre sus patas traseras. Plantó las delanteras sobre su escritorio de ébano, y miró a sus tres agentes con severidad.

— Señores, su misión consiste en viajar a Canterlot y asegurarse de que Twilight Sparkle llega a Ponyville sana y salva. Nos jugamos nada menos que evitar que Nightmare Moon se haga con el control de Equestria.

Los tres agentes asintieron al unísono. Time Keeper resopló con satisfacción, e iluminó su cuerno. Un papel con unas líneas escritas voló hacia Dawn Star, que lo asió con firmeza en su casco; y el colgante con la pluma encantada surcó el aire hacia Nąȋenähz, que lo miró con rabia y desprecio antes de ponérselo al cuello con mal disimulada resignación.

— Es muy probable que necesiten requisar un carro para proteger a Twilight Sparkle de la Viajera. El documento que les acabo de entregar les permitirá hacerlo.

Los tres agentes emitieron a coro una corta afirmación, y Dawn Star comenzó a cargar el hechizo que los llevaría a aquella decisiva mañana de junio.

— Había un carro con dos guardas volando tras ella, sirviéndoles de escolta. Confirmen su seguridad; si es la Viajera, es muy probable que les haya atacado con magia oscura.

Entre la brillante luz azul del hechizo, el ministro del Tiempo logró distinguir la silueta de Dawn Star, con la crin revuelta por el viento mágico, llevándose un casco a la frente.


Cuando la puerta del piso se cerró, Comet Nova se giró hacia Spring Breeze, que seguía sentada en la silla del salón con las orejas pegadas a su pelaje. Cautelosamente para no asustarla, la yegua blanca se acercó a ella.

— Hola, Spring Breeze —dijo, cálida y tierna—. Me llamo Comet Nova, y soy amiga de tu hermana.

Spring Breeze no solo no respondió, sino que ni siquiera se movió. Comet Nova entornó los ojos, compadecida. Su madre, su propia madre, la había dejado tirada; ahora su hermana se iba… Comprendía perfectamente cómo debía sentirse la pobre: traicionada y abandonada.

— Siento de verdad que tu hermana haya tenido que irse. Pero…

— ¿Tiene que detener a los malos?

Comet Nova parpadeó, sorprendida. ¿Cómo sabía eso? ¿Dawn Star…?

— Mi hermanita me dijo que era policía. Cuando estaba en el hospital.

Ah, claro. En el hospital. La habrían visitado después de aquella misión en El Cañaveral. Una punzada de culpabilidad le asaltó el corazón al recordar a la pobre Dawn Star, tumbada en aquella cama, con la cara destrozada después de la paliza de su novio.

— Sí, es policía. Tenemos que detener a un malo.

Sring Breeze asintió levemente, pero continuó con la mirada perdida en el infinito. Comet Nova suspiró, y caminó hasta colocarse a su izquierda, casi tocándola.

— Siento mucho que no puedas ir de excursión. De verdad —La potrilla la miró por el rabillo del ojo; su expresión compadecida parecía sincera—. Pero no teníamos a nadie más disponible.

Ninguna reacción de Spring Breeze. Comet Nova entrecerró los ojos, y le propuso, animada:

— ¿Quieres ir a las minas de cristal? Podría llevarte.

— No —susurró ella—. Quiero ir con mi hermanita.

Comet Nova suspiró. ¿Qué podía hacer con ella? No quería dejarla en casa todo el día, deprimida y esperando a Dawn Star. Odiaba verla tan triste. Los potros debían estar alegres, activos, llenos de vida. Y lo peor es que era por su culpa.

— ¿Quieres ver el Palacio de Canterlot?

— Ya lo he visto —contestó ella, en el mismo tono neutro y desapasionado.

Comet Nova se mordió el labio inferior, y pasó la vista por el salón en busca de una pista para conectar con la pequeña Spring Breeze. Al pasar por la esquina, sus ojos se posaron en la caja alargada del kit de escultura de nubes, que descansaba allí, apoyada contra la pared.

— ¿Eso es tuyo?

Spring Breeze miró en la dirección que indicaba la unicornio, y volvió a fijar la mirada en la mesa.

— Es mi kit de tallado de nubes —susurró sin energía.

— ¿Tallado de nubes? ¿Te gusta la escultura?

La potrilla asintió con un lento y corto movimiento de cabeza, pero Comet Nova pudo ver un chispeo en sus ojos. Sonrió. Ya sabía cómo convencerla.

— ¿Y si te enseño la colección privada de Celestia?

Por primera vez desde que había llegado, una emoción nueva apareció en el rostro de Spring Breeze: la intriga.

— ¿La colección privada de la princesa? —repitió con incredulidad.

A lo largo de su milenario reinado, la princesa Celestia había amadrinado incontables obras y artistas; pintores, escultores, músicos y arquitectos. La mayor parte de aquellas obras se hallaban expuestas en los distintos museos a lo largo y ancho de Equestria, pero de entre las que se encontraban en cascos privados, Celestia poseía algunas de ellas. Regalos todos ellos de artistas agradecidos, y de las cuales casi todas la representaban en actitud serena y majestuosa.

La colección se exponía en público durante una semana al año, coincidiendo con la celebración del Sol de verano, en el Museo Real de Canterlot; pero el resto del año permanecía en dos grandes salas privadas del palacio a las que solo las princesas y una parte del personal que trabajaba en el castillo tenía acceso.

— Sí —respondió ella, animada, y le guiñó un ojo—. Trabajo para la Corona y me conocen bien en palacio; me dejarán pasar. Y luego podemos ver algunas esculturas del patio.

Spring Breeze vaciló durante unos segundos, pero al fin se levantó de la silla y miró a Comet Nova con sus grandes ojos llenos de curiosidad.

— ¿De verdad?

— Claro —respondió ella con una amplia sonrisa—. ¿Quieres verla?

Sin separar la mirada de ella, Spring Breeze cogió sus alforjas con un casco y se las colocó a la espalda. Después, asintió.


La puerta del patio de la guardia se abrió de golpe. Coceada por Swébende Gagel, su seco y potente estampido al golpear la pared de piedra golpeó los oídos de todos los soldados reunidos en el lugar, que volvieron rápidamente la cabeza hacia ellos.

— ¡Un carro! —exigió a grandes voces, mirando autoritariamente a derecha e izquierda, fulminando con la mirada a los sorprendidos e inmovilizados guardias del palacio—. ¡Presto! ¡Un carro!

Tras unas rápidas pesquisas en el Palacio Real, que para su satisfacción habían terminado revelándoles que, efectivamente, Twilight Sparkle había partido hacia Ponyville hacía unos diez minutos y que otro carro había despegado detrás de ellos, los tres agentes habían decidido requisar uno de los carros de las caballerizas para poder seguirla de cerca e impedir cualquier posible ataque de la Viajera.

— ¡Orden es de Su Alteza Real Princesa Celestia! —exclamó Nąȋenähz. De su cuello colgaba la pluma encantada que había utilizado en su misión en el siglo VI, que había convertido sus facciones y sus alas en las de una pegaso—. ¡Raudos! ¿Dó hay carro que podamos tomar prestados?

Todavía estupefactos por la entrada de los tres agentes, los guardias reunidos en el patio tardaron unos segundos en reaccionar. El primero en hacerlo fue un joven y delgado pegaso de brillante pelaje azul eléctrico, que se giró hacia ellos mientras se cuadraba. Leyó con rapidez el papel que Dawn Star sostenía con su magia delante de su hocico, y asintió con fuerza.

— Síganme —les dijo antes de ponerse en marcha, caminando hacia una puerta situada a su derecha—. Les mostraré el aparcamiento y la pista de despegue.

Cruzó el patio a gran velocidad, seguido de cerca por Swébende Gagel, Nąȋenähz, y por último Dawn Star. Pasadas la novedad y la sorpresa, el resto de guardias fueron apartando poco a poco la mirada hasta que ninguno de ellos les prestaba atención.

— Muchas gracias —dijo Dawn Star mientras aceleraba el paso para colocarse a su lado.

— Buen soldado sines dubda seréis. Ninguno de los tus compañeros presteza nin decisión ha mostrado.

— Muchas gracias, señor. Solo cumplo con mi deber, señor —respondió el joven guardia.

Los cuatro ponis atravesaron un estrecho y largo pasillo, que al cruzar la puerta se abría en una amplia sala interior. Cuatro filas de gruesas columnas de ladrillo la recorrían en toda su longitud, y entre ellas había pintadas líneas con pintura blanca, paralelas a las paredes laterales. La fila central estaba vacía, creando un pasillo, mientras que en las otras se podían ver aparcados allí y allá carros vacíos.

— Cojan el que más les apetezca. Están todos en perfectas condiciones y listos para volar.

Dawn Star y Swébende Gagel no se complicaron la vida, y se dirigieron directamente al que tenían más cerca. Era un carro de hierro de diseño muy simple, una chapa de hierro en la base rodeada por otra que hacía de baranda con la puerta en la parte trasera, dos ruedas grandes de madera de roble y tres barras del mismo metal que el carro a modo de enganche, con una forma parecida a los dientes de un tridente.

Dawn Star se apresuró a subirse al carro, mientras que Swébende Gagel y Nąȋenähz fueron a colocarse entre los enganches, uno a cada lado.

— Ponte tú a la derecha, Nayenaets —dijo Dawn Star—. Volamos hacia el suroeste; ahí te molestará menos el Sol.

La thestral obedeció, y una vez que ambos voladores hubieron ocupado sus puestos el joven guardia se apresuró a engancharlos. Se separó de ellos, se hizo a un lado, y se cuadró.

— Les deseo mucha suerte en su misión.

— Muchas gracias por tu ayuda —le respondió Dawn Star con puro agradecimiento en la mirada—. Ojalá tengas una buena carrera en el ejército equestriano.

— Grande servicio a Equestria has prestado hoy, recluta. Brillante futuro habrás sines dubda si con tal diligencia siempre sirves.

El joven soldado volvió a cuadrarse, y corrió a abrir la puerta del fondo. Tan pronto como las gruesas hojas de roble giraron sobre sus goznes, la luz del Sol inundó el interior del aparcamiento.

Nąȋenähz apartó la mirada, tratando de esconder sus sensibles ojos; pero Dawn Star y Swébende Gagel asintieron al ver la pista de despegue que se abría ante ellos. La unicornio parda inspiró profundamente antes de ordenar:

— Vamos.

Al unísono, tanto el pegaso como la thestral echaron a correr por el pasillo central en dirección a la puerta. El sonido seco de sus cascos al golpear el suelo de baldosas resonaba, cada vez más rápido, Dawn Star resopló, y se aferró con fuerza a la pared del carro.

Los tres agentes salieron del aparcamiento, y enseguida se hallaron sobre la cuidada tierra de la pista de despegue; que por fortuna para ellos se encontraba vacía. Continuaron corriendo y acelerando hasta aproximadamente la mitad de su longitud, y entonces los dos ponis alados desplegaron sus alas.

Con el primer batir, Nąȋenähz y Swébende Gagel separaron sus cuatro cascos del suelo, y el carro se inclinó peligrosamente hacia atrás. Con el segundo, el carro despegó.

Dawn Star emitió un agudo gritito de pánico al dejar de sentir las vibraciones del carro sobre la Tierra. Inmediatamente, se sentó sobre el suelo del carro para ocultarse del vacío. Hiperventilaba. Su respiración rápida y rasgada resonaba en sus oídos, y podía sentir los fuertes latidos acelerados de su corazón haciendo vibrar su pecho.

Nunca había estado en el aire. Era la primera vez que estaba en el cielo. Y no podía esperar a que terminara.

— ¡¿Veis algo?! —preguntó Swébende Gagel a voces, tratando de sobreponerse al ruido del viento en los oídos de Dawn Star.

— ¡Todavía no! —le respondió a gritos Dawn Star.

No era mentira; aún no había sido capaz de asomarse por encima del borde del carro. Inspiró profundamente, e invocó un hechizo que le permitiría detectar la magia innata que residía en todos los ponis. Lo mantuvo durante casi un minuto entero, para al final disiparlo y negar con la cabeza.

— ¿Volamos más aprisa?!

Un segundo después, Nąȋenähz recibió un grito afirmativo de parte de la unicornio, y los dos ponis alados apretaron el ritmo. El carro que buscaban les llevaría unos diez minutos de ventaja; debían reducirla todo lo posible hasta atraparlo.

Dawn Star apretó los dientes; y por primera vez en los pocos minutos que llevaban en el aire se atrevió a mirar al exterior. El viento a gran velocidad alborotaba su pelaje, y hacía flotar su crin alrededor de su cabeza.

Por descontado, no veía absolutamente nada delante de ella. Solo cielo, alguna nube dispersa, y al fondo la difusa línea del horizonte, a decenas de kilómetros de distancia.

— ¡¿Dó es Ponyville?! —exclamó Swébende Gagel.

— ¡Al otro lado de un bosque! ¡Es el bosque Everfree!

Un gran bosque hacia el suroeste, repitió entre dientes Swébende Gagel, y dirigió la mirada en la dirección indicada. Por suerte para él, el cielo estaba limpio de nubes. Por desgracia, a medida que su vista se acercaba al horizonte los objetos se fundían cada vez más entre sí.

— ¡Credo que veo! —gritó Nąȋenähz, y estiró una pata hacia delante, y un poco hacia su derecha—. ¡Gran masa verde! ¡Ha de ser bosque!

Dawn Star giró la cabeza en la dirección que le indicaba su amiga. Efectivamente, al fondo, cerca del horizonte, podía ver una vasta e informe extensión verde. La unicornio parda vaciló unos segundos. ¿Era realmente el bosque Everfree? ¿O se estaban confundiendo tanto ella como la thestral?

— Vamos —ordenó finalmente, no sin reticencias—. ¡Más rápido! ¡Hay que alcanzar el carro perseguidor!

El aullido del viento en los oídos de los dos ponis alados apenas les permitió escuchar las palabras de Dawn Star, pero aceleraron el ritmo de su aleteo. Satisfecha, Dawn Star volvió a lanzar un hechizo para sondear los alrededores, que una vez más no obtuvo resultado. Ni al minuto siguiente. Ni tampoco al tercero.

— ¡Vedo algo! —exclamó de repente Nąȋenähz al séptimo minuto, justo antes de que Dawn Star pudiera anunciar que su hechizo había detectado una presencia—. ¡Ha de ser carro! ¡De frente!

Ninguno de los tres quiso empañar aquel instante señalando que volaban en la persecución de dos carros, no de uno. Dawn Star comenzó a sentir el familiar pozo gélido abriendo su rugiente boca en su estómago. No podía; no quería creer que su presa hubiera derribado el carro en el que Twilight Sparkle y su asistente Spike viajaban a Ponyville.

La idea de que pudiera haber sido un tercer carro, uno que no tuviera nada que ver con su misión pero que volara fortuitamente por aquella zona del cielo equestriano, ni siquiera cruzó su mente.

No hizo falta que Dawn Star diera la orden; Nąȋenähz y Swébende Gagel batieron las alas con más fuerza aún en persecución del carro. El veterano soldado comenzaba a acusar el cansancio; la joven thestral, amiga de las emboscadas y el sigilo y poco acostumbrada a vuelos a gran velocidad, sentía arder sus pulmones cada vez que tomaba una bocanada de aire. Y sin embargo, se esforzaba por mantener aquel alocado ritmo, consciente de lo mucho que estaba en juego.

— ¿Qué face? —preguntó Nąȋenähz, entornando los ojos para ver mejor al único ocupante que podía distinguir en el carro.

— ¡Decidlo vos, ¿qué face?! —replicó Swébende Gagel; carro y ocupante se hallaban aún demasiado lejos para su vista.

Nąȋenähz no respondió. Mantenía su mirada fija en su objetivo, observando con atención cada uno de sus movimientos, cada uno de sus gestos. No eran normales; desde luego no correspondían a alguien volcado en impedir la llegada de Twilight Sparkle a Ponyville.

— ¿Quiere… —jadeó, e inspiró larga y rasgadamente— parar carro?

— ¿Cómo dices?

Dawn Star no podía creer lo que oía. ¿Pretendía detenerse? ¿Había renunciado a su objetivo? Una repentina punzada de temor la asaltó. ¿Acaso habría logrado su nefasto objetivo y pretendía ahora aterrizar para volver a su época?

— Tira de riendas. Tira con fuerza. —Trató de asir otra bocanada de aire; le costaba introducirlo en sus pulmones extenuados por el esfuerzo—. Golpea caballos. Credo… —jadeó de nuevo— credo que quiere detenerse.

Swébende Gagel negó con la cabeza. No le encajaban en absoluto las acciones del ocupante del carro, al que ahora veía por primera vez como un puntito en la distancia. Recurriendo a sus últimas fuerzas, aceleró en su dirección. Mejor para todos. Así lo tendrían antes.

La thestral continuaba con la mirada fija en el carro y el poni de su interior. ¿Tenía una crin larga? Parecía una yegua… Tiraba de las riendas. Miraba al cielo. ¿Era un gesto de desesperación? Volvía a tirar. Se giraba. Se quedaba con la mirada fija en…

— Vionos —dijo de repente.

Dawn Star apretó los dientes mientras buscaba en su memoria un hechizo aturdidor. Ya no tenía nada que perder. Acababa de convertirse en un animal acorralado. Y eso la hacía mucho más peligrosa.

— ¿Face algo más?

De nuevo, Nąȋenähz no respondió. Entre jadeos y desesperadas inspiraciones, continuaba observando a su presa, tratando de averiguar lo que haría.

— Face… Face… señas... Tira… Tira… de riendas… Agita… patas... —Logró hacer pasar a duras penas otra bocanada de aire a sus agotados pulmones—. Credo... que ayuda... pide…

— ¿Ayuda? —repitió Dawn Star. Entrecerró los ojos, tratando de ver mejor; pero solo podía distinguir un minúsculo puntito—. ¿Crees que quiere ayuda?

Swébende Gagel resopló con ironía. ¿Ayuda? ¿Ahora pedía ayuda?

— Sí… Face gestos… Clama… Clama atención nuestra…

Gestos pidiendo ayuda, repitió Dawn Star para sí misma con los dientes apretados. La situación la escamaba sobremanera. ¿Por qué pedía ayuda ahora? ¿Podía ser una trampa? Encajaría bien con la ausencia del carro de Twilight Sparkle… O podía ser genuina y simplemente haber permitido que la futura princesa de Equestria siguiera su camino hacia Ponyville.

— ¡A ella! —ordenó en un potente grito—. ¡Cuidado, podría ser una trampa!

Por si acaso, aprovechó para cargar en su cuerno un hechizo paralizante; el mismo que había pretendido usar en la corte del rey Bullion antes de que Luna hubiera heredado el trono. Si se dirigía a una trampa, no pensaba dejar que la pillaran desprevenida.

Por fortuna para los agotados pulmones y músculos de Nąȋenähz, no les hizo falta aumentar el ritmo para alcanzar al carro que perseguían. El esfuerzo que su ocupante hacía para frenar a los pegasos que tiraban de él era más que suficiente para permitirles reducir la distancia que los separaba.

— Es… Unicornio… —murmuró Nąȋenähz entre jadeos cuando ya se encontraban a poco menos de trescientos metros de ella—. Yegua… Joven…

Yegua joven, repitió Dawn Star para sí misma. Todas las alarmas saltaron de golpe en su cerebro. Con aquella vaga descripción podía tratarse de la Viajera. Pero si era la Viajera, ¿por qué pretendía ahora frenarse y pedir ayuda… No tenía ningún sentido... pero por si acaso mantuvo cargado el hechizo.

La distancia entre carros continuaba disminuyendo. Doscientos metros. Ciento cincuenta. Dawn Star y Swébende Gagel ya eran capaces de ver a la yegua, una diminuta figura, sobre dos patas y con las delanteras apoyadas sobre el borde trasero del carro. Había abandonado todo intento de hacer que los dos pegasos que guiaban su vehículo aterrizaran; solamente hacía gestos desesperados pidiendo ayuda.

— Crin… fucsia… Melena… morada… —jadeó la thestral.

Esa información no le servía de nada a Dawn Star. Si por algo se caracterizaba la Viajera, era por ocultar su identidad con magia. Podía tratarse de uno más de sus disfraces.

— Grita… Ayuda… Pide… Parar…

Las sensibles orejas de Nąȋenähz ya eran capaces de distinguir en el viento sus gritos desesperados, mucho antes de que sus compañeros pudieran. Con las orejas orientadas hacia el carro, se esforzó por desentrañar las palabras que el viento en sus oídos se empeñaba en ocultar.

— Suplica… Es desesperada…

Menos de cien metros. Dawn Star y Swébende Gagel ya podían ver a la ocupante del carro. Tal como había dicho Nąȋenähz, era una yegua fucsia con pinta de ser joven. Nąȋenähz escuchó durante algunos segundos más. Parpadeó, y logró hacer pasar otra bocanada de aire a sus pulmones antes de decir una sola frase:

— Credo… Credo que… verdad dice…

— ¡¿Qué?!

El cuerno de Dawn Star se apagó de repente, su hechizo extinguido por el momentáneo asombro; pero enseguida se dio cuenta y volvió a cargarlo.

— Credo… que sincera… es… Non suena…

El ardor en su pecho le impidió terminar la frase, pero fue suficiente como para hacer que Dawn Star dudara. Por si acaso, lanzó un rápido hechizo para detectar si la yegua estaba usando magia. Para su sorpresa, el resultado fue negativo.

Pero, aun así, decidió mantener el hechizo paralizante preparado. Sabía que la ilusión que ocultaba la puerta del Ministerio del tiempo era indetectable a menos que se supiera buscarla. Nada impedía que fuera en realidad la Viajera y estuviera usando un hechizo semejante.

No pudo oír su voz hasta que estuvieron a menos de veinte metros, e incluso entonces apenas era audible en el viento que azotaba sus oídos. Orientó sus orejas hacia ella; y solo poniendo atención logró entender una pequeña fracción de sus palabras.

Cerró los ojos, y trató de concentrarse en su voz. Aquella voz… Aquella voz joven y aguda, rasgada y desesperada, no se parecía en nada a la que había escuchado de la Viajera en su primera misión.

Sabía… No, no lo sabía; creía que podía confiar en ella. Los hechizos ilusorios no servían para ocultar la voz; producían una voz artificial y mecánica. Pero aun así…

— ¡Baja al suelo! —le gritó, poniéndose sobre dos patas y apoyando las delanteras sobre el borde metálico del carro. El hechizo paralizante seguía iluminando su cuerno—. ¡Aterriza!

Tuvo que repetir la orden para que la yegua la oyera. Ella se volvió, y le gritó, suplicante, a los pegasos que tiraban de su carro que se detuvieran; y aunque tiró de las riendas con todas sus fuerzas, continuaron su marcha. Con expresión angustiada y ojos llorosos, volvió la vista a Dawn Star y negó con impotencia.

Swébende Gagel no se molestó en disimular un fuerte juramento. No hizo falta que ninguno de los tres lo dijera, porque los tres habían llegado a la misma conclusión: los pegasos estaban hechizados.

A Dawn Star no terminaba de cuadrarle aquella historia. Viajaba al pasado, se lanzaba en un carro a toda velocidad tras Twilight Sparkle, los caballos estaban hechizados con magia oscura; aún no tenía pruebas, pero tampoco dudas. Y ahora suplicaba ayuda y trataba por todos los medios de detenerlos.

¿Y la Viajera? ¿Dónde estaba la Viajera?

Pero ya no tenía tiempo de reflexionar. Swébende Gagel y Nąȋenähz acababan de colocarse a la misma altura que el carro de la yegua fucsia.

— ¡Teneos! —le ordenó a gritos Swébende Gagel, con cara de pocos amigos—. ¡Faz aterrizar aqueste carro!

Temblando desde los cascos hasta la punta de su hocico, la joven solo acertó a negar débilmente entre lágrimas. Trató de tirar de las riendas, pero se escurrieron de sus cascos temblorosos.

Dawn Star aprovechó para echar una ojeada al ojo del caballo que tenía más cerca, y reprimió una maldición al ver la familiar cortina de asqueroso verde ácido cubriendo sus iris y la peligrosa nubecilla púrpura que nacía de sus ojos.

Magia oscura. Sin duda, la Viajera la había hechizado.

— ¡Queremos ayudarte! —exclamó Dawn Star, tan alto como pudo para que la unicornio pudiera oírla bien—. ¡Pero primero tenemos que conseguir bajar este carro a tierra!

Las orejas de los dos pegasos hechizados se erizaron de golpe. Sus alas y sus morros se inclinaron hacia el suelo, y comenzaron un rápido y vertiginoso descenso a agudo chillido, primero de sorpresa, pero que luego se tiñó de terror, escapó de los labios de la joven pasajera.

— ¡¿Cómo habéislo fecho?! —gritó Swébende Gagel antes de lanzarse en su persecución junto con Nąȋenähz.

Dawn Star solo acertó a encogerse de hombros antes de aferrarse con fuerza al borde del carro. No tenía ni idea de cómo había logrado hacerlos bajar con una sola orden cuando todas las súplicas y tirones de la unicornio habían sido incapaces de hacerlo.

Con un fuerte golpe contra el suelo y un rebote que estuvo a punto de hacer que Dawn Star saliera volando por los aires, el vehículo de los tres agentes aterrizó bruscamente a apenas un metro de distancia del de su objetivo. Con un rápido hechizo, Dawn Star liberó las sujeciones de Nąȋenähz, que se dejó caer de espaldas sobre la hierba, jadeando audiblemente y tomando grandes bocanadas de aire.

En cuanto escuchó soltarse las sujeciones, Swébende Gagel echó a caminar hacia la unicornio fucsia con gesto furioso. No había tratado de huir; ni siquiera se había puesto en pie. Yacía encogida en posición fetal en el carro, llorando amargamente.

Dawn Star se teletransportó fuera de su carro, a aproximadamente dos metros de distancia. Cargó por tercera vez el hechizo paralizante, y se acercó a paso rápido a la joven yegua.

— ¡Queremos ayudarte! —exclamó mientras caminaba. Mantenía siempre un ojo encima de los dos pegasos por si decidía emprender la fuga y darles la orden de despegar—. Pero necesitamos saber dónde está Twilight Sparkle.

A sus orejas solo llegó un sollozo informe, indescifrable. Colocó un casco sobre la baranda del vehículo, y se asomó cautelosamente al interior.

Tumbada sobre el suelo, hecha un ovillo, estaba la yegua a la que habían estado persiguiendo. A su alrededor había decenas de minúsculas gotitas, sus lágrimas sin duda. Su pecho subía y bajaba erráticamente, atacado por sollozos cada pocos segundos. Dawn Star posó con suavidad un casco sobre su mejilla, pero ella solo cerró los ojos con fuerza, como su fuera a recibir un pezuñazo.

— Tranquila —susurró Dawn Star, y pasó su pezuña por la crin de la yegua fucsia. Suave y bien cuidada, notó mientras lo hacía—. No vamos a hacerte daño. Solo queremos saber dónde está Twilight Sparkle.

Una nueva ronda de gemidos inarticulados brotó del hocico de la yegua. Por más que Dawn Star y Swébende Gagel trataron de descifrarlos, no lograron extraer ninguna información.

— Lo siento. No te he entendido bien —replicó la unicornio parda, sin dejar de acariciar el cuello de la potra fucsia—. ¿Podrías repetirlo, por favor?

— Pony… Pony… —murmuró Nąȋenähz. Sus pulmones ya no ardían como un bosque en verano, pero seguía tumbada sobre la hierba a pocos metros de sus compañeros, tratando de recuperarse de la alocada persecución—. Pony… algo.

Una idea atravesó de repente el cerebro de Dawn Star. Súbitamente excitada, tomó a la joven yegua de las mejillas, y mirándola a sus ojos púrpura húmedos y enrojecidos, le preguntó a bocajarro:

— ¿Ponyville? ¿Twilight Sparkle está en Ponyville?

Los cortos y rápidos asentimientos de cabeza que recibió a cambio fueron respondidos con un largo suspiro de alivio y satisfacción.